Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
El auge del budismo en la conciencia colectiva contemporánea es innegable. Desde la omnipresencia del mindfulness hasta la serenidad que evocan los iconos budistas, estas antiguas enseñanzas han encontrado eco en nuestras sociedades actuales. Sin embargo, a menudo el budismo puede parecer un enigma: una tradición milenaria que sentimos lejana a nuestra realidad actual. Esta obra explora las profundidades del budismo, ofreciendo una panorámica de sus tradiciones que resalta su cohesión y diversidad. Descubre lo que realmente significa ser budista y cómo este camino espiritual se conecta con la vida cotidiana. Más allá de una simple introducción, este libro te invita a un trascendente encuentro personal con la visión budista sobre el vasto potencial humano.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 196
Veröffentlichungsjahr: 2024
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
LA ESENCIA DEL BUDISMO
Visión y práctica
Nagapriya
Siglantana
© Editorial Siglantana S. L., 2023
© Nagapriya, 2023
www.siglantana.com
Instagram: @siglantana_editorial
YouTube: www.youtube.com/siglantanalive
Portada: Ruchiramati
Maquetación y preimpresión: José Ramón Viza Puiggrós
Reservados todos los derechos. No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal).
Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. Puede contactar a través de la web www.conlicencia.com o por teléfono en el 91 702 19 70 / 93 272 04 47.
ISBN: 978-84-10179-01-1
Con mucha gratitud y aprecio, dedico este libro a la sangha budista Triratna de Cuernavaca, México.
Todos ustedes son mis maestros y maestras.
ÍNDICE
Prefacio
Introducción: El budismo y el ornitorrinco
Las Tres Joyas
El Buda
El Dharma o las enseñanzas
La Sangha o comunidad espiritual
El camino triple
La ética
La meditación
La sabiduría
El budismo hoy y mañana
Posdata ¿Y ahora qué hago?
Recursos
Glosario
A continuación, he hecho todo lo posible por presentar el budismo de forma completa; sin embargo, no cabe duda de que muchos aspectos del enfoque que he adoptado se basan en mi compromiso e intereses budistas particulares. No podría ser de otra manera. Es mejor entonces ser consciente y transparente sobre los propios prejuicios y lealtades, que pretender no tener ninguno. Sin embargo, tomo en cuenta una perspectiva global con respecto al budismo, una perspectiva que en realidad solo se hizo posible a fines del siglo XX y principios del XXI. Además de imponer exigencias imposibles a mi conocimiento y experiencia limitados, esta obligación de presentar el budismo en todo su alcance también provoca cuestiones importantes con respecto a la legitimidad, la coherencia, la diversidad e incluso la inteligibilidad mutua entre las varias escuelas. En concreto, ¿qué es lo que hace que un texto, una enseñanza, una práctica o una tradición sean budistas? ¿Quién decide qué es apócrifo y cómo? ¿Quién decide qué es heterodoxo y cómo? Obviamente privilegiando su propio punto de vista, cada escuela responderá a estas preguntas a su manera. El principal reto radica en determinar qué es lo que todos los budistas comparten en común.
Al plantear un enfoque que asume la unidad y el pragmatismo del budismo, confío en gran medida en el instinto ecuménico de mi maestro Urgyen Sangharákshita (1925-2018). En cuanto a la unidad y lo común, él afirmó que las diversas escuelas y orientaciones que llevan el nombre de «budismo» conforman un campo unificado. Primero, hay una unidad genealógica; en última instancia, todos se remontan al Buda histórico, Shakyamuni. En segundo lugar, existe una unidad teleológica, lo que quiere decir que todos se esfuerzan por lograr el mismo objetivo, que es el despertar (incluso cuando las concepciones de ese objetivo difieren). En tercer lugar, existe una unidad trascendental, que se basa en la convicción de que las diversas enseñanzas y prácticas tienen su origen en la mente despierta. Finalmente, podemos señalar una unidad doctrinal, que es evidente en aquellas enseñanzas que comparten todas las escuelas budistas como su fundamento.1 Sangharákshita definió esta unidad como aquella consistente en el «budismo básico», el cual se dio a la tarea de clasificar y explicar.2 El resumen del budismo aquí presentado está en deuda con su selección doctrinal. Lo que sigue a continuación afirma que una escuela o enseñanza es verdaderamente budista si nos ayuda a avanzar hacia la iluminación.
