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La difícil elección entre el amor y el sentido del deber, entre la amistad y las convenciones sociales en las áridas llanuras de Suráfrica Corre el año de 1919. Cathleen se traslada a Suráfrica, al duro y desértico Karoo, para casarse con su prometido al que no ha visto en cinco años. Pero el matrimonio no va a resultar como había soñado. Aislada en un entorno inhóspito, Cathleen encuentra consuelo en escribir su diario y en criar a sus dos hijos, Philip y Rose. También a Ada, la hija de su criada, a la que enseña a leer y a tocar el piano, a amar a Chopin. Todo se verá alterado cuando Ada descubre que está embarazada, que espera un hijo mestizo en un país que no admite las relaciones entre blancos y negros. Ada se escapa al sentir que ha traicionado a Cathleen. Despreciada y marginada por ambas comunidades, tiene que luchar por su supervivencia y la de su hija. La música, y Cathleen, serán sus refugios. "La hija de la criada" es una deliciosa y emotiva novela, cargada de sentimientos, que retrata con hondo detalle el drama y la desolación de dos mujeres de inquebrantable valor cuya profunda amistad les lleva a superar las inhumanas convenciones sociales de una época y los peligrosos límites de la segregación. Una historia que nos enseña que más allá de la crueldad humana perdura el amor y la esperanza.
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Seitenzahl: 581
Veröffentlichungsjahr: 2013
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Barbara Mutch
La hija de la criada
Traducido del inglés por Catalina Martínez Muñoz
Nota de la autora
Prólogo
Capítulo uno
Capítulo dos
Capítulo tres
Capítulo cuatro
Capítulo cinco
Capítulo seis
Capítulo siete
Capítulo ocho
Capítulo nueve
Capítulo diez
Capítulo once
Capítulo doce
Capítulo trece
Capítulo catorce
Capítulo quince
Capítulo dieciséis
Capítulo diecisiete
Capítulo dieciocho
Capítulo diecinueve
Capítulo veinte
Capítulo veintiuno
Capítulo veintidós
Capítulo veintitrés
Capítulo veinticuatro
Capítulo veinticinco
Capítulo veintiséis
Capítulo veintisiete
Capítulo veintiocho
Capítulo veintinueve
Capítulo treinta
Capítulo treinta y uno
Capítulo treinta y dos
Capítulo treinta y tres
Capítulo treinta y cuatro
Capítulo treinta y cinco
Capítulo treinta y seis
Capítulo treinta y siete
Capítulo treinta y ocho
Capítulo treinta y nueve
Capítulo cuarenta
Capítulo cuarenta y uno
Capítulo cuarenta y dos
Capítulo cuarenta y tres
Capítulo cuarenta y cuatro
Capítulo cuarenta y cinco
Capítulo cuarenta y seis
Capítulo cuarenta y siete
Capítulo cuarenta y ocho
Capítulo cuarenta y nueve
Capítulo cincuenta
Capítulo cincuenta y uno
Capítulo cincuenta y dos
Capítulo cincuenta y tres
Capítulo cincuenta y cuatro
Capítulo cincuenta y cinco
Capítulo cincuenta y seis
Capítulo cincuenta y siete
Capítulo cincuenta y ocho
Capítulo cincuenta y nueve
Agradecimientos
Glosario
Créditos
Para L, W, H & C
Ésta es una obra de ficción. Los nombres y personajes que aparecen en esta novela, salvo las figuras históricas reconocidas, son fruto de la imaginación de la autora. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, es pura coincidencia. Los lugares también son reales, aunque su posición geográfica no sea del todo exacta. El Karoo es eterno.
Irlanda, 1919
Hoy ha empezado mi viaje a África.
Salí por la puerta principal y crucé el sendero de losas. Las gaviotas graznaban en los acantilados de Bannock y mi queridísima hermana Ada estaba llorando.
Mi madre, con el vestido marrón que se ponía para las bodas y los bautizos, volvió la cabeza. Acuérdate de esto, me repetí mientras subía al carro tirado por el poni.
Acuérdate de esto: del vuelo de las gaviotas, del golpe de las olas en los guijarros de la playa, de las manos enrojecidas y agrietadas de tu padre, de Eamon, que no es capaz de estarse quieto, del olor a turba, a lilas y a humo de la chimenea…
Acuérdate de esto. No lo dejes escapar.
Yo no tenía que nacer en Cradock House. Yo no.
Pero mi madre, Miriam, estaba detrás de la kaia, a la sombra de un espino raquítico, conteniendo los gemidos al calor del mediodía, y allí la encontró la señora cuando volvió de la escuela con los niños y fue a buscarla al jardín.
A esas alturas ya era tarde para ir al hospital.
El señor Edward estaba en casa, revisando papeles en su despacho. La señora le pidió que fuera a buscar al médico de la familia, que tenía su clínica en Church Street. Era la hora de comer y el doctor Wilmott tuvo que interrumpir el almuerzo. Mi madre me contó que la señora ahuyentó a los niños —a la señorita Rosemary y al señorito Phil— de nuestra kaia de una sola habitación y la ayudó a subir a la casa. Allí le dio la mano y le secó el sudor de la frente con su propio pañuelo, el mismo que Miriam había planchado el día anterior.
Llegó el médico. El señor volvió a su despacho.
Y nací yo. Era el año 1930.
Mamá me puso el nombre de Ada, por la hermana menor de la señora, que vivía al otro lado del mar, en un lugar llamado Irlanda.
Llevo toda la vida dando las gracias por haber nacido en Cradock House. Siento que soy parte de esta casa, mientras que mi madre, Miriam, nunca lo fue. Las escaleras estrechas y los pomos de bronce conocen bien mis manos y pies; el espino raquítico y el albaricoquero me llevan en su savia año tras año. Y yo también tengo algo de ellos. Por eso, cuando me quitaron Cradock House, mi vida dejó de tener sentido.
Cradock está en el Karoo, una región casi desértica en el corazón de Sudáfrica, muy lejos de las montañas verdes y escarpadas que bordean la costa como una puntilla. El Karoo es el paisaje duro que hay que cruzar para llegar a Johannesburgo, donde la gente saca oro de la tierra y se hace rica. Yo no sabía nada de eso, como es natural. Todo mi mundo se reducía a un cuadrilátero, a una casa de dos plantas, con la fachada de piedra amarilla y un tejado de chapa roja en un pueblo rodeado de koppies rocosos y envuelto en polvo marrón, donde nunca llovía. Sólo conocía el agua del Groot Vis, el gran río pesquero que a veces llenaba la zanja que pasaba por delante de la casa, desde donde desviábamos el agua hasta el jardín. En el extremo del pueblo donde el cielo se encontraba con la tierra, los resistentes matorrales del Karoo, apenas más altos que un niño, se aferraban al suelo seco y entre sus matas asomaban los troncos marchitos de los aloes, con sus lanzas de flores anaranjadas recortadas como llamas contra el fondo del paisaje. Había algunos árboles, mimosas y eucaliptos azules, pero sólo crecían cerca de los huertos o en las orillas del Groot Vis, donde sus raíces encontraban el agua.
