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En esta antología de relatos y novelas cortas, muchos de ellos premiados, Sergio Mars indaga en el efecto de la tecnología sobre la humanidad, la respuesta de la sociedad ante el cambio e incluso acerca de la naturaleza misma de la realidad. Un vistazo especulativo al futuro inmediato (y en una ocasión al pasado reciente), equilibrando rigor científico e interés dramático. Los textos describen la oscuridad y la luz inherentes al ser humano, los claroscuros de avances y descubrimientos, las oportunidades y peligros que en forma de amenazas más o menos veladas podrían aguardarnos tras el horizonte. Peligros que no provienen tanto de la ciencia en sí como de los usos que podríamos darle... o de desafíos futuros que aún nos son ignotos y que esconden potencial tanto para el desastre como para la maravilla.
\\\"Sergio Mars es, ahora mismo, mi autor favorito de ciencia ficción escrita en español.\\\"
Juan Miguel Aguilera
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Veröffentlichungsjahr: 2020
LA DISONANCIA
DE LAS
ESFERAS
Sergio Mars
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Título original: LA DISONANCIA DE LAS ESFERAS
© Del texto: Sergio Mars
© Del prólogo: Juan Miguel Aguilera
© De la cubierta: Munyx Design
Copyright © 2019 Sergio Mars
Copyright Booktrailer: Editorial Tinturas
© De esta edición: Editorial Tinturas
Email: [email protected]
www.editorialtinturas.es
Primera edición: Febrero 2020
Impreso en España
ISBN: 978-84-122197-2-2
Depósito legal: V146-2020
Todos estos futuros son para mi padre.
PRÓLOGO
Juan Miguel Aguilera
No me gusta escribir prólogos.
En alguna ocasión algún autor al que no había leído hasta ese momento me ha pedido que le escriba el prólogo de su novela. Y ese es un tema peliagudo, siempre te dicen: «Sé sincero, sin compromiso, lo que tú pienses de la novela». Pero la verdad es que en temas creativos la sinceridad no está muy valorada. En realidad lo que se está planteado es: «Deseo de corazón que mi libro te guste, y si no es así que digas que te ha gustado». Y eso es algo a lo que, ay, no estoy dispuesto.
Ya sé que esto va a molestar a más de uno pero estoy convencido de que estamos ante uno de los problemas que tiene la ciencia ficción en estos momentos. La era de Internet y las redes sociales han traído una especie de colegueo entre autores que está siendo (siempre desde mi opinión, vale la pena recalcarlo) bastante negativo para la percepción que tiene mucha gente de nuestro género desde el exterior. Yo he oído decir: «Quise probar a leer una novela de ciencia ficción y esta que tenía muy buenas críticas resultó ser malísima». Claro, esta es la opinión subjetiva de una persona que a lo mejor también piensa que Kubrick es un director muy malo, pero sinceramente creo que el problema de las alabanzas de compromiso entre colegas es real y está erosionando nuestra credibilidad. Además, se ha creado una especie de carrera de armamentos; cuando alguien hace un elogio superlativo hay que responderle con otro mayor, y así hasta el infinito. Y en los prólogos es aún peor.
Si me has seguido hasta aquí, paciente lector, te estarás preguntando a qué viene tanta divagación. ¿No iba a ser esto el prólogo de una antología de relatos de Sergio Mars? Pues viene a que lo que voy a decir a continuación parece que pierde fuerza al estar escrito en el prólogo del libro de un colega escritor. Pero mi intención es ser totalmente sincero y quería dejar claro que soy consciente de las dudas que generan las alabanzas en estos tiempos.
Sergio Mars es, ahora mismo, mi autor favorito de ciencia ficción escrita en español.
