Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Edmunds Bērzs, un arquitecto de éxito, desaparece repentinamente sin dejar rastro durante el trayecto de regreso a su casa en Riga, después de haber ido a visitar la granja de sus padres. Nadie sabe si se ha fugado voluntariamente o si ha sido víctima de un crimen. Su mujer, Edīte, se encarga de que se inicien las investigaciones policiales, que enseguida parecen llegar a un punto muerto. No hay señales de Bērzs ni indicios de su paradero, tampoco pruebas de si está vivo o muerto. En el transcurso de la búsqueda, el inspector Valdis Strūga, responsable del caso, se sentirá cada vez más vinculado al desaparecido y se verá sumido en un proceso de introspección y análisis de su propia vida. Publicada originalmente en 1972, La jaula es un clásico de la literatura letona. Un extraordinario relato psicológico y de suspense escrito por uno de los novelistas letones más destacados. Muchos han interpretado La jaula como una alegoría de la opresión soviética pero, ante todo, esta novela nos invita a reflexionar sobre el sentido de la libertad individual. ¿Necesito leyes si estoy solo? ¿Necesito la moral si estoy solo? ¿Necesito la ética si estoy solo? ¿Y necesito mi propio yo si estoy solo? Quien es fuerte, destruye la jaula. Quien carece de fuerza, inventa una filosofía de la jaula porque esa resulta la única manera de sobrevivir en ella.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 272
Veröffentlichungsjahr: 2024
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
TÍTULO ORIGINAL: Būris
Publicado por
AUTOMÁTICA
Automática Editorial S.L.U.
Avenida del Mediterráneo, 24 - 28007 Madrid
www.automaticaeditorial.com
© Alberts Bels
© de la traducción, Rafael Martín Calvo, 2023
© de la presente edición, Automática Editorial S.L.U, 2023
© de la ilustración de cubierta, Beatriz Costo, 2023
Derechos exclusivos de traducción en lengua española: Automática Editorial S.L.U.
This book was published with the support of the Latvian Literature platform.
ISBN digital: 978-84-15509-90-5
Diseño editorial: Álvaro Pérez d’Ors
Composición: Automática Editorial
Corrección ortotipográfica y de estilo: Samara Ibarra / Automática Editorial
Edición digital: Álvaro López
Primera edición en Automática: noviembre de 2023
Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización de los propietarios del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluyendo la reprografía y los medios informáticos.
ALBERTS BELS
TRADUCCIÓN DEL LETÓN Y NOTAS DE RAFAEL MARTÍN CALVO
Cubierta
Legal
Portada
I
II
III
IV
V
Epílogo
Contracubierta
Un miércoles de septiembre por la mañana, estando aún echado en la cama y algo adormilado, Valdis Strūga sintió un dolor prolongado y continuo en la cadera derecha. Era una especie de punzada o pinchazo, como un buril romo hurgando, arañando sin cesar justo en la articulación. También una inflamación sorda iba tomando cuerpo en una falange del dedo gordo del pie derecho. El dolor lo despertó alrededor de las seis, aunque normalmente no se despertaba hasta las seis y media.
Su mujer y su hijo seguían en la cama, profundamente dormidos.
Strūga había sufrido en los últimos tiempos varios ataques de gota. Sin embargo, no había acudido al médico, ni tampoco se había quejado de ello a los amigos ni a los compañeros de trabajo. Ni siquiera a su mujer. Se procuró cuantos libros le fueron necesarios, leyó todo lo que pudo encontrar sobre las causas de la gota y concluyó que no había médico que pudiera ayudarlo. Eso sí, un buen régimen alimenticio y un poco de ejercicio regular serían de vital importancia para combatir su dolencia.
Si sufría de gota ya desde tan joven, las causas no había que buscarlas muy lejos: su tabaquismo empedernido desde los dieciocho años y las comidas ricas en purinas.
Sin pensárselo dos veces, Strūga había dejado de fumar. Solo las coloridas cajetillas de tabaco con estilizadas ilustraciones de aquella misma planta atestiguaban su abandonada pasión. Hacía algunos años, un capitán de barco había denunciado la desaparición de su única hija, la niña de sus ojos. Strūga había conseguido encontrarla en apenas un par de días y, desde entonces, para expresarle su eterna gratitud, el capitán le enviaba desde cada puerto una cajetilla de tabaco de alguna variedad exótica.
