La huida de una princesa - Anne McAllister - E-Book
SONDERANGEBOT

La huida de una princesa E-Book

Anne McAllister

0,0
2,99 €
Niedrigster Preis in 30 Tagen: 2,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

Anny Chamion no estaba acostumbrada a comportarse como una muchacha normal, pues su posición real la obligaba a actuar siempre según el protocolo. Sin embargo, un encuentro fortuito con el famoso actor Demetrios Savas le dio el impulso que necesitaba ¡para tirar por la borda todas sus obligaciones! El corazón de Demetrios Savas estaba libre y así quería él que siguiera. ¿Pero cómo era posible que aquella bella desconocida le hubiera calado tan hondo? ¿Y por qué se moría por volver a probar una vez más tan deliciosa fruta prohibida?

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 176

Veröffentlichungsjahr: 2011

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2010 Barbara Schenck. Todos los derechos reservados.

LA HUIDA DE UNA PRINCESA, N.º 2083 - junio 2011

Título original: The Virgin’s Proposition

Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.

Publicada en español en 2011

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

® Harlequin, logotipo Harlequin y Bianca son marcas registradas por Harlequin Books S.A.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

I.S.B.N.: 978-84-9000-360-2

Editor responsable: Luis Pugni

ePub: Publidisa

Inhalt

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Promoción

Capítulo 1

ALGÚN día, su príncipe llegaría.

Pero, al parecer, no sería pronto, pensó Anny y miró el reloj con disimulo una vez más.

Se removió en el sillón donde llevaba esperando cuarenta minutos. Luego se enderezó y recorrió con la mirada el vestíbulo del hotel Ritz-Carlton, buscando algún rastro de Gerald.

Había cientos de personas por allí. Parecía una casa de locos.

Siempre sucedía lo mismo durante el festival de cine de Cannes. En la primera semana de mayo, el pueblo costero francés estaba rebosante de genios de la industria, de aspirantes y de ávidos cinéfilos.

En ese momento, tres días después de la inauguración del festival, la zona del bar del hotel, normalmente tranquila, estaba abarrotada de gente, con un ruido ensordecedor de risotadas masculinas y de agudas y coquetas risitas femeninas.

A su alrededor, había todo tipo de conversaciones: productores cerrando tratos, directores rechazando películas y periodistas persiguiendo a actores famosos. Y por todas partes había admiradores y mirones, intentando aparentar que ése también era su mundo.

Pero no había ni rastro del alto y distinguido príncipe Gerald de Val Comesque.

Anny se obligó a fingir serenidad y a sonreír.

–En público, debes mostrarte serena, calmada, feliz –le había inculcado desde la cuna Su Alteza el Rey Leopoldo Olivier Narcisse Bertrand de Mont Chamion, al que ella llamaba «papá»–. Mantén siempre la serenidad, querida. Es tu deber.

Y eso debía hacer. Las princesas cumplían su deber. Se mostraban serenas y, casi siempre, eran felices.

Ser princesa, sin embargo, no era todo juego y diversión, como Anny había comprobado en sus veintiséis años de experiencia. Aunque las princesas, desde su nacimiento, tenían tantos privilegios que debían estar agradecidas por la vida que les había tocado.

Por eso, Su Alteza Real la princesa Adriana Anastasia Maria Christina Sophia de Mont Chamion, alias Anny, se esforzó en parecer serena, responsable y feliz. Y agradecida.

Aunque también se sentía un poco estresada, impaciente, molesta y... aprensiva.

No era pánico, ni miedo exactamente. Era, más bien, como una comezón en el estómago, nerviosismo... y una creciente sensación de fatalismo.

Era una sensación que había experimentado con frecuencia durante el último mes y ya le resultaba familiar.

Eran sólo nervios, se dijo a sí misma. Los nervios de antes de la boda. A pesar de que aún faltara más de un año para que se celebrara y ni siquiera se había puesto fecha todavía. Y a pesar de que el príncipe Gerald, sofisticado, atractivo, elegante y experimentado fuera todo lo que una mujer podía pedir.

