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Esta obra está basada en la ruptura de la imposición social acerca del lugar que las personas están obligadas a ocupar dadas las condiciones socioeconómicas de su origen, en la posibilidad de levantar una voz de protesta y rechazar la vida que se deriva matemáticamente por unos datos estadísticos que dictan y asignan un destino secuencial y consecutivo de acuerdo a las situaciones humildes y precarias de padres y abuelos. Es ofrecer al lector la certeza del poder creer en la esperanza, de poder creer en lograr lo que nos dice la sociedad que es imposible, que eso no es para nosotros, en el poder realizar los sueños por inalcanzables que parezcan.
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Veröffentlichungsjahr: 2019
Créditos
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© William Tobar
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Library of Congress
United States of america
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TXu 2-113-748
ISBN: 978-84-17965-03-7
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AGRADECIMIENTOS
Doy gracias a Dios por haberme permitido superar miles de obstáculos y realizar un sueño que deseaba con todo mi ser y que derivó en muchas bendiciones, como lo son mis hijos Alison y William. A mi familia, en especial a mis hermanos que, de una u otra manera, siempre han estado a mi lado, algunas veces uno más cercano que otro, pero siempre presentes. A mi madre, la incansable luchadora que con amor y mucho sacrificio se decidió por la responsabilidad y el deber de criar de la mejor manera posible a sus hijos antes que su felicidad. A todas las personas que encontré en mis aventuras, esos ángeles que puso Dios en mí camino que me brindaron su amistad y apoyo de una manera desinteresada. Y finalmente, al destino por habernos puesto en una situación tan opresiva que requirió astucia, creatividad y decisión para superarla.
DEDICATORIA
Este libro está dedicado a todas las personas del mundo y en especial a mis hijos, Alison y William, para que luchen por aquellos sueños que nos desvelan y que creemos inalcanzables, todo es posible con propósito, dedicación y planeación. No somos un dato estadístico y no debemos resignarnos a ocupar el lugar que dicta la sociedad, el cómo llegamos al mundo es solo un comienzo, la motivación y el deseo de ser quienes queremos ser es lo que debe motivar nuestro pensamiento y nuestras acciones. Podemos lograr cualquier cosa en la vida.
Ahí me encontraba yo, frente a la mayor de las posibilidades en toda mi vida, la oportunidad que había anhelado, frente al puente entre mi vida y la vida que yo había soñado y alimentado durante mi realidad diaria. Al fin me había decidido a decirle a don Alonso, el señor que me hablaba de la tierra de la oportunidad, el señor que ya la había hecho en su vida y que, tan solo de querer ayudarme solo un poco, con un pequeño empujoncito hacia la dirección correcta era suficiente, solo necesitaba eso, del resto me encargaría por mi cuenta. Con tantos deseos y ganas de trabajar duro y de salir adelante, de hacer lo que sea, lo que fuera necesario para poder vivir como los personajes de las películas americanas, que en ningún momento se dedicaban a pensar en el dinero, porque parece que abunda y que todo americano lo gana en abundancia de cualquier manera. Parecería que cualquier trabajo da la posibilidad de vivir cómodamente sin preocupación alguna por cuestiones financieras, deudas, víveres, ropa, calzado e inclusive el tener un vehículo propio no es un privilegio, es un suceso que ocurre en la «PREPA» antes de llegar a la mayoría de edad.
Anhelaba vivir como en esas películas de ropa fina y accesorios innecesarios y muchas veces incómodos, viajar por las enormes autopistas por donde no se ven automóviles viejos y achacados, comer cuando tenía hambre y en restaurantes de comidas extrañas, exóticas y de costos colosales, pero sin importancia para los comensales, habitar en enormes casas que distan mucho de las casas colombianas y, en especial, de las casas en las que yo había vivido.
