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Chleo Thorne nunca encajó en los salones dorados de la nobleza del Reino de la Luz. Mientras unos disfrutan del lujo, el pueblo se hunde bajo el peso de los impuestos. Llega el hambre, la amenaza del Reino de la Oscuridad se cierne cada vez más cerca. Desafiando las leyes y rompiendo los lazos con su propia clase, Chleo se convierte en una rebelde y una leyenda: roba a los ricos para devolverle la dignidad a los pobres. Y lo que comienza como una causa noble, pronto se convierte en algo más peligroso. El Príncipe de la Oscuridad desvela secretos que remecerán todo lo que ella creía saber sobre su pasado, su familia y su lugar en el mundo. Con la guerra a punto de estallar, los ejércitos enemigos podrían destruir todo lo que ama. No te pierdas esta historia repleta de magia, honor y valentía. Una flecha puede cambiar el destino de dos reinos.
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Seitenzahl: 426
Veröffentlichungsjahr: 2024
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© La ladrona de la corona
Sello: Tricéfalo
Primera edición digital: Noviembre 2024
© Alexandra Valeria
Director editorial: Aldo Berríos
Ilustración de portada: Loreto Díaz
Corrección de textos: Gonzalo León
Diagramación digital: Marcela Bruna
Diseño de portada: Marcela Bruna
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© Áurea Ediciones
Providencia 2594, local 417, Providencia, Chile
www.aureaediciones.cl
ISBN impreso: 978-956-6386-54-4
ISBN digital: 978-956-6386-81-0
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Este libro no podrá ser reproducido, ni total
ni parcialmente, sin permiso escrito del editor.
Todos los derechos reservados.
Los pulmones de la mujer ardían, cada respiración dolía más que la anterior. El clima no la ayudaba. La nieve y el viento frío alguna vez fueron de sus cosas favoritas en la vida, pocas veces había tenido la oportunidad de ver un paisaje cubierto de blanco, y siempre le había parecido hermoso, algo completamente distinto a lo que ella solía ver cada mañana al levantarse en su hogar. Ese día el clima no era más que su enemigo. Lo único que veían sus ojos era color blanco rodeándola, no lograba distinguir con claridad la dirección en la que sus pies se movían. Ya casi no podía sentir su rostro y había dejado de sentir sus manos hacía varios minutos. Sus piernas se sentían temblorosas y parecía como si el siguiente paso fuera el último que iba a dar antes de colapsar y no ser capaz de volverse a levantar.
Pero se obligó a continuar y movió un pie delante del otro para dar un paso más. Y otro. Y otro. Si tan solo pudiera llegar antes de que anocheciera… El sol que lentamente descendía, ocultándose entre las montañas, parecía burlarse de ella diciéndole que ni en un millón de años lo lograría. Quedaban horas antes de que pudiera llegar a terreno seguro. Si lograba llegar al Bosque Blanco, podría acampar allí durante la noche y continuar en cuanto amaneciera.
El viento silbaba en su oído. Aun así, los escuchó. Sus pasos se acercaban apresuradamente, eran múltiples las pisadas que la perseguían, demasiadas. Si seguían a ese ritmo, era solo cosa de minutos para que las encontraran, y no tendrían piedad alguna. Ella misma había sido testigo de lo que esos hombres podían hacer, de las atrocidades que eran capaces de cometer. El pánico la invadió. Debía ocultarse, mantenerse a salvo. Era lo único que ella le había pedido; que sobreviviera. Porque ahora había un motivo más grande por el cual debía vivir, algo que la sobrepasaba. A partir de ese momento ella tenía una responsabilidad que cumplir.
Se detuvo un segundo, su respiración estaba cada vez más acelerada. Giró tratando de ver a su alrededor algún posible escondite, pero lo único que veía era nieve cubriendo las gigantes montañas. Tal vez si descendía por la montaña lograría pasar desapercibida. Entonces bajó deslizándose con cuidado de no rodar; sus pies se enterraban en la blanda nieve dificultándole avanzar, pero pese a ello logró descender lo suficiente para pegar su cuerpo contra la pared de nieve a su espalda. Aun a esa distancia y con el sonido del viento silbando en sus oídos, alcanzó a escuchar los movimientos de aquellos hombres. Se acercaban, pero no precisamente hacia ella. Iban en dirección a la tienda de campaña en la que había estado tan solo hacía algunos minutos.
Por primera vez en mucho tiempo, rezó, a cualquiera de los dioses, que la escucharan, que la protegieran, que lograran sobrevivir. Silenciosas lágrimas se deslizaban por sus mejillas al tiempo que escuchaba a aquellos hombres gritar órdenes. Ya debían estar ahí, debían haberla descubierto. Sin embargo, no había donde correr. No lo lograría en su estado. Si tan solo hubieran logrado cruzar a tiempo… Entonces cerró los ojos, pero nada la podía preparar para el grito desesperado que rasgó las montañas.
Las calles de la capital estaban atestadas de gente, los vendedores en sus pequeños puestos ofrecían sus productos a gritos, tratando de captar la atención de los transeúntes. El murmullo de las personas que pasaban era constante. Demasiado ruido y demasiados olores se mezclaban en el mercado de Suntown. Chleo tiró de su capa para que las sombras ocultaran su rostro, no era común que por esos lugares se desplazara la nobleza; si alguien la reconocía, sería un blanco para más de algún ladrón. Caminó a paso acelerado, observando de reojo varios productos con desinterés. No tenía ningún motivo por el cual estar allí, ni necesitaba comprar nada y, si lo necesitara, la orden sería mandar a una de las empleadas, pero, aun así, siempre terminaba volviendo.
Cada una de las calles era una demostración de la miseria en la que estaban condenadas a vivir esas personas. El casi inexistente sistema de alcantarillados hacía que el mercado no fuera uno de los lugares más salubres para vender alimentos, pero eso ya no le importaba a la gente; no en la parte baja de Suntown, donde la mitad de la población moría de hambre. Chleo no se imaginaba que esto mismo sucediera en las capitales de los reinos vecinos, nunca había tenido la oportunidad de salir de esa ciudad, pero los rumores entre la nobleza iban en aumento: el Reino de la Luz estaba cada vez más inestable y todos ellos estaban atrapados allí.