Anny se levantó para rastrear el vestíbulo con la mirada una vez más. Había tenido que apresurarse para llegar al hotel a las cinco. Su padre la había llamado esa mañana y le había dicho que Gerald la estaría esperando, que quería hablar con ella de algo.

–Pero es jueves. Estaré en la clínica a esa hora –había protestado Anny.

La clínica Alfonse de Jacques era un establecimiento privado dedicado a niños y adolescentes con daños cerebrales y de la médula espinal. Anny colaboraba como voluntaria allí todos los martes y jueves por la tarde. Había empezado a hacerlo cuando había llegado a Cannes para trabajar en su tesis doctoral, hacía cinco meses.

Al principio, había comenzado siendo nada más una forma de ser útil y de hacer algo además de escribir sobre pintura prehistórica todos los días. Había sido una distracción, una excusa para salir de casa. Y un servicio a la comunidad, algo que las princesas debían hacer.

A Anny le encantaban los niños y pasar unas cuantas horas con chavales discapacitados le había parecido una buena manera de invertir el tiempo. Pero lo que había empezando siendo un entretenimiento y una buena obra, se había convertido en la actividad que más le gustaba de la semana.

En la clínica, no era una princesa. Los niños no tenían ni idea de quién era. Y, cuando iba a verlos, no lo sentía como un deber. Era un placer. Y podía ser sólo Anny... su amiga.

Jugaba al escondite con Paul y a los videojuegos con Madeleine y Charles. Veía el fútbol con Philippe y Gabriel y cosía las ropitas de las muñecas junto a Marie Claire. Hablaba de películas y de actores con la entusiasta Elisa y discutía de todo con Frank «el rebelde», un niño de quince años que aprovechaba la menor oportunidad para mostrar su inconformismo.

–Siempre estoy en la clínica hasta las cinco, por lo menos –le había dicho Anny a su padre esa mañana–. Puedo quedar con Gerald allí.

–Gerald no va a los hospitales.

–Es una clínica.

–Aun así. No irá –había asegurado su padre con firmeza y cierto tono compasivo–. Lo sabes. Desde que Ofelia...

Ofelia había sido la esposa de Gerald, hasta que había muerto hacía cuatro años. Y se suponía que Anny debía reemplazar a la hermosa, elegante y encantadora Ofelia.

–Claro –había respondido ella en voz baja–. Lo había olvidado.

–Debemos ser compresivos –había aconsejado su padre–. Es difícil para él, Adriana.

–Lo entiendo.

Anny comprendía que no tenía ninguna posibilidad de ocupar el lugar de Ofelia en el corazón de Gerald. Pero sabía que se esperaba de ella que lo intentara. En parte, ésa era la razón por la que sentía aprensión.

–Os encontraréis en el vestíbulo a las cinco. Cenaréis pronto y hablaréis –había continuado su padre–. Luego, él debe salir para París. Por la mañana, sale su vuelo a Montreal. Tiene una reunión de negocios.

Gerald poseía varias multinacionales, además de ser príncipe.

–¿De qué quiere hablarme?

–Estoy seguro de que te lo explicará esta noche –había dicho su padre–. No debes hacerle esperar, cariño.

–No.

Y Anny no lo había hecho esperar. Era él quien llegaba tarde.

Aunque se suponía que las princesas no debían mostrarse impacientes, Anny volvió a mirar el reloj, miró a su alrededor nerviosa y tamborileó el suelo con el pie.

Eran casi las seis menos cuarto. Anny podía haberse quedado un poco más en la clínica y haber terminado su discusión con Frank sobre los héroes de las películas de acción. Pero, como había tenido que irse, Frank le había echado en cara que estaba huyendo de él.

–¡No huyo! –le había contestado ella–. He quedado con mi prometido esta tarde.

–¿Prometido? ¿Te vas a casar? ¿Cuándo? –había preguntado Frank frunciendo el ceño.

