La era glacial - Arnoldo Gálvez Suárez - E-Book

La era glacial E-Book

Arnoldo Gálvez Suárez

0,0

Beschreibung

Dos hombres marcados por la enfermedad y el peso de sus propias vidas se encuentran por última vez. Santiago Arrabal, un célebre cantautor argentino, ha decidido enfrentarse a su enfermedad terminal emprendiendo una última gira. El viaje lo llevará a Guatemala, donde no solo buscará despedirse de sus seguidores, sino de los viejos afectos que marcaron su camino. Uno de ellos es Ismael Barahona, anciano patrón del hampa que no se resigna a soltar el poder, a pesar de encontrarse, él también, consumido por la enfermedad y el paso del tiempo. Ambos, a las puertas de la muerte, encontrarán en su vieja e improbable amistad un vínculo tan profundo como imposible. Es decir, un destino.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 108

Veröffentlichungsjahr: 2025

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Derechos reservados

© 2025, Arnoldo Gálvez Suárez

© 2025, Almadía Ediciones S.A.P.I. de C.V. Avenida Patriotismo 165, Colonia Escandón II Sección, Alcaldía Miguel Hidalgo, Ciudad de México, C.P. 11800

rfc: aed140909bpa

www.almadiaeditorial.com

www.facebook.com/editorialalmadia

@Almadia_Edit

Edición digital: mayo de 2025

isbn: 978-607-2631-16-8

Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento.

Hecho en México.

1

Los guardaespaldas toman café con pan dulce debajo de un cobertizo. Las mujeres hunden las manos en bolas de masa fresca. Los niños persiguen a los pavorreales. Un peón, con el pelo desordenado y la camisa abierta, arrastra el azadón con desgano y dibuja surcos indecisos en el polvo.

Todo está en orden.

El mundo todavía es suyo.

Sin dejar de mirar por la ventana, Don Ismael Barahona se arremanga la camisa y estira el brazo antes de que la enfermera, que se llama Rosaura, termine de sacar el tensiómetro del estuche. Cada tanto chasquea los dedos mientras espera a que Rosaura le coloque el brazalete inflable. Lo hace para apurar las malas noticias que suele darle la pantalla del aparato, pero sobre todo porque moverse con agilidad lo autoriza para acusar de incompetentes a quienes lo rodean. Le da lo mismo si los destinatarios de su florida colección de insultos son empleados o parientes. Nada lo divierte tanto como ver sus caritas compungidas pidiendo perdón. A veces, incluso, ni siquiera necesita insultar, le basta fruncir el ceño, clavar la mirada, apretar los labios.

Aunque acabó por acostumbrarse, cuando Rosaura comenzó a trabajar en la finca de los Barahona, le temblaban las manos cada vez que don Ismael la miraba así, con esos ojos de diablo joven perdidos en la cara de un viejo. Entonces sus años de experiencia en enfermería se esfumaban y las que debían ser tareas sencillas, como tomar una muestra de sangre o medir la presión, se convertían en hazañas imposibles. Menos mal, el sadismo juguetón de don Ismael Barahona tenía límites y al cabo de un rato terminaba por aburrirse.

“Tranquila, Rosana”, le decía.

“Me llamo Rosaura, don Ismael”, se atrevía a responder la enfermera.

Rosaura comenzó a cuidarlo después de un derrame cerebral del que nadie creyó que pudiera recuperarse. Sin embargo, si se lo mira hoy, no es posible imaginar que hace apenas un año arrastraba la pierna izquierda y llevaba la mano pegada al pecho como si estuviera todo el día cantando el himno nacional. Fue Rosaura la que poco a poco se fue adueñando de su cuerpo para que pudiera parecerse a lo que había sido antes del derrame; fue ella quien se hizo cargo de los chequeos, la medicación y las terapias: masajear, doblar y estirar los miembros inertes, una articulación, un ejercicio a la vez. Al principio, don Ismael no quería que lo ayudara nadie, estaba seguro de que el mal se iría solo, pero el día en que se fue de bruces antes de llegar al baño, sin poder usar la mano para amortiguar el golpe, acabó cediendo ante las insistencias de su mujer y de sus hijos. Nadie entendió cómo fue posible que el golpe no fuera fatal. Don Ismael Barahona y su familia viven en una casona construida hace cien años en el casco de la finca Madre Vieja. Tosca y sin ornamentos, la casa ostenta muros de piedra de un metro de grosor, cubiertos por un techo de cedro a dos aguas. El piso es también de piedra y en su obstinada dureza fue a estrellar don Ismael la frente, la nariz, el pómulo. Atributos casi sobrenaturales le adjudicaron los empleados de la finca a sus huesos por haber sobrevivido sin fracturas la caída. Le nació un cuerno en la frente y se le puso morado el ojo, pero nada más.

Ahora, don Ismael no solo depende de Rosaura, sino que la quiere. Cuando pasa demasiado tiempo sin tenerla cerca, comienza a llamarla con desesperación. Sus gritos, sin embargo, apenas se escuchan: una voz ahogada, a ratos sibilante, a ratos gutural, ha sido lo único que las terapias no han logrado corregir.

