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Hace ya un año que la hermana de Ava falleció, pero algo dentro de ella también murió. Su familia actúa de forma distinta, ella también lo hace. ¿Quién puede culparlos? Para ahogar su dolor, Ava le escribe cartas a su hermana y las deja en su lápida con la triste idea de que algún día pueda leerlas. Todo cambia cuando un día una carta desaparece y se encuentra en manos de James. ¿Ava se atrevería a enfrentar sus más duros sentimientos? ¿Podrá el amor entrar en su corazón a pesar de todo?
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Seitenzahl: 276
Veröffentlichungsjahr: 2025
Producción editorial Tinta Libre Ediciones
Coordinación editorial Gastón Barrionuevo
Diseño de interior Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones
Diseño de tapa Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones
Valdez, Mía
La idea de perderte / Mía Valdez. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2025. Libro digital, EPUB
ISBN 978-631-317-082-1
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas Románticas. I. Título.CDD A860
Prohibida su reproducción, almacenamiento y distribución por cualquier medio, total o parcial, sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor. Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.
La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.
Hecho el depósito que marca la Ley 11.723 Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2025. Valdez, Mía© 2025. Tinta Libre Ediciones
Para quienes quedan atrapados en el pasado y temen al futuro. Y para ti, gracias por hacer esto posible.
Carston, 16 de febrero del 2023
Para ti, querido lector:Espero no te asustes en las siguientes páginas. No lo hagas. Puede que sea medio raro lo que hago con tal de tener un poco de conexión con mi hermana, pero espero sepas entenderme. No me clasifiques como una loca con el corazón destrozado. No me odies, no me ames lo suficiente, solo… entiéndeme. Bienvenido a mi vida.Con mucho amor, AvaLa casa estaba en silencio, lo que me hizo pensar que mamá dormía y papá seguía trabando en el banco de la ciudad. Me encantaría compartir más tiempo con ellos, pero no puedo.
Desde la partida de mi hermana, nada es igual. La casa tiene un aire distinto, más sofocante, irritante; o, bueno, eso es lo que yo puedo sentir cuando llego de trabajar y me encierro dentro de estas paredes que antes podía llamar hogar.
Cada salón es un museo, un baúl de recuerdos que mis padres intentan olvidar. Sinceramente, me parece de lo más triste hacer como si aquí nada nunca hubiera pasado, pero mi madre es incapaz de tocar el tema y mi papá… bueno, es él.
La puerta de la habitación se abrió y de ella salió mi madre. Su pelo castaño le caía por los hombros y sus ojos avellana saltones podían iluminar una habitación entera, aunque ahora estuvieran más apagados que otras veces. Más que nunca.
Más de una vez he recibido comentarios que dicen que me parezco a ella, pero más allá de lo físico, no encuentro otra similitud. Siempre admiré su manera de tratar a los demás, tan paciente, dulce. Sus emociones nunca habían estado por encima de ella; excepto ahora, claro.
Se acercó hasta el taburete donde me encontraba sentada y depositó un beso en mi mejilla. Luego, siguió su camino hacia la cafetera.
—¿Viste alguna receta nueva para hacer? —rompí el hielo.
—Todavía no, pero quiero probar hacer un postre.
Le dediqué una sonrisa tímida mientras se servía su café.
—Me parece bien. Te voy a comprar un libro de cocina, te vendrá bien eso. En la librería debe de haber alguno.
Lo pensó un momento.
—No quiero ponerte en gastos, pero gracias.
Vino hacia la mesa y me dio el café que estaba a punto de tomarse. Entendí que por alguna razón no quería hablar más del tema. Lo noté en su forma de esquivar la mirada, y por la rapidez con la que dejo la taza cerca de mí. Ya no hacían falta palabras para entender que aquello no le gustaba. Las palabras entre nosotras habían dejado de fluir hacía tiempo y… dolía.