–Dentro de un año. O, tal vez, dos. No estoy segura –había respondido Anny. Gerald necesitaba un heredero y no estaba dispuesto a esperar para siempre.

El príncipe había aceptado esperar a que ella terminara su tesis. Por desgracia, eso sucedería en el año siguiente.

Demasiado poco tiempo para ella.

Anny intentó quitarse ese pensamiento de la cabeza. Gerald no era un ogro con el que se viera forzada a casarse. Bueno, sí estaba obligada, pero Gerald no tenía nada de malo. Era amable, considerado. Era un príncipe en todos los sentidos de la palabra.

–¿Un año? ¿Dos años? ¿A qué diablos estás esperando? –le había preguntado Frank con brusquedad. –¿A qué te refieres? –había replicado ella, sobresaltada por la pregunta.

Frank había señalado a las cuatro paredes de su habitación y a sus piernas paralizadas. Luego, la había mirado a los ojos.

–El tiempo es precioso. Nunca se sabe lo que puede pasar.

Frank se había lastimado en la cabeza en un partido de fútbol. Al día siguiente, su cuerpo había quedado paralizado de cintura para abajo. Llevaba casi tres años sin andar.

–No deberías esperar –había insistido Frank sin dejar de mirarla a los ojos.

El muchacho era especialista en buscar temas de discusión.

–¿Qué propones? ¿Que me fugue con él? –había replicado Anny con una sonrisa.

Pero los ojos de Frank no habían brillado con la emoción de una nueva discusión, como solían hacerlo. Sólo había meneado la cabeza.

–Lo que pasa es que no entiendo a qué esperas.

–Un año no es mucho. Ni dos. Tengo que terminar mi doctorado. Y, cuando se ponga la fecha, habrá que hacer muchos preparativos.

–¿Eso es lo que tú quieres?

–No se trata de eso.

–Claro que sí. No deberías perder el tiempo. ¡Deberías hacer lo que quieres hacer!

–No siempre se puede hacer lo que uno quiere, Frank.

–¡A mí me lo vas a decir! ¡Yo no estaría aquí encerrado si pudiera!

–Lo sé.

Frank había apretado la mandíbula. Había vuelto la cabeza para mirar por la ventana. Anny no había sabido qué decir.

–Sólo se vive una vez –había señalado él tras un momento, con expresión de amargura.

¿Cómo podía discutirle eso?, se había preguntado Anny. Era imposible.

Por eso, ella había hecho lo único que se le había ocurrido. Le había apretado la mano a Frank con todo su cariño.

–Tengo que irme –había dicho ella–. Lo siento.

–Vete –había replicado Frank fingiendo indiferencia.

–Volveré pronto –había prometido Anny.

Debía haberse quedado con él, se dijo ella, sentada en el hotel. Eran las seis menos diez y Gerald seguía sin aparecer.

De pronto, la sala se quedó en silencio. Anny levantó la vista. Todo el mundo parecía mirar en la misma dirección.

Al ver al hombre que había parado al otro lado del vestíbulo, Anny se quedó petrificada.

No era Gerald.

No se le parecía en nada. Tenía unos rasgos duros, el pelo revuelto, estaba sin afeitar, llevaba unos vaqueros gastados y una camiseta. Podría haber sido un cualquiera. Un carpintero, un marinero, un vagabundo.

Pero no era un cualquiera. Su nombre era Demetrius Savas. Anny lo sabía. Igual que todo el mundo en la sala.

Durante diez años, había sido el chico dorado de Hollywood. De procedencia griega, Demetrios había comenzado su carrera como actor siendo poco más que un rostro atractivo y un cuerpo impresionante.

Pero había trabajado mucho para cultivar su talento, había protagonizado una exitosa serie de televisión y media docena de películas, incluso había hecho sus pinitos como director. Y se había casado con la hermosa y excelente actriz Lissa Conroy.

Demetrios y Lissa habían sido la pareja perfecta de Hollywood, guapos y con talento. Todo había sido perfecto para ellos.

