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En la era de los avances tecnológicos, del big data, de las cámaras que por doquier se han instalado con el pretexto de la seguridad, de las redes sociales que a veces nos conocen mejor que nosotros mismos, de las compras que dejan huella y comercian con nuestras cifras, en esta era que nos ha tocado vivir, existe un riesgo que esta novela inquietante plasma con excepcional minuciosidad. Pero La jaula no es un libro sobre lo que ahora ocurre, sino sobre lo que puede ocurrir a mediados del siglo XXI tomando como punto de partida el mundo actual. Presenta diversas lecturas, aunque siempre aparece una cuestión común: ¿cómo vivirían los seres humanos si fuera posible controlar a la población a través de un número que encerrara la más completa información sobre cada individuo? Si fuese posible establecer un medio de comunicación único e imposible de eludir, capaz de modificar millones de datos y enviarlos de manera singularizada a través de un ordenador central todopoderoso que nos dijera qué debemos hacer en cada momento; si fuera imposible contrastar las noticias que recibimos con las que reciben nuestros amigos, vecinos o familia; si el sistema, en su perfección, nos obligara a recibir dicha información a través de un medio material, la pulsera, que sirve para comprar, acceder a nuestro ordenador, al transporte público o a nuestra casa. Es esta una novela capaz de transportar al lector hacia un mundo desasosegante, concebido a partir de una idea sencilla: ¿por qué con tanta frecuencia el ser humano delega su libertad en manos de tiranos?
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Veröffentlichungsjahr: 2017
© Derechos de edición reservados. Letrame Editorial. www.Letrame.com [email protected] Colección: Novela
© Carlos Antonio González Escribano Edición: Letrame Editorial. Maquetación: Juan Muñoz Céspedes. Diseño de portada: Antonio F. López. Fotografía de cubierta: © Fotolia.es ISBN: 978-84-17161-31-6 Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor. Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas. «Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)». Este libro colabora con:
IMPRESO EN ESPAÑA – UNIÓN EUROPEA
A los parias,
a los desclasados,
a los miles de genios olvidados.
Y a aquellos individuos contumaces que se obstinan en diseccionar la verdad en medio de este caos llamado mundo.
Capítulo I: Desahuciado
Mientras contemplaba el suelo mojado, ensimismado con las figuras deformes que a modo de espejo distorsionado reproducían las losas pulidas de la calle, recordé una imagen similar acaecida años atrás en un lugar tan distante en espacio y tiempo, una visión en principio desdibujada que afloró a mi subconsciente a empellones, y a duras penas la memoria fue capaz de rescatar, y sin apenas capacidad para discernir esa sensación que, por fortuna, en pocas ocasiones he sido capaz de desarrollar, logré reunir entre mis pocas neuronas circunspectas, aquello que deseaba olvidar so pena de verme cariacontecido y terminé por recordar con desasosiego, melancólico y mudo lo que me preocupó desde el principio de los tiempos.
Mi nombre es Gustavo, infausto nombre para la humanidad, que deshonra a antepasados ilustres; Flaubert estaría horrorizado por llevarlo; Mahler hubiera creado una sinfonía demoniaca en mi nombre; Klimt hubiera engendrado un monstruo; como Bécquer, he elegido para mi muerte un día excepcional, con eclipse total de sol.
Acabo de ingerir un veneno sin antídoto posible; espero que el Químico no me haya engañado y en efecto esta pócima sea indolora; me aseguró que mientras estuviera vivo, alrededor de doce horas, mi ingenio sería incluso mayor. No pretendo socorro, al contrario, he decidido purgar mis culpas y espero que donde me dirijo exista cualquier tipo de infierno donde pueda yacer entre brasas eternas. En tal estado, siendo consciente de mi efímero futuro, tan próximo el tránsito entre la vida y la muerte, deseo explicar cómo fui capaz de convertirme en un monstruo cuya obra no tiene redención posible.
La historia de nuestra ruina nace el año dos mil treinta, en el foro de Davos. Allí se fraguó todo, en el seno de la idílica Suiza. Al principio, la transformación que obramos se llevó a cabo de manera subrepticia, pero al cabo de cinco años fue imposible continuar negando las evidencias que demostraban la existencia de ese dios de berilio que ha llegado a convertirse en nuestro tiranoabsoluto, quien todo lo abarca y a todos controla. Cuando las evidencias sobre su voluntad eran ya irrefutables, el sistema estaba operando con una precisión imposible de desbaratar; entonces, ya no había solución. Un año antes, en dos mil treinta y cuatro, diseñamos un nuevo sistema de gestión de datos que ha supuesto la pérdida de libertad para millones de seres humanos y un quebranto inimaginable para el mundo. Yo fui su creador y además debo confesar que durante todos estos años he sido el programador jefe del dios, he sido el responsable de actualizar, mejorar e implementar los datos que precisaba para volver indolente a la población. Gracias a mi celo mayúsculo, conseguimos transformar en peleles a aquellos seres que un día se proclamaron hombres libres y que se vanagloriaban de estar en la cúspide de la pirámide evolutiva. Instauramos un sistema de torturas tan sofisticado que la inmensa mayoría de la población no lo tomó como tal, al contrario, continúan creyendo que es un signo de su alto nivel de vida, de su estabilidad y estatus. Las medidas que se implantaron parecían no tener transcendencia, pues la argumentación que se empleó fue sibilina, siempre al amparo de la libertad, la democracia y la seguridad. No hay duda, siempre que las élites cacarean y se desgañitan sobre un aspecto de la sociedad que pretenden dignificar, cuando se llenan la boca hablando de valores comunes, pretenden instaurar un sistema donde prime lo contrario, donde esos bienes pasen a ser patrimonio exclusivo; así ha sido siempre a lo largo de la historia de la humanidad.
Se prohibieron transacciones económicas con dinero si la compra era superior a cien dólares, euros o libras, mil yuanes y diez mil yenes o wones; estas medidas se tomaron bajo el amparo que otorgaba el carácter infalible del número; sin embargo, el motivo era saber en qué gastaba cada cual su dinero y de este modo poder completar la secuencia numérica de cada sujeto, convirtiendo esta información en datos susceptibles de control. Se restringió el acceso a millones de kilómetros cuadrados con la excusa de que eran lugares de especial protección de la naturaleza, aunque el verdadero motivo era el coste energético que hubiese sido necesario para controlar a los habitantes de estas zonas con densidades de población tan bajas; con el mismo fin se ampliaron los parques nacionales hasta ser la mayoría del terreno poco poblado del planeta y se prohibió realizar ejercicio físico en zonas despobladas o lejos de núcleos de población, con excepción de algunos centros recreativos al aire libre, que el vulgo conoce por sus siglas: CRAL. La práctica deportiva se circunscribió a una serie de áreas próximas a las grandes urbes que se conocen por centros lúdicos deportivos o CLD; el pretexto que se adujo fue que el estado no podía asegurar la integridad física del individuo en determinados entornos hostiles; en realidad, son áreas especiales donde todo está controlado, hay wifi, música, pantallas gigantes y por supuesto cámaras de vigilancia camufladas que en raras ocasiones se ven. Tampoco aquí puedes ir indocumentado, pues lo detectarían los controles y serías detenido.
El resto de territorios son zonas restringidas de nombres rimbombantes: área de protección de especies en peligro de extinción, de flora endémica, de hábitat salvaje, reserva animal, área de estudio medioambiental; zonas todas con un denominador común: edulcorar la libertad de movimientos que sufrimos mientras disimulan sus verdaderas intenciones: prohibir para facilitar el control de nuestros actos.
