La estación del pantano - Yuri Herrera - E-Book

La estación del pantano E-Book

Yuri Herrera

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Este libro inventa una hipótesis: ¿qué sucedió durante el año y medio en que Benito Juárez, quien acabaría siendo el primer presidente indígena de México, vivió desterrado en Nueva Orleans? Es en ese «hueco marcado por el punto y aparte» en la autobiografía de Juárez donde comienza la narración. Acompañado por un pequeño grupo de exiliados políticos, Juárez desembarca en 1853 en esa ciudad hedionda que, situada a orillas de un pantano, los absorbe como una esponja. En ella se rinden al lodo, a las flores de jazmín, a la música, a la extrañeza del idioma y al insoportable verano, pero, sobre todo, se dan de bruces con la descarnada realidad del comercio de seres humanos, un mercado que nunca se detiene. Descubrirán que Nueva Orleans es una colmena de identidades heterogéneas donde se venden mujeres apresadas por las calles y donde el capitalismo muestra su pulsión primitiva, la más esperpéntica. La estación del pantano muestra ese tiempo detenido e incierto que precede siempre a la acción de unos cuantos audaces para tratar de invertir el orden establecido. Y lo hace con la libertad arrolladora y la transgresión que caracterizan la escritura de Herrera, gracias a la cual consigue que nuestra lengua suene como una lengua liberada del diccionario que decide salir a dar un paseo. Yuri Herrera bucea esta vez en la Historia para ofrecernos una novela magistral que, con una gran potencia fabuladora al tiempo que firmemente asentada en la investigación archivística, logra dar con una clave secreta de un presente a la intemperie.  

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Seitenzahl: 168

Veröffentlichungsjahr: 2022

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LARGO RECORRIDO, 182

Yuri Herrera

LA ESTACIÓN DEL PANTANO

EDITORIAL PERIFÉRICA

PRIMERA EDICIÓN: octubre de 2022

DISEÑO DE COLECCIÓN: Julián Rodríguez

 

Parte de esta novela fue escrita con el apoyo

de los Awards to Louisiana Artists and Scholars

© Yuri Herrera, 2022

© de esta edición, Editorial Periférica, 2022. Cáceres

[email protected]

www.editorialperiferica.com

 

ISBN: 978-84-18838-55-2

 

La editora autoriza la reproducción de este libro, total o parcialmente, por cualquier medio, actual o futuro, siempre y cuando sea para uso personal y no con fines comerciales.

Para 1853 Benito Juárez ya ha sido juez, diputado y gobernador de Oaxaca. Pero todavía está lejos de ser el hombre que encabezará la reforma liberal, primero como ministro y luego como presidente, y aún más de ser el hombre terco y visionario que lideró la resistencia contra los invasores franceses y restableció la república. Sin embargo, ya se ha hecho de enemigos, en particular el dictador Santa Anna, que no le perdona que, en 1847, cuando huía de la capital tras el desastre de la guerra contra los gringos, Juárez no lo hubiera dejado entrar a Oaxaca. Así es que ahora, Santa Anna, de nuevo en el poder, lo manda arrestar para enviarlo al exilio.

En su autobiografía Apuntes para mis hijos,Juárez describe en detalle su arresto, el periplo a la prisión de San Juan de Ulúa y el destierro a Europa vía La Habana, donde decide quedarse para planear su regreso. A partir de ahí su relato se vuelve escueto. Sólo dice:

En La Habana «… permanecí hasta el día 18 de diciembre, que pasé para Nueva Orleans, donde llegué el día 29 del mismo mes».

«Viví en esta ciudad hasta el 20 de junio de 1855 en que salí para Acapulco a prestar mis servicios de campaña…»

No dice ni una sola palabra sobre los casi dieciocho meses que estuvo desterrado en Nueva Orleans, ni una, a pesar de que es en ese período que se encontrará con otros exiliados y se convertirá en el líder liberal que marcará la vida del país durante las siguientes décadas. Fuera de las mismas dos o tres anécdotas vagas que se mencionan en las biografías, nadie sabe exactamente qué es lo que sucedió.

Es en ese hueco marcado por el punto y aparte donde sucede esta historia. Toda la información sobre la ciudad, los mercados de gente, los mercados de comida, los crímenes diarios, los incendios semanales, puede corroborarse en documentos históricos. Ésta, la historia verdadera, no.

