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Esta historia comienza en el polvorín del mundo, la ex Yugoslavia a principios del siglo XX, para finalizar en la República Argentina del primer cuarto de siglo. Desde las ciudades amuralladas de la gran Serbia, hasta la próspera Buenos Aires de los años veinte; desde los fusiles empuñados por niños de diez años hasta la hambruna y el rigor de la guerra sin tregua. Esta novela es una mixtura de acción y suspenso, dotada con una fuerte dosis de amor. Esteban Mulhovic decidió escapar de la Primera Guerra Mundial, y en su camino encontrará insospechadas dificultades para realizar la travesía. Al mismo tiempo, se nutrirá de experiencias y amistades que lo marcarán por el resto de su vida.
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Seitenzahl: 301
Veröffentlichungsjahr: 2019
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.
Díaz, Héctor Javier
La fuente del ángel : Esteban / Héctor Javier Díaz. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2019.
266 p. ; 22 x 15 cm.
ISBN 978-987-708-513-6
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas Históricas. I. Título.
CDD A863
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2019. Héctor Javier Díaz.
© 2019. Tinta Libre Ediciones
Para mi hijo, Mateo Díaz Echenique
LA FUENTE DEL ÁNGEL
estebanprimera parte
CAPÍTULO 1
La cabaña, ubicada en las afueras de la ciudad, mostraba su fachada sombría. Ella la observó desde la loma, solo unos minutos bastaron para sentir el dolor de la soledad.Se emocionó cuando comprobó cuánto le afectaba la ausencia de su marido y su hijo mayor. Hacía varios meses que habían partido para pelear en los ejércitos de Pedro I. Ahora llegaban las primeras noticias y ella, a pesar de la ansiedad, se encontraba feliz de ir al encuentro de esa carta tan esperada.
Temprano sus zapatos de terciopelo negro golpearon suavemente la acera empedrada, humedecida aún por el rocío de otra mañana de 1903. La calle antigua e inclinada la conducía hacia su destino final: la oficina postal. Caminaba decidida entre frutales que adornaban las ondas de la tierra y castillos de piedra que se reflejaban en las aguas, esas mismas donde siglos atrás habían sucumbido las ricas galeras turcas de seda, con espadas torcidas en forma de medialuna, dobladas sobre los cuerpos desnudos de las esclavas.
Los viejos tiempos turcos aún estaban aquí. Cerró los ojos y sus labios dibujaron una mueca de placer cuando el aire puro acarició su rostro, en aquellos primeros días soleados de febrero, debajo de los alcázares con la hoguera de las enormes puestas del sol. Su mirada paseó por un frutal detrás de un viejo umbral que conserva la timidez y el temor en las ventanas grandes que dan desde el monte hacia el barrio de Vraccar, con el verdor hondo de toscana y alguna que otra chabola con el olor a halwa y a café mientras recorta el cielo, con su vuelo, una gaviota de dorso ceniciento.
Belgrado y el paso de su gente. De ellos provenía la risa ligera, la benignidad del dejamiento, la sabiduría del vino y la conversación en atardeceres primaverales mezclados con el olor a tabaco y la belleza hebrea de las mujeres en los precipicios que conducen hacia el Danubio. Una Belgrado sosegada, de empleados y oficiales, creada de la nada, mientras otros masticaban la misericordia de los germanos.
Familias que crearon la villa a través de su pobreza, honra y cortesía. Cuántas joyas antiguas, la mansedumbre humana, las penas calladas en esos aposentos luminosos con grandes ventanas llenas de cielo. En las calles, bañadas de mañana, comenzaban a alejarse las sombras de los viejos edificios. Casa por casa una boda tras otra, por la voluntad del padre de familia, y una muerte junto a otra, por la voluntad de Dios y las guerras… Estas se originaban a causa de la monarquía dual que encerró en sus fronteras a numerosos pueblos y razas, diversas religiones e idiomas. Alemanes, magiares, polacos, checos, eslovenos, rumanos y serbios, en esa heterogeneidad predominaban los eslavos, todos procuraban conservar sus costumbres tradicionales. Pero estos debieron someterse a la influencia de húngaros y alemanes, lo que originó la lucha por las nacionalidades. Ese verano de 1903 después de la guerra de Ckeptan, Pedro I Karageorgevich fue proclamado rey común de Croacia, Dalmacia, Eslovenia, Bosnia, Montenegro y Serbia.
Su paso, que antes era dubitativo, se hizo firme y seguro después de atravesar la puerta principal Sahat, ubicada en la parte alta de la ciudad. Se detuvo junto a una iglesia ortodoxa y pensó que los turcos habían usado ese mismo lugar como torre de vigilancia, ya que ofrecía una amplia vista de toda la ciudad. Sus ojos celestes se confundieron con las aguas del río Sava; luego, con cautela, recorrió el complejo de fortificaciones construidas y derruidas desde la época de los Celtas. Sus hijos, que la acompañaban, corrían y jugaban inocentemente junto a una tumba musulmana.