Un puesto captó su atención y se detuvo a observar lo que parecía ser la primera cosa decente que veía en venta. La mayoría eran artículos de caza bastante rudimentarios, podían servir a la hora de dar con animales de gran tamaño, como ciervos o incluso jabalíes, pero se necesitaban materiales de más precisión si se quería cazar conejos y aves. Aunque la caza en el bosque del sur estaba prohibida, seguía habiendo algunos cazadores furtivos, más de los que uno se atrevería a pensar. La carne seca se vendía fácil por estos lugares, pero era la piel la que podía hacer la diferencia entre unas mediocres monedas para sobrevivir la semana y un buen negocio. Trozos de piel que Chleo contemplaba sobre el sucio mantel.
—Dactileras —dijo el vendedor fijando su mirada en ella. Chleo no levantó sus ojos—. Hechas con el mejor cuero de la ciudad y perfectas para cualquier cazador.
La mención la hizo instintivamente acariciar con su pulgar el resto de sus dedos, sintiendo las durezas que habían dejado años de práctica sin mucha protección. Levantó su mirada hacia el hombre. Lucía como el resto de las personas del sector: ropa vieja y sucia, piel arrugada y bañada en sudor, aparentando más edad de la que probablemente tenía. Había visto mejores días. Todos lo habían hecho.
—¿Cuánto por esta? —apuntó.
El vendedor la examinó de pies a cabeza antes de darle una respuesta. Una práctica común que Chleo ya conocía. El mercado de Suntown no era un mercado de precios fijos. Por eso a la hora de vender un producto, primero se veía cuánto estaban dispuestos a pagar los compradores y así tratar de obtener la mayor cantidad de dinero posible. Y Chleo sabía que por su falta de mugre en el rostro y de ropa rasgada, lo más probable era que le cobraran el triple.
—Normalmente cobraría cinco monedas de plata, pero a ti solo te cobraré tres. —La sonrisa del hombre no llegó a sus ojos.
Aun sabiendo que el valor real de la dactilera no superaba las dos monedas de plata, buscó en el bolsillo interno de su chaqueta y sacó cinco monedas.
—Quédese con el resto. —Y tiró las monedas sobre la mesa y, con la dactilera en su bolsillo, salió apresuradamente de la vista del vendedor.
Había actuado por impulso e inmediatamente se arrepintió, porque se había expuesto. El dinero no era algo que precisamente abundara por estas zonas y, a pesar de que a ella le sobraba, no podía permitirse demostrarlo en un lugar como el mercado. Si ese vendedor corría el rumor de que había una chica adinerada caminando sola por el centro de Suntown, los ladrones no tardarían en acecharla.
Estaba lista para marcharse de ese lugar, pero no sin antes ver a una persona. Se sabía la ruta de memoria, así que caminó con la cabeza baja. Sus oídos se mantenían alerta ante cualquier ruido de pasos que resonara tras los suyos, mientras sus ojos escrutaban a cada persona que la miraba por más tiempo del necesario. Al final, llegó a su destino. Entró a la oscura taberna y, a pesar de que sabía que una chica de su edad no iba a pasar desapercibida en aquel lugar, se sentó con normalidad frente a la barra. Echó un vistazo a su alrededor. Era el mismo público que solía concurrir a esos lugares: hombres robustos y desaliñados, mercaderes, cazadores, piratas y más de algún mercenario, la mayoría con cerveza en mano y una risa estridente que llenaba el lugar.
—¿Lo de siempre, querida? —La chica rubia detrás de la barra la miró con una sonrisa mientras terminaba de secar los vasos. Chleo asintió y un minuto después tenía una cerveza frente a ella—. ¿Qué estás haciendo acá? —la camarera bajó la voz hasta que se convirtió en un susurro cauto. Chleo le dio un largo trago a su cerveza, sin apartar los ojos de la chica.
—Solo pasaba a saludar, no creo que te haga mal un poco de compañía femenina entre toda esta testosterona. —Miró a su alrededor con la ceja alzada. Detestaba ese lugar.
—No puedes estar aquí. Debes irte antes de que te descubran.
Desde una de las mesas del fondo, un hombre con tatuajes y pelo recogido lanzó un silbido, haciendo que ambas dirigieron su mirada hacia él.
—Que no paren las cervezas, cariño. Ya sabes que no me gusta esperar. — Y todos a su alrededor soltaron carcajadas.
—No sé cómo puedes aguantar esto todos los días, Layla.
Chleo pudo ver cómo la resignación estaba grabada en los hombros de la camarera, quien rellenó los vasos de los hombres que no tenían reparos en mirarla como si fuera un trozo de carne. Volvió con una bandeja de vasos sucios en sus manos y los dejó en la barra.
—No es como que tenga muchas opciones, Chleo. Sabes que no puedo dejar a mi padre solo. —Siguió con su tarea de limpiar y acomodar vasos—. En cambio, tú no tienes nada que estar haciendo acá, es cosa de mirarte para saberlo; es más, varios de estos idiotas borrachos ya se han dado cuenta. —Con la cabeza señaló la mesa donde varios hombres la miraban con interés.
Aunque Chleo sabía que ninguno de esos hombres tenía la más mínima posibilidad contra ella, también sabía que Layla tenía razón. Se había arriesgado innecesariamente yendo hasta allá, pero no podía evitarlo, no soportaba quedarse en casa, y menos un día como hoy.
—Sabes perfectamente que no pertenezco allá.
—Pero tampoco perteneces acá —dijo Layla con voz dura—. Estoy segura de que para ti esto ha sido difícil, pero créeme que es mucho más duro estar de este lado de la ciudad que del que estás tú.
Chleo sabía que era cierto. Cualquiera de esas personas mataría por tener la vida que ella tenía en la parte alta de Suntown, cerca del castillo del Rey. Pero, aunque su madre poseía una gran fortuna a su nombre, para los nobles ningún título otorgado ni ninguna fortuna borrarían el hecho de que su origen estaba en la servidumbre.
Nobleza. Aunque había cargado con el título en los hombros desde su nacimiento, Chleo deseaba poder borrarlo.
—Lo sé, créeme. Es solo que hoy más que nunca deseaba no estar en casa.
El vaso de Chleo ya estaba vacío y, antes de que pudiera decir algo, la camarera ya lo estaba rellenando.
—¿Y eso? Podrías haberte quedado entrenando.
—Hoy es el Gran Baile de su Majestad, llevan meses realizando los preparativos. Solo pensar que debo asistir me da dolor de cabeza, Layla.
