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Era una dama, aunque no viviera como tal De la riqueza a la pobreza más absoluta, Grace tuvo que tragarse el orgullo, olvidarse de que era una dama y pedir trabajo en la panadería del pueblo. Pero todo cambió pasados unos años, cuando resultó ser beneficiaria de una herencia sorprendente. Su herencia venía, eso sí, con un pequeño inconveniente: abandonaría su vida de trabajo para hacerse cargo del cuidado del hijo ilegítimo de su benefactor, prisionero de guerra y liberado bajo palabra y a cargo de ella. Era un ofrecimiento que no se podía permitir rechazar. El problema surgió cuando descubrió que el prisionero al que iba a rescatar estaba agonizante y le rogó que se llevara a uno de los hombres de su tripulación en su lugar…
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Seitenzahl: 384
Veröffentlichungsjahr: 2013
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2012 Carla Kelly. Todos los derechos reservados.
VIDAS CRUZADAS, Nº 525 - abril 2013
Título original: Marriage of Mercy
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.
Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.
® Harlequin, Harlequin Internacional y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Books S.A.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
I.S.B.N.: 978-84-687-3028-8
Editor responsable: Luis Pugni
Conversión ebook: MT Color & Diseño
www.mtcolor.es
Robert Inman, navegante de profesión, era un hombre de temperamento alegre, inclinado a quedarse siempre con lo bueno y a incluir el resto simplemente en la lista de las experiencias. Aun así era difícil reconciliarse con la idea de que iba a pasar un año más cautivo en Dartmoor, una prisión construida hacía poco, pero que no parecía destinada a albergar seres humanos.
Últimamente había notado un cambio en los temas de conversación entre los supervivientes del Orontes. Un año antes, en 1813, la conversación giraba casi exclusivamente en torno a su captura cerca de Land’s End, donde habían andado batallando con la marina mercante del Reino Unido.
Con un hondo suspiro, el capitán Daniel Duncan había tenido que entregar su patente de corso al vencedor. Su navío era un balandro de guerra solo en su enseña, pero lamentablemente el otro barco se interponía en su curso y no habían conseguido darle esquinazo, de modo que la tripulación enemiga no había tardado en arriar la bandera de barras y estrellas para izar los colores británicos en lo alto del elegante mástil algo escorado del corsario Orontes.
Cuando la humillación que siguió a la captura se transformó en resignación, las lenguas se soltaron. Un marinero de la Santabárbara se jactaba de que no había cárcel inglesa que pudiera retenerlo mucho tiempo. El oficial de cubierta de Duncan había declarado convencido que la guerra terminaría pronto y que su estancia allí no pasaría de ser una breve incomodidad.
Tanto el marinero de la Santabárbara como el oficial de cubierta habían estado en lo cierto: no había cárcel capaz de retener al marinero durante mucho tiempo. Se había ganado la distinción de ser el primero en morir allí, cortesía de una infección en la boca a la que el director de la prisión había prestado poca atención, ya que la muela ofensora residía en una boca americana.
La incomodidad del oficial de cubierta, la primera y la última, había resultado ser una incomodidad duradera cuando el escorbuto le abrió una vieja herida que le habían infligido unos piratas de Trípoli. La cicatriz que tenía en el muslo se había abierto en una boca generosa por la que entró la bacteria que le provocó un envenenamiento de la sangre.
Y en cuanto al rápido final de la guerra, nadie mantenía ya grandes expectativas visto lo visto. Al carpintero encargado del calendario había que recordarle que tachara los días que habían escrito en la pared y que se parecían endiabladamente el uno al otro, con aquellas gachas aguadas para desayunar y las mismas gachas con un pedazo de pan duro para cenar.
Antes las conversaciones versaban sobre mujeres y comida: se elegía qué se iba a comer cuando llegase su liberación y a cuántas mujeres se iba a gozar en cuanto se presentara la oportunidad. Pronto la comida pasó a ser un tema demasiado tentador como para poder hablar de él, y las mujeres ni siquiera servían de distracción para unos hombres siempre muertos de hambre. Rob se había pasado una hora tratando infructuosamente de recordar los placeres de la carne pero había terminado dándose cuenta de que no tenía energía suficiente para lo que debía ocurrir acto seguido, ni siquiera en su fértil imaginación.
La mayoría se pasaba el día en silencio, mientras que las noches se repartían entre gritos de terror provocados por las ratas que se paseaban impunemente o por los recuerdos de las batallas, naufragios u otros encarcelamientos durante la guerra con Napoleón. Y esos eran los mejores sueños. Peor era la realidad de unos hombres reducidos a espantajos, que se cebaban con los más débiles.
Rob era el eterno optimista, y teniendo en cuenta sus orígenes, era consciente de que las cosas podían ponerse aún peor. Si había una característica que resaltar de Dartmoor era que se trataba de un edificio sólido, construido piedra sobre piedra. El único que encontraba el modo de entrar y salir de él era el viento, que se colaba por entre los barrotes que ningún guardián creía que debían cubrirse en invierno, dado que sería proporcionar demasiada comodidad a los prisioneros.
Ese era precisamente el mayor problema de Robert Inman, navegante: más que comida o el cuerpo de una mujer, ansiaba sentir el viento en la cara, pero no el que aullaba entre los barrotes o que se derramaba por encima de los altos muros. Sabía lo que un buen viento podía hacerle a un navío. Sabía que estando en cualquier punto de la cubierta podía decidir qué hacer con ese viento. Pero en Dartmoor lo único que podía hacer era soñar con su caricia en la cara, los vientos portantes del verano, las ráfagas intermitentes de los días de más calor, el soplo húmedo del sureste de Asia.
Lo único que quería era contar con el viento que hinchara sus velas.
