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México (1926). Estalla la Guerra Cristera y cientos de hombres forman ejércitos para luchar contra las órdenes de Plutarco Elías Calles. Entre ellos se encuentra Víctor Camilo, un soldado del Quinceavo Regimiento del Señor, comandado por el General Roberto Romero. A los cuales se les ha asignado la misión de trasladar y proteger la antigua reliquia de Villa Coyote. Sin embargo, su viaje se verá interrumpido por varios cuestionamientos (éticos, espirituales y físicos) y, sobre todo, una extraña catacumba. Basada en la leyenda de Victoriano Ramírez.
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Seitenzahl: 266
Veröffentlichungsjahr: 2023
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Johnnathan Garibelt
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1181-268-9
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
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A todos mis amigos y conocidos que me apoyaron y
alentaron a seguir mi sueño en la escritura.
Papel estraza
La música suena a todo volumen, cientos de personas festejan bailando, tomando y gozando de los placeres mundanos. El pulque de diferentes sabores se pasa de mesa en mesa, conviviendo con varios soldados del regimiento.
En una esquina, apartado de todas las personas, un hombre bebe de un tarro lleno de agua. Su cara, marcada por múltiples cicatrices y ojeras, le da una apariencia vieja. Su boca inexpresiva balbucea algunas palabras, y mientras que en su mano izquierda se posa un puro bastante ancho, exhala humo.
Agachado y ensimismado, observa la hoja de papel estraza; sobre su mano derecha baila una pluma, pero su mirada yace perdida.
«Beber, tomar, beber, tomar, dar vuelta a la pluma, beber, tomar… ».
Un fuerte impacto abre la puerta derrumbándola de un solo golpe. Varios soldados de uniforme café con cintas de cuero irrumpen en el bar. La música se detiene y la gente corre tirando vasos, platos y mesas.
—¡Corran! ¡Los federales han llegado!
Los soldados del regimiento se apresuran hacia sus armas. Con sus callosas y deterioradas manos toman sus fusiles e intentan frenar el avance de los federales, aunque quizás la batalla acabe antes de empezar. Un joven pero deteriorado soldado corre hacia el hombre en la esquina y le grita:
—¡General! ¡¿Qué hacemos?! ¡Por favor, general, responda!
El hombre, aún inmerso en sus pensamientos, se levanta de su silla.
«Escuchar, mirar, sobrevivir».
—Lo he acabado.
Sin mirar al soldado, el general Quince toma su viejo rifle y azota el puro sobre el papel donde la ceniza cae en el rugoso y gastado escrito. Una letra tosca y saltona deja leer lo siguiente:
Antiguas balas de un lugar que no recuerdo retumban en forma de grandes explosiones.
Imágenes de guerra llegan a mis ojos, la vibración de mi rifle hace temblar mis manos; pero se encuentran vacías.
Gritos y voces resuenan en mis oídos, voces que nunca serán escuchados por algo más que un 20/20.
Una gota de sudor recorre mi sien, refresca mi cuerpo, pero no mi alma.
He perdido la capacidad de expresarme con palabras y he dejado que mis acciones hablen por mí. Si alguien se enterara, no creería lo que fui.
Encerrado en mi mente, aún vive el miedo a morir y solo unas palabras puedo decir:
Cuando te des cuenta, ya serás todo un maestro.
Segunda oportunidad
Fuertes gritos de dolor se hicieron presentes. Una antigua y desgastada casa luchaba por permanecer en pie (la mayoría de edificaciones a su alrededor fueron abatidas por varios años de guerra). Tenía grandes, pequeños y medianos hoyos sobre la fachada amarilla (o al menos un color muy parecido); las ventanas eran prácticamente inexistentes, pero las cortinas aún tapaban los rayos del sol. Sobre los abandonados y lúgubres cuartos se escuchaba a un hombre gritando. Cuando la calma volvió a reinar, fue interrumpida por aullidos de dolor… Cuartos descuidados, juguetes de madera, cazuelas y ollas de barro decoraban el piso.
Debajo de las escaleras había una pequeña puerta, origen de todo el ruido.
—¡Traidor! ¡Eso es lo que eres!
En un pequeño sótano se encontraban dos hombres y un chico: el primero de ellos, grande y corpulento, caminaba sobre el viejo piso de madera. Con su mano derecha sostenía un pedazo de cuero que usaba como látigo pegándole al piso. El segundo hombre, alto y delgado, se limitó a observar al muchacho que tenía enfrente.
—¡No soy un traidor!