Un evento al que su madre por nada del mundo la dejaría faltar, ya había intentado convencerla durante días. Chleo odiaba todo tipo de eventos que se realizaran en el castillo, fuera cual fuera; a este asistirían todos los nobles del reino, presumiendo de sus tierras, sus fortunas, sus posesiones e incluso de su elegante y refinada vestimenta. Algo que a Chleo le parecía ridículo, considerando que en ese lado de Suntown había niños vistiendo la misma prenda, hasta que se rasgara y solo quedaran harapos, niños muriendo de hambre.
—Tu madre te matará, si no estás allá antes de que el sol comience a bajar. Ya deberías estar preparándote.
Todavía debía caminar desde la taberna hasta la entrada de la ciudad, donde había dejado su caballo en un pequeño establo, que una familia le permitía usar por unas cuantas monedas de platas cada vez que bajaba al mercado. Con las monedas no solo pagaba para ocultar al caballo y el resto de sus pertenencias, también servían para algo primordial: comprar su silencio.
—Creo que me arriesgaré, no estoy de humor para aguantar horas de preparación para asistir a un baile de horas de sufrimiento. Y menos en esta velada tan particular.
—¿A qué te refieres? —La camarera apoyó sus brazos en la barra frente a ella y se inclinó.
—A que en este baile no solo tendré que estar en presencia de un Rey, sino que serán dos: su Majestad la Reina de la Oscuridad ha decidido aceptar la invitación después de casi dos décadas sin pisar estas tierras. A esta hora ya debe estar llegando a las fronteras.
Chleo y Layla se miraron sin decir nada, pero ambas entendían que la presencia de la Reina Oscura en la capital de la Luz no era una buena noticia. La situación se había vuelto más tensa que nunca desde que el trono del Imperio había quedado vacío años atrás, cuando la antigua Reina de la Luz había desaparecido meses antes de tomar el trono del Imperio de Krea. Nunca la encontraron. Desde entonces parecía que los monarcas no lograban llegar a un acuerdo en cuanto a quién debía tomar el control del Imperio, y las diferencias más notorias se encontraban entre los reyes que hoy estarían compartiendo el mismo salón de baile.
—¿Qué hay de los otros reinos?
—El Reino de Hielo y el de las Flores tienen sus propias disputas entre ellos, como para asistir a un baile con otros dos reinos que ya están en conflicto, y al parecer nuestro Rey no parece confiar lo suficiente en el Reino del Mar y el de Metal desde que han decidido estrechar lazos con nuestros vecinos de la Oscuridad.
De pronto el miedo se hizo visible en los ojos de la camarera. Ambas entonces se miraron durante un momento sin decir palabra, entendían que nada bueno podía salir de la situación. Chleo se levantó y dejó unas monedas para pagar las dos cervezas que había consumido.
—Tienes razón, creo que ya es hora de que me vaya, mi madre debe haberse vuelto loca para este momento.
La única respuesta de la camarera fue un leve movimiento de cabeza, y luego siguió con su trabajo. Ni siquiera levantó la mirada cuando Chleo atravesó la puerta de la taberna.
La joven noble volvió a recorrer las calles de la ciudad, esta vez con un paso más apresurado, su capa cubriendo sus facciones entre las sombras. No era un trayecto corto hasta llegar al establo, pero un caballo en esa zona llamaría excesivamente la atención y en las estrechas calles de Suntown se le hubiera hecho casi imposible desplazarse. Además, ya se había puesto al descubierto al entregarle esas monedas extras al vendedor, por lo que no podía permitirse levantar más sospechas.
Lo más seguro era que su madre la estuviera esperando histérica, había tardado más de lo que había previsto y aún debía vestirse, peinarse y maquillarse para asistir al baile real. Su único consuelo era que no iba a ser la única dentro de ese baile que se sintiera fuera de lugar.
Sus oídos entonces captaron unos pasos que llevaban siguiéndola durante varias calles, al mismo ritmo que los de ella, se estaba acercando a los límites de la parte baja de la ciudad, por lo que no era común que circulara gente, y aunque podía ser una coincidencia, deslizó su mano lentamente hasta alcanzar la daga que siempre cargaba en su cinturón.
Chleo había sentido cómo aquel hombre la seguía desde hacía varias calles, pero no se había percatado de que también la acechaban desde los techos de las decrépitas casas. No hasta que un hombre saltó desde uno y aterrizó frente a ella con una daga en cada mano.
El vendedor la había delatado. En menos de dos horas la habían encontrado a pesar de sus esfuerzos por pasar desapercibida. Una vez más Layla había tenido razón: nunca debió haber vuelto al mercado, pero aun en ese instante, cuando sus actos habían puesto su vida en riesgo, no pudo prometerse a sí misma que no lo volvería a hacer.
Las intenciones de aquellos hombres eran claras, así que Chleo no dudó un segundo en sacar su daga. Eran dos contra una, pero incluso con esos números, las probabilidades estaban a su favor. Era delgada y esos hombres le sacaban una cabeza de altura; sin embargo, ella llevaba años entrenándose, años perfeccionando su técnica. El hombre frente a ella se lanzó para atacarla, pero Chleo era mucho más rápida y esquivó el ataque, siempre consciente del segundo hombre que se encontraba detrás y de que su espalda estaba expuesta, pero no por mucho tiempo.
El hombre volvió a atacarla con su segunda daga, pero esta vez ella respondió, ya le había dado una oportunidad de ataque para medir su fuerza y técnica, y con ese pobre movimiento había probado no ser un gran oponente. Chleo bloqueó el ataque con su antebrazo y lo pateó en el pecho con fuerza, haciéndolo caer. Entonces el segundo hombre avanzó hacia ella con un cuchillo en la mano.El miedo latente en sus ojos al darse cuenta de que había subestimado a la persona equivocada era evidente. Ella esquivó el ataque y enterró la daga en el hombro de su adversario haciéndolo lanzar un gruñido. Aun así, el sujeto no se rindió y, con su mano libre, intentó llegar a su cuello, pero Chleo le atravesó la palma de la mano con la daga antes de que llegara a tocarla y pateó su espinilla, haciéndolo caer de rodillas.