Si Grace Curtis, a quien antes todo el mundo se dirigía como la honorable señorita Grace Curtis, hubiera decidido malgastar su vida ahogándose en una inútil autocompasión, disponía de varias personas pobres a las que poder utilizar como modelo.
Agatha Ralls vivía en unas habitaciones alquiladas sobre The Hare and Hound, un entorno bien distinto de Ralls Manor, el lugar en el que había crecido construido por este o aquel Eduardo y que ahora servía únicamente de morada a los murciélagos. La fortuna de su familia había sufrido un duro revés cuando un conde ahora casi desconocido había apostado por el caballo equivocado en la época de los puritanos. El descalabro de la familia había tenido lugar hacía unos ciento cincuenta años, pero ahora la señorita Ralls vivía con muy poco y todo el mundo lo sabía.
También podría haber tomado de modelo a sir George Armisted, que mantenía una precaria existencia en la finca de su familia, cuando habría sido mucho más beneficioso para él venderla a algún comerciante con más dinero que clase. Pero el bueno de sir George seguía sentándose en el raído esplendor de su salón comido por las gotereas.
Incluso recordaba a su propio padre moviendo la cabeza y preguntándose en voz alta cómo semejante personaje podía permitirse el caro rapé que inhalaba y el vino que se servía. Que sir Henry Curtis estuviera haciendo exactamente lo mismo no se le había ocurrido, ni siquiera cuando la muerte le acechaba en el lecho y llamó a Grace, su única hija, para pedirle que se esforzara por encontrar un buen partido en la temporada de bailes y reuniones de Londres.
Grace era demasiado noble para puntualizarle que no había dinero con el que financiar algo tan ambicioso como asistir a todos los eventos de la Temporada en Londres, y mucho menos para convencer a cualquier caballero de su esfera social de unir su destino al de una cara alegre y nada más. No habría estado bien llamar la atención de su padre sobre sus propias deficiencias estando como estaba lidiando con la muerte, y dado que nunca antes había prestado atención a cosas de esa naturaleza.
Por lo tanto se había limitado a cubrirse la cara y salir del dormitorio decidida a aprender algo sobre la desgracia y a construirse una vida para sí misma y no dejarse llevar sin hacer ruido a una discreta pobreza. Pobre iba a ser, sí, pero no por ello tenía que renunciar a la felicidad.
Vestida de negro y adornada con un broche de amatista, había soportado la lectura del testamento. Su padre no tenía nada que legar excepto deudas. En las semanas anteriores a su fallecimiento su abogado había realizado unas discretas pesquisas por la zona intentando localizar compradores potenciales entre los comerciantes que ansiaban encontrar una propiedad lejos de High Street. Y consiguió encontrar uno, de modo que no le quedó más remedio que soportar su presencia mientras el abogado leía el testamento.
Su padre había dejado unos obsequios irrisorios para las pocas personas de servicio, todas ellas cargadas de años y sin esperanza de encontrar ningún otro empleo, que se habían quedado a su lado hasta el amargo fin porque su único futuro era el asilo. Cuando se volvieron a mirarla con tristeza, Grace solo pudo mover despacio la cabeza mientras por dentro se revolvía contra su padre.
Lo que siguió a continuación fue lo que ella se esperaba, sobre todo después de que el abogado le dijera la noche anterior que la casa y su contenido iban a ir a parar íntegramente a manos de su nuevo propietario, un tipo emprendedor que había hecho una fortuna importando artículos para la armada desde el Báltico. Entonces fue cuando guardó su broche de amatista en el bolsillo, la única caja fuerte de que disponía.
Y así había concluido todo. Había firmado un documento renunciando a cualquier reclamación sobre su propiedad y les había mostrado a los nuevos propietarios sus estancias casi desnudas.
Casi fue demasiado para ella cuando la esposa del dueño quiso saber cuánto tiempo tardaría en desalojar la casa, pero Grace siempre había sido una mujer pragmática.
—Mañana por la mañana puedo marcharme —se ofreció, y así lo hizo.
No se les ocurrió pensar a los nuevos propietarios que podía no tener adónde ir. Llenó dos maletas con sus pertenencias y se pasó la noche despierta dándole vueltas al plan que tenía en mente: lo desestimaba, volvía a analizarlo, volvía a rechazarlo y así hasta la hora del desayuno en que se cuadró de hombros, tomó sus maletas y se alejó de la que había sido su casa durante dieciocho años.
Solo se le había ocurrido una salida, pero que durante los diez años siguientes resultara ser la acertada le dio mucho que pensar. Consistía en caminar desde su casa hasta Quimby, un pueblo cercano a Exeter. El día resultó ser agradablemente fresco para estar en agosto, y una suave brisa mecía el cartel de la panadería de Adam Wilson.
Confiaba en encontrar el local vacío y así fue, a excepción de la presencia del propietario y su esposa. Grace dejó las maletas y se acercó al mostrador. Adam Wilson se limpió la harina que tenía en las manos en el delantal y le dedicó la misma mirada cariñosa que llevaba años ofreciéndole.
—¿Sí, querida? —le preguntó la señora Wilson acercándose junto a su marido.
Grace respiró hondo.
—Sé que les debemos una gran suma —dijo con calma—, y vengo a hacerles una proposición.
Ambos la miraron con interés. Tenían todo el tiempo del mundo para escucharla.
—Trabajaré para pagar esa deuda si pueden proporcionarme un lugar en el que vivir. Cuando haya pagado lo que les debo, y si mi trabajo les parece satisfactorio, me pagarán un salario. Sé que hace poco la chica que les ayudaba en la panadería se ha casado con un carretero de Exeter.
Fue un alivio que la expresión del rostro del señor Wilson no mostrara ni sorpresa ni escepticismo.
—¿Qué sabéis de panadería? —le preguntó.
—Muy poco —respondió con sinceridad—. Pero soy una persona leal y trabajadora.
