La estrella de Egas - Cristina Mestre - E-Book

La estrella de Egas E-Book

Cristina Mestre

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Beschreibung

Grecia. Año 284 a.C. Eurídice de Egas es una auténtica maestra con el martillo y el cincel. Pero no solo destaca por eso. Es tan observadora e intuitiva que, tras resolver un crimen en la cantera macedonia en la que trabaja, el mismísimo príncipe Agatocles la reclama en Éfeso. Nadie ha sido capaz de esclarecer qué está pasando en una prominente mansión de la ciudad. Los rumores dicen que está encantada y que ni un solo hombre ha sido capaz de pasar la noche en su interior. Átalo Filaulós, político y aristócrata local, es el dueño de esta casa misteriosa. Y pese que al principio le cuesta confiar en Eurídice, muy pronto se sentirá fascinado por su valentía y su frescura. Pero la mansión no es la única que guarda secretos y los espíritus malignos son solo uno de los peligros que los acechan. Intrigas políticas, fantasmas, una heroína singular y mucho humor en esta novela ambientada en la Antigua Grecia en la que aprenderás que el amor puede, literalmente, caer del cielo.

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Seitenzahl: 404

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Contenido

Carta de la autora

Dramatis personae

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Agradecimientos

La estrella de Egas, Cristina Mestre

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos). Si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

Título original: La estrella de Egas

© 2025 Cristina Mestre

Diseño de cubierta: Eva Olaya

1.ª edición: diciembre 2025

Derechos exclusivos de edición en español reservados para todo el mundo:

© 2025: Ediciones Versátil S. L.

Calle Muntaner, 423, piso 2

08021 Barcelona

www.ed-versatil.com

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o fotocopia, sin autorización escrita de la editorial.

«Suelen venir a los hombres muchas desgracias por causa del amor». Pausanias, Descripción de Grecia, 1.10.3

Carta de la autora

De demócratas a reyes: el siglo III a. C. y los fantasmas de Éfeso

«Para el más fuerte». Según el historiador Diodoro Sículo, estas fueron las últimas palabras de Alejandro Magno antes de expirar sin dejar un sucesor claro, lo que dio lugar a las llamadas Guerras de los Diádocos o Guerras de los Sucesores. Los siglos iv y iii a. C. fueron igual de convulsos que los anteriores, marcados por conflictos internacionales y civiles, como el v a. C. lo estuvo por las Guerras Médicas y la Guerra del Peloponeso, pero en este nuevo periodo hubo una diferencia esencial: las democracias griegas desaparecieron y, en su lugar, surgieron las grandes monarquías. Con la muerte de Alejandro, el gran conquistador de la Grecia antigua, da comienzo una nueva era: la helenística.

En contraste con el esplendor de la Grecia clásica, la del Partenón y Pericles, o la figura titánica de Alejandro Magno, la época helenística suele ser una gran desconocida. Y, sin embargo, fue la base de gran parte del desarrollo político, cultural y económico del resto de la Antigüedad. En esta época, Asia Menor, la actual Turquía, cobró una importancia notable, y los centros de poder se trasladaron de la vieja Grecia a la costa de Anatolia, a ciudades como Éfeso, Pérgamo, Priene o Antioquía. Surgieron nuevas formas de relacionarse entre griegos y nativos (spoiler: no fue sencillo), nuevas ordenaciones del territorio con asentamientos coloniales militares que reforzaban la autoridad real, y nuevas figuras en las ciudades, como las de los benefactores, ricos ciudadanos que sufragaban de su bolsillo las necesidades de la ciudad a cambio de honores y privilegios.

Pero quizás lo más interesante de todo fueran los nuevos actores políticos. Hubo muchos generales que a la muerte de Alejandro se disputaron su imperio, pero los principales fueron Ptolomeo, que se hizo con el control de Egipto; Antígono, cuyos descendientes se afianzaron en Macedonia y Grecia continental; Seleuco, que controló los territorios orientales desde Asia Menor hasta la India, pasando por Mesopotamia; y Lisímaco. Este último, quizás, sea el más desgraciado de todos: aunque inicialmente se abstuvo de tomar bando en las guerras entre sus antiguos compañeros, tras hacerse fuerte en Tracia, se unió a la coalición contra Antígono, que le aseguraría el control de parte de Macedonia y de sus territorios en el oeste de Asia Menor. Al conseguirlo, se alió con Ptolomeo, contrayendo matrimonio con su hija Arsínoe, en contra de su antiguo aliado Seleuco, que se convirtió a partir de entonces en su mayor enemigo. Ya en su época, Lisímaco contaba con una reputación de tirano y déspota, y su turbulenta vida familiar no mejoró las cosas. Pero Seleuco no fue el mayor peligro al que tuvo que hacer frente…

Esta novela transcurre en el punto álgido del conflicto entre Seleuco y Lisímaco, cuando la paz en Asia Menor pende de un hilo y toda Grecia espera ver cómo se resuelven las Guerras de los Diádocos. Nuestra protagonista es una lapicida, es decir, una artesana que hace inscripciones en piedra, porque no había nada más ubicuo en el mundo griego que las inscripciones. A los antiguos griegos les encantaba escribirlo todo: leyes, decisiones políticas, facturas de la construcción de los edificios públicos, decretos honoríficos, alabanzas a los dioses… Aunque nos imaginemos el mundo antiguo lleno de estatuas y de templos, lo que más había, con diferencia, eran inscripciones: constituían la base del ideal democrático griego, que, aunque se diluyó con las monarquías, pervivió de otras formas. De ahí la importancia del trabajo de Eurídice: un lapicida es quien hace públicas las palabras del rey o de los gobernantes de la ciudad.

¿Y dónde entran los fantasmas aquí? ¿Acaso creían los griegos que existían? Pues sí. Ya desde época de Homero, sabemos que a los griegos se les aparecíanlos muertos, o bien para predecir el futuro, si eran invocados, o bien para rogarles a los vivos que les dieran sepultura con todos los ritos. Y en la época helenística, esta fijación con los espíritus y la magia se intensificó.

