La invisible luz - Robert H. Benson - E-Book

La invisible luz E-Book

Robert H. Benson

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Beschreibung

Un sacerdote anciano cuenta historias de visiones, fantasmas y espíritus, vistos con una mirada creyente. Lo sobrenatural que irrumpe en lo natural dándole un nuevo sentido. La obra reclama el reconocimiento de la verdad sobrenatural, facultad que el protagonista disfruta de forma extraordinaria pero que el autor reclama como común a todo ser humano con una vida espiritual coherente.

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Veröffentlichungsjahr: 2016

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La invisible luz

“The light invisible”, Ibister en Londres, 1903.

© de esta edición, Ediciones Trébedes. Rda. Buenavista 24, bloque 6, 3º D. 45005, Toledo.

Traducción: Miguel Ángel Martínez López

Foto de portada: Lauren Coleman (https://unsplash.com/laurencoleman)

www.edicionestrebedes.com

[email protected]

ISBN: 978-84-941339-7-8

D.L. TO 1367-2015

Edita: Ediciones Trébedes

Printed in Spain.

Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier método o procedimiento.

Robert Hughes Benson

La invisible luz

Ediciones Trébedes

Presentación

Es realmente sorprendente que ante la avalancha de zombis, vampiros, fantasmas, hadas, gnomos, jedis, aliens y otros argumentos sobrenaturales que invaden el panorama literario y cinematográfico actual, la respuesta de muchos cristianos venga fundamentada en el más absoluto materialismo, negando la presencia sobrenatural. Eso sería esperable de una mentalidad materialista atea, ya venga acompañada del pensamiento socialista o del liberal, la misma que tambien puede estar interesada en promocionar estos personajes de fantasía, para luego equipararlos al patrimonio espiritual cristiano, y finalmente negarlos todos como miembros de un mismo cuerpo imaginario. Pero el argumento materialista es totalmente impropio del mismo cristianismo, cuyo fundamento es la irrupción de lo sobrenatural en lo natural. La Encarnación no es otra cosa.

Un personaje de este libro lo describe magistralmente con sus propias palabras: “Como usted nos describió (…) la Religión de la Encarnación se apoya en el hecho de que el Infinito y el Eterno se manifiesta a sí mismo en términos de espacio y tiempo, y que en esto consiste la grandeza del Amor de Dios. Desde entonces, como usted nos dijo, la Creación, la Encarnación y el Sistema Sacramental por igual, en varios grados, son la manifestación de Dios bajo estas condiciones; y es seguro que no puede ser «Materialista» (sea lo que sea lo que eso significa exactamente) creer que el mundo «espiritual» y los personajes que lo habitan se expresen algunas veces de la misma manera que lo hace su Creador.”

Por lo que es fácil comprender que el “cristianismo materialista” es inaceptable, es una especie de aleación autodestructiva, donde el adjetivo diluye al sustantivo.

¿Qué van a encontrar en este libro? Historias de visiones, fantasmas y espíritus, vistos con una mirada creyente.

Lo sobrenatural nos interpela continuamente y hasta ahora solo se han ofrecido tres respuestas de alguna manera extendidas:

La fantasía, como un ecosistema imaginado donde el ansia de otras cosas se consuela con criaturas imaginarias: hadas, gnomos, trolls… donde nuestro ser infantil puede rehabilitarse y el adulto puede recuperar una bocanada de inocencia al margen de su mundo «real».

El terror, que entiende lo sobrenatural como una proyección de nuestros fantasmas del subconsciente, funcionando como una válvula de escape de lo peor de nosotros mismos, pero que nos atrae con un morbo irreprimible. Ahí están los zombies, los vampiros y los fantasmas.

La religión, que concede a lo sobrenatural un grado de realidad superior al que ofrece lo natural, pero que exige un reconocimiento de la trascendencia y de la presencia de alguien superior con una presencia personal. En esta categoría encontramos la comunión de los santos, las apariciones, los ángeles y los demonios.

En este libro encontrarán la tercera variedad, que no deja lugar al materialismo, como hacen las anteriores.

Viendo el arrollador protagonismo que las dos primeras opciones tienen en el mundo cultural actual, creímos oportuno reeditar estas historias.

