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En un centro de investigación ubicado en un pequeño barrio del conurbano bonaerense se cultiva un proyecto que puede alterar el curso de la evolución humana. Al mismo tiempo, también se gesta un conflicto con los vecinos que sufren las consecuencias de la experimentación que allí se desenvuelve. En La hélice de Rosalind, el lector podrá enlazar y contraponer historias y ambiciones personales de frente a situaciones límite. Las decisiones de Damián y Norma, dos vecinos del barrio Santa Brígida, impactan de forma impensada en el destino de Fernández Arizmendi, la cara visible de un clan familiar que persigue la perpetuidad de su sangre, y en Verónica, una joven científica ávida de grandes descubrimientos. Los efectos nocivos en la población cercana, de las fumigaciones con agrotóxicos, son solo la punta de un iceberg de experimentos genéticos que no se circunscriben a las especies vegetales únicamente. La brillantez de Verónica encandila su propia conciencia, y no puede evitar traspasar los límites morales y éticos de la ciencia. Damián y Norma tienen poco tiempo para modificar el temeroso curso de su propia historia, pero aún no lo saben.
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Seitenzahl: 200
Veröffentlichungsjahr: 2022
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Rodriguez, Gabriel Andrés
La hélice de Rosalind / Gabriel Andrés Rodriguez. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2022.
170 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-817-848-6
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas de la Vida. I. Título.
CDD A863
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2022.
© 2022. Tinta Libre Ediciones
No soy un delincuente nato ni creo que mis sentimientos sean malos. Soy una fabricación por las injusticias sociales, que siendo muy joven ya comprendí, y por las persecuciones gratuitas de un policía inmoral y sin escrúpulos.
Segundo David Peralta, alias Mate Cosido (1940)
Agradecimientos
Al amor y a las ideas inspiradoras de Flor, al amor y a la paciencia de León, quien deseaba con todo su ser utilizar el teclado cada vez que yo escribía, al prólogo introspectivo de Lucas, a las propuestas y al ojo de Adrián, a todo el equipo de la editorial Tinta Libre, a la corrección de Silvia Bazán, a las enseñanzas de Mariana de la Mata, a los que me tomaron en serio cuando les conté del proyecto, a los que no, y a este sistema en decadencia que solo nos regala ideas factibles de distopías berretas.
Prólogo
Mientras leía el borrador de La hélice de Rosalind que me envió Gabriel, no pude evitar recordar la infinidad de veces que hemos hablado de estos temas y de cómo impactan en nuestras vidas a diario.
Ambos venimos del ámbito técnico, de donde lo conocí. Hemos realizado muchos trabajos en conjunto, y cada paso en un nuevo proyecto tiene, sin falta, una invitación al pensamiento crítico sobre lo que hacemos, lo que pensamos y lo que queremos. Esa impronta le agrega a este libro un diferencial. Se narran historias que coquetean con distintos ámbitos de la ciencia, pero que no nos resultan ajenos en la vida cotidiana. Por ello, decidí encarar lo que resta de este prólogo a modo de informe técnico. Sepan disculpar.
Objetivo:
Desarrollo de prólogo a partir de lectura de novela La hélice de Rosalind.
Método:
Se contrastó el accionar de cada personaje con el prejuicio que construí al principio sobre cada uno.
Desarrollo:
Quisiera comenzar con una reflexión que me dejó la lectura, sobre un concepto que atraviesa a cada capítulo. Considero que la ciencia y el pensamiento crítico son grandes refugios frente al estrés. Ambos cumplen muy bien con eso rol sacerdotico de quien escucha tus pecados, o dudas, y te devuelve algún sermón reparador, sean resultados o más dudas que las que tenías. Se puede observar de forma clara cuando encontramos la resolución a un conflicto en un libro, en un algoritmo matemático o cuando realizamos alguna deducción propia en determinados análisis. Pero, lamentablemente, no todo es experimentable mediante el análisis numérico o algún orden lógico, y no todo se puede poner en una lista para establecer un orden de prioridad, así como asignarles valores, símbolos o coeficientes.