Hasta que hacía dos años Lissa había contraído una infección en un rodaje en el extranjero y había muerto a los pocos días. Demetrios apenas había podido llegar a tiempo a su lecho de muerte.

Anny recordó las fotos de la prensa que lo habían mostrado regresando solo con el cuerpo de su esposa y en el cementerio de Dakota.

Desde aquel día, Demetrios Savas no había vuelto a hacer una aparición en público. Al parecer, se lo había tragado la tierra.

El verano anterior, la noticia de que Demetrios había escrito un guión y había encontrado productor y actores para rodar una película de cine independiente en Brasil había sorprendido a todos. Al parecer, la película estaba entre las favoritas a los Oscar y también iba a presentarse en Cannes.

Por eso estaba él allí.

Anny nunca lo había visto en persona, aunque había tenido un póster de él en la pared de su dormitorio en el colegio mayor, recordó avergonzada.

Pero las fotos no hacían honor a la realidad. Había desaparecido de sus ojos el dolor de la última imagenque había salido de él en la prensa. Él no sonreía. No necesitaba hacerlo. Exudaba tanto carisma que nadie podía apartar la mirada de él.

Demetrios tenía un poder y una fuerza que Anny reconoció de inmediato. No era el poder suave y contenido de Gerald y de su padre. Era más puro y primitivo. Parecía que tenía un campo magnético a su alrededor.

Él siguió andando, con paso firme y decidido y, aunque las princesas no debían mirar fijamente, Anny no fue capaz de apartar los ojos.

La mayoría de la gente seguía observándolo también. Algunos lo saludaron y él les dedicó una breve sonrisa, una leve inclinación de cabeza. Pero Demetrios no se detuvo, mientras observaba la sala, como si estuviera buscando a alguien.

Entonces, posó la atención en ella.

Sus miradas se entrelazaron y Anny se perdió en sus mágicos ojos verdes.

Ella necesitó toda su fuerza de voluntad para apartar la vista. Consultó su reloj para tener algo que hacer. No quería parecer una adolescente embelesada, hipnotizada por su atractivo rostro.

¿Dónde diablos estaría Gerald?

Entonces, Anny levantó la cabeza y se encontró de frente con Demetrios Savas. Estaba tan cerca que podía ver la barba incipiente de sus mejillas y mandíbula y los brillos dorados de sus ojos.

–Lo siento –dijo él con una reticente sonrisa–. No pretendía hacerte esperar.

¿Es a mí?, quiso preguntar Anny, pero no fue capaz de articular palabra. Y, antes de que pudiera recomponerse, él le rodeó la cintura con un brazo, la atrajo a su lado y la besó en los labios.

A Anny le temblaron las piernas. Y abrió la boca. Por un instante, la lengua de él rozó la suya.

Luego, abrió los ojos para mirarlo, atónita.

–Gracias por esperar –dijo él con voz llena de calidez. Sin quitarle el brazo de la cintura, la guió hacia el otro lado del vestíbulo–. Salgamos de aquí.

Demetrios no sabía quién era ella.

Y no le importaba. Era obvio que ella había estado esperando a alguien y tenía el aspecto de ser la clase de mujer que no montaría una escena. Además, entre la multitud de personas encopetadas, ella había brillado con luz propia.

Su aspecto era el de una mujer serena y de fina compostura. Probablemente, sería una de las conserjes del hotel. O una guía turística esperando a su grupo. O la madre de algún boy scout. En otras palabras, podía ser cualquier cosa menos alguien del mundo del cine.

Y esa mujer iba a ser su salvación, lo supiera ella o no. Iba a ayudarlo a salir del Ritz antes de que él perdiera los nervios e hiciera algo de lo que luego se arrepentiría. Vestida con una falda azul oscuro y una chaqueta hecha a medida de color crema, parecía la clase de mujer estable y profesional que necesitaba para lograrlo.

Así que caminó con ella, mientras la multitud se apartaba para dejarlos pasar. Los miraban con ojos como platos. Murmuraban. Y él los ignoraba.

–¿Sabes cómo salir de aquí? –le susurró él al oído.

Ella se volvió hacia él con una breve sonrisa.

–Por supuesto.

Entonces, él sonrió también. Era la primera sonrisa sincera que esbozaba en todo el día.

–Dirígeme –le pidió él, mientras los murmullos de la sala no hacían más que crecer–. Ignóralos.

Eso hizo Anny, sin dejar de sonreír. Su salvadora parecía saber bien adónde se dirigía. Lo condujo por unas puertas y a lo largo de un largo pasillo. Luego, pasaron por algunos despachos, atravesaron un almacén y una zona de recepción de materiales hasta que ella abrió una puerta y salió a la calle por la parte trasera del hotel.

Demetrios respiró hondo y escuchó como la puerta se cerraba con un clic detrás de ellos.

–Ahora no puedes volver a entrar. Lo siento mucho. Pero gracias. Me has salvado la vida –dijo él.

–Lo dudo –repuso ella, sin dejar de sonreír.

–Me refiero a mi vida profesional –puntualizó él y se pasó la mano por la cabeza–. He tenido un día horrible. Y estaba a punto de empeorar.

Anny le lanzó una mirada especulativa, pero se guardó su curiosidad.

–Me alegro de haber sido de ayuda.

–¿De verdad? –preguntó él sorprendido, pues había esperado que ella estuviera más molesta que contenta–. Estabas esperando a alguien.

–Por eso me elegiste a mí –señaló ella, como si fuera lo más normal.

Sorprendido por su agudeza, Demetrios sonrió.

–Se llama improvisación. Me llamo Demetrios, por cierto.

–Lo sé.

Sí, claro. En las últimas cuarenta y ocho horas, Demetrios había comprobado que, a pesar de haber estado desaparecido durante dos años, nadie parecía haberlo olvidado.

Para su profesión, eso era bueno. Los distribuidores de películas no le cerraban la puerta en las narices. Pero los paparazis eran algo que él no necesitaba. Ni a las admiradoras enloquecidas.

Demetrios había sabido que ir a Cannes iba a ser una locura, pero se había creído capaz de manejar la situación. Y no sería nada difícil si todas las mujeres que conocía fueran como ésa.

–Demetrios Savas en persona –comentó ella con una sonrisa, observándolo con curiosidad y gesto amistoso.

–Al menos, no estás loca de excitación por conocerme –señaló él con una sonrisa de amargura.

–Podría estarlo –repuso ella y sonrió todavía más–. Quizá sepa disimular muy bien.

–Sigue disimulando, por favor.

Ella rió y a él le gustó su risa. Era cálida y amable y le hacía estar aún más guapa. Era una mujer hermosa. Su aspecto era sincero y amistoso y su rostro no tenía ni una sola imperfección.

–¿Eres modelo? –preguntó él. Tal vez, había estado esperando a un agente, pensó.

–¿Modelo? No. Nada de eso. ¿Parezco modelo? –dijo ella y rió.

–Podría ser.

–¿De veras? –replicó ella–. Bueno, gracias. Creo –añadió y sonrió de nuevo.

–Sólo quería decir que eres guapa. Era un cumplido. ¿Trabajas en el hotel?

–¿Guapa? –repitió ella, como si también eso le hubiera sorprendido–. No, no trabajo aquí. ¿Tengo aspecto de ser empleada del hotel?

–Pareces... amable. Profesional –contestó él y la observó con atención, fijándose en su cabello negro largo, su piel cremosa, sus exquisitas curvas y sus largas y esbeltas piernas–. Atractiva. Accesible.

–¿Accesible?

–Conmigo, lo has sido.

–Lo dices como si fuera una prostituta –señaló ella, más sorprendida que ofendida.

Demetrios negó con la cabeza.

–Nada de eso. No llevas suficiente maquillaje. Ni la ropa adecuada.

–Bueno, es un alivio.

Se sonrieron de nuevo y, de pronto, Demetrios se sintió como si estuviera despertando de una pesadilla. Había estado hundido tanto tiempo que había creído que iba a ser así durante el resto de su vida.

