La Daga - Pilar Gutiérrez - E-Book

La Daga E-Book

Pilar Gutiérrez

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Beschreibung

A finales del siglo XVI, Vicente Mercader, un valenciano que trabaja como alquimista en Paris, recibe de su Maestro el encargo de evitar que una extraña daga caiga en manos de un grupo de hombres armados que están asaltando su casa. Vicente emprende un viaje lleno de peligros que le lleva primero a Valencia y luego a Toledo donde se pierde su rastro. Casi cuatro siglos después, también en Toledo, Benito Escudero le cuenta a su nieto Lucas sus aventuras de juventud. Una de ellas trata de cómo descubrió en unos túneles, a los que se accede desde el sótano de su casa, los restos de un hombre, una daga y un medallón. A la muerte de Benito, la abuela le entrega a Lucas, la caja en la que el abuelo guardaba sus recuerdos, trofeos y tesoros. Al revisar el contenido, Lucas se da cuenta de que en las historias que le ha contado el abuelo hay algo de cierto y, junto a su novia Sonia, decide investigar qué hay de verdad en la de la daga. Durante sus investigaciones, entran en contacto con la misteriosa familia Albaterra, En medio de una trama en la que no está claro quién es amigo, ni quien rival o enemigo, Lucas y Sonia tratan de descifrar, en una carrera contra el reloj, el inimaginable secreto que esconde la daga. Para ello se apoyan en el lenguaje de los antiguos artesanos y en la tradición oral de la enigmática familia que, como en una partida de póker, nunca saben si está destinada a ayudarles o a confundirles.

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Veröffentlichungsjahr: 2018

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LA DAGA

Federico Gómez de las Heras Pilar Gutiérrez

© Federico Gómez de las Heras

© Pilar Gutierrez Garzón

© La Daga

ISBN papel: 978-84-686-4701-2

ISBN digital: 978-84-686-4702-9

Impreso en España

Editado por Bubok Publishing S.L.

Índice

PRIMERA PARTE: VICENTE MERCADER

CAPÍTULO I: ÚLTIMOS DÍAS DE NOVIEMBRE DE 1590. PARÍS

CAPÍTULO II

CAPÍTULO III

CAPÍTULO IV

CAPÍTULO V: FINALES DE MARZO DE 1591. VALENCIA

CAPÍTULO VI

CAPÍTULO VII

CAPÍTULO VIII

SEGUNDA PARTE: EL ABUELO BENITO

CAPÍTULO IX: VERANO DE 1987. TOLEDO

CAPÍTULO X: VERANO DE 1988. TOLEDO

CAPÍTULO XI: VERANO DE 1989. TOLEDO

TERCERA PARTE: LA INVESTIGACIÓN

CAPÍTULO XII: JUNIO 2008 - TOLEDO

CAPÍTULO XIII

CAPÍTULO XIV

CAPÍTULO XV

CAPÍTULO XVI

CAPÍTULO XVII

CAPÍTULO XVIII

CAPÍTULO XIX

CAPÍTULO XX

CAPÍTULO XXI

EPÍLOGO

PRIMERA PARTE:

VICENTE MERCADER

CAPÍTULO I

ÚLTIMOS DÍAS DE NOVIEMBRE DE 1590. PARÍS

—Ya está aquí señor.

—Bien, hazle pasar y cierra la puerta.

El recién llegado es un hombre joven. Da unos pasos hacia el centro de la sala. Sus ojos recorren la estancia, y mira a los presentes mientras con su mano derecha se retira el pelo que le cae sobre la frente.

En la sala hay dos hombres: uno, de porte noble y pelo gris, viste de negro y está al lado de un ventanal de cristales emplomados. El otro, algo más joven, está al lado de una librería adosada a la pared. El hombre de pelo cano deja el libro que sostiene sobre la mesa.

—Bienvenido, Vicente. Ya conoces al hermano Paul.

—Maestro, Hermano Paul —responde el recién llegado haciendo una leve inclinación de cabeza.

—Tenemos que hablar.

El joven se queda de pie, en silencio, esperando lo que el hombre mayor tiene que decirle, mientras observa, con ojos inteligentes, todo lo que le rodea:

Las paredes de la habitación son blancas y los muebles, muy sobrios, son de madera oscura. Hay una mesa de escritorio sobre la que reposa un candelabro, un tintero de grueso cristal de Venecia y un vaso a juego con tres plumas. Detrás de la mesa hay una silla con asiento y respaldo de cuero y en la pared un cuadro con un árbol del que salen numerosas ramas. En cada una de ellas hay un letrero con una palabra en latín: «Arz. Medica», «Alchimia», «Philosophia», «Astronomia». En uno de los rincones hay una puerta cerrada.

