La dama sajona - Margo Maguire - E-Book

La dama sajona E-Book

Margo Maguire

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Beschreibung

Se sentía atraída por su peor enemigo…   El barón Mathieu Fitz Autier esperaba encontrar alguna resistencia al reclamar la tierra sajona que había ganado en la batalla. Pero nunca habría imaginado que la antigua señora de la mansión tuviera el valor para enfrentarse a él… lanzándole una flecha. Lady Aelia vio cómo se venía abajo cuando los normandos se hicieron con el control de su querido hogar. Pero lo más grave fue que se sintió irremisiblemente atraída por Fitz Autier, su peor enemigo. Y cuando la pasión surgió entre ambos supo que no podía abandonarse a ella porque él debía entregarla a un rey normando...

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Seitenzahl: 363

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Avenida de Burgos 8B

Planta 18

28036 Madrid

 

© 2006 Margo Maguire

© 2025 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

La dama sajona, HI nº 564 - enero 2025

Título original: Saxon Lady

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Harlequin Deseo, Bianca, Jazmín, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 9788410747203

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Uno

Dos

Tres

Cuatro

Cinco

Seis

Siete

Ocho

Nueve

Diez

Once

Doce

Trece

Catorce

Quince

Dieciséis

Diecisiete

Dieciocho

Diecinueve

Veinte

Veintiuno

Veintidós

Veintitrés

Veinticuatro

Si te ha gustado este libro…

Uno

 

 

 

 

 

Norte de Inglaterra

Principios de otoño, 1068

 

Lady Aelia recorrió las almenas de Ingelwald para enardecer el valor de sus arqueros y alabar sus proezas en combate. Era lo único que podía hacer para infundirles ánimos antes de la batalla.

—¡Hemos resistido al enemigo durante meses! —los arengó—. Sois valerosos guerreros, ¡los héroes de Ingelwald! No temáis a Fitz Autier, ese canalla normando que invade nuestras tierras. No se diferencia en nada de Gui de Reviers, ni de cualquier otro a quien hayáis dado muerte… ¡No puede hacer nada contra nuestra fuerza!

Aelia esperaba que fuera cierto. Las historias sobre las conquistas de Mathieu Fitz Autier eran tan abundantes como aterradoras. El rey Guillermo lo había enviado a Northumbria para conquistar lo que nadie más había conseguido, y su crueldad lo había convertido en una leyenda. Ningún hombre, mujer o niño estaba a salvo de Fitz Autier.

Aelia no podía dejar que conquistara Ingelwald.

La niebla cubría los campos al alba, impidiendo ver la actividad que se desarrollaba ante las murallas de Ingelwald. Era obvio que Fitz Autier estaba colocando a sus hombres en posición, pero Aelia se negaba a dejarse amedrentar por un enemigo al que todavía no había visto.

Muchos nobles de Northumbria se habían refugiado en Ingelwald al perder sus propiedades, y le habían jurado lealtad a Wallis, el padre de Aelia. Y ahora que Wallis y muchos de esos formidables guerreros sajones habían muerto, recaía en ella la responsabilidad de salvar a su gente de la amenaza normanda.

Un repentino tirón en el brazo la puso en pie. Se giró bruscamente y se encontró con la enfurecida mirada de Selwyn, su prometido. Su rostro estaba cubierto por una espesa barba y carecía del garbo y la jovialidad de un hombre más próximo a la edad de Aelia. Y ahora carecía incluso de las tierras que habían convencido a Wallis para entregarle a su hija como esposa.

Wallis había querido aliarse con su vecino, quien contaba con grandes propiedades al sur, y al mismo tiempo quería mantener a Aelia cerca de él cuando se casara. Fue ésa la primera razón por la que le prometió a Selwyn que le entregaría a su hija en matrimonio.

—Baja ahora mismo con las mujeres y los niños —le ordenó, escupiendo gotas de saliva de sus oscurecidos labios.

Asqueada, Aelia se soltó de su fuerte agarre.

—No. Son los arqueros de mi padre. Necesitan que…

—Ingelwald es ahora mío, al igual que tú y el joven Osric —declaró Selwyn, no por vez primera.

—No fue ésa la voluntad de mi padre, y bien lo sabes —replicó ella. Wallis la había prometido a Selwyn sólo con la intención de aliarse con su vecino más poderoso… Pero el feudo de Selwyn ya había caído en manos de los normandos.

De modo que el compromiso quedaba ahora en suspenso, y Aelia estaba decidida a romper aquel repugnante acuerdo en cuanto ganara la batalla por Ingelwald.

Abajo, las mujeres y los niños se hacinaban en la casa señorial de su padre, rezando por ser liberados. Aelia no estaba dispuesta a unirse a ellos.

—Tampoco lo sería que te vistieras como una doncella guerrera —espetó Selwyn—. Y sin embargo aquí estás, con tu carcaj a la espalda y tu arco preparado. ¿Quién te crees que eres, mujer? ¿De verdad te consideras rival para ese granuja de Fitz Autier?

Nada complacería más a Aelia que ser ella quien matara al guerrero normando. Pero se quedaría satisfecha si cualquiera de sus hombres lo hacía por ella.

—¡Aelia!

Selwyn y ella se giraron y vieron al chico pelirrojo que corría hacia ellos. El hermano de Aelia sólo tenía diez años, pero poseía el valor y el arrojo de un hombre que lo doblara en edad.

—Es peligroso estar aquí, Osric —le dijo Aelia.

—¡Largo de aquí, chico! —exigió Selwyn.

