La divina lengua - Mariano Magnifico - E-Book

La divina lengua E-Book

Mariano Magnifico

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Beschreibung

¡Bienvenido a La divina lengua! Estás a punto de comenzar un viaje hacia las zonas más recónditas de tu propia lengua. Desde el Paraíso de la gramática perfecta y las normas de escritura, hasta el Infierno del lenguaje inclusivo y el lunfardo. En el medio, el Purgatorio, el espacio oportuno para sanar nuestras bocas sucias y elegir si ascender a Dios o tirarse de lleno al fuego. Con ingenio y humor, recorreremos las múltiples tensiones de la lengua, entre el cielo y el infierno, lo bien dicho y lo mal dicho, escribir según la ortografía y escribir como el orto. Por eso, este libro hará sacudir tu lengua hasta encontrar tu propia salvación.

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Seitenzahl: 266

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Índice de contenido
Portada
Portadilla
Legales
PRÓLOGO
PRELUDIO
Instrucciones de juego
La lengua divina
PARAÍSO
La lengua hablada
La lengua orto-escrita
La lengua gramatical
La lengua madre
La lengua sana
La lengua pura
La lengua real
La lengua educada
PURGATORIO
La lengua consciente
La lengua ambigua
La lengua española
La lengua conquistadora
La lengua viva
La lengua inculta
La lengua juiciosa
INFIERNO
La lengua inmoral
La lengua inclusiva
La lengua digital
La lengua propia
La lengua jugada
La lengua humana
POSLUDIO
BIBLIOGRAFÍA
SONOROGRAFÍA
FILMOGRAFÍA
AGRADECIMIENTOS

Magnífico, Mariano

La divina lengua / Mariano Magnífico. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Galerna, 2023.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-950-556-943-4

1. Lenguaje. I. Título.

CDD 402

© 2023, Mariano Magnífico

© 2023, RCP S.A.

Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna, ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopias, sin permiso previo del editor y/o autor.

ISBN 978-950-556-943-4

Hecho el depósito que marca la ley 11.723

Primera edición en formato digital: abril de 2023

Versión: 1.0

Digitalización: Proyecto 451

Idea de tapa: Mariano Magnifico y Carolina Di Bella

Diseño de interior: Pablo Alarcón | Cerúleo

Ilustración de tapa: Teté Cirigliano

Fotografía de tapa: Carlos Aguilar Uriarte

a mis viejos

a Marita

a Tino

Hable,

escriba,

no lo olvide;

sepa cómo

aunque no

escriba,

hable.

PRÓLOGO

En tiempos anteriores a Cristo, una flota griega llevó a las costas de Sicilia una serie de cofres, vasijas, pergaminos y otros bártulos robados en alguna conquista. Entre ellos, un tratado de Zoología, que hacía una interesante descripción de la cartografía humana. Un filósofo de nombre perdido hacía allí una descripción del cuerpo como una red conformada por líneas paralelas y meridianas. El resultado era una serie de intersecciones y puntos que describían la geometría perfecta del ser. Siglos después, los árabes descubrieron que era posible unir cada punto de una cara del cuerpo con otro de la cara opuesta; y que a su vez esto podía, por el teorema de Tales, semejarse a la disposición astronómica de los planetas. Los norteamericanos, especializados en astrofísica, calcularon que era plausible trazar círculos y elipses, de modo tal que podría obtenerse una expresión algebraica mucho más precisa que el número áureo con el que se había constituido la historia y el arte de occidente.

La escuela de Psicología Gestáltica de Múnich descubrió que esta geometría, a su vez, tenía correlación con alguna cualidad de la mente humana, como la paciencia, el sueño, la imaginación. Así, la cuerda que se trazaba desde la frente hacia la nuca correspondía a la razón, mientras la que se extendía de hombro a hombro, a la tolerancia. El hallazgo más significativo fue en 1992, cuando un grupo de científicos rusos encontró vestigios de un capítulo perdido del códice. Estaba dedicado a lo que en la Universidad de Málaga se conoció como la cuerda-rectora, una línea paralela a la columna vertebral y perpendicular al suelo que conecta dos puntos opuestos. Uno está ubicado en la boca de la lengua, y el otro, en el orificio anal. Esta cuerda, tensa pero armoniosa, correspondía al lenguaje.

