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Un canto a la libertad y al amor en tiempos oscuros Finalista del Premio Booker 2021 Seleccionado para el Club de Lectura de Oprah Winfrey y por Barack Obama en su lista de mejores libros de 2021 En las postrimerías de la guerra civil, los hermanos Prentiss y Landry, liberados por la Proclamación de Emancipación, buscan refugio en la propiedad del granjero blanco George Walker y su esposa, Isabelle. Los Walker, atormentados por el fallecimiento en la guerra de su único hijo, contratan a los hermanos para que trabajen en sus tierras, con la esperanza de que esa amistad inesperada los ayude a sanar. Prentiss y Landry, por su parte, planean ahorrar dinero para viajar al norte y buscar la manera de reunirse con su madre, a la que vendieron cuando ellos eran niños. Paralelo a esta historia transcurre un romance prohibido entre dos soldados confederados. Los jóvenes, recién regresados a Old Ox después de la guerra, celebran sus encuentros amorosos en el bosque, pero cuando su secreto sale a la luz, el caos que resulta provoca repercusiones que desestabilizan toda la comunidad. Con sinceridad y empatía, el debutante Nathan Harris crea un reparto inolvidable de personajes y nos presenta Georgia en la época violenta de la Reconstrucción. Con belleza y terror a partes iguales y tan conmovedora como fascinante, La dulzura del agua es una novela épica cuya grandeza ubica la humanidad y el amor en las circunstancias más desgarradoras.
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Seitenzahl: 641
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Agradecimientos
Créditos
Había transcurrido todo el día y George Walker aún no había hablado con su esposa. Por la mañana se había marchado al bosque a seguirle el rastro a una bestia que se le escapaba desde la niñez, y ya empezaba a oscurecer. Había visto al animal al despertar, en su imaginación, y perseguirla le provocaba una sensación de aventura tan satisfactoria que en todo el día no había sido capaz de pensar en volver a casa. Era la primera de esas excursiones de toda la primavera y, mientras pisaba hojas de pino rotas y esquivaba las setas infladas por la lluvia matinal, había llegado a un terreno que aún no había explorado por completo. Estaba convencido de que el animal siempre andaba un paso más allá de hasta donde le alcanzaba la vista.
La tierra que su padre le había legado tenía más de ochenta hectáreas. Los grandes robles rojos y los nogales que rodeaban su casa atenuaban la luz del sol hasta convertirla en poco más que un suave centelleo filtrado entre las ramas. A muchos los conocía de sobra, como si fuesen meros carteles, pues llevaba estudiándolos muchísimos años, desde la infancia.
La maleza que George encontró le llegaba a la cintura y estaba llena de cadillos que se le enganchaban a los pantalones. En los últimos años había desarrollado una cojera que él achacaba a haber pisado mal el suelo del bosque al salir de la cabaña, aunque sabía que se mentía: había aparecido con la persistencia y el progreso constante de la edad, tan natural como los surcos de la cara, las canas. La cojera lo frenaba, y cuando se detuvo a recobrar el aliento y se fijó en su entorno, se dio cuenta de que el silencio dominaba el bosque. El sol, que apenas unos momentos antes había estado sobre su cabeza, se había diluido en el extremo más alejado del valle y ya casi no se veía.
«Maldita sea…»
No tenía ni idea de dónde estaba. Le dolía la cadera como si tuviera algo encajado dentro, intentando escapar. Enseguida lo abrumó la necesidad de beber; tenía el paladar tan seco que se le pegaba la lengua. Tomó asiento en un tronco pequeño y esperó a que oscureciese del todo. Si las nubes cedían, aparecerían las estrellas: esa era toda la orientación que necesitaba para regresar a casa. Por mucho que errase el tiro, la ruta lo devolvería a Old Ox, y aunque aborrecía la mera idea de ver a cualquiera de esos individuos lamentables y desesperados del pueblo, al menos uno de ellos le ofrecería un caballo con el que volver a la cabaña.
Durante un momento le vino su esposa a la cabeza. A esas horas era habitual que él llegase a casa, y la vela que Isabelle dejaba en el alféizar de la ventana guiaba sus últimos pasos. A menudo ella le perdonaba esas ausencias tras un abrazo largo y silencioso en el que la tinta negra de los árboles le dejaba tenues huellas de las manos en el vestido, lo que la irritaba de nuevo.
El tronco donde se había sentado bostezó y a George se le hundió el trasero en la tierra anegada. Entonces, cuando hizo el ademán de levantarse para sacudirse el agua, los vio delante de sí. Dos negros vestidos con ropa similar: camisas de algodón blanco sin abotonar y unos pantalones andrajosos que más bien parecían sacos de arpillera mal tejida. Estaban petrificados y, si la manta que tenían delante no hubiera ondeado al viento como una bandera que señalase su presencia, podrían haberse confundido con el entorno.
El que estaba más cerca le habló.
—Nos hemos perdido, señor. Pero no nos haga ni caso, enseguida nos vamos.
La imagen se volvió más clara, y no fueron las palabras lo que más sorprendió a George, sino que el joven tenía precisamente la misma edad que su hijo Caleb. Que su compañero y él hubiesen entrado en su propiedad sin permiso era del todo irrelevante. Con el tono nervioso con el que había hablado, con esa mirada que iba de un lado a otro como la de un animal escondiéndose de un depredador, el joven se había ganado la compasión de George, tal vez el último resquicio que le quedaba en el corazón, que, por lo demás, tenía roto.
—¿De dónde venís?
—Somos del señor Morton. Bueno, éramos.
Ted Morton era un zoquete; un hombre que, si alguien le ofreciese un violín, sería tan capaz de rompérselo contra la cabeza para oír el ruido como de frotar las cuerdas con el arco. Sus tierras bordeaban las de George. Cuando surgía algún problema (algún fugado, más que nada), el espectáculo que se producía, plagado de capataces armados, perros de hocicos enormes y farolillos que iluminaban tanto que impedían que nadie durmiese, era tan desagradable que a menudo George delegaba en Isabelle toda comunicación con esa familia para evitarse el mal trago. Sin embargo, encontrar en su tierra algo que antes era propiedad de Morton era en sí mismo una paradoja de agradecer: la emancipación de los esclavos significaba que ese bufón no podía hacer nada si estos se marchaban, y por mucho que le gustase hacer gala de su poder, aquellos dos hombres eran libres de estar tan perdidos, en ese caso, como George.
—Disculpas —dijo el de delante.
Se pusieron a doblar la manta, a recoger un cuchillo pequeño, un poco de vaca curada y unos pedazos de pan, pero pararon al ver que George continuaba hablando. Recorría el suelo con la mirada como si buscase algo que hubiera perdido.
—Estaba siguiendo a una bestia de un tamaño considerable —dijo—. De color negro; capaz de sostenerse sobre dos patas, aunque lo habitual es que camine a cuatro. Hace años que no veo a la criatura con mis propios ojos, pero a menudo me despierto con la imagen en la cabeza, como si intentase alertarme de que está cerca. A veces, cuando estoy a punto de dormirme en el porche, el recuerdo me viene con tanta fuerza, tanta claridad, que me recorre la mente como un eco, dando brincos de sueño en sueño. En cuanto a seguirle el rastro, debo decir que me lleva ventaja.
Los dos hombres se miraron y después observaron a George.