Aelia no quería inquietar a los guerreros que vigilaban desde las almenas, por lo que se llevó a Osric a un rincón apartado y le habló en voz baja.

—¿No te había encomendado una tarea? ¿Una tarea muy importante?

—Sí —respondió el chico.

—Entonces, ¿qué haces aquí con los arqueros? ¿No tenías que estar ayudando a los caballeros con sus armaduras?

—No puedo, Aelia —protestó el chico—. Soy el amo de Ingelwald y debo…

—¡Bah! —se mofó Selwyn tras ella, pero Aelia lo ignoró.

—Tienes que volver enseguida con los jinetes, Osric. Necesitarán toda la ayuda disponible para prepararse para la batalla.

—Ya están en sus monturas —le dijo su hermano—. Mi lugar está aquí, contigo. Tengo mi arco.

Pero Aelia no quería que una flecha enemiga lo atravesara. Tenía que encomendarle una nueva tarea… algo que al chico no le pareciera demasiado trivial.

—¡Por el amor de Dios, mujer! —rugió Selwyn. Apartó a Aelia a un lado y agarró a Osric del cuello de la túnica para llevarlo hacia la escalera de mano—. ¡Fuera de aquí! Éste no es lugar para un mocoso.

—¡Suéltalo, Selwyn! Él no es tu…

En aquel instante el sol se asomó por el horizonte, y con sus primeros rayos llegó la primera lluvia de flechas enemigas. Los arqueros de Ingelwald respondieron al ataque, flecha por flecha, mientras los jinetes armados se preparaban para salir del recinto amurallado.

Aelia se olvidó de Osric y ocupó su sitio entre los arqueros. Al bajar la mirada vio a los normandos que acosaban su hogar. Apuntó con su arco una, dos, tres veces… antes de fijarse en un caballero alto a lomos de un impresionante caballo de guerra. Estaba conduciendo a sus hombres y colocándolos en posición para el inminente asalto.

Aelia no podía verle el rostro, ya que una armadura lo cubría desde el casco hasta las espuelas. Incluso la montura estaba protegida por una barda de acero. Al percatarse de que aquel caballero debía de ser Fitz Autier, Aelia volvió a levantar el arco y apuntó.

Pero su blanco no tenía ningún punto vulnerable. Aelia cerró un ojo y siguió apuntándolo, lista para arrojar la flecha en cuanto él levantara un brazo o se inclinara, de tal modo que alguna parte vital de su cuerpo quedara al descubierto.

Fue en vano. Era un guerrero curtido y experimentado, y no se expondría innecesariamente al peligro. Sus movimientos eran poderosos y controlados, y su dominio del caballo era impecable. Aun así, Aelia no le quitó ojo de encima. Y cuando el casco se le desplazó momentáneamente, vio el rostro que ocultaba.

Incluso a bastante distancia, pudo apreciar las líneas angulosas de su fisionomía y recia mandíbula. Tenía el pelo oscuro y demasiado largo para un normando, y caía en mechones mojados sobre una frente arrugada por la ira… o la frustración. Era tan atractivo que más de una doncella normanda lamentaría su pérdida, sin duda.

Aelia alzó el arco, pero su puntería se vio repentinamente afectada por un temblor en los hombros y un extraño mareo. Había olvidado las premonitorias palabras de su madre, pero cuando una figura normanda le llegó al alma las recordó claramente:

«La tierra se estremecerá y tu cuerpo temblará cuando veas por vez primera a tu alma gemela».

Aelia siempre había creído en esa predicción. Les había ocurrido a su madre y a su abuela, y a todas las demás mujeres de su familia. Pero… no podía ser un normando… No con un demonio como aquél.

Fitz Autier no podía ser hombre para ella.

Soltó la flecha y aguantó la respiración durante lo que pareció una eternidad. Cuando una explosión de sangre estalló en el rostro del normando, el corazón le dio un vuelco de alegría. Había conseguido lo que todo noble de Inglaterra anhelaba: la muerte de los jefes normandos que venían a tomar sus tierras.

Pero no… Fitz Autier no había caído. Solamente había sido herido. La sangre manaba de su mejilla, pero la flecha no se había clavado en el objetivo. Sólo debía de haberlo rozado.

Mientras lo observaba con frustración, él levantó la mirada hacia la almena donde ella estaba situada. Sus ojos se encontraron y entonces Aelia se dio cuenta de que Fitz Autier sabía que era ella quien lo había herido.

¿Sentiría el mismo temblor al mirarla que había experimentado ella?

La batalla siguió durante toda la mañana y la tarde, y Aelia casi consiguió olvidarse de que las proféticas palabras de su madre podían referirse a lo que había sentido al mirar a Fitz Autier.

Su madre, que falleció al dar a luz a Osric, no podía haber sabido que Aelia se encontraría un día cara a cara con aquel feroz enemigo normando. Y ésa era la única explicación posible para la extraña sensación que la invadía al mirarlo.

Aelia no volvió a tener la ocasión de matar al normando. Aunque los guerreros de Ingelwald habían conseguido asegurar la puerta, demasiados arqueros habían caído. Afortunadamente, los caballeros de Northumbria que peleaban en el exterior lograron contener al enemigo, y al anochecer los normandos se retiraron a su campamento más allá del bosque, sin duda para prepararse para el día siguiente.

En el interior de las murallas, las antorchas iluminaban el patio y los edificios. Ingelwald se había expandido a lo largo de las últimas generaciones, y eran muchas las casas que quedaban fuera del perímetro amurallado, por lo que casi todos los aldeanos habían abandonado sus hogares y se habían refugiado en el castillo.