Los editores.

Robert Hughes Benson (1871-1914) murió con menos de 43 años de edad, sin embargo su influencia en el catolicismo británico fue mucho mayor de la que pueda inferirse de su edad, más aun sabiendo que abrazó la fe católica en 1903, solo once años antes de morir. Su vida vino marcada por ser hijo del Arzobispo de Canterbury, la más alta dignidad eclesiástica anglicana. En 1895 fue ordenado sacerdote en la Iglesia de Inglaterra, por su padre. En los primeros años del siglo XX empezó a incomodarse con algunas posiciones sobre la legitimidad de la iglesia anglicana que le acercaron a la doctrina católica. Finalmente fue recibido en la Iglesia Católica en 1903, poco después de publicar La invisible luz, su primera novela, que protagoniza un sacerdote, no queda claro en el texto original si es católico o anglicano, que tiene el extraño don de percibir con una visión directa el mundo sobrenatural. Su actividad literaria fue impresionante, hoy injustamente arrinconada, quizá la obra más popular sea El amo del mundo, pero escribió también ficción histórica, contemporánea y otros libros futuristas.

La invisible luz

“Se mueve en el barullo: esquivando mentiras

va el silencioso mundo de la gracia;

el resplandor del misterio

es luz de mediodía en su cara;

nuestras lamentables conjeturas, con miedo emborronadas,

son por ella tocadas, manejadas, vistas y escuchadas.

Sacrificio voluntario, nuestra carga

ella por nuestra Caída ha soportado;

santa permanece; pero sobre sí cae amarga

el rayo irascible del pecado:

Ella del Salvador su copa de dolor bebe,

y, una con Jesús, la sed de nuevo vuelve.”

EL ALMA CONTEMPLATIVA

Prólogo

Mi amigo, cuyas conversaciones he recogido en este libro hasta el límite de lo que soy capaz, debería ser el primero en reseñar (como de hecho está siempre ansioso de hacer) el papel de un profesor acreditado, que no es otro sino aquel que le confirió el oficio sagrado.

Todo lo que él reclamaba (y esto seguramente estaba dentro de sus derechos) era ser al menos sincero en sus percepciones y expresiones de la verdad espiritual. Su poder, como él tuvo cuidado en explicarme, no era más que un particular desarrollo de una facultad común a todos los que poseen una vida espiritual coherente. En algunos la Verdad Divina encuentra entrada a través de las leyes de la naturaleza, en otros por medio de otras artes y ciencias, a mi amigo se le presentaba como una forma sensible directamente. Sus experiencias vividas, sin embargo, pareciendo incluso contravenir la Revelación Divina, él las habría rechazado con horror: la entera sumisión al Maestro Divino sobre la tierra, como él me dijo más de una vez, debe normalmente preceder al ejercicio de cualquier otra facultad espiritual. La inversión deliberada de esto no es más que Protestantismo en su forma más extrema, y debe finalmente resultar en la extinción de la fe.

Por lo demás, yo no puedo añadir nada a sus propias palabras. Es por supuesto más que posible que aquí y allí yo haya fallado al presentar su significado exacto; pero al menos me he tomado la molestia de someter el libro antes de su publicación al juicio de quienes poseen una formación teológica suficiente para asegurarme de que al menos no he malentendido las palabras e historias de mi amigo, presentándole como un trasgresor de las leyes de la teología ascética, moral, mística o dogmática.

A estos consejeros debo expresarles mi gratitud, también como a todos quienes amablemente me han dado el ánimo de su simpatía.

R. B.

La túnica verde

“Para ver un mundo en de arena un grano,

y un cielo entero en una simple rosa;

sostén el infinito en una sola mano,

y ten la eternidad en una hora.”

Blake

El viejo sacerdote permaneció en silencio un instante. El zumbido de una gran abeja rompió en la distancia y cesó al tiempo que una campanilla blanca caía a mi lado empujada por su propio peso.

–No he sido muy claro –dijo el sacerdote de nuevo–. Déjeme pensar un minuto –y se recostó hacia atrás.

