La comida de los domingos - Romana Petri - E-Book

La comida de los domingos E-Book

Romana Petri

0,0

Beschreibung

Tras Donde quiera que yo esté, Romana Petri vuelve a las librerías con la continuación de esta conmovedora e intensa saga familiar, con el telón de fondo de una Lisboa perturbadora y luminosa. Como una escrupulosa investigadora de los sentimientos, la autora indaga en los vínculos familiares a través de la historia de tres hermanos en busca de sí mismos y de su pasado. Rita, Vasco y Joana Dos Santos, continúan aquí la saga iniciada por sus parientes: los abuelos Manuel y Ofelia Ramalhete y la hija adoptiva Maria do Ceu. Tiago, el padre de ellos, el perfecto arribista de los nuevos tiempos de un país que conoce una transformación económica y social, ha rehecho su vida junto a Marta, una mujer resentida que lo empuja a romper todos los lazos con su pasado. Sin embargo, para mantener el contacto con sus hijos, todos los domingos Tiago reunirá a la familia en torno a la "sagrada comida de los domingos". Durante uno de estos encuentros, los tres her- manos compartirán un descubrimiento sorprendente: ninguno de ellos conserva recuerdos del pasado. ¿Por qué han borrado todo? ¿Su vida ha sido tan infeliz como para olvidarla casi por completo?

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 651

Veröffentlichungsjahr: 2021

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



ROMANA PETRI es escritora, editora, traductora y crítica literaria. Entre sus obras destacan: Alle Case Venie (Marsilio, 1997), I padri degli altri (Marsilio, 1999), La donna delle Azzore (Piemme, 2001), Dagoberto Babilonio (Mondadori, 2002), Esecuzioni (Fazi, 2005), Tutta la vita (Longanesi 2011), Figli dello stesso padre (Longanesi 2013), Le serenate del Ciclone (Neri Pozza, 2015), Il mio cane del Klondike (Neri Pozza, 2017). Ha obtenido prestigiosos premios y reconocimientos, entre los cuales el premio Mondello, el Rapallo-Carige y el Grinzane Cavour. Y ha sido finalista del premio Strega. Sus obras han sido traducidas en Alemania, Estados-Unidos, Francia, Holanda, Inglaterra y Portugal. Colabora en los diarios Il Messaggero y La Stampa. LHG publicó Ovunque io sia, primera entrega de esta saga familiar, bajo el título Donde quiera que yo esté, en 2018.

Vive entre Roma y Lisboa.

 

Tras Donde quiera que yo esté, Romana Petri vuelve a las librerías con la continuación de esta conmovedora e intensa saga familiar, con el telón de fondo de una Lisboa perturbadora y luminosa. Como una escrupulosa investigadora de los sentimientos, la autora indaga en los vínculos familiares a través de la historia de tres hermanos en busca de sí mismos y de su pasado.

Rita, Vasco y Joana Dos Santos, continúan aquí la saga iniciada por sus parientes: los abuelos Manuel y Ofelia Ramalhete y la hija adoptiva Maria do Ceu.

Tiago, el padre de ellos, el perfecto arribista de los nuevos tiempos de un país que conoce una transformación económica y social, ha rehecho su vida junto a Marta, una mujer resentida que lo empuja a romper todos los lazos con su pasado. Sin embargo, para mantener el contacto con sus hijos, todos los domingos Tiago reunirá a la familia en torno a la “sagrada comida de los domingos”.

Durante uno de estos encuentros, los tres hermanos compartirán un descubrimiento sorprendente: ninguno de ellos conserva recuerdos del pasado. ¿Por qué han borrado todo? ¿Su vida ha sido tan infeliz como para olvidarla casi por completo?

«La literatura de Romana Petri tiene un perfume, un perfume que nos gusta y le agradecemos».

Antonio Tabucchi

«Solo con ojos enamorados Romana Petri ha podido describir un mundo tan sugestivamente ensoñador y melancólicamente conmovedor».

Mia Peluso, La Stampa – TTL

La comida de los domingos

COLECCIÓN

Las Hespérides

Título original: Pranzi di familia

© 2019, Neri Pozza Editore, Vicenza

Esta edición se ha publicado en acuerdo con Neri Pozza Editore y con la colaboración de Malatesta Lit. Agencia y The Ella Sher Literary Agency

 

© De los textos: Romana Petri

© De la traducción: Pilar Eusamio Zambrana

Madrid, 2021

Edita: La Huerta Grande Editorial

          Serrano, 6 28001 Madrid

          www.lahuertagrande.com

Reservados todos los derechos de esta edición

ISBN: 978-84-17118-96-9

Diseño de cubierta: La Huerta Grande

Producción del ePub: booqlab

A mia madre, sempre

Índice

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

13

14

15

16

17

18

19

1

Todo había terminado ya. Por el momento no se esperaban tiempos mejores. Por lo demás, ni siquiera la descripción más detallada de aquel dolor habría podido curarlo.

En aquellos días de finales de noviembre, el cielo de Lisboa estaba cargado de lluvia. Las nubes se movían veloces con el viento, pero cuando paraban arrojaban un agua oblicua que parecía correr siempre en dirección al mar. Algunas veces, por la tarde, bajaba sobre el Tajo una niebla pesada y oscura cubriéndolo totalmente que hacía que pareciese que el puente 25 de abril estaba suspendido, un hilo tenso que atravesaba el río de punta a punta. Si hubiese crecido la niebla, lo podría romper. El desafortunado visitante de aquellos días habría encontrado una Lisboa muy distinta de esa otra deslumbrante que resplandecía en las imágenes de todas las guías turísticas.

Vasco Dos Santos cerraba su galería en travessa dos Fiéis de Deus cada día más tarde. Nunca tenía ganas de volver a casa con su hermana Rita, intentaba llegar cuando ella ya se había metido en la cama. Tenían horarios diferentes, no era difícil evitar encontrarse. Ella se levantaba a las seis de la mañana para ir a trabajar a veinticinco kilómetros de casa, en una sede del Banco Millennium, a las afueras, y hacia las siete de la tarde ya estaba en casa, cenaba, veía un rato la televisión y se iba a dormir. No siempre le dejaba la cena preparada.

Vasco, por el contrario, no se levantaba nunca antes de las diez y por la noche solo volvía a casa cuando encontraba el camino. Cerraba la galería bajando el cierre con el pie derecho, pero con la mirada dirigida al cielo, que aquellos días no encontraba paz. Las nubes enormes se movían en el aire a gran velocidad y no se veían las estrellas. Respiraba el aire salobre del Tajo cuando el viento lo llenaba de Atlántico, respiraba profundamente y con dificultad, nunca a pleno pulmón, después echaba el candado y se quedaba otro rato allí, delante de la galería cerrada, como quien se ha olvidado de algo. Tras unos instantes, con las manos en los bolsillos, se preguntaba dónde podía haber aparcado el coche, en qué callejuela del Bairro Alto. Algunas veces, con un poco de esfuerzo, lo recordaba; otras, se veía obligado a dar vueltas con las llaves en la mano apretando continuamente el botón de apertura con la esperanza de ver por algún lado el destello de los faros. Caminaba por aquellas callejuelas sin ninguna preocupación, como si encontrarlo no fuese importante. A menudo llegaba muy tarde por esta razón, caminaba mientras su estómago le recordaba que estaba vacío desde hacía mucho tiempo. Le acompañaba aquel doloroso gorgoteo y alguna vez también un perro callejero que notaba en sus zapatos un viejo olor a pis de gato. El loco de Zacarías, Zaca el dominador, aunque estaba castrado había conservado intacta la necesidad de marcar el territorio en una casa en la que era el único gato. Y dependía mucho de la actitud que las personas de casa tenían con él. Era susceptible, bastaba una mínima falta de atención para que sintiese, de inmediato, el deseo de vengarse. No elegía nunca los objetos de forma casual, elegía solo los más nuevos. Aquella vez le había tocado bautizar los zapatos que le había regalado su padre el año anterior por Navidad. Había vuelto a casa con la caja en la mano; después, los puso debajo de la cama, dejando la caja vacía en el sillón; cuando iba hacia la cocina se dio cuenta de que el gato había conseguido abrir el frigorífico y estaba allí dentro comiéndose la carne picada que su madre había comprado para la comida del día siguiente.

