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Esta fascinante y delirante novela se compone de diarios, cartas y extractos de documentos y textos apócrifos que llevan al lector a conocer la Orden de los Hermanitos Ciclistas Evangélicos de la Rosacruz, una sociedad secreta que existe desde hace siglos y cuyos miembros se comunican en sueños y a través del tiempo. Su misión es influir y cambiar el curso de la historia que conocemos (entre sus objetivos figura el asesinato del archiduque Francisco Fernando). Por este texto tan lúcido como absurdo deambulan personajes como Carlos el Feo, el capitán Queensdale, Freud, Sherlock Holmes o Stalin. Considerada de culto en su país,La leyenda de los ciclistas es una de las obras más reconocidas de Svetislav Basara. El autor serbio cuestiona el tiempo, el espacio y la historia en esta novela cargada de teorías filosóficas, psicológicas y conspiraciones. Basara logra tejer una historia que se burla de la realidad, de las ideologías y nos advierte del poder manipulador de la palabra.
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Seitenzahl: 406
Veröffentlichungsjahr: 2025
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TÍTULO ORIGINAL: Fama o biciklistima.
Publicado por
AUTOMÁTICA
Automática Editorial S.L.
Avenida del Mediterráneo, 24 - 28007 Madrid
www.automaticaeditorial.com
© Svetislav Basara, 1988.
Representado por Le monte-charge culturel.
© de la traducción, Juan Cristóbal Díaz, 2024.
© de la presente edición, Automática Editorial S.L., 2024.
© de la ilustración de cubierta, Fede Yankelevich, 2024.
Derechos exclusivos de traducción en lengua española: Automática Editorial S.L.
Este libro se ha publicado con una ayuda del Ministerio de Cultura de la República de Serbia.
ISBN: 978-84-10141-14-8
Diseño editorial: Álvaro Pérez d’Ors
Composición: Automática Editorial
Corrección y revisión: Automática Editorial
Edición digital: Álvaro López
Primera edición en Automática: noviembre de 2024
Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización de los propietarios del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluyendo la reprografía y los medios informáticos.
NOVELA
SVETISLAV BASARA
TRADUCCIÓN DEL SERBIO Y NOTAS DE JUAN CRISTÓBAL DÍAZ
«El Mesías vendrá cuando ya no se le necesite, vendrá un día después de su venida, no vendrá el último sino el ultimísimo día».1
Kafka
1 Franz Kafka, Cuadernos en octavo. Madrid, 1999. Alianza editorial. Trad. de Carmen Gauger. [En adelante, todas las notas numeradas de esta novela pertenecen al traductor].
Svetislav Basara VEINTE AÑOS DESPUÉS
PRÓLOGO DEL EDITOR
EN LA CORTE DEL REY CARLOS
Carlos el Feo HISTORIA DE MI REINADO
El mayordomo Grosman HISTORIA DE LOS VELOCÍPEDOS DIABÓLICOS
EN LOS ALBORES DE UNA NUEVA ERA
MANUSCRITO DEL CAPITÁN QUEENSDALE
Arthur Conan Doyle EL ÚLTIMO CASO DE SHERLOCK HOLMES
Sigmund Freud EL CASO DE ERNEST M.
