La cruda ansiedad canina - Sharon Ferrer Tresaco - E-Book

La cruda ansiedad canina E-Book

Sharon Ferrer Tresaco

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Beschreibung

La cruda ansiedad canina ofrece un enfoque novedoso y visión global sobre la ansiedad en los perros, un problema, tan cotidiano y preocupante, que se ha calificado de «epidemia» y que afecta a millones de perros domésticos en todo el mundo. A pesar de ello, a menudo pasa desapercibido, sin identificarse o tratarse. Para poder ayudar a tu perro con la ansiedad y mejorar su calidad de vida, es importante conocer las causas y los factores que pueden estar afectando de forma negativa a su salud y comportamiento. El libro ahonda en los procesos que subyacen a la ansiedad canina desde un respeto absoluto a la biología y la fisiología del perro. Cuenta con explicaciones que te permitirán comprender de forma sencilla qué está sucediendo en el cuerpo y la mente de tu perro, junto con consejos prácticos y herramientas para que puedas ayudarle en el ámbito familiar y del hogar a recuperar su equilibrio. Con un enfoque educativo y preventivo, este libro es una guía indispensable para dueños de perros que buscan mejorar la calidad de vida de sus mascotas.

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Seitenzahl: 509

Veröffentlichungsjahr: 2024

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Sharon Ferrer Tresaco

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de cubierta: Rubén García

Supervisión de corrección: Celia Jiménez

ISBN: 978-84-1068-514-7

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

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Cláusula de descargo de responsabilidad

Esta información no pretende diagnosticar, tratar, curar o prevenir ninguna enfermedad. La información contenida en este libro tiene fines educativos únicamente y no pretende ser una alternativa al diagnóstico médico o al tratamiento veterinario.

Si crees que tu perro puede estar sufriendo alguna condición médica, debes buscar atención veterinaria. Consulta siempre con tu especialista y recuerda que no debes suspender el tratamiento veterinario debido a la información que encuentres en este libro.

La editorial no aboga por el uso de ningún protocolo de salud en particular, pero es de la opinión que la información contenida en este libro debe estar a disposición del público.

Ni la editorial ni la autora se hacen responsables de cualquier reacción adversa o consecuencia producidas como resultado de la puesta en práctica de las sugerencias o procedimientos expuestos en este libro. En caso de que el lector tenga alguna pregunta relacionada con la idoneidad de alguno de los procedimientos o tratamientos mencionados, tanto la autora como la editorial recomiendan encarecidamente consultar con un profesional de la salud.

Uno de los más fiables indicadores del bienestar general del perro es el comportamiento. (Miller, 1996).

Introducción

¿Quién soy yo para hablarte de ansiedad canina? Y, ¿por qué confío en que os puedo ayudar a ti y a tu perro? Dos preguntas que me he hecho a mí misma, y son la esencia de este trabajo y de mi proyecto profesional.

Sobre la primera, empiezo diciendo que sobre todo soy curiosa, lo que me lleva a formarme e informarme de manera constante. Reviso publicaciones, estudios, investigaciones, libros, páginas web, redes sociales y toda la información que tengo a mi alcance. A veces ha sido tanta que me ha hecho dudar o sentir «infoxicada».

Esto es lo que me ha hecho pensar que podría ayudarte. Tal vez tengas la impresión de que tu perro sufre ansiedad, pero la información es muy amplia y confusa, los consejos son vagos o demasiado generales, muy técnicos o contradictorios y no sabes ni por dónde empezar a filtrar. Esto es lo que me ocurrió hace unos años. Por eso este libro es la recopilación de una gran variedad de aprendizajes, útil para mí misma, y confío que lo será para ti.

Porque convivir con la ansiedad es un camino lleno de incógnitas. Al principio, ni siquiera le pones el nombre adecuado, a la mente te viene reactividad, agresividad, miedo, frustración, o una mezcla de todo. Entender qué está pasando, cuáles son las causas y cómo abordarlo me ha llevado mucho tiempo. Pero en el proceso he encontrado respuestas y una nueva vida.

Soy licenciada en pedagogía, en ciencias de la educación. Esto a priori no aporta demasiado sobre el conocimiento del perro. Sin embargo, sí me fue útil en la elaboración de un plan formativo y de carrera que me ayudó a encontrar respuestas a nivel personal, y a comprender que, lejos de estar sola, los problemas de comportamiento y salud afectan al bienestar y la convivencia de millones de perros y personas.

Porque no hay una titulación de «Educador Canino». Existen escuelas, academias, institutos, que ofrecen formación de distintos niveles. Y algunas titulaciones en técnicas de adiestramiento que validan ciertos organismos oficiales dependiendo de las zonas, o de los países. He dedicado literalmente miles de horas de formación en diferentes centros educativos especializados que he considerado podían aportar un marco teórico, casos prácticos y experiencia. Cientos a observar perros en diferentes contextos, que se ha convertido en afición y casi obsesión.

Durante años he construido un «puzle» en el que he ido colocando piezas hasta tener la imagen completa. Esas piezas han sido en forma de etología, biología, veterinaria, psicología, educación y comportamiento, nutrición, fisioterapia, anatomía, técnicas de masoterapia, osteopatía, y psiconeuroinmunología. Y lo he hecho a través de cursos, certificaciones y diplomas, seminarios, webinars, podcasts y diversidad de distintas fuentes de publicación.

El resultado lo he puesto en mi proyecto, Natural Tempos, ofreciendo asesoramiento, cursos, contenido y en particular este libro que ofrece un enfoque global en la comprensión de la ansiedad y una propuesta de intervención novedosa, con técnicas y ajustes en estilo de vida que permitan la recuperación del equilibrio, de la convivencia y un mayor bienestar. Porque de eso se trata.

Tenía que ser un libro para que seas protagonista, con tu perro, y para darte un espacio de intimidad donde no se juzga y que te permite reflexionar, validar, contrastar los datos y definir tu propia estrategia, la que os va mejor, todo a tu propio ritmo. Que al mismo tiempo te acompañe, mostrándote que, en este camino de la ansiedad, somos muchos.

De los perros también he aprendido, de aquéllos con los que he tratado y con los he convivido. Te presento a dos de mis maestros.

Chester

Hace unos veinte años, como les sucede todavía hoy a muchas personas, había confiado a ciegas en las indicaciones de mi veterinario con respecto al cuidado y la alimentación de Chester. Compraba el que pensaba era el mejor pienso del mercado, llevaba un calendario de vacunación riguroso, desparasitación interna trimestral, pipetas externas, baños periódicos y todo lo que creía implicaba ser un cuidador responsable.

Estuvo conmigo desde el mes y medio, cuando el criador de Golden Retriever me lo entregó. «Un poco pronto», me dijo, pero ya llevaba las primeras vacunas, así que no había problema. Como se suele decir, empezamos mal.

A los tres meses le atacó en la calle una perra adulta, no le causó daño, al menos físico. Pero desde ese momento, evitó acercarse a cualquier perro, sin importar edad, tamaño, raza, sexo. Todos le suponían una amenaza. Si alguno se le acercaba, entraba en pánico y empezaba a correr alrededor mío intentando que lo levantara del suelo y lo cargara en brazos. Su peso de adulto era de 40 kilogramos, así que no era opción. Intenté forzarlo un poco con algunos perros del barrio que parecían «inofensivos», pero su umbral de miedo era mínimo. Así que manteníamos las distancias y todos felices, o eso pensaba.

Una vez lo persiguió un gato, corrió delante de él unos 200 metros. Fue el gato el que, pasado el momento de confusión, cambió de rumbo. Chester siguió, hasta llegar a un muro. Entonces se volvió hacia mí, que apenas podía mantenerme en pie de la risa. Las personas, sin embargo, le encantaban. Todas, sin excepción. Prefería los adultos, pero también los niños le gustaban, y fue extremadamente paciente y tolerante con los dos bebés que, en el tiempo, «llegaron» a casa.

