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Desde hace generaciones, una familia ha custodiado el brazalete creado por el dios Zamná para retener el caos. Esto cambia cuando le llega el turno a Itzayana, una adolescente que se niega rotundamente a seguir la tradición familiar. Debido a eso, el caos escapa y pone en riesgo al mundo. Del brazalete también surge Yosha Nime, un ser de otro mundo cuya existencia se liga a Itzayana de tal manera que la vida de cada uno depende de la del otro. La destrucción inminente solo podrá evitarse si el caos es encerrado nuevamente. Para lograrlo, Itzayana y Yosha Nime deben enfrentarse a sus peores debilidades. En el camino, han de conocer las partes más oscuras de sí mismos y de los demás… y conocerán el amor, la amistad y la luz.
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Seitenzahl: 456
Veröffentlichungsjahr: 2022
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La guardiana del caos
Aimé Canna
© Aimé Canna
© La guardiana del caos
Abril de 2022
ISBN papel: 978-84-685-6632-0
ISBN ePub: 978-84-685-6631-3
Editado por Bubok Publishing S.L.
Tel: 912904490
C/Vizcaya, 6
28045 Madrid
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Dedicado al caos culpable de que yo logre terminar algo: la terquedad de Fernando.
Índice
El precio de ser libre
El reencuentro
La suplantación
La intercambista
Los suestes
La cláusula de liberación
El arte de ir ligero
La cabeza del jaguar
Expiación o perdón
La decisión
El restablecimiento
La separación
El precio de ser libre
Siempre me gustaron los ojos color miel. Debe ser por eso que, de las innumerables personas, fantasmas, dioses, ángeles, demonios, criaturas y demás que pasaron por mi vida, elijo contar la historia de una mujer de ojos miel. Aunque no vuelva a mirarlos jamás nunca.
Ese era justo el significado de su nombre, «mujer de ojos claros». Sin embargo, cuando esto comenzó, no era una mujer, sino una niña de algunos 14 o 15 años. Si pudiera definirla en una frase, diría que se trataba de alguien con ojos claros y mirada oscura. Reservada, impredecible… sí, en resumen, oscura. Aunque con el tiempo y sin darme cuenta de cómo, comenzó a volverse más transparente para mí.
De su padre no sé mucho, solo que fue un buen hombre que terminó arruinado por culpa de su bondad, y eso es algo que Itzayana nunca quiso olvidar. De su madre no sabría nada si no la hubiera conocido. Vivían en el segundo departamento del segundo piso del segundo edificio de la Segunda Manzana más conflictiva de la ciudad. El primer lugar se encargaba de volverla un infierno.
Los de la Primera Manzana llevaban años en lucha para sacar al ejército de su territorio, pero cada vez necesitaban más gente, y buscando nuevos reclutas habían empezado a sembrar el terror en la Segunda. Todo aquel que se negaba a unírseles era perseguido y llevado a la fuerza, o asesinado si se resistía demasiado.
Si ese era el entorno en el que vivía Itzayana, quién podría culparla entonces por ser una persona apagada. Lo brillante resalta más a los ojos de los depredadores. Por eso aprendió a caminar rápido; a llevar siempre entre los nudillos una manopla con puntas metálicas; a ver a los ojos a cada persona con la que se topaba en la calle; y, sobre todo, a no despedirse de su mamá cada mañana como si fuera la última vez.
Cada vez que Itzayana regresaba a casa, Francis, que era el nombre de su madre, se olvidaba del guiso que tenía en la estufa y le dirigía una mirada escrutadora para descubrirle casi siempre un nuevo moretón o herida. Y se indignaba por ello sin saber que esas marcas eran un homenaje a todos aquellos que no volvían.
Perdón si los aburrí con toda esta explicación, pero debían conocer el hecho de que pese a todos los acontecimientos fantásticos en los que se vio envuelta, al principio Itzayana era una persona normal con problemas, tristezas y miedos ordinarios, como los tuyos. Así que advierto desde este comienzo que no es y nunca pretendió ser un modelo a seguir para nadie, por lo que no omitiré defecto alguno de su personalidad.
***
La mañana en que todo empezó despertó bañada en sudor. Por unos momentos continuó en su memoria el rostro de esa persona a la que acababa de ver en sueños, pero a los pocos segundos la imagen se esfumó. No sabía quién era, pero se sentía triste de haberlo olvidado. Sus palabras, en cambio, permanecieron todo el día en su mente: «No lo rechaces. Pase lo que pase, di que sí. Yo estaré bien. Siempre hallaré otra forma de encontrarte».
Esa noche regresó a casa más temprano de lo normal porque estaba ansiosa, sin saber por qué. Francis la vio entrar, clavando los ojos en el mechón plateado que desde días atrás lucía en el cabello de su hija. Exactamente en el lado izquierdo, como todas las mujeres maldecidas de su familia. «Pasará pronto», se decía con preocupación.
—Recuerda —le repitió a Itzayana por décima vez en el día— que en cualquier momento te darán una orden y que pase lo que pase debes decir que no.
Itzayana recordó la voz añorante de su sueño: «Pase lo que pase, di que sí».
—¿Otra vez con eso? —replicó la hija—. Dime de qué se trata de una vez o creeré que tienes demencia senil prematura.
—¡Pase lo que pase, di que no! —repitió Francis, enérgica.
—Sí, sí —respondió con fastidio y se retiró a su cuarto.
Tumbada en la cama y sin más que hacer que mirar las manchas del techo, aquellas palabras volvieron a su mente. Se reproducían sin voz ni género, como pronunciadas solo por sus pensamientos. Pero por qué le causaban entonces tanta tristeza. «Yo estaré bien. Siempre hallaré la forma de encontrarte».
De pronto, la visión de una extraña puerta junto a la ventana la sacó de su letargo. Era de una madera muy oscura y fina que no iba con la desgastada pared; tenía un enorme cerrojo de oro y figuras talladas de animales desconocidos. Esa puerta nunca antes vista estaba sobre la pared que daba a la calle, pero recordemos que Itzayana vivía en un segundo piso, por lo que, poniéndose en pie de un salto, sacó la cabeza por la ventana para comprobar que definitivamente esa puerta daba al vacío. El cerrojo se movió y la madera fue cediendo, dejando escapar una luz que la deslumbró por algunos segundos. Cuando recobró la visión descubrió que la puerta conducía al interior de un recinto refulgente de blancura, y vio que en el centro del brillante piso estaba un círculo de fuego azul. Casi maquinalmente repitió la maniobra de sacar la cabeza por la ventana de su recámara y confirmó una vez más que tras esa puerta no había construcción alguna. Cuando volvió a fijarse en el interior de aquella insólita habitación se encontró con una sorpresa mayor: una delgada mujer de transparentes vestimentas color esmeralda estaba sentada en posición de loto tras el círculo de fuego azul. Las llamas resplandecían en sus ojos negros y en su cabello que ondeaba con un viento que solo parecía darle a ella.
