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En los confines oscuros de un reino en decadencia, Lira, la única heredera de Vincenia, despierta en una perpetua oscuridad. Encerrada en un foso subterráneo por orden de Doprico, el usurpador, la existencia de Lira se reduce a los recuerdos de un pasado lleno de lujos, además de la fantasía, donde encuentra un santuario. Aislada del mundo exterior, Lira se aferra a pequeños rituales, recibiendo atisbos del mundo a través de un sistema de poleas. El periódico la lleva a soñar con un líder rebelde, el único rayo de esperanza que le queda. Una profunda exploración de la memoria, la fuerza de voluntad y la lucha por reconocerse en medio de la desgracia. Acompaña a Lira en este viaje único, lleno de melancólica ilusión.
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Seitenzahl: 221
Veröffentlichungsjahr: 2024
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© La duquesa cautiva
Sello: Tricéfalo
Primera edición digital: Septiembre 2024
© Aparicio N. Frictenns
Director editorial: Aldo Berríos
Ilustración de portada: Camilo Palma
Corrección de textos: Gonzalo León
Diagramación digital: Marcela Bruna
Diseño de portada: Marcela Bruna
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© Áurea Ediciones
Providencia 2594, local 417, Providencia, Chile
www.aureaediciones.cl
ISBN impreso: 978-956-6386-12-4
ISBN digital: 978-956-6386-48-3
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Este libro no podrá ser reproducido, ni total
ni parcialmente, sin permiso escrito del editor.
Todos los derechos reservados.
Ya sentada en el suelo se pasó los dedos sobre los párpados para tratar de despertar por completo, cuidando de no meterse tierra en los ojos. Se pasó las palmas de las manos a lo largo del pelo, con movimientos suaves y delicados para que estuviera aunque fuera un poco más parejo y presentable. Años de educación de su madre habían dejado grabado en su cerebro la necesidad de una buena presentación sin importar las circunstancias, y ella era de las que se tomaban esas cosas en serio. Podía sentir cómo se le quebraban algunos cabellos con el paso de los dedos, así como la suciedad permanente que habían acumulado. ¿De qué color era su cabello? ¿Un rubio oscuro? Eso poco importaba; podía ser negro azabache y no haría diferencia alguna, sobre todo con la falta de lavado, luz y toda la suciedad acumulada. Al tacto podía darse cuenta de cómo se le había ido arruinando, la cabellera que años atrás cuidó con esmero, dejando que su madre o las sirvientas de palacio la peinaran metódicamente frente al espejo todos los días. Ella se quedaba quieta sentada en su lugar, observando en el espejo cómo el cepillo actuaba con ritmo, subiendo y bajando, alisando su cabello con cada bajada que realizaba. El cabello heredado de su madre era, a su juicio, su atributo más hermoso.
Pensar en esas cosas solía entristecerla. Miró entonces hacia el techo. Apenas podía distinguir la roca que servía de cielo, o los pilares de fierro que sostenían toda la estructura encima de ella. Hasta que no tuviera una fuente de luz a la mano, eso no tenía la menor importancia.
Le habría gustado decir que todavía tenía el deber de arreglarse y verse bien, pero no era verdad. Ya estaba arreglada, lo más arreglada que estaría y podía estar en esas circunstancias. De cualquier modo, ¿para qué tendría necesidad de estar tan bien arreglada? Sabía que lo hacía por costumbre y por orgullo. Nadie la visitaría, de eso estaba segura. La mera idea de que alguien se decidiera a hacerlo le parecía ridícula. No que rechazaría una visita; con gusto invitaría a pasar a quien fuera que se dejara caer, incluso literalmente, en su humilde morada.
“Él podría venir”, le recordó su cabeza.
¿Acaso él no estaba siempre con ella?
“Ya sabes cómo es él. A veces viene, a veces se va. Siempre es mejor estar preparada”.
Tonterías.