Los Wilson se miraron mientras Grace clavaba la mirada en un cartel que decía que se vendían seis panecillos por un penique.
—Sois una joven bonita. ¿Y si un caballero de vuestra clase decidiera pediros en matrimonio? ¿Para qué nos habría servido emplear un tiempo en enseñaros?
La señora Wilson era la más sagaz de los dos.
—Eso no ocurrirá, señora Wilson —contestó—. No tengo dote que pueda tentar a caballero alguno, y por la misma razón ningún hombre de clase trabajadora querrá una esposa que pueda darse aires y causarle problemas por haber sido educada para una clase de vida que él no pueda ofrecerle. En mi caso el matrimonio es una posibilidad inexistente y por lo tanto soy la empleada ideal.
Y así lo había demostrado. Los Wilson vivían encima de la panadería de la calle Mayor, pero habían despejado encantados una habitación para ella que tenían de almacén detrás de los hornos, una estancia pequeña que olía a levadura y hierbas. Había vertido hasta la última lágrima en el camino de Quimby y cuando llegó al establecimiento se transformó en una chica para todo y nunca volvió a mirar atrás.
La primera vez que una conocida de su vida anterior entró en la panadería, Grace se dio cuenta de que no podría mirar atrás nunca más. Era consciente de que ese momento iba a llegar más tarde o más temprano, y afortunadamente fue lo segundo. La mañana en que una de sus más queridas amigas entró en la tienda con su madre y la ignoró por completo supo que el viento soplaba de otra manera. Dicho con buenas palabras: Grace Curtis era historia.
Saberlo le molestó menos de lo que se imaginaba teniendo en cuenta que se había planteado pedir auxilio a aquella familia en particular. Su decisión se vio confirmada por sí sola un año después cuando oyó hablar a lady Astley de una conocida que había admitido en su casa a una pariente pobre. Y la buena mujer, de mediana edad y siempre dispuesta a complacer, era presa constante de los nervios en público para no contrariar ni lo más mínimo a su prima por temor a verse expulsada a un mundo cruel. Había acertado al apostar por los Wilson.
Dos años después, el señor Wilson declaró finiquitada la deuda familiar, y le sorprendió que ella tomase aire para preguntar:
—¿Y sigue dispuesto a tenerme?
—Yo creía que ese era nuestro acuerdo —respondió mientras dejaba un cuenco de levadura en la mesa.
—Eso esperaba yo —respondió ella echando mano a la sal y sin atreverse a mirarlo.
—Entonces, todo arreglado, Gracie. ¡Venga aquí esa mano! —le pidió sonriendo—. Eres la mejor trabajadora que he tenido nunca.
Los años pasaron blandamente. Tras un breve periodo de paz, la guerra volvió a estallar y los dos hijos de la familia se enrolaron en la marina. Uno sucumbió en la batalla de Trafalgar y el otro cuando era ya ayudante de carpintero.
Las hijas se casaron todas con marinos y se marcharon a vivir a Portsmouth, y Grace fue poco a poco asumiendo más responsabilidades, en particular la de llevar los libros de cuentas.
Nunca le había importado desarrollar ese trabajo porque era meticulosa, pero el verdadero placer lo obtenía haciendo dulces: cocadas, bizcocho de saboya, galletas de limón y pastas de crema con almendras.
Eran estas últimas pastas, a las que ella llamaba Quimby Crèmes, las que habían llamado la atención de lord Thomson, marqués de Quarle. Coronel de un regimiento de infantería que sirvió en la ciudad de Nueva York durante la guerra de la Independencia, lord Thompson no era amigo de tonterías, ya provinieran de miembros de la nobleza como él, de comerciantes con más pretensiones que el Papa, o de un peón caminero. Lord Thompson estaba igualmente predispuesto siempre a enfadarse con cualquiera.
Grace era la única persona en Quimby que sabía cómo manejar al marqués y lo hacía a través de su estómago. Sabía de su preferencia por las Quimby Crèmes siempre que pasaba por la panadería, algo que hacía con regularidad.
Sus visitas a la tienda llamaban la atención de la señora Wilson.
—Mi prima es doncella en casa del marqués y sé de buena tinta que tiene un batallón de criados que podrían llevarle los dulces a casa. ¿Por qué se empeñará en venir hasta aquí?
Grace lo sabía. Recordaba sus propias excursiones a la panadería por el placer de disfrutar del aroma que lo invadía todo nada más abrir la puerta y la diversión de elegir tres de aquellas y media docena de las otras. Invariablemente, una vez hecha su selección, lord Thompson salía de la tienda, abría el paquete y se sentaba al sol para dar buena cuenta de su contenido.
Seguramente nunca se habría dado cuenta del cariño que le profesaba de no haberse encontrado con que no daba la talla de la imagen que ella se había forjado. Una mañana (quizás había tenido que lavarse con agua fría), se abrió paso en la tienda empleando los codos y la emprendió con un muchacho que tardaba mucho en elegir. Incluso llegó a pincharle con la punta de su paraguas, con lo que a la criatura se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Ya basta, lord Thompson —le reprendió.
—¿Qué me habéis dicho?
—Lo que habéis oído, milord —respondió con serenidad, añadiendo una pasta de limón extra a la selección del niño—. Tommy estaba aquí antes que vos, y todo el mundo tiene derecho a tomarse su tiempo para elegir.
Tras dedicarle una mirada cargada de desprecio, el marqués dio la vuelta y salió dando tal portazo que el gato que dormía en el alféizar de la ventana se despertó.
—Temo que puedo haberle hecho perder un cliente —le dijo al señor Wilson, que había presenciado la escena.
—Voy a serte claro —contestó acariciando la cabeza de Tommy—. Ese viejo es un buitre cascarrabias.