Las pocas veces que llovía, el agua apedreaba el tejado de chapa y hacía tanto ruido que la señorita Rosemary y el señorito Phil se ponían a gritar. Mi madre y yo —en la kaia, al fondo del jardín— también teníamos un tejado de chapa, pero el nuestro era gris y estaba protegido por el espino. Por eso allí la lluvia sólo silbaba. Yo no gritaba cuando llovía. Me quedaba en la puerta de la kaia, oyendo la lluvia y viéndola caer sobre el veld, al otro lado de la valla. Cuando mi madre no me veía, metía los pies descalzos en los riachuelos diminutos que corrían por la tierra endurecida y me quedaba mirando cómo se embalsaba el agua, cómo se filtraba poco a poco en la tierra, alrededor de mis tobillos.
Cradock House estaba en Dundas Street, justo encima del Groot Vis y debajo de Market Square. A mitad de su recorrido, nuestra calle pasaba a llamarse Bree Street. Yo no entendía por qué una calle necesitaba dos nombres —mamá decía que a lo mejor lo hacían para honrar a los antepasados por igual—, pero así era. A partir del cruce con Regent Street, la calle con dos nombres perdía fuerza y desaparecía en un poblado de chabolas.
Cradock House tenía un porche de madera, un stoep con sillones en forma de concha que rodeaba la vivienda casi entera, como un anillo. El círculo de asientos se interrumpía en la cocina y continuaba al otro lado del lavadero y, según mi madre, así tenía que ser, porque si no nos pasaríamos el día sentadas en vez de lavar, cocinar o planchar, que era nuestra obligación.
Yo tenía muchas ganas de sentarme en uno de esos sillones, pero mi madre me lo tenía prohibido. Eran para la familia, decía. «Pero yo también soy de la familia», contestaba, acariciando la madera veteada, con la esperanza de que eso contara. «¡Calla, niña!», susurraba mi madre, y me decía que siguiera encerando los asientos. Mamá y yo hablábamos casi siempre en inglés, menos cuando ella se enfadaba conmigo de verdad, o cuando me cantaba por la noche: Tula thu’ thula bhabha…
Calla, calla, calla, pequeña…
Los sillones en realidad no me interesaban tanto. En el piso de arriba había un mirador secreto mucho mejor que el stoep. Por las mañanas, cuando los niños estaban en el colegio y yo subía a limpiar el polvo, entraba a escondidas en el dormitorio del señorito Phil, me subía al baúl donde guardaba sus juguetes y me asomaba por la ventana. Desde allí veía todo Cradock, incluso, eso pensaba yo, todo el Karoo, desplegándose bajo el sol de la mañana como un mapa que el señor extendió un día para enseñárselo al señorito Phil a la luz amarilla de la lámpara de su despacho. Si entornaba los ojos y me olvidaba de los marcos de la ventana, me imaginaba volando por encima de las calles del pueblo y por encima del campanario de la Iglesia Reformada Holandesa —mucho más alto que el de la iglesia de St. Peter, a la que iban el señor y la señora— y luego por encima de las llanuras del Groot Vis, donde las mimosas hundían sus raíces en la tierra en busca de agua, y luego por encima de los remolinos de polvo que se enroscaban hasta el cielo desde el veld reseco, y luego por encima de los koppies, altos y rocosos, con sus piedras relucientes bajo el sol de la mañana, y por fin, cuando el desierto empezaba a elevarse, por encima de las montañas cubiertas de bosques. Las montañas casi no las veía, pero todo el mundo hablaba de ellas, sobre todo cuando hacía frío y la escarcha cubría la tierra como una alfombra de azúcar.
Todos los días, cuando me asomaba de puntillas, tenía la sensación de que, por un momento, el pueblo entero, el Karoo entero me pertenecían. Desde allí, desde aquella ventana, no eran de nadie más.
Y Cradock House también me pertenecía.
Puede que la señora sintiera lo mismo por ese lugar llamado Irlanda donde había nacido. Ella también se asomaba a las ventanas, como si buscara algo que estaba más allá de los eucaliptos, más allá del Groot Vis y del polvo marrón que levantaban los carros en Market Square cuando no llovía.
A mis padres no les importa que me vaya a África. Lo cierto es que lo necesitan. Aunque no lo dicen abiertamente. Y yo tampoco lo digo. Pueden alquilar mi habitación por más de lo que yo podría aportar con mi salario. Eamon necesita unas botas y Ada un abrigo, porque el mío viejo, el verde, está destrozado. No hay dinero para que pueda quedarme.
El viaje me hace mucha ilusión, aunque también me da miedo. Sé que, una vez allí, no podré regresar. Es un compromiso para toda la vida. Y aunque siga teniendo noticias de mi familia y de mis amigos, por las cartas que nos escribiremos, nunca volveré a ver sus rostros queridos ni a oír su risa irlandesa. Eso es lo que significa emigrar de un país.
La señora Pumile, la vecina de la kaia de al lado, tenía celos de mi madre Miriam y de mí. Decía que nuestra señora nos trataba muy bien, mientras que la suya medía el azúcar en la cocina y la obligaba a darse la vuelta a los bolsillos para ver si los llevaba llenos de cosas robadas.
«Eeeh.» La señora Pumile tragaba aire y se iba a su kaia andando como un pato, con el doek torcido y los bolsillos del delantal aleteando, mientras las galletas o lo que hubiese cogido prestado terminaban en el cubo de la basura de su señora. Las galletas ya no valían si la señora Pumile las había tocado. Nunca supe cómo se llamaba la señora de la señora Pumile.
Nuestra señora, aparte de señora, se llamaba Cathleen. La señora Cathleen Harrington, de nacimiento Moore. Así lo escribió un día para enseñármelo, con una caligrafía muy inclinada, aunque no me explicó por qué tenía tantos nombres. Era alta y amable, con los ojos verdes y el pelo castaño, que de día llevaba recogido en un moño bajo. Una vez la vi con el pelo suelto, y me pareció que flotaba alrededor de su cabeza como si fuera humo. Estaba delante del tocador, con un camisón azul, escribiendo en su libro especial, y yo había subido porque mi madre Miriam me mandó avisarla cuando el señorito Philip se puso malo en el cuarto de baño de los niños.
—Ada. —Se levantó al verme, barriendo el suelo con el camisón de flores bordadas—. ¿Pasa algo?
—El señorito Philip está vomitando —dije desde el umbral de la puerta—. Mamá me ha dicho que venga.
La señora era una buena madre, y no sólo con la señorita Rosemary o con el señorito Phil, a pesar de que la señorita discutía mucho con ella. La señorita Rose nunca estaba de acuerdo con nadie.
«Es perverso —le decía la señora al señor con un suspiro. Y aunque yo no conocía esa palabra, adivinaba su significado—. ¿Qué vamos a hacer?»
La señora era buena conmigo, me dejaba sentarme en un sillón a su lado, en el stoep, aunque mi madre pusiera mala cara, y también cuando tocaba el piano. Me hacía sentir como si el asiento también fuera mío. Y me hacía sentir como si yo fuera suya.
El señor Edward no me hacía sentir como si fuera suya, y era una lástima, porque yo no tenía otro padre. Durante mucho tiempo no supe que para tener un niño hacía falta un padre. De todos modos, sólo los niños blancos tenían padres.