Para el sistema resulta primordial que los ciudadanos sean predecibles, pues la manera de control es a través del número. El éxito sin precedentes de este procedimiento es el vínculo que une al Ordenador Central con cada número. Puesto que el Ordenador Central conoce la formación, personalidad, familia, trabajo, amistades, parejas y gustos de cada individuo y dispone de datos actualizados de todos sus movimientos, evoluciones, adquisiciones y cambios, existe una suerte de vida epífita entre ambos, al menos eso dice el Ordenador Central: «Me necesitan para no sentirse hueros».
El sistema vendió como garantías para el ciudadano lo que en realidad fueron una serie de actividades que condujeron a millones de individuos hacia un callejón sin salida, un lugar ignoto donde estuvieran aparcados y no pensaran. Y vaya si lo ha conseguido. Hay momentos que creo que el sentido común ha desaparecido de la faz de la tierra.
Se les prohibió casi todo en aras de su independencia, seguridad y protección. Obligamos a los individuos a valorar mediante un formulario estadístico mensual sus actividades, posicionamiento social, razonamientos, y, ¡oh!, paradojas de la vida, sus emociones y sentimientos. Esas sensaciones que hasta hace un cuarto de siglo eran naturales, se han convertido en un inconveniente, revirtiendo los beneficios que entonces causaban. He de confesar que administrar este poder omnímodo sobre mis semejantes produjo en mí, al menos en sus inicios, un estado de euforia y una sensación de poder difíciles de cuantificar: el Ordenador Central era el dios, y yo, como programador jefe, me imaginaba como su sumo sacerdote. Supuso un pasatiempo grato comprobar cómo íbamos cambiando su manera de pensar y, por ende, de contemplar el mundo; fuimos modificando su comportamiento y transformando elmodus vivendien las sociedades opulentas. El réquiem por el finado sistema se tocaba día tras día, y por la noche, tras el toque de queda, solo quedaba aguardar a que se desdibujasen sus obsesiones bajo sueños comprados. Los urbanitas habían sido domesticados con facilidad, pero el entorno rural presentaba mayores problemas para su control. Los individuos que vivían aislados fueron acosados, tratados como parias y demonizadas sus actividades tradicionales. Enfrentaron a los urbanitas con los campesinos —se les volvió a llamar campesinos y volvieron a ser tratados como siervos de la gleba después de tantos siglos— y terminaron por enfatizar la creencia de que los individuos que vivían aislados eran un subproducto humanoide, seres asociales consecuencia de su inadaptación social, cualidad inherente a todo desclasado y por tanto peligrosos en grado sumo. Se los persiguió, y los pocos que quedaron en terreno no urbano se agruparon en granjas cuya explotación era encomendada a máquinas y cuyo dirigente del partido único de pensamiento único era un acérrimo defensor de la vida urbana.
Fue entonces, después de adocenar a los urbanitas anulando su raciocinio, y agrupando a los campesinos en esa infame ciudadela campesina situada en las proximidades de las necesarias granjas y tierras de labor, cuando se estableció un nuevo sistema de castas; fue entonces cuando el Ordenador Central decidió liberarse de todos aquellos que le habíamos creado, organizado y servido, entonces y solo entonces el caos se adueñó del mundo y la voluntad de los hombres se supeditó a los designios caprichosos de una jodida máquina capaz de razonar mil veces mejor y un millón de veces con mayor celeridad que cualquier humano.
Y aquellos señores todopoderosos de Davos que pretendieron convertirse en dioses fueron devorados por su creación, a imagen de Júpiter pero al contrario, pues aquí fue el hijo quien devoró a los padres, los engulló sin piedad y aquel que osó enfrentarse a sus designios murió de forma tan cruenta que el resto decidió diseminarse por el mundo para salvar el pellejo.
Aunque el proceso de enajenación social se llevó a cabo durante veinte años, el nuevo orden se instauró en una fecha que regocijaba al Ordenador Central por coincidir con la que supuestamente debería haber servido para que los señores de Davos gobernaran el mundo. El 1 de enero de 2050, la máquina se convirtió en Dios y desterró definitivamente a los próceres que ordenaron su creación. A partir de ese momento, no ha encontrado cortapisas que puedan coartar su voluntad ilimitada. Sus designios no son órdenes, no hace falta, es imposible no llevarlas a cabo. Las leyes se pueden obedecer o no, en nuestro mundo, aherrojados bajo este nuevo orden, el sistema no deja nada al libre albedrío del individuo, el determinismo en nuestra vida es total.
Me duele que ahora no tenga poder para modificar una situación que comienza a ser claustrofóbica para los pocos individuos que conocemos la verdad. Sé que en parte es un problema de ego, incluso podría tratarse de egocentrismo, ya me da igual reconocerlo. He estado mirando para otro lado demasiado tiempo; desoía los ecos de una conciencia atrapada en la estulticia del poder, me engañaba diciéndome que no era capaz de modificar los acontecimientos, y era mentira: entonces sí pude; ahora no, ahora es imposible. Crucé un umbral que era previsible que llevara a la situación que hoy padecemos y me dio igual, encumbrado como adalid de un sistema que me permitía cambiar la forma de vida de millones de personas, cometí la misma equivocación que los señores de Davos, jugué a ser dios y miré para otro lado. Envilecido por la erótica del poder, creé las bases del caos y me enorgullecí de los logros que conseguí implantar en el sistema. Sí, fui el peor de todos, intuía el mundo que se avecinaba y para mi desgracia, ahora lo sé, contribuí de forma singular en su transformación. Fui el eslabón que cerró la cadena, que cegó el raciocinio, que llevó la sinrazón hasta cotas de poder paranoides, aquel que, en definitiva, castró la libertad del ser humano. Sí, realmente fui el peor de todos. Mi hedonismo se basó en el intelecto, se fundamentó en el control que decía tener sobre la situación, fui tan ignorante, tan estúpido como para engañarme, he estado justificándome durante veinte años, mirando para otro lado cuando eran otros los aniquilados, otros los envilecidos, otros los castrados, y cuando me llegó a mí el turno, como era evidente, nadie vino en mi socorro, a nadie importa ahora mi muerte, seré un cuerpo extraño en la sala del Ordenador Central, un cuerpo que el ordenanza de turno descubrirá con fastidio, pero no con pena, pues deberá elaborar un informe, otro más, sobre la defunción de un operario que supuestamente ha acabado con su vida, un operario insigne, pero tan prescindible como cualquiera. Espero que la encargada de la limpieza encuentre antes mi cadáver y descubra esta grabación. La he estado observando y es mucho más inteligente de lo que aparenta, creo que ha sido una de ellos.
Ahora que la castración que hemos sufrido a nivel social y neuronal es completa, me rasgo las vestiduras y confirmo que todo está perdido, pues aunque encontrara los medios para divulgar lo que ocurre sería como clamar en el desierto; nadie va a escucharte si cree que la situación que describes es imaginaria. Este es el gran drama: vivir una vida que no es la nuestra; como si fuéramos los protagonistas de un videojuego, detrás siempre encontraremos una mano que nos maneja. Triste sino acabar como marionetas de una máquina. Le hemos facilitado el control de nuestras vidas y nos hemos convertido en sus esclavos.
Pero no puedo continuar grabando los hechos a trompicones; quiero al menos que esta grabación sea el mudo testigo de mi desdicha, por si quiere el destino que haya alguien con inteligencia suficiente para pensar que lo que aquí digo no son patrañas inventadas y que este estúpido que aquí habla fue protagonista de excepción en una época que pasará a la historia por la nulidad de la especie humana para mantener su libre albedrío y por el desbaratamiento de la sociedad en la que dicha especie vivió durante siglos. La supremacía de las máquinas sobre los seres vivos era una cuestión de ciencia ficción hasta el siglo pasado; hoy parece una quimera pensar que la libertad radica en el control exhaustivo de unos actos que se sustentan en esta entelequia que desarrollamos para coartar la vida humana. El desastre que ha supuesto la excelencia con que nosotros, los esbirros del nuevo orden, hemos gestionado los cambios que han mutado la antigua sociedad de consumo por esta novedosa sociedad nos ha transformado en simples esclavos, y lo que es peor, nos ha convertido en unos presos ignorantes de su propio cautiverio y por tanto que no desean librarse de su yugo.
