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La imitación de Cristo es un clásico de la literatura mística y uno de los libros más traducidos después de la Biblia. Al teólogo, humanista y estilista mexicano Agustín Magaña Méndez se debe esta versión moderna en castellano. Se trata de un texto espiritual, redactado para monjes y frailes que viven según el ejemplo de Cristo, pero tuvo una amplia difusión en el seno de la Iglesia. La obra pone énfasis en la necesidad de una vida interior y retirada, así como en la importancia de la eucaristía y la devoción como centro de la vida cristiana.
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Seitenzahl: 294
Veröffentlichungsjahr: 2017
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TOMÁS DE KEMPIS
LA IMITACIÓN DE CRISTO
Título original: De imitatione Christi
Traducción:Agustín Magaña Méndez, pbro.
Diseño de cubierta: Gabriel Nunes
Edición digital: José Toribio Barba
ISBN DIGITAL: 978-84-254-3719-9
1.ª edición digital, 2017
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Herder
www.herdereditorial.com
ÍNDICE
Prólogo del traductor
Libro primero: EXHORTACIONES ÚTILES PARA LA VIDA ESPIRITUAL
1. La imitación de Cristo y desprecio de todas las vanidades del mundo
2. De la humilde opinión de sí mismo
3. Doctrina de la verdad
4. Prudencia en las acciones
5. Lectura de los libros santos
6. Afectos desordenados
7. Se debe huir del orgullo y de la vana confianza
8. Debe evitarse la familiaridad excesiva
9. Obediencia y sujeción
10. Deben evitarse las conversaciones inútiles
11. Modo de adquirir la paz y celo por adelantar
12. Utilidad de las adversidades
13. Resistencia a las tentaciones
14. Hay que evitar los juicios temerarios
15. Las obras hechas por caridad
16. Paciencia para sufrir los defectos ajenos
17. De la vida monástica
18. De los ejemplos de los santos padres
19. De los ejercicios del buen religioso
20. Del amor al silencio y a la soledad
21. De la compunción del corazón
22. Reflexiones sobre la infelicidad del hombre
23. De la meditación de la muerte
24. Del juicio y de los castigos de los pecadores
25. De la fervorosa enmienda de toda la vida
Libro segundo: EXHORTACIONES A VIVIR VIDA INTERIOR
1. De la vida interior
2. De la humilde sumisión
3. Del hombre bueno y pacífico
4. De la pureza de alma y rectitud de intención
5. De la consideración propia
6. De la alegría de una conciencia pura
7. Del amor de Jesús sobre todas las cosas
8. De la familiar amistad de Jesús
9. De la privación de todo consuelo
10. Del agradecimiento de la gracia de Dios
11. Corto es el número de los que aman la cruz
12. Del camino real de la santa cruz
Libro tercero: DE LA CONSOLACIÓN INTERIOR
1. Cristo habla interiormente al alma fiel
2. La verdad habla dentro sin ruido de palabras
3. Las palabras de Dios deben oírse humildemente, y muchos no las ponderan
4. Vivir delante de Dios en humildad y verdad
5. Maravillosos efectos del amor divino
6. La prueba del amante verdadero
7. Se debe ocultar la gracia con la humildad
8. La baja estima de sí a los ojos de Dios
9. Todo debe ser reducido a Dios como fin último
10. La dicha de servir a Dios
11. Debemos moderar los deseos del corazón
12. La adquisición de la paciencia y la lucha contra la concupiscencia
13. La obediencia del súbdito a ejemplo de Cristo
14. Debemos considerar los misteriosos juicios de Dios para no enorgullecernos de lo bueno
15. Qué disposición se debe tener y cómo se debe orar cuando se desea obtener alguna cosa
16. El verdadero consuelo debe buscarse en Dios
17. Debemos confiar a Dios nuestras inquietudes
18. A ejemplo de Cristo, debemos sufrir serenamente las miserias de la vida
19. El sufrimiento de las injurias, y señales de la paciencia verdadera
20. Confesión de nuestra fragilidad, y lamentación de las miserias de la vida
21. Se debe descansar en Dios más que en todos los bienes y dones
22. El recuerdo de los beneficios de Dios
23. Cuatro cosas que producen profunda paz
24. No seamos curiosos de saber vidas ajenas
25. En qué consisten el verdadero progreso espiritual y la sólida paz del corazón
26. De la alteza de la libertad del alma, la cual se obtiene con la humilde oración
27. El amor propio es el mayor obstáculo para alcanzar el sumo bien
28. Remedio contra las malas lenguas
29. Cómo hemos de invocar a Dios y bendecirlo en las tribulaciones
30. Debemos pedir la ayuda de Dios confiando en recuperar la gracia
31. Del desprecio de toda criatura para poder hallar al Creador
32. De la renuncia de sí mismo