«¡Zaca!», le gritó sacándole a la fuerza.

El gato emitió un maullido casi imperceptible, cavernoso, y después salió rápido de la cocina. El tiempo justo para llegar a su habitación y captar rápidamente el olor ácido.

«¿Dónde lo has hecho?», le preguntó.

Zaca se metió en lo alto de la librería de un salto, sobre la estantería más alta, caminando sobre los libros porque sabía que para Vasco eran importantes y así también podía tirarlos.

«Baja de ahí».

Vasco se puso a oler cada ángulo de la habitación. No era fácil saber de dónde venía aquel hedor que impregnaba todo. A continuación, se agachó para mirar debajo de la cama.

«Bravo», le dijo. «Ni siquiera me los he puesto una vez».

Los había lavado y dejado durante mucho tiempo en la terraza. Al final, el olor se había mitigado y, con el uso, parecía haber desaparecido. Pero no para los perros y los otros gatos que lo empezaban a marcar con curiosidad cuando Vasco aparecía de noche por las calles del Bairro Alto.

El amor que Vasco sentía por los animales no le permitía acariciarlos. Les sonreía a todos, se dejaba seguir en su búsqueda del coche, alguna vez les hablaba. Pero la mano no la alargaba jamás, ni siquiera para una leve caricia. Le parecía una falta de respeto.

Con su hermana Rita las cosas iban mejor cuando estaban lejos. De día se llamaban un par de veces. Siempre las mismas preguntas, como por obligación. Cómo va, qué habían comido, si habían hablado con alguien. La cuarta pregunta se refería a los otros dos miembros de la familia: el padre y Joana, la gemela de Vasco.

Rita había empeorado mucho desde que su madre murió. Por otra parte, todos se habían preguntado siempre “¿qué sucederá después?”. Maria do Ceu se lo había preguntado durante toda su larga enfermedad. Fue su primer pensamiento desde que le dieron el diagnóstico. Una hija en esas condiciones en manos de la brutalidad de este mundo. Se había llevado la mano al estómago y todo el pasado se había vuelto voraz. Había repasado su vida desde el nacimiento y, luego, todas las operaciones, una por una, las que habían dado a su rostro una fisionomía más aceptable. Quince operaciones a cráneo abierto para enderezar lo que la naturaleza le había puesto en la cara a voluntad, como si justo se hubiese emperrado con el rostro de su hija de ese modo tan cruel. Como si hubiese empezado a jugar para terminarlo, pero en un momento determinado hubiera dejado el juego para ocuparse de otra cosa. Maria do Ceu siempre había pensado eso de la naturaleza, que era bizarra, buena pero caprichosa y que además seguía los cambios de humor de la luna. Cuando construía un cuerpo en el vientre de una madre, estaba allí componiendo un puzle con paciencia, poniendo cada pieza en su lugar. Pero luego estaban las lunas crecientes y las menguantes, estaban las mareas. Y de vez en cuando la mano hacía un gesto brusco, entonces, era capaz de ponerse nerviosa, descomponer todo e ir a construir algo mejor a otro lugar. Le había tocado a ella, pero ella no se había rendido, se había rebelado contra aquel trabajo mal hecho. Se había puesto manos a la obra confiándosela a un cirujano inglés que, año tras año, en Londres, había intentado arreglar la obra inconclusa que se había encontrado de frente.

Pero después de su muerte, ¿qué habría sido de una hija así? De una chica de treinta años siempre furiosa, con aquellos nervios hechos triza, que le bastaba nada para que saltase por los aires. Le habían tenido que reconstruir todo, también dentro de la boca, por eso hablaba de una manera extraña, nasal, a veces parecía que aquella voz, en vez de salir, estuviese entrando al fondo de la garganta. De vez en cuando, incluso ellos que eran su familia, no la entendían. Y entonces nadie sabía lo que podía desencadenarse en aquella especie de minúsculo saltamontes de menos de cuarenta kilos. Se volvía aterradora, se agigantaba, su boca era una vorágine por cómo gritaba. De ella impresionaba todo, siempre, podía parecer un grillo, una cigala, pero siempre en formato grande, en formato humano, como en aquellas películas de fantasía donde al final, después de tanta desgracia, los insectos enormes dominan el mundo. A menudo, ante aquella metamorfosis, tenía que bajar la mirada, incluso ella que era la madre, cuando se enfadaba de aquella manera; que Dios la perdonase, pero parecía un monstruo. Le robaba todas las energías, sentía como si llevase dentro del cuerpo una pajita que alguien absorbía, absorbía y absorbía hasta la médula.

Maria do Ceu había muerto en el hospital, a primera hora de la mañana de aquel 15 de noviembre. Ninguno de sus tres hijos, pese a haber hecho turnos para no dejarla sola ni un instante, estaba a su lado. Una enfermera les dijo que había empezado a respirar mal a una hora determinada de la noche. Le habían puesto el oxígeno y parecía que estaba mejor, pero luego le había dado una convulsión en todo el cuerpo y, después de unos segundos, había muerto. Dijo eso y especificó la hora, las seis y veintidós. Y los hijos, que se habían precipitado tras la llamada del hospital, la encontraron tendida, en la misma posición en la que la habían dejado la noche anterior cuando fueron a verla todos juntos. Vasco cerró sus preciosos ojos azules mientras la enfermera les daba aquella poca información. Una enfermera joven a la que no habían visto nunca. A lo mejor era nueva. De todo el desorden que invade a quien se encuentra ante la persona amada sin vida, el dolor más intenso, en la mente de Vasco, se lo produjo la hora de la muerte. Como si desde aquel momento, aquella hora, representase la última posibilidad de poderla encontrar todavía viva. Se sintió invadido por el peso fulgurante del tiempo. Le pareció que estaba haciendo un cálculo de todas las horas que había pasado junto a su madre desde que naciera. Y luego restó aquellas en las que no habían estado juntos y le parecieron demasiadas. La primera impresión que tuvo de la muerte fue la de no haber aprovechado el tiempo que habían tenido a su disposición durante veintiocho años. Los días ya habían pasado, del primero al último, sin que nunca se hubiera dado cuenta de su tremenda fatalidad. Desde aquel momento, a menudo, durante el día, le venía a la mente siempre la misma frase: la fatalidad de los días.

