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Dominic Wolfe, uno de los empresarios más astutos de Nueva York, debería haber sabido que una aventura de una noche, por magnífica y apasionada que hubiera sido, no era motivo suficiente para casarse. Pero no era a su cabeza a lo que estaba obedeciendo cuando le pidió a Sierra que fuera su esposa. Tampoco ella se había parado a pensar demasiado. Estaba empeñada en enseñarle que había más cosas en la vida aparte de reuniones y fusiones. En poco tiempo, Dominic empezó a preguntarse si aquella era la mujer adecuada...
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Seitenzahl: 190
Veröffentlichungsjahr: 2015
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2001 Barbara Schenck
© 2015 Harlequin Ibérica, S.A.
Novia perfecta, n.º 1249 - febrero 2015
Título original: The Inconvenient Bride
Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.
Publicada en español en 2001
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-6093-3
Editor responsable: Luis Pugni
Conversión ebook: MT Color & Diseño
www.mtcolor.es
Portadilla
Créditos
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Publicidad
Tu padre, por la línea uno.
Eran las palabras que menos hubiera querido oír Dominic Wolfe. Suspiró y cerró los ojos. Había sido una mañana infernal.
Le gustaba dar un paseo hasta su oficina. La caminata de un kilómetro y medio desde su apartamento en la Quinta Avenida era lo que generalmente le hacía falta para ordenar sus pensamientos, hacer un repaso de las cosas que tenía que hacer y prepararse mentalmente para afrontar el día.
Aquella mañana se había empapado a medio camino. La temprana llovizna que había predicho el servicio meteorológico se había transformado en un aguacero. Y cuando Dominic se había dado cuenta de que eran más que unas gotas, no había conseguido un solo taxi.
Dominic había llegado, molesto y empapado, y se había enterado de que el presidente de la empresa con quien estaba negociando la compra de una parte de sus acciones, había cambiado de opinión y quería volver a pensarlo. Mientras estaba intentando solucionar aquel asunto, un proveedor de Japón envió un fax para decir que el cargamento se demoraría más de lo previsto. Su secretaria, Shyla, estaba con náuseas debido a su embarazo, y se la veía pálida y marchita, a pesar de que intentaba disimularlo con su eficiencia.
Y Marjorie, una mujer que nunca había parecido quererlo más que para la cama, acababa de colgarle el teléfono después de un ultimátum: si quería volver a ver el interior de su dormitorio, tendría que regalarle un anillo de compromiso.
¿Y ahora su padre por la línea uno?
—¿Me escuchas, Dominic? —preguntó su secretaria, Shyla, interpretando su silencio como una distracción, no como rechazo a la llamada—. Dijo que era urgente.
Siempre era urgente, desde que su padre había dejado la dirección de la empresa.
Douglas Wolfe tenía mucho tiempo ahora que estaba jubilado. Se había marchado a Florida hacía un año y medio, diciéndole a Dominic que tenía intención de recuperar el tiempo perdido y dedicarse a leer y hacer todas las cosas a las que había tenido que renunciar durante los años al frente de la empresa.
Dominic había creído que su padre se dedicaría a pescar, a jugar a las cartas, a reunirse con sus amigos…
Pero, en cambio, el viejo se había pasado todo el tiempo pensando nuevas estrategias para la empresa que ya no dirigía, e intentando asegurar su futuro. Eso significaba que estaba decidido a encontrarle una mujer para que abandonase su soltería.
Pero eso no iba a suceder.
Dominic se lo había dicho. Lo habían hablado cientos de veces.
Douglas incluso había intentado buscarle pareja una vez, hacía doce años. Carin había sido perfecta. Joven, dulce, atractiva, e hija de uno de los mayores proveedores de Empresas Wolfe. Dominic era muy joven, apuesto, ambicioso e ingenuo en aquel momento y pensó que ese tipo de matrimonio podía funcionar, nunca que Carin pudiera darle calabazas.
Pero lo había hecho. Lo había dejado plantado en Las Bahamas, con una alianza, la cara roja y doscientos invitados a una boda sin novia.
¡Como que se llamaba Dominic que no permitiría que su padre lo volviera a intentar!