—No sé si sabes —continúa el Maestro —que durante los últimos meses hemos sido acosados por ciertas personas, que quieren apoderarse de lo que hemos conseguido durante siglos y que algunas de estas personas pertenecen, posiblemente, a nuestra comunidad. Ahora mismo vienen armados y pretenden asaltar mi casa. Este ataque es la última etapa de un juego que nos sobrepasa. Hay demasiado poder y demasiada codicia en este asunto. Nuestros enemigos están dispuestos a todo y no hay forma de enfrentarse a ellos.

—¿Y no podrían protegernos los soldados del rey?

—Sería inútil, ya te digo que este asunto está movido por gente poderosa.

La expresión del Maestro refleja toda la tristeza e impotencia que siente. Su espalda recta y su cuello erguido, hoy no están tan derechos como siempre. Exhala una gran bocanada de aire y, con voz entrecortada y apenas audible, dice:

—Sin embargo, no te he llamado para darte malas noticias. Te he hecho venir para pedirte algo que te sorprenderá. Durante los últimos cien años, los Maestros de esta comunidad hemos sido depositarios de un objeto, que, si bien no sabemos para qué sirve, ni cuál es su verdadera importancia, sí sabemos que debe tener un valor excepcional. Hace casi un siglo nos mandaron esto desde Toledo —el Maestro se gira, coge una daga, que estaba sobre la mesa, oculta por su cuerpo y, con ella en la mano, continúa su explicación—. Con la daga venía una carta en la que se nos pedía que la guardásemos hasta que nos la pidiesen de nuevo. Ni siquiera Paul ha sabido de ella hasta hoy. El trabajo que hacemos aquí está en peligro, incluso es posible que nuestras vidas corran peligro. Nuestro futuro ya no depende de nosotros, pero lo que sí puedo hacer es evitar que esta daga y los secretos, que estoy seguro que guarda, caigan en su poder. Eso es lo que te pido, que la pongas a salvo y la protejas.

—Maestro, ¿por qué yo? —pregunta Vicente.

—Porque eres leal y tienes valor, astucia e ingenio como has demostrado en varias ocasiones. Sé que no nos defraudarás.

En este momento se oyen gritos, carreras, puertas que se abren y se cierran con estrépito. La puerta de la estancia se abre y Claude, el joven que había introducido a Vicente, entra muy agitado diciendo:

—¡Maestro, Maestro, tenemos que ponernos a salvo, han entrado y le buscan! ¡Por favor, tenemos que salir de aquí!

La algarabía aumenta. Se percibe claramente ruido de golpes, muebles que caen al suelo, gritos de miedo y lamentos de dolor. Por encima del vocerío se oye una voz que grita con autoridad:

—¡Que no escape nadie! ¡Cerrad las puertas!

—Vicente: ¡Toma, hijo!, protégela y evita que la encuentren nuestros enemigos. Quien ha enviado a esta gente armada solo quiere la fórmula para hacer oro y la verdad es que no la tenemos. No saben nada del secreto de Toledo ¡No dejes que caiga en sus manos¡ Vete, no dejes que te atrapen! —le dice el Maestro, mientras le entrega la daga. Luego, le pone una mano sobre la espalda y le empuja suavemente hacia la puerta del rincón.

El Maestro se saca del cuello una cadena de la que cuelga una llave, abre con ella la puerta y se la pone en la mano a Vicente, mientras le dice:

—Éste es mi dormitorio, coge la capa que está sobre la cama, sal por aquella puerta y ciérrala con esta llave, que también te abrirá otras puertas que encuentres. ¡Corre, corre, no confíes en nadie y que Dios te acompañe!

Vicente sabe que no es el momento de pedir aclaraciones ni de preguntar las razones de todo aquello. Es el momento de actuar y hacer lo que dice el Maestro. Sin embargo, la lealtad y el afecto que siente por él le dicen que no puede irse con la daga y abandonarle a su suerte.

—No puedo irme dejándole en peligro. Deme una espada, lucharé con los demás. No tengo miedo.

—Me buscan a mí. Si te vas tú solo tienes una opción, si me voy yo también es seguro que nos perseguirán y nos atraparán y si te quedas a luchar, tú también puedes morir. De cualquier manera todo se habrá perdido. No te preocupes por nosotros, ponte a salvo y cuida de la daga ¡Adiós!