Un chico, de escasos dieciocho o diecinueve años, estaba atado en una silla de madera. La cuerda que amarraba sus pies y manos era tan rígida que se podía ver el corte de la circulación sanguínea.
—Eso es lo que diría un traidor. ¡Maldito traidor!
El corpulento hombre volvió a azotar al muchacho y este soltó otro aullido de dolor que se extendió por toda la vieja casa.
—Por favor. Basta. Me duele.
La cabeza del chico se agachó, su cuello estaba repleto de marcas y sangre.
—¡Ah! ¿Conque te duele, eh? ¿Qué te parece, Romero? ¡A nuestro pequeño traidor le duele el castigo! —El corpulento hombre alzó un poco la cabeza, haciendo sonidos extraños con su garganta para finalmente escupir en la cara y cuerpo del muchacho—. ¡Me da asco!
—¡Gorostieta! ¡Ya basta!
Ambos hombres se quedaron viéndose entre sí por unos segundos. A pesar de no ser viejos de edad, lucían cansados. Sobre sus rostros se dibujaban múltiples líneas de agotamiento, ojeras y canas que cubrían las sienes y las orejas.
—¡Se supone que este es un interrogatorio! ¡No una penitencia!
—¡Vamos, Romero! No esperarás únicamente interrogar a un mugre traidor, ¿o sí? ¿Qué tiene que ofrecer un hombre que intenta huir de las filas de Dios?
Romero miró de reojo a Gorostieta antes de dar un paso hacia el chico.
—Alza la cabeza, soldado. —Romero le dirigió la palabra, pero este no respondió—. ¡Dije que…!
—¡Alzara la cabeza! ¡Lo escuché la primera vez!
Los ojos de aquel muchacho se encontraban cubiertos de lágrimas como su cuerpo en sangre. Sin embargo, eso no fue lo que espantó al general Romero. La mirada del chico dejaba ver un inmenso odio y desdén hacia la vida. Las líneas laterales de sus ojos lucían más marcadas que nunca y parecía que las venas de la sien estaban a pocos segundos de estallar.
—Tu nombre completo, soldado.
El tosco general volvía a dirigirle la palabra. El muchacho, consciente de la mirada que acababa de hacer, desvió la vista y con voz cortada alcanzó a decir:
—Víctor Alfonsino Camilo de Mendoza.
—¡Ja! Otro Camilo. —Gorostieta dio media vuelta y azotó el látigo contra el suelo otra vez—. Debí habérmelo imaginado.
—¿Sabes por qué te trajimos aquí, hijo? —El general Romero, ignorando las palabras de su compañero, se inclinó a la misma altura que el joven—. Lo sabes, ¿no es así?
Víctor no respondió.
—Cuando un superior te da una orden… —dijo Gorostieta dándose la vuelta de nuevo y caminó un par de pasos hasta llegar frente a Víctor, justo para acertarle otro fuerte latigazo en su torso—, ¡tú debes responderle!
—¡AHHHHHHHHHH!
El aullido del chico hizo eco por toda la casa, recorriendo cuartos y pasillos.
—Tenía miedo. No quiero estar en esta guerra.
Romero miró con enojo a Gorostieta y antes de poder dirigirle otra palabra, un extraño sonido se hizo presente: el de agua cayendo al suelo. Ambos hombres se miraron entre ellos en señal de espanto.
—¡Es imposible! Este pueblo quedó desolado por la Revolución hace más de cinco años. Nadie vive aquí desde entonces.
El sonido se fue apaciguando hasta volverse apenas audible; ya no era un chorro de agua, parecía más bien un par de goteos a destiempo. Gorostieta miró al chico atado frente a él y, agachándose un poco, pudo deducir con facilidad el origen de aquel sonido.
—Ja, ja, ja, ja, ja. ¡Mira esto, Romero! Nuestro traidor favorito se acaba de mear.
Gorostieta se carcajeó poniendo sus gruesas y nudosas manos sobre su barriga. Por su parte, Romero observó cómo el chico seguía llorando: tenía la cabeza baja sobre su torso y el agua caía desde sus ojos hasta el suelo, confundiéndose con el charco de color amarillo.
—Solo necesitamos saber por qué diablos intentaste desertar.
El muchacho, con la cara llena de lágrimas y mocos, alzó la cabeza hasta poder ver a Romero.
—Por dios, soldado…
—Pierdes tu tiempo, Romero. —Gorostieta seguía carcajeándose, el rostro del chico le causaba aún más gracia—. Solo mírate: un frágil y débil niño. ¿Quieres ir con mami? Ja, ja, ja, ja, ja.