Bastante pronto empezó a tener alguna infección cutánea, que por lamidos se complicaba y acababa en tratamientos con antibióticos y cortisona en crema, según protocolo. A veces tenía infección de oídos, aunque era muy estricta con su limpieza y aplicación de gotas para prevenirlo. Las infecciones cutáneas que su veterinario tildaba de «típicas de la raza» se hicieron más frecuentes. Con su repetitivo protocolo de antibiótico y cortisona.

Tenía algunos episodios de coprofagia, y se interesaba especialmente por las heces de niños, que solía encontrar detrás de un parque infantil cerca de casa. Intentaba evitarlo y me enfadaba con él, porque tenía la impresión de que, con su delicado sistema inmune, eso le podía hacer daño. He de decir que comía sus propias heces de cachorro, pero pasó espontáneamente a las pocas semanas.

Aunque se mantenía en peso, alrededor de los 5 o 6 años, su veterinario me recomendó pasarle a comida light, porque teníamos que evitar daños articulares y artritis. «La raza es propensa», me dijo. Cambiamos la dieta, y suplementamos con glucosamina y condroitina. Con algunas pausas durante el año.

La idea del pienso light fue decepcionante y absolutamente insuficiente para saciarle. Siempre tenía hambre, y yo intentaba controlar su alimentación para no causarle daño ni sobrepeso.

Sobre los siete años empezó a tener fiebre, de forma periódica y sin causa conocida. Se le pautó antibiótico, después de varios días la fiebre remitía. A las pocas semanas, volvía a aparecer. Las analíticas, normales, las pruebas de imagen, limpias. Cambié de veterinario, pasé por tres. Todos lo mismo. Entre pruebas, segundas y terceras opiniones pasaron meses y el cuadro se repetía, fiebre, antibiótico, fiebre.

Alguien me recomendó llevarlo al hospital clínico universitario de Bellaterra, en Barcelona, estoy muy agradecida por ese consejo. Volvieron a hacer pruebas y me aseguraron que no saldríamos de allí sin un diagnóstico. Se cumplió. Chester tenía cáncer. Uno que afectaba a su sistema linfático. Otra vez, algo «común en la raza». Le pautaron quimioterapia en pastillas, y estimaron una esperanza de vida de un año. Con ese pronóstico, se pondría en unos 9 años. Según me dijeron, no solían ver muchos Golden Retriever de esa edad.

Después de encajar el golpe, se me ocurrió preguntar si tenía que seguir con el pienso light. La artritis parecía ahora un mal menor. Y como cualquier desahuciado, ¿no podría tener lo que más le gustaba en la vida, que era comida más sabrosa? Me dijeron que hiciera lo que quisiera. La dieta no le iba a afectar.

La medicación funcionó enseguida y la fiebre desapareció. Empecé a regar su comida con algo de aceite y a complementarlo con carne y nuestras sobras, verduras y alguna fruta.

Seguía casi obsesivamente buscando zamparse alguna caca infantil, que yo evitaba con la misma insistencia.

Chester pasó con la medicación dos años y medio. En el hospital se sorprendían de la buena respuesta y de su estado de «salud». Las revisiones fueron perfectas durante ese tiempo, casi como si estuviera sano y en general con energía y vitalidad. En el tiempo, empezó a tener alguna dificultad de movilidad, le costaba levantarse y recortaba los tiempos de paseos.

Su cáncer evolucionó a un osteosarcoma, que pasó desapercibido y «casi» sin síntomas hasta las últimas semanas. Todos los días siguió comiendo con alegría, hasta el último.

Ningún veterinario mientras estuvo enfermó cuestionó su alimentación, ninguno, nunca. Pero a mí sí me ronroneaba toda la secuencia de su historia, enfermedades, conducta. No sería justo pensar que la dieta enfermó a Chester. Seguramente, había una predisposición genética, a la que se sumaron otros (muchos) factores como una separación de su madre demasiado temprana, algún trauma y falta de socialización, miedos, sin duda una acumulación de tóxicos en su organismo, medicación que aniquiló su microbiota y sí, también una dieta ultraprocesada que incrementaba su inflamación y debilitaba su sistema inmune.

Pasé un duelo largo, de varios años. Para cuando adoptamos a Klaus, tenía claro que la alimentación iba a ser una prioridad. Y mientras me formaba, ataba otros «cabos sueltos».

Klaus

Adoptar a Klaus me cambió la vida. Un pastor alemán de tres años y pico que había pasado la mitad de su vida en un refugio, la otra mitad con una familia que lo «mal» trataba.

Sus reacciones desproporcionadas ante cualquier estímulo en movimiento, tirones de correa, y cincuenta kilos de (sobre) peso lo hacían inmanejable. Que además iba a más.

Empezó con otros perros paseando por la misma acera, o por la de enfrente, a los que «necesitaba» acercarse, personas a las que ladraba, bicicletas, patinetes y coches sobre los que saltaba, gaviotas a las que perseguía, olas del mar que intentaba morder. Era pura rigidez, se notaba en sus músculos tensos, postura encorvada, ojos muy abiertos, jadeos constantes, movimientos erráticos.

Los paseos eran una fuente intensa de ansiedad para los dos. Salía «a matar» o, más bien, a morir. No había agresividad, de esto me di cuenta enseguida. Lo que no reconocía entonces es que estaba aterrado. Es difícil pensar que un perro tan potente se siente amenazado.

Recuerdo haber probado todo tipo de equipamiento, collares, arneses, correas, salchichas y premios de todos los sabores y colores. Muy pronto me di cuenta de que era algo interno, suyo, pero un problema que nos afectaba a todos.

Antes de adoptar a Klaus me había puesto a estudiar educación y comportamiento canino. Sabía que un perro adoptado traería cierta «mochila» y quería estar preparada. Valoré contratar un profesional para que me ayudara, pero no encontré alguno que propusiera nada más allá del adiestramiento, que era algo que no creía necesitar para la convivencia.

Por otro lado, he de reconocer que tengo pasión por la formación, lo he desarrollado con los años. Y por el análisis. A menudo me lanzo de forma intuitiva a hacer, pero al mismo tiempo siento la necesidad y la curiosidad de entender los «por qué» y los «cómo». Además, me gusta sentirme autónoma y, cuando se trata de educación o salud, creo en una fórmula «a medida», y no tanto en las recetas para todos. Lo que no es sencillo de obtener.

De forma paralela empecé a estudiar nutrición natural canina y desde el primer momento la dieta de Klaus fueron solo alimentos reales. Primero cocinados por dar continuidad a su alimentación del refugio, y en pocas semanas pasó a una dieta cruda natural que yo preparaba. Valoraba los ingredientes, cantidades y su densidad, con el objetivo de que estuviera sano, satisfecho y que perdiera progresivamente los 12 kilos que le sobraban.

En algún momento durante ese tiempo, empecé a leer sobre educación canina natural, lenguaje canino, inevitablemente la biología del estrés, técnicas manipulativas y de una materia pasé a otra, de un curso a otro, viendo cómo Klaus encontraba su equilibrio y se transformaba en otro perro. El que probablemente la ansiedad no le permitía ser.

Los cambios fueron graduales, pero sí reconozco el momento en el que empezaron. Te lo voy a contar, y otras historias de otros perros con los que he trabajado. Pero tendrás que llegar a la segunda parte del libro donde encontrarás las propuestas prácticas con la explicación de su funcionamiento.

La «cruda ansiedad»

Dicen que los humanos somos el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Es verdad, a veces. Cuando el tropezón ha sido tan doloroso que te cuesta recuperarte, estás más atento al camino. Y algunos, lo allanamos para que no vuelva a pasarnos, ni les pase a los que vengan detrás.

Son muchos los que, como yo, después de una experiencia intensamente dolorosa, deciden formarse e informarse sobre cómo mejorar el estilo de vida y bienestar de sus perros con un enfoque distinto. Decía Einstein que, si haces lo mismo todo el tiempo, no puedes esperar resultados diferentes.

Hay un cambio de paradigma en el cuidado de los perros que no es nuevo, pero todavía poco visible. Cuenta con evidencia contundente y con muchos indicios que, si bien no se comprenden totalmente, tampoco pueden ser ignorados.