33. Inconstancia del corazón. Dios debe ser el fin último de nuestros actos
34. Cuando amamos a Dios, Él nos deleita en todas las cosas y más que todas las cosas
35. En esta vida no hay seguridad contra las tentaciones
36. Contra los vanos juicios de los hombres
37. De la renuncia sincera y total de sí mismo para alcanzar la libertad del corazón
38. Buen gobierno de los actos externos y recurso a Dios en los peligros
39. No hay que ser importuno en los negocios
40. De suyo el hombre no tiene nada bueno, y no puede enorgullecerse de nada
41. Desprecio de toda honra mundana
42. Nuestra paz no debe depender de los hombres
43. Contra la vana ciencia del mundo
44. Cómo no debemos atender a cosas exteriores
45. No se debe creer a todos
46. Confiemos en Dios cuando murmuren de nosotros
47. Todo debe sufrirse por la vida eterna
48. El día eterno y las miserias de esta vida
49. El deseo de la vida eterna, y los grandes bienes prometidos a los que luchan por ganarla
50. De qué manera debe ponerse en manos de Dios el hombre desolado
51. Hay que insistir en hacer obras humildes cuando faltan fuerzas para grandes
52. No debemos juzgarnos merecedores de consuelo, sino de castigo
53. La gracia no se infunde a los mundanos
54. Impulsos de la naturaleza y de la gracia
55. Corrupción de la naturaleza y poder de la gracia
56. Debemos renunciar a nosotros mismos, e imitar a Cristo llevando la cruz
57. No debe abatirse demasiado el hombre cuando cae en algunas faltas
58. No deben investigarse los juicios de Dios
59. Sólo en Dios se debe confiar y esperar
Libro cuarto: DEL SACRAMENTO DEL ALTAR
Ferviente invitación a recibir la sagrada comunión
1. Con cuánto respeto se debe recibir a Cristo
2. Cuánta bondad y amor demuestra Dios al hombre en el sacramento del altar
3. Utilidad de la comunión frecuente
4. Quienes comulgan reciben muchos bienes
5. Majestad de la eucaristía
6. Cómo debe el discípulo prepararse a comulgar
7. Examen de conciencia y propósito de enmienda
8. La inmolación de Cristo en la cruz y el sacrificio de sí mismo
9. Debemos ofrecernos a Dios con todo lo nuestro y orar por todos
10. No se deje de comulgar por leves motivos
11. El cuerpo de Cristo y la Sagrada Escritura son muy necesarios al alma fiel
12. Con cuánto cuidado debe prepararse quien va a comulgar
13. El alma devota debe suspirar con todo el corazón por unirse a Cristo en la eucaristía
14. Del ardiente deseo que ciertos devotos tienen de recibir el cuerpo de Cristo
15. Con humildad y renuncia de sí mismo se alcanza la devoción
16. Expongamos nuestras necesidades a Cristo y pidámosle que las remedie
17. Con qué amor tan abrasado y deseo tan vehemente debemos recibir a Cristo
18. No investiguemos curiosamente la eucaristía, sino imitemos humildemente a Cristo y sometamos a la fe nuestra inteligencia
PRÓLOGO DEL TRADUCTOR
El humilde monje del Agnetenberg estaría muy lejos de sospechar que quinientos años después y en un rincón de la América española, a varios miles de kilómetros de su patria, se trataría de remozar y poner su obra al día, en todo, menos en sus inmutables, inmortales ideas.
Sí, este traductor de Tomás de Kempis se propuso hacerlo hablar un castellano actual, claro, bello, enérgico, varonil. ¿Lo lograría? El público juzgará.
La mucha libertad de la traducción pudo juntarse con la fidelidad posible.
Kempis vistió su profunda filosofía, su poética y bella mística, de un tosco ropaje latino. Su lengua es torpe y balbuciente. ¡Lo que hubiera podido legarnos, si hubiera usado el bajo alemán que hablaba!
A pesar de todo llenó de ritmo y armonía su imperecedero librito. Desde el primer capítulo pone aquel aforismo: «Opto magis sentire compuntionen quam scire eius definitionem». Consonantes abundan en todo el librito. Así, en el capítulo veintitrés del libro primero pone esta frase lapidaria: «Si bonam conscientiam haberes, non multum mortem timeres.» Entresaqué estos dos ejemplos de muchísimos casos de consonancia. ¿Lo haría por el carácter sentencioso y poético de su obrita o por imprimir más tenazmente en la memoria tantas frases dignas de llevarlas siempre grabadas? Probablemente sería por ambas razones.
En la presente traducción se procuró seguir el ritmo y manera kempianos. Podrá haber quien extrañe leer muchas sentencias en forma de verso, el frecuente uso del hipérbaton, el estilo más o menos poético de varios lugares. La figura retórica a que me refiero es muy usada en proverbios y adagios, en poemas, y hasta en el lenguaje vulgar aparece frecuentemente.