¡Y pensar en todo el dinero que se había gastado comprando pipas en tiendas de ocasión! Las quince pipas (de madera de manzano, de raíz de brezo y de ébano, de porcelana, de sepiolita) descansaban ahora sobre la mesa, tristemente suspendidas en sus soportes. Solo de vez en cuando, mientras leía o veía algo de deporte en la televisión, Strūga tomaba una pipa especialmente aromática, su María Negra, y con la cánula entre los dientes la removía en la boca, vacía, sin humo, sin sabor a nada. Y tenía que contentarse con eso.
Sus comidas preferidas eran la ternera asada, bien hecha, con guarnición de patatas, el kogel mogel,[1] el zumo de cereza, las manzanas y las fresas silvestres. Desde que había empezado a sufrir de gota, Strūga no había tomado ni un sorbo de brandy, aunque también le encantaba. Y a fin de evitar las purinas, comía cada vez menos carne de ternera. De esta forma, su batalla contra la gota repercutió favorablemente en el presupuesto familiar.
Strūga hablaba tres idiomas: letón, ruso e inglés. Leía libros de criminología y de historia, memorias y artículos sobre afecciones psicológicas y trastornos de personalidad. Apenas le quedaba tiempo para la ficción, aunque tenía una colección selecta en casa. Su autor favorito era Hemingway. De entre los pintores, sentía predilección por Brueghel. Admiraba la capacidad del maestro flamenco para plasmar cada minúsculo detalle, su gran precisión y economía de medios para expresar el carácter de sus personajes.
Llevaba seis años casado. Tenía un hijo de cuatro años, un pequeñín vestido siempre como un muñequito. Su mujer trabajaba en una casa de modas, así que, cuando no estaba de uniforme, a Strūga también le gustaba ponerse trajes de buen corte.
En sus ratos libres jugaba al tenis de mesa y levantaba pesas de catorce kilos. Era aficionado a bailar el shake, el twist y demás bailes modernos. En verano se bañaba en la playa y jugaba al voleibol en la arena, como cualquier otro mortal.
Le gustaba pasear a solas por el bosque, teniendo cuidado de no pisar a las hormigas ni romper una rama, de no hacer ningún ruido ni asustar a ningún animal. A fin de poder contemplar la vida en el bosque, había aprendido a acercarse a los pájaros y a otras criaturas salvajes en completo silencio. En estos paseos, siempre llevaba su cámara con teleobjetivo.
Strūga vivía en un pequeño apartamento de dos dormitorios en Riga, en el barrio de Mežaparks. En realidad, era un apartamento comunitario, pero con la hábil construcción de unos tabiques divisorios provisionales se habían creado dos viviendas independientes. Strūga siempre tomaba el tranvía número quince para ir al trabajo, aunque cuando estaba a cargo de algún caso especial, un coche oficial venía a recogerlo.
Altura del inspector Strūga, un metro ochenta. Peso, setenta y tres kilos. Color de pelo, rubio oscuro. Color de ojos, grises. Complexión, bien desarrollada, musculosa. En ocasiones, sus movimientos resultaban algo agitados. Tenía treinta y dos años, bien avanzados ya. Nacido en Riga, hijo de un oficinista, había estudiado en el Instituto N.º11 de la capital, había servido en el ejército, se había graduado en la Facultad de Derecho y ahora trabajaba como policía en la División de Investigación Criminal.
El universo de la profesión de Strūga estaba rigurosamente codificado y reglamentado. Su objetivo era hacer cumplir la ley. Y para alcanzar este objetivo se requería un gran número de personas. Los motivos de la existencia de su profesión se hallaban ocultos en los orígenes de la sociedad humana y resultaba imposible erradicarlos en poco tiempo.
¿Era posible que esos motivos fueran inmutables, tan inmutables como la mismísima naturaleza humana? ¿O quizá podían evitarse, tal y como habían profesado los primeros teóricos socialistas? Eran, sin duda, motivos de una naturaleza compleja. ¿Tenían sus raíces en la genética? ¿Tal vez en los sótanos de los bloques de pisos? ¿O quizá entre las paredes de las casas unifamiliares? Esto era lo que Strūga había decidido investigar, al menos en la medida que le fuera posible.
La profesión de Strūga confería a su vida un valor bastante evidente, expuesto como estaba siempre a no pocos riesgos y temibles vicisitudes.
A las seis y cinco, ya en la cocina, Strūga se bebió media botella de agua mineral Slāvjanovskaja. Vestido con un chándal, salió de casa.