Lo primero que pensó es que se había quedado dormida sin darse cuenta, pero el ser luminoso clavó sus ojos en ella y le dijo:
—No estás soñando.
—Es lo que un sueño diría —respondió Itzayana, incrédula.
—Entra al círculo de fuego y lo comprobarás —indicó la extraña mujer.
—¿Qué va a pasar si entro?
—Tendrás conocimiento de la verdad.
—¿Qué verdad?
—Si te la dijera ahora, no me creerías. Por eso es que debes entrar.
Dicho esto se llevó la palma de la mano frente al pecho, y al apretar el puño, un furioso viento fue empujando a Itzayana hasta el interior del círculo de fuego. En ese momento las llamas se elevaron cubriéndola y al instante la habitación quedó envuelta en completa oscuridad y un abrumador silencio.
Poco a poco empezó a detectar que estaba rodeada por sombras, y cuando sus ojos terminaron de acostumbrarse pudo distinguir sus rostros, aunque sin reconocerlos. Eran en su mayoría mujeres de distintas edades y nacionalidades, unos con vestimentas extraordinariamente antiguas y otros con ropas más modernas. Conforme cruzaba miradas con cada uno, miles de imágenes y voces pasaban por su cabeza en un segundo. Una tenía la piel bronceada, llevaba plumas blancas adornando las trenzas castañas que caían sobre cada hombro, traía un vestido que terminaba en tiras y había sido una extraordinaria arquera. Otro llevaba un manto blanco con una cruz roja encima de la armadura, dejando al descubierto solo su rostro de veinteañero, y según pudo ver, había sido un experto con la espada. Luego seguía una de piel pálida y ojos ligeramente rasgados vestida al estilo de la antigua nobleza oriental; además de ser una ágil peleadora, ella concentraba su poder en un rosario de cuentas. Uno más, llevaba diadema de metal en la frente, con el negro y lacio cabello detrás y ropas de oro y seda ajustadas con un cinturón también de metales preciosos; él había sido una especie de sacerdote que concentraba su poder en un cetro. Había otra de piel marrón que tenía un enorme lunar rojo entre los ojos; llevaba la cabeza cubierta por un manto, y una preciosa cadena que colgaba de su oreja izquierda a la nariz; las manos y brazos estaban cubiertos de tatuajes, anillos y joyas. A ella la vio en posición de meditación y supo que esa mujer tenía grandes poderes mentales. Y detrás estaba otra con vestido de doncella, y luego otro con jeans, y fue viéndolos uno a uno hasta que su árbol genealógico llegó a la que tanto parecido tenía con su madre. La mujer se le acercó mirándola cándidamente, y esbozando una sonrisa la abrazó.
—En el inicio de la historia —le dijo esta última, mirándola fijamente— la deidad Zamná creó el caos con el fin de mantener el equilibrio en el Universo, que debe destruirse y rehacerse constantemente para mejorar. El caos está conformado por la esencia de cada mal que ha azotado a la humanidad a lo largo de su historia. Por eso, al ver el mucho sufrimiento de la creación, el Cielo sintió compasión y le ordenó a Zamná encerrar cada una de las esencias del caos en poderosos cristales, que unieron en un brazalete de cuentas tan pequeño y simple que nadie sospecharía de su poder. Sin embargo, pronto se supo la verdad, y muchos seres ambiciosos intentaron apoderarse de la alhaja; así que finalmente fue entregado a nuestros antepasados para su resguardo. Desde entonces lo hemos protegido para que nada ni nadie vuelva a liberar aquellas esencias nuevamente. Somos los guardianes del legendario brazalete de Zamná.
—¿Qué es todo lo que acabo de ver? —preguntó pasmada.
—Una minúscula parte de la vida de tus antecesores —respondió su joven abuela— y cómo protegieron el brazalete valerosamente.
—Pero mamá no estaba ahí.
—La sangre de nuestra familia resguarda el brazalete, pero solo puede ser portado cada dos generaciones. La última en tenerla fui yo, tu abuela, y ahora te lo transmito a ti: a partir de este momento eres la guardiana del caos.
—No entiendo —respondió Itzayana sin saber bien lo que decía, pues estaba anonadada—, moriste hace mucho tiempo, ¿quién ha protegido el brazalete desde entonces?
—Cuando una guardiana muere cumpliendo su deber, el brazalete queda resguardado en esta habitación fuera del espacio y del tiempo, esperando el momento en que la próxima guardiana pueda tomar posesión. Así que si este lugar apareció de nuevo significa que estás lista.
En un parpadeo Itzayana estaba de vuelta en la habitación blanca con la mujer luminosa, pero el círculo de fuego ahora resplandecía alrededor de su muñeca hasta que poco a poco se fue apagando y tomó forma de un brazalete de cristales multicolor.
—Soy Zoheyd —le dijo la desconocida de ropas esmeralda—, custodia de los guardianes del Zamná. Ahora que viste la vida de tus antecesores ya debes saber toda la verdad.
Con aquel fatal presentimiento que le llegó de golpe, Francis dejó caer la jarra de agua que sostenía. En esos momentos Itzayana ya debía estar frente a esa custodia recibiendo su condena de muerte.
De niña, cuando vio a Zohey por primera vez, había creído que se trataba de un ángel, pero a excepción de sus alas, no se parecía mucho a la definición popular: su rostro era afilado, como cuervo, y sus ojos parecían siniestros hoyos negros; pero en lo que más distaba de la definición de ángel de la guarda, es en que se veía incapaz de cuidar a alguien. De hecho, como su madre le contó después, los custodios celestes fueron creados sin bondad ni maldad porque para obedecer ciegamente los mandatos del cielo se necesitaba carecer de voluntad. De niña no lo entendió, pero ahora estaba claro para Francis que Zoheyd era víctima de la forma más triste de esclavitud: una en la que ni siquiera te enteras de que no eres libre. Por eso a partir de ese momento sustituyó el odio que sentía hacia ella por lástima.
—En realidad —respondió Itzayana— tengo más dudas que respuestas.
—Es normal. Conforme protejas al brazalete te irás empapando de su conocimiento y poder.
—No me refería a eso. Lo que me da más curiosidad es por qué tengo que protegerlo. Es decir, no entiendo por qué esos seres que andan tras el brazalete querrían liberar las esencias en primer lugar.
—¿Qué dices? —preguntó Zoheyd, sorprendida, pues era la primera vez que alguien cuestionaba en lugar de acatar de inmediato—. Solo son seres malvados, por qué les importaría.
—Exacto, por qué les importaría arriesgar su vida para empeorar este de por sí infernal universo que ellos también habitan. ¿Qué interés tienen?
—Si sientes tanta curiosidad, solo te diré que entre más miserables y asustados estén los habitantes de un mundo, más vulnerables serán a dejarse dominar por cualquiera. Incluso voluntariamente. Todas las razas que he conocido esperan a alguien más grande, más sabio, más fuerte, que les ahorre tener que salvarse por sí mismos. Con tan débil naturaleza, la forma más sencilla de dominarlos es infundiendo primero el terror.
