La cuarta sombra - Francesc-Xavier Àvalos Pareja - E-Book

La cuarta sombra E-Book

Francesc-Xavier Àvalos Pareja

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Beschreibung

Carlos Otaolea es un prestigioso compositor con una vida muy ordenada y apacible, la paz de su mundo se verá truncada por el fatal desarrollo de los acontecimientos, viendo su vida cambiada por una elección ineludible. Se verá envuelto en unos sucesos que lo implicarán, teniendo que luchar por salvar su propia vida en una carrera contra el tiempo y con la peculiaridad de desconocer las reglas del juego, en el que él es una pieza determinante. Iniciará un camino por el cual descubrirá los secretos más inauditos mostrándose ante él una verdad que había permanecido oculta. El encuentro inesperado con la Cuarta Sombra le revelará los entresijos más ocultos de su propia familia y la existencia de una sociedad secreta que le pisa los talones.

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EPUB

Veröffentlichungsjahr: 2019

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© Francesc-Xavier Àvalos Pareja

© La Cuarta Sombra

ISBN papel:

ISBN ePub:

Editado por Bubok Publishing S.L.

[email protected]

Tel: 912904490

C/Vizcaya, 6

28045 Madrid

Reservados todos los derechos. Salvo excepción prevista por la ley, no se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos conlleva sanciones legales y puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

—Majestad, el Cardenal Mazzarino ha entregado su alma a Dios.

—¿Estáis seguro de que Dios la ha aceptado?

Luis XIV, Rey de Francia

—No me da miedo morir, pero preferiría no estar presente cuando esto ocurra.

Woody Allen

Índice

La Defensa Benoni

El Lazo de Maróczy

La Apertura Réti

Fianchetto

El peón envenenado

La captura al paso

La PISTOLA DE aLEKHINE

Zwischenzug

La regla de Tarrasch

El síndrome de Kótov

Zeitnot

Jaque Descubierto

El Rey atrapado

La Defensa Benoni1

Lunes, 5 de enero del 2004

Kälberplatte s/n, Oberammergau.

02h47.

Un profundo silencio inalterable imperaba en torno a la mansión. Su quietud tan solo se interrumpía por el esporádico ulular de los búhos provenientes de la alameda. La bóveda celeste mostraba una multitud de estrellas que centelleaban, en cambio la luna llena quedaba eclipsada por unos nimbostratos, que caprichosos, parecían obsesionados en ocultar todo su esplendor.

En el cruce de la Armeseelenstraße2 había un denso banco de niebla que daba una apariencia más tenebrosa al lugar. El ruido del motor de un vehículo se aproximaba y la luz de sus faros antiniebla disipaba la oscuridad. El auto giró en el desvío a la propiedad y se detuvo a pocos metros de la entrada atenuando el ruido del motor. De su interior salió un joven que se dirigió a la verja. La luz de los faros le ayudaba en su tarea de forzar con presteza la cerradura. Al abrir una de sus hojas las luces se apagaron y el auto accedió al interior lentamente dando tiempo al joven a subir sin tener que detenerse. El camino se dividía en dos sendas separadas por una hilera de setos -el conductor tomó el de la derecha. Su rostro se iluminó fugaz al prenderse un cigarrillo. Tenía una expresión imperturbable y una extraña opacidad en su mirada. El ruido del motor era casi imperceptible, un leve ronroneo atenuado por el sonido del rodamiento al pasar por el sendero de grava. Por un instante los efímeros rayos de la luna trazaron la senda y revelaron que el auto era un Audi A4 negro. Al llegar a la glorieta el coche se detuvo y de su interior se apearon dos jóvenes, siendo perceptible el vapor que exhalaban por la boca. Se dirigían al lateral de la mansión ligeramente agachados. Sus pisadas eran sigilosas y rítmicas, emulando en su progresión a un actor de mimo que recreaba una secuencia. Al llegar a la primera ventana de la planta baja el más joven adoptó la posición de semiarrodillado y se dispuso a perforar el cristal con un corta vidrios. Hizo un círculo, pero al completarlo la sujeción del aparato falló y el trozo de cristal se cayó rompiéndose en mil pedazos. A continuación, abrió la ventana y su acompañante, cauteloso, le ayudó a acceder al interior. Al bajar buscó con su linterna algo con que facilitarle el descenso a su compañero y halló una escalera plegable al lado de la puerta. Al accionar el interruptor la luz le reveló que estaba en el garaje al ver los vehículos que había. Posicionó la escalera cerca de la ventana y a medida que bajaba le inquirió:

—Tasio. Déjame ir a por el guardián.

—Ni hablar. Ya oíste a Ramiro —le respondió tajante.

—Joder. ¿Tú también vas a dudar de mí?

—Chencho, no está en mi mano el eximirte de tu castigo.

—Entonces, ¿voy a estar toda mi vida expiando mi fallo?

Tasio sentía conmiseración por él al haberle impuesto Ramiro un fuerte correctivo. Lo miró fijamente. Al ver su expresión abatida se apiadó y resopló benevolente dirigiéndose a él con un gesto indulgente.

—No hagas que me arrepienta —dijo resignado—. Sé prudente y no asumas riesgos innecesarios —le advirtió al subir las escaleras.