Una fina película de rocío cubría la acera. A dos calles de distancia, oyó el retumbar de un tranvía. En el cielo, entre nubes plomizas, resplandecían amplias pinceladas de un azul brillante. El aire era húmedo y frío. Sentía la calidez del chándal contra el cuerpo. Sus pies iban cómodos en las zapatillas de deporte. El parque quedaba a unos doscientos metros. Strūga echó a correr.
En cuanto la maldita gota comenzó a fastidiarle la vida, Strūga resolvió salir a correr cada mañana. Zigzagueando, subiendo y bajando por las ondulaciones del parque como si se tratara de una pista de eslalon, fintaba con brusquedad cada tocón, piedra o árbol, con el cuerpo entero inclinado hacia adelante.
A las siete y cinco, Strūga salió del parque. Sacó dieciocho kopeks del bolsillo y los depositó en el mostrador del quiosco. El vendedor le pasó el periódico, ya doblado. Olía a imprenta y a noticias frescas. Solo intercambiaron el saludo de rigor, sin hablar más ni preguntarse nada. Así lo habían establecido hacía un par de años, cuando Strūga empezó a comprar el periódico cada mañana, tras descubrir que así podía leerlo unas horas antes que si esperaba a la llegada del correo. El cartero aún le traía La Cartelera de Riga y algunas otras revistas, a las que la mujer de Strūga llamaba sus «revistillas».
Cuando Strūga abrió la puerta de la cocina, sintió el agradable olor a café. Su mujer siempre preparaba un café bien espeso y aromoso, con granos recién molidos. Strūga se sirvió una taza de leche caliente de un cacito sobre la hornilla. La gota también le tenía vetado el café. Puso dos cucharadas de miel en la leche y se la bebió a pequeños sorbos, intercalando bocados de una rebanada de pan de centeno. Después tomó un poco de queso, untado con una gruesa capa de mantequilla. Y luego dos huevos pasados por agua.
Había discutido con su mujer el día anterior. Su matrimonio solía transcurrir de forma armoniosa y fluida, y el motivo de la disputa había sido más bien trivial. Strūga había decidido cogerse las vacaciones a finales de febrero. Ya lo había arreglado todo con su compañero Fyodorov, que no había puesto ninguna objeción. Por supuesto, desde septiembre hasta febrero podían cambiar muchas cosas: un caso excepcional podía alargarse, podían enviarle de repente fuera de la ciudad, o podía tener que sustituir a su compañero si este se ponía enfermo. Febrero era precisamente el mes en el que Fyodorov solía coger la gripe. Durante los últimos cinco inviernos, Strūga había recorrido con sus esquís las colinas de Letonia, pero este invierno quería ir al Cáucaso. Quería probarse a sí mismo en unas montañas de verdad y poner a prueba su habilidad y resistencia.
Su mujer estaba enfadada porque Strūga no había cogido las vacaciones con ella en agosto. Así que no había nada que hacer al respecto: era una disputa retroactiva. Las vacaciones de su mujer ya habían pasado, todo se había debatido y resuelto ya en agosto.
En realidad, agosto había sido un mes muy ajetreado. Bajo su frondoso abrigo, la naturaleza proporcionaba al crimen refugio y amparo. Durante el verano, toda una caterva de tipos infames salía de entre las grietas, como cucarachas, a disfrutar de la vida en el paraíso.
¿Amparaba la naturaleza a los malhechores? Sí, y en esos momentos la ley debía mantener los ojos y los oídos bien abiertos. No era el momento ideal para irse de vacaciones. En verano siempre estaban desbordados de trabajo. Aparte de las trágicas desapariciones, solían darse casos con trasfondo romántico. Por lo general, alguna joven se fugaba con otro joven a alguna parte, pero los padres de la joven ignoraban tanto la existencia del joven en cuestión como el paradero de los fugitivos.
El trabajo de Strūga indagaba en buena medida en las imperfecciones y debilidades de la naturaleza humana, y aspiraba a una comprensión más cabal de dichas debilidades e imperfecciones.
