La felicidad perdida - Kate Proctor - E-Book

La felicidad perdida E-Book

Kate Proctor

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Beschreibung

Seis años atrás, Beth Miller se había enamorado perdidamente del atractivo mallorquín Jaime Caballeros. Había creído que él sentía lo mismo por ella hasta que descubrió que estaba prometido a otra mujer. Con el corazón partido, había tenido que dejarlo y sólo poco después había descubierto que estaba embarazada de su hijo. Ahora, Beth necesitaba la ayuda de Jaime, o más bien la necesitaba su hijo. Jaime era un renombrado cirujano y el pequeño Jacey su paciente. Pero poco sabía él que el enfermo que tenía a su cargo era su propio hijo.

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Seitenzahl: 202

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Avenida de Burgos 8B

Planta 18

28036 Madrid

 

© 1998 Kate Proctor

© 2022 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

La felicidad perdida, n.º 1087- mayo 2022

Título original: The Unsuspecting Father

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.:978-84-1105-653-3

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

TODO iba a salir bien, se repitió Beth Miller de forma mecánica al cerrarse tras ella la puerta del despacho del director médico. Inspiró con fuerza sin fijarse en la sutil elegancia de su entorno al sentir el peso de los acontecimientos de las horas anteriores. Aunque preocupada, había estado bien y en control de la situación. Pero ahora, el control parecía estar escapándosele de las manos.

Se acercó a la ventana, una alta figura esbelta vestida con un sencillo traje de seda de color chocolate con el pelo dorado recogido en lo alto de la cabeza con elegancia informal. Por fuera seguía siendo la famosa modelo, fría y compuesta. Delicadamente bella, pero por dentro le estaba costando aceptar por qué se encontraba en aquella lujosa clínica de Palma… Palma, la capital de la isla a la que en otro tiempo se había jurado no volver y que sin embargo había sido su hogar durante los cinco años anteriores.

Aunque su verdadero hogar estaba en Pollensa, un puerto en el norte de la isla, no allí en el sur, donde nada la resultaba familiar, donde… Cortó aquel derrotero de su pensamiento. Tenía que calmarse. Era el efecto del trauma lo que le estaba produciendo aquello, se dijo a sí misma con firmeza. Era un trastorno no haber podido usar su hospital local, pero aquél tenía muy buena fama y todo iba a salir bien.

—¿Beth?

Se quedó paralizada al oír su nombre.

—¡Dios mío, eres tú!

Profunda y con acento suave, la voz la envolvió y su familiaridad le heló la sangre en las venas. Tenían que ser imaginaciones suyas, se dijo a sí misma al asaltarle un temblor de incredulidad. El trauma debía haber sido mayor de lo que había creído y ahora su mente le estaba haciendo terribles jugarretas.

Se dio la vuelta con pánico, incapaz de aceptar que el momento en el que se había negado hasta a pensar durante seis años había llegado y en el peor momento posible.

Pero ahora, la reencarnación de sus peores pesadillas, Jaime Caballeros, se estaba dirigiendo hacia ella.

—Cuando me dijeron tu apellido, naturalmente se me ocurrió que podías ser tú, pero decidí que debía ser una coincidencia.

Mil palabras de protesta se formaron en su garganta, cuando replicó:

—Por desgracia para los dos no lo ha sido.

Aturdida por aquella aparición tan inesperada, Beth lo miró a los ojos. Los recuerdos que la asaltaron al prenderse sus miradas, le quitaron el aliento. Una miríada de sensaciones la paralizó mientras escrutaba los milagrosos cambios que convirtieran a aquella cara inolvidable en algo desconocido, pero la búsqueda resultó en vano. En su porte todavía había aquel aire de distanciamiento que bordeaba la arrogancia y sobre todo ello la belleza indudable de aquellas facciones cinceladas a la perfección.

—¿Por desgracia? Sinceramente espero que no.

La irritación destelleó fugazmente en sus ojos en contraste con la calma de sus palabras.

No, pensó Beth ahogada. Nada había cambiado. Y mucho menos aquellos sensuales ojos castaños con flecos de color esmeralda que tenían la oscuridad de un mar tormentoso cuando la pasión los poseía. Beth sacudió la cabeza desesperada por liberarse de aquellos tortuosos pensamientos.