Me gusta muchísimo todo lo que he leído de él. Cada uno de los relatos que contiene este volumen tiene el poder de recordarme por qué empecé a amar este género cuando solo era un chaval y devoraba libros como si no hubiera un mañana. Lo que buscaba en esas novelas y cuentos es exactamente lo que Sergio Mars nos da hoy con sus escritos. Podría resumirlo como especulación social, aventura, sentido de la maravilla y una buena base científica. Sobre esto último hay algo que aclarar, el que un relato o novela contengan un poco de Ciencia, echa atrás a algunos; «Uf, el hard no es para mí porque no entiendo de esas cosas». A mis novelas y relatos también los calificaron en su momento como «hard» y nunca rechacé la etiqueta porque me resulta simpática, pero lo que yo escribía no era hard y la mayoría de lo que Sergio escribe tampoco. Nos gusta la ciencia y creo que Sergio la usa, igual que lo hacía yo, para darle color y credibilidad a sus tramas. Pero no es el punto central de las historias, como mucho es parte del escenario y de la ambientación. Pero me encanta cómo Sergio utiliza los conceptos más atrevidos de la física actual para crear una historia tan absorbente como «161’62», que al final es una aventura de exploración trepidante en un escenario extraño y peligroso. Es asombroso lo que Sergio puedo conseguir en menos de 5000 palabras. En este relato, en vez de usar la teoría de cuerdas o el principio holográfico, Sergio podría hablar del «condensador de fluzo» o cualquier otra palabreja inventada y el relato funcionaría igual para casi todos, pero los que amamos los detalles científicos conseguimos un extra de placer al leer «161’62».
Sí, como ya he dicho, por relatos como este me aficioné a la ciencia ficción.
Reconozco que no hace mucho yo conocía a Sergio Mars solo por algunos artículos muy interesantes entre los que estaba el que publicó en la primera antología de Akasa-Puspa, y por algún que otro debate feroz en la mesa redonda de alguna Hispacón. Pero le pedí un relato para Antes de Akasa-Puspa y Sergio me mandó «Gancho en el cielo», que está incluido en esta antología y es todo un festín de especulación científica, sentido de la maravilla y humor. Atención a los diálogos entre el científico y el religioso al que han puesto al frente de la expedición, recuerdo haber reído hasta las lágrimas con ese humor socarrón que también es una marca de identidad de Sergio. Y solo por hablar de dos de los relatos que componen esta antología, que está repleta de historias galardonadas con premios importantes, como «Mytolítico», premio Ignotus de relato en 2012, «La bestia humana de Birkenau», premio Ignotus de relato en 2016, «Ruedas dentadas de un reloj imaginario», premio Domingo Santos 2017, y «161,62», que fue premio Pascual Enguídanos en 2018.
Pero no quiero arruinarte la sorpresa y el placer de descubrir todos estos relatos por ti mismo. Si amas la buena ciencia ficción, te gustarán tanto como a mí. Si no, es posible que te aficiones al género como yo lo hice hace tanto tiempo con historias como estas, llenas de aventura, buenos personajes y diálogos, especulación científica y sentido de la maravilla.
Ya me contarás.
HORROR VACUI
A más de dos mil quinientos metros de altitud, tras un día claro, con apenas un leve moteado de cirrocúmulos suavizando el azul intenso del cielo, los ocasos podían llegar a ser espectaculares. Había muchos radioastrónomos que ya solo miraban al cielo a través de sus antenas, pero desde que había sido designado director del complejo, compuesto por un gran plato de cincuenta y ocho metros de diámetro y dos submilimétricos de quince y doce respectivamente, se había acostumbrado a otear de tanto en tanto el firmamento a través de los ventanales panorámicos de su despacho. Eso le ayudaba a sobrellevar el engorroso trabajo burocrático que conllevaba su nueva posición, así como a disipar la presión acumulada debido a las continuas fricciones entre los miembros del equipo, inevitables en una comunidad tan reducida y aislada como la suya.
Cuando la puerta se abrió, sin que el intruso se hubiera molestado siquiera en preceder su acción con los consabidos dos golpecitos de cortesía, sintió que su calma flaqueaba. No se giró. Sabía quién era. Tal comportamiento lo delataba.
Al cabo de unos segundos, empero, como el otro no hiciera amago alguno de mantener la iniciativa, se volvió, para encontrar confirmadas sus suposiciones. Lo que no hubiera podido anticipar ni en mil años era lo que traía: una botella de coñac y dos copas en las manos, y una mueca, mitad sonrisa mitad... algo distinto por completo, estirándole los labios.
Reconoció su presencia con un leve cabeceo y le invitó con un gesto a tomar asiento en uno de los silloncitos frente a la mesa. En cuanto a él, animado por una súbita inspiración, en vez de rodearla para ocupar su puesto habitual se le encaró, sentándose en el otro, y aguardó el próximo movimiento de aquella extravagante partida. Movimiento que no se hizo esperar.
