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Como cirujano de la real marina británica, el teniente Philemon Brittle había demostrado incontables veces su coraje, pero nunca había conocido la emoción que entraña enamorarse. Hasta que conoció a la bella lady Laura Taunton, que se había consagrado a atender a los heridos de la guerra para olvidar su desgraciado pasado. Pero no sería fácil el camino hacia el amor con la tímida Laura, aunque la determinación de Philemon haría caer todas las barreras a su paso…
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Seitenzahl: 365
Veröffentlichungsjahr: 2011
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2009 Carla Kelly. Todos los derechos reservados.
LA EMOCIÓN DE AMAR, Nº 481 - junio 2011
Título original: The Surgeon’s Lady
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.
Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.
® Harlequin, Harlequin Internacional y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Books S.A.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
I.S.B.N.: 978-84-9000-378-7
Editor responsable: Luis Pugni
ePub: Publidisa
Dedicado a los hombres del Canal de la Mancha, cuyas murallas de madera mantuvieron al Tirano Corso alejado de las costas inglesas.
Primun non nocere
Ante todo, no hacer daño.
A Galeno, médico romano,
y al físico inglés sir Thomas Sydenham.
Uno
Dos
Tres
Cuatro
Cinco
Seis
Siete
Ocho
Nueve
Diez
Once
Doce
Trece
Catorce
Quince
Dieciséis
Diecisiete
Dieciocho
Diecinueve
Veinte
Promoción
Taunton, 28 de junio de 1809
Durante varios meses, lady Laura Taunton había evitado el escritorio de su salón por culpa de dos cartas que no había tenido el corazón de destruir. Las había tirado al cesto de los papeles una tarde, pero las había recuperado antes de que la doncella hiciera la limpieza de la mañana. Había vuelto a guardarlas en el escritorio antes de retomar su inquieto sueño.
Sin embargo, de repente, aquellas cartas importaban. Culpaba de su cambio de idea a su más cercana vecina, que la había invitado a tomar el té. Lady Chisholm probablemente ignoraba por completo cuáles eran los sentimientos de Laura. Simplemente la había invitado para compartir una buena noticia con ella, nada más.
Laura se había vestido con deliberado cuidado para aquel té. Había transcurrido ya un año desde que la muerte había liberado a sir James Taunton de la apoplejía que lo había convertido en un niño desvalido, y a Laura en su enfermera particular durante los tres últimos años. Aquella tarde se vestiría de gris: un agradable cambio después del negro, que esperaba fervientemente no volver a llevar.
No echaba en absoluto de menos a James, pero eso no necesitaban saberlo sus vecinos. Viudo y treinta años mayor, la había conocido cuando el padre de Laura, William Stokes, lord Ratliffe, le mostró la miniatura de su retrato en un círculo de amistades y conocidos, al objeto de entregarla al mejor postor.
Laura tenía dieciocho años en aquel entonces, y estudiaba como interna en la rígida academia femenina de la señora Pym, en Bath, a donde la había enviado su padre. Ignorante, por cierto, de que su progenitor acabaría por exigirle un precio tan alto a cambio de aquella inversión.
—Mi querida esposa nunca fue capaz de darme un heredero —recordaba Laura que le había dicho James después de la boda—. Ése será tu deber.
Durante su primer año en Taunton, una población rural cercana a Bath, no había pasado un solo día sin que Laura se arrepintiera de no haberse fugado de la academia en el preciso instante en que se enteró de los planes de su padre. Y durante aquellas noches en que James había forcejeado y boqueado encima de ella, se había maldecido a sí misma por ser tan débil de carácter.
No se convirtió en madre, pese a todos aquellos intentos que consumieron las energías de su marido, y no la dejaron a ella más satisfacción que el alivio cuando terminaba y se retiraba a su cámara. Hasta que James sufrió un ataque durante una de sus salidas a caballo, y el criado que lo cargó en brazos para llevarlo a la mansión lo dejó exánime a sus pies, como un ave de caza muerta. Laura esperó que su expresión de serena resignación fuera interpretada por los criados como una muestra de sangre fría, que no de gratitud hacia el destino.
Espoleada por el arrepentimiento, se dedicó en cuerpo y alma a atender a su marido. Se condujo con dignidad cuando murió, y llevó el luto preceptivo. Más allá de las ocasionales veladas de té con los Chisholm, a eso se había reducido todo su mundo.
Pero había pasado ya un año. Aquella tarde se había encaminado a casa de su vecina feliz de no tener que ahogarse toda vestida de negro, de la cabeza a los pies. Las veladas de té con lady Chisholm no solían exigir de ella más que asentimientos de cabeza y alguna que otra breve frase. Pero, aquella tarde, la dama le había provocado una fuerte impresión. Sentada a su lado, tomándole la mano, vio a otra dama, una versión ligeramente más joven que ella.
Como Laura se había quedado vacilante en la puerta, lady Chisholm le indicó que se acercara.
—Perdona mi falta de modales, querida. Es sólo que... —la mujer miró a su hermana y se echó a llorar—. Está aquí mi hermana y ha pasado tanto tiempo...
Laura sintió que el corazón se le ablandaba ante la mirada de amor que intercambiaron las dos hermanas. «¿Qué es lo que hecho?», se preguntó de repente. «¿Tendrá todavía remedio?».
No queriendo asustar a sus criados cuando volviera a Taunton, Laura sólo se permitió derramar unas lágrimas en silencio, durante el camino. Había perfeccionado aquel arte durante muchas noches, en el lecho de su difunto marido. Para cuando estuvo de regreso en su finca, ya había recuperado el dominio de sí misma.