CORRESPONDENCIA
Jurgis Baltrušaitis LA LEYENDA DE LOS CICLISTAS
ANÁLISIS DE LA ORIENTACIÓN IDEOLÓGICA DE LA REVISTA VIDICI Y DEL PERIÓDICO STUDENT
Herbert Meyer HISTORIA DE UNA MISTIFICACIÓN
Çulaba Çulabi CÓMO ME HICE MIEMBRO DE LA ORDEN DE LOS HERMANITOS CICLISTAS EVANGÉLICOS DE LA ROSACRUZ
Çulaba Çulabi HISTORIA DE LOS RELOJES
Sava ĐakonovPEREGRINACIÓN A DHARAMSALA
Afanasii Timoféyevich Darmolatov JUBILEO
OBRAS COMPLETAS DE JOZEF KOWALSKI
KOWALSKI: UNA BIOGRAFÍA
POESÍA
PROSA
EL CICLISMO Y LA TEOLOGÍA DE WITOLD KOWALSKI
PROCLAMACIONES
CARTA A BRANKO KUKIĆ
EL GRAN MANICOMIO
PROCLAMACIÓN DE LOS CICLISTAS EVANGÉLICOS DE LA ROSACRUZ
METAFÍSICA DE LA CIUDAD
L. Loentz LA LOCURA DE LA ARQUITECTURA – LA ARQUITECTURA DE LA LOCURA
L. Loentz PROYECTO DEL GRAN MANICOMIO
HISTORIA DE MI REINADO (FRAGMENTO HALLADO CON POSTERIORIDAD)
APÉNDICE I
Arch. Mihailo Jovanović PROYECTO: DESCRIPCIÓN TÉCNICA DEL HOSPITAL GRAN CIUDAD DE BABILONIA
APÉNDICE II
David Albahari EN EL TREN
Branko Kukić ADELANTE Y ATRÁS
LISTA SECRETA DE MIEMBROS DE LA AGRUPACIÓN SUDORIENTAL DE CICLISTAS EVANGÉLICOS*
La caída de Adán, según los grandes místicos, no es un acontecimiento, una catástrofe tras la cual la historia —cierto que en peores circunstancias— comienza a desarrollarse conforme a unas líneas establecidas e incluso, como algunos creen, a progresar. La caída, según los místicos, es un acontecer; esto es, un proceso interminable de ampliación, profundización y multiplicación del pecado original. Esta decadencia es generalmente gradual e imperceptible (de ahí la ilusión de la posibilidad de lograr la estabilidad terrenal). Sin embargo, hay periodos en la historia en que la caída se acelera y se convierte en un hundimiento. En un ensayo (que posteriormente he buscado en bibliotecas sin éxito), Elias Canetti data precisamente el comienzo de dicho periodo en 1980. Leí ese ensayo durante el invierno de 1986, justo antes de abordar la escritura de La leyenda. Esa lectura fue importante para el devenir del relato, porque confirmó una corazonada que yo albergaba, una fuerte impresión de que, a partir del nuevo año de 1980, todo comenzaría a acelerarse, a descomponerse y a irse al infierno. Pero con presentimientos e intuiciones, incluso cuando estuvieran apoyados por la autoridad de Canetti, no se puede hacer nada. Corazonadas e impresiones per se no sirven. Se interponen, incordiantes, desviándonos de nuestra zona de confort, en la que sumisamente nos aclimatamos a los elementos del mundo. Pese a todo, había que hacer algo. Escribir una novela me pareció la mejor solución. Dicho y hecho: me puse a escribir. ¡Ya era algo! Sin título. Sin un concepto claro. La leyenda, tal como es ahora, fue precedida por un cúmulo de páginas y más páginas, errores, tentativas, frustraciones y desaliento. Después de todos estos años, sé que esas páginas perdidas y ausentes fueron el «material» con el que se compuso La leyenda. Porque La leyenda es una novela sobre errores humanos y frustraciones en la tarea de dedicar esfuerzos inútiles al olvido de Dios y a burlar a la muerte.