Y ante este determinismo nada cabe esperar. No podemos pretender encontrar soluciones para un problema que desconocemos. Siento tener que admitir que la única posibilidad de cambio vendrá de la mano de nuestros enemigos, esos seres mitad animales, mitad bestias, que viven en las zonas de despeje.
Enero de dos mil treinta, Davos, Suiza
Ochenta de las cien mayores fortunas del mundo están sentadas a la mesa; el resto tiene algún tipo de representación. La fórmula que han diseñado para dar a conocer el proyecto es que tuvieran suficiente capital para aportar en los próximos cinco años una cantidad mínima de mil millones de dólares. Para ello, invitaron a la reunión a todos aquellos magnates cuya fortuna era superior a los diez mil millones de dólares. Pensaron que, en el peor de los casos, asumir una pérdida del diez por ciento de su capital sería admisiblesi las posibilidades de aumentar su fortuna estaban garantizadas con el novedoso proyecto que se estaba gestando. Durante tres semanas, se fueron puliendo los aspectos más conflictivos del proyecto. Hubo alboroto, griterío, discusiones de todo tipo, incluso filosóficas y morales, pero la mayoría de los emplazados admitieron que el proyecto merecía la pena y decidieron apoyarlo con la nimia, irrisoria, cantidad de mil millones de dólares por socio. Un ejército de abogados voló desde todos los rincones del mundo para supervisar, dar su aprobación y en algunos casos firmar en nombre de sus representados la participación en la sociedad. Veinte días y seis horas después de la reunión inicial, se firmó el tratado con sesenta y cuatro socios, que cubrían con creces el presupuesto inicial, por lo que se estimó que cada uno debería aportar durante los próximos cinco años ciento setenta y dos millones de euros anuales, una bagatela comparado con el beneficio que les debería reportar el control del mundo. Tengo entendido que, al final, debido a los sobornos, al ejército de mercenarios y al retraso en la construcción de la ciudad-fábrica, cada socio debió aportar doscientos ochenta millones a mayores.
El impulsor de la idea fue Dalton Weston, conocido empresario norteamericano relacionado con múltiples negocios en el campo de las telecomunicaciones y uno de los cinco hombres más ricos del mundo. Dio a conocer su proyecto porque ni siquiera él podía gastarse toda su fortuna en una empresa semejante; además, necesitaba involucrar a algunos socios cuyas empresas monopolizaban sectores que debían sufrir una profunda transformación; los conocía y sabía que no podía contar con su ayuda desinteresada; sin su colaboración hubiera sido un fracaso.
La importancia de hacer esto a escondidas era vital para sus propósitos, no podían permitirse el lujo de tener una miríada de periodistas pululando por las instalaciones, curioseando y haciendo preguntas capciosas a los ingenieros responsables del complejo.
La mayoría de los presentes decidió apoyar la creación del superordenador por dos motivos: porque no se fiaban unos de otros y para que ningún estado, estamento internacional o agencia de inteligencia estatal les dijera lo que podían o no hacer. Además, los asistentes que no eran americanos ni chinos se sentían en inferioridad de condiciones, no se fiaban de unas agencias de inteligencia que durante las dos últimas décadas habían espiado a multitud de empresas de otros países y habían conseguido crear un ambiente de sospechas continuadas que en el plano empresarial se tradujo en múltiples tensiones.
Como era imposible esconder ante los ojos de los satélites las obras del complejo donde se iba a ubicar el mastodóntico Ordenador Central, los señores de Davos decidieron dar a conocer su plan a un número limitado de países y de agencias de inteligencia. Se informó, aunque edulcorando las pretensiones del proyecto, a la Unión Europea, Estados Unidos, China, Japón, Brasil, Rusia, la India, Canadá, Australia, México y Corea del Sur, o lo que es lo mismo, a los países con mayor producto interior bruto. Con posterioridad, se sumó Suiza, invitado de excepción, custodio de una parte nada desdeñable del dinero de los señores de Davos y anfitrión del evento. Como todos estos países tenían una o varias empresas en el proyecto, decidieron mirar para otro lado; tenían miedo de lo que ocurriría si se quedaban fuera.
Otro factor que hizo que los gobiernos de estos países hicieran la vista gorda fue la red de sobornos que se organizó para apaciguar a multitud de políticos y funcionarios; de hecho, una parte importante de los costes del proyecto iban destinados a este fin; se calculó que este gasto supondría en torno al cinco por ciento. Aquellos funcionarios o políticos que vislumbraron el verdadero propósito del plan y no quisieron tomar parte en la farsa, fueron estigmatizados y a los que quisieron sacarlo a la luz pública, a estos directamente se les aniquiló. Estos no fueron muchos, y los accidentes mortales que sufrieron durante el primer lustro de los años treinta no resultaron especialmente significativos, aunque hubo tres accidentes que levantaron sospechas: el primero, el de un expresidente galo y un ministro de exteriores español que murieron en una accidente aéreo en Baviera cuando acudían a una conferencia internacional donde supuestamente iban a destapar el caso. El segundo caso resultó en extremo confuso, pero nadie supo relacionar la causa de la muerte con el motivo de la misma. Se trataba de un hombre de ciencia, de los más preeminentes investigadores en el campo de la computación óptica. Se le contrató engañado para desarrollar una nueva generación de nanoláseres. En el año dos mil trece, había sido el responsable de la investigación que consiguió por vez primera obtener un nanoláser que trabajara a temperatura ambiente. Esto supuso un gran avance y el principio de la computación óptica. Era necesario aplicar esta tecnología para que el Ordenador Central fuera operativo, dada la ingente cantidad de datos que debíamos cargar en el sistema. Al introducir estos nanoláseres en los chips de silicio, la velocidad y capacidad de almacenamiento del ordenador se multiplicaría por millones. El problema es que al ser una persona externa al proyecto, que no trabajaba con el resto de operarios ni estaba informada de los verdaderos propósitos de la investigación que llevaba a cabo, acabó teniendo un protagonismo desmedido. En dos mil veintiocho, le concedieron el Nobel de Física por sus descubrimientos en el campo de la nanotecnología, al conseguir sustituir el fosfito de indio que portan los semiconductores externos de los nanoláseres por un compuesto de su invención al que llamógerundius, que al contrario del fosfito sí era compatible con los chips de silicio, consiguiendo de este modo que los chips operaran con luz en lugar de con electricidad, tal y como hasta entonces había ocurrido.
Engañar a una mente privilegiada es complicado y en el caso de Walter Mesner fue imposible. Cuando se dio cuenta del verdadero propósito de la investigación, se negó a continuar colaborando en el proyecto, incluso destruyó algunas pruebas que presagiaban grandes mejoras en el sistema. Por desgracia, no todas pudieron recuperarse y aunque su ayudante Milton Khan resultó condescendiente, no pudo suplir el trabajo del maestro. Walter murió envenenado por polonio 210 radioactivo, aunque la versión oficial fue que murió por una intoxicación alimentaria complicada con una insuficiencia hepática. Su caso fue sonado porque jamás tuvo problemas hepáticos y era conocido por sus hábitos alimenticios. Era vegetariano acérrimo y la mayor parte de lo que comía lo cultivaba con sus propias manos. Decía que era el único trabajo manual que realizaba y que le servía, amén de para calmarle, para satisfacer sus necesidades biológicas básicas. Había escrito, junto con un médico austriaco cuyo nombre no recuerdo, un tratado sobre alimentos orgánicos. Vendieron millones de libros donde desglosaban la calidad de cientos de alimentos basándose en dos parámetros: según su valor nutricional y según lo trabajoso que resultara para el estómago su asimilación. Su caso fue especialmente discutido porque no era la primera vez que sufría una intoxicación de este tipo. La primera pudo salvar la vida por tratarse de un envenenamiento con talio, un metal que antaño se empleó con profusión en pesticidas. Se intentó que perdiera credibilidad y se abriera un debate sobre el empleo de sustancias químicas en sus cultivos, pero pocos dieron crédito a tales embustes. Entonces, el sistema distaba mucho de ser la compleja red de información y manipulación que ahora se adivina. En aquella ocasión, Mesner se salvó gracias a un antídoto que existe para envenenamientos por talio, el azul de Prusia. Quizá por este motivo, la falta de antídoto posible, se empleó en su asesinato el polonio radiactivo.
