La hermandad del sur - C. Andrés Mariñelarena - E-Book

La hermandad del sur E-Book

C. Andrés Mariñelarena

0,0
11,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

Rafael, un joven universitario, se encuentra sumergido entre los avatares del mundo académico y un cotidiano terrenal, con altibajos propios de un muchacho de a pie. Todo va a cambiar cuando junto a Javier, su mejor amigo, descubra que el mundo que conoce se extiende más allá, y que este descubrimiento no sólo lo embiste de frente, sino que cambiará la historia de la humanidad. La Hermandad del Sur es aventura, búsqueda, enfrentamientos, amistad, fantasía y realidad. En ella se verá implicada gran parte de la bella geografía argentina, tanto como universos, historias y personajes ajenos a lo común, cuando una amenaza pretende arrasar la vida en la Tierra. El límite entre lo real y lo fantástico comenzará a fundirse a partir de aquí. El peso de todo lo que aman, estará al fin, en sus manos…

Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:

EPUB
MOBI

Seitenzahl: 510

Veröffentlichungsjahr: 2020

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.

Fotografía: Peter Conlan en Unsplash

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Mariñelarena, Cristian Andrés

La hermandad del Sur / Cristian Andrés Mariñelarena. - 1a ed . - Córdoba : Tinta Libre, 2020.

432 p. ; 22 x 15 cm.

ISBN 978-987-708-588-4

1. Novelas. 2. Novelas Fantásticas. 3. Realismo Mágico. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,

total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución

por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad

de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2020. Mariñelarena, Cristian Andrés

© 2020. Tinta Libre Ediciones

Amor vincit omnia.

La Hermandaddel Sur

C. Andrés Mariñelarena

Prólogo

Por lo naranja del cielo, cualquiera hubiese apostado a que era domingo. La tarde del jueves recibía a los tres individuos de negro con vientos helados, que bajaban de tanto en tanto para acariciar el extenso trigal emergente. El hombre del medio miró el lugar unos instantes y caminando lentamente se adelantó a sus compañeros, quienes esperaban como quien espera un turno. El hombre dio algunos pasos más y se detuvo. Sus compañeros miraban al cielo, sondeaban el lugar, se distraían con los patos que volaban en lo alto. El hombre se agachó sobre la entrada de la chocita de chapa y le dio al suelo dos golpecitos con los nudillos, como quien llama a la puerta sin querer alarmar al dueño de casa. Esperó unos segundos y volvió a golpear. Sus compañeros seguían con las manos en los bolsillos, en silencio, con sus camperas y sobretodos negros, de solapas bailarinas con cada llegada del viento. El silencio era soberano. El hombre esperó algunos segundos más y acarició el suelo con las yemas de sus dedos. Sonrió. Sonrió y enterró el puño, como dedos en merengue. De la oscura tierra sacó cuidadosamente una caja de madera, de bordes adornados con exóticos diamantes verdes y azules. La abrió y sacó de ella alguna cosa que dibujó en su cara una tenue sonrisa. Se puso de pie y arrojó la caja al pasto, para meter aquello que se le revelaba en el bolsillo del interior de su montgomery. Sacudió la tierra de su manga derecha.

Volvió en dirección a sus compañeros. Los miró por sobre sus negras gafas redondas, caminó unos metros más y se elevó por encima del trigo, perdiéndose rápidamente en el cielo. Sus compañeros se miraron y lo siguieron, cortando las nubes allá en lo alto. Las luces de la ruta se encendieron, la noche recién comenzaba…

Capítulo 1

El proyecto

…“ Por otra parte, se esperan chaparrones aislados para la noche, así que amigos, ¡a estar atentos, eh!”…

—¡Rafa!

…“Continúa la inestabilidad desde el centro hacia el Norte del país con nubosidad variable, menor amplitud térmica y precipitaciones intermitentes”…

—Parapapapa… parapa…

—¡Rafa!

—… Ouooo…, siem… pre… Narana.

—Rafael, ¡Rafa! Vino la chiquita de la otra vez, tu compañera… Abrigate un poco.

—Bien, bien. Ahí voy. —Quitó los auriculares—. Me pierdo el clima de vuelta…

La cocina era un lío. El agua se hervía con creciente entusiasmo y algunas gotas comenzaban a caer en los azulejos. Cucharas sin lavar, tazas sin secar, colador y cubiertos, sucios. Desorden. Rafael dejó el proyecto de café con leche sobre la mesada de granito (partida al medio), y salió al encuentro de Carla, su amiga de la facultad. Tomó la campera y abrió la modesta puerta de madera del living, pasó cuidadosamente por encima de su pequeña mascota que correteaba en algún sueño; advirtió que un sweater era suficiente. Ahí estaba ella, esperándolo con una sonrisa, con sus ojos verdes inmensos y sus rulos negros, mejillas de rubor permanente y la amplia fila de blancos dientes, donde los incisivos asomaban como dos paletitas.

—¡Rafy! —Lo recibió acercando la mejilla a su cara, estirando el cuello y la última vocal.

—¿Cómo andas, Carlita? ¿Todo bien? Vení, pasá —dijo manoteando el picaporte de la reja, también de madera.

—¡No, no!, esperá… —Lo tomó del brazo—. ¡Vine a decirte lo del proyecto! ¡Ya están los listados! —Invitó a un juego de manos al que Rafael nunca respondió. El habitual exceso de energía de su entrañable amiga lo mareaba.

—¿Cómo que ya están los listados? ¿Eso no era el viernes?

—¡Sí! Pero, ¡no! —Rio al contradecirse—. ¡Ya los publicaron en el sitio!

—Mirá vos…, nunca pude meterme a esa página —observó Rafa; su amiga aún lo tomaba del brazo.

—¡Te tocó con Lore! —Tironeó la morenita.

—Lore… ¿En serio...? —habló incrédulo Rafael.

—¡Sí, tonto! ¡Lorena Echeverría! —afirmó Carla, sonriente—. ¡Y a mí con Piky!

—¿Quién es Piky, Carla?

—Ay, Rafa, ¡Rafita! —lo cuestionó pellizcándolo—. ¡Paula! Este chico…

—Ah… Paula, claro. —Sin poder dibujarle del todo el rostro. El anuncio de su compañera de dupla parecía haber movido alguna pieza en él.

—¡Bueno, chico lindo, tu amiguita se va a ir! —Ahora jugaba con los cordones de la capucha de Rafa.

—¿Vas a entrenar? —Le sonrió.

—¡Sí! —exclamó improvisando un bailecito con su palo de hockey.

—Me parece muy bien, señorita. —Sonrió Rafa, tan alentador como de costumbre.

—¡Mua! —Le besó la mejilla y se fue con la particular marcha de la mujer que araña el metro sesenta.

Rafa la vio ganar la esquina y se apoyó sobre la reja, que pedía a gritos una nueva mano de barniz.

—Lorena… —pensó. Allí permaneció algunos segundos. Miró al cielo y las nubes, empecinadas en robarle el protagonismo al sol, hicieron que volviese a entrar a su humilde morada. Ahora lo miraba moviendo su colita con la trompa al suelo. ¿Estabas escuchando todo, perrito vago?

Regresó a la mesada de la cocina con la intención de seguir con su merienda, tal vez, ya, sin tantas ganas de aquello. Tomó los auriculares. El equipo de audio en una esquina del modular, atrás dejaba los datos del tiempo, pero seguía, ahora con esa música de “último momento”:

“… Reiteramos, ¡urgente! Atención…, atención…, los fragmentos caídos esta mañana en la ciudad de Buenos Aires serían de un avión perteneciente a las F.F. A.A., aunque aún no se han dado detalles al respecto. En medio de versiones cruzadas que provocaron la renuncia de dos altos cargos, el ministro de seguridad dijo hace instantes, en conferencia, que se desconocen los motivos del evento pero que se investigará para llegar a la verdad del asunto…”

Capítulo 2

Tocata y fuga

El hombre tardó en contestar, el retrovisor lo hechizaba ahora. Era esa lluvia de luces, tímida en el parabrisas, rasgando el cielo de la capital, la que no le permitía pasar el cambio luego del “¡Libre!” del alumno ansioso por encontrar la nota de su examen…

La campera era pesada y se inflaba cuando intentaba dominarla; Rafael confió en que no llovería, y la dejó sobre su cama. Una entrevista a algún pensador o quizá a algún crack de fútbol (o ambos) lo demoró frente al televisor de veintiocho pulgadas. Finalmente apagó el aparato y se encaminó hacia el lugar de los hechos: la Facultad de Humanidades de la ciudad de Mar del Plata.