Su visitante dispuso con cuidado lo que traía sobre la mesa. A la rojiza luz del atardecer, el contenido de la botella se mostraba del color y la consistencia de la sangre venosa. Por alguna razón, esta asociación no le instigó rechazo. Estudió con ausente curiosidad la etiqueta, por constatar lo que ya sabía. Era un coñac caro, muy caro. El tipo de bebida que un científico guarda para celebrar el éxito más importante de su carrera. Algo le decía, sin embargo, que aquello nada tenía que ver con el orgullo profesional. Asintió de nuevo, dando a entender que comprendía. Solo entonces el otro dio comienzo al diálogo:
—Sagitario A ha dejado de emitir.
Se tomó unos instantes para considerar las posibilidades. Luego preguntó:
—¿Una avería en los equipos?
—No, lo revisamos todo a conciencia. Además, Yebes lo ha confirmado. Ellos tampoco son capaces de detectar la radiación sincrotón.
—Eso no tiene sentido. El agujero negro del centro galáctico no puede dejar de emitir sin más.
—Pues lo ha hecho. Mis estudiantes estaban calibrando la antena B, con una señal clara y estable, cuando se cortó. De golpe, como si alguien hubiera accionado un interruptor.
—¿Un fallo humano?
—Estaba presente. No cometieron errores. En cualquier caso, luego no pudimos recuperar la señal, y ya he mencionado la confirmación del resultado por parte de Yebes. Pero hay más.
El director le invitó con un gesto a proseguir. Empezaba a estar demasiado oscuro para apreciar mucho más que las siluetas, pero ninguno de los dos hizo ademán de encender las luces. La Luna no tardaría en salir, y ella les proporcionaría toda la claridad que necesitaban... o que podían soportar.
—Me puse en contacto con el grupo del Karl Menten, en el Max-Planck. No se trata solo de Sagitario A. En al menos quince minutos de arco no pudieron captar ni una sola señal del vecindario del centro galáctico. ¿Aunque sabes qué es lo más curioso?
—¿Qué?
—Que hubiera jurado que nosotros habíamos captado algunas de esas mismas fuentes ausentes durante nuestra búsqueda de Sagitario A. Hubiera podido repasar los archivos, pero para entonces ya se había corrido la voz y no fue necesario. Empezaron a llegar informes de todo el hemisferio. Los púlsares cercanos al Centro se estaban apagando, uno tras otro.
—¿Según qué patrón?
Su interlocutor asintió. Un movimiento intuido más por el reflejo de los leds del ordenador y la impresora en sus ojos que por apreciación del contorno de su cabeza.
—El modelo fue pronto evidente, y una apresurada simulación informática lo confirmó: es una esfera de oscuridad, expandiéndose casi a la velocidad de la luz desde el centro galáctico. El leve desfase nos permite observar el fenómeno como una rápida progresión de desapariciones, pero en realidad...
—Pero en realidad —interrumpió él—, eso ocurrió hace casi treinta mil años, y el fenómeno, si no se ha detenido, debe estar cerca de alcanzarnos.
—En efecto.
Tras estas palabras los dos hombres guardaron silencio por un largo rato, perdidos en elucubraciones personales. Al cabo de cierto lapso, lo bastante largo como para que la Luna hubiera recorrido un buen trecho por el firmamento tras su salida, el director inquirió:
—¿Cuál es la hipótesis con mayor apoyo?
—Ya la has adivinado.
—Sí, pero quiero que seas tú quien la exponga.
—Como quieras. Asistimos a la nucleación de una burbuja de auténtico vacío o, si lo prefieres, por eso de mantener el rigor hasta el final, una burbuja de vacío menos energético. Nuestro universo era imperfecto. No puede competir con el nuevo. La naturaleza está corrigiendo trece mil ochocientos millones de años de error.
—¿Y nos ha tocado el privilegio de contemplar la enmienda en primera fila?
—¿Quién puede saberlo? El centro de nuestra propia galaxia dejó de existir hace milenios. Tal vez todo lo que contemplan nuestros telescopios sea un espejismo. Quizás el verdadero aspecto actual del cosmos sea unos míseros retazos inconexos de espacio-tiempo, aguardando la asimilación por parte de una infinitud de voraces universos-bebés. Todo lo que hemos estado estudiando era una ficción, una imagen desvaída del lejanísimo pasado. Nos mentíamos, diciéndonos que, pese al desfase temporal, eran datos relevantes. Ahora, por fin, descubrimos la verdad.
El director se humedeció los labios con la lengua, y tuvo que aclararse la garganta tragando un poco de saliva antes de poder preguntar:
—¿Cuánto tiempo nos resta?