Tuvo un momento de pánico cuando no pudo encontrar las cartas. Recordando que habían pasado cerca de tres meses desde que las salvó del cesto de los papeles, rebuscó a fondo en el escritorio. Y suspiró cuando las desenterró por fin.
Tomó la primera, la única que había tenido el coraje de leer en marzo. ¡Leed ésta primero!,había garabateado la señorita Pym en la primera página. Pese a que ya habían pasado ocho años desde que no la veía y al supremo disgusto que siempre le había merecido la señorita Pym, así lo había hecho Laura.
La leyó de nuevo en aquel momento, con la conciencia del poder que seguían teniendo aquellas líneas de trastornar por completo su vida. Leyó otra vez sobre los manejos y negociaciones de su abuelo, el padre de lord Ratliffe, con la academia femenina dirigida por Pym, su hija ilegítima. Y se le aceleró el pulso cuando releyó la trascendental noticia que le daba Pym de que tenía dos hermanastras. «Sois demasiado mayor para acordaros de Polly Brandon, pero quizá sí recordéis a Eleanor Massie». Eleanor era actualmente Eleanor Worthy, esposa de un capitán de la marina británica, que de manera involuntaria había conseguido que encarcelaran a lord Ratliffe, su suegro, en una prisión española, como consecuencia de una frustrada operación de intercambio de rehenes.
—A Dios gracias… —murmuró Laura.
Los Worthy habían ido a Bath porque lord Ratliffe le había dicho al capitán, probablemente para mofarse, reflexionó Laura en aquel momento, que su esposa era una de sus tres hijas ilegítimas, educadas por la señorita Pym. Pym le había escrito:
Eleanor le ha contado toda la historia al capitán Worthy, de manera que ambos se han presentado aquí a buscar a sus hermanas: Polly Brandon, que todavía reside en esta casa, y vos, lady Taunton.
Laura bajó la carta y se quedó mirando al techo, mientras evocaba su alivio cuando leyó por primera vez la confesión de Pym de que Eleanor no había sucumbido al mismo destino que lord Ratliffe le había reservado a ella, y había escapado de Bath con la misma ropa que llevaba puesta.
«Pero al menos tenía un lugar a donde ir», pensó Laura. «Yo no tenía ninguno». Aun así, no habría debido ser un camino fácil para Eleanor. Bajó de nuevo la vista a la carta de la señorita Pym, con su concluyente párrafo en el que la urgía a leer la carta adjunta de Eleanor.
Ésa era la carta que no había abierto, demasiado humillada por sus propias circunstancias para pensar que nadie, ni tan siquiera una hermanastra, desearía contactar con alguien que no había tenido en absoluto su misma fortaleza de carácter. «¿Por qué habría de querer ella saber algo de mí?», se preguntó. Esa vez, sin embargo, aspiró hondo y abrió la carta de Eleanor Worthy.
Los ojos se le llenaron de lágrimas. Si Eleanor hubiera empezado con un tono formal, Laura habría podido resistirse, pero no. Soltó un suspiro tembloroso. ¡Oh, hermana!, empezaba la carta. Quiero conocerte.
Para el día siguiente, hacia las doce, Laura se encontraba de camino a Plymouth. No había escrito para avisar de su llegada, consciente de que si se hubiera aplicado a la tarea, el coraje habría acabado por abandonarla completamente.
Llegó a Plymouth cuando los granjeros abandonaban los campos y los tenderos cerraban sus tiendas. Nana Worthy, que era el nombre con el cual Eleanor había firmado su carta, había escrito las señas de la posada Mulberry, y el cochero sólo se había perdido una vez. Laura deseó haberse perdido dos o tres veces más, porque sus dudas y recelos habían empezado a dar vueltas sobre su cabeza como las gaviotas que sobrevolaban el puerto.
Allí estaba la posada Mulberry: un edificio pequeño y estrecho, pero bien cuidado. La pintura de puertas y ventanas parecía reciente, y se sonrió al ver los pensamientos en sus maceteros y la hiedra que trepaba decidida por sus muros, como Nana le había escrito en su carta.
Le pidió al cochero que esperase. En un pequeño letrero colgado de la puerta se leía la leyenda Adelante, por favor, así que entró sin más, y a los pocos minutos entendió por qué aquella casa había tocado la fibra sensible de Nana. Aunque viejo, todo estaba pulcro como una patena. «Nana, ¿dónde estás?», pronunció para sus adentros, reconociendo un aroma a carne asada bañada en salsa, un plato que su chef francés no se habría dignado a servir por nada del mundo. Se le hizo la boca agua.
De repente se abrió una puerta al final del pasillo, y apareció una mujer mayor. Era pequeña y delgada, con un expresivo y anguloso rostro y unos enormes ojos castaños que llamaron inmediatamente la atención de Laura. Tenía que ser la abuela de Nana.
—¿Señora Massie? Soy...
No tuvo que decírselo. La dueña de la posada la tomó cariñosamente de los hombros.
—Me preguntaba cuándo vendrías. Nana estaba empezando a perder las esperanzas.
La mujer debió de tomar conciencia de la excesiva confianza que se había tomado, porque de repente la soltó y retrocedió un paso para improvisar una reverencia. «No», quiso decirle Laura. «Hacía mucho tiempo que nadie me tocaba con tanto cariño».
Había algo en los ojos de la señora Massie que demandaba una igual franqueza.
—No tuve el coraje de venir —le confesó—. No podía creer que Eleanor, Nana, quisiera realmente conocerme. No después de lo que hice...