Don Alonso había alimentado mi sueño de muchas maneras, me confirmaba lo que se veía en las películas, la abundancia, la enormidad de la infraestructura, la amabilidad de la gente, la seguridad en las calles, la elegancia de los edificios, la imponencia de los monumentos. Siempre que don Alonso llegaba a cobrar la renta en el almacén en el que yo trabajaba humildemente, cumpliendo cualquier tarea que se me fuera encargada, yo me alegraba y solía compartir un café o una aromática de la venta ambulante que pasaba frente al local comercial.
Don Alonso hablaba con mi jefe de cualquier tema, como dos amigos que ya se han contado las cosas importantes de la vida y gastan su tiempo en temas sin importancia; platicaban por el mero placer de compartir una bebida. Yo procuraba estar presente en cada encuentro, esperaba impacientemente cada visita, muchas veces hacía una tarea pendiente de forma muy rápida para no perder la oportunidad de instruirme sobre mi tema favorito, quería saber más y más de cómo erala vida en los Estados Unidos, de la forma en que actúan las personas, de la forma de vida en general.
Recordé con dolor la vida desventurada que había llevado desde antes de nacer, de cómo mi madre huyó del lado de mi padre cuando yo me encontraba de cuatro meses en su vientre, tal vez por el temor de perder a su criatura no nata por los múltiples abusos por parte de su pareja, del padre de sus cuatro hijos. Puede ser que la situación ya se hubiese vuelto demasiado violenta e insostenible, según nos cuenta mi madre en momentos fugaces en los que recuerda, sin querer, aquella vida con dolor y sin nostalgia.
Mi madre vivía con mi padre en una pequeña casa en el campo, en la zona rural del municipio Jenesano ubicado en la provincia de Márquez del departamento de Boyacá, mi padre trabajaba y sustentaba el hogar con un poco menos de lo necesario, ya que buena parte de sus ingresos se destinaban a las bebidas alcohólicas que consumía de forma muy frecuente y que eran la causa del maltrato físico, verbal y psicológico que le propinaba a mi madre.
Irónicamente este municipio es catalogado por haber ganado la denominación del pueblo más bonito de Boyacá, su nombre significa pueblo sano, un pueblito de esos que se llevan en el alma y que provoca lindos recuerdos de nostalgia y acogimiento. Por otra parte, este lindo pueblito es reconocido también por ser un «Recinto de bondad», ya que sus habitantes son muy amables y bondadosas, algo que difiere enormemente con la situación que vivía mi madre diariamente, y que actualmente evoca sentimientos muy diferentes a alegría y nostalgia.
Mi madre fue toda una heroína que, al buscar el bienestar de sus hijos, se llenó de valentía y se encomendó a Dios; dispuesta a hacer lo que fuera necesario de forma honesta y respetuosa, sin importar lo duro que sería el mantener un hogar compuesto por tres niños pequeños y el bebé que pronto vendría al mundo, con apenas la mera voluntad de salir adelante y sin ninguna clase de formación técnica o académica, sin experiencia laboral, sin recomendaciones. De esta manera, llegó mi madre a la capital con el deseo de vivir tranquila al lado de sus hijos, con tan solo la incómoda situación de un hermano suyo al que le había pedido el favor de dejarla quedar en su casa con sus hijos.
Mi madre y mis hermanos cuando llegamos a Bogotá huyendo de una tragedia inminente.
Mi tío comenzó a ocupar el lugar de la figura paterna, con su recorrido en las fuerzas militares, corregía con autoridad y firmeza, pero los problemas no se hicieron esperar. Mi tío tenía su vida con sus propios problemas, preocupaciones, sueños y familia. Pronto la nueva situación de cuatro intrusos en la intimidad de su hogar comenzó a hacer peso a la desesperación. Su buena voluntad no contemplaba que, al recibir a su hermana con sus hijos, podrían darse situaciones fuera de control, esas situaciones que se componen de forma orgánica cuando interactúan sus hijos con sus tres sobrinos, tanto más cuando la recocha, el descontrol, el desenfreno, las peleas, los problemas y el desorden también se multiplicaron con el número de integrantes en la familia.