—Entonces, ¿por eso el cielo permitió que se creara el caos? Quiere ser siempre ese proveedor único de héroes al que las razas acudan voluntariamente para pedirle protección. Pero solo ellos deben tener control sobre los males, por eso dieron la orden terminante de que la guardiana del brazalete debe protegerlo de todo y de todos. Ni siquiera quisieron lidiar con la molestia de custodiarlo ellos mismos, así como nunca hacen algo directamente.
—¿A dónde quieres llegar con todo esto, Itzayana? —preguntó Zoheyd con tono impaciente.
—Solo estaba pensando, ¿y si liberara las esencias ahora mismo? Entonces podría instaurar un nuevo orden donde yo mande; después de todo, soy la única con el poder de encerrarlas de nuevo. Entonces me convertiría en el nuevo Edén.
—Cómo te atreves siquiera a decir algo así…
Itzayana sonrió desafiantemente y agregó:
—Pero no te preocupes, no lo haré. Simplemente me rehúso a ser su marioneta —y arrojando el brazalete al suelo, concluyó—: No seré la guardiana del caos.
En ese instante la habitación se tornó oscura, y el brazalete, que en otrora formara un círculo de fuego azul, se transformó en un violento torbellino de llamaradas rojas que casi las arrastró hacia adentro. Poco a poco las llamas fueron bajando de intensidad hasta que al fin volvió a ser un círculo rojo en el suelo.
Conforme el humo se fue dispersando, distinguieron dentro del círculo primero unas viejas botas cafés, luego un desgastado pantalón y camisola, y finalmente el rostro de un muchacho.
Se miró las manos y crispó los puños, incrédulo de sentir su propio cuerpo. Luego se tocó la cara, la plateada cabeza y estiró el cuello de un lado a otro; todo parecía estar en su sitio. Apretó los ojos y los abrió repetidas veces para acostumbrar la vista, y cuando al fin logró enfocar, clavó su iracunda mirada en Itzayana como si no hubiera nada más.
—¡Traidora! —gritó, dando un salto de tigre hacia ella y la levantó del cuello en una mano.
Itzayana, que nunca había tenido miedo a sobrevivir, le enterró la manopla en el cuello, pero el extraño ni siquiera pareció inmutarse. Estaba a punto de desmayarse por la falta de oxígeno cuando una explosión tras ellos hizo que el lugar temblara y que el individuo perdiera el equilibrio, dejándola caer.
—¡Itzayana, ponte el brazalete! —suplicó Zoheyd—. Las esencias ya empezaron a escapar porque el brazalete no tiene protección. —Todavía estaba hablando cuando una especie de estrella fugaz con cola roja salió de otro de los cristales, atravesando el oscuro techo del recinto que ya empezaba a fragmentarse como un espejo, mientras cada cual luchaba por no caer—. Escúchame —prosiguió la custodia—, las esencias son el núcleo de cada mal, su parte más poderosa, ¡ningún mundo está diseñado para soportarlas todas a la vez! Si dejas que escapen, este mundo y todo lo que habita en él será destruido.
La explosión de un relámpago ahora violeta los hizo caer de nuevo al suelo.
Itzayana estaba consternada. Seguramente aquel no era un mundo digno de salvar por sí mismo, pero era donde vivía su madre, así que saltando como pudo entre el suelo que se resquebrajaba a su paso llegó donde el brazalete. Apenas se lo colocó le dio una descarga eléctrica tan fuerte que se lo tuvo que arrancar nuevamente de la muñeca, y en ese instante una ráfaga azul salió de otro de los cristales.
—El brazalete ya no te reconoce como su dueña —gritó Zoheyd—; debes resistir y probarle que eres la guardiana.
La chica pasó saliva en un gesto de fortaleza y se lo volvió a poner, pero la descarga fue tan lesiva que no soportó más de dos segundos con él. Esta vez una luz verde y una amarilla escaparon de sus cristales simultáneamente.
—¡No sobreviví a ese infierno para morir aquí! —exclamó el extraño que había surgido del círculo de fuego, y colocándose atrás de Itzayana, la inmovilizó del tronco y le ordenó ponerse el brazalete.
—¡¿Qué demonios crees que haces?! —reclamó la joven.
—Esa mujer dijo que debes resistir hasta que el brazalete te reconozca: ayudaré a evitar que te lo quites.
—También te verás afectado.
—¡Solo póntelo! —gritó exasperado.
Itzayana no estaba muy contenta con el método, pero quedaban pocas luces dentro de los cristales y no tenía opción. Entonces se armó de valor, y apenas se puso el brazalete, el desconocido le aprisionó los brazos para que no pudiera quitárselo. La descarga eléctrica era más violenta que nunca, como si la batalla de las esencias luchando por salir se librara dentro de ella.
Pese a que aquel muchacho se veía tan fuerte, pronto también él empezó a verse afectado por el terrible ataque, y estaba casi a punto de soltarla cuando al fin cesó.
Itzayana cayó al suelo sintiendo el cuerpo destrozado, pero en cuestión de segundos fue aminorando su dolor.
—¿Estás bien, Xaman? —le preguntó, intentando tomarla del brazo, pero Itzayana rechazó el gesto y se incorporó por ella misma, dejando una rodilla apoyada en el suelo, pues no le quedaba energía para ponerse en pie.
—Yo no... me llamo así —respondió, casi sin aire.
—Tú debes ser —intervino Zoheyd, alarmada— Yosha Nime. ¡El mercenario que traicionó a Xaman!
—¿Cómo te atreves a llamarme traidor? La maldita de Xaman fue quien me hizo confiar en ella para después encerrarme en ese abismo. Y ahora al fin puedo vengarme —dijo, mirando amenazantemente a Itzayana—. Pasé cada instante en ese infierno imaginando, fantaseando con el momento en el que te tuviera enfrente para hacerte pedazos con mis manos.
—Pero esta jovencita no es Xaman —respondió la custodia—. La mujer que buscas murió justo después de encerrarte en aquel abismo, a causa de las heridas que le ocasionaste.
—¿Dices… que yo la asesiné? —preguntó perplejo.
—Aunque hubiera sobrevivido aquel día, de eso ya han pasado varios siglos.
—¿Cómo es posible? —preguntó, mirando a Itzayana con incredulidad.
—Esta niña que tienes enfrente —explicó Zoheyd— es de su linaje, por eso la encuentras tan parecida.
Yosha Nime estaba perturbado. Lo único que lo motivó a seguir con vida mientras estuvo encerrado fue planear su venganza contra una mujer que ya estaba muerta. Había pasado, ahora lo sabía, siglos y siglos alimentando un rencor que no podría desahogar jamás.
—Wow, mírate —intervino Itzayana, dirigiéndose al bandido—. ¿En serio estás así de triste porque no podrás matar a alguien? Parece que en cualquier momento te soltarás a llorar.