—Pues… vaya, qué curioso —dijo el pequeño de los dos.
Con los últimos retazos de luz, George distinguió los rasgos del alto, un hombre cuya mirada era tan plácida y delataba tan poca emoción que parecía simple. Tenía la mandíbula abierta de par en par y dentro de la boca se le veía una hilera inclinada de dientes. Era el otro, el pequeño, el que hablaba todas las veces.
George les preguntó cómo se llamaban.
—Este es mi hermano, Landry. Y yo soy Prentiss.
—Prentiss. ¿Se le ocurrió a Ted?
Prentiss se volvió hacia Landry, como si él lo supiera mejor.
—No lo sé, señor. Nací con ese nombre. Sería él o su mujer.
—Supongo que fue Ted. Yo soy George Walker. ¿No tendréis por casualidad un poco de agua?
Prentiss le ofreció una cantimplora y George comprendió que esperaban que les preguntase por ellos, que investigase por qué estaban en sus tierras; sin embargo, la cuestión era tan nimia en su mente que le parecía que sería malgastar la escasa energía que le quedaba. Adónde iban los demás hombres le interesaba tan poco que esa indiferencia era la principal razón para vivir tan alejado de la sociedad. Tal como sucedía tan a menudo, tenía la cabeza puesta en otras cosas.
—Me da la sensación de que lleváis aquí un tiempo. No habréis… Por casualidad, no habréis visto al animal del que hablo, ¿verdad?
Prentiss estudió a George un momento, hasta que este se dio cuenta de que el joven dirigía más allá la mirada, hacia algún punto distante.
—Pues yo diría que no. El señor Morton me llevaba a cazar de vez en cuando y he visto de todo, pero nada como lo que usted dice. Eran aves, más que nada. Los perros volvían con los pájaros aún temblando en la boca, y Morton me hacía atarlos juntos y cargármelos a la espalda, hasta casa. Eran tantos que no se me veía debajo de las plumas. Los había que se ponían celosos de que me librase del trabajo por un día, pero no tenían ni idea. Yo prefería estar en el campo que cargar con todo eso.
—No me digas —respondió George mientras consideraba la imagen—. Qué curioso.
Landry arrancó un pedazo de carne y se la dio a Prentiss antes de coger otro para él.
—No seas grosero —le dijo Prentiss.
Landry miró a George y señaló la carne, pero George la rehusó negando con la cabeza.
Se quedaron en silencio y George agradeció que fuesen reacios a hablar. Aparte de su esposa, parecían las únicas personas con las que se cruzaba desde hacía tiempo que preferían la desnudez del momento a embadurnarlo con palabras desperdiciadas.
—Entonces, esta tierra es suya —dijo Prentiss al final.
—La tierra de mi padre y ahora mía, la que un día iba a ser de mi hijo… —Las palabras se vertieron en la noche y él cambió de rumbo—. Ahora mismo me tienen tan confundido que no sé ni hacia dónde voy. Y estas nubes malditas…
Notó que el bosque se mofaba de él y quiso levantarse en señal de protesta, pero el dolor de la cadera le tensó como un muelle. Soltó un grito y cayó de nuevo sobre el tronco.
Prentiss se levantó y se acercó con cara de preocupación.
—Pero ¿qué se ha hecho? ¿Por qué grita de esa manera?
—Si supieras el día infernal que he tenido, tú también darías voces.
Prentiss estaba tan cerca que George le olía el sudor de la camisa. ¿Qué hacía tan quieto? ¿Por qué lo incomodaba tanto de repente?
—Si no le importa, no haga ruido; aunque sea por mí, señor Walker. Por favor.
George se acordó con tal urgencia del cuchillo que el tonto tenía al lado que la hoja estuvo a punto de materializarse en la oscuridad. Se dio cuenta de que, más allá de los confines de una casa, perdido en el bosque, él no era más que un hombre en presencia de otros dos y había sido un necio al dar por sentado que allí estaba a salvo.
—¿De qué hablas? Mi esposa llamará pidiendo ayuda de un momento a otro, te das cuenta, ¿verdad?
Pero ambos muchachos miraban con fijación, desesperados, hacia un punto detrás de él. Se oyó un latigazo a un lado de George, que se giró y vio una cuerda y una roca grande haciendo de contrapeso: un lazo bien construido de donde colgaba por la pata una liebre que se agitaba unos metros más allá. Landry se levantó más deprisa de lo que a George le habría parecido posible y le prestó toda su atención al animal. Prentiss retrocedió un paso e hizo un gesto con la mano.
—No quería preocuparlo —dijo—. Es que… Todavía no hemos atrapado nada que… Hace tiempo que no comemos como está mandado, nada más.
—Vaya —respondió George mientras se serenaba—. Entonces, lleváis aquí más de lo que yo pensaba.
Prentiss le explicó que se habían marchado de la finca del señor Morton hacía una semana; se habían llevado lo poco con lo que podían cargar (una hoz que alguien había abandonado en el campo, algo de comida, el petate del camastro) y no habían pasado del lugar en el que estaban en ese momento.
—Nos dijo que podíamos llevarnos alguna cosa de las cabañas —aseguró Prentiss sobre la escasa generosidad de Morton—. No hemos robado nada.
—Nadie ha hablado de robar. Y tampoco me importa: ese bobo tiene más de lo que alguien como él podría aprovechar. Pero me pregunto por qué, la verdad. Podríais ir a cualquier parte.
—Es lo que pensamos hacer. Pero esto es agradable.
—¿El qué?
Prentiss miró a George como si tuviera la respuesta delante de las narices.
—Que te dejen tranquilo un tiempo.
Landry, que no les hacía ningún caso, había cortado unos pedazos de una rama de roble para encender un fuego.
—¿No está usted aquí por lo mismo, señor Walker?
George se había echado a temblar. Habló del animal, de cómo había llegado hasta allí siguiéndolo, pero el ruido que hacía Landry cortando leña le hizo perder el hilo y se encontró, tal como le sucedía desde el día anterior, reflexionando sobre su hijo. Cuando el chico era más joven, recorrían el bosque juntos y cortaban leña y jugaban como si en casa no los esperase una chimenea siempre encendida. Con esa imagen vino un torrente de recuerdos, los pequeños momentos que habían forjado su vínculo: acostarlo por la noche, rezar sentado a la mesa con él, los gestos vacíos y los guiños que se hacían como si fueran secretos susurrados al oído, mandarlo al frente con un apretón de manos que debería haber sido mucho más. Al final, esos momentos se disolvieron al llegar al rostro del mejor amigo de su hijo, August, que los había visitado esa mañana con la noticia de la muerte de Caleb.
Se habían reunido en el pequeño despacho de George. August se parecía mucho a su padre: el mismo pelo rubio, los rasgos juveniles, cierto aire regio que no tenía más fundamento que el folclore familiar. August y Caleb habían partido de Old Ox vestidos con uniformes de color nuez y las botas abrillantadas, y George esperaba que su hijo regresase hecho un salvaje, embarrado y harapiento; imaginaba que Isabelle y él serían unos padres dedicados que lo cuidarían hasta que recuperase la normalidad. Teniendo eso en cuenta, la vestimenta elegante de August le había resultado indecente: la camisa amplia, el chaleco planchado con el reloj colgando libremente. Daba la impresión de haber dejado atrás el tiempo que había vivido en la guerra y eso quería decir que Caleb también formaba parte del pasado mucho antes de que George supiera que jamás volvería a ver a su hijo.