En el gran salón de su padre, Aelia atendía a los heridos de la leva de Ingelwald y a los nobles que habían llegado a Wallis después de haber perdido sus posesiones a manos de los invasores franceses.

—¡La victoria es vuestra! —los animó entre los gemidos de dolor y desdicha—. Vuestras heridas han merecido la pena, e Ingelwald se enorgullece de vuestro valor y sacrificio.

Aquellos cuyas heridas no eran mortales respondieron a las palabras de Aelia. Se pusieron en pie o se incorporaron para oír las alabanzas de su señora. Ésta permaneció con ellos hasta que todas las heridas fueron atendidas y la comida fue repartida, y entonces abandonó la casa para visitar a las familias que habían llegado desde la aldea en busca de cobijo y protección.

Las reservas de alimentos eran escasas, pero había agua fresca del pozo. Si al día siguiente la batalla se desarrollaba como Aelia había planeado, los normandos serían derrotados y la vida en Ingelwald volvería a la normalidad.

Se dirigió hacia el pozo y sacó agua para lavarse la mugre de las manos y la cara.

No había visto a Selwyn entre los nobles ni tampoco en las almenas. Aunque no tenía el menor deseo de casarse con él, quería agradecerle sus esfuerzos por haber comandado la defensa de Ingelwald más allá de las murallas.

Estaba tomando un trago de agua limpia y cristalina cuando oyó que alguien gritaba su nombre. Al momento siguiente, uno de los amigos de Osric aparecía junto a ella.

—¡Osric se ha ido!

Aelia se secó el agua del rostro.

—¿Cuáles eran sus órdenes?

—Modig nos dijo que subiéramos al tejado del almacén y diéramos la voz de alarma si veíamos a algún normando intentando escalar la muralla.

—¿Y Osric ha abandonado su puesto?

—Sí, pero…

—Cuando lo encuentres, dile que tendrá que responder ante mí —dijo Aelia, aunque sabía que Osric no le tenía ningún miedo. Era un muchacho muy obstinado, y su padre lo había mimado en exceso durante los dos últimos años, desde la muerte de Godwin, su hermano mayor. Aun así, Osric era consciente de que en una situación tan peligrosa como la que estaban viviendo su desobediencia sería severamente castigada.

—¡No! ¡Se ha ido, mi señora! ¡Fuera de las murallas!

A Aelia se le detuvo el corazón.

—¿Fuera? ¿Qué quieres decir, Grendel? ¿Adónde se ha ido?

—Se marchó por el túnel que pasa bajo la muralla este… ¡Dijo que mataría él mismo a Fitz Autier!

Aelia se apoyó en el tronco del joven roble, en cuyas ramas Osric y sus amigos habían pasado tantas horas de ocio. Había perdido a Godwin y a su padre. No podía perder también a Osric.

—¿Qué te ha dicho? —le preguntó a Grendel, intentando sofocar el pánico mientras se alejaba del pozo—. ¿Qué planes tenía?

—Quiere matar a Fitz Autier mientras duerma. Osric dice que Selwyn lo trata como a un trapo, pero que iba a demostrarle lo mucho que vale.

Aelia debería haber supuesto que Osric reaccionaría de aquel modo. Todo se lo tomaba como un desafío personal. Y aunque Selwyn le hubiera encomendado una tarea más digna, su hermano se habría sentido igualmente humillado por haber sido excluido del combate.

Tenía que dar la voz de alarma y reunir a un grupo de hombres para ir al rescate de Osric. Seguramente tendrían que pelear a oscuras, en un territorio que les era desconocido a muchos de los sajones que procedían de tierras lejanas. Podría ser un desastre.

O tal vez hubiera una mejor manera.

Mandó a Grendel a la armería a que avisara a los hombres, y ella se dirigió hacia la muralla este, donde un estrecho túnel había sido cavado una generación antes. No tenía sentido enviar un batallón de hombres al campamento normando, cuando un único guerrero podía conseguir lo mismo y con menos riesgo.

Aelia conocía bien la región. Se había criado en aquellas tierras, cabalgando por sus campos y cazando con su padre y Godwin.

Intentaría alcanzar a Osric antes de que su hermano pudiera llegar al campamento normando. Y si de algún modo conseguía esquivarla, pensaría en un plan alternativo.

 

 

La tenaz defensa de Ingelwald no había sorprendido a Mathieu Fitz Autier. Pero que enviaran a un crío como asesino era inconcebiblemente absurdo o increíblemente brillante. El niño decía ser el heredero de Wallis, y si aquello era cierto sería un magnífico rehén.

Pero el asunto podía esperar hasta el día siguiente. Sus hombres estaban agotados por la batalla y el niño estaba atado y amordazado para pasar la noche. Si Wallis quería recuperarlo, tendría que rendirse al amanecer. Entonces Mathieu haría prisionero al lord sajón, junto a sus hijos y su hija, lady Aelia.

Las órdenes del rey Guillermo habían sido muy claras. Mathieu debía custodiar a los prisioneros hasta Londres, donde serían públicamente exhibidos y ejecutados.

Todo estaba tranquilo en el campamento. Mathieu no creía que Wallis intentara atacar por la noche, pero aun así había apostado centinelas en el perímetro. Agarró una antorcha y se dirigió hacia su tienda. Era una enorme carpa donde, aparte de tener sus aposentos privados, se reunía con sus comandantes para preparar la estrategia de batalla.

Al entrar, se quitó la túnica y vertió agua en una jofaina para lavarse las heridas. Por primera vez, se permitió pensar en la arquera cuya flecha le había rozado la mejilla.

Una doncella.