“Tranquilo, don Isma, aquí estoy”, le dice Rosaura y el viejo se va calmando ante la contemplación del cuerpo gordo de su enfermera madre, pero también novia.

“¿A qué me dijiste que se dedicaba tu papá?”.

Rosaura ha respondido esa pregunta mil veces.

“Era capataz de una melonera”.

No es que a don Ismael le interese particularmente esa o cualquier otra anécdota que Rosaura le quiera contar, lo que le gusta es regresar de vez en cuando con ella, de su mano, a ese territorio caluroso y polvoriento de la cuenca del Motagua, antes de que se convirtiera en un campo de batalla donde florecen los muertos; antes de que las casas de las fincas, como esta finca, fueran utilizadas como bodegas para almacenar armas y billetes embalados; antes de que los caminos de la zona fueran transitados por camionetas blindadas cuyos ocupantes, como los propios empleados de don Ismael Barahona, blanden con alarde subametralladoras e intimidan, detrás de gafas tornasoladas, a los habitantes de las aldeas cercanas; antes de que los niños de esas mismas aldeas, niños que todavía huelen a leche, estuvieran dispuestos a hacer cualquier cosa, incluyendo destripar prójimos y lamer su sangre, a cambio del dinero necesario para cromar en oro sus armas, para vestirse con atuendos muy específicos que no admiten variantes, para intoxicarse con ciertas sustancias mientras se masturban con la mirada perdida en las luces del cielo o en las pantallas de sus celulares.

“Nosotros éramos unos hijos de puta. Asaltábamos a los agentes viajeros, le tirábamos con onda a los vidrios de los buses que iban a Puerto Barrios, pero nunca hicimos las cosas que han hecho estos niños carniceros”, le dice don Ismael a Rosaura.

Tendido en el sillón reclinable dispuesto en mitad de la sala y mirando las vigas de madera que sostienen el techo, don Ismael espera, en ayunas y con la misma resignación de todos los días, los resultados de su primer chequeo. Esta vez no son malas noticias las que arroja el tensiómetro. Rosaura lo felicita:

“Con presión de patojo amaneció hoy, don Isma”.

El viejo sonríe apenas, pero ese gesto es suficiente para que Rosaura sepa cuánto lo alegra la noticia. A continuación, procede a pincharle el dedo índice. La gota de sangre tarda en asomar sobre la yema callosa. También son buenas las noticias que da el glucómetro. Rosaura vuelve a celebrar:

“Ve qué viejito más cabrón, azúcar y presión de patojo. Se van a tener que esconder las señoras”.

“Las señoras y sus hijas”.

Rosaura termina de guardar los aparatos y, cuando se dispone a abandonar la sala, don Ismael la sujeta del brazo.

“¿A qué hora viene el argentino?”.

“¿Qué argentino, don Isma?”.

El viejo se impacienta. Rezonga. Entorna los ojos.

“¿Cómo qué argentino? ¡Santiago Arrabal!”.

Rosaura se desprende de un tirón de la mano fría de don Ismael y retrocede dos pasos.

“¿Ese no era un cantante?”.

Don Ismael suspira, no tiene ganas de explicarle nada a Rosaura, está inquieto y sus muecas desdeñosas apenas pueden ocultar que algo le preocupa.

“Olvidalo. Andá a decirles a las choleras que me sirvan el desayuno y llamame a Mireya”.

Solo y quejumbroso, don Ismael acciona la palanca que coloca en posición vertical el espaldar del sillón. Se levanta al cabo del tercer intento y camina, un pasito detrás de otro, hacia los amplios ventanales frente a él. El esfuerzo le provoca un mareo. Trastabilla. Se sostiene del colmillo de mamut que adorna el centro de la sala. El robusto pedestal de guayacán que soporta el colmillo no cede ante su peso. Le da miedo, de cualquier forma, dar un paso más. De modo que se queda allí, acariciando el trozo de marfil fosilizado, como hizo tantas veces, ante tantos hombres y mujeres que lo visitaban, con reverencia contrita, para pedirle favores. Ellos suplicaban y, en silencio, don Ismael los miraba con esos ojos azules expertos en infundir terror, mientras las yemas de sus dedos memorizaban, a la manera de los ciegos, las texturas prehistóricas del hueso. Los suplicantes no habrían podido decidir qué los había intimidado más, si la mirada del viejo patriarca, que doblegaba la voluntad de policías, alcaldes, gobernadores y coroneles, o la presencia del enorme colmillo, indiferente y totémico, empotrado en ese pedestal en el que habían trabajado los mejores carpinteros y ebanistas de Ciudad Vieja, allá en las faldas del volcán de Agua.