—Estaba desbordante de alegría cuando llegó de Bath en marzo, con el capitán —le explicó la señora Massie—. «Tengo hermanas, abuela. imagínate», repetía sin cesar…
Laura no supo cómo sucedió, pero la mujer la tomó de la mano para llevarla a un saloncito, al final del corredor.
—¿Dónde está Nana?
Se sorprendió a sí misma llorando cuando la señora Massie le dijo que el capitán había instalado a Nana en Torquay, a medio día de camino de allí, hacia el este. Y todavía se sorprendió más cuando tuvo que apoyarse en ella, que se apresuró a consolarla con cariñosas palabras, como si fuera una chiquilla.
En un impulso, le contó toda su historia: que su padre la había vendido a sir James Taunton para pagar a sus acreedores; los esfuerzos de su marido por engendrar un hijo; las atenciones que le había prodigado durante su enfermedad... y lo humillada que se había sentido por todo lo sucedido. Durante todo el tiempo, la señora Massie la abrazó con ternura, ofreciéndole la punta de su delantal para que se secara las lágrimas.
—La vergüenza es dura de soportar —dijo Laura cuando por fin fue capaz de volver a hablar, refugiada en el círculo protector de sus brazos.
—No hay vergüenza que valga. No tuviste una abuela que cuidara de ti, ¿verdad?
—No. No la tuve.
—Pues ahora ya la tienes.
Laura durmió profundamente aquella noche, acurrucada en la cama de Nana. La habitación estaba llena de luz cuando se despertó, pero se quedó en el lecho, con las manos detrás de la cabeza. Al mirar a su alrededor y ver un aguamanil para afeitarse, con un espejo, recordó que Nada había compartido aquella pequeña cama con su marido.
Sir James nunca se había mostrado inclinado a dormir con ella: simplemente se había conformado con visitarla por las noches para marcharse después. Laura dudaba que su hermana y el capitán ocuparan cámaras separadas en su hogar de Torquay.
Los criados de la posada Mulberry la despidieron en el sendero de entrada y Laura besó a la abuela antes de subir al carruaje. Le habría gustado que la carretera bordeara el mar: de todas maneras, algún atisbo que otro vislumbró de la preciosa costa de Devon. Soplaba una fuerte brisa y el sol arrancaba destellos al agua.
Por fin llegó a Torquay, y se quedó admirada ante la magnífica bahía, con sus barcos de guerra anclados, y sus casas bien cuidadas formando perfectas hileras de colores pastel. Con las gaviotas volando en círculos sobre su cabeza, se preguntó una vez más por qué tanta gente prefería vivir en tierra firme y no frente al mar.
Cuando llegó a la casa de Nana, se encontró con que era tal y como la abuela se la había descrito: dos plantas y media de piedra maciza pintada de azul claro, con tejados de teja roja. Imaginó que el capitán habría podido distinguir aquel tejado desde el Canal de la Mancha: probablemente lo habría visto día tras día, durante los largos meses de bloqueo naval.
El cochero redujo la velocidad al llegar al pulcro sendero de grava de la entrada. Sin perder un segundo, Laura bajó y estaba llamando a la puerta antes incluso de que el carruaje hubiera frenado del todo. Abrió una mujer corpulenta, en lugar de un mayordomo, que le preguntó su nombre y el motivo de su visita con el mismo suave acento del sudoeste que Laura había detectado en su abuela.
—Lady Taunton de Taunton. He venido a visitar a mi hermana, la señora Worthy.
—¡Oh! ¡Vaya! Entrad, por favor... —la invitó la mujer—. Las cosas están manga por hombro ahora mismo, con tantas sorpresas como... —de repente se quedó callada, lo cual, vista su expresión de euforia, debió de resultarle ciertamente difícil—. La señora Worthy se lo contará todo ella misma.
«Llego en mal momento», pensó Laura, consternada, nada más entrar en el salón. Allí estaba Nana, sentada entre una dama de aspecto agradable y un hombre de uniforme que, por el color de su cabello, cortado muy corto, y sus ojos azul claro, debía de de ser pariente suyo.
Laura no estaba muy familiarizada con los uniformes de la marina, pero el que llevaba aquel hombre era distinto de la mayoría: sencillo, sin charreteras, sólo con los botones dorados. La insignia de su cuello también resultaba singular: una doble fila de cadenas bordadas en oro.
—Lady Taunton —anunció el ama de llaves.
El hombre de uniforme se levantó nada más verla entrar, y le hizo una galante reverencia. Pero Laura no tenía ojos más que para su hermana, que parecía como si hubiera estado llorando.
Resultó evidente que había llegado en un mal momento. En cualquier otra circunstancia, su instinto la habría impulsado a retroceder. Pero no allí, en aquella habitación, no con su hermana mirándola con aquellos ojos de asombro. Se obligó a avanzar.
—Nana —fue todo lo que dijo.
Nana se levantó del sofá como activada por un resorte. En un gesto que a Laura le pareció automático, se llevó una mano al vientre.
—¿Laura? —dijo, y no hubo duda alguna sobre la alegría que latía en su voz, pese al temblor.
Se sintió como si alguien le hubiera retirado un enorme peso de los hombros. «Gracias a Dios que no me ha llamado lady Taunton», pensó, y atravesó la habitación.
Nana fue a su encuentro y la abrazó, estrechándola con tanta fuerza que le hizo sentir la leve hinchazón de su vientre. Era más baja, así que Laura apoyó la cabeza sobre su pecho. El gesto más natural del mundo era que le besara el pelo, cosa que hizo mientras la abrazaba a su vez.
—Oliver me dijo que vendrías. Me decía que debía tener paciencia —murmuró Nana con el mismo acento musical del sudoeste—. Laura...