Fénelon se queja de que el francés sea tan servil y monótono en su sintaxis. Con fina sonrisa irónica dice, me parece que en su famoso Discours sur les occupations de l’Académie, que necesariamente ha de ir primero el sujeto, luego el verbo, luego el complemento directo, luego el complemento indirecto, sin salir jamás de ese molde. El castellano es y siempre ha sido más libre que el francés, aunque sin llegar, ni de lejos, a la libérrima pero complicada sintaxis del latín clásico.
Por lo que se refiere al estilo y manera poética, tiene Kempis tantos lugares de subida poesía y lirismo, que un lenguaje prosaico común y corriente no cuadra bien allí.
En esta traducción se tuvo gran cuidado del ritmo y armonía. Se quiso hacer uso de estilo fluido, que con palabras sencillas, caseras, pero bien combinadas produjese una especie de música deleitosa al oído.
El traductor se da perfecta cuenta de que así como hay muchas personas, por otra parte bastante cultas y doctas, incapaces de saborear una sinfonía, un concierto, un cuarteto de Mozart o de Beethoven o Brahms, así también ha de haber muchas personas que no capten la musicalidad del lenguaje. Sin embargo, un buen número de personas de sensibilidad exquisita sí capta la armonía. Quien tenga un poco de alma y algo de ejercicio goza con la bella música y con el bello lenguaje algo que los demás nunca sienten.
¿Qué decir ahora acerca del fondo de este inmortal del siglo quince? En dos palabras, Kempis es la predicación continua, el continuo machacar en las cabezas de sus lectores, del desprendimiento del mundo visible, del interés por lo invisible y eterno; la insistencia sobre la denudación completa de los vicios del hombre y de sus pasiones, para revestirse de Cristo, para irse plasmando poco a poco a su imagen, adoptando sus ideas y sentimientos, viviendo como Él. En resumen, Kempis intenta ser la quintaesencia del Evangelio, del cristianismo verdadero.
Es evidente que este librito se compuso para religiosos. Sin embargo, lo más de él puede tener implicación en cualquier estado que sea. Es de tal carácter este libro que donde quiera que se le abra topa uno con frases que son verdaderos aldabonazos al corazón.
Las sentencias y la profundidad de este tomito exigen lectura atenta y pausada. Con frecuencia una sola frase de Tomás de Kempis, una sola de sus tonantes sentencias, hace a uno pararse a meditar; ya no hay necesidad de pasar adelante; allí se encuentra algo que asimilar.
Hay muchos que leen la Biblia, la Imitación de Cristo y los grandes místicos españoles del siglo de oro, sin desarraigar sus vicios, sin mejorar sus vidas. Kempis sabe el porqué, y nos lo dice.
Esta lectura redentora debería tenerse diariamente, y como la semilla echada sobre tierra buena, produciría el ciento por uno de virtudes y adelanto del espíritu.
Allá en el silencio nocturno de la alcoba, puede uno saborear este platillo celeste que nutre, vigoriza, alivia de las malas pasiones, modela el corazón y la inteligencia, eleva el carácter mucho más que el estoicismo, sin sus innaturales extremos.
Dice Kempis que la verdad, y no la perfección del estilo, es lo que debe buscarse en los libros santos. Sin embargo, él mismo procuró, en cuanto pudo, hacer atractiva su lectura, a pesar del imperfecto instrumento de que se sirvió.
Esta traducción pretende hacer amable la lectura de la Imitación, no solamente a cristianos bien dispuestos a escucharla, sino también a todos aquellos incrédulos o indiferentes de cualquier matiz que sean capaces de percibir y sentir la belleza, la sencillez, la sinceridad de Tomás de Kempis.
El traductor sentiría profunda satisfacción si su trabajo sirviera para atraer al redil de Cristo a tantas ovejas suyas descarriadas entre los barrancos y breñales de este siglo veinte, que quizás pare en horrible catástrofe.
Pero dice Tomás de Kempis que el que ama a Dios perfectamente no tiene miedo ni a la muerte, ni al juicio, ni al infierno, porque el amor perfecto asegura al hombre entrada libre a la casa del Padre celestial.
Agustín MAGAÑA MÉNDEZ
Libro primero
Capítulo 1
LA IMITACIÓN DE CRISTO Y DESPRECIO DE TODAS LAS VANIDADES DEL MUNDO
Quien me sigue no camina a oscuras» (Jn 8, 12), dice el Señor. Éstas son palabras de Cristo, y con ellas se nos exhorta a imitar su vida y sus virtudes, si queremos ser de veras iluminados y vernos libres de toda ceguedad del corazón.
Sea, pues, nuestro principal estudio meditar la vida de Jesucristo.
2. La doctrina de Cristo es más excelsa que todas las enseñanzas de los santos, y quien tuviera su espíritu, maná escondido encontraría en ella.