Sabemos que en la ansiedad no hay un único factor causal, ni siquiera un único detonante. Se dice, quizás por eso, que tiene mil caras. Si nos fijamos en el tipo de respuestas, parece seguro que al menos tiene dos. Una es la de la ansiedad como respuesta natural en un intento de adaptación al entorno cuando se percibe una «amenaza o peligro». La otra se muestra como una respuesta desproporcionada y que no es suficiente para devolver el cuerpo al equilibrio, y va a ser mal adaptativa o anormal. Es una amenaza demasiado intensa o frecuente.

Si nos fijamos en el origen también parece tener una doble cara, una es la fisiológica, parte de la biología humana, del perro y otras especies. La he querido denominar «cruda», en estado natural, por haberse mantenido inalterada a lo largo del tiempo, y porque es directa, dura, fuerte, y muy real, como la «cruda realidad».

La otra ansiedad es la «creada» por la mente, adulterada y procesada, a la que se le añaden aprendizajes, creencias, ideas, educación, cultura e imaginación. Esta es la ansiedad de la anticipación y la rumiación, de las preocupaciones que se repiten en la mente en un intento de encontrar una solución. Quizás por eso se suele decir que el perro vive el presente, no tiene esas preocupaciones o rumiaciones. Por lo que, en mi opinión, cuando hablamos de ansiedad canina nos deberíamos de enfocar especialmente en la primera, aunque veremos que no exclusivamente.

La primera, la «cruda ansiedad canina», es la que forma parte de la biología y fisiología de los perros. Un conjunto de procesos que tiene como propósito activar el organismo para responder ante las amenazas o peligros del entorno. Pero cuando se ve sobrepasado, puede convertirse en disfuncional, manifestándose a través de la conducta y de problemas de salud de maneras muy variadas. Esta ansiedad es la más desconocida.

Entender la ansiedad y cuáles son sus posibles causas va a ocupar gran parte de este libro. Cómo se manifiesta a nivel interno en el cuerpo y en la mente del perro, y cómo lo expresa a nivel externo a través de su conducta, lo que nos va a permitir reconocerla. Así como identificar qué factores contribuyen a que aparezca de forma crónica y patológica, generando problemas que afectan a la salud del perro, a su bienestar y vuestra convivencia. Por otro lado, interpretar lo que está pasando y que hay posibles causas que no has considerado, ayuda a reducir la carga emocional que este problema nos provoca como cuidadores.

Con todo lo anterior como marco de actuación, te voy a proponer en la segunda parte un conjunto de técnicas de abordaje, terapias y herramientas que son útiles. Probablemente no en todos los casos ni todas las circunstancias. Por eso, haberte ayudado a entender cómo funciona la ansiedad, y contar con conocimiento sobre tu perro, sus necesidades y entorno, va a permitirte realizar un análisis personalizado de su situación y determinar cómo intervenir.

Estas herramientas abarcan en su mayoría el estilo de vida, y requieren de la toma de decisiones y adherencia. Han sido seleccionadas en base a su sencillez de uso para que puedas utilizarlas en el ámbito del hogar. Unas, en mi opinión, van a ser prioritarias y comunes para la mayoría de los casos, otras lo serán dependiendo del contexto y de cada perro. De sus preferencias, personalidad, naturaleza, o de vuestra situación. No voy a proponer un «a, b, c», sino todo el abecedario para que cada uno componga la palabra que necesita.

Porque Sócrates creía que el conocimiento nos haría libres, pero Unamuno matiza: «no proclamemos la libertad de volar, sino de dar alas».

Y esto no descarta que puedas, quieras o necesites contactar con un profesional, bien sea veterinario, educador, etólogo o terapeuta, pero te ofrezco un punto de partida desde el conocimiento, a partir del que puedes definir qué tipo de ayuda adicional necesitas y qué puedes aportar tú directamente, que ya te avanzo, es mucho.

Si estás ya en contacto con un profesional veterinario o con un educador, estas técnicas son complementarias, y van a permitir asegurar y acelerar los programas que podáis haber definido.

Asimismo, quiero reiterar el carácter divulgativo de este texto, porque no es científico. Aunque me apoye en citas de estudios, experimentos, encuestas, investigaciones y revisiones.

La mayoría de estas investigaciones han sido realizadas con perros, con otros animales de laboratorio, y en ocasiones con humanos. Soy consciente de que algunas conclusiones no son directamente extrapolables o generalizables. Y que algunos de los temas no son totalmente concluyentes, o requieren de profundización. Lo que no significa necesariamente que no se pueda al menos reflexionar, y que no merezca la pena su consideración en base al coste-beneficio.

La ciencia es un proceso dinámico en continua revisión, que se ajusta a medida que aparece nueva información. Por eso, al mismo tiempo, existe un decalaje con la divulgación y la incorporación a la vida cotidiana. Por otro lado, la falta de pruebas o evidencias no significa que algo sea falso o inexistente, quizás no se han considerado todas las variables, o solo se ha podido probar correlación, pero no causalidad. Lo que, in vivo, fuera del laboratorio es complicado, a menudo por la enorme cantidad de esas variables que entran en juego. A veces, con los medios actuales no se puede llegar a conclusiones definitivas.

Tanto la credibilidad como el escepticismo tienen su lugar, y siempre, el sentido común.

«La ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia».

Carl Sagan

Mi intención ha sido intentar adaptar el contenido más técnico a un nivel de comprensión accesible a una gran mayoría de lectores. Lo que en algunos capítulos ha sido más sencillo que en otros.

PARTE 1

Capítulo 1

La epidemia de la ansiedad

«Trastorno de ansiedad: Trastorno psicológico caracterizado por tensión, exceso de actividad del sistema nervioso neurovegetativo, expectación de un desastre inminente y estado de alerta continuo ante el peligro». (Carlson, 2006)

Hay cientos de libros sobre ansiedad, no tantos sobre la ansiedad canina. De todos, este no es un libro revolucionario que desvela secretos sobre la ansiedad canina, pero sí tiene un enfoque que espero encontrarás diferente.

Es frecuente escuchar o leer sobre métodos para acabar con la ansiedad. Algunas propuestas incluyen formas de poder vivir con ella, muy pocas veces se explica qué es, por qué o cómo aparecen sus síntomas y menos aún se trata más allá de la mente, desde el cuerpo. Y, sin embargo, es ahí donde se crea y se «almacena». Muchas veces con graves consecuencias de salud y de convivencia.

¿Sabes lo que es la ansiedad?

Si puedes contestar a esta pregunta de forma clara, contundente y sin ningún tipo de duda, quizás no necesitas seguir leyendo. Pero si sigues, has de saber que no te propongo desactivar, luchar o vencer a la ansiedad con técnicas mentales. Sino explicar qué es, algo que puede parecer sencillo y que te aseguro no lo es.

Habrás escuchado hablar de la ansiedad, experimentado en primera persona, o conoces a alguien cercano que la padece. Si no es así, no pienses que no esté ahí, quizás sólo es que no la puedes reconocer.

Por qué la ansiedad se ha convertido en una epidemia

Este titular, aunque parece sensacionalista, es como muchos investigadores y expertos en el tema coinciden en definir el escenario. Se le ha dado la denominación de «pandemia», por su extensión entre la población, estimando que una de cada tres personas sufrirá ansiedad en algún momento de su vida. Y reconociendo que estos trastornos de manera frecuente ni se reconocen, ni se tratan.1

De forma paralela, en el caso de los perros domésticos, se calcula que afecta a tres de cada cuatro en el mundo. Parece mucho, pero veremos que cuando analizamos la ansiedad, qué es, cómo se entiende y de qué manera llega a ser un problema, esta estimación puede ser bastante acertada o incluso quedarse corta.

Se han hecho otras muchas valoraciones para tratar de cuantificar y dar visibilidad al problema. En Estados Unidos, se estima que el 17% de perros tienen problemas de ansiedad, en concreto, por separación.2 Esto supone más de diez millones de perros, y de ellos, se cree que solo una décima parte recibe atención. Como sucede con humanos, el resto no se trata.

