La Fotógrafa de Rusia - Fabiá Esteban - E-Book

La Fotógrafa de Rusia E-Book

Fabiá Esteban

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Beschreibung

Bruno, Anastasia, Alexander, Max y Leo, protagonistas de esta historia, son de mundos distintos, pero se encuentran en los dolores y horrores de la época que les tocó vivir. 
Anastasia, con su cámara fotográfica, su arte y sensibilidad, belleza interna y externa enamora a Bruno.

Bruno vive en su precario mundo, pero, también con su sensibilidad, logra cami­­nar, existir, sentir la felicidad y seguir viviendo en sus difíciles días.
Lo son para todo el mundo. 

El poder. La lucha permanente por él que, a veces, logra aniquilar a la justicia, igualdad y libertad. Ese fue el logro de Stalin en la bella tierra de Anastasia. 
El amor y la entrega son la semilla divina para vencer la maldad de ese poder.

El destino imprevisto de cada ser humano, y también su lucha por perma­necer vivos en ese destino, que puede ser muy cruento.

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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Esteban Fabiá

 

 

 

 

La fotógrafa de Rusia

 

 

 

 

© 2022 Europa Ediciones | Madrid

www.grupoeditorialeuropa.es

 

ISBN 9791220131933

I edición: Marzo de 2023

Depósito legal: M-27864-2022

Distribuidor para las librerías: CAL Málaga S.L.

Impreso para Italia por Rotomail Italia S.p.A. - Vignate (MI)

Stampato in Italia presso Rotomail Italia S.p.A. - Vignate (MI)

 

 

 

 

 

La fotógrafa de Rusia

 

 

 

 

A mis hijos: Fernanda, Amanda, Fabian y Leonardo

A Ivonne, su madre y a mis hermanas: Tere y Ali

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

…Si ayer fue hoy, hoy ya es mañana…

 

 

 

 

 

 

 

La Visita

Esa tarde el Max me llamó desde su reja, esa tarde de invierno. Su grueso cuerpo, asomaba por las viejas tablas resecas por la lluvia, por el sol y los años. Esas viejas tablas que separaban nuestras casas y que apenas resistían el peso de su cuerpo.

– ¡Bruno, Bruno! –
– A la noche iremos a Chimbiroca. – me dijo.
– ¡Tenís que venir con nosotros! –
– Pero no creo que me den permiso. – le respondí solo por decir algo. Mi corazón dio un salto dentro de mí.
– ¡Pero huevón, como vai a pedir permiso pa’ ir a puta!
– me dijo.
– ¡Vamos y no le contai a nadie! – repitió.
– Ahora voy a jugar al monte y a la brisca con el grupo. Nos juntamos a las diez en la esquina, en el paradero. – terminó diciéndome. Su grueso cuerpo desapareció de ese muro de viejas tablas.

Nada más le contesté, me quedé mirando esas viejas tablas retorcidas por los años, esas tablas de pino que por tantos años separaban nuestros sitios. El Max era mi amigo. De los pocos que yo tenía. Él era cuatro años mayor que yo. Mi gran amigo. Con su lealtad, su honestidad, buen corazón, humildad y por ese cariño de él hacia mí. Fuimos creciendo juntos.

Yo quería ir, ir a ese lugar, conocerlo, ver a las maracas, a los colizones. Siempre hablaban en ese grupo, en la esquina cuando nos juntábamos por las noches, de esas calles. De Chimbiroca.

Me puse el pantalón de cotelé gris, el beatle azul, las botas negras de gamuza y el chaquetón azul que me habían regalado las monjas españolas dos meses atrás cuando cumplí catorce años. No sé por qué me subí el cuello de ese chaquetón. Seguro por mi nerviosismo, mi ansiedad. Al fin yo iría a esas casas, donde se bebía, se bailaba, se acostaban con las maracas.

Aún no eran las diez. Estaba muy fría la noche, la neblina apenas dejaba ver a las pocas personas que caminaban por allí, o que esperaban locomoción. Las luces de los autos alumbraban mi cara, mis ojos, mi ropa, también los buses de locomoción, que a esa hora ya llevaban pocos pasajeros, de regreso a sus casas. Un sentimiento de culpabilidad había en mí. No sabía por qué.

