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Año 2123.El mundo es un escenario postapocalíptico. Hace cincuenta años cayeron las bombas nucleares. Hoy solo quedan supervivientes en América del Sur. El mito de la isla Friendship vuelve a tomar fuerza gracias a unas señales provenientes del Pacífico, más allá del mundo habitable. Orión, Paula y Alfonso deciden viajar hacia lo desconocido, explorando una serie de ruinas y lugares abandonados, incluso enfrentándose a otros errantes. Bajo el residuo del mundo se esconde un secreto relacionado con el destino del ser humano y su ambición.
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Seitenzahl: 115
Veröffentlichungsjahr: 2023
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La isla Friendship 2023, Franco Oyarce ISBN: 978-956-406-213-6 Primera edición: Septiembre 2023 Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida ni en todo ni en parte, tampoco registrada o trasmitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mediante mecanismo fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo escrito por el autor.
Trayecto Editorial Editor: Aldo Berríos Ilustración portada: Luis Naranjo Diseño portada y diagramación: David Cabrera Corrales Dr. Sótero del Río 326 of 1003, Santiago de Chile www.trayecto.cl +56 2 2929 4925
Imprenta: Donnebaum Impreso en Chile/Printed in Chile
Dedicado a mis padres.
Agradecimientos especiales a Karina Valdebenito
Las tres puntas
El antiguo mundo
Ni vivos ni muertos
Los cohetes de Draakyu
Redención
La playa radiactiva
La isla Friendship
En el año dos mil setenta y tres, la guerra de las potencias terminó. Sin embargo, se llevó todo consigo gracias a las bombas nucleares. Estas destruyeron el hemisferio norte y solo sobrevivieron los territorios debajo de la línea del ecuador. Pero la guerra dejó secuelas: radiación, el invierno nuclear, enfermedades, crisis ambientales, hambruna y sed. Finalmente, ante la desesperación, los países restantes se vieron constantemente en guerras y crisis de todo tipo. Llegó al punto que la mejor esperanza de vida fue la gente que vivía desde el paralelo treinta y seis hacia el sur. Sobre esta línea, todo era desgracia y penuria. Entonces, la gente cada vez emigraba más al sur; las ciudades sureñas se convirtieron en ciudades-Estado y funcionaron a través de trueque. Hasta el día de hoy, el planeta más allá del paralelo sigue casi inhabitable.
Por las vacías y extensas llanuras, los pequeños insectos percibían a través de sus antenas una señal suficientemente potente para detener su andar. Una oruga gigante, plateada y veloz, se aproximaba al hogar de muchas plantas e insectos. El tren eléctrico, con sus paneles solares reflectantes, viajaba a una velocidad de treinta y cuatro kilómetros por hora. Este era el primer tren en funcionamiento desde la guerra; la humanidad había prescindido de él por cincuenta años y recién hace algunos meses decidieron repararlo y revivirlo. Las hojas de los árboles caían sin necesidad de esperar el viento. En sus feas paredes de metal y ventanas, se podía entrever su interior: iban aproximadamente cien pasajeros, todos escapando de otra posible guerra, en busca de oportunidades.
Alfonso, de cabello corto y castaño, con cejas prominentes y ojos vivaces, se encontraba sentado en el suelo del vagón, apoyando su espalda en una de las paredes. Admiraba una pequeña cámara que tenía entre sus manos, a la cual ya le había borrado la marca fabricadora antes de que fuera suya.
—¡A seis minutos de Nuevo Temuco! —gritó una mujer al inicio del vagón.
El mensaje se fue transmitiendo de boca en boca, hasta llegar a los oídos de Alfonso. Ante tal noticia, decidió guardar la cámara en un bolsillo de cuero que colgaba desde su cinturón. Por la ventana, sin moverse de su puesto, observó cómo se aproximaba a la vieja y demacrada ciudad. Las personas se ordenaban en filas para salir del vagón. A Alfonso le desagradó el olor que emanaba de los cuerpos y sentir el sudor al estar tan apretado contra ellos. La gente alegaba sin cesar, con la esperanza de que la columna se moviera más rápido. Alfonso sabía que eran esfuerzos inútiles, pues había demasiada gente en un vagón y, por lo tanto, la paciencia fue clave. Cuando por fin pudo bajarse del vagón, intercambió dos manzanas por un arrugado y desactualizado mapa de la ciudad.
Alfonso identificó con su dedo el lugar donde se reuniría con sus futuros compañeros. Se percató de la lejanía del destino, por lo cual tomó en cuenta la opción de contratar un jinete; sin embargo, el intercambio iba a ser muy exquisito. Su segunda opción sería esperar un bus eléctrico, ya que en cada ciudad-Estado había como mínimo dos buses. Aunque los Gobiernos sí tenían otros vehículos, como autos, camionetas, camiones, motocicletas y botes, estos no estaban al servicio público, porque se usaban para intercambiar bienes con las diversas ciudades, y una vez que volvían, iban directo a centros de intercambio, donde los ciudadanos eran libres de hacer trueque con el Gobierno. El problema de su segunda opción era que los buses recorrían toda la ciudad, y por ende eran muy irregulares en su tiempo de espera.