El enfoque adoptado aquí también defiende mantener una mirada pragmática. El budismo no es una mera antigüedad decorativa del Oriente, sino que nos invita a plasmar sus enseñanzas en la vida cotidiana y así atestiguar sus consecuencias en nuestra conciencia, nuestra relación con el mundo, y nuestro nivel de satisfacción existencial. Por esta razón, al determinar qué enseñanzas, escuelas y desarrollos se presentarán, he priorizado aquellos que se encuentran hoy fuera de los enclaves tradicionalmente budistas; quiero decir, las «opciones vivas». No digo casi nada, por ejemplo, sobre el tiantai chino y su rama japonesa tendai, a pesar de que son escuelas muy influyentes en la historia del budismo. Tampoco hay mucha discusión sobre el budismo mahayana indio; solo en la medida en que su influencia perdure en todas las principales escuelas que permanecen hoy día en Asia oriental. Por desgracia, tantos textos, tradiciones y enfoques han sido sepultados por el tiempo y me quedo asombrado ante los meticulosos historiadores, lingüistas y arqueólogos que tan minuciosamente tamizan los fragmentos sobrevivientes para devolvernos una cierta comprensión de las glorias pasadas, muchas ya perdidas.
Todo el mundo tiene alguna imagen o noción del budismo: ya sea el «buda gordo», los jardines zen o las trompetas tibetanas. Sin embargo, las concepciones del budismo evocadas por la cultura popular a menudo se idealizan sin remedio y guardan poca semejanza con la realidad de la vida y la historia budistas. Es común que veamos en otras culturas y tradiciones lo que sentimos que falta en nuestro propio paisaje cultural e imaginativo, y este puede ser el caso del budismo. Es entonces cuando el budismo se convierte en un depósito de la espiritualidad que falta en nuestras propias vidas y en nuestra tradición religiosa original o ancestral (en el caso de que tengamos una).
Para acercarnos al budismo con sinceridad —y así entrar en diálogo con sus ideas, prácticas, y formas culturales—, es necesario, en palabras de Pierre Hadot, «obligarse a uno mismo a cambiar».3 Al aprender sobre algo nuevo, no podemos proseguir nuestra indagación con integridad sin estar abiertos a la autotransformación. Tal indagación implica entonces un elemento de riesgo, ya que no hay garantía de dónde terminaremos en última instancia. Pero es, por supuesto, el desconocimiento del destino lo que hace que todas las formas de investigación sean tan emocionantes.
Este resumen se presenta bajo la luz de dos tríadas importantes. Después de una introducción en donde reviso varios posibles enfoques para captar la naturaleza y el propósito del budismo, introduzco, en la primera parte, las Tres Joyas —el Buda, el Dharma y la Sangha—, que son los valores más primordiales del budismo. Se sostiene que un budista es alguien que sitúa estos valores en el centro de su vida o, más formalmente, quien «va a refugio» a las Tres Joyas. En la segunda parte, uso el modelo del camino triple —la ética, la meditación y la sabiduría— para exponer cómo, en términos concretos, las Tres Joyas se plasman en la vida diaria. El libro concluye con un bosquejo de varios desarrollos, posibilidades y peligros en el budismo actual; sobre todo, su adecuación a circunstancias fuera de sus contextos tradicionales.
Me gustaría agradecer a Fanytza Castillo, Adolfo Echeverría, Laura Espinosa, Leticia Mancera y María José Roa, quienes leyeron varios borradores del texto y me ayudaron a mejorar su claridad y foco. Por supuesto, soy responsable por cualquier defecto o error. Agradezco también al Centro de Retiros Chintámani por recibirme durante varias fases de la elaboración del libro. Además, quiero agradecer a la Editorial Siglantana y especialmente a Vilasadipa (Carles de Gispert) su disposición para publicar la obra. Por último, nunca puedo olvidar el apoyo y la amistad que sigo recibiendo de la sangha Triratna de Cuernavaca, México.
«Lo que es conocido se deja de ver».
