La hermana equivocada - Laurie Campbell - E-Book

La hermana equivocada E-Book

Laurie Campbell

0,0
2,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

Daría la vida por tener una segunda oportunidad con su difunta esposa... Rafe Montoya sabía que su esposa no era feliz; quería que él pasara más tiempo en casa y quería tener un hijo... quería más de lo que él podía darle. Pero entonces un trágico accidente se llevó la vida de Beth y dejó a su hermana gemela, Anne, herida pero con vida. Rafe se dio cuenta de que había llegado demasiado tarde y ahora lo único que podía hacer era ayudar a Anne a recuperar las fuerzas y la memoria... pues eso era lo que Beth habría querido. Sin embargo, cuando miraba a Anne a los ojos tenía la sensación de estar viendo a Beth, a su Beth.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 211

Veröffentlichungsjahr: 2022

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



 

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Avenida de Burgos 8B

Planta 18

28036 Madrid

 

© 2004 Laurie Schnebly Campbell

© 2022 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

La hermana equivocada, n.º 1533- septiembre 2022

Título original: Wrong Twin, Right Man

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.:978-84-1141-098-4

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

SI AL menos pudiera estar segura de su amor, el tubo de la pasta de dientes no tendría ninguna importancia. Ni el hecho de que siempre llegara tarde. Ni lo del bebé…

Bueno, lo del bebé sí que importaba.

—Quiero tener un hijo —le dijo Beth a su hermana—. Al final, todo se reduce a eso.

—Escríbelo —ordenó Anne, tendiéndole la hoja con el menú del coche-restaurante del tren para que tomara nota por la parte de atrás—. Para arreglar las cosas con Rafe, lo primero es saber cuál es el problema.

Él no la amaba. Pero Beth se sentía incapaz de decirlo en voz alta.

—No quiere tener un hijo —afirmó Beth en su lugar, cosa que venía a ser lo mismo—. Acordamos que esperaríamos a que la Oficina de Asistencia Legal para jóvenes desfavorecidos estuviera en marcha y diera sus frutos, pero está tardando mucho más de lo que yo esperaba.

—Escríbelo —repitió Anne, tendiéndole un bolígrafo—. ¿Cuándo fue la última vez que hablasteis de ello?

Beth obedeció, y luego respondió:

—El viernes, la noche antes de marcharme para venir contigo.

La noche antes de que ella y su hermana Anne partieran en viaje de vacaciones. Beth y Anne solían salir juntas de viaje una vez al año, lo llamaban las «Vacaciones fraternales». Esa noche, Beth había acusado a su marido de preocuparse más por los chicos de Tucson que por tener un hijo propio. Y él no lo había negado.

—¿Qué ocurrió? —preguntó Anne.

—Nada. Yo esperaba que se enfadara o algo así, que dijera que no es verdad, pero sólo dijo que la oficina de asistencia legal no había terminado de despegar y que teníamos tiempo de sobra.

—Veintiséis años no son tantos —observó Anne—. Y Rafe tiene… ¿cuántos, veintiocho? Pero bueno, ése es el primer problema. ¿Qué más?

—¿Es que no es bastante? —protestó Beth mientras el camarero les servía el desayuno.

Ojalá desapareciera el camarero, ojalá la tortilla de champiñones y las tostadas no la distrajeran, pero, por supuesto, una de las cosas más divertidas del viaje era desayunar en el coche-cafetería del tren, y por eso precisamente volvían en tren de Los Ángeles a Tucson.

Para volver con un marido que no la quería. O, al menos, que no la quería tanto como ella a él.

—Sigo sin poder creer que te hayas dejado el anillo de boda en casa —afirmó Anne, observando el anillo que ella le había prestado unas cuantas noches antes, al pillarla llorando por haberse dejado el suyo en casa—. ¡Y encima ni siquiera dijiste nada! Bethie, tienes que hablar más de tus problemas.

Quizá, pero no podía esperar que su hermana Anne se los resolviera. Beth siempre se había preocupado por las personas mientras que Anne, en cambio, se ocupaba de otros asuntos. Además, esperaba que una semana lejos de Rafe le sirviera para poner orden en su vida.

—Pensé que… que podía fingir que no estaba casada y ver cómo me sentía —musitó Beth.

—Y es triste, ¿verdad?

Sí, ése era su problema. Dejarse el anillo de bodas en el joyero del armario había sido una tontería, y llevar el anillo que le había prestado su hermana no la hacía sentirse menos sola.