Mientras aspiraba el olor del café, tomando a sorbos su leche endulzada, Strūga recordó las injustas acusaciones vertidas por su mujer la noche anterior y, de repente, también él deseó desaparecer bajo el manto verde de la naturaleza junto a algún ser joven, compasivo y cariñoso que le comprendiera sin tener que explicarse, junto a una mujer ideal, inteligente, hermosa y apasionada, que le dejara leer el periódico en la mesa durante el desayuno. Strūga sonrió, dándole otro mordisco a su rebanada de pan de centeno. Sonrió ante su propia ocurrencia. Sabía que nunca emprendería una aventura semejante. Su personalidad no era la de un amante del riesgo, sino más bien la de un observador paciente. Había demostrado valor en el cumplimiento de su deber profesional, aunque, con un triste suspiro, recordó haber dejado pasar un par de excelentes oportunidades de vivir un romance novelesco con alguna mujer hermosa. Sin embargo, tenía cuatro razones para no haberlo hecho. Primero, amaba a su esposa y se había acostumbrado a aquel amor correspondido. Segundo, era honesto. Tercero, temía contagiarse de alguna horrible enfermedad. Y cuarto, en su fuero más interno, era idealista y monógamo.
Una vez terminado el desayuno, besó a su mujer en la mejilla y le agradeció el desayuno. El buzón estaba vacío. El cartero llegaría más tarde, hacia las ocho y media. Al salir a la calle, Strūga constató que no estaba de muy buen humor. Maletín en mano, se dirigió a la parada del tranvía.
Por la acera estrecha, en la que apenas cabían dos personas, vio acercarse a tres tipos corpulentos, bastante achispados ya de buena mañana, bien fornidos los tres, en la flor de la vida, enfrascados en una animada conversación. Tenían el rostro enrojecido y los ojos brillantes. Se sentían dueños del mundo y, sin duda, dueños también de la acera. Unas señoras que caminaban delante de Strūga tuvieron que hacerse a un lado, saliéndose a la zanja arenosa para dejarles pasar. Las expresiones groseras del trío resonaban a lo largo de la calle tranquila.
Strūga inspiró hondo y continuó avanzando, derecho hacia los tres tipos. Caminaba por el borde de la acera. Si hubieran querido, los hombres podrían haberle cedido el paso, pero no repararon en aquel hombre sin uniforme: sus miradas lo atravesaron como si fuera un espacio vacío. Avanzaban como apisonadoras, acostumbrados a que la gente lse apartara a su paso, sobre todo peatones solitarios como aquel tipo. Pero Strūga apoyó firmemente una pierna en la acera y con el hombro asestó un duro golpe en el pecho a uno de los hombres. El tipo, alcanzado de lleno, se tambaleó en la arena, obligado a hacerse a un lado.
Strūga siguió adelante, sin volverse a mirar al ruidoso trío de bravucones, sin fijarse en ellos siquiera. En realidad, no había pasado nada. Alguien había chocado por descuido con su hombro. Sintió que empezaba a encontrarse de mejor humor.
A sus espaldas, los hombres se detuvieron, dieron un par de gritos, pero no lo insultaron. Una lástima. Eso era precisamente lo que Strūga esperaba para darse la vuelta. A un miembro cabal del Departamento Policial de Desaparecidos no le correspondía en absoluto poner a raya a fanfarrones como aquellos, pero a Strūga le hervía la sangre cada vez que veía a matones engreídos acaparando la calle como tanques, arrollándolo todo a su paso, sin tener en cuenta a mujeres, ancianos o niños.
En una ocasión, estando su mujer embarazada, se había visto obligada a meterse en un charco para dejar pasar, tal vez, a esos mismos hombres. «Ya nos ocupamos de quienes infringen las leyes», pensó Strūga, «¿pero qué hacemos con tipos como estos? La ley no puede hacerles nada. La próxima vez, quizá este tipo tendrá cuidado de no ir avasallando a todo el que se cruce con él por una acera. Se acordará del golpe y le cederá el paso a un hombre fuerte. Pero ¿y a una mujer?».
Strūga se sentó en la parte trasera del tranvía, sacó de su maletín el periódico doblado y echó un vistazo rápido a los artículos de mayor interés. Tras hojear las noticias internacionales, se demoró un poco más en la sección de deportes.
En el pasillo del edificio de la administración de la policía, Strūga se encontró con un compañero que, sorprendentemente, saldó con él una deuda. Fue algo totalmente inesperado porque hacía ya más de un año que le había hecho el préstamo. Strūga había dado el dinero por perdido: el compañero tenía cuatro hijos, así que había resuelto ser comprensivo. Strūga dobló cuidadosamente los billetes recibidos en su cartera y entró en su despacho de muy buen humor. Había que reconocerlo, recibir dinero era mucho más agradable que darlo.
El reloj marcaba las nueve menos cinco.
Un aroma a humo de tabaco, apenas perceptible, flotaba en el aire. Era el tabaco del capitán de barco, que Strūga regalaba con regularidad a su compañero.