Sus precarios intentos de arreglarse le hicieron agradecer no tener un espejo consigo. Alguna vez escuchó el chiste de la persona tan fea que podía quebrar espejos, pero en esa etapa de su vida ya no le parecía tan gracioso. ¿Qué habría visto, de tener un espejo? Habría visto frente a sí una niña, a una mujer, en condiciones deplorables. Demasiado delgada, mal vestida, con dentadura horrible, peinado horrible, uñas horribles, la piel mugrosa y una mirada muerta. Una persona maltratada, descuidada. Olvidada. Un espectáculo de terror, un reflejo de la vida que le tocaba vivir. ¿Quién habría dicho que una mujer como la que se describía, Lira Dandoglio, era una duquesa?
Ella no lo habría dicho años atrás. En su mente inocente, la nobleza estaba asociada a la belleza. Edificios lujosos y elegantes, ropas vistosas y de exquisitos materiales. Personas bien educadas, siguiendo protocolos establecidos, profundamente elegantes. Su padre, el hombre más bondadoso, paciente y justo que había conocido. Su madre, un objetivo de belleza que Lira sabía que solo podía aspirar a emular algún día.
Sintió correr algunas lágrimas en sus mejillas, las que limpió rápido y con rabia. Solía ocurrir cuando se ponía a pensar demasiado en su situación, pero no le ayudaba en nada y empeoraba su apariencia física, ya que sus mejillas debían quedar marcadas con la sombra de las lágrimas en medio de toda la tierra de su cara. Nadie la vería llorar por su vida, jamás. Se lo había prometido a sí misma demasiado tiempo atrás, una promesa arrancada a sí misma en un momento de desesperación atroz, que exigía que se diera fortaleza a sí misma de algún modo. Cubrir una necesidad de orgullo, cumplir en parte con el rol que le correspondía. Una promesa necesaria del punto de vista emocional, para poder sobrevivir, mas no tan relevante de un punto de vista práctico.
“Él podría hacerlo”, volvió a decir la voz de su cabeza. “Él suele darse cuenta de esas cosas”.
No tenía mucho más que hacer por el momento, así que se quedó quieta sentada en el suelo. A veces mataba el tiempo caminando de un lado para otro, pero su estómago le decía que estaba cerca la hora de comer y prefería esperarla sentada. No había nada más que hacer en ese lugar, pero de todos modos en esos momentos prefería paz y quietud.
Aguardó allí sentada, en completo silencio, no supo por cuánto tiempo. Tamborileó con los dedos en la tierra, sin ritmo, sintiendo cómo se le quedaba parte de la tierra adherida a los dedos o se metía entre medio de sus uñas. Alguna vez tuvo un mejor concepto del tiempo, pero allí abajo parecía actuar de un modo muy extraño, como si se plegara sobre sí mismo y no obedeciera ninguna regla establecida. Los segundos pasaban lo que tardaban horas y los días se sucedían en cuestión de minutos. Cualquier intento de mantener un ritmo cotidiano de veinticuatro horas era un fracaso, salvo por su cuerpo, que aún recordaba en qué momento se suponía que debía sentir hambre o sueño, aunque sospechaba que no se regía por las horas de afuera sino por sus propias necesidades. Aunque esta métrica no era ni remotamente perfecta, le ayudaba un poco a mantener un cierto orden, así como un esfuerzo por mantener control sobre lo que le quedaba de vida.
Escuchó un eco profundo proveniente de arriba, muy por encima de su cabeza. Ya conocía el sonido a la perfección. Miró hacia arriba, esperando con paciencia la secuencia de acciones ya familiar. Primero, un par de golpes lejanos, luego una seguidilla de golpes más suaves y un chirrido largo y agudo. Finalmente, un fuerte sonido y la aparición del círculo de luz allá a lo lejos, muchos metros por encima de su cabeza. El sol subterráneo, la única fuente de luz natural existente allí. Al igual que el verdadero sol, quedarse mirándolo le lastimaba los ojos, pero lo hacía de todos modos. Una muestra de tiempos mejores. El círculo de luz externa era eclipsado por un objeto puesto delante, que descendía con una rapidez adquirida por años de práctica.
Mientras todo esto pasaba, desde allá arriba llegó un soplo de aire que sacudió con suavidad el pelo de Lira, rozándole la frente y las mejillas con una caricia casi imperceptible, que solo alguien habituado a carecer de ellas podría notar. Con ello vino también un cambio de aire, una diferencia sutil en lo que se respiraba en su encierro. Esas cosas se daban todos los días, pero ella recibía con gusto esos pequeños elementos de renovación.