Despertó como de un sueño, el sol comenzaba a elevarse en un cielo azul y sin nubes y, sin embargo, el frío se escurría atrevido por todo su cuerpo, penetrando con insolencia el grueso tapado que la cubría. Llamó a los niños, los tomó de la mano y comenzó a caminar sin detenerse, con una oleada de esperanza renovada. Su traje de chaqueta femenino mostraba una atrevida novedad: descubría el pie. Su cabello se arremolinaba al ritmo del viento, tan osado como la moda, tan libre, como el mismo viento. La maceta de flores estaba allí desde hacía tanto tiempo como aquel árbol que conserva a la familia entera en el mismo sitio.
Dejó a los niños afuera y atravesó el umbral con decisión. La mujer detrás del mostrador la saludó atentamente y con una amplia sonrisa de aprobación se inclinó satisfecha y al instante le entregó un sobre blanco adornado con grandes estampillas; ella lo recibió agradecida y después de observar los llamativos sellos del gobierno, lo llevó contra su pecho, implorando que se tratara de buenas noticias. Decidida a leer la carta en la tranquilidad de la cabaña, emprendió el regreso. Una sensación de alivio comenzó a invadirla, por alguna razón suponía que nada podía salir mal y caminaba con el sobre apretado en sus manos. Los niños se habían adelantado y corrían en círculos, saltando y riendo.
Desde la calle se veía a lo lejos el ferrocarril azul de Srem y en la ciudad baja, la puerta principal de Estambul. Cuando pasó la Kralj-Kapja (puerta del Rey) se detuvo. Se apoyó contra la pared de piedra cerrando los ojos y separó el sobre de su pecho; estaba agitada y debía hacer un verdadero esfuerzo para controlar su ansiedad. Dudó, por un instante, en sentarse allí y leer el mensaje, pero inmediatamente desistió y continuó su camino.
Cuando regresó a la cabaña, tomó asiento en la galería amplia y fresca y se hamacó unos minutos antes de juntar las fuerzas necesarias para abrirla. Hacía mucho tiempo soñaba con ese momento. Leyó una y otra vez. De sus ojos no salieron lágrimas pero su rostro se endurecía y, mientras repasaba cada palabra, la rigidez de sus labios se iba quebrando hasta evidenciar un gesto de inmensa amargura. Pasaron varias horas antes de que volviera a ponerse de pie. Caminó hasta la sala y se dirigió directamente hacia el cofre de plata que había heredado de su madre, que reposaba sobre el dintel de madera que adornaba la chimenea. Sus pasos cansinos y pesados de angustia la fueron acercando con lentitud. Cerró sus ojos en una mueca de tremendo dolor y depositó la carta entre sus recuerdos.
Señora Mulhovic:
Su esposo va camino a casa, pero su hijo ha caído como un héroe en el campo de batalla.
El alto mando Serbio le da su más sentido pésame.
Las palabras quedaron flotando en su mente como un eco. El tiempo se transformó en su peor enemigo. Más lento que de costumbre, atormentándola con cada recuerdo, con sus días y sus noches que parecían eternos. La pérdida de su primogénito y la sola idea de que jamás volvería a verlo, la habían derrumbado. Había enterrado a sus padres ya hacía mucho tiempo, también a un hermano; aquellas pérdidas eran naturales y con el tiempo las había superado, pero tener que enterrar a su hijo le provocaba un dolor que sabía, íntimamente, jamás superaría. No existía nada en el mundo que la ayudara a sobrellevar semejante pérdida, ni siquiera sus otros dos hijos de ocho y seis años, a quienes amaba.
Con la llegada del otoño y sus días limpios y airosos, con la luz de luna sobre las colinas de las viejas calles que ven rojizo al río Sava, regresó su esposo Milosh. Ella agonizaba, le quedaba poco tiempo. Las bajas defensas y el rechazo a la alimentación la habían descompensado, y una gripe la había dejado al borde de la muerte. Ya nada se podía hacer más que esperar el fatídico desenlace.
La llegada de su marido no fue suficiente para aplacar sus ganas de morir, y con la tranquilidad de que sus dos pequeños no se quedarían solos, sintió que era el momento de poder marcharse en paz. Se relajó en su cama y, en silencio, cerró sus ojos por última vez.
...
Se saludaron con una reverencia. Luego dieron el pésame:
—Lo lamentamos mucho, señor Mulhovic —, decían los recién llegados, mientras estrechaban sus manos y entraban a la humilde cabaña, como otros más de los tantos que ya estaban adentro, sumergidos en un respetuoso silencio.
Todos eran parientes o amigos de la familia. Algunos habían llegado en carretas tiradas por dos caballos desde lugares remotos como Nikšić; otros, caminando desde la misma Belgrado. Sus rostros no ocultaban la tristeza y se movían con cautela, acompañando a Milosh en ese momento en que él los necesitaba. Sin embargo, nada era suficiente para aplacar el dolor y la pena que le producía el hecho de haber perdido a su amada esposa.
