Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
En la década de los cincuenta del pasado siglo, Leire es detenida, acusada de ser cómplice de su madre y su padrastro en el expolio de los tesoros de un antiguo galeón, frente a las costas de Cádiz. Su madre contrata a Andrés, un joven y ambicioso abogado, para la defensa de Leire. Abogado y defendida vivirán un apasionado romance, hasta que ella desaparece misteriosamente. Veinte años después, Andrés descubre por casualidad, en una librería de Nueva York, una autobiografía de Leire. La narración salta así a un nuevo plano, donde la vida de Leire se transforma en la propia novela. El abogado descubre el apasionante recorrido vital de esta mujer, que viajó a los lugares más recónditos del planeta y que se convirtió en una famosa pianista. Averigua aterrado también el motivo de su desaparición veinte años atrás: un terrible secreto que Leire comparte con su madre y su hija. Presenciamos entonces una extenuante carrera en la que, por un lado, Andrés huye de unos mafiosos que le persiguen y, por otro, emprende la búsqueda de Leire para acabar de desentrañar su misterio. Las vidas de Andrés y de Leire van convergiendo lentamente en una Nueva York con muchos rostros. La necesidad de obtener respuestas que cree escondidas en la historia de Leire empuja a Andrés a seguir adelante sorteando los misterios del tiempo, de la memoria y de las sombras del pasado hacia un sorprendente final.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 537
Veröffentlichungsjahr: 2015
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Juan P. Vidal
Primera edición: octubre de 2015
Copyright © 2015, Juan Pardo Vidal
© de esta edición: 2015, Ediciones Pàmies, S.L.
C/ Mesena,18
28033 Madrid
ISBN: 978-84-16331-46-8
BIC: FA
Ilustración de cubierta y rótulos: Calderón Studio
Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.
Dedicada a mis tres Emmas y a mi hermano Javier, por salvarme la vida.
Descubrir el porqué de las cosas supone destruirlas.
¿Quién podría haberse imaginado algo así? Además, sucedió tan rápido… Era media tarde y las olas golpeaban con suavidad la madera de la embarcación. Lo hacían de una manera tediosa y repetitiva. Aquel día cada minuto, cada segundo, cada instante desaparecían en la madeja del tiempo con una monótona parsimonia; eran todos idénticos, un perfecto reflejo del anterior. Bajo un estupor casi hipnótico pasaban, una y otra vez, las mismas olas, el mismo balanceo aburrido y machacón. Era como si solo hubiera cabida en el mundo para este vaivén despreocupado y aburrido, un vaivén que se introducía poco a poco en el cuerpo, en el ambiente, como un narcótico, con un ritmo lento y pausado, casi desesperante. Ella estaba tumbada sobre la cubierta, dormitando, aislada del mundo, indiferente, escuchando la música que salía de sus cascos, incapaz de oír nada más que las notas de Tannhäuser. Era imposible que aquellas palabras llegasen a sus oídos, estaba muy lejos y el mar devoraba cualquier sonido; el rumor de aquellas olas actuaba como una muralla inexpugnable.
—¡Leire, por el amor de Dios, arranca el motor, sal de ahí!
El mar se tragaba todas las palabras, no dejaba ninguna viva; eran absorbidas como si de una potente aspiradora se tratara. Ella continuaba tomando el sol sin sospechar lo que se le venía encima. Para Leire, lo único que existía, en aquel momento, era Wagner y su Tannhäuser. El universo exterior se había volatilizado, se lo había tragado el vacío; se había evaporado y la única realidad posible se había transformado en unas arrebatadoras notas musicales.
—Están a punto de llegar… ¡No podemos dejarla sola!
—No se puede hacer nada. Si volvemos, lo único que conseguiremos es que nos cojan a nosotros también.
—No puedo abandonarla… ¡Es mi hija!
Antes de que la mujer acabase de hablar, aquel hombre arrancó el motor del fueraborda y lo dirigió mar adentro.
—¡No! ¡No! No podemos marcharnos ahora… ¡No me puedes hacer algo así!
En su rostro se dibujó una mueca mezcla de dolor y de rabia que le deformó la cara. Al acabar de hablar se abalanzó sobre él, cargada de desesperación y furia, pero sin confianza, sabiendo que lo que intentaba era un imposible. Aquel hombre, que rondaba los cincuenta, medía casi dos metros y durante los últimos años le había dado muestras palpables de su extraordinaria fortaleza física; la apartó con un fuerte golpe con la mano. Luego continuó conduciendo la lancha como si nada hubiese pasado. Ella le espetó desde el suelo:
—Jamás te lo perdonaré…
Había caído sobre uno de los equipos de submarinismo; consciente de su impotencia, no hizo el menor intento por incorporarse. Comenzó a llorar en silencio, dejándose llevar por la desesperación y el dolor. Las lágrimas que recorrían su rostro no eran de rabia u odio, sino de resignación, de dolor, puro sufrimiento. Por un momento debió de pensar en la posibilidad de lanzarse al mar, de intentar llegar a nado hasta el barco donde estaba su hija, pero rápidamente comprendió lo absurdo de una acción así; lo único que conseguiría sería morir ahogada en medio del mar o que la apresaran a ella también.
Él sabía que debía aprovechar aquella oportunidad. La diosa Fortuna nunca había sido excesivamente generosa con él, y aunque esta vez, nuevamente, le había mostrado su rostro más amargo, al menos sí le había abierto una puerta. Tenía una posibilidad; si le salía mal, su vida quedaría nuevamente truncada, algo a lo que casi se había acostumbrado; pero, si funcionaba, conseguiría escapar. Tendría una nueva oportunidad, podría empezar de nuevo. Por eso no podía permitirse ningún riesgo; no, no volvería a caer en el mismo agujero de siempre.
Calculó que, en unos minutos, la policía daría alcance a la embarcación, y, en cuanto lo hiciese, podría ver si sus suposiciones eran correctas. Observaba con dificultad, en la distancia, cómo Leire continuaba tumbada en la cubierta del barco, indiferente a lo que se le venía encima.
La guardia costera tardó varios minutos más en ponerse a la altura del barco en el que Leire, inconsciente a su destino, se dejaba embriagar por la potencia sonora de Tannhäuser. Ellos estaban ya muy lejos para distinguir algo con claridad. En todo caso, intuían unas formas borrosas que subían por la escalerilla de popa. Aun así se podían figurar perfectamente lo que ocurriría: el rostro de sorpresa e incredulidad de Leire, su congoja al buscar con la vista su presencia, su miedo al comprobar que ya no estaban allí, que habían escapado. Luego la brutalidad de la policía, su afanosa búsqueda por todo el barco, todo bajo la sorprendida mirada de Leire.
Enseguida se dio cuenta de que su decisión había sido acertada: no los perseguirían. Se dejó caer sobre la tabla de madera que hacía de asiento. Miró a Inés, que se encontraba tumbada en el suelo, llorando, mejor dicho sollozando, pero fue incapaz de sentir nada, ni el más mínimo remordimiento. Hacía mucho tiempo que su corazón estaba vacío. Habían escapado, y eso era lo importante; aquella situación suponía una nueva oportunidad, que, por supuesto, no dejaría escapar. Su única preocupación era decidir hacia dónde llevar la lancha, cuál era el mejor sitio para desembarcar. Por unos momentos dudó: no sabía si acercarse a la costa o continuar en dirección hacia África, hacia Marruecos. Fueron unos segundos, enseguida comprendió lo absurdo de aquella disyuntiva. No había duda posible. A pesar de no tener los pasaportes en regla, era más fácil sobornar a un funcionario de fronteras marroquí que escabullirse en alguna de las solitarias playas de Barbate o Conil. Era difícil que en aquella época, mediados de los años cincuenta, un americano de casi dos metros de altura, rubio y de ojos azules, pudiera pasar desapercibido durante mucho tiempo en la costa de Cádiz.
