La derecha al revés - Daniela Pintos - E-Book

La derecha al revés E-Book

Daniela Pintos

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Beschreibung

La protagonista de esta novela, después de una infancia y una adolescencia muy agradables, promediando los treinta vive una serie de acontecimientos horribles que la llevarán a desarrollar una enfermedad mental y recalar en una clínica psiquiátrica. Para salir adelante ella va a ensanchar su mundo reflotando la memoria de ese tiempo poblado por sus seres queridos, y también abriéndose a entrevistar a gente nueva, bella, horrible, enigmática... La autora define su libro como una "novela de no ficción", llevada en un estilo directo y con humor, para que la vida recobre los colores que se creían apagados. Todos podemos reescribirnos, nos dice.

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Seitenzahl: 359

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Daniela Pintos

La derecha al revés

Primera novela de no ficción. Borradores múltiples.

[ESCRIBA EL NOMBRE DE LA COMPAÑÍA]

Saga

La derecha al revés

 

Copyright © 2022 Daniela Pintos and SAGA Egmont

 

All rights reserved

 

ISBN: 9788728167151

 

1st ebook edition

Format: EPUB 3.0

 

No part of this publication may be reproduced, stored in a retrievial system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser.

 

www.sagaegmont.com

Saga Egmont - a part of Egmont, www.egmont.com

Esta novela se encuentra dentro del género de no ficción. No es exactamente una autobiografía, ya que la autora intercala sentimientos y pensamientos sobre su modo de escribir, de crear. En ella encontrará el lector aventuras y desventuras que van creando un encuentro único con el lector, quien es llamado “Lector amoroso” a quien dirige sus páginas. Clínicas siquiátricas, reportajes, pero sobre todo, un inmenso deseo que las personas que han sufrido o vivido situaciones similares, encuentren un espacio donde mirarse y una invitación al “segundo tiempo” que siempre nos ofrece la vida. En pocas palabras, la historia de una reconstrucción permanente. A su vez, también su decir se dirige a los profesionales de la salud, con el deseo que ayude a re pensar en sus prácticas. Libro de lectura amena, con un profundo amor y ternura hacia los que llama “Los de adentro”.

La derecha al revés (Prólogo)

Esta novela o proyecto, comenzó a escribirse muchísimas veces.

Su inicio, remonta al interior de una clínica siquiátrica a la que con afecto llamábamos “La pensión”.

Preparaba en el patio un vaso con flores, el mate, el cenicero y realizaba mi quehacer.

El título se lo debo a un interno, quien irrumpió en mi espacio de labor y me gritó cómo se iban a llamar ese montón de papeles. ¿De dónde sacó esas palabras? No lo sé.

En mi camino me encontré con un libro sobre la novela de no ficción.

Me defino como escritora porque, fundamentalmente, y aunque parezca obvio, escribo todo el tiempo. Y mucho.

Tengo más de diez mil páginas en mi haber.

Y a mano. Decidirme a adquirir una notebook me llevó mucho esfuerzo y trabajo interior. La escritura manuscrita me parecía irremplazable. Es decir, es pasar de tener un Fiat 600 (Que anda, aunque haga renegar un poco) a un Audi o un Volvo.

He publicado algunas cosas, gracias a la simpatía y generosidad de muchas personas.

Primero, las cartas que enviaba a la revista Humor y que indefectiblemente salían en la sección “Quema esas cartas”. Me divertía hacerlo y a ellos les gustaban. Más de diez. Todo un récord. En ese tiempo mi trabajo (O hobby) lo hacía en una máquina de escribir, enviaba por correo y a la semana iba a ver al kiosco, con gran entusiasmo ¡Y allá estaban! Me divertía hacerlo. Una tía muy querida me dijo una vez que se sentía orgullosa de que nuestro apellido apareciera en letras de molde.

En la clínica tenía lectores seguros, los siquiatras.

En la primera nota me refería a la comparación entre la Pichón Rivière y otros espacios dedicados a la salud mental. Los alababa, ya que había sido un sitio que me devolvió la cordura. La esquela fue titulada “No sólo de hambre muere el loco”. En el sanatorio quedaron muy satisfechos y agradecidos por mis palabras. Me propusieron escribir para ellos. Una oportunidad fantástica, pero por aquellos años yo era una rebelde sin causa y les dije que no produciría nada para mis carceleros.

También fueron publicados unos poemas míos, fruto de un hermoso taller literario.

Según una siquiatra que me atendía, yo debía ocuparme de ser manicura ya que me interesaban los temas relacionados con la belleza. Pero no, con mucho trabajo interior, muchísima meditación llegué a la conclusión que lo mío son las letras.

El tema del procesador es algo que quiero ir descubriendo de a poco.

La novela fue escrita tres o cuatro veces en forma artesanal. Algunos ejemplares fueron dados para su lectura y otros, a la basura.

Los libros de Julia Cameron fueron de gran ayuda. Con sus ejercicios de escribir a mano tres páginas a la mañana. Las citas con el artista y los paseos diarios además de muchas técnicas más.

Brenda Ueland me enseñó a buscar mi propia voz.

Quien fue mi marido durante una década creía que yo debía escribir un Harry Potter y llenarme de plata. Menospreciaba lo que me salía del corazón.

En alguna obra de consulta, decía algo así como que quienes sufrimos en algún momento de psicosis estamos “enfermos de realidad”. (No entendí un pepino, ni me lo explicaron)

Lo mío no es la ficción, aunque no la descarto.

Volviendo a la novela, su tema principal es la búsqueda de respuestas, las aventuras y desventuras en un trabajo que me llevó años.