—Tienes que hablar las cosas —continuó Anne—. Olvídate del nuevo look, no es eso lo que necesitas. No es que no te siente bien, pero…

—Lo dices porque ahora me parezco más a ti.

Anne sonrió, reconociendo que era cierto. Con el nuevo corte de pelo de Beth se parecían más que nunca.

—Las melenas cortas y rizadas nos sientan bien a las rubias tirando a pelirrojas —se defendió Anne—. Pero, de todas maneras, el modo más rápido de solucionar las cosas es hablar con Rafe. Es decir, si quieres seguir con él.

—¡Eso es lo peor! ¿Qué clase de mujer quiere a un marido que no la necesita?

Aún quería a Rafe Montoya, la semana de vacaciones no había cambiado en nada las cosas. Anne vaciló, alzó la vista, y dijo muy seria:

—Bethie, sé que te gusta cuidar de los demás, pero no es lo mismo ser amada que ser necesitada.

Quizá aquella frase tuviera sentido para una profesional que no comprendía la esencia del amor, pero era un completo error.

—¡En eso consiste el matrimonio! —exclamó Beth.

Anne se quedó pensativa durante tanto tiempo, que Beth llegó a la conclusión de que no había una solución clara al problema. Luego Anne, resuelta como siempre, añadió:

—Tienes que hacer una lista de pros y contras. Razones para seguir casada, y razones para divorciarte. Vamos, escribe.

—Pero…

¿Y si las razones para divorciarse pesaban más que las razones para estar casada? ¿Y cómo era posible que ambas hermanas hubieran cambiado sus papeles cuando, por lo general, era ella la que se preocupaba por su hermana?

—No quiero rendirme aún —afirmó Beth.

—Eso va en la columna de los pros —ordenó Anne, dando un sorbo de café—. ¿Qué más cosas te gustan de él?

No era que le gustara, no. Más bien se trataba de amor. Y de la sospecha de que él jamás la amaría.

—Vamos, ¿es inteligente, guapo, rico, encantador, buen amante en la cama…? —insistió Anne.

—¡Anne!

Estaban en medio del coche restaurante, rodeadas de gente.

—¿Bien parecido, puntual, cortés, buen atleta…?

—Es todo eso —la interrumpió Beth.

Al menos Rafe se mostraba maravillosamente libre a la hora de expresar sus emociones cuando le hacía el amor.

—Bueno, excepto rico —se corrigió Beth—. Aún está pagando el crédito que pidió para estudiar, y la oficina jamás le dará mucho dinero.

—Así que eso va en la columna de los contras junto con lo del bebé y lo de dejarse abierto el tubo de la pasta de dientes —concluyó Anne—. Menos mal que es puntual, porque tiene que recogernos en la estación.

Habían quedado con Rafe a las nueve y media de la mañana para que Beth pudiera enseñarle a Anne la casa nueva antes de llevarla al aeropuerto. Y, conociéndolo, seguro que Rafe había llamado por teléfono a la estación de madrugada para preguntar si el tren llegaba con retraso. Porque Rafe Montoya era incapaz de entregar el corazón, pero también era incapaz de no cumplir con sus responsabilidades.

—Probablemente vendrá directo desde el despacho —dijo Beth.

—¿Tan pronto se marcha a trabajar?

Nunca era demasiado pronto para Rafe, que podía comenzar la jornada laboral a las tres de la madrugada o trabajar durante setenta y dos horas seguidas… sobre todo si algún miembro de una banda juvenil necesitaba que le pagara la fianza para salir de la cárcel o que fuera a recogerlo a la comisaría.

—Supongo que habrá pasado la noche en Legalismo —explicó Beth—. Estando yo de vacaciones, no tiene ningún motivo para volver a casa.

Ojalá no lo hubiera dicho. Aquello sonaba a sentencia de muerte, y Beth no estaba aún preparada para aceptarlo.

—Para algunas personas, dormir en una cama de verdad es un buen motivo para volver a casa —comentó Anne.

—Sí, para personas como tú y como yo, pero no para Rafe —convino Beth—. Tú no sabes cómo es.

Anne alzó las cejas en un gesto de asentimiento, confirmando la opinión de Beth. El día en que Rafe y Beth celebraron la fiesta de su compromiso, que fue cuando Anne lo conoció, Anne se llevó a Beth aparte y le preguntó si estaba segura de querer contraer matrimonio con un San Rafael dedicado por entero a los chicos marginados de la calle. La pregunta había perseguido a Beth durante los últimos seis meses.