Cuando cumplió dieciocho años, mi madre dejó el poblado de KwaZakhele, en las afueras de Port Elizabeth, para trabajar en Cradock. El señor Edward acababa de comprar la casa poco antes de que la señora llegara del otro lado del mar. Se pasó varios años ahorrando, según decía la señora, hasta que pudo comprar la casa y casarse con ella. Pero el señor nunca entraba en el tocador de la señora, y sólo a veces entraba en su dormitorio. Yo lo sabía: cuando iba a hacer la cama, por las mañanas, sólo veía la huella del cuerpo de la señora. Eso me sorprendía. Creía que la gente casada siempre quería estar junta, sobre todo después de haber pasado tanto tiempo ahorrando para comprar Cradock House. Nunca le preguntaba a mi madre por qué pasaba eso. Habría sido injusto hacerle esa pregunta, porque ella no tenía marido. No tener marido no era raro. Había muchas mujeres como mamá. Nuestra vecina, la señora Pumile, sin ir más lejos, aunque recibía a muchos hombres en su kaia. Pero no eran maridos, y la señora Pumile no podía confiar en que siguieran yendo a verla.
Cuando le preguntaba a mi madre Miriam por su vida anterior, antes de la posibilidad de los maridos, me decía que iba en el lote de la casa. Yo no sé si será verdad. No creo que se pudiera incluir a la gente en el lote al comprar una casa, ni siquiera en esos tiempos. Aunque a lo mejor sí se podía, y a lo mejor por eso la señora Pumile seguía en casa de su señora, aunque comiese demasiado azúcar y recibiera a demasiados hombres.
Lo que sí es verdad es que mamá pasó toda su vida trabajando en Cradock House, y que un día murió allí, mientras limpiaba la plata en la mesa de la cocina.
Yo también quería pasar toda mi vida en Cradock House. No quería vivir donde Bree Street perdía fuerza y desaparecía en el poblado de chabolas. Yo quería vivir y morir en Cradock, donde había nacido. Ése era mi sitio.
Pero quería morir limpiando la plata debajo del árbol del coral, en el jardín, donde las nectarinas esmeralda volaban como flechas entre las flores rojas y el cielo azul asomaba entre las hojas temblorosas de los árboles.
Estamos a más de un hemisferio de distancia de Irlanda y de Bannock.
Sin embargo, tengo una extraña simpatía por la gente a la que he conocido aquí, aunque no sé nada de su pasado y ellos no saben nada del mío. Eso me recuerda que, estemos donde estemos, el hogar y el amor sólo se nos conceden a cada uno de nosotros por un período de tiempo limitado. Tenemos que cuidarlos mientras son nuestros y recordarlos con cariño cuando se han ido.
Por eso acepto con alegría esta nueva vida y a esta nueva gente.
Espero que pronto deje de ser una extraña para ellos y ellos dejen de ser extraños para mí.
Mi madre Miriam nunca fue a la escuela, y yo tampoco. Había un colegio pequeño en el poblado de Lococamp, donde vivían los trabajadores del ferrocarril, en la otra orilla del Groot Vis, pero los niños siempre estaban sucios y jugaban como salvajes, según decía mi madre. A nuestro lado del río, al final de Bree Street, había un colegio más grande. Se llamaba St. James y lo dirigía el reverendo Calata. Tenía campos deportivos y un coro, y daba la espalda al pueblo para mirar hacia el veld. Este colegio era mucho más estricto, decía mamá, como tenía que ser un colegio, pero estaba demasiado lejos para que yo fuera andando sola.
Cruzábamos el Groot Vis pocas veces, sólo los jueves, cuando mi madre tenía la tarde libre, y entonces íbamos a ver a mi tía, su hermana mayor. «Cuánta gente —decía mi madre en voz baja al pasar por el puente. Puede que se acordara de cuando vivía en KwaZakhele—. No te separes de mí, hija.»
Mi tía vivía en una choza de barro, sin puerta, y lavaba la ropa en el río. La gente mala le robaba la ropa que dejaba tendida en los arbustos de la orilla, aprovechando el momento en que volvía a su choza a por otro montón de ropa sucia. Mi tía se ganaba la vida lavando. En eso de las escuelas, estaba de acuerdo con mi madre, y también decía que el colegio de Lococamp no era un sitio de fiar. Según ella, era tan triste como la vida en las orillas del Groot Vis.
A la señora y al señor les dio por hablar de un colegio para mí.
—No podemos ignorarlo, Edward —le oí decir a la señora un día, cuando salía de la cocina con la ropa que mi madre acababa de planchar—. Tenemos una obligación. La escuela del poblado es muy conflictiva. ¿Qué te parece la misión de Lovedale?
—Eso a la larga sólo traerá problemas. Expectativas y qué sé yo —dijo el señor, pasando la página del periódico—. Pero si crees que es una obligación, no dejes de hacerlo. ¿Tocarás algo de Beethoven para mí esta noche?
No sé en qué «problemas a la larga» pensaría el señor. Además, ir a la escuela de la misión significaba dejar Cradock House y dejar a mi madre, que me necesitaba para que la ayudase, porque se estaba haciendo vieja y cada vez parecía más pequeña, como un pájaro, al tiempo que yo me hacía más grande. La vida me parecía muy rara en eso de los tamaños, aunque a lo mejor estaba bien pensado. Naces siendo un niño chiquitín, te haces mayor y a partir de ahí te vas encogiendo y te mueres pequeño, para que Dios Padre pueda enviarte con los antepasados.
—Se lo agradezco, señora —dijo Miriam cuando volvieron a hablar de la escuela—. Pero la misión de Lovedale está muy lejos, y Ada se sentiría muy sola.
Marcharse para ir al colegio y marcharse para irse a África debe de ser más o menos lo mismo, pensé, escondida detrás de la puerta mientras los señores hablaban una noche en el salón. Las dos cosas significaban perder a la familia para siempre. Yo no quería perder a mi familia como la señora había perdido a la suya. Estaba espiando, escondida detrás de la puerta. El señor estaba leyendo el periódico, y la señora movía la cabeza. La piedra verde que llevaba alrededor del cuello brillaba a la luz de la lámpara. Se había cambiado el vestido holgado y de talle bajo que llevaba durante el día —los vestidos de la señora estaban hechos para soportar el calor y eran del color de la crema que se forma en la leche— por uno entallado, de color verde claro, a juego con el broche.
—Me gustaría que fuera al colegio aquí, con los niños, pero el director no querrá ni oírlo —dijo la señora. La piedra volvió a lanzar un destello. Yo no entendía que la gente no quisiera oír. No parecía que tuviese nada que ver con ser sordo—. ¿Por qué es tan difícil, Edward?
—Por la sencilla razón, cariño, de que si admiten a uno todos pedirán una plaza —dijo el señor, frunciendo el ceño por encima del periódico.
—¿Y eso qué tiene de malo?
El señor no contestó. Pasó otra página, y el pelo oscuro, con la raya al lado, desapareció por detrás del periódico. No sé qué querían decir, ni él ni ella, pero me pareció que la señora no estaba de acuerdo. Tal vez no entendía qué problemas podía traer a la larga, como decía el señor, que yo fuese al colegio.
Yo tampoco entendía de qué problemas hablaba el señor, y no quería ser un problema para ellos. Si ir al colegio era un problema, entonces no iría.
La señora se levantó, se asomó un momento a la ventana y se acercó al piano. Cuando se quedaban callados, la señora siempre se acercaba al piano. Unas veces se ponía a tocar directamente y otras veces se quedaba sentada, muy erguida, mirando las teclas.
—¡Ada! —me riñó mi madre, y me apartó de allí—. El tokoloshe viene a por las niñas malas que escuchan detrás de las puertas.