La vida de un pintor, la entrevista a un genocida, a una Abuela de Plaza de Mayo, a uno de los primeros guerrilleros de los años sesenta. Es decir, una labor periodística hecha de un modo tan espontáneo como mis múltiples textos.

El problema que yo tenía es que me ahogaba en las palabras. Quería contar, contar, contar, narrar, narrar en un ritmo febril. Ahora he aprendido a nadar, y a hacer la planchita.

Sigo ejercitándome mucho. Escribo en cualquier lado sobre un montón de cosas.

En el libro de Julia, hubo una propuesta muy interesante, que fue escribir la autobiografía.

Me llevó muchísimo trabajo. Mi vida ha sido tan caótica que no lograba tejer nada. Apelé a mi constancia de servicios, y, uniendo mis lugares de trabajo, con mis crisis y los lugares de vivienda, fui atando los hilos hasta armar una hermosa colcha de recuerdos.

Un profesor muy querido de arte me sugirió la idea de hacer una novela “Patchwork”. Producir los retazos y que el lector los uniera.

Mi vida ha entrado en un período de paz, por lo que, va siendo hora de ponerme a trabajar en serio y lograr mi objetivo.

Continúo haciendo ejercicios de libros de creatividad. A veces me canso porque mi labor y pasión me llevan a pasar horas y horas creando.

No sé todavía qué saldrá de esto. Agradezco a la gente que pone sus conocimientos y experiencias para que los novatos o no tanto, mejoremos en calidad.

La cantidad es lo de menos. Produzco mucho, muchísimo.

Necesito esforzarme en ser concreta. Imaginar al Lector Ideal y Amoroso que encuentre valor en mis reflexiones.

Es mi deseo que las experiencias que relataré sirvan a personitas que pasan por lo mismo. Hay salidas del laberinto.

Los prólogos largos no sirven. Sólo aporta explicarse un poco. Es como la previa, que se ha puesto de moda.

No moriré alcohólica, ni sucumbiré, ya que para mí la escritura es simplemente la labor de un geólogo o un escultor, con toques de pintura, y una gran dosis de sinceridad.

¡El tesoro espera a ser descubierto! ¡Manos a la obra!

Capítulo 1

A decir verdad, siempre fui un poco desprolija. Mi férrea voluntad me llevaba a seguir haciendo cosas, a pesar de alguna que otra crítica, por el estilo “mamarracho con onda”.

Ya aclaré que la cantidad, el volumen de mis tareas no es el problema. Amo lo que hago y lo educo todo el tiempo.

Mi vida, al igual que mis producciones, tuvo el mismo signo: un montón de borradores, producciones, correcciones, caer en el peor de los abismos y salir un tanto ilesa. Continuamente, volver a empezar de cero.

Siempre me despertaron grandes emociones de admiración a gente que sobrevivió al Holocausto o a un genocidio. Los supervivientes de la tortura, o de grandes dolores y que hoy por hoy cuentan su historia.

La mía es la de una vida que se quebró y restituyó muchas veces, gracias a unas enormes ganas de vivir o a experiencias gratas que mi memoria y alma guardaron.

No soy religiosa, pero mi más profundo agradecimiento es para mi Dios, el Señor del Universo, quien me cuidó y protegió a lo largo de toda mi existencia. Gracias a Él, al Supremo, puedo contar el cuento. A Él y a las personas sabias, sencillas y amorosas que encontré en el sendero de una carrera un tanto alocada.

La autobiografía de una artista famosa, una dirigente política o gente muy célebre puede vender millones de ejemplares sin inmutarse la editorial que los puso en el mercado.

Mi objetivo, es narrar en forma sencilla cosas que me han pasado a lo largo de mi vida, con el objetivo de despertar algunas conciencias, médicas por ejemplo y acompañar a seres a quienes su transcurrir les puede parecer algo muy, muy complicado.

¿Ponemos la pavita para el mate y comenzamos a tejer esta colcha multicolor de palabras? La invitación está hecha. Última aclaración. No esperen cronología, no es necesaria. Sólo meter las patitas al agua y dejar el agua correr. Los árboles nos aportarán su sombra y el astro febo, su calor.

¡Bienvenidos al barco!

Mis primeros años transcurrieron en Alberdi, un barrio en el que los estudiantes pobres sueñan con ser doctores. El Hospital de Clínicas, un gigante donde se hacen las prácticas, cuenta además con un museo de anatomía y patología. Tuve la oportunidad de conocerlo y en frascos hay tanto piernas deformes como cerebros. Mi sentir era que pensar que un ser humano vivió afectos, soñó y a lo mejor fue un genio, para terminar en un frasco de mayonesa.

Los personajes que recuerdo de mi infancia fueron el policía que paraba el tránsito para que pasara la princesa, o sea yo. El placero, un oficio ya caído en el olvido, y el loco del barrio, al que los chicos le gritaban: ¡Pan rallado! Y él les tiraba piedras.

La hermosa plaza Colón, con una gran fuente y unas bellas macetas. Paseo obligado para aprender a caminar (Tema niños) o realizar conquistas amorosas (Asunto jóvenes). Las lámparas. Reflejo de un sector muy populoso de la ciudad. Lleno de inmigrantes, sobre todo peruanos y bolivianos.

Al lado de nuestro departamento vivía una familia. Una casa preciosa que invitaba a la aventura. Tres hermanas más grandes que nosotros. A veces contaban cuentos de terror y yo me aterraba.

Papá, un hombre muy trabajador e inteligente, estaba construyendo una casa muy grande en el Cerro de las Rosas. Íbamos a la obra y comíamos galletitas con picadillo.