Los ojos de su Maestro le dicen lo que tiene que hacer. Se ciñe la daga al cinto, entra en la alcoba, coge la capa, camina rápidamente hacia la otra puerta, la abre con la llave, sale al rellano de una escalera y cierra de nuevo. Se queda a oscuras.

Está confuso. No entiende qué ha pasado. Mientras trata de comprender, sus ojos se van adaptando a la oscuridad. Una luz difusa entra de alguna parte. Transcurren unos segundos, al cabo de los cuales oye un grupo de hombres irrumpiendo en la estancia donde hace solo unos momentos estaba él mismo. Oye voces, golpes, ruido de muebles cayendo, vidrios que se rompen y después... nada, silencio.

Al cabo de unos instantes, oye cómo se abre la puerta que comunica la sala con el dormitorio del Maestro, como alguien empuja la puerta detrás de la que se encuentra y, finalmente, un murmullo de voces y pasos que se alejan. Vicente se queda quieto, en silencio, evitando hacer cualquier ruido que delate su presencia. Las manos se le han quedado frías y las piernas bloqueadas. A través de las paredes solo percibe murmullos. Se da cuenta de que está en peligro. El bloqueo de sus piernas desaparece, y nota como su mente empieza a decirle que hay que salir corriendo de allí. Siente una descarga en todo el cuerpo y un escalofrío le eriza el pelo de los brazos. Al mismo tiempo, su corazón empieza a latir con fuerza, sus pulmones se llenan de aire y sus músculos, alimentados con la fuerza del miedo, le piden correr.

Aún así, todavía se demora unos momentos. Se pregunta si no debería desobedecer al Maestro y volver sobre sus pasos para luchar a su lado. Sin embargo, sabe que tiene que hacer lo que le ha pedido. Con cuidado, para no tropezar y no hacer ruido, baja dos tramos de escalera y llega a otro rellano en el que hay una puerta por debajo de la cual se filtra una rendija de luz. Reconoce el olor que le llega desde el otro lado y se da cuenta que está detrás de la puerta que hay junto a la escalera de acceso a los laboratorios. Durante los últimos años esta puerta, siempre cerrada, ha estimulado su curiosidad y su imaginación. Desde aquí ya no se oyen ruidos de lucha, solo voces lejanas:

—¡Que no escape nadie, reunidlos a todos en la sala al fi nal del pasillo!

Vicente se agacha y mira por la cerradura. La puerta es gruesa y tiene una visión limitada a través del estrecho agujero. No obstante, reconoce al Maestro, a Paul y a Claude. Unos hombres les empujan hacia el laboratorio del fondo. Cuando casi están llegando, Claude trata de escapar echando a correr hacia el extremo del pasillo donde Vicente, casi sin respirar, mira desde detrás de la puerta.

—¡Que no escape ese!

Uno de los asaltantes apunta con una ballesta, el aprendiz levanta los brazos y cae al suelo muy cerca de donde Vicente se encuentra, fuera de su campo de visión. La impresión le hace apartarse bruscamente del ojo de la cerradura, mientras oye las zancadas de alguien que se acerca y que, después de unos segundos, empuja la puerta para comprobar si está cerrada.

Vicente se sobrepone, se aparta el flequillo de la frente y mira de nuevo por el agujero de la cerradura. El asaltante está a poco más de un metro de él. Tiene una larga cabellera negra que le llega hasta los hombros y viste un capote negro. De pronto, vuelve a ver al Maestro y a Paul, que corren ha-cia el hombre de negro y como desaparecen de su campo de visión al tiempo que se oyen dos gritos de dolor, casi simultáneos, seguidos del impacto de los cuerpos cayendo al sue-lo. Vicente está convencido de que el Maestro y Paul están heridos y, muy posiblemente, muertos. Lo que acaba de ver le deja conmocionado, pero sabe que su vida y su misión dependen de su capacidad para mantener el juicio sereno.

Comprende que no puede escapar por allí. Tiene que buscar otra salida. Baja otros dos tramos a tientas y llega al final de la escalera, que acaba en otra puerta. La cerradura debe estar oxidada, sus manos están sudorosas y tiene que hacer mucha fuerza para abrirla. A pesar de la oscuridad de la escalera, lo que hay detrás de esta última puerta está más oscuro todavía. Toca con las manos y le parece que es el acceso a un túnel cuya altura le permite andar erguido y cuya anchura permitiría a dos personas como él andar hombro con hombro. Tanteando, cierra la puerta y se queda en una oscuridad total. Da las gracias, mentalmente, al que se le ocurrió hacer una vía de escape en la casona del Maestro. Se queda quieto unos minutos con la esperanza de que sus ojos se acostumbren a la oscuridad. Es inútil. La oscuridad es total. Se adentra en el túnel y empieza a caminar con cuidado para no golpearse con las paredes, pero en cuanto se ha separado unos metros, sus pasos se aceleran. Primero anda deprisa, luego empieza a correr y finalmente Vicente acaba corriendo por aquel pasadizo como no había corrido en su vida. Al principio, pone los brazos delante de la cabeza, luego los baja y los mueve al ritmo de las piernas para dar más impulso a su carrera.