Incluso desde lejos había podido apreciar su delicada belleza y su pelo dorado teñido de una tonalidad rojiza al sol del amanecer. Un extraño presentimiento lo había invadido al verla por primera vez, entre los duros soldados que defendían las almenas. Fue como si un puño de hierro le atenazara las costillas y la columna. La tierra había parecido temblar bajo sus pies. La sensación lo había desorientado lo bastante como para ponerlo en riesgo, y sólo recuperó el juicio cuando el yelmo se le desplazó. Un momento después, cuando la flecha lo rozó, levantó la vista y sus miradas se encontraron. Y fue como si…

No, él no era un joven pretendiente al que un rostro bonito pudiera cautivarlo. Además, ella era una mujer sajona. Una mujer que lo mataría a la menor oportunidad. Algo que casi había conseguido aquella mañana.

La herida del pómulo debería ser cosida, pero no pensaba molestar a sir Auvrai a esas horas. Estiró los hombros y la espalda y encontró más magulladuras. Era el precio de la guerra, ni más ni menos. Pero esa vez, cuando el enemigo del rey Guillermo fuera derrotado, se convertiría en el amo del botín.

La victoria en aquella batalla le aseguraría la tierra que había anhelado durante años y el matrimonio con la mujer más hermosa de Normandía… lady Clarise, la hija de lord Simon de Vilot.

Mathieu había servido a Guillermo durante muchos años. Siendo el hijo bastardo de un noble, disfrutaba de muchos menos derechos que sus hermanastros, y sus únicas posesiones eran su caballo y su armadura. Aun así, se había ganado el respeto y el afecto de su señor feudal, quien era ahora el rey de Inglaterra.

Muy pronto Mathieu obtendría su recompensa. Como señor de Ingelwald y de las tierras vecinas, y como yerno de Simon de Vilot, estaría en la misma posición de nobleza que sus hermanos.

No, estaría por encima de ellos.

 

 

Aelia no pudo evitar burlarse de aquellos normandos ignorantes por haber acampado junto al río. ¿Acaso no sabían que el sonido de la corriente ahogaría cualquier ruido que pudiera hacer un intruso que se acercara sin ser visto?

Oculta, vio cómo los hombres se metían en las tiendas para pasar la noche. Entonces se deslizó silenciosamente bajo una tela abandonada, manteniendo una esquina levantada para poder ver sin que la descubrieran. Cerró los ojos y respiró hondo.

Tuvo que hacer un esfuerzo para calmar los nervios mientras se disponía a esperar. No había visto a Osric a la luz de las antorchas, pero todo el campamento estaba en silencio. Si su hermano hubiera matado a Fitz Autier, no se respiraría tanta tranquilidad. A menos que aún no hubieran encontrado el cadáver del normando.

¿Dónde estaría?

Un momento después apareció Fitz Autier, y aquella extraña sensación volvió a invadirla. Esa vez estaba segura de que los temblores se debían al miedo y la inquietud por saber qué habría sido de Osric. El normando atravesó el campamento y pasó delante de ella. Aquel guerrero despiadado cuya fama lo había precedido hasta Ingelwald solamente era un hombre, no una especie de dios con poderes sobrenaturales.

Y sin embargo, su físico y estatura eran más imponentes de los de cualquier sajón que Aelia hubiera visto en su vida. Sin su armadura, se apreciaba que su pecho era una sólida pared de granito y que sus brazos estaban esculpidos en fibra y músculo. Mientras caminaba intentaba desatar los lazos y hebillas de la túnica y las calzas, y Aelia deseó que desistiera en su intento. No podía desnudarse antes de llegar a su tienda. La noche era demasiado fría… y ella no tenía interés alguno en ver su piel desnuda.

Finalmente entró en la tienda. Aelia se dispuso a correr hacia ella, pero en ese momento se acercaron dos centinelas.

¿Estaría Osric esperando a Fitz Autier en el interior de aquella tienda? ¿Sería capaz de matar él solo al normando?

Osric se sobrestimaba, y aunque sabía cómo manejar un cuchillo, no era rival para un hombre adulto… y menos para un hombre como Fitz Autier, a quien le bastaría escupir al muchacho para dejarlo fuera de combate.

Tenía que ponerse en movimiento. Debía sacar a Osric de allí antes de que acabara como rehén de los normandos o atravesado por una espada. Pero, por muy impaciente que estuviera por abandonar su escondite, no le quedaba más remedio que esperar hasta que los centinelas se perdieran de vista. Así que se obligó a permanecer inmóvil y buscó con la mirada algún signo de actividad en el campamento, casi deseando ver a Osric salir furtivamente de la tienda con un cuchillo ensangrentado en la mano.

Pero si Osric no estaba en la tienda, ella misma se ocuparía de hacer lo que su hermano había pretendido. La idea de Osric era buena, aunque no para que un niño la llevara a cabo.

Cuando los guardias y sus antorchas desaparecieron, Aelia salió reptando de debajo de la tela y se arrastró hasta la tienda del normando. Prestó atención, pero no se oía nada. ¿Estaría Osric en el interior, esperando el momento perfecto?

El faldón de la entrada estaba suelto y Aelia se deslizó bajo el mismo, intentando mover la tela lo menos posible.

Una vez dentro, se quedó inmóvil hasta que sus ojos se adaptaran a la oscuridad. Las hogueras del exterior proyectaban un débil resplandor que se filtraba a través de las paredes de tela. Entonces vio la figura que estaba tendida sobre una piel.

Estaba inmóvil, pero no muerto. Y Osric no estaba allí. Aelia podía oír la respiración del normando, profunda y sosegada. Sacó el cuchillo de la vaina que llevaba a la cintura y se arrastró hacia él, pasando junto al poste central y la armadura que reposaba junto a la pared opuesta.