—Sí, ya sé cómo es Rafe —convino Anne, mirando el reloj—. Si dices que llegará a la hora, es que llegará a la hora.

—Tomarás el avión sin problemas —prometió Beth, observando que su hermana se preparaba ya para comenzar de nuevo a trabajar.

Porque seguía mirando el reloj. O, mejor dicho, seguía mirando el reloj que le había prestado Beth el primer día de vacaciones. Dejarse el reloj en casa había sido otra estupidez, había dicho Anne. Jamás volvería a hacer caso de los estúpidos consejos de las revistas para reducir el estrés.

—Bien, así que estaré en Chicago esta noche —añadió Anne—. Escucha, no hace falta que me enseñes la casa si necesitas estar a solas con Rafe. Puedo verla la próxima vez que venga.

—¡No, tienes que verla! La habitación de invitados te va a encantar, parece un despacho. Cuando vengas a pasar unos días, te sentirás como en tu propia casa.

—Te burlas de una adicta al trabajo, ¿eh? —sonrió Anne—. Pues esta semana he hecho grandes progresos.

Sí, si no tenía en cuenta que había llamado por teléfono al encargado dos veces al día.

—Desde luego, incluso hemos ido de compras —sonrió Beth.

Anne había insistido en que Beth se comprara ropa nueva para terminar de redondear su nueva imagen, y el resultado era que las gemelas se parecían la una a la otra más que nunca.

—Ha sido divertido, ¿a que sí? El camarero ha estado a punto de preguntarnos si somos gemelas, te lo juro.

—Sí, ojalá nos quedara un día o dos más de vacaciones —contestó Beth, observando la lista de pros y contras.

A veces una simple mirada podía ser más elocuente que las palabras. Beth se quedó de piedra al ver la expresión de su hermana. Sin duda, Anne opinaba que unos días más de vacaciones no iban a servir para arreglar su matrimonio. Sin embargo tenía demasiado tacto como para decirlo en voz alta.

—Escucha, siempre puedes venir a verme —sugirió Anne—. La verdad, sería maravilloso que vinieras a ocuparte de todo.

—¿Adónde, a la oficina? No sabría por dónde empezar.

No, ése no era el dominio de Beth, por mucho que ambas hermanas compartieran por igual la propiedad y la responsabilidad de una empresa.

—Pero podrías aprender. Es decir, si decidieras hacer un cambio en tu vida —continuó Anne.

Ocurriera lo que ocurriera con Rafe, Beth no podía ni imaginar que cambiaba los papeles con su hermana. Anne había nacido para dirigir un negocio, y el de Dolls-Like-Me había florecido nada más tomar ella las riendas. Beth, en cambio, era feliz en casa, diseñando muñecas especiales para niñas con síndrome de Down, muñecas iguales a esas niñas.

—No quiero cambiar tanto, pero gracias.

—Bien, entonces, piensa en tu lista —dijo Anne—. Te quedan tres horas para terminarla.

¿Tres horas para decidir si quería seguir casada?

—No puedo decidirlo tan deprisa —protestó Beth.

—No tienes que decidir nada aún —explicó Anne, haciéndole un gesto al camarero para que les sirviera más café—. Sólo apunta los pros y los contras.

—Está bien —accedió Beth.

Nada más llegar el camarero y ponerse a hablar con su hermana tal y como solían hacerlo todos los hombres, Beth se dedicó a la lista. Sin embargo aquella hoja de papel no bastaba para expresar lo que había ocurrido en los dos últimos años. Desde el momento de dejar en manos de su hermana Anne la dirección de una empresa hasta entonces casera, Beth había estado más que preparada para fundar una familia. Demasiado pronto.

Porque Rafe, en cambio, no lo estaba.

Ni lo había estado un año antes, ni lo estaba en ese momento.

No, Rafe reservaba toda su pasión para el trabajo. Toda su energía, todo su tiempo, los dedicaba a ayudar a los chicos del barrio a escapar del tipo de vida del que él, con su espíritu aventurero, había logrado huir. Un espíritu aventurero y caballeresco que la había cautivado nada más conocerlo. Pero hacía tiempo que Beth había comprendido que era más fácil amar al caballero, que vivir con él.

—¿Sabes qué? —preguntó Anne al marcharse el camarero—. Creo que necesitas un descanso. Vamos al coche de arriba a ver las vistas.

La noche anterior no habían recorrido el tren, conformándose con meterse en su compartimento de literas nada más salir de Los Ángeles.