Esto, que alguna vez fue mito y filosofía, hoy es la ciencia que nos ofrece los argumentos para justificar que, por momentos, usamos el lenguaje como el orto. Hay que ser inteligentes, y reconocer cuándo es momento de cerrarlo. No se alborote, no bufe como eunuco. No es de sorprendernos que, cada tanto, digamos por la boca las palabras más putrefactas, pestilentes y pecadoras, y cada otros tantos, se nos escape algún que otro poema por el culo.

Éstos son mis versos. Posiblemente, ustedes hayan invertido tiempo y dinero en este libro. Posiblemente, algún enemigo se lo haya prestado y lo debe devolver. Tal vez, haya sido un regalo como de esos que se despiden desde el interior. Lo importante es que usted está aquí, en esto que conocemos como “prólogo” de un libro que está hecho con y sobre la palabra.

Al momento de emprender toda escritura, pienso en una pregunta que formuló uno de mis novelistas favoritos, Roland Barthes: “¿Por dónde empezar?”. Comencé por el problema de mayor transversalidad cultural de los últimos años. Me pregunté cuál sería el género adecuado para el tejido del libro. Descarté que fuera un estudio académico, de esos que hacen del paper su literatura y del abstract su manifiesto. Tampoco me convenció escribir un manual o un tratado pedagógico: prefiero dejarle esa responsabilidad a ciencias más duras y rigurosas como las Ciencias de la Educación.

El brainstorming me llevó a pensar en la mejor de las novelas argentinas, la más irreverente y cínica, titulada Facundo o Civilización y Barbarie, escrita por Sarmiento en 1845. Entre ensayo sociológico, tratado de geografía, programa de pedagogía futura, panfleto político y sátira, Sarmiento, como también lo hicieron escritores como Balzac, Proust o Marechal, se propone diseñar una obra total. Siempre quise escribir un libro que hablara de todo (porque mi cabeza funciona un poco así). No es justo para los lectores, empero, someterse a mi soberbia ambición de ópera prima. Descarté la idea y solamente supe que debía ponerle un título modesto, como sea La Divina Lengua, por plagio a un otro similar que un autor florentino le puso a su nouvelle.

Siguiendo con nuestra pesquisa, algunos teóricos conciben que el género es al texto lo que un corsette es al cuerpo. El problema es que a mí no me disgusta tanto usar corsette. Más bien, pienso el género como una armadura, esa vestimenta que se usaba cuando ir la guerra (y, por lo tanto, a la muerte) era inevitable, que servía como protección a la embestida oponente, pero a su vez impedía la movilidad y la destreza para contraatacarlo. Y por sobre todo eso, ninguna persona bajo una armadura tiene la libertad de rascarse el culo si le llegara o llegase a picar.

Me pareció que el único género, el siempre inevitable, el que combate contra toda la teoría de la literatura y el mejor para esta escritura, es la biografía. Es que siempre que decimos algo, lo decimos desde nosotros mismos, desde nuestra propia vivencia en el mundo, desde nuestra inmensa e intensa subjetividad. Y sí, es que, desde siempre, mi vida ha estado atravesada en lo más íntimo (y de las formas más contradictorias) por la palabra.

Vengo de una casa llena de libros, pero ruidosamente muda. Una casa temerosa de la mirada social, en la que era mejor no hablar de ciertos temas. No se charlaba de religión, de drogas, de amor, de sexualidad. Sin embargo, se contaba mucho chiste y se hablaba de política. Mis viejos, hijos de italianos, crecieron en casas en la que el dialecto del Club de Fomento se entremezclaba con el argento porteño. Fueron los primeros profesionales en su historia familiar y dedicaron la vida entera y su servicio cívico a la docencia. Hicieron de la palabra el elemento más cercano para comunicarle algo a alguien, y del amor y la vocación el objeto de todo. Así los veía: mi papá era un performer del aula, un orador y un narrador; mi mamá era una cocinera de la creatividad, una artista innovadora. Las palabras pululaban por doquier. En mi casa, la mesa y la heladera siempre tenían alguna esquela, algún papelito de mi mamá en letra cursiva y con un dibujo de un beso al final. Cada tanto, mi viejo venía con la sorpresa de que habían publicado un texto suyo en la carta de lectores de La Nación, o que habían pasado algún mensaje de él en la radio. Nos decía lo mismo que a sus alumnos: “Ustedes escriban, escriban siempre, porque es la forma de luchar”.