A Tori

UNO

Lo sacaron a rastras del barco, lo arrojaron por la pasarela, y cayó frente a ellos, intentó levantarse, pero los de placa lo redujeron a garrotazos, que el hombre no detenía porque atesoraba con ambas manos algo contra su pecho. Uno de los que lo atormentaban dijo Suelta, no sabían la lengua, pero eso le estaba diciendo, ¡Suelta!, gritó el que parecía el jefe, y luego lo insultó, no conocían la palabra, pero conocían el lenguaje del odio. El hombre no soltaba, hasta que tres plaqueados le jalaron un brazo y tres el otro, el objeto cayó y se abrió en el suelo, el jefe lo recogió y, aunque sin duda había tenido antes objetos como ése en sus manos, se quedó atónito al ver que era una brújula.

Durante el momento de congelación en que los plaqueados miraban al jefe y el jefe miraba la brújula y el hombre miraba al jefe con la brújula en las manos y nadie sabía qué hacer, él alcanzó a ver el tatuaje en la espalda del hombre, a la altura del omóplato, el glifo de un pájaro caminando en una dirección mientras mira en la otra.

El tiempo se descongeló, el jefe cerró la brújula, se dio media vuelta y echó a andar; sus plaqueados levantaron al hombre sólo para volver a arrastrarlo, como a una bestia, y desaparecieron entre la gente.

Luego, todo se encendió: las cruces elevando los barcos de vela, las lanchas cargadas de heno y carbón, el algodón, tanto algodón, cientos y cientos y cientos de pacas de algodón, las montañas de verdura descargada, el olor a verdura fresca, el olor a verdura podrida, la promiscuidad de voces incomprensibles, el trajín de la gente, el olor del trajín de la gente; a la izquierda, el agua oscura espolvoreada de luces; las luces opacas de las farolas al frente; las luces titilantes de la ciudad a la derecha.

Se dejaron tambalear por los estibadores y por los hombres que empezaron a rodearlos y a ofrecerles cosas y a señalar en distintas direcciones.

Se inclinó hacia Pepe y le gritó al oído si tenía la dirección. Pepe lo miró desolado. Cuál era, cuál era. Era un hotel. Mata les había mandado decir que los esperaría en un hotel. Un hotel con el nombre de una ciudad. O de un estado. O era el nombre de una persona. Era algo con ce.

–¿Hotel Chicago? –gritó a la oreja de Pepe.

Pepe entrecerró los ojos.

–¿Hotel Cleveland?

Pepe dubitó, no negó, nomás dubitó.

–¿Hotel Cincinnati?

Pepe abrió mucho los ojos y lo miró con admiración.

–Hotel Cincinnati –dijo.

Aunque las voces a su alrededor eran una maraña innavegable de ruidos, uno de los gritones que los acosaba dijo, cariluminado:

–Hotel Cincinnati –Se señaló el pecho con un dedo–. Hotel Cincinnati.

Y les indicó que lo siguieran.

Él se encogió de hombros, le dijo a Pepe Vamos, y la ciudad los sorbió como una esponja.

El hombre caminaba con prisa pero echando ojeadas para asegurarse de que Pepe y él lo seguían; al bajar del levee y entrar a la ciudad-ciudad propiamente dicha, menos congestionada pero lodosa, el guía comenzó a caminar más lento, hasta que se detuvo del todo, chifló sin dirección clara y de un callejón salió un muchachito al que el guía le dio instrucciones haciendo el signo universal de la caligrafía, y el muchachito salió corriendo. El guía se volvió hacia ellos, levantó un pulgar con aire triunfante y siguió caminando.

Se detuvo frente a una casa con una antorcha sobre la puerta. Exánime, les ofreció con gesto señorial el quicio cuadrado y estrecho, cual si fuera el portón de un palacio. Al lado, un pedazo de tela que decía Hotel Cincinnati.

Entraron uno por uno; adentro el muchachito aún sostenía un martillo en una mano y un pedazo de tela en la otra; había un pasillo oscuro, una mecedora, una chimenea, a sus lados varios sillones en los que tres marineros se entibiaban las palmas, una mesa de roble detrás de la cual una mujer severa ya inquiría Asunto con la nariz.

Él sacó los documentos que ya había mostrado en la aduana, pero la mujer negó impaciente con la cabeza y se talló las puntas de los dedos en la seña universal de Esto es lo que me interesa. Él sacó entonces algo del dinero que traía, pesos, la mujer los calibró un segundo y luego asintió Son buenos, los tomó y le dio una orden al muchacho, que echó a andar por el pasillo.

Lo siguieron hasta un patio interior en el que sólo había pedazos de sillas y mesas encimadas, al fondo una puerta que el muchachito abrió para ellos. Dos catres. Una silla entera. Un gancho para colgar ropa. Un cuenco de peltre. El muchachito señaló otra puerta en otro lado del patio: más valía que fuera el baño. Los miró un segundo en silencio. Hizo la mueca universal de Bienvenidos al Hotel Cincinnati, y se marchó.