Chencho exaltaba a Ramiro e intentaba tener una relación estrecha con él, pero todo se le truncó después de su fatídico error. Con aflicción constató como el trato se volvió distante y áspero, llegando a obsesionarse con la idea de querer recuperar su confianza. Recogió la linterna y subió el tramo de la escalera con la determinación de querer demostrarle su valía. Las luces de la siguiente planta estaban encendidas. Chencho iba a acceder a ella cuando una sombra se interpuso en su camino blandiendo un estilete. Intentó desenfundar su arma y blocar su ataque con su mano izquierda, pero su agresor fue más ágil al apartar su mano y tapar su boca. Chencho emitió un grito ahogado al sentir en su pecho como penetraba el frío metal.

Tasio abrió la puerta y encendió las luces iluminándose la biblioteca. El silencio en la sala era total y no se apreciaba el menor ruido. Adoptó la posición de los brazos en jarra y escrutó la sala fijando su vista en las estanterías. Una idea irrumpió en su mente como una revelación. Creía que el guardián tendría oculto un compartimento secreto en alguna de ellas. Sin dudarlo, se dirigió a la primera estantería con el firme propósito de vaciarla. Los estantes los despejaba apresurado. Los libros los lanzaba de forma sucesiva por encima de su cabeza y al estrellarse al suelo hacían un ruido estrepitoso. Al vaciarlos palpaba con su mano impaciente en busca de un resorte, pero al no hallarlo proseguía con el siguiente. Pasaba de uno a otro pisando los libros que había diseminados por el suelo. La última estantería la vaciaba desesperado, arrojando los libros con una ira incontenida, fruto quizás de su frustración al no hallar lo que buscaba. El sonido de la madera al crujir le hizo girarse. A pocos metros de distancia, frente a él, reconoció al guardián. Distinguió en su mano el arma de Chencho que le encañonaba y alzó las manos en un acto reflejo, en tanto se cuestionaba que le habría ocurrido a su fuelle3. Se mantuvo firme. La altivez de su rostro y su mirada desafiante estaban en pugna con la de su oponente que era inexpresiva y parecía escrutarle antes de actuar. Presintió el temible desenlace al ver la oquedad de sus ojos y apretó los labios a la espera de oír la detonación del arma. En tanto, por todo su cuerpo sintió como lo recorría un intenso escalofrío preludio del inminente disparo. Sus ansias se vieron aplacadas como si hiciese aparición su ángel de la guarda. De reojo vio aparecer por la otra pieza a su punteador4. Se acercaba sigiloso y rápido deteniéndose justo detrás del guardián. Cerca de su nuca le quitó el seguro a su pistola y con voz seca se dirigía a él en un español carente de acento.

—¡Ni se te ocurra! Ahora deja muy despacio el arma en el suelo.

Ramiro advirtió como el guardián lo miraba de reojo, cerciorándose quizás de su error. Su mirada era astuta y su expresión estoica; parecía urdir algún plan. Una estrepitosa detonación irrumpió en la sala. Ramiro actuó con rapidez y le golpeó al guardián en su cabeza con la culata de su arma, cayendo inconsciente al suelo.

Tasio se balanceó con el impacto y se miraba el hombro izquierdo que emanaba sangre, exclamando en voz alta:

—¡Hijo de puta! Casi me mata.

—Eso te pasa por no estar por la labor —le increpó Ramiro.

Ramiro se aproximó para examinar su herida. Le pidió que doblase el brazo. En apariencia no tenía ningún músculo dañado, ni sangraba con exceso, sólo lo suficiente para tener que cortar la hemorragia.

—¿Es grave? —inquirió Tasio

—No lo sé, a simple vista parece que no ha sido nada.

Ramiro vio al lado de la butaca una lámpara de pie con brazo flexible y le pidió que fuese allí para examinarle mejor la herida. Se acercó al guardián y adoptó la posición de semiarrodillado dejando su mochila Topseeka al lado. Tomó la Glock-265 del suelo y le puso el seguro. Al guardarla cerró los ojos y negó con la cabeza. Cacheó el cuerpo. En un bolsillo halló la linterna de Chencho que introdujo en la mochila y en el opuesto una Astrona6 que se enfundó en la cintura. Se alzó y antes de irse no pudo evitar el propinarle una fuerte patada en la espalda, renegando algo muy bajo.

Tasio exhibió una mueca de dolor al quitarse la cazadora de cuero Kenrod y mostró su polo de Zara ensangrentado en la parte de la clavícula izquierda. Se lo quitó y lo lanzó con rabia a la chimenea. Dejó su torso velludo desnudo y al sentarse en la fría butaca sintió como el vello de los brazos se erizaban.

Ramiro se acercó y encendió la lámpara. Optó la misma posición de semiarrodillado para analizar la herida y determinar cómo tratarla. Miró en el interior de su mochila y sacó diversos utensilios que precisaba.

—Y ¿bien? —preguntó impaciente Tasio

—La herida parece que es limpia. Tienes orificio de salida. La bala debe haber pasado, y aún no me lo explico cómo, entre la clavícula y la escápula. Has tenido mucha suerte.

—Y ¿Chencho?

—Un gilipollas como tú —replicó enojado—. ¿Acaso no os enseñé cómo las gastan los sepulturistas7?

—¿Está herido? —insistió Tasio

—Está muerto. Además. ¿Qué coño hacías aquí? ¿No tenías que ir a por el guardián para interrogarlo? —le inquirió al ponerle una gasa.