Aun así le preocupó que lord Thompson no volviera a aparecer por la tienda en semanas. Llegó y pasó la semana santa, y todo el mundo pasó por la tienda menos el marqués. Quimby era un pueblo pequeño, e incluso aquellos que no habían presenciado la escena sabían lo que había ocurrido, y cuando decidió volver incluso aquellos que aguadaban tranquilamente su turno se hicieron a un lado por no incurrir en la rabia del marqués y que Grace tuviera que pagar el pato.
Pero lord Thompson, con una estudiada sonrisa, esperó su turno y cuando le llegó el momento de ponerse ante el mostrador, muchas de las clientas que ya habían sido atendidas permanecieron en la tienda por ver de primera mano lo que iba a ocurrir. Grace sintió que le ardían las mejillas cuando lo vio delante de ella.
Decidió tomar al toro por los cuernos.
—Lord Thompson, he seguido haciendo Quimby Crèmes con la esperanza de que volviera.
—Pues aquí estoy —respondió—, y me llevaré todas las que tengáis si accedéis a coméroslas conmigo en el banco de la plaza.
No se esperaba algo así, y ver su expresión de triunfo le confirmó que él sí se esperaba sorprenderla y que le complacía haber acertado.
—Con mucho gusto, señor —contestó, y miró al señor Wilson, que asintió tan interesado en la conversación como el resto de sus clientes.
Fue un verdadero alivio estar sentada tranquilamente con él comiendo Crèmes y que se separaran como amigos después.
El marqués siguió visitando con regularidad la tienda, aun cuando los años empezaron a pesarle, y cuando una mañana uno de sus criados le dijo que lord Thompson estaba postrado en cama y le pidió que enviase los dulces a su casa, Grace se ofreció a llevárselos en persona.
Al entrar en el recibidor de Quarle se dio cuenta de la verdadera riqueza del conde, algo de lo que nunca le había visto presumir. La casa y los jardines que la rodeaban eran magníficos y estaban espléndidamente conservados y sintió lástima porque su padre no hubiera podido mantener la suya, aunque mucho más modesta, en el mismo estado. Obviamente Quarle estaba en mejores manos.
Pasó todo el invierno llevándole los dulces a lord Thomson, sentándose con él mientras se los comía y más adelante incluso mojándoselos en la leche y dándoselos con la cuchara cuando no fue capaz de acometer ni siquiera esa tarea. En cada visita conocía a algún pariente lejano, él no tenía hijos propios, todos con el mismo aire autoritario que el marqués pero ninguno con su gusto por las historias de los años que había pasado en el continente americano, luchando contra los yanquis, o ni siquiera su interés por los Estados Unidos.
Sus parientes toleraban mal las visitas de Grace. Las mejillas le ardían con su desprecio, pero al final llegó a la conclusión de que su desdén poco le importaba a ella. Sentía una inexplicable necesidad de proteger al anciano de su propia familia, unas personas que obviamente nunca habrían acudido a su lado de no ser porque el nuevo abogado de lord Thompson las había convocado.
Al menos él si se presentó ante ella una tarde como el nuevo abogado del marqués, aunque no era ya un hombre joven.
—Soy Philip Selway —dijo—. ¿Sois vos miss Grace Curtis?
—Grace Curtis a secas. A lord Thompson le gustan mis Quimby Crèmes.
—A mí también.
Grace se volvió a mirar al marqués y le apretó la mano, a lo que el anciano contestó abriendo los ojos.
—Acércate —le dijo él con lo que le quedaba de su antiguo autoritarismo.
Ella obedeció.
—Me estoy muriendo, ¿sabes?
—Me lo temía —respondió con un susurro—. Mañana os traeré más Quimby Crèmes.
—¿Y eso espantará a la muerte?
—No, pero yo me sentiré mejor —respondió, haciéndole sonreír.
Grace pensó que eso era todo, pero el anciano continuó:
—¿Confías en mí?
—Creo que sí —respondió tras un momento.
—Bien. Lo que va a pasar te pondrá a prueba. Ten fe en mí —le dijo y cerró los ojos.
Grace salió de la estancia sin hacer ruido, preguntándose qué le habría querido decir. El abogado estaba en el vestíbulo y se despidió de ella con una inclinación de cabeza.
—¿Volveréis mañana?
—Por supuesto.
Los parientes de lord Thompson salían del salón del desayuno discutiendo entre ellos y miraron airadamente al abogado al pasar junto a él. A Grace la ignoraron.
—¿Volveréis mañana?
—Os he dicho que sí, señor.
—Grace, creo que lo haréis bien.
—¿Perdón?
Pero el abogado siguió a la familia sin darle más explicaciones.
Más tarde, mientras le daba vueltas en la cabeza a lo ocurrido, se preguntó si no debería haberse mantenido al margen de la situación, pero ¿quién podía reaccionar de otro modo así de improviso?
El señor Selway llamó a la puerta de la panadería a la mañana siguiente antes de que hubieran abierto al público. Con el delantal en la mano, Grace abrió preguntándose si llevaría ya tiempo esperando.
No tuvo que decir nada. No fue necesario.
—Ha fallecido, ¿verdad? Voy a echarle mucho de menos —añadió, tragando con dificultad.
—Somos los únicos —respondió—. Quería que lo supierais —y poniendo la mano en su brazo añadió—: Os ruego que asistáis a la lectura de su testamento. Tendrá lugar el martes después de su funeral.
No podía haberle oído bien.
—¿Perdón?
El abogado apretó la mano.
—No puedo deciros nada más, dado que no todos los interesados están presentes. No faltéis, Grace.
Y allí se presentó cuatro días después. El recibidor estaba desierto, pero el señor Selway le había dicho que se reunirían en la biblioteca. Abrió la puerta con cuidado, pero se le encogió el estómago al oírla crujir y ver que todos se volvían a mirar en su dirección aunque muy brevemente. Los miembros del servicio de la familia estaban alineados en la parte de atrás y se colocó junto a ellos. El señor Selway los miró por encima de sus gafas de lectura y siguió con el testamento.
