La escritora - J. D. Barker - E-Book

La escritora E-Book

J.D. Barker

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Beschreibung

UNA ESCRITORA DE FAMA MUNDIAL. El detective Declan Shaw, de la policía de Nueva York, recibe una llamada pidiéndole que vaya con urgencia al emblemático edificio Beresford en Central Park. Allí, en uno de los apartamentos, Shaw encuentra a una mujer esperándolo. Está cubierta de sangre, y en el suelo de la lujosa sala de estar yace sin vida el cuerpo de un hombre. UN CUERPO SIN VIDA EN SU LUJOSO APARTAMENTO DE NUEVA YORK. En las estanterías se pueden ver una gran cantidad de libros de la exitosa escritora Denise Morrow, especialista en crímenes. «¿Es usted?», le pregunta Shaw a la mujer. «¿Es usted la escritora?». UN DESENLACE QUE NADIE SE ESPERA. Solo una persona sabe qué es lo que realmente ha ocurrido, y todos se preguntan si ella es una víctima o una asesina

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Seitenzahl: 462

Veröffentlichungsjahr: 2026

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Índice

ENTONCES

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Título original inglés: The Writer.

© del texto: James Patterson, 2025

Esta edición ha sido publicada gracias a un acuerdo con The Foreign Office

Agència Literària, S.L. y Kaplan/DeFiore Rights

© de la traducción: Víctor Manuel García de Isusi, 2026.

© de esta edición: RBA Libros y Publicaciones, S. L. U., 2026.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

rbalibros.com

Primera edición: febrero de 2026.

REF.: OBEO036

ISBN: 9791370311292

Composición digital: www.acatia.es

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47). Todos los derechos reservados.

ENTONCES

1

REG. 18/10/2018 - 18:58

(HORARIO DE VERANO DEL ESTE)

TRANSCRIPCIÓN: GRABACIÓN DE AUDIO

DETECTIVE DECLAN SHAW: ¿Es Maggie Marshall?

VOZ NO IDENTIFICADA: Sí. Catorce años de edad. Estudiante de la Academia Barrett’s. Iba a... SHAW: Sí, sé quién es. Todos estábamos pendientes de ella desde lo de la alerta ámbar. Transcriptor, para que conste, hace dos días y medio, la madre nos puso al corriente de que la chica, Maggie Marshall, había desaparecido. La última vez que la vieron fue a la salida del colegio, pero no llegó a casa. Ha salido en las noticias y toda la ciudad está al tanto. ¿La han tocado o la han movido?

VOZ NO IDENTIFICADA: No. Así es exactamente como la han encontrado.

SHAW: ¿Los del equipo de reparaciones eléctricas?

VOZ NO IDENTIFICADA: Sí.

SHAW: ¿Dónde están?

VOZ NO IDENTIFICADA: Los tenemos esperando en la 86.

SHAW: ¿En la comisaría de Central Park?

VOZ NO IDENTIFICADA: Sí.

SHAW: Vale. Por favor, hacedme un poco de sitio. (Se aclara la garganta). Las tres últimas noches ha llovido. La chica yace en el barro como a unos treinta centímetros de la pared noreste del Blockhouse de Central Park. Está muy hinchada y descolorida debido a la exposición. Tiene el mismo pelo, largo hasta los hombros, que en la foto que nos facilitaron. ¿Habéis podido identificarla?

VOZ NO IDENTIFICADA: Hemos encontrado su mochila en esos arbustos de allí. Tiene la identificación de estudiante y su nombre está escrito en varios libros de texto. Es ella.

SHAW: El forense confirmará su identidad, pero hay muchas posibilidades de que se trate de Maggie Marshall. Exceptuando el calcetín en el pie izquierdo, está desnuda de cintura para abajo. Puedo ver los vaqueros, el otro calcetín y los zapatos, diseminados a algo más de un metro del cadáver. Como he dicho, lleva puesto el calcetín izquierdo. Las bragas están hechas un revoltijo cerca de la planta de su pie izquierdo. El suelo a su alrededor está muy removido. A pesar del agua estancada, o puede que debido a ello, veo marcas a ambos lados del cuerpo de la chica, donde está claro que el atacante se puso encima de ella. También hay unas huellas de entre dieciocho y veinticuatro centímetros de anchura a ambos lados de la chica y entre sus piernas. Yo diría que se trata de marcas dejadas por las rodillas del desconocido. Hay signos evidentes de lucha: señales de patadas y golpes en el barro y en la tierra alrededor de los pies y de las manos de ella, casi como... como si la chica hubiera intentado escapar excavando por debajo del agresor.

(Doce segundos de silencio).

Veo que tiene moretones que coinciden con la forma de una mano..., la derecha... Una mano del tamaño de la mía. La marca del pulgar empieza a una distancia de entre centímetro y medio y dos centímetros a la izquierda del hueso hioides, y los otros cuatro dedos se ven alrededor del lado derecho. La cogió con una sola mano. La chica tiene otro moretón grande justo encima del ombligo, lo que me lleva a pensar que el agresor la mantuvo sujeta con la rodilla. Hay otros moretones bien visibles en la parte inferior de las muñecas. Si el hombre la estranguló con la mano derecha, es muy probable que le sujetara las manos por encima de la cabeza con la mano izquierda mientras perpetraba la agresión. Está claro, por cómo está removida la tierra alrededor de ella, que la chica se enfrentó a él, pero que no tuvo muchas oportunidades de hacer nada. Tiene ambos ojos inyectados en sangre. La petequia del lado derecho apoya la teoría del estrangulamiento. Este es un lugar aislado, pero ¿por qué coño no oyó nadie los gritos de la chica? Porque tuvo que gritar. (Resopla). Examinando mejor sus manos, veo que tiene las uñas llenas de tierra, sin duda de agarrarse al suelo. Es posible que arañara al agresor, pero me temo que va a resultar complicado obtener pruebas. Hay demasiadas pisadas, unas encima de otras. Habrá que eliminar las huellas de los que han llegado primero al escenario del crimen y quizá tengamos suerte.

(Nueve segundos de silencio).

¿Dónde está la mochila?

VOZ NO IDENTIFICADA: Aquí.

(Sonido de pasos).

SHAW: Transcriptor, para que conste, en el carné de estudiante que hay en la solapa delantera de la mochila de la Academia Barrett’s pone «Margaret Marshall». Dentro de la mochila hay tres libros de texto, deberes de Matemáticas y una copia en rústica de Mujercitas de Louisa May Alcott. La tarjeta de la biblioteca que usa como punto de libro en la página noventa y siete también pertenece a «Margaret Marshall».

VOZ NO IDENTIFICADA: ¡Detective, tiene que ver esto!

(Sonido de pasos. Dieciocho segundos de silencio).