Nada parecía marchar bien hasta el momento de la efímera iluminación en que me di cuenta de que «solo se podía escribir de las cosas más serias de una manera extremadamente frívola». Al menos en nuestra época. Y he aquí el motivo. Estoy profundamente convencido de que las personas del siglo XX (y XXI) no somos más que unos bufones, personajes de una farsa, por muy sombrías que puedan ser nuestras preocupaciones o fantasías. Es decir, que no es posible ver una película de vaqueros y luego ponerse a escribir sobre la situación dramática del mundo. Que, en última instancia, no es concebible ser ciudadano de la República Federativa Socialista de Yugoslavia y tratar seriamente sobre el sentido oculto de la historia. Después de todo, la RFSY era más bien una máquina concebida para vaciar de sentido todo lo verdaderamente tradicional, serio y espiritual, antes que una comunidad política. Así es como la idea del centro fue reemplazada por la idea del Comité Central. Como el concepto de jerarquía fue suplido por la nomenclatura del partido. Como la noción del orden y armonía fue sustituida por la de orden público y paz. Así es como se pasó del culto a los santos al de los héroes del pueblo. Se creía muy seriamente (algo que en sí mismo dice bastante del mal estado de la seriedad moderna) que apostando soldados en posición de descanso, construyendo los bloques de la ciudad en formas rectangulares y persiguiendo que se cantara en la calle después de las diez de la noche, acabarían por instaurarse mil años de paz.
Finalmente, en algún momento a principios del verano de 1986, renuncié por completo al proyecto de La leyenda, una novela que por entonces aún no tenía nombre, de constitución «sólida», en la que ciertas personas, en determinadas circunstancias, se lamentaban por la caída del mundo y exponían sus pseudosistemas. Pensé que nuestro tiempo es una época de fragmentariedad, de disgregación, de incompletud. Luego pensé en escribir capítulos, con la única limitación de no rebasar el límite del sentido interno. Los ordenaría según fueran saliendo. No iba a tratar de reparar y pegar a la fuerza pedazos de narración incompatibles a fin de obtener una impresión engañosa del todo. Si todo estaba disperso y atomizado; si «las cosas que debían permanecer juntas se disgregaban, y las cosas que debían disgregarse se aglutinaban», por qué iba a embarcarme en la aventura de reunirlas artificialmente. Como un guante a tales cavilaciones me sentaron las lecturas con que simultaneaba los atisbos de la obra (Spengler, Guénon, Ortega y Gasset), de quienes adopté el punto de vista de que el fracaso de la unidad, la degradación y la degeneración del mundo no eran cosas negativas, pues eran signos que precedían a la segunda venida del Salvador y la consiguiente regeneración del mundo.
Los más ancianos recuerdan que durante esos años surgió una avalancha de folletines en periódicos y revistas sobre sociedades secretas y conspiraciones. Esos vómitos indescriptibles, esas palabras vergonzantes extraídas del lodo de las pasiones intelectuales más bajas, me privaron de las preocupaciones sobre la forma. Así es como adopté la forma de recopilación de textos de la sociedad secreta de los ciclistas rosacruces, engendrando una suerte de doctrina ciclista esotérica, y poco después de la publicación de la novela, en las tribunas populares (a raíz del testimonio del difunto Dragoš Kalajić), pidieron la palabra los apasionados desmistificadores de contubernios que, además de al Vaticano y la Komintern, acusaban a «una especie de ciclistas» de conspirar contra Serbia.
Mires adonde mires, la ironía se impone. Los ciclistas son los culpables de todo.
Por desgracia, aunque inevitablemente, la dispersión atomizada propone unas visiones más profundas que la concepción analítica. Valga como ejemplo el capítulo sobre el Gran Manicomio, entidad capaz de albergar veinte millones de residentes (cifra que coincidía con la población de RFSY en aquel entonces), el cual tenía como el menos logrado, y que sin embargo resultó casi profético. Me parecía que exageraba. Pero los acontecimientos del futuro inminente —ahora un pasado que no hay forma de que pase página definitivamente—, acabarían por desmentirme. Fue entonces cuando las exageraciones se volvieron «realistas». Hasta el punto de que la realidad acabó por superar en cien veces lo escrito.