En un estudio3 en el que participaron más de 13.000 perros y 264 razas, investigadores en Finlandia encontraron que una parte significativa de los perros viven con ansiedad. Esto lo hicieron relacionando la ansiedad con una amplia gama de rasgos, y observando la propensión de los perros a ellos. Concluyeron que más del 70% de los perros muestran ansiedad. Te cuento que esos rasgos identificados de forma mayoritaria fueron la sensibilidad a los ruidos, el miedo (a nuevas situaciones, alturas y superficies, personas u otros perros), la agresión, conductas impulsivas y compulsivas y la separación o soledad.

En otro estudio demográfico de 2019, el 85% de los dueños de perros reportaron problemas de conducta, siendo los relacionados con la ansiedad y miedo los de mayor prevalencia, hasta un 44%.4 Y son muchos los profesionales que, en base a sus casos, piensan que estos datos podrían ser muy superiores.

Esto bien podría ser así, porque en ocasiones vivimos con ansiedad. Como decía, sin saber o querer reconocerla, que no es lo mismo.

¿La ansiedad es un problema?

Sí y no, esa es la que parece ser la respuesta más consensuada.

La principal causa de abandonos y muertes en los perros son los problemas de conducta, y detrás de los más comunes se encuentra siempre, de alguna manera, la ansiedad. Esto es paradójico, porque la ansiedad es parte de la vida, no solo no es un problema, sino que es necesaria y normal. Pero lo contrario también es cierto, y la ansiedad puede ser o convertirse en un problema. Uno de salud, de disminución de la calidad de vida y un problema de convivencia.

Simplemente ansiedad

Basta con unas búsquedas casuales de los términos de ansiedad y estrés para darse cuenta de los diferentes enfoques, conceptos que se relacionan, cómo los términos se solapan y hasta se contradicen. Ya te adelanto que definir lo que es la ansiedad, no es una tarea fácil. Todo lo contario. Es complicado describirla y, cuando hablamos de intentar clasificar en categorías los tipos de ansiedad, se ha dicho que puede llegar a ser una tarea frustrante.

Si nos basamos en los profesionales que se refieren a ella, muchos afirmarán que se trata de una emoción, otros de un estado anticipatorio. Se relaciona a veces con el estrés, a veces no. Hablan de distintos tipos de ansiedad, manifestaciones, síntomas y causas. La bibliografía es casi tan variada como las interpretaciones y uso de los términos.

Voy a lanzarme con una definición. Y lo hago de manera muy simple: La ansiedad es un estado que nos permite saber que algo no está bien.

Unestado de alertaque se pone en marcha al detectar situaciones amenazantes. Es una alarma interior que nos acompaña desde el principio de la vida. Los síntomas siempre están ahí, aunque a veces los acallamos, los convertimos en rutina, hasta los medicamos y pasamos a ignorarlos. Lo hacemos con los perros cuando inhibimos o modificamos las conductas que son la expresión de esta alarma, su forma de comunicar un malestar.

Las causas de la ansiedad son muy variadas y, al mismo tiempo, es difícil establecer un único origen. Se suele decir por ello que es multicausal, multifactorial. Seguramente porque una vez que el organismo entra en desequilibrio mantenido, otros factores potenciales se solapan, haciendo el problema mayor. Como una gran bola de nieve descendiendo por una ladera, impidiendo que pueda verse lo que hay en su centro.

Aunque los cambios fisiológicos que produce la ansiedad son similares para los mamíferos, tiene muchas formas de sentirse, y cómo se vive y expresa, es único. También en las consecuencias para la salud veremos que afecta de forma diferente a cada uno.

Desde el punto de vista más biológico, se puede definir la ansiedad como una reacción neuroquímica del cuerpo ante un peligro o amenaza, real o imaginaria. Que es causada por niveles elevados de sustancias químicas del estrés, que el propio cuerpo genera. Es una respuesta adaptativa de supervivencia, automática e inconsciente.5 Mucho más poderosa que el cerebro consciente.

Es posible explicar la ansiedad desde el enfoque evolutivo. Estamos aquí resultado de la evolución, y la ansiedad ha evolucionado con nosotros y con nuestros perros. En efecto, las especies evolucionaron gracias a una serie de decisiones. Aquellos que sobrevivieron, que son nuestros antepasados, fueron los cautos que no asumieron demasiados riesgos y que aprendieron de las experiencias. Esto les permitió sobrevivir y reproducirse. Los incautos, los que arriesgaron demasiado o no aprendieron, no pasaron su ADN, porque no sobrevivieron.

Esa respuesta más cautelosa ante las amenazas es la que nos ha permitido evolucionar, porque era la que aseguraba la supervivencia. Y es la que queda fijada en el sistema nervioso como la respuesta a las amenazas, esa alarma que es el origen de la ansiedad.

Por eso la ansiedad es necesaria, ayuda a responder ante las amenazas del medio y adaptar las respuestas para asegurar la supervivencia y mantener el equilibrio.

Ansiedad y equilibrio

Este instinto de supervivencia, que nos ha acompañado de forma evolutiva, hace que los organismos evaluemos en todo momento el entorno. Es un sistema que fluye de estados de alerta a estados de reposo, y lo hace recuperándose de manera constante y dinámica. Esa es su razón de ser, su funcionamiento.

Cuando el flujo es correcto y se produce recuperación, lleva consigo una experiencia. Esto permite que esas experiencias se etiqueten a nivel mental y se produzca el aprendizaje, que lleva a controlar el medio. A su vez tiene implícita la sensación de seguridad, de conocer y haber pasado por una situación similar, lo que da herramientas para superar nuevos acontecimientos que se puedan categorizar de forma parecida.

Sin embargo, hay agentes o causas que complican este flujo, y hacen que la recuperación se dificulte o incluso se bloquee. El sistema no recuperado pierde su equilibrio natural y empieza a mal funcionar, valorando de forma incorrecta las respuestas que tiene que dar. Esto es una explicación simplificada de la «homeostasis». Un concepto que introdujo el científico Canon, al que también se le atribuye el de «estrés».

Se define como los procesos fisiológicos que se producen en el organismo para mantener estable el medio interno, frente a estímulos que alteran su equilibrio. Sin embargo, cuando los estímulos o estresores son demasiado intensos o se producen de forma reiterada, es posible que ese equilibrio no se recupere, lo que puede llevar a disfunciones, enfermedad, incluso en casos extremos a la muerte.

Si recuperamos el trabajo de Selye, otro de los primeros científicos en estudiar el estrés, se refiere a los estresores como aquellos estímulos que interrumpen el equilibrio, la homeostasis del organismo (bien a nivel celular o de sistemas del cuerpo). Puede ser una situación real o interpretada, que amenaza la integridad física o psíquica, activando las reacciones de defensa del organismo.

Todos los sistemas del cuerpo están conectados y tienen diferentes mecanismos para restaurar esa homeostasis. Se conocen como sistemas de retroalimentación, o de compensación. Una sucesión de procesos en la cual una condición corporal es monitoreada, evaluada y modificada. Es así como el cuerpo restablece el equilibrio, en un ciclo que se repite varias veces hasta que se resuelve por completo.

Algunas de las variables que se regulan por estos mecanismos incluyen la presión de oxígeno y sanguínea, el pH, la temperatura corporal, las concentraciones de sodio, de potasio y fósforo, los niveles de oxígeno o glucosa en sangre. El organismo tiene unos niveles máximos y mínimos con respecto a estas variables que garantizan el buen funcionamiento del medio interno.

Por ejemplo, la temperatura corporal está en condiciones de salud en torno a 37 grados, o la tensión 120 mm-80 mm de Hg, o niveles inferiores a 100 mg/dl de glucosa en sangre.

Pero de forma cotidiana, a causa de la exposición de estresores tanto en el entorno externo como interno, estas variables se desajustan y el cuerpo las devuelve al equilibrio de forma automática e inconsciente. En situaciones normales, hablamos de «micro» estresores. Sin embargo, cuando se produce estrés agudo con una mayor intensidad o de forma reiterada, se van a requerir otras respuestas que abarcan procesos bioquímicos y que van a provocar una respuesta de reajuste. Esto quiere decir que el organismo debe readaptar esos márgenes de sus variables para poder responder a las demandas del entorno que ha cambiado de forma permanente, lo que se conoce como «alostasis».

