La danza de los pecados - Isabel Mikue - E-Book

La danza de los pecados E-Book

Isabel Mikue

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Beschreibung

Ya no lloraba por los insultos. Ya no lloraba por los azotes. Lloraba desde el alma. Lloraba por mi infancia quebrada por la culpa y la vergüenza. La danza de los pecados es un baile de víctimas y verdugos, la asfixia de un pueblo que señala y una protagonista señalada, la artificialidad de una moralidad corrupta e imparcial. Las procesiones heredadas, la tradición y la honra como tejedoras de un silencio cómplice y opresor. Es la historia de la vida y su destrucción. ¿Cuál es la pena y cuál la culpa?

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Seitenzahl: 92

Veröffentlichungsjahr: 2022

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Isabel Mikue Rope Nseñu

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1114-824-5

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

.

A ti, dolor callado,

que te hallas suspendido

entre la desesperación y la angustia.

Grita, grita al alba tu desgracia,

porque callar mata.

Y a ti que al abrir este libro esperas encontrar tu nombre en las dedicatorias, ¡quién sabe, si a la mitad o al final, en el dorso o en el pie, en alguna página oculta entre tantas, encuentres plasmado tu nombre, en mayúscula y en negrita!

PRÓLOGO

En el momento de escribir este prólogo, me he acordado de un viejo tópico más o menos incuestionado en diversas corrientes de pensamiento y del quehacer antropológico, que ubica a los actos simbólicos como opuestos a los racionales.

Al hacer yo alusión al carácter incuestionado de este tópico, me estoy refiriendo a que se trata de un contraste binario fuertemente arraigado en distintas sociedades humanas y que, como tal, se ha sabido constituir en un punto de partida incontrovertible, incuestionado, de la reflexión de la Antropología Social y Cultural e incluso de la misma Sociología, precondicionando la atención a veces de un modo dogmático.

Eso hace que en ocasiones nos encontremos con algunos contrastes binarios en el ejercicio intelectual que suscitan vértigos reduccionistas y tienden a simplificar y sacrificar complejas y profundas continuidades y contradicciones en relación a la estética y a la molicie de muchas veces pulcras oposiciones que, si no ciegan, por lo menos provocan cortedad en el alcance de la mirada.

A pesar de todos los miedos y cobardías, a pesar de todos los instrumentos de dominación, de opresión y de esclavitud, a pesar de todas las consolaciones de la otra vida, hay lugar para la conciencia y para la obligación utópicas.

La escritora Isabel Mikue Rope, la cual está equipada de una de las más exquisitas plumas del panorama literario de nuestro país, nos presenta, a modo de novela, uno de los ritos purificatorios practicados entre los fang, llamado Abog – Missém o danza de los pecados, así como la violencia sexual y machista que hace a mucha gente gemir y vivir en un estado de constante angustia y de dolor.

El Abog – Missém es un rito de purificación. Se trata de un acto (aunque no practicado por todos los fang) que se lleva a cabo en un intento de restablecer la pureza perdida o de limpiar la mancha cuando se ha producido un incesto o una relación genital entre miembros del mismo clan.

La creencia es que el rito llamado Abog – Missém devuelve la pureza en relación con lo sagrado (Dios y nuestros antepasados), y restablece la armonía social a nivel del clan, la familia y al individuo que se hallaba en estado de mancha.

Existen ritos de purificación en todas las civilizaciones, culturas, tradiciones y religiones conocidas, tanto antiguas como prealfabéticas, modernas y sofisticadas. Dichos ritos son de una amplia variedad de tipos y formas.

Es sabido que cada manifestación cultural local define lo que es puro e impuro, así como las consecuencias de la pureza y de la mancha a veces de manera diferente a cualquier otra cultura, a pesar de una considerable superposición intercultural en ciertas creencias.

Se parte de la idea de que la esencia interior del ser humano puede ser pura o estar contaminada. Esta idea presupone una visión general del ser humano en la que sus fuerzas activas o vitales, la energía que estimula y regula su óptimo funcionamiento individual y social, se distingue de su cuerpo por un lado, y de sus facultades mentales o espirituales por otro.