La Biblioteca nacional de Bajina Bašta es la biblioteca de provincias de la que se habla en la introducción de La leyenda. Y Bajina Bašta es el lugar donde surgió la mayor (y mejor) parte de La leyenda durante el tórrido verano de 1986. La biblioteca personal de Branko Kukić en Čačak es otro lugar relevante, donde encontré muchos libros, ilustraciones e inspiraciones sin las cuales la novela habría sido incomparablemente más pobre. Čačak, con su revista Gradac, alrededor de la cual se reunían en silencio todos aquellos que en los límites de sus fuerzas trataron de «recopilar materiales dispersos», tuvo una extremada importancia en la emergencia de un estado espiritual, de una «comunidad de espíritus» hegeliana «de la que La leyenda es expresión prosística». El estilo de esta expresión debe mucho a las diligentes observaciones de Milojko Knežević, y a su larga lectura crítica de mis textos. La expresión artística de dicho espíritu corresponde a la pintura de Vladimir Dunjić, encargado de ilustrar las cubiertas. Es un gran placer que los textos de David Albahari y Branko Kukić se encuentren incluidos entre las tapas de este volumen.
Verba volant, scripta manent.
Svetislav BasaraBelgrado – Čortanovci, junio de 2007
Colección privada, Milán: detalle del tapiz conocido como «de Prioreschi» (medidas del conjunto original 7 × 1,10 m), originario de Normandía. La fecha de su creación puede fijarse antes del 1100 d.C.
Infinitos son los secretos de las bibliotecas de provincias. Llenas de volúmenes de clásicos intactos y de ejemplares desgastados de ediciones baratas, en sus depósitos inexplorados ocultan libros que son imposibles de encontrar en las librerías de las metrópolis o en los catálogos universitarios. Así como el oro no se busca en las joyerías, donde apenas se puede comprar, sino que se encuentra en desfiladeros remotos y en laboratorios de alquimia, del mismo modo resulta vano buscar la sabiduría en las bibliotecas de Babilonia, donde está gastada y raída por el uso, donde, como escribe Berdiáyev, «el Espíritu [está] objetivado, petrificado, vinculado a la caída del mundo y a la desunión de sus partes».
Los libros tienen vida propia y también muerte propia. Aquellos cuyos autores no creían en la muerte tienen, además, vida de ultratumba. Y aquellos cuyos escritores creían en la encarnación son reescritos. No es posible separar el destino del libro y el del escritor, a cuyo embrollo, por añadidura, se integra el destino de los lectores. En otras palabras, no es el lector quien busca el libro, sino que es aquel el que es buscado, de tal forma que hay escritos que se ocultan en lugares remotos hasta que caen en manos de aquel a quien están destinados. Y sin sospecharlo, un otoño en el depósito subterráneo de la Biblioteca Municipal de Bajina Bašta (donde me había refugiado de una tristeza cuyo motivo aún no puedo mencionar), rebuscando entre los tomos polvorientos de publicaciones periódicas, me topé con dos libritos. El primero de ellos (una poco estética edición de bolsillo de la editorial Slavija, publicada en Novi Sad el año 1937), Povest o mom kraljevstvu («Historia de mi reino»), carente de cualquier dato y de la página legal. El segundo, por su parte, era un original en alemán, traducible como «Manuscrito del Capitán Queensdale», que se había impreso el año 1903 en Zúrich en apenas seis copias. El ejemplar que encontré tenía el número de serie 3. Interesado en averiguar cómo había podido llegar hasta Bajina Bašta una de las escasísimas copias de un libro publicado en un espacio y tiempo tan lejanos, le pedí a un amigo, germanista por más señas, que tradujera el breve documento. Me sorprendió descubrir que el capitán Queensdale mencionaba al rey Carlos el Feo, a quien consideraba una mera ficción. Pero mi sorpresa rebasó todos los límites cuando leí dos años más tarde en la revista Oblique el auténtico texto del mayordomo Grosman: «El cuento de los carros del Diablo». En resumidas cuentas, comencé una investigación destinada a paliar el aburrimiento de los días de lluvia, que, al final —conduciéndome como el hilo de Ariadna por los laberintos de la historia—, acabó en forma de un voluminoso almanaque dedicado al secreto de los ciclistas evangélicos de la orden Rosacruz.