Cuando estuvo lo bastante cerca para ver la barba incipiente que le oscurecía la mandíbula, levantó el brazo y atacó.

Dos

 

 

 

 

 

Mathieu se movió con una velocidad imposible para un hombre de su tamaño. Agarró a la mujer por la muñeca y tiró de ella hasta aprisionarla bajo su cuerpo. Resultaba irónico que la herida que ella le había infligido aquel mismo día le impidiera dormir, posibilitando que hubiera advertido su entrada furtiva en la tienda.

—Lady Aelia, supongo.

—Suéltame… ¡maldita escoria normanda!

—Veo que tu puntería es mejor que tus modales. Por suerte, tu fuerza no está a la altura de tu habilidad con el arco, o habría sufrido una herida más grave de la que preocuparme.

Ella se retorció con violencia, pero Mathieu no cedió.

—¿Los sajones estáis planeando atacarme uno por uno hasta que os haya eliminado a todos?

—¿Uno por uno? —repitió ella con voz ahogada—. Mi hermano… ¿está aquí?

Hacía mucho tiempo que no tenía a una mujer bajo él, pero aunque se sentía excitado por la suave carne femenina, no era ningún violador. Incluso lo asqueaba la técnica favorita de su padre. Él prefería una pareja que le respondiera con entusiasmo y pasión, no una mujer sumisa o combativa.

—¿Te refieres a ese gusano pelirrojo que intentó clavarme su cuchillo de juguete? —preguntó—. Si Wallis se ha rebajado al punto de mandar a los niños a luchar contra el enemigo, hace que pierda todo el respeto que tenía por él.

—Mi… mi padre está muerto.

Sus palabras sorprendieron a Mathieu. ¿Quién comandaba entonces la defensa de Ingelwald? ¿El hijo mayor de Wallis?

—¿Entonces es Godwin el que gobierna en Ingelwald?

Lady Aelia no respondió, sino que reanudó sus esfuerzos por intentar liberarse. Levantó la rodilla con fuerza y golpeó a Mathieu en la entrepierna. Él gimió y rodó de lado, pero sin dejar de aferrarla por las muñecas.

—Ya me has hecho suficiente daño, demoiselle —masculló entre dientes mientras ella seguía luchando—. Estate quieta. No vas a ir a ninguna parte.

Se tumbó sobre ella, sujetándole las piernas además de las manos, y se preguntó cómo había conseguido eludir a los centinelas que patrullaban los límites del campamento. Tenía que admitir que su pequeña estatura le había sido de gran ayuda.

—¿Dónde está mi hermano?

—Vigilado en un lugar seguro —respondió con voz áspera. Tenía el rostro tan cerca del suyo que podía ver las pecas de su piel suave. Sus dientes eran muy blancos, y sus labios eran carnosos y rosados y estaban ligeramente separados. Unos centímetros más y podría saborearlos…

Por tentador que fuera, reprimió el impulso.

—¿Deberían mis hombres vigilar también a Godwin?

—¡Suéltame!

Mathieu no tenía intención de soltarla. Al menos, no hasta que la tuviera atada. De un rápido movimiento, la hizo girarse y la tumbó bocabajo en la piel. Le colocó la rodilla en la espalda y le apartó su larga melena rubia para sujetarle las manos por detrás. Con la mano libre agarró un trozo de cuerda, y volvió a darle la vuelta para atarle las muñecas por delante.

No era un hombre cruel. Su fama de guerrero implacable y despiadado había sido magnificada, pero había servido a su propósito mientras luchaba por el rey. Si Wallis se hubiera tomado en serio lo que se decía de Fitz Autier, seguiría estando en posesión de su burgo. Pero en vez se eso se había rebelado contra la autoridad de Guillermo, negándose a aceptarlo como su legítimo rey. A Guillermo no le había quedado más opción que enviar a su ejército para sofocar la rebelión.

Cuando terminó de atar a la mujer, le permitió sentarse y encararlo.

—¿Godwin se avendrá a negociar tu liberación?

Ella apretó los labios y apartó la mirada, negándose a responder. Pero Mathieu vio cómo tragaba saliva y percibió un ligero temblor en sus labios. No sólo estaba siendo obstinada. Su reacción era de angustia y dolor.

Su hermano estaba muerto.

Mathieu ignoró el arrebato de compasión que surgió de lo más profundo de su corazón. Así era la guerra. Tanto los soldados como los inocentes perdían sus vidas, sobre todo cuando los inocentes no se rendían pacíficamente al invasor. Mathieu había hecho de la guerra su modo de vida y no podía salvar a nadie… y menos a aquella muchacha sajona que se interponía entre sus deseos y él.

Se levantó y colocó el cuchillo de la mujer sobre su cota de malla mientras pensaba qué hacer con ella. Primero pensó en llevarla al carro de los suministros y dejarla allí junto a su hermano, pero decidió que era mejor mantenerlos separados.

—¿Quién está a cargo de Ingelwald? —le preguntó.

Ella levantó el mentón, pero sin mirarlo a los ojos.

—No importa —murmuró él, y arrojó otra piel al suelo, junto a la piel donde estaba sentada la mujer—. Mañana por la mañana, cuando llegues a la puerta de Ingelwald, atada en la grupa de mi caballo, alguien se mostrará dispuesto a tratar conmigo.

—¿Dónde está mi hermano? —espetó ella.

Mathieu se echó a reír.

—No estás en posición de exigir respuestas, demoiselle.