Mientras August estaba sentado delante de la mesa de George, este no había podido separarse de la ventana. El joven le dio el parte de las heridas que había sufrido: un mal tropiezo durante una patrulla que había hecho que lo licenciasen una semana antes, el primer día de marzo. Que George alcanzase a ver, August estaba del todo sano y supuso que su padre había pagado para ponerlo a salvo en un momento en que la guerra, que daba sus últimos coletazos, se había recrudecido. Pero esa sospecha no tenía ningún peso en comparación con el motivo que lo conducía hasta ese momento. Hasta esa habitación. Así que August empezó a hablar y, ya con la primera palabra que pronunció, George captó lo vacías que eran las declaraciones del chico, la teatralidad de su discurso, y se lo imaginó en su pequeña carreta de camino a la finca, repasando todas las frases, todas las sílabas, a fin de conseguir el mayor efecto posible.
Le dijo a George que Caleb había servido con honor y que había recibido la muerte con dignidad y valentía, que Dios le había concedido una marcha tranquila. Caleb había rondado con ese chico desde que eran los dos tan pequeños que ninguno le llegaba a la cintura; George se acordó de la vez que, tras correr a jugar al bosque, Caleb volvió tan abochornado y August tan lleno de dicha que George entendió que el contraste era el resultado de algún tipo de competición, una ocasión que podría dar pie a una lección moral. «Acepta la derrota como un hombre», le había dicho George. Pero, más tarde, al ver que Caleb no quería sentarse a cenar y se dolía solo de pensarlo, le bajó los pantalones. El niño tenía el trasero cubierto de rajas, algunas que aún sangraban y otras magulladas, de color morado. Caleb le refirió el juego que había ideado August, que se llamaba «el señor y el esclavo», y que durante la tarde cada uno había asumido el papel que le correspondía. El dolor no era por las heridas, continuó Caleb, sino por el hecho de que no podía ocultarlas, por si su padre se lo contaba al de August. George tuvo que jurarle que le guardaría el secreto.
De pie en su despacho, George suspiró y le dejó claro a August que sabía que mentía. Su hijo podía atribuirse muchas características, pero la valentía no era una de ellas. Ese comentario fue todo lo que hizo falta para que la actuación de August perdiera lustre; a partir de ahí, se le trababa la lengua, cruzaba las piernas y miraba la hora, desesperado por escapar de allí, pero George no se lo permitía.
No. Su hijo había muerto. Y él merecía saber la verdad sobre lo que había sucedido.
George no había visto a Landry prender el fuego que tenía delante, pero la luz de las llamas se hizo con aquel rincón del bosque y dibujó la silueta del hombre grande, que cogió la liebre despellejada y espetó el cuerpo ensangrentado con la punta de una rama que había limpiado para asarlo. Las nubes se habían abierto y el cielo estaba lleno de estrellas tan claras, tan magníficas, que era como si las hubieran colocado para ellos tres.
—Debería volver a casa —dijo George—. Mi esposa estará preocupada. Si me pudierais echar una mano…, os lo compensaría.
Prentiss ya se había levantado a ayudar.
—O sea, os podríais quedar aquí, si queréis. Una temporada.
—No nos preocupemos por eso todavía —contestó Prentiss.
—Y quizá os pueda ayudar con alguna cosa más.
Sin hacer caso de George, Prentiss lo cogió por debajo del brazo y lo levantó de golpe, antes de que le doliese la cadera.
—Venga, así, despacio.
Caminaron compenetrados entre los árboles y Landry los siguió. Aunque George necesitaba mirar las estrellas para orientarse, a duras penas conseguía echar la vista al frente para no caerse, para no dejarse llevar por el dolor. Apoyó la cabeza en el hueco entre el pecho y el hombro de Prentiss y permitió que él lo mantuviese erguido.
Al cabo de un rato, le preguntó si sabía dónde estaban.
—Si esta tierra es suya, como usted dice, he visto su casa —respondió él—. Es muy bonita, ¿verdad? No está lejos. No está nada lejos.
George se dio cuenta al llegar al claro de hasta qué punto se había agotado. De repente, la noche que momentos antes aún estaba suspendida en el tiempo se desplegó ante él; la realidad se presentó en la forma de su cabaña de madera, que se alzaba ante él, y de la silueta negra de Isabelle, pues no podía ser otra cosa, tallada entre las sombras de la ventana de delante.
—¿Podrá llegar? —le preguntó Prentiss—. Será mejor que a partir de aquí siga usted solo.
—¿No podemos esperar un momento más? —le pidió George.
—Tiene que descansar, señor Walker —arguyó Prentiss—. No debería estar aquí fuera.
—Ya, es cierto. Aun así…
Eso no era propio de él. Debía de ser la deshidratación. Sí, estaba desorientado, un poco confundido, y las lágrimas no eran más que un síntoma del aprieto en el que estaba. Y fueron solo unas pocas.
—No estoy en condiciones. Disculpa.
Prentiss aún lo sujetaba. No lo soltó.
—No he… Es que no se lo he dicho, es por eso —dijo George—. No he sido capaz.
—¿El qué no le ha dicho?
Y George pensó en la imagen con la que August lo había dejado, la de su chico abandonando la trinchera que había ayudado a construir, presa del pánico hasta el punto de ensuciarse los pantalones, acobardarse y echar a correr hacia la línea unionista como si fuesen a apiadarse de sus gritos de terror, como si fuesen a verlo a través del humo denso y aceptar su rendición en lugar de matarlo a tiros como al resto. Se le ocurrió que quizá Caleb hubiera heredado de él alguna deficiencia. Al fin y al cabo, ¿quién era más cobarde? ¿El chico por morir sin coraje o George por no ser capaz de decirle a la madre del chico que no volvería a ver a su hijo?
—Nada —contestó George—. He estado solo durante periodos tan largos que a veces hablo solo.
Prentiss asintió con la cabeza, como si sus palabras encerrasen algún razonamiento.
—Sobre ese animal del que me hablaba, el señor Morton me enseñó algún que otro truco con los años. A lo mejor mañana puedo echarle una mano y lo buscamos.
Se compadecía de él. George, consciente de la paradoja implícita en el hecho de que un hombre que vivía con tan poco fuese caritativo con él, se enderezó y aprovechó la poca energía que le quedaba para recuperar la compostura.
—No hace falta.
Miró a Prentiss de arriba abajo, pensando que quizá esa sería la última vez que se verían.
—Agradezco mucho la ayuda, Prentiss. Eres un buen hombre. Buenas noches.
—Buenas noches, señor Walker.
George renqueó hasta los escalones; el frío ya se le iba de los huesos incluso antes de que se abriese la puerta y el calor del fuego lo alcanzase. Durante un instante mínimo, antes de entrar, volvió a mirar hacia el bosque: oscuro, en silencio y carente de vida. Como si allí no hubiera nada.