El semblante del chico cambió drásticamente: por unos segundos, el odio en sus ojos volvió a espantar a Romero, pero esta vez, aquello iba dirigido hacia Gorostieta. Con las fuerzas que le quedaban, frunció los labios y lanzó un gran escupitajo sobre el general corpulento. El escupitajo logró darle en toda la cara.
—¡Ahhh! ¡Basta de niñerías! —Con su mano libre, el general se dispuso a limpiar de mala gana la saliva en su cara—. Seas o no traidor, ¡para mí ya estás muerto!
Gorostieta caminó hacia Víctor y le propinó una fuerte cachetada, provocando que se cayera de la silla.
—¡Seas un traidor o no, esto no te lo voy a perdonar! ¿Sabes quién soy? —El corpulento general se acercó hasta el cuerpo tirado de Víctor y comenzó a darle varias patadas en su torso y entrepierna—. ¿Sabes quién soy? ¡Nadie trata así al general Gorostieta! ¡Nadie!
—¡Solo quería recuperar la fotografía de mis padres!
—¿Qué idioteces estás diciendo? —Gorostieta seguía propinándole fuertes patadas a Víctor.
—¡Basta! —Romero se acercó para parar a su compañero—. ¿Qué fue lo que dijiste?
Víctor empezaba a sangrar de la boca: varios hilos carmesíes emanaban de su cuerpo dejando al descubierto múltiples heridas.
—Es lo único que me queda de ellos.
—¡Habla claro, chico!
—¡La fotografía de mis padres!
Ambos hombres se quedaron atónitos ante esa respuesta.
—¿La qué? —preguntó Gorostieta con cierto sarcasmo—. Si estás diciendo esto para que te deje de golpear, déjame decirte que te daré más fuerte hasta que te petatées.
—¡No es una broma! Solo regresé al cuartel porque había olvidado la vieja fotografía de mis padres. Pensé que nadie me vería. ¡No hice nada malo!
Gorostieta miró a Romero durante unos segundos y con un gesto de cabeza le ordenó traer sus cosas hasta donde estaban. La camisa y el cinturón del chico, al igual que su rifle 20/20, se encontraban colgados a pocos metros de distancia. Al regresar, el general Romero tomó un pequeño cuadrado de papel fotográfico: en él aparecían una mujer y un hombre bastante jóvenes, veintiséis o treinta años a lo mucho, y en medio de ellos, un pequeño niño con una boina.
—¿Hablas de esto? —Romero mostró la foto a Gorostieta y a Víctor—. ¿Qué les pasó a tus padres?
Gorostieta tomó el objeto con sus nudosas manos y lo observó por unos breves segundos antes de voltear la mirada hacia el joven soldado.
—No lo sé. Cuando estalló la revolución de Madero en 1910, ellos se unieron a las fuerzas insurgentes. Después de eso, nunca los volví a ver.
—¿Quieres decir que no fuiste a la oficina de correos? —Gorostieta no desvió la atención de aquella foto.
—¡No! Solo fui al campamento provisional. ¡Es todo!
Gorostieta miró a Romero y después a Víctor. Se encontraba enojado.
—No puedo creer que perdí mi tiempo con un niño chillón y su tonta fotografía familiar.
Víctor no comprendía muy bien lo que estaba pasando. Era cierto, él había ido al campamento provisional por su foto, pero desde hacía buen tiempo deseaba encontrar una oportunidad perfecta para marcharse. Hasta donde él entendía, ambos generales lo descubrieron en su intento de fuga, pero ahora no tenía ningún sentido pensar eso.
—Bueno, Romero, aún sigue siendo parte del regimiento XV, así que te lo dejo a tu consideración. Hazle lo que quieras.
—Aquí no hay nada más que un niño en medio de una revolución de hombres.
—¡Baaah! Sea como sea. Ya me aburrí. Haz lo que quieras con el niño.
Gorostieta aventó la fotografía hacia Víctor, y esta cayó a pocos centímetros de distancia de su cara. Por unos momentos, pudo observar lo roída y maltratada que estaba.
Romero tomó su pistola, un viejo revólver de 38 mm, y le apuntó directamente a Víctor. El chico, por su parte, decidió cerrar los ojos: si fuera el final, por lo menos moriría junto al recuerdo de sus padres, personas valientes que no temían a la muerte.
—Por favor… no me mate…
«Por favor, quiero sobrevivir, no quiero ser asesinado en un lugar como este».