—Pensé que Chencho ya lo había despertado.

—¿De qué coño hablas? —clavándole su mirada fija.

—Desde lo de Lavapiés que él ha querido ganarse tu confianza.

—¿Y no sé te ocurre mejor idea qué dejar solo a tu fuelle? ¡Joder! —agregó frustrado mientras le colocaba una venda—. Por la cuenta que te trae piénsalo dos veces antes de volver a cometer otra cagada —guardando los utensilios en la mochila.

Entre ambos se creó un profundo silencio difícil de quebrar. Tasio sintió en su interior acrecentarse un fuerte sentimiento de culpa. Ramiro le escrutó con la mirada dirigiéndose a él.

—Por hoy se han cometido suficientes errores, y tú —le amenazó con el dedo índice— espabílate de una puta vez, no voy a estar siempre cubriéndote el culo.

—El guardián se despierta —advirtió enfundándose la cazadora.

—Mejor.

El guardián se alzó y Tasio se dirigió a él bravucón.

—¡Abuelo! Bienvenido al país de los vivos.

—Tiene gracia que precisamente lo digas tú.

—¡Serás hijo de puta! —dirigiéndose hacia él

Ramiro lo asió por el cuello de la cazadora sin darle tiempo a dar un paso haciéndole desistir de su intento. Le lanzó al guardián una mirada inquisitoria y amonestó a su postulante8.

—¿Qué parte de “no cometer más errores” no entiendes? Otra pifiada y te mando con el equipo de Amadeo Sevilla.

—El guardián me provoca…

—Agradece tu buena estrella. Te ha faltado poco para acompañar a tu amigo —le replicó el guardián.

En el exterior de la mansión se formó un hondo silencio, una paz tan aquietada que enmudeció a los búhos que estaban en la alameda, preludio quizás del inevitable desenlace. En el cielo, los nimbostratos portaban la nevada anunciada a cotas superiores a los dos mil metros y seguían en su carrera frenética hacia el sur. En su tránsito seguían ocultando fugazmente la luna, cuya luz irradiaba unos destellos tan puros como intensos. En el cruce de la Armeseelenstraße la niebla era tan densa que difícilmente se podía cortar con un cuchillo. Dos brutales detonaciones irrumpieron simultáneas en el interior de la mansión. Las aves de la alameda huyeron despavoridas en busca de un lugar más seguro.

1. En ajedrez es una estrategia que cede el centro a cambio de atacar un ala.

2. Camino de las pobres almas.

3. Primer grado en la jerarquía de la Hermandad de la Garduña.

4. Tercer grado en la jerarquía de la Hermandad de la Garduña.

5. Variante subcompacta de la pistola Glock.

6. Pistola Astra 400.

7. Denominación a los Caballeros de la Orden del Santo Sepulcro.

8. Segundo grado en la jerarquía de la Hermandad de la Garduña.

Bäckerei Brandmeyer, Oberammergau.

07h45.

El fogón trabajaba a pleno rendimiento. En ese momento se cocía una hornada de panecillos körnerbrötchen9, otra de roggenmischbrot10 y los muy solicitados zwiebelbrot11. Heinrich espolvoreó harina en la mesa de trabajo mientras amasaba una porción de masa madre. La extendía con firmeza al tiempo que la ensanchaba hacia un costado, la estiraba y enseguida la doblaba sobre sí misma. Estiraba y doblaba, estiraba y doblaba, cantando al compás la canción Viva Bavaria, del grupo Münchner Zwietracht que sonaba por la radio.

—♫♪ (…) Wir lieben das Leben, die Liebe und die Lust. Wir glauben an den lieben Gott und hab ’n noch immer Durst…

Era de todos conocida su devoción por su trabajo al ser de los pocos hombres que aun disfruta realizándolo, tan sólo había que ver su rostro y como exteriorizaba su felicidad con una gran sonrisa. Se podía decir sin temor a equivocarse que para él era el instante del día más importante al vivirlo con tal intensidad que parecía un sacrilegio el no hacerlo con el debido interés. Sin embargo, de un tiempo a esta parte trabaja a un ritmo apresurado. Continuamente consultaba el reloj intentando escatimarle unos segundos a su impetuoso ritmo. Y eso, sin duda, era lo que estaba un tanto fuera de lo común. Su paz la trastocó Frau Schuler el día que llegó a su local y le reveló a su esposa Fanny la causa de su aflicción. Su marido Otto se había fracturado la pierna al caer por las escaleras de su casa y ella se lamentaba al no tener permiso de conducir para poder ir a su trabajo en la mansión de Briedesmeinhöffen. Heinrich, ajeno a la conversación, reponía diligente el expositor central con una nueva bandeja de repostería, cuando sintió en el costillar el sutil codazo de Fanny requiriendo su atención. Él, sin saber muy bien para qué, se ofreció al no haber escuchado la conversación. Frau Schuler se negó en un principio, pero Fanny fue mucho más persuasiva y ella acabó por aceptar su oferta.

Heinrich se movía ágil, pero al girarse observó que nuevamente volvían a vencerle las manecillas. Decepcionado se quitó el mandil con una sonrisa pícara llamando a Fanny. Atrapó con una pinza un par de croissants recién hechos de jamón y queso, los introdujo en una bolsa de papel y los dejó al lado del termo con café caliente que ella le había preparado.