Laura evocó en aquel momento la insistencia que solía poner Pym en que Eleanor Massie adquiriera un acento sobrio y convencional, y su frustración al no poder borrar nunca aquel tono cantarín de la pequeña.
Lo que tenía que decir sólo podía oírlo ella, así que le susurró:
—Hermana, he tardado tres meses en reunir el coraje necesario para venir. Qué estúpida he sido.
Nana soltó un tembloroso suspiro y se apartó para mirarla con atención: desde su sombrero a la moda hasta sus elegantes botines, con su impecable vestido de viaje. Y volvió a fijarse luego en el color de su pelo, idéntico al suyo.
—Cuando estábamos en la academia, yo solía pensar que eras la criatura más bella del mundo —le dijo Nana y rió en voz alta, un delicioso sonido que le llegó a Laura al corazón—. ¡Debí haber imaginado entonces que estábamos emparentadas!
Laura no pudo evitar reír a su vez.
—Sigues siendo una granujilla —repuso, y le tomó la mano.
Justo en ese momento, se acordó Nana de que no estaba sola en la habitación, con el caballero que seguía esperando en pie.
—La señora Brittle, el cirujano Brittle... ésta es mi hermana, lady Taunton.
Aquello fue ya demasiado. Laura sintió que Nana se desmayaba, pero el caballero fue más rápido. En un momento había sentado a Nana en el sofá, y se apartaba para que ella pudiera sentarse a su lado. Sirvió un vaso de agua y se lo ofreció a su hermana.
—Bebe y recuéstate —le ordenó—. Respira profundamente.
Nana obedeció sin rechistar. Laura miraba tanto al caballero como a su madre, que aprovechó aquel silencio para explicarle:
—Mi hijo es cirujano. Acaba de llegar de Jamaica.
Eso explicaba su atractivo bronceado. No lo habría calificado de guapo, pero el tono caoba de su tez parecía decidido a disimular los defectos de su nariz aguileña, sus labios excesivamente finos y aquel pelo tan corto que al principio casi le había parecido calvo. Por otro lado, si el teniente Brittle no era el hombre más hermoso que había conocido en su vida, debía reconocer también que tenía unos hombros anchísimos, más propios de un obrero que de un cirujano. Laura quedó impresionada y sorprendida, a partes iguales.
—Es que han venido a traerme malas noticias… —le informó de pronto Nana, con aquella franqueza característica suya, como si aquello explicara su debilidad.
—Malas, ciertamente, aunque habrían podido ser peores —la contradijo el teniente—. La buena noticia es que el capitán Worthy sabe nadar.
Nana se relajó aún más ante la mirada serena del cirujano. Y Laura fue testigo del poder apaciguador que parecía emanar de aquel hombre por la sola fuerza de su personalidad. Durante años, había conocido a muchos médicos, pero jamás había visto un mejor ejemplo de médico de cabecera, y eso que se trataba de un simple cirujano de la marina real británica. Demasiadas sorpresas para un solo día.
—¿Que sabe nadar? —inquirió Laura—. No entiendo.
Su hermana le tomó una mano y se dispuso a decir algo, pero no pudo. Miró a la señora Brittle, que habló por ella.
—Mi marido es oficial de navegación del Incansable, lady Taunton. Nos ha enviado un mensaje por medio de un barco costero. El Incansable se vio envuelto en una refriega en la boca del puerto español del Ferrol —endureció su tono de voz—. No fue un combate justo, pero el capitán Worthy jamás retrocede ante el peligro. El Incansable entró renqueante en la bahía de Plymouth y se hundió anoche.
—¡Dios mío! —exclamó Laura, palideciendo intensamente.
Apenas sintió sus dedos en el cuello cuando, en unos pocos segundos, el cirujano le había quitado el sombrero y la estaba abanicando con él.
—Que respire profundo. Ya me lo sé —se adelantó, haciendo sonreír al teniente.
—Oliver sabe nadar —remarcó Nana, obstinada.
—Y aparentemente con un hombre herido a la espalda —añadió el teniente Brittle, mientras le devolvía el sombrero a Laura—. Él fue quien insistió en que mi padre transmitiera la noticia a Torquay lo antes posible, para que la señora Worthy no se enterara de boca de otra persona. Es por eso por lo que estamos aquí.
—¿Y los demás? ¿Y vuestro padre? —inquirió Laura—. ¿Cómo está?
Sentada al otro lado de Nana, la señora Brittle se estiró para apretarle cariñosamente una mano a Laura.
—Parecéis talmente una nativa de este condado, para preocuparos de esta manera por los siervos de la marina británica.
—Me preocupan, por supuesto —repuso con tono suave.
—¿Cuidaréis de vuestra hermana pequeña? —le preguntó en ese momento el cirujano, con el mismo tono profundo y tranquilizador que había utilizado antes. Un tono que no pudo menos de seducir a Laura, que demasiadas veces había escuchado a los médicos parlotear sin ton ni son.
«Mi hermana pequeña», repitió para sus adentros.
—Claro que sí.
Después de que se marcharon los Brittle, Laura y Nana estallaron en sollozos y luego en carcajadas.
—No me podía creer que tuvieras ganas de verme… Por eso no abrí tu carta hasta hace dos días —le confesó Laura.
—Qué tonta…
Nana le tomó una mano y se la puso sobre su vientre. Laura contuvo el aliento cuando sintió un levísimo movimiento bajo sus dedos.
—La primera vez que lo sentí, pensé que eran imaginaciones mías. Era como una mariposa que hubiera estado encerrada en mi tripa —rió—. El teniente Brittle me dijo que si esperaba unos pocos meses, lo sentiría a él, o a ella, como si fuese un prisionero golpeando con un tazón de estaño los barrotes de su prisión.