El amor de George por la cocina era una de sus muchas excentricidades. Isabelle había intentado hacerse con el papel de cocinera al inicio del matrimonio, pero la opinión de su marido sobre la preparación de un jamón asado no difería de sus ideas sobre la búsqueda de una seta, la construcción de un columpio en un árbol: era un proceso refinado, específico, y lo ejecutaba con concisión una y otra vez. Sentada a la mesa a la hora del desayuno, Isabelle observaba sus hábitos con una mezcla de fascinación y deleite. Eran costumbres que él había perfeccionado con el tiempo, desde que era soltero: cascar un huevo era cuestión de una sola mano, un movimiento suave del pulgar, un gesto bastante femenino con el que partía la cáscara en dos; para engrasar la sartén caliente usaba un pedazo de más de medio centímetro de mantequilla que repartía por toda la base con movimientos semicirculares hasta que burbujeaba y desaparecía.
Se sentía más satisfecho cocinando que comiendo, y esto último le parecía un mero trámite que superar. En la mesa se dirigían pocas palabras. Sin embargo, esa mañana era distinta. Por algún motivo, George se había levantado antes que Isabelle, algo que era un logro en sí mismo teniendo en cuenta lo tarde que había vuelto de por ahí. Y, al bajar la escalera, Isabelle lo encontró sentado a la mesa, contemplando la pared como si la madera llena de astillas fuese a levantarse y proseguir con su día.
—¿Te apetece desayunar? —le preguntó ella.
George no tenía ninguna expresión en el rostro. Nunca había sido apuesto, ya que el equilibrio que tenía que ver con la fisionomía de la belleza lo eludía. Tenía la nariz grande, los ojos pequeños, y el pelo le formaba un anillo que parecía una corona de laureles bien colocada; su vientre tenía la rotundidad tersa del de una mujer embarazada y siempre estaba bien guardado a la altura de la cintura, entre los tirantes.
—Podría hacer unas tortitas —dijo Isabelle.
George por fin reparó en ella.
—Vale, si no es molestia.
Cuando Isabelle estuvo delante de los fogones preparando la masa, tuvo la sensación de que había olvidado el procedimiento. Lo recreó de memoria, no por haberlas cocinado ella, por supuesto, sino por haber observado a su marido durante más de un cuarto de siglo. La cabaña era modesta, de dos pisos, y la escalera estaba en el centro de la vivienda. Desde la cocina veía a George sentado en el comedor, pero, cada vez que él se movía, quedaba oculto por los peldaños y luego reaparecía.
—¿Quieres que prepare más de lo habitual? —le preguntó desde la cocina—. Debes de estar hambriento de anoche.
Ese sería el único intento de obtener una explicación. No era cuestión de que él no tolerase los interrogatorios (le daban bastante igual), sino que indagar más casi nunca conducía a más descubrimientos. Isabelle había aprendido a ahorrarse las palabras.
—¿La encontraste? —le preguntó para acabar—. A la criatura. Me imagino que saliste a buscarla.
—Se me escapó —respondió él—. Tuve muy mala suerte.
Las tortitas chisporroteaban, las burbujas de la masa se abrían y se cerraban como un pez intentando respirar fuera del agua. George ya les habría dado la vuelta. Pero ella las dejó tal cual, a modo de experimento.
Llevó dos platos a la mesa y regresó al cabo de un momento con dos cafés. Comían con cierto ritmo. Uno daba un bocado y después lo daba el otro, y eran esos pequeños reconocimientos, igual que cuando se turnaban para respirar hondo mientras se dormían, los que hacían que las pinceladas de su matrimonio se fundiesen día tras día, noche tras noche, y produjeran un retrato que era gratificante, pero tan difícil de interpretar que resultaba exasperante.
Cuando George había vuelto a casa la noche anterior, tenía un rubor tan intenso en la cara y temblaba tanto que Isabelle no había sabido si bañarlo con un trapo mojado o meterlo en la cama. Las molestias de la cadera lo hacían tambalearse a cada paso, pero él había subido los peldaños muriéndose del dolor, sin aceptar ninguna ayuda. Apenas era capaz de pronunciar una frase, mucho menos de explicar su ausencia, y se había dormido tan rápido que Isabelle se preguntó si ya estaba antes sumido en un estado de somnolencia y su cuerpo lo había llevado adonde tenía que estar durante la noche. Ella era consciente de que, aparte de mencionar de pasada que le interesaba seguirle el rastro a una bestia misteriosa (la misma que había buscado con su padre años antes en una aventura compartida, la misma bestia que ella nunca había visto), el hombre estaba decidido a no compartir con nadie los secretos de esas noches. Cosa que la irritaría aún más de no ser porque ella tenía su propio secreto.
No porque quisiera tener secretos. Casi no recordaba ocasiones en las que le hubiera ocultado algo a George, pero el silencio estaba siendo una carga tan pesada que a ratos le costaba respirar.
—¿Qué tal la fiesta? —le preguntó George sin apartar la mirada del plato.
—Igual de tediosa que las últimas. Katrina se marchó después del té y yo me fui con ella. Solo hablan de quién ha vuelto o de los rumores sobre quién podría volver, y yo no lo soporto. Tratan el hecho de que el bando contrario capture a sus hijos y los mande a casa para intercambiarlos por otros prisioneros con la misma satisfacción que una victoria en una partida de Corazones. Y justamente por eso dejé de jugar a ese juego de cartas. Me parece bien que ganen, pero la posibilidad de perder yo…
—Hay que perder con elegancia, Isabelle —dijo George entre bocado y bocado.
—En este caso no.
Al oírlo, él enarcó las cejas.
—No me parece que las cartas sean distintas de cualquier otro tipo de competición.
—A lo mejor no hablo de cartas.
Él encogió los hombros a modo de respuesta, como si no hubiera entendido ni una palabra de lo que le decía. Isabelle se dio cuenta de que estaba enfrascado en sus pensamientos, así que se volvió hacia la ventana y contempló el camino que conducía a la carretera hacia el pueblo. No tenía buena mano con las plantas, pero eso no le había impedido plantar los arbustos feos y bajos que flanqueaban el camino. A un lado se levantaba el viejo granero, donde todavía estaban las herramientas de cultivo que había almacenado el padre de George y por las que él no se interesaba. Y detrás, oculta a las miradas ajenas, se extendía la cuerda de tender la ropa, que en ese momento estaba desnuda: un simple trazo blanco delineado en el rocío de la mañana. Era justo allí donde había nacido su secreto, y solo de pensarlo se sonrojó.
Se le cayó el tenedor en el plato.
—Esto no me gusta, George —le dijo—. No me gusta. No sé cómo decírtelo, pero… creo que no hemos sido sinceros el uno con el otro. Que desaparezcas durante horas como hiciste ayer, que me dejes quemar las tortitas sin decir nada…
Él levantó la vista de la comida y dejó el tenedor en el plato.
—Bueno, huelga decir que les has dado la vuelta demasiado tarde.
Ella negó con aire desafiante.
—Es una cuestión de gustos, cosa que ahora no viene al caso. Tanto si quieres contarme qué hacías tan tarde por ahí como si no, yo no aguanto más sin compartir las cosas que tengo en la cabeza.
Él estaba a punto de decir algo, pero Isabelle carraspeó y prosiguió con una declaración que le salió en voz tan baja que era casi un susurro.
—Tendí la ropa la mañana después de que lloviese y, esa misma noche, un hombre intentó robarte unos calcetines.
—¿Unos calcetines míos, dices?
—Eso digo. Los grises que te tejí.
Por fin contaba con la atención de su marido.
—¿Quién haría algo así?