Me fui corriendo a nuestra casa, me acosté y me tapé los ojos para no ver al malvado tokoloshe cuando subiera a mi cama para llevarme al infierno. Pero no vino. Y la señora tocó algo de Beethoven. El claro de luna. Sin embargo, yo sabía que estaba distraída. Lo notaba en sus dedos.
—La niña puede aprender aquí todo lo que necesita saber, señora —dijo mi madre al día siguiente, muy firme, cuando fue a buscar unos elásticos para los tirantes del señorito Phil en el costurero de la señora. Mi madre me había dado una charla el día anterior, cuando vino a acostarse. Me dijo que no me merecía la bondad de la señora si escuchaba detrás de las puertas. Y que no iba a consentir que ese cuento del colegio molestara a los señores. La señora estaba zurciendo un calcetín del señorito Phil. Siempre había un montón de ropa del señorito para coser. Parecía que se rompía los pantalones o perdía un botón en cuanto salía por la puerta. Pero todos los niños se rompen la ropa, eso decía mamá. Eso hacen los niños. A nadie le molestaba, porque todos queríamos al señorito. Siempre estaba risueño, mientras que la señorita Rose siempre estaba enfadada.
—Ya veremos. No quiero darme por vencida. Tú no tuviste la oportunidad de ir a la escuela, Miriam, y creo que Ada debería tenerla.
Pero nunca fui a la escuela.
En vez de eso, la señora empezó a enseñarme las letras en casa, en la mesa del comedor, cuando el señor estaba en el trabajo y los niños en el colegio. No sé por qué nunca me enseñaba cuando el señor estaba en casa, pero así era. Recogíamos los libros a toda prisa cuando oíamos sus pasos en el jardín. Mi madre y la señora Pumile aplaudían y me decían que tenía mucha suerte de estar recibiendo «una educación», así lo llamaban ellas.
Cuando subía a limpiar el polvo, empecé a leer un libro que la señora dejaba en su tocador, al lado de su cepillo de plata y su caja de polvos. Nadie más veía ese libro: ni el señor, ni la señorita Rose, ni el señorito Phil. Por la marca del polvo en la mesa del tocador, yo sabía si alguien lo había movido, aparte de mí o de la señora. Me fijaba todas las mañanas, cuando el sol entraba por la ventana y caía sobre el tocador con un rayo amarillo muy revelador. Y siempre me aseguraba de dejar el libro marcado en la página que ella estaba escribiendo, para que no se diera cuenta.
No entendía muchas frases, pero me pasaba el día pensando en ellas, mientras limpiaba el polvo y fregaba, y a veces su significado oculto se me revelaba de golpe, mucho después de haberlas leído. Más tarde descubrí que las notas musicales eran como las palabras: significaban una cosa cuando se tocaban por separado y otra muy distinta cuando se tocaban juntas.
Creo que la señora no sabía que yo estaba leyendo su libro, aunque puede que sí lo supiera. ¿Sería por eso por lo que, muchos años después, cuando se fue a Johannesburgo, lo dejó aquí? ¿Lo dejó para mí? Sin la presencia de la señora y de los niños, Cradock House quedó vacía y silenciosa. Sólo se oían mis pasos y los del señor en las escaleras estrechas.
Cuando empecé a entender las letras, tomé la costumbre de fijarme en los letreros de las tiendas cuando iba a la oficina de correos de Adderley Street a echar las cartas que la señora mandaba a Irlanda. Buscaba palabras nuevas siempre que iba al pueblo, y me quedaba tanto rato mirando los escaparates que los tenderos a veces salían para echarme de allí.
Aprendí a andar despacio por una acera de Adderley, a cruzar la calle sucia y polvorienta, siempre llena de carros tirados por burros, de perros peligrosos y de elegantes señores a caballo, y a volver despacio por la otra acera, para no perderme ningún letrero. Como la señora no parecía darse cuenta de que tardaba mucho en echar las cartas, volvía por Market Square y entraba en el parque Karoo, donde había bancos de madera en los que me dejaban sentarme. Me sentaba a mirar las palmeras por encima de mi cabeza, o los aloes con sus flores como llamas en los arriates cuadrados, y repetía las palabras que acababa de leer mientras el sol me calentaba los pies descalzos. Luego seguía por Church Street, que también era una calle ancha, como Adderley, para que antiguamente pudieran pasar los carros y los bueyes, y allí leía los últimos carteles, ya cerca de la orilla del Groot Vis.
Las primeras palabras que aprendí a leer en la calle fueron «Farmacia Austen», «White y Boughton, papel y tinta», «Zapatería Cuthbert, zapatos a medida» y «Calidad para las señoras en Modas Anstey». En la puerta de Badger & Co. a veces había una mesa con rollos de tela y un cartel que decía «… el rollo». Nunca conseguía descifrar algunas palabras. Las veía en muchos sitos, pero no estaban escritas con letras que yo conociera, y llegué a la conclusión de que eran de otro idioma. En el libro de la señora nunca vi ninguna de esas palabras. Tenía ganas de preguntarle qué significaban, pero no quería parecer desagradecida después de lo mucho que me estaba enseñando en la mesa del comedor, y también con su libro del tocador, sin que ella lo supiera.
Decidí preguntárselo a la señorita Rose y al señorito Phil.
—No tengo tiempo para explicártelo —dijo la señorita, mirándome por encima del hombro, mientras se cepillaba el pelo rubio delante del espejo—. No tienes dinero, así que no creo que necesites aprender a contar.
—¡Pues son números, Ada! —dijo el señorito Phil. Cogió un lápiz con el borde mordisqueado y dibujó en un papel unos cuantos de esos signos extraños—. Indican la cantidad de cosas que tienes. Te enseñaré algunos más cuando vuelva del entrenamiento de cricket. Toma, practica un poco. —Se inclinó un momento para enseñarme a coger el lápiz—. ¡Eso es, así! —dijo. Y bajó las escaleras a todo correr, dando golpes con la bolsa de cricket contra la barandilla.
—¡Menos ruido, Philip! —se oyó decir al señor en el piso de abajo.
Pero antes de la posibilidad de los números estaba el libro de la señora en el tocador. Tenía las tapas de terciopelo rojo oscuro y una cinta de raso rojo para atarlas con un lazo en el centro. Yo acariciaba el terciopelo y el raso, me inclinaba y los rozaba con la mejilla. Muchas veces la señora no se molestaba en hacer el lazo, y sólo enrollaba la cinta alrededor del libro. Yo no tenía intención de leerlo, pero un día, cuando fui a limpiar el polvo, lo encontré abierto. No tuve la sensación de estar robando, como hacía la señora Pumile. No era ni azúcar ni galletas ni joyas. Me fijé en lo bonitas que eran las letras, escritas con tinta negra, que formaban un dibujo de trazos finos y gruesos. MañanazarpoaÁfrica…
Y después de muchos intentos empecé a separar las palabras. Mañana zarpo a África…
¿Qué significaba «zarpar»?
Luego vi que las palabras se unían para formar frases. Y después las frases empezaron a decirme lo que la señora le contaba a su libro. Y a veces también lo que no le contaba. Cinco años de noviazgo, Edward en Cradock, yo en Irlanda. El matrimonio es un paso en el camino de la fe, dice el padre O’Connell. Pero yo lo sigo queriendo. Y todos dicen que estamos hechos el uno para el otro.
El libro se convirtió en una conversación secreta entre la señora y yo.