Anais Nin4
Cuando nos encontramos frente a algo desconocido, intentamos enmarcarlo y clasificarlo en categorías o conceptos que ya manejamos; es decir, a través de lo que ya nos es familiar. Ponemos atención a sus similitudes con lo que ya hemos visto, analizado y catalogado. Es un proceso natural, inevitable y hasta necesario.
En este sentido, es pertinente considerar ese animal tan espectacular y único que es el ornitorrinco, y que se encuentra solamente en los territorios del este de Australia. Según la historia, cuando los europeos descubrieron por primera vez el ornitorrinco, no podían creer que perteneciera al mundo natural, incluso pensaron que se trataba de un fraude. El ornitorrinco iba más allá de las categorías de clasificación y comprensión vigentes en aquella época: este animal está cubierto de pelo como muchos mamíferos, pero tiene un hocico en forma de pico de pato; a la vez, pone huevos como reptil, pero alimenta a sus crías; los machos tienen un espolón en las patas posteriores que libera un veneno; es acuático y por eso tiene cola como un castor. Hoy en día se clasifica el ornitorrinco como un monotrema, un mamífero que conserva características reptilianas.
Cuando nos enfrentamos a una circunstancia similar, lo nuevo y desconocido puede provocarnos incomodidad, confusión y hasta rechazo. No sabemos dónde encajar un fenómeno insólito, y eso nos inquieta; nos tranquiliza pensar que podemos dominarlo y conocerlo todo, e incluso que tenemos una visión panóptica. Por eso, algo que es ajeno e incomprensible se presenta como una amenaza, un reto al «mundo interpretado».5 En lugar de provocar curiosidad, muchas veces incita rechazo, por lo menos hasta que no hayamos encontrado una manera de hacer encajar ese nuevo objeto en categorías conocidas; hasta que no lo hayamos domesticado a nuestro lenguaje. El mismo tipo de curiosas reflexiones que aplicamos al ornitorrinco podemos aplicarlas también al budismo mientras nos acercamos a sus enseñanzas, prácticas, y formas culturales. El budismo enfatiza la reverencia y la devoción, aunque no cree que haya un dios; promueve la purificación ética, pero no maneja ni la culpa ni el castigo; recomienda el desapego, pero, no obstante, valora la compasión; y, aunque nos dice que no hay un «yo», afirma sin embargo que podemos alcanzar el despertar, hasta incluso alcanzar el nirvana. ¿Cómo dar sentido al budismo?
¿El budismo es una filosofía o una religión?
Cuando uno se acerca al budismo por primera vez es normal querer clasificarlo. ¿Es el budismo una religión o es (solo) una filosofía? ¿Es un estilo de vida o una forma de espiritualidad y crecimiento personal? Si esperas una contestación con base en un simple sí o un no, te advierto que el camino a la respuesta no será tan sencillo. Más bien, voy a desmenuzar algunos de los motivos por los que algunos quisieran que el budismo encajara en una de estas categorías y lo que ello implica.
Muchas veces se contrastan la filosofía y la religión; se ve a la filosofía como racional, y a la religión como irracional: una filosofía se basa en la razón, mientras una religión confía en la fe (ciega), incluso la emoción descabellada. Para muchas personas, la palabra «religión» tiene una connotación negativa: provoca el miedo, demanda la obediencia, y reprime el pensamiento libre. Tal vez evoca a un dios enfadado y demandante, y —en muchos casos— a una institución corrupta que tiene mucho poder y riqueza, que impone su autoridad, e insiste en sus dogmas. En cambio, el budismo parece benigno, pacífico y acogedor, evoca imágenes de monjes serenos meditando, o cantando con voces solemnes y profundas; el Dalái Lama sonriendo; el aroma del incienso. Para las personas a las que les llama la atención el budismo, pero no les gusta la religión (por lo que entienden sobre este concepto), les conviene que el budismo no sea en absoluto una religión, sino, más bien, una «filosofía».
Además, muchas personas han perdido contacto con actitudes «religiosas» como la reverencia, la entrega y la humildad. Han dejado de resonar con cualquier noción de lo que puede ser trascendente. Entonces concebir el budismo como una filosofía lo hace más asequible, porque aporta ideas y prácticas que son atractivas, estimulantes y, más que nada, se hace sentir bien. Pensar en el budismo como una filosofía permite excluir la orientación trascendental que implica la devoción y la reverencia. En fin, se trata de un budismo secularizado.