Un cuadradito de fría claridad, proveniente de la pantalla de un reloj digital de pulsera, brilló entre ellos, transformando sus rostros en tapices irreales de luz y sombra.
—Una hora, veintidós minutos y trece segundos hasta que nos alcance la pared del dominio. Es posible que la burbuja ya sea apreciable a simple vista, nublando la cinta de la Vía Láctea en la región de Sagitario. Desde nuestra perspectiva, parecerá que el proceso se acelera a medida que se aproxima. En cuarenta y cinco minutos, el círculo de oscuridad debería ser ya evidente para cualquiera que dirija la vista hacia un cielo estrellado, y a partir de ahí las desapariciones se sucederán a ritmo creciente. Es posible que en las ciudades no lleguen a apreciar nada. La disolución les alcanzará sin preaviso si nadie se va de la lengua antes. Supongo que podríamos considerarlos afortunados.
Siguió otra pausa, no tan larga como la precedente, pero más densa, más expectante, con la tensión acumulándose por momentos.
—Vaya broma —expresó por fin el visitante, en un tono de voz desprovisto casi por completo de matices.
—¿Cuál?
—Nuestra civilización. Nuestra existencia. Todo.
—¿Por qué dices eso?
—Piénsalo. Estábamos condenados. No lo sabíamos, pero todo cuanto éramos resultaba irrelevante. Nuestra sentencia se dictó hace veintisiete mil doscientos cuarenta y tres años, y no hay posibilidad de apelación. La historia de la humanidad, polvo. Sus logros, polvo. Cuando nuestros ancestros construyeron el Coliseo y cuando erigieron el Partenón, cuando levantaron en el desierto monumentos de piedra regados por el sudor de veinte mil brazos, incluso mientras dibujaban bisontes en las paredes de Altamira, estaban muertos. Muertos en vida. Un simulacro de trascendencia. Una broma que solo a nosotros se nos revela en toda su refinada ironía.
—Todos tenemos que morir algún día —logró expresar el director, sin llegar a dotar a su alegato de mucha convicción.
—Sí, pero qué sentido tiene si todo lo demás desaparece, si no queda nada para probar que existimos; si incluso los átomos que forman nuestros cuerpos van a ser despedazados, reducidos a sus partículas elementales y ellas mismas dispersadas, por las exóticas condiciones del nuevo universo. ¿Qué sentido tiene mi vida? Piénsalo. Aquí nos tienes a ambos. Más cerca de los cincuenta que de los cuarenta. Se podría decir que, mal que bien, hemos cumplido con nuestras aspiraciones profesionales, pero, ¿para qué? ¿Qué sentido tuvieron los sacrificios realizados, las alternativas abandonadas en la cuneta, las decisiones tomadas? Nos han engañado. Actuábamos guiados por unas premisas que se han probado falsas. No hay futuro. No hay legado. No somos siquiera un borrón en el libro de cuentas del universo. Cuando nos alcance la burbuja, todo lo que somos, todo lo que fuimos y todo lo que podríamos haber sido desaparecerá, como si nunca hubiera existido.
Se detuvo jadeante, sentado al borde mismo del silloncito. Su voz había ido subiendo de tono al tiempo que se iban quebrando los diques de contención en su interior y la amargura desbordaba. Le costó un buen rato recuperar una semblanza de autocontrol, pero a la postre su respiración se normalizó y pudo recuperar una postura más relajada. En todo ese tiempo el director no dijo ni hizo nada. Por último, una vez hubo comprobado que la calma de su visitante era persistente, alargó el brazo y accionó el interruptor de una lámpara de sobremesa.
Envueltos en esa luz mortecina, deslumbrante después de la negrura precedente, se contemplaron en silencio. Por fin, sintiendo que era su turno de tomar la iniciativa, el director afirmó:
—No has venido aquí para lamentarte por tu suerte.
—No, tienes razón.
—¿Qué quieres?
—Hacer una confesión y realizar una petición.
—Adelante.
—Cuando se confirmaron nuestros peores temores me quedé vacío. No me había atrevido a elucubrar sobre lo que haría de saber que me quedaban apenas unas horas de existencia. En otras circunstancias tal vez hubiera tenido alguien especial con quien compartir los últimos momentos, pero bueno... nos casamos con nuestra carrera. No había sitio para nadie más. Así pues, estuve pensando durante un buen rato. No sé qué fue de los demás. Cuando salí de mi abstracción ya no estaban allí. No me importó. Acudí a mi despacho y rescaté este Delamain que me acompaña desde hace veinte años, aunque hace apenas dos que lo llevo conmigo a los observatorios. Al menos él habrá cumplido su función.