No consiguió tomar el bus local que lo dejara a una cuadra de la institución; se reprochó no haber apagado antes la tv o haberse ido a dormir tarde la noche anterior: se había quedado escuchando a tres fantoches, que con asombrosa precisión explicaban por qué el mejor jugador del mundo no atravesaba su mejor momento en las canchas. Saboreando un poco de fastidio y otro poco de pesimismo impulsado por las condiciones climáticas gobernantes, Rafael llegó al aula “Dr. Mastrángelo”, con cabello y lomo totalmente empapados.

Al pisar la primera baldosa atravesó con la mirada el perfil de Lorena, quien reía y gesticulaba agrupada en ronda con algunas compañeras. El aula emanaba un calor que desentonaba con la jornada.

—¿Qué pasó Rafa, era descapotable el micro? —se burló Javier, quien jugando a quien sabe qué cosa, mantenía preso a otro compañero.

—Pff—bufó—,arrancamos complicados hoy, parece —se quejó Rafael, mientras, hacía algún movimiento poco estético para sentarse al lado de su amigo (las sillas académicas no estaban diseñadas para su metro ochenta y cinco)—. ¿Todo bien, Javi?

—¡Bien! —Soltó al pobre muchacho víctima de su aburrimiento—. Está atrás, ¿¡la viste!? —Sonrió.

—Sh… Sí, la vi. —Se acomodó Rafael.

—Viste lo que escribió, ¿no? —hizo eco de alguna red social.

Un escalofrío consecuencia de la incertidumbre lo dejó perplejo, pero Rafa disimuló de una forma más que aceptable.

—Me quedé sin internet, ¿que escribió? —Ubicó la mochila entre sus tibias.

—Se va de viaje, parece… Con las amigas. La que está buena y las otras… —El fluorescente empezaba a titilar.

—Mirá vos… —No supo bien por qué, pero el fastidio terminaba de invadirlo —. No, no vi nada…

—¿Qué onda? —cuestionó Javier, con semblante en alto y labios torcidos. Luego, volvió a su sonrisa.

—No sé, lo hago solo, mucho drama no me voy a hacer igual, ya fue… —Todo lo que decía traicionaba lo que sentía. ¿Por qué?, ¿a dónde?, ¿cómo?… Especuló con la ansiedad de las próximas horas, los próximos días, las próximas semanas; vaticinó el mal humor que tendría, vio a las mujeres que no le darían nada, o al menos, no eso que sí le daba ella, ¿qué le daba ella? Y se hizo cargo de una culpa que andaba surcando su mente hacía ya algunos días, hija perfecta de la duda y la distancia. Insultó en el más estricto silencio a quienes decían que todo pasaba por algo, y que era imposible escapar a fuerzas perversas que hacían del universo, un juego de mesa. El mediodía aún no llegaba y el día parecía no tener arreglo.

—Más vale, Rafa —palmeó su hombro—, pero… ¿Qué onda? —insistió su amigo, buscando fastidiar a otro compañero con una bolita de papel.

Rafael tomaba aire para una mejor respuesta, cuando un hombre petiso y canoso, que vestía un gamulán de gusto cuestionable, entró al aula sin saludar, provocando un arrastrar de bancos sobre el suelo húmedo. Dejó un viejo portafolio sobre la mesa, y se dispuso a hacer funcionar el proyector que descansaba sobre una mesita. De a momentos miraba hacia los alumnos, como pidiendo una ayuda que el orgullo ataba a su garganta. El quizá más pedante alumno de la clase, de estatura inversamente proporcional a sus aires de campeón, dejó su silla dando algunas indicaciones en voz alta y dictó los pasos a seguir para el correcto funcionamiento del cañón. Luego de extensos minutos, y alcanzada la epopeya del encendido del aparato, comenzó la clase más aburrida del año, o al menos de la semana…

—Los medios de comunicación, a lo largo de la historia, han logrado…

—Javi… ¡Hey, Javi!.. ¿Ves algo desde ahí? —preguntó Rafael, con la oración retenida en su lapicera.

—¡¿Eh?! —Javier despertó de un sueño pasajero, la baja de las luces ya lo había anestesiado—. ¡No!, no veo un carajo. —Sonrió.

—Ok, después le pido los apuntes a Carlita —se resignó Rafa, tratando de no levantar la voz.

—Andá anotando porque Carlita no vino, se peleó… —susurró para Rafael—.Ahora está más ocupada en vigilarlo en las sombras, que en cualquier otra cosa… me dio una lástima, pobrecita —sinceró.

—¿¡Qué!?… ¿Pero no era que se amaban y todo eso? A veces, no entiendo… —Levantó el ceño indignado.

—Yo tampoco. —Se entusiasmó Javier, al encontrar un tema más interesante que los que proponía el hombre canoso—. ¡No sé!… Por lo visto la rubia del bar le demostró al novio lo contrario. —Acercó un poco su silla a la de su amigo—. ¡Se la apretó en – un - bar! —le confió con un hilo de voz; sus manos emulaban la situación—. Y Carla se enteró al día siguiente, imaginate el quilombo… ¡La rubia del bar!… Terrible…

—¿La rub…? ¿La chica de los tragos…? —Lo miró—. Me imagino…

—… Los sucesivos gobiernos han intentado, sin embargo, tener bajo su control…

—¿Cómo vas a cagar así a Carlita? —se preguntó Javier, garabateando en una esquina de su viejo cuaderno; alzó la mirada hacia su amigo, buscando aprobación en Rafa.

—Sí, pobre… Es divina, ella me avisó lo de las duplas…

—Es más buena… —pensó Javier.

—Sí, ¿vas a hablar con ella? —preguntó Rafa, con tono profesional.

—No… No sé qué hacer. Tengo miedo, miedo de quedar como un oportunista… Odiaría quedar en ese papel… Es horrible —dijo Javier, como pasando un mal trago, bocetando a rayas su temor en el margen.

—Tranquilo, Javi, no es así, no lo sos… Hablan siempre, ella confía en vos… Yo la conozco, hablale, o al menos escuchala, preso no vas a ir… —Javier se conformó con gesto ausente, hizo una mueca con la boca.

Rafa sintió una mano amable tocar su hombro húmedo. Presintiendo a Lorena, esbozó una sonrisa y giró.

—¿Te molestaría correrte un poquito? —le preguntó una de las compañeras, perteneciente al grupo de las cuales Rafael no recordaba los nombres.

—¡Sí! Disculpá—respondió cálido, exaltado por la falsa alarma.

La clase siguió un rumbo demasiado cierto y predecible: no hubo pausas y concluyó de manera religiosa, a las diez en punto. El concierto de cuadernillos entrando a las mochilas y de sillas arrastrando las patas por el piso, se desató furioso, tapando por completo los anuncios del canoso profesor para los días siguientes.

Lorena se levantó, sonrió y batió su mano para hacerle saber a Rafa que era momento de hablar del proyecto, o del viaje, o de las dos cosas. Salieron todos rápidamente, como si el tedio los echase. Lorena esperaba enviando mensajes o tal vez simulando que los enviaba. Era una chica de mediana estatura, pelo largo, castaño y algo ondulado, tez más bien rosada, ojos marrones y labios carnosos. Llevaba consigo un jean, que se ajustaba a su cadera y muslos prominentes. Rafa se acercó más serio y decidido que la última vez, ya no ensayes Rafa, no supongas su discurso, Rafa… dejaría en claro quizá, que su límite era la dignidad, y que ya no tranzaría con gestos de película.

—¿Qué hacés, Rafy? Aburrido, ¿no? —Manos y vista en el móvil.

—Más o menos, dijo algunas cosas interesantes —mintió descaradamente.

—¿Sí?, bueno, me alegro por vos… Busquemos un lugar para ver si arrancamos con esto de una vez. —Ella siguió escribiendo.

—Sí, está bien. —Buscó un lugar Rafael.

Deambularon por las instalaciones de la facultad. Se toparon con políticos novatos, graduados soberbios, ayudantes solidarios, vendedores de pan caliente, profesoras aburridas, deportistas frustrados e ingresantes nerviosas, que comprendían que el mundo era algo más complejo que el nefasto universo alucinógeno de los programas preadolescentes obsesionados con la huerfanidad y la virginidad de sus protagonistas. Finalmente, se sentaron a dos metros de donde habían iniciado el recorrido.

—Che Rafy, no te dije, pero lo más probable es que yo me vaya de viaje. La entrega de esto es el veinte y yo me iría el… diecinueve. ¿Creés que puede haber algún problema? —indagó sabiendo que él sabía.

—¿Para quién? —Fingió no entender, sin saber si ella lo sabía.

—Para el proyecto… mismo, nos queda poco tiempo. —Lo miró extrañada.

—No sé, ¿vos que pensás?—sobró, raro en Rafael, tal vez inédito.

—No te enojes, Rafy, ¿pensás que no me importa, no?