Emocionado y conmovido buscó un poco de tranquilidad y sin que nadie lo notara se alejó para dar un largo paseo a solas. Se lo veía agotado, abatido, y esta imagen contrastaba con la de aquel hombre fuerte y seguro. Era la primera vez que lo veían quebrado, caminando en penumbras, buscando en la intimidad de su interior el último diálogo con aquella mujer que se había llevado quince años de su vida. Se sentó frente al bosque de pinos. Paseó su mirada, contrito, ante la ingente desolación que lo rodeaba. Luego de varias semanas húmedas y frías, había llegado un tiempo falsamente estival y, aunque vestido de hojas tiernas, el jardín olía a moho como en agosto. Se sentía conmovido por la profundidad de su propia tristeza. Su oficio de leñador le había curtido las manos, había endurecido sus músculos, lo había nutrido de una gran fortaleza que ahora le demandaba todos sus esfuerzos para luchar contra esa pena que amenazaba con destruirlo. Era muy sensible y solía ser recatado, incluso tímido. Sabía leer y escribir y lo hacía habitualmente, por lo que tenía conocimientos y sabiduría, pero todo era inútil. Se sentía indefenso y vulnerable, desbordado por la muerte de su hijo, que sabía que jamás superaría y, ahora, la de su esposa. Dueño de unos profundos ojos grises y una bondad reconocida. Era un hombre solitario que disfrutaba observar por las tardes la caída del sol, detrás de los pinos, el coro melódico de los pájaros anidando en sus oídos, el olor a pasto recién cortado o la humedad de los leños en verano. Disfrutaba de la brisa contra su frente mientras imaginaba a su esposa recriminando a los niños alguna diablura; la veía con los ojos húmedos de emoción observándolos crecer, escena de hacía apenas un año. El mayor le decía algo a su hermano menor y este le respondía con la seriedad propia de un adulto. Ella estaba orgullosa de ver cuánto se querían y respetaban. Si uno se golpeaba, el primero en llegar a socorrerlo era el otro. Si alguno lloraba, el otro se acercaba para contenerlo. Lo mismo sucedía con las risas, si uno lo hacía, el otro lo acompañaba en su alegría. Ella era una mujer feliz y no lo disimulaba, al contrario, lo disfrutaba tanto como disfrutó de su primogénito. No era capaz de imaginar, en ese momento, el crecimiento de sus hijos sin la compañía de su madre, sin la felicidad con la que ella los abrigaba y a modo de consuelo, por un instante, quiso comprenderla, pensó en que ella ahora estaría con él, no importara dónde. Le ayudaba a superar el dolor el hecho de pensar que su esposa y su hijo mayor estarían juntos en alguna especie de paraíso.
Allí donde caía la sombra del ciprés le había pedido que la enterrara; una sombra longitudinal a la cabaña, fina, de una oscura forma alargada, solitaria. Ahora tenía una fría tristeza. Allí mismo se encontraba ahora, recordando a su compañera, su amiga, su amor: «Fueron tantos años, tantas vivencias, que contigo se ha muerto una parte de mí», confesó para sí mismo, cerrando los ojos y rezando una plegaria de amor.
Allí permaneció un tiempo no muy prolongado, pero el suficiente para comprender lo mucho que la había amado. Regresó a la cabaña con una sensación atormentadora de abandono. Al ingresar, observó que aún había bastante gente y, haciendo un gran esfuerzo para pasar desapercibido, se dirigió directamente a su habitación. Quería y necesitaba estar solo.
...
—La guerra de Ckeptan va a proclamar a Pedro I, rey común de los países balcánicos —aseguraba el más alto y elegante del grupo de cuatro hombres que adornaban con su presencia uno de los rincones de la humilde cabaña. Pariente lejano de Milosh, había llegado a caballo desde las afueras de Belgrado; el sombrero de fieltro de alas anchas y rectas que cubría su cabeza le imprimía un aire foráneo, oriundo de lejanas tierras.
—Es Karageorgevich y no de los Obrenovic que gracias a Alejandro II nos convirtieron en República —acompañó el primo de Sabac, que representaba allí a la familia de la difunta, con una sonrisa despectiva que lo descubría en la plenitud de su altanería.
Es posible que al examinar al hombre alto y elegante con una mirada entre inquisitiva y distraída, pecase de indiscreto, pues advirtió que el otro respondía directa y agresivamente a su mirada, con la intención evidente de llevar las cosas al extremo y obligarle a bajar la vista. Agregó:
—Le recuerdo, mi amigo, que hace treinta años que Serbia es independiente, hace veinticinco nos convertimos en reino y, a partir de allí, cuando se instaura la independencia definitiva, creo yo, no importa más si nuestros reyes son Obrenovich o Karageorgevich. Porque, en una república, el poder reside en el pueblo y no en quienes la gobiernan.