Sabía que no quería ponerme en gastos, pero yo realmente deseaba hacerlo. Puede que ella no lo notara, pero de alguna forma aquello nos unía. En el último tiempo no habíamos hablado tanto como lo hacíamos antes, pero las veces en que sí hablaba de manera fluida era sobre lo que le gustaba hacer; yo en serio extrañaba hablar con ella de esa manera, así que… ¿por qué no un simple libro para restablecer la relación?
—No te preocupes por eso. Es un libro más.
Ella sonrió y yo le devolví la sonrisa.
Le hablé de reseñas y cosas de la librería mientras merendábamos. Ella me contó que había encontrado un canal donde enseñaban platos extranjeros, y que los quería hacer.
Seguimos charlando hasta que me fui a mi habitación a estudiar para la facultad.
Letras me gusta.
Siempre fui mejor expresándome con un lápiz y un papel que en voz alta. Supongo que eso se lo debo a mi madre. A las imágenes las noto borrosas, como todo lo que tiene que ver con mi niñez, pero recuerdo que mi madre siempre nos llevaba un libro a la cama cuando éramos apenas unas niñas de seis años, y nos leía cuentos hasta que nos quedáramos dormidas.
Con el paso del tiempo dejó de hacerlo, y me tocó empezar a leer mis propias novelas. La mayoría me encantaban, pero no me bastaba con leerlas: quería ser yo quien creara aquel arte, expresar lo que sentía; por eso comencé la carrera.
Pero siendo sincera, me había imaginado todo de manera distinta. Desde que comencé a estudiar no he escrito ninguna historia. Estoy como en una especie de bloqueo interminable.
Intenté varias veces sentarme a escribir, pero he estado horas con la hoja en blanco delante y no vino nada. Ninguna idea apareció.
Ahora mismo no estoy en mi mejor momento. Tengo que entregar un ensayo con más de treinta mil palabras y no se me viene nada a la mente. Para mi suerte todavía tengo tiempo, pero a la vez siento las agujas del reloj tintineando dentro de mi cabeza.
Tengo una semana más. Tengo una semana más.
—¡Eso no va ahí! —me apresuré a decirle a un hombre que estaba colocando mal los libros—. La sección infantil no es… esa.
Por supuesto que no lo era.
Ese día en la librería estaba siendo terrible. Entraba y salía gente por todos lados. Aparte, llegarían nuevos libros y yo tendría que supervisar que todo estuviera bien.
Por lo general, Zaira no para de darnos órdenes como si fuéramos sus títeres, y si bien es mi jefa, cuando digo órdenes es porque en serio las da…
—Ava, fíjate en esa caja. Me parece que trajeron libros equivocados.
—Hablando de roma… —susurro agotada.
Zaira, mi querida jefa, había entrado por la puerta.
La caja venía de una editorial con la que anteriormente habíamos tenido conflictos por su mal desempeño al traer los libros, y ahora habían vuelto a hacerlo. Llamé a la empresa y me dijeron que al día siguiente pasarían a recoger todo y me traerían el pedido correcto.
Mi turno terminó y, lastimosamente, mis ganas de ir a la universidad también, pero no podía faltar. Fui a mi casa, me cambié, agarré las cosas y me fui hacia allí.
La universidad de Carston es buena. Bastantes extranjeros vienen aquí para estudiar. Yo tengo la suerte de tenerla a solo treinta minutos de distancia.
Presté atención a la clase, tomé nota de algunas cosas que me servirían para tenerlas en cuenta a la hora de escribir y a la vez para futuros exámenes.
La clase terminó, y yo estaba agotadísima. Mi papá me esperaba fuera, y le agradecí por haberme buscado con un beso en la mejilla.
—¿Cansada? —dijo mientras ponía en marcha el auto.
—Demasiado.
Sentía que él me quería decir algo. Pero no salían palabras de su boca.
No quería preguntar, prefería quedarme con la duda antes que conocer la realidad. Saber que tras esa curiosidad podía haber una verdad que doliera no me entusiasmaba; y yo ya había pasado por muchas cosas fuertes, y luego de eso… no quería sufrir más.
Porque la grieta todavía no cierra, duele, lastima tanto que no puedo hacer nada más que cerrar los ojos y ahogarme con ese dolor.