—No, Lore, todo bien, pero preguntás sabiendo las respuestas... —Miró por la ventana a la nada, al borde de su seguridad. El tiempo seguía igual de mezquino, algunas gotas caían descompasadas sobre el vidrio.

—Está bien —ganó postura—, creo que lo mejor sería dividir los temas… Podemos hacer esto… —Tomó la lapicera de tinta negra y comenzó a trazar líneas sobre la hoja de un block anotador de tapa dura y hojas con renglones azules—. Desde…—Acomodaba sus pesados cabellos detrás de la oreja, que volvían a interrumpirla segundos después—. “Liberalismo integral, secularización y crecimiento hacia afuera”, hasta… Mmm… A ver… “La política del exterminio del indígena, ampliación de fronteras y disciplinamiento social y del cuerpo”, y… desde… —El ángulo de visión de Rafa lo invitaba a desconcentrarse con el suculento labio inferior de Lorena, también con los huecos delimitados por sus clavículas, también con su pecho, también con sus lunares, qué linda es, lo sabe…—. “Las oposiciones al modelo hegemónico. La inmigración de masas. Politización étnica, social y religiosa” hasta… Veamos… —Hacía un ruidito particular con la boca, un “chuik” que repetía de a pares—. Acá está, “Política, movimientos sociales y partidos de cuadros. Corrientes y disputas…”, etcétera, ¿qué te parece? —concluyó. Rafael volvió.

—Está bien… Está bien, ¿qué parte preferís? —resumió.

—Cualquiera —afirmó ella, levantando los hombros. Su suave voz mantenía siempre el mismo tono.

—Bueno, elegí un papelito —propuso Rafa, y partió en dos la mitad de una hoja.

—Ay, Rafa, no seas chiquilín… —Sonrió Lorena, apoyando sus palmas en la mesa.

—¿Yo, chiquilín? Mirá vos. —Se indignó de la manera más dulce posible y sonrió, también.

—Bueno, está bien. —Tomó un papelito atrapado en el puño de Rafa—. ¡Talán, talán!, a ver… —Fingió diversión—. ¡Segunda parte!

—Bueno listo, quedamos así entonces, nos juntamos de nuevo el viernes, como hicimos hoy, pero con todo leído. —La miró a los ojos.

—Me parece muy bien… —dijo Lorena, con un inconfesable dejo de culpa—. Me voy a dar una clase, Rafa, llego tarde. —advirtió, en el reloj grande en su muñeca.

—Vaya. —Sonrió Rafael, quien ya volvía a ser el de todos los días.

Se besaron las mejillas fríamente, y se despidieron como completos extraños. El día seguía sin ceder y extrañaba un poco a la primavera. De a ratos el viento soplaba con fuerza y arrastraba las hojas por encima de los cantos rodados. A través del vidrio, Rafael vio como Javier daba golpes a un recién llegado compañero, aún con casco y guantes puestos. Sonrió, e hizo un ademán con la cabeza.

Abrió su mano y desplegó el papel que había quedado vacante; “primera parte”, aunque Rafa hubiese deseado que diga alguna otra cosa.

Capítulo 3

Cena para dos

Los dos hombres ya estaban en la ciudad de Buenos Aires. Sobre la terraza de un moderno edificio de dieciocho pisos, observaron durante un rato la urbe. Era una noche estrellada, la temperatura vestía a la gente con sweaters y blusas, y la ciudad se agitaba entre bocinazos de alta gama, luces y murmullos. Las luces entrelazaban sus halos nocturnos, multicolores, en las calles lejanas, entre luminarias. El más grandote sacó de la mochila un jean oscuro, una camisa entallada de color azul marino, zapatos negros de punta redonda y un cinto blanco. Se desnudó y se cambió en algunos segundos; guardó las ropas propias.

—¿Pensás bajar así? —Su compañero lo ignoró de brazos cruzados sobre la cornisa.

—Estoy viendo dónde cenar… Parrillada y vino tinto… ¿Sushi?… Sí… Sí, eso está bien.

—Muy bien. —Estiraba sus brazos, ahora comprobando si el talle era el correcto.

—¿Qué hay para mí?

—Tomá. —El más alto le arrojó la mochila; su compañero encontró una camisa blanca, un chupín verde claro y unas zapatillas negras con cordones rojos.

—La puta que te parió, León.

—Es tu estilo, no podes decir que no.

—Sí… —balbuceó—. Che… —advirtió ya en paños menores—. Quinientos metros, “Source d’or”…

—Bien —afirmó su compañero. Se ajustó el cinto, y se marchó. Por su parte, el muchacho terminó de vestirse sin perder la oportunidad de insultar, otra vez. Guardó sus originales pechera negra, pantalón y botas del mismo color, y fue donde lo esperaban. Entró por el acceso a las cocinas, azulejadas, entre brillos metálicos hiriendo la perspectiva, detrás del local, donde también solían sacarse bolsas de basura y cajones de bebidas. Una vez dentro, aseguró no toparse con nadie; debía mantener el paso de hombre. Siguió hasta el baño.

—Te vio un cocinero.

—Imposible. —Dejó la mochila en el mármol del lavatorio. Abrió el grifo, se mojó un poco el cabello e hizo un sondeo general.

—Muy bien. —Su ancha voz golpeaba los azulejos como un rumor sísmico, y rebotaba.

—Buen intento. —Ahora se miraba al espejo y abrochaba algún botón desprendido, buscaba estar impecable.

—Queda poca carne.

—Muy bien, confío en tu olfato.

—Y mucho Sushi.

—…

—Me gusta el lugar… Buena imitación de restaurant de primera… —Acomodaba el cuello de su nueva prenda.

—Entraste por adelante, desgraciado.

—Obviamente —afirmó apoyado contra la puerta de madera de una de las toilettes. Pasaba un fósforo partido por sus impolutos premolares.

—Vamos.

—Vamos.

Atravesaron el local a lo largo, para sentarse cerca de la ventana fileteada en tres colores. Las dos arañas de acero que sí funcionaban, no dejaban rincón sin iluminar. El corpulento comenzó a silbar un tango pero interrumpió la pieza ante la desaprobatoria mirada de un hombre en una mesa aledaña. Le acercaron la carta al más joven de los dos, quien, muy amable, asintió. Era este un hombre de unos veintinueve años, de facciones finas y bien definidas, ojos azules y cabello abundante y largo, negro y lacio; algunas señoritas del lugar ya lo habían advertido. Pasó poco menos de un minuto y el pedido ya estaba resuelto. Una seña hizo regresar al mozo.

—Parrillada para uno con el mejor vino tinto de la casa, y sushi de salmón también para uno, por favor.

—Sushi de salmón… —murmuró su compañero en su grave y rasposo tono de voz—. Mirá vos, che…

—Enseguida, joven. —Se retiró cansado.

El inmenso muchacho emulaba el galope de caballo haciendo castigar sus uñas sobre la mesa. El pelilargo miraba la vasta colección de vinos del restó. Debajo, una seguidilla de copas de vidrio ubicadas de mayor a menor diámetro, transparentes algunas, violetas y negras, otras.

—¿Con cuánto andás, León?

—No traje. —Suco-equiper cerró los ojos.

—Otra vez… —se quejó.

—¿Para qué traer mugre? —Hacía triangulitos con una servilleta. Origa… Oroga… Origami, ¿cómo era eso?

—Me gusta trabajar bien León, no me hagas putear.

—Trabajar bien… —Levantó el ceño—. Tranquilo, modèle de l’homme. Ya vengo. —Se levantó lento y se dirigió nuevamente al baño. El otro no lo siguió, como si entendiese de qué iba la cosa. En algunos segundos, estuvo de regreso. En su bolsillo derecho llevaba ahora algunos miles, tarjetas de crédito, pequeñas pastillas azules y preservativos.

—Te molestó que no te deje chiflar. —Sonriendo, se acomodaba el pelo, mirándose en uno de los espejos que con sus refinados, pero algo oxidados bordes, adornaban las columnas del lugar.

—Sí…, justo el estribillo, viejo de mierda.

El mozo se acercó junto a su ayudante y sirvieron todo lo pedido sobre la mesa. La carne era abundante, humeaba, y se lucía sobre un brasero de mesa; la porción de sushi desalmón al estilo Nigiri, descansaba sobre una tabla de madera. El ayudante del mozo dejó al tinto mendocino presumir su cosecha, lo destapó y llenó las dos copas hasta la mitad. El grandote ya había empezado a degustar un suculento pedazo de vacío.

—El vino es el mejor de la casa, joven, la bodega de donde viene ha sido premiada ya varias veces —aseguró.

—Está bien… —El muchacho tomó la botella y la observó un momento. Luego, vio al mozo—.Es muy bonita, realmente… —Le sonrió—. Muchas gracias. —Enseñó su fila de dientes marfil.