Mi reloj marcaba más de las diez, pero yo sabía que no estaba muy bueno, se adelantaba. Se lo compré al Antonio por doscientos pesos. Lo había choreado en alguna parte, algo habitual en él: vender cosas robadas.

Seguía nervioso parado allí, solo, en ese lugar mientras esperaba, con esas fuertes luces en mi cara. Me incomodaban esas luces. Daba vuelta mi cara. Sentía que todos me miraban.

Entre la espesa neblina y el frío pude ver, pude divisar al Max, al Leo y al Antonio. Caminaban lentos, hablaban, se reían. Me sorprendió ese relajo. Muy distinto a mi nerviosismo, a mi temor.

Pensé que se reirían de mí, pero nada me dijeron.

Caminamos los cuatro, hacia el centro de la ciudad. Esa ciudad que tanto me gustaba verla de noche.

Fueron largas para mí esas cuadras para llegar a ese centro. Al centro de la ciudad.

Las tiendas iluminadas de muchos colores, la ropa linda, los artefactos que se mostraban, los refrigeradores, máquinas de coser, toca discos, zapatos, cocinas modernas, cocinas a gas licuado. Los autos nuevos, muy brillantes. Me gustaba mirarlos.

Las piletas de agua, que levantaban muchos chorros de agua, mezclados con luces de colores verdes, amarillos, rojos, azules. Esos chorros que sonaban. Me gustaba también ese sonido, con esos maravillosos colores formando arcoíris, que se elevaban como un abanico.

Todos esos colores que le daban alegría a mi alma. Me hacían sentir que había un mundo hermoso, iluminado, distinto. Que existían los colores que llenaban el alma. Me hubiese quedado mucho rato allí, sentado, mirando ese mundo de alegría, de fiesta en esa pileta, con sus chorros multicolores.

Todavía a esa hora de la fría noche, gente caminaba, paseaba por ese centro de la ciudad, a pesar del frío, a pesar de la espesa niebla blanca. Tal vez buscaban eso mismo que yo sentía en ese lugar. Luces, muchas luces. Mucha alegría, felicidad en sus almas.

Caminamos como doce cuadras más, desde la Plaza Central, por esas hermosas calles. Llegamos a una esquina y doblamos. Anduvimos cinco cuadras más. Era la calle Santa Magdalena. El lugar estaba lleno de hombres, de distintas edades. Eran cuatro cuadras con viejas casonas. De todas ellas, salía el sonido fuerte de la música. Mujeres en las calles. Afuera de esas casas, con vestidos muy cortos, gritando, riéndose, cantando. Hombres que las agarraban. Les agarraban las tetas. Ellas reían.

Yo, había pasado antes por este lugar. Había pasado de día en camión, por esas viejas casas, con unos muebles para las monjas españolas. Era silencioso durante el día. Las casas eran muy viejas y destartaladas. Algunas ventanas con persianas de maderas, estaban abiertas. Se podía ver hacia adentro en esas ventanas con barrotes. Mujeres gordas fumando, mirando hacia la calle, tomando el escaso y frío sol. Mirando esa vacía calle y los vehículos que por allí pasaban. El chófer y su pioneta, les silbaban a esas gordas mujeres, recuerdo. Seguro eran maracas jubiladas.

No entendía en ese momento, porque esos dos

hombres, se alteraban tanto al pasar por allí, con su risa socarrona y de complicidad. Llevando el camión muy lento por esa calle.

Pero de noche era distinto, las luces rojas en cada una de esas casas, muchas, luces de neón encendidas que daban un aspecto de fantasía, muchos hombres en las esquinas, también fuera de esas casas y esa música.

Las mujeres, en las puertas nos gritaban:

– Mi amor, mi amor. –
– Pasen el arreglado esta en promoción. – – ¡Tráiganme al lolito! – también gritaban.
– Yo me lo como. – – ¡Déjenlo aquí! – – ¡Yo me lo echo encima! –

Me di cuenta de que lo de “el lolito” lo decían por mí, se referían a mí. Me cagué de susto. Las piernas me temblaban.