Fanny empezó a amasar y sintió como por detrás su marido la abrazó por la cintura y le pasó por su cara la nariz embadurnada de harina.

—Mein kleiner Süßer12 —le susurró al verla reírse y querer zafarse.

Heinrich accedió al salón de su casa por la trastienda. Recogió sus pertenencias y antes de salir se cubrió con el abrigo que le regaló su hermana Luise. Era muy confortable y cálido al estar forrado en su interior con lana de oveja. Cada vez que se lo ponía se acordaba de ella mostrando su afable sonrisa. Abrió la puerta y una súbita ráfaga de aire helado entró. Agilizó el paso hacia su auto estacionado a pocos metros de su casa, un Audi A4 de color negro. Lo hacía algo inseguro al estar el suelo resbaladizo. Recordó que había olvidado esparcir, antes de acostarse, un poco de sal especial para la nieve. No era mala idea, pero durante el día nunca se acordaba de pasar por el local de Thorsten Fischer y comprarla, para al día siguiente volver a reprochárselo a su mala memoria. Entró en el auto y encendió el motor, conectó la calefacción y la radio, buscó en el dial la emisora Bayern-3 sonando la canción Es wird schon gleich dunkel que interpretaba la cantante Nicole.

—♫♪ (…) Vergiß jetzt, o Kindlein, dein´ Kummer, dein Leid, daß du da mußt leiden im Stall auf der Heid…

Su calle, la Steinbachergasse, empezaba a iluminarse. Como buen hombre de costumbres, siguió su trayecto rutinario y bajó por ella. Giró en la Dorfstraße y se dirigió a la Schnitzlergasse. Paró en la esquina de la tienda de Christine Wohlfahrt donde le esperaba Frau Schuler con dos bolsas de plástico con una gran T, símbolo del supermercado Tengelmann.

— Guten MorgenFrau Schuler —dijo despejándole el asiento.

— Guten MorgenHerr Brandmeyer.

— Hoy parece que va llover, ¿no cree? —preguntó ayudándola

—Dígaselo a mis pobres huesos. A mi edad hago mejores predicciones que el hombre del tiempo.

—Ja, ja, ja. A propósito, ¿le conté el chiste del meteorólogo?

—¡Sí! Unas diez veces —con idea de librarse de oírlo.

—Ja, ja, ja, pero no deja de ser gracioso, ¿verdad?

—Tiene usted un curioso sentido del humor, Herr Brandmeyer.

Heinrich subió inconsciente el volumen con el flash informativo y esperó a que ella se acomodase mientas se ceñía el cinturón de seguridad. En cuanto la vio preparada maniobró calle abajo.

9. Panecillos integrales.

10. Panecillos de centeno.

11. Panecillos de cebolla.

12. Mi pequeña dulzura.

Oyeron el flash de noticias que terminó al rebasar la autoescuela de Thomas Schiedermann y dio paso a la canción Guten Morgen del grupo Die Prinzen.

—♫♪ (…) Guten Morgen...Das war ne ziemlich harte Nacht, Mit wirklich vielen Schafen…

Heinrich bajó el volumen y sin darle apenas tiempo de abrir la boca, le sorprendió la rapidez con que ella inició su relato y le provocó una pícara sonrisa al ser consciente de la inutilidad de su acto.

Al desembocar en la Pfarrplatz ella detuvo su narración al pasar justo por el viejo cementerio, momento en el que ambos se persignaron, retomándolo justo donde lo había dejado. Ella se esmeraba tanto en hablar que no consideró la idea de hacerlo más despacio y en la Ettaler Straße le faltó poco para no enmudecer, notando la sequedad de su garganta. Al pasar por la farmacia Kofel tuvo un lapsus que solventó con extraordinaria habilidad y lo enlazó con el accidente de su esposo. Pero finalmente, vio que sus intentos fueron infructuosos al quedarse en blanco al entrar en la Koenig-Ludwig-Straße.

Heinrich empezó a contar su chiste. Aprovechó que una fina capa de niebla envolvía la Malensteinweg, dando una imagen más espectral al puente. Exageró su voz e hizo su narración mucho más tenebrosa ante la mirada perpleja de Frau Schuler que seguía con interés su relato. Su exposición la ralentizó al dejar a su derecha el albergue juvenil y el Fitness Center. Al pasar por el nuevo cementerio se detuvo y ambos se persignaron. Prosiguió y al entrar en la Armenseelenstraße vio que la vía tenía una apariencia misteriosa, haciendo elogio de su nombre, al estar solitaria y concentrarse en ella la niebla que procedía del río Ammer. Adoptó un tono más lúgubre en su descripción al girar en el desvío y se detuvo en la entrada. Observó que una de las puertas de la verja estaba abierta y se mostró indiferente para no preocuparla. Tomó del asiento trasero la bolsa de papel y cogió un croissant. Le ofreció el restante y al darle el termo se dirigió a ella.

—Debe de tener sed después de haber hablado tanto(!)

—No se lo voy a rechazar. Tengo la garganta un poco seca.