Pero sucede que muchos, a pesar de oír el Evangelio con frecuencia, pocos deseos tienen de seguirlo, porque les falta el espíritu de Cristo.
El que quiera, pues, entender bien las palabras de Cristo y saborearlas, necesita empeñarse en ajustar toda su manera de vivir a la de Él.
3. ¿De qué te sirve hacer sublimes disertaciones sobre la Trinidad, si por no ser humilde le desagradas?
Por cierto que el lenguaje sublime a nadie hace santo ni justo: es la vida virtuosa lo que hace al hombre amigo de Dios. Prefiero sentir la compunción a saber su definición.
Si supieras de memoria toda la Biblia, más los escritos de todos los filósofos, ¿de qué te serviría todo eso sin la gracia de Dios y la caridad?
«Vanidad de vanidades, y todo vanidad» (Ecl 1, 2), menos el amar a Dios, y servirle a Él solo.
Ésta es la cumbre de la sabiduría: marchar hacia el cielo pisoteando la tierra.
4. Es, pues, vanidad buscar deleznables riquezas, y poner en ellas la esperanza.
También es vanidad ambicionar honores y subirse a elevada posición.
Es vanidad seguir los apetitos de la carne, deseando placeres por los cuales se tiene que sufrir después severo castigo.
Es vanidad querer vivir mucho, cuidando poco de vivir bien.
Es vanidad atender sólo a la vida presente, sin prever la futura.
Es vanidad apegarse a lo que tan pronto pasa, y no afanarse por llegar a donde los goces son eternos.
Acuérdate a menudo de aquel proverbio: «Los ojos no se sacian de ver; ni los oídos, de oír» (cf. Ecl 1, 8).
Procura, pues, despegar el corazón del amor a lo visible, y apegarlo a lo invisible.
Porque los que siguen las inclinaciones sensuales manchan su conciencia y pierden la gracia de Dios.
Capítulo 2
DE LA HUMILDE OPINIÓN DE SÍ MISMO
Todos tenemos el deseo natural de saber; pero, sin el temor de Dios ¿de qué sirve el saber?
Es mejor, sin duda alguna, el humilde campesino que sirve a Dios que el orgulloso filósofo que, olvidado de sí, observa los movimientos de las estrellas.
Quien bien se conoce, en poco se estima, ni le gustan humanos elogios. Si yo supiera cuanto hay en el mundo, pero no tuviera la virtud de la caridad, ¿de qué me serviría ante Dios, quien por mis obras me va a juzgar?
2. No te dejes llevar del excesivo deseo de saber; que en ello se encuentran grandes distracciones e ilusiones.
Porque a los doctos les gusta figurar y tener fama de sabios.
Hay muchas cosas cuyo conocimiento de poco o nada sirve al alma.
Y muy tonto es quien se ocupa en lo que no le ayude a salvarse.
El alma no se llena con las muchas palabras; mas la vida virtuosa alivia el corazón, y la conciencia pura infunde gran confianza en Dios.
3. Cuanto más y mejor sepas, con tanta mayor severidad se te juzgará, si no vives con la santidad correspondiente.
No te ufanes, pues, de saber alguna ciencia o arte; antes teme por ese conocimiento que se te dio.
Si crees saber mucho y entenderlo bastante bien, no olvides, sin embargo, que es mucho más lo que ignoras.
«No te envanezcas» (Rom 11, 20), antes confiesa tu ignorancia. ¿Por qué quieres anteponerte a los demás, habiendo tantos más sabios que tú, y más conocedores de la ley de Dios?
Si quieres saber o aprender con provecho, procura vivir ignorado y tenido en nada.
4. Ésta es la más útil y profunda de las ciencias: el verdadero conocimiento y desprecio de sí mismo.
El tenerse a sí mismo en nada, y a los otros en opinión siempre buena y elevada, es cosa de gran perfección y sabiduría.
Si alguna vez vieres a otro cometiendo manifiestos pecados, o aun pecando gravemente, no por eso debes juzgarte mejor que él, porque no sabes cuánto vas a perseverar en la virtud. Porque todos somos frágiles: pero tú a nadie juzgues más frágil que tú.
Capítulo 3
DOCTRINA DE LA VERDAD
Dichoso aquel a quien la verdad enseña por sí misma, no por medio de figuras y voces mortales, sino descubriéndose como ella es!
Nuestras opiniones y modos de sentir son a menudo falsos, y poco es lo que vemos.
¿Qué fruto se saca del mucho cavilar sobre cosas oscuras y misteriosas cuya ignorancia ni siquiera se nos reprochará en el juicio? ¿No es grande insensatez que, descuidando lo necesario y lo útil, queramos ocuparnos en cosas puramente curiosas y aun dañosas? Tenemos ojos, y no vemos.