—De acuerdo —convino Beth, doblando la hoja de papel por la mitad.

Beth metió la hoja en el bolsillo lateral de su maleta al pasar por la zona de los equipajes. Esperaba olvidarse así del problema. Al menos durante el trayecto. Después de todo, el objetivo de aquellas «Vacaciones fraternales» era pasárselo bien con su hermana.

—¿Adónde iremos el año que viene? —preguntó Beth mientras se sentaban en el coche de arriba, todo acristalado y dedicado únicamente a la contemplación—. Te toca elegir a ti.

—A Nueva York —contestó Anne de inmediato—. Nunca has estado allí, y necesitas un descanso. Además, Marc puede conseguirnos entradas para cualquier espectáculo de Broadway.

Marc era un arquitecto italiano al que Anne había conocido hacía unos meses, el último de una larga lista de atractivos solteros a los que Anne conquistaba y abandonaba con increíble facilidad. El hecho de que Marc siguiera en el horizonte resultaba muy revelador, porque no era lo habitual.

—Crees que él… —comenzó a preguntar Beth, vacilando y buscando las palabras exactas—. ¿Es un hombre especial?

—No para toda la vida —contestó Anne—, pero es divertido para unos meses.

Si ella pudiera tener tanta confianza en sí misma como su hermana, si ella pudiera ver a los hombres como un simple divertimento en su vida… Pero ése no era modo de fundar una familia. Y, sin familia, ya no le importaría a nadie en el mundo.

—¿Sabes qué nos hace falta? —preguntó Anne—. Un café con brandy. Para que el resto del viaje sea más ameno. ¿Qué dices?

—Yo iré —se ofreció Beth—. Guárdame el sitio, enseguida vuelvo.

—Bueno, pero déjame pagar —contestó Anne, tendiéndole su bolso y colocando el de Beth en el asiento que había a su lado para guardar el sitio—. Te espero aquí… a menos que quede libre otro sitio mejor.

Era típico de su hermana mostrar tanta confianza, pensó Beth mientras bajaba las estrechas escaleras con el bolso rojo de Anne en la mano. Había gente buscando sitio en el coche de arriba, esperando para poder disfrutar de las vistas sobre el desierto. Pero algunas personas habían nacido con la confianza justa como para que esa seguridad surtiera exactamente el efecto deseado… y eso las hacía más atractivas aún a los ojos de los demás.

Su observación fue confirmada nada más entrar en el coche-cafetería, donde un hombre con un maletín de ejecutivo alzó la vista hacia ella y la saludó con una enorme sonrisa.

—¡Anne Farrell! Jake Roth, de Boston. ¿Qué tal estás?

No la habían confundido con su hermana desde los tiempos del instituto, pero resultaba tan desconcertante como siempre. Halagador, por supuesto, pero también violento. Jake Roth se había puesto en pie para estrecharle la mano. Parecía tan feliz de verla, que daba pena desilusionarlo.

—En realidad Anne es mi… —comenzó a decir Beth.

—¡Cuánto me alegro de verte! —la interrumpió él, estrechándole la mano con fuerza—. Mindy aún me pregunta por ti, tengo que decirle que nos hemos visto en el tren. ¿Adónde vas?

—Eh… a Tucson —contestó Beth vacilando, sosteniéndose apenas de pie con el traqueteo del tren—. Pero, señor Roth…

—Jake —la corrigió él.

De pronto el suelo se movió, y Beth sintió que se balanceaba a los lados. Él la agarró, pero después se tambaleó también mientras el suelo, aparentemente, se movía en la dirección contraria. Beth se aferró a una mesa, pero entonces algo golpeó a Jake, lanzándolos a los dos hacia atrás. Luego, mientras otro pasajero gritaba alarmado, Beth oyó el crujido de un golpe metálico y el grito de advertencia de Jake:

—¡Agárrate, Anne, vamos a estrellarnos!

No, seguramente habían chocado contra una roca o algo así… se dijo Beth, tratando de tranquilizarse, escuchando un grito aterrador. Beth se quedó paralizada, muerta de pánico, sintió el suelo ceder a sus pies y alzó la vista justo a tiempo de ver cómo la pared caía sobre Jake. Y sobre ella.