Los fang, al igual que todos los pueblos de la Tierra, comprendieron que la pureza perdida solo puede restablecerse mediante el ritual.

Este libro nos lleva asimismo a reflexionar sobre el drama de los abusos sexuales y la violencia machista practicados a mujeres y niñas en el seno de muchas familias del mundo. Se trata de situaciones de dolor que mucha gente ha callado, ignorado o despreciado a lo largo de la historia, y que ahora hacen que muchos salgan del cascarrón para denunciar dichas atrocidades y exigir justicia social.

El drama no solo está en los abusos y agresiones sexuales, sino también en la actitud de mucha gente que prefiere mirar para otro lado que hacer frente a esa lacra que tanto daño hace a la humanidad entera.

Este tipo de comportamientos son considerados entre los fang como signos evidentes de la presencia de brujos en el seno de la comunidad, en el seno de la familia, y por este mismo motivo, las familias suelen acudir a varios estamentos (divino, antepasados, hechiceros, adivinos, videntes, curanderos, ancianos…) para erradicar dicho mal y restablecer la armonía perdida.

Los fang no conocían la figura del diablo y por eso todas las acciones malignas o malévolas, operaciones y actividades se conocen como el Mbwó (brujería), allí donde están los Bejem (sabios), gente que tiene conocimiento de todas las esferas de la vida y del mundo, lo visible y lo invisible y utilizan dichos conocimientos a veces para hacer daño.

En el libro se recogen las siguientes palabras:

«La violencia sexual azota el corazón de muchas niñas y niños. Es el látigo que golpea el alma de infinidad de vidas inocentes; es el grillete que estanca el desarrollo pleno de pequeños y pequeñas; es el grito de sangre en el que se fuga la esperanza de muchas familias».

Acompañemos pues a la escritora Isabel Mikue Rope en este camino que lleva a denunciar todo lo que le hace daño al ser humano, aquello que no humaniza, aquello que destruye y hace imposible una humanidad sana, pacífica y justa.

Celso Celestino Moro Mangue

A MODO DE INTRODUCCIÓN

Mikue Rope, en su historia, no inventa una moral original: siempre ha estado ahí. Sí es, en todo caso, una moral artificial, naturalizada por tradición, pero creada para perpetuar una jerarquización de poderes: asegurar que el castigador nunca va a ser el castigado, resguardarlo en una ética intencional. Esta escala de valores será, pues, el marco que legitimará la violencia, sistemática.

La protagonista de nuestra novela, incapaz de si quiera soñar con una transvaloración —¿por qué el pecado lo es?, ¿quién dicta lo que es castigable y lo que no?—, es condenada por esta moralidad acérrima. La danza de los pecados dibuja el contexto más desfavorable para la joven: una especie de miedo y culpa heredados irán asfixiando las esperanzas o expectativas de salvación. Está condenada por un pecado que no es suyo. La historia va y regresa sobre el castigo. El pueblo, para evitar que un determinismo atávico se cebe con todos —como si el pecado fuese un virus infeccioso, y ya no solo condenara al pecador—, tiene que prevenir tal fatalidad y ejercer su juicio severo.

No se escapa la ironía: hay más culpa en el castigador que en el castigado. La muchacha, víctima de una violación, es completamente salvada desde el punto de vista ético. Continuamente se queja, de hecho, de incomprensión: lamenta haber perdido tan dramáticamente la inocencia y, en lugar de encontrar consuelo y empatía en su pueblo, halla rechazo. La autora actualiza así el diálogo con el pecado: la revictimización de la víctima.

.

Ruge un tambor bajo el hombro

Resuena el cuerno a lo lejos

Y todos los instrumentos sonoros

Anuncian el inicio del festejo,

Festejo de culpa y vergüenza.