SHAW (Grito ahogado). ¡A ver, sacad fotos antes de que nos lo llevemos! ¡Quiero fotos tanto de cerca como desde cierta distancia para establecer la proximidad! ¡Y sacad también estas huellas...! (Ininteligible; a continuación, susurrado). ¡Puta lluvia! Tenemos un reloj Citizen. Viejo. Esfera marrón y taquímetro. Correa de cuero marrón cosido. Parece que el pasador de arriba está roto. Su dueño ha debido de perderlo. Es un reloj de cuerda y todavía funciona, lo cual significa que lo han perdido recientemente. Las huellas que hay por la zona resultan similares, puede que incluso las mismas, que las que hay alrededor de la chica..., aunque son más frescas. Con lo que ha llovido, no deben de tener ni veinticuatro horas.

VOZ NO IDENTIFICADA: ¿Cree que el agresor volvió?

SHAW: Puede que sí, para moverla tal vez. O puede que quisiera ver lo que había hecho. Suele gustarles. Si nos fijamos en las huellas, parece que se quedó aquí y... ¡ajá! Mire ahí, una colilla. Métala en una bolsa.

VOZ NO IDENTIFICADA: ¿El cabrón se quedó aquí fumando?

SHAW: Eso parece. Hay una inscripción en la parte trasera del reloj. Pone... Lucky. segunda

VOZ NO IDENTIFICADA: Creo que sé a quién podría pertenecer el reloj.

SHAW: ¿En serio?

SEGUNDA VOZ NO IDENTIFICADA: Sí. Soy Robert Morter, el jefe de los servicios del parque.

SHAW: ¿Reconoce el reloj?

MORTER: No, el reloj no, el nombre: «Lucky». En la cuadrilla de jardineros tenemos a un tipo al que llaman así.

(Fin de la grabación).

/MG/STG

AHORA

2

Declan Shaw era un buen policía.

«Es un buen policía», se dice a sí mismo.

Porque, hasta que salte, sigue viviendo en el presente. Y ese es el problema, ¿no? Cualquiera puede acercarse a una estación de metro desierta y cualquiera puede acercarse al borde del andén y esperar al siguiente metro. Ahora bien, ¿cuántos tienen los cojones de lanzarse a las vías? Porque tampoco es que sea tan fácil. Si saltas demasiado pronto, acabas debajo del metro. Si saltas demasiado tarde, acabas rebotando contra el metro. La clave es estar en el aire en el momento justo, chocar directamente de cabeza contra el metal. No sientes dolor, se apagan las luces y punto.

La estación de la calle 81 es un secreto bien guardado que, sin embargo, no hay un solo policía de Nueva York que no conozca. La estación está justo debajo del Museo de Historia Natural, en las líneas A/B/C, y, en cuanto el museo cierra, sus andenes se convierten en una ciudad fantasma. También es uno de los lugares preferidos de los suicidas. Pocos trenes se detienen allí, y la mayoría de los convoyes aceleran. Existe un acuerdo tácito entre conductores: si vas a llevarte a un suicida por delante —y en la 81 es muy posible que suceda—, mejor que sea rápido.

Se oye el murmullo del metro por el túnel, puede que a un minuto de distancia.

—Hazlo, puto cobarde. Estás sangrando sobre la pintura blanca. —A Declan su propia voz le suena extraña, y en cuanto las palabras salen de su boca, toma conciencia de lo que está haciendo, como si hablar en voz alta fuera la mayor locura que pudiera cometer en ese momento, como si eso fuera lo que le más le preocuparía a un testigo que estuviera viendo la escena.

La sangre brota de un corte que se ha hecho en la mano. No es una herida seria, solo un rasguño. En cualquier caso, Declan sangra lo suficiente como para manchar la tubería de metal que está sobre su cabeza, una tubería que lleva sujetando cosa de una hora. Sin soltarla, se acerca un poco más al borde del andén, pero se detiene cuando sus zapatos quedan mitad dentro, mitad fuera.

Comprueba el ángulo.

El equilibrio.

Tensa los músculos de las piernas.

Los relaja.

Los tensa de nuevo.

Toma aire, un aire aceitoso y húmedo, y se aclara la garganta a medida que traga saliva.

El ruido del metro se hace más presente.

En los catorce años que lleva en el Departamento de Policía de Nueva York, Declan ha oído hablar de otros cuatro policías que murieron en este mismo lugar..., probablemente, sujetándose a esta misma tubería de los cojones. No hay ni una placa ni una fotografía conmemorativa en la pared, pero cuando Declan cierra los ojos los siente a los cuatro allí mismo, a su lado. Los oye contando por lo bajo los segundos que faltan para que el metro salga del túnel. Nota sus manos, listas para darle el empujoncito. Para ayudarle a hacerlo.

—Tú tranquilo —le dice uno de ellos—, que ya te tenemos.

—Dobla las rodillas —le dice otro—. Así nos resultará más fácil empujarte.

Lo que le dice el siguiente es lo que le llega más adentro. Lo que le dice el siguiente es como un puñetazo en las tripas, porque en esa voz oye la de su padre:

—Será mejor que estés seguro de lo que haces, porque para esto no hay vuelta atrás.

—Tampoco hay vuelta atrás para lo que he hecho —se dice Declan. Su voz suena con cierto eco al resonar en las baldosas.

El ruido del metro se hace más intenso. La tubería, el andén, el aire..., todo cobra vida con la vibración que produce el convoy.

Deben de faltar unos veinte segundos.

Declan conserva muy pocos recuerdos de su padre. Solo tenía siete años cuando falleció en un accidente, cuando trabajaba en una obra, por encima de la 41; un accidente que no habría sucedido si el capataz no hubiera estado presionando a todos los trabajadores para que hicieran turnos dobles a fin de cumplir con un plazo ridículo que a nadie le importaba una mierda después de tantos años. Su padre perdió el punto de apoyo, o eso les dijeron a su madre y a él. ¿Le habría sucedido si no llevara trabajando quince horas seguidas? A su padre, no. De ninguna manera. Declan casi no recuerda ya su cara; su voz, en cambio..., con aquel fuerte acento irlandés..., sigue oyéndola como cuando era un niño.

—No se huye de los problemas, chico; ¡los problemas hay que cogerlos por la puta garganta!.

—Es que esto es muy diferente, papá.

Le cae una gota de sangre de la mano y va a pararle a la mejilla. Se la limpia y se fija en el pequeño tatuaje que tiene entre el pulgar y el índice: «MM».

—A veces excavas un agujero y no hay forma humana de salir de él.

Empiezan a verse las luces del convoy.

El metro está justo a punto de doblar la esquina.

Diez segundos.

Declan siente cómo se le tensan los músculos. Todos. Siente electricidad en la punta de los dedos. Nota amplificados los sonidos, los olores, los colores.

Siete.

Cuando el metro aparece en el túnel, se mueve tan rápido que parece que vaya a salirse de las vías..., aunque no se sale. Saltan chispas. Se oye un chirrido muy áspero. Declan mira a los ojos al conductor, el conductor lo ve a él un instante después, y ambos se miran durante unas centésimas de segundo. Declan se dice a sí mismo que debe de parecer estoico, duro. Resuelto. En realidad, no puede seguir escondiendo su miedo, igual que no puede esconderlo el conductor.