Entonces, se alejó del hombre que se encontraba quejándose en el suelo y sacó una segunda daga escondida en su bota mientras el primer hombre se ponía de pie, tratando de mantener el equilibrio avanzó con la daga apuntando al pecho de Chleo. Era un movimiento inexperto e improvisado, lo que la hizo darse cuenta de que eran ladrones, no asesinos. No dudó en girar y enterrar la daga en el muslo del hombre, quien también cayó al piso, gritando de dolor. Chleo se retiró el sudor de su frente, sin importarle que sus manos estuvieran manchadas con sangre.
Chleo guardó la daga en su bota y se dio vuelta para seguir su camino, pero un quejido la hizo detenerse y dudar por un momento. Se había metido en demasiados problemas por una noche, si seguía siendo imprudente podía terminar siendo arrestada, aunque si no hubiera ido al mercado, esos hombres no la habrían atacado, y no habrían terminado así…
“Solo por esta vez”, pensó. Y entonces volvió hacia donde se encontraban las huellas de la pelea y se arrodilló junto a los hombres heridos, enseguida recogió una de las dagas y cortó un trozo de la parte inferior de su capa. Pero la daga apenas tenía filo, por lo que batalló bastante para cortar la gruesa tela. De ahí lanzó un gruñido de exasperación.
—¿Qué rayos pretendías hacer con esta cosa? —Tiró la daga al piso y apretó la herida en el muslo del hombre con la tela cortada, tratando de improvisar un vendaje—. Ahora escucha con atención, dolerá un infierno al caminar, pero esto detendrá el sangrado por ahora. —Sacó más monedas de plata del bolsillo de su chaqueta y las puso en la mano del hombre—. Ve con un sanador y haz que los curen, esto les alcanzará a ti y a tu amigo. Con suerte se encontrarán en perfectas condiciones en unos días.
Hizo exactamente lo mismo con la herida en el hombro del otro sujeto. Cuando terminó, se levantó y dio un par de pasos en dirección al final de la calle.
—¿Quién rayos eres tú?
Chleo se detuvo en su lugar, volteó la cabeza y vio al hombre al que había herido en el brazo, sosteniendo con una mano temblorosa la herida en su hombro. Chleo examinó su rostro detenidamente. No parecía tener más de veinte y tantos años, pero la verdad era que vivir en ese sector a veces podía hacerte envejecer más de la cuenta, y en circunstancias normales lo habría encontrado atractivo. Clavó su mirada en la de ella, sus ojos reflejaban sorpresa, lo cual no era una buena señal.
—Yo no soy nadie, no andes mencionando lo que ocurrió aquí hoy o volveré a terminar el trabajo —dijo finalmente. Era mentira y ahora sí, siguió su camino por las estrechas calles de la parte baja de Suntown.
Una vez que llegó al establo ensilló a Atlas, lista para marcharse de allí lo más pronto posible. Ya había causado suficientes desastres por hoy. Acarició la cabeza de su compañero y este cerró sus ojos cuando su dueña descansó su frente en la suya. Muchas veces era la única compañía que tenía. Atlas había sido un regalo de su madre en su cumpleaños número doce: cuando ese día le descubrieron los ojos para revelarle un pequeño potro acostado en el establo, la emoción de Chleo fue incontenible. Desde ahí adoraba montarlo y recorrer las grandes expansiones de tierra de la parte alta de Suntown. Le encantaba el viento contra su rostro y la vista de las verdes praderas. Como si no existiera un reino. Como si todo en el mundo se encontrara en orden, Atlas le ayudaba a soñar con esa fantasía.
—Salgamos de aquí, precioso.
Salió cabalgando de ahí después de dejar una bolsa con el dinero prometido colgada por el interior de la puerta. La distancia hasta sus tierras no era corta; sin embargo, para Chleo se le había hecho una rutina tomar cuantos desvíos fueran posibles para extender su tiempo fuera de casa. Amaba a su madre y tenía todas las comodidades que alguien pudiera desear, pero detestaba estar encerrada en ese mundo que se alejaba de la realidad.
La hacienda que su madre poseía se encontraba al sur de los otros terrenos de la nobleza perteneciente al Reino de la Luz, pero aun así era parte de las tierras del norte. La distribución de los terrenos en Suntown era una clara demostración de la gran segregación existente en la capital de la Luz y en todo el resto del Reino: las praderas del norte, abundantes tierras fértiles, se encontraban en posesión de la nobleza, que las explotaban dotándose de grandes riquezas. Mientras, en el lado sur de la ciudad era donde se encontraba la población más vulnerable, que luchaba día a día por sobrevivir.
Más al sur se encontraba el Bosque Nocturno.Su nombre se debía a que la densa cantidad de árboles hacía que la luz del sol escaseara en el bosque, haciendo que pareciera ser siempre de noche, aunque otros decían que se le dio ese nombre debido a que era la frontera natural con el reino vecino: El Reino de la Oscuridad.
Atlas disminuyó su velocidad a medida que se acercaban a la hacienda. La casa era gigante, con habitaciones que probablemente no se habían ocupado desde su construcción, pero, a pesar de su gran tamaño, no se podía comparar con las mansiones de los otros nobles.
Apenas bajó de su caballo, Chleo vio a dos sirvientas esperándola. Una tomó las riendas de Atlas para llevarlo a los establos y alimentarlo, mientras que la otra caminó detrás de ella al entrar a la casa, esperando la autorización para poder atenderla y prepararla para el baile.
—¿Está muy molesta? —Chleo entró a la sala perfectamente limpia y pulcra.
—Lleva más de dos horas esperando su llegada, señorita Thorne. He estado tratando de calmarla, pero quedan solo un par de horas para el comienzo del baile.
Chleo suspiró justo en el momento en que una mujer de baja estatura y rechoncha entraba a paso apresurado al salón. Sus ojos llenos de reproche se encontraron con los de su hija y su cara redonda se tornó roja de rabia.
—¡¿Dónde te habías metido?! Llevo toda la tarde esperando por ti, juro que me vas a matar de los nervios. El baile real ya va a empezar y mira cómo estás vestida. —De repente se quedó quieta, fijando su miraba en la frente manchada de sangre de su hija. Sangre que Chleo se había olvidado completamente de limpiar. Su madre tomó entre sus manos la cara de Chleo, sus ojos ahora teñidos de preocupación, mientras la examinaba en busca de más heridas—. ¿Esto es sangre? Por el Señor de la Luz. ¿En qué lío te has metido ahora? ¿Estás herida?
Chleo puso las manos sobre las de su madre, las cuales habían comenzado a temblar levemente.