—¿Y decidiste compartirlo conmigo?
—Algo así. Verás, hice un repaso de mis sentimientos y descubrí que el más intenso te concernía. Te odio. No sé por qué. No es que seas mi superior. Ni tampoco es envidia profesional. Lo cierto es que no hay motivos. Te detesto desde el momento mismo en que fuimos presentados. Es una rabia instintiva, visceral, pero por ello mismo, supongo, más auténtica.
Su interlocutor asintió, como si no hubiera esperado otra cosa.
—Te entiendo. Yo siento lo mismo. Siempre lo he sentido.
—Hasta ahora estábamos forzados a soportarnos. La sociedad no hubiera permitido que nos agrediéramos como animales y nuestras carreras se hubieran resentido o hubieran quedado destruidas. ¿Pero sabes qué? Ya no hay futuro que pueda truncarse. No hay consecuencias. Solo existe el aquí y el ahora, y nada me resultaría más satisfactorio que destrozar a golpes tu cara y arrancarte la vida antes de que el universo me prive incluso de esa satisfacción postrera.
Por toda respuesta, el otro dijo:
—Escancia.
Con movimientos precisos, sin un solo temblor que delatara tensión interna, el que lo había empezado todo sirvió dos generosas raciones de licor. Ambos hombres tomaron sus respectivas copas y saborearon con parsimonia la bebida, envejecida durante décadas en barricas de roble que pronto dejarían de existir; junto con el resto de la bodega, el país donde se ubicaba, la Tierra y la propia humanidad. Una vez apuradas, se levantaron sin prisas y despejaron el centro del despacho, arrinconando todos los muebles contra las paredes, aunque dejando libre el ventanal panorámico. Se quitaron las chaquetas, se arremangaron y, a una señal mutua, se lanzaron el uno contra el otro sin más ceremonia y sin cruzar ninguna otra palabra.
Con violencia impensable tan solo unas horas antes, se golpearon; utilizaron los puños, los codos, los dientes. Entrelazados en un amasijo de extremidades se agredieron, dejando de lado cualquier contención, anulado incluso el instinto de supervivencia. El odio, como sensación pura, no supeditado a razonamiento alguno, tomó control de sus cuerpos y dio sentido efímero a su existencia. Por fin, por pura suerte, un golpe más contundente o preciso que los demás decidió la contienda. El vencedor se alzó inestable sobre su aturdido contrincante, agarró su cabeza entre las manos y, sin detenerse un instante a considerar sus acciones, la incrustó contra uno de los cantos de la mesa.
Tras esto, se derrumbó. Sus propias heridas debían de ser serias, pero no las sentía. Le dominaba la euforia; la misma que sintió Caín mientras la quijada de asno en su mano asperjaba el suelo con la sangre de su hermano.
Al cabo de un rato, sin embargo, recuperó en parte la conciencia de lo que se avecinaba. Con grandes esfuerzos logró incorporarse, jalando de los muebles. Durante la pelea debían de haber derribado la lámpara, pues la única claridad que llegaba a la habitación, muy tenue, casi inexistente, se filtraba desde el exterior. A tientas, recorrió la superficie de la mesa y, milagrosamente, encontró una copa intacta y la botella, tumbada, pero todavía con suficiente coñac en su interior para servir una medida completa.
Con la copa en la mano se dirigió hacia el ventanal y apoyó la otra mano, húmeda y pegajosa, en el cristal. Sin vacilaciones dirigió la vista hacia Sagitario, o hacia el lugar donde Sagitario había brillado. El círculo de oscuridad dominaba el firmamento, casi de horizonte a horizonte. En su interior se apreciaban todavía algunas solitarias estrellas, anónimas ya al carecer de compañeras con las que dibujar figuras en el éter, pero incluso estas iban desapareciendo, a una velocidad cada vez mayor.
El hombre alzó la copa en un silencioso brindis a la nada y se la llevó a los labios para apurarla de un trago.
Por primera vez en su vida se sentía absoluta y completamente realizado.