—El teniente es un hombre vulgar —comentó Laura en un impulso.
—Todos somos gente vulgar, Laura —fue la tranquila respuesta de su hermana.
No era un reproche; pese a lo poco que la conocía, no se imaginaba en absoluto a su hermana reprendiendo a alguien. Era simplemente la certificación de un hecho: que eran gente común y corriente. Otra capa de autoengaño que Laura debía quitarse de encima.
—Tienes razón —retiró la mano—. Creo que deberías tumbarte un poco.
Si Laura esperó alguna resistencia por su parte, no encontró ninguna.
—Estoy de acuerdo. Los Brittle y yo ya hemos comido. Supongo que tú no lo has hecho.
—Supones bien. Ponme en manos de tu ama de llaves, y comeré... —de repente desvió la mirada hacia la ventana—. ¡Dios mío, mi carruaje! Me había olvidado.
Nana ya se estaba recostando de nuevo en el sofá, con una mano sobre el vientre.
—Envíalo de vuelta, Laura.
—No quiero molestarte, yo...
—Más me molestarás si te marchas. A las mujeres embarazadas hay que complacerlas; me lo dijo el teniente Brittle.
—Lo dudo mucho —se burló Laura—. No casa con su aspecto de hombre pragmático.
—Todos los Brittle son pragmáticos. ¿Tienes algún negocio urgente en Taunton que reclame tu inmediata atención?
Utilizó un tono tan tierno y delicado que Laura sintió que volvían a saltársele las lágrimas. Desde la muerte de sir James, nadie ni nada había reclamado su atención. Tanto si regresaba a Taunton a la semana siguiente como si no regresaba nunca, a nadie le importaría, a excepción de los sirvientes que dependían de ella.
—No tengo compromiso alguno. Pero apenas he traído ropa.
Nana suspiró cuando Laura se levantó para cubrirla con un ligero chal.
—En la biblioteca, que te enseñará la señora Trelease, encontrarás lo necesario para escribir. Escribe una nota a tus criados diciendo que te preparen ropa y entrégarsela a Joey Trelease. Es un bribón, pero le encanta llevar y traer cartas. Sólo el cielo sabe cuántas habrá llevado de mi parte —al ver que vacilaba, entrecerró los ojos—. Te recuerdo que aquí soy yo quien da las órdenes.
—¿Tú y quién más? —se burló de nuevo Laura. La broma no podía ser más inocente, pero casi se estremeció de placer de poder compartirla con una hermana.
Nana soltó un bostezo.
—Si Oliver estuviera aquí, ya verías lo que es bueno. La tierra temblaría, te lo aseguro.
Y de repente se puso a llorar. No había nada fingido en ello: sólo el miedo de una esposa que se había enterado de que su marido había corrido un gran peligro, aunque en aquel momento estuviera a salvo. Laura se arrodilló junto al sofá y apretó una mejilla contra la de su hermana.
—Puedes estar tranquila. Seré una huésped modélica. Y posiblemente también una hermana mayor mucho más tiránica de lo que te imaginabas.
«O de lo que me imaginaba yo misma», añadió para sus adentros, mientras consolaba a Nana con besos y palabras cariñosas. Se quedó sentada en el suelo, junto al sofá, hasta que su hermana pequeña se quedó dormida. Sólo entonces se levantó para despachar a su cochero.
La comida consistió en unas empanadas tan sabrosas que Laura empezó a salivar antes incluso de que la señora Trelease las hubiera servido. Después de tomar el té en el salón, con los ventanales abiertos y las gaviotas armando bullicio, subió a su habitación para encontrarse con que sus escasos vestidos ya estaban colgados en el armario, y su cepillo y su peine cuidadosamente colocados sobre la mesa del tocador.
Antes de bajar a la biblioteca, recorrió sigilosamente el pasillo pasando por delante de la que suponía era la habitación de Nana y el capitán. Al ver el capote de marino a los pies de la cama, no pudo menos de preguntarse si Nana se envolvería en él por las noches. ¿Cómo sería amar a un hombre obligado a ausentarse con tanta frecuencia?
La siguiente cámara era la futura habitación del bebé. Ya tenía una trona con mullidos apoyabrazos, dispuesta frente al ventanal abierto, a la vista de la bahía. Desde allí, los barcos más pequeños parecían diminutos insectos acuáticos, afanándose de un lado para otro.
Había también una cuna, de aspecto viejo y gastado. Se le ocurrió, sin saber por qué, que debía ser un regalo de los Brittle, cuya casa de color amarillo se alzaba justo al lado, en la misma ladera pero algo más abajo.
Desde donde estaba, asomada al ventanal, distinguió al teniente Brittle en la pradera que se extendía frente a su casa, con las manos en los bolsillos. Debió de notar su mirada, porque de pronto se volvió ligeramente y la saludó con la mano.
Ella le devolvió el saludo, consciente de que la señora Pym se habría escandalizado ante tan atrevido comportamiento, pero sin que le importara lo más mínimo. Se dio cuenta de que se había quedado mirándolo fijamente, así que se obligó a desviar de nuevo la vista hacia el mar y los barcos que lo surcaban.
Cuando volvió a mirar hacia la pradera, el teniente Brittle entraba ya en la casa de su madre, silbando de contento. El sonido le arrancó una sonrisa.
El teniente Brittle volvió a la casa aquella misma noche, después de la cena, cuando Nana estaba empezando a bostezar casi en medio de cada frase. Alzó la mirada en el momento en que el cirujano entraba en la habitación.