Así fue que logré mi primera revolución: quise abocar mi vida a la creatividad. Emprendí las mejores peores decisiones para lograrlo. Quise ser escritor. Para eso, a mi mayoría de edad, ingresé a la carrera de Letras; quise ser actor, y me inscribí en la carrera de teatro musical. Me estaba formando para no ser escritor de novelas ni actor serio. Y así fue que un día terminé dictando clases de literatura y lengua en la escuela media, escribiendo alguna que otra ponencia y bailando para Lali Espósito vestido de cura. ¿Será acaso que la vida nos va llevando adónde alguna vez planeábamos? Creo que sí, pero de las formas menos pensadas. Desde siempre, caminé por ambos senderos que, aunque en apariencia bifurcados, tienen un fuerte punto de contacto en la palabra. En un caso, como materia, en otro, como energía.

¿Por qué una biografía para un libro de la lengua? Porque toda vida se configura en familia, así como la lengua forma y forja familias. Hay palabras de la misma familia, como “árbol”, “arbusto”, “arbolado” y “arboleda”. Hay lenguas de la misma familia, como el castellano, el catalán y el italiano. Hay tonos, expresiones, formas, giros y frases de nuestras propias familias. Hablamos como nos hablaron. Nos rodeamos de quienes hablan más o menos como nosotros, para tejer una nueva red familiar. Usamos las palabras para narrar nuestra propia historia en el mundo, para poner fuera lo que tanto nos reverbera dentro.

Esto fue lo que me ocurrió a mí con la lengua. ¿A vos qué te ocurre? ¿A ti qué te sucede? ¿Qué nos pasa? ¿Qué lengua hablamos? ¿Cómo escribimos? ¿Hablamos mejor de lo que escribimos o viceversa? En las últimas décadas, la oralidad y la escritura parecieran estar invirtiéndose en el juego de poder. ¿Qué es mejor? ¿Escribir un mensaje o mandar un audio? ¿Leer un libro o escuchar un Podcast? Lo que ocurre es que estas modalidades, que desde la Prehistoria aparecen en tensión, habitan hoy a la luz y oscuridad de dos grandes problemas en torno a la lengua.

En primer lugar, hoy creemos que la lengua les pertenece a los especialistas; como si los problemas de la economía les pertenecieran solo a los economistas. Pareciera como si hoy solo hablaran y escribiesen bien “los que saben”. En segundo lugar, hoy creemos vivir un momento histórico caracterizado por la crisis del lenguaje, en el que ya cada uno dice lo que se le canta, en el que todos hablamos como el orto, en el que las pantallas nos vaciaron el cerebro.

Somos parte de una generación en duelo, que ve morir cada día escrituras como la carta, el diario íntimo, la toma de apuntes… ¿los libros? Pero a diferencia de pensar la palabra en su desaparición, creo que nuestro tiempo está tomado íntegramente por el lenguaje. Vivimos en una historia que hace de las expresiones y modismos de Maradona, Riquelme o Messi un meme. Que pone en tela de juicio el discurso con debates culturales contra el racismo o el machismo. Estamos veinticinco horas al día escribiendo, reescribiendo, leyendo, escuchando y consumiendo mensajería. ¡Hasta tenemos largas conversaciones con bots! Somos los espectadores emancipados de una cultura que pasó del texto al hipertexto.

Todos los que hacemos algo con nuestras palabras, los que pensamos en una lengua materna desde lo más íntimo, somos especialistas de nuestra forma de hablar. Usamos el lenguaje para afirmar, negar, llamar, solicitar, reclamar, exclamar, insultar y hablar con los demás. La lengua siempre está ahí, en juego, y viva.

No escribo un libro sobre la lengua por haber dedicado mi vida a ella. Escribo sobre la lengua porque soy sólo un hablante que habita desde la palabra un mundo tan profundamente lingüístico como el de todo humano. Escribo un libro sobre la lengua porque siento la imperiosa y urgente necesidad de reflexionar sobre este objeto baboso y movedizo, el único órgano indómito que aún no nos han quitado ni las máquinas, ni el poder hegemónico ni las devastaciones mundiales.

