La desilusión óptima del amor - Cristina Rascón - E-Book

La desilusión óptima del amor E-Book

Cristina Rascón

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Beschreibung

Si una escritora mexicana puede presumir de ecléctica, esa es Cristina Rascón. Experta en borrar fronteras de todo tipo, nos entrega ahora una colección de relatos donde fusiona asuntos que, parecería, pertenecen a campos opuestos, aunque cualquier matemático certificaría que los números son la materia prima de toda obra de arte. Lo extraordinario del caso es que Rascón se aplica a ello con total consciencia de este principio, economista ella misma. El resultado, que otros asumirían como "experimento", es una serie de apasionantes relatos donde el amor adquiere todo tipo de facetas y formas que, por momentos, parecieran encontrar su moldura exacta…, si bien es cuando no encaja en la fórmula que nos arrojan sus más extraños rendimientos. (Eve Gil)

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Seitenzahl: 165

Veröffentlichungsjahr: 2023

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la desilusión óptima del amor

cuentos

cristina rascón

UNIVERSIDAD VERACRUZANA

Martín Gerardo Aguilar Sánchez

Rector

Juan Ortiz Escamilla

Secretario Académico

Lizbeth Margarita Viveros Cancino

Secretaria de Administración y Finanzas

Jaqueline del Carmen Jongitud Zamora

Secretaria de Desarrollo Institucional

Agustín del Moral Tejeda

Director Editorial

 

 

Primera edición, 24 de noviembre de 2023

D. R. © Universidad Veracruzana

Dirección Editorial

Nogueira núm. 7, Centro, CP 91000

Xalapa, Veracruz, México

Tels. 228 818 59 80; 228 818 13 88

[email protected]

https://www.uv.mx/editorial

ISBN electrónico: 978-607-8923-71-7

Cuidado de la edición: Silverio Sánchez Rodríguez;

Maquetación e ilustración digital de forros: Diana Azucena Arriaga Viveros

Producción de ePub:Aída Pozos Villanueva

 

a Mauricio Molina (†)

Contigo descubrí la ecuación del amor

 

It is only in the mysterious equations of love that any logical reasons can be found.

John Forbes Nash (Premio Nobelde Economía), A beautiful mind, 2001

loveis the only constantamong so many variables

David Watts

 

Todo empezó cuando vi la cabeza parlante

(o por qué no hemos encontrado un modelo de desarrollo económico sustentable para Latinoamérica)

 

Una muchacha dulce y delgada, en pantalones deportivos blancos, con la sugerencia gastronómica sobre la zona de las nalgas: EAT ME, camiseta blanca, coleta rubia, zapatos tenis gastados y la mirada furtiva, subió al vagón de metro y tomó el primer asiento disponible. Al sonido de la marcha, con dedos índice y pulgar abrió discreta su bolsa deportiva, también blanca. Era una pequeña maleta para ir al gimnasio. De entre los dientes de la cremallera asomó una mata de cabello desaliñado y alcancé a ver, saltones, los pelos de las cejas. Ella dijo algo así como: ya no me estés diciendo, ya no me estés diciendo. La cabeza susurró algo de regreso, o así me pareció. La chica controlaba en sus rodillas el vaivén de la bolsa de gimnasio. La voz de la cabeza era de hombre. Cerró la cremallera y, para el mundo, no era más que una chica más, camino al gimnasio, maleta sobre las piernas. El resto de la cabina leía. Alguien miró de reojo a la joven, sin girar el cuello.

A partir de entonces ya no fui el mismo. Todos en clase lo notaron. Mi tutor, primero con sorpresa, luego con recelo y, al final, con odio indisimulado, rechazó una y otra vez mi propuesta de tesis. Incluso mi madre, en su país tan lejano, empezó a escribir con mayor frecuencia y en un tono cada vez más espeluznante.

Cuando la chica bajó del metro, bajé también. Por la salida en que ella apresuró el paso, salí animado. Al detenerse, dudosa, unos metros delante de mí, para después entrar a un baño público, le seguí por el hueco ciego de su espalda. Nadie notó cómo me colé al baño de mujeres: el conserje se metió a una especie de bodega y me filtré en cuanto salió una señora regordeta, de facciones yugoslavas. Era el baño de la estación de la Ópera, donde se arrojan moneditas para entrar mientras unas bocinas lanzan de fondo El Danubio azul de Strauss.

Me metí en uno de los servicios y alargué la oreja:

—Ich liebe dich.

—Ich auch, Liebling, ich liebe dich.