– Mira la maraca rica decía el Max. – se refería a una chimbiroca con tacos muy altos.
– Se le ve que esta cartuchita. – dijo el Leo, riendo.

Todos reímos.

– Cacha ese maricón. –

Mira los zapatos calentadores que tiene. – dijo el Antonio.

– Yo se lo pongo. – seguía el Antonio.

El Max se detuvo, dejo de caminar.

– Entremos aquí. – dijo.

Era una casa con muchas luces rojas y azules. Se sentía esa música desde adentro por su alto volumen.

Tenía un nombre en su entrada, con luces de neón “Apolo 11”.

– ¡Pasen mi amor! – nos dijo la mujer que estaba en la puerta de la entrada.

Era una casona antigua, más bien vieja, al final tenía un patio cubierto con un techo de fierro con figuras y vidrios. La música estaba muy fuerte.

Esa, música con sus dolorosas y sufridas letras.

El olor de casona vieja, también se mezclaba con olores a colonias, vino, frituras, cervezas. Los olores a mí siempre me decían o mostraban algo. Los identificaba igual que los colores.

Llegamos a una habitación grande, que era el salón y que tenía como diez mesas viejas y sucias puestas por un lado. Por el otro lado, la otra mitad de ese salón estaba despejado. Era la pista de baile, con unos pocos sillones pegados a la pared y unas bancas de madera. También pegadas a esa pared pintada de rojo. Había cuatro mesas con hombres, bebiendo, tomando, sentados en ellas. Un globo de cristales que giraba y sus luces rebotaban en nuestras caras, en nuestra ropa.

Porque esos lugares tan sucios producían en los hombres, tanta alegría. La que expresaban, bebiendo, riendo, abrazando a aquellas mujeres tan pintarrajeadas.

Comenzaron a entrar las maracas. Todas con las caras recargadas de pintura. Se les veía un color extraño en esas caras, por la luz de ese globo que hacía brillar sus rostros, con esa pintura. Como si en su cara hubiera ceniza. Un color muy extraño, pálido, pero pintado.

Se nos acercó un maricón. Vestía una camisa muy apretada floreada de varios colores, unos pantalones más apretados que el de las putas, y unos zapatos con tacos altos de color blanco.

El colizón estaba más pintado que las maracas.

“Lucho le decían”

– ¿Qué se van a servir mi amor? – nos dijo. – ¿Qué quieren tomar amorosos? – – Un jarro de arreglado. – respondió el Max.
– ¿Qué huevada es eso? – le pregunté.
– Es vino blanco con bebida, con bilz– me contestó el Max.
– Aquí está mi amor. – dijo el Lucho, con el jarro en sus manos y sonriendo. Me gustó el color de ese vino y bilz en ese jarro de vidrio.
– Sírvanse, ¡esta riiico! – Se quedó parado junto a la mesa, sirviendo las copas, esperando que nos comenzáramos a beber ese arreglado. Era amable y se le sentía feliz, en aquel lugar tan especial.
– Dulcecito, cierto. – siguió diciendo.
– ¡Y quién se va a comer al lolito! – gritó.

Otro huevón más, pensaba nervioso. Mi corazón seguía acelerado.

– Quien se lo va a descartuchar – seguía gritando el colizón Lucho.

Putas el huevón cargante. Más nervioso me sentía.

La fuerte música seguía. Algunos se pusieron a bailar en esa pista. Las maracas se acercaban a las mesas y empezaron a chuparse, a beberse todo el trago. En todas las mesas. Con un beso y muy cariñosas se tomaban, se bebían los arreglados, también los combinados que estaban tomando en otra mesa. Era pisco con Coca Cola. Eso era muy caro.

El Max, el Leo y el Antonio ya estaban también bailando.

– Ya poh Bruno, ven a correr mano. –
– Pa’ que te corrai la paja después. – me gritaba el Antonio, riéndose de mi. Yo sentía mucha vergüenza y mi cara ardía.
– Déjalos mi amor, están envidiosos. – me decía una de las maracas.
– Anoche un huevón me papeo toda la noche – dijo también, riéndose y moviendo las caderas y las tetas.