Ha pasado un verano de calor y de moscas. El jardín de Cradock House está lleno de enormes macizos de aves del paraíso naranjas y azules, y de carrizos con las cabezas como plumas suaves que te hacen toser cuando pasas cerca. Los escarabajos invisibles se pasaban el día escarbando a los pies del jazmín, y los bubús silbones, amarillos y con el cuello negro, se llamaban de punta a punta del jardín. El nuevo edificio del banco, en Adderley Street, ya estaba terminado, y todo el mundo iba a verlo: señoras embutidas en corpiños que necesitaban muchas horas de plancha, señores con traje y relojes de cadena, como el del señor, niñas con sus vestidos de canesú de nido de abeja y niños en pantalones cortos, con calcetines largos y gorras. La gente como mamá y como yo nos quedábamos detrás de la multitud, aunque un día el señorito Phil me llevó de la mano para que me pusiera delante con él.
—Mira, Ada, ¡ahí está papá! —gritó, dando brincos y señalando al señor, que estaba en una tribuna con muchos hombres, debajo del rótulo que decía «Banco», además de otra palabra que no reconocí—. ¿Verdad que parece muy importante? —Sí que lo parecía, con su mejor traje y la camisa que mamá le había almidonado con mucho cariño el día anterior.
—¿Qué se hace en un banco? —le pregunté al señorito, tirándole de la manga para llamar su atención. Los niños blancos que estaban alrededor se echaron a reír.
—¿Qué? —El señorito Phil estaba de puntillas y con el cuello estirado, para verlo todo.
—Un banco —le repetí al oído, haciendo bocina con las manos, para que los otros niños no me oyeran—. ¿Para qué sirve?
—Para guardar el dinero —dijo. Y se puso a gritar—: ¡Papá, papá! —Saludó con las manos y empezó a dar saltos para que el señor lo viese. Los niños lo miraron y las niñas se taparon la boca para protegerse del polvo que levantaba con las botas al saltar. El señor lo miró un momento con gesto impaciente, pero enseguida volvió la cabeza hacia un hombre que estaba cortando una cinta roja con unas tijeras en la entrada del banco.
Supongo que el señorito Phil hizo mal en interrumpir al señor, pero es que el señorito nunca pensaba demasiado en lo que hacía, como atracarse de albaricoques sin pensar en las consecuencias que podía tener para su estómago. Era todo lo contrario de la señorita Rose, que podía pasarse muchos días callada cuando quería algo de verdad, y se guardaba sus deseos con muchos suspiros y encogimientos de hombros, hasta que sabía que el señor y la señora no se lo podrían negar.
Rosemary no ha sido una niña fácil. Es posible que haya malcriado a Phil, por lo alegre que era desde que estaba en la cuna. Rosemary, por el contrario, siempre le encuentra pegas al mundo en general y a su madre en particular.
Su mal carácter destaca todavía más en contraste con el de Ada, que tiene el estoicismo de Miriam, pero también una luminosidad inmensamente atractiva. Puede que la culpa esté en mí. En mi incapacidad para ser una buena madre. Pero lo cierto es que todos mis esfuerzos han chocado contra un muro.
Parece que no hay manera de complacer a Rosemary.
Recordatorio:
Buscar lecturas sencillas para Ada. Estoy decidida a que progrese en la lectura, con independencia de las reservas que pueda tener Edward. Quizá encuentre algo en la biblioteca del colegio. Puedo decir que son para un alumno privado.
A mí no me dejaban entrar en el banco nuevo, pero miraba por las ventanas los ventiladores de techo, los escritorios oscuros y los letreros que decían «Información» y «Director», aunque no entendía qué significaban. La prima de la señora Pumile sí podía entrar en el banco, para abrillantar los suelos con cera Cobra roja todas las mañanas. Le llevaba a la señora Pumile el azúcar que se dejaban en el carrito del té. La gente dejaba su dinero en el banco para que cuidasen de él. Eso me había contado el señorito Phil. Pero mi madre Miriam decía que su dinero estaba más seguro en una caja de zapatos, debajo de la cama, donde ella pudiera vigilarlo.
Ese verano pasé muchos días demasiado ocupada en barrer, limpiar y lavar la ropa de la familia, que se ensuciaba mucho de tanto arrastrarse por el polvo, y casi no tuve tiempo para leer. Veía el libro de la señora encima del tocador y lo miraba con añoranza mientras pasaba el lappie trazando círculos lentos, hasta que mamá me llamaba para que fuese a recoger la ropa del tendedero.
Después llegó un invierno de vientos fríos, de vientos que venían de unas montañas que yo no alcanzaba a ver cuando me ponía de puntillas encima del baúl de los juguetes del señorito Phil. A veces me parecía distinguir a lo lejos una capa fina y blanca, como la cobertura de las tartas, pero nunca sabía si era yo quien se empeñaba en verla. Siempre quería ver más de lo que alcanzaban mis ojos.
—¡Las vistas se contemplan mejor desde el tejado! —me dijo el señorito, un día que me encontró de puntillas en la ventana, cuando tenía que estar limpiando el polvo.
—Lo siento, señorito. —Bajé corriendo y cogí mi lappie—. Ya me voy.
—¡Espera, Ada, espera! —me cogió del brazo—. ¿Qué buscabas?
—Las montañas —dije, señalando el veld—. Donde está la nieve. ¿Usted ha visto la nieve? —A la señorita Rose nunca me habría atrevido a preguntárselo. Y a la señora no quería molestarla.
—La vi una vez —dijo, sonriendo y tirándose de la chaqueta del uniforme del colegio. Le faltaba un botón—. Era como algodón blanco. Podías hacer bolas y lanzarlas. ¡Bolas de nieve! —Imitó el gesto de lanzar una bola, y el flequillo le cubrió la frente al mover el brazo. El señorito Phil siempre contestaba a mis preguntas. Nunca se burlaba de mí, como la señorita Rose.
Entonces se subió al baúl y me enseñó que ya rozaba el techo con las puntas de los dedos, mientras volvía a imitar que lanzaba una bola. Me dijo que se subía muchas veces allí, para ver lo alto que era, y que un día llegaría con la cabeza al techo.
Ese invierno los vientos fríos de la nieve que conocía el señorito Phil me atravesaban la ropa y me dejaban la cara entumecida cuando iba a Adderley Stret a echar las cartas que la señora enviaba a Irlanda, al otro lado del mar. ¿Contaría en esas cartas las mismas cosas que en su libro? ¿O había cosas que no contaba en las cartas, lo mismo que había cosas que no contaba en su libro?
Esos días hacía el recado deprisa, envuelta en el viejo abrigo de luto de mi madre. Hacía demasiado frío para pararme a leer los carteles de las tiendas o los anuncios que ponían en la puerta de la oficina de correos. Cuando volvía a Cradock House, mamá y yo preparábamos una sopa de calabaza y pollo asado, relleno con los últimos albaricoques del verano, y un pudin de mermelada esponjoso y caliente que al señorito Phil le encantaba. «Dame más, Miriam, por favor —le pedía a mi madre después de comerse un cuenco enorme—. Está más rico que nunca.»
Sólo cuando pasó el invierno caí en la cuenta de que la señora se parecía a mí en una cosa muy importante: las dos guardábamos dentro frases que nunca decíamos en voz alta. La diferencia estaba en que ella podía decir esas frases en su libro o en sus cartas, mientras que yo tenía que guardarme las mías en la cabeza. Y es que, aunque ya sabía leer, aún no era capaz de escribir.