—Si fuera eso tan fácil como se dice, República… Hace solo veinte años que obtuvimos una constitución democrática y avanzada —interrumpió el primero.
—El hecho de convertimos en reino favoreció el rápido desarrollo de la ciudad y es, gracias a esto, la ciudad más importante comercialmente en el cruce de las vías de los Balcanes, por lo que ahora debemos consolidarnos como República y en lugar de preocuparnos por nosotros mismos, deberíamos ver más hacia el norte ¿no les parece? —interrumpió un tercer individuo que en la mano derecha empuñaba un bastón con contera de hierro que mantenía fijo en el suelo y en cuyo puño, teniendo él los pies cruzados, descansaba su cadera.
—Es Austria-Hungría —reaccionó el cuarto individuo que hasta ese instante no había intervenido—. El imperio es incapaz de sostener a los países eslavos —concluyó el señor Petrovich, gran amigo y vecino de la familia.
—Es cierto lo que usted dice y yo añadiría que Austria-Hungría siempre miró con demasiado cariño para este lado de Europa, nuestro territorio es la única vía de expansión con la que cuentan —intervino el hombre alto y elegante que luego hizo una pausa mientras acomodaba su sombrero—. Pensar que los sultanes otomanos llamaron a Serbia “las montañas arboladas”… Si las guerras continúan, poco quedará de esa exuberante naturaleza.
Petrovich negaba con un sutil movimiento de su cabeza y luego de tomar un trago de jerez añadió:
—Doce años atrás presencié las primeras sesiones cinematográficas que celebraron en Belgrado los hermanos Lumière y unos meses después asistí a un concierto de Johann Strauss III. Por varios años olvidé las guerras, las muertes, el horror. Sin embrago, hoy, estamos despidiendo al hijo de un amigo, de apenas catorce años, caído en el campo de batalla y a su esposa, que murió de tristeza… Mi propio hijo me pregunta cuándo voy a enseñarle a usar un arma. Tiene apenas diez años ¡y ya piensa en la guerra! No es justo para ninguno de nosotros seguir pasando por esto. Cuando el ferrocarril a Nis se inauguraba, mi hijo cumplía dos años, era inocente y puro. Hoy, no nos preocupa disfrutar de un buen día de pesca o la economía agraria en mi caso. Lo que nos aflige es lo que por cientos de años ha desvelado a nuestros ancestros, y que a nosotros nos sigue intranquilizando: la guerra —concluía el amigo de la familia, ante la mirada atónita de los presentes.
El silencio generalizado se podía cortar con el filo de un cuchillo hasta que el hombre elegante agregó:
—Las guerras, lamentablemente, crecen en este territorio como las verdes arboledas en primavera. Ha sido por siempre así y no hay nada que podamos hacer para impedirlo. Nuestro continente siempre nos ha mostrado su rostro amenazador y cargado de peligros.
Giró con la desilusión reflejada en sus ojos, acercó el vaso de jerez hasta su boca y fue entonces cuando descubrió a los niños que, sin entender demasiado, permanecían allí, reposando contra un viejo muro de madera húmeda, como adornos inútiles de lo que ahora parecía una fiesta, pero que en realidad era el velorio de su madre.
—Son los hijos de Milosh —dijo el señor Petrovich en tono bajo y respetuoso cuando se percató de la dirección de la mirada de aquel.
—Son muy pequeños —agregó el más elegante sin sacar su mirada de ellos.
—Ocho y seis años —comentó alguien al que nadie prestó atención.
—Son muy pequeños —reiteró con la voz entrecortada por la angustia.
...
El féretro permanecía abierto y se encontraba justo frente a él. Milosh recordaba los años dorados junto a aquella mujer llena de vida, fresca y alegre, en cuyo rostro ahora solo se podía leer la muerte en el color blanco de su piel, el frío y la rigidez de su cuerpo, en sus labios, inmóviles, apagados.
Estaban solos, la gente se había ido retirando —como es costumbre— de a pequeños grupos y en silencio. Los parientes regresaron a sus tierras con la sensación del deber cumplido, al igual que vecinos y amigos.
El menor de sus hijos se había quedado dormido y el mayor permanecía junto al cajón, cual soldado de guardia, rígido y expectante, como si estuviera esperando algo que íntimamente sabía, jamás ocurriría. Milosh lo observó un instante, tenía la certeza de que algo lo atormentaba ya que estaba allí, paralizado. La imagen lo conmovió aún más, regresó a su dormitorio y encontró la cama perfectamente tendida y, sobre la mesa de luz, una novela de Morgan Robertson sin terminar. Desamparado y vulnerable se acercó al cuerpo sin vida de su mujer y frunciendo el entrecejo dijo con esfuerzo, apoyando su mano sobre el hombro del pequeño:
—¿Pasa algo hijo?