—Tienes razón —le respondió—. Mi situación es bastante lamentable: tanto odio y solo te tengo a ti para desquitarme. No será suficiente, pero ya que eres el único eslabón que conecta con ella, tendré que conformarme con matarte.
—¡Ustedes dos! —gritó Zoheyd exacerbada—, ¡no es momento para jugar! Tú —dijo, mirando furiosamente a Itzayana— acabas de cometer un pecado terrible, y si no atrapas cuanto antes a las esencias que escaparon, pronto verás el final de tu mundo. Y tú —pronunció, refiriéndose a Yosha Nime con no menos enfado— ¿no sabes que desde el momento en que Itzayana te liberó, tu existencia depende de la de ella? Tu vida terminará en el instante en que esta niña muera.
—¿¡Qué!? —exclamaron al unísono.
—De ahora en adelante sus vidas están ligadas.
Como era de esperarse, Francis tomó muy mal la noticia. Cuando le pidió a Itzayana que se negara a «aquello que iban a pedirle», nunca imaginó que las cosas resultarían de esa forma. Pensaba que el cielo tenía suficientes recursos como para nombrar una guardiana sustituta en caso de dimisión. Pero aquello, aquello era un desastre. Su hija estaba ahora en un peligro considerablemente mayor a aquel del que creyó librarla. Por eso llevaba toda la noche encerrada en su cuarto llorando.
—Deja de culparte —le dijo Itzayana desde afuera de su puerta—. ¿Crees que me negué porque tú me lo pediste? Sabes que nunca en mi vida he sido una hija obediente: tú me criaste así. Para analizar cada cosa y elegir lo que creo bien para mí. Y también me enseñaste que si elijo mal, habrá consecuencias. Es el precio de ser libre.
Así que, igual que Itzayana, decidió tomarlo con filosofía. Y como nunca en su vida había necesitado más de una noche para recobrarse, a la mañana siguiente salió de su cuarto como si nada y comenzó a preparar el desayuno con la determinación de aprovechar todos los recursos a su alcance.
El rostro de Itzayana reflejaba que con tantas cosas nuevas en las cuales pensar, ella tampoco había conseguido dormir. Movió ligeramente su humeante taza de chocolate para que se mezclara nuevamente con la leche, y dio un soplo al humo antes de tomar.
—¡¿Por qué jamás me dijiste nada?! —increpó a su madre, incapaz de guardarse su enfado un segundo más.
—¿Me hubieras creído? —le preguntó Francis—. Vi a tu abuela defendiendo esa cosa toda su vida; incluso la vi morir por ello. Pero el brazalete desapareció después de eso y tú no creciste en ese entorno.
—Tienes razón, el mundo ya no es mágico como antes: habría creído que estabas loca.
—Y hablando de magia y cosas que no te he dicho, hay algo que debes saber…
En ese momento se abrió la puerta de la cocina y entró un lozano muchacho recién bañado, aún con la toalla enrollada en la cabeza.
—¡Por qué sigue él aquí! —gritó Itzayana con efecto retardado, pues viéndolo limpio y acicalado tardó unos segundos en reconocerlo.
—Acaba de darse un baño y ahora va a desayunar —respondió Francis entregándole una taza humeante al invitado.
Yosha Nime se sentó en la cabecera opuesta de la mesa y comenzó a devorar sin recato el panqué que tenía frente a él.
—¿Es en serio? —continuó la guardiana—. ¡¿Este tipo intentó matarme y tú le das chocolate y panquecitos?!
—La gritona tiene razón —intervino Yosha Nime sin dejar de masticar su comida—. La idea de enviar a su hija de viaje con alguien que quiere matarla es un poco temeraria.
—¡Qué! —exclamó Itzayana levantándose de la impresión—. Mujer, ¿te volviste loca? ¿Por qué querrías que él venga conmigo?
—Necesitas ayuda —respondió su madre impasible.
—¡No, no la necesito! Qué tan difícil puede ser encerrar algo en un cristalito... Debe ser como atrapar pokemones.
—Si esos poke lo que sea pueden matarte de formas tan horribles que ni siquiera has visto en tus pesadillas —respondió Yosha Nime— entonces sí es parecido... Niña tonta, ni siquiera tienes idea de a lo que te enfrentas.
Itzayana estaba a punto de responderle cuando Francis intervino, diciéndole:
—Si vas tú sola, terminarás muerta. —Luego, mirando a Yosha Nime, completó—: Si ella muere, tú también lo harás. Y si no regresan las esencias del caos al brazalete, será el fin para todos. No es que tengamos muchas opciones, ¿o sí?
***
Itzayana se había encerrado furiosa en su cuarto desde esa conversación. No acudió al llamado a comer, ni tampoco para la cena.
Mientras escuchaba a Francis malabareando para hacer salir a su hija, Yosha Nime revivía por milésima vez en el día lo que dijo aquella custodia llamada Zoheyd:
—¿Has escuchado la historia del genio de la lámpara? —preguntó—. Desde el momento en que Itzayana te liberó, tu existencia depende de la de ella. Así funcionan las cláusulas de encierro: la vida del liberado queda atada de alguna manera al liberador. En el caso del brazalete, tu vida terminará en el instante en que esta niña muera. Ese es el precio de ser libre.
—Al menos el genio cumplía deseos —musitó Itzayana descontenta al oír esto.
—No es posible… —pronunció el bandido atónito—. ¡No es posible!
—Puedes comprobarlo asesinando a Itzayana ahora mismo: Si miento, serás libre. Pero si digo la verdad...
Cuando escuchó esto, Yosha Nime soltó una exclamación de desolación y se dejó caer en el piso con las manos apoyadas hacia atrás y las piernas estiradas. Cómo era posible que aquello le estuviera pasando: Xaman lo traicionó y sin embargo había sido él quien pasó a la historia como traidor; ella estaba muerta y lo acusaron de su asesinato; se encontraba quién sabe cuántos siglos después del tiempo que él conoció; una eternidad encerrado en aquel infierno y ahora, que al fin era libre, resultaba que su vida dependía de la de una niña cuya existencia se vería amenazada por el resto de su vida; que no sería muy larga si no atrapaban pronto a las esencias.
El sonido de Francis tras él sosteniendo unas tijeras lo hizo volver a la realidad. Yosha Nime siempre tenía la guardia alta.
—¿Un corte de pelo? —preguntó la mujer sonriendo amablemente.
Mientras veía su cabello cayendo al suelo, Yosha Nime le dijo:
—De casualidad, ¿tu hija es una psicópata suicida? No creo que tenga planes de dejar que vaya con ella. Parece que simplemente no valora su vida.
—No es eso —respondió Francis riendo—, es solo que está muy segura de que puede sobrevivir por ella misma.
—Puedo seguirla por ahora, pero qué pasará cuando aprenda a usar el portal del brazalete...
