La lata de Galletas - Laura Retamar López - E-Book

La lata de Galletas E-Book

Laura Retamar López

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Beschreibung

Tras una ruptura inesperada que se suma a una lista interminable de errores, Carolina decide volver con su madre y su abuela. Ahora de nuevo en su antiguo hogar, un edificio histórico que en otra época fue un hotel, tiene que volver a empezar. No lo tiene nada fácil, debe buscar trabajo, descubrir sus verdaderos deseos y creer de nuevo en el amor. Gracias al contenido de una antigua lata de galletas que contiene la historia de su bisabuela, que se llama igual que ella, y la de todas las mujeres que rodean su vida, en especial su abuela, poco a poco descubrirá los secretos de su pasado y cómo afrontar la nueva situación en la que se encuentra. A través de las páginas, las historias de bisnieta y nieta se van entrelazando, dando sentido al conjunto de la novela. La lata de galletas es una narración de diferentes generaciones, en clave de humor, con matices difíciles de digerir, como la demencia o el miedo a la soledad, pero con un mensaje positivo.

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Seitenzahl: 228

Veröffentlichungsjahr: 2024

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Laura Retamar López

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de cubierta: Rubén García

Supervisión de corrección: Celia Jiménez

ISBN: 978-84-1068-824-7

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

.

A las mujeres de mi hogar y, sobre todo, a ti, Sofía,

que acabas de llegar a nuestras vidas.

CAPÍTULO I: Resaca por el fracaso

Odio mi vida, soy una miserable. Estoy a punto de cumplir treinta años y lo único que sé hacer es complicarme la existencia. No sé cómo es posible, pero siempre tomo el camino equivocado. No soy exagerada cuando digo que, si me pusieran un luminoso con letras gigantes y un cartel que dijese «PELIGRO», seguiría eligiendo mal, porque seguro que en mi interior una vocecilla me diría algo así como: «Bueno, seguro que no es para tanto; además, si sale mal, siempre puede ser una divertida anécdota que contar».

Mi madre me ha dicho mil veces que soy una kamikaze y tiene toda la razón. Dicen que el ser humano es el único que tropieza dos veces con la misma piedra, pues yo he perdido la cuenta de las veces que esa dichosa piedra se ha puesto en mi camino. Y es que siempre es la misma piedra, una losa con la que cargo desde que soy adolescente. A la mínima que me dicen algo bonito, me enamoro. Mi amiga Martina diría que se me caen las bragas con el primer tío que me mira con una sonrisa bonita; claro que ella no es nada sutil y refinada, más bien una mujer sin pelos en la lengua. Pero es que tiene razón, el romanticismo es mi perdición. Culpo de ello a las películas de Disney, a las comedias románticas de los noventa, a las muñecas Barbies y a las dichosas baladas de los Guns N’ Roses…

Sabía que me iba a ocurrir; era un chaval de una aplicación. Para una vez que me decido a quedar en plan cita a ciegas… ¿En qué pensabas, Carol? ¿Creías que sería un príncipe azul? ¿Pero qué mierda se te pasa por la cabeza? Lo conoces un jueves y quedas con él un viernes al salir del trabajo. Parece que todo es fantástico: él es alto, guapo, moreno, psicólogo emocional (vamos, que no ha estudiado nada, pero le mola dar charlas infumables). Durante la primera cita deberían haber saltado todas las alarmas, pero parecen estar rotas, porque es verdad que durante la conversación introdujo varios términos superpositivos. Habló de su forma de vida idílica sostenible, del amor que le pone a todo, siempre evitando el conflicto y solo viviendo el presente, en plan charla motivacional. Pero claro, era diferente a todos los anteriores y eso lo hacía muy atractivo. Además, sus intereses culturales resultaban ser muy similares a los míos: le gustaban las comedias francesas y, por supuesto, el cine de autor. Un pureta de la vida que además hacía surf. Y, para poner la guinda al pastel, colaboraba con varias ONG que rescataban animales abandonados, o al menos eso decía. Era imposible que fuera cierto todo lo que contaba, pero parecía muy real. ¿Cómo no iba a caer rendida a sus pies? Me había tocado el muñeco Ken con todos los complementos, ¡era una joya!