Disfrutando de un plato de comida junto a mi madre y un vecino en la intimidad de nuestro hogar
Sin proponérselo, el trato era diferente para los niños de la casa y para mis hermanos, era lógico que esto sucediera y causara inconformidades y disputas entre los dos núcleos familiares, siempre fue como «los tuyos y los míos», nunca, como se suele decir, «los nuestros».
Los tres hermanos junto a mi tío Pacífico cumpliendo su rol de padre adoptivo.
En medio de esta situación vine al mundo, mi nacimiento no fue en un lujoso hospital lleno de doctores a la espera de un nuevo ser, no hubo monitoreo por parte de ningún aparato médico, tampoco asistió el amoroso padre con una videocámara para inmortalizar aquel acontecimiento. Yo nací en el barrio Las Ferias, en un cuarto de una casa normal en la que mi madre se estaba quedando, la asistieron una partera y mi abuela.
Mi madre, la incansable luchadora, no tuvo otro remedio que buscar, de nuevo, para dónde coger con sus pequeños hijos. No podía pagar un alquiler de una casa, servicios públicos y alimentación; la idea de comprar un inmueble tampoco era una opción. Después de ahorrar, de forma casi milagrosa y con alguna ayuda de mi tío, mi madre logró adquirir los derechos de un lugar en donde pudo construir un lugar en donde vivir, fue algo muy humilde, demasiado humilde.
Nuestra nueva casa, aunque faltan muchos detalles para considerarla como tal, era «acogedora» por nombrar algo positivo de esta, estaba ubicada al nororiente de Bogotá en una invasión. En este lugar no había servicios sanitarios, ni siquiera los mínimos, no había servicio de agua, no había servicio de electricidad y tampoco de gas domiciliario, imposible pensar en televisión por cable o internet.
La vida en este lugar era como un improvisado «camping» permanente; hoy en día, me es difícil imaginar la vida de cuatro pequeños niños de esta manera, sin televisión, sin internet, sin videojuegos, sin radio, sin juegos didácticos, sin juguetes y sobre todo sin supervisión adulta. Bajo estas condiciones vine al mundo, rodeado de escases, pero con una familia dispuesta a salir adelante.
El día de mi madre comenzaba muy temprano, ya que ninguno de nosotros estaba en la capacidad de preparar los alimentos, por lo que mi madre los dejaba listos antes de partir a su trabajo como empleada de servicios varios en una casa de familia o ayudando los fines de semana a mi abuela a vender algunos productos agrícolas que hacía llegar a la capital para su sustento. Mi madre se rebuscaba la forma de poner comida en los platos de sus pequeños hijos.
Mi hermano mayor, Julio, tuvo que asumir el rol de cabeza de familia cuando mi madre no se encontraba en casa. Él cuidaba de sus hermanos, servía los alimentos y procuraba que no les pasara nada malo, suena algo común, cotidiano y muy observado en millones de hogares alrededor del mundo, sin embargo, mi hermano mayor comenzó esta tarea a la edad de cinco años.
La vida en este lugar era algo irreal, aunque al fin estábamos los cinco solos en la intimidad de nuestro hogar, como algo positivo de esta situación, el agua provenía del almacenamiento de la lluvia y en otras ocasiones, se tenía que hacer fila para obtener un poco de agua limitada para cada hogar.
De alguna manera, mi madre consiguió que mi hermano mayor entrara a estudiar en la escuela El Codito, que era la más cercana, aproximadamente 40 minutos caminando. A propósito de nuestra diaria caminata para asistir a clases, siempre que veía películas estadounidenses, saltaba a la vista la abismal diferencia de mi realidad y la vida en el país de las oportunidades. La ruta escolar que pasa por enfrente de la casa de cada niño y niña en Estados Unidos con todas las señales de seguridad, emblemas, logotipos y precauciones con el adicional de sus padres observando a sus hijos mientras lo abordan distaba mucho de nuestra caminata por uno de los sectores más peligrosos de Bogotá.