MUSEION
Relato finalista del Premio L’Iber 2019
El último grupo abandonó el museo pasadas las siete y diez. Ernesto los acompañó hasta la puerta y despidió a los niños con una sonrisa un poco más sincera que de costumbre; una sonrisa de alivio. Las alarmas de extracción no habían sonado en ningún momento. La última vez que habían acogido una visita escolar, habían desaparecido veintiocho figuras y Julio César había aparecido decapitado sobre el altar del Templo Mayor de Tenochtitlán. Esta vez, con suerte, solo tendría que lidiar con recombinaciones creativas.
Aceptó con un asentimiento mudo los agradecimientos del profesor por la «maravillosa experiencia educativa» que habían recibido sus alumnos y le cerró la puerta casi en los talones, alegando entre murmullos no sé qué compromiso para cenar. Solo entonces se permitió relajar los músculos de la cara, y la sonrisa se desmadejó, como un títere al que le hubieran cortado los hilos.
Hubo de hacer acopio de fuerzas para volverse hacia las salas de exposición. De lejos, los dioramas parecían haber sobrevivido incólumes, pero Ernesto sabía que aquello era una ilusión. Los colegiales habían acudido allí a aprender, y según las últimas y flamantes teorías educativas no se aprendía con los ojos, sino con las manos. Si acudían siquiera allí, y bien que las arcas del museo necesitaban de aquel aporte tan modesto como estable de ingresos, era para que los niños pudieran «tocar la historia».
Con un suspiro de resignación, Ernesto encorvó los hombros y dio inicio al recorrido, mentalizado de que no iba a poder dar por concluida su jornada hasta bien pasada la medianoche.
No perdió demasiado tiempo en la sala de la prehistoria. Lo justo para enderezar las figuras caídas y comprobar que estuvieran distribuidas con un mínimo de criterio. La escena de la cacería del mamut era de sus favoritas. Ahí sí que podían dar rienda suelta a su creatividad los visitantes, e incluso alguna vez había llegado a vislumbrar configuraciones de lo más perspicaces, que pronto eran borradas por el incesante vaivén de la marea humana.
Su primer reto lo encontró en el diorama de la batalla de Qadesh. Los carros de guerra estaban distribuidos de cualquier modo; una mezcolanza de soldados egipcios e hititas, consagrados a cualquier actividad multitudinaria salvo a una contienda de la que podría depender el destino de dos imperios. Por experiencia previa, renunció a buscar a Ramsés y Muwatalli de buenas a primeras. La tentación de recomponer los ejércitos desde la cabeza era grande, pero resultaba una estrategia poco efectiva. Era preferible ir completando las líneas de combate a medida que iba rescatando figuras de las posiciones adonde las había conducido el capricho de los visitantes.
De allí avanzó hacia el pasillo de las guerras médicas. Por alguna razón, Maratón nunca era muy del agrado de los vándalos revisionistas, que se veían irremediablemente atraídos hacia las Puertas de Fuego, ansiosos por corregir los errores que percibían en la composición oficial. Para empezar, criticaban lo poco espartano de la armadura hoplita, lo que provocaba una desbandada de lacedemonios, tespios y tebanos, dejando la responsabilidad de la defensa del paso a los ilotas, cuyo número y equipamiento se ajustaba más a la versión heroica. En cuanto a los persas, antes de implementar los chivatos de extracción no era infrecuente encontrar entre sus huestes a romanos, caballeros medievales e incluso nazis. Aquello, por fortuna, había quedado atrás, aunque siempre cabía estar atento para prevenir las sorpresas, como por ejemplo...
Allí, en la posición de Leónidas: ¡Efialtes!
Ernesto se estremeció. Podía ser casualidad, pero no creía en las casualidades, y menos en el caso de una permuta tan específica, pues tras una búsqueda apresurada encontró al león de Esparta guiando a los inmortales por el paso montañoso. Aquel intercambio de roles no era fruto del azar, sino una declaración de principios, con toda seguridad por parte de alguno de los profesores. ¿Cuál podía ser, si la tenía, su agenda? ¿Sería acaso de ascendencia árabe, heredero tan erróneo como autodeclarado del imperio Persa, ansioso de una revancha simbólica contra la civilización occidental?
Ojalá fuera esa la explicación; no lo creía. Ernesto sentía en sus tripas que aquel era un acto de sabotaje deliberado; una broma, quizás, que insidiosamente trabajaba del bando de la posthistoria, sin otro propósito que desdibujar la frontera entre realidad y ficción, entre cimientos sólidos y raíces de conveniencia. Tendría que prestar una atención especial durante el resto de la ronda para corregir otras posibles blasfemias.