Pues no, querida, más bien una birria con mucho brillibrilli. Cuatro meses después, dejé mi precioso piso en el centro y me marché a su apartamento de una única habitación con vistas a un patio interior, cerca de la M-30. ¿Por qué hice esto? Simplemente porque me dejé llevar por el cóctel ridículo del enamoramiento. Guillermo me convenció para mudarme a su casa; de esta manera, podía ahorrarme el alquiler. Y en lugar de pensar que las cosas podían salir mal, creí que era el amor de mi vida, porque pensaba que vivía en una película de la puñetera Meg Ryan y seguí a ciegas todos sus consejos de mierda. Solo unos días más tarde, dejé el que hasta entonces era mi trabajo como profesora en una escuela infantil, donde me tenían explotada, pero era feliz, me gustaba mi trabajo. Sin embargo, me marché tras un calentón con la dueña de la guardería. La noche anterior al suceso, Guillermo, que es demasiado convincente, me había dado una sesión de introspección una vez más, de esas que tanto le gustan, y me convenció para dejar mi trabajo, con consejos de birria como empezar a focalizarme en el presente para ser la dueña de mi vida y un puñado de frases superalentadoras que no van a ninguna parte… Y lo hice. ¿Por qué, Carol? Porque no tengo personalidad; aunque, para ser sinceros, también era una mierda, las cosas como son. Llevaba muchos meses deseando dejarlo y él solo me dio el empujón que necesitaba para hacerlo, tampoco hay que dramatizar tanto.

El caso es que, después de despedirme, llegué a casa agotada tras tomar la decisión de renunciar. Empoderada como nadie, siendo dueña de mi vida, abrí la puerta y, ¡pum!, directo en la frente. Lo encuentro montándoselo en el salón con una fantástica rubia que hace crossfit, adicta a la dieta keto y a los ayunos intermitentes. Es un fenómeno, el amigo ni si quiera disimula. Se levanta del sofá y me intenta abrazar. Mi cara de boba es un poema. Me quedo paralizada sin saber qué hacer, mientras pienso que me quiero morir allí mismo, delante de la rubia oxigenada que sonríe de forma estúpida. ¡Bravo, Carolina!

Y ahora, aquí estoy, en la que era nuestra habitación, haciendo las maletas de mala manera para empezar de nuevo. No puedo evitar escuchar cómo se despide de la chica en la puerta; menos mal, al menos ha tenido la decencia de marcharse para que pueda recoger con dignidad. Siento que la rabia me consume por dentro, esto no me puede estar pasando otra vez…

Pero es que, si lo pienso bien, no es la primera vez que me pasa. Antes de Guillermo, me pasó lo mismo con Miguel. ¿Hacemos memoria? Ese ingeniero de ojos azules que se tiraba cada fin de semana a una distinta y subía las fotos a Instagram. Sí, sí, el mismo que me decía una y otra vez «no puedo vivir sin ti», con su precioso acento y piel color canela. De verdad, es que soy tonta, pero tonta de remate. Pero no queda ahí la cosa; esto viene de largo. Unos meses antes, también me había ocurrido con Pablo, el capullo del trabajo con el que creía tener algo superespecial, mientras que él y su novia de toda la vida con la que vivía planeaban la boda de sus sueños por la iglesia de su pueblo en Toledo. Menuda vergüenza el día que casi me pilla su novia saliendo de su piso… Eso sí que fue bochornoso. Aunque, pensándolo bien, yo no sabía que él estaba prometido…

No aprendo. Soy una romántica empedernida y me torean siempre. Sin embargo, esta vez me he lucido: no tengo adónde ir, ni trabajo, ni dinero. Lo que sí que tengo es orgullo propio y muchas ganas de gritar.