No ve si el pasadizo se hace más alto o más bajo, si el suelo es liso o pedregoso, si las paredes son de roca viva o de algún tipo de fábrica. Corre sin ver. Cree que lo hace en línea recta, pero, más que nada, intuye el camino. Ocasionalmente, colisiona con alguna pared. Resbala con el agua que rezuma y moja el suelo. Lo importante es correr, cuanto más deprisa, mejor. Ahora no es consciente de ninguna luz, pero algo le orienta en su frenética carrera. Vicente corre sin pensar. No hay tiempo para análisis. Su mente le envía un único mensaje: ¡corre y aléjate de aquí!

Al principio corre desesperado, derrochando energía, sin guardar ni un aliento. Cuando el esfuerzo le pasa factura, afloja el ritmo para, al poco tiempo, volver a correr como un poseso. La excitación por todo lo que acaba de ver le domina y, mientras una sacudida le recorre el cuerpo, corre como un loco.

No sabe cuánto tiempo lleva dentro de ese pasadizo. Sus piernas y sus pulmones le piden un descanso. Sin embargo, su sentido común le dice que tiene que seguir adelante. De vez en cuando el túnel gira y se roza con las paredes, a veces el techo es más bajo y, en las zancadas de la carrera, su cabeza se da con los salientes. Se sabe magullado, pero sigue corriendo.

Cuando empieza a creer que nunca saldrá de allí, una luz tenue empieza a cobrar vida al fondo. Por fin llega al final del túnel, unos arbustos tapan parcialmente la salida y una reja oxidada está tirada en el suelo. Se asoma al exterior y ve que se encuentra a la orilla de un pequeño río.

Jadeando se inclina hacia delante, apoya sus manos en las rodillas y respira con fuerza. Poco a poco su corazón recupera el ritmo normal. Entonces, se da la vuelta hacia el túnel y comprende que ha dejado atrás, muy probablemente para siempre, lo que ha sido su vida durante nueve años. Los recuerdos de ese tiempo acuden a él en tropel.

CAPÍTULO II

El día que llegó a París, lo primero que hizo fue dirigirse a la Sorbona, donde le habían dicho que podía encontrar respuesta a sus preguntas. La Sorbona le decepcionó. Los estudios eran muy teóricos. Demasiada filosofía, demasiada teología y demasiadas especulaciones. Los teóricos inventaban argumentos, la mayoría de las veces carentes de lógica, con los que reforzar su posición. Eran capaces de estar todo un día dándole vueltas al significado de una sola palabra. Debido a sus pocos años, a que su dominio del francés todavía no le daba para distinguir aquellos matices, y a que no estaba acostumbrado a la existencia de más de una religión, llegó a la conclusión de que aquellas discusiones no eran de su incumbencia y que todas aquellas disputas teóricas no eran lo que él había ido a buscar.

Sin embargo, en la Sorbona le hablaron de un grupo de alquimistas, que estudiaban cosas muy variadas: desde la transmutación de los metales a la búsqueda de remedios para las enfermedades. Aquello sí encajaba con lo que Vicente andaba buscando. Se dirigió al lugar que le habían indicado. Era una casona grande, de muros de piedra y grandes ventanales. Después de preguntar a varios hombres, le llevaron a una habitación con las ventanas de cristales emplomados. Era el gabinete del Maestro Laurent, el jefe de todo aquello. Le recibió con una mirada franca y una sonrisa. Con la sabiduría de las primeras canas, Laurent le preguntó por el motivo que le había llevado hasta allí y escuchó sus explicaciones. Con la pasión de los diecisiete años, Vicente le dijo, en un balbuceante francés, que quería hacer cosas que ayudaran a la gente. El maestro debió ver algo en Vicente, porque entonces le explicó quienes eran y a qué se dedicaban.

—Somos —le dijo —un grupo de alquimistas que buscamos conseguir que las personas, empezando por nosotros mismos, lleguen a ser mejores.