Fue lo único que me calentó de aquella noche. Esa frase dicha por ella.

Ella, se sentía la más rica de todas.

– ¿Cuánto me cobrai? – le preguntó el Max. – A usted mi amor quince mil pesos. – – Por toda la noche. – le respondió.
– ¿La tenís de oro? – le contestó el Max. –

Se acercó una flaca a la mesa, me tomó de la mano y me llevó a la pista a bailar. Me sentía extraño en esa pista, haciendo lo mismo que el resto. Pero sin ganas.

Esa chimbiroca llevaba una polera negra muy apretada. Se le veían más de la mitad de las tetas, una falda a cuadros roja con negro, muy corta que mostraba los calzones negros y la mitad del culo, unas calcetas y unos zapatos negros. Parecía una colegiala. Toda esa vestimenta, mostraba mucho, igual no me calentaba.

Me apretó muy fuerte contra su pecho. El corazón me saltaba muy fuerte, me latía muy rápido.

– Está nerviosito. – me dijo.

Me cacho, que estaba más nervioso que la chucha.

– ¡No! – le dije.
– Es que ando con unos problemas. – le mentí. Fingiendo relajo, fingiendo que para mí ese mundo era habitual.

Me tomó las manos con las suyas y me las puso en su culo, movía con sus manos las mías, refregándolas en su culo y me besaba. Yo le respondía, pero no me entusiasmaba aquello. Lo hacía como un acto mecánico, sentía que ella también. Seguro lo hacía con todos.

Con el arreglado que estaba muy dulce me empecé a soltar, a relajar. Mi corazón ya no latía en forma acelerada.

Comencé a bailar también con otras chimbirocas. Ellas seguían acercándose a todas las mesas a chuparse los arreglados. Parecían abejas, cuando llegan a chupar el néctar de algún fruto maduro.

– Pidan más pues chiquillos. –
– ¡Ya pues mi amor! –
– Pidan otro arreglado. – repetían y repetían a todos.

Una muy morena, estatura baja, patas arqueadas, muy fea y que ya estaba muy curada, gritaba. Tenía un gran escandalo.

– ¡Quieren combo los culiaos! – gritaba.
– ¡Quieren combo los culiaos! –
– ¡Les saco la conchasumadre a todos! – seguía.
– ¡Miren, tomen los culiaos, tomen! –

Se sacó una teta, bajando el vestido rojo que llevaba puesto y gritaba y gritaba.

– ¡Tomen! –
– ¡Tomen, aquí tienen! –

El regalo que ofrecía no fue muy acogido por todos los que estábamos allí. Insistía aquella maraca en ofrecer ese regalo, que a nadie interesó.

No sabía por qué, todo lo que ocurría en ese salón, yo lo sentía como si estuviera afuera, lejos, no en ese lugar mismo, pero también quería ver, saber más, de ese comportamiento, tan extraño, tan superficial, tan grotescamente promiscuo.

Me puse a bailar un lento con una maraca, que tenía una linda raja y una linda cintura.

Todos reían, todos les corrían manos a las maracas y ellas se reían. Reían y seguían chupándose, bebiéndose los arreglados.

Yo no me atrevía a correrle mano a ninguna. Me avergonzaba aquello, me hacía sentir débil. Sentía que les faltaba el respeto a esas mujeres tan locas.

Con la que bailaba, yo tenía su mano derecha tomada, con la izquierda mía, era un lento. Sentí el romanticismo bailando con esa maraca.

Me fijé que en su mano tenía una gran herida. Era como una quemadura grande y roja. Yo se la miraba sin preguntar. La maraca se daba cuenta, pero no le importaba que yo la mirara. Que le mirara esa herida.