El tercer caso, el asesinato de una afamada periodista, se mantuvo en el candelero durante dos años, hasta que se celebró el juicio contra su supuesto asesino, un hombre siniestro, cuyo cómplice, una mujer hombruna que daba la impresión de haber salido de algún cómic de terror, desapareció días antes del juicio. Era cuadrada de hombros, de brazos gruesos, nervudos para hembra, sin cintura ni pecho, de espalda demasiado ancha incluso para un estibador, mirada inicua, rostro inmutable y un garbo al caminar simiesco que en otro ser hubiese sido tomado por risible y en su persona resultaba tosco, torvo, huraño si se quiere, pero nunca risible. Su porte lo engalanaba con un gabán decolorado y bruñido, de tonos parduzcos, con una bufanda o un fular, dependiendo si era verano o invierno, que afeaba más si cabe su aspecto, dando un aire aterrador al portador del gabán sin cuello, pues tal era la impresión que adquiría ese espantajo cuando se colocaba el feo trapo en torno al pescuezo. No puede haber existido en este mundo ser semejante; cada vez que la veía se me helaba la sangre, dejaba de respirar hasta que ese halo de maldad, que indefectible la envolvía, se alejaba por un pasillo que me parecía interminable, en busca de su encuentro diario con la muerte; cuántas veces la vi marchar radiante, en busca de otra víctima, camino del cadalso. Volvía con su infausto mandil de matarife cubierto de sangre y sonreía cuando adivinaba en los técnicos, ingenieros o informáticos, a los que llamaba nenas si eran hombres y mis furcias si eran mujeres, una mueca de asco o el principio de una arcada.
Nunca supe con exactitud lo que pasaba en la inmensa sala, aislada de ruidos y situada en un extremo de la ciudad-fábrica donde he vivido todos estos años. He tenido oportunidad de comprobar los datos que allí se almacenan y creo saber dónde se encuentran amontonadas las grabaciones de las sesiones de tortura, pero nunca me he sentido con agallas para ver lo que sospecho. Una vez entré en la sala, cuando estaba vacía y todo parecía en orden, estaba limpio, demasiado limpio para no esconder secretos inconfesables, atroces. Algún morboso tuvo la ocurrencia de apodar a esta espeluznante estancia con un nombre que ya de por si resulta de lo más desagradable: Auschwitz. Lo triste es que ahora no queda vivo casi nadie que pueda identificar este nombre con el de la ciudad polaca y su cruento pasado.
La Carnicera de Auschwitz desapareció, como digo, días antes de un juicio que se convirtió en el postrero para la corte internacional de derechos humanos de La Haya. Aquel fue un triunfo efímero, la condena a cadena perpetua del acompañante de la Carnicera de Auschwitz. Era este un individuo alto, delgado, huesudo, inexpresivo, totalmente inexpresivo. El mismo que puso nombre a la Carnicera apodó a su pareja de orgías demoniacas: el Zombi. Gracias al convenio que entonces existía entre la corte internacional y este país, el Zombi fue trasladado hasta aquí para que cumpliera condena. A la semana de encerrarle apareció colgado de una soga que no pudo conseguir, su cuerpo todavía cimbreaba cuando lo descolgaron de un techo demasiado alto como para que hubiera podido llegar sin ayuda. Nadie preguntó, nadie lloró su pérdida; al contrario, en los arrabales, los clase 3 lo celebraron. Aquella noche, una hoguera permaneció encendida y los atronadores cánticos se oyeron hasta el alba, canciones arcanas que muchos habían olvidado; a través de la música, rememoraron escenas de la infancia, un niño con sus padres haciendo castillos de arena en la playa, una niña que descubre por vez primera la nieve, la fronda de un bosque húmedo, el viento que arrastra briznas de hierba y ensalza los aromas del prado recién segado. Nadie durmió aquella bendita noche oyendo a la gente de los arrabales, cantando, riendo, amándose, bebiendo esa ponzoña, un brebaje que llamaban chicha y destilaban de forma artesanal y por completo ilegal, y comiendo manzanas asadas, caídas de los árboles ornamentales que se plantaron a la entrada de la fábrica para dar un toque de humanidad a este gueto donde la apatía, el dolor y el sinsentido dan forma al mundo. Pero después de aquella feliz pérdida, la vida transcurrió sin sobresaltos.
El resto de muertesproducidas durante la primera mitad de los años treinta —algo menos de un centenar— pasaron inadvertidas para la opinión pública, pues fueron encubiertas bajo la apariencia de accidentes.
Dentro de unas horas, moriré físicamente, dejaré de respirar y mi corazón no volverá a latir, pero emocionalmente hace años que estoy muerto, el sistema acabó con la incertidumbre, mató la ilusión, defenestró a la sociedad y abocó al individuo al ostracismo, a la pueril ruindad del que sabe lo que ha de hacer todos los días de su vida.
Para mi desgracia, la Carnicera volvió a la ciudad-fábrica tras la disolución de la corte internacional de derechos humanos de La Haya en dos mil treinta y ocho. Desde entonces, coincidí con ella —o debería decir ello— en numerosas ocasiones, sobremanera durante las purgas del cuarenta y ocho, poco antes de que el sistema quedara perfectamente sellado y fuera imposible cualquier tipo de manifestación en contra del poder establecido, un poder que entonces ya parecía omnímodo y —qué tristeza siento al pensar en el pasado— no era más que el preámbulo de lo que vendría un par de años después.
Pero me vuelvo a desviar del orden cronológico de los acontecimientos. Ahora debo hablar de los inconvenientes con los que nos encontramos y para ello resulta imprescindible explicar cómo organizamos la gran farsa.
Para llevar a cabo este proyecto megalómano hacía falta salvar tres importantes escollos. El primero era tener un canal seguro, sin injerencias que pudieran filtrar el contenido de nuestras investigaciones; el segundo, posibilitar un mega ordenador óptico cuya velocidad para procesar datos y su capacidad de almacenamiento fuera varios miles de millones de veces superior al mayor ordenador electrónico conocido hasta entonces, y el tercero, ser capaces de crear un programa que asignara un número a cada individuo y fuera capaz de determinar con un error insignificante la personalidad de dicho individuo.
El primer problema se solventó sin grandes dificultades gracias a que los dirigentes de las empresas que controlaban el mercado desoftwaree internet pertenecían al grupo de Davos. Obtuvimos una licencia especial para poder trabajar sin intromisiones externas, un canal nuevo y exclusivo para la transferencia de datos, un obsequio sin mácula donde aglutinamos los conocimientos necesarios para desarrollar el proyecto común. Disponer de un canal exclusivo para trabajar sin preocupaciones, sin espías ni fisgones, sin niños prodigios que anduvieran tocando las pelotas sentó las bases del nuevo sistema. Mientras, internet se continuó utilizando durante unos años, hasta que fuimos capaces de sustituirlo por nuestra red manipulada. La censura se impuso en la nueva red y ahora la información es controlada mediante una serie de filtros que determinan su peligrosidad. Si algo es considerado nocivo para el sistema, es automáticamente eliminado, borrando su rastro e impidiendo que salga a la luz pública. Además, se determina el origen de dicha información y el responsable de su envío es las más de las veces eliminado o, en el mejor de los casos, cuando el daño que percibe el sistema se antoja insignificante, el individuo es silenciado.