Encima, el muy capullo me ha ayudado incluso a bajar las cosas al coche mientras me dice cuánto siente lo ocurrido. Y digo yo, ¿qué es lo que siente? Si de verdad fuera así, no lo habría hecho, ¿no? Pero vamos, que es lo de siempre, que me ilusiono, me creo una fantasía y, después, me pego la leche. Esta vez ha sido gorda; la verdad es que iba sin frenos y cuesta abajo… En fin, que así soy, me gusta complicarme la existencia. Aunque, por una vez en la vida, estaría bien que el otro fuera el que lo dejara todo por mí o simplemente me quisiese de verdad. ¿Es mucho pedir una relación sana?

—Déjalo, Guillermo, eres un imbécil.

—¿Dónde iras ahora? Si quieres, puedes quedarte en el piso y vamos a medias con los gastos.

—Voy a hacer como que no he oído eso último. —Suspiro con ganas de darle un puñetazo en su preciosa cara—. Me marcho a casa de mi abuela hasta que decida qué hacer.

—¿Pero eso no está en Madrid?

—Lo sé, Guillermo, conozco mi casa.

—Lo digo porque, si no recuerdo mal, tu pueblo está casi llegando a Francia y son muchas horas en coche. Si quieres, cuando pase un tiempo, podemos hablar y buscar opciones.

—Déjame en paz y olvídame, por favor. Métete las opciones donde te quepan, eres un gili…

Guillermo intenta darme un abrazo siguiendo con su filosofía yogui pasivo-agresiva, pero lo aparto con una llave ninja y me meto al coche. Me esperan unas cuantas horas hasta llegar a casa. Creo que me vendrá bien estar rodeada de los míos y cerrar cierta aplicación de citas por un tiempo. Una vez dentro del coche, enciendo la radio y pongo la música a todo volumen para evitar escuchar mis pensamientos mientras lloro desconsolada hipando sin parar. ¿Por qué será que, cuando estás hundido, parece que todas las canciones tristes hablan de ti? Tal vez sea que he puesto una lista de reproducción supermoña o que tengo los sentimientos a flor de piel, pero, joder, esta letra es mi historia por completo. Me dejo llevar por la música y canto ronca, mientras moqueo sin parar. Menos mal que he pillado un semáforo en rojo y puedo templarme un poco para seguir mi camino y no tener un accidente. Sería mala suerte romper una relación y morirme el mismo día. Ya me imagino en mi lápida: «Murió llorando por un imbécil que no la supo valorar».

Ahora mismo, mi único consuelo es que, dentro de unas horas, estaré de nuevo en casa mi abuela, enfundada en un pijama de franela calentito, tumbada en el sofá tapada con una manta y viendo alguna película random de alguna de las plataformas que tengo contratadas. Que se joda Guillermo, que antes de irme he borrado de la televisión todas las contraseñas de las plataformas; ahora, si quiere ver alguna docuserie de esas que tanto le gustan, que lo pague él, que ya he hecho suficientemente el imbécil en esta relación.

CAPÍTULO II: El diario

¿Y ahora qué, Carolina? Vives de nuevo en casa de tu madre, estás en paro y tu vida sentimental es una verdadera mierda. Sentada en el taburete de la cocina, reflexionas delante de una taza de cerámica azul publicitaria. Mientras remueves el café, te das cuenta de que te has convertido en una experta en esto de tomar malas decisiones. Pero ¿de quién es la culpa? Siendo sincera, es mía, solamente mía. Tengo ganas de llorar, me siento totalmente ridícula y creo que huelo mal, hace días que no me ducho. Ahora, además de triste y pobre, soy una cerda, es que todo me pasa a mí.

Esta vez, pensaba de verdad que la relación iba a funcionar. Pero, al final, una vez más todo ha salido mal. Y es que lo nuestro solo fue un cuento, pero sin el famoso «fueron felices y comieron perdices». También es cierto que yo hubiera sido más de comer galletas de chocolate y Guillermo seguramente hubiera preferido una ensalada de semillas de chía con brotes de soja, y es que para gustos los colores… A decir verdad, nosotros estábamos en gamas diferentes del Pantone.

—En serio, abuela, no quiero desayunar nada. Con el café me basta y me sobra. —Tengo el aspecto de una niña enfundada en un chándal gris y calcetines gordos llenos de pelotillas—. Estoy muy deprimida.