Durante doce años, Douglas lo había dejado tranquilo, disfrutando de su cómoda soltería. Pero la jubilación le había hecho volver a querer mediar. Desde hacía un año y medio aparecía con una mujer todos los meses para que Dominic la echase un vistazo.
Dominic había pensado que era algo biológico: la necesidad imperiosa de ser abuelo se apoderaba de los hombres cuando cumplían sesenta y cinco años. Así que, cuando su hermano más pequeño, Rhys, lo había hecho abuelo de unos mellizos, se había quedado tranquilo, pensando que iba a pasársele.
Pero le había dado igual. Era mayo, y en los últimos meses Douglas había aparecido con una mujer tras otra, todas con trajes a medida, pulcras y profesionales como el propio Dominic.
Con esas mujeres de negocios no podría haber tenido sexo, solo fusiones comerciales, le había dicho al viejo después de la última de ellas.
—Bueno, ¿qué quieres? —le había dicho Douglas.
—Que me dejes en paz —había gruñido Dominic aquella vez, y había colgado el teléfono.
Había creído que finalmente su padre había comprendido el mensaje. Y ahora, sin embargo, estaba en línea.
Dominic apretó el botón y ladró al teléfono.
—¿Qué?
—Buenos días a ti también —le contestó su padre con ironía.
—Aquí no son buenos. Está diluviando —Dominic miró el día lluvioso y gris que se veía por el ventanal de su oficina.
—Le diré a Evelyn que ponga paraguas y botas de goma en la maleta.
—¿En la maleta? ¿Por qué? —Dominic se sentó derecho y apretó su pluma Mont Blanc.
¿Para qué iba a meter paraguas y botas el ama de llaves de Douglas, si no…?
—Voy a cenar con Tommy Hargrove esta noche. He estado hablando con él sobre la posibilidad de fusionarnos con su empresa. Así que Viveca y yo vamos a tomar el vuelo de mediodía a Nueva York, y…
—Para… no sigas… Tommy Hargrove no va a entrar en la empresa.
En un tiempo habían estado interesados en adquirir la pequeña compañía de Tommy Hargrove, pero ya no lo estaban.
—Empresas Wolfe no está dispuesta a comprar una anticuada y pequeña empresa de comunicaciones. ¿Y quién diablos es Viveca?
—Tommy y yo somos viejos amigos —dijo Douglas, no haciendo caso a la pregunta—. Nos conocemos desde antes de que tú anduvieras con pañales, jovencito.
Cuando su padre lo llamaba «jovencito», era seguro que estaba haciendo de Celestina nuevamente.
—Y… — prosiguió su padre—. No me parece tan claro que la empresa de Tommy no merezca la pena.
—Está clarísimo —dijo Dominic.
—Ya veremos —contestó Douglas con un aire enigmático.
—No veremos…
—Es posible que pudiera estar de acuerdo contigo si tú y Viveca… —empezó a decir Douglas como si Dominic no hubiera hablado.
Dominic apoyó violentamente la pluma contra el escritorio.
—¿No te he hablado de Viveca? —preguntó Douglas inocentemente.
—No —dijo Dominic entre dientes.
—¡Ah! Bueno, en realidad, ella es el motivo por el que te he llamado… —comentó Douglas animadamente—. Una chica adorable. Deslumbrante, de verdad. Es la hija de Pauline Moore. ¿Te acuerdas de Pauline, verdad? Miss América… El lunes me encontré a Pauline y a su hija en el club . Pauline nos presentó. Me preguntó si no tenía un hijo de su edad. Claro, se refería a Rhys. Viveca es mucho más joven que tú. Una muchacha muy atractiva. Pelo largo rubio… Brillante, ingeniosa… Encantadora. ¿Te he contado que está haciendo un doctorado en Historia del Arte? Es…
—No sigas… —dijo Dominic.
—Cásate con ella —contestó Douglas directamente.
—¿Qué?
—Ya me has oído. Que te cases. Con ella. Tienes que casarte. Tener hijos. Seguir la línea sucesoria. Cásate con Viveca, y le diré a Tommy que hemos cambiado de opinión.
—Le diré yo a Tommy que hemos cambiado de opinión, y no tendré que casarme con ella.
Douglas se quedó un momento en silencio.