—De nada, caballeros. —El mozo guardó el destapa corchos en su delantal, sonrió amable y volvió a la barra principal. El compañero del pelilargo parecía no haberlo escuchado.

—Yo… —Engulló indecoroso—. Estaba pensando… ¿Pensás comer solo eso?

—Quiero ver si me agrada… —Tomó los palillos.

—Esto está espectacular… —Tragó un trozo entero—. Buena elección, me agrada…

—Sí…, estoy de acuerdo. Y deja de robarme las palabras. —Tomó una porción y la aprobó cerrando los ojos.

—¿Es rica esa cosa? —Estiró su tenedor a la tablita de madera que cargaba la comida oriental.

—Sacá las pezuñas, León, comprate uno si querés… —Ambos sonrieron.

—¡Bueno, tranquilos, no hagan quilombo! ¡Tranquilos, dale, dale…! ¡Dale!

El grandote miró hacia la puerta de entrada, tres hombres encapuchados de entre treinta y cuarenta años de edad, entraban armados al restó, con la intención de llevarse hasta el último centavo de los presentes. El pelilargo seguía degustando su plato, como si nada hubiese ocurrido. El otro giró la cabeza y tomó un trago de vino.

—Bueh…, qué puntería… —dijo, cortando un trozo de entraña.

—Sí… Me imagino cuando le contemos… —Sonrió.

—Al baño, y nos vamos —aseguró.

—No… —Pasó los palitos por arriba de las porciones, indeciso.

—¿Desde cuándo tan compasivo? —Hizo una pausa para beber del tinto, aprobó el trago—. Esperá que vengan entonces, no hagamos nada raro… Vos, tampoco.

Uno de los delincuentes, aparente jefe de la banda de asaltantes, se le acercó por la espalda al grandulón y lo golpeó con la culata del calibre treinta y ocho en la nuca, sacudiendo su ondulada y oscura cabellera. El corpulento alzó el ceño, pero permaneció inmutable.

—¡Dale, grandote! Y vos, facha, también, ¡dale, todo arriba de la mesa! —Si bien el hombre parecía estar bajo el efecto de algún narcótico y su vehemencia era intimidatoria, la orden no pareció perturbarlos. El pelilargo, degustando una porción, lo miró a los ojos, pero no le contestó. El otro, por su parte, tomó un escarbadientes; tampoco ofreció respuesta.

—¡Dale, grandote! ¡¿Sos boludo?! —La mirada totalmente corrompida, posaba ahora sobre el grandulón.

—Tranquilo, varón —contestó el pelilargo—.Vas a hacer un desastre… Nadie quiere eso…

—Nadie quiere eso… —agregó su compañero, esbozando una media sonrisa por donde asomó un colmillo.

—¡La puta que los parió, ¡están en rebeldes! ¡Vení grandote, vení! —Lo tomó del cuello de la camisa y con la mano que empuñaba el revólver, le hizo señas al otro para que se levantara y caminase hacia la cocina—. ¡Vos también, pendejo, dale! —El joven se levantó con toda su paciencia y le guiñó el ojo a una de las señoritas que, aterrorizada, lo miraba desde abajo de una mesa. La música de salón parecía ahora tomarle el pelo a las víctimas, paralizadas y en completo silencio: la recaudación había comenzado.

Salieron hacia la parte de atrás del local y el matón, empujándolos, cargó el arma. Más atrás, alambrado mediante, se abría un enorme descampado, permeable a la noche, y más lejos aún, los autos pasaban rectos, rasgando el abismo en forma de pequeñas luces. Era una noche agradable.

—Lindo fierro —descomprimió el pelilargo—,armazón, soporte… basculante, cañón, muelle extractor, pestillo… Tornillo del pestillo, aguja percutora… —enumeró pieza por pieza, casi sin respirar.

—Dejá de decir boludeces, pendejo. ¡Cerrá la geta! —Hizo un rodeo y cargó.

—… Muelle de la aguja percutora… Bulón, muelle del bulón… —Pensó—. Corredera… Sí, y muelle de la corredera…

—Sí, lindo chiche… —opinó el otro.

—¡Arrodíllense! —Ambos cedieron ante el pedido, la hierba encontraba una oportunidad entre el cemento partido. Alrededor tenían, excediendo la capacidad de los conteiners, decenas de bolsas de consorcio negras y cargadas de basura. El malviviente puso la punta del arma a algunos centímetros de la frente del más grande.

—Boludos —les dijo.

—Ningún problema. —Sonrió el grandote, sin quitarle la viste de encima.

—¿Estás seguro de querer hacer semejante locura? —le preguntó el más joven, como dándole un consejo. La soberbia y la falta de temor ya eran evidentes y los ánimos del asaltante llegaron a su límite de tolerancia, acotado, por cierto. Sin dudarlo un segundo más, disparó en la frente a quien aún lo miraba a los ojos. La bala se arrugó en la piel del entrecejo del grandulón, como el fuelle de un acordeón, cayendo así al suelo y rebotando en el piso varias veces hasta quedar quieta, desprendiendo un último hilo de humo blanquecino, que se deshizo al subir. Se abrió un breve silencio. Un breve silencio que solo fue interrumpido por las embestidas de los cascarudos para con el despintado farol de luz naranja que iluminaba el lugar.

—¿Qué pasa, hombre?

—¿Qué mierda…? —alcanzó a decir el desafortunado malhechor en un tono mucho más suave al del comienzo. La confusión lo invadió de pies a cabeza. No era, supo, su día de suerte. Rápidamente, ambos se pusieron de pie. El pelilargo tomó el revólver y, dándole un apretón de mano al cañón, lo arrugó como quien arruga un trozo de papel madera. El receptor del inútil disparo, sin titubear y con el canto de la mano, lo mató de un golpecito en el cuello. El hombre cayó desplomado. Su amigo recuperó las mochilas que el asaltante les había arrebatado rato atrás y guardó en ella el arma y la bala. “Tope del cilindro, percutor, levante…, disparador…, pasador del seguro, y seguro. Seguro…” —concluyó mirando el cuerpo del hombre en el suelo.

No volvieron a entrar al local. Ganaron altura en la ciudad, despegándose más y más de las llamativas luces que la bella capital regalaba cada noche.

Capítulo 4

La rosa en la calle

Cruzaron la avenida, como pudieron. Rafa ligó algún que otro atropello y, como de costumbre, pidió permiso a cada una de las personas que se le puso delante. Javier iba a los empujones. Antes de llegar al otro lado, una joven se interpuso en el camino de Ledesma. La chica vestía un jean, una pechera negra y una remera atada a su cabeza, su rostro presumía insignias combativas que brillaban al reflejo de la tarde. “¡¿Qué pasa machito, estás apurado!? —le espetó; los brazos destellaban colores inciertos, pero en el colectivo se respetaba cierta regla estética, cierta lógica urbana. Sorprendido, Rafa miró a Javier. Los morteros explotaban a lo lejos y ruidos de bombos y platillos también sonaban en la cercanía; el tono de las consignas era alto y uniforme. Javier levantó la vista y vio el cartel que la muchacha sostenía; “Corran hombres, las hembras están rabiosas”, profesaba. Ledesma le quitó el aerosol de la mano. Tachó una palabra y comenzó a escribir. La chica atinó a correrle el cartel, pero Ledesma la primereó. Le devolvió la pintura y le hizo un guiño. Rafa leyó el cartel y sonrió, para seguir camino junto a su amigo. “Corran hombres, las hembras están rabiosas hermosas”.

—¡Esperame, Javi!

—¡Huy! ¡No, no! ¡Dale! —Creció el ruido del motor. El caño de escape escupió violento,los árboles filtraron la luz de la tarde—. ¡Apurate, boludo!

Javier corrió desesperado. Sus cabellos ocres rebotaban en la frente. Volteando, miró a Rafa y no pudo contener la risa. Agitado, pisó firme el primer escalón de la escalerita del bus, tomó uno de los pasamanos con la diestra y con la otra agarró del brazo a su compañero, quien ya casi arrastraba los pies por el asfalto. Javier llevó como pudo a Rafa y alcanzó a subirlo en una curva, el pie del chofer fue pesado. La aventura de quince segundos hizo reír sin reparos a un Javier que luego repitió la anécdota ante el resto de amigos, dejando cada vez más en ridículo a Rafa, quien realmente se había asustado.