Con el tiempo fuimos entrando a la misma escuela, lógicamente el ingreso era dependiendo de nuestra edad, el primero en entrar fue Julio, nuestro hermano mayor, dos años más tarde ingresó Oswaldo, al año siguiente ingresó Roberto y, por último, pasados dos años fue mi turno de ingresar a la escuela.
Los uniformes, zapatos y mucha de la ropa que utilizábamos era «hereditaria» por decirlo de alguna manera; la ropa, zapatos y los uniformes que dejaba mi hermano mayor eran heredados al siguiente hermano y así sucesivamente. En este punto me consideraba afortunado, ya que cuando la ropa llegaba a mis manos, por lo general, ya estaba demasiado desgastada y no servía para seguir siendo usada por lo que mucha de mi ropa, aunque muy humilde, era nueva.
A propósito de mis hermanos, con el que me identificaba más era con mi hermano Roberto, él siempre ha sido de buenos sentimientos desde muy pequeño, estábamos muy unidos y siempre lo he querido mucho, desde pequeños. Digamos que él se ganó mi aprecio por ser tan condescendiente conmigo, por no decir que «alcahueta», siempre me protegía de todo mal y peligro, hasta de los mismos males que yo me buscaba.
Por estar jugando demasiado futbol después de la escuela, no hacía mis deberes en la casa ni las tareas del colegio, las hacía Roberto por mí todo el tiempo para librarme de mis repercusiones, para que no me metiera en problemas. Era el colmo todo lo que hacía Roberto por mí, que hasta llegó a beber el «suero casero» que mi madre me preparaba cuando estaba enfermo, como a mí no me gustaba el ese remedio, Roberto lo tomaba para que mi madre no me regañara. Ese es mi querido hermano Roberto.
En la escuela El Codito, trabajaba la profesora Ninfa que era la única profesora de la escuela, ella se encargaba de toda la primaria, adicionalmente, el sitio y el ambiente eran tan desfavorables y peligrosos que se creía que difícilmente se podrían encontrar más docentes. La profesora Ninfa, que aún recuerdo con mucho cariño, era la mujer más amable, comprensiva y tierna que había conocido hasta la fecha, igualmente destacaba por su sencillez y hermosura. Tenía cabello dorado, piel blanca y ojos verdes, era una mujer muy hermosa y vivía en un sector de personas muy adineradas, por lo que me atrevo a decir que su trabajo lo realizaba por vocación y por el placer de ayudar al prójimo.
Era de esperarse que una persona con estas características se conmoviera de la situación de mi madre; así fue, y decidida a ayudar a mi madre, la recomendó para trabajar en la casa de una hermana suya. La profesora Ninfa fue un ángel enviado por Dios para facilitar un poco la vida de mi familia, después de mi madre y mis hermanos, la profesora Ninfa tenía todo mi cariño, aprecio y agradecimiento.
Como si fuera poco, de vez en cuando la profesora Ninfa me llevaba a su casa, claro, con el consentimiento de mi madre, en donde jugaba largas horas con sus hijos y disfrutaba de un ambiente ajeno a mi realidad, con muchas comodidades, lujos y buena comida.
Era lógico sentir una gran tristeza cuando finalmente terminé mis estudios de primaria, ya no podía ver a mi profesora querida todos los días, pero ya llevaba en mi pensamiento y en mi corazón sus enseñanzas, la nobleza de sus acciones y una buena cantidad de valores bien aprendidos, honradez, respeto y deseos de superación.
Recuerdo la situación que se vivía en Bogotá cuando yo estaba estudiando el quinto grado de primaria en la escuela El Codito, en el año 1989. En una excursión que hicimos para visitar el famoso Museo del Oro, cuando volvíamos hacia la escuela, en un momento en el que iba muy distraído, de pronto rompió la calma un fuerte estallido, un estruendo aterrador. Al mismo instante, los profesores y el conductor nos gritaron para que nos agacháramos, acto seguido, todas las ventanas del autobús quedaron esparcidas por todos lados debido a la fuerte onda explosiva, gracias a Dios, no nos pasó nada más en ese momento.