—Quiero darle el beso de buenas noches a mi mamá —respondió el niño sin dejar de mirar el cadáver.
De la profunda inmensidad de su amor brotó en silencio una lágrima. Sintió el frío que se escurría atrevido por debajo de sus pies, la sangre irrigar todo su cuerpo despertando los sentidos. Tomó a su hijo por debajo de las axilas y lo levantó hasta tenerlo frente a su mentón. El niño se acomodó en el antebrazo del padre y sintió una especie de alivio, de seguridad. Dirigió su mirada hacia el rostro pálido y sin vida de su madre.
—Mírela muy bien, hijo mío, jamás olvide su rostro, porque en él, aunque sus ojos ya se hayan cerrado, vive todo el amor que ella sentía por nosotros…
—¿Cuándo va a despertar?
—Su madre no despertará, Dios la necesitaba en el cielo para acompañar a su hermano y por eso la vino a buscar, pero ella me dijo antes de irse que siempre va estar con usted —hizo una breve pausa mientras lo observaba con atención —. Allí, hijo mío —asentó su índice contra el pecho del pequeño—, allí es donde debe guardar el rostro de su madre y recordarla por siempre, porque si usted hace eso ella vivirá por siempre allí, en su corazón —le dijo con sentimiento y firmeza.
El chico volvió a mirar a su madre y afirmó:
—Lo haré.
El joven Esteban recordaría esa noche por el resto de su vida.
CAPÍTULO 2
La belicosa historia de la capital Serbia quedó plasmada en la fortaleza de Belgrado (en serbio Beograd, “la ciudad blanca”).
—Esteban le debe su nombre a grandes patriotas —señaló el señor Mulhovic.
Cuando Milosh hablaba de sus hijos se le nublaban los ojos de emoción. El hombre a su lado aún empuñaba el hacha y detuvo la ardua tarea para prestar atención a lo que su jefe le comentaba.
—Ya en 1169 Esteban Nemanjich venció a los bizantinos y cincuenta años después consiguió el título de Rey del mismo Papa y la autonomía eclesiástica para Serbia —comentó Milosh, que luego comenzó a armar un cigarrillo sin quitar los ojos del papel. Su compañero lo observaba cautivado por el relato. Le gustaba aprender escuchando las historias del señor Mulhovic.
—Claro que no fue el único Esteban. En el siglo XIV, Esteban Dushan conquistó Macedonia y Tesalia y pasaron muchos años hasta que en 1389 la invasión turca acabó con el imperio Serbio-Griego —agregó Milosh al terminar de armar el cigarrillo y encenderlo; disfrutaba de esa primera pitada.
—¿Y su hijo menor?
Milosh sonrió mientras despedía una bocanada de humo y respondió:
—En el año 1867, año en que nací, y tras la retirada de las últimas guarniciones otomanas, el príncipe Mihailo Obrenovic trasladó de nuevo la capital de Kragujevac a Belgrado. Simplemente por eso, y para honrar dicha acción, mi hijo menor se llama Mihailo.
Su compañero hizo una exclamación contenida y se mantuvo expectante. Sabía que no debía preguntar sobre el hijo fallecido, ya que era de público conocimiento que Milosh jamás hablaba de ello, como si hubiera enterrado con su mujer aquel momento de profunda tristeza. El filo del hacha se estrelló contra la dura corteza, despidiendo trozos de todos los tamaños y produciendo un ruido semejante al de un disparo.
—Ojala un día, amigo, los únicos estallidos que escuchemos sean los de un hacha contra la madera tenaz de un tilo y ya no debamos recurrir a nombres de los patriotas que nos dejaron las numerosas guerras para llamar a nuestros hijos. Ojala, amigo, mis hijos puedan darle a mis nietos nombres de poetas, pintores, escritores o cualquiera que se les ocurra, porque ya no habrá guerras que nutran de nombres heroicos los diccionarios a los que uno recurre cuando no sabe cuál darle a su hijo…
El otro se aferró a su herramienta y concluyó mientras golpeaba con fuerza la madera:
—Yo no sé mucho de historia, pero si de algo estoy seguro, es que aquí jamás se terminarán las guerras…
Caía la tarde con la agonía del canto de los pájaros y el sonido de los golpes contra la madera que se escuchaban desde las calles antiguas e inclinadas, en el centro de la ciudad, mucho más abajo con sus castillos de piedra reflejados en el agua y frutales ocupando los umbrales.
...
A partir de la muerte de su madre, Esteban y Mihailo se unieron y apoyaron mucho más de lo que ya lo hacían. A pesar de su corta edad, aprendieron de sacrificios y de responsabilidades. Concurrían diariamente a la escuela con llamativa prolijidad y disciplina, su presencia era cauta, disimulando la tristeza con el silencio de sus rostros.
Esteban tenía nueve años y era un niño muy callado y medido. Tras la muerte de su madre había nacido en él una responsabilidad maternal con respecto a lo que significaba el cuidado de la casa y sobre todo de su hermano menor.