Solo le quedaba una última opción, irse caminando. Y así lo hizo.
Su caminata le permitió explorar la ciudad, recorrer esa dualidad entre el mundo nuevo y el mundo antiguo. Alfonso se veía emocionado. Algunos lugares estaban abandonados y llenos de grietas, todos construidos antes de la guerra. Los edificios más nuevos se distinguían por su pobreza, con hojalatas de metal, sin ventanas y sus techos construidos a base de láminas de plástico.
Alfonso constantemente posaba su mano sobre el bolsito de su cámara, la tentación se apoderaba de él. Sin embargo, se contenía, ya que hace unos meses hizo un pacto consigo mismo: nunca más tomaría una foto. A veces le gustaba imaginar que la cámara lo llamaba, diciendo “úsame, aquí estoy, aguardando tus feas manos, para que juntos detengamos esa infinita corriente que tumba a todos, incluso a los más poderosos. Debemos encarcelarla, paralizarla y hacerla nuestra”.
La gente usaba las calles como vereda, pues los únicos vehículos eran un par de buses, bicicletas y jinetes. Más que las personas, el protagonismo se lo llevaba un olor que impregnaba las fosas nasales de Alfonso, proveniente del alcantarillado, hogar de muchas ratas y pequeños reptiles. Este se encontraba en desuso hace cuarenta años, porque las centrales de agua se hallaban más al norte, ahora en el desconocido territorio del Antiguo Mundo, como usualmente se le llamaba. En lugar de eso, la única fuente de agua limpia era la que circulaba desde la hermosa y enorme cordillera de los Andes, repartida en diferentes pozos de las ciudades.
Alfonso recordaba que en su hogar era muy diferente, puesto que tenían un gran lago llamado La Esperanza.Antiguamente este lago pertenecía a Chile y Argentina a la vez, ya que se encontraba en la frontera y cada país lo llamaba de una forma diferente, ya olvidadas. Hasta el día de hoy, a Alfonso le entristecía recordar la explotación que sufrió ese lago; su abuelo le contó que incluso antes de la guerra el agua dulce ya era escasa por el calentamiento global. Y el agua bajaba, pero las empresas seguían destruyendo el bioma con sus tuberías y una represa hacia los Andes.
Llegadas la guerra y el invierno nuclear, se impuso una gran masa de polvo y residuos que cortaba el paso a los rayos solares. La temperatura del suelo bajó cuatro grados; el lago volvió a su inmensidad de antaño, algo que ni siquiera su abuelo había visto, y el bioma floreció a su alrededor.
Alfonso pensaba que esta historia era muy hermosa, aunque agridulce, ya que gracias a las bombas retornó el esplendor.
Ahora se encontraba frente a un viejo bar.
Su larga caminata había terminado.
Paula, de larga y hermosa cabellera negra, finas cejas y ojos verdes, se hallaba tumbada sobre el sofá, acompañada de muchas botellas de alcohol vacías. Ella miraba con desdén el techo de su hogar, pues le parecía monótono.
Al menos se trataba de una casa funcional. Construida hace muchos años con madera, que antes no estaba húmeda ni podrida, las paredes fueron decoradas gracias a algunos cuadros, réplicas de artistas muy antiguos, olvidados por la mano del tiempo.
Decidida a levantarse, arregló su blusa, se peinó los cabellos con las manos y bostezó. Pensó en maquillarse, pero ya no era necesario aparentar algo que no era. Nunca más. Y aliviada por este pensamiento, se abrigó con un chaleco que heredó de su madre y se colocó una mochila de viajero sobre su espalda. Al mirarse frente al espejo, recordó a su madre con el chaleco puesto: le quedaba tan hermoso y elegante. A ella solamente le quedaba. Cuando su madre se lo dio, postrada en la cama por su enfermedad, se alegró tanto que llegó a saltar de emoción. A los segundos, la excitación se sofocó a causa de la realidad y una pizca de nostalgia.
Fue a la cocina y tomó del mesón una caja de cerillas. Hizo un paneo sobre la morada con sus hermosos ojos verdes. Sintió dolor de estómago y sudaba frío. Sus manos temblaban.
Agarró una cerilla y la prendió contra la caja. En sus ojos se reflejaba la pequeña llama, la misma que podía acabar con toda una vida.
Paula pensaba que no volvería jamás. Tampoco quería que alguien viviera en ese lugar. Por lo demás, era muy posible que la dieran por muerta y eso era un gran alivio. Ambos lados quedarían contentos: ella se esfumaría y nunca más tendría que tratar con ellos.
Cansada de pensar, se aventuró a botar la cerilla en su alfombra. El fuego rápidamente dominó la tela y empezó a consumirla. La llama se tragaba todo a su paso.
Ella salió a la calle, su hogar se ubicaba en la villa dos, sobre el cerro Conunhueno, con vistas a toda la ciudad y el río Cautín.