 

 

¿Sonreiría Beth? Quizá debiera sostener las flores en alto para que ella las viera nada más bajar del tren, pensó Rafe mientras abría la puerta de la oficina. Se había parado a comprar flores de camino al trabajo, necesitaba demostrarle cuánto la quería. Después de una despedida tan seria, y después de no haber hablado por teléfono ni una sola vez desde que el avión había aterrizado en California, Rafe tenía que demostrarle que ella era la persona más importante de su vida. Por eso había reservado una mesa para cenar y celebrar la bienvenida y…

—Eh…

La voz del chico sonó muy natural, pero Rafe supo reconocer en ella una profunda desesperación. Sin duda había acampado aquella noche ante la puerta de la oficina, esperando verlo a primera hora de la mañana. Y él estaría feliz de hablar con Oscar Ortiz a cualquier hora, porque le recordaba a sí mismo a los quince años.

—Hola —saludó Rafe, viendo entonces que llevaba un arma sujeta a la cinturilla del pantalón. No quería arriesgarse a perderlo de vista otra vez, así que bostezó y añadió—: Estaba pensando en tomar un café, ¿vienes conmigo?

No le importaba tomar un café a pesar del calor del mes de agosto. Porque, mientras estuvieran en la calle, no tendría que obligarle a respetar la regla de oro del centro: «Drogas No, Armas No». Oscar se encogió de hombros, y Rafe cerró la puerta de nuevo y echó a caminar en dirección a un bar. Si pudiera sacar a Oscar de la banda de Los Lobos igual que había salido él de la de los Bloods…

—¿Sigues queriendo ver a Cholo? —preguntó el chico.

Rafe miró el reloj. Iba a andar justo de tiempo, porque tenía que ir a buscar a Beth a la estación. Sin embargo, no podía desperdiciar la oportunidad de estrechar un potencial lazo con el líder de la segunda banda más importante de la zona. Oscar vio el gesto sin duda, porque inmediatamente retiró la oferta, diciendo.

—Los abogados siempre tienen sitios a los que ir.

—Sí —confirmó Rafe—, tengo que ir a recoger a mi mujer. Viene en el tren de L.A.

—No será el que se ha estrellado, ¿verdad? —preguntó el chico, lanzándole una mirada suspicaz—. Lo han dicho por la radio. Ha habido un choque terrible en medio del desierto —informó Oscar ante su evidente incredulidad.

No, el tren de Beth no. Debía haber al menos media docena de trenes entre Tucson y L.A. Más. Imposible. Aun así, Rafe sintió un estremecimiento de miedo en el pecho. Pero no, no perdería a la persona amada. Otra vez no. Nunca jamás.

—Ella no puede estar en ese tren —dijo Rafe—. Beth no, seguro que está bien.

El chico se encogió de hombros y guardó silencio, y Rafe se puso tenso.

—Será un error, seguro —añadió Rafe—. Tengo que comprobarlo.

Bastaría una simple llamada telefónica. Por primera vez en la vida, Rafe se arrepintió de no haber hecho caso a Beth y no llevar un móvil para esas noches en que se quedaba a trabajar hasta tarde.

—Según la radio… —comenzó a decir Oscar.

—Tengo que comprobar qué ha ocurrido —añadió Rafe, interrumpiéndolo.

Había una cabina telefónica al otro lado de la calle. Y no había nadie, así que, si el teléfono no estaba roto, ahorraría dos minutos llamando desde allí en lugar de volver al despacho. Rafe echó a correr, sintiendo un inmenso alivio al comprobar que el teléfono funcionaba. Entonces buscó monedas en el bolsillo del pantalón.

Beth tenía que estar bien. Bastaba con… Dos perras gorras y unos billetes, eso era todo. Lo cual significaba que tenía que ir al bar a pedir cambio…

—Toma —dijo Oscar, dejando caer un montón de monedas en la mesita del teléfono y saliendo de la cabina.

¿Adónde llamar? A la estación. Ellos lo sabrían. Rafe marcó de memoria el mismo número que había marcado al amanecer para confirmar la hora de llegada.

Alguien tenía que saberlo, se repitió mientras escuchaba el tonillo. Alguien tenía que asegurarle que todo iba bien, que Beth estaba bien, que no iba a perderla.

—El tren de las nueve y media procedente de Los Ángeles… —dijo Rafe por teléfono al empleado que contestó—. Mi mujer va en él, y…

—Señor, ha habido un… un retraso… y no disponemos de toda la información. Si quisiera, por favor, venir a la estación…

—No, sólo necesito saber si ella está bien.