—Mira, me temo que no me has pillado en un buen momento —de nuevo se asombró al escuchar la compostura de su voz al apartar la mirada de aquellos enervantes ojos—. Esperaba al jefe de departamento en cualquier minuto.

—Ya lo sé, porque soy yo ese jefe de departamento.

Beth se balanceó antes de sentir la firme sujeción de sus manos en sus hombros.

—Creo que será mejor que te sientes —dijo Jaime conduciéndola a uno de los dos sillones de cuero junto a una mesa en una esquina de la sala.

Después de hacerla sentarse en uno, ocupó él el otro.

Beth inspiró con fuerza para calmarse, pero su mente era un caos de confusión y negación de la realidad.

—Beth, ¿quieres que te pida algo para beber? ¿Un café o quizá algo fresco?

Ella sacudió la cabeza con movimientos torpes.

—¡No quiero nada! —exclamó con voz ronca de la tensión—. Lo único que quiero es saber si se ha confirmado el diagnóstico de apendicitis del doctor Pérez.

—Sí. Se ha confirmado en el examen de ingreso de tu hijo.

—¿Y tendrán que operarlo? —susurró Beth.

Las palabras «tu hijo» retumbaron en su cabeza como un martillazo. ¿Tendría él hijos propios?, se preguntó como hacía a menudo. ¿Los habría tenido con la mujer de la que ella ni siquiera había querido saber su nombre?

—Sí. Probablemente pasado mañana —replicó él con tono profesional—. Beth, estoy seguro de que tu propio médico te habrá tranquilizado aunque estoy seguro de que estarás muy preocupada como cualquier madre. Por eso he venido a aclararte cualquier duda que tengas —se detuvo y su mandíbula se tensó al deslizar la mirada por la cara desviada de Beth—. Pero si prefieres hablar con otro cirujano, lo puedo arreglar con facilidad.

—No me importa quién sea el médico —dijo ella con náuseas por el esfuerzo de intentar poner algo de coherencia en el caos que era su cabeza—. Sólo necesito los hechos.

Él asintió y con el mismo tono profesional le explicó el procedimiento de la operación con términos coloquiales cada vez que ella no entendía.

Como algo que era más importante para ella que su vida dependía de sus palabras, Beth pudo aplacar sus sentimientos de incredulidad y escuchar hasta la última de sus palabras. Pero había una parte de ella que se había roto y que sólo se fijaba en el hombre que estaba pronunciando tales palabras.

Ahora podía ver que los años pasados habían producido sutiles cambios en su aspecto. Los suaves bordes de sus facciones de juventud se habían vuelto duros y casi violentos. Aunque a los veintiséis años ya era atractivo, a los treinta y dos tenía una sombra de peligro en la mirada que lo hacía devastador. Y también fue consciente de sus propios cambios.

Seis años atrás hubiera sido incapaz de reconocer el corte de diseño de sus pantalones oscuros o la excepcional cualidad de la seda de su camisa. No, seis años atrás, ella no tenía los conocimientos inútiles que ahora había adquirido. Entonces, en su inocencia, simplemente lo había amado con cuerpo y alma.

Cuando Jaime terminó de hablar se detuvo.

—¿Hay algo más que quieras saber?

—No, parece que ya me lo has explicado todo.

A pesar del torbellino que pasaba por su cabeza, había conseguido hablar con coherencia, comprendió Beth con alivio.

—Bueno, si se te ocurre algo después, no dudes en preguntármelo.

—Es muy amable por tu parte. Gracias.

—Creo que la abuela del niño está con él en este momento.

Beth sintió una oleada de pánico sacudirla.

¡Dios santo! ¿Le estaba ocurriendo de verdad aquello a ella?

—Sí.

—Debe ser un consuelo tenerla en un momento como éste.

—No sé lo que hubiera hecho sin ella —replicó Beth con frialdad a pesar de la oleada de inseguridad que la asaltó.

¿Qué era lo que había visto Jaime? ¿Qué sabía?

—Normalmente hubiera examinado a tu hijo antes de hablar contigo así, pero me llamaron para una urgencia y acabo de llegar hace un poco. Sólo me ha dado tiempo a hablar con el equipo de pediatría que lo ha examinado. Me temo que no conozco su nombre, ni siquiera sé su edad.