Mi pariente y yo danzamos,

Fundidos nuestros cuerpos

Abrazados a las trancas,

Es la llamada a la danza

La danza de los pecados.

Los presentes marcan las pautas

Y nosotros danzamos,

Por purificación o espanto,

Con la vergüenza encendida

Y la mirada apagada,

Bajo un firmamento teñido,

De amor salvaje, de vicios,

De ofensas a la tradición y a la tribu,

Desnudos, bajo el sol naciente de la mañana

Cantamos lanzando blasfemias al cielo.

CAPÍTULO I

Mañana callada. El sol no había asomado aún su rostro, todavía se veía a trozos entre las copas de los árboles, y la niebla, que todavía no había disipado por el pálido y débil sol, formaba una tenue mantilla grisácea en el cielo.

Una voz, a través del cuerno, había indicado: «es la mañana de tapar y destapar embrujos».

Se abrieron las ventanas, y las puertas de par en par se desplegaron. Se avivaron los murmullos, y voces de invocación viajaban de una choza a otra; los pájaros recluidos en sus nidos salían apurados al aire libre y hacían oír sus canturreos…

El patio, poco a poco, se iba llenando de gente. Quienes acudían, picados por una insaciable intriga, habían llegado para escarnecerse y mostrar la tan necesitada reprobación que sustenta el equilibrio social, algunos procedentes de poblados vecinos.

Mi pariente y yo permanecíamos con la vergüenza encendida y la inocencia apagada, con la maldición grabada en nuestro semblante, ante una muchedumbre ruidosa y frenética. Todos sujetaban en sus diestras tiernas ramas de palmeras, listos para azotar a los impíos incestuosos; mientras, aguardábamos todos el inicio de la danza, la danza purificadora.

«La danza es por redención, por sanidad o por el devenir», había indicado la voz del cuerno, y luego rugió el tam-tam.

Tras nosotros, Esimi el hechicero, conocedor de hierbas que alivia las almas, el intermediario entre los vivos y los muertos, el tam-tam justiciero y la muchedumbre, recriminaban y cantaban lanzando blasfemias al cielo y sobre nosotros.

—¡Pecado!, ¡abominación!, ¡injuria!

—Unieron sus cuerpos los parientes.

—¡Culpables!

—¡Quebrantaron la prohibición!

—¡Faltaron a lo visible y a lo invisible, faltaron a nuestros mayores!

—¡Han de ser purgados!, ¡han de ser limpiados!

—¡Están malditos!

«Deshonraron a la tribu. Rompieron el tabú. Ofendieron a la tradición y a todas las leyes establecidas por nuestros antepasados hace generaciones. Descubrieron su desnudez los parientes, están malditos».

Esimi sentenció aplacando la ruidosa multitud. Su voz profundamente proverbial resonaba a ultratumba:

—Deshonraron a la tribu. Rompieron el tabú. Ofendieron a la tradición y a todas las leyes establecidas por nuestros antepasados hace generaciones. Descubrieron su desnudez los parientes, están malditos.

Lágrimas copiosas corrían por mis mejillas colmadas de emociones y sentimientos de agonía. Ya no lloraba por los azotes. Ya no lloraba por los insultos. Lloraba desde el alma. Lloraba por mi infancia quebrada por la culpa y la vergüenza.

Mi pariente, al contrario, permanecía a mi lado implacable cual témpano de hielo; mientras el curandero, a media mañana, indicaba el inicio de la danza:

—Malditos los dos por pecar.

»Despréndanse de sus ropajes.

»Bailen desnudos bajo el sol naciente.

Ambos, mi pariente y yo, corrimos hacia el serpeado sendero que da al río. Las voces, los latigazos y los insultos iban tras nosotros.

Antes de iniciar la danza, el anciano conocedor de hierbas había advertido:

—Que no salgan los niños… Que no salgan las niñas, ni las doncellas casaderas. Ha caído una maldición sobre la familia del afamado Bokung Ondo. Ha caído una maldición sobre la tribu Yenang. Que no salgan los niños.

CAPÍTULO II