Mientras atravesaban las aguas del Estrecho, Leire era conducida a la jefatura de policía de Algeciras. Nunca supe lo que sucedió desde ese momento hasta que la conocí. Fueron tres días, y por mucho que lo intenté, nunca conseguí sonsacarle nada. Como me pasó en muchas otras ocasiones, me quedé con las ganas de saber.
Aún tengo fresco el recuerdo del primer día que la vi, y de eso ya hace muchos, muchos años. Atravesó con parsimonia, con una tranquilidad desconcertante, la puerta de la jefatura de policía. Me impresionó su cabello liso, de un intenso color dorado, que brillaba bajo la luz del verano, y su altura: debía de medir más de metro ochenta. Tenía una figura esbelta, como si acabase de salir andando de un cuadro de El Greco. Yo esperaba encontrarme a una joven de veinte años, por lo que es fácil imaginar mi sorpresa al toparme con una mujer en ciernes que manejaba asombrosamente bien el fuerte contraste que había entre su edad real y su apariencia física.
Me presenté nada más verla bajar las escaleras.
—Soy Andrés Santaella, el abogado que ha contratado tu madre.
No contestó, se quedó mirando fijamente el mar que tenía detrás de mí, al otro lado del edificio, como si yo no estuviese allí, como si fuese una mera aparición, un sueño al que no se debía hacer caso. Lo hizo con gran naturalidad, sin que se pudiese apreciar artificio alguno en su actitud. Tras dudar unos segundos le dije:
—Tengo el coche aparcado en aquella esquina; lo mejor es que nos vayamos cuanto antes, tenemos un largo viaje hasta Málaga. ¿Has comido algo?
Ella me contestó con una pregunta.
—¿Ha visto a mi madre?
Su voz era fría, cortante como el hielo. Sonaba lejana. Aunque su español era perfecto, se le notaba un ligero acento, casi inapreciable, de hecho, solo en algunas palabras, lo que dejaba entrever su posible condición de extranjera.
—No, ni siquiera he conversado con ella. Contactaron conmigo unos clientes que aseguraron hablar en su nombre. Me dijeron que debía sacarte de aquí y buscarte un lugar seguro, en Málaga… No la conozco.
No respondió, comenzó a andar en la dirección que le había señalado con un paso tranquilo y pausado.
Ni qué decir tiene que el encargo de sacar a aquella chica de la comisaria y de ayudarla en todo lo que pudiese, me vino a través de un grupo de clientes con los que había comenzado a trabajar poco tiempo antes. Sujetos que no tardé en reconocer, personajes todos ellos que vivían, por decirlo con un eufemismo, en la frontera de la ley; individuos que generalmente, bajo una apariencia de respetabilidad asombrosamente trabajada, llevaban una doble vida casi perfecta: ladrones de guante blanco, pseudoempresarios, estafadores, entre otras muchas profesiones, que al llegar la noche se recogían en sus casas con sus familias, sin despertar sospecha alguna. Pero esto, cómo acabé trabajando para ellos, es algo largo de contar. Ya tendré ocasión más adelante, si viene al caso, de explicar mi fulgurante ascenso y no menos rápido descenso en el mundo de los negocios… Pero de esto hace ya muchos años, demasiados…
Hicimos el viaje sumergidos en un tenso silencio que parecía no acabar nunca; daba la impresión de que este no le afectaba, de que incluso disfrutaba con él. Yo intenté, en varias ocasiones, romper el hielo, pero no respondía, permanecía impasible, como si aquello no fuese con ella o incluso como si la situación no fuese real, como si lo que estaba sucediendo a su alrededor fuera parte del guión de una película y ella, una estrella de cine que lo leía en su mansión.
Finalmente en Málaga, en mi despacho, fue un poco más comunicativa. La habitación permanecía sumergida en una ligera penumbra. Los pocos rayos de luz que atravesaban las persianas levantaban miles de volutas de polvo alrededor de su figura. Aquella luz tenue me hizo sentir como el protagonista de una película de detectives en blanco y negro. En cualquier momento la policía entraría en el despacho y se llevarían a la rubia de vuelta a comisaría. No era solo mi imaginación; la luz, su figura, su postura con las piernas cruzadas, su falda estampada hasta las rodillas, el silencio, todo ayudaba. Estaba sentada frente a mí, tras la mesa de madera, con uno de sus brazos sobre el reposamanos; esta vez sí, con una mirada franca, dirigida directamente a los ojos. Aun así nos mantuvimos unos segundos en silencio.
Saqué un cigarrillo de un paquete arrugado que tenía en uno de los cajones. Le ofrecí uno. Lo cogió con parsimonia. Los dedos de sus manos eran finos, alargados. Hizo un movimiento suave y lo encendió con unas cerillas que había sobre la mesa. Aspiró con mucha fuerza. El humo debió de entrar hasta el fondo de sus pulmones como si fuera papel de lija. Probablemente eso es lo que buscaba, una sensación física que le permitiese olvidarse de sí misma, huir, dejar de sentir lo que sentía
—Como ya intenté explicarte en el coche, tu situación es delicada. Los cargos que han presentado contra ti no son una tontería, son graves. La Ley del Patrimonio Histórico es muy estricta y contempla que cualquier intento de expoliación de sus tesoros puede ser considerado como robo. Además, por si no lo sabes, déjame que te explique cómo funcionan las cosas por estos lares: se te puede acusar, sin ningún problema, de desobediencia a la autoridad, intento de soborno de funcionario público, vamos, de cualquier cosa, y aunque pienses que al ser menor de veintiún años vas a tener un mejor trato, te equivocas, eso les da igual; esto, para tu desgracia, no es Estados Unidos, si lo desean te pueden retener durante todo el tiempo que quieran. Pueden ampliar los cargos contra ti en cualquier momento, uno detrás de otro, en cuyo caso no estaríamos hablando de meses, sino de años, antes de que pudieras empezar a pensar en salir del país.
Puso un dedo sobre la madera de la butaca. Recorrió con él, suavemente, el relieve, casi sin tocarlo. Seguía con su mirada el movimiento de su mano, como si nada más pasara en el mundo.
—No me importa. Igual es este sitio que cualquier otro.
Luego dirigió su mirada hacia el reloj que colgaba de la pared. Tenía forma ovalada, estaba desgastado por el paso de un tiempo que en aquel momento se había convertido en algo absurdo. El segundero corría entre los números como si no lo hubiese hecho millones de veces antes, sin darse cuenta de que aquella vuelta tampoco sería la última, que seguiría dando vueltas hasta que el mundo así lo decidiese.
Sus respuestas me dejaban perplejo. No daba la impresión de estar actuando, de estar usando una falsa máscara para esconder sus sentimientos reales. Luego, cuando la conocí con más profundidad (bueno, en la medida en la que se puede conocer a una mujer así), cuando supe un poco más sobre su vida, entendí cómo aquella indiferencia, que en algunos instantes se confundía con arrogancia, estaba justificada. En aquel momento, si hubiera sido un poco más listo, si me hubiera fijado más en los pequeños detalles, en los detalles que nos delatan a todos y que muestran nuestros temores más escondidos, habría comprendido mejor lo que pasaba por su linda cabeza. Si me hubiese percatado de que solo había abierto la boca motu proprio para preguntar por su madre, me habría dado cuenta de qué es lo que se escondía detrás de ese escandaloso silencio. Sí, en el fondo, tras aquella fortaleza inexpugnable llena de contrastes y falsas indiferencias, se escondía una dulce inocencia derrotada por un terrible dolor, un sufrimiento que ya había sido convenientemente reconvertido en rabia y redireccionado de la manera más apropiada.