—Mamá, estoy bien, no te preocupes. Lamento mucho haber tardado tanto, tenía unos asuntos pendientes en el centro de la ciudad y la hora se pasó antes de que me diera cuenta.
No hubo respuesta alguna más que una mirada cautelosa. Luego le ayudó a sacarse la capa apresuradamente y se la pasó a la sirvienta para que la tirara a la basura. Chleo protestó, pero la sirvienta ya había desaparecido por la puerta.
—Pues ya que apareces, ve a tu cuarto, las muchachas te están esperando para darte un baño, y vaya que lo necesitas.
Chleo no pudo evitar que una sonrisa se formara en sus labios e inmediatamente el rostro de su madre se suavizó. Notó entonces que su madre vestía una túnica simple, de esas que solía usar dentro de casa.
—¿Si es tanta la prisa, por qué no te has vestido, mamá?
—Porque no necesito cambiarme ropa para quedarme en casa.
La mujer caminó rápidamente por el pasillo en dirección a la cocina, con Chleo pisándole los talones.
—¿Cómo es eso de que no vas al baile? ¿Y en ese caso por qué tendría que ir yo? Podría quedarme aquí contigo. —Su madre pareció considerarlo, así que Chleo presionó un poco más—. Mamá, no tenemos que asistir si no quieres, ninguna de las dos queremos, no es nuestra obligación.
Su madre suspiró levemente mientras miraba por una de las ventanas hacia el exterior.
—Sí que lo es, Chleo. Y lo sabes muy bien. Lamento mucho hacerte esto, hija. Sé que no quieres ir, pero no presentarse sin una buena excusa nos puede traer problemas. Por eso te pido, te suplico que vayas y le digas al Rey que estoy muy enferma y que esa es la razón por la que no pude asistir, pero que tú vas en representación de nuestra familia. Yo… iría, hija. Te acompañaría como lo he hecho en todos los bailes anteriores, porque puedo soportar a nuestra nobleza hablar de mí, incluso puedo soportar que se rían de mí como lo han hecho todos estos años. —Sus hombros estaban caídos y sus ojos brillaban por las lágrimas que trataba de contener—. Pero no la de ellos. Puedo soportar una nobleza entera menospreciándome, pero no dos.
Y entonces Chleo entendió lo que su madre tendría que enfrentar si ponía un solo pie en el salón real. Y no pensaba permitirlo. Nunca. Había aguantado durante años el trato despectivo de los demás y aun así se había mantenido con la cabeza en alto, no había dejado que la quebraran.
Chleo abrazó a su madre, quien apoyó la cabeza en el pecho de su hija.
—No te preocupes, mamá. No tienes que ir a esos eventos nunca más.
—No quiero exponerte a esto, Chleo.
—No me estás exponiendo a nada. Además, ya es hora de que la gente sepa quién es Lady Chleo Thorne.
Su madre se separó un poco de ella, solo lo suficiente para mirarla a los ojos.
—Pueden romper todo en ti, mi niña. Tus huesos, tu voluntad e incluso tu corazón pueden ser despedazados, pero nunca dejes que rompan tu espíritu.
No era algo usual que su madre le dedicara palabras tan profundas, y quizás por eso Chleo asintió y le dio un pequeño beso en la frente a su madre. Una vez que se separaron subió las escaleras y, en cuanto abrió la puerta de su habitación, se encontró con dos sirvientas más, que la tomaron de los brazos y la metieron en la habitación de baño, donde una bañera llena de agua caliente la esperaba. Chleo se imaginaba que el agua tuvo que ser varias veces recalentada para que a su llegada se encontrara aún emitiendo vapor. Entre ambas la desvistieron y, una vez desnuda, esperaron a que Chleo se sumergiera en el agua y, al entrar en contacto con ella, lanzó un suspiro de satisfacción.
Ese día definitivamente no había sido de los mejores que había tenido. Y las horas siguientes tampoco parecían ser muy prometedoras. Las sirvientas la bañaron cuidadosamente, frotando jabones con esencias deliciosas sobre su piel, tratando de borrar todos los rastros de sangre y mugre que había dejado su pelea con esos ladrones. Velas encendidas iluminaban levemente la habitación, y Chleo se permitió unos minutos para cerrar sus ojos y relajarse.
Había pasado más tiempo del que debía en la bañera considerando que llevaba varias horas de atraso, así que las sirvientas la sacaron ahí y una vez que estuvo seca la ayudaron a ponerse un hermoso vestido sin hombros, pero con largas mangas, lleno de brillos dorados en la parte inferior del vestido que iban disminuyendo hasta que en el busto se podían apreciar unos cuantos destellos sutiles. El vestido era ajustado en toda la parte superior, resaltando sus sutiles curvas, y desde los muslos fluía suavemente, como si se deslizara con gracia.
—Su madre lo mandó a diseñar especialmente para usted —dijo una de las sirvientas que la miraba.
Ya vestida, la sentaron en el tocador de su habitación para proceder con el pelo. Lo dejaron caer en suaves ondas sobre su espalda y sobre su cabeza le pusieron una diadema de hojas de oro. Le aplicaron además un maquillaje tan ligero que sus pecas seguían cubriendo su nariz y sus mejillas.
—Parezco el sol —dijo seriamente a su reflejo en el espejo. Ambas sirvientas la miraban, esperando por su aprobación. Y a pesar de que Chleo odiaba la razón por la cual estaba usando ese vestido, se deleitó con la visión de su atuendo y se permitió disfrutar sentirse hermosa, aunque fuera para una ocasión horrible—. Si voy a asistir a este estúpido baile, que sea luciendo como si fuera el mismísimo sol.
Ambas sirvientas sonrieron complacidas por esa respuesta.
Layla echó a los últimos hombres borrachos que quedaban en la taberna y exhausta cerró las puertas con seguro y candado. La rutina la estaba matando, pero aun así no se dejaba desfallecer. Miró a su alrededor y contempló el desastre: vasos y jarras por todos lados, cerveza y comida en el suelo, sillas y mesas esparcidas en desorden. Podía imaginarse las condiciones en las que se encontrarían los baños.