—No es más que un niño… Deja que vuelva a casa.

—No lo entiendes, lady Aelia —dijo él, agarrando el cuchillo—. Ese chico ya no tiene casa. Y tú tampoco.

Ella dejó escapar un resoplido, como si hubiera recibido un puñetazo en el estómago. Si a Mathieu le quedara algún resto de compasión, tal vez se lo hubiera ofrecido a aquella mujer valiente y orgullosa que había desafiado al peligro por acudir al rescate de su hermano. Y si fuera un hombre de más bajos instintos, habría permitido que su belleza y sus curvas lo tentaran.

Pero sólo tenía un propósito. Conquistar Ingelwald para su rey, quien a cambio lo recompensaría entregándole el burgo como a su vasallo de confianza. Era una posesión muy preciada, y una recompensa mucho mayor que cualquiera de las que sus hermanos habían obtenido. De hecho, ya había sido nombrado barón de Ingelwald por el rey Guillermo.

Agarró otro trozo de cuerda y rodeó con ella la cintura de la mujer sajona, haciéndole un firme nudo a la espada. Entonces tomó los cabos sueltos y se los ató a una de sus propias muñecas para después tumbarse en la piel.

Aelia se retorció para agarrar la cuerda que lo ataba a él e intentó apartarse.

—Si crees que voy a quedarme aquí…

—Estoy muy cansado —gruñó él mientras ella seguía debatiéndose. Lo pateó e intentó golpearlo con los puños, pero Mathieu volvió a empujarla contra el suelo y la agarró del pelo por la nuca, donde empezaba su larga trenza rojiza. Se inclinó hacia ella y le habló suavemente al oído—. Puedo llamar a mis hombres, por si prefieres su compañía a la mía.

—¡Sólo un sucio normando haría una cosa así! —gritó ella—. Forzar a una mujer inocente…

—¿Inocente? —repitió él, haciéndola girarse para acercar el rostro al suyo—. Esta herida en mi mejilla no tiene nada que ver con la inocencia. Y las flechas que llovían sobre mis soldados no eran precisamente regalos de bienvenida, demoiselle. Agradece que sea más civilizado que tú y estate quieta. Puedes dormir o no, pero el descanso te vendrá bien… ¡Y lo que le pase a tu hermano dependerá de la conducta que tengas esta noche!

 

 

Aelia no veía ninguna salida. Fitz Autier se había dado la vuelta y estaba durmiendo, pero ella no podía descansar.

Ni tampoco podía escapar.

Bastaría un tirón a la cuerda que la ataba para que él despertara. De cerca era aún más imponente, y Aelia temía enojarlo.

De lejos le había parecido atractivo, pero ahora que podía ver sus rasgos y sus impresionantes brazos y torso desnudos, se daba cuenta de que Fitz Autier era mucho más que un rostro interesante. Su nariz tenía una ligera protuberancia en el puente, señal de que se le había roto alguna vez. Una estrecha cicatriz le cruzaba la frente, cortando su espesa ceja negra. Y desde aquel día tenía una nueva marca en la mejilla,

¡Ojalá la flecha hubiera acertado en el blanco! Entonces ella no se vería en aquel apuro.

Intentó aflojar las ataduras de las muñecas, pero fue imposible. Los nudos que él le había hecho a la espalda quedaban fuera de su alcance, y no podía traerlos al frente, donde al menos pudiera verlos.

Las paredes de la tienda estaban firmemente sujetas con estacas a la tierra, de modo que era imposible arrastrarse por debajo, ni aunque pudiera desatarse. Miró alrededor, buscando algo que pudiera usar como arma o que le sirviera para cortar las cuerdas. Como era lógico, Fitz Autier había dejado el cuchillo fuera de su alcance, y no podría agarrarlo sin pasar por encima de su cuerpo.

Un farol apagado colgaba del poste central, y más allá se veía un pequeño cofre de madera con una figura tallada de un lobo en lo alto. Además de la armadura y de las ropas del normando, no había nada más. Ningún modo de matarlo ni de escapar.

Pero aunque pudiera escabullirse, seguía sin saber el paradero de Osric. Si conseguía escapar de aquella tienda, tendría que rastrear cada palmo del campamento en su búsqueda. Y si no lo encontraba y lo llevaba de vuelta a Ingelwald, no tenía duda de que el normando cumpliría con su amenaza.

Osric sería asesinado.

Aelia suspiró con frustración y se tumbó incómoda detrás de Fitz Autier, observando cómo respiraba en sueños. Parecía sorprendentemente relajado para estar junto a una prisionera que pretendía acabar con él.

Estaba destapado, pero aun así su cuerpo desprendía calor. Los abultados músculos de sus hombros se flexionaban con cada respiración, y Aelia tragó saliva al fijarse en su enorme tamaño y recordar la fuerza de sus manos al agarrarla.

Podría aplastar a Osric, incluso a ella, con aquellas garras de acero.

No podía relajarse. Nunca había dormido junto a un hombre, y no iba a hacerlo por primera vez con un normando. Se apartó lo más posible, pero sin querer tiró de la cuerda y lo despertó.

Maldijo los rápidos reflejos de aquel hombre cuando una de sus manos la agarró y tiró de ella hacia él, rodeándola con sus brazos.

—Te lo advierto, pequeña. Si no te estás quieta, te enviaré con los guardias. ¡No volveré a repetírtelo!

Aelia sabía que sería una estupidez resistirse. No era sólo su vida la que estaba en juego, sino también la de Osric.

Volvió a echarse sobre la piel, pero él no le dejó espacio. Permaneció de cara a ella, y Aelia se encontró atrapada entre su amplio pecho y la tensa pared de tela.

A medida que la respiración del normando se sosegaba, Aelia empezó a pensar en el día que se avecinaba. ¿Qué haría cuando la ofrecieran a cambio de Ingelwald?

A Selwyn no le importaría tanto su seguridad como la idea de quedarse con Ingelwald. Aelia había tenido que recordarle demasiadas veces desde la muerte de su padre que aquella plaza pertenecía legítimamente a Osric. El rey Harold había prometido que Wallis y sus herederos seguirían siendo condes de Northumbria. Tras la muerte de Godwin dos años antes, el honor recaía en Osric. De ningún modo en Selwyn, cuya categoría era insignificante en la jerarquía inglesa.

Intentó encontrar una postura cómoda junto a Fitz Autier y se estremeció, pero no supo si era por el frío o los nervios. Fuera como fuera, su cuerpo pareció moverse con voluntad propia y se acercó al calor que desprendía él, quien le puso un brazo sobre la cintura. El sonido de su respiración la tranquilizó y de repente se encontró con los párpados cerrados. Sus pensamientos empezaron a ser cada vez más inconexos.

Los soldados de Ingelwald se batirían hasta la muerte. Selwyn no se rendiría hasta que las murallas hubieran sido derribadas y todos los hombres, mujeres y niños hubieran sido masacrados.

Pero ¿y si Selwyn caía primero? Era posible que los hombres de su padre negociaran una rendición pacífica del castillo a cambio de ella y de Osric.

¿Cuántas vidas se salvarían si Ingelwald aceptaba las condiciones de los normandos?

El ejército normando sobrepasaba con creces las fuerzas del burgo, y además contaba con un suministro inagotable de armas y víveres, mientras que las reservas de Ingelwald cada vez eran más escasas. Apenas quedaban flechas y sacos de grano. ¿Cuánto tiempo podrían resistir antes de morir de hambre?

Aelia vio el rostro de Grendel, el joven amigo de su hermano, y los de sus hermanas y padres. Había otros muchos cuyas vidas le eran demasiado preciadas. Estaba Beorn, el carpintero, que hacía liras y arpas. Y Erlina, sorda como una tapia, que preparaba pociones y brebajes para cualquiera que los necesitara. Si Ingelwald se rendía, ¿permitirían los normandos que aquellas gentes vivieran en paz y siguieran cultivando sus tierras como habían estado haciendo durante generaciones?

Era una pregunta inquietante.

Fitz Autier la apretó con más fuerza, como si hubiera percibido su angustia y quisiera ofrecerle consuelo. La atrajo hacia él y deslizó una rodilla entre sus muslos. Temerosa de despertarlo, Aelia no intentó apartarse, pero contuvo la respiración mientras él le acariciaba la espalda y bajaba hacia sus nalgas.

Aelia mantuvo los ojos cerrados y no se resistió cuando el contacto se hizo más íntimo. No tenía fuerzas para luchar contra él, y el calor de su cuerpo masculino la atraía irresistiblemente, así como la sensación de estar segura y protegida. Hacía mucho que Aelia no se sentía segura. Había perdido a su hermano y luego a su padre en las escaramuzas contra los ejércitos del rey. Ahora tenía que resignarse con Selwyn, quien anhelaba arrebatarle Ingelwald a Osric. A veces parecía que la lucha jamás llegaría a su fin.

Fitz Autier emitió un ruido en sueños y cambió ligeramente de postura. No debía de ser consciente de lo que estaba haciendo, pero Aelia sentía cómo se le aceleraba el pulso. Y cuando la pierna de Fitz se deslizó más arriba, se quedó sin aire en los pulmones.

Nunca había estado tan cansada, pero la presión de aquel muslo le impedía dormir. La sensación de reposo y seguridad fue rápidamente desplazada por una extraña tensión y un placer tan intenso que tuvo que cerrar la boca con fuerza para no soltar un gemido. Sin darse cuenta de lo que hacía, le apretó la pierna con las suyas y se movió contra él, friccionando la parte más sensible de su cuerpo femenino.

Aún tenía miedo de despertarlo, pero no podía detenerse. Todas sus terminaciones nerviosas parecían confluir en un solo lugar, y cuando el torrente de placer llegó a su punto culminante, Aelia creyó que el corazón iba a salírsele del pecho. Con los ojos fuertemente cerrados, dejó que aquella euforia desconocida la inundara y se abandonó a la exquisita sensibilidad ante todo aquello que la rodeaba.

Sentía el aliento de Fitz Autier en sus cabellos y los rizos del pecho contra su mejilla. Podía oír los poderosos latidos de su corazón y oler su fragancia limpia y masculina. Y de nuevo sintió la estremecedora sensación que había experimentado cuando lo vio por primera vez, bajo las murallas de Ingelwald.

¡Pero se trataba de su enemigo!

Aquellas sensaciones nada tenían que ver con las predicciones que su madre había hecho tantos años atrás, cuando Eduardo era el rey y Guillermo no era más que un francés alborotador. Su madre nunca se imaginó los desastres que azotarían sus tierras por la amenaza normanda. Ni pensó jamás que un normando pudiera ser el alma gemela de Aelia.

Era una idea ridícula.

Tres

 

 

 

 

 

Mathieu nunca soñaba de noche, pero decidió que tal vez le gustara hacerlo si todos sus sueños fueran tan excitantes como el que acababa de tener. Sin duda la cercanía de la mujer sajona había sido la responsable. Se había despertado en un enredo de brazos y piernas, oliendo la inconfundible esencia de la excitación femenina.