—Es muy orgullosa y no va a admitirlo, pero quiere que vayas con ella. La conozco y sé que terminará permitiéndotelo. Ella siempre hace lo que quiere cuando quiere.
—Ya lo noté —respondió, clavando los ojos en el pasillo que daba al cuarto de la guardiana, y después agregó—: ¡Vaya malcriada!
En su mente vio a Xaman esbozando una sonrisa donde le mostraba todos los dientes, como burlándose de la mala pasada que aun muerta le estaba jugando.
***
El brazalete de Zamná es un artefacto legendario que encierra la esencia vital del caos en cada uno de sus cristales. Conscientes del poder que guarda, hay muchos seres interesados en hacerse del brazalete y usarlo para sus propios intereses. Por esa razón el cielo ordenó que fuera entregado a una familia cuya sangre fue elegida para resguardarlo por la eternidad. Lo verdaderamente desastroso es que cualquiera que se apodere del brazalete puede liberar las esencias del caos, pero el único ser con la capacidad natural para encerrarlas de nuevo es el propietario legítimo. Si este muere defendiéndolo, el brazalete desaparece hasta que el siguiente guardián esté listo.
Itzayana había sido la primera guardiana en negarse a cumplir con el mandato del cielo, por lo que el brazalete la desconoció como su protectora y las esencias comenzaron a escapar. Como ningún mundo soporta tanto caos suelto a la vez, ahora debía regresarlo a los cristales del brazalete antes de que fuera demasiado tarde. Pero el problema fundamental era que si el brazalete no la reconocía como su dueña, tampoco las esencias la obedecerían. Pensando en todo ello, había parado ahí.
—¿A qué debemos la agradable visita? —preguntó con voz siniestra un sujeto flacucho que fumaba desde el rincón más oscuro de la bodega. Las escasas bombillas estaban tan mal distribuidas que solo alcanzaban a distinguirse siluetas de personas y sombras de cajas, y el aire estaba infestado de un penetrante olor a hierba.
—Necesito armas —respondió con decisión.
—Claro, y tendrás todas las que quieras. Ya sabes la condición: debes traerme diez reclutas nuevos al mes.
—Te traeré veinte… Pero debo hacer algo primero.
—¿Qué puede ser más importante en estos momentos que hacer la guerra, señorita Itzayana?
—Son asuntos de familia —declaró la joven— y debo resolverlos por mi cuenta: es cuestión de honor.
Era por todos conocido que, cuando el italiano empezó la guerrilla, su padre y su hermano mayor estaban en el ejército. Programaba a los paramilitares para aniquilar sin miramiento a todo soldado que se les atravesara, con excepción de su padre y su hermano, respecto a quienes la instrucción específica era: «prohibido tocarles un solo cabello». Aunque ninguno lo expresaba abiertamente, esta debilidad por parte de su líder generaba desconfianza entre los guerrilleros, y fue así hasta el día en que el italiano y su familia coincidieron en un enfrentamiento. «¡Prohibido tocarles un solo cabello!», vociferó como loco hasta que al fin estuvo frente a su padre y pudo coserlo personalmente a tiros. Su hermano se le escapó de las manos, y aunque los demás pudieron matarle, tenían clara la instrucción. Porque los asuntos de familia debían resolverse entre familia, explicó después a sus hombres, matarlos él mismo era cuestión de honor.
Itzayana había recurrido a aquella expresión con toda la intención de remover las fibras del italiano, y a él el intento le pareció tan ingenuo que le habría encantado ser más joven para creerle, darle las armas que solicitaba y dejarla ir. Pero no, era demasiado viejo como para no notar un chantaje, y no lo suficiente como para pasarlo por alto.
—Entiendo tu situación, niña, pero temo que las reglas aplican por igual para todo aquel que entra a mi dominio: o te nos unes o mueres.
Itzayana inspeccionó su alrededor con una mirada veloz y calculó que estaba rodeada por al menos veinte sujetos.
—Está bien —pronunció resignada a su falta de posibilidades, y levantando las manos en señal de que no iba a oponer resistencia se dejó conducir tranquilamente por un par de chicos hacia el patio de entrenamiento. Cualquiera en una situación así estaría muerto de miedo y alterado, pero no Itzayana. No Itzayana, porque si se hubiera puesto nerviosa no habría sentido que las manos de los chicos que la apuntaban con sus armas estaban temblando. Hubiera pasado por alto que a sus espaldas estaba el cuartel del italiano; no hubiera intuido que la construcción que se levantaba frente a ella era el dormitorio lleno de soldados armados; no se habría percatado de que el lateral de la derecha estaba pegado a un edificio de algunos cinco pisos, que había cuatro centinelas vigilando el patio y que uno de ellos saludó discretamente con la mirada al novato que la sostenía por la izquierda; y que su única posibilidad de escape era el muro de cinco o seis metros de la derecha. Había una serie de contenedores de basura y cajas apiladas que difícilmente la ayudarían a rebasar la muralla, pero había que intentarlo. En la calle estarían por lo menos otros cuatro vigilantes, pero ya se preocuparía de ellos más tarde, un problema a la vez. La única arma con la que Itzayana contaba tenía un silenciador que jamás había probado, pero ahora eso era lo de menos. Lo esencial era hacerlo todo antes del primer disparo, pues pondría sobre aviso al italiano y despertaría a los demás.
Su capacidad para mantener la calma era la primera razón por la que el italiano se había fijado en ella. La segunda, como estaba a punto de verse, era su habilidad de reacción. La tercera, su frialdad...
—Oye —le susurró al que la sostenía por el lado derecho— tienes algo en la pierna.
Y aprovechando que el chico bajó la mirada para revisarse, sacó discretamente su arma y le disparó en el muslo. El silenciador funcionaba, era la primera buena noticia. El chico cayó al suelo quejándose de un gran dolor mientras el otro no tenía idea de lo que ocurría.
—¿No ven que algo le pasa? —gritó, aparentemente preocupada—. ¡Vengan a ayudarlo!
Uno de los centinelas se acercó, y cuando se agachó a revisarlo, Itzayana lo pateó en la cabeza dejándolo inconsciente. Los demás la apuntaron dispuestos a disparar, pero simultáneamente Itzayana tomó de escudo humano al joven de la izquierda, y apuntándolo con su arma en la cabeza, le ordenó al centinela que lo había saludado:
—Arroja tu arma y diles a los otros que hagan lo mismo o lo mato.
El hombre dudó unos momentos en los que pareció librar una feroz batalla interior, pero al fin bajó su arma y la deslizó por el suelo hacia Itzayana, y dirigiendo una mirada suplicante a sus compañeros murmuró:
—Por favor, es mi único hermano.
Uno de ellos obedeció al momento; el otro mantuvo su firme postura, pero al ver el llanto desesperado de su compañero terminó por ceder. No olvidemos que esos hombres no eran soldados con entrenamiento militar, sino padres de familia, hermanos e hijos que habían dejado sus hogares por una causa que cada día les parecía más ajena.