—Te ayuda tu edad. Por eso estás ahora aquí y no en la cárcel. Pero eso a partir de hoy no va a ser una ayuda, sino todo lo contrario.
—No me importa lo que pueda sucederme.
De nuevo la gravedad con la que acompañó aquellas palabras, su frialdad, me sorprendió. Intenté seguir como si nada, como si no hubiese escuchado su respuesta, como si en realidad sí le preocupase la posibilidad de pasar una larga temporada en un correccional en España.
—Lo principal ahora es solventar el día a día; ya tendremos tiempo más adelante de discutir sobre tu futuro…
En ese instante la miré fijamente a los ojos. Quería ver cuál era su reacción. Pero nuevamente un frío glacial fue lo único que obtuve de ella, su única respuesta.
—Se me había ocurrido que vinieses a vivir con mi familia…, al menos de momento. Tenemos un amplio chalet en las afueras, posee habitaciones suficientes para todos. Únicamente tendrás que acostumbrarte a vivir con dos niños pequeños.
Es difícil comprender, o apreciar, lo que no se ha experimentado. En mi caso era imposible que pudiese entender la psicología de una mujer así…, de una joven que ha vivido tanto y en tan pocos años. ¿Quién podría siquiera intuir lo que rondaba la cabeza de una chica de veinte años que ha vivido desde muy pequeña en los sitios más inverosímiles del mundo (sudeste de Asia, Centroamérica, África), rodeada de unas compañías, cuanto menos, poco convencionales, sin un hogar fijo? Su vida hasta aquella fecha daría para más de una novela. Su carácter frío e indiferente no era más que el lógico resultado de haber visto, desde su más tierna infancia, cómo las circunstancias y el mundo se movían a su alrededor como las hojas del otoño, empujadas de un lado a otro por los caprichosos designios del destino.
Ha pasado una vida entera y a pesar de ello continúo recordándolo como si hubiese sido ayer. Todavía soy capaz de escuchar su voz, de ver el brillo de sus ojos y su pelo rubio y brillante, con una nitidez perturbadora. Es realmente incomprensible cómo puedo tener este magnífico recuerdo cuando ni siquiera yo soy el mismo. Cómo podría serlo después de todo lo que me ha sucedido, después de que la existencia haya pasado sobre mí como una apisonadora, dejando unos restos malheridos e irreconocibles por el camino, unos restos que llevan mucho tiempo, demasiado, intentando recomponerse. Y aunque le cueste creérselo al lector, no se trata de una metáfora o artificio literario; en realidad, soy otra persona, solo queda una cosa de aquel joven y ambicioso abogado: mi nombre, Andrés Santaella.
Es cierto que durante mucho tiempo conseguí olvidarla, o mejor sería decir anestesiar mi memoria y su recuerdo bajo la pesada losa de la desgracia, pero desde aquel aciago y estúpido viaje a Estados Unidos, todo volvió a resurgir. Aquella historia renació de sus cenizas.
Eran las siete de la tarde; me había citado con un importante cliente para cenar a las nueve. Un invierno gélido se había adueñado de la Gran Manzana. Para hacer tiempo entré en una amplia librería de dos pisos cerca de Union Square, que actualmente es un Barnes & Noble. Allí estuve casi una hora hojeando revistas y libros, dejando pasar los minutos sin prestar atención a lo que leía o sostenía entre las manos. Cuando me disponía a salir a la calle, oí un grito detrás de una estantería. Lo primero que hice, después de alarmarme, fue mirar alrededor por si alguien más lo había sentido, pero estaba solo en aquella parte del establecimiento. Di la vuelta a la isla llena de libros; pero al otro lado no había nadie. Perplejo, volví sobre mis pasos para ver si la persona que acababa de dar aquel grito había salido al pasillo central por el otro lado; pero allí seguía sin haber nadie.
Era la última estantería de la planta; tras ella había un amplio ventanal por el que se veía, con todo lujo de detalles, Union Square, y, al fondo, un pequeño recodo por el que era imposible que la persona que había gritado se hubiese marchado sin ser vista. De nuevo di la vuelta a la isla, confuso por lo que estaba pasando y dispuesto a encontrarle una explicación razonable. Miré por la ventana en un acto reflejo un tanto absurdo, pensaba que igual al otro lado estaba la respuesta; pero allí solo había una larga hilera de coches esperando en un semáforo. Seguía desconcertado, quería encontrar una explicación coherente a todo aquello. Pero la única posible solución a aquel enigma era que el grito hubiese sido una ilusión, una distorsión sensitiva.
De repente alcé la vista hacia un libro que reposaba mal colocado sobre una de las estanterías. Todavía hoy no sé por qué lo hice, por qué me fijé en él habiendo tantos otros. Al verlo la reconocí al instante, era imposible no hacerlo, era ella, Leire, tal y como la recordaba, tal y como la vi por primera vez veinte años antes. Aquello me dejó estupefacto. Había pasado casi un cuarto de siglo, y durante todo este tiempo no había vuelto a saber de ella; eso a pesar de que lo había intentado muchas veces, sobre todo después de lo del accidente, del que hablaré más adelante. E incomprensiblemente, en ese momento, aparecía allí, frente a mí, mirándome directamente a los ojos, con una mirada que conocía muy bien, demasiado bien, que absorbía mi conciencia y me aislaba del resto del mundo.
Encima de su foto, en la parte superior de la portada, aparecía en letra pequeña el título: La esfera del tiempo. En ese instante, miles de escenas de mi pasado se abrieron paso a gran velocidad por mi mente; lo hicieron por los recovecos más remotos de mi memoria; escenas que creía perdidas para siempre surgieron ante mí con una claridad pasmosa, con todo lujo de detalles, como si realmente estuviesen sucediendo frente a mí. Cogí el libro y lo mantuve entre mis manos para cerciorarme de que aquello era verdad, de que no era una nueva alucinación sensitiva. Inesperadamente, me inquieté, tuve miedo a haberme confundido, a que no fuese ella. Pero era imposible, su mirada displicente y enigmática era inconfundible; su cabello, sus labios finos y delicados no podían ser de otra; era ella, tenía que ser ella. Además, había una señal irrefutable que demostraba que estaba en lo cierto: la masa informe y caliente que subía por mi garganta desde el estómago y que había quedado detenida a escasa distancia de la boca. Aun así quise salir rápidamente de dudas. Comencé a leer lo que había escrito en la solapa del libro:
«Esta es la historia de una vida, la de mi madre, gobernada porlas extrañas fuerzas que dominan nuestra existencia: el azar y elcaos; una historia sobre el paso del tiempo, sobre la memoria, sobrelos sueños truncados y sobre la muerte; una historia mezcla de espejismos y realidades, como la de cualquier otro. Una historia irrepetible que pudo ser diferente…».
Esto era todo lo que se podía leer; no había nada más, ni siquiera el nombre de la autora.
Ni qué decir tiene que aquella noche no llegué a la cena. La pasé leyendo el libro, indiferente a las consecuencias que con toda seguridad me iba a deparar aquella acción. No todos los días se tiene la oportunidad de dejar colgado en un restaurante a un importante miembro de la mafia neoyorquina. Un individuo, por otro lado, que pretendía que le ayudase a sacar a uno de sus hijos de una cárcel española.