Pero lejos de cualquier tragedia, prefiero analizar la palabra desde la mira caleidoscópica del humor. Prefiero esa mezcla enclenque de lágrimas y risa que deviene en una escapada veloz al baño. Prefiero sacarle la lengua a la lengua, antes que lamerle los anillos. Y vos, y tú y usted: no se sientan tan atacados, que esta divina comedia de la vida no es otra cosa que una comprensión propia, posible y contradictoria de nuestra propia, posible y contradictoria condición humana.

PRELUDIO

INSTRUCCIONES DE JUEGO

1. Lea con calma.

2. Lea en su casa, en un viaje, en un café, en un parque, lea.

3. Lea en voz alta.

4. Escriba cada página. Subraye, dibuje, ensucie.

5. Escriba una nota marginal. Es su libro.

6. Escuche, escúchese.

7. Avance y retroceda los casilleros que desee.

8. Recomiéndele el libro a algún enemigo.

9. No lo preste, haga que lo compre.

10. Terminará hablando y escribiendo mejor, o seguirá siendo un forro.

LA LENGUA DIVINA

En el principio existía el Verbo,

y el Verbo estaba con Dios,

y el Verbo era Dios.

Juan 1:1, 14.

I

La selva oscura. Así fue todo antes del todo. Cuentan las abuelas que Dios fue un ser de acción. En un principio creó el cielo y la tierra. A cada uno lo alumbró con una lámpara. Cuentan que, al sexto día de trabajo, creó al hombre a su imagen y semejanza.  Lo dotó de algo que ninguna otra especie en la tierra poseía: el lenguaje. 

Este atributo no era exclusivamente decorativo, ya ve. Dios le encargó al hombre la tarea de nombrar los objetos del mundo. La tarea de nominar. No era menester sencillo ni escueto, y el Creador supo esto. Le pagó, más por ser primero que por hombre, con el género. Así, hablamos de “el hombre” para referirnos a la humanidad entera. Nadie nos niega que en la expresión “El hombre descubrió el fuego” no exista alguna hembra bípeda que, por accidente, haya obtenido una chispa de una roca; pero no es para nosotros el pensamiento más frecuente. Es palabra de Dios.   

Sentenció desde las nubes: “Tú, hijo, cuando veas una de las maravillas de las tantas que he creado, dótalas de un nombre. Obsérvala desde lejos con detenimiento. Recorre cada una de sus aristas con tu mirada. Si puedes, acércate, llámala, tócala, lámela. Nada te hará daño”. Nombrar todo lo existente. ¿Cómo? Le solicitó que articulara con la boca, dientes y la lengua el sonido que quisiese; porque no es la intuición del hombre otra cosa que la acción intencionada del Dios.

Cálmese, lector. Que toda esta liturgia no cause su urticaria. Tome el libro con más vehemencia que antes y refuerce su fe. Crea, sí, crea; como Adán también creó. Marcharse ahora sería perderse el Paraíso.

El hombre, entorpecido por la magna consigna, balbuceó su primer sonido en afirmación. “Ah-há”. Fue el primer acato a las reglas del Padre. Se nombró a sí mismo “Adán”, y llamó a su tierra “Edén”.    

Fue así que el sádico ejercicio de acatar le generó cierto placer. Así, Adán saboreó el dulzor de una fruta a la que llamó mmmmmora, exhaló un suspiro de satisfacción al beber el aaaagua de la sibilante y milagrosa llllllllluvia.

Imagínese usted, risueño lector, tener la capacidad de nombrar las cosas del mundo. Inténtelo, entréguese a la maravilla del Creador… como por sorpresa. Imagine encontrarse por primera vez con estos objetos aparentemente conocidos para usted. ¿Qué serían? ¿Para qué les servirían? ¿Cómo los llamaría?

Para Adán, la empresa no fue tan sencilla como para usted. No al menos cuando besó un puercoespín, cuando quiso beber el fuego o cuando mordió una roca creyendo que era nutritiva. En esos momentos, el hombre quiso hacer algo que no le exigía mucho esfuerzo ni sacrificio: maldecir a su Padre. Le brotaban las blasfemias por la boca, pero se contuvo: sintió culpa. En el Paraíso, no se dicen malas palabras.