—Su nombre es Jacey —dijo incapaz de ocultar la hostilidad de su tono de voz.

En un momento de desesperación, lo había llamado con las iniciales del nombre del padre de él, Jaime Carlos.

—Un nombre poco corriente.

—Quizá, pero es el suyo.

—¿Y cuántos años tiene?

—Tiene cinco. Los hizo en abril —contestó mirándolo a los ojos.

No se le escapó la repentina tensión de su cuerpo ni la leve palidez de su cara. Jaime hizo un esfuerzo por ocultar la furia desnuda que destelleó en sus ojos, pero lo consiguió demasiado tarde… Era la misma furia que había ardido en ellos aquel día, seis años atrás y el recuerdo de aquel momento casi la derrumbó.

—Te puedo asegurar, Beth, que recibirá las mejores atenciones posibles.

—Estoy segura —murmuró Beth sin entonación.

Lo sabía, pero la idea de depositar su confianza en el hombre que una vez la había destrozado con brutalidad la estaba aniquilando.

—No pareces muy convencida —observó él con debilidad—. Beth, si tienes algún problema en tratar conmigo, será mejor que…

—No tengo ningún problema en tratar contigo —mintió ella—. Más vale lo malo conocido, ¿no es eso lo que dicen? Y aparte de lo que seas, no me cabe duda de que eres un buen médico.

—Beth, no podemos… —se interrumpió al sonar el teléfono. Se levantó a contestar y se presentó a sí mismo—. Sí, está bien —dijo en español—. Y un café tampoco nos vendría mal —se dio la vuelta hacia Beth—. Tienen que hacer unas pruebas de rutina a tu pequeño, así que su abuela viene a reunirse con nosotros aquí. Puedo quedarme a responder a sus preguntas o si prefieres quedarte a solas con ella…

—No, por favor. Preferiría que te quedaras —contestó Beth con deseos de que tranquilizara a Rosita por encima de todo—. Probablemente ella te haga las preguntas que debería haber hecho yo.

—Beth, lo estás haciendo bien —afirmó él esbozando una débil sonrisa por primera vez—. Para nosotros es muy fácil decirle a la gente que no se preocupe, pero como madre seguro que estarás…

Se interrumpió al escuchar una llamada a la puerta.

—Adelante.

Beth alzó la vista y vio a una mujer con una bandeja. Se puso en pie en cuanto vio la oronda figura maternal de la segunda mujer.

—¡Rosita! —gritó antes de cruzar la habitación para arrojarse a sus brazos.

—Si sólo pudiera haberte ahorrado esto, cariño… —susurró la mujer española con ansiedad antes de volver la mirada hacia el doctor.

Beth se dio la vuelta y vio la expresión de incredulidad de Jaime al mirar a la mujer mayor.

—¿Señora Rubio? —murmuró como si no pudiera creer en sus ojos.

—Sí —replicó Rosita soltando a Beth para adelantarse hacia él—. Me acabo de enterar hace unos minutos del nombre del propietario de esta clínica —dijo con candidez.

Jaime hizo una formal reverencia y se acercó a ella con la mano extendida.

Mientras se estrechaban las manos, Beth intentaba comprender la reacción de Jaime hacia Rosita. Como viuda de un pintor español muy renombrado, era muy conocida. Y también se sabía que el accidente de avión que había acabado con la vida de Miguel Rubio, había acabado a la vez con la de su hija de veinte años, Manolita, única hija de los Rubio. Jaime sabía que sus dos padres estaban muertos, recordó Beth antes de que se le escapara un gemido de incredulidad al pensar a quién había esperado encontrar él como abuela de su hijo.

—¿Te encuentras bien, Beth? —preguntó Rosita acercándose apresurada a su lado.

Beth asintió incapaz de hablar al llenársele los ojos de lágrimas.

—Me temo que mi presencia le ha hecho más difícil este momento —dijo Jaime con candor—. Pero por favor, señora, déjeme asegurarle como he hecho con Beth, que su… que el pequeño recibirá las mejores atenciones posibles.

—Eso no lo dudo —replicó Rosita dirigiendo una mirada de ansiedad hacia Beth—. Me han dicho que se ha confirmado el diagnóstico de apendicitis.