Entonces ella le relató parte del asunto. Que fue a recoger la ropa antes de que se pusiera el sol, la sensación de estar acompañada y pensar que era George, pensar que lo olía a él cuando en realidad era el olor de su ropa.
—Estuve a punto de gritar, pero, cuando lo vi, como él estaba muchísimo más asustado que yo, sentí otra cosa. Compasión, supongo.
—¿Y esto ocurrió ayer?
—Han sido dos ocasiones —respondió Isabelle.
Ahora era ella la que contemplaba el plato, incapaz de mirar a George a los ojos.
—Debería habértelo contado entonces. El hombre estaba escondido detrás del granero. Cuando salió de allí para huir, nos miramos. Era alto. Un negro…
Levantó la mirada y vio que George la observaba con poco más que una ligera curiosidad. Tras ese exterior imperturbable, había un hombre que siempre había agradecido algún que otro chismorreo, todo lo escandaloso y extraño, y la consternó que no estuviera más interesado en la historia.
—Y estaba muy perdido. No solo en el sentido físico. No es algo que se pueda describir con exactitud. Era evidente que él deseaba estar allí, delante de mí, mucho menos de lo que yo quería que estuviese, y, tan pronto como apareció, desapareció.
Isabelle se había callado algunos de los sentimientos. Sobre todo, la mera emoción que le había supuesto la presencia de ese hombre durante el primer encuentro. Casi podía contar las veces que durante su vida adulta se habían presentado oportunidades emocionantes, y no cabía duda de que esa era la más apremiante de todas. En ese momento preciso no había sentido nada más que miedo y, sin embargo, se le antojaba un regalo inesperado más que una amenaza. Después de la primera ocasión, Isabelle había pensado en ello en la cama, al lado de George, y por la mañana aún lo tenía en la cabeza. La imagen del hombre, de la mandíbula inferior casi dislocada, como el cajón de debajo de una cómoda cuando alguien lo deja sin cerrar; la manera desgarbada de encorvar esos hombros tan anchos.
Se dijo a sí misma que el hombre podría ser peligroso, que preocuparse por si volvía era razonable solo si tenía en cuenta lo que podía hacer en el futuro. Así que, mientras George se echaba una siesta en el porche de atrás o se iba al bosque, no era extraño que ella le prestase tanta atención a la cuerda de tender la ropa. Y, sin embargo, la ausencia de sombras de intrusos por la noche la desilusionaba en lugar de tranquilizarla. A raíz de aquello, vigiló la propiedad con más ahínco y esperó a que reapareciese como si el misterio que lo envolvía fuese a descubrirle a Isabelle algo oculto sobre sí misma. Ojalá él pudiera regresar para divulgarlo.
Que volviese dos días más tarde, como si ella lo hubiera invocado a fuerza de desearlo, había sido una mala sorpresa, algo que creía que solo sucedería en las maquinaciones de su imaginación. Isabelle lo vio antes que él a ella, ya que estaba absorto en su propia sombra; sus movimientos eran tan deliberados que parecían los de un niño pequeño. Ella lo observó desde la seguridad de su casa, sabiendo que podía llamar a George en cualquier momento porque estaba arriba, en su despacho, y él se ocuparía del asunto. Sin embargo, Isabelle no tardó en acercarse a la puerta de atrás y, con solo girar el pomo, ya estaba en el porche, vigilando mientras el hombre inspeccionaba de nuevo la ropa tendida.
Había pocas cosas que asustasen a Isabelle. Una vez, cuando era pequeña, su hermano Silas había intentado atemorizarla con historias de fantasmas cuando la luna entraba por la ventana y zarcillos de su luz suave atravesaban la oscuridad. Eran las historias que su padre le había contado a condición de que no las compartiera con ella, las que eran solo para los hombres de la familia y para que él se las narrara en el futuro a sus hijos varones. Cuando Silas iba por el ecuador del relato de sangre y muerte, ella había reaccionado con tanta tranquilidad, con un escepticismo tan hiriente formulado en su silencio, que a su hermano se le había trabado la lengua y se había callado. No había sido el último chico en poner a prueba su valentía; ella no pensaba dejarse intimidar por el hombre del granero aunque, de un modo u otro, la vez anterior se las hubiera apañado para inquietarla.
Se levantó el vestido para protegerlo de la hierba triguera y se acercó tan deprisa que él casi no tuvo tiempo de reaccionar. De lo primero de lo que se dio cuenta al plantarse delante de él fue de que tenía las uñas negras de toda la suciedad que se le había incrustado debajo. Él estiró un brazo hacia la cuerda, cogió uno de los calcetines de George, luego el otro y se volvió hacia ella. Isabelle no sabía qué decir. El hombre no salió corriendo. Ni siquiera se movió. Su mirada expresaba muy poco; se aferraba a los calcetines como si fueran su única posesión, suyos para siempre.
—Si me lo permites, ¿qué haces?
No dijo nada.
—¿De dónde vienes?
Su boca, abierta a perpetuidad pero vacía de palabras, le resultaba frustrante.
—Di algo —le suplicó—. Tienes que hablar.
Pero, si el motivo de su primera aparición no estaba claro, lo que hacía en ese momento era tan evidente que no precisaba explicaciones. Aún no se le había secado la ropa tras el chaparrón de la noche anterior y llevaba un calzado de cuero tan oscuro de la humedad y tan desgastado que parecía que le hubieran metido los zapatos en un horno y hubieran fabricado ese desastre con los restos chamuscados. Qué duda cabía de que, para un hombre en esas circunstancias, no había nada más atractivo que un par de calcetines secos.
Isabelle se soltó el vestido y el borde rozó la hierba.
—Vaya, debe de haberte pillado la tormenta.
La simplicidad de ese hecho se le echó encima al mismo tiempo que sentía una oleada de vergüenza; se preguntó cómo había acabado en una situación tan poco digna como estar sola en presencia de ese hombre. Recordaba una época en la que su vida estaba cosida como un corsé bien atado: su marido y su hijo, los lazos que sujetaban las costillas de una activa vida social, las relaciones que había cultivado desde que se había casado y se había mudado a Old Ox. Sin embargo, a lo largo del último año, desde que Caleb se había alistado, se le había desabrochado el corsé y ahora se sentía desnuda ante aquel desconocido, desilusionada no por su silencio, sino por las estúpidas expectativas que había puesto en él.
—Por favor —le dijo—. Márchate. Puedes llevártelos. No me importa.
Él parpadeó una vez, miró los calcetines y, a continuación, volvió a tenderlos en su sitio como si, tras haberlos examinado mejor, no estuviesen a la altura.
—¿No me has oído? —dijo ella—. Te he dicho que te los lleves.
Se quedó quieto mientras contemplaba con cierta satisfacción el trabajo que había hecho y, como si nada, dio media vuelta para dirigirse al bosque sin ni siquiera mirarla.
—¿Adónde vas ahora? —le preguntó ella a la espalda en voz más alta—. Podría volver a llover. Vuelve, hombre. Vas a pillar algo. ¿Por qué no me haces caso?
Él siguió andando con pesadez, con un vaivén acompasado en los hombros, hasta que lo envolvió la oscuridad y se perdió entre los árboles. Sin que nadie la oyese ni la viese, Isabelle se quedó allí unos minutos, mecida por el viento que se le colaba bajo el vestido. La colada ondeaba a su lado. Aún intentaba tragarse la vergüenza cuando volvió a la cabaña.