Una tarde, Adán caminó errante por recta vía. Sintió la lengua achicharrada por el calor hasta que dio con un estanque. Se abalanzó sobre él y vio otro sujeto dentro del agua. El primero se movió hacia su derecha, el otro lo hizo al mismo momento. Luego hacia su izquierda, norte y sur. El movimiento de la copia era casi unísono. Este extraño copiaba a Adán con admiración, o al menos eso pensó el primer hombre. Recordó a su Progenitor, quien le había dicho que era único e irrepetible en el mundo. Pataleó de impotencia hasta que sus lágrimas contribuyeran al caudal del estanque. Una vez recompuesto y con la copia también espasmódica, decidió (porque se había acostumbrado a decidir) que ese otro se llamaría “Tú”, imitando el modo que Dios tenía de dirigirse a Adán. Y para diferenciarse de ese “Tú” que él también era en otras situaciones, se llamó a sí mismo de una manera que repetiría casi por oficio durante toda la eternidad: “Yo”. 

II

Otra alborada, Dios le preguntó desde el manto celeste cómo había denominado finalmente a los objetos del mundo. Adán declamó su glosario sin detención: oso, tronco, sapo, roble, noche, oruga. 

—Muy bien, ahora toma esto.

El Señor le arrojó unas cuantas hojas de parra secas y unos trozos de carbón que Adán esquivó con proeza.

—Eres un artista, hijo. La siguiente tarea consiste en otorgarle a cada sonido un dibujo propio. No es válido repetir, puesto que a cada movimiento del aire le corresponde una y solo una forma de representación.

Tras un eco en estas últimas sílabas y un remolino de cirrus, la voz de Dios se hizo silencio. Adán quedó solo, con sus hojas secas y su carbón.

Sintió la excitación virginal del juego.

Fue así que tardó semanas bosquejando una forma única e irrepetible de dibujar un sonido. 

Adán repitió sus palabras como un rezo: 

oso, tronco, sapo, roble, noche, oruga

oso, tronco, sapo, roble, noche, oruga

oruga, noche, roble, sapo, tronco, oso.

Con la iteración, algo de inventiva y mucha fe, se dio cuenta de que, por momentos, su boca formaba un círculo adelantado para pronunciar estas palabras. Tomó un carbón y lo pasó por sus labios. Aplastó su rostro sobre la hoja y dejó inmortalizado un círculo negro similar a esta figura:

O

Luego, se dio cuenta de que uno de los sonidos presentes en oso y sapo era idéntico al que hacía un animal del Edén, que andaba siempre cuerpo a tierra, cuando sacaba la lengua. Quiso honrarlo retratando a la bestia. El sonido quedó inmortalizado de la siguiente manera:

S

Adán combinó estos dibujos de modo tal que obtuvo la primera palabra de su nómina:

O S O

El muchacho se fanatizó tanto con este dibujo ondulante que estableció que cada cosa que apareciera en el mundo en más de un ejemplar, se nombraría como conjunto si concluía con esssssste sonido. Surgieron así el plural para nombrar a los grupos, a la abundancia y a las peligrosas multitudes.

Luego, comprendió que con estos mismos dibujos podía avanzar en la escritura de aquel monstruo pantanoso, regordete y de lengua sorpresiva, al que a Adán le encantaba lamer y lamer: 

s …. … o

Una semana más le tardó encontrar la a y la p hasta obtener sapo. Y fue así como el primer hombre pasaba su tiempo en la viña del Señor. Adán había inventado un pequeño sistema de correspondencias entre sonidos y dibujos. 

Dios vio a su hijo al borde de la obsesión. Lo vio encastrando montículos y montículos de hojas: frenético, manchado de carbón y diciendo palabras en voz alta. Lo que más pena le dio fue verlo solo. Temió que Adán cayera en esos placeres indómitos que nos ocurren en la tierra cuando nos quedamos solos: el autoconocimiento.  

III

Sonó el gallo y el primer hombre despertó extrañamente más liviano y algo asimétrico. Le bastó una rolada en el pastizal para toparse con otro animal rebuznando a su lado.