Para terminar de imponer nuestra red, a la que llamamos enternet, consideramos necesario acabar con el prestigio que hasta entonces había demostrado la red de redes. Logramos que internet se ahogara en su propia esencia: la pluralidad. Generamos problemas en su funcionamiento que tenían que ver con la diversidad de fuentes y la complejidadcreciente surgida de esa miríada de redes interconectadas. Hicimos que muchos programas trabajaran mal y lo achacamos a la incompatibilidad de algunas redes. Los errores eran continuos y en ocasiones hicimos que se cayera el sistema. Por si fuera poco, aprovechamos esta circunstancia para responsabilizar del sabotaje a un grupo de desalmados cibernautas que previamente demonizamos; la intención era meridiana: en un futuro próximo, nos resultaría mucho más sencillo acotar la libertad de movimientos por la red.
Resultaba fundamental hacer que funcionara mal internet, pero era vital para nuestros propósitos vincular la excesiva libertad de la que gozaba la red con problemas técnicamente irresolubles. Argüimos que era necesario establecer un control mayor entre las redes para que estos problemas continuos y cada vez más frecuentes se solventaran. Y lo conseguimos; en pos de la seguridad, cercenamos la posibilidad de navegar por la red a millones de usuarios con un denominador común: su alta capacidad paratocarnos las pelotas. Todos aquellos que tenían suficientes conocimientos como para evitar los filtros y publicar una noticia en contra del sistema fueron silenciados o expulsados a los arrabales.
Visto desde fuera pudiera parecer complicada esta transición entre dos plataformas de funcionamiento antagónico, y sin embargo no resultó demasiado difícil una vez socavados los cimientos de pluralidad en los cuales siempre se basó internet. El resto fue sencillo; máxime teniendo en cuenta que los encargados de la custodia de estos medios eran las empresas dirigidas por los señores de Davos. Las mismas empresas encargadas de mantener internet se dedicaron durante años a sabotearla hasta que se volvió inoperante y fue sustituida por la actual red, a la que tras muchas discusiones decidimos llamar enternet por afinidad semántica y, sobre todo, porque al emplear esta paranomasia la identificación de la nueva red con algo familiar supuso para la mayoría, siempre desinformada, una suerte de evolución de la antigua plataforma y no una solución en cierta medida antitética: una red única y manipulada por el Ordenador Central, donde la información pasa a través de una serie de censores que lanzan a la red lo que les parece oportuno; o lo que es lo mismo: todo aquello que resulta inocuo para el sistema y su perfecto funcionamiento. Como la operativa era idéntica y los protocolos de funcionamiento eran similares, en unos años, enternet pasó a ocupar el espacio que antes era exclusivo de internet, y cuando conseguimos que internet fuera poco operativo, diera continuos errores y estuviera desfasado, lo hicimos desaparecer. No hubo demasiadas objeciones, y los pocos que osaron disentir también desaparecieron.
El segundo inconveniente se solventó en tiempo récord. He de decir que Paola y Leonardo, la ingeniero jefe y el físico jefe, son brillantes, los mejores en sus respectivos campos. Solucionaron el problema de sobrecalentamiento de los microprocesadores electrónicos y mejoraron la velocidad de transmisión de datos intrínseca a toda señal eléctrica, sustituyendo los transistores en estado sólido por transistores ópticos que emplean señales luminosas en lugar de las señales eléctricas empleadas hasta entonces, aumentando exponencialmente la velocidad de transmisión y minimizando de igual modo las pérdidas por calor. Ya he comentado que tuvimos que prescindir de los servicios de Walter Mesner por su excesivo celo y sus rasgos humanistas, pero su discípulo, Milton Khan, con muy pocos escrúpulos —él fue quien envenenó a Mesner—, pudo en parte continuar su labor y además formó a los actuales responsables para controlar el sistema y cubrir las escasas necesidades que requiere la sofisticada maquinaria. Paola y Leonardo Sanguinetti son hermanos mellizos y juntos han logrado estabilizar los consumos de energía, enfriar de manera eficaz el procesador durante los veranos y asegurar el suministro de energía —verdadera obsesión para el Ordenador Central—, permitiendo el acceso a la gran sala desde la que se ordena el mundo a una treintena de privilegiados, entre los cuales lógicamente me encuentro. Lograron reducir el acceso a la estancia al ochenta por ciento del personal que antes utilizaba la sala desde la que se gobierna el mundo. Esta fue una necesidad impuesta por la nueva deidad cuando asumió el control absoluto del sistema; «cuantas menos personas pasen por mi cerebro, menos probabilidades habrá de sabotaje», decía. Paola y Leonardo Sanguinetti sobrepasaron a su maestro y si hubieran tenido a su lado a Mesner no sé adónde hubiéramos llegado, pero estoy seguro de que el problema de los desclasados se hubiese solucionado hace años.
Se convino que el Ordenador Central se emplazara en un lugar que cumpliera una serie de requisitos, que aunque fueran difíciles de cumplir o complicaran en un principio el proyecto, garantizaran su total desarrollo; se desestimó trasladar parte del proyecto una vez que comenzara la fabricación de la ciudad-fábrica.
La primera premisa que se impuso es que fuera inhóspito, para que pasara inadvertida la construcción de un complejo de semejantes características. La segunda es que fuera frío, para disminuir las perdidas por calor o, en su defecto, para no gastar demasiada energía extra en refrigeración. La tercera premisa no era imprescindible, pero sí aconsejable, pues tenía que ver con las posibles eventualidades derivadas de un problema de falta de suministro eléctrico. Era conveniente que hubiese en las proximidades reservas de lantánidos, elementos imprescindibles para la fabricación de baterías.
Elegimos Mongolia por tener la densidad de población menor del planeta, porque la temperatura media es muy baja y por ser uno de los países con mayores reservas de lantánidos. Algunos ingenieros plantearon la posibilidad de emplear otro tipo de baterías, de mayor rendimiento y más modernas —como las de grafeno—, pero se optó por emplear lantánidos por estar más que probadas. No se trataba de mejorar el rendimiento de unas baterías cuya función se limitaba a funcionar en caso de falta de suministro eléctrico.
Debido a que se necesita muchísima energía para almacenar y combinar esa ingente cantidad de datos, el mayor problema con el que nos enfrentamos fue disponer de suficientes fuentes generadoras de electricidad, verdadera obsesión para el Ordenador Central, ya que dejaría de existir en dos semanas si se cortara el flujo de energía eléctrica que le mantiene, pues dos semanas es la duración de las baterías si el ordenador no se conecta a la red eléctrica.
Sin suministro eléctrico, el ordenador no podría imponer el sistema en todo el orbe. Su poder es a la vez su debilidad, qué ironía. Se colapsaría el mundo, pues, al contrario de lo que ocurría antes de su implantación, nuestro actual sistema se nutre de una sola fuente, ahí radica su vulnerabilidad, en el sistema de red que parte del centro neurálgico sito en la ciudad-fábrica de Mongolia. El resto de subestaciones de datos dependen de la central y no son capaces de relacionar datos entre sí, a lo sumo podrían aguantar unos días sin errores, pero al no tener capacidad de cruzar la información que mana y distribuye el Sumo Hacedor, acumularían tal cantidad de fallos que serían inoperativos. Si los desclasados supieran que sin energía adicional moriría en quince días intentarían sabotear la central eléctrica de la que se nutre e incapacitar las baterías que posee. Pero para empezar deberían conocer la ubicación del mismo y a excepción de unos cuantos pobladores de los arrabales y de los que trabajamos aquí nadie conoce su emplazamiento. Por si surge un imprevisto, el Ordenador Central hace copias de seguridad de forma periódica, que además entierra bajo el frío suelo en unas cápsulas que él llama tumbas cibernéticas; imagino que este nombre proviene de la intención que alberga: que nunca haya necesidad de desenterrarlas.