Comenzó recogiendo los vasos. Todos los días consistían en lo mismo: levantarse antes del alba para preparar la cocina, abrir apenas el sol saliera para recibir a los primeros clientes, servir cerveza, destilados y comida durante todo el día hasta que llegaba la noche, cuando tenía que sacar a rastras a más de algún hombre que casi no se podía mantener en pie y luego entrada la madrugaba debía limpiar el local para acostarse con dolor sobre todo el cuerpo, dormir unas pocas horas y al día siguiente repetir todo. Era la vida a la que estaba condenada.
Sin educación, sin dinero y sin un título de nobleza no se podía esperar nada más. Su padre nunca le preguntó si deseaba trabajar en la taberna. Pero cuando cumplió los doce años, le llegó la orden de trabajar ayudando en la cocina y, cuando se hizo lo suficientemente mayor para llevar varias jarras de cerveza, se convirtió en su responsabilidad atender el lugar. El hecho de que su madre la abandonara cuando ella tenía siete años empeoró aún más el panorama, junto con ella se fue su infancia y también la sobriedad de su padre.
Layla sacudió su cabeza tratando de borrar esos pensamientos. No servía de nada preguntarse qué hubiera sido de ella, ya que no podía cambiar el pasado. Esta era su vida y debía conformarse. Ese era el discurso que cada vez se repetía con menos convicción en su cabeza.
Una vez que recogió todo, pescó el trapero y la cubeta y comenzó a limpiar el piso. Su padre le había repetido una y otra vez que debía estar agradecida de poder tener un techo sobre su cabeza y alimento sobre la mesa. Y era cierto, se podía considerar afortunada si se comparaba con la mayoría de sus vecinos. A pesar de que su vida era difícil, había gente en ese lado de Suntown que llevaba años viviendo en la calle, alimentándose de las pocas sobras que lograban encontrar.
Pero aun así las cosas solo parecían empeorar. La clientela escaseaba cada vez más, la gente no tenía dinero para asistir a tabernas, los únicos que se podían dar ese lujo en ese momento eran aquellos hombres que vivían de negocios ilegales, como los mercenarios, cazadores y asesinos. El dinero se hacía cada vez más escaso y Layla ya no podía recortar más gastos. Se detuvo un momento suspirando, sus brazos le dolían debido al esfuerzo de limpiar con tanta fuerza el suelo.
—Maldita mancha que no se quita.
Cuando su padre viera las ganancias de ese día iba a estar muy molesto. Layla veía venir la charla que este le daría: “Tienes que esforzarte, intenta atraer más clientes”. Nunca lo había culpado por su vida, no podía; en algún momento fue un padre ejemplar y cariñoso, pero de eso hacía mucho tiempo, la vida lo había golpeado bastante a medida que Layla crecía y este negocio era lo único que les quedaba a ambos. Había momentos en los que Layla deseaba que su padre reconociera su esfuerzo.
Todos los días la frustración la atormentaba, por no poder escapar de allí, escoger su propio camino, incluso si le costaba el doble o el triple. Y sobre todo por ver el mundo a su alrededor desmoronándose poco a poco, la gente ya no iba a poder aguantar mucho más así. El hambre, la miseria y la muerte habían rondado a Layla toda su vida y estaba cansada de ser una simple espectadora y no poder hacer nada mientras, del otro lado de la ciudad, el Rey acumulaba grandes riquezas que podrían mejorar la vida de todos ellos y salvarlos.
Layla sentía que vivía sus días inmersa en injusticia, resignada a ver como un gobernante corrupto destruía el Reino que era su hogar. Y ella no podía hacer nada para cambiarlo. O tal vez sí.
La carroza llevaba casi una hora recorriendo las praderas en dirección al norte de la ciudad, cuando finalmente Chleo pudo divisar el castillo dorado, tan brillante que parecía estar bañado en oro y, aunque ya había visitado el Gran Castillo en varias ocasiones, no dejaba de sorprenderle su esplendor. Además, era muy probable que el Rey hubiera gastado en este baile el doble de lo que solía gastar en los eventos periódicos que se celebraban en el Gran Castillo. No todos los días el Reino de la Oscuridad aceptaba una invitación al baile real, era obvio que querían causar una buena impresión. Y así fue a los ojos de Chleo.
Los jardines de la entrada estaban llenos de árboles y arbustos con flores en las que se veían destellos brillantes. Por las piletas a ambos lados del camino de entrada no corría agua, sino que una cascada que parecía contener los mismísimos rayos del sol. Había varias carrozas avanzando delante de Chleo, por lo que pudo observar cómo el camino se iluminaba al tacto de las ruedas. Todo en aquel lugar irradiaba una sola cosa: magia. No dejaba de ser hermoso, aunque fuera artificial.
Una demostración de poder, eso era lo que significaba todo este derroche. Para hacerle saber a la Reina de la Oscuridad que el Reino de la Luz era poderoso, rico e indestructible. Eso era lo que el Rey de la Luz pretendía hacerles creer, porque eso no podía estar más alejado de la realidad. La verdad era que en las ciudades todo se estaba cayendo a pedazos.
La carroza se estacionó en la entrada del Gran Castillo, e inmediatamente sirvientes se acercaron a abrir la puerta: uno de ellos extendió su mano enguantada para ayudar a Chleo a bajar. Iban vestidos con túnicas doradas y diseños de soles bordados en color rojo en cada uno de sus hombros, mucho más elegantes que veces anteriores. Una vez que Chleo bajó, la carroza se marchó y la muchacha caminó con la cabeza erguida hasta las gigantes puertas de entrada, donde otro sirviente hizo una reverencia y dijo con voz solemne:
—Lady Chleo Thorne, bienvenida al Gran Baile Real, su Majestad nos honrará con su presencia en unos minutos, pero en nombre de él y de todos en el Gran Castillo le doy la más cordial bienvenida y le expreso mis deseos de que disfrute de este maravilloso evento.
Cuánta formalidad. Chleo se limitó a darle una leve inclinación de cabeza y siguió su camino hacia el Gran Salón, que había sido decorado con motivos de sol, incluso las cortinas doradas tenían bordados rojos de la gran estrella. Todo parecía estar bañado en oro: los candelabros colgados en el techo, las copas de vino, las bandejas que llevaban los sirvientes, incluso la comida y los bebestibles estaban bañados en un color dorado. Pero lo que más se hacía notar era el trono del Rey. Hecho de oro fundido y diamantes, tenía unas puntas saliendo de la silla, como si fueran rayos del sol rodeando a la persona que se sentara en ese trono. La modestia no era precisamente una de las cualidades del Rey.