La verdad es que hacía mucho tiempo que me había convertido en un náufrago a quien le daba igual el puerto de destino. Hacía muchos años que vagaba a la deriva por el océano de la existencia, dejándome mecer por su fuerte oleaje, por las corrientes escondidas, sin importarme adónde me llevaran estas, con el coraje y la valentía que solo es capaz de dar la desesperación. La nostalgia de un pasado yermo y la agonía de un futuro sin esperanza me acompañaban desde hacía muchos, demasiados años. Mi vida había pasado ya el punto de no retorno. Se podía decir que hacía mucho que había perdido mi condición humana; me había convertido en una especie de despojo de ilusiones rotas, de recuerdos mal comprendidos, de lugares y de momentos que quizás ni siquiera existieron, pero que mi mente se empeñaba en rescatar. El arrepentimiento y la melancolía se habían hecho dueños de mi conciencia.
En fin, cada vez que pienso en ese misterioso grito, imaginario o no, que me permitió descubrir aquel libro y que abrió una nueva puerta en mi existencia, más me convenzo de que el azar y la casualidad son una falacia, de que no son reales y que es la fuerza que se esconde tras estos nombres y que está en el origen mismo de la realidad la que nos mueve de un lado a otro sin nosotros darnos cuenta.
El azar es una ficción con la que el tiempo nos engaña, haciéndonos creer que es parte del universo. El problema resulta cuando nos damos cuenta, o, mejor dicho, cuando en un momento de lucidez atisbamos la verdad: que el tiempo es, a su vez, otra ficción más, una ilusión de nuestra memoria. Solo entonces nos percatamos de lo que somos…
Pero, bueno, dejémonos de filosofar y centrémonos en lo importante. La novela comenzaba de la siguiente manera:
Era un día de septiembre, uno de esos días soberbios que nos depara el final del verano. Una lánguida luz, de un intenso color marino, se reflejaba sobre el océano y se hacía dueña de todo lo quehabía a su alrededor. Aquel color, los reflejos de un otoño que llegaba a pasos agigantados, el sonido de las olas, el dulce vaivén delbarco se introducían en el alma con parsimonia, lentamente, sinpausa, con una indolencia que anestesiaba y adormecía los sentidos. Llevaba más de un mes saliendo a la mar, pero fue un 15 deseptiembre de 1953 cuando no le quedó más remedio que hacerselas preguntas que nunca quiso formularse: ¿por qué rayos estaba ella en aquel barco? ¿Cuál había sido su pasado? ¿Quién era ella en realidad?
Todo comenzó de la única manera posible, como suelen pasarestas cosas, de repente. Hasta entonces se había dejado llevar porel destino, sin importarle ni adónde iba ni de dónde venía; ni siquiera lo que hacía le preocupaba mucho. Le dejaba hacer a la vidacomo si en realidad fuese una extensión suya sin voluntad. Navegaba sin objetivos, sin aspiraciones, casi sin memoria, en una travesía por la existencia despojada de todo afán y, por lo tanto, casisin recuerdos.
Aquel día un fuerte golpe en el brazo le hizo abrir los ojos, y loque debió ser otra fantástica tarde llena de inconsciencia, de irresponsabilidad, navegando por el golfo de Cádiz, se transformó de repente en una horrible pesadilla de la que aún ahora probablementeno haya podido salir. Aquellos toscos policías la condujeron, sin terciar palabra, a tierra firme, y de allí, a la jefatura de policía. Enaquel lugar pasó los tres peores días de su vida, junto con una prostituta que, nada más verla, comprendió el tipo de trance por el queestaba pasando y que no perdió oportunidad para mofarse de ella.
Cuando saliese, pensaba que su madre estaría esperándolafuera. Aquello la tranquilizaba. Enseguida comprobó su error. Encuanto pisó la calle y se topó con aquel individuo, se le vino elmundo encima. La realidad cayó sobre ella de la única manera posible, como un muro de hormigón. Hizo acopio de las fuerzas necesarias para no ponerse a llorar. El azul celeste del mar aparecía,más allá del paisaje urbano de Algeciras, como un espejismo. Trasél se intuía un nuevo horizonte desconocido, duro, quizás doloroso,pero con toda seguridad diferente.
Acababa de abrirse una brecha en su vida, una herida que lapartiría en dos para siempre y que dividiría su historia en dos trozosaislados entre sí, como si de dos islas se tratara.
Los primeros días fueron los más difíciles: tuvo que hacerse a laidea de pasar un largo periodo de tiempo lejos de las personas quehabían configurado su mundo hasta entonces, sin poder salir de España; luego, acostumbrarse a vivir con la amenaza de acabar enla cárcel. Aunque lo que más le dolía era que su madre la hubiesedejado desamparada, que la hubiese dejado sola en el barco mientras llegaba la policía, que, en resumidas cuentas, la hubiese abandonado. De todos modos, poco a poco fue comprendiendo que denada le serviría rebelarse ante aquella fatalidad, que sería una acción absolutamente estéril y que, cuanto antes aceptase sus nuevascircunstancias, antes se reconciliaría con la vida.
—Y si me niego a ir a tu casa, y si te pido que me pases una cantidad de dinero a cuenta de mi madre y me voy a vivir sola…
—Esa es una alternativa, es cierto, pero también un imposibleademás de una ilegalidad, ya que no eres mayor de edad…
—Ya, y me figuro que mi madre te habrá dado poderes para sermi tutor, ¿no?
—Sabes perfectamente que Inés no puede entrar en el país. Si lohiciese, acabaría en la cárcel… Preferiría no tener que hacer usode otros medios que el de las palabras para que entiendas que loque te propongo es lo mejor para ti.
Todo esto sucedió el día que Leire salió de la jefatura de policía,en el despacho de Andrés, en un piso alto del centro de Málaga; lascortinas dejaban pasar a duras penas algunos tenues rayos de sol,dibujando una sucesión de claroscuros que envolvían la habitaciónen un ambiente sombrío. Había muy pocos muebles, un armario conarchivadores viejos mal colocados, varias sillas, una cómoda decolor marrón claro. Sus ojos brillantes e inquietos no dejaban traslucir lo que se escondía en su cabeza. La mesa de madera que losseparaba se había transformado en un abismo.
—Tu madre lleva muchos años viviendo con uno de los cazadores de tesoros más buscados del mundo. Es de suponer que ella es parte activa de la banda; si no, no se entendería vuestra vidanómada, ese constante peregrinar por los lugares más estrambóticos del mundo. ¿En qué medida participaba de las actividadesde expolio y robo? Eso es una cosa que sabrás tú mejor que yo,pero que estaba implicada creo que es algo que está fuera de todaduda.
Leire permanecía en silencio, mirando distraídamente los rayosde luz que entraban por la ventana y que dejaban un extraño rastrode sombras sobre el mobiliario.
—A veces no sé qué pensar.
Aunque parezca incomprensible, aquello era nuevo para ella;no obstante, también, en el fondo, era la terrible confirmación deuna sospecha que nunca se había atrevido a formular, al menos demanera consciente. Jamás quiso saber lo que se escondía tras sueterno peregrinaje por el mundo; intuía algo parecido, pero sumente no tardaba en olvidarlo. Ellos le decían que si biología marina o investigaciones científicas, pero no terminaba de creérselo. Bien es cierto que tampoco hacía nada por descubrir una verdadque sospechaba pero que no deseaba sacar de su escondite. Finalmente, en España, tuvo la oportunidad de comprender por qué sumadre puso siempre especial empeño en que no supiera nada de susactividades. Pretendía que, llegado el caso, su hija no corriese ningún riesgo, que no sufriese su mismo destino. Por ello la mantuvoapartada, para que, si alguna vez era detenida en algún lugar delmundo, pudiese defender su inocencia con la conciencia tranquila,mostrando con sinceridad su absoluto desconocimiento de las actividades de su madre. Y eso es lo que sucedió aquellos días enCádiz. En los diferentes interrogatorios a los que fue sometida, antela sorprendida mirada de la policía y de los fiscales, actuó y hablócon una persuasión y veracidad inmejorables. Cuando la escuchaban afirmar que desconocía el motivo de su detención y de las actividades de su madre y su padrastro, su voz, sus gestos y su miradano revelaban el más mínimo atisbo de mentira.