Siguiendo el consejo de su padre, dedicaba parte del tiempo a la lectura y estaba impresionado con aquella novela que su madre había dejado sin terminar. Se trataba de un libro publicado en 1891, del escritor norteamericano Morgan Robertson, que se titulaba Futility. Trataba de un trasatlántico británico de nombre Titán, del que todos decían que era indestructible; sin embargo, en su primer viaje choca contra un iceberg y se hunde. Al carecer de botes salvavidas suficientes, gran parte de la tripulación y del pasaje muere congelada en las frías aguas del Atlántico Norte, en un hecho trágico que sacudió el mes de abril.
Milosh se dedicaba a cortar los pinos del bosque y almacenar los troncos en el viejo galpón de un amigo al que le abonaba una renta, para luego venderlos al primer cliente que le pagara los dinares que necesitaba para vivir.
Debido al excelente precio que le ponía a sus troncos, no pasó mucho tiempo hasta que aparecieron las grandes empresas que provocaron una mayor demanda, por lo que su negocio creció tres veces más en empleados, infraestruc-tura e ingresos. Siguieron meses de crudo frío en ese invierno de 1904. Milosh vendió más troncos de los que había vendido en su vida, y en solo un par de meses levantó su propio aserradero.
Cuando el padre se iba a trabajar por la mañana, los pequeños Esteban y Mihailo se dirigían al colegio, donde permanecían hasta después del mediodía. Al salir el mayor dejaba al menor a cargo de la familia Petrovich, muy amigos de su padre, y luego corría con una desenfrenada emoción hacia el aserradero, donde ayudaba a Milosh hasta el atardecer, hora en que emprendían el regreso. Allí buscaban al más pequeño de la familia, para llegar de noche a la cabaña; entonces, mientras esperaba la cena, leía con entusiasmo aquella novela. Le costaba imaginar un barco de semejante tamaño ya que los que veía en el puerto le parecían gigantescos y simplemente imaginó al del libro, como al más grande que recordaba haber visto. La historia lo había atrapado de tal manera que le resultaba imposible reemplazar la lectura, por cualquier otro programa. A pesar de saber que se trataba de ficción y estar convencido de que aquella historia jamás podría hacerse realidad, leyó apasionado hasta el final el que se convirtió en su primer libro y, a partir de ahí, se despertó en él una inquieta necesidad de lectura, por lo que sus noches siempre estaban acompañadas de un libro.
En más de una oportunidad Esteban llegaba sucio y golpeado. Mihailo peleaba mucho en el colegio y siempre buscaba niños mayores que él, ya que los de su edad eran demasiado pequeños. En ocasiones, los hermanitos Mulhovic peleaban contra rivales que los duplicaban en número y tamaño. Si algo se comentaba en la escuela era que ellos jamás habían perdido una pelea y no era aconsejable provocarlos porque hacerlo con uno significaba incitar a los dos. Los otros niños del establecimiento los respetaban y las niñas los admiraban.
Por esos días se comentaba que una de ellas era la novia de Mihailo, quien se ruborizaba y acto seguido respondía, con un golpe de puño, a todo aquel que le preguntara si era esto cierto. El día en que lo hizo Esteban no fue la excepción, y aquella fue la primera y única vez que los hermanos se pelearon. Parecían perros rabiosos, no obstante no llegaron a lastimarse. Solo estuvieron un par de horas sin dirigirse la palabra.
—No me dolieron tus golpes —dijo Mihailo.
Esteban, lo observó contrariado y con arrepentimiento respondió:
—No quise golpearte.
—Pero lo hiciste.
—Tú me obligaste.
Cruzaron miradas reconciliadoras y se estrecharon en un abrazo afectuoso.
—Jamás te volveré a pegar, lo prometo. Afirmó Esteban, con seguridad.
—Más te vale —concluyó Mihailo con una sonrisa.
...
Los domingos eran días de pesca. Milosh llevaba a sus hijos a uno de los brazos que se desprenden del río Morava y fue allí en una de esas mañanas dominicales cuando Esteban conoció a Josip.
La tanza tenía un movimiento casi imperceptible, el corcho saltaba delicado, de pronto se quedaba inmóvil y enseguida volvía a la rutina; al principio lentamente y luego hasta con desesperación, como queriendo escapar al acoso continuo de los peces. El niño esperaba su momento, ese en que demostraría toda su destreza… Cuando el corcho se hundió, tiró con toda su fuerza; su cuerpo se inclinó hacia atrás y a pocos metros de él, sobre la superficie del agua, saltó en una loca y desenfrenada carrera un pez de furia plateada.