La necesidad de respuesta no es una constante en nuestras vidas, pero a veces se manifiesta de forma intensa. ¿Qué es eso que tiene tanta fuerza que por momentos nos quedamos en silencio, como si estuviéramos hartos de escuchar lo que decimos? Esa sensación de ausencia que no nos permite hilar una oración para describirla. A veces dura pocos minutos o incluso segundos. Por suerte, para muchos de nosotros, se siente como una inquietud interna que lejos de frenar toda iniciativa, invita a cuestionar cada minuto que pasa, comprender situaciones que nunca pensaste estar presente y tomar decisiones que resultan importantes en la vida. Esa sensación, a veces desesperante, creo, es la búsqueda del propósito.
Ahora, ¿todos tenemos uno?, ¿es necesario tenerlo? Con el tiempo me fui acercando a una respuesta, que no aparenta ser definitiva, pero es reconfortante. Considero que es parte de una respuesta emocional que intenta bloquear algo mucho más profundo, que aún no entendemos. El propósito pareciera ser el puerto al que estas siempre llegando, no el barco.
Puede aparecerse adelante nuestro en cualquier momento. La epifanía puede venir acompañada de una palabra, una carta, un discurso o un abrazo. Como marquesinas en un camino que día tras día se extiende más y más, y que utilizamos para transitar nuestra corta estadía.
El propósito es un sentimiento tan real y hermoso como aterrador, ya que disfraza de forma elegante uno de los miedos más grandes, ser olvidado.
¿Por qué desarrollo esta reflexión? Bueno, con La hélice de Rosalind estuve, capítulo a capítulo, desesperado por entender el propósito de vida de cada personaje. El resultado es, claro, llevarme más dudas y elementos con que reflexionar.
Luego de vincularme con los personajes y enredarme en el camino buscando respuestas sobre cada uno por separado, me encuentro absolutamente confundido, pero convencido que el propósito de la novela es, entre otras cosas, que me haya puesto a reflexionar y escribir este prólogo.
Lucas Emiliano Vázquez
La hélice de Rosalind
Gabriel Andrés Rodriguez
Parte 1
Latencia
Capítulo 1
Desde su cama observaba el techo que, pese a la oscuridad, se dejaba divisar gracias al acostumbramiento nocturno de sus pupilas. Era una noche de sofocante insomnio. Lo alteraba el constante sonido de los grillos que, desde la zanja, aturdían a todo el barrio y provocaban un eco insoportable. Los odiaba. A pesar de que tantos insectos fueron desapareciendo desde su infancia, los grillos aún estaban ahí, más activos que nunca. Le generaba bronca que, en cambio las luciérnagas, que eran inofensivas y solían embellecer las noches de Santa Brígida, habían desaparecido desde hacía mucho tiempo.
Descartaba salir de cacería. Ya lo había intentado una vez en alguna noche de desvelo. Aquella vez, faltando dos horas para ir a la escuela, aún no había podido conciliar sueño. Un grillo, sólo uno, lo atormentaba desde la zanja, y hacía más de tres horas que lo escuchaba. Se había convencido de saber la posición exacta del bicho entre el yuyerío. Esperó sentado en la ventana de forma paciente el comienzo del chillido ensordecedor característico, y se abalanzó sobre el pastizal. Fue el primer y último intento de salir a cazar un grillo en una noche de verano. Aprendió que no sólo los grillos habían subsistido el paso de los años, sino que también se encontraban intactos los mosquitos, incluso más fuertes que antes.
Entre los pocos rayos de luz que ingresaban por la ventana y reflejaban la losa, divisó pequeñas partículas de cenizas que quedaron suspendidas en el aire. Cerró los ojos y al respirar profundo notó el olor a humo y plástico quemado.
—Otra vez están quemando basura —murmuró, y corrió entusiasmado a la ventana.
Dormir ya no era una alternativa posible, por lo que cualquier evento que sucediera en esa noche opaca podía resultar atractivo. Desde allí no pudo observar mucho. Junto a las luces amarillas del alumbrado público destellaban los miles de fragmentos de cenizas que surcaban el cielo moviéndose lentamente.
Se puso zapatillas, una remera, y saltó hacia el exterior. Cuando se repuso, percibió que el humo había ahuyentado a los mosquitos. Recorrió el patio de su casa tanteando el alambrado lindante con el vecino, y mientras se acercaba al frente de la vivienda escuchó un murmullo esperanzador que provenía desde la calle. Llegó hasta la vereda y allí estaban. Pequeños grupos de personas caminaban charlando alegremente por el medio de la calle, algunos con cervezas y otros con equipos de mate armado. Familias y grupos de amigos poblaban el asfalto caminando en la misma dirección. Buscando alguna cara conocida divisó a Esteban, un viejo compañero de la escuela secundaria, que no veía hacía dos años desde la graduación. Venía acompañado de su padre y su hermano menor.