De todos modos, para su desgracia, no tardó en comprender elpapel que iba a tener en su vida este hombre que le hablaba deforma tan pausada. Se iba a convertir, de la noche a la mañana, ensu único lazo de unión con el mundo. Un hombre del que, con eltiempo, se enamoróprofundamente, aun sabiendo que no era dignode ello, que ni siquiera merecía su amistad ni cualquier otro tipode sentimiento de lealtad; un hombre que, tal y como supuso desdeun principio, demostraría su cobardía en el peor de los momentos. Aquel abogado que la llevó a vivir a su casa con su familia poco apoco la fue atrapando en una tupida malla de ambivalencias, desentimientos encontrados y deseos escondidos. Desde el principiodejó clara su condición de donjuán, y se aprovechó de la situaciónde Leire. Actuó siempre con inteligencia y con la mayor de las destrezas; intuía rápidamente cuáles eran las necesidades y carenciasde sus víctimas y sobre ellas actuaba. Era un hombre de manerasrefinadas, con un físico delicado, casi se podría decir que aniñado. Desde el primer momento se le mostró como una persona cultivaday sensible. Más tarde descubrió que esto era también un disfraz,una pose más del amplio y rico repertorio de un camaleón que llevaba tiempo haciendo uso de sus innatas capacidades para la mutación, el artificio y el engaño. Era difícil comprender o tan siquieraatisbar lo que realmente se escondía en la cabeza de aquel ambicioso abogado. En la mayoría de las ocasiones, nada era lo que parecía, sus intenciones nunca eran claras y siempre buscaba algoinconfesable o lo contrario de lo que exponía. Poseía una prodigiosa sagacidad para encontrar y actuar con la careta que mejorle convenía; era, en resumidas cuentas, un experto manipulador.
Este hombre comprendió muy pronto que jamás conseguiría llegar a donde deseaba, a la meta que se había fijado desde pequeño,por el camino que debía. Si a esto le sumamos una aguda inteligencia y pocos miramientos, no es de extrañar que acabara trabajandopara quien lo hizo.
A las dos semanas de trasladarse a vivir a casa de Andrés, Leirerecibió de manos de este una carta de su madre. Era la primera.Inés intentaba con ella sincerarse con su hija, explicarle el porquéde todo lo sucedido, aclarar un pasado lleno de misterios, malentendidos y medias verdades.
«Antes de nada, quiero que sepas que me figuro perfectamente cómote sientes. Desde que nos separamos no he dormido ninguna nochemás de dos horas seguidas. No hago más que pensar en ti; tu rostrome viene a la imaginación en cualquier momento, pero sobre todopor las noches. En cuanto me acuesto tus ojos surgen de la oscuridad para preguntarme por qué. Y yo, tumbada en la cama, vencidapor el dolor, por la culpa, sin poder contestarte, me dejo llevar porla desesperación. Algunas veces me pongo a hablar sola, como siestuvieses en realidad aquí, frente a mí; así al menos puedo sentirun cierto alivio. Llevo días preparando esta carta, cuidando cadapalabra, cada frase, cada párrafo, para que me entiendas y lo puedas comprender todo. Creerás que te he traicionado dejándote tirada allí en medio del mar, pero te aseguro que no me quedó másremedio. Es cierto que estábamos muy lejos cuando vimos cómo laembarcación de la policía se aproximaba; también es verdad quesi Kevin hubiera accedido, habría habido alguna posibilidad, difícil,pero la habría habido, aunque cuando me dijo que no y ante mi insistencia me golpeó, entendí que no había nada que hacer. Sabesperfectamente cómo se pone cuando se encabezona con algo, lo violento que puede llegar a ser. Me impidió irte a buscar, me amenazócon tirarme por la borda. Yo, en un momento dado, pensé en hacerlo, en ir nadando hasta el barco, pero la distancia era muygrande y corría el riesgo de morir ahogada. Me duele decirlo, perociertamente Kevin tenía razón: no había posibilidad alguna.
El motivo de esta misiva y de las que vengan con posterioridades poder explicarte y explicarme, poder contarte la razón de unaparte de tu vida que desconoces… Sobre todo, quiero que me creascuando te digo que soy sincera. Por mucho que me duela la verdad,estate segura de que siempre preferiría no confesarte nada antesque mentirte; antes que una excusa, elegiría callar.
Quiero que sepas que Kevin y yo nos hemos separado. Obviamente, aquello fue la gota que colmó el vaso. No podía haber sidode otra forma, no podría haber seguido con él después de eso. Loque no voy a hacer ahora es describirte la pelea que tuvimos acuenta de lo que sucedió o la epopeya que viví para poder salir deMarruecos, adonde llegamos después de escapar. Tampoco te puedorevelar el lugar en el que me encuentro actualmente por una simplemedida de precaución.
He procurado durante todos estos años no descuidar tu educación. De ahí que haya sido tu madre, tu niñera, la educadora que teobligó a estudiar, la profesora de música que te mandó practicarcon el violín un día sí y otro también. Nuestra vida, casi nómada,de un país a otro, me obligó a ejercer de tutora, enfermera, madrey un montón de cosas más; todo esto imposibilitó que hubiera unaatmósfera que facilitase las confidencias y que la madre muchasveces desapareciese tras los diferentes papeles que la vida meobligó a interpretar. Eso quizá es lo único en lo que siento que note he dado lo que debía. Mi pasado, que también, de alguna manera,es el tuyo, ha permanecido vedado de nuestras conversaciones, loque ha impedido que te hicieras una mejor idea del lugar de dondevienes y, por añadidura, de quién eres. Quiero ahora poder solventar todo esto. Para ello deseo contarte lo que no sabes de mí, algoque, a la postre, es parte de tu propio pasado y que te permitirácomprender tu presente, aunque algún día entenderás que el pasodel tiempo, muchas veces, no es más que el anuncio de una derrota.
Antes de nada, quiero advertirte que debes permanecer dondeestás. El proceso va a ser largo, pero, mientras hagas lo que se tepide, no tendrás ningún problema. Como me figuro que entenderás,no puedo volver a España; en cuanto entrara en el país me apresarían, y me caerían muchos años de cárcel. Nada hay que más meatraiga que verte y abrazarte, darte un beso, tocarte. De hecho, heintentado concertar algún encuentro, por ejemplo, en Gibraltar,pero esto es, a todas luces, imposible, no solo por ti, ya que no teestá permitido salir de España, sino porque probablemente estéssiendo vigilada para, en el caso de que quisieras ponerte en contacto conmigo, arrestarme. Otra de las dudas que tengo es si, mediante documentos falsos, y con algún que otro soborno, sacarteilegalmente del España. Andrés me lo ha desaconsejado, me ha avisado, no sin razón, que esto te depararía muchos problemas en elfuturo; además, supondría que jamás podrías volver a España. Aunque tengas doble nacionalidad, no tener la posibilidad de retornara tu país de origen puede suponerte en el futuro una gran contrariedad. Me ha recomendado esperar, piensa que tu caso no se prolongará más allá de un año. Esto no es mucho tiempo si tenemosen cuenta el posible perjuicio. He pedido consejo a algunos conocidos y, la verdad, me he encontrado de todo. Creo que esta es lamejor solución, y no pienso, francamente, que a Andrés le muevanintereses espurios.