—Entonces le diré a la Junta Directiva que no te apoyo.
Fue como si todo Manhattan se hubiera detenido en aquel momento. No hubo sonido alguno más allá del latido de la sangre en sus oídos, sintió Dominic.
—¿Es una amenaza? —preguntó luego, con calma.
—Por supuesto que no es una amenaza —contestó Douglas—. Es una promesa, muchacho. No eres tan joven. ¡Tienes treinta y seis años! ¡Deberías de haber superado esa tontería con Carol…!
—Carin.
—Carol, Carin… como se llame… ¡Es como montar un caballo, chico! Si te caes, no tienes que salir corriendo a lamerte las heridas debes volver a subirte en él.
—¿Que me case con la primera mujer que se me cruce, quieres decir? —preguntó mansamente, a pesar de que estaba furioso.
—Por supuesto que no. No es cualquier mujer. Pero hay muchas chicas encantadoras por ahí. ¡Has tenido doce años para encontrar una y no lo has hecho!
—Quizá no quiera encontrarla.
—¡Tonterías! Tienes que hacerlo. Por el negocio, si no lo haces por ti mismo. La gente tiene más confianza en un hombre casado. Da impresión de más responsabilidad, de confianza. Te han dado el beneficio de la duda durante años. Pero ya estás llegando al límite. Además, tienes cualidades para ser un buen hombre de familia. Un buen padre.
—¿Como tú? —preguntó Dominic con tono mordaz, pero su padre no se dio por enterado.
—Viveca es especial. Sé que te gustará.
—No quiero…
—¡Tú no sabes lo que quieres! Si te traigo una pelirroja, quieres una rubia. Si te traigo una amante del hogar, quieres una doctorada. Si te traigo…
—¡Quiero que dejes de traerme mujeres!
—Lo haré.
—¿Cuándo?
—Después de esta noche. Después de que conozcas a Viveca. ¡No querrás a otra mujer después de conocerla! Tiene todo lo que deseas en una mujer. ¡Es rubia, amante del hogar, con un doctorado! Y…
—Y si no me caso con ella, irás a la Junta Directiva a dar un voto de no confianza —dijo Dominic entre dientes.
Douglas pareció dudar un momento.
—¡Estás en lo cierto! —contestó luego.
Dominic comprendió aquel momento de duda de su padre. Había sido un punto sin retorno. Era la última oportunidad de retroceder. Pero Douglas no retrocedió.
—Viveca y yo estaremos en la ciudad esta noche —dijo firmemente—. Ven con nosotros y con Tommy a cenar a Le Sabre’s. A las ocho.
—Tengo…
Su padre le colgó.
Dominic miró el teléfono. Luego, colgó él también. Se echó hacia atrás en la butaca y giró con ella de manera que quedó mirando la lluvia por la ventana. Repiqueteó con los dedos en el reposabrazos y reflexionó sobre sus opiniones.
Debía haberle parado los pies a su padre hacía tiempo. Le tendría que haber dicho que lo dejase tranquilo tanto en relación a la empresa como en relación a su vida privada.
No lo había hecho porque se había pasado la vida admirando a su padre. Admiraba la determinación del viejo, su tenacidad, su fiereza, su fuerza de voluntad inquebrantable. Dominic había crecido queriendo ser igual que él.
Había resistido el «empezar desde abajo» al que lo había sometido el aprendizaje con su padre, necesario, según él para tomar las riendas de la empresa algún día. Se había ensuciado las manos en trabajos de chico para todo, había trabajado noche y día, vacaciones y fines de semana. Había hecho todo lo que se le había pedido, y lo había hecho bien.
Incluso había permitido, hacía doce años, que el viejo le eligiera una esposa porque había comprendido por qué su padre quería que hubiera lazos entre su empresa y la de la familia de Carin. Había sido sensato desde el punto de vista de los negocios, y a él le había gustado Carin… lo que había conocido de ella, al menos. Estaba seguro de que habría sido un buen marido.
Fue Carin quien huyó, no él. Y cuando ella lo hizo, dejándolo herido y humillado, aún había seguido pensando que su padre había actuado correctamente.