En unos minutos, el objeto en descenso estaba ya al nivel de Lira, que lo recibió con cuidado. Se trataba de un balde de madera, de la misma clase que se podría usar en un pozo, algo más grande. Muy apropiado para la situación, sin duda.
La luz permitía ver un poco del contenido del balde, pero en general seguía todo oscuro. No importaba, en realidad; al tacto pudo distinguir el pellejo de agua, la bandeja cubierta, un rollo de papeles y una batería. Sacó todo del balde con cuidado, sobre todo la bandeja cubierta, y luego buscó a tientas la bandeja ya vacía de la última comida, terminada poco antes de dormir el día anterior, y la puso en el balde. Tiró con fuerza de la cuerda dos veces y comenzó a tensarse, elevándose junto con el balde hacia el punto de fuga luminoso en su horizonte. Su único contacto con el mundo allá afuera y se alejaba de ella para no volver sino hasta en varias horas.
Antes de regresar con lo que había recibido del balde fue a otro rincón del lugar, donde guardaba las pocas cosas que tenía. Entre todas esas cosas tenía consigo una lámpara; la tomó y fue a buscar la batería que había recibido. Colocó la batería a tientas y se preocupó de cerrar los ojos antes de calzarla, a tiempo para evitar el destello de luz cegador. Abrió los ojos, manteniendo la lámpara fuera del alcance sus ojos para acostumbrarse a la iluminación.
Prodigiosos inventos ambos, sin duda. Los inventores del ducado de Vincenia realmente se esmeraban cuando ponían a trabajar sus cabezas, como decía su padre. La primera vez que Lira vio una trató de entender la explicación que le dieron, pero involucraba más física de la que le gustaba, por lo que apenas comprendió lo básico. La energía almacenada en la batería no era mucha, de modo que la lámpara solo iluminaba en la zona inmediata y no duraba más de unos veinte minutos, pero a Lira eso le bastaba.
Destapó la bandeja. Pan tostado, una manzana, un huevo en una copa baja y un pedazo de zanahoria. Los días en que sus desayunos eran más elaborados y servidos con más ganas habían quedado atrás; para el hambre de Lira, eso era tan bueno como cualquier otro plato. Comenzó a tomar las cosas y comerlas sin mayor consideración. Lira prefería no desperdiciar una gota de agua si no era necesario, pero le habían enseñado a tener sus manos limpias antes de las comidas, que eso era lo que hacían las señoritas, lección que nunca olvidó. Hubiera preferido mejor que le enseñaran a vivir encerrada en un cuarto bajo tierra.
Mientras comía, tomó los rollos de papel. Eran varios periódicos publicados en el ducado, que diligentemente le enviaban desde arriba por petición de ella. Su única otra conexión con el mundo exterior además del balde de madera, el mismo en el que llegaban los diarios. No tenía suficiente tiempo para leerlos todos antes que la luz se acabara, por lo que solo miraba los encabezados y hacía una lectura rápida de lo que llamaba su atención. Daba igual; su interés nunca estaba en lo que decían los diarios, sino lo que decían entre líneas: el gobierno nunca permitiría que publicaran cosas negativas sobre él, pero las malas noticias a veces se podían detectar si uno sabía buscar.
Con el crujido de la zanahoria entre sus dientes, Lira recordó la cotidianeidad de sus viejos días. Despertaba con la luz del sol en las ventanas, era atendida y arreglada por los sirvientes de palacio, un desayuno mucho más copioso llevado a su habitación. Fruta abundante, jugo o agua sin tener que medirse en las cantidades consumidas, pan, galletas, potaje, jamón, queso, podía seguir pensando en más cosas que le ofrecían para comer. Al no tener obligaciones como su padre, contaba con todo el día a sus anchas, que solía ocuparlo en pasear por los jardines, buscar insectos entre la maleza y mirar los pájaros volando en el cielo. También era una visita intempestiva en los distintos cuartos del castillo, para sorpresa de los sirvientes que, aunque sabían que podían toparse con ella, siempre los tomaba por sorpresa. A ellos no les molestaba, ya que sabían que Lira no iría a contarles a sus padres si sorprendía a alguien haraganeando o haciendo un trabajo deficiente, pero la presencia de la hija del duque agregaba presión adicional al trabajo.
