La estela de la estrella - Daniela Ferri - E-Book

La estela de la estrella E-Book

Daniela Ferri

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Beschreibung

David, un hombre que se fue haciendo hueco poco a poco en el mundo del cine, se encuentra en un momento de profunda oscuridad tras una complicada carrera en Hollywood. Ahora se siente atrapado en sus propios demonios. Ha perdido su estrella en el mundo del espectáculo pero, aun así, continúa sintiendo el cariño de las personas que le reconocen y valoran por lo que fue. Pero no todo está perdido para él, pues, en medio de la vorágine de oscuridad, aparece una persona que, con su resplandor, puede ayudarle a encontrar el camino entre la penumbra. Lucía necesita un cambio, se siente estancada, que la vida se le está pasando sin haberla vivido. Pero por suerte, en el pasado hizo una buena amiga en Londres, María. Su llegada a la ciudad del Big Ben le va a traer una oportunidad única. Pues a través de su amiga, consigue un trabajo que la llevará a viajar por todo el mundo y en el que descubrirá cuáles son sus límites. Esta es una historia que atrapa, que refleja la lucha constante entre el desánimo y la esperanza, subrayando la importancia del amor y la resiliencia en cada paso del camino.

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Seitenzahl: 649

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Primera edición digital: diciembre 2024

Título Original: La estela de la estrella

©Daniela Ferri, 2024

©Maiko Pink, 2024

©Editorial Romantic Ediciones, 2024

www.romantic-ediciones.com

Diseño de portada: Romantic Ediciones

Prohibida la reproducción total o parcial, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, en cualquier medio o procedimiento, bajo las sanciones establecidas por las leyes.

Para todas las mujeres valientes que se atreven a amar, soñar y leer sin miedo al juicio. Que nunca dejen de ser auténticas, porque en las páginas de un libro también se encuentra la libertad.

A Bruno, por ser mi noche y mi día, mi tormenta y mi calma.

PRÓLOGO

CAPÍTULO 1

CAPÍTULO 2

CAPÍTULO 3

CAPÍTULO 4

CAPÍTULO 5

CAPÍTULO 6

CAPÍTULO 7

CAPÍTULO 8

CAPÍTULO 9

CAPÍTULO 10

CAPÍTULO 11

CAPÍTULO 12

CAPÍTULO 13

CAPÍTULO 14

CAPÍTULO 15

CAPÍTULO 16

CAPÍTULO 17

CAPÍTULO 18

CAPÍTULO 19

CAPÍTULO 20

CAPÍTULO 21

CAPÍTULO 22

CAPÍTULO 23

CAPÍTULO 24

CAPÍTULO 25

CAPÍTULO 26

CAPÍTULO 27

CAPÍTULO 28

CAPÍTULO 29

CAPÍTULO 30

CAPÍTULO 31

CAPÍTULO 32

CAPÍTULO 33

CAPÍTULO 34

CAPÍTULO 35

CAPÍTULO 36

CAPÍTULO 37

CAPÍTULO 38

CAPÍTULO 39

CAPÍTULO 40

CAPÍTULO 41

CAPÍTULO 42

CAPÍTULO 43

CAPÍTULO 44

CAPÍTULO 45

CAPÍTULO 46

CAPÍTULO 47

CAPÍTULO 48

CAPÍTULO 49

CAPÍTULO 50

CAPÍTULO 51

EPÍLOGO

AGRADECIMIENTOS

Aviso de contenido

Esta novela aborda temas sensibles como el uso de drogas, consumo excesivo de alcohol, y prácticas sexuales más intensas de lo habitual. Aunque no contiene descripciones explícitas ni situaciones de violencia sexual, el contenido puede resultar incómodo para algunos lectores.

Asimismo, los nombres utilizados en esta obra son ficticios, aunque algunos pueden recordar a personas reales. Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.

La intención de esta obra es explorar aspectos oscuros de la experiencia humana desde una perspectiva narrativa, sin glorificar ni justificar las conductas descritas.

Se recomienda discreción al lector.

PRÓLOGO

Sé que estamos llegando a puerto incluso desde mi posición y con los ojos cerrados. Me he hecho el dormido desde que nos metimos corriendo en los camarotes, cuando el helicóptero apareció de la nada en alta mar y comenzó a fotografiarnos.

Claire está llorando sin parar, sabe tan bien como yo que la prensa la va a destruir. Es una chica natural, preciosa e inocente, y se van a cebar con ella como nunca. El teléfono lleva vibrando horas en mi bolsillo, estoy deseando que se quede sin batería porque sé que mi representante ya debe haberse enterado.

—Señor Kane, ya puede desembarcar cuando quiera. —Una mano femenina me agita para sacarme de mi supuesta ensoñación.

—Perfecto, muchas gracias. —Le tiendo unos euros y me arrastro hasta el coche con los cristales tintados que espera en el puerto.

La prensa no aparece por ningún lado, lo que me preocupa todavía más. No sé cómo he podido dejar que se me vaya tanto de las manos hasta llegar a esto. ¿Y si vuelvo a caer en la tentación? No, no,no… no puedo permitirlo. Ha sido una recaída y eso es todo.

Los sollozos de Claire me sacan de mis pensamientos.

—Me has destruido la vida, David. Y estás tan tranquilo, ¿acaso no te importo? —Me dice mientras me mira con los ojos enrojecidos.

—Pues claro que me importas, Claire. Lo que ocurre es que se nos ha ido de las manos el fin de semana. Esto ha sido cosa de los dos.

—¡No! Yo solo quería pasármelo bien y la idea de follar en la proa del barco ha sido solamente tuya.

—Claire, entiendo que estés enfadada por lo que ha pasado, pero yo no sabía que la prensa iba a estar ahí y menos que iban a aparecer en helicóptero. Hemos pasado un par de días con el mínimo de tripulación para poder estar tranquilos, tal y como pediste. Hemos visitado calas desiertas, he contratado a personal de seguridad que se han adelantado a cada pueblo que has querido visitar antes de bajarnos del barco… creo que no puedes culparme por todo. No te he obligado a beber, de hecho, has sido tú la que has decidido comprar botellas de Limoncello y mezclarlas con champán…

—¡No se te ocurra echarme la culpa! Estaba desnuda, todo el mundo me verá. Mis padres… ¡oh, Dios mío, mis abuelas! Voy a ser la vergüenza de mi familia y de todo el mundo. No tengo nada que ver con esas supermodelos con las que te suelen fotografiar.

—Por ese motivo estoy contigo. —La obligo a mirarme a los ojos—. Porque no quiero que te parezcas a ellas, porque eres una chica natural y sensible, que se preocupa por mí y con la que me encanta pasar tiempo. Eres preciosa, Claire. Y siento que tengas que pasar por esto.

Ha seguido sollozando el resto del camino hasta el hotel. Le he pedido al conductor que entre por la parte trasera por si había prensa. He intentado abrazarla en varias ocasiones, pero no ha querido saber nada de mi contacto y ha rechazado hasta que le coja la mano.

Le pregunto si quiere ducharse o si le preparo el baño, pero se ha tirado en la cama a continuar llorando. Le ofrezco agua y desaparezco bajo el grifo para dejarle un poco de intimidad. Quizá si se desahoga pueda estar más tranquila y podamos charlar después.

Mientras estoy en la ducha escucho mi teléfono que no cesa en su vibración. ¡Maldita sea! Esta batería no tiene fin…

—¡Sí! —Respondo malhumorado.

—¡No, no y no! David, ¿acaso estás loco?

—Joder, Karen —susurro pellizcándome el puente de la nariz.

—No, joder Karen, no. Estoy en la sesión de quimioterapia con mi marido, me saltan millones de alarmas en el móvil y me encuentro tu culo bronceado en primer plano en todos los periódicos. ¿Quién es esa pelirroja de las fotos? Esa chica está desnuda, depilada y en posiciones muy poco decorosas…

—Ya.

—¿¡Cómo que ya!? No me vengas con esas, David. ¿Has vuelto a consumir? Porque sería la única explicación que encuentro para esta barbaridad. ¿No hay hoteles en el mundo para poder hacer estas cosas?

—No he vuelto a consumir… bueno, he tenido una recaída, o eso creo.

El silencio se adueña de la línea telefónica entre Karen y yo. No la oigo ni respirar. He pasado de la ducha a la bañera para remojarme otro rato, tengo la piel tirante y enrojecida de estar tanto tiempo al sol en alta mar.

—Necesito que te hagas un test de drogas para llamar al centro de reh…

—¡No! Karen, solo he bebido Limoncello.

—David, nunca me has mentido, no creo que sea el momento de comenzar ahora.

—¡Te lo juro por mi vida! A Claire se le ha ocurrido que podría ser una buena idea para un cóctel. Lo ha mezclado con champán y lo ha preparado para ella. Estaba frío, hacía calor y en cuanto he tomado un par de copas bajo el sol, en alta mar, me he puesto un poco intenso.

—Ya veo. Intenso que parece que estás convirtiendo a la muchacha en una brocheta… Tienes que volver a Londres, David. Sé que apenas tienes unas semanas de vacaciones antes de seguir el rodaje, pero… tienes que volver. Estos días en Italia no te están sentando bien. ¿Me puedes explicar por qué no le has contado a tu acompañante tu situación?

—Ella lleva sin beber todos estos días. Me parecía que tenía derecho a divertirse y no es culpa suya. Ella no me ha ofrecido, Karen. Ha sido cosa mía y me ha sentado mal.

—Me quedaría más tranquila si antes de coger el avión te hicieses un análisis.

Voy a replicar, pero me doy cuenta de que es difícil creer en mi palabra con mis antecedentes. Jamás le he ocultado a Karen mis consumos y salí completamente limpio de rehabilitación. El alcohol hace que me sienta enfermo, es uno de los efectos secundarios del tratamiento, pero hace unas semanas que no tomo las pastillas y… creo que le debo eso.

—¿Cómo está tu marido? —Suspiro antes de seguir—.Me haré el análisis que quieras. Orina, sangre o lo que te haga estar más tranquila. Voy a llamar a John para ver qué podemos hacer frente a la publicación y voy a ver las fotos.

—Está mal, David. Y yo ahora mismo no necesitaba esto en mi vida. Me has decepcionado. Tengo que colgar, vuelvo a la sala con él.

Corta la llamada y lo primero que hago es mirar las fotografías. No me lleva más de un par de segundos localizarlas.

Vaya. Sí que estoy bronceado…

Llamo a mi representante y procuro mantenerme sereno ante sus gritos. Tiene toda la razón, pero de verdad que no creí que a tantos kilómetros de la costa pudiesen cazarnos, ¡son incansables!

Después de un largo rato entre la ducha, el baño y las llamadas, me parece que Claire puede estar más tranquila para poder charlar con ella e intentar ver cómo podemos hacer que esto llegue a menos gente.

Cuando abro la puerta me encuentro una habitación vacía. Llamo a Claire varias veces, pero no hay respuesta. Me asomo en albornoz al pasillo asustando a una señora que pasaba justo por delante de mi puerta.

Maldigo entre dientes cuando acudo al armario y sus cosas no están.

Encuentro una pequeña nota en la almohada.

«He visto las fotos. Esto es demasiado para mí. Tú eres demasiado para mí, no puedo más. Te querré siempre, Claire».

CAPÍTULO 1

David

El sonido de nuestras respiraciones rompe el silencio de la sala, hasta que mis dedos comienzan a tamborilear en el brazo del sillón, mostrando aún más mi nerviosismo. Solo puedo pensar en por qué me está haciendo esto. Después de tantos años a mi lado me deja.

—No me puedo creer que vayas a dejarme, ¿y ya está? —A veces no reconozco el ser egoísta en el que me estoy convirtiendo.

—David, ¡no es para tanto! No hagas un mundo de esto, no es algo inmediato, aún tenemos unas semanas y te ayudaré a encontrar una sustituta. Además, estoy segura de que acabarás encantado con el cambio. —Karen está triste y nerviosa a la vez, lo noto cuando dice la última frase.

—¡No hay una sustituta válida, Karen! No puedes dejarme, tienes que encontrar otra solución. Esto no es lo que necesito. —El cerdo egoísta que soy, de nuevo al ataque.

—¿Que no es lo que necesitas, David? —Una sonrisa irónica se dibuja en su cara—. Tengo cuarenta y dos años, tres hijos estupendos casi criados, un marido prejubilado. ¿Acaso crees que a mí me viene bien estar embarazada? Sabía que todo esto iba a ser duro. Eres como un padrino para mis hijos, un amigo y parte de la familia, el mejor jefe del mundo, y un hombre maravilloso, pero no puedo jugarme la salud. Pensé que podrías comprender por lo que estoy pasando y que no puedo renunciar a este bebé. Ha llegado tras el cáncer de Mike y se va a llevar casi diecisiete años con su hermana mayor. Pero es una bendición del cielo.

—Para mí no es una bendición. Sabes que te he apoyado y te he concedido todo lo que me has pedido. Has sido ¡eres!, la mejor asistente que podría haber tenido jamás. Pensé que te jubilarías a mi lado, que serías tú quien seguiría manteniendo mis pies en la tierra. Pero,sobre todo, quien se encargaría de mí cuando de nuevo se me fuese la vida de las manos. ¿Podemos encontrar otra solución? —Intento suavizar el tono, la cabeza me va a mil por hora pensando cómo convencerla de que no salga de mi vida para siempre.

—Estoy apenas de cuatro semanas, pero, por prevención, tengo que hacer reposo. No puedo viajar, no puedo tener reuniones con los publicistas ni estar horas pegada al teléfono discutiendo por tu sueldo. No puedo seguir luchando con los tabloides para que no publiquen fotos tuyas con tu última supuesta conquista. Eres un adulto de treinta y nueve años, David, sabrás encontrar una solución. Necesito todo el tiempo para mí y para mi familia, igual que ocurrió con la enfermedad de Mike. Entonces sí lo entendiste, ¿por qué ahora no? —Agarra mi mano, mientras me mira a los ojos rogando una respuesta.

—Aquella vez sabía que sería algo temporal. Sabía que Mike iba a salir adelante y que volverías a mí, feliz por estar de nuevo trabajando. ¿Recuerdas que fue mi última recaída? Me sentí muy solo, me perdí. Pero esta vez es definitivo, no me estás dando opciones. ¿Podrías trabajar desde casa ayudándome a enseñar a la nueva? —las palabras se agolpan en mi garganta y me hacen apretar la mandíbula con firmeza—. Solo si el médico te lo permite y a ti te apetece. Nada concreto, sin horarios. Para que le enseñes mis manías, explicándole mis antecedentes, ayudando a creer en mí, ¡nadie me va a comprender como tú! —Saco el as que guardo en la manga para estas ocasiones, mi sonrisa de conquistador, esa que siempre funciona y que tengo tan ensayada.

Veo cómo se mueven sus ojos mientras baraja todas las posibilidades. Comprendo que ha estado buscando una solución cuando las arrugas de su frente se agolpan formando una sola línea. Parece cansada, las marcas que tiene bajo los ojos junto con la falta de brillo en su piel me confirman que ha hecho lo imposible antes de abandonarme. Veo con otros ojos a la mujer que me ha dado, probablemente, los mejores años de su vida y recuerdo cómo comenzó todo.

La fama me había llegado muy tarde. Las grandes estrellas de Hollywood solían saltar a la fama de niños o jóvenes adolescentes. A mí me llegó en torno a los veintiocho años, cuando un papel secundario en una película de acción hizo que muchos directores pusieran los ojos en mí. Mientras, había sobrevivido con culebrones, series de clase B, anuncios de dentífricos, pero, sobre todo, con obras de teatro.

Desde entonces mi vida ha sido un caos y muchas veces he ido por el camino incorrecto. Me alejé de mi familia intentando alcanzar un sueño que parecía no llegar nunca. Pero Karen llegó a mi vida cuando aún trabajaba de secretaria en una productora.

Me vio salir destrozado de una prueba para un papel en una comedia romántica. Estaba borracho y mi última novia me acababa de dejar. Ese había sido mi gran problema siempre, que me enamoraba hasta las trancas y lo daba todo. Hasta que Karen me enseñó a valorar a las mujeres, pero, sobre todo, a valorarme a mí como hombre. Se acercó con un café muy cargado y con una tarjeta de un médico especialista en adicciones. No tuvo que convencerme ni decir nada más y, aunque después de aquello tardé unos meses en volver a verla, no dudó ni un momento en convertirse en mi asistente, aunque yo fuera un don nadie por aquel entonces. Ella me ha hecho quien soy, ella es más David Kane que yo mismo.

—Eso sí puedo hacerlo. Pero nada de llamarme de madrugada, ni los fines de semana, y nada de presentarte en mi casa a esconderte cuando los paparazzi te persigan. Necesito tranquilidad, tiempo para mí y comprensión. Si te saltas alguna de estas normas, me encargaré personalmente de que estés todo mi embarazo trabajando fuera del Reino Unido, ¿te queda claro? —Aprieta sus labios y forma una fina línea blanca esperando mi respuesta.

—¡Clarísimo! —Dando una palmada al aire que me sirve de celebración, me siento un poco menos abandonado, un poco menos solo, y feliz de tener a esta mujer aún en mi vida.

CAPÍTULO 2

Lucía

El viaje de Madrid a Londres no es nada nuevo para mí. Es la segunda vez que voy a pasar una larga temporada en la capital inglesa, dispuesta a deshacerme de las malas experiencias que me han perseguido los últimos meses. Casi puedo recordar el camino a casa de María de memoria. Me apetece tanto volver a verla, que mi corazón late desbocado. Años después de pasar muchos meses en su casa, vuelvo igual que cuando llegué en aquella ocasión: sin nada que perder, indefensa y con mucha ilusión. La única diferencia esta vez es que el inglés ya no es un problema para mí.

El trayecto desde el aeropuerto siempre me pone nostálgica. Es un camino largo que me hace pensar en la inmensidad de esta ciudad. No es mi lugar favorito del mundo, pero está tan lejos como para poder comenzar de nuevo y lo suficientemente cerca como para visitar a mi familia un fin de semana al mes. Me permito hacer un repaso de lo que me ha llevado hasta aquí de nuevo, mientras miro con la misma curiosidad de la primera vez a la gente conduciendo por el lado equivocado de la carretera.

Por fin terminé el trabajo en el que llevaba los últimos seis años. Después de un cambio en la dirección de la empresa, la recolocación y despido de la mitad de la plantilla, solo permanecimos los que éramos indispensables. El programa de gestión de la energía eólica que habíamos diseñado nos aseguraba un puesto. Nunca pensamos que nuestro pequeño grupo de dos mujeres y tres hombres se acabaría convirtiendo en cinco personas independientes que pretendían pisarse la cabeza para mantener su sueldo.

El nuevo responsable de producción nos dejó muy claro que había dinero para un único sueldo más elevado que el que cobrábamos, pero que prescindiría de los más débiles. Nosotros, que durante seis años habíamos estado trabajando juntos, no pensamos que aquellas palabras cambiarían tanto nuestra forma de trabajar. Yo fui la penúltima en salir de la empresa. Juan y yo nos quedamos a cargo del proyecto: por no tener cargas familiares, no tener pareja, vivir con nuestros padres, pero, sobre todo, porque no entramos en conflictos. Yo me dejé llevar como las veletas, meciéndome por lo que hacían mis compañeros mientras seguía dando lo mejor de mí. Juan se centró en el trabajo abandonando hasta la necesidad de ir al baño o comer. Cuando llegó la hora de la verdad me invitaron a largarme con una buena indemnización y la promesa de no volver a necesitar nada de ellos jamás. Al fin y al cabo, las mujeres siempre somos menos valoradas. Había dejado de creer que en mi país había lugar para una mente inquieta como la mía. Largos meses de jornadas de trabajo maratonianas junto con la enfermedad de mi padre que me dejó agotada y de la que se ha recuperado como un toro, volver a Londres para cambiar de aires y encontrar un nuevo trabajo me pareció la mejor opción.

Tampoco dejo a tanta gente atrás en este momento, se han ido apartando de mí en cuanto no he podido dedicarles el tiempo que consideraban que se merecían. No creo que eche mucho de menos a nadie, salvo a mis padres.

No me doy cuenta de que está llegando mi parada y de que tengo que volver a cargar con la misma maleta verde de hace una década. Me cuesta mucho bajarla del autobús y recuerdo las costumbres inglesas al no ver a nadie mover un solo dedo para ayudarme.

Sonrío para mis adentros al alzar la vista y ver a María en la parada del autobús. Los años la han tratado muy bien. Debe estar cerca de los cincuenta, pero sigue pareciendo una mujer, como mucho, de cuarenta. Su pelo rubio, larguísimo, sigue siendo de un color vivo. Y me fijo en que ha perdido peso, lo que me alegra por sus problemas de espalda. Su sonrisa sigue transmitiendo la misma seguridad de años atrás y sus pobladas cejas, se mueven inquietas mientras me acerco a ella.

—¡Qué larga se me ha hecho la espera, Lucía! Si no llegabas en este autobús, me iba para casa a esperar allí. —Su ligero acento al pronunciar las erres, me hace sonreír al escuchar su voz.

—¡Qué bien te veo, María!, ¿cuál es tu secreto? —digo casi en su oído, mientras la aprieto intentando mostrarle lo mucho que la he echado de menos.

—No tener cerca a ningún hombre y trabajar como una burra. Para que luego digan que los españoles hemos venido a cobrar ayudas, ¡ja!

La María reivindicativa no me sorprende. Ella sola ha conseguido un lugar en esta terrible ciudad. Hasta vivir en su piso actual, ha pasado por un calvario. Vivió prácticamente en la indigencia, pasó por un piso de protección oficial, y algunas situaciones vividas no fueron muy agradables.

Estamos muy cerca del cementerio de Highgate, de hecho, recuerdo que desde la habitación donde dormía, se ven parte de las lápidas. Es un barrio precioso, no muy mal comunicado, pero sobre todo tranquilo. No tienes inseguridad en ningún momento, y puedes salir a comprar en pijama si te apetece, que nadie te va a decir nada.

María montó su propia empresa de limpieza. Humilde, pero suya. Comenzó limpiando en restaurantes y tiendas de ropa, y el boca a boca hizo que pronto tuviese que contratar a más gente para cubrir todos los trabajos que salían. Así nos conocimos, y estuve limpiando con ella durante toda mi estancia. Eran trabajos sencillos y que María pagaba muy bien. A mí me tocó una oficina, un colegio y una tienda de ropa. Siempre cuando no había gente en los locales, por lo que no tenía que levantarme muy pronto. Me permitía ganar dinero, poder acudir a clases de inglés y tener los fines de semana libres para mí. Y así, también, terminé viviendo en su casa, alquilando una de sus habitaciones por un precio irrisorio.

Ella fue lo mejor que me pudo pasar porque la casa donde vivía antes era cara, sucia y con gente muy rara. Ella me dio la oportunidad de ser feliz en Londres, cuando yo había dado todo por perdido.

Durante estos años hemos mantenido el contacto telefónico, por carta y cada vez que he vuelto a la ciudad, he acudido a verla.

El trayecto hasta casa de María es corto, solo hay que cruzar la carretera y ya estamos allí.

—La habitación está lista para ti. Ya sabes que estuvo mi sobrina una temporada larga conmigo, pero desde que se ennovió con aquel escocés, no hay quien le vea el pelo. Así que encontrarás la habitación algo cambiada, pero es toda tuya —dice María, mientras cuelga su abrigo y abre la puerta.

El piso tiene dos plantas. Abajo está el baño y mi habitación junto con el pequeño recibidor. Arriba hay un aseo, la habitación de María, el despacho, el salón-comedor y la cocina. Las escaleras marcan una intimidad muchas veces necesaria, y María siempre me anima a traer a casa a quien quiera, pero nunca lo he hecho. Igual que jamás lo he hecho en casa de mis padres; para eso soy una persona muy tradicional y respetuosa.

María me deja en medio de la habitación, sumida en mis pensamientos, mientras comienzo a sacar mis cosas de la maleta y coloco mi nueva vida frente a mí.

CAPÍTULO 3

Lucía

El primer día lo dedico a ponerme al día con María, que se toma un descanso en su trabajo para estar conmigo. Coloco la habitación a mi gusto y después hacemos un recordatorio del funcionamiento del transporte, de los vecinos y situaciones nuevas tras los atentados que habían vivido en Londres. Pero, sobre todo, hace que me sienta como en casa.

Consigo conectarme con mis padres para que vean mi nueva habitación y noto a mi madre muy triste. Al final me confiesa que no pensó que me iba a volver a ir y que la casa está muy vacía sin mí. Treinta y dos años juntas, a pesar de mis temporadas fuera, es mucho tiempo.

Al día siguiente me levanto muy temprano pese a estar muy cansada. He salido a comprar y estoy preparándole un delicioso desayuno a María. Me moría de ganas de cocinar para ella, de devolverle cada plato que cocinó cuando una joven Lucía, inexperta y muerta de hambre, llegaba a su casa con ingredientes, pero sin saber cómo encender un fuego.

—¿¡Pero qué ven mis ojos!? No me acordaba de que tenía estas tazas tan preciosas. Qué alegría que alguien me haga el desayuno. Muchas gracias, Lucía. —Una María adormilada sonríe feliz ante el desayuno que hay en la mesa de su cocina.

—Gracias a ti. Estoy muy contenta de que me hayas puesto las cosas tan fáciles para volver. Quiero que me cuentes un poco más sobre tu empresa.

Durante el desayuno hablamos de sus empleadas, todas de países de fuera del Reino Unido, a las que les había costado mucho encontrar un trabajo. La mayoría están solas, otras huyen de relaciones tormentosas, otras casadas, con niños o solteras, pero todas muy trabajadoras. Ella ha ido dejando el trabajo de limpieza para centrarse en los papeles. Excepto uno de sus clientes, uno importante por cómo hablaba de él, y que no ha permitido que María deje de ir a su casa, y a ella no parece importarle lo más mínimo. Se siente enterrada por la burocracia y ese motivo es el que nos lleva a profundizar en la conversación.

—Así que, se me ha ocurrido que podrías ayudarme hasta que encuentres algo. No me da tiempo a supervisar los trabajos, llevar los contratos a la abogada, buscar nuevas empresas para trabajar, cubrir alguna baja, limpiar en casa de mi cliente y tener vida. ¡Necesito que te encargues de la oficina una temporada! Por supuesto, tendrás un contrato y el tiempo que necesites para buscar un trabajo. Ahora ya sabes lo que vales, tienes una carrera, un buen nivel de inglés y experiencia. Te van a llover las oportunidades.

—En realidad no me parece mala idea. Con sacar dinero para el alquiler y el transporte, no necesito mucho más. Quiero conocer Londres como no pude hacerlo antes. Quiero viajar los fines de semana y visitar el resto de la isla, y no descarto buscar un trabajo más al norte.

—¿Al norte?, ¿en Groenlandia? —pregunta María, confusa.

—No, más al norte de aquí, en Escocia. Siempre he querido visitar ese país y me veo trabajando en un castillo, no sé. —Noto como una sonrisa se dibuja en mi cara mientras me imagino de guía turística de un precioso castillo escocés, uno junto a un lago.

—Lucía, tienes que buscar un trabajo que te haga feliz. Pero, ¿sabes lo bien que pagan aquí a gente preparada? Trabajarás muchas horas, eso sí, pero podrás ahorrar y…

—¡No necesito ahorrar! —aclaro con rapidez—, vivir en casa de mis padres me ha dado la posibilidad de tener buenos ahorros. Si los unimos a la indemnización que me han dado, la verdad es que tengo para comprarme un piso en mi barrio sin hipoteca. Uno de una habitación y un baño, pero uno que sería mío. Y yo no necesito nada más. No es el dinero lo que busco. Es complicado, pero lo que quiero es encontrarme de nuevo a mí misma y, sobre todo, viajar.

—En ese caso, me parece bien. Pero encuentra un trabajo que te permita viajar sin consumir tus ahorros. Por experiencia propia te digo, que saber que tienes un colchoncito, te da una tranquilidad que no consigue nada más.

Terminamos el desayuno en paz. Mientras yo recojo y limpio, María se ducha y luego, cambiamos. De esa manera estamos listas para marcharnos casi a la vez.

Pasamos el resto del día en la oficina. No exageraba cuando decía que había muchas cosas que hacer. Con solo diez trabajadoras, once contándome a mí, María está enterrada en papeles. La burocracia del país no es algo fácil de comprender, y las trabas que hay para que una persona pueda sacar adelante una empresa, son similares a la que los autónomos tienen en España. Pero ella ya tiene un dominio de la legislación y del inglés, que en nada se parece al de tiempo atrás.

Concretamos unos horarios, un sueldo y mis funciones.

Muy contenta con la perspectiva de comenzar cuanto antes, salimos a tomar algo con el resto de trabajadoras de la empresa. Me siento acogida y cómoda desde el primer momento, y al final del día siento que me duele la cara de tanto sonreír. Aún es muy pronto para poder decirlo, pero una persona positiva como yo no puede remediarlo: estoy muy feliz de haber dejado España atrás para volver aquí.

CAPÍTULO 4

David

El anuncio que colgamos en internet, en los periódicos y que hemos movido entre todos nuestros contactos, no ha servido para nada.

La mayor parte de las personas que se han presentado, no cumplen con el perfil, porque no son Karen. Las he descartado a todas y cada una de ellas antes de que pusieran un pie en mi casa. No me he molestado en conocerlas.

Karen ha venido a la ciudad a una revisión médica y me ha traído el desayuno para sacarme de la cama a regañadientes. Estoy sentado,sin vestir, en la isla de la inmensa cocina viendo cómo termina de hacer café.

—Tienes muy buen aspecto, ¿qué te ha dicho el médico? —pregunto, mordisqueando uno de los bollos que ha traído.

—Que todo va muy bien y me ha cambiado la medicación para las náuseas. Todos mis embarazos han sido horribles hasta el quinto mes. Parece ser que el último no va a ser diferente. —No se gira para hablarme, pero noto un tono de preocupación en su voz.

—Sabes que puedes hablar conmigo de lo que sea, no tenías que traerme el desayuno, pensaba salir a correr más tarde y tomar un brunch —admito con desgana.

En ese momento ella coge un taburete, se sitúa frente a mí, con una taza de descafeinado mientras pone delante de mí un zumo de naranja natural y una taza inmensa de café solo.

—David, tienes que poner de tu parte. No puedes simplemente decir que no a todos los currículums que te traigo, a los que te llegan a tu email o a las recomendaciones que te hacen. Alargarlo solo juega en tu contra. El mes que viene comienzan los viajes para la promoción de tu última película, ya hemos hablado de ello. Lo puedes hacer solo, pero si quieres que alguien te acompañe, necesitamos todo el tiempo del que disponemos para que entienda cómo funciona este mundillo —dice muy serena, mientras mira fijamente cómo el café de su taza gira al son de la cuchara.

La respuesta a lo que ella está diciendo es sencilla y sé que tengo que darle la paz que merece. He luchado contra la idea todo lo que he podido, pero tras una semana sin trabajar para mí, su aspecto ha mejorado mucho. En ese momento me doy cuenta de que podría estar aún mejor si ya no sintiese que yo soy su responsabilidad y que tengo que dejarla ir. Aunque nunca, jamás, la voy a soltar del todo.

—Tienes razón, pero realmente las candidaturas que nos han llegado, no estaban a la altura. Prometo ser más prudente y pensar las cosas bien, pero tienes que ser tú quien elija tu sustituta. Si tú crees en ella, yo también lo haré.

En ese momento la puerta del apartamento se abre dando paso a la larga melena de María y a su radiante sonrisa. No recordaba que hoy fuese el día que venía, ni que Karen me hubiese comentado nada, pero sé que eso significaba algo maravilloso: buena comida durante un par de días.

—¡Buenos días a los dos! —Su acento español siempre me sorprende pese a que estoy ya más que acostumbrado.

Como siempre le ocurre, su cara enrojece al darse cuenta de que solo llevo los calzoncillos. Karen me da un golpe en el brazo y voy hasta el dormitorio a ponerme unos pantalones de chándal y una sudadera. Aprovecho para lavarme la cara y preparar la ropa para salir a correr, mientras recojo la ropa sucia.

Al volver a la cocina, me encuentro a las dos bellas mujeres sumidas en una conversación que cesan nada más verme.

—Sé que estáis hablando de mí —digo con desgana, cogiendo el resto del desayuno y sentándome en el sofá de cualquier forma—, podéis seguir criticándome.

—No te estamos criticando, estamos hablando de tu nueva asistente —dice Karen con una sonrisa enorme que ilumina su cara.

Mi mirada alterna entre María y Karen, y se me quitan las ganas de comer. ¿Qué están tramando?

—Creemos que tenemos la solución —añade María, mientras se sirve una taza de café tan cargada como la mía.

—Aunque tú digas que yo soy la que tengo la última palabra, no queremos hacer esto sin tu permiso, David —añade Karen.

—¿Queremos?¿Por eso me preparas el desayuno?¿Qué ocurre aquí? —Me acerco a ellas enfadado, aprovechando mi altura para intentar que confiesen lo antes posible. Pero estas dos mujeres están demasiado acostumbradas a mí como para que esto las ponga en alerta.

—María pasó por mi casa la semana pasada, en cuanto se enteró de que estaba embarazada. Estuvimos charlando y salió en la conversación la necesidad de encontrar una nueva asistente para ti —comienza Karen.

—Ya sabes que conozco a mucha gente de muchas partes por el tema de la limpieza, pero la idea me vino al recordar que Lucía venía a Londres para quedarse una temporada —sigue María.

—¿Quién es Lu-cí-a? —Me cuesta mucho pronunciar un nombre tan difícil.

—Puedes llamarla Lucy, ella siempre se presenta aquí con ese nombre. Lucía es ingeniera informática, es una persona responsable, muy trabajadora, sabe hablar inglés además de francés y se muere de ganas de viajar. Acaba de terminar la relación con su empresa en España y está buscando nuevas oportunidades en Londres. Es una chica guapísima, simpática, muy buena persona y cocina de muerte —dice María de carrerilla.

—No tiene experiencia como asistente, pero lleva días trabajando con María en su oficina. Hasta que ella no ha visto cómo se ha desenvuelto, no teníamos claro si le gustaría el trabajo. Ella aún no sabe nada, pero estamos convencidas de que es la persona que puede ocupar mi puesto. Por juventud, por capacidad, pero, sobre todo, por ganas. Si esa chica tiene ganas de viajar, contigo se va a hartar.

Confío plenamente en estas mujeres, y ver la cara radiante de Karen, me da una pista de lo importante que es esto para ella. Pero hay algo en toda la historia que no me convence. Mantengo silencio mientras aguanto mi cara de enfado más de lo necesario, solo por el placer de hacerlas sentir mal y que piensen que todo esto no va a servir de nada. Pero mi corazón se está ablandando y decido que lo mejor es investigar un poco más.

—¿Qué quiere decir que terminó su relación laboral con la empresa? Supongo que es una manera educada de decir que la echaron. —Una sonrisa pícara se dibuja en mi rostro.

—¡No te equivoques, David! Lucía ha luchado mucho por su puesto de trabajo, pero las cosas en España están muy difíciles. Finalmente le dieron el trabajo a su compañero; solamente por ser hombre —me corrige María.

—¿Cuántos años tiene? —No sé por qué esa pregunta acude a mis labios.

—Tiene la edad perfecta para el trabajo, ¿qué clase de jefe eres para preguntar por la edad de tus empleados? —me regaña Karen y con razón.

—¿Por qué una ingeniera informática, preparada, con experiencia y con ganas de viajar iba a trabajar para un actor cascarrabias, con un pasado de adicciones y quedarse sin vida personal? —esa es la pregunta que quería hacer desde el principio—, no entiendo muy bien quién querría hacerlo.

—Primero:porque es una gran fan de tu trabajo, ella cree en tu talento. Segundo: porque se muere por viajar y tercero —la sonrisa de María crece por momentos—, porque sé que cuando se lo planteemos, no se lo va a pensar dos veces. Ahora mismo está en ese momento de su vida en el que puede hacerlo, así sin más.

Siento que dan la conversación por zanjada por el tono y la manera en que gesticula.