Se enroscaba en la tanza, redoblado de un molesto dolor, cada vez que salía del agua y volvía a sumergirse para volver a saltar fuera buscando despojarse de esa incómoda angustia, pero a medida que pasaba el tiempo sus fuerzas disminuían, sus saltos ya no eran tan agresivos y más espaciados. Permanecía más tiempo en el agua y las vueltas que daba la tanza eran menos violentas. El niño también estaba cansado, sus mejillas coloradas por la temperatura, sus axilas mojadas por la transpiración y sus pequeños brazos temblorosos y dubitativos.
Finalmente logró sacar del agua al pez, lo estudió por unos segundos, en una perfecta comunión de admiración y respeto, y le retiró con suavidad el anzuelo (siempre tomándolo por la cabeza); sus dedos como tenazas lo sostenían con firmeza, mientras deslizaba por su boca un pedazo de rama de sauce, pelada a propósito para la ocasión y terminaba unido al resto de los peces en una agonía mortal.
Esteban tomó asiento al lado del niño sin esperar invitación alguna y comentó:
—Ese es un lindo pez… Y te ha peleado como un verdadero guerrero…
—Ya lo creo, me ha hecho transpirar como ninguno —Respondió desinteresado sin mirar al que se había sentado a su lado, mientras se ocupaba de encarnar.
—¿Siempre vienes a la “Piedra Negra”? —insistió Esteban.
El chico negó con la cabeza y arrojó la tanza nuevamente al río.
—Es la segunda vez que vengo aquí —entonces miró a Esteban y prosiguió—. Mi casa está bastante lejos, siempre me quedo más abajo.
Por un instante se estudiaron en silencio, luego sus miradas volvieron hacia el río, al corcho y sus extraños movimientos.
—Yo vengo todos los domingos, también vivo lejos…
Pasaron largos minutos en silencio hasta que Esteban se puso de pie; su padre y su hermano se dirigían a la carreta para emprender el regreso.
—Me llamo Esteban Mulhovic, si quieres podemos llevarte hasta tu casa.
Fue la segunda vez que el niño dejó de mirar el agua para responder:
—Voy a quedarme un rato más, gracias —y volvió la vista al río.
No lo había visto de pie pero su apariencia era la de un niño mayor que él. No sabía por qué había disfrutado del momento que pasó junto a ese desconocido. Giró sobre sus tobillos y cuando se disponía a partir lo escuchó decir:
—Me llamo Josip, Josip Cuvich.
Entonces corrió hacia la carreta con una placentera sonrisa dibujada en sus labios.
...
En una fría tarde otoñal Esteban y Josip volvieron a encontrarse. La sierra quemaba la madera en un quejoso silbido agudo; la vista firme en el surco marrón, debía hacer uso de toda la fuerza con que contaba para que la madera no girara, hasta que esta se desplomaba al piso cortada en dos partes iguales.
Esteban dejó caer los brazos agotados y justo antes de seguir con la ardua rutina, observó cómo dos niños corrían desesperados hacia las afueras del pueblo. Detrás y no muy lejos, otro muy molesto estaba próximo a darles alcance: era físicamente más grande que los primeros, pero no por eso más lento. Parecía ser Josip.
A treinta metros de Esteban los alcanzó. Rodó por el piso con uno de ellos, el restante le arrojaba algo —no se alcanzaba a ver con exactitud qué era— entonces dejaba al del piso y se dirigía al que le tiraba cosas, y cuando lo atrapaba la rutina se repetía y era interminable.
El muchachito dejó el monótono ruido de la sierra para aproximarse con apuro al grupo de niños eufóricos y a punto de pelear.
—¡Josip! —gritó cuando estuvo a un par de metros.
Aprovechando la distracción y viendo que ahora eran dos contra dos, los niños se alejaron corriendo entre risas burlonas. Cuando Josip terminó de incorporarse, Esteban comprobó que su amigo era casi tan grande como un adulto. Su cara de niño delataba una edad no mayor que la de él, pero su tamaño lo confundía.
—¿Esteban? —preguntó agitado mientras se sacudía tierra y algo más.
Allí comprobó que lo que aquellos niños habían hecho era llenarlo de estiércol; debió taparse la nariz con sus dedos por el olor nauseabundo.
—Sí… ¡Ahora entiendo por qué los corrías tan enojado!
—Siempre me molestan, un día los voy a agarrar y les voy a hacer tragar el doble de estiércol que me han tirado… —acompañó sus palabras con una mueca de odio, extendiendo sus brazos y abriendo sus manos como si estuviera ejecutando lo que decía.
Esteban soltó una carcajada inocente y arremetió:
—Creo que se lo tendrían bien merecido.
Una sonrisa maliciosa se dibujó en el rostro de Josip por tan solo imaginar el momento:
—¡No tengo más hambre! ¡No quiero más! ¡Gracias pero por favor no nos des más!… Solo imagínate…
Entre carcajadas fueron hacia el aserradero, donde Josip terminó de asearse y luego comieron pan con queso.
...