—Un verdadero soldado no suplica clemencia. Ya deberías saberlo.
Romero jaló el martillo de su revólver haciendo sonar el giro y traqueteo para después disparar a las ataduras del joven.
* * *
Los hombres hablaron por varias horas en las habitaciones de arriba. En los últimos meses, habían aumentado las tensiones entre ambos generales y sus regimientos. Un soplón estuvo pasando información a los rivales, provocando que muchas batallas, planes y lugares estratégicos se vieran mermados o, simplemente, no funcionaran de la forma planeada.
—Las fuerzas federales tienen más recursos, más soldados adiestrados y mejor armamento. —El ancho hombre extrajo un puro del bolsillo interno de su saco—. Pero tener información sobre nuestros planes y batallas me parece una ofensa. —Sus nudosas manos comenzaron a tantear sus bolsillos hasta sacar un encendedor—. Sabes bien que un federal no es muy diferente de un cristero; ambos tenemos sangre roja y caliente, ambos respiramos aire.
—Sí, pero ellos lo hacen por dinero y nosotros por religión.
—¡Baaah! ¿Religión? No me vengas con esa charlatanería, Romero, ambos sabemos que si hay una mejor oportunidad de salir bien librados de este conflicto… —la habitación, víctima de varios impactos de bala, comenzaba a hacerse con el humo del general— no dudaremos en tomarla.
—¿Esa es tu solución? —Romero enfureció. ¿Su viejo amigo del ejército sugería traicionar a Dios?— ¿Esperar a venderse al mejor postor?
—¿Y qué quieres que haga? No quisiste someter a todos nuestros soldados a un interrogatorio. Ese chico de abajo no resultó ser un soplón, solo un cobarde. Pero te rehúsas a hacerle lo mismo a los demás
—¡Porque no hay pruebas suficientes para hacerlo! —La tez del general Romero, a pesar de ser muy morena, se veía roja como un tomate. Su bigote empezaba a empaparse de una pesada transpiración—. Este conflicto armado lleva ya las vidas de miles de personas. —Desde la sien del furioso general cayeron gotas de sudor al piso—. ¡Sobre mis manos no correrá la sangre de otro inútil!
Gorostieta consumió lo último de su puro, miró a su compañero con cierta confusión e ingratitud, y empezó a mover la cabeza de un lado a otro.
—Tantos años en el servicio militar, Romero, y sigues siendo tan blando. —Con una mano agarró los restos de su puro para después tirarlos al suelo y pisarlos con su bota—. Bien, alista a tus soldados, partiremos en cuanto salga el sol. Recibirás instrucciones cuando llegues al poblado que está a las faldas de la peña, alguien te escribirá una carta.
Con un movimiento ágil, el enorme general se giró sobre su mismo eje, pero antes de salir de la habitación, se detuvo por unos momentos.
—Vigila de cerca a ese chico. Si es un traidor, lo ejecutas. Si es un cobarde, lo dejas, y si es un buen soldado, lo entrenas. He escuchado que sabe leer y escribir.
Romero se quedó solo, observando a su amigo y compañero de batalla abandonar la habitación. ¿A dónde iría? No había mucho por hacer en un pueblo azotado por la guerra. Varias gotas de sudor continuaron rodando por su cara. Tiempo atrás, Romero había dejado de sentir frío o calor; ya no era consciente de su propia temperatura.
Con paso firme y decidido, bajó por las escaleras para reunirse con el XV Regimiento del Señor. Al llegar al último tramo, pudo observar cómo el joven Víctor se arrastraba ayudándose de sus rodillas: las heridas en su espalda, ocasionadas por el látigo de Gorostieta, habían sido tan profundas que en ellas podría caber un lápiz.
—¿Qué crees que haces?
Víctor volteó hacia arriba, y el dolor que sentía desapareció por unos breves segundos, siendo reemplazado por absoluto terror.
«¿Qué le digo? Solo intentaba salir de allí. Me duele la espalda, quiero irme a casa».
El joven soldado se quedó mirando a su superior y de su boca salieron pequeños e incomprensibles balbuceos.
—Recuerdo haberte golpeado en la espalda, en los testículos y hasta en el pecho, pero eso no te vuelve un tarado. ¿¡Qué, no sabes hablar!?
—Lo siento, señor… digo, general… digo, superior.
—¡Cállate y párate, soldado!
Romero tomó a Víctor por el brazo cargándolo por unos instantes, para después aventarlo cerca de la entrada principal de la abandonada casa.
—Ya estás de pie, ¿no?