Mamá decía que yo era buenita, y ese rasgo permaneció por muchos años conmigo. Yo tenía que ser buena a toda costa. Pasase lo que pasara.

Una tía había venido del norte a cuidarnos. Era un ser muy especial. Recuerdo haber sido acunada en su pecho huesudo.

Esa mujer tiene en la actualidad noventa y cinco años y sigue tan campante.

De pequeña mi fantasía era febril. Cuando nos mudamos, mi hermana iba a la escuela y como yo tenía muy pocos años y en esa época no había guarderías o no se estilaba llevar a los niños allí, yo imaginé que una casa era mi colegio y la llamé mi “Escuelita de Cruzdelegia”, en honor a Cruz del Eje, un sitio que había sentido nombrar.

Teníamos un auto pequeño, y luego llegó el Valiant amarillo.

Mamá era maestra, pero mi padre no la dejó trabajar para que se ocupara de la casa y los hijos.

No la recuerdo abrazándonos ni diciéndonos que nos quería. Menos ayudándonos en las tareas escolares.

Su lugar era la cocina. Se levantaba muy tempranito, hacía las compras y comenzaba la labor.

Preparaba manjares. Sabores jujeños, árabes, comida no sólo exquisita sino muy variada.

Teníamos nuestro plato de entrada, el principal y el postre.

Comíamos mucho pero no engordábamos dada la calidad de los alimentos. Todo era casero. Desde la salsa de tomate hasta el pan rallado. Me encantaba ayudarla. A batir las claras de huevo para los merengues, mezclar los postres, a hacer los ñoquis.

Papá tenía un carácter de los mil demonios. Tenía un rebenque con el que nos amenazaba, pero con sus gritos era suficiente.

Además de ocuparse de su profesión daba clases en la Universidad.

Era muy habilidoso para todo. Le encantaba la carpintería. Construyó las bibliotecas (Pobladísimas), y un teatro de títeres.

Mamá tenía muchas capacidades. Además de ser una excelente ama de casa, pintaba (al igual que mi padre), tomaba cursos de guitarra, hacía yoga, atendía la biblioteca del barrio, tejía a máquina.

La tía cosía, nos sacaba a pasear. Épocas felices de bicicletas, subirnos a un pino altísimo en la plaza del barrio.

No había el tiempo muerto de ahora, con la tecnología.

Yo hacía muchas cosas, ayudaba con la limpieza, enceraba pisos, le lavaba el auto a mamá, barría la vereda, cortaba el pasto, regaba.

Los días más felices eran los de Navidad y Reyes.

Era ya grande y creía en ellos porque papá decía que a los que no les tenían fe no les llegaba nada.

Las vecinas se reían.

La ansiedad era controlada por la tía que nos contaba los días así: “Dormimos nos levantamos, dormimos nos levantamos” y así.

Yo decidía quedarme despierta y ver a los Reyes Magos pero el sueño me vencía.

A la mañana, en los zapatos, unos regalos bellísimos.

Así, llegaron los patines.

Arribó a nuestra vida el más chico de los hermanos. Un niño que se educó solo. Se mecía felizmente en su sillita y apenas comenzó a caminar y tuvo un par de años, a lo sumo cuatro, tomó la calle como amiga y desaparecía por largas horas. Tenía amigos por todos lados.

Los varones de la casa heredaron de papá la habilidad para hacer todo.

El mayor, ya de chico era ambicioso. Tuvo muy pronto su tren eléctrico y su equipo de música.

Como a mamá no le gustaban los animales, los teníamos en el techo sin que ella se enterara.

Mi hermana y yo éramos muy diferentes. Yo gastaba los juguetes. Peinaba a las muñecas, les hacía vestidos, les lavaba el pelo. Ella, las conservaba nuevitas. Todo lo suyo era prolijo, pero no jugaba.

Esa característica de vivir la vida a pleno la he conservado.

Mis libros están gastados de tanto leerlos, mi ropa, mis cabellos postizos, todo está recontra usado. Va todo de mano en mano, de escuela en escuela.

Ella conserva lo suyo en perfecto estado, pero no usa sus cosas.

Yo era muy delgada, un poco por la buena comida y otro poco por la actividad.

Patinaba a toda velocidad, andaba en bicicleta, me movía y mucho.

Mi mayor complejo era mi pelo. Mamá nos lo hacía cortar en una peluquería odiosa y antigua. Cuando creció un poco me pasó algo gracioso. Las famosas Trillizas de Oro hacían publicidad de un champú, y su cabellera se veía lacia, rubia y preciosa. Corrí a comprarlo y, mi pelo lució como el de una bruja.

Para no ahogarme en recuerdos, decido dejar el capítulo por hoy. En el próximo relataré como nació mi amor por la lectura, los viajes y esa inmensa felicidad rodeada de un poco de vergüenza de mí misma que brotó en esa época.

Espero, amable lector, no haberlo aburrido con remembranzas de momentos que sólo pueden tener valor para quien tenga ganas de remover, como yo, piedras, excavar un poco y remontar el origen misterioso de los arroyos y ríos. Gracias y ¡Hasta pronto!

Capítulo 2

Dicen que los primeros años marcan nuestra vida, pero no son excusas para justificar las decisiones erradas de adultos.

Es bastante cansador escuchar gente que todo el tiempo se hace la víctima. Somos quienes somos, el pasado forjó alguno que otro problema pero las responsabilidades por el ahora son nuestras, exclusivamente, nos pertenecen.

Mi ingreso al sistema educativo no fue del todo armónico, pese a que yo amaba cualquier cosa relacionada con la escuela.