Tan nervioso se puso, que no oyó cómo se le acercaba por la espalda Julián, el director del museo, de modo que al escuchar su voz diciéndole: «Déjalo, Ernesto; no vale la pena que te esfuerces tanto», el rey espartano se le escapó de entre los dedos, precipitándose ignominiosamente hacia las congeladas aguas resinosas del golfo Maliaco.
—Señor Guzmán —contestó, a mitad camino entre la protesta y el saludo—, me ha sobresaltado.
Julián rescató la figura de plomo de su lecho acuático y se la tendió en muda disculpa a su empleado.
—Te lo repito, Ernesto, no vale la pena que seas tan meticuloso. Recoloca las figuras en sus posiciones aproximadas y no te preocupes por la fidelidad de la recreación. A nadie le importa ya. Los dioramas son solo lienzos aptos para que se manifieste el pensamiento creativo de los líderes del futuro.
Aquella era una frase tan poco característica del lacónico Julián que Ernesto no dudó ni por un segundo que estuviera parafraseando a alguien, posiblemente a la inspectora de educación que recientemente les había renovado la licencia de exhibición. Se encogió de hombros sin volverse, evitando establecer un contacto visual que tan solo avergonzaría a ambos.
—La historia es la que es.
Tras unos segundos de silencio se escuchó un hondo suspiro por parte del director, y Ernesto sintió una mano sobre su hombro.
—Como quieras, pero intenta no quedarte hasta muy tarde. Mañana tenemos que abrir a las once, y prefiero tenerte a ti despierto que los dioramas en perfecto estado de revista.
No se entretuvo más. Se fue, dejando a Ernesto como único adalid de aquellos millares de figuras, soldados de un ejército, el de la historia, que se batía a la desesperada por sobrevivir al cambio de paradigma, a un mundo donde la verdad era líquida, maleable, relativa; un mundo en el que ya no tenía lugar.
En algo, sin embargo, sí hizo caso a su jefe. Ya no le preocupaba tanto el desorden aleatorio como las enmiendas intencionadas. Acabó rápido de ajustar las líneas en el desfiladero de las Termópilas y avanzó hacia Salamina y Platea, donde no encontró alteraciones de especial calado. No las esperaba. Los ataques eran predecibles, con objetivos muy específicos: iconos capaces de significar tanto una cosa como la contraria con la más leve de las manipulaciones. Figuras como Alejandro.
Le costó un poco, pero tras unos minutos de búsqueda por la planicie de Gaugamela localizó al Grande huyendo de la batalla, dando la espalda a la conquista y a la gloria, a la venganza contra los aqueménidas, a la recién fundada Alejandría, a la helenización del mundo antiguo. Veintitrés siglos radicalmente transformados de un plumazo por un instante de cobardía que, por supuesto, nunca se produjo... salvo en aquella representación, concebida para ser un reflejo fiel de la historia y transformada ahora en burla.
En el fondo, Ernesto sabía que aquel vandalismo pueril era irrelevante. Ninguno de los niños que a diario desfilaban por aquellos pasillos se pararía un instante a ponderar las implicaciones de un Alejandro Magno timorato. El daño había sido ocasionado mucho antes, durante el proceso de desprestigio de la verdad que había llevado al mundo tal cual era entonces; esa cruzada premeditada que había aflojado por igual todos los anclajes y había permitido que cualquier discurso pudiera sustentarse únicamente en convicciones internas, liberadas del peso de la prueba.
Ese conocimiento, empero, solo agravaba el insulto... o lo banalizaba. Era casi peor imaginar que no hubiera propósito alguno tras el sabotaje; devenir en un soldado empeñado en seguir combatiendo una guerra ha mucho tiempo perdida. Ante este pensamiento lo poseyó una terca rebeldía. Se negaba a aceptar la derrota. Tal vez no sirviera de mucho, pero los dioramas del museo serían históricamente exactos.
De Grecia pasó a Roma, de las guerras médicas a las púnicas. Acompañó a Aníbal en su paso de los Pirineos, y luego refrendó su derrota a manos de Escipión en la batalla de Zama; asedió Numancia; revivió el ascenso de Mario y Sila, las invasiones cimbrias, la amenaza de Mitrídates y la guerra civil; invadió las Galias con las legiones del César; experimentó la amargura de Marco Antonio en Accio y la de Varo en el bosque de Teutoburgo...