No necesito ayuda ni compasión. Miradas de lástima tuve demasiadas, y ninguna pudo reparar aquel agujero que tengo en el medio del pecho.
Yo pude sola. Yo puedo…
Dejé mis pensamientos cuando la persona que tenía al lado pronunció mi nombre con un tono doloroso.
«Esto no va a terminar bien».
—… Creo que deberías dejar de trabajar en la librería.
Me tomó por sorpresa lo directo que fue. Puede que por eso esas palabras me dolieron tanto.
No quería dejar de trabajar ahí.
No podía…
Desde que tenía memoria había ido allí con mi madre y mi hermana… Estar ahí era lo más cercano a mi pasado con ellas, y desde chiquita había querido trabajar en ese sitio.
No podía. No podía perder el único lugar que me recordaba quiénes fuimos.
—Ava, entiendo que…
—No, no lo entiendes…—La voz me salió cortada, cargada de dolor—. Estefanía querría que siguiera trabajando ahí. Sabes lo importante que es ese lugar para mí… ¿Cómo puedes sugerirme semejante cosa?
—Estefanía no está. ¡Se fue hace más de un año! —Los ojos se me pusieron acuosos. Todavía dolía, siempre, y dudaba que en algún momento dejase de doler.
—Ella querría que hicieras lo que te hace bien, y esto de estar de un lado para el otro es una tortura.
Negué con la cabeza. Estar ahí me asfixiaba.
Quería irme tan rápido como pudiera.
Ella sí que hubiera querido lo mejor para mí, y lo mejor para mí era abrazar los únicos recuerdos no borrosos que tenía con ella. Esos que me mantenían aún de pie. No podía separarme de esa librería cuando cada pasillo estaba grabado con recuerdos. No podía dejar de ver el dibujo de nosotras dos que había en una pared, ese que habíamos hecho juntas.
No, no podía.
Cuando mi papá frenó en un semáforo, bajé tan rápido como pude.
—¿Qué haces? ¡Es tarde para andar sola en la calle! ¡Ava!
Intenté ignorar sus palabras y empecé a caminar a paso rápido.
La bocina no paraba de sonar detrás de mí, así que di una vuelta sobre mí misma enojada, frustrada y con mil emociones cargadas.
—Solo dame unos minutos…
—Ava, hace frío, sube al auto.
Era verdad que lo hacía. No me había dado cuenta de la temperatura hasta que lo dijo. Había dejado mi abrigo en el asiento del copiloto, y aunque quisiera seguir caminando y no dar vuelta atrás, no podría; sentía el frío de la noche traspasar la piel de mis dedos.
Con un nudo en la garganta y de brazos cruzados producto del frío, volví hacia el auto. Cerré la puerta con el orgullo por el suelo y miré directamente hacia delante. No volvimos a hablar hasta que estacionó el auto frente a casa.
Ninguno de los dos bajó, sino que nos quedamos en silencio, escuchando solo las gotas que caían sobre el vidrio. Estaba a punto de abrir la puerta del auto cuando por fin mi padre habló.
—Lo decía por tu bien… —Noté cierta tranquilidad en su voz, pero a su vez, dolor.
—Mi bien es estar así, tal y como estoy. Por favor, no intentes hacerme cambiar de opinión, porque no lo haré.
No miré para atrás. Bajé de aquel auto y caminé hasta entrar en casa.
Cuando subí a mi habitación, no escuché el ruido de la puerta al abrirse. Pasados unos minutos, escuché el tintineo de las llaves y, acto seguido, la puerta de su habitación cerrase.
Esa noche no dormí, aunque no me molestó. De alguna horrible manera, me había terminado acostumbrando a quedarme despierta horas y horas.
Intenté no volver al pasado, en serio que lo intenté, pero no hubo manera de evitarlo. Las imágenes volvieron una y otra vez a mi mente. Los recuerdos con mi hermana no podían ser eliminados. Tampoco era que lo quisiera, pero para cerrar aquella herida que tenía ahora, necesitaba dejarlos a un lado por un tiempo.
El sitio estaba vacío, y lo agradecí.