Del jardín de infantes recuerdo los aromas de la témpera, la masa, la bolsita con las galletitas Manón, el salón de música, el patio, el perchero. Lloraba mucho cuando mamá se iba, sobre todo porque me distraían y ella huía. Me sentía traicionada. Colgábamos nuestras cosas y debíamos elegir un sitio, el mío era la frutilla.

Cuando veo fotos de pequeña, observo una gran seriedad. Muy pocas sonrisas.

A la entrada había un adorno, que lo usábamos como tobogán.

Al primario entré por una puerta muy angosta. En esa época se tomaba el “test ABC”, para determinar a qué sección iríamos.

Estaba tan emocionada con el edificio, el sitio al que iría que le presté poca atención a la maestra. Ella contaba un cuento muy pavo sobre una muñeca y había que repetirlo. Ni lo escuché, tan absorta estaba en otros temas. Fui a parar al grado de los atrasados.

Amaba el colegio, aunque era muy sensible. Si un chico se golpeaba, la señorita tenía que consolar a dos ya que yo moqueaba a mares.

Por aquellos tiempos, todos aprendíamos a leer en primer grado. Mi libro de lectura “El libro volador” tenía actividades muy divertidas.

La vicedirectora era un ogro y a veces la maestra cansada nos amenazaba con llamarla y yo, lloraba a mares.

Había una niña muy bonita y amorosa a quien yo le hacía regalitos por hermosa.

También estaba un compañerito que me amenazaba con pinchar mi muñeca si no le decía que sus trabajos eran lindos. Así tuvo su primera admiradora.

Por aquella época, a las maestras se las amaba y respetaba mucho. Eran la autoridad afectiva y moral.

El barrio era muy distinto. Algunas calles eran de tierra, había muy poco comercio, y la calle era de los niños.

¿Cómo explicarle a un infante actual cómo era la vida sin computadoras ni celulares, con televisión en blanco y negro y programación que terminaba indefectiblemente a las doce de la noche?

Había un solo instituto de inglés, una academia de danzas y no mucho más. Un kiosco, muy pocos almacenes, era sitio para familias.

Existía un personaje muy querido que era la “abuela del Cerro”, una viejita muy anciana que tocaba el timbre y pedía. Todos la ayudábamos.

La plaza no tenía juegos, pero no los necesitábamos. Nos subíamos a los árboles, jugábamos en el arenero o andábamos en bici o en patines en la calle.

Allí conocí a una de mis primeras amigas. Una rubia, hija de un padre alemán y una madre italiana. ¡Cómo nos divertíamos! Inventábamos circos y cobrábamos entrada para el espectáculo. Ella también ayudaba a su madre, quien colaboraba con la economía tejiendo pulóveres en forma industrial. Mi amiga, cosía las prendas, mientras charlábamos y nos entreteníamos.

Había otra vecina quien era adoptada por unos padres muy extraños. La dejaban encerrada, pero igual la visitábamos por la ventana.

Mi amiga de cabello casi blanco y de trenzas estudiaba en una escuela católica. Yo en la pública.

Había prometido relatar cómo me inicié como lectora y el laberinto de la memoria me llevó a otro lugar.

Como relaté, no éramos demasiado inteligentes ni genios, pero el aprendizaje se realizaba en primer grado.

Hoy por hoy los métodos han cambiado y hay alumnos en cuarto o quinto grado que aún no acceden a la cultura letrada.

Apenas supe qué decía un texto, comenzó la fiebre de la lectura.

Teníamos un cajón de libros infantiles. Muy interesantes.

Luego llegaron las fotonovelas de Jacinta Pichimahuida.

Una edición muy especial. Íbamos al kiosco de Don Colón y volvíamos con el tesoro.

Papá a veces me trataba de tonta porque yo era muy indecisa y tardaba en elegir alguna golosina.

Luego, llegaron las novelas de la colección gloriosa Robin Hood. Mujercitas, Hombrecitos y un montón de títulos más.

Mamá nos consiguió unos libros daneses. Puck, era la protagonista. Una pequeña, internada en un colegio y sus aventuras. En este momento no puedo recordar la autora, y las obras de Torres de Mallory de Edit Blyton.

Mi madre iba al centro en colectivo, y volvía siempre con un libro.

En el dormitorio teníamos un sofá cama. Pasaba muchas horas dedicada a la lectura.

Gracias a ello, luego sacaría dieces en redacción en el secundario.

Memorias de un burro. Lo que hizo Katty. Tres niñas y un secreto.

Textos de gran valor literario.

Más adelante vendrían las revistas Nocturno e Intervalo.

(Ya más entrada en edad).

Lo que más valoro es la calidad. No había un desprecio por el lector, que podía consumir cualquier basura, sino una gran confianza en la inteligencia y la creatividad de los niños.

Nuestra biblioteca, construida por papá, se doblaba al medio por el peso.

Y la de la familia, estaba plagada de enciclopedias y libros de consulta.

Los varones no salieron lectores de grandes obras. Pero estaban las Lupin y Mecánica Popular, donde se instruyeron y aprendieron mucho de lo que luego les serviría en la vida.

Construían entre otras cosas, la radio a galeno, los aviones.

Tenían un karting.

Las golosinas tampoco eran tan múltiples como ahora.

Los chicles Fort (Los preferidos, los de ananá). Los comprimidos de Águila, los chupetines, algunas galletas y no mucho más.

Mis hermanos intentaron entrar a los Boy Scout, pero no les resultó ya que la tía iba a los campamentos a arreglarles el bolso. Las niñas iban a las “Alitas”. También probé, pero no me gustó.