En “la piedra negra” (llamada así por su oscura tonalidad) se reunían todos los domingos. Permanecían sentados durante largas horas, sumergidos en un mundo de fantasía donde cada uno imaginaba su propio paraíso. Sostenían —eventualmente— largos diálogos en los que por unos instantes se sentían adultos, ya que copiaban sus actitudes y hasta las terminologías empleadas por aquellos.
—¿Cómo es que esos hermanos pudieron volar?
—No lo sé Josip, dicen que volaron como a tres metros de altura por más de doscientos metros, usando un motor a explosión sobre una nave con alas como las de un pájaro.
—¡Wow! —exclamó Josip, asombrado.
—¿Puedes imaginarlo? Volar… —concluyó Esteban.
Permanecieron unos minutos en silencio, imaginando la odisea.
—¿Motor a explosión?
Esteban se tomó unos segundos antes de responder:
—Como los que usan las sierras del aserradero me imagino. Y ambos se quedaron mirando el horizonte, como si estuvieran mirando la nada.
—¿Sería el mismo motor que usó esa mujer para hacer girar un tambor con agua y jabones?
—Seguramente, amigo… Ella dice que se trata de una lavadora eléctrica.
Josip, soltó una carcajada y Esteban lo acompañó con una sonrisa.
—¿Te imaginas? ¡¿Una lavadora eléctrica?!
—No amigo, seguro se trata de una impostora.
Esteban negó con la cabeza y aún sonriendo refutó:
—No lo creo, imagínate que si se puede transmitir un mensaje por el espacio sin usar cables conductores, entre Inglaterra y Terranova, atravesando el Atlántico, perfectamente se puede lavar ropa en un tambor con motor…
Josip abrió sus ojos sorprendido:
—¿Cómo fue eso? ¿de dónde lo sacaste?
—Mi padre nos lo comentó anoche en la cena, un físico italiano lo hizo por segunda vez. Se trata de un aparato que recoge las ondas eléctricas transmitidas por el espacio… ¡Sin hilos conductores! ¿Puedes creerlo?
Josip no contestó, se quedó observando, tratando de imaginar, pero le resultaba imposible.
En el horizonte, un muro azulado de nubes se elevaba amenazante cuando rugió el primer trueno lejano.
—Creo que es hora de irnos, el río puede crecer… —dijo Esteban.
—Pero, no está lloviendo… ¿cómo va a crecer el río?
—Mi padre siempre me dice que no es necesario que llueva para que el río crezca —se puso de pie y dirigió su mirada hacia las oscuras nubes—. Si la tormenta proviene del norte, es probable que donde el río nace ya esté lloviendo y no necesariamente tiene que llover aquí para que el río crezca.
—Entonces, la creciente viene en camino —Josip también se puso de pie— y nos agarraría desprevenidos —concluyó preocupado.
—Así es.
—En marcha. ¿Qué vamos a esperar? ¿A que llueva?
Con rapidez pero sin desesperación iniciaron el retorno. Hacía dos horas que se habían alejado de “la piedra negra” cuando un estruendo semejante al de una avalancha se escuchó a lo lejos. Se desplazaban por un sendero de montaña, paralelo al río.
—Acaba de llegar la creciente —dijo sonriente Esteban—. Y todavía ni siquiera ha llovido.
Josip lo observó asombrado, sin detenerse.
CAPÍTULO 3
Sentados en una plaza, Esteban y Josip, dialogaban como aquellas tardes en “la piedra negra”, cuando eran niños; ahora, unos años después, lo hacían en la ciudad mientras sonreían, observando con cautela como el tiempo transcurría frente a sus ojos.
—¿Qué es ese nuevo ritmo Esteban? ¿Has visto cómo lo bailan?
—La viuda alegre de Franz Lehar —respondió seguro.
—No amigo, esa es la opereta, yo te digo ese ritmo tan extraño, que se baila demasiado cerca de la mujer —se puso de pie para explicar con mímica ante la atenta mirada de Esteban que no podía disimular una sonrisa.
—Ahora sí, ya sé, creo que lo llaman tango y proviene de Argentina.
—¿Y dónde se encuentra ese lugar?
Esteban lo observó indiferente y respondió:
—Es un país de Sudamérica, aunque no estoy muy seguro de ello.
—Dicen que en Milán fue muy aplaudido.
—En Italia adoran los bailes sensuales —dijo Esteban repitiendo lo que había escuchado por ahí.
Josip abrió sus ojos sorprendido y preguntó ansioso:
—¿Tú piensas que llegaremos a tener la oportunidad de bailar ese ritmo alguna vez?
Esteban sonrió, disfrutaba mucho cuando su amigo le hacía preguntas y él le respondía como si fuera su padre.
—Seguro ¿qué podría impedirlo?
—Es un baile prohibido.
Antes de responder lo observó por un instante y con una sonrisa concluyó:
—No siempre estará prohibido, mi amigo, no siempre.
Entonces Josip se acercó hasta Esteban y en un tono muy bajo, para no ser escuchado por el resto, dijo con picardía:
