La inevitable sombra - Juan Esteban Posada Morales - E-Book

La inevitable sombra E-Book

Juan Esteban Posada Morales

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¿Cómo narrar la angustia de escribir, de vivir y de ser? La inevitable sombra es la búsqueda desesperada por responder tales preguntas incursionando en la mente de un escritor. La vida de un profesor universitario, colombiano e hijo de un desaparecido es el marco de esta novela que discurre, con un lenguaje singular, por indagaciones detectivescas, por profundas introspecciones psicológicas y por acerbas críticas sociológicas. Entre espacios de un barrio al que se lo carcome la idea de progreso, entre certidumbres que la amistad le brinda, entre aguardientes que lo protegen contra la realidad y entre ritmos lentos de la música de The Clash el protagonista cree contar la versión de su vida mientras se enfrenta con sus viejos traumas al buscar el paradero de su padre y encontrar su propia identidad.

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Seitenzahl: 182

Veröffentlichungsjahr: 2024

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LA INEVITABLE SOMBRA

LA INEVITABLE SOMBRA

Juan Esteban Posada Morales

Posada Morales, Juan Esteban

La inevitable sombra / Juan Esteban Posada Morales – Envigado: Institución Universitaria de Envigado, 2023.

124 páginas – Colección Literaria

ISBN impreso: 978-628-7601-26-0

ISBN epub: 978-628-7601-27-7

ISBN pdf: 978-628-7601-28-4

Novela colombiana – 2. Literatura colombiana

(c863.5 SCDD-ed.22)

LA INEVITABLE SOMBRA

© Juan Esteban Posada Morales

© Institución Universitaria de Envigado, (IUE)

Colección Literaria

Edición: septiembre 2023

Publicación electrónica: octubre 2023

Publicación impresa: noviembre 2023

Institución Universitaria de Envigado

Rectora

Blanca Libia Echeverri Londoño

Director de Publicaciones

Jorge Hernando Restrepo Quirós

Coordinadora de Publicaciones

Lina Marcela Patiño Olarte

Asistente editorial

Nube Úsuga Cifuentes

Corrección de texto

Tómas Vásquez

Diseño de portada

Juan Sebastián Escobar Cano

Leonardo Sánchez Perea

Diagramación

Leonardo Sánchez Perea

Editado enInstitución Universitaria de Envigado

Fondo Editorial IUE

[email protected]

Institución Universitaria de Envigado

Carrera 27 B # 39 A Sur 57 - Envigado Colombia

www.iue.edu.co

Tel: (+4) 604 339 10 10 ext. 1524

Prohibida la reproducción total o parcial del libro, en cualquier medio o para cualquier propósito, sin la autorización escrita del autor(es) o del Fondo Editorial IUE.

El contenido de esta obra corresponde al derecho de expresión del autor y no compromete el pensamiento institucional de la Institución Universitaria de Envigado, ni desata su responsabilidad frente a terceros. El autor asume la responsabilidad por los derechos de autor y conexos.

Para Carlitos

Mi historia no es agradable, no es dulce y armoniosa [...]. Tiene un sabor a disparate y a confusión, a locura y a sueño, como la vida de todos los hombres que ya no quieren seguir engañándose a sí mismos.

Hermann Hesse

Primera parte Registro de lo simbólico o la dimensión del engaño

Capítulo 1

Eran las tres de la tarde. Crucé el camino guardado por palmeras reales de Cuba, que estaban sembradas cada dos metros y que generosamente entregaban el goce de una deliciosa sombra. Me rasqué la cabeza y me quedé un momento pensando… ¿En qué? No sé. Decidir. Contemplar. Largo el camino. Luego la plaza Ajedrez y luego la biblioteca, un edificio circular con patio abierto ajardinado. Había parado por dos o tres veces. Viejo camino, viejo el pasillo, simulé encender un cigarrillo con la esperanza de nunca encontrar a mi padre. Era normal que el camino estuviera inundado por estudiantes que, en aquella hora, flotaban en una atmósfera de placer y ocio. Preparaba ya la partida. Aquella tarde, bruscamente, un sol calienta aguas me quemaba la piel. ¿En Bogotá? Sí. Ese sol de tierra fría es el peor.