Suspira. Los ojos de piedra azul, siempre atentos, siempre amenazantes, se aguadan de pronto. Se le ha perdido la mirada más allá de las ventanas. Allá donde se ven crecidos los matorrales, poco antes de que esos cercos comiencen a parcelar los potreros, se encontraban las cuatro pistas de aterrizaje, hoy convertidas en lodazales, que inauguró a mediados de los noventa y bautizó como el Póker de Reinas. No eran necesarias cuatro, una sola habría sido suficiente, pero el prestigio de don Ismael estaba entonces al alza y había que alimentarlo. ¿De qué otra manera se puede saber cuál es el gallo que manda si no es porque canta primero, canta más recio y sus plumas son las más vistosas? Por eso, también, hizo una fiesta para inaugurar las pistas. Hasta cortó un listón rojo como hacen los alcaldes. Vinieron los colombianos con sus camisas de seda y, aunque le cueste reconocerlo, les estrechó las manos con sumisa admiración. Vinieron los hermanos Barake de Honduras. Vino el Panameño, el Chato Peña y la Orquídea de Guerrero. Vinieron todos los alcaldes de Zacapa y otros tantos de Chiquimula y de Jutiapa. Vino el general Batres, el coronel Osegueda, el mayor Urbina. Hubo baile, torneos de tiro y de trote con caballos pura sangre. Amenizó la banda de los hermanos Aldana y las edecanes del Diamante Persa. Se sacrificaron seis becerros, diez marranos y cuarenta gallinas. La cerveza se contó por barriles y el ron por toneles. Todo el pueblo comió y bebió. Los cuerpos, inconscientes, satisfechos, quedaron panza arriba en plena calle y la fiesta duró tres días.

Una voz severa y llena de autoridad interrumpe de golpe las ensoñaciones de don Ismael. Sobresaltado, da media vuelta apenas soltando el colmillo y cambiando de manos para evitar perder otra vez el equilibrio. Es Mireya, su esposa, y se le nota impaciente. A lo mejor había estado hablándole desde hacía mucho tiempo.

“Hoy vienen a desayunar Jocobito y Miguel”, dice Mireya. “¿Los espera?”.

Don Ismael, enfurruñado, consulta el reloj de oro que le baila en la muñeca; tantos meses de tenerlo inmóvil le han adelgazado el brazo y no ha habido manera de ajustar la pulsera. Se lo muestra a Mireya y, después de respirar hondo, suelta el colmillo y comienza a caminar hacia el comedor.

“Yo desayuno a las siete”, dice cuando la tiene cerca y ella, recién bañada, olorosa a loción cítrica y a talco, lo toma del brazo malo para ayudarlo a llegar al comedor.

Aunque su deseo es bienintencionado, le aprieta el brazo y lo jalonea con brusquedad. A veces, cuando la enfermedad, la conciencia de los años y de la muerte escuecen la piel de adentro, a don Ismael se le ocurre que Mireya, impetuosa y robusta, encuentra cierto placer sádico en presumirle su lozanía. Al lado de ella, don Ismael siente su decrepitud más dolorosa, más irremediable. Ese pavonearse de sus pantorrillas macizas, ese mover el culo por toda la casa, piensa a veces, podrían ser también una venganza: treinta y ocho años tenía él cuando la fue a sacar a la fuerza de la aldea El Chiltepón y se la llevó a vivir con él a la finca Madre Vieja. Mireya tenía dieciséis.

“¿A qué hora viene el argentino?”, pregunta antes de sentarse a la cabecera de la mesa para dieciocho comensales, donde él se imagina a sí mismo como un rey solo, abandonado por sus capitanes y sus vasallos.

“¿Santiago?”, dice Mireya con ese tono inocente, desprovisto de intenciones, con el que solamente se quiere ganar un poco de tiempo para pensar la respuesta.

“¡Cuál otro, por la gran puta! Es el único argentino que conozco”.

Mireya suspira.

“Lo mandé a recoger al hotel a las diez”.

“¿Dónde se está quedando?”.

“En el Dominico”.

“¿En la Antigua?”.

Mireya asiente.

“¿Y por qué? ¿No tenía que cantar en Guatemala?”.

Mireya no puede contenerse:

“¿Y yo qué chingados voy a saber por qué se está quedando en la Antigua? ¡Pregúnteselo a él!”.

Don Ismael voltea a verla con los ojos muy abiertos. A lo mejor quiere responder al exabrupto con uno mayor, más enfático, pero el susto puede más que las ganas de hacer valer su autoridad.

“Si no tiene otros compromisos debería estar llegando aquí al mediodía”.

Mireya le da la espalda y lo deja solo.

Ya se ha terminado el desayuno, el aguacate cosechado allí mismo, las tortillas con queso fresco, las pepitas de marañón tostadas y la taza de leche con café instantáneo, cuando llegan sus hijos. Los ve de arriba abajo y no los invita a sentarse.

“Aquí se desayuna a las siete”.

“¿Qué dice, papa?”, pregunta Jacobo, el mayor, haciendo el gesto idiota de doblarse la oreja para escuchar mejor.

“Lo que oíste, pendejo”.

Sabe que no vienen nada más a compartir el desayuno, que no es esta una visita familiar. Si lo fuera, habrían traído a los niños. Sabe que vienen a actualizarlo sobre el estado de alguna operación, a pedirle permiso para