Y, desayunando al lado de George, lo único que había compartido con él de toda la escena habían sido las acciones del desconocido, su silencio y su partida repentina.
—Lo ahuyenté —dijo a modo de resumen mientras recogía los platos—. Se fue en un abrir y cerrar de ojos. No estoy segura de que no vaya a volver. Y no quería preocuparte, pero he pensado que era mejor contártelo.
Se apresuró a la cocina; quería que George dijera algo, cualquier cosa que le permitiese dejar ese recuerdo atrás.
—Creo que conozco a ese hombre —dijo George, y se limpió la boca con la servilleta—. Has dicho que no te dijo nada.
—Ni una palabra.
—Entonces sí. Y, por lo que sé, es del todo inofensivo. No tienes que preocuparte por él.
—En ese caso, no me preocupo.
Tenía preguntas. Siempre había preguntas. Pero le daba igual si George había conocido al hombre de verdad o no, cómo había sido, porque su despreocupación tuvo el efecto inmediato de un bálsamo. Con qué facilidad su marido dejaba atrás el pasado y le quitaba importancia a las preocupaciones que la atenazaban. Si George alguna vez carecía de cierta calidez, cosa que sucedía a menudo, su capacidad infatigable de devolverla a puerto cuando se adentraba en un mar picado era una ventaja que compensaba con creces lo demás. Nadie era más fiable que él y, si ese no era el acto de compasión definitivo, Isabelle no sabía cuál lo sería.
—Me alegro de haberlo mencionado —dijo—, ahora puedo olvidarme del tema.
Sin embargo, su marido tenía el mismo aspecto de antes, como si se hubiera hecho cargo de su sentimiento de culpa. Isabelle se lo veía en los hombros encorvados, en las mejillas huecas. Entonces, en ese preciso instante, se dio cuenta del dolor con el que cargaba. Cuando George se volvió a hablar con ella, lo hizo con una mirada tan afligida y tan debilitante que habría paralizado a un hombre menos fuerte que él.
—Yo también tengo que decirte una cosa. Y quiero disculparme por no habértelo dicho ayer, pero no sabía cómo hacerlo. Todavía no sé. Isabelle… —dijo, y flaqueó.
«Ese tono.» No estaba segura de la última vez que lo había oído. Tal vez en la timidez casi trágica con la que había pedido la aprobación de su padre y su mano para casarse con ella, sin saber que estaba sentada en el carruaje, justo delante de ellos. O quizá años después, cuando asomó la cabeza en el dormitorio para preguntarle a la comadrona si Caleb había nacido por fin, como si los lloros del niño no fuesen suficiente prueba. Isabelle cayó en que no era distancia lo que había notado esa mañana, sino nerviosismo. Y, antes de que pronunciase una palabra más, supo que no le perdonaría lo que fuera que le hubiese ocultado. Tuvo el impulso de echar a correr, pero se le habían pegado los pies al suelo. Cuando él acabó de hablar y cerró la boca, el plato que Isabelle tenía en la mano se había secado con el aire de la mañana; consiguió apoyarlo, como si fuese mejor que las lágrimas cayesen al suelo en lugar de manchar algo que ella acababa de limpiar.
Prentiss tenía los pies de su hermano en el regazo. Le presionaba los dedos uno a uno, después la suela, luego el talón, y le hincaba los pulgares en el pie izquierdo con tanta fuerza que a Landry se le quedaba la carne blanca hasta que la sangre le devolvía su color. Landry estaba tendido en el lecho del bosque con la cabeza apoyada en un tronco. Contemplaba el horizonte.
—Tú siempre estás intentando colarme alguna, ¿verdad? —le dijo Prentiss.
Landry gruñó, aunque por el sonido era más producto del deleite que de cualquier otra cosa.
—Te has comido los restos del conejo como si estuvieran a punto de echar a correr. Como si yo no fuese a darme cuenta, tonto de mí.
Prentiss llegó al puente del pie y Landry bajó la vista como para aprender la técnica de su hermano, pero después volvió a mirar el sol, que aún despuntaba.
—Pues no tenemos más comida; puede que tú me hayas robado unas migajas, pero no pasamos de esta tarde sin poner otra trampa.
Landry permaneció en silencio, un acto que para ese hombre no tenía nada que ver con hablar, sino más bien con sus sentidos, con la manera en que existía. Siempre se comportaba así cuando su hermano le masajeaba los pies. Prentiss notaba que relajaba el cuerpo hasta llegar a un estado próximo al sueño, que respiraba cada vez más despacio y dejaba caer los hombros; era un modelo de cómo aceptar el placer, cómo perderse en las sensaciones.
Era una tradición que les venía de las cabañas, de cuando eran niños y Landry seguía entero. Se sentaban cara a cara, cada uno en su jergón, y, mucho después de que su madre hubiese apagado la vela de sebo, uno estaría masajeándole los pies al otro en preparación para el día siguiente en el campo. Prentiss se acordaba de la vez que el señor Morton había intentado engañarlos prometiéndole un par de guantes al que más algodón recogiese: un gesto que ellos sabían que era vano y que mostraba a la perfección lo poco que los conocía. Las manos se endurecían rápido con el dolor de la recogida, mientras que los pies, por muy protegidos que estuvieran, siempre encontraban la manera de doler después de tantas horas soportando el peso de un cuerpo destrozado.
En la finca del señor Morton habían trabajado juntos; habían dejado atrás la única vida que conocían y, a menudo, pensaban al unísono, como si fueran un mismo ser. Así que, cuando Prentiss se levantó, no le sorprendió que su hermano ya estuviera de pie, a pesar de que ninguno de los dos hubiera dicho ni una palabra al hacerlo.
Landry fue a coger la cuerda que habían usado para atrapar la liebre, pero Prentiss le puso la mano en el hombro.
—Deja eso. Ya va siendo hora de que vayamos al campamento a ver a nuestra gente.
Su hermano echó un vistazo pausado a ese hogar improvisado.
—No será para siempre —lo tranquilizó Prentiss—. Conseguiremos algo de comer y volveremos antes de que se ponga el sol.
Había sitios y sonidos que reconfortaban a Landry, y era reacio a todo lo que quedaba fuera de esa esfera de lo conocido. Una semana antes, lo mismo podía haberse dicho de ese bosque: plantados ante él, con las cabañas que siempre habían sido su casa detrás, un mundo desconocido por delante y sus pocas posesiones atadas a la espalda, los hermanos se habían enfrentado a un misterio silencioso e inquietante. Para Landry, un solo paso adelante se convirtió en algo imposible. Tenía los pies como enterrados y negaba con la cabeza, hasta que al final, después de que Prentiss pasase una hora entera suplicándoselo, dio una zancada por voluntad propia, como si el acto de continuar precisase una cantidad exacta de valentía que no había recabado hasta ese momento.
Prentiss se temía que el trayecto hasta el campamento sería igual. Se aseguró de haber dejado atrás el Palacio de Su Majestad un tiempo antes de salir a la carretera, pues no quería ver a su antiguo amo ni a los que habían escogido quedarse con él.