El cerebro tiene un papel fundamental en este fenómeno, y se extiende al resto del cuerpo. Cuanto más dura en el tiempo ese estado, hay más riesgo de perder la capacidad de responder, y se produce carga «alostática», lo que puede llevar a una mala adaptación. Es la antesala del estrés crónico.

Multitud de factores externos causan desviación de estas variables, como los tóxicos, alérgenos, infecciones o alteraciones metabólicas, y una de las mayores dificultades es su detección. Para ello, el organismo «vigila» constantemente a través de sensores de tipo neuronales, endocrinos, e inmunitarios, esos rangos «seguros» de estas variables que permiten que todos los procesos se lleven a cabo. Y lo hace unas cuatro veces por segundo.

Hay dos vías en estos procesos, la «aferente» (hacia arriba) que va desde la percepción, información de todos los órganos sensoriales hasta el sistema nervioso central (médula espinal y cerebro), y la «eferente» (hacia abajo) hacia los órganos corporales. Y dos sistemas que regulan estos mecanismos de forma conjunta; el endocrino y el nervioso.

El sistema nervioso envía impulsos a los órganos para que puedan actuar. Mientras que el sistema endocrino segrega a la sangre sustancias químicas, las hormonas, cuya función es regular la actividad de los tejidos y ayudar a contrarrestar los desequilibrios.

Entre estos dos sistemas hay una diferencia en los tiempos de respuesta. Los impulsos nerviosos son respuestas rápidas, mientras que las hormonas tienen un tiempo de respuesta más lento. Y generan dos tipos de respuesta, fisiológicas y conductuales. Las primeras se producen de forma autónoma en el interior del organismo, y las segundas, van a ser su expresión a través del comportamiento.

El organismo cuenta con un sistema de señalización químico que favorece el mantenimiento de la homeostasis, permitiendo a las células comunicarse, enviarse mensajes sobre el entorno, en forma de moléculas. Es el sistema endocannabinoide (SEC), del que se supo en los años 90, que está presente en los mamíferos y casi todos los animales. Es probablemente el sistema fisiológico más extenso y de los más antiguos, y regula la bioquímica de la mayor parte de las células del organismo y mecanismos como el sueño, apetito, procesos inmunológicos, memoria, control motor, percepción del dolor o estado de ánimo.

Las investigaciones indican que este sistema funciona como el primer mecanismo de emergencia que se activaría al detectar un desequilibrio fisiológico celular, que pueden ser lesiones, infecciones, o cualquier tipo de estrés.

Es una forma de comunicación que se ejemplifica para comprenderlo de forma sencilla a modo de llaves y cerraduras. Las células tienen receptores, «cerraduras», y ciertas moléculas harían la función de «llave». Cuando hay encaje, el mensaje «abre» la célula provocando un cambio y respuesta biológica en ella. Estos cambios pueden afectar la expresión genética, producir apoptosis (muerte celular) o la división celular.

A este sistema de receptores se pueden unir moléculas que el mismo cuerpo produce u otras exógenas (incorporadas desde el exterior). Volveré a este punto en el apartado en el que te propongo estrategias y herramientas, porque algunas de esas moléculas son las de CBD (cannabidiol).

¿Por qué todo esto es importante y qué tiene que ver con la ansiedad?

En la definición de ansiedad hemos dicho que es un estado de alarma en el cuerpo, de que algo no va bien.

Pongamos un caso que puede ilustrar cómo la pérdida de equilibrio fisiológico produce estrés, lo que provoca una «alarma» que pone en marcha una respuesta de reajuste interno fisiológica y de comportamiento.

La temperatura corporal se mantiene en unos rangos constantes para la salud, en perros entre 38 y 39 grados. Puede suceder que la temperatura ambiental descienda a valores mínimos, por un frío extremo. En esta situación, a nivel sensorial a través de los receptores cutáneos se detecta el frío, el sistema nervioso informa al hipotálamo en el cerebro, que funciona como procesador de la información y generador de respuesta. Esta respuesta enviada a través del sistema nervioso (de forma autónoma) va a generar varios cambios; vasoconstricción (los vasos sanguíneos se contraen) para evitar la pérdida de calor en el cuerpo, puede ser acompañado de contracción muscular (tiritar) para aumentar la producción de calor corporal y una reducción de la frecuencia respiratoria. Además, y esto es muy importante, provoca una conducta en el individuo, que será buscar protección y cubrirse.

Al contrario, cuando la temperatura es demasiado elevada, el hipotálamo genera una respuesta diferente, de vasodilatación (los vasos sanguíneos se dilatan) lo que favorece la pérdida de calor corporal, que se acompaña de sudoración haciendo que la piel se enfríe. En este caso, conductualmente el individuo buscará la sombra o agua donde refrescarse.

Imagina que el que tiene calor es el perro durante el paseo, su sistema nervioso le pide conductualmente que busque sombra y se refresque, pero cuando la correa (y tú al otro lado) se lo impide, ¿cómo crees que va a reaccionar? Seguramente tirará de la correa, se agitará, estará irritable. Hay una percepción de amenaza, que compromete su bienestar y podría llegar a poner en riesgo su supervivencia, por eso su organismo se activa con una respuesta de estrés.

Los síntomas que se han generado en su interior y que no hemos visto, son señales de ansiedad que pretenden movilizar al perro para que cuanto antes vuelva a recuperar el equilibrio. Si la temperatura subiera por encima del límite vital, podría morir.

Otro sistema de homeostasis relevante desde la perspectiva de la ansiedad y el estrés es el de la glucosa. La glucosa está presente en mayor medida circulante en el plasma sanguíneo para así poder llegar a las partes del organismo donde se requiere. Está en menor proporción en el interior celular, y esta relación debe mantenerse así. Los márgenes de glucosa en sangre son estrechos, el organismo tiene mecanismos para tratar de mantenerlos estables, ni muy altos, ni muy bajos. Porque niveles bajos provocan hipoglucemia, y altos hiperglucemia, con consecuencias importantes para la salud.

Cuando se realizan comidas frecuentes con carbohidratos de alto índice glucémico, se producen picos de incremento de glucosa, que van seguidos de grandes caídas al poco tiempo. Si los niveles de glucosa bajan se pone en peligro, entre otras, la función cerebral. Así que llega un aviso al hipotálamo de alarma poniendo en marcha un proceso de compensación para devolver los niveles en sangre al equilibrio. Por un lado, se vacían los depósitos de glucosa del hígado, y se estimula nueva producción a partir de proteínas. El cerebro, también «ordena» la secreción de glucagón (hormona que libera el páncreas en el torrente sanguíneo) y adrenalina.

La adrenalina o epinefrina es una hormona de la que vamos a hablar, y que tiene un papel muy relevante en estas respuestas de pérdida de equilibrio. Se relaciona con la movilización y la respuesta de estrés, porque ese es justo su papel. Enviar señales de que hay que «moverse» para resolver la situación. Esto está asociado a otros cambios fisiológicos como el incremento de la frecuencia cardíaca. El corazón se acelera y aparecen sensaciones de ansiedad, que se traducen en nerviosismo, irritabilidad y en este caso de una necesidad de «antojos», de comer más de ese tipo de alimentos, para asegurar la cantidad de glucosa necesaria.

Algo diferente sucede si se espacian en el tiempo las comidas y los alimentos tienen índices glucémicos bajos. Cuando el organismo agota las reservas de glucosa y de glucógeno, las células producirán cuerpos cetónicos. Estos son una forma de que el cuerpo disponga de la energía a través de la grasa.6 Y que asegura que el cerebro y resto de órganos dispongan de energía. En resumen, y de manera simple, es una de las bondades de la alimentación cetogénica, y baja en carbohidratos, que posiblemente conoces.