El recibimiento al bajar del paquebote fue una anticipación de todo lo que vendría después. Esperar y esperar, no saber decir, no ser escuchado, aprender los nombres secretos de las cosas.

Cuando al fin llegó su turno, sacó los papeles, pero el burócrata que le tocó en vez de tomarlos le hizo alguna pregunta, ¿De dónde viene? ¿A qué viene? ¿A qué se dedica? ¿Cómo se llama? No todas: alguna de ellas. Decidió responder a todas de corrido. El burócrata lo miró con impaciencia y le arrebató los papeles. Empezó a copiar los datos, pero al llegar a Ocupación preguntó algo, él miró la palabra que le señalaba y dijo Abogado, lawyer. El burócrata lo miró inexpresivamente. Apuntó Merchant. Se detuvo otra vez al ver la edad en el documento, 47. Levantó la vista, lo estudió con genuina curiosidad, casi amistosamente, y apuntó: 21. También apuntó como fecha de llegada una que no era, aunque podría estar equivocado: desde hacía mucho ya no sabía en qué día vivía.

Se quedó callado y recibió sus papeles de vuelta. A Pepe lo despacharon con más rapidez.

Se alejaban de ahí cuando cayó frente a ellos el hombre con la brújula.

Una cucaracha atravesaba el techo como quien se aventura al desierto, iluminada por el retazo de luz que entraba desde el patio. Seguían su recorrido en silencio, aunque ambos sabían que el otro no dormía. La observaron ir y venir por un rato. De pronto Pepe dijo:

–¿Cuándo podremos volver?

La cucaracha ahora se daba media vuelta y andaba con prisa hacia un rincón.

–Pronto, seguro.

Tenían que encontrar a los otros. A la mañana siguiente preguntó, apuntando el nombre y gesticulando los largos bigotes, si Mata se hospedaba ahí. No se hospedaba ahí. Preguntó más por no dejar que por optimismo. Ya sospechaba que si existía el Hotel Cincinnati no era éste. Lo que sí no tenía caso era preguntar por el verdadero Hotel Cincinnati, ni modo que le fueran a decir Ah, usted quería ir al Verdadero Hotel Cincinnati.

Tomaron una bebida caliente con alusiones de té que la dueña severa apuntó en un cuadernito, se pusieron los abrigos y salieron. Se quedaron unos minutos en silencio sobre la banqueta.

El día estaba soleado, mas la calle no se daba por enterada. No era el peor frío que había sentido, pero era un frío lento que, en vez de pegar de golpe, se tomaba unos momentos buscando por dónde filtrar una película de escarcha bajo el abrigo. Caminaron hasta la esquina y miraron en todas direcciones. Ni rastro de la muchedumbre del día anterior. Se dirigieron hacia el río. Conforme se acercaban, las calles se desentumían, olía a carbón encendido, algunas tiendas comenzaban a abrir, se escuchaban silbidos; un borracho que amanecía con la novedad espantosa de que ya no estaba borracho los miró con la obvia intención de pedirles caridad, pero cambió de opinión de inmediato.

Llegaron al levee y se encaminaron a donde había sido arrojado el hombre de la brújula. De algún modo él esperaba que hubiera rastro de lo que había sucedido, de la golpiza, de la adrenalina, de las miradas. No había nada.

Al regresar al Gran Hotel Cincinnati se encontraron con que dos marineros se chocaban los pechos y las barbas ahí mismo en la, digamos, recepción. Se escupían saliva, tabaco e insultos, como perros con una reja de por medio, o no, porque uno de ellos se inclinó así como quien no quiere la cosa y prendió el atizador que colgaba junto a la chimenea, y el otro, con una agilidad insospechada para tanto pelo y tanta carne y tanto olor a ron, dio un paso atrás, sacó de debajo de un sobaco o sepa dónde una soga gruesa con una bola pesada en un extremo, que giró con perfección una vez, como si enrollara el aire caliente frente a la chimenea, y en el segundo giro le reventó una sien al otro marinero.

Había sido un instante de plasticidad bellísima, a pesar de que también había sido pavoroso el sonido del cráneo al romperse. Ya encontrarían que aquí esas combinaciones eran muy frecuentes.

La posadera severa tronó los dedos e hizo una seña al muchachito, el muchachito se caló un gorro, se puso su abrigo y salió corriendo, y el marido, quien los había guiado al Mundialmente Famoso Hotel Cincinnati, extrajo una pistola de debajo de su sillón, pero no apuntó al marinero, que, aunque no giraba su arma, aún la blandía con el brazo doblado en alto, el marido sólo dijo un par de palabras serenas, que retrocediera, que bajara el arma, que no fuera imbécil, alguna de ésas.