Estábamos sentados en una pequeña grada de losetas rojas en su jardín, en un protegido rincón del muro. A un lado se alzaba la casa irregular, con sus ventanas cuadriculadas, y su tejado cubierto de liquen y rematado con una espadaña; al otro lado, se podía ver el agradable jardín donde grandes amapolas encarnadas colgaban como llamas inmóviles bajo el caluroso sol de junio, hacia el muro viviente de tejo, sobre el que se levantaban pesadas masas verdes de un olmo donde se lamentaba una paloma, y sobre todo eso un acogedor cielo azul. El sacerdote miraba fijamente al frente con grandes ojos infantiles que brillaron de forma misteriosa en su cara delgada bajo el cabello blanco. Vestía una sotana vieja, que parecía roída y con reflejos verdosos.

–No –dijo de pronto–, no es fe a lo que me refiero; es solo una forma intensa de don de percepción espiritual que Dios me ha concedido; don que por otro lado es común a todos nosotros a nuestra medida. Es la facultad por la cual verificamos lo que hemos recibido por obediencia y sostenemos por fe. La vida espiritual consiste en gran medida en ejercitar esta facultad. Bien, pues esta forma de esa facultad me ha sido concedida por Dios, de igual manera que a usted le ha concedido una capacidad especial de ver y disfrutar de la belleza donde otros quizá no vean nada; eso que se llama percepción artística. No es por causa de un mérito suyo o mío, igual que el color de nuestros ojos, o la facultad para las matemáticas, o estar dotado de un cuerpo atlético.

«Ahora en mi caso, en el que usted se ha interesado amablemente, la percepción es a veces tan intensa que el mundo espiritual aparece ante mí tan visible como lo que llamamos el mundo natural. En esos momentos, aunque generalmente soy consciente de la diferencia entre lo espiritual y lo natural, ambos aparecen ante mí simultáneamente, como en el mismo plano. Depende de mi elección cuál de los dos veré con mayor claridad.

«Déjeme explicarle mejor. Es cuestión de enfoque. Hace pocos minutos usted estaba mirando al cielo, pero usted no veía el cielo. Su propio pensamiento ocupaba ese lugar ante usted. Entonces yo le hablé, usted me dirigió una mirada y me atendió, y su pensamiento se desvaneció. ¿Puede entenderme ahora si le digo que esas rápidas visiones que Dios me concede, eran como esos pensamientos suyos mientras miraba al cielo, usted veía el cielo y sus pensamientos a la vez, en el mismo plano, como yo le he dicho? O piense en ello de otra manera. Usted conoce la hoja de vidrio que protege la parte alta de la chimenea de mi estudio. Bien, depende de cómo enfoque su mirada, y de su intención, que usted vea el cristal y el fuego que protege, o la habitación que el cristal refleja. ¿Puede imaginar ahora qué sería ver ambas cosas a la vez? Es como eso– E hizo in gesto con las manos hacia afuera.

–Bien –dije–. Lo entiendo con dificultad. Pero por favor cuénteme, si lo desea, su primera visión de este tipo.

–Creo –comenzó–, que siendo un chaval vino a mí una clara visión, pero es una suposición a partir del diario de mi madre. No tengo el diario ahora conmigo, pero hay un apunte en él describiendo cómo le conté haber visto una cara mirando desde un muro y cómo yo había corrido adentro desde el jardín; medio asustado, pero no aterrorizado. Pero no soy capaz de recordarlo, y mi madre parece haber pensado que debía haber sido un sueño despierto; y si no fuera por lo que me ha pasado después yo también habría pensado que fue un sueño. Pero ahora la otra explicación me parece más verosímil. Entonces la primera visión clara que yo recuerdo fue de la siguiente forma:

«Cuando yo tenía unos catorce años volvía a casa al final de julio por mis vacaciones de verano. La calesa me esperaba en la estación cuando llegué sobre las cuatro de la tarde; pero como había un atajo a través del bosque, puse mi equipaje en el coche y comencé a caminar la milla y media de distancia por mi propio pie. El sendero pronto se introdujo entre los pinares y yo me lancé sobre las resbaladizas agujas y bajo los grandes arcos de los troncos con ese éxtasis de felicidad de la vuelta a casa tan bien conocido por algunas naturalezas. A veces espero que los primeros pasos al otro lado de la muerte puedan ser como aquellos. El aire estaba lleno de sonidos delicados que parecían resaltar la profunda quietud de los bosques, y de suaves luces que se mezclaban con las sombras llenas de verdor. Sé todo esto ahora, aunque no lo sabía entonces. Hasta ese día la belleza, el color y el sonido del mundo me afectaban ciertamente, aunque no era consciente de todos ellos, no más que del aire que respiraba, porque no sabía entonces lo que significaban. Bien, yo seguía en esta brillante penumbra, fijándome solo en los árboles que podía trepar, las ardillas y mariposas que podía atrapar, y en los palos que podían ser convertidos en arcos o flechas.