Al poner este conjunto de textos en manos del lector, rememoro que hace algunos años, mientras buscaba guijarros de colores, me encontré con una perla, y comprendo que la perla, esperando a un dueño digno, encontró por contra a uno indigno que, al multiplicarla en un número inaceptablemente grande de ejemplares, la convirtió en una cuenta de vidrio. La única justificación es que en nuestra época, que coincide con el otoño tardío del «año de los años» (sobre lo cual escribe el capitán Queensdale), el brillo de las cuentas de vidrio se trasluce a través del eclipse que se adensa sobre el horizonte.
2Curador.
Aunque la unidad de medida del kilómetro cuadrado aún no está en uso, mi reino se extiende a lo largo de unos cuatrocientos cincuenta kilómetros cuadrados. Pero nadie sabe eso. Ni siquiera Grosman. Nunca me interesaron los reinos grandes. La grandeza del reino no añade nada a la grandeza del rey. Muy al contrario. Los grandes imperios contienen toda clase de escoria, y el emperador encarna todos los defectos de sus súbditos. Después de todo, yo no heredé mi reino. Lo creé yo mismo, con mis propias manos y empleando un enorme esfuerzo. Gasté en él todos mis ahorros. Incluso yo mismo me hice mi propio trono de buena madera de haya con la ayuda de Grosman, mi mayordomo. Fijamos unos clavos de hierro en forma de cruz en la parte posterior del trono y lo atamos como un columpio con fuertes cuerdas al techo. Nada se dejó al azar, todo irradiaba simbolismo. Cuando me siento en el trono, los clavos se me hincan en la espalda y de este modo me crucifico; el dolor no me permite relajarme. Pienso en los sufrimientos de nuestro Salvador, y eso me obliga a ser justo y a perdonar. El balanceo del trono, por su parte, indica el nulo carácter permanente de la Fortuna y de la vida humana en general. El caso es que al principio yo no era más que un simple chaval de pueblo. Sin padre conocido y tal vez ni madre. Me intriga saber cómo lo interpretaría Sigmund Freud trescientos cincuenta años más tarde, cuando ingrese en el mundo de los vivos; lo cierto es que yo cumplía todas las condiciones para no superar nunca el complejo de Edipo, algo que Grosman es incapaz de concebir, siquiera en sueños. Pues, en efecto, cree que Freud es un producto de mi imaginación. Sin tener la más mínima idea de que es precisamente él, el mayordomo, el que es un producto de la imaginación, aunque tan fuerte que es palpable. De todos modos, si lo supiera, de lo adulador que es, inmediatamente vendría corriendo a mi encuentro, con el rabo entre las piernas, y gritaría: «¡Sire, qué profecía tan significativa! ¡Qué gran profecía!». ¿Cómo no habría reaccionado de haberle dicho algo sobre quarks y quanta? Dejémoslo estar. Superé el complejo de Edipo muy fácilmente, quizás porque en su momento lo desconocía. Yo soy una persona simple, y me hacía mis propias cábalas de esta guisa: como no tengo padre, tampoco seré padre de nadie. En paz. Pero entonces conocí a Grosman. Acababa de ser expulsado de la Universidad de Upsala, donde estudiaba teología. Por lo que tengo entendido, por un pacto con el diablo. Dicho trato era del siguiente tenor: el diablo le concedió el doctorado a Grosman, y a cambio Grosman le entregó el alma al diablo. Un trato justo, pero contrario a las normas vigentes. Como en ese momento no teníamos de qué vivir, aunque teníamos la intención de hacerlo, encontramos un trabajo en la taberna Donde las Cuatro Cornamentas de Ciervo. Lavábamos