Aparte de las hermanas, le quedaba su padre. Pero ¿podía de verdad considerarlo un padre? Había abandonado a su madre cuando Rita tenía menos de tres años y él y Joana tenían uno. Se había ido con otra mujer para huir de la tragedia de la hija, porque no tenía ganas de seguir las ideas de Maria do Ceu, que quería poner en orden lo que la naturaleza había hecho al azar. El tiempo, siempre el tiempo. Su padre lo perseguía. La vida como un vestido que se hubiera cosido solo. Pero para hacérselo tenía que ser libre, sin las cadenas de una familia nacida bajo una mala estrella, sin el dolor. Y eso había hecho. A lo mejor se había puesto delante de un espejo y, metafóricamente, se había quitado esa familia, prenda a prenda, los veía caer al suelo como si ya no fueran suyos. Y cuando la había recogido para tirarla, lo hizo con dos dedos, como si todavía tuviese miedo de infectarse. El optimismo ardiente de Tiago, el camino largo, ancho y en línea recta que había visto siempre ante sí. No había tenido en cuenta los obstáculos. En su idea de vida, los obstáculos se derribaban para poder acelerar el paso y no mirar atrás. Habría bebido el suero del olvido voluntariamente, se habría emborrachado. Pero Tiago también era un hombre pragmático y no quería que en el futuro le pasara factura. Encontró una solución. Cuando se lo permitiera su trabajo, cuando dejase de viajar por el mundo para conseguir contratos para empresas importantes, el domingo, cada domingo de su vida, se lo dedicaría a la comida con sus tres hijos. Una cosa rápida, nada familiar. Marta, su nueva compañera con la que se casaría tras unos años, vio a Rita por primera vez cuando tenía once años y los gemelos, nueve. Durante todo ese tiempo, Tiago le había pedido que respetase su silencio. Y Maria do Ceu se lo había concedido. Era fácil, un juego de niños bastaría con mantener todo separado. Ahí estaba el secreto, quizá la astucia, para un camino fácil y con pocos problemas. Todo programado, incluso sus obligaciones hacia aquella hija las resolvería presentándose en Londres para cada operación; esperaba el resultado de la operación para volver sin siquiera esperar a que le quitaran las vendas. Su nuevo rostro anual lo vería cuando volviese a Lisboa con su madre. Era un padre, no una madre. Los padres tenían otras obligaciones. Tampoco se planteó nunca el problema de sus diferencias económicas. Él escalaba puestos y su sueldo aumentaba, Marta también había encontrado un buen trabajo en una gran empresa en la que tenía posibilidades. Cómo vivieran Maria do Ceu y sus tres hijos durante la semana no era su problema. El domingo los llevaba a restaurantes preciosos a la orilla del Tajo y, después, a jugar al prado de Belém. El tiempo que transcurría entre que iba a buscarlos al barrio de Benfica y los llevaba de vuelta a casa era como mucho de cinco horas. Haciendo cuentas, cinco horas a la semana era suficiente. No todos los domingos, claro, a menudo él no estaba, pero aquellos domingos que faltaba los recuperaba con un viajecito de una semana en verano. ¿Se acordaba Vasco de aquellos viajes? Solo gracias a las fotografías que le ayudaban. Su cara de niño siempre sonriendo. Pero ¿se puede uno fiar de la sonrisa de una fotografía? No se acordaba de nada más, solo de las imágenes ordenadas cronológicamente en tres álbumes que un día su hermana Rita le había regalado. Los cogió y los guardó en un cajón. Todavía de vez en cuando prueba a mirarlos. “¿Quiénes sois?”, se pregunta pasando las páginas. “¿Nos conocemos?”.

Los recuerdos le pasaban rápidamente. Para los pocos que recuerda él se precisa poco tiempo. Son más bien imágenes que se sobreponen y no tienen fecha. Ellos cuatro en una cafetería de Túnez, por ejemplo. Joana, que había tenido miedo durante todo el viaje.

«¿Qué te pasa?», le había preguntado el padre.

«No me gustan los árabes», había contestado ella. «Me dan miedo y quiero volver a casa».

La única que no sonríe nunca es Rita. Con las gafas apoyadas sobre aquella nariz sin hueso, el pelo rapado por la última operación en Londres. Dentro de aquella ropa que le quedaba grande. No es que le compraran la ropa grande, es que no había de su talla. Y sin embargo comía mucho, de los tres era la que más comía. Todo lo que ingería se lo comía la furia, la rabia que ya entonces la dominaba y hacía que cada día se preguntase una y otra vez: “¿Por qué a mí?”. La pregunta no iba dirigida a todo el mundo, iba directa a su núcleo. ¿Por qué ella y no uno de sus hermanos que no eran solo normales, eran guapísimos? ¿Por qué esa brutalidad del contraste, por qué tenía que verlos siempre en casa? De pequeña había pensado muchas veces en matarlos, sobre todo a Joana, que era chica y a los doce años ya la miraban todos los chicos por la calle. Joana, que se cubría de sombra porque sentía toda su belleza como una culpa que tenía que pagar a Rita.

Joana la odiaba desde la infancia. La madre se había dedicado a esa luciérnaga, cada capricho suyo valía más que una cabeza rota de uno de ellos. Y mira que Vasco y ella habían hecho cosas, hasta meterse un lápiz por la nariz para poder tener a su madre al lado solo para él en la ambulancia. Es uno de sus recuerdos más nítidos, ellos dos, allí dentro, con la madre al lado, ambos imitando el sonido de la sirena como si fuese el canto de la victoria.

En el fondo al padre ni siquiera lo conocían. Aquel rato que pasaban en torno a una mesa en el restaurante, las visitas aceleradas al prado de Belém no ayudaban demasiado. Tiago, alto y delgado, de pie con la cara inexpresiva esperando que esas horas pasasen deprisa para volver a su casa, terminar una redacción, preparar un tema. En su casa, nunca habría una habitación para sus hijos. Y por respeto a Marta tampoco una foto, tenía una sobre el escritorio de su despacho. Los hijos crecían y él, por ahorrar, no la cambiaba. Marta, por respeto a Marta. ¿Qué clase de mujer era? ¿Solo porque ella no tenía hijos tenía que odiar a los de Tiago hasta ese punto? Ella había querido romper totalmente aquella relación. Una forma extraña de orgullo obtuso le impedía ver la parte positiva. Marta, sin amigas, hija única de una madre que había perdido a su marido cuando ella tenía seis años. Se había casado de nuevo, claro, pero luego había enterrado también al segundo y desde ese momento, había ejercido todo el dominio sobre su hija. Un dominio malo, perverso, con la única intención de ser servida sin demostrarle ni amor ni reconocimiento. La vieja, como la llamaban ellos tres. La madre era la vieja y Marta, la bruja. Tiago había hecho algún viaje con ella y Rita cuando por fin se la presentó a sus hijos. Subía al avión y sabía que iba con dos titanes. Marta, falsa, fingía ser amorosa con aquella criatura; luego, en privado, con la vieja, la llamaba “el monstruito”. Pero no podía decírselo a Tiago, por nada del mundo, con todos los complejos que sentía, no podía saber que no amaba a esa hija. Y con Vasco también tenía que estar atenta, el único hijo, el que llevaría la estirpe. Solo con Joana se podía permitir algún lujo. Y, de hecho, con el tiempo consiguió incluso que le resultara antipática a su padre. Pobre Joana, tan frágil, siempre dispuesta a llorar, incluso ya de adulta, por las frases crueles de aquel padre de hielo. El poder de persuasión, la capacidad de influir sobre los demás cuando se convive. Trabajar en la sombra. Joana, tan guapa, diferente a la madre que también había sido guapísima, ese era motivo más que suficiente para detestarla. Joana, alta y esbelta, con aquella cara siempre entre el dolor y la malicia. Le recordaba a Maria do Ceu, era su hija, aquella que Tiago había tenido con una mujer guapa. Es verdad que después la había dejado por ella, que no era guapa. Pero cuánto dolor, cuánto sufrimiento sentir en lo más profundo que aquella elección venía unida a un momento particular del destino. Tiago habría huido con cualquier otra mujer que hubiera encontrado en aquel periodo, empujando hacia abajo, cerrando a la fuerza un tapón, el amor por Maria do Ceu. El amor… El que sentía él, claro, el que se quedaba siempre en la superficie y que con un movimiento podía eliminar como si fuera polvo. Pero con la excusa de que era la madre de sus hijos, siempre que necesitaba un consejo iba a verla.