Chleo pudo sentir cómo su pecho se apretaba. El Rey presumía de todos estos lujos, mientras la gente en el sur de Suntown moría de hambre. Sus mejillas enrojecieron de rabia y ya no quiso estar allí, se dio vuelta con la intención de marcharse, de decirle a su madre que lo lamentaba, que lo había intentado, pero que no lo podía soportar, cuando un cuerpo bloqueó la salida.
—Ahí estás, tan puntual como siempre.
Frente a ella estaba parado un chico de su edad; su lacio cabello perfectamente peinado y su piel ligeramente bronceada. Sus labios formaban una sonrisa que no alcanzaba a llegar a sus ojos, que eran de color dorado al igual que los de ella. Todos los habitantes de un reino compartían características físicas similares; en el caso del Reino de la Luz eran los ojos de color dorado y el cabello rubio claro. Aunque esta última característica parecía saltarse a Chleo, puesto que su cabello era de color caramelo, mucho más oscuro que el rubio de los habitantes del Reino. Nadie se había explicado por qué, aunque lo más probable fuera un error genético, alguna especie de mutación, ya que su madre sí poseía el característico cabello rubio. Con todo, Chleo no sabía quién era su padre, su madre nunca lo ha mencionado y ella no se molestaba en preguntarle.
—¿Quién querría perderse semejante ocasión? —dijo con sarcasmo, haciendo que el chico inclinara su cabeza con una sonrisa mucho más genuina esta vez.
—No puedes esperar para largarte de aquí, ¿verdad?
—Eso era exactamente lo que pretendía hasta que te cruzaste en mi camino, Roan.
—Pero ¿qué dices? No hay nada más divertido que un pomposo baile real y las personas que asisten son encantadoras, y muy humildes por lo que me han dicho. —Una leve sonrisa apareció en los labios de Chleo. Roan extendió su brazo para entrelazarlo con el de Chleo—. Por un momento pensé que no vendrías.
—Sabes perfectamente que, si fuera por mí, no asistiría a ninguna de estas cosas.
Caminaron por el salón sin un rumbo en particular.
—Sabes perfectamente que, si fuera por mí, tampoco vendría, pero aquí estamos, con nuestras mejores prendas. Te ves hermosa, por cierto.
—Gracias. Tú también te ves muy bien.
Usaba una túnica color miel, no demasiado brillante, con diseños bordados en colores oscuros en las mangas y los hombros. Podía ser considerado como un traje sencillo en comparación con el de los otros asistentes, los cuales vestían con demasiados colores y accesorios, las mujeres con grandes vestidos y abundante joyería, pero aun así la belleza natural de Roan lo hacía resaltar entre los demás invitados.
Estaban caminando en círculos por todo el salón, evitando a la mayoría de los invitados, aunque de vez en cuando algún noble les dirigía un leve movimiento de cabeza a modo de saludo, que ellos respondían.
—¿Y se puede saber el motivo por el cual me hiciste esperar? Sabes que solo aguanto estas cosas porque estás tú sufriendo conmigo.
—Me honras. —Uno de los sirvientes les ofreció las copas que llevaba en las bandejas y ambos tomaron una. Chleo acercó el contenido a su nariz, y a pesar de que olía exactamente igual al vino que siempre se servía, su contenido era dorado brillante—. Por el Señor de la Luz, este lugar está repleto de magia, incluso el vino.
Chleo bebió varios tragos del contenido de su copa, no se veía capaz de aguantar toda la velada completamente sobria.
—No me sorprende, la verdad. Llevaban meses planeando este baile y, cuando llegó la confirmación de la Reina de la Oscuridad, la actividad en el castillo se duplicó, al igual que la seguridad.
—Esto no me gusta. No creo que nuestra vecina haya aceptado la invitación para beber vino mágico, emborracharse y besar nuestros pies.
—¿Qué quieres decir?
Roan la miró con cautela. Chleo abrió la boca para contestarle, pero fue interrumpida por un hombre bien vestido en sus tardíos sesenta, a quien una chica de no más de diecisiete lo acompañaba. Tanto Chleo como Roan hicieron una leve reverencia en cuanto estuvieron frente a frente.
—Lord Roan y Lady Chleo, es un placer tenerlos por acá. No he tenido el honor de presentarles a mi hija, Rose. Es primera vez que asiste a uno de los bailes del Rey.
Chleo los examinó de pies a cabeza. Ya había visto antes al hombre, Lord Branon, dueño de una de las expansiones de tierra más grande del Reino de la Luz y poseedor de grandes riquezas. Su esposa había muerto hacía un par de años, pero Chleo no sabía de la existencia de su hija. Rose estaba usando un vestido abultado y una gran cantidad de joyas con grandes piedras brillantes. A la mención de su nombre, la chica hizo una reverencia y sus mejillas se tiñeron.
—Un placer conocerlos a ambos. —La mirada de Rose se fijó en el acompañante de Chleo—. Me han hablado mucho de usted, Lord Roan.
—Espero que hayan sido cosas buenas.
Chleo le lanzó una mirada a Roan, que le sonreía educadamente, pero se resistió a poner los ojos en blanco.
—Por supuesto, dicen que desde que tomó el control de la administración de los terrenos de su padre su familia se ha hecho de muy buenas ganancias.
—Solo cumplo con mis obligaciones, Lady Rose.
En el momento en que Chleo supo la dirección en la cual iba la conversación, se terminó el vino de su copa de un solo trago, dándoles una excusa para marcharse.
—El vino está especialmente exquisito hoy. Si nos disculpan, iremos a buscar un poco más, Lord Branon, Lady Rose. —Les dirigió a ambos una sonrisa y una reverencia a modo de despedida—. Un placer.
Lord Branon la iba a odiar aún más después de aquello, pero no le importaba. Roan le dirigió una mirada agradecida a su compañera, y ambos continuaron su recorrido en círculos, rellenando sus copas en cuanto tuvieron oportunidad.
—¿Sabes lo que fue eso verdad? —Chleo soltó su brazo para quedar frente a él y poder mirarle a los ojos.
—Tengo mis sospechas, pero tu confirmación sería de mucha ayuda.
Roan la imitó, bebiendo el contenido de su copa de un solo trago. No estaba pasando por el mejor momento de su vida: su padre de avanzada edad se había enfermado, dejándolo a cargo de la administración de los territorios, su madre llevaba meses postrada en cama debido a una enfermedad de la cual no se había podido recuperar. Lo único cierto, para Roan, es que con Chleo se conocían desde pequeños, pero no llegaron a ser amigos hasta que llegaron a la adolescencia.