—¡Estás igual! —le gritó Esteban apenas lo vio.
Damián tenía el pelo más largo que en la escuela, y algunas verrugas nuevas asomaban arriba de sus ojos, pero su físico se mantenía invariable. No superaba el metro sesenta y cinco de altura, y siempre se mantenía un poco excedido de peso para los nutricionistas. Cuando se acercó, Esteban advirtió las ojeras pronunciadas que tenía, por lo que acotó:
—Ah, no, estás hecho mierda.
Damián sonrió y le preguntó.
—Sí, no estoy pudiendo dormir. ¿Qué hacen acá?
—Se cortó la luz en nuestro barrio, salimos al patio y vimos la columna de humo. Estamos yendo a ver qué pasó —y apuntó hacia donde caminaban todos.
Muy a lo lejos, los reflejos amarillos de un incendio le daban nitidez a una columna de humo negro con respecto a la niebla reinante, la cual preanunciaba sábado de cielo reluciente. Todos se dirigían a observar el fuego sin saber exactamente su ubicación. Damián se quedó en silencio, asintiendo con la cabeza y mirando el humo.
Luego de varios segundos esperando una respuesta, y al notar que su padre y hermano se alejaban, Esteban decidió continuar.
Damián estaba a punto de sumarse a la peregrinación y tomar así una decisión de forma apresurada, sin reflexionar mucho sobre los riesgos de alejarse de su hogar sin previo aviso. Al fin y al cabo, esa era su forma de vivir. No solía proyectar su vida más allá que la extensión de su propia sombra. Para muchos, sus reacciones eran espasmódicas, pero no se trataban de decisiones aleatorias al azar, sino que se guiaba según dictaba su intuición. Así lo había hecho desde pequeño. Damián fue un niño muy disperso, al que le costaba concentrarse en la escuela, incluso cuando participaba con sus compañeros en los juegos más elementales.
El hedor a hollín y azufre se apoderó de sus pulmones. Estaba excitado por la intriga que le generaba el fuego, ya que encontrar y presenciar un incendio así era lo más parecido a perseguir un reluciente tesoro al pie de un arcoíris. El olor a plástico le daba pistas, era una fábrica, o quizás una gomería. Y arrancó. Comenzó a caminar acompañando a la gente, pero de forma solitaria. Los rumores indicaban que el incendio se encontraba a unas cinco o seis cuadras, pero conforme avanzaban la columna de humo se mantenía invariable, a una distancia incierta.
Avanzaron por una calle angosta que dividía su barrio, Santa Brígida, con un campo que supo pertenecer al ejército, pero que por entonces se encontraba sembrado. En pocas cuadras la configuración del barrio cambió de forma brusca. Cruzó casas obreras humildes, un pequeño centro comercial en franco declive, un asentamiento precario con casas de tablas y chapas, y un barrio residencial con patios gigantes y piscinas iluminadas que obligaron a Damián a detenerse para admirarlas un rato. Y el patrón se repetía. Siguió caminando y a su derecha el campo llegó a su fin, para darle comienzo a varias cuadras repletas de talleres y fábricas abandonadas. Con la cercanía del amanecer, una brisa desde la dirección del incendio comenzó a soplar, lo que aumentó la concentración del humo en el aire. De a ratos debía taparse la boca con la remera para respirar, pero era un esfuerzo que ameritaba realizarse dada la cercanía al objetivo.