«¡Madre mía!», decía Maria do Ceu cada vez que se iba. «Pero ¿este hombre no tiene una mujer?».

Ante la enfermedad se había alejado. A Tiago las enfermedades de los demás le habían producido siempre un efecto negativo, le hacían pensar en las que le podrían venir a él.

«Vuestro padre me mira como si ya fuese un cadáver», decía Maria do Ceu a los chicos cuando Tiago salía de su casa con aquella cara de circunstancias.

Ni siquiera le había dado tiempo a terminar de bajar las escaleras cuando María do Ceu ya estaba tocando madera.

La tranquilidad de Marta llegó el día que murió. Se encerró en el baño y se puso a llorar de la alegría. Muerta, borrada, ni siquiera tierra para garbanzos porque pidió que la incineraran. Nada, nada de nada, polvo, polvo, solo eso. Después, salió del baño, no sin antes haber puesto, delante del espejo, una expresión contrita para poder enseñársela a Tiago.

Marta, con aquella manera de hablar con todos, porque sabía que ninguno era su amigo. La cabeza inclinada a la derecha y los ojos bien abiertos mirando hacia abajo, las manos apoyadas una sobre la otra. Y en cada pausa una sonrisita, siempre mirando hacia abajo, con los ojos muy abiertos. Nada que ver con la mirada de Maria do Ceu, ni con el brillo azul de sus ojos, la barbilla siempre ligeramente en alto. Marta acechante, concentrada siempre en Tiago, centrada únicamente en alejarlo del pasado.

En el funeral de Maria do Ceu, ni siquiera se dirigió a los hijos, que estaban allí destrozados, para decirles una sola palabra, con aquella lluvia fina al principio y fuerte después. Vasco se había girado para mirarla con furor, mientras ella apretaba la mano de su legítimo marido, como diciéndole que ya no podía mirar atrás de vez en cuando. Ella lo conocía bien, la muerte le daba mucho miedo. Ahora que Maria do Ceu se había ido, pensaría menos en ella. Desviar los pensamientos de la muerte, los ambiciosos no tienen tiempo para pensar en la muerte. Tiago debía de tener una lista hecha con todas las cosas que podían afectar a su carrera. Cada cosa colocada sobre su mesa y, luego, había prendido fuego, a todo.

Los faros se encienden. Por fin. Allí estaba. Mira el reloj, ya son más de las diez. Cada vez que levanta los ojos al cielo, siente una especie de mareo, vértigo. Cuando empezó la enfermedad de su madre no estaba así; al principio, le parecía que estaba más fuerte. Después, lentamente, había empezado a derrumbarse. Cuanto más tiempo pasaba más sensación tenía de que su pensamiento no tomaría la forma del recuerdo, sino la del remordimiento.

Además, durante el último año todo había empeorado. Al final, se había perdido, acosado por pensamientos que lo llevaban muy lejos, pero sin llegar a nada, como si fuesen sueños que iban entrando uno dentro del otro. Se metía la mano en el bolsillo, apretaba con el dedo el blíster y sacaba una pastilla de Atarax que ponía debajo de la lengua. En el bolsillo de la camisa, el bulto del Ventolin. Pulverizaba primero una vez en el aire, después, en la boca, aspirando fuerte. Su madre estaba muriéndose y él enfermaba de asma y empeoraba gradualmente, como si la acompañara.

Sube en el coche y se queda con la boca abierta como si dejara que bajase el oxígeno que acababa de inhalar. Antes de encender el motor, prueba a respirar, espera a sentir que puede llegar hasta el fondo. Entonces, abre ligeramente la ventanilla de su lado, aunque sabe que está a punto de llover, y antes de quitar el freno de mano se enciende un cigarro.

Mientras conduce atravesando el Chiado, mueve la cabeza mirando la carretera que a esta hora parece siempre mojada. “Un poco de oxígeno artificial para poder fumar”, dice en voz baja. Sonríe. Nada, ni siquiera la hoja que teme que pueda saltarle encima y raptarlo para siempre consigue borrarle esa sonrisa eléctrica. Su madre siempre se lo señalaba con el dedo en todas las fotografías.

«¿Lo ves, Vasco? Todo alrededor de tus labios, como una luz. Yo no lo he visto nunca en mi vida, a lo mejor solo lo tienes tú», le decía girándose hacía él.

Ahora era él quien le tocaba los labios con un dedo, casi como si dibujase los contornos. Los labios delicados de su madre, la fosforescencia de un pez. Y su perfil perfecto, las orejas pequeñas, la pasión de sus ojos, aquel azul que a veces parecía comerse el blanco, romper los diques.

A aquella hora, por las calles de Lisboa no había casi nadie. Por la Baixa paseaba algún pobre diablo doblado por el exceso de alcohol. Hablaban solos y de vez en cuando se paraban para decir algo en voz alta. Era como si en aquella ciudad caminar quitase la respiración a todos.

Desde hacía algún tiempo, durante el viaje nocturno de vuelta a casa, pensando en sí mismo, Vasco se llamaba “el fugitivo de los mares del Norte”. Era como si se diese un título, pero solo por la simple idea de huir y porque el norte le parecía todavía más triste que el sur.

2

Tiago ya era ministro de Sanidad desde hacía un par de años y su mujer, Marta, una directiva de la EDP. Trabajaba en la planta más alta de un edificio de espejos con forma convexa, en la praça Marquês de Pombal. En aquellos días, se levantaba muchas veces del escritorio de su estudio y se ponía en la ventana a mirar toda aquella agua que chocaba por todas partes, dependiendo de como tirara el viento. A veces le faltaba la concentración, se sentía nerviosa.

El cristal se empañaba delante de su respiración y ella lo limpiaba con una mano. Después, volvía a sentarse, pero antes, con un gesto rápido, se colocaba la camisa y la falda. Lo hacía más que nada para comprobar sus formas, que últimamente estaban sufriendo una extraña evolución, como si cada día crecieran un poco. Por la mañana, después de la ducha, se subía a la báscula y la aguja, aunque fuera poco, se inclinaba un poco más que el día anterior. No eran solo los cuarenta y ocho años, sobre todo era que comía mal. Aquella estúpida convicción de ayunar desde la mañana a la noche, la hacía llegar a la hora de la cena sin control. Debía haber entendido desde hacía mucho que esa no era la mejor manera para perder peso. O a lo mejor era porque cenaba casi siempre sola. Durante un rato daba vueltas alrededor de la mesa mordisqueando una aceituna, un trocito de pan, bebiendo un poco de vino mientras caminaba. Al final, la llamaba. El teléfono sonaba durante un rato, después, la voz de Tiago.

«Perdóname, Marta, estoy aquí todavía, delante de mi escritorio. Los días se me van volando, solo a esta hora reordeno un poco las ideas y consigo hacer algo. Empieza a cenar».

Pero algunas veces Tiago, en su gran despacho lleno de muebles oscuros, encendía la televisión y se sentaba en la poltrona de piel con la cabeza ligeramente inclinada sobre el respaldo para recuperar el aliento. A las nueve de la noche su secretaria abría la puerta.

«¿Me necesita todavía?», preguntaba siempre con el mismo tono de voz.

«No, Ana, puede irse», respondía él sin darse la vuelta siquiera.

Y no se sabía durante cuánto tiempo sería capaz seguir adelante así, en aquella especie de meditación, en realidad no se paraba nunca a pensar en nada especialmente profundo, solo en esa irritación del final de la jornada de la que tampoco entendía bien el sentido. Tiago se había convertido en un hombre muy poderoso y se llenaba la vida de eso. No le bastaba la duración de un día entero de trabajo para gozar plenamente, a veces también añadía los sueños nocturnos. Soñaba su realidad. Y por la mañana se despertaba temprano, con mucha energía, como si toda aquella satisfacción que había visto desfilar durante la noche sumase fuerzas a sus ganas de combatir. ¿Hasta dónde podría llegar? Normalmente, a esta pregunta se respondía con media sonrisa, porque era evidente que a esta meta no le quería poner ningún límite. Un par de años más y en Portugal se celebrarían de nuevo elecciones y con mucha probabilidad el PSD perdería. Las cosas funcionaban siempre así, se completaba una legislatura y después se tenía que ceder paso a la izquierda que cuando terminaba sus cuatro años habría desilusionado, permitiendo al PSD ganar de nuevo. Era una política que se basaba en este simple concepto negativo, un concepto que ya reinaba en toda Europa, en Portugal venía de antaño. En dos años, estaba casi seguro, saldría del Gobierno. Por eso, todavía tenía tiempo para apuntar mucho más alto, y más tarde, después del Gobierno, se habría presentado por fin la gran ocasión, más aún, se le habrían presentado muchas, y él podría elegir. Alguien como él, con su ingenio, un tecnócrata que se había concentrado siempre y solo en la idea de la multiplicación. En la vida, no tenía dudas, para llegar muy alto necesitabas saber multiplicar.

Había sido ambicioso desde los tiempos de la casa en el barrio de Santa Catarina. Una habitación para cuatro personas y sin baño. La ropa, siempre esa ropa usada de su hermano, que la llevaba prestada de algún primo un poco más grande. Su madre se dedicaba a darle la vuelta a los cuellos y los puños de chaquetas y abrigos. Un pasado para mirarlo con desprecio, para olvidar. Eso habría querido más que ninguna otra cosa en el mundo, olvidarlo de verdad, pero no solo en la cabeza, lo quería olvidar en sus modos, en ciertos comportamientos que todavía a veces le traicionaban.

¿Qué podía hacer si le seguía impresionando tener varias tarjetas de crédito alineadas en la cartera y si de un viaje de negocios, aunque fuese un lugar famoso por su belleza, solo podía recordar y hablar del hotel de cinco estrellas? A él le parecía normal seguir sorprendiéndose ante la riqueza, y mucho más normal aún ahorrar cuando quien pagaba era él. Se quejaba del hotel de cinco estrellas cuando era por trabajo, si por el contrario se iba de vacaciones y pagaba él, un cuatro estrellas le iba de miedo.

El principio de su brillante carrera coincidió con la exclusión de los parientes pobres. Todos aquellos primos y tíos fueron tachándose como en la lista de la compra. Al final no quedó ninguno. A veces, con cierta complacencia, se decía a sí mismo que si se hubiera encontrado a alguno por la calle, no habrían corrido el riesgo de reconocerse. Ninguno. Bueno, ninguno exactamente, no. De su hermano, por la memoria de los padres muertos desde hacía mucho tiempo, no había podido renegar totalmente. Aquel esquizofrénico de Humberto, si hubiese sido por él, lo habría ingresado. ¿Para qué sirve un hermano que a los treinta años se vuelve esquizofrénico? La mujer se había ido con su hija y le había dejado plantado. ¿Había algo de extraño en eso? La vida es para quien sabe multiplicar, no para quien se vuelve loco de un día para otro. Los sanos por un lado y los locos lo más lejos posible. Pero cuando se volvió loco, su madre todavía estaba viva.

«No te olvides nunca de Humberto», le decía cada vez que iba a verla el domingo. «Prométemelo».

Y él lo prometía, pero las visitas dominicales se volvieron cada vez más breves. Llegaba justo después de comer, encontraba a su madre pegada a un pequeño televisor que tenía sobre la mesa y al hermano sentado en una vieja poltrona hundida, la barriga cada vez más prominente, el cigarro sin filtro en la mano. Todo dependía de con qué pie se hubiera levantado.

«Hoy se ha levantado con el pie izquierdo», le decía su madre. «No te ofendas si no te reconoce. No me reconoce ni a mí. A veces se gira hacia donde estoy y no dice nada, pero yo lo entiendo, es que no sabe quién soy. Se nota por su mirada».

Tiago siempre llevaba algo: un poco de carne, bacalao seco, un paquete de café. La madre se lo agradecía muchísimo, aquel poco le parecía un regalo divino.

«Pero mira cuánto dinero te has gastado».

Y él se lo dejaba decir satisfecho de sí mismo. Si ella quería creerlo, entonces era verdad. Tiago llegaba y, después de menos de cinco minutos, empezaba a mirar el reloj. ¿Qué más tenía que hacer allí dentro? Las palabras se acaban después de poco tiempo, no era como cuando vivían juntos, entonces siempre tenían algo que contarse. Y a lo mejor Tiago ni se acordaba, pero se terminaban pronto. Se había casado con Maria do Ceu, se habían ido a vivir a una casa al otro lado del Tajo y las palabras se fueron así.

¿Había sufrido cuando murió su madre? Al padre lo había olvidado muy rápido. Del funeral, por ejemplo, solo recordaba que tenía mucha prisa, le esperaba un largo viaje en avión. Ahora no sabría decir dónde iba, pero era un lugar lejano, podía ser China, Japón, para un negocio importante. Había escuchado distraído la misa. Aquellas palabras, siempre las mismas, que los curas pronuncian para los difuntos de los que conocen el nombre solo cinco minutos antes. El ataúd de su padre situado en el centro de la iglesia, estaban solo las pocas personas de la familia. Sí, todos aquellos tíos y primos de los que había renegado, desvanecidos en la nada. Y estaba el reloj, el tiempo que se le había pasado siempre así de rápido, toda la vida, ni siquiera una vida, era una carrera sin aire que a veces sentía dentro del corazón. Días veloces que se diluían en la noche, cuando el cansancio lo ahogaba y un momento antes de dormirse le parecía como si oyese una voz imperativa que decía: “Cegar las tinieblas”. Y se quedaba dormido con un escalofrío que le recorría como un rayo, un breve relámpago incendiario antes de un sueño que le hacía caer rendido.

Después había muerto su madre, que se había encogido hasta parecer minúscula, la mitad de lo que había sido cuando era joven; no temía ni a los borrachos y se iba a recoger al marido a la taberna pasando entre todos aquellos hombres, casi avasallando. El tiempo que a él se le iba volando, a ella se le había ralentizado, los días se repetían como si siempre fuera el mismo, sentada sobre una silla de enea en la puerta de casa hasta que el sol caía sin hacer nada, ni siquiera hablar con las otras mujeres, como si cada día pusiese en exposición el fantasma en el que se había convertido. Piel y huesos con las manos en el regazo, las uñas ennegrecidas de tanto encender el fuego con la leña para poner en la lumbre la menestra de verduras, las yemas de los dedos cercenadas por la cantidad de cortes de cuchillo de pelar patatas, zanahorias, calabacín, nabos. En los últimos tiempos no valía para nada, solo comía cuando Humberto se acordaba de ir a la cafetería Camões para llenar la olla de sopa que después ella se llevaba a la boca lentamente con la cuchara, como si también ese gesto tan habitual hubiera empezado a tomar otro ritmo. Después de comer un poco, se cansaba, ni siquiera se la terminaba, una buena parte se quedaba en el plato hondo agriada. Y después murió.

Tiago, vestido de luto con los tres niños todavía pequeños que poco recordaban de su abuela, solo los caramelos. Y ahí estaban ahora, con las rodillas peladas cambiando el peso del cuerpo de una pierna a la otra. Marta, con su expresión recelosa, la mirada baja hacia la derecha, esa forma de no mirar nunca a nadie a la cara. Está ahí, eso es lo que cuenta, al lado de Tiago, no se han casado aún, pero pronto lo harán. María do Ceu, sabiendo que iba Marta, se había quedado en casa. Por un instante pensó en enviar un telegrama, pero ¿a quién? Había levantado el teléfono para llamar a Tiago al despacho.

«No hay palabras para un momento así», le había dicho.

«Es verdad», había respondido él. Pero en un tono de voz de quien está acompañado y le habían interrumpido en un momento de trabajo.

Se despidieron deprisa. Se había quedado durante unos instantes pegada al teléfono, después, movió la cabeza. “A este hombre, le resbala todo”, pensó: “Qué suerte”.

Aquel año, tras la muerte de su madre, pasarían por primera vez la Nochebuena en la casa de Joana. Rita quiso poner el árbol en casa igualmente. Había bajado la caja del armario y había montado aquel arbolito de plástico que cada año estaba más esmirriado. Después, sin llorar, lo decoró como hacían siempre todos juntos, con su madre. Esta vez lo estaba haciendo sola porque Vasco, al verla, se había puesto el abrigo y había salido de casa. El Ford Fiesta de Maria do Ceu seguía aparcado todavía donde ella lo había dejado, cada vez que salía de casa tenía que verlo a pocos pasos del portal. Nunca encontraba sitio tan cerca y, sin embargo, justo porque había sido la última vez, no había tenido que dar ni la vuelta a la manzana. Fue lo primero que dijo cuando volvió a casa.

«He tenido una suerte. He encontrado sitio justo aquí enfrente».

Era a finales de septiembre. Días de sol alto y cielo limpio, las golondrinas no se iban. “Hasta que no se vayan ellas, yo estaré bien”, pensaba Maria do Ceu mirando el panorama que se veía desde la ventana de la cocina.

Después, se encogía de hombros porque se acercaba el final de septiembre.

¿Cuánto podría durar aún aquella preciosa estación?

A las siete de la tarde de aquel 24 de diciembre del 2002, Vasco y Rita salieron de casa después de dar de comer a Zaca. Le pusieron algo más de comida en el recipiente que ya estaba lleno, hicieron ruido con la caja de la comida para que saliese de debajo del aparador donde estaba escondido desde que Maria do Ceu había muerto. No había manera de sacarlo de allí, Vasco incluso se había agachado alargando la mano para cogerle, pero el gato se había puesto a bufar retrocediendo.

«¿Cuántos años tendrá ya?», le preguntó a Rita mientras se ponía de pie.

«Debe andar por los diecisiete», respondió ella.

«¿Crees que sobrevivirá?».

«¿Y nosotros?».

Habían cerrado la puerta de casa dejando encendidas las luces intermitentes del árbol de Navidad; en vez de coger el ascensor, habían bajado los siete pisos por la escalera. Vasco lo hacía a menudo. Desde que se había puesto enferma su madre, le daba la sensación de que el asma esperase la mínima ocasión para dar la cara, él solo podía tratar de esquivarlo. Bajaban las escaleras en silencio, ambos pensando en lo mismo, en qué sentido tenía celebrar la Nochebuena ese año. A lo mejor tenía sentido, el de estar unidos, respetar una tradición que se repetía cada año: Nochebuena entre nosotros y la comida de Navidad en casa de su padre. Pero esta vez, en la casa de Joana, estarían también sus suegros, y Rita y Vasco apenas los conocían. Mientras subía al coche, Vasco pensó en que aquel año la falta de intimidad habría sido más evidente de lo normal. Antes de encender el motor se pasó la mano por el cuello. ¿En qué estaba pensando? ¿Es qué quizá no había habido intimidad entre ellos? Su madre era la primera en tener esa intimidad con cada uno de sus hijos. La intimidad era solo ella. Puso el motor en marcha, giró en la plaza y, acelerando, tomó la primera calle a la derecha. Rita miraba por la ventanilla, su cuerpo diminuto ocupaba poco espacio.

Habían terminado por acostumbrarse a lo peor, a los silencios. Aquellos encuentros solo eran una cosa física, una manera de poder decir que habían estado juntos, que se habían visto. Había sido así desde siempre, tantos preparativos… “Tantos preparativos para nada”, pensó, parado en el semáforo. Le dieron ganas de sonreír. Habría sido la típica cena, todos habrían comentado el bacalao de Joana, de uno en uno todos dirían lo bueno que estaba, muy buenas las verduras cocidas, el arroz, el requesón con la mermelada de calabaza, el vino tinto. Al menos mientras comían se podía hablar de eso. Después, empezarían los comentarios sobre el árbol de Navidad, sobre el tiempo, cómo se estaba manteniendo el buen tiempo. Después, se habrían quedado callados. Vasco saldría a la terraza a fumarse un cigarro. El abuelo se pondría a llorar. Solo él se habría podido conceder ese lujo, pero todos habrían considerado que sus lágrimas estaban fuera de lugar, las lágrimas de un viejo que nunca había sido bueno ni generoso. Manuel Ramalhete el fanfarrón, el falso, el padrastro de mamá, porque a su verdadero padre lo conoció cuando ya era adulta y lo repudió. Sin permitirle siquiera conocer a sus hijos que habían considerado abuelos a Manuel Ramalhete y a su mujer Ofelia, tampoco ella era la verdadera madre de Maria do Ceu. Pero, al menos, a su madre verdadera la había conocido y amado. Una mujer sin pasado, la pobre Margarida, siempre tan feliz incluso en la desgracia, murió cuando ella era todavía joven. “Espero no tener tan mala suerte como ella”, había dicho una vez mientras planchaba. “¿Qué quieres decir?”, le había preguntado Vasco preocupado. “Bueno, como Joana se ha casado hace poco, me gustaría vivir lo justo para ver nacer a sus hijos. No digo verlos crecer, solo nacer”.

¿Por qué se había quedado sentado en la mesa de la cocina? ¿Por qué no la había abrazado? Ella sonrió y se puso de nuevo a planchar con los ojos fijos en la sábana. Era otra mujer, la sombra de la belleza que había sido.

En casa ni siquiera se ponía la peluca, se ataba un pañuelo detrás de la nuca. Decía que llevarla cuando salía le provocaba mucho picor. En vez de abrazarla, Vasco cerró el libro que estaba leyendo, metió dentro el dedo índice de la mano derecha y se quedó mirando hacia delante buscando una palabra de consuelo que no pudo pronunciar. En aquellos tiempos, cuando no le quedaba margen, se decía a sí mismo que eran los últimos momentos que pasaría con ella, la idea de la muerte le bajaba por el cuerpo como la humedad en las noches de verano. Una cola gelatinosa le obstruía la nariz y la garganta, que le cortaba la respiración. Su instinto era siempre el de empezar a correr, como si corriendo rápido pudiera dejar atrás la muerte allí donde se le había presentado. De pequeño, le echaba la culpa a todos aquellos libros sobre el universo que leía con tanta avidez. Cada vez que encontraba la palabra infinito, intentaba apagar la luz para imaginarse aquel universo que no se acababa nunca, notaba que sus pasos eran en vano, pasos que no le llevaban nada más que a otro universo que habría seguido adelante de la misma manera, comiéndose su vida entera para después continuar sin él. Se le agarraba la angustia en el pecho y empezaba a sudar. Entonces, encendía la luz para que su mirada topase contra las paredes, para poder decirse que había casas, calles, ciudades, campos, muchísimo mar y que todo aquello estaba sobre la tierra, donde las cosas empezaban y terminaban. Alargaba la mano hasta la pared y la tocaba. Estaba fría, y el frío pasaba a las yemas de los dedos. No estaba flotando en el universo infinito, jamás tendría nada que ver con todo aquel espacio que quemaba los pensamientos. Cerraba los ojos con la luz encendida y se repetía que para él aquel universo era algo lejano, infinito. “Después, muchísimas puertas”, decía en voz baja. “Pero ningún hombre, en su vida, tendrá nunca el tiempo para abrirlas todas”. Más tarde se dormía extenuado, empapado en un sudor tan helado que por la mañana se despertaba con dolor de garganta.