Con la mano que le quedaba libre se guardó el arma de su rehén en la chaqueta; luego obligó al chico a aproximarse hasta donde habían llegado las pistolas de los centinelas, y aunque la maniobra para recogerlas sin dejarlo de apuntar en la cabeza distaba mucho de ser elegante, logró acomodarse otra en la chaqueta y las últimas dos en los bolsos del pantalón. Finalmente, y sin apartarse de su escudo humano, llegó al muro, que de cerca se veía mucho más alto. Golpeó al chico con la culata para desmayarlo y subió al primer contenedor sin dejar de apuntarlo. Como pudo acomodó unas cajas de madera encima de otras, procurando no dejar de apuntar al muchacho, y comenzó a escalar, pero cada vez que intentaba subir alguna de ellas se desfondaba. Itzayana recuperaba rápidamente el equilibrio para volver a apuntar al muchacho y comenzaba de nuevo la maniobra de apilar cajas. Hay que decirlo, aquello tenía mucho más de cómico que de loable. Cuando subió el último escalón se dio cuenta de que todavía le faltaba como medio metro para alcanzar el borde. Dio un saltito cuidando no desestabilizar la frágil columna, pero no llegó ni a la mitad, y como su escape estaba tardando más de lo previsto, cada que no alcanzaba la cima se volvía a apuntar a su rehén como para recordarle a los centinelas que cualquier movimiento en falso le costaría la vida.
—Si yo fuera ellos, ya me estaría riendo de mí —murmuró, perdiendo la paciencia mientras continuaba con su inútil tentativa de los saltitos.
—Sí, yo me estoy muriendo de la risa —pronunció una burlona voz por encima de ella. Levantó la mirada y entre las luces de la ciudad reconoció la silueta de Yosha Nime—. Si me pides amablemente que te salve, quizá lo haga —agregó con tono pedante.
Aprovechando la distracción de Itzayana, uno de los centinelas sonó la alarma de escape y a los tres segundos ya había toda una movilización. Yosha Nime cubrió a Itzayana justo a tiempo para recibir en su espalda decenas de disparos, y sujetándola rebasó el muro con el leve impulso de quien sube un escalón.
El italiano salió del cuartel a tiempo para ver la maniobra de escape de Yosha Nime en medio de la lluvia de balas. No sabemos exactamente qué hizo después, pero sin duda aquellos centinelas habrán recibido un castigo ejemplar.
Cuando se encontraron lo suficientemente lejos de la Primera Manzana y estuvieron seguros de que ya nadie los seguía, decidieron parar en un callejón cuyos contenedores de basura les permitían mantenerse ocultos.
—¿En qué rayos pensabas yendo a un lugar así? —reclamó el bandido—. ¡Estás más loca de lo que creí!
—¡Y tú quién te crees para regañarme!
—Soy el que te acaba de rescatar y a quien deberías estarle agradeciendo en estos momentos.
—Yo no te pedí que me salvaras, pude haber escapado sola.
—¡Claro! En cinco o seis años cuando crecieras lo suficiente para alcanzar la orillita —replicó, representando teatralmente los saltos de Itzayana frente al muro.
Pero la chica no se inmutó por la burla, porque en esos momentos había recordado algo; se le aproximó y le abrió la chaqueta con urgencia para ver qué clase de chaleco antibalas traía, pero debajo solo llevaba una camisa blanca que había quedado hecha jirones.
—¡Rayos! —se quejó el bandido al quitarse la chaqueta y ver los agujeros de los disparos a contraluz—. Francis acababa de regalarme esta ropa, ¡y se me veía fabulosa!
Itzayana reconoció las prendas de su padre y pensó que en efecto, darle ropa a un desconocido es algo que su madre haría.
Recordó aquella mañana de muchos años atrás cuando al despertar fue a pedirle el desayuno y la encontró discutiendo en la sala con una extraña. Como estaban gritando y ella era todavía muy pequeña, tuvo el instinto de quedarse lo suficientemente lejos como para no ser vista, pero lo suficientemente cerca como para escuchar.
—¡Es mi hija, tengo todos los derechos! —vociferaba la desconocida.
—No, no tienes ningún derecho sobre ella, ni legal ni moral ni de ningún tipo —respondió Francis con el mismo tono elevado.
—Por favor, Francis —suplicaba—, somos hermanas, no te portes como mi enemiga.
—Antes que tu hermana ahora soy la madre de Itzayana y porque tú así lo quisiste. Me pediste, prácticamente me ordenaste que jamás le contara de ti. Nunca te prohibí verla y sin embargo en todo este tiempo no habías venido ni una sola vez, ni siquiera como su tía; ni siquiera por curiosidad —replicó Francis con la voz quebrada, pues a todo padre que se precie de amar a sus hijos siempre le es doloroso que alguien los haga a menos—. ¿Por qué de repente quieres llevártela?
La desconocida se tiró en el sillón y empezó a sollozar; ese día Itzayana supo que no solo los niños lloraban.
—Él regresó —respondió, cuando tuvo suficiente aire—. Su padre. Dice que quiere recuperar a Itza y si no se la entrego es capaz de matarme. El cielo me está castigando por regalarte a mi hija —agregó, rompiendo en llanto de nuevo.
Sí, Francis ya suponía que toda aquella escena no era más que otra manifestación del egoísmo de su hermana que no había cambiado con el tiempo. Así que la levantó del brazo y la condujo hasta la salida con una fuerza descomunal.
—Pagarás por esto, Francis —amenazó—. Morirás de dolor cuando la pierdas: a ti no te prepararon para eso como a mí.
—Si regresas, seré yo misma quien te mate —respondió Francis con esa franqueza que se siente como un puñetazo en el rostro. Y como lo único que se equiparaba a su bondad era su firmeza de carácter, aquella mujer jamás volvió.
Creyó que el mal trago había pasado por ahora, pero al darse la vuelta se topó a la pequeña Itzayana sentada en la sala con su carita triste mirando al piso, meciendo las piernas nerviosa. Y no hubo más remedio que contarle de su pasado y de cómo sucedieron las cosas.
—Yo no podía tener hijos, pero a veces cuando deseas algo con todo, todo tu corazón, los milagros terminan por ocurrir —concluyó Francis.
—¿Te hubiera gustado más tener tus propios bebés? —fue la única pregunta que surgió desde la inocencia infantil de Itzayana después de escuchar la historia. Los ojos de Francis se llenaron de lágrimas, pensando en el dolor que esa pequeña estaría sintiendo por cosas que ni siquiera ella como adulta podía entender.
—A veces —respondió, decidida a ser completamente sincera—, pero casi siempre me alegro más de que no fuera así. Porque… ¿sabes?, estoy segura de que aunque hubiera tenido mis propios hijos, tú seguirías siendo mi favorita. Y creo que me sentiría terrible de preferirte por encima de todos, de verte más bonita que el resto de mis hijas, y más fuerte que mis otros hijos, y más inteligente que todos ellos, y…
Francis ya no pudo seguir hablando, porque la pequeña la abrazó del cuello y entonces la traicionó el llanto.