El cambio de foco de la polis, la ciudad-estado griega democrática en la que (al menos en teoría) todo el pueblo podía participar, a un modelo político concentrado en una autoridad autocrática provocó que la población civil virara hacia una forma de pensar más egocéntrica, lo que dio lugar al nacimiento de numerosas corrientes religiosas y filosóficas sobre el alma y la vida tras la muerte. Esto, claro está, disparó el interés por los fantasmas.

Para los griegos, no eran malignos, a menos que se los incitara a ello, pero podían causarles más de un quebradero de cabeza. Plinio el Viejo y Luciano de Samosata nos cuentan la historia de una casa encantada en Corinto, donde un espectro se aparecía de noche a quienes osaban pernoctar, y Cicerón otra en Mégara, sobre un alma que buscaba venganza por su asesinato; el propio Menandro escribió Fasma, (Fantasma), una obra en la que un joven se enamora del espíritu de la muchacha que se le aparece en su casa. Los griegos eran muy supersticiosos, casi tanto como los romanos, y las historias de fantasmas y aparecidos se convirtieron en un tema jugosísimo durante la época helenística hasta bien entrado el imperio, cuando irrumpió el cristianismo. No sería de extrañar que en Éfeso, una ciudad considerada por los griegos como exótica y misteriosa, llena de demonios, adivinos y exorcistas, se pudiera encontrar otra casa encantada.

El siglo iii a. C. fue tan convulso como fascinante. Grecia se vio sacudida y surgieron ciudades y personajes inolvidables. Átalo y Eurídice no existieron, pero podrían haberlo hecho, porque los griegos helenísticos eran personas como nosotros. Quizás algo mejor vestidos.

Espero que disfrutéis de este viaje a la Grecia helenística.

Dramatis personae

Eurídice: joven macedonia que trabaja en las canteras de Egas, antigua capital, como lapicida real. Vive con su madre, puesto que su padre las abandonó y su hermano murió en la guerra. Es fuerte e inteligente, pero guarda un secreto inconfesable.

Átalo: noble efesio que, además de ser uno de los principales benefactores de la ciudad, también tiene influencia política. Ha hecho una mala compra y ahora paga las consecuencias.

Parysatis: joven persa, huraña y taciturna, que guarda un terrible secreto. Pareja de Filipa.

Filipa: adivina proveniente de la ciudad de Dodona. Eurídice duda de las dotes sobrenaturales que dice tener. Pareja de Parysatis.

Menandro: amigo de la infancia de Eurídice; en la actualidad, soldado en el ejército de Lisímaco, estacionado en un asentamiento a las afueras de Éfeso.

Lisímaco: rey de Macedonia y Tracia y antiguo general de Alejandro Magno. Tras la muerte de este, se dividió su reino con sus colegas, pero ahora se encuentra enfrentado a Seleuco, rey de Babilonia y fundador de la dinastía seléucida.

Arsínoe: tercera esposa de Lisímaco y reina consorte de Macedonia y Tracia. Hija de Ptolomeo I, fundador de la dinastía lágida en Egipto, y de Berenice I, y hermana de Ptolomeo Kerauno y Ptolomeo II.

Agatocles: príncipe heredero, hijo de Lisímaco y su primera esposa, Nicea. Adorado por el pueblo llano.

Zeuxis: administrador real del rey Lisímaco. El funcionario más importante de todo el reino, con poder político y económico.

Apolonio: arconte epónimo de Éfeso. El funcionario más importante de la ciudad, que sirve al rey Lisímaco.

Bircenna: madre de Eurídice. Es originaria de la región de Iliria.

Capítulo 1

Egas (Macedonia), mes de Panemos, 284 a. C.

Cuando abrió los ojos, el cadáver seguía ahí. Era real. Hasta le había dado un par de golpecitos con la sandalia antes de que llegaran sus compañeros y pudieran afearle el gesto.

Eurídice inspiró profundamente y se enfrentó de nuevo a las preguntas del soldado que tenía frente a ella y que la miraba enarcando las cejas con desaprobación. La joven se preguntó si sería porque imaginaba que había tenido algo que ver en la muerte del desconocido, que yacía con los sesos esparcidos por el suelo de su taller, o simplemente por ser… bueno, ella.

—¿Me está escuchando, señorita?

—Sí, por supuesto —mintió descaradamente.

El soldado resopló.

—¿Ha tocado algo? ¿Movido algo, cambiado algo?

—Sí, claro, cuando llegué esta mañana y me encontré a este pobre hombre con la cabeza reventada, pensé en hacerle unos arreglos fúnebres aquí mismo, para congraciarme con los dioses. ¿Usted qué cree?

El policía la miró con los ojos muy abiertos. Eurídice quiso tirarse de los pelos. Ya era bastante malo perder toda la jornada de trabajo, pero si además tenía que lidiar con estos inútiles…

—No, no he tocado nada. Abrí el taller esta mañana al alba, como todos los días, y me encontré la escena tal y como usted la ve.

—¿Y ayer antes de cerrar no notó nada extraño?

—Creo que me habría dado cuenta si hubiera habido un cadáver al pie de mis inscripciones, capitán.

El hombre puso los ojos en blanco, pero no hizo ningún comentario más. Eurídice se giró; el taller bullía de actividad con soldados que iban de aquí para allá tratando de que su voz se alzara por encima de la del resto, como si por ello fueran a tener más razón, mientras interrogaban a los compañeros de Eurídice.

Cuando volvió a girarse, el capitán había desaparecido y se encontraba unos pasos más allá. Estaba claro que los modales nunca habían sido el punto fuerte del ejército.

—Capitán, ¡capitán! —gritó la joven, tratando de llamar su atención por encima del bullicio. El soldado se volvió con expresión de hastío—. ¿Cuándo vamos a poder volver al trabajo? Las inscripciones no se tallan solas.

—Creo que sigue usted sin entender bien la gravedad del asunto, señorita. Se ha cometido un crimen del más alto nivel y hasta que no lo resolvamos nadie volverá a poner un pie aquí. Como mínimo una semana, o quizá un año, quién sabe. —Y se dirigió hacia un grupo de soldados.

Eurídice palideció hasta confundirse con mármol de Paros. Todavía sostenía el cincel, que ya era casi una extensión de su mano derecha, y tuvo que contenerse para no hacer alguna tontería, aunque las ganas no le faltaban. ¡Una semana! O peor, ¡un año! Ella tenía que comer, sus compañeros tenían familias que mantener, y cada hora de trabajo que perdían eran dracmas que no cobraban.

La parafylakē, el cuerpo de seguridad ciudadana de Egas, se apresuró a evacuar el taller cuando los trabajadores empezaban a sublevarse, porque la muerte de un politicucho fuera a privarlos de sus ingresos.

—¡Todo el mundo fuera o os arrestaremos por desobediencia! —amenazó un militar de poblada cabellera castaña y frondoso bigote.

Eurídice resopló, sabía que era una batalla perdida. Ella siempre se había cuidado de evitar los roces con el ejército y con la gobernanza de Egas. Se echó sus útiles al hombro y abandonó el taller para regresar a casa.

«Si lo llego a saber, no madrugo», pensó, recordando el dolor que le suponía dejar la cama todos los días según salía el sol. Trabajar en un taller de cantería en las horas centrales con el calor veraniego de Egas era, cuando menos, temerario.

Cualquiera pensaría que por la localización de Egas, tan al norte y cerca del mar y de las montañas de Pieria, la temperatura sería más templada, pero los goterones de sudor que le resbalaban por la frente y le empapaban la espalda atestiguaban lo contrario. El cincel, el martillo y las vendas que llevaba al taller para no dejarse las manos en carne viva eran un peso muerto a su espalda, y el humor de Eurídice no hacía más que empeorar.

Como cualquier mañana, la ciudad bullía de actividad. El mercado estaba lleno de puestos de vendedores que gritaban a los cuatro vientos la mercancía que ofrecían; a la puerta de las tabernas, cercana la hora de comer, había colas de clientes ansiosos, y esclavos de toda clase y condición recorrían la ciudad con los encargos de sus amos.

Pese a la algarabía, Egas había perdido gran parte de su esplendor. Desde que el rey Amintas trasladó la capital a Pella, al este de Macedonia, Egas había comenzado a decaer, por mucho que la casa real teménida la hubiera convertido en su residencia privada en el crepúsculo de su vida. Eurídice dudaba de que en Pella hubieran cerrado un taller del tamaño del suyo por un crimen que no debía de ser tan complicado de resolver.

Entró en casa con un portazo.

—¿Eurídice? ¿Qué haces aquí tan temprano? ¿No deberías estar trabajando?

Bircenna se llevó la mano a la boca con un gesto de sorpresa tan delicado como distinto al que habría hecho su hija. Eurídice dejó caer pesadamente su bolsa sobre el suelo de la cocina y corrió a refrescarse con el agua del pozo común del edificio en el que vivía.

—Debería, sí, pero los dioses me tienen en su punto de mira. ¿Por qué siempre me pasan estas cosas a mí? —resopló, regresando al interior con la cabellera chorreando agua. Mojado, el cabello rubio de Eurídice adquiría una tonalidad casi cristalina, digna de las sedas que se importaban del Indo para la casa real, pero mucha gente pensaba que era un don malgastado en una chica tan desbastada y poco grácil como ella. Claro que nadie se atrevía a decirlo frente a Bircenna o se exponían a su ira.

—A ver, cuéntame. —Bircenna se apoyó contra el quicio de la puerta.

—Han asesinado a un hombre en el taller. Ayer por la noche, al parecer, cuando ya habíamos cerrado. Tenía un hacha clavada en la cabeza. Un espectáculo. El cráneo parecía una sandía madura.

—¡Hija, por favor!

Eurídice sonrió. Le divertía pinchar a su madre, la persona más delicada y primorosa que conocía. Lástima que ella no hubiera heredado más que los finos pómulos y los labios. Eurídice se había ganado la fama de tener peor boca de un descargador de muelles, algo de lo que se enorgullecía.

—Pero ¿tú estás bien? ¿Te ha pasado algo?

—Me gustaría poder decirte que sí —replicó, secándose el exceso de agua del pelo—, al menos mejor que el pobre desgraciado que debe de seguir ahí tendido con los sesos esparcidos por el suelo, pero me temo que no voy a poder volver al taller hasta que esclarezcan lo que ha ocurrido.

Bircenna se llevó las manos a la cabeza y masculló algo en ilirio. Tras tantos años en Macedonia, todavía regresaba a su lengua materna cuando la contrariaban.

—¿Y qué vamos a hacer?

—Aguantar, qué remedio. Tengo ahorros, no nos moriremos de hambre, pero deberé buscar algún trabajillo rápido hasta entonces…

—¿Acaso creen que el taller tiene algo que ver con el asesinato?

—No creo que sea el lugar más popular para matarse a hachazos, mamá. Demasiado evidente…

—¿He oído algo de morirse de hambre? —llamó una voz cantarina desde la puerta semiabierta del patio vecinal. Una cara rechoncha y jovial se asomó al interior de la vivienda y a Bircenna se le iluminó el rostro.

—¡Calíope! Pasa pasa, ¿qué te trae por aquí?

—Pues he venido a invitaros a comer. He preparado un puchero de conejo con berenjenas de la huerta y ya sabéis que soy incapaz de cocinar solo para mí.

Bircenna le lanzó una mirada a Eurídice para indicarle que retomarían el asunto en otro momento. Nadie rechazaba una invitación de Calíope.

No solo era una gran amiga de su madre, sino que también había dado a luz al mejor amigo de Eurídice. Su personalidad, risueña y arrolladora, hacía vibrar el pequeño edificio en el que residían. Que hiciera los guisos más sabrosos que Eurídice había probado jamás, también ayudaba.

—Madre mía, Calíope, ¡esto está riquísimo! —exclamó Eurídice, llenándose la boca con poca elegancia, mientras su madre la observaba enarcando las cejas.

—Nos salvas el pellejo, querida —comentó Bircenna, ya a la mesa—. Eurídice va a estar sin cobrar al menos una semana…

—¡Cómo! —Calíope se volvió hacia la joven, boquiabierta—. ¿Y eso por qué?

—Un asesinato en el taller, un pobre desgraciado al que le han abierto la cabeza —repuso Eurídice comiendo a dos carrillos.

—¡Por Zeus! ¿El asesinato de Heliodoro ha sido en tutaller?