—Lo que estás es tonta y deberías ducharte —dice mi abuela tajante—. Vamos, que ponerte así por ese mierdecilla que no valía nada… ¿Cómo lo llamaba tu madre? —Coge una rebanada de pan del tostador y la pone en la mesa—. Ah, sí, lo llamaba el Señor del Té Verde. Anda, come algo, que tienes una cara…

—Gracias, abuela, sé que no estoy en mi mejor momento, pero no hace falta que seas tan simpática —suelto de manera sarcástica mientras rompo un trozo de pan y me lo meto en la boca—. Me parece muy feo que llaméis a Guillermo el Señor del Té Verde a mis espaldas. Y otra cosa, ¿dónde has dicho que ha ido mamá?

—A comprar al mercado y a la farmacia a por mis medicamentos.

—Podría haberme esperado, abuela, y la hubiera acompañado…

—Estabas dormida y te has pasado la noche entera en vela llorando y comiendo patatas de bolsa, a ver si te crees que no nos hemos dado cuenta… —Se sienta en el sofá con dificultad—. Cuando acabes de desayunar, quiero que veas una cosa. Es algo así como un legado de familia.

—Abuela, si es otra vez ese mandil de cuadritos azules y blancos tan feo, que sepas que no lo quiero —digo con una sonrisa y la boca llena.

—¡Que no es eso, leñe! —Chasquea la lengua y pone cara de interesante—. Es algo de mi madre que encontré hace años y que tal vez te venga bien en este momento.

—Pues venga, que ya he terminado. —Me tomo de un sorbo el café y ayudo a levantarse a la abuela de la silla—. A la de una, a la de dos y a la de tres, ¡arriba, abuela!

—¡Ay, Carol! Mira que eres bruta, hija.

Juntas, agarradas por el brazo, caminamos a través del pasillo de la vieja casa familiar hasta llegar a su habitación. Por la ventana entra una claridad rara para ser enero. La habitación, como siempre, está bien ordenada e inmaculada, con todo organizado hasta el mínimo detalle.

—Anda, coge esa caja que hay en la coqueta —dice mi abuela señalando el mueble.

—Parece una vieja lata de galletas. —Le quito con la manga un poco el polvo—. Está un poco descascarillada. —Y se la doy.

—Lo importante no es la lata, es lo que hay dentro. —La abuela abre la lata. Está repleta de cartas antiguas, un pequeño diario y algunas fotos amarillentas por el paso del tiempo—. ¿Sabes?, te pusimos tu nombre por mi madre.

—Lo sé, abuela, era una mujer luchadora para su época. —Dejo claro que esa historia me la ha contado demasiadas veces. Me siento a su lado en la cama y ojeo el pequeño diario—. ¿Qué quieres que haga con esto?

—Quiero que lo leas, Carol, como hice yo cuando dejé de creer en el amor. A mí me sirvió.

—Bueno, no tengo nada mejor que hacer, supongo…

—Si quieres, Carol, lo empezamos a leer juntas y así me sirve a mí también para recordar.

—Me parece bien. ¿Por dónde empezamos?

—Por el principio. —La abuela coge el pequeño diario y lo abre por la primera página—. Ponte cómoda, que te voy a contar una historia.

Fuera quedaba la fría noche de invierno. El tintineo de las copas, el misterio de las máscaras de fiesta, el calor por el gentío y el ruido de las risas acompañado por la música de la orquesta completaban una noche inmejorable.

Después de tanto sufrimiento, Carolina había hecho bien en aceptar la invitación de su única amiga en París, Rosa. Por lo menos así conseguiría evadirse de la realidad que, desde hacía unos meses, la perseguía como una maldición. Aunque fuera por unos instantes, la muchacha disfrutó de la fiesta, conversando con unos y otros, intercambiando puntos de vista y algún que otro guiño que invitaba al coqueteo con guapos desconocidos.