Estudiantes y abuelas, vejez y pubertad; el micro estaba por arriba de su capacidad. Fueron escabulléndose hasta ganar el fondo del bus; los “¡Permiso, permiso!” de Ledesma, como tarjeta de acceso. Rafa avanzaba como un autómata, siguiendo de cerca a su amigo. Todo lo que le pasaba, todo movimiento distractor lo alejaba, aunque sea por momentos, de los “Pensamientos Loreneanos”—así los llamaba— pero volvían, inevitables, más poderosos. La imaginaba, la dibujaba constantemente. Le hablaba, buen día, bonita, qué linda estás hoy, bonita, un beso en la frente, un roce de sus labios en la mejilla rosa; ella contestaba, con sus verbos y sus gestos delicados, de cristal, le decía cosas que él quería escuchar y luego lo abandonaba por otro, como para emparejar los permisos que se tomaba la conciencia…

—Rafa, trastornado… ¡Tocá el timbre! Nos pasamos, una cuadra… A ver —giró—, sí, una y media, tocale.

—¡Uy, sí! Es verdad… —Tocó el timbre del bus varias veces, sin saber lo que hacía.

El chofer lo miró en el espejo retrovisor, haciéndole saber de lo compendiosa que era su paciencia. Bajaron del bus y caminaron por un rato en silencio. Algunas hojas crujieron, otras se arremolinaron en las esquinas frías, adormiladas, en receso. Javier, como lo hacía habitualmente, comenzó a silbar, y de vez en cuando se mordía los labios rindiendo tributo a la belleza femenina. Rafael permanecía en silencio, Lorena lo estaba vigilando, constantemente, desde adentro, le decía qué pensar, lo obligaba a mirarla. Él, obedecía.

—Esa mina te va a hundir en el mismo infierno —sentenció Javier, quien tomando la correa de su morral de cuero, pateaba ahora una tosca con el pie izquierdo.

—Que me hunda —dijo Rafael.

—Te va a matar. —Intentó una pared (de las que el diez hace con el siete), aunque Rafael, no se comprometió.

—Que me mate —dijo Rafael.

Entraron al dejado edificio morada de Ledesma, con los pies cansados y la mirada llena de otoño. Las masetas, aunque faltas de riego, decoraban humildemente el lugar con azaleas y crisantemos. Rafa llamó el ascensor varias veces, mientras, en la larga espera, su amigo recordó insultar de arriba hacia abajo al presidente del consorcio.

—Van a tener que subir por la escalera, el ascensor se rompió —advirtió la vecina de Javier, que en su elegante bajada de escalera, presumía una remera estampada y cabello anaranjado prolijamente despelotado.

—¡Qué cara está la cebolla! ¿No, Rafa?

—Morite —concluyó ella, dejando que la puerta de entrada, brutalmente, se cerrase.

Javier la vio irse y se volvió al espejo que ocupaba la totalidad de una de las paredes del hall.

—La amo —aseguró Ledesma.

—¿Y Carla? —Giró Rafa; su amigo lograba sacarle una sonrisa, otra vez.

—También.

Subieron la escalera en silencio, con talones pesados, aferrándose a la baranda amurada a la pared clara, modesta; el sonido reverberaba y se fundía en la penumbra de la luz tenue al techo. Entraron al rústico departamento, Javier avanzó al ritmo de un paso de cumbia centroamericana. Era un tres ambientes amplio, ubicado en el segundo piso; un departamento viejo, de paredes robustas y de ángulos rectos, aggiornado por las ocurrencias decorativas de Ledesma, que iban desde cisnes, zorros, dragones y delfines de origami hasta pequeños cuadros con obras surrealistas. Como en un ritual obligatorio, pusieron a calentar agua en una vieja pava.

—“¡Ay, qué cosa las mujeres! ¿Por qué acabaron conmigo?” —cantaba Ledesma, a cargo ahora de congas y tumbadoras invisibles.

—Dios mío, estoy muy cansado…—se quejó Rafael, restregándose los ojos. Dejó caer su mochila sobre el sillón beige. En el camino hacia la mesa del living, encontró el amigable puf violeta que tantas veces lo había contenido, y se echó sobre él. Le gustaba hacer eso, y caer lentamente: el puf lanzaba, entonces, un silbido estrecho que en algunos segundos se desvanecía. Restregó otra vez la vista y luego de un momento de silencio y relax, decidió ir hacia el balcón con vista a la calle, para que no lo venciera el sueño, o por lo menos, para demostrarle a la nada que podía estar de pie.

Abrió el ventanal, y los últimos rayos de sol que se abrían paso entre las hojas de un álamo, le hicieron saber que no estaba triste. Tampoco feliz. Se sentía extraño, demasiado. Apretó y extendió sus manos en una maniobra desestresante, y el rostro se quejó de alguna incomodidad en el cuerpo. Miró hacia abajo, y vereda y calle parecieron curvarse. No pudiendo asimilar tal cosa, forzó la vista, pero obtuvo idéntico resultado; una comba incoherente. Se confundió. Sintió vértigo, pero se sintió libre, como nunca antes. Espacio y tiempo incoherentes, difusos. Los autos en la calle pasaban a una velocidad espantosa, como queriendo ser luces. En el pavimento atestado de vehículos y ruidos industriales, estaba Lorena, mirándolo.

—Me amás… —dijo ella, brillando, sublime.

Rafael quiso responder, pero solo pudo mover un dedo pequeño. ¿Estaba, quizá, flotando en el aire? Tan libre, tan limitado. Sí, estoy flotando, el viento me dio frío, y sí, es ella, “Lore, salí, es peligroso, por favor”. La gama de colores de la ciudad cambiaba repentina, con síntomas de locura; las nubes, coloradas y con reflejos violáceos, avanzaban al Este a gran velocidad, entre movimientos peristálticos y febriles.

—La rosa…, es tuya… —dijo Lorena con voz reverberante, sin mover sus labios, sin abrir su boca, intocable. Su cabello cambiaba del color castaño claro, al negro azabache, ahora brilloso; mientras, las luces la rozaban a toda velocidad.

—¡Basta! —Intentó gritar Rafa, desesperado, apenas consiguiendo abrir la boca.

—¡Qué golazo! —Se emocionaba Javier, mirándolo desde el balcón vecino. Creyó verlo vistiendo una camisa dorada de botones plateados, y unas gafas espejadas—. Tremendo gol—continuó.

Rafael, con dificultad, miró hacia abajo. Lorena ya no estaba. Solo había en su lugar una rosa o quizá un jazmín, o algo inentendible; Javier seguía hablando solo, elogiando virtudes futbolísticas. Comenzó a sentir un calor repentino que comenzaba debajo de la nuca y le invadía el surco de la espalda. De pronto, el brazo de su amigo se estiró hacia él.

—¡Hey, pibe! —exclamó Ledesma.

—¿Qué pasa? —preguntó confundido Rafa.

—Tomá. —Acercó el mate caliente. Algunas burbujitas asomaban entre la yerba verde.

—¡Sí…! Tomá…, tomalo vos, Javi, voy al baño, ya vengo. —Ahora con alguna dificultad para levantarse.

Rafael, terminó de despertar al mojarse la cara en la toilette, que batallaba contra la humedad del piso superior. Volvió a sentarse en el puf y tomó el “verde” pendiente.

—Estabas a las patadas, te dormiste. ¿Qué estarías soñando? —Javier seguía con la vista puesta en el juego.

—Nada…, pavadas… —desestimó Rafa, cuando su móvil recibía un mensaje.

Capítulo 5

De inferioresy superiores

El dúo entró a un bar de renombre y se ubicó en la barra, un rectángulo luminoso, explícito. Pidió beber del champagne más caro y se distendió un momento. Evadiendo la penumbra, las luces teñían de azul, rojo, y verde, los pocos rincones que llegaban a iluminar, y la música inundaba al local de moderna sofisticación.

—Tres días, ¿verdad? —preguntó Goleiback.

—Sí. Me parece mucho.

—Debe necesitarlo.

—Ponelo como afirmación.

—¿Qué?

—Que tengas la seguridad de que, efectivamente, nos necesita, y cerca.

—¿Porque cediste, entonces...? Digo, sin objeciones —indagó el León. Dairo alzó el ceño.

—Es razonable, de todas formas.

—¿Y…?

—No tengo razones para hacer lo contrario. No arreglo las cosas que no están rotas. —Se inclinó sobre la barra.

—Ya lo sé, no estoy hablando de eso… Ir hasta la verdad, eso es todo… —Tomó un trago sin dejar de mirarlo, como esperando una respuesta categórica.

—No considero actuar con imprudencia, León. —Hacía una circunferencia con el dedo, sobre el borde de la copa—. Aunque ya es difícil ver lo correcto, o lo incorrecto… Prefiero no hacer nada que pueda llegar a interferir. Confío en él.

—Está bien… Yo también, no dudo de eso. No ha dado paso en falso, qué sé yo.

—¿Por qué estas preguntas?