—Sí. Le explicaré lo que acabo de explicarle a Beth.

Para cuando terminó, Beth había conseguido reprimir las lágrimas, aunque su estado mental era de caótica confusión.

—Lo siento —sollozó contra el pañuelo que le había pasado Rosita—. Yo…

—¿Que lo sientes? —interrumpió la española indignada—. Un buen llanto nunca ha hecho daño a nadie.

—¿Y quizá un buen café sirva de ayuda? —ofreció Jaime antes de servirlo y pasarles dos tazas.

Cuando le pasó la suya a Rosita, le dirigió una sonrisa y fue entonces cuando ella empezó a entender lo que había roto el corazón de Beth hacía años de forma irreparable. Saber que él era el propietario de la clínica la había conmocionado, pero después de hablar con él, sus preocupaciones se habían aliviado.

La mayoría de lo que sabía de Jaime Caballeros era de oídas, pero también había algunos hechos. Uno, el de su pasado aristocrático, que incluso sin conocerse, era visible en su porte distante y casi arrogante. Y aunque nunca le había dicho nada a Beth, sospechaba que la brecha de su estatus social había influido mucho en su despiadado abandono de la inocente joven inglesa.

Y después estaba el hecho de que sabía que al menos una de las numerosas historias de corazones rotos dejados a su paso era cierta, aunque nunca lo había hablado con Beth. Sí, cuando sonreía, pensó Rosita, aquella cara extraordinariamente atractiva se transformaba y en ella sólo se vería sinceridad y pureza. Estaba viendo a Jacey con toda su inocencia.

—Señora, si hay algo más que quiera preguntar, por favor no dude en hacerlo.

—No tengo más cuestiones de momento —replicó Rosita turbada por la ambivalencia de los sentimientos que estaba sintiendo hacia el hombre que había estado a punto de destrozar a la chica a la que quería como a una hija. Miró a Beth entonces y vio lo agotada que parecía—. Estamos seguras de que Jacey está en las mejores manos posibles —dijo para animarla.

—Por supuesto que lo estamos —acordó Beth.

—En vez de enviar al niño a otro doctor, hablaré con el equipo para verlo yo mismo —dijo Jaime con un gesto cortés de despedida—. Me imagino que querréis hablar a solas y yo tengo otro paciente esperando. Volveré en media hora, pero si necesitáis algo, sólo tenéis que descolgar el teléfono.

En cuanto la puerta se cerró tras él, Rosita se acercó a Beth y le tomó una mano entre las suyas.

—Cariño, sé que habrá sido muy duro para ti tener que verlo en estas circunstancias —murmuró apenada—. Pero ahora sólo tenemos que pensar en Jacey y en cómo vamos a sobrellevarlo.

—¿Jacey? —murmuró Beth aturdida—. ¡Mi pobre niño! —sollozó—. ¡Intentaba ser valiente con todas sus fuerzas!

Rosita se sentó en el brazo del sillón para abrazarla al verla derrumbarse en lágrimas.

—Cariño, se va a poner bien —la tranquilizó—. Lo sabes, ¿verdad?

Beth asintió intentando controlarse.

—Eso es de lo único que estoy segura, gracias a Dios —susurró—. Pero de nada más. Desde el momento en que Jaime entró por esa puerta, no he podido pensar con claridad. No ha sido sólo la sorpresa y la confusión… es que no he tenido control sobre lo que pasaba por mi cabeza ni sobre lo que decía.

—Beth, escúchame —la interrumpió Rosita con presteza—. ¡Por supuesto que ha sido una conmoción! Ayer no tenías ni una sola preocupación en el mundo y hoy entras aquí en una ambulancia para darte de bruces con el padre de tu hijo… Si eso no es suficiente para derrumbarte, no sé que lo será.

—Tienes razón —suspiró Beth—. Es sólo que necesito algo de tiempo para asimilarlo.

—Me temo que tiempo es justo lo que no tienes —dijo Rosita despacio con cara de preocupación—. Por la forma en que Jaime se refería al «pequeño», está claro que no has conseguido decirle la verdad.

—¡No tengo ninguna intención de hacerlo! —explotó Beth sintiendo como si el mundo se derrumbara a sus pies.