Seguí el sendero pasando por distintos árboles, lápidas, bancos. Aquello ya me resultaba normal, familiar. Las veces que había recorrido ese sendero desde aquel día eran demasiadas para llevar la cuenta.
Notaba las miradas de las personas que pasaban cuando me quedaba simplemente quieta, mirando a la nada y a la vez a todo, imaginando que ella me estaba oyendo.
Había hojas en el piso cuando llegué, y el frío me cruzaba la piel. Esa sensación me hizo acordar a lo sucedido la noche anterior. Había dejado una impresión extraña en mí, nunca antes mi papá me había planteado aquello. Yo sabía que él lo pensaba, pero que me lo hubiera dicho había sido como un balde de realidad fría.
Me senté en el banco que había frente a la lápida y, antes de entregarle la carta que tenía, le hablé como de costumbre.
—¿Puedes creer que papá quiere que deje la librería?
Una lagrima cayó por mi mejilla inevitablemente, y se posó en mis labios.
—No soy tonta, sé que debería hacerlo, pero duele tener que dejar lo único que sigue igual que antes. Es difícil pretender que nada cambió cuando todo a tu alrededor se ve distinto.
Seguí hablando.
—La librería es un lugar donde nadie se para a pensar en la pobre chica que perdió a su hermana. Nadie me mira con lástima. Nadie centra su atención en mí lo suficiente como para conocerme, y eso es, aunque suene raro, lo mejor que pueden darme. No soporto las situaciones incómodas, no soporto saber que papá tiene razón… No te das una idea de lo frustrante que es fingir que todo está bien con mamá y papá cuando en realidad no es así. Me desmorono por dentro. Siento cómo cada muro, cada capa, se cae, y yo estoy ahí, aferrada a ellas, pero nadie puede ayudarme…
»Se suponía que tenía que ser la fuerte de la familia mientras no estás. Que debía ser el pie de apoyo de todos. Pero… ¡es agotador, Estefy! No puedo, no puedo ser tú.
»Me gustaría ser como eras. Tan positiva, llena de luz aun cuando las cosas salían mal. Me gustaría ser un pie de apoyo para mis padres en estos momentos, pero si no sé quién soy yo ¿cómo podría ayudar a otra persona a encontrarse? No sé qué hacer. No sé cómo ayudar a nuestra familia. Fingir que todo sigue igual es lo que siempre hacemos, pero esa no es la solución, no, no lo es. Pero no sé qué más hacer al respecto.
Escuché un ruido de hojas a mi lado y cuando giré la cabeza vi un gato anaranjado sentado junto a mí. Nunca antes lo había visto… era precioso.
Me limpié las lágrimas con mi suéter de lana ya que aún caían desesperadamente sobre mis mejillas, como si necesitaran aquello. Miré la lápida con tristeza, como si pudiera darme las respuestas que le faltaban a mi vida. Pasé la palma de mi mano sobre ella y le saqué las hojas que tenía encima, por la estación. Dejé a la vista las letras talladas sobre aquella superficie.
Estefanía Grenn
2000 - 2021
Saqué del bolsillo de mi tapado la carta que había escrito la noche anterior y la coloqué debajo de una piedra, para que no se volase con el viento.
Me fui sin decir nada.
Sin decirle nada.
Aunque no hubiera nadie.
Carston, 20 de marzo del 2023
Para mi querida hermana:La vida es cansadora.Sé que tú la vivías junto a mí cada segundo.Yo la disfrutaba junto a ti en todo momento.Hoy la vida es distinta, supongo que ya lo sabes… pero te siento a mi lado todos los días. Duele, pero agradezco tener la sensación de que aún estás cerca de mí. Es raro saber que todo se puede acabar en un abrir y cerrar de ojos.Es raro saber que falleciste esa noche.Es raro pensar que una parte de mí se fue contigo.Te extraño hoy y cada segundo de mi vida, Ava—… Y entonces vivieron felices para siempre.
—Qué aburrido. Yo quería que fuera libre, con los dragones y hadas. ¿De qué sirve vivir en un castillo? —Realmente estaba indignada.