—Ay, cómo te extraño ‒dijo la voz de la chica.

—Aquí me tienes ‒dijo la voz de hombre en sus cuarenta.

Luego escuché suspiritos de la joven. Aspiraciones entrecortadas. Prolongaciones de vocales mezcladas de una manera irreconocible…

—Aahhïïï, üeooohh, uuueehhhhi, es que no puede ser, amor, no puede ser, eres tan-bue-noooo…

—(un poco asfixiado) Es que yo sé lo que te gusta, mi amor, yo lo sé…

—Aaaahhh, ¡cómo me en-can-taaaas! Aaauuüüuuoohhhu…

Mejor me voy, pensé, si me descubren no sé de qué serán capaces, tal vez me degüellen y arrojen mi cabeza a un prostíbulo de cabezas parlantes para damas adineradas… Pero en ese momento entró una próxima vecina. Alguien viene ‒escuché apenas en el murmullo de la chica‒. El hombre tosió. La efímera vecina jaló la palanca y ni las manos se lavó. Creo que reconoció el tono gutural de la cabeza sin cuerpo. Ahora sí, me dije, yo me largo, estos austriacos están relocos… Pero la puerta de la pareja se abrió primero. No me dejes aquí ‒dijo el hombre‒. Un momento, sólo –respondió ella‒. Entreabrí mi puerta de metal y ahí estaba, sobre el lavabo, indefensa: la mismísima cabeza parlante, con el cuello breve e incipiente enredado en una toalla, girando los ojos con cautela. Primero a la derecha y luego a la izquierda.

Las cartas de mi madre solían preguntar, al inicio, sobre las costumbres de los austriacos, si podría transcribirle la receta de la Wienerschnitzel, si el clima llega a estar a menos cero y “qué se hace en semejante caso”, incluso llegó a temer por mi vida porque “si a los cero grados se congela el agua y sales de casa desprotegido, ¿no se te congelará la sangre?” Luego empezó a dilucidar que si yo no hablaba inglés cómo hacía en la universidad, si el alemán era muy difícil de aprender, si había conocido a alguien que hablara español, si salía con alguna chica, de donde quiera que fuere estaba bien, decía, lo importante era que no estuviera solo.

Observé cómo la cabeza sobre el lavabo movía los ojos cada vez más rápido, de un lado a otro, y pestañeaba sin cesar. Recordé la costumbre que una amiga mexicana hizo bien en explicarme durante mis primeros días en esta ciudad, cuando me hospedó casi gratis en el noveno distrito. Era un edificio de diez pisos sin elevador. Cuando escuches por detrás de la puerta que un vecino va saliendo, tú no salgas, espérate… –dijo muy clara, muy precisa–, hasta que dejes de escuchar los pasos y las voces ya sales, es para no saludarse, los vecinos aquí no se saludan, es de mala educación andar platicando, los incomodas, así son aquí, son sus costumbres de ellos…

Así que, si de costumbres se trata, yo no debería incomodar a la cabeza parlante, vecina efímera del baño público, sensible y expuesta, ¿no? Yo debería refugiarme en mi escondite hasta que no hubiera vecinos a la vista, ¿no? Hasta escuchar los pasos y las voces de la chica y su fragmento de pareja alejarse. ¿Cuántas chicas con bolsas deportivas cargando cabezas parlantes habría en el metro y en el tranvía? ¿Cuántas no habrían expuesto sus parejas-cabeza todavía en la escalera del edificio, antes de salir a la calle y sólo entonces cerrar la cremallera de sus mochilas? ¿Será por eso que hay que esperar a que los vecinos se vayan para salir uno de casa, para no incomodar a las cabezas al observarlas con recelo? ¿Cuántos hombres y mujeres fingen ir al gimnasio siendo que, en realidad, buscan un lugar íntimo donde desplegar fantasías con su amorosa cabeza sin vecinos escuchando o sólo para cambiar de aires?

Aunque mi profesor ha intentado enseñarme un par de usos y costumbres austriacas… lo más difícil ha sido acostumbrarme a eso de llamarle con sus tres o cuatro títulos antes de decir su nombre: Herr Professor Doctor Magister Magister y cuanta cosa, peor que las reverencias de los burócratas en mi país. Tampoco he podido acostumbrarme a tener que escribir y reescribir la introducción de mi tesis, porque ‒según dice Herr Professor Doctor Magister Magister ‒aquí en Austria sí les importa saber de dónde viene uno como estudiante, de donde nace el interés genuino de estudiar e investigar un específico tema económico. Pero yo sólo sé que quiero estudiar desarrollo económico. Soy de un país de Latinoamérica y tengo una beca. No hay becas para otros temas, sólo hay para ciencia y tecnología, o desarrollo económico. Y como no soy científico ni ingeniero, no se me ocurre otra cosa.