Sobre la mesa, había una nota: «He llevado las fotografías del individuo N. al estudio de televisión. Las retransmitirán esta noche. Fantomas».
La nota estaba en letón. Así que Fyodorov, su compañero y vecino de despacho, debía de haber llegado antes que él. Fyodorov, oriundo de la región bielorrusa de Vítebsk, tenía cuarenta años. Cuando se conocieron, sus conversaciones fueron durante un tiempo en ruso. Luego, Fyodorov le pidió a Strūga que le hablara en letón y, en dos años, aprendió a hablar y leer el idioma con fluidez. Saber dos idiomas era una costumbre de larga tradición en los países bálticos. A decir verdad, a Fyodorov no se le daba del todo bien la escritura y a veces cometía algún error en las frases más complejas. Strūga llamó a la recepción:
—¿Me espera alguien?
—Sí, una mujer.
—Que pase —respondió él.
Strūga abrió la ventana y, aventando con el periódico, echó afuera los últimos restos del fragante humo. Al oír unos pasos acercarse por el pasillo, tomó asiento tras su escritorio.
Ahí era donde pasaba sus días. Ahí, entre las carpetas de los archivos que guardaban tanto sus victorias como sus derrotas. En la silla que tenía frente a él se habían sentado tanto criminales empedernidos como las gentes honradas que habían sido sus víctimas.
La vida transcurría en aquel lugar de manera diferente, como en un laboratorio donde se analizaban a conciencia los componentes de un caudal de agua: las moléculas limpias y las contaminadas, las sustancias útiles y las inútiles. Afuera, al otro lado de aquellas paredes, dicho caudal fluía por las calles: uniforme a primera vista, libre y animado, absorto en su propósito, con una sola dirección y un solo objetivo. Y, sin embargo, en la corriente apacible surgían de repente remolinos y hondonadas donde la gente desaparecía. Y ahí comenzaba su trabajo.
Aunque en otros tiempos Strūga había descrito la profesión de investigador con hermosas palabras biensonantes, ahora sabía que era un trabajo duro, agotador y sucio, sin una pizca de romanticismo. Un trabajo y nada más. Un servicio a la sociedad, como cualquier otro trabajo. Y la investigación criminal entrañaba más suciedad que la mayoría de los trabajos porque uno estaba en contacto perpetuo con la escoria y los bajos fondos de la humanidad. No era de extrañar que hacia el final de sus vidas muchos investigadores se convirtieran en escépticos empedernidos, en cínicos o en moralistas recalcitrantes.
Strūga no era ni escéptico ni moralista. Y el cinismo le era del todo ajeno. A los veinte años ya se había forjado su filosofía, su credo: «Debes confiar, por encima de todo, en ti mismo. Pensar con tu propia cabeza, ver con tus propios ojos. No lamentar lo ocurrido, sino aprender de ello. Evitar los juicios emocionales y seguir el dictado de la razón. Poner todo tu ser en lo que estés haciendo. No soñar demasiado con el futuro ni quedarte anclado en el pasado. Vivir intensamente». Estas convicciones eran igualmente aplicables a los placeres. Y el placer del trabajo era, tal vez, el mayor de todos. La búsqueda de la verdad. El llegar a comprender. Si alguna vez creyó que investigar significaba simplemente resolver misterios, ahora sabía que se trataba de una concatenación de hechos minúsculos, monótonos a pesar de su diversidad, una suma, un sopesar y un cerciorarse de los hechos, y que solo el resultado final resonaba al cabo por encima de todo, como un poderoso acorde que traía consigo la satisfacción.
Como un cirujano, trabajaba por el bien de la sociedad. Como un cirujano, trabajaba con las personas. Conocedor de sus dolencias y sus alegrías, su tarea era la de ayudar a quienes sufrían. Cada vez que entraba en su despacho, sentía el abrazo de aquella atmósfera: familiar, tranquilizadora e incluso un poco aburrida. Pero este aburrimiento escondía relámpagos en su interior.
Era algo que debía tener siempre presente.
Llamaron a la puerta y entró una mujer. Tendría unos treinta años. Un bronceado saludable. Pelo rubio oscuro, con un corte a lo garzón. Unos ojos grandes que, a juzgar por la primera impresión, parecían no parpadear. Bien vestida.