Un domingo, en la típica comida rápida, el padre les había dicho a los tres hijos que tenían que empezar a considerar a la madre como muerta. Los tres habían apretado con fuerza las mandíbulas, como si la rabia que sentían se las hubiera pegado.

«¿Cómo puedes hablarnos así?», había gritado Joana en el viento fuerte de Cais do Sodré cuando salieron del restaurante.

Después, apoyó la frente contra un árbol, empujándola, como si quisiera entrar dentro del tronco; Rita, mientras, se había escapado. Había cruzado la carretera sin mirar si pasaban los coches; Vasco la vio subir a un autobús, el primero que pasó. Le pareció un grillo. Después, se acercó a Joana y le apoyó la mano sobre el hombro, solo con tocarla había notado cómo se deshacía en llanto. Y se quedó así, en medio de aquel viento, con el frío de la tramontana, en ese momento se dio cuenta de que los últimos abrazos con sus hermanas habían sido durante la infancia, en los juegos violentos y peligrosos. ¿Desde cuándo se daban solo dos besos rápidos en las mejillas? Y solo a Joana, que se había casado y se había ido de casa. A Rita ni siquiera esos. ¿Funcionaba así también en el resto de las familias?

«No sabe lo que dice», le susurró.

«Si que lo sabe», había respondido ella girándose hacía él con los ojos llenos de lágrimas. «Por eso nos lo dice, porque es malo».

«No sabe nada, créeme. No sabe nada si siquiera de sí mismo. Dentro de unos años se encontrará ante sí con el abismo».

«¿Cuándo?», le preguntó Joana abrazándose a él.

«Cuando sea viejo, cuando el juego de la vanidad haya llegado a su fin. Es lo mismo que en el parque de atracciones, puedes pagar muchas vueltas, pero al final tienes que bajarte».

«No me consuela. Es ella quien se está muriendo».

Tiago había tenido una gran idea. Decidió que llevaría a sus tres hijos a pasar el fin de año en una pousada del Alentejo, a Estremoz. Algo lujoso, pero que le costaría poco dinero. Entre él y Marta, por los puestos prestigiosos que ocupaban, tenían convenios con muchas pousadas. Tenían muchos convenios: coches de empresa, gasolina pagada, obviamente, también la luz, ya que ella era dirigente de la EDP, y además la ropa, las compras de representación en los que Tiago metía todas las cuentas de la comida de los domingos. Nunca tenían que gastar nada. ¿Qué hacían con todo ese dinero que ganaban? No se sabía cuánto tenían, a ambos les gustaba que pensaran que era muchísimo. Tenían una manera de demostrarlo, bastaba con que alguien se refiriera a algo, cualquier cosa cara, y entonces, los dos levantaban la ceja, dando a entender que para ellos no lo era en absoluto. Habían nacido pobres, casi en la miseria, después se habían hecho ricos y ahora tomaban esa actitud eufórica de los nuevos ricos. Se despertaban por la mañana apretando con fuerza el borde del colchón. Hacían ese gesto antes de abrir los ojos y después respiraban fuerte, profundo. Eran ricos, todavía eran ricos, la noche no había cambiado nada.

Quién sabe cómo les vino en mente una idea así. Celebrar Año Nuevo todos juntos después de la muerte de Maria do Ceu. Y que también fuera Marta.

Partieron todos en el Mercedes de Tiago. Un viaje de dos horas en las que no se dijeron casi nada, los tres hijos sentados atrás mirando pasar rápidamente las llanuras en una jornada de sol que, vista desde dentro de la ventanilla del coche, parecía idéntica a las del verano. Tiago hacía respiraciones cortas y automáticamente se tocaba a la altura de los pulmones como para masajearlos un poco. Rita se colocaba continuamente las gafas sobre la nariz que le habían rehecho tantas veces en sus operaciones. Y Joana, Joana parecía perdida, la mirada fija y las rodillas apretando contra el asiento delantero en el que su padre conducía.

Descargaron las maletas. Tiago y Marta fueron los primeros en entrar. Por cómo les recibieron, fue evidente que eran considerados habituales de la casa. Mostraban una especie de ostentación. Cuando hablaban con el portero del hotel daba la impresión de que se inflaban con cada respiración.

“Aquí están los pavos reales”, pensó Vasco. Y mientras lo pensaba, con la maleta apoyada en el suelo entre las piernas, sacó del bolsillo del abrigo una aguja imaginaria con la que les pinchó a los dos. Fingió casi un mareo para imitar la manera en la que se desinflaban. Joana lo miró preocupada y él sonrío. Rita estaba de pie, muy recta, con los puños apretados. Desde que murió su madre, le bastaba muy poco para hacerla enfurecer. El dolor la había convertido en la enemiga del mundo entero. A quien más manía había cogido era a Vasco, que vivía con ella. Si hubiera podido, habría cambiado la cerradura de casa y le habría dejado sus cosas en la calle. No era odio hacia él, era destrucción. Algunas veces era solo por una mirada, una palabra que no tuviese nada que ver con lo que ella interpretaba, o bien una palabra dicha por ella y que no entendían, porque después de todas aquellas operaciones hablaba mal, le habían rehecho el arco del paladar demasiadas veces y, además, tenía una voz nasal, incluso las personas más cercanas a ella tenían muchas veces dificultades para entenderla, sobre todo el abuelo Manuel Ramalhete. Una vez se había llevado las manos a las orejas como si fueran altavoces y mirando a Vasco había preguntado:

«¿Qué es lo que ha dicho?».

Una vez, el restaurante estuvo a punto de hundirse, toda la familia lo recordaba. Era el cumpleaños de Vasco y de Joana y estaban con los entrantes. Aquellos benditos preparativos de las fiestas. Eran todo. Se organizaba hasta el mínimo detalle, no se podía dejar nada al azar. Era como si allí dentro pretendiesen meter todo aquello que no podían tener, como si organizarlo con mucha antelación garantizase que saliese bien. En los preparativos era donde se colaban los sentimientos, empujados a la fuerza, y se buscaban con una serie de llamadas que empezaban al menos dos semanas antes. Tiago llamaba a Maria do Ceu, que respondía siempre de manera lacónica. “Sí, claro”, decía, “la tradicional cena. Sí, la cena es mejor que la comida. El restaurante, mejor elígelo tú”. Después, estaba el problema de la tarta. Cuando era el cumpleaños de Joana y de Vasco, una parte de chocolate, que le gustaba a Vasco, y la otra de piña, que le gustaba a Joana. En el cumpleaños de Rita, sin embargo, una de esas muy adornadas, con pasta de almendras, mucho licor y la decoración ligeramente tostada. “¿Piensas tú el regalo?”, preguntaba Tiago. “Piénsalo tú, por favor, y luego me dices cuánto ha costado”. Pero elegir el restaurante también era importante. Se empezaba con una lista larga, de la que se iban eliminando uno tras otro. “¿Y si vamos al mismo del año pasado?”. Preguntaba Maria do Ceu. “¿Estás bromeando? ¿Se te ha olvidado ya cuánto tiempo nos hicieron esperar entre plato y plato?”. Entonces le preguntaban a los cumpleañeros. “¿Has pensado ya dónde te gustaría ir?”, preguntaba Tiago a Vasco. “No”, respondía él, “a lo mejor deberíamos hablar con Joana”. “Muy bien, llámala y luego me cuentas”. El tiempo que transcurría entre los preparativos y la celebración era largo, era como si durante dos semanas todos llevasen un reloj dentro de sus cabezas que llevaba la cuenta atrás muy ruidosa. Usar el verbo degustar sería desacertado, era una cosa más específica, casi militar. En el momento final, siempre había alguna cosa que iba mal y aquel reloj, que con su tictac los había acompañado durante tantos días, se transformaba en una bomba explosiva. Casi nunca había modo de evitarlo. Y explotaba. Aquel día había ocurrido en el Luneta, un bonito restaurante con vistas a Monsanto donde Tiago, al final de la cena, había pagado sacando su cartera llena de tarjetas de crédito que repasó sobre la mesa dudando cuál usar. El abuelo había hecho esa pregunta y Rita había tirado el tenedor y el cuchillo sobre el plato. Tiago había bajado la mirada hacia su plato donde las aceitunas y los enchidos brillaban aceitosos bajo la delicada luz de una lámpara muy adornada, en un frío excesivo por el aire acondicionado demasiado fuerte. Rita rompió a llorar tan fuerte que le hizo esputar la comida que estaba masticando. Un rayo multicolor apuntaba a la frente de Manuel Ramalhete, a la servilleta y al cristal de la ventana. Salió corriendo al baño y se encerró dando un portazo fuerte tras pasar por delante del camarero, que estaba inmóvil en la entrada, junto a un atril con el menú abierto encima. Nadie se había levantado de la mesa para irla a buscar. María do Ceu ya estaba muy mal, aquel sería el último cumpleaños de sus hijos. El siguiente, el de Rita, no se celebraría. Estaba en el hospital y moriría trece días más tarde.