—¿Y eso cómo se consigue? —le interrumpió Vicente.

—Realizamos, tantas veces como sea necesario, experimentos hasta tener la seguridad de que los resultados son válidos. Como quizás sepas, los alquimistas somos conocidos, sobre todo, por nuestros estudios para el descubrimiento de la panacea universal, que cura todas las enfermedades y de la piedra fi losofal que transmuta el plomo en oro.

Luego añadió que esos estudios eran solo la parte conocida de su trabajo y que, en el fondo, lo que ellos perseguían era la recuperación de la nobleza original del hombre.

Vicente se había criado en una familia de comerciantes y estos últimos argumentos no despertaron su entusiasmo. El Maestro percibió que su interés flaqueaba y añadió que la alquimia estaba evolucionando para convertirse en un arte más abierto. Dijo que en su comunidad ya habían empezado a estudiar materias que podían facilitar la vida de las personas. Esta parte del discurso sí que le gustó.

Los conocimientos del Maestro, la forma serena con que exponía sus ideas y la autoridad que emanaba de su persona impresionaron a Vicente. Después le dijo que, si quería unirse a ellos, que volviera al día siguiente y preguntara por Etienne, que era el encargado de entrenar y evaluar a los aprendices.

Vicente no percibió ninguna señal de peligro en aquella casa, ni en aquellas personas. La gente parecía amistosa, aunque hablaban con mucho misterio y utilizaban palabras que le eran completamente desconocidas. La puerta de la calle estaba abierta. No se veían cerrojos, ni armas. Lo que había visto y oído, no le sonaba mal y había algo en el Maestro que le atraía y le inspiraba confianza. Pensó que, de momento, no tenía un sitio mejor al que ir. Al día siguiente, emocionado e impaciente, llegó pronto y, como le había dicho el Maestro, preguntó por Etienne.

El joven que le recibió era, aproximadamente, de su misma edad, Le miró de arriba abajo y le indicó que le siguiese, que le estaban esperando.

El hombre que le esperaba, delante de una puerta alta de cuarterones, tendría unos treinta y cinco o cuarenta años, era algo cargado de hombros y tenía tanto pelo y tan fuerte que, más parecía pelo de erizo que humano. Su gesto era bonachón y sus ojos vivaces. Era Etienne. Sobre la puerta había una leyenda: «Estos libros no fueron escritos para todos, si bien todos están llamados a leerlos.

Etienne le explicó que aquella habitación era la biblioteca y que en ella había más de quinientos libros. Vicente nunca había visto tantos juntos. Más adelante, conforme se fue familiarizando con la casa, comprobó que la mayoría de ellos estaban escritos en latín, francés y en griego antiguo. Había algunos escritos en árabe, hebreo y castellano, traídos en su mayoría, según le dijo Etienne, de la escuela de Traductores de Toledo. En un rincón de la biblioteca había una máquina, que le llamó la atención, nunca había visto nada parecido. Le dijo que era una imprenta.

En una de las paredes había un armario cerrado con cerrojo y cerradura.

—En este armario —le dijo Etienne— se conservan las notas de los alquimistas, que, desde hace más de cien años, han trabajado en esta casa.

La primera vez que Vicente bajó al laboratorio, le pareció una mezcla de cocina y herrería. Era una sala grande con ventanas pegadas al techo, que daban a un patio interior. En una de las paredes había una campana de obra para recoger los humos. Dentro de la campana había dos aparatos de hierro, que luego supo que eran hornos. En la otra pared había una poyata corrida con estantes. Encima de los que había un caldero, un fuelle enorme, crisoles, retortas de cerámica, otro horno más pequeño, embudos, redomas y otros recipientes de vidrio de diferentes tamaños. El techo y las paredes debían haber sido blancos hacía muchos años, pero el paso del tiempo y los humos les habían vuelto de un color gris sucio. El suelo era de baldosas de piedra blanca y negra. Sobre las mesas, había hojas de papel con escritos, números, fórmulas y dibujos de aparatos.

—Este es mi laboratorio —le dijo Etienne—. De momento tú no tocarás nada, solo verás lo que hago y cuando seas capaz de repetirlo con los ojos cerrados, podrás empezar a trabajar.

Vicente estuvo un año de aprendiz, viendo todo lo que hacía Etienne, moliendo plantas secas, destilando vino para enriquecer la proporción de alcohol, lavando redomas, vasos y morteros, aprendiendo a pesar productos, medir volúmenes y leyendo libros en la biblioteca. Al cabo de ese año, Etienne le preguntó si estaba preparado para empezar a hacer sus primeras extracciones. Aún no había cumplido los veinte años. Vicente apretó y sacudió los puños en un gesto de triunfo y dijo que sí. Sintió una alegría inmensa.