—¿Existe algún remedio contra la somnolencia?
—Desde luego que sí —le aseguró él—. En tu caso, desaparecerá a los cinco meses. Pero, por supuesto, para entonces tener que alimentar al bebé te cansará aún más. En resumidas cuentas: eres un caso perdido.
Laura no pudo menos de admirar la delicadeza de la broma. Nana, que había estado recostada en el sofá, intentó sentarse, pero el teniente le ordenó que se quedara quieta. Para sorpresa de Laura, se sentó en el suelo al lado de su hermana. E incluso le cubrió tiernamente los hombros con el chal, como para protegerla de la brisa nocturna que soplaba del Canal de la Mancha.
Con la mirada clavada en el rostro de Nana, se sacó una carta de la chaqueta del uniforme y la abrió. A Laura no le pasó desapercibida la repentina expresión de alerta de su hermana, que agarró la mano del cirujano cuando se disponía a desdoblar la nota.
—No pasa nada, Nana, no pasa nada... —pronunció él con tono consolador—. La he recibido hace apenas una hora del propio capitán Worthy. Quería que supieras que estará aquí mañana. Pero quería también que estuvieras preparada.
Laura se acercó entonces a su hermana para pasarle un brazo por los hombros, en un gesto de consuelo del que jamás se habría imaginado capaz apenas unos días atrás.
—Recibió una herida en una oreja —le explicó el cirujano—. Léelo tú misma.
Nana le quitó la carta de las manos, devorando las palabras con los ojos. Soltó un profundo suspiro cuando terminó.
—Escucha lo que dice, Laura —releyó en voz alta—: «Amor mío, la verdad es que ahora no puedo decir que tenga un rostro simétricamente perfecto, pero confío en que me seguirás adorando». ¡Oh, Phil! ¿Qué más te ha escrito en la otra carta, la que me estás escondiendo?
—Conoces a tu marido demasiado bien, ¿verdad?
—Desde luego. Confiesa.
—Fue una astilla —el cirujano sacudió la cabeza al ver la expresión de alivio de Laura—. Pero no precisamente de aquellas diminutas que se clavan en la yema de un dedo, sino de las que saltan de bordas y mástiles en todas direcciones, durante un combate —miró de nuevo a Nana—. Por la descripción que me ha dado, parece que ha perdido el lóbulo y parte del pabellón auricular. Podría haber sido peor. Si quieres, puedo examinarlo antes de que parta mañana para Stonehouse.
—Ya sabes que sí —repuso Nana, poniéndole una mano sobre el brazo—. Podemos considerarnos afortunados, ¿verdad, Phil?
—Indudablemente. Mi padre me dijo que el capitán Worthy sabía que el Incansable iba a irse a pique, así que embarcó a los heridos más graves en una gabarra que se cruzó con ellos, rumbo a Plymouth, y envió un mensaje pidiendo ayuda. Al resto de los heridos los embarcó en botes y los puso a remolque del Incansable, para no tener que desalojarlos en medio de la confusión que siguió. Pensó en todo. No me extraña que las tripulaciones lo prefieran a él antes que a otro capitán. Al igual que tú, ¿verdad, Nana?
Nana estalló en ese momento en lágrimas, con grandes sollozos que desgarraron el corazón de Laura. Mientras acunaba a su hermana pequeña en sus brazos, no pudo evitar pensar en su propia reacción cuando falleció su marido. En la manera en que cerró los ojos, sin derramar una sola lágrima.
El cirujano dejó que se desahogara, ofreciéndole su pañuelo para que se sonara la nariz. Parecía tener todo el tiempo del mundo. Le quitó suavemente la nota de las manos.
—En su carta me pedía también que me quedara aquí esta noche. Él no sabe que tu hermana ha venido, pero siento la inclinación de quedarme de todas formas. El sofá de la biblioteca servirá perfectamente.
Pero Nana negó con la cabeza.
—No quiero ni oír hablar de ello. Laura, ¿serías tan amable de preparar la cama de la habitación del otro lado del pasillo, enfrente de la tuya? Precisamente esta noche libra la señora Trelease.
—Por supuesto que sí, querida.
Siguiendo las instrucciones de Nana, Laura localizó la ropa de cama, contenta de tener algo que hacer. Aunque era julio, la habitación estaba levemente fría, así que encendió un pequeño fuego en la chimenea, que el cirujano siempre podría apagar si el calor se tornaba excesivo.
Estaba colocando la bajera cuando el teniente Brittle apareció al otro lado de la cama, dispuesto a ayudarla.
—Pensé que sería mejor dejarla sola por unos minutos —dijo mientras encajaba su lado de la sábana bajo el colchón, todavía con mayor habilidad que ella. Advirtiendo su expresión de sorpresa, añadió mientras le pedía con un gesto que le pasara la otra sábana—: Soy cirujano de la marina, lady Taunton, nada que ver con un médico de ciudad. Estoy acostumbrado a hacer camas, cortar el pelo, afeitar y vaciar orinales.
No había ninguna duda sobre ello. Aunque iba de uniforme, su actitud era la menos envarada del mundo. Llevaba el pelo muy corto, tanto como los hombres que solían esconderlo bajo una peluca. Dudaba que él tuviera una.
Encontró una manta ligera mientras él colocaba la funda a la almohada y la ahuecaba con energía. Entre los dos colocaron bien la manta. Una vez terminada la tarea, Laura se atrevió a hacerle un comentario:
—Tal vez no seáis un médico de ciudad, pero estoy segura de que sois un gran profesional, por la manera en que os he visto tratar a Nana. Ojalá hubierais podido ayudarme con mi difunto marido. Yo... —se interrumpió, ruborizada.