—No lo sé… —Su semblante, también buscaba respuestas—. Todo es muy repentino… Me pregunto cómo va a seguir esto... Cuando me enteré… —Respiró—. Me pareció demencial…

—Está bien, no quería sonar susceptible. —Mantenía la vista en un punto indefinido, entre las botellas y las repisas espejadas—. Me pasó algo similar, lo admito… Aunque, ¿sabes que creo? —Miraba ahora las botellas de bebida blanca encendidas en brillo, arriba, expuestas frente a él.

—¿Qué? —También observó la colección sobre el vidrio.

—Ya no podemos decidir, ni siquiera, si podemos interferir. Somos una gota en las Cataratas… —resumió, repasando las de vodka.

—Una gota en las Cataratas… Wow… —se burló y bebió—. ¿Te parece esperar si se confirma lo del Centinela...? —Llevó la mirada a él.

—Sí —afirmó, algo pensativo—. De todas formas, ya no hay vuelta atrás. Cree que puede arreglar todo solo, y yo no estoy seguro de eso… En un comienzo pensé que con nosotros sería suficiente… Me sorprendió que fuese él quien creyera lo contrario… —Goleiback bebió ahora un trago largo—. Aferrémonos a esta decisión, no es opción distanciarse… —pensó Dairo en voz alta.

—Y no lo haremos… —aseguró; repiqueteó sobre la barra de madera laqueada, las uñas marcaron la veta—. Qué increíble, dudo que puedan pasar… —Dairo lo miró indicándole que suscribía a sus pensamientos.

—Sí... Bruno ya está allá —pensó Dairo.

—… Bruno… Qué garantía… —En un gesto de poca fe—. ¿Y, si vamos? —propuso Goleiback. La barra encendida iluminaba el perfil enmarcado por la melena y la barba cerrada, y exponía algunas marcas vedadas a la luz del día.

—Es más pesada que las anteriores. Es una oportunidad… No te ofendas, pero… —Negó—. No podrías manejarlo. Ni yo. Va a ser en la ruta… —El pelilargo hablaba como quien está a punto de confesar lo que ya todos saben.

—¿Bruno, sí? —cuestionó el grandote.

—¿Qué más da?... Sabemos por qué él, te guste o no… Se trata de fundamentar las cosas, y él lo ha hecho… La elección de Bruno no es casual…

—Siempre igual…

—Siempre igual… —Dairo levantó la mano haciéndole una seña al hombre de la barra—. Otra botella, por favor. —Sonrió—. Gracias. —Asintió con la mirada.

—Siempre tan educado. —Las uñas de Goleiback seguían al veteado de la madera, relucían ajenas, opacas e impolutas.

—No veo por qué no. —Dairo completó más círculos en la copa. Las sombras se ubicaban detrás, iban y venían entre las mesas y las columnas, y entre los murmullos en el crecer de la noche y sus recovecos.

—¿Por qué somos superiores, tal vez? —habló Goleiback.

—¿Superiores…? Eso es relativo, y no me cambia. Nunca compuse una sinfonía… ¿Qué sé yo? Disfrutaba levantar autos cuando era chico… Apostaba cosas, hicimos dinero con aquello… —Sonrió haciendo memoria, sirviéndose las últimas gotas de champagne—. Ahora… Ya no.

—¿Y el tren del año pasado? ¿Qué te compraste con la plata?… —lo chicaneó Goleiback, sonriente.

—Era necesario —aseguró el joven, restando importancia a la hazaña.

—Ya lo creo… ¡¿Sabés que para ser tan fachero, pensás bastante, compañero?!

—Que comentario tan… desagradable… —Alzó el entrecejo.

—Sé cómo hacerte enojar. —Rio el León, y vació su copa.

—Oíme… Las dos morochas…

—Sí, vamos.

Se dirigieron a paso firme con la botella del fino champagne hacia la mesa donde estaban las señoritas y se sentaron junto a ellas. El rostro de Dairo, perseguido por la clientela, fue la tarjeta de entrada, casi tan efectiva como el precio del champagne que Goleiback puso en la mesa, junto con cuatro refinadas copas “tulipa”.

Hablaron sin parar cerca de hora y media. La empatía maduró rápida. Se dirigieron entonces, hacia el penthouse de una de las abogadas, pulposas morenas ambas, en el lujoso auto gris de su compañera. Entre risas y otros sonidos, pasaron la noche con las damas.

Dairo despertó con los primeros rayos de sol. Con cuidado, se sacó de encima a su pareja de turno y sigiloso, recorrió el lugar; contuvo su caminata un silencio artificial producto de la alfombra y la altura, y de la mañana entrando plena. Preparó un café en la maquina automática y miró la ciudad por la ventana del living, en arco; una pequeña mesa descansaba bajo las lámparas centrales. Se mantuvo en silencio, meditando quizá; ¿Un ave? ¿Una flecha? No, debe ser simbólico, la delicadeza femenina, sí, eso debe ser: buscó alguna forma familiar en “El Puente de la Mujer”, que lo cautivó por un momento. Goleiback, entredormido y rascándose la espalda, entró desnudo al living.

—¿Podrías vestirte?, por favor —Dairo seguía mirando por el ventanal, abrochándose los puños de la camisa.

—Ahí voy… Che… ¿Me preparás uno…? No se usar esta mierda. —Golpeó la máquina.

—Vámonos. —El pensar de Dairo ya había dejado el lugar.

—Está bien, pero esperá. —Se metió nuevamente en la habitación donde había pasado la noche con la mayor de las mujeres y salió al rato, vestido y con un llaverito de colores. Desaprobándolo con la mirada, Dairo abrió cuidadosamente la ventana del piso veintiuno y se marcharon.

Sobrevolaron el Gran Buenos Aires, rápidamente, trasladándose desde Puerto Madero hasta el barrio Belgrano, pasando antes por San Nicolás, Retiro, Recoleta, Palermo…

—La mina, estaba operada… —habló el León.

—…

—Era media loca, me mordía la oreja… Como un perrito —confesó Goleiback.

—¿Sí?… Su amiga era natural..., muy bonita ella, ¿viste? Las prefiero así, igual… —reflexionó—. Naturales, a disposición de la gravedad… Despreocupada, digamos… Si supieran lo bien que se ven así… —acotó.

—La tuya era más linda, creo, pero la mía… Tenía sus trucos —se conformó.

—Sobre gustos… Insinuó volvernos a ver —confesó conforme Dairo, con cierta ternura—. ¡Mirá, León! —advirtió. Goleiback volaba a su lado, el aire les daba de lleno en los rostros y las ropas. Entre verdes y azules, debajo, la ciudad parecía un mapa escolar, sin referencias.

—Qué raro… Esta zona… —dijo el León, lentificando el vuelo.

—¿Desde acá? ¿Seguro? —Se entusiasmó Dairo.

—Como que me dicen Lobo. —Sonrió—. Se detuvo en el aire y observó el radar por unos segundos. El aparato desfilaba lejano, indiferente y veloz en su trayecto. El León lo contempló unos segundos; solo el cielo los separaba. Entonces, cerró los ojos y alzó su mano en dirección al artefacto. Respiró, lo buscó. El viento le despeinaba la melena de a momentos. Encontraron allí un silencio sobrecogedor. Lo encontró. Estiró el brazo, expandió lentamente sus dedos, tanto como pudo, y cerró repentinamente la mano, hiriendo aquella calma, haciendo volar en miles de pedazos al vigilante cibernético, que explotó con escandalosa violencia.

De brazos cruzados, Dairo disfrutaba del espectáculo; observó cómo los incinerados pedazos de metal desplazados de su órbita, comenzaban a caer incandescentes y sin prisa, sobre la ciudad. Qué maravilla, pensó. La solapa de su camisa flameaba al compás de la brisa que los acariciaba allí, en el límpido e inagotable firmamento.

—La Garra de Fuego… ¿Cuándo me vas a enseñar a hacer eso, León? Es divertido…

—No podrías —le contestó Goleiback, volviendo lentamente hacia Dairo. Los pedazos se veían caer lentos a su espalda, diagonales, como una improvisada lluvia de cometas.

—Yo te enseño a correr. —Sonrió Dairo, retomando la ruta aérea por la que venían.

—Se nota que dormiste bien, eh… —dijo Goleiback, quien nunca había podido superar en velocidad a su compañero cuando la historia era en tierra firme.

Sin gastar más tiempo, siguieron viaje hasta el barrio que rendía homenaje al prócer argentino muerto en la miseria. Descendieron sobre las cercanías de un teatro abandonado. Arrancaron las maderas secas que tapeaban una de las ventanas e ingresaron al desolado lugar. Abandono, polvo y amnesia, cubrían el salón. Topándose con más de una rata, caminaron entre las butacas repletas de polvillo y telarañas, hasta llegar a la indicada; el sitio guardaba su propio silencio dentro, un silencio antiguo y sofocante. Dairo se detuvo.