¿De verdad había pasado solo una semana? Qué extraña había sido esa mañana. Habían oído rumores que decían que los soldados de la Unión se acercaban, susurros que no eran distintos de otros muchos que habían circulado entre las cabañas durante años desde el día en que había empezado la guerra. A Prentiss la mera idea de una emancipación auténtica siempre le había parecido tan fantasiosa que, de producirse, esperaba que la proclamasen con una fanfarria, hileras de hombres que se presentasen en el Palacio de Su Majestad sin avisar y marchando al unísono, como si fueran ángeles dispuestos a servir las aspiraciones de Dios. Cuando por fin tuvo lugar, acudieron un puñado de jóvenes con uniformes azules tan harapientos como la ropa que llevaban Prentiss y Landry. Bajaron por el camino y los hicieron salir de las cabañas; el amo Morton apareció a la vez, aún en pijama, más desprotegido de lo que Prentiss lo había visto nunca. Morton les suplicó comprensión a los soldados e insistió en que los esclavos querían permanecer a su cargo, pero no le hicieron caso y anunciaron que todos los hombres, mujeres y niños con un vínculo de servidumbre eran libres de irse si querían.
El amo Morton alegó que eran criaturas desamparadas y les rogó una vez más que reconociesen ese hecho, a pesar de que era evidente para todos los presentes que el que quedaba desamparado era él, puesto que se comportaba peor que un niño que acabase de quedarse huérfano de madre. Aun así, al principio no se movió ni uno. Fue Prentiss el que se bajó del peldaño de su cabaña y se acercó a uno de los soldados, un blanco de rostro pueril que debía de ser incluso más joven que él y no disimulaba que esa finca le importaba tan poco como la siguiente, donde Prentiss sospechaba que enseguida repetiría el anuncio con el mismo tono monótono.
—¿Cuándo podemos irnos? —le preguntó.
Lo hizo en voz muy baja para que Morton no lo oyese, pues ¿qué pasaba si había gato encerrado y a cualquiera que se dignase a preguntar lo esperara un castigo?
No había oído palabras más valiosas que las que le dijo el chico a continuación:
—Cuando os apetezca, supongo.
Prentiss se volvió hacia Landry sin pensarlo dos veces; su vida ya podía comenzar, y había llegado la hora de urdir la trama como a ellos les pareciese mejor. El temblor de la mandíbula y la manera en que Landry asintió con la cabeza le indicaron que estaba del todo de acuerdo.
Entrar en el bosque había sido una expedición en sí misma, y ahora que lo dejaban atrás, sus sonidos se atenuaron y se fundieron en el silencio; de vez en cuando aparecía algún carruaje que enseguida los adelantaba. Hacían el camino sin prisa, paso a paso, y la tierra llenaba los agujeros sin remendar de sus zapatos. Todas las casas que veían eran o bien más impresionantes que el Palacio de Su Majestad, o bien menos, pero todas eran notables y todas eran blancas.
—¿Crees que esa te gustaría? —preguntó Prentiss.
Sin embargo, Landry mantenía la vista fija en la carretera. En la veranda de la casa que tenían delante había espacio suficiente para un grupo grande de personas. Debajo de todas las columnas de la fachada delantera había unos arbustos pequeños de color azul con una separación entre ellos.
—A mí tampoco me gusta mucho, no más que las demás —continuó Prentiss—. Demasiado sitio, ¿no? ¿Cómo se explica que te puedas perder en tu propia casa? Tú me dirás.
La cuestión ya se le había pasado por la cabeza, pero, dado que era la primera vez que veía casas que no fuesen el Palacio de Su Majestad o las más cercanas, no se había percatado hasta entonces de que la epidemia de excesos que afectaba a su anterior propietario aquejaba a la población entera.
No llevaban nada encima. Se cruzaron con más bueyes que hombres; no obstante, era como si alguien vigilase cada paso que daban, igual que había pasado casi siempre hasta entonces. Cuanto más lejos iban, más real les parecía: a cada paso se confirmaba su libertad.
—Míranos —dijo Prentiss—. Viajando por el mundo. Viendo el paisaje. ¿Qué te parece?
Le dio a su hermano un toque con el codo en las costillas. Con las adulaciones solo consiguió que llegaran hasta la señal con el nombre de Old Ox. Landry se detuvo como si hubiera chocado contra una pared. De pronto, el runrún de ruidos e imágenes: los gemidos del ganado escondido en establos que desde allí no veían, los chillidos de niños peleándose, un hombre que escupía los jugos de mascar de forma indiscriminada desde el porche. Prentiss lo experimentó todo a la vez, lo percibió como debía de percibirlo su hermano y supo que tenían por delante una tarea difícil.
—Es un paso como cualquier otro —le dijo.
Landry lo miró con ojos severos, como queriendo decir algo.
—De acuerdo —respondió Prentiss—. De acuerdo.
No pensaba obligar a su hermano a entrar en ningún pueblo, igual que no lo había obligado a adentrarse en el bosque. En su vida los habían forzado a hacer tantas cosas que le parecía correcto que todas las decisiones fuesen valiosas: suyas para tomarlas por sí mismos.
—Te quiero preguntar algo: ¿por qué atravesar el pueblo cuando puedes rodearlo? ¿No dirías tú lo mismo?
Landry lo miró de nuevo. Se ladeó un poco, acomodó la postura, levantó las puntas de los pies del suelo como preludio de un arreglo aceptable, y Prentiss no necesitó más para reemprender el paso sabiendo que su hermano caminaría a su lado.
El bosque rodeaba el pueblo muy de cerca, lo que hacía más fácil maniobrar a su alrededor sin llamar la atención, aunque tampoco nadie quería reparar en ellos. Se limitaron a pasar por detrás de los edificios. Al otro lado de una verja vieron un caldero borboteante de pedazos de cerdo hirviendo, tan grande que, de haberlo querido, alguien podría haberse dado un baño dentro. Del interior de la casa salían voces y Prentiss supuso que eran hombres hambrientos. En otro patio trasero había una mujer que usaba un pincel para limpiar los reposabrazos de un sillón; lo pasaba con mucho cuidado, como si los pintase. Después, Prentiss dejó de fijarse. Tenía la ropa húmeda del sudor y se dio cuenta de que caminaba muy deprisa, como si algo los persiguiese y estuviera a punto de alcanzarlos. Nunca había visto a personas de ese modo y sin su permiso, no había avistado a la gente normal ocupándose de sus asuntos en privado y, de inmediato, le pareció una circunstancia peligrosa.
—Ya casi estamos —dijo.
Sin embargo, no tenía ni idea de si era cierto, ya que los rumores de que había un campamento situado al otro extremo de Old Ox no eran para él más que eso. Las palabras eran no tanto para Landry como para sí mismo, un acicate de confianza, una costumbre adquirida en una vida en la que a su único compañero no le sobraban palabras ni confianza.
Prentiss no le tenía en cuenta las debilidades a su hermano: las anomalías de Landry eran los cimientos de su fortaleza, ya que, si bien era propenso a atascarse en un sitio, en cambio nunca se desviaba del camino. Landry iba adonde se esperaba que fuese; el hecho de que una persona estuviera dispuesta a seguir adelante o a enfrentarse cara a cara con su miedo sin parpadear, por mucho que a veces eso lo obligase a no moverse del sitio, no estaba exento de valentía. Era un principio que llevaba grabado desde su nacimiento del mismo modo que llevaba grabado el gusto por la comida, y eso no había servido más que para complicar el día que se enfrentó a su destino.