La fiesta llegaba a su fin. El cansancio por el baile y los efectos de la bebida hicieron el resto para que Carolina se diera cuenta de que la noche (al menos para ella) estaba ya acabando; a la mañana siguiente tenía que embarcar rumbo de vuelta a casa y quedaban pocas horas para que amaneciera.

La joven miró a su alrededor buscando una cara amiga entre la multitud. Cerca de los músicos estaba su amiga hablando con un apuesto hombre. Se acercó a ella y le dio un toque con los dedos en la espalda para llamarla. El hombre con quien conversaba se despidió de ambas y las dejó solas.

—Rosa, ha sido maravilloso, pero me tengo que marchar. Te escribiré en cuanto llegue a casa. —Le dio un fuerte abrazo y agradeció todo lo que había hecho por ella durante ese tiempo.

—Espera. Antes de que te vayas, tengo que presentarte a otra persona. Sería una pena que te fueras sin que lo vieras.

—Creo que ya he conocido a mucha gente hoy y estoy segura de que mañana no me acordaré de nadie. Así que déjalo, ya me lo presentarás en otra ocasión, Rosa.

—De eso nada.

Rosa la cogió del brazo y la llevó a un reservado del teatro, donde estaba reunido un grupo de personas cuyos modales y vestimenta no dejaban duda alguna de que se trataba de gente importante de la sociedad parisina. Uno de los allí presentes se giró y quedó perplejo, con la mirada fija en los ojos de Carolina. Aquella mirada la perturbó sobremanera.

—Carolina, te presento a un viejo amigo de la familia.

Con rubor en las mejillas, Carolina se fijó en aquel caballero, siendo incapaz de escuchar su nombre.

—Encantado de conocerla, señorita. —El misterioso desconocido se agachó y besó su mano con delicada sensualidad—. Rosa no para de hablar de usted. Ya tenía ganas de conocerla, y no me engañó cuando dijo que era muy hermosa…

—Gracias, es un placer. —Carolina miró sus manos bien cuidadas, con dedos finos y elegantes. Un escalofrío recorrió su cuerpo—. No quisiera ser maleducada, pero tengo que marcharme ya. Mañana me voy de viaje.

—Es una verdadera lástima que tenga tanta prisa. Me hubiera gustado invitarla a bailar. ¿Me permite la última canción? —El caballero le tendió la mano a la muchacha con gesto suplicante.

Carolina vaciló unos instantes antes de contestar, aunque realmente estaba deseando bailar con aquel desconocido. Quería sentir su cercanía.

—Está bien, bailaré con usted —se decidió finalmente—. Al fin y al cabo, ya no creo que pueda dormir esta noche. —Sujetó su mano y ambos fueron al centro de la sala.

Los dos bailaron lentamente bajo la mirada atenta del resto de invitados. La pareja daba vueltas siguiendo el compás de la canción, como hechizados. Dos almas perdidas que se encuentran en un solo cuerpo, la unión de la simetría. Sus manos acariciándose mutuamente; sus miradas perdidas, como la de un náufrago que en una isla desierta contempla el infinito mar buscando una manera de escapar. El tiempo se prolongó hasta casi dos siglos en cada minuto, capturando la esencia del silencio, haciendo disfrutar de aquel perecedero momento.

Ninguno de los dos quiso separarse. Fue la última nota de la melodía la que les devolvió a la realidad, poniendo fin al juego del azar que les hizo coincidir aquella noche de invierno en un teatro de París.

—¿Cuánto tiempo va a estar de viaje? —preguntó el caballero cortésmente.

—En París ya he terminado. Ahora vuelvo a España, pero no creo que vaya a regresar nunca. —La voz de Carolina denotó tristeza, sonó quebrada, a punto del llanto.

—Nunca diga nunca, Carolina. Tal vez nos volvamos a encontrar. —Le acarició la mejilla a modo de despedida.

—Eso espero —dijo ella en un susurro casi imperceptible.

Tras el silencio, aún con las manos unidas, ambos fueron por caminos separados, con la tristeza del adiós y la esperanza de volver a encontrarse.