Heinrich sonrió malicioso llevándose el croissant a la boca y miró al cielo mientras lo degustaba. El Kofel se erguía ante él imponente. Su cima la coronaban unos cúmulos dándole un aire más impresionante al estar teñidos de rojo, contrastando con los cirros grises que avanzaban raudos hacia el sur. El frío intenso le obligó a guarecerse en su abrigo. Se acercó apresurado a la verja y advirtió que tenía claros indicios de haber sido forzada, inquietándole. Abrió la otra puerta y al regresar vio que ella le miraba expectante. Ante su pregunta él se encogió de hombros y para no turbarla prosiguió contándole su chiste.

La luz del sol daba a la alameda una apariencia tétrica. Una fina capa de niebla se disipaba a medida que se aproximaban a la glorieta. Heinrich apreció que había luz en el arco del dintel de la puerta principal. Siguió hablando hasta finalizar su narración y estacionó justo al lado de la escalera, donde se apeó apremiado para ayudar a salir a Frau Schuler. Se alegró al verla reír de nuevo por su pésimo chiste. Sabía muy bien que a ella le gustaba como lo explicaba, por esa razón, lo variaba cada vez para no hacerse pesado y arrancarle de esa forma una sonrisa. Tomó las bolsas de la compra. Se giró y vio que ella ya había iniciado el ascenso, demostrándole tener una asombrosa agilidad al realizarlo de un tirón. Al llegar a la puerta principal, Frau Schuler sacó la llave de su bolso y al introducirla se giró mirándole desconcertada.

—¿Ocurre algo Frau Schuler?

—La puerta no está cerrada…

Heinrich alegó un descuido del dueño y le pidió que le esperase afuera mientras él averiguaba lo que había ocurrido, pero ella se negó en rotundo y frunció el ceño al ver su idea muy extraña. Resignado, abrió la puerta y entraron. A ambos les sorprendió ver todas las luces encendidas y oír un extraño ruido procedente del piso superior que a ella acabó por atemorizarla. Heinrich llamó al dueño de la casa, pero al no hallar ninguna respuesta le rogó a Frau Schuler que le esperase fuera y esta vez accedió. Dejó las bolsas en el suelo y se guio por el sonido. Subió al piso superior y al aproximarse oyó con más fuerza que provenía del interior de una suite. Al entrar vio que estaba totalmente desordenada y que el origen del ruido ensordecedor procedía del velador, concretamente de un pequeño adorno con forma de árbol junto al reloj despertador. En la cabecera vio una clavija que al accionarla hizo regresar la paz.

La virtud de Frau Schuler no era precisamente la paciencia e hizo gala de ella al entrar de nuevo. Al principio el silencio la desconcertó. Después le llamó la atención un extraño olor que no lograba reconocer. Aspiró varias veces para determinar su origen. Decidida, avanzó para desvelar el enigma y siguió su rastro. Fue directa a la biblioteca y se detuvo frente a la puerta. Acercó su mano a la manija para abrirla.

Heinrich salió del dormitorio y se dirigió a la escalera. Iba a bajar cuando el grito de Frau Schuler le asustó de tal manera que casi se cae rodando por ellas. Bajó raudo y la halló en la puerta tapándose el rostro con las manos. Se acercó y al asomarse reconoció el cuerpo.

—¡Herr Roig! —exclamó el panadero

—No puede ser. Haga algo… —dijo ella sollozando.

Heinrich situó los dedos índice y corazón en el cuello de Herr Roig al recordar los procedimientos de las series policíacas de las cuales es un ferviente seguidor. Al tocar la yugular sintió la piel fría y comprobó que no había pulsaciones. Asió a Frau Schuler del brazo y salieron al exterior. El aire frío, más que importunar, en este caso se agradecía. Ambos bajaron las escaleras con celeridad. Al llegar al coche Heinrich la ayudó a acomodarse ya que parecía estar en estado de shock. Arrancó el motor y conectó la calefacción. Su pulso le temblaba ligeramente al marcar desde su móvil el ciento diez. Su llamada la atendió el agente Othmar Dedler que le pidió que se serenase al no entender lo que decía al hablar confusamente. Después de comprender la gravedad de lo sucedido, le pidió que esperase en el interior de su vehículo la llegada de un coche patrulla.

 

 

 

 

 

El Lazo de Maróczy13

 

 

 

Briedesmeinhöffen, Oberammergau.

08h13.

 

En el interior del auto la radio estaba apagada y Heinrich se desvivía por intentar calmar los llantos de Frau Schuler que no cesaban.

En la glorieta el silencio apacible que predominaba se interrumpía por el canto espontáneo de algún pájaro. Heinrich agudizó su oído al percibir el repetitivo ulular de una sirena. Bajó la ventanilla y oyó como se acercaba al irrumpir la tranquilidad del lugar con una tonalidad que parecía melódica. Dos autos giraron en el desvío y traspasaron la verja a gran velocidad. Uno era un BMW de color negro y el otro un streifenwagen que lanzaba desde su puente de luces destellos azules al cielo irrumpiendo con su sirena la quietud. El coche patrulla apagó la sirena y generó en el lugar un silencio agudo, de su interior salieron un agente y un Polizeimeisteranwärter14. Del otro lo hacía el comisario Günter Eggetsberger.

—¡Gerhard! —llamó el comisario al Polizeimeisteranwärter.

—¡Jawolh, Herr Kommissar! —haciendo el saludo de visera

—¿Avisó cómo le dije al médico forense?

—Por descontado, Herr Kommissar.