Esa súper bomba causó muchas muertes y muchos daños materiales, fue la bomba que estalló en el edificio del DAS (Departamento Administrativo de Seguridad), esta situación también nos preocupaba y era otro motivo para querer salir de Colombia, ya que al cumplir los 18 años, se debe ingresar al servicio militar obligatorio, algo que se puede evitar con dinero. Pero en nuestro caso, de seguro nos hubiese tocado prestar el servicio militar obligatorio y seríamos policías enfrentando a los temidos narcotraficantes que ponían en jaque a las autoridades colombianas o ingresar al ejército que combatía con los muchos grupos guerrilleros que comandan en el campo colombiano, con estas dos opciones el panorama era aterrador.
Para ese entonces se encontraba vigente la amenaza de Pablo Escobar de pagar un millón de pesos colombianos por la muerte de cada policía, un millón de pesos en los años 1988, 1989 y 1990 era mucho dinero y esto significó la muerte de muchos hombres buenos que dejaron solas a sus familias. Pablo Escobar, el súper narco colombiano que aún en la actualidad hace que a los colombianos en el exterior les pregunten que si tienen algo de cocaína en su equipaje, aquel narco que modificó para siempre la percepción del colombiano en el exterior y que ha motivado un sinnúmero de situaciones referentes a su forma de vivir como el hombre más rico del mundo en varios años y a lo mucho que se puede conseguir de forma delictiva.
Cuando Julio terminó la primaria, ingresó al colegio La Salle, que quedaba solo a cinco minutos de la escuela El Codito, pero no quiso seguir estudiando, al poco tiempo se retiró y quiso comenzar a trabajar. Las opciones para nosotros al terminar el bachillerato, prácticamente eran las mismas sin haberlo cursado, entonces no había mucha motivación para estudiar. Sus primeras ocupaciones fueron en trabajo de construcción o surtidor en las plazas de mercado.
Años más tarde, Oswaldo ingresó al colegio La Reina, que quedaba a 20 minutos más lejos de nuestra escuela. Mi hermano Roberto también estudió en este colegio cuando ingresó al bachillerato.
Finalmente fue mi turno e ingresé al colegio Aquileo Parra, en este colegio cursé y aprobé los grados sexto y séptimo, octavo de bachillerato fue otra historia, debido a las políticas educativas en ese entonces, un estudiante no podía perder ni una sola materia. En mi caso, recuerdo que fue el área de español la que se interpuso en la continuidad de mis estudios de secundaria, los nombres de los benditos autores de varios libros fueron el tema que me dio muchos dolores de cabeza ya que por esta razón, perdí la materia, realicé la habilitación y para colmo de males, la volví a perder. Empecé a sentir que cuando alguien me decía que yo no podía realizar alguna actividad, me daba motivación para demostrar lo contrario.
La situación era insostenible, más temprano que tarde pasó lo que debía ser lógico. Abandonamos el colegio paulatinamente para encontrar nuevas oportunidades que garantizaran fuentes de ingresos para llevar a casa y hacer un poco más cómoda la vida de mi madre.
Debido a la difícil situación y pensando en el bienestar de nuestra familia, especialmente en el de mi querida madre, cada uno buscó la mejor forma de llevar algo de dinero a casa, pero muy difícil es para un menor de edad sin ninguna clase de habilidad técnica, entrenamiento, recomendación o experiencia el llegar a conseguir alguna clase de trabajo bien remunerado. No obstante, mi madre nos había dado el mejor de los ejemplos y el resultado lo veíamos siempre que estábamos parados frente a un espejo; como sea que mi madre le hubiera hecho, repito, sin recurrir a trabajos ilegales o indignos, nos llevaba poco a poco por el buen camino, gozábamos de tranquilidad y, gracias a Dios, no tuvimos alguna clase de sustento esclavizante que opacara la visión de nuestro futuro en el horizonte, la teníamos bien clara.