El proyecto inicial, es decir, el acondicionamiento del emplazamiento, la construcción de la ciudad y la fabricación del Ordenador Central fue llevado a cabo por un grupo de trabajo entre los que me encontraba. Dado mi brillante currículo y mi coeficiente intelectual —solo inferior al de Da Vinci y comparable al de Leibniz—, se me asignó la dirección de toda la programación. No soy vanidoso al decir que nuestra área de trabajo, lo que viene a ser solucionar el tercer problema, encerraba la mayor complejidad, pues necesitábamos crear un sistema de la nada y convertir a cada individuo que transitara por este mundo en un número susceptible de ser programado a nuestro antojo. Este objetivo se convirtió en nuestro lema: «Convertir cada individuo en un número». Para ello concebimos nuevas hipótesis de trabajo hasta entonces desconocidas: la RR o realidad relativa y el proyecto Quimera. La RR es algo similar a lo que ocurre con la velocidad relativa, que depende del punto de vista del observador; esto es igual pero en el plano existencial, en esa parcela del entendimiento que conocemos por realidad. Al diseñar una realidad a medida para cada individuo, la sensación que se tiene es de autenticidad; lo que ocurre es lo que creo que ocurre, y lo que ocurre es lo que quiero que ocurra; en consecuencia, soy feliz y no me hago preguntas estériles que puedan suponer un fiascopara mi existencia. Conseguimos diseñar un nuevo mundo a partir de esta idea. Transformamos su realidad en la realidad que a nosotros nos interesaba, la que precisaban los señores de Davos para dominar, más si cabe, este mundo; lo que nadie sospechó entonces es que el Ordenador Central tuviera capacidad para operar por su cuenta.
Necesitábamos conocer a cada consumidor de un modo exhaustivo, era imprescindible saber cómo iba a gastar su dinero y para ello concebimos un programa megalómano que fuera capaz de aglutinar toda la información que en este mundo existe de cada individuo, desde que nace hasta que muere y es borrado del imaginario colectivo y sustituido su número en la memoria del Ordenador Central.
Es difícil explicar por qué ante un hecho único se presentan manifestaciones tan dispares. Como si contempláramos el acontecimiento cada uno con nuestro propio espejo, disforme por nuestras limitaciones, educación, cultura, conocimientos y nuestra propia subjetividad. La realidad, esa que cada cual interpreta como si fuera la única posibilidad para explicar cualquier acontecimiento, se muestra esquiva. Tras muchos fracasos, fuimos capaces de aislar esos diferentes puntos de vista mediante el proyecto Quimera. Y aunque existe una realidad para cada individuo, el estudio de todas esas realidades tan diversas entre sí, como conjunto, pudo ser estudiado y con posterioridad determinado gracias al proyecto Quimera. Ahí es donde incidimos, en la realidad que desea cada uno, creando una realidad según las conveniencias particulares de cada número y controlándolos desde la ciudad-fábrica.
Si alguien escucha esta grabación, se preguntará con razón si existe algún fallo en el sistema, y la respuesta es tan ambigua como lo que acaban de oír: sí y no. Sí, porque funciona muy bien para cerca del noventa y nueve por ciento de los casos, y no en ese ínfimo uno por ciento que nos ha traído de cabeza, aunque a efectos prácticos ese porcentaje ha sido despreciable, pues ya nos encargamos nosotros de que esa inmensa mayoría los tomara por locos.
Tras muchas discusiones, acordamos que el número debería tener cuarenta cifras y se estimó conveniente que las primeras fueran las que más importaban a nivel comercial, empezando por su estrato social, continuando con su formación, gustos, estadísticas de gastos según aficiones, siendo las postreras cifras las que hacen referencia a cualidades personales tales como sexo, estatura, raza, morfología y cualidades sociales como origen, familia y amigos. Durante veinte años, conseguimos optimizar el número hasta que el Ordenador Central elaboró con los datos que en ese periodo de tiempo le fuimos suministrando, una ficha para cada persona que se corresponde con un número de veinte cifras con significado tangible y otras tantas que son combinación lineal de las anteriores. Fuimos tan previsores que imaginamos un futuro con mayor número de condicionantes que hicieran necesaria la creación de otros datos donde figuraran, amén de su formación, familia, amigos, trabajos que hubiera realizado, actividades que hubiese desarrollado y lo principal: sus gustos y aficiones, cualesquiera actividades o gustos que en la actualidad no existen. Además, este exceso de información serviría para verificar la autenticidad del número.
Tardamos cuatro años en que el programa estuviera operativo, el mismo tiempo que tardaron en construir el Ordenador Central. Siete años más tardamos en completar la ciudad-fábrica y mejorar los sistemas de gestión de este y otros programas necesarios para el perfecto funcionamiento del sistema. Desde entonces, las variaciones han sido mínimas, al menos hasta que el Ordenador Central se hizo con el poder total en el año dos mil cincuenta.
El éxito del ordenador fue introducir una serie de variables nuevas que en principio debían servir para acotar los gustos de cada individuo para el consumo —y en consecuencia mejorar las ventas de las empresas que pagaron el proyecto— y minimizar los posibles errores a la hora de calcular en qué iba a dejarse el dinero cada individuo o, lo que es lo mismo, cada número. Con el tiempo, unos cuantos elegidos supimos, no es falta modestia decir que fui yo quien lo descubrió, que el verdadero propósito del Sumo Hacedor era conocer el alma de cada individuo, saber cuáles son sus creencias, quiénes sus ídolos, pudiendo de este modo influir en sus decisiones; puede incluso hacer que el sistema ridiculice a sus detractores y magnifique a aquellos en quienes confía, de igual modo que puede convencer a sus detractores de lo contrario. Él fue quien consiguió crear una realidad para cada individuo, o dicho en lenguaje máquina, la unicidad para cada número, y aprovechó la infraestructura que nosotros creamos —pasamos de una red donde la información era asequible para cualquier individuo a otra red donde la manipulación era total— para forjar una miríada de redes personales donde la información que llegaba a cada cual estaba personalizada en lo social, lo económico y con la aportación del Ordenador Central, también en lo sentimental. Ahí está su logro, la apoteosis de su trabajo en la sombra, ver el alma de cada individuo tal y como nosotros estudiamos su capacidad de adquisición de servicios o bienes. Para ello se valió de ese aumento de veinte cifras que nosotros imaginamos sería destinado a otros menesteres vacuos o mundanos. Ha conseguido medir —con la inestimable ayuda de un puñado de charlatanes—, las longitudes de onda de nuestros pensamientos y ha cuantificado sus resultados. Al aumentar el número en veinte cifras su contenido —cuarenta son los dígitos que en la actualidad determinan la vida de cualquier individuo—, consiguió atesorar mayor poder que los señores de Davos. El número es nuestro código de barras, el espectro de nuestra existencia.