Tres.

El mundo decelera.

El conductor busca el freno de emergencia. Lo rodea con los dedos..., pero no tira de él. Ambos saben que es demasiado tarde para eso.

Dos.

Declan cierra los ojos.

—Lo siento, papá.

Uno.

3

A Declan le suena el móvil.

En el instante que tarda en procesar el sonido el metro chilla mientras pasa a una velocidad difícil de concebir, un chillido al que le sigue una ráfaga de aire que está a punto de aspirar del andén al detective, formando un torbellino de polvo. El hecho de que esté sujeto a la tubería es lo que impide que se caiga y acabe debajo de uno de los vagones, o puede que no, pero, desde luego, ya no acabará en la cabecera del metro, y en cuanto se percata —no tarda más de un milisegundo en hacerlo—, Declan se echa hacia atrás impulsándose con la tubería y cae al suelo torpemente, contra uno de los pilares de la estación.

El tren desaparece.

El sonido se desvanece.

Respira hondo, empapado en sudor. Todas y cada una de las fibras de su cuerpo chillan. Protestan. Esta no es la primera vez que intenta saltar esta noche —es la cuarta—, y sabe que el siguiente tren llegará en siete minutos. Se rehará y volverá a intentarlo. Puede que Declan sea muchas cosas, pero no es un fracasado.

Su móvil vuelve a sonar, estridente; le vibra en el bolsillo. Lo saca como puede y mira la pantalla. Es su compañero, Jarod Cordova.

Declan pulsa «Rechazar».

Cordova tiene sesenta años, así que es veinticuatro años mayor que Declan y está a tres de la jubilación forzosa. Aunque la mayoría de los polis se lo toman con calma en esta fase de su carrera, es como si Cordova considerase que el tiempo que le queda por desgranar al reloj hasta esos sesenta y tres años es un reto personal: ¿cuántos casos podrá cerrar antes de que le regalen el reloj Apple de oro que no es de oro y un billete de ida a Boca Raton? Porque su actual carga de trabajo no le parece suficiente, y ha adoptado la costumbre de llevarse a casa los expedientes de casos sin resolver y trabajar en ellos durante su tiempo libre. Y estas llamadas a última hora de la noche suelen significar que el hombre está en la mesa de la cocina, rodeado de papeles amarillentos y que quiere hablar de algo que ha descubierto.

No.

Esta noche no.

Declan tiene la tarjeta de baile completa.

Quedan cinco minutos para que llegue el siguiente metro.

Declan se está sacudiendo el polvo de los vaqueros cuando vuelve a sonarle el móvil. Esta vez es un mensaje:

«¡Cógelo, joder!».

Cuando el móvil empieza a sonar, Declan se plantea lanzarlo contra la pared..., pero decide no hacerlo. A veces es mejor quitarse la tirita de golpe. Pulsa el botón lateral y:

—Mira, tío, ahora mismo estoy ocupado. ¿No puedes esperar un rato?

La voz áspera de Cordova responde:

—¿Dónde estás?

—En un sitio. Ocupado.

—¿Ocupado? ¿Dónde? ¿Estás cerca del Upper West Side?

Declan mira la estación vacía. Suciedad. Porquería. Los rastros que ha dejado en el suelo con los zapatos, con los dedos. En la pared del otro andén hay un cartel anunciando una exposición sobre tiburones que llega al museo el mes que viene. La fecha hace mella en él: el mes que viene.

Declan traga saliva.

—Declan, ¿estás ahí?

—Sí, perdona.

—Me han llamado. Un allanamiento de morada que ha salido mal.

El reloj que hay al otro extremo del andén marca las 21:52.

—No sé, parece que no es problema nuestro, ¿no?

—Hay un muerto como mínimo y han disparado contra los agentes que han acudido. Ha salido a relucir tu nombre.

—¿Cómo que ha salido a relucir mi nombre?

—No sé los detalles, pero el teniente quiere que vayamos. ¿Cuánto tardarías en llegar al 211 de West Central Park? Al Beresford.

Cuatro minutos para el siguiente metro.

No tiene por qué hacer esto.

Lo único que tiene que hacer es volver a ponerse al borde del andén y contar hasta algo menos de doscientos y, entonces...

Cordova dice:

—¿Quieres que te envíe un coche?

Detrás de Declan una joven suelta una risita y el sonido resuena por las baldosas del andén. Un momento después, dos veinteañeros bajan las escaleras hasta el andén: una chica guapa con un vestido negro ajustado que se apoya en un chico con una chaqueta deportiva, vaqueros y unos Birkenstocks. Ambos están borrachos. Probablemente anden buscando privacidad. Evidentemente, ninguno de los dos se alegra de ver allí a Declan, porque enseguida dan media vuelta y desaparecen escaleras arriba trastabillando.

La vida sigue.

Declan respira hondo, como derrotado, y se mira la herida de la mano. Está rosada y fea, pero ya no sangra.

—Estoy en el parque. Llego en unos minutos.

—Ve a la entrada de West Central Park. A la torre de apartamentos. Nos vemos allí. Date prisa.

4

Cuando Declan sube los escalones de la estación hasta la 81, la pareja borracha ha desaparecido y él ya no tiembla..., aunque la ansiedad no ha desaparecido; de hecho, la nota burbujeando por debajo de la piel, buscando una salida. Hasta que no tiene el edificio Beresford a la vista no se concentra en lo que le ocupa ahora.

A menos de una manzana, el Beresford, un edificio de veintidós pisos, se alza imponente sobre la zona oeste de Central Park como un patriarca de la antigua Nueva York. Construido en 1929, de estilo renacentista, es uno de los edificios de apartamentos más prestigiosos y lujosos de la ciudad. El exterior de piedra está adornado con gárgolas, dragones y diseños florales desde las puertas extraordinariamente altas hasta las tres torres de arriba; podría decirse que es un castillo moderno. El edificio apesta a dinero.

«Nunca vivirás ahí», le había dicho su padre un año antes de morir. Iban en el autobús, de vuelta a casa tras haber asistido a un festival irlandés en Coney Island. Su madre iba dormida. Aquel era uno de los pocos recuerdos que Declan tenía de los tres juntos fuera de su pequeño apartamento. «Si alguna vez tienes la suerte de entrar, será para limpiar la mierda de alguien que vive allí. Recuérdalo, porque la gente esa tiene la capacidad de hacer que su mierda destelle, de hacerte creer que quieres limpiársela. Hazlo, nada tiene de malo el trabajo honesto, pero no dejes que te engañen y te hagan pensar que ese es tu hogar, porque en el momento en que eso suceda, se convertirán en tus dueños».

El portero de la entrada de West Central Park ve llegar a Declan por la acera, se fija en la placa que lleva en el cinturón y le abre la puerta antes incluso de que el detective llegue a la marquesina.

—¿Sabe usted adónde tiene que ir?

—A la torre de apartamentos.