Gilles Deleuze define la filosofía como «la creación de conceptos».6 Esta propuesta señala que la filosofía no es un espejo de la naturaleza verdadera de las cosas, sino un proceso para crear maneras de entender y navegar la experiencia propia y la realidad. El budismo también se ocupa de la creación de conceptos, pero ¿para qué? El propósito de los conceptos budistas no es simplemente crear un mundo de ideas, sino también articular y aterrizar el anhelo de un mundo sagrado.
Ludwig Wittgenstein define la filosofía como un proceso para desanudar los nudos en nuestro pensamiento.7 Su propuesta concibe a la filosofía casi como una forma de terapia: nos hemos enredado en nuestros nudos mentales, y las herramientas filosóficas nos facilitan el deshacer esos nudos. Resuena mucho con el budismo: tiene el objetivo de ayudarnos a dejar de sufrir y dejar de causar sufrimiento a otros. Nos ayuda a salir de las trampas existenciales en las cuales caemos habitualmente.
Martin Heidegger comenta que «Las preguntas son caminos para una respuesta. Esta consistiría —en el caso de que alguna vez se accediera a ella— en una transformación del pensar».8 Esta cita destaca cómo la filosofía no incita simplemente la afirmación de ciertas ideas teóricas, sino que implica también un proceso de transformación existencial, una reorientación de cómo transitamos por el mundo.
Pero el budismo va mucho más allá de todo lo anterior, y si persistimos en la idea del budismo solo como una «filosofía» vamos a perder mucho de su valor. Una gran parte de la riqueza del budismo radica en sus mitos, sus símbolos y sus imágenes. El budismo no solo capta la atención de la mente racional, sino también de la imaginación creativa. El budismo es una respuesta completa al anhelo más profundo del ser humano.
Algunas personas prefieren pensar en el budismo como una forma de vida, un sistema de crecimiento personal o una forma de «espiritualidad». De cierta manera lo es, pero es aún más; el budismo es un universo, o incluso una serie de universos. Algunos de sus universos son tan espectaculares que nos elevan a una forma completamente nueva de ver y sentir, y ese es exactamente su propósito. Entrar en uno de estos universos implica orientarse hacia un nuevo horizonte de significado.
También es común referirse al budismo como un camino. Esto subraya cómo el budismo nos lleva en una dirección particular, incluso hacia una meta: la liberación de los patrones de pensamiento, habla, y acción que nos hacen sufrir a nosotros y a los demás. Una de las presentaciones más completas del camino budista es el camino triple, que consiste en el cultivo de la ética, la meditación y la sabiduría. La parte 2 del libro presenta y profundiza en este modelo.
Por todo lo anterior, es pertinente reflexionar en nuestra propia concepción de la filosofía, la religión o la espiritualidad para entender por qué queremos situar al budismo en una u otra categoría. Podemos decir que el budismo es un camino hacia la liberación. No es un fin en sí que demanda lealtad, sumisión o tributo, sino un método, o un repertorio de métodos, o incluso una balsa hacia la otra orilla que es el fin del sufrimiento. A la vez, no es una píldora mágica. Es común que ciertas personas quieran aprender a meditar y estén en búsqueda de paz interior, como si dicha paz fuera algo que se pudiera comprar y guardar en un frasco para tomar una dosis a cierta hora del día. El budismo es una disciplina, los frutos no se dan sin esfuerzo, sino en la medida en que estamos dispuestos a comprometernos con él. A la vez, el budismo nos invita a concebir la vida humana y su potencial en el contexto del cosmos entero y participar en un proceso de despertar que no es solamente individual, sino también universal.
¿Qué hace que alguien sea budista?