La lectura de aquel documento no estaba teniendo nada que ver con las exiguas últimas voluntades de su padre. El señor Selway fue nombrando un amplio abanico de propiedades entre las que se incluía una plantación de café en Jamaica, intereses en un bosque de Brasil, una destilería en Boston y una plantación de té en Ceylán.
—El viejo cuervo había metido la cuchara en un montón de ollas —susurró el jardinero que estaba a su lado.
Ella asintió pensando en el desaliñado aspecto que solía llevar lord Thompson, e intentó imaginárselo como un joven oficial de la armada que se aventuraba en el mundo. Antes de que la horda de parientes llegara a su casa, lord Thomson no ponía objeciones a prestarle libros de vez en cuando. De hecho, tenía dos que le había prestado últimamente en su habitación de detrás de los hornos, y esperaba tener la ocasión de devolverlos antes de que el nuevo lord Thomson pudiera echarlos de menos. Lo más probable era que no, pero no quería indisponerse con él. A lo largo de los años había aprendido a juzgar a las personas y tenía la impresión de que el nuevo lord Thompson iba a ser un cuentagarbanzos capaz de regatearle el pan a una viuda. Seguro que los libros entraban en la misma categoría.
El señor Selway terminó de leer las propiedades que iban a parar a manos de su único heredero quien, sentado en la primera fila, parecía que iba a estallar de un momento a otro de tanta importancia como se daba. El abogado tomó otra página y comenzó con un inventario mucho menos numeroso de asuntos de interés para otros miembros de la familia y que variaban desde piezas de joyería hasta muebles. Grace lo escuchó sin prestar demasiado interés.
A los sirvientes les tocó el turno a continuación. Algunos fueron despedidos con una pequeña cantidad de dinero y las gracias. Otros conservaron su empleo, seguramente hasta que el nuevo lord Thomson decidiera que no le eran de ningún servicio. Aun así, unas libras aquí y unas libras allá, podían marcar la diferencia para personas que pertenecían al mismo nivel que ella ahora ocupaba.
El señor Selway dejó ese documento y tomó el último que tenía sobre la mesa. Se aclaró la garganta y por primera vez dio la impresión de sentirse incómodo, como si no estuviera seguro de cómo se recibirían aquellas últimas provisiones.
Sin que la hubiera mirado o dirigido la palabra, Grace supo instintivamente que aquel último pliego le estaba dirigido a ella y miró a su alrededor, aterrada. Casi sin darse cuenta empezó a deslizarse hacia la puerta, temiendo que la atención de todos los presentes fuese a recaer en ella y deseando solo volver a la panadería, pero dejó de moverse cuando el señor Selway la miró directamente.
—Hay dos cláusulas que han sido añadidas al testamento recientemente, pero ambas igualmente legalizadas. Una de ellas trata un asunto de poca importancia, pero la otra es de mayor consideración. Permítanme que lea primero la menor. Leeré lo que el fallecido lord Thomson me dictó personalmente hace apenas un mes —se aclaró la garganta y sujetó con firmeza el documento—. «Durante los últimos cinco años por lo menos, he sido objeto de una gran consideración por la ayudante de los señores Wilson, Grace Louisa Curtis. Ni una sola vez ha dejado de poner a mi disposición los dulces que más me gustaban, y…»
—¡Por amor de Dios! —protestó el nuevo lord Thomson—. ¿No iréis a decirnos que mi tío le ha legado una destilería que tenía en la Gran Barrera de Coral y de la que no sabíamos nada? Entregadle lo que sea y acabemos de una vez.
Los parientes que a partir de aquel momento dependerían del nuevo marqués como receptores de la más insignificante caridad que quisiera dispensarles, corearon su explosión con una risa. Grace se encogió por dentro y continuó deslizándose hacia la puerta. Qué lejos estaba.
El señor Selway miró muy serio al nuevo marqués y continuó.
—«Consciente de la amabilidad con la que siempre me ha tratado, cuando a ninguno de mis parientes les ha importado si estaba vivo o muerto, dispongo que la señorita Curtis tome posesión de la casa de guardeses y de cuanto hay en ella mientras viva».
—¡Por los clavos de Cristo! —exclamó lord Thomson poniéndose en pie y con el rostro congestionado.
El señor Selway lo miró en silencio y volvió a su lectura.
—…mientras viva. Además, recibirá treinta libras anuales.
—¡Esto es un ultraje! —gritó el marqués.
—Se trata solo de treinta libras anuales y una pequeña casa que vos nunca ocuparíais —respondió el abogado muy serio—. Sentaos, lord Thomson, os lo ruego, que aún no he terminado. Como os he dicho antes, esta era la parte fácil.
Grace miró al señor Selway. Debía haberse quedado muy pálida porque el jardinero que estaba a su lado la acompañó hasta un taburete que un criado había dejado libre.
—Yo no quiero eso —le susurró.
—¿Y desde cuándo ha tenido alguna importancia lo que nosotros hayamos querido o dejado de querer?
—Continuad. ¡Esto es muy molesto!
El señor Selway posó el documento y entrelazó las manos.
—Lord Thomson, seguramente será una sorpresa para vos saber que vuestro predecesor tenía un hijo.
—Que me aspen… un bastardo, sin duda.
—Los iguales se reconocen —susurró el jardinero pero su voz no debió de ser lo bastante baja porque algunos de los sentados en las últimas filas se dieron la vuelta, unos con el ceño fruncido, otros ocultando la risa.