Una vez en el interior del despacho, la mujer echó un rápido vistazo a su alrededor, como para asegurarse de que Strūga estaba solo. Llevaba un paraguas de hombre. Al girarse para colgarlo en un perchero, Strūga se fijó en los capilares azulados de sus pantorrillas, visibles a través del fino tejido de unas medias marrón claro. Tenía unas piernas robustas y Strūga pensó que tal vez había sido deportista en su juventud.
Invitó a la mujer a sentarse. La gente siempre venía a su despacho con una petición y él ya sabía cuál. Siempre había desaparecido un marido, un hermano, un hijo, un padre, una madre o algún otro familiar.
Strūga ya conocía las palabras con las que ella formularía su petición, palabras que revelarían ansiedad acerca del destino de alguien cercano. Eran muchos los visitantes que se habían sentado allí, frente a él. Aguardó unos instantes, pero la mujer permaneció en un silencio obstinado.
—Comience, por favor. La escucho —dijo Strūga, acercándose unos formularios que había sacado un momento antes.
Cuando la mujer empezó a hablar, Strūga dejó escapar un largo y profundo suspiro. El comienzo de la búsqueda siempre le aburría un poco, porque todo resultaba bastante rutinario. Rellenar formularios, llevar a cabo minuciosas pesquisas acerca de las circunstancias, examinar fotografías, si es que las habían traído en la primera visita. Inspección de las listas de detenidos, llamadas al servicio de urgencias del hospital, al depósito de cadáveres y, más tarde, a amigos, conocidos y parientes, etc. Formularios, más formularios y, después, si el caso resultaba ser algo serio y no una falsa alarma, solo después, de entre la multitud de hechos y circunstancias, algo comenzaba a delinearse, los contornos del rompecabezas adquirían cierta forma visible e inteligible. Entonces sí había que comenzar a completar el rompecabezas, pero de momento eso quedaba aún muy lejos. A Strūga lo desesperaba el fastidio, harto conocido, de la rutina oficial, el ritmo lento con el que se iniciaba cada caso y que, poco a poco, quizá se iría acelerando con el descubrimiento de fragmentos aparentemente triviales y, para los profanos, invisibles. Esos fragmentos podían consistir en algún detalle en forma de pincelada bruegheliana, un comentario accidental sin relevancia aparente, algún objeto olvidado, una carta, una dirección, una reunión, algo que podría pasarse por alto pero que, a la postre, tendría una importancia decisiva.
[1]El kogel mogel es un postre tradicional de la cocina centroeuropea y del Cáucaso, consistente en una mezcla cremosa de azúcar y huevos crudos batidos.
El arquitecto Edmunds Bērzs había salido en coche el viernes por la tarde en dirección a la casa rural de sus padres. Había prometido volver el domingo, bien entrada la noche. Pero no había regresado.
Edīte Bērzs consideró todas las razones que pudieran explicar el retraso de su marido. Sus suegros aún gozaban de buena salud y nada hacía suponer que estuviesen a punto de morir. Y en esa época del año aún no había tareas en la huerta que fueran verdaderamente urgentes. Solo a mediados de septiembre daría poco a poco comienzo la relajada temporada de la recogida de patatas.
Tras una noche inquieta, Edīte llamó por la mañana al estudio de arquitectos donde trabajaba su marido. Pero Edmunds tampoco había aparecido por allí. Nadie supo decirle nada al respecto. ¿Era posible que hubiera tenido un accidente en la carretera? La noche del domingo hubo mucha niebla. Pero, en ese caso, alguien ya le habría dado aviso. No, Edīte descartó por completo la idea de un accidente. Hacía apenas un año que tenían el coche y tanto el motor como los frenos se encontraban en excelente estado. Edmunds tenía buenos reflejos y sabía reaccionar ante cualquier imprevisto. Además, siempre era muy prudente al volante. Edīte volvió a repetirse a sí misma que podía descartar la posibilidad de un accidente.
Edmunds podría, al menos, haberle enviado un telegrama o haber ido hasta el ayuntamiento del pueblo para hacer una llamada a Riga y darle aviso a alguien, o hacer algo, lo que fuera, para que su mujer no se preocupara.
Durante sus ocho años de matrimonio, solo en dos ocasiones habían estado separados tanto tiempo. La primera vez fue Edmunds quien había viajado al extranjero y después le tocó el turno a Edīte. En ambas ocasiones, Edīte le había escrito con regularidad, pero Edmunds rara vez había contestado, y cuando lo había hecho, le enviaba una página llena de frases garabateadas con descuido que Edīte intentaba luego descifrar durante varios días.