Así mismo, sospeché que eso de no saludar a los vecinos sería una costumbre muy gélida para nosotros los latinos y que yo no iba a poder cumplirla del todo. Creo que esa costumbre bien podría ser una de las razones por las que nunca en veinticuatro años encontraron en un pueblito austriaco a esa mujer cuyo padre la encerró en el sótano y tras varias violaciones ‒según define la prensa‒ procreó siete hijos con ella… Costumbres, supongo. Luego está la noticia del caníbal. Resulta que dos enamorados o, más bien, dos hombres en una cita a ciegas, acordaron devorarse el uno al otro. Comerse, sí, desmembrarse vivos y masticar sus miembros. Para ello, primero se anestesiaron mutuamente. Uno se arrepintió, pero el otro le obligó a comer su pene frito en mantequilla, o algo así, hasta dejaron un vídeo (sí, lo grabaron, les digo, estos austríacos están relocos).

Así que, me dije, después de todo, es entendible tanto secreto… ¿Se acusaría a la muchacha de encefalorasta? Por ser una cabeza adulta no se podría alegar que los actos cunnilingus fueran en contra de su voluntad. Pero… ¿sería un acto clandestino porque tal vez la chica era casada, o la cabeza misma? ¿Será que el hombre-cabeza convenció a la chica de comerse uno a uno los miembros de su cuerpo dorados en mantequilla? ¿Le tocaría ahora a ella el turno de convidarle y por eso la frase invitación en la zona de sus nalgas? ¿O será que la cabeza formaba parte de algún show, circo o prostíbulo y ahora se arriesgaban a empezar una vida nueva lejos de ese oprimente lugar? ¿Serían inmigrantes o delincuentes ilegales saltando de país en país con la mira de llegar a los Estados Unidos o de perderse en alguna llanura africana? ¿Habrían cometido algún crimen entre los dos, se habrían desecho del pasado de él, de ella, o de todo un pueblo que los atormenta?

Lo que pensé sin duda necesario para la pareja era conseguir las partes faltantes del cuerpo del enamorado. Había que ir a una tienda de miembros humanos vivos para usos de remodelación. No podía ser la tienda de comida para caníbales, en esa les dirían que no hay tanta variedad de miembros como los que buscan y, lo que es peor, ofrecerían una buena suma de dinero por la pobre cabeza que, por la facha de la joven enamorada, seguro buena falta le hacía.

Tal vez no tenga nada que ver, pero a la hora de hablar de alimentos, bebidas o cualquier otro producto básico en la vida cotidiana, me viene a la mente que en este país las costumbres son muy especializadas. Tan especializadas que sólo hay compra-venta de víveres en tiendas especializadas. Por ejemplo, el vino en la vinatería, el queso en la quesería, la carne en la carnicería, los paraguas en la paragüería, los cuadernos en la cuadernería, las nueces en la nuecería, los tés en las tiendas de té, todo lo eléctrico en las tiendas de eléctricos, los llaveros en las llavererías y los shampoos en la cadena Bipa… Y sí, sí existe un mercado donde hay un poquito de todo, se llama Billa, pero ahí dicen que la calidad no es tan buena, es un supermercado donde todo viene envuelto en plástico y se expone en refrigeradores. A los austriacos les gusta más comprar en mercaditos folklóricos tipo el Naschmarkt y se vuelven locos por las cosas “bio”, que, tema aparte, me saca de quicio dicho concepto: si matan a un pollo y el pollo se estresa, pero sólo por eso puedo comprar el triple de pollo y alimentar a toda mi familia, ¿a mí qué diablos me importa el estrés del maldito pollo si en mi casa apenas se puede comprar carne o pollo una vez a la semana? Pero ese es otro tema. La cosa es que seguramente no hay miembros humanos en Billa para uso de cabezas con vida, en todo caso habrá partes empaquetadas y frías. Dudo mucho que las malhumoradas cajeras puedan atender las dudas y solicitudes de mujeres que digan que viajan con cabezas cunnilingüistas, y menos aún si no se trata de clientela austriaca, eso aún está por comprobarse. Así, pues, tiene que haber una tienda de miembros humanos vivos especiales para el uso de cabezas parlantes, un círculo de bares donde sólo entras si tu pareja es cabeza parlante, una boutique de ropa interior para personas sin cuello para abajo, una página de internet para citas a ciegas con cabezas parlantes, mujeres prostitutas sin torso y sin piernas pero con cuellos, lenguas, bocas, ojos y cabellos largos pero muuuuuy largos, un love parade de cabezas parlantes homosexuales, bazares navideños con miembros humanos de segunda mano alles für 1 euro y todo un submundo que a mí, Máximo Benavides, se me reveló en ese momento en la ciudad de Viena.