—Sí, milord. Un bastardo. De modo que no tenéis que temer que vayáis a perder ni un céntimo de vuestra herencia. Mientras su regimiento estuvo acuartelado en la ciudad de Nueva York durante gran parte de la guerra, vuestro tío tuvo una relación con Mollie Duncan, la hija de un comerciante en telas monárquico. A resultas de esta relación nació un hijo —volvió a mirar el documento—. Daniel Duncan.
—¿Y en qué sentido puede importarnos nada de todo eso? —espetó.
—En condiciones normales no lo haría, pero vuestro tío consiguió no perder el rastro de la carrera de Daniel Duncan por varios medios. Cuando la presente guerra americana comenzó, Duncan comandaba un barco corsario llamado Orontes, que tenía por base Nantucket.
—Así que el bastardo del tío le está haciendo la vida imposible a la marina mercante británica —resumió con desdén—. ¿Y por qué creéis que eso puede importarme a mí?
El señor Selway sacó otros documentos de un cajón.
—Porque antes de su muerte vuestro tío dispuso que el capitán Duncan, actualmente prisionero de guerra en Dartmoor, fuese puesto en libertad bajo palabra en la casa de campo de Quarle —miró a Grace con afecto—. Ha dispuesto expresamente en su testamento que sea Grace Curtis quien se ocupe de alimentarle y de su cuidado durante el tiempo que dure su libertad bajo palabra. Cuando termine la guerra, será puesto en libertad. Esa es toda la relación que tendréis con él.
El señor Selway volvió a tomar el documento y sacó un grueso legajo del cajón de la mesa.
Lord Thomson se echó a reír.
—¡No pretenderéis poner en práctica semejante disposición de su testamento! El viejo debía haber perdido el juicio.
Había ido demasiado lejos. Grace se dio cuenta de ello al ver cómo el resto de parientes hablaban entre ellos en voz baja. El nuevo lord Thomson también debió notarlo porque se cruzó de brazos y apretó los labios.
—Como una cabra —murmuró.
El abogado se dirigió directamente a él, inclinándose hacia delante apoyado en la mesa.
—Lord Thomson, vuestro predecesor habría hecho esto antes de no haber sobrevenido tan repentinamente el declive que le condujo a la muerte. Todo ha sido aprobado ya para cumplir sus deseos, y dejadme deciros que el fallecido tenía amigos en las altas esferas a quienes no les gustaría ser molestados. De todos modos, poca molestia va a causaros un inquilino en una casa que apenas visitáis.
Al parecer el señor Selway también estaba experimentando cierto orgullo en todo aquello.
—Los testamentos que yo redacto son documentos irrevocables, lord Thomson. Cualquier intento por vuestra parte de entorpecer el cumplimiento de esa estipulación sería una locura. Os repito que el finado lord Thomson tenía amigos muy influyentes.
El abogado plegó el documento y salió de la estancia.
El nuevo lord Thomson permaneció hosco en su silla, mientras que su esposa se levantó e invitó a los familiares a pasar al comedor donde les aguardaba un refrigerio. Grace salió de la estancia antes que los demás, deseosa de salir de la casa por la puerta más cercana. «Si me doy prisa, podré salir de aquí y fingir que nada de todo esto ha sucedido».
Pero se topó con el señor Selway, que obviamente la estaba esperando. Suspiró.
—Señor Selway, no creáis que necesito ninguna de las disposiciones del testamento —le iba diciendo mientras él, tomándola por un brazo, la conducía a la biblioteca—. Quiero volver a la panadería —intentó soltarse—. ¡Por favor, señor Selway!
—Sentaos, querida. En el testamento no se os obliga a permanecer en la casa de campo si no es vuestro deseo, pero las treinta libras anuales sí son vuestras de por vida.
Grace asintió.
—Quiero ahorrar dinero para poder comprarles la panadería a los Wilson algún día, cuando sean demasiado mayores para llevarla.
—Entonces esta es vuestra oportunidad —sentenció, y guardó silencio durante un rato. Cuando volvió a hablar, escogió las palabras con cuidado—. Grace, he observado a lo largo de mi vida que solemos crearnos unas expectativas anormalmente elevadas que después, cuando somos incapaces de satisfacer, nos desilusionan. ¿No habréis puesto las vuestras demasiado bajo?
—No —respondió con calma—. Sabéis igual que yo que treinta libras al año no me permitirán mantener un nivel de vida ni remotamente parecido al que tenía antes. No inducirá a ningún caballero a querer casarse conmigo. ¡Pero si tengo veintiocho años, por Dios! Ya no me hago ilusiones.
—Desde luego. Puede que estéis en lo cierto —se acercó más—. Pero pensad en esto, Gracie: estamos en 1814, y esta guerra con América no puede durar para siempre. Dartmoor es un lugar terrible, y le estaríais haciendo un gran favor a nuestro lord Thomson cuidando de su único hijo, independientemente de cómo fuera concebido.
—Supongo que sí —respondió como si las palabras se las hubieran arrancado de la boca con tenazas—. ¿Podría hablar de esto con los Wilson? Si tengo que vivir en la casa con un prisionero en libertad bajo palabra, querría seguir trabajando en la panadería.
—No veo por qué no, siempre y cuando el prisionero esté con vos.
Grace se levantó aliviada.
—En ese caso hablaré con ellos y os enviaré una nota.
—No os pido más, querida.
Los Wilson no pusieron objeción alguna a ninguno de los detalles del testamento de lord Thompson, sino que se mostraron gratamente sorprendidos de que un marqués tuviera en tanta consideración a su Gracie, una mujer a la que otras de su misma clase habían decidido ignorar a perpetuidad.
—¿Qué es un año al fin y al cabo? —comentó el señor Wilson—. Vivirás en un sitio bonito, cuidarás de un prisionero en libertad bajo palabra y volverás a nosotros sana y salva. O seguirás trabajando aquí, si es tu deseo. A lo mejor él también nos es útil.