—No creo que haya sido coincidencia que, cuando Lord Branon decidió presentar a su hija en un evento social, se acercara justamente a nosotros y especialmente a ti Roan, que has aumentado tus riquezas en los últimos meses y que por lo mismo has subido de estatus.
—Puede que mis riquezas hayan aumentado un poco, pero eso no quita el hecho de que sigamos siendo parte de la baja nobleza.
Sigamos. La palabra resonó en su cabeza.
—Eres uno de los pocos hombres solteros, jóvenes y decentes que podría considerar Lord Branon para casarse con su hija y, aunque tus riquezas no sean comparables con las del resto de la nobleza aquí presente, si las sumamos a la que está planeando heredarle a su hija podrías considerarte uno de los hombres más ricos de Suntown e incluso de todo el Reino de la Luz.
Roan apretó sus labios y desvió su mirada de la de su amiga.
—Da igual, sabes que eso no va a pasar.
Y Chleo sabía perfectamente por qué.
—Hoy la vi. —Los ojos de Roan se encontraron con los de ella y su voz bajó a un leve susurro que solo ambos podían escuchar.
—¿Bajaste al centro de Suntown? —Chleo solo movió su cabeza en un gesto de afirmación—. ¿Por qué?
—No lo sé, quería ir al mercado, quería ver cómo estaban las cosas. No puedes reprocharme nada, sé perfectamente que tú has hecho lo mismo un montón de veces esta semana.
Una sombra de preocupación surgió en los ojos de Roan.
—¿Cómo… cómo está ella?
Chleo puso una de sus manos sobre el antebrazo de su amigo como gesto tranquilizador. Sabía que estaba preocupado, que moría de ganas por ir a ese lugar y sacarla de allí.
—Luchando, sabes cómo es Layla, no se da por vencida nunca. —Su amigo mordió su labio y pasó una mano por su cara frustrado—. Oye, es fuerte, siempre lo ha sido, probablemente más fuerte que tú y yo juntos. Ha afrontado cosas peores, ha vivido toda su vida allí y prácticamente es la que mantiene en pie ese lugar.
—Ella ni si quiera debería estar ahí.
—Nadie debería, pero es lo que la gente hace: sobrevivir.
Chleo deseaba poder encontrar alguna forma de calmar a su amigo, de asegurarle que todo saldría bien, pero sabía que era imposible. En eso las trompetas empezaron a sonar haciendo dar un brinco a los invitados. Esa melodía podía significar una sola cosa: La entrada del Rey de la Luz.
El monarca estaba parado en las puertas de entrada con una sonrisa que envió escalofríos por la espalda de Chleo. Vestía mejor que nunca: grandes topacios adornaban todo su atuendo de la más fina seda junto con bordados en oro. Todo en él emanaba poder y grandeza. El Rey de la Luz se encontraba en sus avanzados cuarenta; aunque su piel estirada podía engañar a cualquiera, con su apariencia no demostraba tener más de treinta y cinco años. Había tomado el trono una semana después de la desaparición de su hermana melliza hacía casi dos décadas. Siempre fue de conocimiento público que sería su hermana quien algún día tomaría la corona real y, en el momento en que ese destino cambió, el joven monarca no se encontraba ni más remotamente preparado para asumir ese poder.
A diferencia de lo que las historias cuentan de su hermana, El Rey actual siempre fue ambicioso y siempre guardó un resentimiento por no haber sido elegido por sobre su melliza para gobernar, pero sus padres habían visto que no tenía las cualidades que en un Rey se requerían, además había demasiada oscuridad en él. Incluso en un lugar lleno de luz, Chleo pudo sentir esa oscuridad emanando.
Ante su presencia, cada uno de los invitados hizo una reverencia, y nadie levantó su mirada cuando el Rey caminó lentamente por el Gran Salón en dirección al trono. El sonido de sus botas resonaba por todo el salón que había quedado en un silencio sepulcral desde el anuncio de su llegada. El Rey de la Luz se paró frente al trono, mirando a todos los asistentes reverenciados ante él, y levantó sus manos.
—Como siempre, es un honor ser recibido con tanta devoción de parte de mis súbditos. Como su Rey y anfitrión, espero que disfruten la velada, que en esta ocasión ha sido preparada con especial… esfuerzo. —Chleo apretó los puños a su costado—. Y gracias a todos por asistir.
Entonces automáticamente todas las cabezas se alzaron y una suave melodía comenzó a ser tocada por la orquesta. Chleo oyó cómo su acompañante suspiraba a su lado.
—Que comience la fiesta.
Ambos caminaron de brazos entrelazados hacia donde varios nobles hacían fila para conversar con el Rey. Era una tradición de cada baile real, que una vez que el monarca hacía su gran entrada, se diese un saludo especial a cada uno de los invitados, y que estos lo elogiaran por su gran trabajo, aunque fuese una completa mentira.
A medida que se iban acercando, la rabia dentro de Chleo crecía. Quería poder gritarle todo a la cara, recriminarle cómo podía estar sentado con esa sonrisa y dando grandes bailes mientras la gente en el sur de Suntown empobrecía cada día más. Quería recordarle cómo su madre había servido fielmente a su familia y que merecía el mismo respeto que cada una de las personas en ese salón. Quería poder decirle que era un pésimo gobernante y que, si no podía mantener en pie a su propio reino, jamás podría gobernar todo un imperio. En definitiva, Chleo quería gritar cada una de esas cosas en su rostro. Pero no podía. No con su madre, esperándola sola en casa. Así que una vez que llegó frente al Rey sentado en su trono, se obligó a poner su mejor sonrisa y a hacer una reverencia. El Rey no le dirigió la mirada ni por un segundo y en cambio se concentró en Roan.
—Lord Roan, un placer tenerlo por acá. He oído por boca de otros nobles que la administración de sus tierras nunca ha estado mejor.
—Es un honor poder serle útil a mi familia, Majestad.
Chleo admiraba la capacidad de su amigo para mantener la compostura, ya que sabía que Roan odiaba su título tanto como ella.
—Espero verlo en compromiso muy pronto. Sería muy bueno verlo en compañía de una dama digna de su apellido para que lo ayude con la administración de la hacienda.