platos, encendíamos el fuego, acarreábamos agua y cocinábamos carne de búfalo con costra de pimienta y eneldo. Grosman solía pasarse el tiempo planteándome acertijos teológicos. Por ejemplo, ¿cuántos ángeles caben en la punta de una aguja? O, también, ¿habet mulier animam? Me los hacía justo cuando la faena cobraba máxima intensidad, mientras una densa nube de vapor sulfuroso procedente de los cuernos de búfalo lo envolvía, en una escena infernal. Entonces el jefe interrumpía nuestra disputa con un torrente de insultos y la teología debía esperar a que los distinguidos comensales saciaran su hambre. Y lo cierto es que se atiborraban. Todavía puedo oír los sorbetones de caldo, los chasquidos de lengua y el crujir de huesos al quebrarse resonando a través de los siglos como un eco. Casi se me olvida decirlo: mi nombre en aquel entonces era Ladislav, aunque no era algo a lo que le prestara demasiada atención. Si alguien se dirigía a mí por error llamándome Ivan, pues yo era Ivan. Ivan, Ladislav, Grosman, ¿qué diferencia había? Una diferencia inapreciable, en aquel momento. Por eso me convertí en rey. Para elevarme de entre la mediocridad. Y, sin embargo, no logré dejar de ser mediocre. Es la conditio humana. En fin, que cuando los distinguidos comensales quedaron finalmente saciados, le respondí a Grosman en un susurro: «No, la mujer no tiene alma. Estoy seguro de eso. Las mujeres solo tienen coño. El coño es el centro, el sol de su sistema planetario, alrededor del cual giran y para el cual trabajan todos los demás órganos. Y dado que la vagina no es nada, apenas un simple agujero, una ausencia, un vacío, la mujer no solo carece de alma, sino que no existe en absoluto». «Estás equivocado», me gritó Grosman desde las emanaciones de su alma infecta. Pobre Grosman. Era todo un erudito en latín y griego antiguo, pero un desconocedor absoluto en materia de mujeres. Estaba muerto, como las lenguas que dominaba. Quiero decir: solo unas pocas personas lo conocían, y además era difícil entenderse con él, pero aun así era útil. Grosman me enseñó a escribir. He ahí la primera utilidad de Grosman. La destreza para trazar diferenciadamente la cursiva de la redonda no me interesaba, pero sí la redacción de este libro. A tal fin, anoté trabajosamente las primeras letras con mis manos nudosas. Por no hablar de la escasez del material para escribir. Todo maestro de pueblo sabrá eso en el siglo XIX. Como muestra de gratitud, cuando me convertí en rey, construí un hermoso sepulcro para Grosman e hice grabar «GROSSMAN», con dos eses («SS»), en la lápida, lo cual extrañamente satisfizo su vanidad. A veces se encierra en su sepulcro y ensaya haciéndose pasar por muerto. Es meticuloso hasta no dejar nada al azar. No me gusta la gente así. Tal vez entierre a otro en esa tumba y así consiga fastidiarlo. Y he aquí datos más significativos que el de la escasez material de escritura. Algún futuro escribiente podrá extraer unas pocas conclusiones a partir de ellos con las que doctorarse de paso. En primer lugar: que en esta época se entierra mucho en tumbas debido a la obsesión por la muerte y que los distinguidos gentileshombres construyen aún en vida terrenal sus moradas para la vida eterna. En segundo lugar: que son insólitamente vanidosos, morbosos y propensos a enredarse en pequeñeces. Pues, fíjate por dónde, que aunque yo tampoco dejo nada al azar, no me extrañaría que a mí también me enterraran en algún sepulcro insignificante.