El marinero se enrolló el arma bajo el brazo con un método y calma que no se correspondían con los gritos que seguía dando. Se inclinó hacia el colapsado, le abrió el abrigo y de un inusualmente amplio bolsillo interior sacó unos pantalones. Eran suyos. El posadero observaba sin juzgar y sin distraerse; la pistola en su mano, un hecho ecuánime nada más. El marinero fue tranquilizándose poco a poco y comenzó a hacer comentarios sobre el hombre cuya sangre y materia cranial ya manchaban la sala, Es una lástima, Él se lo buscó, No era mi intención, alguno de ésos.

Al cabo de unos minutos llegaron los plaqueados: desidiosos, como si los hubieran sacado de su muy a gusto en el baño. Eran tres. Uno de ellos le indicó a otro que fuera a examinar a la víctima, mientras le hizo preguntas al victimario. Éste explicó con boca, manos, pantalón y arma lo que ya había dicho antes. El policía le pidió el arma y al hacerlo dijo su nombre, slung shot. Hasta ese momento él pudo apreciar el objeto. Una masa pesada a un extremo, cubierta por un tejido de soga más delgada; el tejido estaba manchado de sangre, no sólo la fresca, había motas ocres en más de un punto de la circunferencia.

El interrogador tenía una actitud comprensiva al escuchar el relato, asentía, luego parecía darle la razón al agresor, moviendo la cabeza de lado a lado en seña de Qué escándalo que le toquen a uno sus propiedades. Le indicó al otro policía, que no hacía nada, que se lo llevara; el policía desenganchó de su pantalón unas esposas pesadísimas, pero el primero le señaló que no era necesario, luego se volvió hacia el que le buscaba el aliento a la víctima, hizo un gesto negativo; el que daba las órdenes le ordenó sacar al muerto, pero no hizo ademán de ayudar. Se sobó las manos en el gesto universal de Misión Cumplida y se dio media vuelta. El posadero se apiadó y ayudó al policía a arrastrar al hombre. No bien lo hizo, la posadera severa ya trapeaba la intimidad sanguinolenta esparcida por el piso.

Él pensó que los interrogarían como testigos, pero los policías ni los miraron. O más bien: miraron en su dirección un segundo, sin registrar que eran otra cosa que papel tapiz.

Dos días se alternaron custodiando sus míseras posesiones: ropas, pesos, pocos y sospechosos, un libro que se había traído de La Habana sobre la Constitución de Estados Unidos, cartas de Margarita, documentos. Uno se iba a sentar un rato junto a la chimenea mientras el otro hacía guardia en la habitación. Porque quién aseguraba que los ladrones ya no regresarían al Magno Hotel Cincinnati.

Al segundo día encontró un periódico. Era ininteligible a un primer vistazo. Como cuando daba clases de Física en el Instituto y los estudiantes miraban los signos y fórmulas en la pizarra cual si fueran garabatos inhumanos. Entonces él explicaba cómo cada número y cada garabato hacían algo cuando estaban juntos y cómo ese algo era algo profundamente humano, y ellos empezaban a reconocer mundo en las ecuaciones, como uno reconoce animales en las nubes, pero estos animales sí existen.

Unas palabras las sabía, otras las intuía. Pasó esa segunda jornada llevando el periódico de un puesto de vigilancia al otro sin que nadie lo reclamara. Reconoció los horarios de los barcos y su cargamento, anuncios de escuelas de baile, de casas de huéspedes (pero ellos ya tenían donde quedarse, en un hotel, y el Cincinnati nada menos), servicios de mudanzas, la noticia de una mujer, «amante de las artes», la llamaba la nota, que se robó una estatuilla de una casa, la crónica de una bailarina española, la Señorita Soto, que había presentado varias piezas nunca vistas fuera de España, el arresto de un hombre acusado de obtener dinero bajo falsas pretensiones, qué elegante lo dicen, varios conductores de carrozas detenidos por conducir furiosamente, qué bello esto, una mujer que apuñaló a su esposo, una nota sobre Sonora diciendo que era un lugar muy rico y que pronto saldría una expedición de California para aplastar a los apaches, para quedarse Sonora más bien, pero esto no lo decía, remedios contra la gonorrea, recompensas por esclavos huidos y un anuncio que lo descompuso, un Depósito de Esclavos. El anuncio iba acompañado del dibujito de un hombre que se suponía era un esclavo con un atado en una vara al hombro, como si estuviera viajando, como si estuviera haciendo exactamente eso que no podía hacer. Se quedó fijo en la imagen como si fuera el artículo más largo del periódico.