Un camarero los acompañó a sus habitaciones. En el primer piso estaba la de Tiago y Marta; en el tercero, la de los hijos que se encontraron en una habitación llena de luz con tres camas y una puerta de cristal que daba a la terraza con vistas al jardín. Vasco la abrió y salió fuera para encenderse un cigarro, Joana se apoyó en su hombro. El olor del humo la ponía de mal humor. Él se puso una bufanda en torno al cuello y se quedó allí mirando a sus hermanas desde detrás de la cristalera. Estaban haciendo los mismos gestos pero era como si estuviesen solas. Habían puesto cada una su maleta encima de la cama y la habían abierto. Lo primero que sacaron fueron sus camisones. Estaban lavados, planchados y doblados, pero no los pusieron debajo de la almohada; ambas empezaron a sacudirlos, como si tuvieran que coger aire solo por haber hecho un breve viaje; después, los extendieron sobre la cama y cada una de ellas se concentró en doblar otra vez su propio camisón y, dando un paso atrás, lo miraron de nuevo, inclinando la cabeza, primero, hacia un lado y, luego, hacia el otro. Solo entonces, casi simultáneamente, cada uno cogió el suyo y lo metió debajo de la almohada. Después se sentaron en el borde de la cama dándose la espalda. Mirándolas parecían un cuadro. Un cuadro de los años veinte, uno que Vasco amaba particularmente, de Felice Casorati. Pero sus hermanas no tenían nada que ver con el realismo mágico de aquel pintor. Se lo hacía recordar la postura de sus cuerpos, los silencios, la capacidad que ambas tenían para estar una junto a la otra sin comunicarse, como si para cada una de ellas la presencia de la otra fuese pura abstracción. Pero no eran mágicas, solo eran dos jóvenes mujeres afligidas: un monstruo más devastado dentro que fuera y una belleza rara que alberga un gran deseo de desfigurarse.

“¿Por qué somos tan infelices?”, pensó Vasco apagando el cigarro en el alféizar de la ventana de espaldas al jardín. El sol calentaba su pelo negro, aquel corte de pelo siempre descuidado y rebelde al que intentaba dar orden moviéndolo con la mano abierta. Sintió un escalofrío. Algo en la luz del día que empezaba a suavizarse le hizo pensar en la traición. “Ella no lo habría querido así”, pensó. “Se ha pasado la vida entera intentando mantenernos unidos y ahora diría que tanto empeño no ha servido para nada”.

«Pero ¿qué hora es?», preguntó Joana asomándose a la terraza.

«Las cinco», respondió Vasco.

«¿Y se puede saber qué tenemos que hacer hasta la hora de la cena?».

«Podemos dar un paseo por el jardín».

«No cuentes conmigo», dijo Rita sin levantarse de la cama. «Me estoy muriendo de sueño y me voy a dormir».

Se tumbó sobre la cama sin quitarse siquiera los zapatos, se colocó el abrigo hasta la barbilla, se le resbalaron las gafas de la nariz y se durmió.

«Está medio loca», dijo Joana con una sonrisa de desprecio. «Vasco, salimos de este mausoleo. Vámonos a dar una vuelta al pueblo».

A través del enorme espejo colgado sobre la consola, vio cómo se iba y se cepillaba enérgicamente el pelo. Después, rebuscó con una mano dentro del bolso, sacó una pinza negra y se la puso recogiendo solo una parte, de manera desaliñada, sin pretensiones.

Aunque estaba cayendo el sol, la luz todavía era muy clara y sobre el blanco de las casas de Estremoz parecía diluida y brillante. Cuando llegaron a la plaza, entraron en un bar y pidieron dos cafés largos que bebieron lentamente.

«¿Qué hemos venido a hacer?», le preguntó Joana.

«No lo sé».

«Será insoportable. ¿La has visto, no? No ha dicho una sola palabra de mamá. Qué asco», dijo mientras se miraba en el espejo de detrás de las botellas. «¿Crees que se le ha metido en la cabeza formar una familia?».

«Creo que…».

«Escucha, por lo que a mí respecta se puede olvidar de eso. Hasta ahora lo ha tenido todo bien separado. Bien, que continúe haciéndolo. Sabemos que está con Marta desde que teníamos nueve años y cuando se casó, no nos invitó a su boda. Pero en la mía y pretendió traerla con él».

«Mamá fue muy generosa en aquella ocasión».

«Siempre lo ha sido. Nos la ha matado».

«Joana…».

«Déjalo Vasco, tú también sabes que Marta ha esperado eso toda la vida. No tenía que haber sabido que se había puesto mala. Me he autoconvencido de que si Marta no lo hubiese sabido, ella no habría muerto».

«¿Crees en estas cosas?».

«Ella creía».

«Intenta estar más tranquila, lo digo por tu estado».

«Estoy embarazada, no estoy enferma», le respondió Joana. Y después se puso a llorar.

¿Por qué en aquellos momentos las palabras se apagaban? No tenían por qué ser difíciles, estaban ahí, a mano. Hay ocasiones en que se pueden usar siempre las mismas palabras. Las sentía en su boca, pero no le salían. Un dolor le afligía el corazón, entonces, le venían a la memoria el infinito del universo, aquellos pasos en el vacío que imaginaba con miedo cuando era un niño, aquel lugar sin color, transparente, donde todo parecía inmóvil y vacío aunque lo contuviera todo. Allí arriba, además de las estrellas, ¿también estaba él? ¿Estaba el que había sido o en el que se convertiría un día? ¿Cuántos él había? ¿Era un lugar inmortal o de tránsito?

«No sé por qué he venido», dijo Joana, secándose las lágrimas de los ojos con un gesto brusco de la mano. «Ni siquiera ha invitado a mi marido. ¿Te parece normal pedirle a una mujer que pase el último día del año sin su marido? ¿Qué nos diremos esta noche, a media noche? ¿Nos diremos feliz Año Nuevo? Es ridículo, Vasco, todavía nos comportamos como niños, le seguimos complaciendo y los tres tenemos casi treinta años».

«Vamos a dar una vuelta antes de que se ponga muy oscuro».