Incluso en aquel momento, ¡que Dios lo ayudase!, creía que Douglas tenía razón. En los negocios, los hombres casados parecían más dignos de confianza, más predecibles, menos balas perdidas. Algunos directores de otras empresas lo habían dado a entender. Habían sugerido que llevase a su esposa a varios eventos y habían alzado levemente una ceja cuando él había dicho que no tenía.
Suponía que su padre tenía razón también; esa Viveca, sería una esposa ideal. Rubia. Brillante. Sin sangre en las venas. Encantadora. Capaz. Inteligente. El accesorio perfecto para que un ejecutivo luciera en su brazo.
Dominic cerró los ojos un momento y vio el futuro. Se vio a sí mismo y a la rubia sin sangre en las venas que su padre había elegido para él. Después abrió los ojos y miró por la ventana. Llovía sin parar.
Dentro se estaba caliente. Y fuera hacía frío. Las ventanas empezaban a empañarse. Recordó, entonces, una noche de hacía tiempo… ventanas empañadas de vapor y sexo y una mujer cuya sangre era bien caliente.
Empezó a excitarse con el solo recuerdo de ella y de aquella noche.
En los últimos meses había procurado olvidar. Desde febrero intentaba fingir que aquello no había sucedido. Luego, se había convencido de que no ocurriría de nuevo.
El sexo que habían compartido aquella noche se daba una sola vez en la vida… Él, desde luego, nunca había experimentado algo así.
No había ocurrido de ese modo con Marjorie, por ejemplo.
Y si…
No quería seguir esa línea de pensamiento. Pero no pudo evitarlo.
¿Y si no hubiera sido un golpe de suerte? ¿Y si pudieran volver a hacerlo una y otra vez?
Se le secó la boca. Tenía las palmas sudorosas. Estaba excitado… Se aflojó la corbata… La que ella había…
Tomó aliento.
Se puso de pie y fue hacia la puerta.
Cuando la abrió, Shyla le dijo:
—Dominic, el señor Shiguru en la línea dos. Y la señorita Beecher está esperando…
—Ahora, no —agarró la gabardina y se dirigió a la puerta.
—¡Dominic! ¿Adónde vas?
—A buscar una esposa.
Sierra debió imaginarse que aquel día iba a ser terrible.
En el momento en que abrió los ojos y vio la lluvia cayendo sobre los tulipanes de la jardinera de la ventana, debería haberlos cerrado otra vez y haberse tapado con las mantas hasta la cabeza.
En cambio, mostró una de sus eternas sonrisas optimistas y se dijo lo buena que era la lluvia para las flores. No quiso pensar lo mala que era para el pelo.
También era mala para los taxis, para el humor de la gente y para los clientes temperamentales con una visión artística de morsas sin cerebro. Por no mencionar lo mala que sería para los fotógrafos cuyos bebés les hubieran dado una mala noche por culpa de la salida de los dientes, y para modelos con rizos naturales.
No, no era un buen día.
Sierra no esperaba que todos los días estuvieran libres de estrés. Pero aquella mañana el estudio de Finn MacCauley parecía a punto de explotar.
—Date prisa —dijo Finn por quinta vez en una hora—. ¡Muévete! ¡Muévete! ¿Sabes cuántos malditos vestidos tenemos que fotografiar todavía?
Sierra no lo sabía. Ni le importaba.
Los vestidos no eran su problema, su problema era el pelo.
El cabello liso. El pelo crespo. El pelo con laca.
—Se está rizando otra vez. ¡Míralo! —exclamó Ballou, el temperamental cliente, señalando a Alison, la modelo diosa del Bronx. Agarró un puñado de aquel encrespado pelo y le gritó a Sierra—. ¡No se puede rizar! ¡Tiene que estar liso! ¡Haz que tenga el pelo liso!
Habría sido más fácil volver calvo a un puercoespín, pensó Sierra.
—Espera. Déjame ponerle un poco más de gel. Solo un poco.
—Sierra, ¡por el amor de Dios! —Finn se estaba tirando de los pelos.
—Vamos… ¡Deja de perder el tiempo y quítate de en medio!
—Solo necesito…
—Liso —insistió Ballou—. Suave. Tieso como una estaca.
«Entonces, ¿para qué has pedido una modelo con pelo natural rizado?»,pensó Sierra, exasperada.