Tanto Eurídice como Bircenna se volvieron hacia su vecina ojipláticas.

—¿Heliodoro? ¿El tesorero de la ciudad, ese Heliodoro?

—¡El mismo! —Calíope se echó hacia atrás en su silla—. Los rumores vuelan y este ha corrido por la ciudad más que el mensajero de Maratón. ¡Imaginaos, un candidato a arconte epónimo1 asesinado en plena campaña! Pero ¿qué haría alguien como Heliodoro en una cantera?

Todo el mundo conocía a Heliodoro, tesorero de Egas desde hacía varios años y uno de los más belicosos contendientes para el cargo de arconte epónimo en la siguiente legislatura. El título no era baladí, y Eurídice entendía que habría roces en la elección, puesto que se trataba de uno de los gobernadores más importantes de la ciudad, encargado no solo de la administración y la jurisdicción, sino también de dar nombre a los años que pasaba en el cargo. Una bonita forma de alcanzar la inmortalidad. Aun así, no era la primera persona que perdía la vida por culpa de la política y a Eurídice no le causaba especial lástima. Como buen noble de arcas rebosantes, Heliodoro se cuidaba mucho de juntarse con la ralea.

—Por Zeus —gruñó Eurídice, masajeándose el puente de la nariz—, ya entiendo por qué tanto lío y la actitud de la policía. ¡Pero esto es terrible! ¡Con un crimen de este calibre no nos van a devolver el taller en la vida!

—No desesperes —zanjó Calíope sirviéndole otra cucharada de puchero—. Seguro que pondrán a todas las fuerzas de la ley a investigar. Antes de que te des cuenta, estarás de nuevo entre tus piedras.

—Hefesto te oiga…

—Pero sobre todo —Bircenna se inclinó sobre la mesa y blandió la cuchara de forma intimidante ante la cara de su hija—, no se te ocurra hacer de las tuyas, ¿me oyes? El ejército se está encargando. No quiero que te metas en líos.

—Mamá…

—Y hablando de fuerzas de la ley —siguió su madre para cambiar de tema—, ¿qué sabemos de Menandro?

Calíope sonrió y corrió a por una tablilla que había dejado junto a la entrada.

—¡Qué cabeza la mía! Justo hoy me han llegado noticias suyas. Os manda saludos a las dos y dice que está muy contento en Diósjarax.

—Qué menos —masculló Eurídice con cierto resentimiento—… después de dejarnos aquí tiradas…

—Eurídice, no seas así. Menandro ha hecho lo que considera mejor para su familia y para su rey. —Bircenna miró a su alrededor, como si temiera que un soldado pudiera estar escuchando desde la alacena—. Servir en el ejército es un honor y un valor seguro.

Eurídice se tuvo que morder la lengua para no responder algo de lo que más tarde se arrepentiría. Adoraba a su madre, pero tanto el concepto de «familia» como el de «rey» u «honor» le resultaban no solamente ajenos, sino hasta repugnantes, y que su mejor amigo de la infancia la hubiera abandonado en una ciudad que se caía a cachos para ir a servir al ejército al otro lado del Egeo, no le hacía ninguna gracia.

Echaba de menos a Menandro. Su risa, sus abrazos, pasear con él por el ágora o por el mercado central de Egas, mientras se hinchaban a pistachos garrapiñados… Pero sobre todo, echaba de menos tener un amigo en quien confiar.

—Al menos escribe a menudo, es feliz y está vivo —se consoló en voz alta rebañando los restos del guiso—. Otros no tienen tanta suerte.

—Sabes que tu hermano solo quería… —intervino Calíope.

—Ya sé lo que quería —la cortó Eurídice—, y no le salió bien, ¿verdad?

—Eurídice —su madre torció el gesto de una forma que su hija sabía no admitiría discusión—, no hemos aceptado la comida de Calíope para ahora cuestionar las elecciones de su hijo. Además, eres inteligente como para saber que no debes criticar al ejército abiertamente.

Eurídice no apartó la vista, aunque notó cómo se le arrebolaban las mejillas. Su madre tenía razón, había sido una maleducada, pero no cambiaría de opinión al respecto. La conversación decayó hasta que se hizo el silencio.

—Gracias por la comida, Calíope, estaba todo riquísimo. Siento… Lo siento.

Salió al patio, donde la recibió un soplo de aire abrasador, que solo logró inflamar todavía más sus ánimos.

Echó a andar en busca del frescor del río Haliacmón, que pasaba por la ciudad a pocas leguas de su casa, y trató de despejar la mente, pero fue en vano. La conversación le había dejado mal sabor de boca, y encima no podía contar con los buenos consejos que siempre le daba Menandro porque estaba demasiado lejos.

Cuando llegó al arroyo, enseguida reparó en que no era la única que había tenido esa brillante idea. El Haliacmón estaba repleto de gente que trataba de refugiarse del calor. Aun así, logró hacerse un hueco a la sombra, separada de los niños que jugaban y salpicaban, y al meter las manos en la corriente sintió un alivio inmediato.

Ignorando las miradas indiscretas que le lanzaron, se mojó el pelo de nuevo y dejó que el agua le corriera por los brazos, deslizándose por cada músculo marcado que la señalaba como una maestra lapicida.

No podía quitarse de la cabeza el brutal asesinato de Heliodoro. En una cantería cerrada, de noche, con un hacha. Se trataba de un influyente político de la ciudad, muy cerca de la reelección. Demasiados intereses en juego.

La policía jamás llegaría al fondo del asunto con tantos tejemanejes políticos por medio. Su madre le había dicho que lo dejara en manos de la autoridad, pero ella no sabía quedarse de brazos cruzados. Además, estaba intrigada. Su mente ya se había puesto en marcha e iba a ser imposible detenerla. La joven sonrió.

Si quería recuperar su taller, tendría que tomar cartas en el asunto.

1Los arcontes epónimos eran un cargo político muy específico de la antigua Grecia: puesto que no existían calendarios comunes como los que tenemos hoy, cada ciudad daba sus documentos en función de qué arconte epónimo hubiera en el cargo cuando tal o cual ley se aprobó. En este caso, por ejemplo, se podría decir «en el cuarto año del arcontado de Heliodoro…» y todos los habitantes de Egas sabrían a qué año se referían. No es un sistema muy práctico a nuestros ojos, pero pervivió durante siglos, hasta que se comenzó a datar por los años de reinado de los monarcas helenísticos.