Dejo a las mujeres terminando el desayuno entre cuchicheos, mientras le pido a María que cocine la tortilla de patatas que tanto me gusta. Voy a la habitación a cambiarme y salir a correr por el parque. Es lo que necesito para deshacerme de los pensamientos que sobrecargan mi mente: correr, sudar y comenzar a hacerme a la idea de todo lo que va a cambiar mi vida. Estoy concentrado en que la promoción de la nueva película sea un éxito, y no quiero que los cambios me hagan estar menos centrado en ese tema. Además, en unos meses empezará el nuevo rodaje, y aún no tengo los lugares ni las fechas. Está siendo todo demasiado complicado.

Una hora más tarde vuelvo a casa, empapado y agotado, pero con una idea clara en mi cabeza. Karen se ha marchado dejándome una nota y María está sumida en sus pensamientos mientras saca la vajilla del lavaplatos.

—No tomaré ninguna decisión sin conocerla primero —digo asustándola, al estar detrás de ella de repente—, y necesito una persona que se quede conmigo mucho tiempo. No me gustan los cambios, si veo una sola duda en sus ojos, todo esto se terminó. Tiene que hacer las mismas cosas que hacía Karen, eso es todo —digo mientras destapo la botella de agua que acabo de coger de la nevera.

María se gira y reprime una gran sonrisa. Pero lo que no puede evitar es el brillo de sus ojos. De camino a mi habitación, sé que coge el teléfono para llamar a Karen y decirle lo que acaba de salir de mis labios. Espero no equivocarme con esta decisión, pero tampoco es que tuviese muchas más opciones.

Me animo y llamo a mi madre para pasar un par de días en casa antes de empezar con la nueva asistente y el brutal viaje para la promoción de la película. Tengo ganas de ver a mis padres,a mis hermanas y soltar un poco de tensión en el gimnasio de siempre antes de que todo comience.

CAPÍTULO 5

Lucía

La semana ha sido durísima, pero el fin de semana me ha servido para recuperar fuerzas. Ya he cogido el primer resfriado londinense y comienzo a notar en mi pelo y en mi piel los estragos de la humedad. Es un daño colateral pero no el único. He hablado con mis padres más que nunca. Los primeros días han sido duros,aunque cada día veía un poco mejor a mi madre. A través de la pantalla intenté explicarle lo que siento y los planes que estoy haciendo. En nuestra última conversación, le enseñé mi libreta con todos los lugares que tenía pensado visitar y al verme tan feliz, ella comenzó a encontrarse mejor.

La enfermedad de mi padre nos ha unido un poco más y él, totalmente recuperado, es ahora el que tira de la familia tal y como hizo mi madre durante tanto tiempo.

Con tantos planes por hacer, hoy decido visitar un museo. María no quiso acompañarme y,a media tarde, recibo un mensaje con una dirección en el que me pide que nos reunamos. Además, incluye el contacto de un taxista privado que me va a llevar hasta el lugar acordado. No añade más explicaciones, pero me imagino que será por algún tema de trabajo. Paso por casa, me doy una ducha, me cambio de ropa y decido llamar al taxi.

El barrio al que me lleva es una zona residencial de poder adquisitivo medio, alejada de la vorágine del centro de la ciudad, pero en continua conexión con esta. Las casas son preciosas.

Me sorprende el lugar en el que nos detenemos, parece una localización sacada de una novela ambientada en la campiña inglesa. ¿De quién será esta casa? Antes de que me dé tiempo a abrir la puerta del coche, alguien aparece frente al cristal tintado, dándome un susto de muerte.

—¡Qué susto, María!, ¿es que quieres matarme? —digo, mientras me pongo una mano en el pecho al salir del coche.

—Lo siento, es la emoción. ¡Gracias, Said! —dice en inglés para despedirse del taxista que, durante todo el trayecto, me ha dejado tranquila con mis pensamientos—. Pasa por aquí y tú tranquila.

La miro extrañada. Sí, siento curiosidad, pero estoy tranquila. ¿Por qué tendría que estar nerviosa? Al llegar a la puerta de la casa, una mujer de unos cuarenta años sale a recibirnos.

—Hola, Lucía. Estoy encantada de que estés en mi casa. Aprovechemos que estamos las tres solas para ponernos al día —sus perfectos modales junto a su maravilloso acento me hacen sonreír, pero a la vez, sentirme más confusa.

—Errr… muchas gracias —es lo único que atino a decir, el inglés ha desaparecido de mi mente junto con el resto de palabras en cualquier idioma.

Las dos, una a cada lado de mi cuerpo, me hacen pasar a una casa repleta de recuerdos. Está cargada de un olor peculiar. Hay retratos por todas partes, pero no me dejan detenerme a mirarlos y me hacen pasar a la cocina. Allí nos espera una deliciosa cena de uno de los restaurantes más caros de Londres.

—Bueno, Lucía—dice por fin María en inglés—, te estarás preguntando qué pasa aquí y quién es ella —señala a la otra mujer que no deja de sonreír encantada.

—Me llamo Karen, y esto es una entrevista de trabajo —dice mientras señala a su alrededor, incluyéndome a mí y a la cena.

—¿Una entrevista de trabajo para María? —pregunto extrañada.

—No, cariño, para tu nuevo trabajo —apunta María en español—, ¿confías en mí?

—Pues claro que confío en ti, María, pero no he enviado ningún currículum y no puedo venir todos los días a trabajar hasta aquí. Está muy lejos de casa. No entiendo nada —contesto también en español, mientras miro a Karen muy confundida.

—Bien, empecemos por el principio. Como ya te he dicho me llamo Karen, tengo cuarenta y dos años y hasta hace unas semanas trabajaba como asistente personal de…una persona muy conocida. Por una serie de circunstancias, ya no puedo trabajar más para esa persona y necesito buscar una sustituta. —Me quedo en «asistente personal y sustituta»el resto de sus palabras se diluyen en mi confusión.

—Hemos pensado, las dos, que tú eres esa persona ideal para el puesto. Y eso, nos ha llevado hasta aquí —añade María mientras comienza a servir vino en dos de las copas, y agua en la tercera.

—Perdonadme, y no penséis que no soy una persona agradecida, pero, yo no tengo experiencia como asistente personal. Soy informática y es de lo único que he trabajado en mi vida desde que terminé la carrera. No creo que sea un…

—… ¿trabajo para ti? —termina Karen—, permíteme que te cuente. En este trabajo viajas la mayor parte del tiempo y, aunque es cansado,te alojas en hoteles y comes en restaurantes que ni tú ni yo podríamos pagar jamás. Conoces a mucha gente famosa, acudes a fiestas, estrenos de cine y de teatro, recibes regalos y conoces otras culturas. Las tareas de asistente personal son las típicas; llevar la agenda de la persona en cuestión, concretar sus citas, visitas, reuniones, entrenadores personales, vigilar sus rodajes, tiempos de descanso y concederle algunos de sus pocos caprichos.Sobre todo y, ante todo, cuando estéis fuera del país, acompañarle y apoyarle en todo lo que necesite. Tendrás que estar para él siempre. Es un trabajo sacrificado, pero con muchas cosas positivas, te lo aseguro. Yo lo he desempeñado durante los últimos once años y me hubiese gustado mucho poder seguir —dice Karen, mientras acaricia distraídamente su estómago.

Me dejan un segundo para pensar, supongo que visto así no parece complicado. ¿Quién será la persona? Era un «él», de eso estoy segura. Una persona conocida y había dicho rodajes, sabía que María limpiaba en casas de presentadores de televisión, de algún cantante e incluso de actores, pero con tanto misterio me veía de asistente del príncipe Harry y obvio el tema de los rodajes por un momento. Una risa nerviosa me invade y no puedo parar.