—S-s-s-sí, s-s-sí, s-sí, señor.
—Entonces corre al cuartel y cámbiate. —Romero se dirigió al cuarto del interrogatorio de momentos atrás, pasando al lado de su subordinado—. Deben ser más de las seis de la tarde y pronto comenzará a oscurecer. Mañana, a primera hora del día, partiremos. ¡Así que muévete!
Las piernas de Víctor comenzaron a andar sin ningún tipo de control o finura, ocasionando que se tambaleara por el piso.
«General, no me mate; general, sea piadoso; general, no me haga daño».
Pero justo antes de salir de la puerta principal, se dio cuenta de algo…
—¡General Romero!
—Creí haberte dado una orden, soldado.
El joven se ruborizó y agachó levemente la cabeza.
—Necesito ropa; estoy desnudo, señor.
Romero no se inmutó, ni siquiera lo volteó a ver. Tomó el picaporte de la puerta del sótano y lo giró. Justo antes de recorrer la escalinata, se detuvo.
—Un muerto, con ropa o sin ella, sigue siendo un muerto.
Víctor se pasmó por unos segundos y observó cómo su superior descendía por la escalera.
Cabalgata
El amanecer siempre es curioso: la fría madrugada puede ser un lugar reconfortante… cuando no se está en guerra. La luz matinal es un espectáculo bello… cuando haya aún ojos que puedan verlo. Los primeros indicios de vegetación sueltan sus aromas… eso si se tiene todavía la capacidad de oler algo más que pólvora y sangre.
Los primeros rayos del sol caían por las pocas casas que quedaban en pie, las voces de los mercaderes, artesanos y obreros estaban ausentes. El silencio reinaba en cada rincón del desolado pueblo. Un silencio que fue interrumpido por el cabalgar de varios hombres: un grupo de cincuenta o setenta soldados era dirigido por el general Romero. Todos, bien abrigados sobre sus monturas, tenían la mirada fija al frente. Con o sin bigote, sombrero o barba, de tez morena o blanca, bajitos o altos; todos tenían en común la desesperación, que era ya una compañía recurrente en cada arruga, en cada cicatriz, en cada brazo, pierna, nariz u ojo faltante.
—¡Muévanse! El pueblo ha quedado en ruinas, ¡no podemos hacer nada!
El intrépido general trataba de dirigir al regimiento. Muchos de los integrantes no eran soldados de profesión, sino agricultores o artesanos y algún que otro maestro de escuela.
Cuando las palabras cesaron, Romero hizo algunas señales con sus manos. Formó varios círculos con sus brazos y dedos, indicando a sus hombres más cercanos que bajaran la velocidad y se aproximaran a los laterales del regimiento.
—¡Dentro de tres o cinco kilómetros estaremos en terracería, es decir, en terreno neutral! Haremos una parada antes de continuar para tomar el desayuno y planear una ruta.
El camino siguió sin mayor percance. Los caballos relincharon moviéndose lentamente por los asentamientos humanos en ruinas: casas, campos, haciendas, trozos de carretas y carros eran ya parte del paisaje normal. Pasaron casi treinta minutos hasta que Romero indicó el alto a sus tropas. Entre gritos y señalamientos, les ordenó que descendieran y asignó los turnos de guardias.
—Nos dividiremos en tres secciones: la primera sección se encargará de hacer guardia, quince hombres se repartirán por todo el campo. —El general apuntó a un cúmulo de hombres aún montados—: ustedes hagan lo que les dije, en unos momentos me uniré. Los que estén a la izquierda de ese grupo, tomen sus objetos personales y preparen sus provisiones, será una cabalgata larga. Tienen veinte minutos. Los que estén a la derecha de ellos —dijo señalando aún el primer grupo de guardia—, dispónganse a comer. Tienen veinte minutos para sus alimentos, coman bien y que no sea pesado, las provisiones nos tienen que durar casi una semana de trayecto. Si se comen la comida asignada a cada uno, será el último alimento hasta llegar a Peña de la Cruz.
Un soldado se había quedado atrás de la tropa. Su caballo no quería obedecer, provocándole bastantes problemas. Finalmente, se colocó a la derecha del primer grupo de guardia.
—¡Tú! ¡Camilo! ¿Quieres explicarme por qué te has quedado atrás? Ya di las órdenes para tus compañeros y tú apenas vienes llegando.
Víctor luchaba por el control de la montura, pues el fornido animal no lucía muy convencido de obedecer, dando fuertes jalones de un lado a otro.