Capítulo 2

—¿Tú otra vez por aquí?

—¿Eso no debería decirlo yo?

Eurídice se cruzó de brazos con las piernas bien separadas y los pies clavados al suelo, dejando muy claro que no pensaba moverse del taller hasta que le dieran alguna explicación. Los dos soldados que custodiaban la entrada miraban de hito en hito a su jefe y a la extraña muchacha que, claramente, no iba a ponerles las cosas fáciles.

En otras circunstancias, a cualquier mujer que se les hubiera encarado, la habrían mandado a su casa de malas maneras, empleando la fuerza si hubiera sido necesario, pero Eurídice emanaba una energía que les había hecho elegir el camino del diálogo. No era alta; de hecho, ambos hombres le sacaban una cabeza y media, pero tenía una musculatura y un porte físico que evidenciaban su dedicación al trabajo de la cantería, llegado el caso, sabría responder a un golpe. A ello se le sumaban sus ojos, dos gemas azules que brillaban con una determinación implacable.

—Señorita, ya les dijimos a usted y a sus compañeros que está clausurado hasta nuevo aviso. Váyase a su casa y no estorbe.

—Me sorprende que el gobierno de la ciudad esté tomándose con tanta calma un magnicidio de este calibre. Cualquiera pensaría que no hay interés en saber qué ha pasado… —dijo, sin reprimir una sonrisilla de suficiencia al ver la sorpresa que cruzó el rostro de los guardias—. Así que Heliodoro, ¿eh?

Con su mejor expresión de niña curiosa, Eurídice trató de asomarse al interior del taller. Sintió una punzada de pena al ver, envueltas en paños y sombras, sus inscripciones a medio terminar. El militar le cortó el paso.

—¡Clausurado he dicho! ¡Haga el favor de marcharse o tendré que llevármela al cuartel! ¿Queda claro?

Eres lo bastante inteligente como para saber que no debes criticar al ejército abiertamente. La voz de Bircenna retumbó en su mente. La sola idea de verse rodeada de soldados reales le produjo un escalofrío. Tragó saliva.

—Por supuesto. Lo lamento.

***

¡Antes muerta!

Agazapada entre los arbustos que rodeaban el taller, Eurídice esperaba su oportunidad. Al fin y al cabo, ellos mismos se lo habían buscado. Al cerrar su lugar de trabajo y único medio de sustento, prácticamente la estaban obligando a estas actividades clandestinas.

Si bien el hecho de que Menandro se hubiera alistado al ejército la disgustaba, iba a sacarle partido a todo lo que le había explicado sobre su experiencia militar. Sabía, por ejemplo, que cuando los soldados realizaban tareas que consideraban poco dignas, tales como custodiar talleres de cantería vacíos a pleno sol, tendían a distraerse en el cumplimiento de sus funciones. Los dos muchachos que le habían negado la entrada a Eurídice por la mañana seguían en sus puestos con un entusiasmo menor que el que habían mostrado hacía unas horas. Al cabo de un rato, uno ya se apoyaba pesadamente contra el marco del enorme portón, mientras que el otro estaba de cuclillas, rascándose la incipiente barba que le comenzaba a asomar en las mejillas.

—Yo no me alisté para esto —refunfuñó el que estaba de pie.

—No te veo quejarte cuando te dan la paga a final de mes. No vayas a creer que en Egipto cobran más.

—¡Shhh! —chistó el primero violentamente, mirando en derredor—. ¿Es que quieres que nos juzguen por traición?

—¡Vamos! ¿Quién me va a oír? Aquí no hay nadie, solo estamos nosotros haciendo el trabajo que nadie quiere hacer: vigilar un edificio vacío.

—¿Prefieres que vuelva la chica de antes a ponerte la cara del revés de un tortazo?

—Qué rara era… Nunca había visto a una mujer con unos brazos y una espalda tan fuertes.

—Se nota que no has vivido nunca en el campo…

Los dos se enfrascaron en una acalorada conversación sobre la vida rural frente a la urbana y su conocimiento o falta de él de la figura femenina, y Eurídice supo que ese era el momento.

Aprovechó el despiste de los guardias, y con la llave que tenía de la puerta trasera del taller, se coló en el interior del edificio, pisando con cuidado para que los tablones de la puerta no delataran su presencia.

Las voces de los soldados se oían incluso desde el lugar donde había aparecido el cuerpo de Heliodoro, un rincón del taller donde el techo se elevaba para permitir trabajar en las inscripciones de más tamaño, que podían alcanzar los cuatro metros y que estaban rodeadas por complejos andamios desde los que cualquier cantero podía acercarse a ras de superficie de la roca.

Al girar la esquina, Eurídice ahogó un grito.

El cadáver seguía en la misma postura dislocada en que la joven lo había encontrado esa misma mañana. El calor del verano macedonio no había sido clemente, y el hedor era angustioso.

Se tapó la nariz como pudo y se acercó al cuerpo. Era la primera vez que veía una persona muerta tan de cerca y no era una experiencia agradable. El rostro del difunto estaba estampado contra el suelo, sus miembros doblados en posiciones imposibles. Y, por supuesto, ahí seguía el hacha.

Lo que Eurídice no alcanzaba a comprender era qué hacía un hacha sagaris en un taller de cantería. Hasta donde ella sabía —otras cosa más que agradecer al entusiasmo militar de Menandro— se trataba de un tipo de hacha muy apreciada entre los guerreros escitas, de las estepas de Asia. Era capaz de provocar una escabechina en el campo de batalla, pero teniendo en cuenta que se encontraban a mucha distancia del más próximo, y que no había escita ni guerrero en el taller, el asesino debía de haberla traído consigo.

—¡Qué dices! Muchos cuentos de rapsodos itinerantes has escuchado tú.

El vozarrón de uno de los dos guardias de la entrada retumbó por el taller vacío, y Eurídice dio tal brinco que hubiera podido llegar al segundo piso sin usar las escaleras.

Trató de acompasar su corazón, que latía a toda prisa con un ruido ensordecedor, pero nada indicó que los dos hombres se hubieran movido de su puesto.