—¡¡Euvaaa!! —exclamó del espanto. 

Quedó petrificado cuando vio que la alimaña tenía ojos, boca, nariz, ombligo y cuatro extremidades al igual que él. Esa nueva cosa del mundo, de cabello más largo, no era sin embargo otra copia como su amigo del estanque. Adán contempló sus diferencias ocultas… por un largo rato.

—Me gusta —dijo la bestia tras el eufemismo de Adán—. “Eva” me gusta.

Sí: la bestia también tenía lenguaje. 

Adán quiso decirle “Tú”, porque era la única forma que tenía para dirigirse al otro, pero no era “Tú” como su imitador acuático. Optó por decirle “Tú” a Eva si el otro no los escuchara, y hablar de él “Él” para hablar de “Tú” con ella. Cuando charló con su amigo sobre el nuevo “Tú”, llamó “Tú” a él y “Ella” a la otra, con la misma “a” de araña. Un día, Eva dijo “Yo” para referirse a sí misma, y este tormento pronominal prosiguió entre los hombres hasta nuestros días. 

En una de tantas recogidas de frutas, Adán y Eva vieron un pájaro posarse sobre la horqueta. El hombre se quedó pasmado, puesto que nunca había visto uno idéntico, aunque sí similar. Le comentó a Eva que todos los pájaros que él había visto eran del color de la leche, pero éste era del color de la noche. 

—¿Pero es un pájaro o no? —increpó la de la voz más aguda.

—No lo sé. Tiene alas, pico, ojos, plumas… —Adán pronunciaba cada nombre con orgullo de creador.

Eva, siempre mediadora y de sagacidad única, dijo:

—Si este pájaro tiene tantas cosas en común con tu pájaro, pues entonces también lo es, así como nosotros también tenemos tanto en común. Lo que sucede aquí es que, gracias a Dios, estos pájaros tienen algo que los distinguen, como el espesor de mi bigote inferior al tuyo y el de mis senos superior al de los tuyos. Adán, amado, lo que tienes aquí es un pájaro oscuro, como la noche, y tu pájaro conocido es claro, como la leche. 

Eva fue la creadora de los adjetivos con los que matizó los objetos del mundo y ablandó la dureza categorial de Adán. Así, hubo pájaros claros y oscuros, peces inflamados y desinflamados, y caballos lisos y rayados. Adán, en su orgullo, continuó con su afán nominalizante. Así hubo palomas y cuervos, peces globo y mojarritas, caballos y cebras. 

IV

—¿Te gustaría jugar un juego? —le dijo Adán a su costilla empoderada.

Adán le enseñó su sistema de escritura, con sus reglas y sonidos. Eva lo incorporó de inmediato. Se volvieron devotos de estas combinaciones y encastres, porque bajo la ley de Dios no había otro encastre posible.

El juego devino competencia, como todo entre ellos. Un mediodía, rasgaron por accidente la corteza de un manzano y sintieron un líquido viscoso que los dejaría pegados al árbol casi inevitablemente. Eva quería escribir su sabia con la misma b de bueno, mientras que él quería usar la v de viento porque decía que el sonido era más ventoso. 

—Está bien —dijo Eva, mientras tragaba una nuez—. Dibujaremos savia, como te gusta, para ese líquido viscoso que sale de los árboles; y dibujaremos sabia, como a mí me gusta, para hablar de mí. 

No hubo contienda sin paz. Hasta los primeros humanos de la Creación tuvieron que hacer acuerdos, buscar reglas para con-vivir. Esto no lo contaban las abuelas, pero por cada disputa, Adán y Eva se batían a duelo con un beso, y la lengua de uno luchaba con la del otro. A veces uno se rendía primero, otras veces se olvidaban del motivo de la contienda. Divina sea la lengua que unió a estas Criaturas y a la humanidad entera. Lo cierto es que en el Paraíso nada era tan armónico como nos lo cuentan.   

PARAÍSO

El viaje comienza. Fatigosamente, con cierta pavura. No tema, en el Paraíso de la Lengua no hay ni vergüenza ni maledicencia. Solo vaya, paso a paso, por el ordenado camino a su propia y divina vida eterna.