—¡A mí también se me está rizando! —se quejó Delilah, la otra modelo.
—Y el azul, no. No me gusta con el azul —dijo Ballou, observando el vestido que Alison acababa de ponerse—. Probemos con el amarillo.
—¡No puedo usar el amarillo! —opinó la modelo—. Parezco una muerta vestida de amarillo.
—Vas a estar muerta de verdad, vestida de amarillo —dijo Finn—. Si no te callas. Tenemos que hacer treinta malditas fotos. ¡Y solo hemos hecho seis, Sierra! ¡Vamos!
Las modelos se quedaron de pie pacientemente, mientras Sierra volvía a ponerles gel. Ballou dio vueltas alrededor de ellas, cargado de rabia e impaciencia. Finn empuñó la cámara, gruñó, maldijo y sacó la foto.
Y todo el tiempo Sierra intentó mantener la calma porque, después de todo, se dijo, en el inmenso curso del universo, ¿qué importaba todo aquello?
Llovía. Un vestido amarillo o uno azul. Pelo rizado, encrespado. Pelo liso.
No era como lo de Frankie. Eso era lo que lo hacía un día malo, pensar en él.
Porque Frankie Bartelli iba a morir.
Sierra se ponía mala al pensar en ello. Su mente se rebelaba contra aquella idea. Pero a pesar de ello iba a ocurrir, salvo que recibiera un trasplante de riñón.
Muchas personas vivían con problemas en los riñones… Vivían haciéndose diálisis y diálisis durante años…
Pero no eran Frankie, quien en los últimos meses se había ido marchitando delante de sus ojos.
Tampoco tenían ocho años, con toda la vida por delante. No soñaban con escalar montañas, ir a pescar y jugar al béisbol. No dibujaban las naves espaciales más alucinantes del mundo ni los más temibles monstruos verdes, ni detallados planos para construir la mejor casa en un árbol.
No tenían grandes ojos marrones ni un pelo tan rebelde que ni el más firme gel podría someter por mucho tiempo. No tenían la risa tan fresca, ni una sonrisa pícara que te derritiera de placer.
O tal vez sí.
Sierra no lo sabía. Solo sabía lo que le pasaba a Frankie.
Frankie y su madre eran los vecinos de Sierra, desde que hacía tres años se había ido a vivir a un piso en una tercera planta.
En aquel entonces, Frankie tenía un aspecto mucho más saludable, mucho más fuerte. Y Pam no tenía aquella mirada perdida, de desesperanza, en sus ojos marrones oscuros.
—No sé lo que voy a hacer —había dicho Pam con voz entrecortada, cuando le había contado por primera vez a Sierra lo que le habían comunicado los médicos.
Para ella era sencillo.
—Si necesita un trasplante, lo conseguiremos —le había prometido.
Pero Pam, desesperada pero realista, había agitado la cabeza, abatida.
—El hospital quiere doscientos cincuenta mil dólares por adelantado, antes incluso de que lo pongan en la lista.
A Sierra le había parecido un asalto a mano armada. La peor de las vilezas. Frankie no tenía la culpa de que su madre fuera una ilustradora por cuenta propia cuyo seguro médico había quebrado.
A ellos les había dado igual.
—Se niegan a verlo si no voy con un cuarto de millón de dólares.
Sierra tenía casi veinte mil ahorrados. A ella le parecía mucho, pero comparado con lo que necesitaba Frankie era poco. Aunque pidiera en la calle, no sería capaz de reunir lo que necesitaba Pam. Sin embargo, no estaba dispuesta a aceptar la derrota.
—Pensaré en algo —le aseguró a Pam apretándole suavemente la mano—. No te preocupes.
Pero a pesar de haberle pedido a Pam que no se preocupase, Sierra lo estaba.
La preocupación le había durado toda la mañana, pero no se le había ocurrido ninguna idea.
—De acuerdo. Venga. Cuellos largos, señoritas. Barbillas sugerentes —Finn empezó a moverse otra vez, disparando flashes mientras tanto—. No os tapéis unas a otras, por Dios. Muévete, Alison.
Alison se movió hacia uno de los reflectores, que se cayó haciendo un ruido considerable.