—Lo siento, general. —El animal interrumpió las palabras de Víctor—. Es que el caballo no se deja domar.
—¿Escuché bien? ¿Dijiste que el caballo no se deja domar?
—Sí, disculpe, pero yo…
El caballo siguió dando fuertes jalones hasta posarse sobre sus patas traseras. La gravedad hizo su trabajo y la mala postura de Víctor hizo el resto, ocasionando que cayera al suelo con todo y silla de montar. Al no tener jinete, el animal cabalgó por el cúmulo de hombres hasta que Romero sacó su viejo revólver y disparó al suelo, muy cerca de sus cascos. Con un rápido despliegue de habilidades, el general acorraló al caballo, colocándose enfrente de él.
—¡Tomen una cuerda y arrójenla a su cuello!
Un hombre de bigote muy pronunciado lanzó una larga soga por encima de la cabeza del animal, enroscándola con un débil nudo.
—¡Tú, el de la izquierda! Agarra esa cuerda y galopa un par de metros en dirección contraria a mí.
Aquel obedeció y empezó a cabalgar un poco. Finalmente el caballo cedió a sus impulsos. Los soldados de la primera guardia empezaron a tomar sus posiciones; uno de ellos traía en sus manos lo que parecía un pequeño bozal, mientras que otro blandía un largo látigo de cuero.
—Tomen a este caballo y tranquilícenlo, denle agua. Una vez que esté más en calma, pónganle la montura de nuevo, no nos podemos dar el lujo de perder otro de estos.
Los hombres de la primera guardia se dividieron en dos grupos, algunos de ellos comenzaron a ponerse en posiciones alrededor de todo el regimiento. El otro grupo intentó calmar al animal, batallando para no ser aplastados por él.
En el rocoso y duro suelo se encontraba Víctor, quien, debido a la caída, estaba aturdido. Al ponerse de pie y recobrar el sentido de la orientación, pudo percibir una sombra que le cubría una buena parte de su cuerpo. Romero se hallaba al lado de él.
—No nos podemos dar el lujo de perder otro caballo, soldado. ¿Entiendes eso?
Víctor, todavía turbado, aún no recuperaba su vista por completo.
—Sí, general, lo lamento. Solo intentaba…
—¿Intentar? —La vena lateral de la cabeza del general, se exaltó—. Aquí no quiero niños que intenten hacer bien las cosas. Necesito hombres que cumplan órdenes.
Víctor escuchó las palabras de su superior con cierto temor, pues consideró que habiendo librado un intento de tortura, ahora se encontraba metido en otro problema.
«Tengo miedo, por favor, mi general; no me mate, estoy haciendo mi mejor esfuerzo».
La boca del chico se abrió, pero el miedo pudo más que su habla y solo atinó a decir balbuceos sin sentido. Romero, por su parte, arqueando un poco la ceja, lo observó con algo de desdén.
—Recoge el rifle que está en el suelo y sígueme. Montarás la primera guardia conmigo. Desde ahora no te despegarás de mí.
—Pe-pe-pero señor —contestó brincado un par de centímetros hacia atrás—, no creo poder serle de ayuda a usted.
—Ja, ja, ja, ja, ja. ¿Ayuda para mí? No, chico, te ayudaré a ti para que no te mates solo o a otro hombre. ¡Muévete, Víctor!
Al tomar el rifle del suelo, el joven soldado notó que el metal del cañón se encontraba algo caliente. De inmediato, sus manos recordaron el calor que emanaba un rifle cuando es disparado varias veces. El miedo lo invadió y su mente trazó varios escenarios del pasado: escenas de múltiple dolor y sufrimiento, acompañados de unos horribles gritos conocidos…
«Ayúdame, Vic, ayúdame. No puedo mover las piernas. ¡Víctor! ¡Víctor! ¡Víctor! ¡Víctor!».
—¡Víctor, muévete! Ya pasaron cinco minutos desde que los demás hombres están comiendo. Si sigues tardando de esta forma, te dejaré aquí solo con las tribus chichimecas.
—¡Sí, señor! —El chico logró salir del trance y, sin ver el arma que tenía en sus manos, tomó la correa que colgaba del cañón y la puso en su hombro.
* * *
Romero, montado sobre su caballo, era seguido por el muchacho a todos lados. El general no parecía tener intención alguna de dejar que Víctor descansara, ya que se movía por todo el regimiento. Por su parte, el chico lo acompañaba sin muchas fuerzas; durante los primeros minutos se mostró activo, corriendo de un lugar a otro tras su superior, pero mientras más pasaba el tiempo, su energía y ánimos iban desfalleciendo, y el cuello de su camisa de manta se humedecía por el sudor del esfuerzo físico.