Mi amiga era muy religiosa, y yo también. Mi familia no daba importancia a esas cosas. Pero yo me preparé con una monja e hice la Comunión.

Iba con mi compañera de juegos a misa.

Los veranos, cuando no estábamos de viaje, también eran apasionantes. Ella era socia de un club que tenía una pileta olímpica y yo iba de invitada.

Los juegos eran creativos e interesantes. En la casa de mi cumpa había un Topolino viejo y jugábamos a la Mirta Legrand, saludando y tirando papelitos.

Después nacería nuestra parte artística, el “Show de las bombachas blancas”. (Baile inventado por nosotras).

Y un espectáculo que queríamos ir a presentar a Canal 12, pero papá no me dejó. La mamá de mi amiga opinaba que debíamos asistir y dejar que nos echaran.

Por último, estaba el loco del barrio. Un muchacho que había sido ingeniero. Y quien luego, tenía la teoría que había que “cerrar circuitos” por lo que caminaba para adelante y luego para atrás”. La mansión estaba poblada de diarios, los vidrios estaban rotos, vivía como un linyera, pero la familia lo respetaba. Todos los días le dejaban la comida y listo.

Muchos años después falleció ya que lo pisó un auto.

Otro día me referiré a la casa abandonada, fruto de múltiples juegos y al destino del hijo de Don Colón.

Hasta acá llega mi búsqueda de hoy. Los vientos han ayudado. El velero navegó sin mayores inconvenientes.

Deseo que no sea tedioso mi relato, sino divertido, quizás para ello, necesite recargar pilas en eventos entretenidos, que me ayuden a dar color a mis memorias.

¡Hasta la próxima!

Capítulo 3

Si algo tienen las casas, o los recuerdos, son aromas. La memoria los atesora y, en muchas ocasiones ese registro grato nos ayuda y mucho.

En la clínica, entre mis escritos, había una descripción de ellos.

La menta depura ambientes, al geranio se lo usa para pedir amor y felicidad, la rosa estimula el amor fraternal, a la violeta se la usa contra la desesperación.

Seguramente el lector o los lectores se estarán preguntando cuándo comienza la acción.

En algunas novelas, como “La metamorfosis” de Kafka, en el primer renglón.

Yo he decidido apelar a la paciencia, iré viajando, hasta llegar a los puertos en los que desembarcaré luego de una larga travesía.

Vuelvo a la infancia. Los chicos de ahora pasan muchas horas solos, enmudecidos frente al televisor o la computadora, el televisor, la Tablet y qué se yo qué otros inventos.

En nuestro caso, los programas se compartían. Nos juntábamos todos para ver “El gran Chaparral”, “Malevo”, “Carmiña”, “El hombre que volvió de la muerte”, “Bonanza”, “Jacinta Pichimahuida”. Eran momentos que se vivían en familia. Los dibujos animados, “El gato Félix”, y los de García Ferrer. “Hijitus”, “El patriarca de los pájaros”, “El libro gordo de Petete”.

Para los niños de hoy, mis recuerdos podrían parecer chino, pero como este no es un libro infantil no me preocupa.

Cuando llegaban las vacaciones, partíamos al norte y allí permanecíamos mucho tiempo.

El viaje era largo, pero papá nos entretenía con juegos, como pedir un deseo al ver un caballo, cruzando los dedos y descruzarlos con un perro. Los tobianos valían más.

Cuando arribábamos a Tucumán, mis recuerdos son los de comer pollo (Casero y riquísimo) en la plaza.

Salíamos muy temprano, cerca de las seis.

Recuerdo el olor de los bolsos, las valijas.

Papá silbaba y saltábamos de la cama.

Más o menos seis o siete de la tarde, ya estábamos en destino.

La abuela nos esperaba con un exquisito arrollado de crema pastelera y nueces.

La casa de los abuelos era inmensa, gigante.

Tres dormitorios (Uno arriba), un baño, el zaguán, el estudio de mi tío, un hall larguísimo, el living comedor, la cocina, otro baño, una habitación que la abuela llamaba “La fiambrera”, el comedor de diario y pieza de labores, y a lo largo de un pasillo, se llegaba a un salón inmenso que había sido el negocio del abuelo.

En el patio, una higuera y el gallinero.

La cochera, debajo, en el otro extremo del sitio.

Y acá vuelvo a los olores. Toda la casa brillaba. La fiambrera despedía aroma a mangos y a comida.

El negocio, ya no era usado como tal, sino como depósito de juguetes y una cantidad impresionante de revistas, de una tía que también era lectora empedernida.

Yo llegaba, probaba el arrollado, y me internaba por horas, a leer la sección “Mi novia y yo” de Intervalo.

Sólo aparecía cuando me llamaban a cenar.

En la cocina, había una cocina económica y una a kerosene.

Otra vez pasaría horas siendo asistente de cocina, labor que me encantaba.

El abuelo, sufría de depresión, y se aburría. Ese era su problema, el aburrimiento. Por eso, su mujer, lo mandaba al café. Y él iba a ver jugar al dominó.

La casa entera olía a cuajada, fruta, comida.

Otro recuerdo es el aroma del gel de cabello que usaba el abuelo. Lord Cheseline o algo así. No viene en este momento a mi memoria.

Era tan, pero tan feliz en esa casa.

Todos nuestros parientes eran del norte.

Las tías paternas, unas amorosas totales.

Inventábamos juegos un tanto peligrosos, creativos y bulliciosos, pero nunca nos retaban.