Durante la duda de encarar o no a la cabeza parlante, pesó más una de las cartas de mi madre donde decía que tenía que ser abierto y amigable, siempre acomedido y ayudar a los demás, pues uno “está de invitado” y con “tanta fortuna de andar por allá”. ¿Y si la cabeza angustiada necesitara mi ayuda? Quién sabe, a lo mejor tenía comezón por alguna oreja, o tenía sed, o estaba fingiendo su amor por la muchacha que estaba loca y la pobre cabeza no hallaba cómo huir de sus abusos sexuales y… como la joven ya se estaba tardando… pues me aproximé, usando mi más básico alemán…

—Entschuldigung, ¿sind sie in Ordnung?

—¿Y… y usted? ¿Quién es? ¿Qué quiere? (me contestó en alemán y le fui siguiendo el paso con mis mínimas palabras).

—Yo… sólo quiero saber si está bien, si se le ofrece algo…

—¿Y a usted qué le importa si yo estoy bien o si no estoy bien? ¿Quién es usted? ¿Qué quiere?

—Bueno, pues… supongo… entonces… que sí está bien…

—¿Que si estoy bien? ¿Pero cómo cree que voy a estar bien? ¿Qué no está usted viendo? ¡Pero si no tengo piernas ni brazos! ¡No tengo cuerpo! ¡¿Pero qué no está usted viendo?! ¡Será usted un imbécil…! Depat! Vollidiot!

—Ay, pues, yo…disculpe, es que yo…

—Lárguese en este momento, si no, si no…

—Sí, sí, ya me voy, no quería molestarle, disculpe, es que yo…

Salí todo nervioso y casi me cruzo con la muchacha enamorada, quien ya venía de regreso. Entró de prisa. No me vio, creo.

Me fui a las escaleras eléctricas, pero en un impulso que no podría explicar regresé a la entrada del baño público y vi, por entre los barrotes de la puerta giratoria, cómo ella le secaba al hombre-cabeza el sudor de la frente e intercambiaban algunas palabras. Luego lo peinó y acomodó su cabello tierna y meticulosamente, tras la oreja izquierda, tras la oreja derecha. Afilé el oído.

—Mausi, mi amor, alguien vino… Alguien me vio (dijo él en tono triste, de niño compungido, de niño chantajeador).

—Pero ¿cómo, Mausi querido? Si no vi entrar a ninguna tipa por esa puerta, estuve muy al pendiente.

—No era mujer, era un hombre.

—¿Qué? ¿Un hombre? ¿En el baño de mujeres? ¡Pervertido!

—Sí, aquí estaba, desde antes de entrar nosotros.

—Uy, pero qué feo huele este baño.

—Yo no fui.

—Ya lo sé, mi amor, ya lo sé.

—Era un hombre, Mausi, un extranjero, un muchacho apenas, muy jovencito.

—¿Qué quería? ¿Te molestó?

—Hablaba horrible, con un acento espantoso, seguro que era extranjero, de esos de Sudamérica.

—Vendería drogas… ¿No intentó robarte algo?

—Ay, no, yo creo que es de esa gente que viene a trabajar, pero si vienen a trabajar que no molesten, ¿verdad? Que no molesten.

—Sí, amorcito, que no molesten.