Finalmente, después de veinte o treinta minutos, Romero dio la instrucción de rotar puestos. Los soldados que degustaron sus alimentos fueron a ordenar sus provisiones y equipamiento, y los que se encontraban preparando sus provisiones, desayunaron con cierto apresuro. Por otra parte, la guardia pasó de estar montada a ponerse de pie, dando de beber agua a los caballos.
Romero bajó del suyo y observó a Víctor acercarse a él. Al tenerlo cara a cara, le dijo:
—Das vergüenza, soldado.
—¿Qué? —La camisa del muchacho estaba llena de un sudor que no se detenía, especialmente en el cuello, axilas y pecho. Además, respiraba de forma agitada.
—Qué vergüenza, Víctor. Perdiste tu caballo y llevas tu rifle al revés.
El joven echó la cabeza hacia atrás y pudo observar que la culata de su rifle se encontraba cerca de su cabeza: había tenido mucha suerte de no pegarse con ella.
—Lo lamento, general, deme un segundo para…
—¡Cállate la boca! ¡Dame tu rifle!
Con cierto temblor en sus manos, acató la orden y, acto seguido, aquel lo tiró al suelo.
—Levántalo.
Víctor miró con extrañeza a su general.
«¿Qué acaba de hacer? ¿Qué se cree que ha hecho? No es tan malo, solo levántalo. Quizás se le ha resbalado».
—¿No me escuchaste? Dije: ¡levántalo!
Con muchísimo miedo, se inclinó sobre sí mismo y, antes de poder tomar su rifle, escuchó la voz de su general.
—¡NO!
—¿Qué? —Víctor se quedó inmóvil. No entendía lo que estaba pasando.
—No tienes que recogerlo, ¡por el amor de nuestro Señor Jesucristo!
—Pero, usted me acaba de decir que…
—¡Sé lo que te dije! ¡No soy un viejo senil! Pero no debes de obedecer todas las órdenes de tus superiores.
—Pero, Gorostieta dijo…
—¡No me importa lo que dijo ese viejo asqueroso! ¡Por dios, Víctor, levántate!
En cuanto se incorporó, Romero le dio una fuerte cachetada con un rápido movimiento. La cara del joven se movió unos cuantos centímetros y de sus ojos comenzaron a correr algunas lágrimas.
«Me duele. ¿Por qué hizo eso?».
—¡Entiende! No tienes que hacer todo lo que se te ordene. Mucho menos cuando estas órdenes atentan contra tu dignidad o criterio. ¿Crees que estamos aquí solo por gusto?
«No quiero estar aquí. Tengo miedo ¿Por qué todos son así conmigo?».
La boca del chico no pudo articular palabra alguna, solo simples balbuceos.
—General… yo…
—¡Tú que!
«Yo estoy aterrado, yo no quiero estar aquí. Quiero irme a casa, pero es mi deber estar en el ejército».
De nuevo, el muchacho se había quedado inmóvil frente a Romero, quien mantenía una mirada ruda y penetrante, como si no fuera un hombre vivo, sobre su subordinado. El aire comenzó a soplar y un par de pisadas se acercaron hasta donde se encontraban ambos.
—General, ya hemos acabado nuestros alimentos. Si nos permite, le cambiaremos de su guardia para que pueda comer.
Romero no volteó a ver sus demás soldados, solo alzó la mano y dijo:
—Tomen la tercera guardia, tenemos quince minutos para los alimentos. —Agitando ambas extremidades y dando señales a los demás, les indicó que tomaran un descanso—: ¡Comeremos nuestros alimentos y prepararemos nuestras provisiones! Y en cuanto a ti, muchacho —dijo mientras lo apuntaba con un dedo—, dentro de la caja de provisiones se encuentran un par de espuelas, balas, ropa nueva y zapatos. Hazme el favor de cambiarte y ponerte todo el equipo que viene en la caja cuatro. —El general se dio la vuelta y caminó hasta donde se encontraban el resto de sus hombres—. Cuando acabes, regresa aquí. Ya no deberás tener problemas al cabalgar. Solo te hacían falta un par de espuelas.