* * *
En este punto, el interés por mi propia historia es casi inexistente. Solo de vez en cuando surge algún recuerdo. Pero esos son los recuerdos de Grosman; los tiene a montones. Aquí, después de todo, hay recuerdos por todos lados. Aun así, escribo historia porque solo quien no tiene historia tiene derecho a escribirla. El resto son parciales. Del mismo modo, el mejor pensador es el que no piensa en absoluto. Todo pensamiento es nocivo. Eso me decía el padre Albert, mi confesor, y lo acabé asimilando. A veces no pienso nada durante días. Me limito a mecerme en el trono observando fijamente las astas de venado en la pared, mientras los cortesanos pasan de puntillas y propagan un mensaje entre susurros: «el rey medita». Es increíble lo aduladora que puede llegar a ser la gente. Por ejemplo, cuando consolidé mi poder y, movido por el recuerdo de los años pasados en la cocina junto a Grosman, otorgué el título de barón a todos los mozos de cocina, trescientos cincuenta en total. Convirtiéndose así los lavaplatos en grandes señores. Con lo cual comenzaron a pasar todo el día sentados en tabernas, engullendo y trasegando, pellizcando y haciéndoles cosquillas a las mozas. Como en la pintura La rueda de la fortuna de Gottfried de Mainz. Sin embargo, se volvieron demasiado decadentes. Los excesos avivaron sus ínfulas. He oído que algunos conspiran para derrocarme. Ellos hacen sus cábalas: si él —es decir, yo— se convirtió en rey sin título alguno, ¿por qué no podemos nosotros, que somos nobles? Pero Grosman prepara la venganza. Los llevaré de vuelta a las cocinas. A algunos los fusilaré incluso, si es que la pólvora ya ha llegado a Europa. Y si no, les cortaré la cabeza. Aunque hay que reconocer que fusilarlos sería más efectivo por eso de la novedad. De vez en cuando, no está de más quemar a alguna que otra bruja o montar una ejecución pública. A la plebe le gusta matar, pero la ley no le da ese derecho, por lo que hay veces en que todo rey razonable debe organizar algún tipo de ejecución, para darle un respiro a la chusma al tiempo que se preserva la legalidad. Por cierto, yo, a diferencia de Grosman, no creo en las brujas. Si crees en algo que no sea Dios, te vuelves un hereje. Aunque me considero tolerante con los herejes. Mi doctrina se resume así: si todos los hombres son pecadores, nadie conoce a Dios y, por tanto, toda teología es una herejía. Claro y conciso. Y por eso mi reino es un asilo de herejes. Vienen de todas partes a refugiarse bajo mi ala protectora. Soy prácticamente un precursor de la democracia. Hace poco han llegado de París, huyendo de la persecución, una especie de Birruedas, o algo así. Recibí a su líder, Josef Ferrarius, y me mostró una tablilla de arcilla, su reliquia, así como la traducción que traigo en la transcripción de Grosman:*
* El mayordomo Grosman dejó la siguiente nota en los márgenes de la copia, anotada con tinta que solo se hace visible transcurridos doscientos años:
«Por orden del rey, el friegaplatos, me veo forzado a (a)copiar aquí todo tipo de burdas lindezas, blasfemias y comentarios hirientes a mi costa, yo, Grosman, que estaba a punto de doctorarme y que habría llegado a ser médico si las malas lenguas no me hubieran acusado de herejía. Clarividente, claro que lo es; cualquier tonto es capaz de profetizar. Pero ¿qué otra cosa puede hacer un hombre culto hoy día sino someterse a los caprichos de los dementes? Carlos se ha vuelto arrogante. Se jacta de ser el guardián de la fe, pero no cree en Dios, ni Dios cree en él. Cuando se arrodilló ante la Crucifixión del Señor hace un año, por razones de orden (que el Todopoderoso me perdone), la cruz se derrumbó con estrépito y golpeó al Feo en la cabeza. Desde entonces, el chichón no decrece. Lo hace aún más feo —si es que algo así es posible—. Mientras estábamos juntos en aquella taberna funesta, aprendió algo de teología, y ahora no deja de farfullar sandeces delante de los cortesanos, quienes —prisioneros suyos, en realidad— lo adulan y consienten. De este modo, en