—Es un cuento, Ava. No te lo tomes tan en serio. —Estefy no entendía. Yo vivía las historias de una forma descomunal, mientras que ella solo las leía.
—Bueno, niñas, ya es muy tarde. —Nos dio un beso a cada una en la frente—. Espero que sueñen con el final que deseaban para esta historia, porque en realidad solo uno mismo tiene el poder de crear.
—No entiendo —pregunté confundida.
—Lo entenderás, cariño… Ahora tienes seis años, pero guardas un lápiz valioso que te ayudará a escribir tu historia. Dependerá de ti cómo quieras contarla, pero eso dejémoselo a la Avi del futuro.
—Qué cursi – reprochó mi hermana.
Me fui a dormir con esas palabras que había dicho mi madre.
—¡Ava! No sabes la alegría que me da verte. —«Ojalá pudiera decir lo mismo»—. La editorial trajo los libros correctos, pero necesito que los coloques donde corresponde. Ayer vi a una niña con un libro para adultos ¡Deberías de haber visto la cara que puso la mamá al ver a su hija pequeña con ese libro en sus manos! —Hizo una pausa para tomar aire—. No puede volver a pasar.
La situación casi me hizo reír, pero no podía con ella frente a mí. Dirigí de nuevo mi atención hacia Zaira.
—Sí, ahora los ordeno —respondí—. ¿Quién colocó mal los libros?
Ella pensó la respuesta.
—No sé… Me fijé en las cámaras por si era algún empleado, para decirle, pero fue un cliente que vino a la librería, no lo conozco.
Asentí.
No hablé tanto con Zaira, nunca hablábamos mucho, y tampoco era que me interesara. Tenía otras cosas por hacer. Colocar los libros en sus estantes no era difícil, pero sí cansador.
Me encontraba en la última categoría, la infantil. Siempre que venía a esa esquina apreciaba el pequeño dibujo sobre la pared blanca. Dos niñas pequeñas, hechas con cuerpos de palitos y pelo largo, agarradas de las manos.
Como si aquel dibujo me llamara, posé el dedo índice en mi nombre y sentí la textura de aquel recuerdo.
—Quedó perfecto —dije orgullosa con mi fibrón en la mano.
Estefi me puso una mano en la boca, preocupada, mientras miraba para todos lados.
—No hables tan alto. Mamá nos va a retar por haber escrito la pared.
Cuando quitó su mano, yo me empecé a reír señalándola con un dedo.
—¡Por poco se te salen los ojos!
Ella agachó la cabeza y se cruzó de brazos, ofendida, aunque noté que sus hombros se movían y su sonrisa se iba ensanchando.
A los segundos, estábamos las dos riéndonos.
Como si ese dibujo quemara, saqué mi mano rápido y volví a mi trabajo.
Las horas pasaban, y junto a ellas, los días para entregar el ensayo para mi clase. La imaginación no llegaba a mí y solo tenía tiempo hasta el viernes, dentro de dos días. Por esa razón me encontraba sentada frente mi computadora con la página en blanco, tratando de obligar a la inspiración a que apareciera.
Llevaba treinta minutos mirando la computadora y esperando que alguna idea cayera sobre mí, pero nunca pasó.
Escuché a mi mamá llamarme para comer y bajé rápido la escalera, hasta llegar al comedor. No veía a mi papá desde la discusión de hacía dos días. Cuando yo entraba, él por alguna razón salía; cuando intenté hablarle, dijo que tenía que irse a hacer quién sabe qué cosa. Diría que había sido pura casualidad, pero solo la Ava chiquita podría pensar eso. Me estaba evitando, era obvio.
Vi a mamá poniendo unos vasos sobre la mesa y me uní para ayudarla con las demás cosas.
—¿Cómo estás? Ayer no te escuché llegar—preguntó.
Quería decirle que bien, pero sabía que me iba a quedar un sabor amargo en la boca.
—No sé… Intenté hablar con papá para solucionar las cosas, pero creo que él no quiere lo mismo. Actué de mala forma cuando él solo quería ayudarme, y ahora… no sé qué hacer.