Como ya sabes, nací en Madrid en una época, principio de siglo,en la que para un padre tener seis hijas no era precisamente un regalo de Dios. Esto le convirtió, probablemente, en uno de los primeros feministas del país; si no, no se entiende que cinco de las seishijas terminásemos cursando estudios universitarios, algo realmente inaudito en aquel tiempo. Como él mismo decía: «No me quedaba más remedio, a no ser que me tirase la vida esperando queencontraseis a seis príncipes azules». Yo, como ya sabes, estudiéCiencias Naturales; me especialicé en Biología Marina. Si hay algoque desde pequeña me ha atraído siempre, es el mar. Este era y espara mí un lugar único, especial, un sitio donde se une el mundo dela realidad con el de las ilusiones. Siempre me produjo una mezclade sentimientos extraños, de fascinación, casi de embrujo.
Pero, bueno, ya me estoy yendo de nuevo por las ramas. Volviendo a la historia de mi vida, mientras estudiaba en la universidad, durante la década de los treinta, por error, poco a poco me fuimetiendo en política. Con franqueza, creo que nunca lo habríahecho si no hubiese sido por el novio que me eché y que, a la postre,se convirtió en mi marido y en tu padre. Como esta historia ya laconoces, la pasaré rápidamente. Manuel era un convencido comunista. Nació en un pueblo de Córdoba. Su padre era guardia civil,pero él estaba hecho de otra pasta. Había conseguido sacudirse susorígenes y tomar un camino diferente. Pronto abandonó el pueblo,en gran parte debido a los constantes encontronazos con su padrey, otro tanto, por su espíritu inquieto. Emigró primero a Córdoba yluego a Madrid. En la capital se fue implicando más y más en lapolítica, por supuesto, en el lado contrario al de tu abuelo. Duranteel alzamiento era ya miembro de las milicias del Partido Comunista. Enseguida nos trasladamos a Palma del Río, donde, en un principio, no triunfó el alzamiento. Llevábamos ya dos años casados. Hicimos el viaje él, yo, tú y tu hermana. Tu padre fue, como te puedesfigurar, de los que más activamente participó en la toma de tierras,en las represalias contra los potentados y latifundistas. Y, como erade esperar, destacó sobre todos los demás por su fanatismo, un fanatismo producido, por un lado, por el odio quesentía hacia supadre y hacia todo lo que él representaba, y, por otro, aunque también relacionado con este, porque se sentía, debido al trabajo de tuabuelo, obligado en mayor medida a demostrar su compromiso político. Aquello fue horrible, las barbaridades que hizo, hasta niños… Yo hacía tiempo que me había hecho muy escéptica en temas de política, huía de ella. Aunque, en un primer momento, influida por él,me dejé llevar, desde mucho antes del alzamiento no quería sabernada de política y menos de la guerra. Él y yo habíamos tenido unpar de encontronazos muy fuertes; sumando a esto que nuestra relación no estaba en el mejor de los momentos, me pensé varias vecesdejarle y volverme con vosotras a Madrid. Tonta de mí, no lo hice. Lo que vi aquellos días, o, peor aún, lo que me figuré que estabasucediendo, me dejó trastornada. Jamás lo entenderé, ese odio, esarabia… El fanatismo se esconde en el alma del hombre como unvirus en una herida putrefacta, alimentándose de la mierda. Aunqueno queramos creerlo, somos una especie de fanáticos. Es una manera muy fácil de huir de nosotros mismos; odiando al otro se olvidauno de aborrecerse a sí mismo; otra cosa es que nos engañen, o,peor, que queramos engañarnos con el curso de la historia y quepor ello nuestros dirigentes nos manipulen. De todos modos, de unamanera u otra, siempre se ha fomentado, en todos los momentos dela historia, el fanatismo en la sociedad; es una genial forma de dominación.
Bueno, que me voy de nuevo por las ramas… Volviendo al temaque nos ocupa: luego le tocó el turno al otro bando, la misma inmundicia, créeme, el mismo perro con distinta correa. La revanchafue igual o quizá peor, probablemente porque tenían más años deexperiencia y el odio y la sed de venganza muy vivos en su memoria. Nos pilló por sorpresa. Lo recuerdo con excesiva nitidez: tenías unagastroenteritis muy fuerte y te llevé a la casa del médico. En esejusto momento entraban en el pueblo. El doctor era compañero detu padre. Tuve que decidir: o volvía a por tu hermana o intentabaescapar (me figuro que verás cierto paralelismo con lo que acabade suceder. Parece que la vida disfruta haciéndonos repetir nuestroparticular calvario. Muchas veces pienso que el destino del hombrees no tener destino, y su castigo, engañarse repitiendo siempre lomismo). En fin, tu hermana se había quedado en casa con tu padrey era lógico pensar que este sería uno de los primeros sitios al queirían. Yo no sabía qué había sido de ellos, si habían conseguido escapar o si, por el contrario, los habían apresado, y, en este caso,qué había sucedido con Natalia. En esta tesitura no podía dejar elpueblo, suponía abandonar a una de mis hijas. Permanecí escondida varios días en un viejo cortijo, esperando tener noticias de tuhermana.
Tampoco tenía muy claro lo que le podía suceder a la mujer deun destacado dirigente comunista, aunque esta no se hubiese implicado activamente en política. Si volvía, corría el riesgo de acabaren una fosa, o quizás no, pero eso nadie me lo podía asegurar. Alfinal me mintieron. Los compinches de tu padre, que veían la situación muy peliaguda y que además querían escapar, me engañaron. Yo les había dicho que no me iría hasta no tener a Natalia conmigo,pero me traicionaron, me aseguraron que tu padre y tu hermanahabían muerto en el incendio de la casa. Escapamos…
En realidad aquello no fue tan sencillo. Como te puedes figurar,huir de una zona recién dominada por los nacionales no podía serfácil.
Aquí me surge un problema: no sé hasta qué punto debo contartelo que sucedió. Sí, ya sé lo que piensas, que te acabo de prometerno esconderte nada, y que a la primera de cambio te fallo. Creo queciertos episodios en la vida de una persona solo los debe conoceresta. Y si hay algo que no me gustaría tener que contarte es este,pero, como soy consciente de la promesa que te he hecho al comienzo de esta carta, pasaré a relatártelo.
La única manera de escapar de Córdoba aquellos días era a través de Sierra Morena. Para ello debía sobornar a alguien, a un comerciante, a un político, a un transportista o a algún mando delejército. Estaba claro que no lo podía hacer sola. Los compinchesde tu padre no eran de fiar, menos en aquellos momentos de terrory huida; habrían delatado a sus madres si con ello hubieran podidosacar algo. El problema, como te puedes figurar, era que no teníanada con qué sobornar… La situación al final surgió, como suelepasar en la vida, sin que hubiera alternativa; por no haber, no huboni oportunidad para pensar. Solo hubo una posibilidad, y esa fue laque sucedió. Bueno, en realidad sí hubo otras, pero la respuesta eraevidente: debía decidir entre mi vida, la tuya o partede mi dignidad…
Soy consciente de lo que te estoy hablando. Me cuesta escribirlo,reconocerlo, pero eso fue lo que hice, me prostituí…, sí, lo mirescomo lo mires, y aunque lleve mucho tiempo pensando lo contrario,excusándome, eso fue lo que hice. Quizá sea demasiado dura conmigo misma, quizá tú me enjuicies de manera diferente. Lo que escierto es que no había otra salida. Fue espantoso. Llevaba ya tresnoches escondida en un corral abandonado cuando apareció unapartida de guardias civiles. Evidentemente, no llegaron allí por casualidad; alguien debió de darles el soplo. Estaban al tanto dedónde me escondía, y sabían a lo que iban. Pretendían aprovecharse de mí, de la situación.