2. Y a nosotros, ¿qué nos importan los géneros y las especies? A quien habla el Verbo eterno, de muchas opiniones se desembaraza. De ese Verbo único proceden todas las cosas, y todas dicen una sola cosa, y esa cosa es el Principio el cual nos habla.
Sin Él, nadie entiende bien, ni juzga con acierto.
Aquel para quien todas las cosas sean una sola, que las reduzca todas a una sola, que las vea todas en una sola, tendrá firme el corazón, y en Dios descansará tranquilo.
¡Oh, Dios! ¡Oh, eterna Verdad! ¡Úneme a ti con eterno amor! Muchas veces siento tedio de leer y oír muchas cosas: en ti está todo lo que quiero, todo lo que deseo.
Que callen todos los maestros; que todas las criaturas en tu presencia enmudezcan: háblame tú solo.
3. Cuanto más unificado esté uno en sí y más simplificado en su interior, tanto más cosas y tanto más elevadas entenderá sin dificultad, porque recibirá de lo alto luz de la inteligencia.
Una alma pura, sencilla, constante, a pesar de sus muchas ocupaciones, no se disipa, porque todo lo hace por la gloria de Dios, y se esfuerza por no buscarse a sí misma en nada.
¿Quién te molesta y estorba más que los afectos inmortificados del corazón?
El hombre bueno y piadoso dispone primero en su interior los actos externos que después ha de hacer.
No se deja arrastrar de la violencia de sus malas inclinaciones; al contrario: hace que se dobleguen al imperio de la recta razón. ¿Quién pelea más reñida batalla que quien se esfuerza por vencerse a sí mismo?
Ésta debiera ser nuestra ocupación: vencernos; hacernos cada día más fuertes contra nosotros mismos, y adelantar todos los días un poco en la virtud.
4. Por perfectos que seamos en esta vida, no nos veremos libres de imperfecciones; y por claras que sean nuestras percepciones, no les faltarán oscuridades.
El humilde conocimiento de sí mismo es camino más seguro para llegar a Dios que las profundas investigaciones de la ciencia. No se debe reprobar la adquisición de conocimientos científicos, u otros más sencillos que en sí son buenos y por Dios fueron ordenados; pero debe anteponérseles siempre la conciencia pura y la vida virtuosa.
Mas como hay tantos que tienen más empeño en adquirir conocimientos que en vivir bien, por eso yerran tanto, y poco o ningún provecho sacan de lo que saben.
5. ¡Oh! Si tan buena maña se dieran para desarraigar vicios y plantar virtudes como para provocar controversias, ni habría tantos pecados y escándalos en el pueblo, ni tanta relajación en los monasterios.
Por cierto que el día del juicio no se nos preguntará qué leímos, sino qué hicimos; ni cuán bien hablamos, sino cuán religiosamente vivimos.
Dime, ¿dónde están ahora todos aquellos señores y maestros que tan bien conociste cuando aún vivían y en los estudios florecían?
Ya tienen otros sus cátedras, y ¿quién sabe si de ellos se acordarán?
En vida parecían ser personas de alguna importancia; pero ahora no hay quien los miente.
6. ¡Ay, qué pronto pasa la gloria del mundo! ¡Ojalá su vida hubiera sido conforme a su saber! Entonces sí hubieran estudiado y leído con provecho.
¡Cuántos hay que por la vanidad del saber se pierden en el siglo, por cuidar poco de servir a Dios!
Como más bien quieren ser grandes que humildes, de vanos pensamientos se les llena la cabeza (cf. Rom 1, 21). Pero realmente es grande quien tiene gran caridad.
Y es realmente grande quien por pequeño se tiene y en nada tiene los más altos honores.
Es prudente de veras quien, por ganar a Cristo, desecha, cual estiércol, todo lo de la tierra (cf. Flp 3, 8).
Y es de veras muy instruido quien cumple la voluntad de Dios renunciando a la propia.
Capítulo 4
PRUDENCIA EN LAS ACCIONES
No se debe creer cuanto se dice, ni seguir todo impulso, hay que examinar cada cosa con circunspección y amplitud de juicio, mirando siempre a Dios.
¡Ay dolor! Cuántas veces no se dice y se cree del prójimo más bien lo malo que lo bueno: ¡así somos de frágiles!
Mas los varones perfectos no creen fácilmente a todos, porque bien conocen la fragilidad del hombre, su inclinación al mal y su mucha ligereza en el hablar.
2. Gran cordura es no precipitarse en las acciones, ni obstinarse en el propio parecer.
También lo es no creer todo lo que la gente dice, ni ir luego a contar a otros lo que se oyó decir o se creyó.
Pide consejo a hombres prudentes y de conciencia recta, y prefiere que te guíen personas mejores que tú a seguir tus propias imaginaciones.