Mamá me dedicó una sonrisa de esas que se sentían como un abrazo al corazón. Lo necesitaba más que nunca, pero aun así me quedé en mi lugar. Estaba por pedirle un consejo para arreglar todo, pero la puerta se abrió.
Erick entró, dejó como siempre su saco en el perchero junto a la puerta, y le dedicó una de sus grandes sonrisas a mi madre. Apenas intercambiamos miradas entre nosotros, yo era incapaz de retenerla por demasiado tiempo.
—Qué bien que huele. Esta vez te pasaste. —Se acercó a mi mamá y le depositó un beso en los labios.
—¡¿Qué dices?! —Una sonrisa se vio en ella—. Siempre me paso. Mi comida es espectacular.
Intercambiaron risas entre ellos.
Siempre había admirado su relación. Cualquier persona podría notar la manera profunda en que se amaban. Mi papá miraba a mi mamá con unos ojos que solo eran para ella, y siempre lo habían sido.
Él se acercó hacia mí y me dio un beso en la mejilla.
—Está todo bien, ¿no?
Fue tan de repente que las palabras no me salieron, solo asentí despacio.
Pasé la cena con un nudo en la garganta y formulando posibles diálogos, pero nada sirvió. Cuando mis padres se despidieron de mí para irse a dormir, lo único que me salió fue un:
—Perdón, papá.
Él me regaló una pequeña sonrisa, sin separar los labios. Y aunque otra vez no me hubiera dicho nada, entendí.
Por alguna razón, ese día había más gente de lo normal.
Veía a las personas con flores en las manos, yendo de un lado para el otro. Yo caminé por el sendero hasta donde estaba Estefi.
Ese día no iba a poder hablarle mucho, o por lo menos, no como me expresaba cuando no había tantas personas alrededor. Puede que fuera una persona muy confiada y que no me importase lo que dijeran los demás, pero el problema era que llorara, levantara la voz o hiciera otro tipo de cosas para expresar lo que sentía… No, eso sí que no.
Vi la lápida a lo lejos y me senté en el pasto húmedo por el rocío de la noche. La verdad, no me importó nada que mis pantalones se mancharan con agua y probablemente quedasen verdosos por el contacto, porque mi atención se fue para otra parte.
La carta.
Mi carta.
No estaba.
Mi carta no estaba.
Pude distinguir que la piedra que la había sostenido a lo lejos. Me levanté rápidamente y fui hacia ella. Lo único que se me cruzó por la mente fue:
—Alguien leyó mi carta. —Fue un miedo tan grande, que salió por mis labios.
Me agarré la cabeza asustada, porque cualquier persona de mi familia podría haber ido y leerla. Podría haber leído mis sentimientos o recuerdos.
Siendo sincera, me resultaba raro pensar que alguien de mi familia fuese a visitar a Estefi. La última vez que habían venido fue un mes después del entierro, porque no soportaban la idea que ya no estuviese…
Pero nunca era tarde para que volvieran, y la idea me aterraba.
A unos pasos de distancia, cerca de un árbol, había un chico castaño con algo en sus manos. Distinguí el sobre color blanco cerrado con una pegatina de unicornio (era la única que me quedaba) y, sobre él, mi carta, la carta que le había dado a Estefi la última vez que había pisado ese lugar.
Fui caminando lo más rápido que pude y se la saqué de la mano.
Sus ojos conectaron con los míos y si no hubiese estado tan enojada, frustrada o nerviosa, le hubiera dicho un comentario como: qué lindos ojos. Si, suena ridículo, pero sus ojos verdes eran los más lindos que había visto. Eran de un color verde mezclado con marrón chocolate. Me hacían recordar a un bosque en medio de un atardecer.
El chico enarcó una ceja, porque me había parado frente a él sin decir ni siquiera una palabra.
—¿Qué haces con mi carta? ¿No te enseñaron de chiquito que las cosas de los demás no se tocan?
Lo miré achinando los ojos. ¡¿Cómo se atrevía a robar mi carta?!