Este es solo uno de los motivos por los que la dieta tiene un papel fundamental. Especialmente en el caso de los perros, que son carnívoros (facultativos o no obligados), es interesante comprobar que el aporte de proteínas y grasas es el adecuado. Ambos con muy bajo índice glucémico, lo que significa que su digestión mantiene estables los niveles de azúcar en sangre. Las comidas procesadas secas tipo «croqueta» tienen una gran cantidad de carbohidratos. Sus defensores afirman que aportan energía y que los perros son capaces de digerirlos. Ahora tienes información adicional para hacer tu valoración, pero te cuento más.

Relacionado con la homeostasis de la glucosa está la resistencia a la insulina.

Ante un exceso de azúcar, el páncreas segrega insulina que llega a través de la sangre y estimula las células para que entre glucosa en ellas, con el objetivo de bajar los niveles en sangre. En el músculo y el hígado, se almacenará en forma de glucógeno (con un límite), y en el tejido adiposo en forma de grasa, aquí de forma casi ilimitada, ya que estas células pueden incrementar su tamaño enormemente. Por eso se engorda, casi sin límite.

Como todos no somos iguales, algunos organismos tienen una sensibilidad mayor y la insulina introduce de forma efectiva la glucosa en las células. Pero en otros, esto no es así, la insulina se queda circulante si no puede unirse a los receptores celulares. Este exceso de insulina es inflamación. Por otro lado, el exceso de glucosa provoca daño en las proteínas e inhibe su función normal. Y como en una suerte de círculo vicioso, esta situación hace que el páncreas segregue todavía más insulina.

El agua en el organismo se regula igualmente por estos mecanismos. Cuando no se bebe suficiente, el hipotálamo advierte del exceso de sales en el medio interno y manda una señal hormonal que se manifiesta conductualmente en «necesidad» de beber. Al mismo tiempo, el riñón retiene agua y reduce el volumen de orina. Un elevado porcentaje de perros tiene como base de alimentación comida seca procesada, con un 10% de media de humedad. Esto «estresa» el organismo de forma crónica.

También es habitual que se reduzca la ingesta de agua con la edad. Las personas de mayor edad beben menos, y sucede lo mismo con los perros. Esta situación de deshidratación tiene síntomas como dolores articulares o musculares, irritabilidad o fatiga.

Cuando un perro está irritable y lo manifiesta con falta de interés en otros perros, por ejemplo, o gruñe cuando nos acercamos, podemos pensar que tiene un problema de comportamiento. Es raro que creamos en algo tan elemental como que quizás lo que le pasa es que tiene sed «crónica». Y la solución, como parece obvio visto así, no será habituarlo a la presencia de ciertos estímulos, en este ejemplo otros perros, sino hidratarlo.

Es posible que solo con ofrecer agua a disposición no sea suficiente, y sea necesario revisar la dieta y adecuar el grado de humedad que los alimentos tienen de forma natural.

Otro ejemplo de equilibrio homeostático es el del potasio y el sodio. Si por ejemplo la ingesta de comida es demasiado salada, el organismo se estresa, detecta ese «riesgo» de exceso de sal que provoca desequilibrios entre ambos gradientes y pone en marcha mecanismos como son la producción de hormonas que incitan a la ingesta de agua. Al mismo tiempo reducen la producción de orina. Con esto, al entrar más agua en el organismo se va a producir una compensación de ambos niveles por ósmosis en el entorno celular. Como puedes imaginar, cuando una dieta tiene demasiada sal día tras día, puede provocar que esta regulación deje de funcionar de forma eficiente. Y esto puede que te parezca trivial, pero muchísimas dietas comerciales contienen demasiada sal. ¿Por qué? Por varios motivos, entre ellos, los alimentos se conservan mejor y son más palatables, más gustosos. Y, además, adictivos.

Igual de relevante es la homeostasis del pH. Especialmente por cómo la ansiedad y el estrés crónico pueden afectarle, y cómo el cuerpo recurre a mecanismos para corregirlos que pueden implicar otras consecuencias graves para los perros. El organismo cuenta con sistemas de regulación de los niveles de pH, y su objetivo es evitar acidosis, que baje, o alcalosis, que suba. El pH de los líquidos del cuerpo es ligeramente alcalino, por encima de 7. Que debe ser así para que el metabolismo funcione con normalidad.

Pero la vida acidifica, solo el hecho de comer lo hace, y, además, otros factores contribuyen a que sea mayor, como la falta de hidratación, sedentarismo, medicamentos o alimentos ultra procesados, y el estrés. Este estado cronificado se relaciona con exceso de radicales libres, enfermedades metabólicas, articulares, musculares y óseas.

Los mecanismos de compensación del entorno ácido son varios, uno será aportando minerales de sus reservas, extrayéndolo del hueso. Esto es una respuesta para una situación puntual, pero si se produce de forma reiterada, causará descalcificación y desmineralización. Otra forma de compensar el pH es a través de la respiración pulmonar, en forma CO2, que es ácido. Y el tercer mecanismo, más lento y limitado, es a través de los riñones, de la orina que elimina ácidos fuertes (como el ácido úrico de la proteína).

Hay situaciones concretas como la diarrea que puede llevar a una situación de acidosis metabólica. Al mismo tiempo, los vómitos podrían llevar a alcalosis (por pérdida del ácido del estómago). Situaciones asociadas con alcalosis son la deshidratación, excesiva pérdida de líquidos y electrolitos o problemas renales. Y en el caso de la ansiedad, cuando se produce hiperventilación, con una eliminación excesiva de CO2.

¿Por qué te cuento todo esto?

Es importante conocer, aunque sea de manera superficial, el funcionamiento de estos sistemas de compensación, así como los desequilibrios que se pueden producir y sus síntomas. Tanto hipo o hipercalcemia, presión arterial alta, diabetes son manifestaciones de desequilibrio, y llevan asociados síntomas. Algunos físicos como vómitos, diarrea, dolor, letargo, fatiga, dolor muscular y de articulaciones, y otros conductuales, como alteraciones del estado de ánimo, irritabilidad, impulsividad. Y todo esto tiene algo en común, la ansiedad.

No nos paramos a pensar en la importancia de estas compensaciones, porque son inconscientes, automáticas, y tan solo los síntomas son observables. Además, no se producen de forma aislada, sino simultánea. Y en correlación con otras muchas situaciones del día a día.

El cuerpo tiene un gasto energético importante asignado para estas funciones. Se estima, por ejemplo, que mantener el gradiente de sodio/potasio en el organismo humano puede suponer un 20% de la energía total que se obtiene de los alimentos.

Si muchos procesos requieren mucha energía, el organismo, para garantizar la supervivencia, va a priorizar cómo y dónde hace ese aporte. Pero esta energía es limitada, por lo que es posible que algunos sistemas no tan necesarios para la supervivencia, se queden sin asignación, y literalmente, se paren.

Al respecto de esta generación y reparto de energía es interesante la teoría del cerebro egoísta,7 de Achim Peters. Antes de ésta, se pensaba que el reparto de energía en el cuerpo era equitativo. Este investigador, sin embargo, afirma que el cerebro se asigna a sí mismo, por unos mecanismos metabólicos, más energía que a cualquier otro órgano. Como aquel dicho: «el que reparte, se queda con la mejor parte».

Cuando las situaciones de equilibrio en cuanto a nutrientes, temperatura, pH están amenazados, el cerebro de forma egoísta compite por la energía, para garantizar la vuelta al equilibrio, a la homeostasis. Esto tiene sentido desde el punto de vista de la supervivencia, el cerebro orquesta la vida, por lo que necesita garantizar su funcionamiento pleno, a costa de otros órganos menos vitales. Y, además, dada su complejidad, los requerimientos son en relación con su peso, muy altos.

Por ejemplo, cuando el cuerpo tiene el aporte necesario de glucosa, todos los órganos recibirán su suministro, en forma de energía. Pero si en algún momento hay escasez o una situación de estrés requiere un mayor consumo, el cerebro se asignará la cantidad necesaria, y los otros órganos periféricos podrían quedar sin ella. Ante estas situaciones, el cerebro no va a recurrir a las reservas del cuerpo, sino que va a inducir a la ingesta de alimentos (carbohidratos), para garantizarse mayor cantidad de glucosa disponible de una manera urgente.