La vida virtuosa da al hombre sabiduría divina y pericia en muchas cosas.
Cuanto más humilde sea uno a sus propios ojos y más obediente a Dios, tanto más prudente y sereno para todo será.
Capítulo 5
LECTURA DE LOS LIBROS SANTOS
La verdad, no la elocuencia, es lo que se debe buscar en los libros santos. Todo libro santo se debe leer con el mismo espíritu que se escribió.
Allí debemos buscar, no la perfección del estilo, sino el fruto. Con el mismo gusto debemos leer los libros sencillos y devotos que los sublimes y profundos.
No te preocupe la autoridad del escritor, si sería o no sería hombre de muchas letras. Muévate a leerlo el puro amor a la verdad. No preguntes quién lo dice; fíjate en lo que dice.
2. Los hombres perecen; pero «La verdad de Dios dura para siempre» (Sal 116. 2).
De varios modos nos habla Dios, sin acepción de personas.
La curiosidad nos impide a menudo sacar provecho de la lectura de la Sagrada Escritura, porque queremos discutir y comprender pasajes que debiéramos leer sencillamente, y pasar adelante. Si quieres leerla provechosamente, léela con humildad, sencillez y fe, sin desear nunca ganar fama de sabio.
Consulta de buena gana y escucha callado las palabras de los santos.
Y no hagas poco caso de los dichos de los viejos, pues no se dicen sin razón.
Capítulo 6
AFECTOS DESORDENADOS
Siempre que el hombre desea cosas desordenadas, pierde al punto la paz del corazón.
El soberbio y el avaro nunca están tranquilos, mientras que el humilde y el pobre de espíritu viven en profunda paz. El hombre que aún no está bien muerto a sí mismo es a menudo tentado y vencido en cosas pequeñas y viles.
El hombre débil de espíritu, y todavía un poco carnal e inclinado a las cosas sensibles, con dificultad se abstiene totalmente de terrenales deseos. Por eso suele entristecerse cuando los reprime, y fácilmente se irrita cuando alguien le contraría.
2. Pero, si hace lo que deseaba, se siente al punto abrumado del peso de su mala conciencia: porque cedió al impulso de la pasión, lo cual de nada sirve para hallar la paz que buscaba.
Resistiendo, pues, a las pasiones es como se encuentra la paz verdadera del alma, y no haciéndose su esclavo.
Por tanto, no hay paz en el corazón del hombre carnal ni en el del que vive entregado a las cosas exteriores; pero sí la hay en el corazón del hombre fervoroso y espiritual.
Capítulo 7
SE DEBE HUIR DEL ORGULLO Y DE LA VANA CONFIANZA
Insensato aquel que pone su esperanza en los hombres o en las criaturas.
No te avergüences de servir a otros o de parecer pobre en este mundo, por amor a Jesucristo.
No te apoyes en ti mismo: antes pon en Dios tu esperanza.
Haz lo que puedas, y vendrá Dios en ayuda de tu buena voluntad. No confíes en tu saber, ni en la habilidad de mortal alguno; sino en la gracia de Dios, quien a los humildes ayuda y a los presuntuosos humilla.
2. No te ufanes de tus riquezas, si las tienes, ni de tus amigos, porque sean poderosos: gloríate en Dios, que es quien lo da todo y desea darse a sí mismo más aún que cuantos dones nos da.
No te envanezcas de tu alta estatura, ni de la belleza de tu cuerpo, que una ligera enfermedad la afea y destruye.
Tampoco te complazcas en tus talentos y habilidades, para que no desagrades a Dios, al cual pertenecen cuantos dones naturales tienes.
3. No te creas mejor que otros, no sea que por peor seas tenido a los ojos de Dios, el cual sabe lo que hay dentro del hombre.
No te enorgullezcas de tus buenas obras, porque los juicios de los hombres son diferentes de los de Dios, a quien a menudo desagrada lo que a los hombres agrada.
Si alguna buena cualidad tienes, piensa que los otros las tendrán mejores, para que así conserves la humildad.
Ningún daño te hará el ponerte debajo de todos; pero sí, y muchísimo, el anteponerte a uno solo.
Los humildes viven siempre tranquilos, mientras que los soberbios viven con el corazón agitado por la ira y por la envidia.
Capítulo 8
DEBE EVITARSE LA FAMILIARIDAD EXCESIVA
No les abras a todos tu corazón. Trata tus cosas con personas prudentes y temerosas de Dios.
No te juntes mucho con jóvenes, ni con extraños.
No adules a los ricos, ni te guste aparecer ante los grandes.
Acompáñate de los sencillos y humildes, de los piadosos y virtuosos, y con ellos platica de cosas edificantes.
No tengas amistad familiar con mujer alguna. Encomienda a Dios todas las mujeres buenas en general.
No desees otra intimidad que la de Dios y sus ángeles, y huye del trato con los hombres.