Para finales de 2018 trabajaba como profesor en varias universidades de Bogotá. Mis clases versaban sobre la violencia sindical en Colombia en la década del ochenta del siglo pasado. En mi caso tenía una restricción espacial y era que suscribía el fenómeno a Medellín. Privilegiaba, entonces, las discusiones sobre esta ciudad. Tamaña quimera. Era casi un modelador de la memoria apuntalado, por supuesto, en una potente realidad. Aunque tal tema, que a fuerza de recuerdos empecé a implementar, al final me permitió investigar la figura desaparecida de un padre sindicalista, de mi padre. Estas indagaciones, obviamente, fueron iluminadas por los complejos y los traumas que me mostraron una vida tan frágil como promesa al viento, y fueron más bien una pírrica muestra de la gran mentira y de lo poco que encontré en lo anecdótico y fútil. La desaparición de mi padre, que podía estar estrechamente ligada a maneras de la ideología, dado el contexto político en que se dio, me permitió relatar tal historia como punto de partida de una cadena de hechos que recorrió el camino de la recapitulación, poniendo en funcionamiento los engranajes de la racionalidad con la fuerza dinámica de la emoción. Observar esa excepcionalidad, las relaciones familiares que me constituyeron, las relaciones con mi memoria, lo que hizo posible la vida, no solamente como una cuestión ideológica, integraría mi experiencia en la parcela que está bajo el control imaginario de la construcción del recuerdo.

Había pasado el día solo, perdido en una maraña de preguntas e ideas sobre la temática de la investigación y la desaparición de mi padre. Vivía solo. Me había separado hacía varios meses, luego de que mi esposa se enamorara de un prototipo. Aún me dolía. Ha tenido tres o cuatro parejas luego de que nos separamos. Todos dictan conferencias sobre inteligencia financiera. Todos la han estafado, por eso termina sus relaciones. Ahora sale con un tipo que tiene como religión un multinivel que nadie sabe qué producto promociona. No importa, lo que sea, el tema es religar el mayor número de incautos posible. Obvio, aún me duele. Las carpetas las apilé al lado de la maleta. Aún tenía una foto de ella, un portarretrato que escondí entre las novelas colombianas en mi biblioteca. De vez en cuando levantaba la cabeza con el dolor del traicionado, la mirada perdida entre el número limitado de lomos de libros, escuchando sus jadeos en una faena de buen sexo. Ya no sabía si era un recuerdo fijo o una muy bien elaborada escena que recreaba, igual era útil y me gustaba. Qué raro, sigue haciendo un sol abrasador en Bogotá.

Desde hacía varias semanas llamaba todos los días a mi madre a su casa del barrio Echavarría; trataba que pareciesen intempestivas las llamadas, al atardecer o por la noche, para que se molestara. Ella vivía en una casa al frente de un parque infantil, al lado de un colegio, la Institución Educativa Andrew Carnegie. Normalmente, caminaba hacia el puente de la Santa Elena para luego salir a la avenida 49, donde pasaba el transporte público. El balcón lo mantenía abierto. Le gustaba que la acompañaran sus hijos, siempre trataría de aprovechar la oportunidad para estar juntos.

Alcé discretamente las cejas y dirigí la mano derecha para sacar del bolsillo de la camisa un papelito donde días atrás había escrito «Astillas del corazón, de Rafael Arango Villegas». Era un libro de papel excesivamente ácido y por ende, con los bordes quemados, estaba al limite de la desintegración. Una primera edición de 1948. El libro vivía inerte en mi estudio. Así llamaba a aquel espacio de la casa donde residía. Atravesé todo el camino. Me había apetecido de repente, ya fuera de la universidad, irme para Medellín, en favor de los consejos de mi buen amigo Alberto «el Bueno». ¿Por qué tenía ese sobrenombre? Jamás supe. Asumo que sí existía un Alberto «el Bueno», debía también existir un Alberto «el Malo», «el Siniestro», «el Ruin», etc. Vivía en la esquina de la 44 con la 26 en el barrio Colombia. Qué nombre el de aquel barrio. Y lo interesante es que reunía todas las vicisitudes del país. Bueno, le dejaba otro poco al barrio de enfrente, pasando el río, el barrio Antioquia. En su casa, la de Alberto «el Bueno», había una cantina, ofrecían toda clase de licores baratos. Durante algún tiempo me porté equilibradamente, limitándome a una cerveza con las comidas y a otra cerveza después de las comidas en la cantina de la familia de Alberto «el Bueno», hora en la cual salían las mujeres de las maquilas de ropa interior, luego de un largo día de trabajo. Me gustaba mirarlas e imaginar sus vidas. Pero el olorcillo de la cantina de aquella esquina, el disgusto anisado de la vida, el gusto ansiado de los aperitivos espirituosos, tan en consonancia con la hora, el día, el mes, el año, el trabajo, los recuerdos, los deseos, con la vida, me tentaron escandalosamente. Esperaba en vano a alguien que me empujara para ir. Tomaba la iniciativa. Antes de entrar, miraba con añoranza un Nissan rojo, modelo 74, que parecía estar estacionado enfrente desde siempre.

El Bueno me había recomendado investigar desde Medellín y así, medio en broma, medio en serio, me prometió cuidar mi hígado, sin la prohibición de tomar aguardiente. Cargado con semanas de dolor, indignación, ira, resentimiento y una abstinencia casi total de ejercicios hedónicos, empaqué. Me fui. Viajé. Llegué.

En el mostrador de zinc encontré los rostros familiares de al menos una docena de hombres y mujeres, en especial el de una mujer, del barrio Colombia. Eran seres con tan poco ánimo que parecían haber optado por salir temprano de la vida para malgastarla en algún antro, con la calma absoluta, con los asuntos corrientes sin resolver, con la tragedia que estalla y que lo arrastra todo a un ritmo lento, sin dejar a nadie sin un aguardientico.

Alberto me saludó con la mano, pero con la emoción de un abrazo. En un lenguaje atropellado hizo sitio en la barra. Señaló dos aguardientes y un vaso de agua medio lleno, medio vacío. Empujó mi brazo.

—Hágale —me dijo.

Su padre estaba allí en los comienzos del barrio Colombia, el Bueno siempre ha sido el hijo del dueño.

—¿Qué tal, Alberto? —dije sin mirarlo directamente. Miraba a la mujer.

—Bien —me respondió con su candidez respetuosa.

El olor era el mismo. Cada pequeño restaurante, cada zaguán, cada casa, cada esquina, cada persona, cada recuerdo, todo tenía un olor característico, el olor del alcohol era superficial, un conocedor del barrio habría discernido con claridad el marcado olorcillo de los fogones de leña y aceite de carro quemado. En cuanto a la mujer, la dominaba el dulce olor de la flor del jazmín.

Mientras esperaba la razón que solucionaría lo de mi hospedaje, leí maquinalmente el periódico que se hallaba, mil veces leído, sobre una de las mesas que instalaban en la acera: «Muerto líder social». «Esto no cambiará jamás», pensé. Me sirvieron hígado encebollado en la mesa sin mantel que también hacíade comedor.

—No quiero —le advertí al Bueno. Estaba allí no para comer, sino para charlar en paz con el más conocido, por mí, de los humanos. Igual ya había pasado la hora del almuerzo.

—¿Ya conseguiste dónde dormir? Te tengo el propio lugar. Y para eso que estás escribiendo, te serviría como un putas —dijo Alberto.

Con la copa en la mano le prestaba una atención inusitada.

Se levantó y se acomodó la pretina del pantalón.

—25-31. ¿Te acordás? —me preguntó con una sonrisa en la boca.

Era la casa de mis abuelos, donde yo había nacido, donde mi padre había nacido. Sobre la carrera 45, era la casa 25-31. Los números me decían todo. Mi rostro palideció. Me recordaba todo. La idea era de él, sin duda. Concordaba con su aire sagaz y solidario, su camiseta de un negro pálido, su abundante cabellera hasta los hombros que se desenredaba con los dedos.

El Bueno siguió con su explicación mientras yo miraba a la mujer. Ella sabía que yo estaba allí, salía y entraba de la cantina con un dejo de curiosidad e indiferencia.

«El barrio Colombia, su cuerpo, ese espacio enclave, su memoria como técnica de acción que condicionó y condiciona el devenir que conformaría, de una cierta manera, la forma de unos hechos y de unas conductas. Esa condición de vida, durante toda su historia, obligó a fundar una lógica común, la cual validaba un rol jugado, posiblemente significativo, como voluntad política y como principio para los ciudadanos; aquellos que debían conquistar realidades del presente, del futuro, de ese futuro fantasmagórico de libertades, ambiciones y técnicas revolucionarias para ganarse la vida».

Escribí. En algún momento me serviría. Mucho más en ese lenguaje alambicado y académico.

—Acabo de salir —le dijo la mujer a alguien con quien hablaba por teléfono. Le dijo que si se apuraba, tal vez la encontraría allí. Noté que tomaba jugo de guayaba en agua. Yo ya iba por el quinto aguardiente.

—Es ella. ¿Te acordás? Se ocupa de uno de los restaurantes de don Eze, el Barcolombia, de la esquina de enfrente. —Hice un moderado guiño al Bueno.

—Dígale a él que le tengo preparada la pieza de adelante —me dijo el Bueno que le habían dicho cuando preguntó por la posibilidad de alquilar algo para mí.

—Donde dormía y donde murió Ángel, mi abuelo —le contesté. No conservaba el acento de esta región— ¿Cuándo? —pregunté.

—¡Ya! —afirmó con certeza.

Me impresioné. Saqué un cigarrillo de uno de mis bolsillos del pantalón.

—¿Vamos? —dije.

—Listo —contestó.

Ya de camino, Alberto me explicaba las condiciones en las que estaba la casa.

—¿Ya lo conoce? Este tipo nació en esta casa. Llegó de Bogotá hace cuatro o cinco horas —le preguntó el Bueno y luego le aclaró a la señora que administraba aquel inquilinato.

—No han querido hacer nada con ella. La compró un señor. Ya ha comprado cuatro del barrio. La de Estercita, la de Marinita, la de sus tías y esta.

Me pregunté por qué Alberto quería meterme en aquella casa, ¿qué quería mezclarle a este asunto? Desde que entré se me alargó la sombra; es más, vi que tenía muchas sombras; descargué la maleta, me fijé si aún era la cama de mi abuelo, esa cama de tubos de hierro. Pero no, no era. Eso hubiera sido demasiado. Me ocupé de organizar aquel sitio que conocía muy bien desde otros tiempos, pero que ahora tenía perdido en lo más profundo de mi propia oscuridad. Hacía por lo menos veintidós años que no pisaba aquel sitio baldosado color carmesí. En cuanto a la gente del barrio, solo conocía a algunos ya antiguos; esa era una tierra donde los frutos se renuevan continuamente.

—¿Tu papá? —me preguntó el Bueno—. ¿Le habría gustado visitar esta casa por última vez?

No respondí, pero sí me pregunté: ¿este espacio no tendrá algo que ver con su desaparición? Empezaba a hacerme preguntas un poco más pragmáticas: ¿cuándo había desaparecido Ramón, mi padre?, por ejemplo.

Haría por lo menos treinta años, hacia finales de diciembre.