—Por favor, señor, venga a la estación y…

Rafe colgó. Las cosas no comenzaban bien, pero todo acabaría bien. Beth estaría bien. Cierto, quizá tuvieran ciertos problemas matrimoniales, pero él podía solucionarlos. Podía arreglarlo todo, hacerla comprender que aún tenían tiempo de sobra para tener un bebé. Podía solucionarlo todo, sólo tenía que descubrir primero qué… o quién…

Morton, el policía que lo había ayudado hacía unos meses con los chicos. Morton se enteraría. Sólo que se había dejado su número en el despacho.

Rafe echó de nuevo a correr, alentado por el mismo pánico que había empañado cada una de sus noches cuando aún no sabía qué iba a ser de él. Sólo tenía que llegar a la oficina y abrir la puerta. Estaba temblando. La línea era directa, no tenía tiempo para charlas.

—¿Puedes averiguar algo acerca del accidente del tren? —preguntó Rafe.

—¿Cuál, el que ha descarrilado? —preguntó a su vez el policía.

—El que viene de Los Ángeles, mi mujer viaja en él.

—¡Oh, Dios! —exclamó Morton, alarmado—. Espera, déjame ver… espera.

No podía ser. Debía ser la línea telefónica. Porque todo iba a salir bien, se repitió una vez más Rafe, aferrado al auricular.

Beth estaba a salvo. Volvía a casa. Aunque no siempre todos volvían a casa. Ahí estaba mamá, ahí estaba Carlos, ahí estaban Nita, Gramp y Rose. Pero no podía tratarse de lo mismo. Porque, en el caso de Beth, él no dependía de ella.

Jamás había dependido de ella, y jamás lo haría.

Así que tenía que estar bien. Simplemente Morton tardaba en confirmarlo, pero en cualquier momento se pondría de nuevo al teléfono y le diría que el tren de Beth se había retrasado debido a un problema sin importancia.

—¿Rafe? —lo llamó el policía algo nervioso, preparándolo para lo peor—. Escucha, lamento tener que decírtelo, pero… —Morton se interrumpió—. Espera un momento, ¿viajaba tu mujer con…?

—Con su hermana, sí —contestó Rafe—. Su hermana Anne, son gemelas.

Quizá se hubiera producido un error. Quizá le hubiera ocurrido algo a su hermana. Eso sería duro para Beth, pero al menos ella seguiría viva.

—¡Ah, demonios! —musitó el policía—. La hermana ha sido trasladada a urgencias ahora mismo, pero Beth… Lo siento, no lo ha conseguido.

No.

No, se repitió lentamente Rafe, dejando el auricular en su sitio. No era posible.

No podía estar ocurriendo.

Pero ocurría continuamente.

No, esa vez no.

Beth no lo había conseguido. Beth no.

Otra vez no.

Rafe reconocía el sentimiento: la opresión en el pecho, la presión de las lágrimas.

No, lágrimas no. Tenía que ponerse en marcha, Rafe lo sabía, tenía que moverse, hacer algo…

No llorar.

Porque no servía de nada. Rafe corrió a la sala de espera. Si había alguien, al menos encontraría algo que hacer. Algo que hacer que no fuera llorar, porque no iba a llorar. Era una locura, pero aunque no hubiera nadie no iba a llorar.

Dolía.

No podía ser. Beth no podía haberse ido, porque aún tenía que arreglar las cosas con ella. Después del modo en que se había marchado, pensando que no la quería simplemente porque no quería tener un niño… cuando la adoraba…

Pero no la quería lo suficiente.

Jamás era suficiente.

Rafe sintió un escalofrío y tragó, aferrándose al sillón de plástico de la sala de espera. No podía cerrar la oficina, pero tampoco podía…

No podía soportarlo.

No podía arreglarlo.

Pero tenía que arreglarlo. Era su trabajo, solucionar cosas, y no podía quedarse ahí, llorando en la sala de espera de la oficina…

Pero las lágrimas no paraban de salir. Por mucho que apretara los dientes, por mucho que contuviese la respiración, era imposible tragarse ese…

No, allí no.

Rafe corrió al baño y cerró la puerta, sintiendo un torrente de calor y lágrimas agolparse en sus ojos, en su garganta. Prácticamente se estaba atragantando, y no parecía capaz de parar, no podía dejar de aferrarse a la desesperada idea de que…

No, Beth no.

Esa vez no.

Por favor.

Pero no había respuesta, como Rafe ya esperaba. Aun así seguía rogando con todo su corazón, concibiendo esperanzas a pesar de saber que no servía de nada. Llorar no servía, nada servía, tenía que calmarse y salir de allí, recuperar la fortaleza que se había pasado la vida acumulando para evitar que un dolor como ése volviera.