Con la llegada de las luces de la mañana se tropezó con la punta del ovillo: Una lata quemada. A medida que avanzaba, el asfalto se llenaba de envases de metal carbonizados y algunos aún humeantes. Damián buscó con una sonrisa miradas cómplices a sus costados y notó que en la calle había muchas menos personas de las que vio al principio de su travesía. No todos habían podido soportar la extensa caminata. Se agachó para leer las etiquetas de los envases aún tibios, pero estaban ennegrecidas. Siguió dos cuadras más y encontró el tesoro buscado. Una decena de camiones de bomberos se turnaban para apagar un incendio en una fábrica que aún no estaba controlado. En simultáneo, se sucedían los últimos saqueos a sectores de la fábrica que no habían sido alcanzados por el fuego, en donde se almacenaban productos terminados. Desodorantes, shampoo y jabones. Las personas se llenaban las manos con cualquier frasco o botella que encontraban para huir con un premio. Sobre el asfalto, corría el agua residual del incendio desde la fábrica hacia las alcantarillas, por lo que Damián tuvo que pararse sobre el cordón de la vereda para visualizar la escena.
Desde una pared derrumbada de la fábrica brotaba un líquido viscoso azul, que atravesaba la vereda y llegaba hasta él. Observó cómo un grupo de personas juntaban el líquido con sus manos y llenaban botellas cortadas a la mitad. Uno de ellos hizo contacto visual con él, y mientras se frotaba el pelo con esa sustancia le gritó:
—¡Vení, es shampoo, aprovecha que se va para la calle!
Damián abrió los ojos grandes y sonrió con alegría, como pocas veces lo hizo en su vida. Negó con su cabeza, y siguió observando maravillado. Solía tomar decisiones impulsivas, pero no era estúpido.
Recordó que, con el primer sol de la mañana, su madre se percataría de su ausencia. Pero no se preocupó, ya que no sería la primera vez que se ausentaba de la casa antes que ella se despierte. Por lo general se iba a lo de algún amigo que tenía consola de videojuegos. Norma aprovecharía para limpiar su habitación y lo esperaría al mediodía con algún estofado. Después de todo, él se encontraba transitando los primeros meses de autonomía en su vida, no sólo por la edad, sino que ya no necesitaba tratamiento médico ni seguimiento exhaustivo.
La adolescencia de Damián no había sido nada fácil. Desde pequeño supo tener problemas de salud, que incluyeron una apendicitis, fracturas y problemas en la vista, pero a partir de los doce años la situación comenzó a ser más difusa. Algunos resfríos fueron empeorando con brotes en la piel y reiterados forúnculos en piernas y brazos. Distintos médicos empezaron a experimentar con Damián variando su alimentación y alejándolo de la naturaleza para evitar alergias. Promediando los catorce años, un médico, recomendado por un amigo de su padre, abordó la problemática desde otro enfoque. Le recomendó a Norma que comenzaran a comprar agua envasada, y que hicieran lo posible por disminuir el contacto de Damián con el agua de pozo. A partir de entonces, las reacciones agresivas en su cuerpo fueron disminuyendo, y los forúnculos empezaron a ser menos frecuentes.
Por entonces y de cara al final de la secundaria, Damián se encontraba excluido de casi todos los grupos de amigos. Con las mejoras físicas, se esperanzó en transitar una normal vida de adolescente. Pero eso no pudo ser posible. Una tarde Norma lo fue a buscar a la escuela para retirarlo ya que Jorge, su padre, había fallecido de forma repentina, mientras trabajaba. Su padre era un trabajador municipal que, manteniendo un turno de 8 a 14 horas, toda su vida barrió las mismas cuadras del centro de San Miguel, y profundizó los mismos problemas de salud. Falleció de un infarto a los 48 años, y no generó ningún vacío significativo en la casa ya que, en vida, no ofició de padre, ni de esposo ni de compañero de Damián y Norma.
Para ellos no fue nada fácil. Norma tuvo que salir a trabajar durante todo el día, y Damián ocupó el rol de amo de casa. Aprendió a limpiar, a manejarse un poco en la cocina y a ser más independiente. Profundizó así su vida de ermitaño, cada vez más alejado de sus amigos.
Cuando finalizó la escuela secundaria pudo acomodarse a su nueva realidad y comenzar a salir de su casa, alternando tareas hogareñas y changas junto a su madre. Trabajó de ayudante en obras de albañilería, pintor, repartió volantes, y durante el verano se desempeñó a la par de un amigo cortando pasto de casas vecinas.
Durante aquella mañana en la fábrica Damián pensó en Norma, pero no se preocupó por el impacto de su ausencia. Con el sol en el punto más alto del cielo, el incendio ya se había extinguido. En sólo un par de horas el calor no dejaría rastros de agua en estado líquido. De la mano de los bomberos, la policía y la municipalidad, se organizó un fondo para crear y financiar un grupo de voluntarios para ordenar y limpiar el desastre, tanto en la fábrica como varias manzanas afectadas a la redonda.