Declan deja atrás al portero, cruza el ornamentado vestíbulo y empieza a sonarle el móvil justo cuando llama al ascensor. Esta vez no es su compañero.

—Ayudante del fiscal del distrito Carmen Saffi —responde Declan—, ¿en qué puedo ayudarte?

—Estás respondiendo a la llamada del Beresford, ¿verdad?

«¿Cómo coño se ha enterado tan rápido?».

—Ahora mismo estoy en el vestíbulo, a punto de subir.

—¿Ha llegado ya la prensa?

—¿Por un allanamiento de morada? ¿Qué interés podría tener la prensa?

—Lo tendrá. Es importantísimo que te encargues del caso con sumo cuidado, detective. En la casa vive una gran amiga del alcalde.

«Vamos, que es una de las grandes contribuyentes a su campaña. ¿Es a eso a lo que te refieres, no?».

Las puertas del ascensor se abren y Declan entra y pulsa el botón de la torre.

—Con sumo cuidado. Entendido.

—Lo digo en serio, Declan. Van a ser muchos los que estén pendientes del caso y no queremos un relato negativo.

—Estoy en el ascensor, Saffi, te pierdo. Vuelve a llamarme. —Y cuelga.

Cuando se abren las puertas, Declan se topa de frente con un muro de policías. Seis agentes uniformados de pie en un vestíbulo abarrotado, tocándose las narices y de cara a una puerta cerrada que hay en el lado opuesto del pasillo. Cordova ha llegado antes que él. El hombre está de espaldas, hablando por el móvil. Tenso.

El sargento Jorge Hernandez ve a Declan y frunce el ceño.

—¿Es que te has quedado dormido en un callejón, Dec? Tienes un aspecto horrible.

Declan se pasa los dedos por el pelo moreno y enmarañado. Vuelve a temblarle la mano. Se la mete en el bolsillo.

—La próxima vez que me llames me pondré tu pintalabios preferido. Dime, ¿qué hago aquí?

Hernandez señala el fondo del pasillo con la cabeza.

—La esposa llega a casa y se encuentra la puerta del apartamento abierta y a su esposo muerto. Llama a la poli. Dice que, quienquiera que haya hecho esto, podría seguir en el apartamento. Aparecen mis chicos, y va ella y les dispara cuando intentan franquear la puerta. Les dice que allí no va a entrar nadie que no seas tú: «¡El detective Declan Shaw, el detective Declan Shaw!», dice una y otra vez. Puta chiflada... Ha tenido suerte de que los míos no hayan respondido a los disparos.

Hernandez y Declan habían patrullado juntos. Cuando Declan fue a por su placa de detective, Hernandez optaba a los galones. A diferencia de Declan, está casado, tiene cuatro hijos, y según se rumorea su mujer vuelve a estar embarazada. Aunque nadie ha dicho nada todavía, todo el cuerpo lo sabe. Hernandez pone una horrible cara de póker, miente fatal y es la última persona a la que le pedirías que te guardase un secreto, así que, siempre que se esfuerza en no soltar prenda, Declan lo cala al instante:

—¿Qué es lo que no me estás contando?

Hernandez frunce los labios.

—Hay algo que no encaja.

—¡La mujer ha disparado a los agentes de policía que han respondido a la llamada, joder, no me digas que hay algo que no encaja!

—No, no me refiero a eso. Lo de los disparos ha sido un acto reflejo. Mis chicos se han identificado y, acto seguido, han entrado por la fuerza y la mujer se ha asustado. Yo diría que tenía el dedo en el gatillo. Ha dado un brinco y ha disparado sin querer. El disparo ha sido muy alto y ha impactado muy lejos. Ni siquiera estaba apuntando a mi gente. No, no me refiero a eso. —Hernandez le hace un gesto a uno de los agentes—. Marco, dale al detective Shaw tu chaleco y la radio, ya que, al parecer, se ha olvidado de cómo hay que presentarse adecuadamente en el escenario de un crimen.

—Es que no estoy de servicio —musita Declan mientras se pone el equipo—. Si el problema no es que os haya disparado, entonces, ¿cuál es?

—Ahora lo verás.

Este no es el primer rodeo de Declan, y el detective intuye adónde quiere llegar Hernandez.

—¿Crees que lo del marido lo ha hecho ella y que lo del allanamiento de morada es mentira? ¿Para cobrar el seguro o algo así?

—No sería la primera vez. —Baja la voz—: Está cubierta de sangre. Si solo hubieras encontrado el cadáver, no tendrías esa pinta.

Cordova, que sigue al teléfono, camina arriba y abajo y tiene la cara roja. Cuando ve a Declan lo saluda con la cabeza, como frustrado, se vuelve y murmura algo que suena mucho a «Roy Harrison» —el gilipollas ese de Asuntos Internos—. Declan no tiene ningún interés en saber de qué va el tema. Los de Asuntos Internos se les subieron a la chepa con lo de Maggie Marshall, y da lo mismo que no encontraran nada, los cabrones no sueltan el hueso. Harrison tiene a todo Asuntos Internos rebuscando en todos los casos cerrados de Declan y Cordova en busca de vete tú a saber qué.

Declan aparta ese pensamiento y se acerca a la puerta del apartamento con Hernandez siguiéndolo de cerca. Busca el micrófono prestado que lleva adherido al hombro, lo pone en posición de transmitir y pregunta:

—¿Me recibes?

Hernandez ajusta su auricular y asiente:

—Alto y claro.

—Tú, sígueme.

Hernandez les frunce el ceño a los agentes que hay en el vestíbulo, enfrascados en una conversación insustancial.

—¿Y si nos callamos, caballeros? Que parezca que están atentos.

Cordova deja de hablar por el móvil y los agentes se callan.

Declan pregunta:

—¿Cómo se llama la mujer?

—Denise Morrow.

Hernandez lo dice como si el nombre tuviera que significar algo para Declan.

El detective se lleva la mano a la cadera, donde lleva la Glock, y desabrocha la tira de seguridad de cuero de la pistolera, aunque no saca el arma. Doblando el dedo, llama suavemente a la puerta y habla procurando que su voz suene lo más calmada posible:

—¿Señora Morrow? Soy el detective Declan Shaw, del Departamento de Policía de Nueva York. Tengo entendido que ha dicho que quería verme. —Como la mujer no responde, Declan gira el picaporte—. Voy a entrar. No dispare.

5

Mientras abre la puerta, Declan echa una ojeada rápida a la cerradura y a la jamba. Está claro que la han forzado; hay arañazos en esa zona del latón, un latón que, por lo demás, está inmaculado. La jamba también está marcada y hundida, como si alguien hubiera metido un destornillador grande en un espacio pequeño y hubiera intentado abrir la puerta haciendo palanca. También hay sangre, aunque no mucha; como si quienquiera que hubiera forzado la puerta se hubiese raspado los nudillos.

Hernandez tiene razón, aquí hay algo que no encaja.