Me alejé reprochándome ser tan amable. Me habría gustado hablar con mi madre o con mi amiga mexicana. Pero mi madre no tenía teléfono, y aunque tuviera, la llamada sería demasiado cara. Mi amiga mexicana había vuelto a su país hacía casi un año. No me vino nadie a la cabeza que hablara mi idioma o que pudiera entender todo este asunto… Bueno, un par de estudiantes de Zimbabue, con ellos pasaba mis horas aburridas de lunch en la universidad, nos comunicábamos a señas y con escueto alemán. Tal vez ellos pudieran comprender mi postura. En mi profesor no podía confiar, después de tantos meses alegando sobre “¿Qué quiere usted estudiar? Usted debe decidirlo todo: el tema, el método, los alcances, dígame por qué, dígame cómo, dígame su programa de estudio”. Si yo no soy el profesor, ¿cómo quieren que sepa esas cosas? A mí díganme qué es lo que tengo que hacer y lo hago, ¿cómo puedo saber qué es lo que debo investigar? Aquí todo es tan abierto, tan independiente, que me estoy perdiendo en lecturas y lecturas y no avanzo nada. Por la noche me falta el aire y no puedo respirar. Abro las ventanas cada madrugada, aunque afuera estemos a menos tantos, aunque un viento helado me corte la piel e inhalarlo me duela como navaja… (después de unos meses del encuentro con la cabeza, de mi madre sólo recibiría breves misivas desaforadas donde relataría llamadas de parte de mi universidad, escandalizados con mi actitud ‒llamadas que seguramente le harían al número de la vecina, a donde tendría que ir mi madre muerta de vergüenza para soportar luego las preguntas de toda la colonia‒ y, como sentía en su tonito de escritura que estaba de parte de ellos, tuve que dejar de responderle).

Caminé rumiando mi silencio hacia el metro y de nuevo EAT ME, camiseta blanca, mochila de gimnasio. Ya de mal humor avancé indiferente y vi cómo la chica se metió al vagón y me vio por un instante, sin adivinar que yo era ese inmigrante ingenuo que le ofreció ayuda a su cabeza parlante.

En mi mente se sobrepone la breve mirada que me sostuvo la muchacha a la imagen de la carta que dejé hoy abierta en mi escritorio, un mensaje ‒muy claro, muy preciso‒ en letra de molde, firmado por el decano de la universidad y por mi tutor, el señor Herr Professor Doctor Magister Magister: “Es usted denegado de sus funciones como estudiante becario en esta universidad. Se le ruega acepte el boleto de avión a su país de origen con fecha el día último del mes en curso y firme de conformidad la ruptura de nuestro compromiso con su investigación”.

Observé cómo subieron al vagón y tomaron asiento: ella con las piernas juntas; él, sobre su regazo, incógnito. Las puertas del metro se cerraron con la misma cadencia con que la joven cerró su bolso, un ritmo lento y acompasado. Yo no separé la vista de la pareja, como si ellos también me estuvieran observando. Cuando el vagón se alejó, imaginé cómo ella vigilaría que el bolso no se moviera demasiado, cómo adivinaría las náuseas del amado y le cuidaría desde el pensamiento, con la apropiada tensión entre sus muslos y rodillas. Vi cómo el tren se alejaba, primero con lentitud y cada vez más acelerado, hasta tornarse un punto rojo en medio de la oscuridad, donde las vías se quedan y se alargan, paralelas y abandonadas.

Suspiré.

Mi modelo de tesis se basa en el número de cabezas parlantes enamoradas que puedan contabilizarse en los vagones de metro de los países desarrollados.

 

Dilema geográfico de Pareto

(o cómo es que dos lugares suceden al mismo tiempo)

Se plantea el siguiente modelo:

donde

el dilema de Pareto se aplica a la situación de una expareja cuyos miembros viven en dos ciudades que comienzan con la misma letra (V).en los puntos (0,0), esquinas contrarias del recuadro: 1) el agente decisorio N (tú) no extraña a la otra persona ni piensa en ella, 2) el agente decisorio K (yo) no extraña a la otra persona ni piensa en ella.la frontera de posibilidades de satisfacción amorosa es la combinación de canastas (elecciones) que brindan mayor rendimiento amoroso, expresada en una línea curva para cada agente decisorio.la satisfacción amorosa es el grado de disfrute que ocasiona la elección del agente con respecto a lo que decide la otra persona.el área sombreada indica el nivel de satisfacción amorosa que el agente recibe al permanecer bajo el margen de decisiones y combinaciones posibles en su frontera de posibilidades de satisfacción amorosa.el área no sombreada es la satisfacción amorosa flotante en el universo, la cual no puede ser alcanzada por ninguna de las fronteras de posibilidad de ninguno de los dos agentes.si una curva avanzara tanto que se adentrara al territorio sombreado bajo la otra curva: un agente ‒el que trasgrede‒ daña emocionalmente al otro. En el caso de que una curva se cruce con el punto (0,0) del otro agente, el daño emocional a la otra persona llega al punto máximo posible, es decir, se elimina al agente co-tagonista del recuadro al caer en: 1) la locura o 2) la muerte.