Avanzaba trastornado de diorama en diorama, sumido en una suerte de delirio febril. Sus manos recorrían los familiares perfiles de los antiguos campos de batalla, recomponiendo lo desbaratado, devolviendo la honra a generales victoriosos y la dignidad a los líderes derrotados, rindiendo tributo a Herodoto, Tucídides, Estrabón, Tácito, Plutarco, Tito Livio, Suetonio, Dion Casio, Flavio Josefo, Cátulo... y a cuantos edificaron en siglos posteriores sobre los cimientos que ellos asentaron. Por último, no pudo aguantar más. Se detuvo agotado, empapado de sudor, tembloroso.
Se hallaba frente a la escenificación de uno de los sitios de Jerusalén durante las cruzadas, pero no era capaz de distinguir si se trataba del que acabó con la conquista cristiana en el 1099 o del asedio de Saladino, casi un siglo después. Estaba todo trastocado y su visión borrosa era incapaz de distinguir los detalles reveladores. Aún peor, no recordaba en cuál había participado Balián de Ibelín, en cuál Raimundo de Tolosa. Lo sabía, ¡debía saberlo!, pero no era capaz de despejar las brumas que nublaban su cerebro.
Se apartó tambaleante y se dirigió casi a tientas hacia una silla, reliquia de los tiempos en que los visitantes se detenían a apreciar los detalles finos de las recreaciones. Se derrumbó en ella con la respiración entrecortada, hundió la cabeza entre las manos y lloró en silencio. Al poco, el cansancio se sobrepuso a todo lo demás y se quedó dormido.
Tuvo un sueño extraño. En su sueño seguía allí, derrumbado en la silla de la sala de las cruzadas, aunque se veía a sí mismo desde fuera del cuerpo, como si sus ojos flotaran entre el artesonado del techo. No solo sus ojos. También sus oídos. Escuchó un roce suave que iba acercándose. Hubiera querido volver la vista, pero su mente dormida no le obedecía. Aguardó pues expectante, aunque curiosamente tranquilo, libre de miedos y angustias.
Entonces la vio, una joven, debía de ser joven por la fluidez de sus movimientos, ataviada con telas blancas y tocada por una corona de laureles. Llevaba un pergamino enrollado en la mano izquierda y la diestra sostenía una trompeta de bronce. Se detuvo frente a él. No podía verle el rostro, pero supo que le sonreía. Entonces se inclinó y depositó un beso en su cabeza inclinada, antes de retirarse con el mismo paso leve y susurrante. A continuación, poco a poco, la imagen externa se fue fusionando con la interna, y transitó con tanta suavidad del sueño a la vigilia que tardó en darse cuenta de que estaba despierto. Sentía todavía un punto caliente en la coronilla y el corazón ligero. Hizo autoanálisis, sorprendido, y descubrió qué era aquella sensación: esperanza.
Se levantó con rigidez. Le quedaban todavía muchas salas por revisar, pero Julián tenía razón, no valía la pena agotarse. Mañana volvería, y al otro, y al otro, y los días que hiciera falta. La historia era la que era. Resistirían. Cansado, pero más animoso de lo que lo había estado en meses, salió del museo y callejeó por el casco viejo de la ciudad hasta su casa.
LA BESTIA HUMANA DE BIRKENAU
Premio Ignotus de relato 2016
La carretera no dejaba de serpentear entre robles carvallos, forzando a Enrique a prestar toda su atención a la conducción. El cigarrillo que asomaba entre sus labios se había apagado muchas curvas antes y en su extremo temblaba un cilindro de ceniza de casi dos centímetros, amenazando con desprenderse con cada bache del camino, aunque al final siempre lograba mantenerse intacto. Era cerca del mediodía, pero las luces del simca estaban encendidas, en un intento no muy exitoso por romper la penumbra creada por la densa cúpula de hojas bajo un cielo encapotado.
Sobre el asiento del copiloto descansaba un cuaderno de notas, abierto por una página en donde figuraba una dirección garabateada bajo el dibujo esquemático de lo que supuestamente era un mapa de la región. En tinta sobre papel, el camino no se profetizaba tan revirado. Llevaba ya un par de kilómetros deseando consultar sus notas para ver si había escogido mal en alguna bifurcación, pero la frondosidad del bosque no le brindaba ningún apartadero y, aunque no se cruzaba con ningún vehículo desde hacía tiempo, aún no estaba dispuesto a tentar a la suerte deteniendo el coche en mitad de la carretera. Tampoco es que fuera a poder dar la vuelta en caso de descubrir algún error.