Amaba a mis primas. Nos entreteníamos, por ejemplo, jugando a la “Asistente Social”. Armábamos nuestros escritorios y resolvíamos casos medios detectivescos.

En la ciudad estaba el edificio de Tribunales que tenía como diez pisos. Los subíamos corriendo.

También aparecía el juego del casamiento.

Ir al río a cazar mariposas o juntar piedritas redondas.

Las casas de las tías eran muy grandes.

La infancia no era un problema. Ellos nos obsequiaron su paciencia y sentido del humor.

Una de ellas amasaba unos ravioles de verdura y seso incomparables para un batallón.

Mi padre cuando llegó a su vejez y enfermó, sufría por la comida que hacían las empleadas. Claro, con semejante paladar forjado por esa mezcla de árabes y criollos de pura cepa no había forma de conformarlo. Yo hacía esfuerzos por complacerlo, pero no había caso. O le faltaba laurel, yerba buena, o las frutillas eran asquerosas. No creo que lo haya hecho de odioso nomás sino por esa melancolía de la época en que fuimos muy felices, comiendo rico, sano, esos manjares hechos por manos más sabihondas que las mías.

Él decía y con razón, que los cordobeses no sabemos cocinar. Es alimento de cuarta, un poco ignorancia, y otro poco tedio y desgano.

La comida de la clínica era exquisita. La cocinera preparaba platos tal como yo los recordaba.

Pero, no nos adelantemos. O el lector no entenderá nada.

Las casas tenían aroma a arroz con leche, manzanas asadas o “anchi” (Un postre a base de polenta, jugo de naranjas y canela).

Papá ya tenía la Rural Falcon, subía atrás a todos los primos y nos íbamos a la laguna de Yala.

Los carnavales eran fantásticos. Hacíamos una fiesta de disfraces en la casa de otra tía.

Mi atuendo no era muy femenino. La tía nos había hecho un traje de india con unas bolsas de arpillera. Mis primas llevaban flores en su cabello o eran odaliscas o payasas.

También íbamos a Salta. Una prima ya mayor se encargaba de divertirnos. Íbamos a una plaza y mientras nos hamacábamos nos tiraba una naranja para que la recogiéramos. Otro paseo era ir al Cerro a escalarlo. Había que hacer pis antes de salir, yo, como era “buenita”, obedecía, pero mi hermana, terca como una mula se negaba y se perdía la salida.

El problema era que había que volver a Córdoba. Yo le preguntaba a mi padre por qué no vivíamos allá. Lugar que me hacía tan dichosa.

Volviendo a la actualidad, no sé si es bueno dar a leer los escritos. Los protagonistas exigen aparecer más o menos.

Mi memoria es mía, no colectiva. No puedo saber qué hay en la mente o en los afectos de otras personas que vivieron los mismos acontecimientos, pero desde otro punto de vista.

Con el primer borrador, escrito a mano, hice un esfuerzo gigantesco. Mi vida era un rompecabezas sin mucho sentido. Un jeroglífico, imposible de descifrar.

Pero como he aclarado, soy al menos, voluntariosa.

Y eso, quizás ayude un poco.

Febrero en Córdoba, era también muy divertido.

Los carnavales se vivían en el barrio a todo pulmón.

Nosotros, medio inocentes, inflábamos las bombitas de agua y las poníamos en un balde.

Las vecinas del frente, bellas y mayores, se trenzaban en guerras de baldazos y agua por todos lados con los muchachos del barrio.

Los juegos en vacaciones eran diversos. Una vez, mi amiga no estaba, pero sí el hermano y me puse a hacer una choza con él. Mamá me catalogó de “machona”.

Entre esos divertimentos, me viene al corazón otras anécdotas.

Al lado de la casa de mi compinche, había un baldío. Ahí fumábamos. Su tía nos amenazó con avisarle a mi papá.

¡Horror!

La casa de al lado, tenía gallinas. Y nos recreábamos robando huevos y tunas. Una vez se nos ocurrió llevarnos un pollo. Luego como no sabíamos qué hacer con él, se lo dimos a la mamá de la amiga de la ventana, que era protectora de animales y se lo dio a los perros.

En el barrio había una casa muy grande abandonada. Habíamos leído el libro “Tres niñas y un secreto” y allí partimos y nos metimos por la ventana. Era muy raro. Había camas, copas, cubiertos, de todo. Pero huimos cuando descubrimos a un linyera medio borracho que vivía ahí.

Mis hermanos eran muy compinches. El menor siempre seguía al mayor. Una vez sucedió un accidente espantoso.

Haciendo no sé qué experimento, el mayor puso alcohol de quemar y prendió un fósforo, y, pobrecito al menor se le quemó la cara. Gracias a Dios no fue nada grave.

Todos trabajábamos. No porque nos faltara dinero sino por gusto o ejemplo. Ellos vendían revistas o limonada a los heladeros que pasaban con sus bicicletas, ofreciendo los Laponia o arreglaban bicicletas. Nosotras (Cuando digo nosotras, excluyo a mi hermana, quien pobrecita, no participaba) animábamos fiestas infantiles. Partíamos con el teatro y los títeres y allá íbamos. Nos pagaban bastante bien.

Un escritor me sugirió que no abandonara el texto para irme a dormir, sino que dejara a los personajes haciendo algo.

Creo que han hecho demasiado por hoy y es hora para que ellos también descansen.

O nos afiebraremos todos de exceso de excavación en la memoria.

Hoy por hoy, mi casa tiene un poco olor a cigarrillo, otro tanto a flores, perfumes de ambiente, sahumerios. A veces huele a costeleta o pollo al horno.