Sentí las uñas de mi mano clavarse en mi piel. No me había dado cuenta de ello hasta que el dolor llegó, y abrí el puño disimuladamente detrás de mí para calmar mis nervios.
—Antes de que me pegues —dijo mientras miraba de manera curiosa la mano que estaba detrás de mí—, te informo que la encontré tirada por ahí. —Me señaló el lugar donde había encontrado la piedra, a medio camino—. No te robé nada.
Sentí cómo la cara me ardía y evité mirarlo a los ojos. La vergüenza me estaba matando.
—¿Leíste algo? —Mi voz sonó más aguda de lo que me hubiera gustado.
El chico se tocó la nuca, nervioso.
—Pensé que… —No dejé que terminara.
—Sabía. —Me alejé caminando hacia donde había estado antes, echando enojo para todos lados.
Sentí unos pasos rápidos detrás de mí.
—Perdón, no pensé que fuera algo personal. —Ignoré sus disculpas—. ¡Lo digo en serio!
Me di la vuelta y lo vi frente a mí. Era más alto que yo, levanté el mentón para hablarle con más autoridad.
—Bueno, ya está.
El chico me miró desolado.
—Para la próxima poné NO LEER, escrito.
No lo podía creer…
—Estoy segura de que aun así algún chismoso como tú lo leería. —Puse los ojos en blanco.
—Ya te pedí disculpas. No sabía que fuera algo importante.
—Y yo ya te escuché. Ya puedes irte.
Moví la mano para que se alejara de mi burbuja personal. En serio estaba indignada.
El chico asintió.
—Espero que te sientas mejor. La pérdida de un ser querido es difícil, pero… —El chico dejó de hablar y yo quería que acabara lo que iba a decir.
—¿Pero qué?
—Pero si nos perdemos tras la muerte de otra persona, significa que nunca vivimos nuestra propia vida. ¿No te parece?
Pensé las palabras que había dicho.
—No, yo me fui con ella porque era parte de mi vida.
No tenía idea de por qué había dicho eso. Era un desconocido, no lo vería nunca más y ahí estaba, hablándole de algo personal, como si hacía unos pocos minutos no lo hubiera querido matar.
—¿Y qué pasa con la otra parte?
—Lucha para que no se pierda.
El chico asintió despacio, y yo aguanté las ganas de salir corriendo y largarme a llorar lejos de mi hermana, que ya no estaba conmigo, lejos de este chico, lejos de mi familia… lejos de todo este mundo.
—Un gusto conocerte…
—Ava, aunque en la carta lo decía —dije tras verlo dudar.
Luego de eso cada uno siguió su camino. Aunque yo no tenía por seguro a dónde me dirigía, y creo que esa fue la razón por la cual acabé allí.
Todas las tardes venía al Jardín Botánico de Carston con Estefi.
Nos encantaba perdernos en su naturaleza. Las flores que tenía eran para fotografiar y apreciar. Nosotras hacíamos eso, pero sin celulares ni nada que se le parezca: teníamos fotografías visuales, aunque con el paso del tiempo me arrepentí de ello. Porque hoy en día el Jardín Botánico no está, y las plantas que tanto nos gustaban son solo recuerdos borrosos.
El lugar fue cerrado por el poco personal que había para mantener semejante predio. Con Estefi nos pareció muy injusto que no hubieran, por lo menos, cuidado la vegetación, pero ahora que ya soy adulta, agradezco aquello en alguna parte de mí. Los árboles y las flores crecen de una manera salvaje y, a su vez, hermosa. Puede que no haya personas que mantengan el lugar, pero la naturaleza se encargó de hacer todo a la perfección.
Cuando el jardín cerró, mi hermana y yo ideamos un plan.
Nos pasamos toda una noche despiertas buscando los materiales que íbamos a necesitar para nuestra misión con tan solo siete y diez años.
—Ten cuidado, ¡te puedes lastimar, Ava!
—Estoy bien, Estefi.
Ayer por la noche decidimos romper el cercado y hacer un hueco en la parte trasera del lugar, así podremos entrar cuando queramos.