A Ballou se le cayeron los seis vestidos que llevaba en el brazo.
—¡Oh, no! ¡Santo cielo! ¡Se van a arrugar! ¡Sierra, ayúdame!
—¡Maldita sea! —exclamó Finn con la cara colorada—. ¡Sierra, recoge el reflector!
—¡El pelo se me está poniendo rizado otra vez! —chilló Alison—. ¡Sierra, haz algo!
Y cuando Sierra había pensado que la marcha del estudio no podía ir peor, se abrió la puerta y entró Dominic Wolfe.
Strong, la directora de oficina de Finn corrió y exclamó:
—¡Perdone, señor! ¡Señor! ¡No puede entrar ahí!
Pero Strong no conocía a Dominic Wolfe.
«Un pez gordo con mente fría», lo había llamado el Times en sus páginas de negocios en su titular de hacía una semana, donde lo mostraban como el duro director de Empresas Wolfe, calificadas de «negocio antiguo con un futuro moderno».
Lo que querían decir era que bajo su dirección, Empresas Wolfe, una empresa de comunicaciones, había pasado directamente de la radio y la televisión, a los más modernos medios de comunicación, el digital y el electrónico, sin un solo fallo.
«Porque Dominic Wolfe sabe lo que quiere», decía el artículo, «y Dominic consigue lo que quiere», agregaba.
Y era la verdad, podría haberles dicho Sierra.
Strong era como un mosquito enfadado haciendo ruido detrás de Dominic.
Sierra observó la escena, sorprendida y fascinada, y se dio cuenta de que su corazón estaba latiendo aceleradamente. No veía a Dominic Wolfe desde que su hermana Mariah se había casado con su hermano Rhys, hacía tres meses.
Había puesto empeño en no verlo,.del mismo modo en que él había hecho todo lo posible por no verla. Ella había intentado olvidarlo. Y desde luego, jamás habría imaginado que pudiera aparecer en el estudio de Finn MacCauley, y se dirigiera directamente a ella.
Pero antes de que pudiera llegar, Finn se interpuso entre ellos.
—¿Wolfe? —parecía perplejo, preguntándose evidentemente qué diablos estaría haciendo allí el poderoso hermano de su amigo Rhys.
Todos se lo preguntaron, desde la enfadada Strong, Ballou, las modelos de ojos de ensueño, y la maquilladora, hasta la misma Sierra.
Sobre todo Sierra.
Desde que había abierto la puerta no había dejado de clavarle los ojos.
Y la electricidad que había habido entre ellos la primera vez que se vieron, cuando ella irrumpió en la oficina de él preguntando por el paradero de su hermano, seguía existiendo, aunque la negasen, aunque hubieran pasado algunos meses.
Sierra se puso de pie, rodeó a Finn y miró a Dominic.
—¿Qué quieres? —le preguntó, mirándolo.
—Quiero que te cases conmigo —le contestó Dominic.
A Dominic no le importó lo más mínimo que ella pareciera estupefacta, ni que Finn pareciera a punto de asesinarlo, ni que los demás pensaran que se había escapado de un manicomio.
Dominic repitió las palabras «cásate conmigo», por si ella fingía no haberlo escuchado.
—¿Que me case… contigo? —preguntó Sierra cuando pudo recuperar el habla.
Era la primera vez que veía a Sierra Kelly con la boca abierta.
—Eso es lo que he dicho —dijo. Internamente, se alegró de dejarla en estado de shock.
—¡Tendrías que pagarme un millón de dólares para eso!
—Medio millón.
—¿Qué? —preguntó, más que sorprendida—. Déjate de bromas.
—Te lo digo en serio —le tomó el brazo y la arrastró hacia la zona de recepción, donde media docena de curiosos no pudieran ni oírlos ni verlos—. Si quieres medio millón de dólares, no hay problema —agregó.
—Pero… —ella empezó a protestar, luego lo miró achicando los ojos y preguntó con desconfianza—: ¿Por qué?
—Porque sí.
—¿Porque sí? ¡Oh! Debe de haber una razón. Viniendo de un hombre al que el Times llama «decidido… un hombre que sabe lo que quiere»…
Dominic resopló.
—Es la opinión de un periodista…