En varias ocasiones también se veía en manos de instructores que le enseñaban lo que se consideraba apropiado para la futura duquesa. Pintura, música, literatura, bordado, baile, canto y otras cosas, cada uno con un instructor diferente, con una actitud diferente. Algunas veces, cuando varios de ellos coincidían el mismo día, no tenía tiempo para hacer otras cosas; en esos días andaba tensa y ansiosa, deseosa de solo correr por los jardines para que no la encontraran.
Sus días en la actualidad, a pesar de las diferencias, no eran muy diferentes en lo que respectaba a que se regían por una estricta agenda. Algunas horas más tarde le llegaría la segunda comida, más contundente que la primera, y esa sería toda la interacción que tendría con el mundo exterior en el resto del día. Solo le quedaría pasar el tiempo antes de irse a dormir nuevamente y repetir el ciclo. Así es como lo llevaba haciendo todo ese tiempo, día tras día, con un ritmo cada vez más rutinario, a tal punto que le costaba mucho recordar un día por sobre otro. Todos le parecían iguales en retrospectiva.
Y eso era todo lo que Lira tenía a su haber más allá de distracciones menores como el periódico o los elementos personales que tenía consigo allá abajo. De modo que de vez en cuando se ponía de pie y caminaba hacia cualquier pared, solo para sentirla al tacto.
En esta ocasión, al poner sus dedos en contacto con la pared, logró dar de inmediato con una piedra en medio de la tierra. La repasó con el dedo, sintiendo su superficie completamente lisa, en contraste con todas las arrugas e imperfecciones que mostraba el resto del lugar. Era un elemento que contrastaba con el ambiente que le rodeaba, como si no perteneciera allí, como si alguien hubiese puesto esa piedra en medio de la tierra después de armada esa pared. Muy similar a la situación de ella, pensó sin humor.
Tocando el resto de la pared, repasando con todos los dedos los detalles que podía encontrar a la mano, la mente de Lira comenzó a moverse hacia el pasado, lo hacía muy a menudo, muchas veces de forma involuntaria, como un mecanismo de defensa frente a un mundo cruel y despiadado. No había mucho en qué pensar en lo que respectaba al presente, se decía a sí misma, ignorando la situación en la que se encontraba de momento, así que prefería revisar cosas del pasado, cuando había más en qué pensar.
Los padres de Lira eran los duques de Vincenia, una ciudad-Estado de gran opulencia, con una rica historia y tradición cultural, todo ello firmemente apoyado por una sólida economía que la mantenía por sobre muchas otras naciones similares allá afuera, según Lira había escuchado decir. Ella era hija única, por lo que siempre recibió toda la atención y cariño de sus padres; su padre en particular siempre parecía estar ocupado con papeles o en conversaciones con los ministros, pero Lira no recordaba ninguna vez que él le dijera que estaba demasiado ocupada como para dedicarle tiempo, lo que demostraba cuando jugaba con ella, la acompañaba en sus caminatas por los jardines o le leía libros junto a la cama, cuando era demasiado pequeña como para hacerlo por cuenta propia. Ella, a su vez, había aprendido también en qué momentos no era apropiado ir a visitar a su padre, para no provocarle distracciones innecesarias. Los diversos ministros de gobierno la veían pasar de vez en cuando, pero no se podía decir que ellos y Lira se conocían, y no había prisa por hacerlo tampoco, puesto que ya habría tiempo cuando ella tuviera edad para comenzar a asumir responsabilidades y tomar el título de duquesa.