Ciertamente Itzayana no comprendió gran cosa de su origen, pero lo que sí entendió para ya nunca olvidar, es que aquellas personas que se quedan en tu vida sin tener obligación de hacerlo son las más valiosas.
—Oye, ¿a dónde te fuiste? —preguntó Yosha Nime chasqueando los dedos para hacerla reaccionar—. Te daré algo para que mantengas tu mente en este sitio —pronunció coqueto, y arrancándose lo que quedaba de su camisa se dio la vuelta, dejando al descubierto su espalda con una treintena de balas superficialmente enterradas.
Itzayana miró incrédula, expresión que Yosha Nime, como siempre, interpretó a su conveniencia:
—Lo siento, a veces olvido que mi prominente físico es intimidante. Cuando recuperes el aliento, ¿puedes intentar sacar las balas?
—Fuiste acribillado y estás como si nada —pronunció boquiabierta—. ¿En serio eres real?
—Lo creas o no, la perfección existe.
La joven soltó un hondo suspiro pensando que esa personalidad arrogante volvería todavía más insufrible su compañía, y sacando su navaja se la enterró al bandido en la espalda. Como lo imaginó, si ni el impacto de decenas de balas lo habían incomodado, mucho menos lo dañaría un arma blanca, así que usándola como palanca puso manos a la obra. Yosha Nime ni siquiera se inmutó.
—Pero ya hablando en serio —continuó el bandido para romper el silencio—, ¿por qué fuiste sola a ese lugar tan peligroso?
—Si voy a salir en busca de esas esencias, o lo que sean, al menos necesito armamento. No todos tenemos un cuerpo a prueba de balas ni habilidades sobrehumanas.
—Pero me tienes a mí.
Itzayana no supo cómo reaccionar a esas palabras, así que fingiendo estar concentrada en la extracción de las balas, cambió el tema.
—¿Qué clase de ser eres, no tienes sangre?
—Claro que tengo, pero está mucho más abajo de mis tejidos; nunca verás sangrar a un ser de mi categoría por una herida tan superficial.
Las huellas que quedaban en la piel del bandido al sacar la bala eran tan tenues como la marca que se nos forma al enterrarnos una uña, y para cuando Itzayana terminó de sacar la última, su espalda ya estaba completamente lisa de nuevo. Yosha Nime era en efecto un ser curioso: medía alrededor de uno noventa, estatura debajo del promedio de los de su raza, pero tenía los músculos tan marcados que daba la impresión de ser mucho más grande. Cuando salió del círculo de fuego, llevaba el platinado cabello hasta la cintura y atado en una cola baja de caballo, pero esta vez había aparecido con el pelo corto y eso le daba un brillo nuevo. Tenía las cejas y pestañas negras, muy tupidas, y los ojos de un extraño gris oscuro, casi negro. Pero lo más curioso de él era que toda su tosca estampa contrastaba enormemente con su rostro de niño, cuyas facciones no confesaban más de dieciocho o diecinueve años.
—Yosha Nime —pronunció Itzayana sentándose al lado suyo—… ¿es un nombre común en el lugar de donde provienes?
—No lo sé, muchas cosas de mi vida siguen borrosas.
—¿Y recuerdas por qué traicionaste a Xaman?
—Esa es la única parte que tengo clara, porque durante todo mi encierro no hice otra cosa que pensar en ello. Las cosas no pasaron así, pero como siempre, los que escriben la historia deciden quiénes son los malos.
—¿Entonces fuiste el bueno?
—No, pero no fui el peor —pronunció con una voz triste y hueca. Y sus altaneros ojos parecieron apagarse con su suspiro.
Un ruido tras varias bolsas amontonadas hizo que Itzayana se pusiera en pie de golpe.
—Es solo una rata —dijo Yosha Nime, y a los dos segundos una enorme rata abandonó su escondite.
—¿Cómo lo supiste?
—Mi oído está más desarrollado que... —Pero no terminó la frase porque un extraño silbido lo puso alerta. Era como el sonido que hace un fuego artificial cuando es disparado. Miró hacia todos lados del firmamento, pero las nubes tenían un tono tan oscuro que no logró ver nada hasta que fue tarde: una cosa semejante a humo negro llegó desde arriba a la velocidad del rayo, tomó con sus garras a Itzayana y la elevó con la misma rapidez con la que llegó.
—¡Dame el brazalete! —rugió con una estruendosa voz ronca mientras subía más y más, pero como Itzayana no cedía, la dejó caer. El viento hacía tanto ruido que no podía ni escuchar sus gritos; el extraño ser la alcanzó en el aire y la volvió a subir a gran velocidad, pero esta vez a una mayor altura, para dejarla caer de nuevo a una mayor profundidad. Repitió esta operación tantas veces que Itzayana ya estaba completamente aturdida. A punto de perder el conocimiento, sintió que en la bolsa de su chaqueta llevaba todavía una pistola, así que cuando esa cosa la volvió a tomar para elevarla, presa de la desesperación le disparó; pero en vez de una bala, de su arma salió una enorme luz blanca que hizo que aquella sombra se dispersara entre chillidos de dolor.
Yosha Nime aguzó su oído, saltó a un contenedor, luego al balcón de un edificio y finalmente a la azotea, de donde todavía tuvo que dar un buen salto hacia arriba para atrapar a Itzayana en sus brazos.
—¿Qué rayos fue eso? —preguntó la joven no bien había recuperado el aliento.
—Un demonio, o un espíritu, o tal vez el espíritu de un demonio —respondió el bandido—. Como sea, es el primer día del resto de nuestras vidas.
—¿Nuestras? —replicó Itzayana sentándose trabajosamente.
—No te levantes, aún debes reposar —insistió, recubriéndola con su sobretodo.
—Deja de actuar como si te importara.
—Me importas —respondió seriamente, pero al ver la cara confundida de Itzayana tuvo que agregar nervioso—: Porque si algo te pasa yo también la pago.
—Ah, con que es eso —pronunció ella con cierto recelo—. Entonces no tengo nada que agradecerte. Además, no me siento tan mal.
—El brazalete produce una especie de efecto analgésico: está diseñado para que el portador lleve su cuerpo al límite; es por eso que las guardianas nunca saben cuándo parar y mueren.
En ese momento Yosha Nime se puso alerta y lanzó una de las dagas que llevaba siempre consigo, la cual se prendió en llamas al clavarse en el suelo. El sujeto a quien iban destinadas logró moverse rápido. Luego, levantando las manos para que vieran su buena disposición, caminó hacia la luz para mostrarse.
—¿Y ahora qué? —se dijo Itzayana apuntándolo con su arma—. Tienes tres segundos para decir quién eres y qué quieres, antes de que dispare.
—Eso es lo que quiero: que dispares —respondió el recién llegado.
—Ella habla en serio —recalcó Yosha Nime.