Edīte regresó del trabajo a las seis de la tarde. También ella era arquitecta, pero trabajaba para otro estudio. Su marido aún no había vuelto a casa. Esta vez, Edīte tuvo la sensación de que podía haberle ocurrido algo grave. Llamó a Rītmanis, un compañero de su marido:
—Buenas noches —le dijo— soy Edīte. ¿Te ha dicho Edmunds que estamos planeando una pequeña fiesta para el próximo viernes?
—Oye, Edmunds tenía hoy una reunión con un cliente inglés, pero al bueno de tu marido no se le ha ocurrido avisarnos de que no iba a presentarse —rezongó Rītmanis al otro lado de la línea. A través del auricular llegaba un bufido continuo, como si el agua de una oscura cazoleta hirviera sin parar en su oído—. Tuvimos que arreglárnoslas lo mejor que pudimos, pero fue una situación bastante incómoda. Edmunds es la única persona de todo el estudio que más o menos se defiende con el inglés. Anda, ponme con él y le cuento toda la historia.
—Edmunds no ha llegado a casa todavía —respondió Edīte—. Bueno, ¿qué te parece lo del viernes? ¿Vendréis?
Lo de la fiesta solo había sido una excusa para hacer la llamada. Pero Edīte no quería que Rītmanis supiera que no tenía ni idea de adónde se había ido su marido. «Seguro que regresa esta noche», se dijo.
—Este viernes por la noche, ¿verdad? Un momento —dijo Rītmanis—, voy a preguntarle a mi mujer si no tenemos ningún otro compromiso.
El auricular quedó en silencio durante unos instantes. En las profundidades de la cazoleta negra, Edīte oyó a Rītmanis susurrándole a su mujer lo de la fiesta del viernes.
—Sí, de acuerdo —respondió finalmente, sin cerciorarse de si Edīte aún estaba a la escucha—. El viernes por la tarde sí que estamos libres.
—Bien, pues entonces a las siete —dijo Edīte—. Le diré a Edmunds que te llame en cuanto llegue a casa. Todavía está con sus padres en el campo. Bueno, ¡adiós!
Edīte colgó antes de que Rītmanis tuviera oportunidad de hacerle ninguna pregunta. Ahora sí estaba convencida de que algo grave tenía que haberle ocurrido a Edmunds. Le habían estado esperando en el estudio para que le mostrara los lugares de interés de la ciudad al arquitecto inglés que estaba de visita.
Además, la ahijada de Edmunds cumplía ese mismo día tres años y habían previsto ir a visitar a la niña para felicitarla y llevarle un regalo y flores. Con el corazón encogido, Edīte se preparó para ir sola.
La pequeña Katrīna correteó tambaleándose a su encuentro. Extendiendo su manita regordeta, le preguntó:
—¿Y el tito?
Aunque solo tenía tres años, hablaba con claridad, pronunciando bien cada letra, incluso las erres fuertes. A pesar de su corta edad, a Katrīna le apasionaba la tecnología. Edmunds podía pasarse horas enteras gateando junto a ella por el suelo mientras jugaban con el tren eléctrico, hacían carreras de coches, reparaban un tractor mecánico o se afanaban en la difícil exploración de la superficie lunar con un vehículo oruga: un monstruo anfibio de múltiples ruedas y faros como ojos resplandecientes.
Jonāts, el padre de Katrīna, había estado tan seguro de que iban a tener un hijo que durante el embarazo de su mujer compró un sinfín de juguetes para niño. Así que Katrīna tenía por el momento juguetes para una buena temporada, al menos hasta el nacimiento de su tan esperado hermano.
Edmunds y Katrīna eran grandes amigos. Cuando Edmunds le leía en voz alta, Katrīna le escuchaba atentamente, aunque algunos mayores pensaban que aquella atención era solo fingida. ¿Qué podía entender una niña tan pequeña de cuentos como aquellos?
—El tito vendrá más tarde —respondió Edīte.
Aunque comenzaba a sentir en el pecho una sensación de desgracia inminente, Edīte tenía aún la esperanza de que Edmunds fuera a llegar de un momento a otro: aparcaría junto al apartamento de Jonats, subiría las escaleras corriendo, de un tirón, y con un sonoro beso haría que todas sus preocupaciones se desvanecieran. Y la vida volvería a retomar su agradable cauce acostumbrado.
—Bueno, ¿dónde está Edis?[2] —le preguntó Jonāts a modo de saludo.