Cualquiera que hubiese sido su sueño no había sido más que una mala jugada de su mente. Si aquella mujer hubiera estado excitada, habría sido con ideas criminales y asesinatos, nada más.

La sajona seguía durmiendo, y su aspecto era sorprendentemente inocente. Pero Mathieu no se arriesgaría con ella. No tenía ninguna duda de que intentaría matarlo en cuanto tuviera ocasión.

Sin despertarla, alargó un brazo hacia el cuchillo y cortó la cuerda que la ataba a él. Ella batió los párpados, pero no se despertó mientras él se levantaba del improvisado lecho que habían compartido.

Las cosas no podían haberse desarrollado mejor. Que lady Aelia hubiera caído en sus manos era un regalo de Dios. Era obvio que los sajones no podían atacar cuando la vida de su señora estaba en juego. Ingelwald sería propiedad del rey Guillermo antes de que el sol se asomara sobre las murallas del castillo.

Invadido por el buen humor, Mathieu se quitó el brial con el que había dormido y buscó ropa limpia en el cofre mientras pensaba en la mejor manera de acercarse a Ingelwald. Si acudía con su ejército provocaría una batalla y nadie se daría cuenta de que llevaba prisionera a lady Aelia. Los arqueros de Ingelwald estaban preparados para arrojar las flechas, igual que lo habían estado el día anterior.

Tal vez lo mejor sería aproximarse con un heraldo y una pequeña escolta.

O también podía atar a la mujer a un caballo y mandarla en primer lugar para que…

Un gemido ahogado lo hizo girarse hacia la piel.

—¡Cómo te atreves! —masculló ella.

Él permaneció de pie y desnudo ante ella, pero la arrogancia de aquella mujer lo irritó. Aquélla era su tienda y ella era la intrusa.

—Olvidas que no has sido invitada a esta tienda, demoiselle.

—La decencia y el pudor…

—La decencia te habría impedido entrar aquí con el propósito de matarme —atajó él.

Ella se puso colorada y se dio la vuelta bruscamente. Sus movimientos eran torpes, debido a las cuerdas que aún la ataban. Era difícil creer que fuera la misma mujer que se había acurrucado contra él en busca de calor durante la noche. Ahora, por la mañana, volvía a demostrar la misma obstinación y rigidez que el día anterior.

Mathieu se puso un brial y se ató la prenda a la cintura. A continuación se sentó sobre el cofre y se puso las calzas, sin quitarle la vista de encima a la mujer sajona.

—Quiero ver a mi hermano, normando.

Mathieu no tenía intención de llevarla con el chico. No hasta que eso sirviera a sus propósitos. Siguió vistiéndose, deslizando los brazos en las mangas de una túnica y metiéndosela por la cabeza. Cuando agarró su cota de malla, la mujer volvió a girarse hacia él.

A la luz del amanecer pudo ver que sus ojos eran verdes y que destellaban de ira. O quizá de desesperación.

Se rascó la nuca para aliviar la extraña sensación que le provocaba el mirarla y vio cómo ella se ponía de rodillas.

—Suéltame y yo iré a ver a Selwyn.

—No insultes mi inteligencia, demoiselle —replicó Mathieu. Se metió el cuchillo de la mujer en el cinto y agarró la espada. Se volvió entonces hacia el faldón de la tienda y lo abrió.

—Puedo convencerlo para que se rinda.

—¿Quién es Selwyn?

—Es mi prometido… Se habrá hecho cargo de Ingelwald en mi ausencia.

—¿Y por qué quieres entregarme Ingelwald ahora?

Ella bajó la mirada al suelo.

—Mi gente… No quiero que nadie muera por mi culpa —dijo mientras él salía de la tienda.

Aelia oyó cómo los soldados normandos saludaban a su señor y cómo éste les daba órdenes. Agradeció al padre Ambrosius que le hubiera enseñado la lengua normanda, aunque no oyó nada que le fuera de utilidad.

Se levantó y se dispuso a salir de la tienda, pero chocó contra una sólida pared de malla y perdió el equilibrio. Estuvo a punto de caer, pero el fornido caballero que montaba guardia en la puerta de la tienda la agarró del brazo justo a tiempo. Su rostro era duro e inexpresivo, y su ayuda no se debía a la amabilidad, sino a la conveniencia.

Era más alto y corpulento que Fitz Autier, aunque su pelo era rubio, casi blanco. Sus facciones eran muy marcadas, estaba cubierto de cicatrices y le faltaba un ojo, pero Aelia se negó a dejarse intimidar.

El hombre la soltó y entró en la tienda, permitiendo que un soldado más pequeño pasara junto a ella con varias cosas en los brazos. Lo dejó todo en la mesa, recogió la armadura de su señor y se dispuso a marcharse.

—Comida y bebida —dijo.

—No tengo hambre ni sed —replicó ella, desafiante, deseando poder cruzarse de brazos. Pero por desgracia sus muñecas seguían atadas—. Tengo que… —miró hacia el perímetro del campamento y los árboles que lo bordeaban—. Necesito un momento de intimidad.

El caballero grande y rubio la hizo apartarse de la tienda y el joven soldado se marchó.

—No saldrá de esta tienda. El barón Fitz Autier le traerá cualquier cosa que necesite.

El hombre bajó el faldón de la entrada y Aelia vio que una gran olla había sido dispuesta para ella, junto a un cuenco de agua, un trozo de pan y una jarra de cerveza. Agarró la olla con las manos atadas y, con un grito de frustración, la arrojó contra la pared de la tienda. Se oyó un ruido metálico, seguido de una risa masculina en el exterior.