Es más que probable que mi suegro estuviese detrás de lo quesucedió, al igual que, probablemente, gracias a él, salvé la vida. Para un personaje de su calaña, perderme de vista para siempreera una opción más que tentadora. Nunca demostró ningún interéspor sus nietas, nunca os llegó a conocer, no podía ver más que ventajas en que desapareciera de España, o al menos de Andalucía. Mejor lejos de allí que muerta. Él fue quien debió de averiguar queestaba en aquel lugar y quien envió a aquellos energúmenos a pormí. Pero seguramente también dio la orden de respetarme la vida.
Con una cierta brusquedad me llevaron junto a un camión demercancías que viajaba hacia Extremadura. Antes de subir se meacercó el teniente y me dijo:
«—No creerás que se puede escapar uno tan fácilmente, que lamujer de un rojo de mierda y asesino de niños se va a ir así, de rositas… Ven con nosotros un momento…».
Yo, al escuchar esas palabras, palidecí; hasta aquel momentohabían sido secos, pero ni por lo más remoto podría haberme figurado lo que había en la cabeza de aquel bastardo hijo de puta. Recuerdo perfectamente cómo te llevaba en mis brazos y cómo mequedé paralizada al oírle. Debí de estar un par de segundos mirándole como una imbécil, sin saber qué pensar.
La noche era clara y calurosa. La luz de las estrellas y la lunailuminaban los campos amarillentos. El silencio era duro, compacto, como un muro de hormigón, solo la voz de aquellos hombreslo interrumpía. A lo lejos, en el valle, se distinguía Palma y el Guadalquivir, entre los huertos y los olivos. El rumor del río a lo lejos,aún lo recuerdo, tenue, remoto.
«—Ahora vas a saber lo que es una polla española de verdad,no la del mierda ese… Arrodíllate».
De repente comenzó a desabrocharse la bragueta con increíbleparsimonia y frialdad, como si estuviese yendo a cámara lenta, regodeándose en cada movimiento. Estábamos a unos cien metros delcamión en el que se suponía debía marcharme de allí. En cuantotuvo su pene fuera me lo restregó por la cara y me atizó con él enla boca, en los carrillos, en la nariz, sin importarle que te tuvieraen mis brazos. Con una náusea indescriptible te dejé en el suelo,junto a mi maleta. Me obligaron a practicar una felación a cadauno de los tres guardias civiles. La verdad es que en ningún momento me planteé no hacerlo, convertirme en una heroína. Tu llantoy (por qué no decirlo) el deseo de seguir viva me hicieron dejaratrás mi dignidad. Dios, aún recuerdo aquella escena. Lo hago contanta nitidez que me parte el alma; te veía llorar, con la mirada perdida sin entender nada de lo que pasaba. Qué dolor. Sucedió entreunas risas repulsivas y un torrente de insultos de lo más soez, conel insoportable sonido de tu llanto de fondo. Lo peor fue cuandouno de ellos sacó su pistola y me la puso en la cabeza. Comenzó aincreparme de la manera más grosera y animal que te puedas figurar, a llamarme de todo. Yo creía que me iba a desmayar… No lohice porque estabas ahí…
«—Pensabas que te la íbamos a meter, ¿eh? Je, je… Eso es loúnico que buscáis las zorras como tú. Esta vez te quedarás con lasganas. Te llevas el sabor de tres buenas pollas españolas; con esotienes de sobra».
Después uno de ellos me pegó una patada en la espalda. No sentídolor, era imposible que lo hiciera, mi alma estaba partida en dos,no podía sentir nada. Unas pequeñas lágrimas recorrieron mi rostrodejando una huella indeleble e imperecedera en mi memoria y enmi alma.
«—Esto, por todos los muertos de tu marido. Tienes suerte deque tu suegro sea quien es; de lo contrario, ten por seguro que nosaldrías viva de aquí… ¡Puta!».
Se marcharon en silencio. Yo a duras penas conseguí levantarme. Me encaminé hacia el camión en un profundo estado de shock. Elhecho de tenerte en mis brazos me dio las fuerzas necesarias paraseguir adelante; si no, creo que me habría quedado tirada en la cuneta. El conductor ni me miró. Probablemente no vio nada, pero selo figuró; en el brillo de su mirada se apuntaban el miedo y la vergüenza. Pasé el viaje intentando olvidar aquel episodio, procurandopensar que nada de esto había tenido lugar, que todo había sidouna pesadilla. Me sentí como si en verdad no estuviera en aquel camión, como si mi alma se hubiese desgajado de mi cuerpo y se hubiera quedado en aquella cuneta… Aunque algo de estoprobablemente debió de suceder. Bueno, no tiene sentido seguir hablando de este triste episodio…
Después de muchos avatares y, gracias a unos familiares en Badajoz, conseguimos pasar la frontera y marchar hacia Lisboa. Desde allí contacté con mis hermanas. Mi padre había sido asesinado y las cosas estaban muy mal en Madrid; me recomendaronquedarme en Portugal y me mandaron algo de dinero. Allí es dondeme surgió la oportunidad de cambiar de vida; allí es donde, a lapostre, conocí a tu padrastro y donde decidí abandonar Europa ymarchar a Estados Unidos.
Nunca, a pesar de mis esfuerzos, volví a saber nada de lo queles ocurrió a tu padre y a tu hermana hasta muchos años después. Fue a través de una carta de uno de mis cuñados, profesor en Madrid que a mediados de los 40 le destinaron a Sevilla. Allí, por casualidad, un día supo de un conocido de tu padre que había estadocon él en las milicias. Este le confirmó lo que yo había sospechadodesde el principio. Aquella arriesgada carta fue muy breve: «Inés,tu hermana me ha convencido para que te diga lo que he descubierto. Parece ser que Manuel y Natalia sobrevivieron a la guerra,consiguieron escapar antes de que llegasen los Nacionales. Tu marido marchó con ella a Barcelona y antes de la caída de la ciudadhuyó a Francia y después, a Rusia. Por supuesto, no sabemos nadamás. Esto lo descubrimos por las confesiones de un preso políticoque conocía a Manuel».
El resto de la historia ya la conoces, te la he contado muchasveces. Lo que nunca me atreví a comentarte (perdóname por ello sipuedes) es que hace unos años, gracias a las gestiones de la embajada de Estados Unidos en Moscú (algo bueno debía de tener haberconseguido la nacionalidad americana), conseguí localizar a tupadre y tuvimos una breve conversación telefónica, que, como eralógico pensar, no nos llevó a ningún sitio. Bueno, me equivoco; sí,conseguimos algo: cerrar definitivamente cualquier posibilidad dereconciliación, de acuerdo o de futura comunicación. Lo hice muymal. Sabía que debía contenerme, comportarme con frialdad. Conozco demasiado bien a tu padre y sabía y sé que la única manerade conseguir algo de él es primero dejar que se desahogue, y,cuando ya lo ha hecho, preparar el camino adulándole. Pero nopude contenerme:
«—Te comportaste como una zorra. Me dejaste a la primera decambio y cuando mis colegas te pidieron que esperases, huiste. Y ahora me pides que te devuelva a tu hija, que, después de lo que hehecho por ella, traicione mis ideales y se la devuelva a quien no nosesperó… Jamás, lo oyes, jamás volverás a ver a Natalia. Morirássin saber nada más de ella… Ese será tu castigo. Ella cree que estásmuerta; además, ya tiene otra madre a quien querer».