Ramón era medellinense, no antioqueño; existen grandes diferencias. Le temía a la policía desde muy pequeño. Alguna vez vio que Jelo, un detective que tenía asolada a la clase malandra del barrio Antioquia, se besó con una Uribe, mujer que no era su esposa. Contaba que corrió hasta desfallecer porque creía saber un secreto que Jelo no habría querido que se supiera. En la escapada dejó el juguete predilecto, una llanta de bicicleta y un tallo largo que servía para direccionarla. Hizo el quite por Las Vegas porque Jelo y su amante estaban donde Celia en la esquina de la 45 con la 26.

—A mi papá no lo desaparecieron —dije convencido.

—Usted sabe, señor, solo hay un baño. Me da pena. Pero fue usted el que quiso quedarse en esta casa. Usted llamó varias veces.

«No fui yo», pensé.

Capítulo 2

Conviene ensayar alguna metodología en este asunto. Por ejemplo, leamos:

«En la Bogotá de 1989 y la Medellín de 1990, una actitud irrevocable de la sociedad empresarial afrontó tamaño desorden, sin vacilar en proponer el remedio que juzgó más hábil en esta situación: la lucha armada. Esta disposición acarrearía un ascenso de las muertes con el respectivo resarcimiento de los perezosos, los borrachos, los guerrilleros, los comunistas, los feos, los negros, los indios, las gentes sin gusto, etc., etc., etc.; limpiando de a poco el futuro de la nación. A más de justa y lógica, la muerte sería verdaderamente útil. Si al cabo de los meses, tal implementación produjese el procomún que contemplaba, su aplicación a toda la república sería casi espontánea y Colombia, de tajo, lograría para su gente unanimidad inmarcesible. Ello no sería una llama de prodigios, todo se ensombrece de contradicción y reverso. En este caso, tendría el Estado que proveer, amén de la homogeneidad, la transición a un ritmo veloz en no menos de un año de temperado reajuste. Aun así, es prudentísimo prever asonadas e intimidaciones, chantajes azarosos; no obstante, vale bien la pena un acto heroico en pro de la estirpe. Reconociendo la muerte como indiscutible vía y principal elemento de vínculo cohesivo, un respetable grupo de gentes, inspirados y con unos claros intereses en el país empresarial somete a estudio los medios adecuados para la desaparición del sindicalismo y poniendo así en consideración la limpieza de este culposo descuido de la conducta obrera. Pero si cierto relajamiento facilitó su implementación, esta peripecia nos permitirá sacar del camino la realidad actual del crimen del sindicalismo. Es por todos sabido, y por muchos padecido, que el atraco, la prevaricación y el genocidio del capital nos ensombrecen la honra y la convivencia, además de dificultar la berraquera de nuestras gentes. Pedimos que arrecien al máximo de su potencia disuasiva los recursos de corrección de esta próspera maldad y ruinosa insensatez, el atraco elevado de la categoría de igualdad como prevaricación a la de traición a la patria y como agravio al desamparo de parte de la comunidad laboriosa que tan monstruosamente ofende, porque asesinar el capital, la inocente seguridad de la convivencia de la producción, la fe pública del Estado, y cruelmente la estirpe, es lo terrible, sin duda. Lanzamos el reto con coraje heroico». Esto parece escrito por López de Mesa

Después de la desaparición de Ramón, o de su partida como sería más exacto decir, guardamos desordenadamente los restos de papeles que, casi destruidos, resurgieron en ese momento que hacía su recapitulación con tal vitalidad vindicativa que, maravillado y perplejo, lo vi como un oportuno y gigante auxilio. Pero ¿de dónde sacar el coraje para superar la tristeza que ineluctablemente acarrean las ausencias, y de dónde la prodigiosa energía para escribir con empeño la tarea impostergable e ineludible de mi relación con él? Aquella respuesta que parecía inaccesible a esa hora —después del letargo en que se entra cuando el alcohol está desapareciendo lentamente de la sangre, quizás por una o dos lecturas del panfleto que, como amenaza le habían entregado (eso creo que fue lo ocurrido con aquel papel que había llegado a mi poder y a este, mi archivo titulado: Fondo muerte Ramón)— me dio luego una breve resolución en un tracto de dos minutos tan espléndidamente vigoroso que, emocionado, denominé milagro. Desde entonces, hasta cierto momento de la investigación, rebobiné mi historia personal con un plausible evento, con la dote personal de mi padre como posible enemigo real del conglomerado empresarial para el que trabajaba, aunado con el violentísimo estímulo del panfleto; me enorgullecía que fuera objeto de tal amenaza.