Hay una gran diversidad entre los budistas. Pueden creer cosas distintas, siguen prácticas variadas, valoran imágenes diversas, usan ropa diferente, etc. Entonces, ¿qué es lo que tienen en común? ¿Cómo puede un budista reconocer a otro, por así decirlo? Esta pregunta es compleja porque cada tradición puede tener su propia definición de lo que significa ser budista. De la misma manera que algunas congregaciones cristianas se rehúsan a admitir a otras como verdaderamente cristianas, algunas escuelas budistas pueden no ver fácilmente lo que comparten con otros budistas. Por ejemplo, un budista podría decir que ser budista es cantar Nam myoho renge kyo (homenaje a la Escritura del loto), otro podría decir que es practicar zazen (meditación sentada) y otro podría decir que es venerar a los monjes en el templo local. Es natural que cada escuela se identifique con sus propias prácticas y enseñanzas. Al mismo tiempo, es posible reconocer principios compartidos.
Una manera esencial en que podemos definir a un budista es como alguien que va a refugio a las Tres Joyas. En principio, la frase «ir a refugio» puede parecer un poco ajena, pero es la forma tradicional en que los budistas expresan su compromiso con el camino budista. Refugiarse en algo significa moverse hacia ello, reverenciarlo, incluso valorarlo por encima de todo. Podríamos buscar refugio en nuestro trabajo, en nuestra relación de pareja o incluso en una nueva lavadora. Los budistas se refugian en las Tres Joyas: el Buda (el guía y el ideal de la Iluminación), el Dharma (las enseñanzas o la verdad) y la Sangha (la comunidad espiritual, especialmente aquellos con cierto nivel de «visión clara»). Veremos en detalle cada una de las Tres Joyas en los siguientes capítulos para entender cómo es que los budistas van a refugio a ellas. Practicar el camino budista significa orientarse hacia las Tres Joyas en niveles cada vez más profundos, para que dicha orientación influya y transforme todos los aspectos de la vida.
Cabe notar que hoy en día la mayoría de las personas que se identifican como budistas han nacido en una cultura donde el budismo prevalece y donde su familia se identifica con el budismo. Tal vez tengan un pequeño altar en casa y lleven comida regularmente al monasterio local. Sin embargo, ser budista expresa, en principio, un compromiso individual, no solo una afinidad cultural. A medida que se profundiza en el ir a refugio, este compromiso se vuelve más claro y consistente. Al mismo tiempo, es cierto que no todas las culturas exigen exclusividad y lealtad a una sola religión. En Japón, por ejemplo, es común que las personas veneren no solo el budismo, sino también el sintoísmo autóctono. De igual forma se observa el cristianismo, lo que queda resumido en la frase: «Nacer sintoísta, casarse cristiano, morir budista». Este tipo de identidad múltiple nos recuerda cómo las fronteras entre las tradiciones religiosas a veces son difusas.
La amplitud del budismo
El budismo abarca un abundante repertorio de culturas, enseñanzas y prácticas que se han establecido durante más de 2 500 años. Como ya se mencionó, no todos los budistas creen exactamente lo mismo, visten igual, o practican de la misma manera. En su desarrollo a través de los siglos, el budismo dio luz a una diversidad de aproximaciones. La palabra «budismo» en sí es relativamente nueva, fue acuñada en el siglo XIX para reunir una variedad de tradiciones espirituales de muchos países diferentes, algunos de los cuales ni siquiera sabían que estaban emparentados. Anteriormente, los seguidores de lo que ahora llamamos «budismo» se referían a su tradición como el Dharma («la verdad» o «enseñanza») o el Buda-dharma («la enseñanza del Despierto»), términos que se usan aún en la actualidad. Budismo proviene de la palabra «buda», que se refiere a alguien que ha «despertado» del sueño de la ignorancia existencial, y era un título de respeto que se le otorgó a quien hoy en día consideramos el fundador del budismo: Siddhartha Gautama (c. 480-400 a. e. c.). Después, hablaré más ampliamente de él.
El budismo nació en lo que hoy es el noreste de la India, y a lo largo de los siglos se extendió por la mayor parte de Asia, interactuando con las culturas locales y adoptando formas distintas, a veces tan distintas que resultaban irreconocibles entre sí. Incluso en la actualidad, al encontrarse con una deidad colérica del budismo tántrico —toda llamas, colmillos y ferocidad—, puede resultar difícil averiguar qué tiene en común con la belleza austera de un jardín zen. Sin embargo, comparten una herencia común sublime. Entonces, ¿sobre qué bases podemos decidir si una práctica, enseñanza, imagen o texto pertenecen al budismo? No hay una respuesta simple, pero tiene mucho que ver con la continuidad histórica y con los parecidos familiares. Si bien la capacidad de contar la historia del budismo es un logro relativamente reciente, los recursos de la erudición moderna nos permiten rastrear su desarrollo doctrinal, geográfico y cultural a lo largo de los siglos.