—Quizá —dudó un instante antes de continuar—. ¿Y podría yo… podría comprarles la panadería algún día? Nada me haría más ilusión —añadió tímidamente.
Ambos asintieron.
—La guerra terminará pronto, Gracie —le aseguró el señor Wilson—. Estarás haciéndole un favor al viejo lord Thomson. ¿Qué dificultad podría entrañar?
Grace le envió una nota al señor Selway y al día siguiente se encontró con él al ir a abrir la panadería.
—Nos iremos de inmediato —le dijo—. He oído historias de Dartmoor y de lo terriblemente duro que es ese lugar. Saquémosle lo antes posible.
—¿He de acompañaros?
—Eso me temo. Lord Thomson dejó estipulado que debía haber tres firmas en el documento de liberación: la vuestra, la mía y la del director de la prisión, un hombre llamado capitán Shortland, creo. Todo ante notario.
—¿Tres?
Sin decir nada, sacó el documento de libertad de una carpeta y lo abrió para mostrarle la primera firma. Grace se quedó sin aire en los pulmones.
—¿El duque de Clarence?
—El marinero Billy —respondió, al tiempo que guardaba el documento—. Saquemos a un hombre de la prisión, Gracie.
Y así lo iban a hacer al día siguiente mismo si no se hubiera producido una noticia inesperada que puso a toda Inglaterra patas arriba. Una noticia gloriosa, tan espectacular que todo Quimby había tenido dificultades para asimilarla: tras casi una generación en guerra, todo había terminado de repente. Acorralado, atrapado, su ejército desintegrándose y los aliados cada vez más cerca, Napoleón se había visto obligado a capitular.
El señor Selway le dijo a Grace que debía volver a Londres con la vaga explicación de que debía arreglar unos detalles.
—Si la guerra ha terminado, ¿volverán a su casa los americanos? —le preguntó al abogado el día que este volvió a pasar por la panadería, a mediados de marzo. No quería que le pareciera que albergaba grandes esperanzas, pero lo cierto era que con cada día que pasaba sentía menos deseos de cumplir con el testamento de lord Thomson, sobre todo si con ello alimentaba la animosidad del nuevo marqués, que seguía estando allí.
—Por desgracia no será así. Ese es otro conflicto. Aún seguimos teniendo la libertad bajo palabra de un hombre en nuestras manos, me temo —le confirmó, dándole las gracias con un movimiento de cabeza cuando ella le regaló varias Quimby Crèmes en una bolsa de papel—. Nuestro acuerdo de paz con Francia no podría ser peor para los americanos.
—¿Y eso? —preguntó, avergonzada de su ignorancia.
—Ahora podemos concentrar todos nuestros efectivos en la dichosa guerra americana. Creo que no tardaré en volver. La guerra parece estar cobrando intensidad.
Volvió en menos de una semana y llamó a la puerta de la panadería cuando ya habían cerrado por la noche y Grace estaba barriendo. Le dejó entrar y lo recibió con una sonrisa cansada.
—¡Qué poco me gustan las sillas de postas! —exclamó él, sin dejar que ella lo ayudara a quitarse el abrigo—. Solo he pasado para deciros que mañana nos vamos a Dartmoor —suspiró—. El capitán Daniel Duncan sigue siendo nuestro.
No sabría decir si se sentía o no complacida, y la desilusión se le veía en el rostro. El señor Selway le pasó el brazo por los hombros.
—Animaos, querida. Al menos no tendremos que quedarnos allí. Hagamos que nuestro amigo lord Thomson se sienta orgulloso de nosotros.
Grace sabía que su imaginación era muy fértil, pero tras pasar menos de una hora en Dartmoor supo con certeza que ni el ser más imaginativo podría soñar un lugar como aquel.
No es que hubiera salido de casa de un humor espléndido, pero estaba convencida de que había sido la primera parada del día lo que lo había empeorado. El señor Selway se había llevado la llave de la casa de los guardeses con la intención de que fueran lo primero a visitar el que iba a ser su hogar.
Cuando llegaron en la silla de postas, abrió la puerta con la llave que llevaba y se encontraron entre las cuatro paredes de una casa vacía.
—Creí entender en el testamento que se hacía referencia a la casa y su contenido —comentó Grace contemplando las cuatro paredes del salón vacío. Incluso lo habían dejado sin cortinas en la ventana.
Vio cómo el señor Selway apretaba la mandíbula.
—Esperad aquí —dijo y dando media vuelta salió de la casa.
Grace fue recorriendo las habitaciones. Había unas vistas magníficas desde las ventanas sin cortinas, aunque pensarlo le hizo reflexionar sobre la naturaleza caprichosa de lord Thomson.
El señor Selway no volvió de mejor humor.
—¡Qué drama! —exclamó alzando las manos—. ¡Cuánto orgullo herido! Lord Thomson no tiene ni idea de qué ha podido ocurrir con el mobiliario de la casa de los guardeses y lamenta profundamente que le haya acusado de vaciarla como si fuera la cesta de un pescador de sardinas —movió la cabeza—. Dice que todo será repuesto.
—No esperaré de pie a que eso ocurra.
—Haréis bien, porque probablemente enviará algún mobiliario, pero serán los trastos viejos que encuentre por el desván.
—No necesitamos mucho.
—Me alegro porque mucho no va a haber.
«Menos mal que no me habéis preguntado si tengo miedo», pensó cuando salían de Quimby a media mañana y empezaban a subir las colinas. «Me he ahorrado una mentira de proporciones monumentales».
Cuanto más subían más frío soplaba el viento, hasta que tuvo que envolverse en un chal totalmente inadecuado para aquellas temperaturas.
—¿Aquí también estamos en abril, o solo es abril en el resto de Inglaterra?