 

El comisario se dirigió al coche de Heinrich. Destacaba su gran altura y su aspecto corpulento. De él se decía que su mirada era muy intimidadora al ser fija y penetrante. Sus facciones las resaltaba su frondoso bigote, el cual le gustaba atusar cuando meditaba. Vestía su abrigo tres cuartos que le protegía de las bajas temperaturas y se cubría la cabeza con un sombrero con Gamsbart15, regalo de su amigo el médico forense Klaus Landauerle. Su carrera profesional estaba curtida por una dilatada experiencia. En la academia destacó en psicología criminal. Tenía un talento innato al entender el lenguaje corporal y una habilidad inherente al interpretar cualquier escenario por difícil que fuera. Sin embargo, no fue hasta que llegó a ser oberinspektor16cuando descubrió tener un don natural para resolver los casos y al cual denominó método Günter. No fueron pocos los problemas que le granjeó su técnica al evadir los elogios y rechazar el reconocimiento, que según él no merecía. Sus compañeros lo malinterpretaron y se creó las consabidas envidias por su éxito además de calificarle de arrogante. Para un profano podía ser un procedimiento ridículo, pero para él era infalible. Descubrió que para ser eficaz se requería de ciertas aptitudes como el poder de concentración y poseer una percepción extrasensorial bien desarrollada. Nunca lo reveló por los comentarios jocosos que se generarían a su costa y lo mantuvo en secreto. En torno a él se creó una aureola de misterio al punto que los agentes le denominaban con el afable apelativo de “Der sechsrte Sinn17”. Tampoco le ayudó mucho su superior al ascenderlo al puesto de Kommissar en la Prinzregentenstraße del barrio de Bogenhausen, en Múnich.

—Herr Kommissar, no es posible, está muerto —lamentándose.

—Intente calmarse, Frau Schuler —dijo con voz suave—. Enseguida les tomaré declaración.

 

El comisario se dirigió hacia la escalinata con paso firme. Al pie de ella alzó su vista hacia la puerta y exhaló vapor por su boca. Tenía el irrefrenable impulso de querer entrar con determinación y aclarar lo que allí sucedió en memoria de su amigo, Tomeu Roig. La cautela le recordó su deber de realizar la investigación dentro del rigor. Respiró hondo y apretó sus labios, señal de que había tomado una decisión invariable y subió decidido los treinta y nueve escalones de la entrada principal.

A mitad de su ascensión sintió como recorría por su espalda un intenso escalofrío y pensó: “mal presagio”. Se detuvo en el umbral y buscó en el bolsillo de su abrigo unos guantes de látex que se enfundó, para acto seguido, accionar la manija y entrar.

En el interior predominaba un ruido estruendoso además de estar todas las luces encendidas, haciendo que frunciese el ceño. Aspiró varias veces al reconocer el inconfundible olor a pólvora que empezaba a desvanecerse a su altura. Avanzó en busca de su origen y al acercarse a la mesa del recibidor el rastro era más evidente al dirigirlo a la biblioteca. La puerta abierta le permitió ver el cuerpo de Tomeu apoyado en la cómoda que hay debajo de la estantería. Le aplicó una ligera presión con los dedos índice y corazón en el ángulo del mentón sin percibir pulso carotídeo. Se quitó el sombrero a modo de respeto y se persignó a la vez que cerraba sus ojos grises para recogerse en una oración silenciosa. Al acabar, el ruido era muy molesto y se percató que procedía del piso superior.

A medida que subía advertía que provenía de la suite de su amigo. Era tan insoportable que tuvo que taparse los oídos. Al acercarse a la cabecera de la cama vio que lo producía un aparato en forma de árbol. Un cable le llevó a una clavija y al apretarlo volvió la paz quedando en la estancia una rara reverberación.

Volvió a la biblioteca para analizar el cuerpo. El tronco estaba encorvado a la izquierda, los brazos en paralelo y la cabeza inclinada adelante. Se situó frente a él semiarrodillado. Sus ojos se fueron directos al rostro, el cual parecía estar inmerso en una plácida siesta al tener los ojos cerrados y puestas las gafas, dando la impresión de que en cualquier momento iba a despertarse. No pudo reprimir mostrar una sutil sonrisa al evocar lo riguroso que era con respecto a ese hábito, pues rara era la vez que no se acostaba a la misma hora. Retomó su examen. Fijó su mirada al pecho. Su cara se transformó en un gesto más reflexivo mientras se atusaba el bigote con la mano izquierda. Además de distinguir el orificio de bala y la evidente mancha de sangre, reconoció por la posición que la trayectoria bien podía estar cerca del corazón. Advirtió que de su cuello pendía una medalla. Se acercó para observarla mejor y reconoció haber visto los mismos grabados antes en el caso Müller. El resto del cuerpo no representaba tener aparentes signos de lucha, al igual que sus manos y uñas las cuales examinó con más detalle. Detuvo su inspección. Su cara reflejaba un aire casi fraternal dirigiéndose a su amigo:

—Auf Wiedersehen, alter freund18 —lamentándose.

Sacó su teléfono móvil, marcó un número, mientras permanecía a la espera miraba fijamente a su amigo.

—Jawolh, Herr Kommissar.

—Gerhard pida un equipo de la Kripo19.

—Zu Befehl, Herr Kommissar20.