El cirujano no dijo nada, pero la expresión de compasión que asomó a sus ojos la animó a continuar:
—Cuatro años atrás sufrió un ataque, y yo tuve que cuidarlo...
—¿Las treinta y seis horas del día, como se suele decir? —inquirió él con tono suave.
—Eso es —repuso, aliviada de que la comprendiera—. Escuché todo tipo de palabras sabias y abstrusas de los médicos, y sin embargo...
No encontraba las palabras para continuar, pero él pareció leerle el pensamiento:
—... y sin embargo lo que vos necesitabais eran consejos concretos.
—Justamente —dijo, y se sentó—. Quería saber cuánto tiempo viviría, por ejemplo. Pero nunca tuve el coraje suficiente para hacerles una pregunta tan cruel.
—No es una pregunta cruel. Yo os la habría respondido. Por lo general, las expectativas de esos casos se cifran en un año y medio. Dado que duró tres años, debisteis de convertiros en una enfermera excepcional.
—Era mi marido —fue todo lo que le dijo—. ¿Cómo es que no hay más médicos como vos?
—No sé lo que Nana os habrá contado sobre nosotros —él también se sentó—, pero los Brittle somos gente perfectamente normal. Cuando navegaba como ayudante de cirujano, ya soñaba con estudiar y prepararme convenientemente. Después de mi primera batalla naval, supe sin ninguna duda que podría resultar mucho más útil.
Laura asintió. Indudablemente parecía el hombre más hábil y capaz del planeta. Y además tenía un impresionante físico de trabajador manual. Nunca había conocido a alguien como él.
—¿Toda vuestra educación la adquiristeis en el mar?
—No. La profesión de cirujano requiere estudios universitarios. El capitán Worthy me pagó una beca y un pensionado de tres años en la universidad de Edimburgo.
—Otra vez el capitán. Nana me ha estado hablando de él durante toda la tarde...
—Después de la universidad, pasé dos años como médico de guardia en un hospital de Londres. Debería haberme quedado allí uno más, pero el hombre propone y Bonaparte dispone, como bien dice el refrán. Pasé el examen, conseguí mi título, dos, de hecho, y me encontré de vuelta en el mar, esta vez con lord Nelson, en Trafalgar. Ya sabéis cómo terminó aquello.
No debería haberse sentado con él en la cama. Él debió de tener el mismo pensamiento, porque ambos se levantaron a la vez. Le habría gustado que le contara más cosas de su vida en el mar, pero seguro que tendría mejores cosas que hacer. Miró a su alrededor antes de correr las cortinas.
—¿Hay algo más que necesitéis?
—No, habéis pensado en todo. Iré a terminar de preparar mi equipaje. Enseguida vuelvo.
—Antes habéis mencionado Stonehouse —«cielos, Laura», se reconvino. «Deja de una vez al hombre en paz. Tendrá ganas de irse a su casa».
Pero el cirujano no parecía tener demasiada prisa.
—Apenas la semana pasada empecé a trabajar allí, a mi regreso de Jamaica —debió de haber leído la pregunta en su rostro, porque se apresuró a explicar—: Stonehouse es un hospital de la real marina británica, situado entre Plymouth y Devonport. Comunicado por mar, al lado de los astilleros. Yo soy uno de los dos cirujanos de plantilla para unos ochocientos pacientes.
—¿Tantos? —al principio creyó haber oído mal—. Con tanto trabajo, ¿cómo es que habéis podido escaparos?
—Ciertamente es algo que no ocurre muy a menudo —repuso mientras ella lo acompañaba hasta la puerta—. Pero insistí en que necesitaba visitar a mi madre. Después de lo de Jamaica, se moría de ganas de verme.
—¿No hay entonces una señora Brittle?
—Ninguna que no sea mi madre —contestó con tono desenfadado, mientras bajaba las escaleras con ella—. La mujer que acepte que la corteje tendrá que estar dispuesta a acompañarme a Stonehouse a vaciar orinales.
Laura se echó a reír.
—Y a lavar apestosos vendajes, supongo.
—Sin duda. Dejad por favor la puerta de servicio abierta. La cerraré cuando vuelva, si es que Nana y vos ya os habéis acostado.
Cuando regresó al salón, Laura se encontró a su hermana despierta y cosiendo junto a la ventana.
—Pañales —le mostró su labor—. La señora Brittle dice que nunca me sobrarán. ¿Te apetece acompañarme, hermana?
Así lo hizo. Se pasaron la tarde cosiendo. A requerimiento de Nana, Laura fue incluso capaz de hablarle de su matrimonio y de sir James Taunton.
—Quería un heredero. Decía que su primera esposa le había fallado —le dijo, con los ojos en la costura—. Después de un año entero intentándolo... tuvo un ataque y me dejó en paz —sabía que no necesitaba decirle nada más: lo entendía perfectamente—. Por lo demás... bueno, tengo una finca preciosa en Taunton...
Pero Nana no parecía muy convencida.
—Es realmente encantadora —insistió Laura—. Pero fíjate lo que son las cosas: si nunca más volviera a verla, tampoco significaría una gran pérdida. La vida puede llegar a ser increíblemente aburrida cuando no te falta de nada.
Nana sonrió al oír aquello. Recostándose en la butaca, se llevó una mano al vientre.
—Por favor, no se lo digas nunca a Oliver, pero la vida corría mucho más rápido en la posada Mulberry, cuando me pasaba los días acarreando agua, apaciguando a nuestros pocos huéspedes y limpiando chimeneas.
—Pronto estarás muy ocupada.