Un grupo de trabajadores del campo vecino se encontraba almorzando sándwiches cerca de Damián, junto a dos viejas camionetas. Observó que las cajas traseras estaban repletas de bolsos, por lo que supo que no eran del lugar o que se estaban por ir de viaje. Uno de ellos lo vio solo y le ofreció un sándwich de salame y queso, el cual Damián no dudó en aceptar.
—Nos vamos a quedar todo el día trabajando por el tema de la fábrica, cien pesos a cada uno. Sumate con nosotros —le dijo con evidente tonada cordobesa uno de ellos, mientras Damián devoraba su sándwich.
Excepto uno, que se encontraba comiendo arriba del vehículo, todos eran jóvenes y no llegaban a los veinticinco años. Tenían la piel dorada producto del sol, y vestían de forma muy prolija, con camisas de colores claros, pantalones de vestir y zapatos. Habían terminado de trabajar en el campo y ya estaban listos para salir a la ruta, pero la propuesta económica de la nueva changa los obligaría a volver a ponerse la ropa de trabajo durante una tarde más.
Damián aguardó que el grupo se vistiese para la ocasión y los acompañó. El mayor de ellos los organizaba. Damián eligió estar en el grupo de limpieza dentro de la fábrica, mientras otro grupo salió a recorrer las calles. Barrer las veredas y cordones le recordaba a su padre. Tenía fresco en su memoria ver a Jorge durante todo el día mirar el televisor desde el sillón, vestido con el mameluco sucio del trabajo y con su energía muerta. Todo lo que le recordaba al padre le generaba angustia y depresión. Cuando Jorge falleció, la municipalidad siendo fiel a su tradición, le ofreció a Norma un puesto en limpieza el cual rechazó de inmediato. Luego, le expresaron que una vez que Damián cumpliera los dieciocho años, podía ingresar a trabajar en el mismo puesto que su padre. Eso le generó terror. Pensaba, además, que ese día lo podían llegar a ver barriendo los cordones los viejos compañeros de trabajo de su padre, y que podrían acercarse para volver a insistirle ingresar al municipio. Por otro lado, prefería estar en el otro grupo de trabajo ya que le entusiasmaba ver la destrucción de la fábrica por dentro, y fantaseaba con encontrar algo valioso o extraño entre los restos del incendio.
La tarde pasó volando. Se divirtió como pocas veces en su vida y terminó exhausto. Entabló relación de inmediato con Luis, uno de los más jóvenes del grupo, pero a su vez uno de los que más confianza mantenía con todos, incluyendo el jefe. Era más bajo de estatura que Damián, pero de mayor contextura física. Embolsaron cientos de kilogramos de latas carbonizadas, y sacaron hacia la calle restos de muebles y equipos destruidos. Una vez por hora salía a la vereda a tomar un poco de aire, debido a que en el interior de la fábrica se mareaba por la falta de oxígeno.
Al atardecer, lejos de querer volver a su casa, se quedó a organizar un asado para los bomberos y trabajadores con los que compartieron la jornada. La municipalidad y la policía los autorizaron a cortar la calle y los bomberos les prestaron equipos portátiles de iluminación, e improvisaron tablones y caballetes para colocar mesas. Los vecinos de la fábrica, que salvaguardaron sus edificaciones gracias a la respuesta de los bomberos, se acercaron con cervezas, gaseosas y vinos, y hasta uno de ellos colocó grandes parlantes con música en su vereda. La noche se vistió de fiesta. Damián comió, se emborrachó y se rio hasta sentir dolor debajo de las costillas. Luego, se acostó a dormir en el asiento trasero de una de las camionetas.
—Viejo, venite con nosotros. Necesitamos gente en el campo, podrías dormir en la casa de uno de los chicos, y trabajás con nosotros —le dijo Luis a Damián, quién revoleaba los ojos hacia los costados sin entender aún donde se encontraba. Afuera de la camioneta ya reflejaba la luz de la mañana.
—¿A dónde querés que me vaya? No entiendo.
—A Colonia Almada, tenemos que salir ahora para allá así llegamos de día.