Lira sabía que el duque había querido un niño para que tomara el poder algún día, pero tras varios intentos fallidos por generar un varón, posteriores al nacimiento de Lira, se terminó resignando a la idea, confiando en que el precedente que daba la existencia de duquesas en el pasado fuera suficiente. La madre de Lira, frustrada con todos los intentos fallidos, se alegró de que su esposo se resignara, aunque ambos estaban de acuerdo en que Lira no tomaría responsabilidades de gobierno hasta que fuera mayor. De todos modos, el duque volcó todas sus energías en educar a Lira para el día que tuviera que asumir el ducado, consiguiendo tutores para que le enseñaran, dándole explicaciones del país y sus tradiciones, así como presentándola a dignatarios y embajadores extranjeros cuando estaban de visita.
La casa de Dandoglio había gobernado en Vincenia por más de tres siglos ininterrumpidos. Una familia relativamente modesta que supo cómo llenar un nicho tras la extinción de la dinastía previa, ayudada por una astucia nata a la hora de realizar buenos negocios y un esfuerzo notorio por evitar hacerse enemigos sin dar muestras de debilidad. El traspaso de poder de una casa a otra en Vincenia solo ocurría por la extinción de la casa anterior, nunca por alguna rebelión sangrienta, eso debido más que cualquier otra cosa al tabú sobre la sangre de la casa regente; desde tiempos inmemoriales había existido la creencia de que la sangre de los duques no debía ser derramada, porque el Creador mismo tomaría venganza contra quienes osaran asesinar a algún miembro de la familia regente. Nadie sabía en base a qué había surgido dicha creencia, pero era un elemento cultural profundamente arraigado, y nadie, ni siquiera los incrédulos más sanguinarios, se habían atrevido en los muchos años de historia del ducado, a matar a un duque o a su familia. Cuando ocurrieron traiciones y golpes de palacio, el duque y su familia siempre recibieron un buen trato una vez que era expulsado de su trono. Las coronas cercanas veían esa creencia en el tabú como algo raro y malsano, supersticiones sin mucho sentido, reforzadas por años y años de adiestramiento cultural, pero los vincenianos no prestaban mucha atención a dichas burlas, mucho menos proviniendo de los vecinos de tierras en donde el derramamiento de sangre y la aparición de aventureros hambrientos de poder se daban con demasiada frecuencia.
Vincenia se encontraba en las faldas de una cadena de montañas, con un par de volcanes extintos entremedio de estas, con el mar del otro lado. Lira recordaba que la primera vez que su tutor de geografía mencionó los volcanes, ella se asustó pensando que en cualquier momento podían entrar en erupción, y al tutor —un hombre de unos treinta años, paciente, pero bajo mucho estrés— le tomó una buena cantidad de tiempo y explicaciones calmar a la niña y asegurarle que, en efecto, los volcanes estaban inertes. Esta posición geográfica de encierro le daba al ducado una posición de aislamiento que le permitía realizar su política propia, sin verse envuelto de forma innecesaria en los problemas del vecindario. Lo que no quería decir que Vincenia se aislaba del mundo; al contrario, el poder de la familia Dandoglio reposaba en forma mayoritaria en los nexos comerciales que tenían afuera de sus tierras, asistidos por una gran flota mercante y en contacto permanente con los mercaderes externos que se desplazaban tanto por el continente como más lejos.
Cansándose de tocar las paredes, Lira se alejó de estas y se recostó en el suelo. Duro e irregular, una superficie indigna de realeza y demasiado incómoda para una persona normal. La primera noche que pasó allí, creyó que no lograría conciliar nunca el sueño, pero al parecer el cansancio pudo más y el tiempo se encargó de acoplarse a las circunstancias, aunque nunca había sentido que se acostumbrara. Mirar al cielo de la caverna no era diferente a mirar las paredes, la misma oscuridad lo envolvía todo y no le permitía ver nada más que un abismo negro. Lira aspiraba el aire de la caverna; olía a polvo y tierra, como era de esperar, pero ella pensaba que una caverna así tendría algún olor húmedo, sin ningún buen motivo de por qué. La verdad es que el aire era más bien seco y polvoroso, sobre todo después de haber estado desplazándose o de dejarse caer en el suelo, cuando levantaba el polvillo suelto en la tierra. En más de una ocasión aspiró demasiado y le sobrevino un ataque de tos.
Con su confinamiento, Lira se vio obligada a replantearse en ocasiones sus memorias. En general seguía viendo las cosas como las recordaba, pero nuevos detalles venían a su cabeza que antes no había tomado en cuenta, sobre todo con la ascensión al trono de Doprico.