 

El comisario miró a su alrededor intentando interpretar el motivo de su presencia en la biblioteca. La sala estaba circundada por estanterías de dos pisos y una cómoda en la parte inferior. Advirtió que todas estaban vacías y su contenido diseminado por el suelo. Pensó que quizás no tendría una oportunidad mejor y decidió poner en práctica su método. Inició el proceso para entrar en estado de trance, al no ser una tarea sencilla y requerir de una alta concentración. Cerró los ojos y dejó su mente en blanco. Reguló su respiración y la hizo cada vez más lenta. Notó como sus sentidos se iban agudizando y percibió con más intensidad el efluvio a pólvora. Los síntomas se disiparon incomprensiblemente de forma inmediata y su concentración se perdió ante los fuertes lamentos de Frau Schuler. El comisario abrió los ojos soltando un suspiro de resignación y optó por proseguir sus pesquisas a la manera tradicional.

Empezó por escrudiñar en torno a él para no omitir ninguna evidencia y fijó su vista en el suelo. Avanzó despacio con la idea de dar la vuelta a toda la estancia e inspeccionarla cuidadosamente, pero le era difícil progresar, pues a cada paso que daba tenía que sortear el amasijo de libros esparcidos por el suelo, obligándole a caminar casi de puntillas. Su tenacidad se vio recompensada al hallar frente a él, entre un par de libros, un casquillo de bala. Se acercó para examinarlo haciendo crujir a su paso la madera. Repitió la acción un par de veces y se preguntó: “¿quién fue?”. Se dio la vuelta y volvió a pisar, pero esta vez la madera no crujió. Tomó la posición de cuclillas para examinar la vaina. Al no poder distinguirla sacó del abrigo su móvil y le tomó una foto. La imagen le reveló que era del calibre 9 mm Luger frunciendo el entrecejo. Alzó la mano derecha y extendió a la vez el pulgar, el índice y el corazón. Al apuntar le mostraba la segunda estantería del librero. Se acercó sin dejar de ojear la zona por la que pisaba y apreció en el suelo unas gotas de sangre. Al revisar la repisa descubrió que la madera estaba resquebrajada a causa del impacto de una bala que aún estaba en su interior. Pero mayor fue su sorpresa al ver en la siguiente repisa, en un ángulo más inclinado y a la derecha de la primera marca, otra similar apreciando perfectamente la bala dentro de su cavidad. Rastreó la zona y aparte de la desmedida cantidad de libros diseminados por el suelo no halló nada más.

Esquivó los libros que dificultaban su avance e inspeccionó la mesa de lectura sin hallar nada relevante. Era grande y tenía cuatro escuadras para reposar los libros, además de tener un aplique de luz individual en cada una. Desde allí se dirigió a la zona de reflexión situada alrededor de la chimenea. Recordó que Tomeu la denominaba así debido a su extremo confort, y no era de extrañar, al tener una chaiselounge, un sofá doble y un par de butacas de cuero negro. No se podía negar que era un lugar perfecto para disfrutar de la lectura de un buen libro.

Pasó por al lado de una de las dos ventanas que están orientadas al oeste. Halló la cortina abierta y una borla en el suelo. No le pasó inadvertida la prenda ensangrentada en la chimenea, pero su atención se vio atraída por las obvias manchas de sangre que había en la butaca al estar concentradas en la parte superior. Advirtió en el suelo, al lado de la chaiselounge, un segundo casquillo de bala. Lo examinó y vio que se trataba de un 9 mm Luger. Apuntó a la estantería y su trayectoria no se alineaba. Al lado del casquillo, casi imperceptible, descubrió unas gotas de sangre. Desestimó dar la vuelta a la mesa dada la gran cantidad de libros que había diseminados en esa parte. Desistió al no querer alterar el escenario.

Se aproximó a la siguiente pieza, el salón estudio. Las puertas abiertas le revelaban el contraste. A excepción del escritorio que sufrió el paso de un torbellino, el resto del salón estaba muy ordenado. No era de extrañar al no estar excesivamente decorado. A su izquierda había dos butacas de cuero belga enfrente de una gran pantalla de televisión extra plana. Al lado una mesa con el reproductor de video y un DVD. Las ventanas estaban orientadas al oeste y situadas entre ellas un completo equipo de música, con lector de CD, ecualizador, plato para discos de vinilo y un sintetizador. Le seguía un amplio escritorio que era la única parte desordenada al tener todos los cajones vacíos sin hallar nada de interés. En el lado contrario había una barra de bar con taburetes y encima del mostrador tenía tres lámparas. Detrás estaba la estantería de cristal, a modo de espejo, bien surtida de licores. Entre dos repisas vio el orificio de una bala.

Se acercó a la mesa de billar un Designer 1000 de color negro, iluminado por una lámpara colgante de estilo Tiffany. Cerró por un instante sus ojos y pasó su mano. Notó a través del guante la suavidad del tapete. Inconscientemente recordó su visita de anoche, pero se desvaneció de inmediato al dar paso a una nítida visión al haber entrado en trance. Ante él vio a Tomeu dándole un sorbo a su copa de schnaps. Lo vio tomar su taco y frotar con suavidad el cuero de la tiza. Su aspecto era más serio al estudiar la jugada que iba a realizar. Su concentración aumentó al ensayar el puente clásico con la flecha entre los dedos índice y medio de la mano izquierda. El limado lo realizaba con la barbilla alineada perfectamente sobre el taco. Parecía abstraído. Anunció el tiro y consiguió la jugada. Con su mirada buscó la forma de entronerar la siguiente bola. Lo hacía con efecto de corrido o dándole de lleno. La bola de tiro la dejaba siempre en buena disposición para encarar la siguiente. La última bola le dio por un lado dándole el efecto de voleo necesario para entrar en la tronera lateral. Tan sólo quedaba la bola número ocho. Buscó el ángulo y repitió la misma jugada con tal eficacia que la embocó en la misma tronera.