La señorita Rose recibía clases de piano.
No en Rocklands, en el colegio al que yo no podía ir por los problemas que traería a la larga, y tampoco aprendía con la señora, que era profesora de piano, sino con otra profesora de gafas pequeñas que venía a casa una vez a la semana.
—Arquea los dedos, Rosemary —le decía la profesora—. ¡Arriba, arriba, arriba!
Yo limpiaba el polvo del piano a diario y veía lo que la señorita Rose estaba aprendiendo. Veía el libro, con sus dibujos de notas blancas y negras que se llamaban como las letras que me enseñaba la señora, sólo que las letras del piano no llegaban hasta el final del abecedario. No entendía por qué.
El caso es que sabía dónde tenía que poner los dedos la señorita para tocar la melodía.
A veces, mientras estaba limpiando el polvo, cuando la señorita Rose se equivocaba, yo sabía dónde tenía que haber puesto los dedos.
—¡Sabelotodo! —me decía, sacándome la lengua y apartándose el pelo largo y rubio de la cara. La señorita sabía que era muy guapa, pero se pasaba horas mirándose en el espejo de su dormitorio, para asegurarse, agrandando los ojos y volviéndose a un lado y a otro. No tenía los ojos verdes y suaves, como la señora, sino azules y oscuros, como la pizarra de un tejado o el cielo del Karoo justo antes de que cayera la noche. La señora Pumile no tenía tiempo para la señorita Rose, porque nunca le daba los buenos días cuando se cruzaba con ella en la calle. Mi madre decía que la señorita dejaría de portarse así cuando creciera. La verdad es que parecía que la señorita Rose crecía muy deprisa y que la ropa enseguida se le quedaba pequeña, porque siempre necesitaba vestidos nuevos, aunque yo no sabía si la mala educación se quitaba al crecer.
Una cosa estaba clara: a la señorita Rose no le gustaba la música.
—¡Detesto el piano! —protestaba a espaldas de la profesora de las gafas, que siempre se quedaba un rato en la puerta hablando con la señora después de cada lección—. ¡Arquea los dedos, arquea los dedos… no lo soporto!
A la señora le dolía, porque ella tocaba el piano desde que era pequeña, cuando vivía al otro lado del mar. Por eso, una de las primeras cosas que el señor Edward compró cuando vino a vivir a Cradock House, mientras esperaba la llegada de la señora, fue un piano.
—Lo hicieron en Leipzig, Ada, en un país que se llama Alemania —me contó la señora la primera vez que fui a limpiar el polvo—. Mira —señaló las letras doradas—, ése es el nombre del fabricante: Zimmerman. ¿Verdad que no se ven muchas palabras con zeta?
—Sólo zapato, señora. ¿Y cómo lo trajeron hasta aquí?
—En un barco, por el mar, lo mismo que a mí. ¡Qué bueno ha sido el señor Edward al comprarme este piano!
Y la señora apartaba la vista del piano para contemplar el Groot Vis por la ventana.
¿Seguiré queriendo a Edward?
¿Seré capaz de tocar para él con la misma pasión con que toco para mí? ¿Me pedirá que toque?
Yo no conocía nada más que Cradock y el Karoo, con su polvo, sus koppies rocosos y su río perezoso; por eso un mar de agua interminable y lugares lejanos me parecía un misterio. Incluso el poblado de chabolas donde vivía mi tía, al otro lado del río, y el otro poblado abarrotado de gente que había al final de Bree Street, donde mamá me llevaba a veces a ver a sus amistades y donde estaba ese colegio tan estricto que se llamaba St. James, eran sitios más familiares para mí.
Era incapaz de imaginarme cómo sería un barco. Desde luego, la gente que vivía en esos países lejanos era muy lista, porque sabía hacer cosas como pianos y barcos, que a este lado del mar no sabíamos hacer.
—¿Irá algún día al otro lado del mar? —le pregunté al señorito Phil una tarde, mientras hacía los deberes en su habitación con la puerta cerrada, porque la señorita Rose se estaba peleando con el piano en el piso de abajo.
—Puede ser —dijo con aire pensativo—. A ti te gustaría ir, ¿verdad que sí? Sé que te gusta conocer sitios nuevos. Por eso te subes al baúl de mis juguetes y miras…
—¿Pero usted irá?
—Supongo que sí —contestó, apartando los ojos del cuaderno de ejercicios y mirando el bate de cricket, que estaba apoyado cerca de la puerta, para cogerlo cuando salía corriendo. De pronto se puso muy contento y dijo—: ¿Sabes qué? Algún día iremos juntos a Irlanda. A ver a mi tía Ada. ¡La que se llama como tú! —Se reclinó en la silla sobre dos patas.
Yo me eché a reír. ¡Qué bobo era el señorito Phil! Las chicas como yo no podían hacer esas cosas.
—De todos modos —dijo, y la silla se tambaleó al extender un brazo para señalar toda la habitación y el inmenso Karoo, al otro lado de la ventana—. ¿Qué puede haber mejor que esto?
La señora practicaba al piano todas las mañanas, una hora antes de que los niños se fueran al colegio. La casa se llenaba de música, menos los fines de semana, porque esos días el señor y ella se levantaban tarde. Y también tocaba por las noches, cuando el señor se lo pedía o cuando se lo pedían los invitados. Con el tiempo aprendí a adivinar lo que tocaría la señora en distintos momentos para distintas personas.
Las mañanas estaban llenas de escalas y arpegios. Las escalas formaban sonidos fluidos que recorrían el piano de arriba abajo, como el viento, mientras que los arpegios se saltaban algunas teclas y sonaban como el granizo en el tejado de chapa.
La señora Pumile decía que las escalas de la señora cruzaban el jardín a la carrera todas las mañanas y llegaban a su kaia, al lado de la nuestra.
Por las tardes, cuando los niños terminaban de hacer los deberes y el señorito Phil estaba nervioso, la señora tocaba marchas militares, para que desfilase como un soldado de verdad. Y para que la señorita Rose se animara a practicar, tocaba piezas muy alegres, y daban ganas de marcar el ritmo con los pies.
De noche, cuando el señorito y la señorita ya estaban en la cama, la señora tocaba una música más tranquila, melodías que a mí se me metían en la cabeza y que volvían al día siguiente, cuando estaba lavando o limpiando el polvo. Salía a hurtadillas de la habitación de mi madre —porque entonces vivíamos en la casa principal— y me quedaba escuchando en el pasillo del salón. Estaba a oscuras y tenía miedo de que el tokoloshe viniera a por mí.
Cuando había invitados, la señora se ponía vestidos de raso de color verde oscuro y tocaba música elegante, como valses. A veces los invitados cantaban. A la señora le encantaban las canciones del otro lado del mar, donde vivía su familia, y las cantaba sola o acompañada por algún invitado que tenía buena voz. Eran canciones como La bahía de Galway y Llévame a casa, Cathleen, que era la favorita del señor. Pero al señor le gustaba que la señora tocase cuando no había invitados. La quería sólo para él. No quería compartirla con nadie. Ella era feliz entregándose a los demás y ofreciendo su música.