Mamá y papá están durmiendo la siesta, solo tenemos una hora y media para andar solas por la calle antes de que suene su despertador y se den cuenta de que nos fuimos de casa. Por suerte, el Jardín Botánico no está muy lejos de ella.
Yo fui la primera en pasar por el estrecho hueco. El lugar estaba abandonado, con plantas secas y otras que crecían de forma libre, desesperadas y en exceso.
Vi a mi hermana al lado mío. Me tendió una mano.
—¿Estás lista para guardar este secreto? —La miré con curiosidad—. Este va a ser nuestro lugar, nuestro mundo. Solo nuestro, Ava. Nadie puede saber esto, ¿sí? —Yo asentí y estreché mi mano con la suya. Estaba feliz, y orgullosa de nosotras por haber llegado hasta este punto.
—Nuestro secreto —dije con una sonrisa en los labios.
—Solo nuestro. —Nos abrazamos en medio de la flora tan bella y extraña a la vez.
Mentiría si dijera que no me dolió ver el hueco por donde entraba de pequeña lleno de plantas y enredaderas que impedían el paso. Saqué las que pude e intenté meterme por el espacio que habían dejado.
El lugar seguía igual, solo con algunas plantas más que mostraban su belleza eufóricas y descontroladas… pero lo sentía solitario. No porque no hubiera nadie cuidándolo ni seguridad, sino porque me faltaba mi acompañante para esta misión. Porque si volver al lugar de los secretos, al lugar de los recuerdos, no era una difícil misión, entonces no sabía qué otra cosa podía serlo.
Las piedritas crujían bajo mis pies mientas caminaba por el sendero que antes corría para ver quién llegaba más rápido al estanque. Ese día iba a paso lento, grabando cada recuerdo, cada risa, cada caída por pisar mal una piedra.
Se me hizo un nudo en la garganta cuando vi la glorieta de hierro a tan solo unos pasos.
Vi a mi yo de pequeña, tirando migajas al lago que tenía enfrente para ver si salía un pez; nunca salió alguno. Mi hermana no me decía que en este Jardín Botánico no había ningún animal excepto los pájaros que venían y hacían nidos en la copa de los árboles, nunca me dijo nada con tal de verme feliz.
Me subí a la estructura y me apoyé en la baranda para contemplar la vista. El lago estaba de color verdoso. No podía ver nada excepto mi propio reflejo, pero aparté la vista cuando solo reconocí a una persona perdida en sus propios recuerdos.
—No le dije a nadie de este lugar —empecé a hablar con un nudo en la garganta—. Tampoco tengo pensado hacerlo… te puedes quedar tranquila.
Hablar de ella en un lugar tan especial para nosotras dos dolía. Dolía como una maldita patada en el estómago, dolía como nunca antes pudo doler un recuerdo.
Tragué saliva y seguí.
—El lugar sigue igual. La verdad, no sé a quién le estoy hablando. —Solté una risa triste—. Seguro ni estás aquí, cerca de mí. Quién iba a decir que iba a volver a este lugar luego de dos años.
»Seguro estás al lado de la lápida, esperando que te lleve alguna carta que no va a llegar, porque puede parar en manos de cualquiera… Una carta que para mí lo es todo, pero que a la vez no es nada.
»No sé qué me trajo hasta aquí, pero volver me acerca los recuerdos, recuerdos que no quiero borrar. —Las lágrimas caían sobre mis ojos y paraban en la punta de mis labios—. Debería poner un sillón, una mesita y traer mi computadora para escribir lo que siento. ¿Alguna vez pensaste en todo y a la vez en nada?
Me quedé pensando en esas últimas palabras, algo me decía que eran importantes. Y sí, ¡sí eran importantes!
—No puedo creerlo. ¡Es eso! —La felicidad me cruzó de una forma descomunal—. De eso se va a tratar el ensayo, de todo y a su vez de nada. A veces podemos tenerlo todo y sentir que no tenemos nada, y a su vez, nunca podremos tenerlo todo si nunca tuvimos nada.