—Y que lo digas —inclinándose hacia delante, le tomó las manos entre las suyas—. Oliver se pondrá bien, ¿verdad?
Si no hubiera adquirido tanta confianza gracias a los comentarios del teniente Brittle, Laura sabía que no habría podido responder a eso.
—Claro que sí. ¿Cómo puedes dudarlo siquiera?
Laura compartió la cama de Nana aquella noche, dado que su hermana insistió en que no quería dormir sola. El gesto que tuvo al echarse por encima el capote de marino de su marido la dejó conmovida.
—Laura... —sabía que estaba cansada, pero tenía otra pregunta para ella—. ¿Quién se encargó de ti antes de que ingresaras donde la señorita Pym? Yo tuve a la abuela, pero... ¿y tú?
«Yo no tuve a nadie», pronunció para sus adentros. «Mi madre, quienquiera que fuera, se despreocupó de mí».
—Cuando te lo diga, sabrás unas cuantas cosas más sobre nuestro querido padre. Verás, resulta que...
Nana emitió un resoplido de furia, muy poco femenino. Y se echó a reír.
—Laura, he estado a punto de soltar una palabrota que le oí un día a Oliver cuando creía que no le estaba escuchando. Si no lo he hecho, ha sido para no desmerecer la buena opinión que puedas tener de mí...
«Eso jamás», pensó Laura.
—Ya. Bueno, como te estaba diciendo, cuando fui tan groseramente interrumpida por tu... ¡Has resoplado otra vez! Los problemas de nuestro querido padre con el dinero empezaron con el cuarto vizconde Ratliffe, que era tan disoluto y manirroto como él. ¡Nana! ¡Repórtate!
—Perdón —se oyó la sumisa vocecilla de Nana en la oscuridad, seguida de una carcajada ahogada probablemente en los pliegues del capote de su marido.
—Lord Ratliffe número cuatro llevaba una fulgurante carrera en Londres como «hombre que no sabe hacer nada bien» cuando uno de los hermanos Wesley, John , si mal no recuerdo, lo acogió bajo su ala a su vuelta de Georgia. Nana, ¿estás despierta?
—Por supuesto que sí —fue su soñolienta respuesta.
—Está bien, me saltaré algunos detalles. Nuestro querido abuelo se reformó, volvió al seno de la iglesia metodista e instaló a su hija ilegítima, nuestra bien amada Pym, como directora de una academia femenina. Yo pasé los primeros años de mi vida en un orfanato de Wesley.
Nana estiró entonces una mano para tomar la de su hermana.
—Laura... —no dijo más.
—El resto lo sabes tan bien como yo. Después de la muerte del abuelo, nuestro padre se sintió obligado por un insólito sentido del honor que ignorábamos que poseyera, a mantener la escuela de su hermanastra Pym y a ingresarnos a nosotras en ella. Por supuesto, también encontró una manera de hacérnoslo pagar, ¿verdad? Oh, Nana, siento tanta vergüenza de no haber tenido tu coraje...
—¡Laura! ¡Escúchame! —exclamó su hermana con voz enérgica, volviéndose hacia ella—. Tú no tenías a nadie que te ayudara, ni lugar alguno donde ir —la tomó por los hombros—. Pero ahora nos tienes a nosotros —la soltó de pronto, como si de repente se hubiera dado cuenta de lo que estaba haciendo—. Cielos, vas a pensar que soy un ser feroz...
—Y lo eres, hermanita —repuso Laura, soltando un suspiro—. ¿Acaso no aterrorizaste a ese oficial francés cuando estuvo preso Oliver?
—Probablemente —reconoció Nana, recuperando su tono dulce—. Pero se lo merecía, por haberse interpuesto entre mi amor y yo.
Se dio nuevamente la vuelta. Laura llegó a pensar que se había dormido por fin, pero se equivocaba.
—Laura, por favor, dime que te quedarás. Te necesito.
—Me quedaré —«yo te necesito más a ti», añadió para sus adentros, mientras cerraba los ojos.
Laura se despertó unas horas después, cuando oyó abrirse la puerta de la habitación. Se sentó en la cama, alerta, para descubrir la alta figura del teniente Brittle sosteniendo un fanalillo parecido al que ella misma había usado en la cámara de convalecencia de James, con los laterales cerrados de manera que sólo dejaba pasar un delgado hilo de luz.
Gracias a ello, por fuerza tenía que ver que ella se había sentado en la cama, pero no se detuvo. Entró en la habitación y se arrodilló a su lado.
—¿Se encuentra bien vuestra hermana? —susurró.
—Sí —respondió al tiempo que se inclinaba hacia él, temerosa de despertar a Nana—. Hemos estado hablando un rato.
—Suponéis para ella una bienvenida distracción —le aseguró—. Os necesita mucho —su rostro resultaba ahora perfectamente visible a la débil luz del fanal—. Disculpad, pero me gusta hacer la ronda nocturna antes de dormirme. Buenas noches, lady Taunton.
Laura asintió y se recostó de nuevo, agradecida por su reconfortante presencia. Para su inefable placer, el cirujano la arropó delicadamente y le dio una cariñosa palmada en un hombro, antes de levantarse para abandonar la habitación con el mismo sigilo con que había entrado.
Laura se llevó una mano al hombro que le había tocado, cerró los ojos y se durmió.
El teniente Brittle se marchó antes de desayunar. Laura pensó que tendría que obligar a su hermana a quedarse quieta y comer, en su impaciencia de que llegara el capitán, pero no fue necesario. Después del desayuno, Nana fue a la cocina a preparar los menús de la semana, mientras ella se recogía en la biblioteca para escribir una carta a Taunton.