—Vale, ¿me estáis gastando una broma o algo? Tengo mucha imaginación y si no me decís quién es la persona, me estoy imaginando trabajar para el príncipe Harry —digo quitándole importancia.

—Igual de famoso, sin su seguridad y bastante menos pijo —completa Karen.

Su respuesta me deja fuera de lugar. María ha aprovechado para servir la cena que huele deliciosa. Entre las dos mujeres logran que pruebe un poco de cada plato, pero la verdad es que se me ha cerrado el estómago. Mi cabeza no deja de darle vueltas a quién podría ser y por qué han pensado en mí para este puesto. Además, si el trabajo le gustaba tanto, ¿por qué Karen no sigue trabajando para esa persona?

—Sé que no nos conocemos de nada, Karen, pero has dicho que a ti te gustaría seguir desempeñando el trabajo, ¿puedo preguntarte por qué no lo haces? —No me importa interrumpir la conversación que mantienen entre las otras dos mujeres de mi mesa.

—Bien, bueno, he descubierto que estoy esperando mi cuarto hijo. Evidentemente no es un embarazo programado, pero sí deseado y que va a llenar mi casa de alegría. Aunque todo parece ir bien, por mi edad, es un embarazo de riesgo y no puedo viajar.

—No pienses, en ningún momento, que el jefe de Karen no ha luchado porque ella siga. No tiene nada que ver con eso. Ha sido ella la que ha puesto punto y seguido a su relación laboral, por su salud y la del bebé —añade María, llenando mi copa con más vino.

—Entiendo. ¿Hay algún motivo por el que no me digáis el nombre de la persona? —formulo la pregunta muy seria y las dos mujeres se miran fijamente.

—En el caso en el que estés interesada en saber más, primero tienes que firmar un par de cosas: un contrato de confidencialidad que te detallaré en profundidad y unos documentos para solicitar todos los permisos que necesitas para viajar —concreta Karen, mientras se levanta a rellenar la jarra de agua.

—¿Viajar? Pero ¿a dónde? Habéis dicho que se viaja,aunque no me habéis dicho dónde ni cuándo. En realidad es que no me estáis diciendo mucho —añado mientras doy otro trago de vino que baja calentándome la garganta y templando los nervios.

—En menos de un mes saldríais a una gira por Europa, Asia, Estados Unidos y parte de Latinoamérica que durará unas cinco semanas. De ahí, la necesidad de comenzar con tu formación ya —enumera Karen, colocando unos papeles delante de mí y un bolígrafo—, aunque no sé si lo podemos llamar formación. Necesito una persona dispuesta, discreta, que no se deje sobrepasar por las circunstancias. Alguien con saber estar, mucha educación, pero de temperamento y que esté dispuesta a trabajar en jornadas maratonianas que no dejan tiempo ni para respirar. Hay un par de cosas que tienes que saber sobre tu jefe, antes de comenzar, y solo porque él me ha pedido que te las cuente.

La situación me resulta absurda, pero las ganas de saber más pueden conmigo. Al oír la cantidad de lugares que visitaré, el corazón me late desbocado provocando mi respuesta. Un gran sí quiere salir de mi boca sin más.

Le pido a Karen que me explique el contrato de confidencialidad y no hay nada en él que no me parezca lógico. Incluido no poder compartir en mis redes sociales nada sobre los lugares en los que me encuentre en ese momento. Esa iba a ser la peor parte, no poder matar de envidia a mis excompañeros de trabajo con mi nuevo puesto, pero es algo que estaba dispuesta a hacer. El contrato incluye cláusulas de privacidad, confidencialidad, secretos y situaciones a evitar. Me parece correcto y tras apurar el contenido de mi copa, me decido a estampar mi nombre en el contrato.

—Firmado el contrato, te reunirás con tu jefe y conmigo mañana en su casa —dice una entusiasmada Karen—, quiero que tengas claro que el trabajo es tuyo, porque eres la persona adecuada para el puesto y porque yo era quien tenía que tomar la decisión. Pero es él quien tiene la última palabra. Si te ve dudar o cree que la situación te va a poder por el tema de los medios y de la fama, no va a querer seguir adelante.

—Simplemente déjate llevar y aprovecha las buenas cosas de la vida, cariño —añade María.

—¿Mañana?, ¿no voy a saber nada más hoy? —No me puedo creer que después de todo este rato, me vayan a dejar a medias.

—Así lo ha pedido la persona que va a contratarte. Ten, aquí tienes la dirección. Mañana sobre las diez, te esperamos los dos. Yo estaré en el portal para presentarte al portero y al personal de seguridad, no te asustes de los paparazzi en la puerta. ¡Puedes ir presentándote también a ellos! —dice Karen sonriendo.

Paso el resto de la cena en absoluto silencio. Una mezcla de inquietud, curiosidad y emoción me invade, seguida muy de cerca por el miedo a lo desconocido y la sensación de que este no va a ser un trabajo para mí. Disfruto del resto de la cena y aprovecho para conocer un poco más a Karen. Cuando voy al baño me acompaña hasta la puerta y se asegura de que no deambule por la casa. Me resulta una situación extraña, pero las costumbres inglesas son muy diferentes a las nuestras.

En el camino de vuelta intercambio un par de frases con María, pero la conversación no va más allá. Me tiro en la cama releyendo la copia del contrato que tengo delante en la que solo aparecen las siglas D.H.K como pista. Podría buscar en internet, quizá encontraría algo, pero se perdería la magia.

Decidida a parecer lo más descansada posible mañana, apago la luz pensando en todas las posibilidades que se abren ante mí.

CAPÍTULO 6

David

Estoy saliendo de casa de mis padres rumbo a Londres, cuando recibo un mensaje de Karen en el que me dice que mañana nos reunimos con Lucy. Dentro de mí tengo una curiosidad muy grande por conocer a la mujer que ha quitado las dudas de Karen, que ha conquistado a María y que será mi asistente por un tiempo indefinido. La persona a la que le tendré que confiar todos mis secretos, contactos, citas, mi agenda, problemas médicos y cualquier cosa que se interponga entre mi mente y los guiones de los personajes que me toque desarrollar.

Por eso Karen ha insistido en el contrato de confidencialidad. Ella fue quien me explicó, tras un par de experiencias muy desagradables con la prensa, la necesidad de poder confiar con plenitud en alguien. Y en mi caso, y por la fama, no puedo dejar esa necesidad a mi corazón, sino a la ley. Quedé escarmentado tras el escándalo en el barco con Claire. Después de aquello, me puse las pilas y me juré que jamás se repetiría. Uno, porque no era bueno para mi carrera, y segundo porque tanto Karen como mi madre acabarían con un infarto.

Sí, soy famoso, la gente conoce muchos aspectos de mi vida, pero hay parcelas que son ajenas a los medios mientras yo quiera, como es mi familia.

El contrato incluye todas las cláusulas que ha preparado el abogado que lleva todos mis temas. Nos asegura que están cubiertas casi todas las circunstancias que se puedan dar. Ajusto un par de cláusulas que me parecen muy restrictivas como, por ejemplo, prohibir a mi nueva ayudante el uso de las redes sociales. Si bien es cierto que tendremos que explicarle ciertas cosas, podrá usarlas siempre y cuando no revele localizaciones de rodaje ni lugares donde no quiera ser encontrado. Pero no pasa nada porque cuelgue fotos una vez que haya pasado la situación en particular. Podía ser una buena publicidad, según John, mi representante y publicista.