Esto es el futuro, leí un día, mientras hacía mis tareas. Edward, al que llevo cinco años sin ver y sin sentir, y Cradock, un pueblo a los pies de África. Aquí construiré mi hogar, crearé una familia y descubriré nuevas músicas…
¿Qué era el «futuro»? La gente siempre hablaba del futuro con preocupación. ¿Era algo por lo que había que pagar, como el señor había pagado por el piano? ¿O era algo que la señora se había traído de Irlanda?
Un día se lo pregunté al señorito Phil. Dijo que era lo que le pasaba a uno cuando se hacía mayor, así que de momento no tenía por qué preocuparme. La señorita Rose me dijo que el futuro era algo que yo nunca tendría si no iba al colegio.
Cuando la señora tocaba, el señor se quedaba al lado del piano, muy erguido, sonriendo a los invitados, hasta que se sacaba el reloj del chaleco y decidía que ya había tocado suficiente. Nunca había tranquilidad en Cradock House cuando yo era pequeña.
Un día, la señora me pilló corrigiendo a la señorita Rose mientras estaba estudiando piano.
—¡Eso suena mucho mejor, Rosemary! —dijo, muy contenta. Entró en el salón con las manos manchadas de harina, porque estaba haciendo bollos de pan dulce, y al ver que era yo quien tenía los dedos en las teclas se paró en seco.
La señorita sacudió su melena rubia y empezó a pasar las páginas del libro de música muy deprisa.
—Disculpe, señora, ya me voy. —Y me fui corriendo al lavadero, donde mamá estaba almidonando los cuellos del señor Edward. A la señorita Rose no le hacía gracia quedar en ridículo delante de la señora.
—¿Por qué corres tanto, hija? —me preguntó mamá, pensando que había hecho algo malo.
—Ada —dijo la señora, que también llegó corriendo y me encontró escondida detrás de las faldas de mi madre. Se arrodilló y me miró a los ojos, como hacía cuando empezó a enseñarme las letras, para que yo las repitiese—. ¿Te gustaría aprender a tocar?
Hoy he sorprendido a Ada corrigiendo a Rosemary. Ya había pasado antes. Rosemary se enfadó, y yo fingí que no me daba cuenta. Recuerdo la primera vez que animé a Ada a que se sentara a mi lado para verme tocar. Estaba muy nerviosa, hasta que puso un dedo, tocó una nota y me miró con tanto asombro que se me hizo un nudo en la garganta.
Aprendí a tocar el piano mientras empezaba una cosa que llamaban «la guerra».
Y también aprendí, con las letras de las canciones, cosas que había en Inglaterra: bosques y fiestas con cucaña y hierba que siempre estaba verde en vez de marrón, como la nuestra. Ven al bosque verde se convirtió en mi canción favorita. Y también La danza de los gnomos.
Aprendí historia con los relatos de las vidas de los grandes compositores que me contaba la señora, y geografía con los viajes que hacían en busca de nuevas músicas. Y entonces me di cuenta de que el piano servía para algo más que ejercitar los dedos. Me di cuenta de que me descubría un mundo que estaba más allá de Cradock House. La primera vez que posé los dedos en las teclas de marfil supe que la música me ensanchaba el corazón, pero no me esperaba que pudiera ensancharme también la cabeza.
El piano me enseñó más cosas de los números. Aprendí a contar los tiempos de un compás hasta ocho, y a relacionar la cuenta con los números que veía en los carteles de las tiendas del pueblo.
Al principio no entendía del todo cómo se relacionaban.
¿Cómo podía ser que los «cuatro» tiempos de un compás significaran lo mismo que el «cuatro» de un rollo de tela, si sólo había un rollo?
Llegué a la conclusión de que los números eran cosas poco fiables.
Cuando la señora y yo nos poníamos a tocar no había guerra. Me sentaba a su lado, en el taburete del piano, con su vestido de color crema rozando mi bata azul, sus manos a los lados de las mías, y empezaba a ver el mundo como lo veía ella, aunque nunca hubiera visto la mayoría de las cosas de las que me hablaba.
—El río, los graznidos de las gaviotas, las olas y la marea forman una pauta que se repite constantemente, cada cosa dentro de la otra. Como el contrapunto que vemos en Bach… —Y dejaba flotar en el aire una serie de melodías que se repetían y nos envolvían, pasando las manos como ondas por encima de las teclas.
—¿Cómo suena la corriente que cruza el mar? —preguntaba yo.
—¡Ay, Ada, si pudieras oírla! —Sonreía con cariño, como si ese sonido resonara dentro de ella a todas horas—. Grieg estaba en los acantilados de Bannock y en la playa… —Y sus dedos bailaban para componer los primeros acordes del Concierto para piano.
Yo asentía con la cabeza. La señora detenía las manos y miraba por la ventana hacia el Groot Vis, con sus aguas turbias y mansas bajo el calor.
—Un mi menor —volvía al piano— que se transforma en mi mayor. ¿Te acuerdas?
Yo sentía crecer la música en mis manos, que se unían a las suyas para formar una cascada.
Justo después de que empezara la guerra ocurrió algo muy extraño. Un día, el sol desapareció. Los koppies pardos se volvieron púrpura y los pájaros del jardín dejaron de cantar. Hasta los bubús silbones se quedaron callados. El general Smuts, un hombre del que yo había oído hablar a la gente, que había avisado de que los alemanes dominaban la ruta del mar, vino a Cradock ese día de oscuridad.
La multitud se congregó para escucharlo a las puertas del Ayuntamiento, en Market Square. Los edificios se adornaron con banderines rojos y azules para darle la bienvenida, y el general recorrió entre vítores todo el trayecto por Church Street mientras el cielo se volvía oscuro.
—Es un eclipse, Ada —me explicó la señora cuando salió de casa para oír al general—. No hay de qué asustarse.
Dijo que era la luna la que ocultaba el sol, y que eso pasaba de vez en cuando. Según la señorita Rose todo el mundo sabía lo que era un eclipse. El señorito estaba haciendo su entrenamiento militar, así que no pude preguntarle qué pensaba él. Mamá se acostó en nuestra kaia y yo subí al piso de arriba para ver Market Square desde el baúl de los juguetes mientras la luz se apagaba a lo lejos en el Karoo. Oía los aplausos por las ventanas abiertas. Tal vez el general Smuts fuese capaz de usar su poder para devolvernos el sol. Yo estaba segura de que la culpa era de la guerra, lo mismo que tenía la culpa de la escasez en nuestra cocina. ¿Qué otra cosa podía hacer que la luna ocultase el sol, si llevaba tanto tiempo en el cielo sin molestar a nadie?
Así que allí estaba Cradock House, en mitad del Karoo seco y a veces oscuro, y estaban mamá y la señora y el señor y la señorita Rose, pero el señorito Phil estaba a punto de irse a la guerra. Estaban los ibis siniestros que pasaban todas las tardes a última hora, graznando y sacudiendo con las alas el cielo veteado de franjas rosas y anaranjadas. Y estaba nuestra vecina, la señora Pumile, quejándose del trabajo de más por culpa de la guerra.
Y además de la canción que la lluvia tocaba de vez en cuando en el tejado de la kaia, debajo del espino raquítico, Mozart, Chopin y Beethoven estaban allí todos los días. Dentro del piano esperaban montones de melodías que yo nunca podría tocar, y fuera de Cradock House, mucho más mundo del que podía imaginar. Había guerra, sí, pero también había música suficiente para olvidarse de la guerra.
Miriam y Ada empiezan a ser parte de mi familia.