Si un criminal que pretende llevar a cabo un allanamiento de morada sabe cómo abrir la cerradura, no intenta abrir la puerta haciendo palanca, y si el criminal hace palanca, no necesita forzar la cerradura. La cuestión es que no haces ambas cosas. Y tampoco utilizas un destornillador para hacer palanca. Necesitas algo mucho más grande, como una pata de cabra. Y cuando utilizas una pata de cabra la lías, pero bien: rompes la jamba y, a veces, también la puerta, porque tienes que empujar lo suficiente como para que el pestillo supere la placa de refuerzo. Ahora bien, eso no es lo que ha pasado en este caso. Ni lo uno, ni lo otro. Porque los arañazos en el latón alrededor de la cerradura son demasiado anchos, probablemente, hechos con el mismo destornillador grande. Desde luego, no los ha hecho una ganzúa; las ganzúas son estrechas y puntiagudas. Ni siquiera lo de la sangre tiene sentido. ¿Qué criminal que se precie la habría dejado sin limpiar? Puede que un adicto a la metanfetamina no se hubiera parado a pensar en ello, pero ¿alguien con intención de entrar en una casa de un edificio como este? Todo resulta superficial. Una representación. Alguien ha cogido un destornillador, ha estropeado la jamba, y luego ha rallado el embellecedor de la cerradura.

Declan mira a Hernandez. El sargento asiente y musita:

—¿Ves a qué me refería?

«Sí», piensa Declan.

El detective se aclara la garganta:

—¿Señora Morrow? Soy el detective Declan Shaw. Voy a entrar. Estoy solo. No dispare.

El detective respira hondo y entra en el apartamento. A continuación, cierra la puerta con cuidado, dejando fuera a todos los demás policías. No obstante, su micrófono está transmitiendo, así que sabe que aún pueden oírle.

Declan está en un gran vestíbulo, rodeado de mármol —suelos, paredes..., todo es de mármol—. Hay una mesa junto a la puerta. Sobre la mesa, junto a un gran jarrón vacío, hay una bandeja de latón llena de llaves. Hay un perchero a un lado. Hay flores de seda tiradas por el suelo. En la pared hay una alarma y el panel está destellando en rojo. Ha saltado la alarma, pero ahora está en silencio; probablemente porque ha pasado el tiempo predeterminado.

Declan encuentra a Denise Morrow al final de un pasillo corto que sale del vestíbulo. La mujer está sentada en el suelo, de espaldas a la pared. Tiene las rodillas pegadas al pecho y se las sujeta con los brazos, abrazándoselas como haría una niña. Un 38 cuelga de uno de los dedos de la mano izquierda. El detective alcanza a ver que la blusa blanca que lleva la mujer está manchada de rojo oscuro; los pantalones, negros, también están manchados; empapados. La mujer se balancea despacio adelante y atrás, y de sus labios salen una especie de quejidos apenas audibles.

Hay un hombre en el suelo, está muerto y tiene la cara congelada en un gesto de pavor. Tiene el pecho lleno de sangre, destrozado, cosido a puñaladas.

El cuchillo está en el suelo, entre ambos, manchando de sangre el suelo de mármol, que por lo demás está impoluto.

Declan habla con suavidad, con una voz capaz de desarmar a cualquiera:

—¿Él es su esposo?

La mujer tarda un momento en responder, como si las palabras del detective le llegaran con retraso. Asiente, pero el movimiento de su cabeza es prácticamente imperceptible.

Declan se acuclilla y le busca el pulso al hombre, a pesar de que sabe que no va a encontrárselo. Y a continuación pasa la mano por encima del cadáver y la tiende hacia la pistola de la mujer.

—¿Podría darme eso?

A Declan le parece que la mujer se hace aún más pequeña, como si pretendiera convertirse en parte de la pared. Con un hilo de voz, pero de forma atropellada, responde:

—Creo que sigue aquí. He oído algo en el dormitorio principal.

Declan sigue la mirada de ella, que va más allá de la cocina, hasta un pasillo a oscuras. Lo cierto es que duda mucho de que haya alguien en el apartamento. Salvo la mujer y su esposo, tiene bastante claro que en el apartamento no ha habido nadie más, pero tampoco piensa arriesgarse. Le susurra:

—¿Le importa que haga pasar a algunos agentes para que lleven a cabo un registro? Yo me quedaré con usted —Declan señala la pistola con la cabeza—, pero tiene que darme eso. No entrarán mientras usted la tenga. ¿Le importaría dármela? Ni siquiera tiene por qué moverse. Quédese ahí si quiere y yo cojo el arma. Ahora está usted a salvo, se lo prometo.

Declan vuelve a adelantar la mano.

Por un segundo le parece que la mujer va a protestar, pero finalmente tiende la mano y le entrega la pistola.

Declan saca el cilindro y vacía las balas en su mano, se las guarda en el bolsillo y acomoda el 38 en el cinturón, a la espalda. A continuación echa mano a la radio que lleva al hombro y hace como que pulsa el botón de transmitir, pero sabe que tanto Hernandez como los demás ya lo están escuchando:

—Aquí Shaw. Que entren dos agentes y registren el apartamento habitación por habitación. Cabe la posibilidad de que el asaltante siga aquí. Estoy con la señora Morrow. Ya no está armada.

Por un instante espera escuchar un «Recibido», pero se da cuenta de que no le pueden responder mientras tenga la radio en modo «Transmitir». Mientras baja la mano oye cómo la puerta del apartamento se abre, y a continuación el sonido de unos pasos en el mármol. No aparta la mirada de Denise Morrow mientras los agentes pasan por su derecha y desaparecen en el enorme apartamento.

—Solo tardarán un momento —le asegura a la mujer.

Declan intenta leer en su rostro, pero parece que la mujer se encuentra en estado de shock. Da la sensación de que no quiera mirar a su marido, algo comprensible, por otro lado. Ahora mismo, Declan tampoco quiere que lo haga. Mirarlo podría hacer que la mujer se dejase llevar por las emociones... y las emociones son impredecibles; y a nadie le gusta lo impredecible. En ese momento se da cuenta de otra cosa: la mujer va perfectamente maquillada. Ni siquiera tiene el rímel corrido a causa de las lágrimas. Y tampoco tiene la nariz congestionada por haber llorado. Las mejillas no presentan ninguna coloración extraña; no están ni pálidas, ni coloradas. ¿Qué esposa —esté o no en estado de shock— no derrama una sola lágrima tras encontrar a su esposo muerto a puñaladas?

Declan se pone de pie y mira a su alrededor. A su izquierda hay una librería que va del suelo al techo, y allí ve algo que también le resulta raro: hay diez ejemplares del mismo libro. Y otra decena más de otro libro. De hecho, toda la librería está igual, calcula que habrá un centenar de libros, puede que más, pero de unos pocos títulos. Coge uno de ellos, es de tapa dura, y se encuentra con la cara de Denise Morrow en la contracubierta.

—¿Es usted? —Aunque se lo pregunta, las palabras del detective suenan más bien como una afirmación—. ¿Es usted la escritora?