Un 31 de agosto, toqué suelo italiano. Más específicamente, llegué a Toscana, tierra de Dante Alighieri, conocido por los lugareños como il padre del vero italiano. A las semanas descendí al averno del Sur, donde hay que ir para hacer bien el amor. Llegué a la Sicilia, a una habitación compartida en la que viví por seis meses. La casa estaba a un minuto del mar, en una playa siempre deshabitada de la provincia de Messina. Si mojaba los pies en la orilla y levantaba la mirada, tenía frente a mi horizonte dos grandes bloques de tierra conocidos como las Islas Eolias, en las que Ulises había elucubrado el engaño al cíclope Polifemo. En Sicilia, los habitantes hablan dos lenguas, el italiano y el siciliano (que no es variante ni dialecto del italiano). Es la lengua de los amigos, de los abuelos, de los insultos, de los peluqueros y de la muchachada. A su vez, dentro de la isla existían contiendas entre la lengua de costeros y montañeses, palermitanos y cataneses, y tantas otras divisorias culturales. Vital y lingüística, mi vivencia en Italia fue crucial. Llegué con ningún saber ni estudio acerca de la lengua local más que el que me habían dado Pasolini y la música de cámara barroca; y me topé, a un certo punto, con un monstruo de mil lenguas que le hacía sombra a la ley del vero italiano. ¿Qué le otorga a este italiano, el florentino, el dantesco, mayor verdad que al que se habla en Calabria o en Lombardía? Me propuse encontrar la forma más pura y verdadera de mi propia lengua. La que tocase el absoluto divino. Cada página de este libro fue escrita entre la Sicilia y la Toscana. La primera, me dio la mitología y el tiempo, y la segunda, la divina lengua.

LA LENGUA HABLADA

Primero, te lo dije porque tengo lengua.

China Zorrilla (Elvira)

Esperando la Carroza

ISONIDO + SIGNIFICACIÓN

Mueva la lengua. Al norte, al sur. Recorra cada muela. Al este, al oeste. Tóquese la punta de la nariz con ella. Enrósquela, desdóblela, aplánela, sacúdala, reclámala, Juan. ¡Es tuya!

Ferdinand de Saussure (1) fue el primero en distinguir lengua (langue) del habla (parole). Mientras que define la lengua como “un producto social de la facultad del lenguaje”, el habla es “siempre individual, y el individuo es siempre el amo”(2). Esto lo sabemos por un trabajo de sus discípulos Charles Bally y Albert Sechehaye. Ellos se ocuparon de reconstruir las clases del maestro en un compendio que se volvería el texto fundacional de la lingüística moderna, el Curso de Lingüística General (Cours de linguistique générale), publicado en 1916, con la primera de sus tantas dicotomías, lengua y habla, las dos caras del lenguaje humano, una parte compartida y otra individual.

Imaginemos una cita a la luz de las velas entre una persona de Rusia y otra de Chile, cuales sean sus sexos y géneros. Ambas están de vacaciones por la República de Tucumán. Cada una habla solo su lengua nacional. Intercambiaron dos o tres sonidos insignificantes. Una sacudió su cabeza de arriba hacia abajo unas tres veces, y la otra asumió que significaba “afirmación”. La otra hizo lo mismo, pero en dirección izquierda a derecha. La otra comprendió que significaba “negación”. Al cabo de los primeros cinco minutos, una señaló del menú aquello que querían comer, otra revoleó las pupilas para ofrecer más vino en la copa. ¿Se estaban comprendiendo? Ciertamente, de comunicación lingüística no había nada, pero bendito sea el lenguaje corporal que une, al menos en inferencias y suposiciones, a las bestias.

A la media hora, llegó otra persona, oriunda de Buenos Aires, con su pareja venezolana, que comenzaron a hablar con nuestra persona chilena sobre el vino de la casa. Nuestra persona chilena percibía palabras y giros desconocidos en el discurso de nuestra pareja conformada, pero podía comprender, preguntar, responder, interactuar; mientras que a los oídos soviéticos solo ingresaban ruidos. Entre los hispanohablantes sí hubo comunicación, puesto que compartían un sistema de valores por lo que llamaban al mundo de la misma manera. Aunque con distintos dialectos y culturas, aunque no compartan completamente el habla, sí compartían la lengua (y esperemos que después de la cita, aún más).