2. Se debe amar a todos con amor de caridad, pero no conviene la familiaridad.
Hay personas de brillante reputación que se las eclipsa al conocerlas.
A veces creemos agradar a los demás con nuestra amistad, cuando, por el contrario, ya empezamos a desagradarles porque han observado ya nuestras malas costumbres.
Capítulo 9
OBEDIENCIA Y SUJECIÓN
Es cosa muy grande vivir en obediencia bajo un superior y no mandarse solo. Es mucho más seguro ser súbdito que superior.
Muchos viven en obediencia más por necesidad que por caridad: sufren y fácilmente murmuran. Esos infelices jamás obtendrán la libertad del corazón, si no se someten por Dios y con toda el alma. Anda de acá para allá: no hallarás la paz sino en la humilde sumisión bajo el gobierno de tu superior. Son muchos los engañados por imaginarse más felices con el cambio de lugar.
2. Es verdad que a cada cual le gusta obrar según su propio sentir y se inclina más a los que son del mismo parecer.
Pero si está Dios entre nosotros, también nosotros debemos en ocasiones dejar nuestro modo de pensar, por amor de la concordia.
¿Quién es tan sabio que lo sepa todo? De manera que no confíes demasiado en tu opinión, y oye también con gusto el parecer ajeno. Si tu opinión es buena, y por amor de Dios la dejas y sigues otra, mayor provecho de ello sacarás.
3. Muchas veces he oído decir que pedir y recibir consejo es más seguro que darlo.
Puede suceder también que los diversos pareceres sean buenos todos. Pero el negarse a ceder a otros, cuando haya causa o razón para ello, es señal de soberbia y terquedad.
Capítulo 10
DEBEN EVITARSE LAS CONVERSACIONES INÚTILES
Evita cuanto puedas el tumulto de los hombres, pues mucho daña a la vida espiritual la conversación sobre las cosas del mundo, y esto aunque sea con sana intención.
Porque la vanidad nos mancha fácilmente y nos cautiva.
¡Ojalá que muchas veces no hubiera estado entre los hombres o hubiera guardado silencio!
Pero ¿por qué nos gusta tanto hablar y platicar los unos con los otros, aunque rara vez volvemos al silencio sin manchar la conciencia? Pues, porque deseamos consolarnos mutuamente con la conversación y aliviar nuestro espíritu de varios pensamientos fatigado. Y mucho nos gusta pensar y hablar de lo que mucho amamos o deseamos, o de lo que nos contraría.
2. Mas, ¡ay dolor, cuántas veces inútil y vanamente! Porque esa consolación exterior es con no poca pérdida de la interior y divina. Por eso debemos vigilar y orar para que no se nos pase inútilmente el tiempo.
Si tienes permiso para hablar y conviene hacerlo, que sea de cosas edificantes.
El mal hábito y el descuido de nuestro progreso espiritual contribuyen mucho a que no guardemos nuestra lengua.
Mas las conversaciones piadosas de cosas espirituales sirven no poco para el progreso espiritual, particularmente cuando personas de igual inclinación y espíritu se unen en Dios.
Capítulo 11
MODO DE ADQUIRIR LA PAZ Y CELO POR ADELANTAR
De mucha paz podríamos gozar, si no nos ocupásemos de dichos y hechos ajenos que a nosotros no nos importan.
¿Cómo podrá estar largo tiempo en paz quien se entromete en asuntos ajenos, quien sale en busca de ocasiones de perderla, quien poco o rara vez en su interior se recoge?
Dichosos los sencillos de corazón, porque en profunda paz vivirán.
2. ¿Por qué fueron algunos santos tan perfectos y contemplativos?
Porque se esforzaron por adquirir la perfecta mortificación de todos los deseos terrenales, y así pudieron unirse a Dios desde lo íntimo del corazón, y ocuparse libremente de sus almas.
Pero nosotros vivimos demasiado avasallados a nuestras pasiones, y demasiado preocupados por las cosas perecederas.
Rara vez triunfamos de uno solo de nuestros vicios, ni ardemos tampoco en deseos de adelantar cada día: por eso seguimos tan indolentes y tan tibios.
3. Si ya estuviéramos bien muertos a nosotros mismos y tuviésemos entera libertad de corazón, podríamos sentir gusto por las cosas de Dios y aun gozar un poco de la contemplación celestial.
El único impedimento, por cierto muy grande, consiste en que no hemos dominado todavía nuestras pasiones, ni nos empeñamos en seguir el perfecto camino de los santos.
Cuando alguna pequeña adversidad nos sucede, pronto nos desalentamos y volvemos hacia los consuelos humanos.
4. Si cual valientes soldados nos resolviésemos a seguir la batalla, indudablemente veríamos la ayuda de Dios bajar desde el cielo sobre nosotros.