—Cariño, ¿Qué estás diciendo? —preguntó Rosita con expresión horrorizada—. Sólo la edad de Jacey será suficiente para…

—¡No! ¡Él ya sabe su edad! Rosita, ¿es que no lo entiendes? Él tiene mujer y probablemente otros hijos en que pensar… ¡Jaime no querrá saberlo!

—Dios santo, esto se está convirtiendo en una auténtica pesadilla —gimió Rosita sentándose en el otro sillón—. Cariño, durante todos estos años apenas hemos mencionado su nombre y quizá no haya sido tan inteligente… Beth, no hay ni mujer ni hijos.

Beth la miró con clara incredulidad.

—Podría habértelo dicho hace más de cuatro años que no llegó a casarse, pero como su nombre era prácticamente un tabú, no me pareció apropiado.

—¿Hace cuatro años? —preguntó Beth con voz quebrada—. Pero podría haberse casado desde entonces.

Rosita sacudió la cabeza.

—Su prometida se murió un par de meses después de anunciar su compromiso.

—¡Oh, Rosita! ¡Qué horror! Pero aún así, en todos estos años, un hombre como él ha debido encontrar a otra.

Rosita se agitó con incomodidad.

—Oh, claro que ha encontrado a docenas de mujeres y debió dejar una larga fila de corazones rotos tras él antes de irse a Sudamérica.

—Rosita, ¿cómo diablos sabes tú todo eso?

—No me extraña que me lo preguntes ya que sabes lo poco que me gustan los cotilleos —suspiró la mujer española—, pero durante una temporada se habló tanto de él que me alegré de que estuvieras trabajando fuera la mayor parte del tiempo. Hasta salió en la prensa —sacudió la cabeza—. No conozco los detalles de la muerte de su prometida, pero parece que se lo tomó muy mal… Y en consecuencia se portó mal con las demás mujeres.

—Quizá sólo estuviera buscando una que la sustituyera —dijo Beth todavía conmovida por lo que había escuchado.

Rosita vaciló, pero decidió que no era el momento de contar todos los hechos que sabía.

—Quizá —concedió con gravedad—. Pero el hecho es que no se ha casado.

—¡Oh, Rosita! Cada vez que me acuerdo de la cantidad de veces que he pensado que Jacey podía tener hermanastros sin conocerlos… Odiaba la idea de…

—¡Pobrecita mía! Pero el asunto es que Jaime tiene un hijo y no le puedes negar el derecho a saberlo.

—Él no tiene derechos como padre —explotó Beth con amargura—. Abandonó todos sus derechos mucho antes de que naciera Jacey.

—¡No, Beth! Él ni siquiera ha tenido una oportunidad referente a esos derechos y aparte de todo, Jacey es de su propia sangre —insistió Rosita—. ¿Y si, que Dios no lo permita, un padre estuviera operando a su propio hijo sin saberlo?

Beth sacudió la cabeza distraída.

—Nunca dejaría que pasara eso, Rosita. Yo no… no le haría eso ni siquiera a él.

—¡Por supuesto que no! Pero… —frunció el ceño—. ¿Me lo he imaginado o me has dicho que sabía la edad de Jacey?

Beth asintió con náuseas. Nunca se había atrevido a contarle a nadie el completo horror de su humillación aquella última noche de cinco años atrás. La única persona que lo sabía era Cisco Suárez, un joven estudiante que trabajaba como camarero y que se había comportado como un verdadero amigo en su momento de necesidad. Jaime simplemente había imaginado que la abuela de Jacey sería la madre de Cisco, que era por lo que se había sentido tan aturdido ante la aparición de Rosita.

—¡Pero no es posible que piense…!

—¡Oh, claro que puede, Rosita! ¡Claro que puede! —interrumpió Beth con debilidad—. Aunque en honor a la verdad debo decir que sólo porque yo le dejé que lo pensara. Me hace estremecer incluso ahora. Estaba tan dolida la última vez que lo vi que… que sólo quería devolverle el daño y le hice creer que le había sido infiel. Lo único que herí fue su orgullo porque se creyó sin dudarlo todas las mentiras que le conté.