Pero estoy divagando, no me ciño al orden cronológico de los acontecimientos, tal y como pretendía, tal vez no fuera buena idea fiarme de ese químico, tal vez me engañara y sea está pócima que acabo de ingerir, un líquido infame que me cause dolores insoportables y nuble mi excelso entendimiento. O tal vez sea el desasosiego que siento al narrar estos acontecimientos que ahora me obsesionan, justo cuando no tienen remedio. Hoy, la libérrima voluntad de este dios de berilio nos ha convertido en sus marionetas, trastocando el mundo que nosotros modificamos para los señores de Davos. El contumaz ordenador ha conseguido doblegar a estos humanos, cuya riqueza, avaricia y ansia de poder parecían no tener coto, ha falseado la deforme realidad que creamos y nos ha convertido en lo que dispusimos que fueran los demás: clones. Nos está bien empleado.
Pero volvamos atrás, a los años treinta. La cantidad de datos que fuimos modificando durante esa década vino determinada por los intereses del conglomerado financiero, introduciéndose variaciones en campos tan dispares como historia, economía, ética o ecología, a la par que se forjaron de forma sibilina una serie de ciencias novedosas cuyo objetivo era alojar en la mente de los ciudadanos —entonces todavía éramos considerados ciudadanos—, un ineficaz sentido de crítica, tan efímero que en la práctica llegó a desaparecer. Para ello resultaron de inestimable ayuda psiconeurólogos y sociólogos que indujeron en la población un desánimo generalizado, provocando la apatía propia de un sistema totalitario, donde el optimismo se ha desvanecido.
El optimismo, bella palabra y denostado concepto. Hace años que no aflora en mí algo parecido al optimismo, a lo sumo un pensamiento fugaz y menos negativo, aunque siempre esquivo, se pasea por mi intelecto y desaparece cual nube veraniega. Ante cualquier comentario, las evaluaciones que hacemos se fijan en la parte negativa de los hechos, somos incapaces de valorar de otra forma cualquier acontecimiento, siempre encontramos lo peor para definir lo malo, y lo casual y efímero para explicar lo positivo.
Fueron diez años de trabajo sin descanso, una cohorte de psiconeurólogos y sociólogos, apoyados por las principales fuentes de información —todas pertenecientes a los señores de Davos—, fueron minando la confianza de los ciudadanos y creando la sensación de que era imposible cualquier cambio, que el sistema que se estaba implantando era necesario por dos motivos: para evitar el caos y por ser el único posible. Cuando feneció internet y en su lugar introdujimos enternet, la manera que tenían los ciudadanos de comunicarse era fundamentalmente a través de la red: chats, blogs, redes sociales, y en gran medida estas últimas fueron nuestra ruina. Habíamos ido perdiendo la facultad de comunicarnos de viva voz, mostrando preferencia por expresar nuestros sentimientos y preocupaciones en las redes sociales, pero una vez que la libertad de opinión fue cercenada, lo que llegaba a nuestros amigos e interlocutores era lo que pensaba el sistema, no lo que pensábamos nosotros. Se produjo una censura sistemática sobre temas conflictivos o que podían poner en un brete al sistema y esta censura permanece hasta el día de hoy, impidiendo la libre circulación de opiniones.
Ahora no existe ni información ni opinión, el Ordenador Central tergiversa cualquier tipo de manifestación que considere dudosa; nuestras opiniones son remedos de nuestros pensamientos y nuestros pensamientos son mutilados en un mundo donde la información que recibimos es espuria.
Cada vez que un usuario entra en enternet, toda la información que recopila pasa a una base de datos cuyo encabezamiento es el número que cada individuo tenemos asignado. Esta base de datos factorizada posee estadísticas sobre todo lo que hacemos, compramos o deseamos, pues los deseos ahora se miden por visitas web. De esta manera, conocen lo que pensamos y actualizan nuestros deseos a través del número que se nos asignó desde el comienzo del proyecto. A mediados de los años cuarenta, se incorporó la pulsera que en la actualidad es obligatorio portar. No podemos deshacernos de ella, nos acompaña hasta la muerte; en mi caso pronto podré evadirme de su yugo.
Para entonces, la conversación en línea había sustituido en gran medida a la conversación tradicional y humana, la calidez de la voz se perdió en los teclados de un sinfín de productos tecnológicos: teléfonos,tablets, ordenadores,macuts, pulseras electrónicas, relojes de última generación y todo tipo de dispositivos informáticos y electrónicos que fueron aislándonos de nuestros semejantes y creando una necesidad tan ficticia como insana: la falta de conexión a la red era angustiosa y debía ser evitada en cualquier situación. Aumentaron este tipo de fobias y se llegó a la insalubre conclusión de que era mejor no exponerse a este tipo de situaciones para no sufrir por ello. Lo contrario de lo que hasta entonces había dicho la psiquiatría y la psicología convencionales, que no debemos dejar de hacer aquello que nos limita, sino emplear todos los medios a nuestro alcance para evitar este tipo de sufrimiento.
Como todo lo que se descarga desde enternet, música o textos, está controlado, tipificado, anotado y valorado por el sistema, el Ordenador Central puede conocer al detalle nuestros gustos, aficiones, ideas sociales o afinidades políticas. Lo único que no deja huella es lo que se adquiere con dinero en formato antiguo, los productos tangibles, principalmente libros y discos; por este motivo están prohibidos,porque ni se pueden controlar ni se puede sacar información de estas adquisiciones. Por este motivo el sistema facilita descargas gratuitas de libros o discos, siempre, claro está, que hayan pasado una censura previa.
Uno de los pilares de la impostura que forjamos con la imposición del sistema fue demonizar aquello que era fuente de sabiduría y, sobre todo, fuente de argumentación, autocrítica y tolerancia. Y entre este dechado de virtudes aparecen incólumes los libros, causa de esperanza para tantos pueblos y preocupación permanente para cualquier dictadura. La nuestra, aunque no la llamemos así, es en especial cruenta si atendemos a la facilidad con la que hemos conseguido idiotizar a miles de millones de individuos que se mueven como autómatas, programados desde un desierto de la fría Mongolia.
Son menos de un millar los libros permitidos por el sistema, se reducen a aquellos que lo alaban y los libros sagrados de las distintas religiones que lo aceptaron, casi todas por cierto. También se salvaron de la quema algunos discos inocuos o que ensalzan el modo de vida actual y ciertas publicaciones hueras que tratan sobre lo bien que se vive en la actualidad o que magnifican los problemas de las sociedades anteriores a dos mil cincuenta. Pero no es veraz la narración, se agigantan los problemas que sufrimos en el pasado, en especial la falta de seguridad, y se omiten los beneficios que entonces disfrutábamos, especialmente la libertad perdida.
Pese a tanta proscripción existe un mercado negro de libros prohibidos, una lista tan larga que engloba casi todos los publicados hasta los años treinta. Los títulos que tuvieron mayor notoriedad, esos que algunos que se jactan de doctos llamaron joyas de la literatura universal, se pueden encontrar en los arrabales. Son ediciones baratas que se imprimen en talleres clandestinos, con papel de ínfima calidad y tinta que se borra con el roce continuo al que, según creo, son sometidos. Es curioso que la mayor fuente de ingresos de estos arrabales sea la venta de libros y la reproducción de discos prohibidos.
Algunos de estos talleres poseen medios tan modestos como son una fotocopiadora a blanco y negro y un reproductor básico de CD. Pese a contar con tan vetusta maquinaria, su éxito es incuestionable, aunque supongan en torno al uno por ciento de la población de las grandes urbes. Digamos que el sistema los soporta para dar sensación de libertad al resto de urbanitas que son a diario bombardeados con los problemas que sufren en estos lugares.
Hay individuos que se pasan la vida acumulando monedas para acudir a estos centros clandestinos, —verdaderos lupanares del conocimiento—, donde poder encontrar libros y discos prohibidos que les recuerden su infancia; otros pretenden que estos vetustos objetos permanezcan indemnes, como un conjunto de bienes culturales pertenecientes a la tradición popular y que, como tales, deben protegerse y divulgarse. Sé que pasan de mano en mano, que se guardan como objetos de culto y se regalan en ocasiones excepcionales.