En un episodio de estrés agudo (intenso y corto en el tiempo) en individuos sanos, el cerebro requiere extra de glucosa y la obtendrá liberando cortisol, para que estimule su producción en el hígado, lo que se conoce como glucogénesis. El sistema inmunológico se inhibirá, permitiendo al cuerpo recuperar el equilibrio.

Pero cuando el sistema inmune está activado, por ejemplo, en situaciones de infección o inflamación aguda, esto no es así. Entonces, el cerebro cede la energía, ralentizando sus funciones. Lo vemos en la enfermedad, en la que el movimiento físico y cognitivo se reducen al máximo. Se induce la somnolencia o descanso, favoreciendo la labor del sistema inmunológico en devolver la salud. Porque es también una situación aguda, en la que la supervivencia está en juego.

El problema aparece cuando el organismo está en estrés crónico. El sistema inmunológico está permanentemente activado, recibiendo el aporte de energía a costa del cerebro de forma continua. Aparecen fatiga, dolores crónicos, problemas de memoria, y es la antesala de enfermedades degenerativas que se han relacionado con este estado, como la diabetes, disfunción cognitiva, depresión u obesidad.

Cuando la energía se hace insuficiente, el sistema inmunitario la conseguirá de los órganos periféricos y de sus estructuras, que considera menos vitales. Del cartílago, el músculo, tejidos conectivos, o del hueso, desmineralizándolo. Y esto, como puedes suponer se traduce en dolores articulares, musculares, osteoporosis, debilidad general o problemas dentales.

Aquí tienes una parte de la explicación de por qué la ansiedad y el estrés están relacionados con problemas físicos de salud.

Tenemos además el lado mental. En desequilibrio, el cuerpo envía señales de estrés, y actúa como si se encontrara emocionalmente en una situación de amenaza constante. Las respuestas conductuales y cognitivas que se desencadenen estarán reguladas (de forma involuntaria) por el sistema nervioso que se ha activado, cumpliendo la función de sobrevivir, y manifestándose en forma de lucha, huida, o «congelación».

Un perro con un sistema nervioso desequilibrado se siente inseguro. Los estados en los que la ansiedad se ha cronificado y el sistema no puede recuperarse se han denominado de «rapto emocional». Es un estado de inseguridad, de alteración, de ansiedad.

Un sistema desregulado hay que devolverlo a un funcionamiento que permita la homeostasis y para esto, el organismo tiene que sentirse seguro. El plan y las estrategias que podamos definir tienen que ir en torno a este objetivo de recuperación del equilibrio y seguridad. Posiblemente es la necesidad más básica que podemos encontrar, y que tiene una relación estrecha con la confianza, el vínculo y la comunicación que establezcamos con nuestro perro.

El entorno y estilo de vida pueden ser los factores que alteran el equilibrio interno, y fuerzan al organismo haciéndolo incapaz, a veces, de mantenerlo. Y muchas, si no todas las decisiones sobre ese estilo de vida del perro son nuestras. Por tanto, hemos de ser conscientes de cuáles son, y cómo pueden estar afectando al funcionamiento de su organismo.

Vivir sin ansiedad

¿Podemos vivir sin ansiedad?

La respuesta es no, no se puede, porque no solo es normal, sino que es necesaria. Tampoco sin estrés, van de la mano. Así que, si te dejas llevar por consejos que invitan a vivir en «calma», quizás deberías replanteártelo. O más bien, reformularlo. Ni para nosotros, ni para nuestros perros puede ser el objetivo aspirar a la calma, sino al equilibrio, a la capacidad de recuperación y de resiliencia. Ni la vida, ni el día a día son lineales, y la biología, tampoco.

Pero es que, además, la ansiedad aparece en contextos agradables y positivos. La experimentamos ante acontecimientos y celebraciones, o en momentos en los que nos enfrentamos a situaciones nuevas. Y así es también como lo viven los perros.

Físicamente, se dice que la ansiedad se siente por lo general en la barriga, la garganta, el corazón, las palmas sudorosas y el temblor, o el movimiento del pie o pierna. Puede estar allí, y por falta de conciencia en el propio cuerpo, pasar algunos síntomas desapercibidos, o resultar difusos y difíciles de describir. Esto desde el punto de vista humano, los animales son mucho más sensitivos.

A nivel de conducta se relaciona con la respuesta de lucha-huida o de desconexión (que explico en detalle más adelante), y se suele observar y etiquetar como reactividad, agresividad, miedo o inseguridad. Vamos a ver que todo está muy relacionado.

La ansiedad es normal, pero puede convertirse en un problema.

Cuando vivimos con la ansiedad del perro, o nuestra, tendemos a querer pararla. La consideramos un problema del que queremos liberarnos, e intentamos anularla, a veces inhibirla, eliminarla de nuestras vidas y de las suyas. Pero en realidad, necesitamos la ansiedad. Tiene un propósito y es una respuesta adaptativa. Y esto es lo primero que hemos de considerar, que sea normal.

A través de la evolución, miles de años, esta capacidad de saberse adaptar ante amenazas ha contribuido a garantizar la supervivencia. Por eso se dice que la ansiedad es una respuesta adaptativa útil. Ante una posible amenaza (percibida o real), es preferible equivocarse con una respuesta de lucha o huida o congelación, pero sobrevivir. Se ha denominado estrategia conservadora de la neurocepción. Sobre este término acuñado por Stephan Porges, padre de la teoría polivagal, hablaremos más adelante en detalle.

Esta respuesta se encuentra almacenada en el cuerpo y se relaciona con el instinto de supervivencia y con la reacción del sistema nervioso ante la percepción de una amenaza, un peligro, o un recuerdo. Que puede ser un estímulo externo real, un pensamiento, o una reacción interna en el cuerpo.

Recuerda los procesos de homeostasis de los que hemos hablado y otros muchos que se producen sin ser conscientes internamente. Éstos ajustan la fisiología y la conducta a las circunstancias cambiantes del entorno. Y regulan un uso de energía que se utiliza para afrontar amenazas y oportunidades ambientales.

Hablando de evolución, de adaptación y de ambiente, hay que considerar que ese mecanismo de defensa que era la ansiedad ha funcionado históricamente en entornos bastante estáticos. Y funciona hoy en día de la misma forma. Pero el entorno no es el mismo. La vida actual está en constante cambio, y presenta una gran variedad de estímulos a los que el sistema nervioso tiene que responder.

Este bombardeo cotidiano de estímulos, con una exposición de manera casi constante en el día a día hace que se produzca una sobreactivación del organismo y se pierda flexibilidad en la recuperación. Hace que perros (y humanos) se sobrecarguen emocionalmente. Convirtiendo ese mecanismo en mal adaptativo.

Tal y como comenta Sapolsky, en su renombrado libro Por qué las cebras no tienen úlceras,8 podemos utilizar el símil del león que va a devorar la cebra, y cómo ésta ante esa amenaza vital pone en marcha la respuesta de estrés agudo. En la vida actual, lo podemos trasladar a momentos de amenazas reales como un coche que se aproxima a velocidad, o el típico susto ante un objeto o persona que nos hace apartarnos de un salto. Pero también son estresores las facturas a pagar, el jefe hostigador, el denso tráfico, las noticias trágicas, los problemas familiares o sociales. Y tantos otros que dificultan o evitan la recuperación del equilibrio del sistema nervioso y cronifican el estrés.

Los perros, aunque no pagan facturas, se exponen a diario a ruidos, sonidos, luces, personas y objetos o entornos desconocidos, otros perros, tóxicos, dolor, enfermedades, manipulación inadecuada, y muchos más. Son estímulos que ponen el sistema en alerta y que muchos perciben como amenazas, haciendo que su respuesta de supervivencia se active, de forma constante.

¡Cuidado! Porque son peligros percibidos, que quizás no son reales, pero al perro se lo parecen.