—¿De verdad te crees que hay una conspiración? Si esto fuera Pella, todavía, pero en Egas… Al rey no le importamos nada —dijo el guardia que había asustado a Eurídice, enardecido por la conversación.

—¡Piénsalo! Es un asesinato violento de un tesorero que nadaba en dinero, justo antes de ser elegido arconte. ¡No me creo que sea una coincidencia! Seguro que hay asuntos de dinero detrás… Todos estos políticos son igual de ladrones.

—No me parece que Heliodoro estuviera más enfangado que cualquier otro, la verdad. Yo qué sé, como Tersipo o Lisícrates…

—¡Lisícrates! Ese seguro que ha tenido algo que ver. Era su principal oponente, ¿no?

—Se llevaban a matar; más de una vez casi llegaron a las manos en la boulē.2

—Apúntate lo que te digo: Lisícrates ha tenido algo que ver.

—Pues como eso sea verdad… Va a ser más gordo de lo que yo pensaba.

—Ya verás. Por ahí hay rumores de que van a tener que apelar al rey. ¡Al rey! ¿Te imaginas a Lisímaco volviendo a Egas?

Por un instante, el mundo se detuvo en seco. Eurídice intentó tragar, pero la garganta se le había secado. ¿El rey en Egas? ¿Lisímaco en persona? Se aferró a una piedra cercana con manos temblorosas y se obligó a respirar, a usar la lógica. Costaba creer que el nuevo rey de Tracia y de Asia Menor fuera a honrar con su presencia la antigua capital macedonia, puesto que nunca había mostrado el más mínimo interés en ella desde la muerte de su predecesor. Aun así, la mera idea… No, no podía permitirlo. Haría lo que fuera necesario para evitarlo.

Con sumo cuidado, volvió junto al cadáver, pero la conversación la había alterado.

Los ojos sin vida de Heliodoro la atravesaban, acusándola silenciosamente, su boca semiabierta en un grito eterno que ya nunca saldría de su garganta. ¿Qué estaba buscando? ¿Que el muerto le dijera quién lo había matado? ¿Que el culpable hubiera dejado su nombre inscrito junto al cuerpo? Quiso tirarse de los pelos. No era más que un rumor sin fundamento, pero si el crimen no se solucionaba y el rey tenía que intervenir… El tiempo se convirtió en un peso sobre sus hombros, y ella no funcionaba bien bajo presión. Volvió a escrutar el cuerpo, suplicando por una mísera pista.

El hacha estaba clavada en un lateral de la cabeza, pegada al suelo junto con los restos del rostro de Heliodoro. Siendo así, el tesorero apenas habría tenido tiempo de ver venir a su asesino, y de haberlo tenido, tampoco habría sido capaz de defenderse, con el cuerpo enjuto y entrado en años que tenía. No, el ataque debía de haber sido por sorpresa: un solo golpe que le causó la muerte.

Entonces, ¿por qué estaba su cuerpo tan destrozado? ¿Desde dónde lo habían empujado? Eurídice alzó la vista al segundo piso y arrugó la nariz. Era una altura suficiente como para hacerse daño, especialmente si uno caía mal, pero entonces, ¿por qué rematarlo con tanto sadismo? Algo no cuadraba.

Un estruendo en la entrada la sacó de sus ensoñaciones. Varias voces se habían unido a las de los dos guardias. En el tumulto, Eurídice distinguió al militar que tan poco cariño le tenía. Desde su posición no conseguía oír bien lo que decían, pero logró distinguir las palabras «investigación», «levantar» y «cuerpo», por lo que supo que había llegado la hora de salir de allí.

Echó una última mirada al cadáver y a los secretos que escondía, y se perdió en la noche.

2Boulē: Consejo de la ciudad, compuesto por ciudadanos varones, que se encargaban de dirigir los asuntos del día a día. En la época helenística, con las monarquías, queda reducida a un consejo municipal encargado de las finanzas.

Capítulo 3

—¡Carne, carne fresca del lago Pirrolia!

—Esa carne dejó de ser fresca hace tres meses, Agasicles, que llevas dos semanas intentando venderme el mismo solomillo.

—Por Hera, Bircenna, ¡tienes más olfato que un perro de caza! Venga, te hago un descuento para que esto quede entre nosotros: ¡la ternera a solo tres dracmas! Una ganga, ¿eh?

Eurídice dejó a su madre regateando con el carnicero y decidió darse una vuelta por el mercado. Con el taller cerrado no podían permitirse mucho dispendio y depender de la caridad de Calíope tampoco era una opción, por lo que Eurídice esperaba que su madre supiera sacar todo su carácter.

Los vendedores anunciaban sus productos a voz en grito, y entre el calor y el olor de las mercancías que se mezclaba con el del sudor de la multitud que se reunía en el ágora, ir a comprar resultaba sofocante, pero, por una vez, a Eurídice le sirvió para perderse entre el gentío y pensar.

Siempre le habían gustado los enigmas y los misterios. Desde niña, disfrutaba observando a la gente y elucubrando sobre sus conversaciones, lo que había terminado en más de una regañina de Bircenna, que su madre no logró enmendarla. Con el tiempo, la gente comenzó a acudir a ella: fue Eurídice quien descubrió que el testamento de Estesícles, el zapatero, era una falsificación; quien determinó que el fallecimiento de la comadrona Telésfora no había sido un suicidio, sino cosa del marido; o que en la casa del tabernero Cleón había una habitación escondida tras una falsa pared, donde destilaba alcoholes que no declaraba para ahorrarse los impuestos. Los ciudadanos de Egas confiaban en ella para todo aquello que no se atrevían a contarle a la policía, y Eurídice disfrutaba con esos pequeños misterios; resolverlos le generaban una satisfacción especial.

Pero con el difunto Heliodoro era distinto. No había sido capaz de sacárselo de la cabeza. Parecía claro que lo habían asesinado lanzándolo desde el segundo piso del taller y luego lo habían rematado con un hacha, pero algo no cuadraba. Para empezar, ¿qué hacía un político, y además noble, de noche en un taller de cantería? ¿Querría el asesino implicar al taller por alguna razón?

Y además estaba Lisícrates. Otro gran noble evergeta, es decir, uno de los benefactores de la ciudad, famoso por costear festivales y edificios públicos, aunque con algo menos de fortuna que Heliodoro, y que competía con él. Llevaban toda la vida siendo rivales, desde que sirvieron en el ejército del difunto rey Alejandro en Asia. Ambos regresaron a Macedonia cubiertos de gloria y de oro tras batallar contra persas y escitas, pero Heliodoro siempre había sido un poco más exitoso que Lisícrates… Hasta ahora. Con su rival fuera de combate, solo quedaba un nombre para ser elegido arconte epónimo. Sin embargo, el día anterior, Lisícrates había dado un paso al frente y había desmentido públicamente su implicación en el asesinato.

Eurídice fue una más entre la masa de gente que se apelotonó en el ágora para escuchar su discurso. Por mucho que el ejército y el arcontado hubieran tratado de evitarlo, la noticia de que Heliodoro estuvo en su casa la noche anterior y que se había marchado rojo de rabia, circuló con rapidez por Egas. Los rumores sobre el papel que Lisícrates había jugado en el asesinato del tesorero crecían por doquier como malas hierbas, a cada cual más alocado y fantasioso.

Aunque estaba claro que le habían escrito el discurso, Lisícrates se desenvolvía bien hablando en público; no en vano era uno de los políticos predilectos de Egas. Pero estuvo nervioso, intranquilo, sudaba a mares y a Eurídice no le pareció que fuese solo por el calor del mediodía. Durante su alegato, no dejó de mover las manos nerviosamente y de cambiar el peso de un pie al otro: un fallo de principiante que uno no esperaría ver en un hombre de su andadura.

¿Pero significaba eso que era culpable? Demasiado obvio. ¿Quién mataría a su enemigo político y dejaría el cuerpo tan expuesto?

—Señorita, ¿una ofrenda por nuestros hombres luchando en Asia Menor?

Eurídice estuvo a punto de chocarse con el puesto del joven de voz dulce que la había interpelado. Se detuvo en seco y comenzó a balbucear una disculpa, pero en cuanto vio qué era lo que le ofrecían, torció el gesto y se arrepintió de haberse detenido.

—¿Una figurita de Ártemis Taurópolos? —insistió el muchacho—. Por la victoria de nuestro rey y nuestro ejército contra el traidor de Babilonia.

La figura era espantosa. Una de tantas iguales, acuñada en terracota a partir de un molde que representaba a la diosa; las facciones borrosas debido la mala calidad de la factura, montada a lomos de un toro y sosteniendo un velo que flotaba sobre su cabeza. Tallada sobre el lomo del animal había una estrella de dieciséis puntas: la estrella argéada, el símbolo de la casa real macedonia. Podría haber resultado una efigie conmovedora, si no fuera por el significado que entrañaba.

—No, gracias —respondió Eurídice, cortante.

—¡Muy baratas, señorita, tan solo…!

—Deja de molestarme con tus malditas baratijas si no quieres que las convierta en arcilla de nuevo, ¿de acuerdo? —casi le gritó.

El pobre muchacho abrió los ojos, atónito y asustado a partes iguales, y Eurídice dio un paso atrás. A su alrededor, la gente se había parado a cuchichear, atraídos por el morbo de una disputa pública. Eurídice llamaba la atención: su musculatura y su cabellorubio la hacían destacar por mucho que odiase ser el centro de las miradas. Solía tener controlado su temperamento, pero cuando se trataba del ejército, perdía la compostura sin remedio.

Quiso disculparse, pero las palabras se negaron a salir, así que apretó el paso para alejarse lo más rápido posible.

La avergonzaba su comportamiento; sin embargo preferiría quemarse con un hierro candente a apoyar al ejército de cualquier forma. Ni Menandro había logrado suavizar su postura, pero él no lo entendía. No lo entendería nunca.

—¡Eurídice!

Bircenna la llamó por la espalda, corriendo hacia ella cargada con bolsas. Por el volumen de la compra, el regateo debía de habérsele dado bien.

—Hija, ¿qué pasa? ¿Estás bien?

Eurídice respiraba entrecortadamente y notaba las mejillas arreboladas.

—Todo bien, mamá, no te preocupes.

Bircenna enarcó una ceja, pero no la presionó.

—Alegra esa cara, ¡tengo buenas noticias!

—¿Sobre la carne?

—¡Sobre el taller! Me he cruzado con Teomnesto, el capataz, justo cuando se dirigía a casa a buscarte. Al parecer la policía está investigando otras vías respecto a la muerte de Heliodoro, así que ¡van a reabrir el taller!

Eurídice abrió mucho la boca y Bircenna levantó las bolsas de la compra animadamente.

—¡Esto hay que celebrarlo!

La vuelta al trabajo era una noticia estupenda por lo que a la paga se refería, puesto que Eurídice ya no tenía que preocuparse por quedarse en la indigencia, y la inacción la estaba matando. Necesitaba moverse, volver a sentirse útil, volver a tener un propósito que no fuera mesarse los cabellos cavilando sobre la muerte del tesorero. Además, si reabrían el taller, significaba que la investigación avanzaba y, por tanto, que la presencia del rey sería innecesaria. Se lo repitió varias veces hasta que logró creérselo.

Lo que no había echado de menos de su trabajo eran los madrugones apenas amanecía, y menos sabiendo que era muy posible que tuviera que dormir en el taller para ponerse al día con el trabajo que se les había acumulado. Claro que, tras el descubrimiento del cadáver, ninguno de sus compañeros tenía demasiadas ganas de pasar allí más tiempo del estrictamente necesario.

Por suerte para ella, al día siguiente, nada más llegar al taller, el capataz la envió directa al santuario de Zeus, donde se estaban preparando para erigir una inscripción que, por su ciclópeo tamaño, no entraba en el taller. La piedra, de casi tres metros de altura, requería una preparación exhaustiva: primero había que dibujar una regleta a fin de asegurarse de que cada letra ocupaba el espacio que le correspondía para lograr un resultado final armonioso a la vista. Posiblemente eso fuera lo más importante, puesto que Eurídice dudaba que alguien fuera a leerse el texto: un compendio de los impuestos que pagaba cada una de las ciudades del reino, expuesto frente al templo de Zeus para cualquiera que quisiera consultarlo. No era la inscripción más emocionante del mundo, pero Eurídice se alegraba de haber vuelto al trabajo, incluso con algo tan aburrido e insulso.

La dificultad radicaba en que, para llegar hasta la parte superior del bloque de mármol, no bastaba con una simple escalera, que podía ser inestable y dificultar el trabajo de dibujar la regleta. Los superiores de Eurídice habían ideado un complejo sistema de poleas sostenidas por una suerte de tirolina entre dos grúas a ambos lados de la inscripción, permitiendo un movimiento fácil y fluido por toda la superficie de la piedra.

O lo haría si el sistema no fuera tan endiabladamente complejo.

Mientras se elevaba, maldijo entre dientes y deseó que sus superiores se hubieran dedicado más a la filosofía teórica y menos a los experimentos prácticos. No sería la primera vez que una de las poleas se quedaba atascada o le pegaba un tirón que la propulsaba contra el suelo. Rezó a los dioses para que el invento no fallara.

El sol brillaba con fuerza. Debía de llevar horas trabajando, pero Eurídice apenas había notado el paso del tiempo. Por duro que fuera, adoraba su trabajo. Transformar un trozo de piedra en un monumento que sobreviviría a los siglos la henchía de orgullo.

Tan concentrada estaba en hincar el estilete en la piedra, dibujando con cuidado la regleta y el contorno de las letras que luego tallaría a mitad de la altura de la inscripción, que no se fijó en los dos hombres que se acercaban paseando por el camino que conducía al templo.

—Reformamos el ágora hace poco, aunque nadie lo diría. ¡Qué poco luce! Si el rey tuviera a bien adjudicarnos más presupuesto… —decía uno de ellos, algo mayor, de pelo canoso y mirada inquisitiva. Su acompañante, bastante más joven, rio.

—Creo que sobrestimas mis capacidades, estimado Agatón. No tengo esa clase de influencia sobre el rey, créeme.

Agatón, quizás el político más avezado de Egas y actual arconte epónimo, suspiró con resignación.

—Mal futuro le auguro a Egas, Átalo. Grecia languidece y Macedonia yace olvidada, ignorada en las riñas infantiloides de los generales. ¿Qué va a ser de nosotros?

—No digas eso, amigo mío —respondió Átalo, dándole una palmada en la espalda—. Llamar riña infantiloide a los esfuerzos de Lisímaco, Seleuco o Ptolomeo por alzarse con el poder es subestimar la situación, y sé de buena tinta que eres un hombre demasiado inteligente para eso.

—¿Eso crees? ¿Entonces por qué no soy capaz de resolver este condenado desastre que es el asesinato de Heliodoro? ¡Mi tesorero, mi más probable sucesor, asesinado como un vulgar perro callejero! Por todos los dioses, qué calamidad, ¡qué calamidad! ¡Como tenga que intervenir Lisímaco…!

El nombre del monarca cayó como un rayo sobre Eurídice, que no había oído nada más de la conversación que el aullido final de Agatón justo cuando pasaban bajo ella. El brinco que le provocó fue suficiente para desequilibrar el sistema de poleas.

Eurídice oyó un chasquido metálico, gritó y, acto seguido, se precipitó al vacío. Los dos hombres, estupefactos, apenas pudieron alzar la vista para divisar un bulto informe que manoteaba y caía a plomo sobre ellos.

Cuando Eurídice se atrevió a abrir los ojos tras el impacto, descubrió dos cosas: la primera, que el golpe había sido menos aparatoso de lo que esperaba, y la segunda, que eso había sido posible porque no había aterrizado sobre el suelo sino sobre una persona.

La persona en cuestión había actuado como un conveniente cojín, amortiguando la caída de la joven, y ahora la observaba tratando de digerir lo que acababa de ocurrir y sopesando si estrangular a la musculosa desconocida que lo observaba a horcajadas sobre su abdomen.

—¿Está usted cómoda? —masculló con dificultad.

Eurídice volvió en sí y se apartó de un salto, mientras el magistrado se llevaba las manos a la cabeza.

—¡Por el amor de Zeus! ¿Quién es usted? ¿De dónde ha salido? ¿Le parece que esas son maneras de importunar a dos nobles? ¿O acaso estaba espiando? ¡Hombres! ¡A mí!

Eurídice abrió la boca para disculparse, pero algo captó su atención. Al lado del hombre sobre el que había caído, que estaba poniéndose en pie y sacudiéndose el polvo de la túnica, relucía el estilete con el que la joven había estado grabando las letras sobre la piedra. Eurídice solo pudo pensar en la suerte que había tenido de esquivarlo al caer o le habría atravesado la cabeza, como el hacha hizo con Heliodoro.

Como el hacha con Heliodoro…

—¡Disculpen! —Hizo una reverencia, un tanto desgarbada, mientras el corazón le latía desbocado—. Lo lamento de verdad y siento mucho mucho las molestias, pero tengo… ¡tengo que irme! —Y echó a correr sin molestarse siquiera en recoger el resto de sus útiles.

Eurídice voló de regreso al taller con una idea fija ardiendo en su cabeza. El corazón le bombeaba como los tambores de un ejército en marcha.

—¿Qué haces aquí? —Teomnesto, el capataz, se volvió hacia ella muy molesto—. ¿No te había mandado al templo?

—Lo lamento, luego volveré, pero tenía que comprobar una cosa…

Eurídice se abrió paso entre sus compañeros hasta llegar a la inscripción en la que había estado trabajando: el bloque de mármol que le sacaba varias cabezas, a cuyos pies había aparecido muerto Heliodoro.

Observó la roca de arriba abajo. ¿Cómo no se había fijado antes? Se avergonzaba de no haberse percatado, a pesar del ojo experimentado de profesional que tenía. Era su piedra, y aun así, no se había dado cuenta.

Subió al piso de arriba en un suspiro, sin quitarle el ojo de encima a la inscripción. Sus compañeros la miraban con curiosidad, pero ninguno se atrevió a detener aquel torbellino. Y ella, por fin, vio lo que estaba buscando. Una erosión sobre la piedra, un trozo de roca arrancado de mala manera por manos inexpertas.

—¡Lo tengo!