—Muy bien, les diré lo que pasó. Estaba sentado en mi sofá viendo la telenovela cuando de repente un sujeto saltó a mi balcón; y de ahí brincó a la azotea, como si fuera un conejito. Cabe mencionar que vivo en el tercer piso, y la azotea queda aún más arriba. Así que salí a ver qué pasaba y vi a una chica en el cielo disparándole una gigantesca bola de luz a una sombra… Si usaste esa misma arma con la que me apuntas, no me lo explico: estoy seguro de que jamás le agregué un mecanismo así.
—¿Le agregaste?
—Soy el inventor de esa arma, y del 90 % de las que hay en el mercado. Todos me dicen Cuervo.
—¿Eres Démeter Cuervo, el militar? —preguntó la chica mirándolo de arriba abajo—. No pareces uno.
—Sí y no. Ambas respuestas para ambas preguntas.
Aquel era un muchacho a todas luces desaliñado. Llevaba el grifo cabello hasta el hombro y no había forma de saber dónde comenzaba su enmarañada barba negra; se cubría la cabeza con un gorro tipo invernal que usaba aun los días más calurosos; vestía siempre con una playera oscura de manga corta sobrepuesta encima de una de manga larga a color; el grueso armazón de sus lentes hacía que sus ojos se vieran más saltones de lo que eran, y finalmente sus labios afilados como pico le hacían honor a su apellido. Pero su rasgo más característico era su agudeza mental.
—¿Qué esperas? Dispara —continuó, y señalando un contenedor de basura, agregó—: Pero hazlo hacia allá.
Como Itzayana también sentía curiosidad respecto a aquella extraña luz, le hizo caso, pero de su arma solo salió una bala ordinaria.
—Es la misma arma y la misma persona, ¿qué fue lo que cambió? —preguntó Cuervo como para sí. Acostumbraba más a hablar en voz alta consigo mismo que con los demás.
—La próxima va a tu pecho si no confiesas tus intenciones.
—La situación —se respondió, meditabundo, ignorando por completo la advertencia de la guardiana—. Quizá sucedió porque esa joven estaba en peligro.
—¿Dices que inventaste un arma mágica que se activa ante el peligro? —preguntó el bandido con tono sarcástico.
—No se activa el arma, sino ella.
Las fuerzas abandonaron finalmente a Itzayana y se desvaneció justo en ese momento.
—Se impresiona fácilmente, ¿no? —agregó el recién llegado.
El reencuentro
En otro lugar lo suficientemente retirado de ahí como para tener un huso horario distinto. Una ciudad donde la gente gasta en el café de la mañana lo que la madre de Itzayana gana en una jornada de trabajo. El cincuenta por ciento de sus rascacielos son edificios residenciales en los que una sola familia ocupa pisos enteros; la otra mitad son corporaciones gigantescas donde se inventan necesidades para el hombre, y torres industriales donde descubren cómo satisfacerlas. Pero la característica principal de esta ciudad es la imperante, casi inverosímil paz. También hay, claro, barrios bajos, como en todos los lugares ricos del mundo, pues en algún sitio deben habitar los que preparan el costosísimo café y los que trabajan en los edificios de los ricos y la mano de obra de las industrias; pero no hablemos de eso, porque si no mencionas algo, entonces no existe. Ahí es donde se encuentra el reclusorio al cual va llegando un personaje de impecable uniforme oficial ante el cual todo el personal se cuadra y saluda con reverencia.
No obstante el alto rango que ostenta, se sentó a esperar en la sala de visita, como cualquier otro ciudadano, ¡cuánta humildad!
Paseó su soberbia mirada por la sala mugrosa y vio venir a una mujer con el rostro resquebrajado y andar dificultoso, escoltada por un guardia como si en verdad representara una amenaza. Claro está que no por voluntad propia, pero se sentó frente a él.
—Eres la persona más fuerte que he conocido —le dijo impávido—. No cumpliste tu misión porque fuiste fiel a tus principios; y por la misma razón no delatas a los que te enviaron. Si te permitieras ser débil, tu vida sería más cómoda.
Una lágrima rodó por la mejilla de Behlaé Barreira, pero no pronunció palabra.
—Esta noche —dijo el hombre antes de marcharse— será tu última oportunidad de serme útil. Y recuerda que lo que no sirve, lo desecho.
El recuerdo del anillo de aquel hombre chocando con su escritorio se confundió con el ruido de la charola de comida topando con la puertecilla inferior de su celda. Era algo muy poco elegante como para ser su última cena.
Ahí dentro había conocido en todas sus formas el terror que antes era solo el de otros. El terror que te asfixia; el terror que te quema; el terror que te corta; el terror que te ahoga. Cuántas veces en medio de aquellas torturas deseó desesperadamente morir; y ahora, justo ahora que creía haber superado al terror, resultó que se le presentaba en su forma más pura con la convicción de la muerte. Sin embargo aquello venía con cierto aunque amargo consuelo: esta sería la última vez.
—Solo debo soportar una vez más —se dijo llorosa— y todo habrá terminado.
En eso pensaba cuando al levantar la mirada vio a una chica saliendo de algo parecido, según ella, a un agujero negro que poco a poco se fue cerrando hasta desaparecer.
—Te tardaste —le dijo Behlaé a la recién llegada.
—¿Me esperabas? —preguntó, esperanzada.
—Sí, normalmente mis alucinaciones empiezan más temprano.
Itzayana miró el traje de presidio de la mujer y no tardó en darse cuenta de que aquella era una celda de castigo o de máxima seguridad.
—¿Por qué el portal me habrá traído aquí? —se preguntó entre dientes, y refiriéndose a la reclusa, inquirió—: ¿De casualidad sabes algo sobre cómo encerrar de nuevo los poderes en el brazalete?
La mujer la miró con cara de tonta, de lo que la guardiana pudo derivar la respuesta, así que suspirando dio media vuelta y volvió a abrir el portal. Behlaé vio con asombro cómo del brazalete que la recién llegada llevaba en la muñeca, surgió una luz que terminó por convertirse en lo que había creído un agujero negro, pero que al mirarlo de cerca parecía más bien una ventana abierta.
Cuervo era, en su definición, un científico de mente abierta. En su sed de explicar aquellas cosas que los demás no habían podido, recurrió a las llamadas pseudociencias e incluso al estudio del ocultismo.
Aunque estaba siendo sigiloso con sus nuevos intereses, a medida que investigaba se topaba con más y más cosas desconocidas, hasta que un día algo se le salió de las manos y la destitución por demencia fue la menor de sus pérdidas.
Después de lo ocurrido, Démeter Cuervo se prometió abandonar por completo aquellos estudios tan peligrosos, pero cada día solo en ese lugar le costaba más trabajo mantenerse firme. Quizá, si seguía buscando, encontraría cómo deshacer todo aquello que le salió mal, pensaba a diario. Así que decidió tomar su encuentro con aquellas personas peculiares como una señal para salir de ahí.