—¡Eres tan joven y vulnerable! —susurró Rosita con tristeza y los ojos empañados en lágrimas.

—Y mírame ahora —bromeó Beth sin poder soportar el disgusto que tenía Rosita.

—Sí —dijo Rosita con evidente orgullo—. A veces creo que no valoras lo suficiente todo lo que has conseguido. Para alguien a quien casi tuvieron que arrastrar para entrar a trabajar de modelo, no lo has hecho nada mal. Eres una estrella internacional. No, no sacudas la cabeza así. ¿Cuántas chicas de veinticinco años pueden permitirse retirarse con relativo lujo para el resto de su vida?

—Me pagan una cantidad absurda de dinero y me han ido bien las inversiones. ¡Ha sido pura suerte!

—Y eso es algo que te mereces mucho más de lo que has tenido —Rosita suspiró—. Cariño, me gustaría no tener que volver a Pollensa, pero la verdad es que debo hacerlo. Mañana veré si puedo arreglar algo en la galería y…

—No —la cortó Beth con firmeza—. Con Juanita de vacaciones, harás falta allí por las mañanas. Nos ajustaremos a lo que hemos decidido, que vengas por las tardes cuando puedas.

—Pero…

—Pero nada —la regañó Beth con una sonrisa—. Sería diferente si la operación fuera más seria, pero como no lo es, no permitiré que cambies tus planes por mí ni por Jacey.

—¡Por supuesto que cambiaría los planes por ti! —exclamó Rosita con candidez dirigiéndole una mirada de preocupación—. Ya sabes lo que tienes que hacer, querida, pero lo que me preocupa es si lo harás.

—No te preocupes —replicó Beth con la garganta atenazada ante la idea de contarle a Jaime lo de su hijo—. Te lo prometo, Rosita.

—Entonces no hablaremos más de ello —dijo con calma la otra mujer—. Lo que deberíamos haber hecho, sin embargo, es haberte registrado en un…

Se interrumpió al abrirse la puerta.

—Acabo de tener unas palabras con el equipo pediátrico —anunció Jaime al acercarse a ellas—. Jacey está bien dormido y preparado para la noche. Me he enterado de que el ala de pediatría de vuestro hospital está cerrada por obras. Me preguntaba cuáles serían vuestros planes mientras Jacey estuviera ingresado.

—Yo me vuelvo a Pollensa ahora y bajaré todas las tardes que pueda. Beth, por supuesto, quiere quedarse aquí durante la estancia de Jacey —replicó Rosita—. Estaba a punto de sugerirle que buscáramos un hotel.

—La verdad es que no hace falta que te recorras la isla de arriba abajo todos los días ni de que Beth busque un hotel —declaró Jaime con firmeza—. Mi casa está enteramente a vuestra disposición tanto tiempo como os haga falta.

—Yo por mí estaría encantada de aceptar tu amable oferta, pero me temo que me necesitarán en la galería casi todas las mañanas.

—Lo entiendo… pero mi oferta sigue en pie para Beth —la miró como esperando a ver su reacción, pero ella no pareció haberlo escuchado así que siguió dirigiéndose a Rosita—. Las visitas no tienen restricciones en esta clínica, así que será mucho más fácil ir y venir desde mi casa que desde un hotel. También tengo una línea de teléfono preferente desde mi casa al hospital, que Beth podrá usar cuando quiera.

Rosita alcanzó la mano de Beth, que parecía perdida en otro mundo.

—Supongo que es bastante tarde como para ir a buscar a otra parte —murmuró vacilante. Entonces miró la expresión de agotamiento de Beth y sus dudas se disolvieron al instante—. Y creo que Beth ya tiene bastante por hoy. Es muy amable por tu parte, muchas gracias.

—Me estaba preguntando si habríais comido.

Jaime deslizó una mirada profesional de preocupación por la figura de Beth y Rosita miró a su reloj y se levantó.

—Creo que es mejor que me vaya, pero a Beth le sentará bien tomar algo. Prácticamente no ha comido nada en todo el día. ¿Beth?

Beth sacudió la cabeza con aturdimiento y se levantó. No era que no se hubiera enterado de lo que pasaba a su alrededor, era que sólo había podido pensar en el sonido del nombre de su hijo en boca de su padre por primera vez.