La mujer asiente con un gesto breve.

La biografía que hay debajo de la foto dice: «Denise Morrow es una escritora de emocionantes recreaciones de crímenes reales que aparece en la lista de superventas del New York Times, ha sido traducida a más de treinta idiomas y sus libros se venden en más de ciento cincuenta países. Entre sus títulos más destacados están El destripador del Bronx y El diablo de Hell’s Kitchen. Reside en Nueva York con David, su esposo, y con Quimby, el gato de ambos».

Declan baja el libro, mira el cadáver y luego a ella.

—¿Se le ocurre alguien que quisiera hacerle daño a David?

La mujer respira hondo, y por un segundo a Declan le parece que por fin se va a echar a llorar, pero no es el caso.

Ni una puta lágrima.

6

Los agentes encargados de comprobar si hay alguien en el apartamento regresan con el arma enfundada. Declan conoce a uno de ellos, un tipo macizo con una marca de nacimiento en forma de fresa en el cuello: Estes. En la placa del otro pone «Ortega».

Le piden a Declan que se acerque.

—Deme un segundo —le dice el detective a Denise Morrow.

Estes le susurra:

—Aquí no hay nadie. Hemos encontrado abierta la puerta que hay al fondo del dormitorio principal, pero da a una terraza privada. Estamos en la torre..., no hay adónde ir. No hay salida de incendios, no hay un tejado cerca al que hayan podido saltar.

—¿Y a otra de las terrazas?

—Estos apartamentos son gigantescos y tienen los techos altos. La siguiente terraza está a unos cuatro metros, algo más, posiblemente. No resulta imposible, pero tampoco es que esto sea una peli de Marvel. Puede que con algo de equipo, pero...

—Bajad y comprobadlo de todos modos. Y subid también al ático. Si os preguntan qué sucede, limitaos a decir que han informado de que se ha visto un intruso en el edificio. Y ni una palabra de lo que le ha pasado al señor Morrow. ¿Entendido?

Estes asiente.

—¿Os ha parecido que hubiera algo que no estaba en su sitio... o que faltase algo? ¿Algún objeto tirado?

Ortega niega con la cabeza.

—Nada. No hay cajones abiertos...; las joyas, que están como expuestas en la cómoda, siguen en su sitio...; los ordenadores y el estéreo siguen aquí... O quien ha intentado cometer el robo era un incompetente, o este es el allanamiento de morada más limpio que he visto jamás.

Estes añade:

—Puede que el asaltante viniera a por algo en concreto. Puede que el esposo fuera el objetivo. O...

«O puede que la señora Morrow le haya limpiado el forro a su maridito». Es imposible no planteárselo.

Cuando los agentes se dirigen a la puerta, Declan les dice:

—Que entren los de la Unidad Forense. Quiero que graben esto con el L-Tron antes de que nadie mueva nada.

—Entendido.

Declan regresa con Denise e hinca la rodilla junto a ella.

—¿Ha dejado usted abierta la puerta de la terraza? La del dormitorio principal.

La mujer niega con la cabeza.

—El apartamento está vacío —le dice Declan—. Aquí no hay nadie, pero los agentes han encontrado abierta la puerta de la terraza. Les he pedido que pregunten discretamente a los vecinos, a ver si han visto a alguien saltando a su terraza o saliendo por los apartamentos adyacentes.

La mujer baja la mirada. Tiene los ojos grandes y marrones. Vuelve a mirar al detective.

—Vale... —consigue decir Denise Morrow—. ¿Puedo... puedo levantarme ya?

—Me gustaría que un médico la examinara antes de que se mueva. Para asegurarnos de que está usted bien —le dice Declan procurando que su voz suene lo más serena posible—. Solo será un momento.

Una técnica de la Unidad Forense, vestida con el mono protector blanco, entra en la casa y empieza a disponer un trípode con una cámara de aspecto curioso en lo alto.

—Este aparato se llama L-Tron. Capturará una imagen de la estancia en tres dimensiones —le explica Declan a la mujer—. Una vez la tengamos, podremos volver a este espacio tal como está ahora en caso de que sea necesario en un futuro.

«En un juicio, por ejemplo», piensa el detective. Una imagen en tres dimensiones de la señora Morrow cubierta de sangre, sentada en el suelo junto al cadáver de su marido, con el arma del crimen entre ambos, será de lo más útil en caso de que procesen a la mujer.

—Listos, detective —dice la técnica forense.

—Por favor, señora Morrow, permanezca tan quieta como pueda. Solo será un momento. Estaremos al otro lado de la puerta.

—¿Quiere... quiere que me quede aquí?

—Es importante que preservemos el escenario del crimen. No tardaremos más que unos segundos, se lo prometo. Yo iré a buscar al médico. Intente no moverse.

Declan y la técnica salen del apartamento a toda prisa y cierran la puerta. La técnica pulsa una serie de botones en un mando a distancia y estudia la pantalla a medida que empieza a recibir imágenes —que entran a raudales—. En menos de un minuto la cámara captura cada pedacito de la estancia. Una vez hayan introducido las imágenes en el programa, ya en la comisaría, serán capaces de aumentar cualquier cosa que aparezca en las imágenes con tantísimo detalle que resulta increíble. O de dar vueltas por el escenario del crimen. Ascender. Descender. Declan no echa de menos la época de las fotografías.

—Sacad fotografías de todas las estancias. Y de la terraza del dormitorio principal. ¿A quién tenéis tomando muestras?

Otra mujer, vestida con el mismo mono blanco protector, levanta la mano.

—Me estoy encargando yo. Kim Diaz.

Declan mira a través del monitor del L-Tron a Denise Morrow, que aparece en el centro de la pantalla. Hasta cierto punto espera que la mujer haga algo incriminatorio pensando que nadie la está observando: esconder algo, cambiar algún objeto de posición... Los culpables no pueden evitarlo. La mujer, sin embargo, no se mueve y Declan sabe que el tiempo pasa. Ya la ha dejado allí mucho rato sola. Se vuelve hacia la técnica forense que acaba de responderle.

—¿Diaz, has dicho?

La técnica asiente.

—Quiero que busques ayuda y que proceses cada ápice de esa mujer lo antes posible. Tomad muestras de toda esa sangre. De lo que tenga debajo de las uñas. En el pelo. Lo quiero todo. La mujer forma parte del escenario del crimen. Repito, lo quiero todo. Puede que no volvamos a tener otra oportunidad, porque en cuanto diga que quiere un abogado, tendremos un muro enfrente.

—Entendido.

Declan mira a los agentes que quedan junto al ascensor y ve que entre ellos está Lori Hunter.

—Hunter, ven con nosotros. Necesito una mujer agente como testigo.

Declan coge unos guantes de látex y mira a Cordova, que vuelve a estar hablando por teléfono. A continuación le dice a Hernandez:

—Cuando acabe de hablar con su novia, pídele que le pregunte al portero si puede facilitarle las imágenes de las cámaras de seguridad. Tenemos que trazar una línea temporal.