Cada día, a primera hora de la mañana, los que trabajaban en la búsqueda de medicinas a partir de plantas, acudían al almacén y cogían las hojas, flores, trozos de corteza, yemas, raíces, bulbos, etc. con los que tenían que trabajar y se los llevaban a su banco de trabajo para molerlo y hacer las extracciones.

Un día, al pasar por delante del estante de las plantas de adormidera, vio que no quedaba nada. Cuando se lo dijo a Etienne, éste se sorprendió mucho y le dijo que habían traído un fardo hacía solo cuatro o cinco semanas y en ese tiempo, que él supiera, nadie había trabajado con ellas.

Etienne le puso una mano en el hombro y, con aire serio y mirándole a los ojos, le preguntó:

—¿Lo has cogido tú Vicente?

—No, ¿para qué querría yo esa planta?

Sin apartar los ojos del joven, Etienne le dijo que la planta de la adormidera era muy especial. Crecía en Turquía, Persia, Catai y otros países de Oriente y producía una flor parecida a la amapola. Tenía unas cabezas verdes en cuyo interior maduraban las semillas. Siguió diciéndole que de esas cabezas verdes se extraía una resina, conocida como opio, que tenía unos efectos sobre las personas que parecían inventados por el demonio.

—El opio es el calmante más fuerte que existe, Vicente, pero también tiene otros efectos que tienes que conocer. Una vez, —continuó Etienne —ví amputar un brazo a un hombre, al que le había pasado un carro por encima. Gracias al opio no sintió el más leve dolor ni durante la operación ni en los días siguientes. Sin embargo, la herida del muñón se infectó y, al cabo de varias semanas, hubo que volver a operarle. El médico le administró la misma cantidad de opio que la primera vez, pero, no solo no se durmió, sino que se quejaba de dolor y pedía más calmante. La herida se volvió a inflamar y supuraba. El sufrimiento del hombre era tremendo y el cirujano le dio más opio hasta que, al cabo de varias semanas, el opio se acabó. A pesar de que la herida estaba bien, el hombre se quejaba de dolores en todo el cuerpo y sudaba y temblaba encogido sobre sí mismo, pero sobre todo, pedía más opio.

Vicente comprendió, por las explicaciones de Etienne, que la adormidera era un calmante muy potente, pero no entendió los dolores y la angustia del hombre cuando ya estaba curado.

Etienne le dijo que esa planta tenía varias caras.

—Por una parte, calma el dolor, pero también produce una intensa sensación placentera que aletarga e induce alucinaciones. No olvides que no puede tomarse durante mucho tiempo porque la planta se apodera del incauto que repite. Al cabo del tiempo, el opio esclaviza la voluntad y deja al individuo sin otro deseo que el de conseguir más. Quizás por esto los chinos lo llaman veneno negro. Si el que se ha dejado atrapar deja de tomarlo, sufre una tremenda angustia y grandes dolores. Eso es lo que le pasaba al hombre, Vicente, el brazo ya no le dolía, lo que le dolía era la ausencia del opio.

Etienne pensó que, puesto que nadie había cogido la adormidera para trabajar y nadie había avisado que se estaba terminando, la explicación más razonable era que alguien la había robado para experimentar el placer de la droga. Para él estaba claro que una persona así no podía vivir en la comunidad. Había que identificarle y hacer que se fuera.

A Vicente se le ocurrió una idea para identificar al ladrón. Se la comentó a su jefe y Etienne le dio el visto bueno para ponerla en práctica.

Al día siguiente, por la mañana, fue por los laboratorios diciendo a todos que había llegado una nueva remesa de adormidera, que la había molido y había guardado el polvo en una orza de barro en el almacén.

Todos le escucharon con indiferencia, pero a Vicente le pareció que uno de los alquimistas, Antoine Fillon, tenía un brillo especial en los ojos, un ligero temblor en las ma-nos y la cara llena de gotas de sudor. Al cabo de un rato, Antoine se acercó a Vicente, venía desencajado, las manos le temblaban visiblemente y tenía la boca contraída en un gesto de dolor. Le agarró del brazo y con un tono de voz chillón y agresivo le preguntó qué había hecho con la adormidera, que la nueva no olía, ni sabía igual, ni hacía lo mismo que la otra, que la había estropeado y le exigió que le dijese donde había más como la de antes.