Pero, en ese instante, se sentía vivo y, en esos cinco minutos, había tenido más ganas de sonreír que en los últimos tres años.

–¿Cómo te llamas? –preguntó él.

–Anny.

Anny. Sin apellidos. Nada más. Demetrios estaba acostumbrado a que las mujeres se apresuraran a decirle su nombre completo, a contarle la historia de su vida y, sobre todo, a darle su número de teléfono.

–¿Anny nada más?

–Chamion –añadió ella con reticencia.

–Anny Chamion –repitió él. Le gustaba su sonido. Sencillo y un poco exótico–. ¿Eres francesa?

–Mi madre era francesa.

–Y hablas español muy bien.

–He estudiado en España. En realidad, sigo estudiando. Estoy trabajando en mi tesis.

–¿Eres... una futura doctora?

Ella no tenía ese aire distraído, absorto y lejano que caracterizaba a los académicos, pensó Demetrios. Su hermano George era doctor en Medicina.

–¿No serás médico?

–Me temo que no –contestó ella, riendo–. Soy arqueóloga.

–¿Como Indiana Jones? A mis hermanos y a mí nos encantaban sus películas.

–La realidad no es tan excitante –repuso ella, encogiéndose de hombros.

–¿No hay nazis ni disparos?

–Ni serpientes tampoco. Ni nadie parecido a Harrison Ford. Ahora mismo estoy trabajando en la tesis, sobre pinturas rupestres. Tampoco tiene nada de excitante. Pero me gusta. Ya he hecho la investigación. Sólo me queda ordenarlo todo y plasmarlo en el papel.

–Poner las cosas sobre el papel no siempre es fácil –comentó él. Tal vez, ésa había sido la parte más difícil de los últimos dos años para él, porque había tenido que estar a solas con sus pensamientos para hacerlo.

–¿Tú también estás escribiendo algo?

–He escrito un guión. Ahora he empezado otro. Es un trabajo difícil.

–Debe de ser agotador. Yo no podría hacerlo –dijo ella con admiración.

–Y yo no podría escribir una tesis –repuso él. Era hora de despedirse, pensó. Pero le gustaba ella. Era una chica normal, sana, sensible. No era coqueta. Y era agradable estar con alguien ajeno al mundo del cine, alguien con los pies en La Tierra–. ¿Quieres cenar conmigo? –preguntó de pronto.

Ella abrió los ojos. Y la boca. Luego, la cerró.

Casi todas las mujeres de Cannes habrían tenido tiempo para aceptar su invitación diez veces. Pero Anny Chamion seguía callada. Parecía pensativa.

–Me gustaría, pero me temo que estaba esperando a alguien en el hotel.

Claro, se dijo él.

–Y yo te he sacado de allí sin ningún miramiento –señaló Demetrios–. Lo siento. Sólo pensé que sería agradable encontrar un sitio íntimo para esconderme de la multitud durante un rato, comer algo rico y charlar. Había olvidado que te había secuestrado bajo falsas pretensiones.

–No pasa nada –señaló ella, riendo–. Él se estaba retrasando demasiado.

Él. Ella había estado esperando a un hombre, por supuesto, observó Demetrios.

–Bueno. Gracias por el rescate, Anny Chamion. Gracias a ti no he tenido que ofender a Mona Tremayne.

–¿La actriz? –preguntó ella, perpleja–. ¿Estabas escapando de ella?

–De ella, no. De su hija Rhiannon. Es un poco... insistente –repuso él. Rhiannon lo había estado persiguiendo desde el día anterior, prometiéndole que le haría olvidar sus penas.

–Entiendo –dijo Anny, arqueando las cejas.

–Es una chica agradable. Pero un poco pesada. Inmadura –señaló Demetrios–. No quiero decirle que se vaya al diablo. Me gustaría volver a trabajar con su madre...

–Ha sido una maniobra diplomática.

–Sí. Pero lo siento si te he causado algún problema.

–No te preocupes por eso –aseguró ella y le tendió la mano.