Damián se rascó la cabeza, mientras frunció la boca y la nariz en señal de duda.
—Pero ¿cómo sabés que allá me van a contratar para trabajar?
—Al trompa le caíste bien, y él mismo me pidió que te dijera esto. Solo falta que confirmes vos —le contestó el cordobés con brillo de entusiasmo en los ojos.
Damián respiró profundo, cerró los ojos y se quedó callado unos segundos. Pensó en su madre, en su difunto padre y en sus amigos. Pero como siempre, escuchó a su corazón.
—Dale, vamos.
Capítulo 2
El silbido de la pava le arrancó, por un instante, la concentración que tenía. Apagó la manta térmica que usaba de hornalla y esperó dos minutos que el agua bajara varios grados su temperatura, mientras volvía una y otra vez sobre la misma idea, intentando refutarla y en simultáneo defenderla. A su derecha se extendían decenas de placas de cultivo con manchas de diversos tamaños y colores, y anotaciones en fibra negra sobre las tapas. Los últimos haces de luz de la tarde ingresaban desde su ventana, la cual tenía las juntas selladas con silicona para que no se volviera a abrir y mantener así un ambiente más limpio en su laboratorio.
Verónica trabajaba en la misma habitación que su padre le ayudó a construir con el objetivo de formar una familia a futuro. Pero ella nunca logró convencerse de ese plan. Era una persona que solía avanzar paso a paso, día a día, y no proyectar mucho más su vida que veinticuatro horas. Esa construcción poco armónica y cambiante de su vida se reflejaba en su propio hogar, que modificaba y agrandaba según las necesidades inmediatas.
Luego de tomar tres mates, agarró la libreta con sus manos huesudas y empezó con algunas anotaciones desordenadas. A lo lejos comenzó a sonar el agitador del reactor que giraba de manera intermitente. “Levaduras 233, 235 y 236 descartadas”, escribió, tomó la placa 234 y la devolvió a la estufa. Observó que mantenía un buen aspecto, pero no quiso anotar nada por cautela, y un poco por cábala. Prefirió esperar.
Trabajaba en un proyecto en el que el entusiasmo pesaba mucho más que la retribución económica que iba a recibir. Seis meses antes, Juan Manuel, un amigo de la infancia y eterno pretendiente, le pidió ayuda para disminuir los costos de insumos de su planta cervecera. Le consultó si había alguna forma de reutilizar más veces las levaduras. En su fábrica, una vez que filtraba la cerveza, obtenía un sedimento de levaduras que, con algunos cuidados, podía reutilizar. Pero sólo las podía reciclar una o dos veces, ya que la calidad de la fermentación disminuía de forma considerable. Verónica sabía que las levaduras, como todo organismo vivo, al reproducirse genera pequeñas mutaciones. Y al reproducirse muy seguido, esas mutaciones comienzan a ser notorias en sólo horas. De esta forma, las levaduras pierden efectividad, producen menos alcohol y generan compuestos que alteran la cerveza. Aceptó el desafío de investigar una solución y alterar el curso de la naturaleza de esas levaduras.
Verónica desde pequeña jugaba con todos los animales e insectos que veía. Sus padres, cada vez que pudieron, le regalaron cachorros, terrarios, y la llevaron de paseo por zoológicos y parques. Creían que su hija rebalsaba de amor por la vida animal, aunque la palabra que mejor definía lo que sentía era fascinación. Cuando en la escuela escuchó hablar sobre la teoría de la evolución, se enredó en la historia cual fanatismo por princesas o superhéroes para cualquier otro niño. Le pareció maravilloso comprender y convencerse de dónde venía. Insistió y logró que la madre le comprara los fascículos que venían en la revista Anteojito sobre El Origen de las Especies, y así comenzó un viaje de aprendizaje que finalizó de adulta con su título de bióloga. Buscó proseguir con un postgrado, pero fue rechazada como candidata para un doctorado. Le explicaron que la universidad pública no estaba lista para discutir sobre la temática propuesta en su proyecto de tesis. Deseaba investigar en profundidad las mutaciones, ese proceso vital para la evolución, en clones de animales. Le intrigaba trabajar con individuos que naturalmente poseían un mismo origen. Sabía que podía tratarse de un campo fértil para la investigación y los grandes descubrimientos.