Aunque el budismo desapareció de la India alrededor del siglo XIII, ya se había propagado a muchas regiones de Asia, donde hoy sigue floreciendo. La escuela conocida como theravada se puede encontrar en muchos países del Sudeste Asiático, como Sri Lanka, Myanmar, Tailandia, Camboya, Laos y Vietnam. El budismo se extendió hacia el este, en particular a China, el Tíbet, Mongolia, Corea, y Japón, y —durante un tiempo— floreció asimismo en regiones de lo que hoy son Pakistán y Afganistán, dejando además su huella en Asia central e incluso en partes de Rusia.
A medida que el budismo evolucionó y se difundió, naturalmente se diversificó en diferentes corrientes o escuelas. Hemos mencionado ya la escuela theravada, cuyo emblema es el monje bien afeitado, vestido con una túnica naranja o amarilla. Pero distintas formas de budismo echaron raíces en los Himalayas y Mongolia, conocidas como el budismo tántrico o vajrayana, así como otras más, en China y Japón, especialmente el budismo zen y de la Tierra Pura. La mayoría de las escuelas que surgieron tenían sus raíces en la India, pero adoptaron colores y costumbres locales. Algunas de las principales diferencias se esbozarán más adelante.
La visibilidad del budismo
El budismo se ha vuelto muy visible bajo la mirada de Occidente. Si bien los budistas han realizado su práctica en silencio durante muchos siglos —a menudo sin fijarse en sus compañeros budistas en otros países—, en los siglos XX y XXI las antiguas tradiciones budistas se han visto envueltas en una convivencia a veces incómoda entre sí y se han dado a conocer en muchas otras culturas. La traumática diáspora tibetana de la década de 1950, cuando China tomó el control del «techo del mundo» (así se le llama al Tíbet), catapultó el budismo tántrico a la conciencia de Europa, los Estados Unidos y más allá. Figuras como el dalái lama se convirtieron en celebridades. La guerra civil en Vietnam hizo que importantes monjes budistas abandonaran ese país y se establecieran en otros lugares.
En el siglo XIX, la única manera en que podríamos haber aprendido algo sobre el budismo habría sido viajando a un país tradicionalmente budista, probablemente aprender un idioma extranjero, tal vez convertirnos en monje o monja, y estudiar diligentemente a la manera tradicional. Hoy en día, es posible aprender sobre el budismo por Wikipedia, o leyendo un libro como este, y cualquier ciudad de tamaño razonable puede tener un centro budista o un monasterio de algún tipo donde sea posible aprender meditación y estudiar las enseñanzas budistas. Pensemos en mí, por ejemplo: nací en Inglaterra, encontré el budismo en una ciudad de Yorkshire que se llama Leeds (más famosa, claro, por su histórica industria textil que por las religiones orientales), y ahora vivo y enseño budismo en Cuernavaca, México. Había practicado el budismo durante casi diez años antes de poner un pie en suelo asiático, hasta que visité la India para conocer a nuevos budistas inspirados por un movimiento de conversión que se originó en la década de 1950.
Hoy, si quieres escuchar las enseñanzas del dalái lama, no necesitas ir a Lhasa; puedes esperar hasta que él mismo visite tu ciudad o buscar un video en YouTube. Puedes encontrar una imagen del Buda en la tienda de regalos local, y descargar una escritura budista de un sitio de Internet. Puedes recibir una iniciación tántrica en un fin de semana y aprender meditación por medio de una aplicación en tu celular. Pero esta visibilidad también tiene un costo, o al menos un desafío: con tantas enseñanzas, prácticas y formas culturales budistas que están disponibles para el curioso actual, ¿cómo se le puede dar sentido a todo? ¿Por dónde empezar? Este libro ofrece algunas pautas y referencias que podrían orientar y proporcionar una base para seguir explorando.
Acercándose al budismo