Aquellas últimas palabras supusieron un golpe brutal. Deberíahaber aguantado, haberme pellizcado con unos alicates hasta hacerme sangrar, pero fue superior a mis fuerzas; nuevamente meequivoqué: le insulté, le llamé asesino, cobarde, le acusé de habermandado, por medio de su padre, a aquellos guardias civiles a queme violaran, sin entender que probablemente él no sabía nada detodo eso, y que, además, podía estar actuando o cuando menos nomostrando sus verdaderos pensamientos y sentimientos. Como yame advirtieron en la oficina de la Secretaría de Estado, la conversación seguramente estaba siendo grabada por los servicios secretos soviéticos. Al sentirse vigilado, era posible (aunque también estofuese solo parte de un deseo inconsciente) que no me estuviese diciendo lo que realmente pensaba. Era lógico que no quisiese comprometer su situación, su propia vida, con algún comentariodesafortunado; pero también es verdad que no me envió ningunaseñal que me permitiese intuir que estaba actuando contra su voluntad, que no podía sincerarse conmigo. La congoja que me produce pensar que por mi culpa, por perder los estribos,cerré laúltima puerta que me podría permitir ver de nuevo a tu hermana,me supera. Muchas veces, al recordar este episodio, me acompañauna extraña sensación, como si nunca hubiese tenido una segundahija, como si todo fuera irreal, parte de una novela y mi vida pasadaen verdad fuese la voz interior de un escritor desquiciado.
Bueno, por hoy se ha acabado; no tengo más fuerzas para seguirescribiendo. Te pido que seas paciente y aguantes. No hagas ninguna tontería. En menos de lo que piensas nos volveremos a ver. Tengo además ciertos planes que, si salen adelante, nos permitiráncambiar nuestra vida y asentarnos definitivamente».
Aquella fue la primera carta de una larga correspondencia que seextendió a lo largo de un año. Aquella misiva y alguna otra tuvieronuna fuerte influencia sobre Leire. Era como si de repente descubriese un nuevo rostro en su madre, un semblante escondido en elnormal fluir del río de la vida, mucho más humano, más próximoal menos. Leire acertó al no enjuiciar las historias que le escribió.Esto la ayudó a comprender su mundo, sus sueños y sus ilusionesperdidas. El episodio de la violación la dejó estupefacta. Lo tuvoque leer varias veces, no daba crédito. Intentó recordar, pero nohabía nada en su memoria.
Mientras asimilaba aquella correspondencia, comenzó a resignarse ante lo inevitable: vivir en una casa donde su presencia noera deseada ni querida (a excepción del padre), sin amistades, aislada del mundo que hasta unos días antes había sido el suelo firmedonde pisar.
Blanca, la mujer de Andrés, no tardó en mostrarle sus verdaderos sentimientos. Esta mujer, de supuesta buena familia, que malgastó media vida intentando convencerse de que su matrimoniohabía sido un éxito, la consideró desde el principio como una amenaza para su vida conyugal. Sus inseguridades y complejos le hicieron ver, antes incluso de que sucediesen, episodios de traicionese infidelidades. La belleza y el carácter huidizo de Leire la pusodesde el primer momento en guardia; primero, contra sus propiosfantasmas; después, contra ella misma.
En el fondo, la situación se les fue a todos de las manos; a unos,por un motivo; a otros, por otro. Al final, lo que nadie quería quesucediese terminó ocurriendo. Es como, si por el hecho de que todosimaginen que algo va a suceder, esto terminase pasando.
Desde los primeros días, Blanca, resignada a compartir su techocon aquella joven, presionó para que no estuviese todo el día en lacasa sin nada que hacer. Leire se negó desde el principio a realizarningún tipo de actividad académica. Abandonó su mayor pasión, lamúsica.
La música era lo único por lo que Leire, desde muy pequeña,había demostrado interés y luego entusiasmo. Su madre, gracias asu propia afición, comprendió desde el principio las extraordinariasfacultades musicales de su hija. Por ello, Inés, una violinista aceptable, le enseñó y la llevó, mientras las circunstancias lo permitieron, a clases de música. Más adelante decidió aprovechar las cortasestancias en Estados Unidos para que Leire pasase los exámenescorrespondientes a sus estudios musicales; se presentaba por libre. Su educación musical no fue nunca muy ortodoxa (eso se notabaenseguida), pero lo compensaba con sus excepcionales habilidades. De hecho, durante aquellos últimos días de verano frente a la costade Cádiz, discutía con su madre sobre lo que haría el año siguiente. Su carácter apático y la situación que le había tocado vivir la empujaban a dejarse llevar por el irremediable flujo de la vida, a dedicarse a lo único que le reportaba algún placer: leer y escucharmúsica. Pero su madre deseaba que se estableciese en una ciudadamericana y acabase sus estudios musicales. Aquella situación, enel fondo, le vino de maravilla; le permitió llevar a cabo lo que deseaba: dejarse mecer por el suave vaivén de la existencia sin tenerque hacer nada más que leer libros, tocar cuando ella quisiese y,sobre todo, escuchar música. Ante su voluntariosa negativa a cualquier propuesta, tanto Andrés como Blanca optaron por dejarla enpaz. El primero, porque de alguna manera le convenía, y la segunda, porque cambió de opinión y creyó que al tenerla en casa estaría más controlada. Al cabo de un tiempo convencieron a Leirepara que se comprase un violín. Después de practicar durante untiempo, decidió recibir clases particulares.
Las primeras semanas pasaron entre largos paseos por la ciudad, interminables lecturas y extensos baños en el mar.
—Mi abuelo era un hombre inimitable. Se levantaba todos losdías a las tres de la mañana para desayunar, luego se iba al río abañarse. Daba igual que fuese verano, otoño o invierno; pasabaveinte minutos nadando en el río a las tres de la madrugada. Después llegaba a casa, se sentaba en la mesa de la cocina, frente a lachimenea, y, como si fuese lo más normal del mundo, se encendíaun cigarro y se tomaba un sol y sombra. Cuando terminaba, apagaba las luces, se ponía de nuevo el pijama y se volvía a acostarhasta las nueve de la mañana. Decía que así conseguía engañar asu cuerpo, a la vida y sobre todo al tiempo y a la lógica.
«El tiempo, tras de sí, solo deja vacío».
Le gustaba decir que él no era hijo del tiempo, ni de la lógicasino su verdugo. Esta era una de las muchas excentricidades a lasque nos tenía acostumbrados. Seguro que eso no era más que unaforma de llamar la atención… La rutina y la vida tienen esa virtud:hacer de la anormalidad lo normal. En tu caso, el hecho de vivir denoche y dormir de día te está provocando lo mismo, que confundaslos términos.
—Me hace gracia que pienses que esta manera de vivir es unpretexto para llamar la atención. Llevo haciéndolo desde que tengodiez años. Para mí es lo natural y no lo veo como una excentricidad,mucho menos una manera de llamar una atención que ni necesitoni busco. Te equivocas.
—Ya, ya veo las consecuencias de haber vivido durante tantotiempo en los lugares más remotos y extraños del planeta.
—Tienes una mente un tanto prejuiciosa. No creo que moleste anadie por acostarme de madrugada.
—No, pero no es esa la cuestión.
—Estoy bien como estoy, no necesito nada.