No creo que sea necesario reflexionar profundamente con sentencias de Adam Smith, curvas de Gauss, prevenciones de Keynes, discursos de Schultz, de Fisher o de Hayek para desenredar la vida sindical en Colombia; aquí es simple: o vives de forma holgada como sindicalista, en contubernio con las maneras de capital, o mueres en el imaginario estrepitoso de la moral socialista, por una bala o de hambre o como sea. Es cuestión de sentido común, el infalible impulso, el gran poder del capital económico es el que promociona al capital humano de unos cuantos favorecidos y, supuestamente, de aquellos que, según la leyenda, supieron cómo aplicar mejor su talento depositando su asombrosa potencia y su capacidad de decisión en jornadas insomnes hasta someter la pobreza, enfrentar la depresión y, a pulso, ser mejores que antes y aun mejores que los mismos vencedores tradicionales del capitalismo.

He querido recordar a mi desacordado padre hasta donde el caso sea rastreable y mis fuerzas me ayuden, ahora cuando el archivo me pone en condiciones propicias para distinguir lo esencial y permanente de su historia, creyendo —quizás con necedad— que su vida destruida o su desaparición revolucionaria o su astucia convenible o su odio infantil al mundo o sus actuaciones en contra de sus intereses fundamentales o sus trucos de malicia descubierta o sus mentiras de «por si acaso» o su apariencia de niño en trance de desorden no estaban acondicionados para el quehacer familiar. Insuperable derrochador en loterías, tabaco y licores, cuanto al común del ajetreo de la vida bohemia. Minucias tal vez, pero elocuentes. De ahí que todo lo que yo hice para dar con su paradero lo consideré elemento ineludible de toda planeación sensata para mi propia vida.

¿Qué archivo tengo? La adaptación más económica de los medios y las oportunidades existentes que tuvieron un fin determinado para Ramón. Le llamo archivo en el sentido más amplio de la palabra a toda aplicación de su actividad para combinar las fuerzas que dispuso para alcanzar un fin, su fin. Tengo tanto. Diferentes modos de su actividad, colectiva e individual, que se extienden sobre un tiempo muy corto y sobre un espacio reducido o sobre un espacio y un tiempo considerables. Y aunque existe una necesidad que me impulsa a conocer qué fue lo que pasó, la satisfacción de saberlo muerto, por la regla general de manejo de ese archivo, solo puede aplicarse para armonizar el impulso que viene de invocar a un padre para hacerlo concurrir a su desaparición definitiva. La familia, mi familia, mi madre y mi hermana no transarán con este planteamiento que robustece el vergonzoso momento histórico familiar y del país, y hasta cierto punto tenían razón. Mi parcialidad parental y política en este grave evento, al momento de escribir, debería romper la revolución social de mi padre, debería romper a mi padre. La escritura es para eso, vuelca y rompe cosas, personas, instituciones, estructuras, bienes comunes, inocentes, asesina al prójimo, afea el lenguaje popular, envileció mi juventud. ¿La escritura o mi padre? Gentil ejemplo de elegancia ética, apurador del trance sabio, alzando barricadas discursivas y oprobios para instituir en nosotros otra revolución. ¿La escritura o mi padre?

Porque mi sombra, nuestra sombra, tiene ese origen, un alcance y un alivio. Inquietante tal aseveración. ¿Y mi abuelo? El de la centuria anterior. Bueno, yo conceptúo que no se puede recapitular abarcando la plenitud de todas las situaciones implícitas en la circunstancia. Considero difícil discutir su preeminencia, su generosa virtud, en la constitución sombría de esta prole; vistas las cosas en conjunto, nadie le negaría su evidente papel principal en la generación de esta oscuridad.