* * *
Los soldados continuaron su rumbo. La meta era clara, el regimiento XV tenía por objetivo (después de varias batallas fallidas) llegar a Ciudad Coyote: una vez allí, su obligación era resguardar la vieja exhacienda de Ciudad Coyote. En teoría, se trataba de algo sencillo, ya que la distancia del pueblo fantasma de donde habían partido hasta la vieja exhacienda, no superaba los cien kilómetros; cualquier hombre con un buen caballo, carro o carreta podría haberlo hecho en un día o dos. Sin embargo, la situación no era nada favorable, pues múltiples carreteras, pasos y caminos se encontraban bloqueados o resguardados por bandidos y asesinos. Muchos de estos «grupos delictivos» no eran más que renegados del ejército federal (gente que decidió desertar de las filas, o bien, sobrevivió al exilio y encontró en el saqueo un nuevo estilo de vida).
Romero había trazado una ruta con Gorostieta, quien insistió ferozmente en pasar por la Peña de Piedra, lugar poco habitado por personas «normales». Gorostieta les decía «anormales» o «antihumanos» a todos aquellos que, todavía en pleno siglo XX, profesaban alguna religión o culto pagano. Varias tribus chichimecas aún habitaban el borde y faldas del antiguo peñasco; realmente no eran peligrosas si no se metían con ellas o intentaban evangelizarlas. Pero esas épocas acabaron hacía mucho, ahora era tiempo de defender las sagradas creencias de aquellos soldados a quienes el Gobierno decidió bautizar como «cristeros».
El camino no resultaba nada fácil, mucho menos corto. Había dos opciones: recorrer la falda del antiguo peñasco y arriesgarse a encontrar retenes de soldados federales, o tomar el camino que atravesaba parte de la antigua Peña de Piedra, pero notablemente más peligrosa debido a la naturaleza del paisaje. Romero decidió arriesgarse a ir por la ruta que atravesaba la peña.
El regimiento XV adoptó la formación de viaje, estableciendo separaciones entre cada integrante, porque a pesar de no ser muchos, eran casi setenta hombres montados. Romero era consciente de que los caballos tenían que descansar cada cierto tiempo en algunas secciones y, de la misma manera, debía establecer diferentes escoltas militares por un lapso de cinco kilómetros de rotación, es decir, cada cinco kilómetros transcurridos asignaría una nueva carabina de escolta para rodear al regimiento.
—¡Víctor! Necesito que prestes mucha atención. —Ambos se encontraban uno al lado del otro, aunque el cabalgar del general era más estable y sin tantos titubeos, mientras que el de Víctor parecía más inseguro—. Formarás parte de la tercera escolta. Dentro de casi una hora y media, te guiaré para que tomes la posición correcta. ¿¡Entendido!?
«Yo no quiero hacer eso, apenas si me puedo sostener en el caballo y este hombre quiere que me despliegue por toda la escolta».
—¡Víctor! —El general volvió a gritarle, ya que lucía como si no lo hubiera escuchado— ¡¿Entendido?!
—Emmm… ¡Sí, sí!
En cuanto el joven habló, el general se movió de su lugar, ordenando con sus manos a la primera escolta para que lo siguiera en formación. Por su parte, el muchacho quería voltear; sin embargo, carecía de cualquier tipo de destreza que le permitiera ver en otro sentido que no fuera adelante en el camino. Si se atrevía a desviar su mirada, corría el riesgo de caer de su montura.
«Realmente no quiero estar aquí. No tengo ningún tipo de habilidad para montar a caballo».
Durante mucho tiempo, el joven había decidido ignorar cualquier tipo de voz proveniente de su cabeza, pues provocaba que perdiera el control de lo que estaba haciendo en ese momento, así estuviera corriendo, caminando, comiendo, bebiendo o tratando de articular algún tipo de oración. Esto complicaba de forma garrafal su vida, ya que siempre fue bulleado en la escuela o tratado como idiota por su muy común tartamudez.
«Realmente no es mi culpa, no puedo controlar las voces que vienen dentro de mí. No es una justificación, es una condición. Pero en época de caos, la gente solo piensa en sí misma».
Conforme iba transcurriendo la primera hora de trayecto, notaron la similitud del ambiente y las localidades. Como el clima no favorecía al lugar, hacía bastante calor, y el suelo era en sumo terroso, lleno de grava o piedras de diferentes tamaños y formas. De entre toda esa tierra, solo se vislumbraban unas antiguas señalizaciones de ferrocarril. En otro tiempo, en la primera revolución, los ferrocarriles sirvieron de transporte para miles de regulares por toda la zona de conflicto; sin embargo, hoy día, parecían estar olvidadas por tantos años de guerra.
«Nunca pude subirme al tren donde trabajaba mi padre».
—¡Víctor, deja de estar pajareando y sígueme!