Nadie me había advertido de esto. Me hablaban sobre todo del calor, de las picaduras de insecto y de lo imprevisibles que eran los nativos. La posibilidad de encontrar compañía en mi criada negra y en su hija ni siquiera se me había pasado por la cabeza. Tengo la impresión de que a Edward le molesta mi actitud. Sin embargo, no puede tener ninguna queja de la devoción con la que me he entregado a mis hijos. Phil y Rosemary cuentan con mi atención plena, y a Rosemary me empeño especialmente en animarla en todo lo que hace. Estoy segura de que terminará por encontrar algo que le interese de verdad.
En las calles de Cradock empezaron a verse jóvenes como el señorito Phil, con elegantes uniformes y gorras con insignias. Desfilaban marcando el compás, estampando las botas en la tierra oscura, como las notas en staccato que yo estaba aprendiendo a tocar. Los hombres mayores, como el señor, no desfilaban, pero iban a reuniones en el Ayuntamiento, enfrente del parque Karoo, donde a mí me gustaba sentarme debajo de las palmeras, y se pasaban muchas horas hablando de un lugar al que llamaban «el Norte».
Un día, la señora me envió a llevarle un recado al señor, y me quedé en el fondo de la sala esperando el momento de poder dárselo. Todos los hombres importantes de Cradock —incluso del Karoo— estaban sentados alrededor de una mesa: gritaban y a veces daban puñetazos, como si estuvieran amasando pan. Había un hombre con una cadena de oro y muchos hombres con barba larga. Como no me miraban, pude oír lo que decían. A veces escuchaba lo que decían los demás sin que supieran que los estaba oyendo.
—¿Por qué nuestros hijos tienen que luchar, si ellos no luchan? —preguntó un hombre a grito pelado.
—Hay que meterlos en la cárcel —dijo otro—. ¡Eso es traición!
Yo no sabía qué era traición. Sabía que debía de ser algo malo, porque a la cárcel iban los que mataban o los que hacían mucho daño y había que encerrarlos para siempre.
Había una cárcel al final de Bree Street, y creo que ésa era una de las razones por las que mamá no me dejaba ir al St. James, ese colegio tan estricto, porque estaba detrás de la cárcel. Y la cárcel, me explicó un día, no era sólo para la gente mala. Cualquiera podía acabar en la cárcel si no se andaba con cuidado.
—¿Qué pasa, Ada? —me preguntó el señor, acercándose a donde estaba yo. Iba en mangas de camisa, y me fijé en que tenía el cuello arrugado. No era fácil encontrar almidón desde que empezó la guerra. Le entregué la nota. La leyó, se pasó una mano por el pelo, que se le estaba empezando a caer, y aplastó el papel con el puño. Tenía gotas de sudor en la frente.
—Dile a la señora que volveré en cuanto pueda —dijo sin mirarme. Y volvió corriendo a la mesa donde los demás seguían gritando. Ese día nos enteramos de que el señorito Phil tenía que ir a la guerra.
El señorito tuvo que vestirse de uniforme y aprender a desfilar, como cuando era pequeño y la señora tocaba el piano. Volvía a casa por la noche tras un día entero de marcha por el veld, cenaba y se marchaba otra vez por la mañana, haciendo retumbar las escaleras en toda la casa. Yo estaba muy orgullosa de él y le planchaba con mucho cuidado las camisas caquis. A veces el señorito Phil tenía tiempo de jugar al cricket con los otros chicos que aprendían a ser soldados como él, pero, como jugaban en un cuadrado de tierra, el uniforme blanco se le ponía perdido. Yo tenía que restregarlo más de lo normal y el señorito lo sentía mucho por mí.
—¿Qué hacen en la guerra? —le pregunté un día que volvió a casa temprano y se tumbó en la hierba a contemplar el cielo entre las hojas del árbol del coral. Yo estaba tendiendo la ropa en la cuerda—. ¿Es muy duro?
Se incorporó sobre un codo y me miró. El señorito Phil y yo siempre habíamos hablado con mucha facilidad, desde el día que me enseñó los números, y no cambió cuando empezó a hacerse mayor. Siempre fue mi amigo, el primer amigo que tuve.
—De momento no es duro —dijo—. Pero lo será cuando me manden al frente.
Me quedé pensando en lo que había dicho mientras tendía una funda de almohada.
—¿Pasará miedo?
El señorito miró hacia la casa. La señora estaba merendando con unas amigas, mi madre estaba en el lavadero, y por la ventana abierta de la señorita Rose llegaba una melodía de música de baile.
—Espero que no, yo… —Cogió una hoja y empezó a rasgarla con cuidado por las líneas de los nervios. El flequillo le cubrió la frente—. No quiero tener miedo, pero ¿y si lo tuviera?
Nos quedamos callados. Llevaba las mangas de la camisa enrolladas y vi que los músculos de los brazos, fortalecidos por el entrenamiento, se dibujaban como cuerdas tensas por debajo de la piel. ¡Qué bueno era el señorito Phil! Se interesaba por todo, siempre se ponía al frente de todos los juegos y siempre estaba dispuesto a cumplir con su papel. Yo estaba segura de que sería un buen soldado.
—Yo no quiero tener miedo del tokoloshe —dije, apartándome de la colada para arrodillarme a su lado—, pero es así como el Dios Padre me enseña a ser valiente.
Dejó de pelar la hoja y me miró fijamente.
—Pero en la guerra se mata, Ada. Se mata —repitió, con una voz suave como un susurro—. ¡No hay fantasmas ni espíritus malignos! ¿Dios nos manda la guerra para que aprendamos a ser valientes?
El señorito Phil tenía los ojos muy claros, mucho más claros que el cielo, mucho más claros que los de la señorita Rose, que eran azules como el acero; los de él eran casi transparentes como el agua. En ese momento me buscaron, pero no supe qué contestar.
Cogió otra hoja y volvió a cortarla en tiras.
Me levanté y fui a sacar otra camisa del cesto. El silencio nos seguía separando. ¿Qué podía decirle para darle confianza? Tenía que ayudarlo, como él me había ayudado tantas veces. Pero yo no sabía nada de la guerra, ni de lo que exigía. Entonces me vino a la cabeza otro pensamiento y traté de apartarlo, pero no se iba. ¿Era posible que el señorito Phil, a pesar de su fuerza y su buen corazón, no estuviera hecho para ser soldado?
¿Y qué habría contestado la señora a esa pregunta? ¿Había alguna lección que aprender de Dios y de la guerra en el libro que la señora tenía en su tocador?
—Rezaré por usted, señorito —dije, estrechando la camisa húmeda contra mi pecho y sintiendo su tacto frío. Y confié que en mis oraciones fueran suficientes—. Y la señora y el señor también rezarán.
Me sonrió con los labios. Al momento tiró las hojas rotas, se levantó de un salto y volvió a casa a grandes zancadas.
Mientras el señorito Phil se iba de instrucción, mi madre y yo hacíamos todo lo posible para estirar la comida y la señora recogía latas de galletas y calcetines de lana, para que los soldados no pasaran frío en los barcos, unas máquinas muy raras que yo no había visto nunca pero que por lo visto eran necesarias para la guerra, lo mismo que para traer pianos desde el otro lado del mar. Personas muy importantes venían a la plaza del pueblo para decirnos que teníamos que «apoyar a nuestros muchachos y aplastar al enemigo».