Además, cuando hay una activación, una movilización alta por estar en un estado de defensa, el umbral de detección de amenazas se reduce, y se confunden por ejemplo expresiones neutras faciales o corporales de otras personas o perros, y se malinterpretan las intenciones. Es probable que tengas o conozcas algún perro que reacciona de manera desproporcionada ante según qué personas, que llevan gorra, guantes, muletas, o que caminan de forma extraña. O a las señales de otros perros por muy claras que sean, o coches que van demasiado deprisa, las ruedas con el pavimento mojado, sirenas, ruidos repentinos, y otros.

Como para nosotros no son situaciones peligrosas, tendemos a no darle importancia e intentar convencer al perro de que «no pasa nada». Pero su sistema nervioso le está indicando lo contrario. Y hay que tener cautela y empatía, porque no entender que lo percibe de otra forma, pone en riesgo la confianza y el vínculo.

Hay otra cuestión interesante que me gustaría subrayar. En un estado de ansiedad, se envían señales de amenaza a los demás, y eso se transmite de forma inconsciente en la tensión muscular, en la postura o los movimientos, que hará que otros perros o personas eviten acercarse. Lo que, a su vez, puede generar más ansiedad y complicar la interacción social. Que es muy necesaria para alcanzar el estado de seguridad.

Lo anterior puede estar sumándose a otros factores psicológicos o educativos como una posible separación temprana de la madre y hermanos, pobres socializaciones, traumas, dificultades de comunicación en el hogar o escasa estimulación ambiental. Que se acumulan con otros estresores ambientales y fisiológicos, causan inseguridad, provocan desequilibrios, y convierten la situación en el caldo de cultivo de la ansiedad como problema.

Cuando es un problema

La ansiedad generalizada o manifestada de forma mal adaptativa es un problema. Lo es para el perro, para los humanos con los que convive, puede ser un problema para el entorno, otras personas o animales, y definitivamente es un problema de bienestar global que, como hemos ya mencionado, afecta a millones de perros en todo el mundo.

Algunos estudios tienen evidencia de que los trastornos de ansiedad y miedo (en concreto miedo a extraños) en perros pueden tener efectos negativos en la salud e impacto en la calidad y esperanza de vida,9 y en una mayor frecuencia y gravedad de las enfermedades.10 La ansiedad se ha relacionado con problemas de comportamiento, siendo los de mayor prevalencia el miedo, agresión, ladridos excesivos, coprofagia, conductas obsesivo-compulsivas, eliminaciones inapropiadas, rodar en suciedad o excrementos, hiperactividad, destrucción, huir-escapar, montas y saltos.11 Esto no significa que siempre que aparece esta conducta haya ansiedad y sea un problema, pero los estudios científicos establecen una correlación. Por eso disponer de esta información te puede ser útil.

Algo que vamos a desarrollar desde diferentes perspectivas, pero que es importante señalar desde un principio es que esos comportamientos, que muchas veces dificultan la convivencia, son la expresión de emociones y necesidades. Es sólo la forma en que el perro comunica cómo se siente. No son las causas, que están en la raíz y suelen ser muy diversas.

Considerar estos comportamientos como fragmentos de comunicación y de información, nos va a dar la posibilidad de seguir la pista hasta el origen del problema. En este sentido, entender la ansiedad, qué es, cómo se origina y manifiesta, va a permitir determinar si realmente hay un problema, apuntar posibles factores causales y, por supuesto, valorar los abordajes para la intervención.

La señal de alarma

Dice Britt Frank, autora best seller del libro La ciencia del estancamiento, que la ansiedad no es lo que nos mantiene atascados, sino no entenderla es lo que lo hace. Esta autora hace en su libro un símil muy interesante, que he escuchado en otros expertos, y define la ansiedad como una alarma de incendio, otros hablan del aviso en el coche de fallo de motor. A mí me gusta el símil de los sensores de aparcamiento, insistentes y que habitualmente encontramos «exagerados». Es lo mismo.

La ansiedad y esos síntomas que provoca en el cuerpo son una alarma. Esta alarma está indicando que algo no va bien, que hay una amenaza interna o externa al organismo. Un fuego, una avería en el motor, o una columna cerca al aparcar. Avisos molestos, claro, tiene que serlo para provocar una respuesta, pero no son el problema. Solo indican que hay uno.

Si lo que hacemos es silenciar la alarma y anular esos síntomas, eso no va a hacer que el fuego se extinga o que el motor se repare. Sino que hará que el problema cause daños mayores. Si eliminamos esta señal de aviso, solo veremos el problema cuando ya es tarde.

Así que, la próxima vez que oigas «acaba con la ansiedad, escapa de la ansiedad, modifica la conducta de tu perro ansioso o reactivo» puedes hacerte una idea de que se trata de quitar la pila a la alarma, pero que el problema va a seguir allí y aflorará de otra forma, quizás de una más silenciosa como enfermedad.

Asimismo, necesitamos que ese sistema funcione bien. Porque tampoco queremos que el sistema de aviso salte todo el tiempo sin motivo, sino que se active solo cuando es necesario. Y que después de tomar las medidas adecuadas, vuelva al estado normal de reposo.

La ansiedad tiene sentido y razones, tiene una explicación.

Es un estado fisiológico cuando el cuerpo siente peligro. Y es por eso por lo que muchos expertos desde diferentes áreas manifestamos abiertamente que la ansiedad no es psicológica, es física. El objetivo de la ansiedad es poner en marcha una cascada de reacciones que permita al cuerpo recuperar el equilibrio, y siempre va a haber cambios físicos. Por tanto, tiene sentido una forma de tratamiento con un abordaje desde el cuerpo, desactivando los procesos bioquímicos, metabólicos y físicos que lo generan y lo hacen crónico.

Aunque la ansiedad no es en sí el problema, hay que reconocer la dificultad de entender su funcionamiento y su expresión en forma de conductas del perro. Que a menudo hace que emerjan en nosotros emociones como la frustración, culpa, inseguridad y dudas, o ira.

Pero las emociones no son negativas, son energía, movimiento, y fluctúan en el día, en los momentos, en la vida. El reconocido profesional de la psiconeuroinmunología Leo Pruimboom dice que es el tiempo el que puede hacerlas tóxicas y el no expresarlas, y esto último es muy importante con los perros. Porque cómo respondemos ante estas expresiones puede llegar a hacer que las inhiban. Cuando por ejemplo las ignoramos, no las comprendemos, les castigamos o les obligamos a reprimirlas con órdenes. Causando que lejos de reequilibrarse, esa sensación de inseguridad se retroalimente.

Quizás te sorprenda, pero el estrés puede ser altamente beneficioso.

El creador del término de estrés, Hans Selye, lo definió como una reacción del cuerpo ante una demanda de cambio. Y este cambio puede deberse a una situación mental, emocional, física, química o ambiental. En el caso de los humanos, además, puede tratarse tanto de una realidad como de una creación mental, o revivir un trauma del pasado.

El estrés y sus hormonas asociadas protegen al organismo y facilitan la adaptación a esa situación cambiante, eso sí, a corto plazo. De manera mantenida en el tiempo, la carga de estrés crónico causa cambios en el cerebro y en el cuerpo que se relacionan con una mala adaptación, y que deriva en enfermedad.

Por tanto, es importante diferenciar si nos referimos a situaciones crónicas o generalizadas, donde hay una mala adaptación y mal funcionamiento de los mecanismos del estrés. En estos casos, el cuerpo y el sistema nervioso quedan desregulados con una sensación subyacente de inseguridad, y ante experiencias del día a día y fuera de la rutina, se activan. La ansiedad se va retroalimentando y se puede volver crónica, con una percepción de que el mundo no es seguro, en general. Se habla entonces de miedo, de miedos no concretos, generales o difusos.

Y es que determinar el origen de la ansiedad en ocasiones no es posible. Puede estar en situaciones traumáticas, ser somático con causas ambientales o incluso originarse en etapas tempranas de la vida. La conocida terapeuta Irene Lyon12 explica la ansiedad como «estrés de supervivencia acumulado» desde edades muy tempranas, incluso intrauterinas. Y son muchos los investigadores que sustentan esta línea de estrés transmitido de la madre al hijo durante el embarazo y en etapas posteriores al nacimiento.