Había sido mucho tiempo antes, en una época en la que no habían crecido del todo pero tampoco eran niños; cuando tenían el torso estrecho y las piernas largas; cuando eran pequeños como para que su madre estuviera detrás de ellos casi tanto como el capataz y grandes como para que tuvieran que recoger en un día lo mismo que los adultos. Una mañana concreta tuvieron que formar delante de las cabañas, cosa que no era extraña, ya que todas las mañanas formaban para el recuento, y el lugar donde cada uno ponía los pies estaba tan marcado en la tierra que las huellas permanecían hasta el día siguiente. Un momento bastó para que se percataran de la ausencia en la cabaña de delante: donde se suponía que debían estar Little James y Esther no había nada. Ese cambio en la rutina le produjo a Prentiss un sufrimiento silencioso que nunca había sentido. Pensó que el corazón había dejado de caberle en el pecho. Se suponía que debía mantener la vista al frente, pero el instinto le hacía mirar a cualquier otra parte con la esperanza de que sus vecinos apareciesen detrás de la ropa tendida o que saltasen de la copa de un sauce antes de que el señor Cooley se presentase y determinase la pérdida.
Pero el señor Cooley había aparecido de la nada. Se detuvo delante de la cabaña, pero no desmontó. Se limitó a quitarse el sombrero, estudiar a todas las personas que tenía delante y preguntar sin rodeos adónde se habían ido esos dos. No hubo respuesta.
—Quedaos donde estáis —ordenó.
Dio media vuelta con el caballo y echó a galopar hacia el Palacio de Su Majestad.
—No quiero oíros decir ni una palabra —les susurró su madre.
Les puso una mano en el hombro a cada uno; estaba de pie entre ambos, como un escudo.
Nadie se atrevía a moverse cuando el señor Cooley regresó con el señor Morton. Se colocaron con la espalda bien erguida delante del grupo, y el señor Morton se apartó el pelo de los ojos y respiró por la boca.
—No tardaré en empezar a sentir el calor —dijo—. Y el señor Cooley puede deciros que nunca me ha sentado muy bien.
—No le sienta bien —corroboró el señor Cooley.
—¿Por qué creéis que no bajo a los campos? ¿No creéis que me iría bien la compañía? No, veréis: es que soy un hombre de sangre caliente por naturaleza y que me lleve el diablo si lo que quiero es que se me caliente aún más. Cuando pega el sol, me mareo un poco. Nada me cae bien al estómago.
—Nada.
—Señor Cooley —el señor Morton estiró el brazo para hacerlo callar—, dígame antes de que empiece a notar el calor en la espalda adónde han ido ese par, porque, si no, me voy a poner de mal humor, y si se me estropea el día a estas horas, como vosotros sois todos criaturas muy compasivas, supongo que lo pasaréis tan mal como yo.
Al ver que nadie respondía, el señor Morton continuó su perorata. Sin Little James y Esther, dijo, el valor de la producción sufriría pérdidas que se sumarían a la pérdida acumulada por la falta de dos esclavos. Y ¿por qué debería él, un hombre que no le hacía mal a nadie, un hombre piadoso y honesto, cargar con las consecuencias de la insubordinación imprudente de dos personas a las que había vestido y alimentado tal como estaba mandado? Así pues, si nadie estaba dispuesto a decirle dónde podían encontrar a Little James y a Esther, escogería a un esclavo, y ese esclavo al final de cada mes recibiría los azotes que les correspondiesen a todos los demás. Morton llevaría la cuenta de todas las faltas, que se cobraría solo de su espalda, y, si había alguien dispuesto a ser el mártir y asumía esa responsabilidad, aceptaba propuestas de voluntarios.
—Venga, adelante. —Los miró uno a uno—. Me vale cualquiera.
Landry no dio un paso adelante. Lo único que hizo fue echarse mano a un picor que tenía en el brazo. Prentiss nunca supo con certeza si era consciente de lo que había hecho. Solo recordaba que su hermano contemplaba la nube de moscas que había delante de la cabaña con la mente en otra parte, tal como acostumbraba.
—¡Ya tengo a mi hombre! —dijo el señor Morton.
Eso sorprendió incluso al señor Cooley, un capataz igual de estúpido pero solo la mitad de cruel.
Prentiss no se atrevió a mirar a su madre mientras ella suplicaba y tampoco a Landry; cargaría para siempre con la culpa de no haberse presentado voluntario para salvar a la única persona del mundo a la que había tenido que proteger.
Todos los meses, el señor Morton supervisaba los latigazos como si fueran una ocasión especial; se administraban porque la señora Etty se hubiera despertado tarde o porque Lawson tardase demasiado en recoger su hilera. Después de la paliza en la que le partieron la mandíbula, el chico tardó apenas unos meses en dejar de utilizar las pocas palabras que decía. Su madre contaba que, en su día, Landry había estado entero, después lo habían partido por la mitad y al final lo habían hecho tantos pedazos que era imposible recomponer al hijo que había conocido como suyo.
El único cuartel que el señor Morton le daba a Landry era no ofenderse cuando no decía nada en respuesta a su llamada. «No me lo tomo como falta de respeto —decía el señor Morton en voz alta para que lo oyesen todos—. A veces me gustaría que los demás aprendiesen a amar el silencio tanto como tú, Landry. Me gustaría. Y mucho.»
El único placer que les quedaba a los demás era la cabaña abandonada que se mofaba del señor Morton siempre que él los visitaba: la humillación de la pérdida, a la vista de todos. Era como si con cada azotaina pensase que Little James y Esther fuesen a reaparecer. A Prentiss le infundía cierta calma y satisfacción imaginárselos muy lejos, ausentes para siempre, pensar que jamás oirían los gritos de Landry ni volverían para darle al señor Morton la paz que buscaba con tanta obstinación.
Cuando ya habían pasado Old Ox de largo, no les costó encontrar el campamento, ya que solo había que seguir el rastro de cuerpos. Se acumulaban a lo largo de la carretera: unos cuantos bajo la cubierta que ofrecían las hojas amplias de los manzanos silvestres que había por allí, otros con la basura del pueblo; constituían una colección de hombres y mujeres que dormían tras toda una vida de trabajo. Más adelante había una bifurcación hacia una carretera improvisada, un camino de lodo encharcado que se había formado con las pisadas de los que pasaban por allí. Durante unos metros estuvieron rodeados de matas densas de colas de caballo. Y entonces, a lo largo del riachuelo que atravesaba el pueblo, el sendero se abría a una extensión de tiendas y de gente que aparecía de la nada. Un pueblo sin edificios ni señales ni nombre.
—Diría que es aquí —dijo Prentiss.
Al principio no les prestaron mucha atención. Hileras de tiendas, la mayoría hechas con poco más que mantas unidas, una al lado de la otra. Niños que jugaban descalzos entre los árboles mientras sus padres dormían o charlaban con los demás.
Cuando los hermanos avanzaron, los siguieron miradas ansiosas, pero enseguida se desviaban. No había hostilidad alguna, sino más bien una mansedumbre colectiva que Prentiss reconocía de haberla experimentado en sus propias carnes. Esa era su nueva vida. El trabajo había sido sustituido por un ocio sin objetivos o por la búsqueda de comida, como si fueran animales. Eran rostros desconocidos. Prentiss pensó en vocear algunos nombres, pero no quería llamar la atención.
—¿Qué tenéis? —preguntó una voz desde una tienda que había allí al lado.