Porque Él está listo para auxiliar a los combatientes que en Él esperan, y, si nos presenta ocasiones de combatir, es para que obtengamos victorias.
Pronto se nos acabará la devoción, si hacemos consistir el progreso espiritual únicamente en observaciones exteriores.
Cortemos el mal de raíz, para que una vez domadas las pasiones, poseamos en paz nuestras almas.
5. Si cada año desarraigásemos uno solo de nuestros vicios, pronto seríamos perfectos.
Pero ¿no es verdad que, al contrario, muchas veces sentimos que al principio de nuestra conversión éramos mejores y más puros que al cabo de muchos años de profesión?
Nuestro fervor y progreso debieran aumentar cada día. Y, sin embargo, ya parece mucho conservar algo del fervor primero. Si al principio nos hiciéramos un poquito de violencia, luego podríamos hacerlo todo con facilidad y alegría.
6. Duro es dejar las cosas a que uno está acostumbrado; pero aún es más duro ir contra la propia voluntad.
Pero, si no vences lo pequeño y fácil, ¿cuando vencerás lo más difícil?
Resiste desde el principio a la mala inclinación; quítate el mal hábito, para que no te lleve poco a poco a peores dificultades.
¡Oh! Si considerases de cuánta paz gozarías tú, y cuánto gusto les darías a los demás si te portaras bien, sin duda tendrías más cuidado del progreso espiritual.
Capítulo 12
UTILIDAD DE LAS ADVERSIDADES
Nos es útil sufrir de cuando en cuando penas y adversidades; porque le recuerdan al hombre que está desterrado y que no debe poner su esperanza en ninguna de las cosas de la tierra.
Es bueno sufrir a veces contradicciones y que se piense mal e injustamente de nosotros, aun siendo recta nuestra intención y buenas nuestras acciones. Eso suele servir para humillarnos y nos defiende contra el peligro de vanagloria.
Pues cuando al exterior no nos quieren creer los hombres y nos menosprecian, entonces es cuando en el interior del alma apelamos al testimonio de Dios con más ahínco.
2. Por eso debiera el hombre apoyarse en Dios tan firmemente, que no tuviera necesidad de buscar los consuelos de los hombres.
Cuando el hombre bueno está afligido, o sufre el embate de las tentaciones, o malos pensamientos lo perturban, comprende entonces que necesita más de Dios, y claramente ve que sin Él no puede hacer cosa buena.
Se llena entonces de tristeza, gime y ruega por librarse de los males que padece.
Le llega entonces el hastío de la vida, y suspira porque venga la muerte a desligarlo del cuerpo para irse a vivir con Cristo. Y se da entonces perfecta cuenta de que en este mundo no puede haber seguridad completa, ni paz duradera.
Capítulo 13
RESISTENCIA A LAS TENTACIONES
Mientras vivamos en este mundo, no podemos estar sin aflicciones y tentaciones. Por eso se escribió en el libro de Job:
«La vida del hombre sobre la tierra es una tentación» (Job 7, 1).
Por esa misma razón debiéramos todos estar alerta contra las tentaciones, vigilando y orando, para que el diablo, que nunca duerme y «anda siempre rondando, buscando a quien devorar» (1 Pe 5, 8), no halle ocasión de sorprendernos con sus ardides.
No hay ninguno tan perfecto y tan santo que no tenga a veces tentaciones; ni es posible verse enteramente libre de ellas.
2. Las tentaciones, bien que pesadas y molestas, suelen ser muy útiles al hombre, porque lo humillan, purifican e instruyen.
Todos los santos han pasado por muchas penas y tentaciones, y, sin embargo, han adelantado.
Mas los que no han tenido valor de resistir a las tentaciones han sucumbido en la lucha y se han hecho malos.
No hay orden religiosa tan santa ni lugar tan desierto donde no haya tentaciones y adversidades.
3. Mientras el hombre viva no podrá verse completamente libre de tentaciones, porque dentro de sí mismo tiene la fuente de ellas, la concupiscencia, con la cual nace.
No bien se ha retirado una tentación o tribulación cuando ya viene otra, y así habrá siempre algo que sufrir, porque se perdió el don de la felicidad original.
Muchos procuran huir de las tentaciones y tropiezan peor con ellas.
Con la pura fuga no se las puede vencer; mas con paciencia y verdadera humildad nos hacemos más fuertes que todos nuestros enemigos.
4. Si la raíz no se arranca, de poco servirá evitar las ocasiones exteriores; antes volverán más pronto las tentaciones, y más violentas se sentirán.
Mejor las vencerás poco a poco, y con la ayuda de Dios, si tienes paciencia y sabes esperar, que si te impacientas y obstinas en librarte pronto de ellas.
Pide consejo a menudo durante la tentación, y no seas duro con los que las padecen; consuélalos, así como tú quisieras que te consolaran a ti.