“Sistema de signos”, así llamó Saussure a la lengua. Signo porque significa, porque está en lugar de otra cosa. Las palabras son signos. Basta decir “rosa” para pensar en un ramillete de pétalos, un perfume y un cavo espinoso. Sistema porque es un conjunto, y cada variación mínima, como en un viaje en el tiempo, cambia la totalidad del conjunto. Por eso, no es lo mismo decir una palabra como “rosa” y decir otras como “ropa”, “roca, “rota”, “roba”, “roma”, como tampoco pensaríamos en los mismos significados para los siguientes enunciados:

Rosa para las nenas, celeste para los nenes.

Rosa, la maravillosa, me condena a la dulce pena.

Rosas para el aniversario me encantarían.

Rosas organizó la primera campaña al desierto.

¡Bienvenido al maravilloso mundo de la lengua, un lugar en el que lo más mínimo puede meternos en grandes problemas! ¡Cuide sus palabras! ¡No se equivoque! Le aseguro que vale la pene leer este libro.

Saussure utilizó la noción de imagen acústica (image acoustique) para hablar del significante, nuestra huella o representación mental de una cadena sonora, y a la cual le atribuimos un significado. En estos momentos, usted está leyendo en silencio, pero algo suena en su mente, ¿no es así? Pues bien, Saussure adivirtió esto hasta volverse su principal preocupación. Si bien la lengua es un objeto social, a nuestro semiólogo le preocupaba la dimensión mental del problema, es decir, aquello que nos permite traducir esos signos lingüísticos en concepto mental y, así, comunicarnos. Los filósofos posteriores dirán que los significados no existen de forma errática y exclusivamente mental, sino que viajan en su materialidad, en el aire, en una superficie donde aparecen escritos. El estadounidense Charles W. Morris (3), por ejemplo, dirá que existe un vehículo sígnico (1971), una manifestación material (no necesariamente mental) del signo. Los signos están en todas partes, sólo debemos prestar atención, escucharlos y entender los significados que traen dentro.

Tomaremos entonces la sonoridad como punto de partida, porque no podemos pensar en las palabras si no pensamos primero en la música que (se/nos) producen. Como escribió el poeta mexicano: “En la palabra habitan otros ruidos”(4). La palabra es ruido significativo.

IIMÚSICA

Desde que somos embrión en el útero materno, somos pulso, ritmo, cadencia, tono. Si no estuviesen estos factores (si no existiera la música), no habría nada allí dentro. Una vez fuera, nuestro lenguaje es primeramente musical. Nos expresamos por alturas, intensidades de la voz, segmentación sonora, gestualidad. Somos, primeramente, canto. Digamos que esto es tan natural como la historia de Occidente. Desde la Antigüedad, las primeras literaturas, las populares, las ágrafas, no eran ni habladas ni mucho menos escritas: eran cantadas. De allí que los primeros poemas orales eran acompañados por un instrumento como la lira, el laúd o la vigüela. Si nuestra palabra es sonido, es también música.

Acentuación y entonación (dos conceptos provenientes de la música) corresponden a los elementos más primarios del lenguaje. No confundamos: el acento es un relieve en una unidad lingüística superior al fonema (sílaba, palabra, frase) y la entonación es una selección vibratoria respecto de una frecuencia sonora dentro de una frase (5). Una variación en el acento modifica la significación. Compare estas frases con sus diferentes acentuaciones:

medico a domicilio

médico a domicilio

medicó a domicilio

Cada una supone una relación diferente con la realidad, por ejemplo:

[yo] medico a domicilio

[se busca / Se ofrece servicio de] médico a domicilio

[el doctor Fausto] medicó a domicilio

Con el tono y la entonación ocurre lo mismo. Tomemos la siguiente frase, bajo ningún concepto inspirada en la vida real:

es cierto que tienes un testículo más grande que otro

Supongamos que, charlando con un masculino amigo, nos da curiosidad indagar en las leyendas populares que circundan sobre su aparente asimetría escrotal. Formularíamos la frase como una pregunta, y la entonación podría representarse más o menos así.