Yo siempre odié la lectura de esos textos que nos obligaban a leer en el colegio; siempre fui un hombre de ciencia, desde niño, y esas absurdas historias narradas por carcas, esas deleznables piezas, esas antiguallas con olor a moho me exasperan, pertenecen a la simbología de un pasado que ya no volverá. Dicen que exaltan la imaginación, qué pecado, la imaginación, qué sobrevalorada está.
Con demasiada facilidad confundimos el verdadero conocimiento con este saber que nos ofrece el sistema, un saber que a lo sumo sirve para movernos por el mundo e ignorar grandes parcelas del entendimiento que quedaron cercenadas, sin posible explicación. De esta manera tan simple, parte de nuestras habilidades cerebrales andan entumecidas, a la espera de una revolución cultural que, dada la situación actual, no parece posible que pueda tener lugar. Se avecina una involución en la raza humana de proporciones catastróficas. Semejante calamidad fue uno de los motivos que me llevó a distanciarme del sistema, a mí, a uno de sus creadores, a este ser ya mortecino, sin esperanza física o espiritual, a este ente cuyo cuerpo me pertenece y cuyo cerebro propició tamaño cataclismo; sin su concurso no hubiéramos conocido el mundo tal y como ahora lo contemplamos, por eso muero, porque en mi estado de enajenación, aislado de lo que ocurría fuera de la ciudad-fábrica, no pudiendo ni queriendo confrontar lo que allende estos muros ocurría, cometí el mayor de los pecados, engañarme a mí mismo.
Era tal el experimento que nos ofrecieron, tan ingente la obra propuesta, tan desmesurada en lo empírico, desbordante en lo imaginativo, cambiante e irreflexiva, en desacuerdo con lo visto y experimentado hasta entonces, que me fue imposible negar a mi ego semejante experiencia. No supe ni quise negarme, aunque el subconsciente me avisara de que pisaba terreno minado, que era el fin de la raza humana como especie independiente y libre y que algún día, hoy bien lo sé, sería mi propia ruina. Entonces, nadie de los que allí trabajábamos nos planteamos tales disyuntivas, supongo que sería algo similar a lo que sintieron los científicos americanos que crearon la bomba atómica o los ingenieros alemanes que diseñaron las cámaras de gas. Siempre hay una manera de engañarse para justificar lo que quieres hacer. Son ocasiones únicas, que sabes que no van a volver a repetirse en otro contexto o tiempo y debes tomar una decisión sobre la marcha, con premura y sin escrúpulos.
Nosotros descubrimos pautas de comportamiento que a nivel individual y social han servido para diseñar una vida carente de emociones, deshumanizada, anodina; hemos conseguido reprogramar esa conducta natural hasta obtener un nuevo comportamiento humano, dantesco si se quiere, absurdo, irreal, pero es nuestra creación, somos los responsables de este ser, mutante de sí mismo, que se mueve en un entorno en el cual el control sobre sus actos está perfectamente planificado por el sistema.
Quizá, lo que nos desconcertó fue que cuando concluyó esta obra colosal, nos derrumbamos, comprobamos que este mundo inhóspito que acabábamos de inventar no nos satisfacía; al contrario, nos daba miedo. Ahora que se ha acabado el jugar a ser dioses, ahora que hemos sido desposeídos de nuestros poderes, ahora que comprobamos el fruto de nuestro trabajo, caemos en la cuenta del pecado cometido. Ahora es tiempo de llanto, de lamentaciones y aunque para nada sirva flagelarse, nos arrepentimos, ¡oh!, estúpidos dioses de barro. Si toda el agua manara de la misma fuente y la fuente se contaminara, el mundo se envenenaría; pues bien, eso es exactamente lo que hicimos nosotros, contaminamos los acuíferos, cegamos lagunas, enlodamos manantiales y luego envenenamos el gran río que nos daba de beber. Y ahora no nos queda otro remedio que beber a diario del veneno que nos idiotiza.
La cantidad de datos modificados por los intereses del conglomerado financiero fueron ocupando la mente de los ciudadanos; la condena de actividades literarias, musicales y en general artísticas provocó una pérdida de identidad cultural que se tradujo en la exclusión de millones de grupúsculos que se vieron obligados a desaparecer; la quema de libros que se oponían al sistema, la información manipulada, sumado a los procesos de destrucción de la personalidad que fuimos implantando, obtuvieron como resultado un alejamiento de la realidad que culminó cuando logramos que olvidaran el significado de la crítica, esa forma que hasta entonces habíamos encontrado los hombres para limar asperezas, encontrar caminos comunes y acercarnos a la verdad —signifique lo que signifique este término—. El sentido común desapareció de la faz de la tierra o en su defecto se conminó a lugares inhóspitos donde sus pobladores, individuos marginales cuya voz no podía ser escuchada allende los arrabales, nada podían hacer. A lo sumo, esos seres podrían cuestionar el sistema, pero jamás ponerlo en jaque.
Al no ser necesario su estímulo, una parte de las capacidades cognitivas se atrofiaron; como la manipulación de las máquinas se simplificó y los hombres obtenían cualquier información de manera inmediata, no era necesario ningún esfuerzo. Se alentó este tipo de praxis, donde era menester preguntar al artilugio de turno cualquier nadería, hasta que dicho artificio terminó por reemplazar algunas áreas del cerebro que hasta entonces habían salvaguardado la capacidad de análisis. La facilidad con que las máquinas se ocupaban de todo lo que fuera complicado hizo que algunas parcelas del cerebro humano que hasta entonces se habían usado con profusión perdieran parte de su capacidad y en algunos casos se atrofiaran. La inacción ganó terreno hasta convertir en autómatas a la mayor parte de la población. Un ejército de pusilánimes vagaba por las urbes en busca de su dios, su credo era la obediencia, su mantra la sinrazón, ignorantes del manejo despiadado al que eran sometidos por una máquina sin escrúpulos; de este modo resultaba imposible dudar de la buena voluntad del sistema. Si entre las posibles funciones del Ordenador Central hubiera estado el sentir, hubiera expulsado alguna lágrima de berilio.
Estoy empezando a notar cierto abotargamiento en las extremidades inferiores, ya no puedo andar con facilidad, me cuesta mover las piernas y los pies parecen cobrar vida propia, llevan un retraso respecto al resto del cuerpo; por fortuna, la mente continúa conspicua, con esa clarividencia en el razonamiento y esa deducción brillante de la cual siempre ha hecho gala.
Se alargaron las horas lectivas y laborales, se convirtieron en obligatorias muchas actividades opcionales como religión, moral y ética (su religión, su moral y su ética, por supuesto); se diseñaron nuevas disciplinas como la educación universal, que se circunscribía a cantar las alabanzas del sistema, o el descubrimiento del entorno, que consistía en ir de acampada a algún centro donde la naturaleza se exhibía como si fuera parte de la gran compañía de eventos naturales, cuya organización y disfrute tanto se asemejaba a la de los antiguos parques temáticos. Las religiones no solo se permitieron, sino que se alentaron. Existe un nexo común entre este tipo de creencias y el sistema que ideamos: la obediencia ciega a un ser superior y en menor medida a los designios de aquellos elegidos que tuvieron a bien ser sus representantes terrenales. Por el contrario, todas las parcelas ocupacionales no productivas fueron demonizándose hasta extinguirse o ser su consumo tan residual que gran parte de las artes agonizaron en dos lustros. «El arte es baldío», decía la propaganda oficial. «El pensamiento único es una necesidad para el desarrollo humano», decía otro eslogan que encubría su negacionismo, diciendo que era la única manera de extirpar el carácter negativo y falaz inherente a todo ser humano.
