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El príncipe protagonista de este cuento tiene un objetivo: conocerse a sí mismo para descubrir su lugar en el mundo. Para conseguirlo, deja el palacio y se va al pueblo, a vivir, trabajar y observar a la gente de su reino, bajo dos condiciones. La primera: nadie debe saber quién es realmente; y la segunda: no puede hacer cambios en la vida de la gente que pudieran alterar su curso significativamente.
La corona cuenta la travesía de un muchacho que lucha por encontrar su verdad. Su historia podría ser la de cualquiera de vosotros y, a la vez, transmite toda la ternura y sencillez de los buenos comienzos.
Angelina Fabiola Caminos, nacida en Buenos Aires, Argentina, y española por adopción, tiene estudios de grado y postgrado en Psicopatología Clínica. Desde pequeña sus grandes pasiones han sido leer, cantar y bailar. Cantante profesional, comenzó escribiendo y componiendo música y luego decidió escribir en forma de cuentos, narrando historias que hicieran eco en la gente y la ayudaran a recuperar su potencial y su magia.
Su primer libro,
Cuentos de hadas para príncipes y princesas adultos,
fue publicado por Círculo Rojo Editorial en 2020 y su primer libro para niños,
Cuentos para soñar despiertos, fue publicado por Editorial MIC en 2021.
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Veröffentlichungsjahr: 2023
Angelina Fabiola Caminos
La Corona
© 2022 Europa Ediciones | Madrid www.grupoeditorialeuropa.es
Ilustraciones: Pamela Sofía Mora Caminos; Angelina Constanza Barilaro Caminos; Emanuel Gonzalo Barilaro Caminos; Isabella Paz Barilaro Caminos.
¡Contacta la autora! Entra en angelinafabiolacaminos.com/blog, o envía un correo a [email protected].
ISBN 9791220131827
I edición: Noviembre de 2022
Depósito legal: M-27862-2022
Distribuidor para las librerías: CAL Málaga S.L.
Impreso para Italia por Rotomail Italia S.p.A. - Vignate (MI)
Stampato in Italia presso Rotomail Italia S.p.A. - Vignate (MI)
A mis hijos, pequeños héroes cotidianos, mis maestros y compañeros de aventuras: hacen que cada día sea un regalo maravilloso.
Gracias
a todos los que creyeron en mí, tanto para impulsarme
como para impulsarse a sí mismos, porque yo también creí en ellos.
En un pequeño pueblo vivía un príncipe. Había dejado su reino para acercarse a la gente que gobernaba, y ¿qué mejor que vivir como ellos? Su padre decía que le pesaba la corona y él, aunque admiraba mucho a su padre, decidió hacer la aventura de dejarla y crecer, para luego poder recibirla con tranquilidad, llegado el momento de suceder a su padre, sin que le pese.
Desde luego, había conservado oculta su identidad, y para todos era un muchacho estupendo, y muy trabajador. Para no levantar sospechas, se había empleado en una carpintería, y vivía en una habitación modesta encima de la misma. El carpintero no tenía hijos, así que estaba encantado de tener un aprendiz a quien enseñarle su oficio.
Mientras aprendía a trabajar la madera, conocía a las personas y observaba.
Su padre le había puesto dos condiciones. La primera: nadie debía saber quién era realmente; y la segunda: no podía hacer cambios en la vida de la gente, que pudieran alterar su curso significativamente.
Su padre, le había permitido emprender ese viaje con esas dos condiciones. Además, tenía que hacer un informe semanal que recogía discretamente el Correo Real, para que su familia pudiera seguir sus pasos.
11
… Había dejado su reino para acercarse a la gente que gobernaba, y ¿qué mejor que vivir como ellos? …
Esa última semana se le había antojado muy larga. Había trabajado mucho: la nueva pastelería quería sus muebles a tiempo para abrir. Había estado embebido en su tarea, y no había escrito todo lo que hubiera deseado.
Sin embargo, sí que había podido observar, y le había llamado mucho la atención una cosa: a la gente le costaba mucho decir lo que realmente sentía. Por ejemplo, el carpintero: cada vez que hablaba con el pastelero, fruncía el ceño, se preocupaba, se ensimismaba, su humor atravesaba corrientes cenagosas de ira, frustración y rencor y, sin embargo, el pastelero no se enteraba. Para él todo eran sonrisas y ¡Claro que estará listo!, no se inquiete usted por nada, ¿Qué quiere adelantar dos días la apertura? ¡Sin problema! ¡Faltaría más!, De nada, hombre, gracias a usted por confiar en mi trabajo. Y así era como una persona honesta y tranquila, de pronto se volvía hostil, amargada, triste.
El príncipe lo veía, y a él le afectaba de cerca. De pronto el carpintero, apenas le hablaba, asentía con ojos tristes a sus bromas, no tenía apetito, y hasta atendía a otros clientes con disgusto.
El príncipe guardó esto en su corazón, y desde luego, escribió a su familia, pero se cuidó bien de comentarlo: no quería entristecerlos, ni sabía muy bien cómo encajarlo.
Ese día amaneció nublado. Unos nubarrones grises amenazaban con capturar la atención desde el cielo con gruesas gotas de lluvia hacia mediodía. Eso complicaba las cosas: ese día se cumplía el plazo para entregar los muebles restantes al pastelero, y no le iba a gustar un retraso. El príncipe desayunó rápido y bajó a la carpintería, y vio la luz encendida.