Cuando terminó el baile, el Max se me acerco y dijo: – La maraca con la bailabas tiene sífilis. –

– Fíjate en su mano, tiene una gran llaga abierta, como una quemadura. –

¡Putas! Yo sabía que era eso. Al loco Jaime, se lo habían pringado y tuvo que andar con la penca vendada. Se lo palanqueaban todos los días y todas las noches en la esquina. Se quejaba lo doloroso que era, la herídas, las llagas justo en su verga.

Sin decir nada, salí del salón de baile, me fui directo al baño, cruzando ese gran patio del centro de esa casona, con su techo de vidrio. Por las orillas había cuatro corredores, cerrando ese patio, de muchas piezas con puertas. Esas puertas eran la mitad de vidrio y la mitad de madera. Las que estaban sucias y viejas, a pesar de la luz y los faroles encendidos, para darles un aspecto más de fantasía. Adentro de esas piezas se veían las camas. Esas habitaciónes vacías, con sus débiles luces.

Entré muy rápido al sucio baño.

Había dos huevones allí, en ese baño. Uno le estaba agarrando la goma al otro. Me sorprendí y asusté al ver ese acto. Ellos siguieron, no les importo que yo estuviera ahí. Siguieron manoseándose, dándose besos.

Fingiendo, que nada me importaba y que eso me era indiferente. Me lavé tres veces las manos, con un jabón líquido verde, que tenía olor a manzana. Quería salir rápido de ese baño. Quería dejar atrás a esos dos que me intimidaban.

En el salón de baile, la chica, patas arqueadas estaba gritando

– ¡Cierren las puertas! – repetía gritando. – ¡Cierren las puertas! –
– ¡De aquí no sale ningún culiao! –

Aparecieron dos hombres, con cara de cogoteros, cara de malandras. Uno de ellos tenía una cicatriz en su cara. Un gran tajo, que bajaba desde la sien hasta la barbilla. Su cara y aspecto eran grotescos y reflejaban que no eran muy buenos del alma. Cerraron las puertas del salón con llave. Todos los que allí estábamos, quedamos encerrados en ese salón.

– Son los cabrones. – dijo el Antonio.
– Y nos van a sacar la cresta– repitió.

En una de las mesas estaban gritando. Había tres hombres en esa mesa y que gritaban:

– Que el colizón Lucho se los quería cagar. –
– Que ellos, se habían tomado tres jarros de arreglado y no cuatro como estaba cobrándoles. –

Apareció por una puerta muy pequeña y disimulada en ese salón, otra maraca.

Esta se veía distinta, tenía como 40 años. Vestía un vestido negro, muy apretado, zapatos de taco negros, muy calmada. Sus manos eran blancas y pintadas las uñas de color rojo. La cara también igual que las otras, muy pintada. Con su calmada apariencia, daba órdenes. – ¡Señora Vero! –

– ¡Señora Verito, venga, venga! – le gritaba el maricón Lucho.

La mujer se acercó a la mesa de los tres que reclamaban, caminó muy lento, habló con ellos. Les pasaba suavemente su mano por la espalda. Me gustaron esas manos. Blancas, bien cuidadas y pintadas de rojo las uñas.

No sé qué hablaron, pero los hombres se pararon de esa mesa y pagaron solo tres jarros de arreglado. Las puertas se abrieron nuevamente y se fueron.

– Pero señora Verito. – – ¡Eran cuatro jarros! –
– Son unos sinvergüenzas. – insistía el colizón.

Nadie le prestó más atención al Lucho, que insistía en aquello.

Todo siguió nuevamente. Las luces de ese globo que jiraba brillando, emitiendo esos puntos de luces en las caras y cuerpos de todos. Los bailes, los gritos, todos corriéndole mano a las Chimbirocas. Ellas se reían, saltaban, de pronto se quedaban en silencio, un extraño silencio y calma, como si se desconectaran de ese lugar y luego nuevamente los gritos, las risas y seguían tomando y pidiendo a “nosotros los amorosos”, que compráramos más arreglados.

Entre la algarabía, el trago y los bailes, una de ellas, que estaba sentada en una de las bancas, se puso a gritar. Abría sus brazos y lanzaba gritos, pidiendo ayuda. Con su cara muy pálida, reflejando la angustia en su cara por el dolor.