Paula presenció el contraste entre fuego en la casa y el río a los pies de la colina: uno era potente y destructivo, mientras que el otro, suave y tranquilo, transmitía paz.
Los vecinos salieron de sus casas a mirar el desastre, Paula atinó rápidamente a colocarse la capucha. La gente gritaba de casa en casa, advirtiendo lo que pasaba. Fueron a por agua en los pozos, mientras una figura con capucha bajaba lentamente por el terreno.
En el último tramo de la colina, observó el estadio de la ciudad. Un montón de personas vivían allí en carpas. Paula recordó que su madre le había contado que la abuela murió allí, en la matanza de los radiactivos, dejándola huérfana a los doce años. Una matanza tristemente olvidada por la propia ciudad, pero muy recordada en las otras naciones, puesto que fue uno de los grandes acontecimientos después que cayeron las bombas. Una enorme cantidad de gente que provenía del norte emigraba hacia el sur, donde las condiciones de vida eran mejores.
Por este motivo, los caminantes traían la radiación y otras enfermedades consigo. La alcaldía de Temuco tomó la decisión de ofrecerles asilo en el estadio, para después ser reubicados en la ciudad. Lo cual nunca ocurrió. En el dos mil setenta y cinco, súbitos disparos y gritos estallaron en la mañana de un lunes, dejando todo en silencio.
La mamá de Paula le contó que, en el bus de camino al estadio, días antes, su abuela sospechó de alguna forma su destino y en una parada trató de escapar junto a ella, ocultándose en el baño del local de recarga eléctrica; pero los guardias del bus, por la demora, la fueron a buscar. La señora les decía que perdió a su hija. Los guardias afortunadamente no la encontraron. Por presión del Gobierno debieron abordar el bus y, así, la madre de Paula quedó sola en una estación de recarga, pero viva.
Meses después, la gente se puso en contra de la alcaldía y el país. Se independizaron de Chile, formando Nuevo Temuco. Muchas ciudades del mundo siguieron ese ejemplo. En un par de años, casi todas las ciudades debajo del paralelo treinta y seis se convirtieron en estados independientes. Y en el dos mil setenta y ocho, generaron una coalición para crear una frontera en dicho paralelo. Los países ni siquiera reclamaron los territorios: estaban tan destruidos monetaria y socialmente, que estallaron guerras civiles por todas partes. Algo similar ocurrió en África, ya en ruinas.
Finalmente, la población se centró en el sur, en el actual mundo habitable, aunque todavía quedan algunos pueblos y comunidades en el antiguo mundo, más allá de la frontera.
Mientras cruzaba el puente Kai-Kai, Paula se detuvo a contemplar el río. Las lágrimas fueron inevitables, chocaban con sus manos, que apretaban fuertemente la barandilla y miró con rabia y odio hacia el cielo. Desde ahí, aún se podía observar el humo de las llamaradas que consumieron su hogar.
“Ya no hay marcha atrás”, pensaba ella. En esos momentos, deseó quedarse junto a las llamas. Morir era mucho mejor que buscar algo que probablemente no existía.
En la periferia de Nuevo Temuco había varios edificios descoloridos, agrietados y lúgubres. A su alrededor, pastizales secos y una cruz católica sin puntas daban la bienvenida. A medio borrar, se alcanzaba a leer en la entrada: Universidad Católica de Temuco.
En el segundo edificio se encontraba Orión: alto, pero encorvado, de cabellos rubios hasta los hombros, una gran barba y ojos azules. Él guardaba un computador portátil en su mochila. En la cintura relucía un cinturón con variedad de bolsillos, en uno había una pequeña radio portátil conectada a unos auriculares que llevaba en el cuello. Encendió la radio para comprobar su funcionamiento y se quedó anonadado al escuchar un aviso en la radio local:
La gente se está resguardando en sus casas. Repito, no es seguro que vengan más hacia el sur. Los Ankri bloquearon marítimamente a Puerto Montt y su bloqueo repercute en todas las naciones al norte. También nos informaron que han tomado la ciudad de Chaitén. Se cree que estos ataques han sido premeditados, pues sabíamos que al otro lado de la cordillera los Supremos de la antigua Bahía Blanca habían bloqueado los puertos de Viedma y Las Grutas hacia el Atlántico. Tampoco hemos recibido información de Neuquén, relativamente cerca de los Supremos. Se cree que las dos dictaduras están actuando en conjunto…
Orión se ruborizó y sintió odio ante tal noticia, pero prefirió ignorar esos sentimientos, pues no le gustaba guiarse por el fuego. Enfrió su mente y se preocupó de lo que venía.
En las paredes, una silueta encorvada y grande, digna de película de terror, desapareció sin previo aviso. Orión entró a un garaje; a su alrededor, un conjunto de mesones con herramientas. Las paredes estaban llenas de planos, pizarras, calendarios y máquinas en desuso. Al medio de la sala, un objeto grande yacía cubierto por una larga sábana blanca. Orión caminó hacia un portón de metal; presuntamente, el objetivo de este era no permitir que el misterioso objeto lograra salir. Abrió un candado y soltó las cadenas. Apagó las luces y volvió.