Las partes relativas a publicidad y contratos de ese tipo ya los lleva John desde hace tiempo. Los nuevos guiones los revisaremos tanto Karen como yo, aunque ella insistió en pedirle opinión a Lucía para que comprendiese qué clase de guiones son los que quiero desarrollar. En cuanto a los demás temas, son solo flecos y yo estoy dispuesto a colaborar en todo lo posible.

En el momento en el que la propia Karen se adjudicó tareas para no dejar de estar en contacto conmigo, no pude más que sentir que era el momento de rendirme y colaborar. El cambio ya estaba en marcha. Incluso se lo había contado a mis padres y a mis hermanas, que especularon con la posibilidad de que un idilio naciera de esta nueva relación laboral. Lo único que pude hacer es poner los ojos en blanco mientras terminaba mi cerveza.

El miedo siempre está a mi lado cuando Karen se aleja de mí. Ella es mi ancla al mundo, la mujer que sabe ponerme en mi sitio y que me conoce mejor que mi propia madre. El hecho de saber cuánta responsabilidad iba a recaer en los hombros de Lucía, había sido uno de los motivos por los que Karen me había propuesto una pequeña subida de sueldo para la nueva asistente. No lo pensé y dije sí.

Conduzco despacio, disfrutando cada curva mientras la noche cae sobre mí. No sé por qué he venido en moto, quizá porque sentir el frío en mi cuerpo me mantiene alerta y me recuerda estar pendiente y ser prudente.

Llego a casa en un abrir y cerrar de ojos. Me sorprendo otro día más al ver que no hay fotógrafos en la puerta del portal ni en la del garaje.

Bajo el chorro de la ducha me tranquilizo del todo, sintiendo cómo se desentumecen los músculos tras la posición en la moto. Me tumbo en la cama, poniendo el despertador para salir a correr con tiempo, antes de conocer a mi nueva asistente.

CAPÍTULO 7

Lucía

Como era de esperar el metro está estropeado, así que no me queda más remedio que salir al exterior y coger un taxi. Doy gracias que el tráfico es más fluido que a primerísima hora. Llego al barrio de Kensington y comienzo a pasear pensando en el príncipe Harry y mi idea loca de trabajar para un miembro de la Casa Real. He desechado la idea de pensar más en mi futuro jefe, simplemente estoy centrada en hacer bien cualquiera que sea mi trabajo y en aprovechar la oportunidad de viajar.

Mientras camino sumida en mis pensamientos, oigo una voz que dice mi nombre. Alzo la vista y me encuentro con Karen en una cafetería cercana al portal que me indicó ayer.

—¡Llegas muy pronto! Eso me gusta—dice Karen, invitándome a entrar con ella dentro del local.

—Sí, bueno, el metro no funcionaba y he cogido un taxi. Aunque he decidido caminar un par de calles para despejarme —respondo, mientras tomo asiento en la mesa que me indicaba y espero a que me llamen para recoger el café que he pedido nada más entrar.

—No estés nerviosa, Lucía. Me alegra que hayas venido pronto porque así podemos concretar un par de cosas antes de subir a casa de David.

Mientras dice el nombre, no puede evitar que asome en mi cara una gran sonrisa. Supongo que es una pista, pero estoy tan impaciente que prefiero llevarme la sorpresa sobre que David es, en persona. Así que simplemente asiento y dejo que continúe la conversación.

—Quería hablar contigo sobre varias cosas, entre ellas está el pasado de David. He de decir que ha sido él quien quiere que te cuente esto y que quiere que sepas esta situación desde el principio. —Coge aire, como confundiéndose valor antes de continuar—: David ha tenido un pasado de adicciones en la época en la que le conocí, y en la que no conseguía papeles. Dejó atrás la tradición vinícola familiar para cumplir su sueño de convertirse en actor y, al no conseguirlo, se frustró. Si a eso le añadimos que tuvo un par de parejas que no ayudaron, la cocaína acabó llegando hasta él —toma un sorbo de su bebida antes de continuar—, se desintoxicó sin mayor problema, y parecía que todo iba bien hasta hace un tiempo. Tuve que alejarme del trabajo en otra ocasión por tiempo indefinido cuando mi marido enfermó de cáncer. La verdad es que fue una época durísima, pero David se portó de maravilla con nosotros, aunque se sintió un poco perdido al no tenerme a mí revoloteando alrededor. Un par de malas decisiones después, un papel que no consiguió y una novia complicada, y el cóctel de nuevo explotó. Su última gran juerga fue en la que le pillaron montándoselo con una pelirroja en un yate en Los Ángeles, ¡su culo salió en todas las revistas! —dice, mientras agita la mano, como queriendo quitarle hierro al asunto—. El papel que acababa de perder era para Bond y no recuerdo si fue por ser demasiado joven o demasiado serio, demasiado alto, o demasiado rubio, y lo estaba pasando mal porque yo no estaba con él. Él lo llama su «recaída» pero cuando se refiere a eso, no habla de nada más grave. De hecho, no necesitó rehabilitación y, después de aquello, no ha vuelto a consumir más y puede enfrentarse a la bebida sin recaídas.

Sus palabras me hacen pensar y no estoy acostumbrada al mundo de las drogas. No puedo, ni debo, juzgar a nadie por su pasado. Pero, ante todo, me parece muy valiente contarlo y hablar de ello abiertamente.

—Es un chico muy sano. Tiene una tendencia natural a engordar, según los medios, por lo que trabaja mucho su cuerpo en el gimnasio. Excepto entre guiones, que prefiere salir a correr, disfrutar de comida sana y tomarse las cosas con calma. Tiene unos hábitos muy normales para ser una estrella y es un buen chico —dice Karen con un deje de emoción en la voz.

Aprovecho para enterrar mi cabeza en el vaso de café que tengo delante e inhalar su olor, como si ese aroma fuese a despejar todas las cosas que pasan por mi mente. No tengo ni idea de cómo hay que lidiar con una persona que quiere consumir, menos aún si esa persona es tu jefe.

—Entiendo que te sientas insegura —dice tras un largo silencio que me permite serenarme— y seguro que estás pensando que no sabes llevar a alguien que consume, y probablemente sea así. Pero, si hay algo que te puedo asegurar, es que David es muy fuerte. He visto cómo consumían delante de él, cómo le ofrecían incluso y cómo ha sido capaz de ver la situación y alejarse. Sabe lo mucho que le pueden aportar las drogas, pero le alejaron de su verdadero yo, de su familia y de su trabajo. Tiene claro que tiene más que perder de lo que gana consumiendo.

—Comprendo lo que me dices y me gustaría saber si hay alguna manera de identificar, quizá, una recaída. —Estoy terminando el café y no puedo evitar preguntar.

—Cuando no hace ejercicio en una temporada, cuando se pasa bebiendo, cuando empieza a acostarse con mujeres sin ton ni son… creo que te darás cuenta como la mujer observadora que eres. Y, si tienes dudas, llámame y te ayudo a ponerle en su sitio. Aunque sé que no vas a necesitarme —concluye Karen, mientras me pide que nos pongamos los abrigos y nos encaminemos hacia el portal.

En el trayecto hasta el portal me mira de reojo como esperando alguna nueva reacción. Intento mantenerme serena y recuerdo las palabras que me dijo la propia Karen: «dispuesta, discreta, que no se deje sobrepasar por las circunstancias, con saber estar, mucha educación, pero temperamento y que esté dispuesta a trabajar en jornadas maratonianas».

Sí, definitivamente, esa podría ser yo.