Carolina se despidió de su amiga y salió corriendo del teatro. Todavía no había ido a recoger el equipaje a la pensión donde se hospedaba desde hacía varias semanas y el tiempo corría en su contra; tenía que llegar a la estación para coger el tren. El viaje iba a ser largo y duro. Abandonaba París y, con ello, su vida en aquella hermosa ciudad.

—¡Menudo flechazo! —Me tumbo en la cama—. ¿Ves? Esto es justo lo que yo necesito.

—Carolina, lo que necesitas es madurar y no buscar tanto, los cuentos de hadas no existen. —La abuela se recuesta a mi lado—. Las cosas vienen cuando vienen, no hay que forzarlo.

—Ya, pero mírate a ti, has estado más de cincuenta años casada con el abuelo. —Miro la foto que hay en la mesilla—. La verdad es que era muy guapo con esos ojos azules. Una vez me contaste que os conocisteis en una cafetería, ¿no?

—Algo así, él trabajaba en una cafetería y yo pasaba por delante cada día al salir de la escuela. La verdad es que no me había fijado nunca en él, pero al parecer él sí que se había fijado en mí…

—No te creo, seguro que un poco sí que te habías fijado, abuela, no te hagas ahora la presumida. Anda, cuéntame cómo fue —digo intrigada.

—Pues como son estas cosas… Yo había roto con mi novio de entonces, estaba muy deprimida y no quería volver a casa tan pronto y con los ojos llorosos, así que entré en la cafetería y me senté en una mesa mientras me secaba los lagrimones.

—Ya veo por dónde vas. No sabía que habías tenido otro novio, eras una moderna para la época…

—A ver, niña, que yo también he tenido una vida. —Suspira y pone los ojos en blanco—. El caso es que tu abuelo sí que se había fijado en mí. No me dijo ni una palabra, simplemente se acercó a mi mesa y me puso un café con un corazón de canela pintado en la nube de leche. No te miento si te digo que no había probado nunca algo tan bueno, era el mejor café que había tomado en la vida.

—¡Madre mía! —digo demasiado emocionada por la historia—. Te juro, abuela, que me muero de amor. Qué envidia me das, eso es justo lo que yo quiero.

—La convivencia no era fácil, éramos muy distintos, pero nos queríamos y nos respetábamos mucho. Supongo que por eso estuvimos tantos años juntos; bueno, por eso y porque no hubo un solo día en el que no me hiciera un café con un corazón de canela —solloza la última frase.

—No te pongas tristona, es precioso, abuela. —Me acurruco en su pecho como hacía cuando era pequeña—. Sigue contándome la historia de tu madre.

—Pero solo un poco, que me estoy cansando. No entiendo cómo puedo acordarme de cosas que han pasado hace millones de años y, en cambio, no sé lo que cené ayer.

—No pasa nada, para eso estoy yo aquí, abuela. Ayer cenaste salmón al horno. —La abrazo y sonríe—. Anda, sigue con la historia de tu madre un poco más.

Miro su pelo canoso y las arrugas de su piel mientras lee entretenida el viejo diario. Sus lagunas cada vez son mayores y eso me entristece. Ya no es la misma que era antes, aunque sigue siendo presumida, le gusta llevar las uñas rojas a juego con sus labios y un día a la semana acude a la peluquería. Supongo que eso no va a cambiar. Mi abuela siempre ha sido una mujer avanzada para su época, tal vez sea porque vivió muchos años en París durante su juventud. Me gustaría saber qué pasa por su cabeza cuando se queda mirando un punto fijo sin pestañear. Tal vez está inmersa en sus recuerdos o simplemente se encuentra en la nada, como suele decir cuando vuelve de sus ausencias.

CAPÍTULO III: El París de Marie

Su cuerpo estaba débil; cinco días sin comer a base de caldo rancio no era sustento. Con todo lo rápido que sus piernas le permitieron, giró a la derecha en la calle Saint Michel, subió al segundo piso y llamó a la puerta. Allí le abrió un hombre mayor de pelo canoso, con barba y lentes que escondían unos gentiles ojos aguamarina que todavía hoy eran atractivos (aunque algo más cansados por el paso del tiempo), pero que la miraron con preocupación.