En ese momento entró Etienne y se encaró con Antoine. Le dijo que era un ladrón, que había roto el pacto de confianza que unía a todos en la casa, que no tenía las convicciones que debía tener un alquimista, que no había sitio para él en la comunidad y le exigió que se fuera inmediatamente

Antoine no atendía a razones y también le exigió a Etienne que le diese opio.

—Lo que has cogido esta mañana —continuó Etienne —es una mezcla de hojas de sauce, morera, higos y albaricoques secos, todo ello molido y mezclado con ceniza de roble. Por eso no te ha hecho ningún efecto.

Antoine se quedó aturdido, sin razones y sin saber qué decir y, sobre todo, desesperado por la falta del opio. Algunos aprendices le acompañaron a su habitación para que cogiese sus pertenencias, le llevaron a la puerta de la calle y la cerraron tras él.

Al día siguiente, el Maestro, acompañado de Paul y Etienne, visitó los laboratorios. Se paró junto a Vicente, le puso una mano en el hombro y le dijo que había obrado bien, con prudencia y astucia. En ese momento Vicente supo que había entregado al Maestro todo su aprecio y su lealtad.

Vicente todavía respira agitadamente. Fuera del túnel se ha hecho de noche. Solo en un punto del horizonte se percibe una leve claridad. Se pone las manos en las caderas y llena el pecho de aire varias veces. No sabe qué ha pasado, solo que el maestro le acaba de salvar la vida. Hace menos de una hora estaba con él y por lo que ha visto a través de la cerradura, ahora debe estar muerto. Nunca antes había conocido a alguien como él. Está emocionado. Respira agitadamente Su cara está húmeda. Está llorando. La imagen reciente del maestro no se le va de la cabeza y los recuerdos alumbran su memoria en medio de tanta oscuridad.

Vicente recuerda cada detalle de su poyata, cada experimento y cada una de las muchas notas que escribió en su libro de laboratorio. Poco a poco fue aprendiendo y Etienne le fue dando más responsabilidades. El trabajo en el laboratorio le parecía apasionante.

Una de sus principales actividades era la extracción de productos de plantas para obtener principios medicinales, colores para teñir telas o cuero, aromas para perfumes, y sabores como los de la corteza del canelo o el picante de la pimienta. Para hacer estas extracciones trataban las plantas con alcohol obtenido por destilación del vino, con vinagre filtrado y purificado o con unas disoluciones alcalinas que obtenían al lavar ciertas rocas con agua. Para extraer los principios activos ponían varias libras de plantas secas en unos peroles con disolventes purificados y los calentaban al fuego.

A Vicente se le ocurrió pedirle al maestro soplador que fabricase una redoma con el cuello doble de largo y resultó que el destilado tenía mayor contenido de alcohol.

Un día se rompió una de las redomas y el alcohol se prendió. Al caer al suelo, corrió por todo el laboratorio incendiando los muebles de madera y un montón de plantas secas que había en un rincón. Las otras extracciones y destilaciones también se incendiaron.

Al oír los gritos de ¡Fuego, fuego!, todos acudieron corriendo. El calor que salía del laboratorio era enorme, todo ardía y por el pasillo se extendía un penetrante olor a vinagre que hacía difícil respirar. Del laboratorio incendiado, salía un humo negro que no dejaba ver nada. Un aprendiz, muy asustado, dijo que cuando se produjo el incendio, él estaba entrando y creía que René estaba dentro.

A la puerta de cada laboratorio había un cubo con agua para lavar aparatos y material y un montón de sacos vacíos en los que se habían traído las plantas desde el almacén. Sin pensarlo dos veces, Vicente cogió algunos, los empapó, los echó por encima y entró. El humo era muy espeso y el olor a vinagre caliente tan fuerte que hacía daño en los pulmones. Vicente tosía y, cuando creía que se iba a desmayar, tocó una cabeza, le echó por encima dos o tres de los sacos mojados que llevaba y tiró del hombre caído con las pocas fuerzas que le quedaban.

Vicente recuerda que, cuando se despertó, estaba tumbado en un banco de piedra en el patio, rodeado por Etienne y otros hermanos. Le dolía respirar y le escocían los ojos. Sentía como si una piedra le raspase el interior del pecho, tenía la boca acorchada y, aunque veía, estaba mucho mejor con los ojos cerrados.

Cuando se produjo el accidente, el Maestro estaba de viaje, pero al volver le llamó a su gabinete y, después de ponderar la rapidez de su acción y su valor, que, según le dijo, habían salvado la vida de René, le dio las gracias y un abrazo que, a Vicente le pareció emocionado.