Y la casa de ustedes ¿Qué aromas tienen? Anótenlo y me lo envían en un avioncito de papel o con una paloma mensajera. Las ventanas están abiertas. ¡Gracias!

Capítulo 4

Entre los muchos consejos que recibí para este proyecto de novela, es dejar libres a los personajes. Es decir, invitarlos a que se saquen el saco y que se lo pongan.

No escribo como quisiera, sino como puedo.

Los memoriosos somos todos diferentes. Algunos guardan sus recuerdos en cajitas etiquetadas y otros, los tenemos medio desordenados por toda la casa.

Yo había decidido olvidar, y lo hice.

Abrigar rencores por el pasado no tiene sentido. Somos los que somos ahora mismo. Podemos cometer muchos errores, pero si al fin hemos conseguido ser fieles a nosotros mismos, la cosa cambia.

Un día de aburrimiento, me puse a investigar qué significa vestirse de negro, ya que casi todo mi atuendo es de ese color. Uno de los tantos siquiatras que consulté me lo había hecho notar.

Así curioseando, llegué al concepto de minimalismo.

Y me transformó mucho la vida. Me llevó más de seis meses desprenderme de cosas de más. Ordené el departamento y con ello, un poco, las emociones.

Mágicamente de mi existencia, desaparecieron no sólo los objetos que me incomodaban sino las relaciones de vampiros energéticos.

Me decidí y cambié de trabajo por uno mucho mejor, que me permite ser yo misma. Al principio me daba pavor la transformación de horarios y pasé por momentos de un poco de zozobra. Consulté el tema con mi sicóloga, una flaca linda y sencilla que me hace ir sólo cuando hay un tema que resolver y me fui.

Los siquiatras tienen pensamientos medio raros, como decir que la primavera genera crisis en los pacientes.

Nada más lejos de la verdad, al menos para mí, que ando disfrutando de los colores, las flores, y ¡Las sandalias nuevas!

Otro libro, “La magia del orden “, de la japonesa fantástica, arrojó bastante luz.

Cuando el espacio vital comienza a tener armonía, el resto de las vivencias, también.

Algún lector me dirá: ¡Oye que esto no es un libro de autoayuda sino una novela!

Ya me pondré a estudiar con mayor seriedad las características de cada género literario y trataré de ser como dicen que hay que ser.

Me río sola. Los mayores transgresores en el tema arte fueron los que hicieron que el mismo progresara.

¿Un matecito? ¿Seguimos con la trama? (Si la hay).

La femineidad, es una construcción social.

Un amigo, muy machista, opinaba que los textos escritos por una mujer se reconocen porque “Nunca rematamos”.

Mi ser mujer se fue armando, a pesar de todo.

Mamá no le daba importancia a nuestro atuendo.

Estábamos invitados al casamiento de un primo, me puse una pollera sencilla y una camisa un poco gastada.

Una prima me preguntó: ¿Tu madre no tuvo tiempo de hacerte el vestido?

Por eso, ya mayorcita, el tema de mi presentación llegó a ser una obsesión.

Cabello postizo, pestañitas y un montón de zonceras ocupaban mucho de mi tiempo.

En el Cerro había una sola academia de danzas.

Yo amaba esa actividad, pero papá negoció. Vas a inglés y te dejo con tus bailes.

Era muy pequeña, y en el primer examen de idioma saqué uno. Claro, la profesora hablaba del gerundio y no se daba cuenta que su alumna apenas leía.

En ese sitio había un cuadro de la reina de Inglaterra, nosotros pensábamos que era la miss de joven.

Danzas incluía clásico, español y zapateo americano.

Una delicia. Todas aspirábamos al tutú.

Había una chica un poco mayor que bailaba que era una delicia.

El cierre del año se hacía en un teatro.

Todas íbamos con tules.

Ver la foto todavía me causa gracia. Flaquísima, orejas paradas y una pose medio extraña.

Como siempre, la tía me hizo el traje.

La emoción fue inmensa cuando luego de actuar se prendieron las luces y vi al público aplaudir. (El mismo constituido por padres y parientes).

El tema vocacional era un asunto de charla entre pares. Algunos querían ser aviadores, maestros o doctores.

Yo quería ser vedette. Amaba las plumas y la farándula.

En casa teníamos un par de empleadas. Amaba a una porque a veces me llevaba a su sobrina para que jugáramos.

Otra, era estudiante de pedicura. Otras, se robaban el azúcar y el café.

Entre las amigas de infancia había unas que tenían pileta de natación y allá íbamos. Tenían unas primas, con las cuales jugábamos. Una de ellas, ya mayor, jugaría un papel fundamental en mi vida.

Papá nos llevaba al río a pescar. Al Suquía, que hoy es una asquerosidad. En esa época no sólo había muchos peces, sino que nos podíamos bañar. La paciencia de mi padre era inmensa. Tenía que encarnarnos la lombriz a todos y luego, sacar las mojarras.

A la noche, la fiesta era la fritura de nuestros peces.

Invitábamos a un señor amigo de la familia, excelente pintor, que andaba en silla de ruedas y compartíamos el momento.

Las vecinas del frente eran un tanto exuberantes, una vez se aparecieron con un tapado de piel.

Papá era rotario, las noches de cena con señoras, se vestían elegantísimos ante nuestra admiración y partían.

También se celebraban reuniones de la Rueda amiga, mujeres de rotarios. Muchas veces se hacían en casa. Mamá preparaba de todo, masitas, tortas, y disfrutaban esas señoras coquetas. Pero no frívolas ni zonzas. Vale la aclaración.