—¿Qué haces aquí tan tarde? —preguntó—. Una joven no debe ir sola de noche por las calles. Podrían confundirte con algo que no eres. —La joven se puso roja por el comentario y bajó la mirada—. ¿Qué te pasa, niña?

—Es mi tía, señor. No se mueve, no sabía a quién acudir, está ardiendo y ya no me quedan medicamentos. —Sin poder aguantar las lágrimas, rompió a llorar—. ¿Qué debo hacer?

—Vamos, hija, no llores. Voy a coger la chaqueta, vamos a ver qué le pasa a tu tía.

Don Luis era un hombre afable y cariñoso, viudo desde el día en que nació su única hija. Durante años, él y la tía de la joven habían sido amantes, pero eso era antes de que Marie cayera enferma.

Carolina sabía que su tía había sido una mujer muy sensual y elegante, siempre a la última moda y rodeada de los hombres de más renombre de la ciudad. Aunque nunca se comprometió con ninguno; tal vez seguía aguardando su verdadero amor. Luis era su mejor amigo y hubiera sido un buen marido de haberlo deseado ella. Sin embargo, su forma de vida la absorbía y le impedía ver más allá. Marie creía que podía tenerlo todo; las joyas de sus amantes y múltiples regalos le hicieron tener una gran fortuna que, poco a poco, a medida que se fue acercando a una edad más madura, iba disminuyendo, al igual que sus amores. Finalmente, solo quedó a su lado su joven sobrina, de quien se había hecho cargo durante varios años, así como su amigo (y médico) Luis. Gracias al buen corazón de aquel hombre, Marie comió los últimos meses, pero Carolina pasó de ser una señorita educada en la mejor escuela parisina a ir pidiendo limosna por las calles para conseguir pagar las medicinas de su tía.

—¿Ya no te queda nada?

—No. El boticario me ha dicho que ya no me va a dar más medicamentos y que no acepta más pagos con objetos por muy valiosos que sean —dijo con voz llorosa.

—Ese despechado… —Luis cambió el tono a uno brusco y enfadado—. Hace unos años, le hubiera regalado la luna si ella se lo hubiese pedido, y ahora no es capaz de darle ni un mísero jarabe para la tos.

—Ya no tenemos nada que empeñar, solo queda la cama de la tía y la mesita de noche.

—¿Y los candelabros de oro?

—Los he vendido para comida y algo de carbón para calentar la casa.

—Cuánto siento, querida, que estés pasando por esto. Sabes que en mi casa siempre tendrás un plato para comer.

—Lo sé —dijo acariciándole con cariño el brazo—. Rosa vino ayer con una cesta con fruta y una manta. —Y se lo agarró para coger algo de calor—. ¿Sabe? Creo que, cuando mi tía se marche definitivamente, yo también volveré a casa. Allí tengo a mi madre.

—Por desgracia, me temo que va a ser pronto…

Al llegar a la casa, vieron que las ventanas estaban abiertas y la cama vacía. A Carolina le recorrió por el cuerpo un escalofrío y quedó petrificada al darse cuenta de lo que allí había ocurrido.

El médico se acercó a la ventana y gritó a la joven, que se había quedado inmóvil en el marco de la puerta, bloqueada, incapaz de articular palabra. No escuchó las palabras que el médico gritaba, no entendía nada. Entonces, Carolina empezó a temblar de miedo, o tal vez era por el hambre, y, finalmente, se desmayó. Cayó sobre el frío suelo; las maderas crujieron por el golpe seco de su cuerpo.

¿Qué había hecho? ¿Cómo había sido capaz de aquello? ¿Por qué acabar de esa manera?

Carolina recordó su primer día de colegio en la escuela y los nervios que sintió. Fue un choque enfrentarse a nuevas compañeras, a una ciudad que no era la suya y, sobre todo, fue duro separarse de su madre. Su tía Marie la llevó de la mano hasta clase y la besó mil veces mientras le decía lo orgullosa que estaba de ella. Vino entonces a su memoria el olor a violetas que desprendía su piel y el pelo rubio que llevaba reco