—Entendido.

De nuevo en el apartamento, Declan encuentra a Denise Morrow aún inmóvil en el suelo y le hace una seña a una de las técnicas forenses.

—Señora Morrow, esta es la médica de la que le he hablado —miente—. Va a comprobar si tiene usted alguna herida. También necesitaremos su ropa. Con eso también la ayudará. ¿Hay algún sitio donde pueda cambiarse que no sea el dormitorio principal? Si la persona que ha atacado a David ha salido por ahí, lo mejor será que no entre usted hasta que los de mi equipo hayan recogido las pruebas.

—La habitación de invitados.

—Bien. —Declan señala con la cabeza a la agente Hunter—. Lori la acompañará para que esté usted tranquila. Si necesita algo, pídaselo a ella, ¿entendido?

Mientras adelanta la mano para ayudar a la mujer a levantarse, el detective capta un movimiento por el rabillo del ojo. Como en un destello de grises y negros, algo pesado cae de lo alto de la librería y le golpea la cabeza. Unas garras afiladas se le clavan en el cuero cabelludo. Declan apresa un puñado de pelo, estira y lanza al otro extremo de la estancia el gato más grande que ha visto en su vida. El gato aterriza de pie, mira desdeñosamente al detective y desaparece a toda prisa en algún lugar cerca de la cocina.

—Quimby —comenta Denise antes de enfilar el pasillo seguida de la agente de policía y de dos técnicos forenses.

—Quimby —repite Declan dubitativo mientras se toca la cabeza con la mano enguantada y agradece que el gato no le haya hecho sangre.

El detective se sacude, saca el móvil, abre la aplicación del transcriptor del departamento, pulsa el botón de grabar y se vuelve hacia el cadáver. Es hora de trabajar.

—Transcriptor, aquí el detective de primera clase Declan Shaw, de la Comisaría Veinte del Departamento de Policía de Nueva York. Es viernes, 10 de noviembre de 2023. Son las veintidós dieciocho. Actualmente me encuentro en el 211 de West Central Park. Presunto homicidio de David Morrow...

7

Diez minutos después, cuando Declan sale de la aplicación del transcriptor, Cordova está justo detrás de él. Su compañero tiene una expresión melancólica.

Declan guarda el móvil en el bolsillo y le pregunta:

—¿Voy a querer saber qué era todo eso de Asuntos Internos?

—No, y ojalá yo tampoco me hubiera enterado. Ya lo hablaremos luego. —Mira a su alrededor—. ¿Dónde está la mujer?

—En la habitación de invitados con un par de técnicas forenses y con Hunter.

A diferencia de Declan, que lleva una camiseta y un pantalón vaquero, Cordova viste una americana deportiva, pantalones a juego y corbata; la vieja escuela del Departamento de Policía de Nueva York. El hombre ha llegado a llevar un sombrero de media ala, algo de lo que todavía se ríen algunos compañeros. Hace cuatro horas que ha acabado su turno, pero parece que acabe de afeitarse. Puto Cordova. El bloc de notas que saca del bolsillo delantero es nuevo; Declan no necesita verlo de cerca para estar seguro. Cordova tiene un montón de ellos a mano y empieza uno con cada caso.

—David Morrow. Treinta y nueve años. Cardiólogo en el Mercy. Ganó setecientos noventa mil dólares brutos el año pasado, lo cual son unos doscientos mil por encima de lo que gana un médico en Nueva York. Parece dinero legal; sencillamente, es muy bueno. Le proporciona al hospital mucho dinero de fuera del estado. Casado hace dieciséis años con Denise Morrow, escritora. Esta casa es de su propiedad, además de una casa a la orilla del lago, en las Catskills. Están libres de hipotecas. No tienen deudas dignas de mención; al menos, que hayamos logrado descubrir. Tengo a la gente de Finanzas investigando más en profundidad. —Con cuidado, da unos cuantos pasos hacia el cadáver de David Morrow, pero no se acerca mucho. Suelta un silbido—. Un asesino muy aplicado. ¿Cuántas puñaladas cuentas?

—Hay seis obvias, pero es posible que tenga más, aunque es complicado determinarlo con tanta sangre. Lo que queda claro es que el atacante le perforó el corazón un par de veces, y siguió adelante. Puede que la víctima no cayera al suelo a la primera, o que el atacante sufriera un ataque de ira. En cualquier caso, esto es revelador. —Declan se arrodilla y con la punta de un bolígrafo vuelve la palma izquierda de Morrow hacia Cordova—: No hay ni una sola herida defensiva. Y en la otra mano tampoco.

Cordova se queda pensativo y mira en dirección a la puerta principal.

—¿A cuánto estará la puerta, a seis metros?

—A siete. Lo he medido.

Sabe bien que su compañero está pensando en el estado de la cerradura. A él tampoco se le va de la cabeza. Si —y es un «si» muy gordo— alguien ha tratado de forzarla, no lo ha conseguido. Es posible que David Morrow oyera cómo lo intentaban, puede que incluso abriera la puerta y sorprendiera al tipo. Sin embargo, en un escenario así, el altercado habría sucedido cerca de la puerta, no a siete metros. En ese caso, además, también sería muy probable que David Morrow tuviera heridas defensivas, pero no es así. La teoría no encaja.

—Conocía a su atacante —murmura Cordova.

—¿Tú crees? —Declan se pone de pie y señala con el pulgar el dormitorio del fondo, el de invitados—. A ver, para mí está muy claro.

—Sí, pero eso no quiere decir que no tengamos que demostrarlo.

—Estaba cubierta de sangre.

—Dirá que ha intentado reanimarlo.

—No ha derramado una sola lágrima. Su maquillaje está perfecto.

—Hoy en día hay maquillaje de ese que no se corre. Aún no has oído la llamada a la policía, pero en ella parece que esté fatal... y eso es lo que escuchará el jurado; lo que recordará cuando se retire a deliberar. La defensa conseguirá un experto que testifique que la mujer estaba en estado de shock cuando llegamos. Argumentarán que estaba rota, desconectada de la realidad.

—Tú, ¿de parte de quién estás? —Declan frunce el ceño.

—Tan solo señalo a qué nos enfrentaremos como esto siga adelante.

Declan no está de humor para meterse en el laberinto del «y si». Cordova tiende a aproximarse a este tipo de situaciones como si estuviera jugando al ajedrez —se plantea los siguientes tres movimientos del adversario y piensa en cómo contrarrestarlos—. El problema es que la mayoría de esos movimientos nunca suceden, y el hombre acaba perdiendo tiempo y energía. Lo mejor es dejar que siga concentrado:

—¿Qué ha dicho el portero? ¿Has conseguido las imágenes de las cámaras de seguridad?

Cordova asiente y pasa una página de su bloc de notas.