—Son muchos los que dicen que incluso la naturaleza conspira contra este lugar. He oído quejas sobre el cambio de temperatura en Dartmoor —miró por la ventana—. ¿Podría haber elegido Inglaterra un lugar más inhóspito para construir una prisión? Lo dudo. Puede que esa fuera la intención.
Los dos guardaron silencio mientras la silla de postas tomaba las curvas de un camino de tierra de considerable anchura, que parecía sugerir que un ejército entero había pasado por allí. «O un ejército de prisioneros», pensó Grace. «Pobres hombres».
Cuando pensó que ya no ascenderían más, los abrazó una densa niebla cargada de lluvia. Miró por la ventana. El coche entraba en un valle con forma de cuenco y allí estaba, la prisión de Dartmoor, un bloque de granito gris con un muro rodeándola a modo del perfil de una rueda y sus radios. Miró al señor Selway.
—Es un alivio saber que el viejo lord Thomson nunca estuvo aquí. Se le habría partido el corazón.
«A mí ya se me ha roto», pensó.
—Debe haber miles de prisioneros entre estos muros —añadió, rozando con las yemas de los dedos la caja de galletas que había llevado como regalo. Ojalá fueran panes y peces en abundancia.
—Los primeros internos de la prisión fueron franceses, prisioneros de guerra —le contó el abogado con la mirada puesta en sus muros de piedra—. No sé cuándo empezaron a llegar los americanos, pero imagino que sería después de 1812.
—No quiero entrar ahí —susurró Grace cuando el coche se detuvo y un pelotón de soldados de la Real Armada se acercó a la puerta.
—¿Quién podría culparos? —murmuró el abogado—. Allá vamos, Gracie.
Bajó la ventanilla y entregó los papeles. El soldado entró en una garita también de piedra que había junto a la puerta y se demoró tanto que Grace comenzó a sentirse incómoda.
—No va a haber nada en todo esto con lo que podamos sentirnos a gusto, ¿verdad?
—Desde luego que no, hija —replicó—. He estado en Newgate… como abogado, por supuesto, y ocurre lo mismo que aquí. No sé por qué cualquier persona que pretenda entrar, aunque sea para prestar asistencia legal, tiene que sentirse tan insignificante.
El soldado volvió con los documentos y se encaramó al pescante junto al cochero. La silla atravesó la primera verja, que conducía directamente a una segunda. Parecía haber un total de tres, y luego un muro interior que seccionaba el círculo y en el que había otra verja más pequeña que debía dar acceso a los bloques de internos.
El señor Selway lo miraba todo con atención.
—Imagino que dirigir una prisión debe requerir un montón de papeleo. Incluso la miseria debe estar documentada.
—Vuestras palabras parecen las de un radical —susurró ella y los ojos se le abrieron de par en par al ver el primer grupo de prisioneros, vestidos con unos anchos pantalones amarillos de sarga, que descargaban fardos de una carreta y los metían en un almacén.
—¿Ah, sí? Vaya —apretó su mano cuando el coche aminoró la marcha y se detuvo—. Fin del trayecto. A partir de aquí hemos de caminar.
El soldado saltó del pescante, abrió la puerta y le ofreció su mano enguantada a Grace. Ella respiró hondo antes de bajar, pero lo lamentó de inmediato porque de la prisión emanaba un hedor tremendamente desagradable. Se llevó la mano a la nariz, pero no consiguió nada.
Fueron conducidos de inmediato a una oficina del segundo piso de un edificio cuyas ventanas daban al jardín, como si quienes se ocupaban de aquel lugar miserable pudieran sentirse alejados de los infectos olores, visiones y sonidos que ocurrían a nivel del suelo. Miró por la ventana fascinada por el horror. La cárcel parecía estar dividida en lo que podrían calificarse de porciones de un pastel, separado cada edificio de tres plantas del de al lado por un alto muro.
Tras una larga espera, el señor Selway y ella fueron invitados a entrar en el despacho del director de la prisión, un puerto de tranquilidad y comodidad con cuencos olorosos de suave fragancia repartidos por toda la estancia. El director se presentó con un pañuelo perfumado pegado a la nariz y tomó los papeles que le ofrecían. Se pasó mucho rato examinando la firma que tanto le había sorprendido a Grace el día anterior.
—Incomprensible —dijo al fin, sacudiendo el pañuelo en el aire hacia ellos, como si también oliesen mal—. No puedo imaginar qué interés puede tener su señoría en este hombre —volvió a sacudir el pañuelo—. Adelante, lleváoslo. ¡Lleváoslos a todos! —volvió a mirar la carta y luego al ayudante que aguardaba en silencio—. Daniel Duncan, capitán del Orontes. Pabellón cuatro. Echadle un vistazo.
Y volvió a sumirse en los documentos que tenía sobre la mesa. Su tiempo había terminado, pero el señor Selway no se levantó.
—Capitán, ¿podría quedarse aquí la señorita Curtis mientras yo voy a por el prisionero?
Shortland miró a Grace frunciendo el ceño.
—No. Este maldito documento estipula que ella debe acompañaros a recoger al prisionero —miró al ayudante que aguardaba en la puerta—. Que una patrulla los acompañe. Estará suficientemente protegida.
—Suficientemente protegida no me gusta —murmuró el abogado cuando bajaban—, pero en fin… barbilla bien alta, Gracie. No tardaremos.
Rodeada por un grupo de marinos, entraron en el patio de la cárcel.
—No miréis a nadie —le aconsejó—. Mantened la vista al frente —añadió, apretando su mano con firmeza.
Hizo lo que le había sugerido, intentando no respirar hondo, ya que el hedor crecía a medida que se acercaban al edificio. Dos hombres en uniforme de faena custodiaban la entrada, bloqueándola con sus mosquetes. Uno de ellos se adelantó.
—Venimos a por Daniel Duncan, del Orontes —dijo el ayudante del director de la prisión—. Traedlo de inmediato.