—Es esta —aseguró el muchacho—. Sí… Tercera fila, cuarta butaca.

—Muy bien —habló Goleiback. Arrancó el asiento y lo revoleó hacia el escenario; la butaca atravesó los bastidores, las formalidades no iban con él. Tocó el suelo con una de sus rodillas, comprobó lo hueco con un repicar breve, y con la uña índice delimitó sobre el piso un rectángulo, para descubrir un agujero irregular de geometría prismática y hexagonal. Miró a Dairo satisfecho y volvió—. Acá estás…

—Una caja de madera… Que delirio—se quejó, mientras Goleiback recuperaba de la oscuridad del huraco un cofrecito hecho de roble. Aunque no perdía elegancia, estaba algo deteriorado, lo adornaban en sus bordes pequeñas y opacas piedras, negras y blancas.

—A ver… —Dairo tomó con sumo cuidado el pequeño hallazgo. Lo abrió lentamente y vio allí dentro. El perfil de un águila y un hombre pequeño, en el centro, “Mandeles qualis” en círculo, acuñados en algunas monedas antiguas y tres hojas de papel, enrolladas, sepia, vencidas por el paso del tiempo. También halló dos barajas estropeadas en sus bordes, una española, y otra, singular: un lago entre montañas la distinguía.

—El lugar está cerrado. Por favor, retírese —habló Goleiback.

Dairo vio al León, su ceño grave miraba hacia el anfiteatro; no conseguía ver bien. Giró y advirtió que alguien se había adentrado sigilosamente en el teatro. Era un hombre de estatura mediana, de cabello corto, algo rubio. Vestía una remera blanca de mangas cortas y un jean azul claro. No contestó, y permaneció en silencio.

—Ya oyó a mi compañero, señor, retírese. No está permitido entrar a la instalación sin un permiso —argumentó amable Dairo, que desde su ubicación tampoco pudo verle el rostro, la luz sostenía las partículas de polvo, y entraba como una nebulosa desbordada y como líneas diagonales impidiendo la visión completa.

El hombre tampoco hizo caso y comenzó a caminar hacia ellos, iluminado irregularmente por los haces de luces que llegaban de las también tapiadas ventanas laterales del entresuelo y de los palcos.

—Señor… —insistió Dairo—. Por favor deténgase, no me escu…

El hombre se despegó ligero del suelo, atravesó el patio de butacas, y le dio un golpe de puño a Goleiback, arrojándolo hasta el escenario, donde quedó enterrado entre las secas tablas del proscenio que fue quebrando con su caída, hasta la zona de decorados, tras bastidores; la parrilla liberó un crujir seco y una llovizna de polvillo que se descolgó lenta y unánime. Dairo, alcanzó a tomarlo de una pantorrilla y en un giro de ciento ochenta grados, lo arrojó violentamente contra las butacas de la zona principal, las que atravesó de forma olímpica para detenerse al encontrar la robusta pared de ladrillos. El extraño se incorporó en un movimiento gimnástico y volvió hacia la platea. Lejos de amedrentarse, arrojó otro puñetazo, que Dairo, aun con el cofrecito bajo el brazo, logró esquivar. De inmediato, giró intentando un golpe con el revés de su puño, pero ambos impactaron sus antebrazos, regios. Las palomas del lugar se aterrorizaron. Goleiback, inmerso en gran fastidio, se entrometió en el combate; dio una certera patada en las costillas al forastero, quien arrancó del suelo algunas viejas sillas, para rodar entre las mismas. Dairo dejó el cofrecito en el agujero, y avanzó decidido hacia el hombre, quien lo recibió con un golpe fantasma que logró detenerlo en el aire; el polvo se abrió pasó en todas direcciones, y llegó como un rumor imperceptible hacia la ciudad, lejos. La visita, un dolor de cabeza. Goleiback, tan sorprendido como su compañero por el familiar ataque; arremetió con un garrazo que logró herirlo a la altura del pecho. El extraño volvió hacia el León: amagando, lo esquivó y fue hacia el cofre. Lo tomó con una de sus manos; con la otra aplicó otro golpe de aire a las maderas que tapaban una de las ventanas del primer piso y huyó. Dairo y Goleiback se miraron y, como luces, salieron detrás. Ya fuera del teatro, vieron que el foráneo se elevaba a velocidad en dirección Norte. Protagonistas de la escena inesperada, lo siguieron sin quitarle la vista de encima.

—¿¡Qué es esto, Dairo!? —Forzó la voz apagada por el aire golpeándolos—. ¡Se suponía un punto seguro! —habló el León, desconcertado y molesto.

—No sé, pero no puede llevárselo. —Dairo apretó sus dientes, su pensar buscó una explicación.

—Es rápido… ¡Tch!—se quejó Goleiback.

—Sí… —Su cabeza iba un paso adelante.

Dairo miró a su compañero, y asintió. Volvió su vista hacia el objetivo y desapareció, o casi, como un haz difuso, para aparecer delante. El ladrón no vio otra opción que la de detenerse. Dairo dispuso la palma de su mano delante del extraño, y extendió sus dedos.

—¿Cómo saben del lugar? —preguntó, tenso. Un silencio invadió la escena. El extraño ensayó una sonrisa, su respiración era amplia y calculada. Los autos avanzaban como pequeños juguetes en la avenida, la ciudad ya había despertado.

—Estás perdido, Dairo… —respondió.

—¿Cómo encontraste el punto? —Subió el tono de su voz.

—Vos… El gorila aquel… El otro traidor… Van a caer, uno por uno…

—Vas a indicarme en que cantidad vinieron y dónde es que están —Dairo dio su ultimátum viendo el rostro del extraño por entre sus dedos.

—Vine en soledad, y en este Plano nadie me dice qué hacer. Estás perdido, Dairo —dijo el hombre, quien cerró el puño dispuesto a atacar; sus movimientos se articularon precisos.

Sin más preámbulos, los ojos de Dairo viraron hacia un azul brillante y un destello del mismo color en su mano fulminó en los aires al sujeto, quien ya sin posibilidades, soltó el cofre. Goleiback, metros debajo, dejó pasar el cuerpo humeante y tomó la pequeña caja, para revisarla con recelo. Dairo descendió a través del humo y tomó el cuerpo del extraño antes de que llegase al suelo. Lo colocó sobre el pasto del vasto verde del terreno irregular y despoblado, que se anticipaba al viejo teatro. Azulado y gris, aun despedía aquel humo espeso ante la brisa. El León descendió al lugar y lo observó, también.

—¿Quién es este tipo?... —Repasó el rostro tiznado.

—No lo sé… O bien, nos siguió… O bien, tuvimos la fortuna de llegar a tiempo… —Negó disconforme Dairo—. No debería… no debería haber ocurrido esto.

—No quiso hablar… —analizó Goleiback.

—Estaba siguiendo órdenes. Las cosas se están moviendo en Los Volcanes. —Negó—.Sabía nuestros nombres… Claro que sí… —Se convenció pensativo el pelilargo. ¿Quién es este tipo?

—Nos amenazó —habló el León.

—Sí… Una especie de predicción —dedujo Dairo. El golpe, la velocidad, ¿y, si nos seguía?

—Tch… boludeces —sentenció Goleiback—. ¿Crees que sepa?

—Sí… Sí, seguro… —dijo Dairo.

—Llevémosle el cuerpo —afirmó Goleiback.

—Odio tener que hacerlo. —Soltó el aire y levantó la vista en dirección al horizonte, la ciudad hablaba rumores ya, en las avenidas—. Pero, creo que es lo mejor. —Giró hacia el León, quien asintió convencido.

—Hagámoslo, ya. —Ambos asintieron.

Goleiback le dio el cofre a Dairo y tomó el cuerpo del caído. Lo cargó al hombro y volaron. Era plena mañana. La obra quedaba inconclusa, y había más preguntas que respuestas.