La madre de Katrīna se interesó por lo mismo. Los Peterson se levantaron de sus sillas y le hicieron la misma pregunta. También los Eglītis llegaron desde la habitación contigua para preguntar por Edmunds. Y Edīte les respondió a todos que su marido se había entretenido algo más de lo previsto en la casa de campo de sus padres.
Jonāts trabajaba como encargado en una fábrica de motores diesel y su mujer llevaba a cabo controles de calidad en la misma fábrica. Ambos estaban emparentados con los Bērzs: la esposa de Jonāts era prima de Edīte.
—Quizá el coche perdió una rueda por el camino —bromeó Eglītis.
—Llamaré al servicio de carreteras, aunque solo sea por quedarnos algo más tranquilos —dijo Jonāts, que no creía que Edmunds hubiera tenido un accidente.
Hizo la llamada. Al principio no obtuvo respuesta, pero finalmente le informaron de que en la carretera en cuestión no se había registrado ningún accidente el domingo por la noche. De hecho, no había habido accidentes ni ese domingo ni el lunes.
Edīte se unió al resto de invitados.
Katrīna hacía bailotear a un mono atado a un cordel. Este saltaba cómicamente, haciendo sonar a la vez un tambor decorado con listas blancas y azules. Los invitados se encontraban dispuestos en semicírculo, sentados en sillas tapizadas, cada uno con un cóctel en la mano. Charlaban. Sonreían. Intercambiaban los últimos cotilleos de la ciudad: quién se estaba divorciando y quién se iba a casar, quién había nacido o había muerto, quién había hecho el ridículo a causa de una borrachera.
Envuelta por la atmósfera relajada, la preocupación de Edīte comenzó a disiparse. Si a Edmunds le hubiera ocurrido algo, esta gente no podría estar tan alegre y despreocupada, también ellos tendrían algún mal presentimiento. Edīte se esforzó por mostrarse jovial para no estropearle la celebración a la pequeña Katrīna. Sin embargo, no podía evitar la sensación de que su vida acababa de dar un giro fundamental, que nunca más volvería a transcurrir con la misma sencillez y armonía que antes.
Edīte tomó un taxi para regresar a casa. Las dos habitaciones del apartamento le parecieron frías y vacantes, desprovistas de toda alegría o bienestar. Se quedó dormida, asediada por pensamientos temibles. Despertó temprano.
Una decisión había ido madurando en su mente durante la noche. En cuanto dieron las siete, llamó al jefe de su estudio.
Julius Novadnieks estaba aún durmiendo y fue su esposa quien respondió.
—Buenos días. Soy Edīte Bērzs. ¿Podría hablar con el camarada Novadnieks?
—Sí, espere un momento por favor.
—¿Quién es, tan temprano? —Edīte oyó refunfuñar a Novadnieks al otro lado de la línea— ¿Edīte Bērzs? ¿Y qué quiere a estas horas? No puede uno tener ni un momento de tranquilidad.
Julius Novadnieks fue al cuarto de baño para lavarse los dientes, porque le parecía que no era educado hablar con alguien por teléfono sin al menos haberse enjuagado la boca.
—Sí, dígame —dijo al cabo de un momento, terminando de tragar agua.
—Camarada Novadnieks —dijo Edīte—, me gustaría ausentarme del trabajo por un día.
—¡Ah, pensé que quería saber a qué hora me levanto! ¿Y eso es tan urgente como para llamarme al alba? ¿No podía haberse esperado hasta las nueve? Bueno, ¿cuándo quiere ese día libre?
—Hoy mismo.
—¿Hoy? ¿Y no podía haber pensado antes en ello? ¿A qué se debe este capricho, esta idea repentina? Sabe que estamos hasta el cuello de trabajo. ¿Le ha ocurrido algo?
—Se lo explicaré en otro momento. Pero hoy necesitaría tener el día libre.
—De acuerdo. Un día. Pero solo por esta vez. ¡Vaya capricho! Y no vuelva a llamarme antes de las horas de trabajo. De los asuntos del trabajo me ocupo solo durante las horas de oficina. Hasta pronto. Y salude a su marido de mi parte.
A las ocho y media, Edīte compró un billete en la estación central de Riga. Encontró su plaza en el tren, tomó asiento y, dos horas más tarde, se apeó en una pequeña estación rural.
Los campos cubiertos de rastrojos resplandecían dorados junto a la carretera polvorienta. Edīte caminaba a buen ritmo y, junto al brillo pálido del sol otoñal, una tristeza sutil y una dulce quietud fueron adentrándose en su corazón.