—Este es uno de los edificios más exclusivos de Nueva York. Técnicamente son tres edificios diferentes, tres secciones separadas, cada una de ellas con su propio vestíbulo. No puedes pasar de una sección a la otra desde dentro, tienes que salir a la calle, salir de tu sección, y entrar por el vestíbulo correspondiente. El vestíbulo por el que has entrado tú solo da a un puñado de apartamentos y los vecinos más cercanos están en Suiza hasta final de mes. David ha llegado a casa a las dieciséis cuarenta y no ha vuelto a entrar nadie hasta las veintiuna veinte. —Cordova frunce el ceño—. Ella llama a la policía a las veintiuna treinta y uno, once minutos después de que cruce el vestíbulo, y los primeros en responder llegan a las veintiuna treinta y siete. Eso son diecisiete minutazos durante los cuales no sabemos qué ha hecho la esposa. Como mucho se tarda dos minutos en llegar hasta aquí desde el vestíbulo. Si ha asesinado a su marido y ha querido representar todo el tinglado, ha dispuesto de quince minutos.

—Tiempo más que suficiente. Y es que su historia no encaja. Aunque alguien hubiera entrado y la mujer se hubiera topado con un robo que se ha torcido, quién se traga que ha tardado once minutos en llamar para pedir ayuda, decir que el atacante puede seguir dentro y... y luego sentarse aquí y esperar a que lleguemos... ¡Venga ya! Está más claro que el agua: vuelve a casa, lo asesina, finge lo de la cerradura y la jamba, abre la puerta de la terraza y llama. Eso es lo único que tiene sentido. —Declan señala la librería—. Sabes cómo se gana la vida, ¿verdad? Escribe libros sobre crímenes reales. ¡Joder!, es increíble que no haya organizado todo esto mejor.

Cordova observa el apartamento durante un buen rato con cara circunspecta, más allá de la cocina americana y de la sala de estar, deteniéndose en las habitaciones del fondo. Una luz mortecina entra por los amplios ventanales que van del suelo al techo, con vistas a Central Park.

—¿Cuánto cuesta una casa como esta? ¿Diez millones? ¿Quince? ¿Cuál iba a ser el motivo, el dinero? Recuerda que no tienen deudas significativas.

Se abre la puerta principal del apartamento. Un hombre enjuto deja atrás a Hernandez y entra. Tiene ojillos de ratón y enseguida los fija alternativamente en Declan, en Cordova y en el cadáver. Tras lo cual se quita el abrigo y lo cuelga en el perchero. Con dos huevos. Hernandez lo coge por el hombro y le suelta:

—Oiga, no puede estar aquí.

El hombre se revuelve para sacarse de encima la mano de Hernandez y empieza a decir:

—He recibido una llamada...

Declan se interpone entre el hombre y el cadáver.

—¿Quién es usted? —inquiere el detective.

—Geller Hoffman. Soy... un amigo.

Declan no ha coincidido nunca con ese hombre, pero ha oído hablar de él. Hoffman es uno de los abogados defensores más famosos de la ciudad. El cabroncete arratonado es famoso por sacar a criminales de la cárcel —siempre que puedan permitirse sus honorarios, claro está—. La semana pasada, sin ir más lejos, salió en los titulares por defender a John Cornelli en un caso de crimen organizado que llevaban los federales. Al tipo iban a caerle por lo menos diez años, pero Hoffman consiguió que lo condenaran a seis meses en un club de campo federal. Cordova también sabe quién es, Declan se lo nota en la cara.

—¿Y quién lo ha llamado?

Hoffman señala con un gesto el panel destellante que hay en la pared.

—La empresa de seguridad. Estoy en la lista de emergencia de los Morrow. Como ni Denise ni David respondían, los de la empresa de seguridad me han llamado a mí. —El hombre da un paso adelante y se queda de piedra—. Dios mío..., ¿ese es David?

Cordova lo señala con el dedo y le dice:

—Por favor, apártese.

Hoffman no se mueve.

—¿Dónde coño está Denise? ¿Está bien?

—Está bien —responde Declan—. Están procesándola en la habitación de invitados.

Hoffman entorna los ojos.

—¿Cómo que procesándola?

Antes de que les dé tiempo a detenerlo, Geller Hoffman sale disparado por el apartamento gritando el nombre de la escritora.

8

Para cuando Declan alcanza a Geller Hoffman, este ya ha abierto la puerta de la habitación de invitados y se le ha puesto la cara de un intenso color rojo.

—¿Qué coño están haciendo?

Denise Morrow, de espaldas a la puerta, se encuentra junto a la cama, desnuda y con los brazos extendidos a los lados. Las dos técnicas forenses orbitan alrededor de ella; Diaz le está pasando un bastoncillo por uno de los brazos y la otra forense se dedica a peinarle el pelo en busca de pruebas. La cama está llena de equipamiento —maletines abiertos, una luz negra, varias soluciones—. Han metido la ropa de Morrow en bolsas que han etiquetado debidamente junto con numerosas muestras. En cuanto ve a Hoffman, la agente Hunter rodea la cama a toda prisa y se interpone entre el abogado y la mujer extendiendo un brazo y con la otra mano en la culata de su arma reglamentaria.

—¡Atrás! ¡Ahora!

Hoffman se vuelve hacia Declan.

—¿Quién les ha dado permiso para hacer esto?

—La mujer no se ha opuesto.

—Pero ¿ha llegado a dar su consentimiento?

—Vuelva al pasillo antes de que lo arreste por interferir en una investigación policial.

Hoffman ignora al detective.

—Denise, ¿les has dado permiso para que te toquen?

La mujer no responde, así que el abogado rodea a la agente Hunter y se acerca a ella. Cuando ve la cara de la mujer, se horroriza.

—¡Está prácticamente catatónica! Pero ¿qué coño les pasa a ustedes? ¡Que alguien le traiga ropa!

Hunter mira a Declan, y este asiente. La policía saca una bata de hospital desechable de uno de los maletines negros que hay encima de la cama.

Hoffman se la quita de las manos con malos modos.

—Salgan todos de aquí de inmediato. ¡Ya!

Como nadie se mueve, el abogado se acerca a Declan y mira fijamente al detective a los ojos.

—¿La han acusado ustedes de algún delito?

—Aún no.

—En ese caso, saque a su gente de aquí. ¿Tiene idea de cuántos derechos civiles han violado? ¿Le importa siquiera?

Declan no va a permitir que el abogado lo mangonee. Se vuelve hacia las dos técnicas forenses.

—¿Tenéis lo que necesitamos?

Ambas asienten.

Hoffman señala la colección de muestras que hay sobre la cama.

—Nada de esto será admisible en un juicio en caso de que intenten acusar a mi cliente de lo que le ha sucedido a David.

—¿Su cliente? —Declan no aparta la mirada de los ojillos del abogado—. Si la señora Morrow ha decidido recibir consejo legal, nadie nos ha avisado al respecto.

—Pues considérese avisado. Quiero hablar con ella a solas. Ahora.

Antes de que Declan pueda decir nada, Hoffman lleva a Denise Morrow al cuarto de baño de la habitación. Cierra la puerta. Y echa el pestillo.