Al volver en sí se sentía mareado al debilitarlo el estado de trance. Se agachó para ver si había algo oculto debajo de la mesa y halló otra vaina. Sacó el teléfono y gateó para tomarle una fotografía. Al verla, observó que era un 9 mm Parabellum y musitó: “curioso.” Se giró y siguió la posible trayectoria de la bala que había en la estantería de cristal. Vio con satisfacción que se alineaba con la estantería de la biblioteca. Miró a su alrededor y en la entrada de la biblioteca advirtió unas gotas de sangre. Las piezas iban encajando, tan solo le faltaba saber quiénes ocupaban esas posiciones. Agotada la sala, se dirigió al salón comedor.

La puerta abierta exhibía la huella ineludible de la desesperación, dada la rabia manifiesta en el estado en que estaba su interior, pues no quedaba un solo mueble indemne. En mitad de la sala había una mesa para acoger a trece comensales. A la izquierda estaba el gran ventanal de forma curvilínea. En el lado opuesto un mueble vacío flanqueado por dos estantes de cristal con los servicios de bebidas y unos vasos cónicos para degustar los schnaps. Entre medio estaba la puerta que da acceso al gran recibidor, le seguía otro mueble de las mismas dimensiones que el anterior. Todos los aparadores estaban vacíos y sus cajones tirados por el suelo, el cual era una mezcla de menaje y mantelería. Examinó la zona por donde su vista abarcaba sin hallar nuevas pruebas y evitó pasar. La esquivó y se dirigió a la siguiente pieza - la cocina.

Al entrar miró a su alrededor. Parecía que cada pieza rivalizase por ser la más desordenada. Todos los armarios estaban vacíos y los cajones con todo su contenido vertido por el suelo. Observó al fondo una puerta abierta y se acercó. A medio tramo vio el cuerpo sin vida de un joven. Reconoció su rostro lampiño y sus facciones latinas como uno de los asesinos de Fräulein Müller. No le sorprendió verlo. Su presencia validaba sus sospechas de que Tomeu sabía mucho más de lo que aparentó y se preguntó cuán implicado estaba en el caso.

—Dos heridos y dos occisos, curioso —expuso

 

Descendió intrigado, pero no lo removió a riesgo de contaminar la escena y dejó para la Kripo la labor de hallar las pruebas sin alteraciones. Comprobó que no tenía pulso y reparó en el detalle de los tres puntos negros tatuados en la palma de la mano. Musitó: “curioso.” Al examinar su posición presupuso que fue víctima de una celada, aunque ignoraba como fue la sucesión de los hechos.

Se dirigió a la entrada principal y al salir vio que Heinrich mantenía una conversación con Gerhard. Del lado contario la agente Shafer no conseguía calmar a Frau Schuler. Al bajar, Gerhard se dirigió a él.

—¿Alguna orden Herr Kommissar?

—Gerhard, intente calmar a Frau Schuler. Quisiera hablar con ella, pero necesito que esté tranquila. ¿Podrá encargarse?

—Jawolh Herr Kommissar.

 

El comisario llamó al panadero y tomó una posición descansada. Tenía las manos dentro de los bolsillos de su gabán y su pierna derecha ligeramente apoyada en el segundo peldaño de la escalera. Su testimonio fue muy revelador al confirmar la existencia de una alarma. Dado el estado de tensión de Frau Schuler y al ver que no podía aportar nada, optó para que ambos se fueran, no sin antes pedirles que no comentasen lo ocurrido, a sabiendas que en pocos minutos lo sabría todo Oberammergau.

Se encaminó de nuevo a la mansión con la idea de inspeccionar el resto de las habitaciones y se preguntó, “¿qué buscaban?” Al entrar oyó de nuevo el sonido estridente, pero esta vez los tonos eran diferentes. Decidió apagar la alarma y proseguir donde lo dejó.

Bajó las escaleras hacia el garaje. Debajo de la ventana vio que había una pequeña escalera y en el suelo unos restos de cristal. La ventana tenía una abertura circular bastante peculiar. Al analizarla vio que la oquedad se realizó al lado de la manija con una ventosa y un corta vidrios. Se puso de puntillas y miró al exterior. El suelo estaba cubierto de grava y no le revelaba nada.

Cruzó el garaje y descendió las escaleras que daban acceso a la antigua mazmorra. Comprobó sorprendido que no había sido profanada al exhibir con orgullo su contenido. Los cuatro estantes exponían la gran variedad de vinos que reposaban en sus repisas. Del techo pendía una pequeña araña de cristal que iluminaba la bodega. En el centro había una mesa redonda formada por una tinaja para la degustación y en cada pared un cuadro representando diversos temas bucólicos ambientados en el siglo pasado. No había ninguna abertura al hallarse bajo el nivel del suelo y por tanto carecía de ventilación.