Por esa amistad de rotarios, yo llegaría a una instancia de mucho riesgo. Pero ese es tema de otro capítulo.

Dejo para la próxima el tema de la pubertad, ya que requiere algunos detalles y hoy mi mente ha descansado paseando y tejiendo al crochet. Sentía que escribir se estaba convirtiendo en un trabajo muy arduo, me sentía cansada, medio agotada de hacer tanto esfuerzo.

La última anécdota es que mamá tenía unos métodos bastante raros de curarnos pero que hacían efecto.

Mi hermano era asmático. Ella cortaba una sandía, le colocaba un paquete de caramelos y la cocinaba al horno.

Con ese jarabe él se mejoró.

A mí me habían salido unos puntitos en la espalda muy dolorosos. Era la famosa “culebrilla”. Fuimos a una señora que me rodeó la zona con tinta china y al día siguiente, los granitos amanecieron secos.

Medio locos, medio raros, medio felices, así fuimos.

Esa es mi conclusión de hoy.

Intensos. Muy.

¡Hasta la próxima!

Capítulo 5

Cuando todos quieren bailar con la más linda, o sea yo, me resulta difícil decidir.

No me refiero a hombres en un club, sino a la cantidad de deseos que tengo hoy por hoy.

Alguien me había dicho que no era habilidosa con las manos y en este momento tejo al crochet, no sólo en abundancia sino en calidad.

Para combatir la ansiedad, cuando salíamos y queríamos llegar, cuando preguntábamos cuánto faltaba para el destino, papá nos decía que cuando llegábamos se acababa el paseo.

Excavar con palas y picos la montaña del recuerdo, me hace descubrir cada vez más. He optado por una libreta ayuda memoria.

No es necesario que lo que descubro sea útil para alguien, pero quizás pueda servir.

Encontré uno de los infinitos borradores que escribí, y aunque es muy desordenado me refrescó la mente de ciertos acontecimientos que había olvidado.

Un profesor amigo había anotado que el nudo, era “sin planes”.

Es decir, salir medio a lo loco y pretender que alguien sienta ganas de desenredar el ovillo.

Actualmente, el orden ha ganado más de una batalla y puedo navegar con algún propósito. (Si lo logro o no, se verá).

Vuelvo a la niñez.

Un juego que había olvidado del norte era visitar el cementerio. Allí no hay el sentido lúgubre de los de las ciudades grandes. Hay muchísimas flores de colores y los niños los frecuentan bastantes.

Un tío tenía una finca de tabaco, y las tías partían con grandes ramos de rosas para honrar a los que se habían ido.

Nosotros corríamos entre las tumbas, le poníamos flores a los muertos pobres y consolábamos a los deudos.

Los sábados, entre nuestros paseos, uno era ir a comer moras a la Universidad.

Había infinidad de moreras.

Mientras mi relato corre, mi observación es que éramos muy creativos todos, niños y adultos.

Me pregunto: ¿Qué puede tener de divertido ir a comer una hamburguesa?

Nosotros, los domingos a la noche comíamos lomitos en el único negocio que había.

A veces, salíamos a almorzar. Pastas o a un restaurant en Carlos Paz que yo odiaba porque había un hombre que tocaba el órgano que era un espanto.

Bucear un rato, aunque sea largo en la infancia, quizás luego explique algunas conductas de adulta. Digo explique y no justifique, ya que somos amos y señores de nuestras decisiones, de lo que hacemos con lo vivido.

También teníamos colecciones de muchas cosas: servilletas de papel, estampillas, marcas de té, figuritas, chapitas de gaseosas. Los álbumes eran hermosos y creativos. Siempre había una estampita “difícil” y había que conseguirla a toda costa.

Cambiábamos y llenábamos las hojas con una cola transparente que venía en un frasco de vidrio.

El plástico no era común. Los envases de casi todo (Leche, yogures, aceite, soda y demás) eran de vidrio.

 

Algo que despertaba mucho mi curiosidad eran los roperos de mamá y papá.

Apenas salían, la fiesta era espiar y descubrir qué había en ellos.

Esa curiosidad, luego jugaría un papel trascendental en mi vida.

Lo que sembramos, en algún momento, se cosecha.

No quiero ser la señora sabihonda que da consejos.

Cuento experiencias y las sazono con algún comentario.

Eso es todo.

Mi amiga del alma y sus hermanos vivían en una casa muy grande a medio construir.

No éramos ricos ni pobres. Pero nunca faltaba pan, leche chocolatada o panes con miel.

En realidad, por mucho tiempo yo no tenía ni idea de nuestra situación económica.

La vida ha cambiado mucho, demasiado.

¿Si prefiero la anterior? En algunas cosas sí, en otras no.

Lo que si pido al cielo y a mi Dios es que no deje que el caudal de mi río se agote en algún momento y yo vuelva a sentir que no tengo nada para decir.

Es todo por hoy. ¡Gracias y hasta la próxima!

Capítulo 6

He salido de compras. Me debato entre lo barato, y lo de buena calidad. Cada ida al supermercado es un suplicio.

La vida se ha vuelto difícil. Pero ese no es nuestro tema.

No me falta nada. Agradezco a Dios y punto aparte.

Mientras más busco en el archivo de la memoria, más cosas aparecen.

Quise darle un marco a este período de mi vida y fui al diccionario para ver qué decía de la palabra pubertad.

Lo que encontré fue que es un período de cambios muy bruscos, tanto hormonales como emocionales para dejar la niñez y entrar en otra etapa.

Hay cosas en mi mente y corazón que son muy graciosas y otras que simplemente, son horrorosas.

Paso a relatar.