Capítulo 6

La pieza perdida

Mar del Plata lloraba. Era sábado por la mañana, y lloraba. Lo hacía, tal vez, por quienes dormían bajo su cielo y reían por si acaso, por los novios abandonados, por los custodios de la vieja terminal con el escudo fiel como sombra en sus costillas, por los que no entendían, pero amaban; por los que esperaban, en el amague necio de la culpa heredada, amaban y esperaban, atentos al tropiezo de los miedos burlando aquel ahogo. La humedad rendía homenaje a la angustia, se filtraba en la memoria, en las ropas y los cabellos, sin poder conquistarla, sin poder comprenderla. La baldosa partida, dos pasajes, no importa, dame caramelos, la vista chica, el número indicado, la impuntualidad, el libre. Todo se impregnaba de pasado, pero no podía ser futuro, solo lo era en las gotas asomando del ladrillo, en la mano firme sujetando el brazo inquieto del hijo, en la pava burbujeando con ansia, en la mente de los tontos. Quizás, solo en la mente de algunos pocos tontos. El llanto del miércoles, era la risa del viernes, y así…

Rafael despertó, miró su móvil y se levantó de la cama. Describió algunos pasos torpes, propios del desafío vertical. Con ganas de seguir durmiendo, desparramó un poco la ropa amontonada en la silla, para elegir el jean y el buzo con capucha que solían vestirlo. Al pasar por la cocina le dio un beso en la cabeza a Rosana, su madre, que preparaba un pollo relleno (de ciruelas, pasas de uvas, morrón, aceitunas, panceta y algún otro sabor). Las luces estaban bajas y el living solo se iluminaba con la penumbra anaranjada que a duras penas llegaba desde la cocina. Encendió la pantalla, como de costumbre y preparó el desayuno con leche, semillas de girasol, almendras, pan y mermelada. Hizo crujir una tostada. Al zapping no faltaron goleadores, falsos profetas, revoluciones de cartón, el infaltable Mr. Knowitall, falsos opuestos, y alguna persona con pocas ganas de exponer sus retorcidos pensamientos. “Cuidate Rafa; llevá para almorzar, Rafa; sí, beso, ma”. Revisó su mochila, saludó a su mamá, y partió, protegido por los toldos y árboles en las veredas. De a ratos, las gotitas lo obligaron a achicar la vista; el viento ganaba confianza en las esquinas, y rociaba con ánimo las ochavas. Esquivó los charcos, saltó baldosas rotas, y trotó en cada semáforo. La ciudad se movía entre la llovizna.

En el auditórium de la ciudad se presentaba el libro sobre historia latinoamericana del aclamado Alfredo de la Serna, autor de renombre y pergaminos varios, alguna vez frecuentado por Rafa. En las escalinatas del clásico edificio lo esperaban algunos compañeros de curso, Lorena Echeverría, también.

—Qué lindo día… —acotó húmedo Rafael y saludó de buena gana a cada uno de sus compañeros. Lorena hablaba con otra amiga, y le devolvió el saludo sin mirarlo.

—¡Me levanté muy temprano para ilustrarme tan poco! —gritó Javier, abriendo los brazos bajo el agua; venía desde la vereda de enfrente, de andar pesado, y con un piloto naranja que lo cubría entero.

—¿Entramos…? —coincidió el grupo. Nadie contestó, pero fue una forma de hacerlo.

Rafa y Javier estrecharon diestras y entraron a la sala; advirtieron el panorama con un cruce de miradas. Los pasos ganaron reverberación y empezaron a llenar el lugar. No sabían muy bien donde ubicarse, pero caminaron impulsados por la multitud. Rafael hizo cálculos tan brillantes como inútiles para conseguir un lugar preferencial junto a Lorena. Consiguió el peor de los resultados, y se sentó a su lado, para no saber qué decir. Ella lo miró, hizo una mueca trivial y volvió su vista al escenario, como quien espera algo que no pidió.

Javier y otro compañero estaban detrás, riendo, haciendo chistes y halagando a media voz a las promotoras del evento.

—¿Has leído a este tipo, Lore? —escupió coraje Rafael.

—Algo… No mucho, ¿vos? —dijo ella. Sus palabras no fluyeron lo suficiente.

—Sí, algo, también… A este libro lo están promocionando demasiado… Ayer lo discutieron en la radio, en redes, y todo… —dijo Rafael, equilibrista.

—Sí, están como locos… —respondió ella, como alguna vez anterior, cerrando el espacio a preguntas futuras, con un gesto amable que especulaba con la mínima expresión.

Las luces del teatro se apagaron repentinas, y los murmullos empezaron a ganar protagonismo. El silencio se unía a la penumbra bordó, al tronar seco de las pisadas en el alfombrado, a las risas espontáneas. El telón se abrió y apareció el famoso periodista, con los aires de humildad que camuflan la más grande soberbia. Hizo un gesto de reverencia y se dejó inflar por los aplausos. Llevaba consigo “Entre nosotros”, su flamante libro. Según sabían sus lectores, el libraco que pretendía ampliar aspectos de la historia de Latinoamérica mezclaba datos novedosos con otros muy poco chequeados, que se dejaban invadir por bajadas de línea demasiado evidentes. El showman de los hechos perdidos en el pasado regaló un acople a todos los presentes y rompió el hielo:

—¡Buenos días!… ¡Buenos días, a todos! Un placer… estar, nuevamente aquí… Tantos años, qué lindo… Gracias… —Hizo una pausa y rebosante de ego, levantó una mano un par de veces, pidiendo que cesaran las palmadas—. Espero también lo sea para ustedes… Algunos quizá sepan más que otros lo que vengo a ofrecerles en este nuevo montón de páginas… —Golpeó el lomo del libro—. Pero en realidad, más que hablar yo…, más que hablar yo, me gustaría que lo hagan ustedes… Mi nieta más chica me dice que hablo demasiado. —Terminó de sentarse y sonrió—. Así que empecemos… —Colocó el micrófono en el pie a la mesa—. A ver…

El hombre abrió una de las botellitas de plástico que descansaban sobre el paño rojo que cubría la mesa, llenó la copa de agua y bebió. Las jóvenes que promocionaban el encuentro se acercaron a algunos presentes elegidos al azar y les entregaron un micrófono, dándoles la oportunidad de preguntarle a de la Serna lo que quisiesen.

Por esas cosas del destino o de la belleza matemática del universo, uno de los micrófonos fue a dar a las manos de Javier, quien lo aceptó amable. Las preguntas comenzaron a llover desde las butacas y volvían más sublimes, vestidas de retórica, ya en forma de respuestas. Algunas se regocijaban en aplausos espontáneos, y risas por compromiso, que no lograban descifrar la confusa dialéctica que el hombre proponía. Todo marchaba como estaba estipulado, el evento era un éxito. Llegó el turno de Javier; su nariz fina y prominente, y su cabello dorado, ganaron protagonismo al ser iluminados por una poderosa luz ámbar:

—¡Hola! Muy buenos días, soy Javier Ledesma, estudiante de la carrera de Historia, de la Facultad de Humanidades de esta ciudad, un gusto saludarlo y, antes que nada, felicitaciones por este inevitable Best-Seller.

—¡Bueno! Muchas gracias, joven, muchas gracias… —Fue amable el hombre.

Al resto de los amigos, salvo a Rafael, les pareció raro el tono de voz de su compañero, quizá por verlo siempre cerca del desvarío, alejado de las formalidades: “Javier se distrae, si siempre anda en su mundo, no sé cómo aprueba…”.

—¿Cuál es su pregunta, Javier? —preguntó de la Serna.

—Tengo varias en este momento —afirmó con seguridad—. Pero… ¿No sintió nunca que sus libros han caído en contradicciones irreparables?

La sala enmudeció. El escritor tomó algo de agua. Disimulando el asombro que la pregunta le generaba, sonrió.

—Contradicciones… Puede ser, puede ser… El tiempo nos hace mutar, no somos los mismos, nunca… Tal vez, vos ya no sos el mismo que entró por aquella puerta y quizás yo… quizás no soy el mismo que decidió entregarle los micrófonos…

La broma liberó algunas tensiones. Javier, sin embargo, no se dejó aplastar por el murmullo creciente y lanzó un nuevo descargo, un flechazo a la cúpula.

—Por ejemplo, y si mal no recuerdo, en el capítulo cinco de “Nuestra historia”, usted dice que su principal objetivo es comunicar los hechos, comunicarlos, no analizarlos bajo una línea de pensamiento y, en “Salvajes y modernos”… en el capítulo… dos… vira su opinión sobre el nuevo rol de las instituciones en el continente, la que coincide con la postura del cuadro político que usted apoyó en dicho momento y que hace poco ha criticado duramente. Me refiero, claro, a contradicciones que aparentan ser hijas del interés en determinado contexto histórico de su carrera, no, desde luego, a los lógicos cambios de opinión que pueda llegar a tener en su… amplia… carrera profesional.

Ahora el silencio se ensanchaba y ocupaba más lugar. El argumento de Javier hacía sentir su peso en la atmósfera del teatro, ceñido de penumbra. Menos Rafa, los demás compañeros estaban algo descolocados e incómodos, no podían relacionar bajo ningún aspecto lo que escuchaban con el dueño de aquellas sentencias. El escritor tomó un sorbo más, maldiciéndose a sí mismo por la idea de la participación del público, pero bien acostumbrado a debates de café estaba el hombre.

—Sí, entiendo tu inquietud per…

—No solo eso —interrumpió Ledesma—,