En otra ocasión, Vicente tuvo que ir con Paul a un pueblo cercano y, durante el trayecto, le dijo que la alquimia estaba desapareciendo para dar paso a otras artes. La gran idea del Maestro era que los experimentos se hiciesen de forma sistemática, que se documentase el proceso y que los resultados se compartiesen con los demás. Vicente comprendió que aquello suponía romper con la tradición alquímica que, hasta entonces, se había basado en el trabajo hermético realizado por personas aisladas y en la casi total ausencia de comunicación.

Paul era la mano derecha del Maestro y era él quien supervisaba el trabajo diario. Era inteligente y buen conocedor de la naturaleza humana. Siempre tenía una palabra amable para todo el mundo y un gesto de ánimo ante cualquier difi cultad.

La vida en la comunidad de alquimistas transcurría sin altibajos. A Vicente, el trabajo de investigación cada vez le gustaba más. Los enfrentamientos entre católicos y hugonotes no habían cesado, pero la influencia del católico rey de Francia Enrique III, la del converso Enrique IV y la prudencia y buenos contactos del Maestro les habían mantenido al margen de esos enfrentamientos.

Todo empezó a cambiar el día en que, a media mañana, se oyeron unos fuertes golpes en la puerta. Stephan abrió y todos vieron, a través de las ventanas de los laboratorios, que un grupo de jinetes entraba en el patio y, a voces, preguntaban por el Maestro.

Eran cuatro hombres armados que acompañaban a otro de aspecto orgulloso, vestido con ricas ropas y que miraba a todas partes como si todo le perteneciera. El que parecía ser el jefe de los soldados, un hombre de cerrada barba roja, se dirigía a él llamándole «Excelencia».

Stephan corrió escaleras arriba y, al poco rato, apareció el Maestro, que indicó al hombre al que llamaban «Excelencia» que le siguiera. Los demás se quedaron en el patio riendo y haciendo amagos de pelear unos contra otros.

Cuando volvieron, el Maestro traía la cara crispada. El otro hombre, casi sin mirarle, le dijo que esperaba tener noticias suyas lo antes posible, que no podía esperar indefinidamente. Se subió al caballo y, haciendo un gesto a los que le acompañaban, salieron a la calle espoleando a sus monturas.

Después, el Maestro estuvo varios días encerrado en su gabinete. Solamente Paul hablaba con él, pero nada trascendía de sus conversaciones hasta que un día, en respuesta a una pregunta directa de Etienne, Paul explicó que la visita de su Excelencia no tenía nada que ver con el enfrentamiento entre católicos y protestantes, que era algo puramente económico y que no teníamos de qué preocuparnos.

Pasado aproximadamente un mes, un día apareció Etienne con dos hombres. Dijo que eran dos nuevos aprendices y que trabajarían en el laboratorio de Gustave. Sin saber porqué, en cuanto les vio, Vicente desconfió de ellos. No se les veía intimidados por el ambiente de la casa y la reserva de los alquimistas. Vicente había visto ese sentimiento en la cara de otros aprendices y lo había sentido él mismo. Los nuevos aprendices no le parecieron normales. Se les veía seguros, indiferentes ante lo mucho que había que aprender y, le pareció, que desafiantes. Sin embargo, no tuvo muchas oportunidades de tratar con ellos, ya que el trabajo diario dejaba poco tiempo para charlas.

Todo parecía haber vuelto a la normalidad, hasta que, hace un mes, hubo una gran conmoción en uno de los laboratorios. Estaban fundiendo hierro con otros metales y, al parecer, habían descubierto una nueva aleación con propiedades extraordinarias. Hubo carreras al gabinete del Maestro e, incluso, éste bajó al laboratorio varias veces para conocer los detalles y felicitar al grupo.

Sin embargo, estos últimos días, el Maestro y Paul parecían especialmente preocupados. No hablaban con nadie. Sus saludos eran distraídos y andaban por los pasillos completamente absortos. El Maestro, sobre todo, parecía haber cumplido de golpe un montón de años. Vicente ha sabido la razón hace poco más de una hora cuando todo ha empezado a derrumbarse a su alrededor, cuando unos golpes en la puerta de su habitación, le han hecho levantar los ojos del libro que estaba leyendo.

Era Claude, uno de los aprendices más jóvenes de la comunidad, que, muy nervioso, le ha dicho:

—Vicente, el Maestro te llama. ¡Date prisa!