El duque Lorico —el padre de Lira— no tenía hermanos, pero sí un primo, Doprico, quien estaba en disputa hacía varios años con el duque por diferencias de opiniones respecto a cómo administrar las posesiones de la casa Dandoglio, tanto dentro como fuera del país. La opinión general del duque Lorico era que su primo no tenía idea de lo que estaba hablando, mucho menos de cómo administrar el patrimonio familiar.
Lira no recordaba haber visto nunca a Doprico, de modo que no sabía cómo se veía. Cuando él iba a palacio, Lira se encontraba en otra parte, en su habitación, con sus tutores o en los jardines. Ni siquiera había visto una fotografía suya, ni en todas las noticias y comunicados del gobierno. Todo su conocimiento de Doprico estaba basado en los comentarios que hacía su padre durante la cena, hablando con la madre de Lira sobre la última reunión que había tenido con él. Ninguno de los dos tenía en mucha estima a Doprico, pero mientras la madre de Lira le consideraba mal educado y desagradable, su padre se esforzaba por no magnificar su opinión de él. En general, trataba de ser cortés a la hora de lidiar con Doprico, aunque en ocasiones llegaba a colmar su paciencia.
Un día, la discusión fue más dura de lo usual; aunque el duque no pronunciara palabra al respecto, los rumores corrieron por el palacio por cuenta de los sirvientes. Todos decían que Doprico, en un arrebato de mal humor, habría acusado a su primo de solo acomodarse en el poder. El duque, furioso, le habría recordado la posición de ambos en la realeza local y habría traído a la conversación ejemplos de mala administración de parte de su primo, tanto en su vida privada como en sus negocios. Doprico entonces se enfureció y habría terminado declarando que ya no le consideraba un familiar suyo, a lo cual el duque le habría dicho que, de ser así el caso, no tenía nada que hacer en Vincenia. El resultado de esta disputa terminó con Doprico y su séquito, más algunos cuantos adictos en la corte, que se ausentaron del país, declarando antes de abandonar el lugar que formaría una rama separada de la familia Dandoglio. Esa fue la última vez que estuvo en el palacio, tras lo cual los duques hicieron un esfuerzo consciente por no volver a mencionar su nombre en el palacio, e insinuaron a los sirvientes que esperaban cooperación por parte de ellos.
Nada de eso se lo comentaron a Lira, pero ella de todos modos se enteró por medio de los rumores que corrían en el lugar, exaltados y agrandados. Cuando ella preguntó en la cena por lo que había escuchado, los duques solo cambiaron el tema de conversación, de modo que Lira se quedó por el momento con las versiones escandalosas que iban por allí. Tuvo que intervenir uno de los ministros que, por mera casualidad, escuchó a Lira hacer un comentario sobre el tema muy divergente de la realidad. Él llevó a Lira a una habitación privada, le preguntó de dónde había sacado eso, y al darse cuenta de que solo había oído los rumores procedió a contarle la historia, según la sabía él, por lo que le había contado el duque. A juicio de ella, la versión que corría por los pasillos del palacio era más interesante que la versión del ministro, pero incluso a esa edad ya sabía apreciar cuando le confiaban con la verdad, por lo que procuró no hacer ninguna comparación entre las versiones. Le preguntó al ministro por algunos de los puntos más sensibles de la relación entre su padre y Doprico, pero el hombre le reconoció que desconocía los pormenores de las relaciones familiares de los Dandoglio.
Doprico no volvió a ser mencionado en público, pero, a pesar del intento por olvidarse colectivamente de él, el cierre del asunto dejó un mal sabor en la boca de todos. Lira volvió a oír el nombre de Doprico un par de veces, solo porque se dio la coincidencia que pasaba junto a una puerta entreabierta dentro de cuya habitación se hablaba del tema, tras lo cual ella se detenía a prestar un poco más de atención, pero no le dedicaba mayor tiempo a pensar en lo que significaba. En una ocasión escuchó a uno de los ministros hablándole al duque sobre los países vecinos, y en medio de esa conversación escuchó al ministro