«Debo decirle algo también de mi religión en esos tiempos. Era la religión de los chicos bien educados. Por delante, si puedo ponerlo así, estaba la moral. No podía hacer algunas cosas; estaba obligado a hacer otras. En la equidistancia estaba una percepción de Dios. Déjeme decirle que yo me daba cuenta de que estaba presente para Dios, pero no de que Él estaba presente para mí. Nuestro Salvador moraba en esa equidistancia, y me parecía normalmente amable, algunas veces severo. En el fondo reposaban ciertos misterios, sacramentales y de otro tipo. Esos eran principalmente problemas de gente adulta. E infinitamente lejos, como nubes apiladas en el horizonte del mar, estaba el invisible mundo del cielo desde el cual Dios me miraba, con puertas doradas y avenidas, ahora encumbradas en su exclusividad, ahora los domingos por la tarde brillando con una luz de esperanza, ahora en las húmedas mañanas inexpresablemente tristes. Pero eso no me interesaba en absoluto. Aquí, alrededor mío estaba disponible el mundo tangible que podía disfrutar, esa era la realidad: allí en una imagen mística reposaba la religión, reclamando, como yo sabía, mi homenaje, pero no mi corazón. Bien, entonces caminaba por estos bosques, una criatura humana insignificante, aún mayor, si yo lo hubiera sabido, que esos gigantes de cuerpos y brazos rojizos, y cabezas adornadas de hojas que se mecían por encima de mí.

«Ahora no sabría decirle como empezó la visión; pero me encontré, sin experimentar conscientemente ninguna impresión, de pie perfectamente quieto, mis labios secos, mis ojos escociéndome por la intensidad con la que miraba intensamente el claro, y un pie doliéndome por la presión con la que me estaba apoyando sobre él. Debió llegar a mí fascinándome tan rápidamente que mi cerebro no tuvo tiempo de reaccionar. No era obra, por lo tanto, de la imaginación, sino una clara y súbita visión. Esto es lo que recuerdo haber visto.

«Yo estaba de pie al borde de una enorme túnica, fabricada de un material verde. Un gran pliegue se extendía a la vista, pero yo era consciente de que se extendía hasta una distancia casi ilimitada de kilómetros. Esta enorme túnica verde resplandecía con bordados. Había bandas consecutivas de bordados de color leonado a cada lado que se fundían de nuevo con un verde más oscuro y con mayor relieve. Justo en el centro descansaba una pálida ágata cosida delicadamente a la prenda con elegantes y oscuras puntadas; cubriendo todo, el forro azul de esta túnica sedosa formaba una especie de arco. Era consciente de que esta túnica era enorme más allá de lo que podía concebir, y que estaba de pie en una especie de doblez, como si reposara extendida sobre un suelo oculto a la vista. Pero, más claramente que cualquier otro pensamiento, permanecía en mi mente la certeza de que esta túnica no había sido doblada y dejada, sino que una Persona la llevaba puesta. E incluso este pensamiento mostraba una onda correr a lo largo del alto relieve en la oscura hierba, como si el portador de la túnica acabara de moverse. Y sentí en mi cara la brisa de Su movimiento. Y creo que fue esto lo que me hizo volver en mí.

«Luego miré de nuevo, todo estaba como había estado la última vez que pasé por allí. Estaba el claro y el estanque y los pinos y el cielo sobre ellos, y la Presencia se había ido. Yo era un chico caminando hacia casa desde la estación, con deseos de disfrutar del pony y de la escopeta de aire, y los despertares de cada mañana en mi alfombrada habitación, todo eso ante mí.