–Y todo eso en un lugar que uno puede cubrir con un escupitajo. Increíble, ¿no?

Alguien había hablado a sus espaldas. En español. Giró la cabeza y descubrió a un hombre delgado y suavemente calvo, envuelto en un abrigo hecho para güesos más contundentes. Tenía ojeras de cansancio honesto y manos delgadísimas, como de niño.

–Rafael Cabañas. –Le extendió una mano.

Él dijo su nombre, le extendió la suya.

–¿Es su periódico?

–Y suyo, ya me lo devuelve cuando termine.

Cabañas se sentó al otro lado de la chimenea.

–¿Qué lo trae a la ciudad?

Notó su afectación en la ce, sospechó que tendría también una jactancia de zetas y de uves.

–Un mero desvío, una delta, digamos.

–Toda esta ciudad es una delta, así es que llegó al lugar adecuado.

–No para nosotros. –Le señaló a Pepe, que en ese momento venía para el cambio de guardia–. Pepe Maza, mi cuñado. Sólo estaremos unos días. Nos vamos en cuanto encontremos a nuestros compañeros.

Cabañas se rio.

–Si supiera la cantidad de gente que lleva años aquí sólo por unos días.

Prefirió no responder a eso.

Cabañas rompió el silencio incómodo:

–¿Y dónde están sus compañeros?

Ahora fue Pepe el que rio.

–No en el Hotel Cincinnati.

–En un hotel que comienza con ce.

–Con çe, con çe –çeçeó Cabañas–, no me viene ninguno a la cabeza ahora. ¿Ya salieron a buscarlo?

–Sí, pero luego de lo que pasó –señaló la mancha que había dejado el cránio rajado del marinero–, hemos preferido quedarnos cerca de nuestras maletas.

–Hacen bien: estas habitaciones tienen la virtud de desaparecer cosas por arte de magia. –Miró al posadero, que dormitaba en su mecedora–. Me sorprende que les hayan ganado la mano. Pero no pueden quedarse aquí para siempre. Les propongo algo: tengo un taller a unas calles; pueden dejar ahí sus cosas de valor.

Intercambió con Pepe por el rabillo del ojo la universal mirada de desconfianza.

–O no. Como quieran. Pero aquí quién sabe quién se las puede llevar; en mi taller al menos sabrán que el ladrón soy yo.

Se volvió a mirar a Pepe, asintieron.

Le devolvió su periódico.

–Hasta mañana, entonces –dijo Cabañas.

Ya se iba a su habitación cuando le preguntó:

–De dónde es usted.

–Mejicano –respondió, y aunque sonaba igual a como lo diría él, supo que lo decía con jota.

–Primero, un café.

Había pasado temprano a tocarles la puerta y tuvieron que empacar rápidamente, como si se evadieran.

–Yo invito –aclaró al sentir que dudaban.

Caminaron de nuevo en dirección al levee, pero por calles por las que no se habían aventurado.

–El mercado de vegetales –veveó Cabañas.

El escándalo feliz del mercado le recordaba los de Oaxaca, los regateos, los pasos y el tintineo de las cucharas, el olor a tierra húmeda; sin embargo, los gritos eran de otra cadencia, las verduras de otros matices, el verde parecía seguir creciendo ahí, sobre las mesas, y había puestos de café en carritos de madera. Cabañas escogió uno que decía Café de Thisbee y se puso a hablar del grano que servían, pero él no le prestó atención porque la dirigió al diálogo que Thisbee la jefa tenía con otra vendedora. Qué hablaban. En qué hablaban. Él podía leer francés; no lo hablaba, pero lo había escuchado muchas veces, con gente que venía de Europa y se la pasaba hablando de Europa y de vez en cuando traía un europeo y, si el europeo era francés, el arribista en cuestión se empeñaba en que el invitado lo mostrara para impresionar a la concurrencia, que casi siempre se impresionaba. Esto no era francés. Sonaba a francés, pero como mejorado, como desprendido de un diccionario y puesto a pasear. Le pareció que conversaban sobre un negocio, a gritos alegres, Ah, no, no iba yo a pagarle por esa porquería, Claro que no, ¿Qué nací ayer?, No naciste ayer, hermana, no naciste ayer, Ni tú naciste ayer, Ni yo, algo así. Thisbee de repente fijó la mirada en él y dijo, debió de decir, Qué me ve, pero luego le sonrió y siguió hablando con la otra.

Era hermosísima, de una morenidad que no había visto antes, el pelo escalando en rizos como una torre y un vestido en capas de color.