una ocasión llegó prácticamente a humillarme en presencia de su séquito, mientras discutíamos si la mujer tiene alma. «Non habet», afirmé y probé, a lo que Carlos replicó: «Es que la mujer no solo carece de alma, sino incluso de existencia». Luego se despachó a gusto diciendo que, al colocar la vagina en el centro del organismo femenino, le había abierto el camino a Nicolás Copérnico, y que, al dejar sentado que la mujer no existe, se había erigido como el precursor de una especie de existencialismo diabólico. ¡Dios nos libre! Pero ni siquiera el diablo es tan siniestro como lo pintan. Al darse cuenta de que había ido demasiado lejos, se arrepintió —supuestamente— y se confesó. Aunque no por mucho tiempo. Tan pronto como el padre Albert, su confesor, se recuperó de la conmoción que le provocó oír su confesión, el Feo ejecutó a la reina Margot simplemente porque ella le devolvió la mirada al barón Von Kurtitz. El barón fue asimismo ajusticiado, naturalmente. Se jactaba de haber fijado a la reina al respaldo del trono atravesándola con clavos, de forma que quedara crucificada permanentemente. Los clavos, efectivamente, los clavó él, pero fui yo quien limó personalmente las puntas. Ahora, como si lo ya dicho fuera poco, lleva constantemente un chaleco de cuero de búfalo; por el reuma. Como genio de las medias verdades que es, tiene la intención de escribir la historia del mundo por adelantado, y yo tengo que participar en esta empresa demencial. Que Dios se apiade de mí y de Europa».
[En adelante, todas las notas marcadas con asterisco * pertenecen a la edición original y constituyen parte integrante de la propia obra].
EL LIBRO DE JAVÁN, HIJO DE NAHOR
Palabras de Javán, el hijo de Nahor, a los que aún no han nacido.
Cuando llegué del oriente a la tierra de Serán, habitaba con mis hermanos, hijos y ganado; nuestra riqueza aumentó y vivíamos en paz con otras tribus.
Hasta que, en un momento dado, llegaron de no sé sabe dónde constructores y maestros albañiles; estos encendieron un gran fuego y comenzaron a cocer ladrillos de barro, y decían: «Construyamos una torre que llegue al cielo». Ella nos servirá de refugio frente a las fieras, los vientos y las inundaciones. Y sobre nosotros... [texto destruido]... por los siglos de los siglos.
Y dibujaron en la arena una figura en todo semejante a una torre. Y la torre era ancha en su base, sus escaleras la envolvían como serpientes y su cima se perdía entre las nubes. Y sobre la torre había jardines y arroyos, y otras bellezas terrenales.
Y en el séptimo año de construcción, me quedé dormido y tuve un sueño: en él, curiosamente, una rueda se apoyaba en la tierra... [falta texto]... en aspecto y hechuras las ruedas eran como... y ambas eran idénticas y en aspecto y hechuras eran como si una estuviera detrás de la otra.3
Donde fuera el espíritu, allí también iban las ruedas, y cuando el espíritu se elevaba, ellas se elevaban, pues el espíritu marchaba sobre las ruedas.
Y de repente, una luz terrible me cegó y oí una voz que me decía: «Javán, abre los ojos y mira la torre que estás construyendo». Y al abrir los ojos, vi una torre que subía hacia el cielo, y sus paredes eran transparentes y traslucían el interior profundo de la torre.
Y al pie de la torre vi a una multitud de gente arrodillada ante falsos sacerdotes, y cada cual le confesaba su sufrimiento a uno de los sacerdotes y le contaba los deseos y pensamientos de su corazón.
Y los sacerdotes les decían: «No tengáis ningún miedo. Nosotros... (falta texto)... cuando nos confiéis los pensamientos de vuestro corazón, os haremos felices y longevos».
Y entonces, los que querían fornicar, se juntaron en una de las alturas y fornicaron, varón con varón y hembra con hembra; el hedor se elevaba hasta el cielo y la contemplación de la escena era algo desgarrador.
Y a aquellos que anhelaban batallar y estaban sedientos de guerra, los sacerdotes los apuntaron en dirección al piso superior. Esa altura estaba desolada, despojada de hierba, y allí lucharon y se mataron entre ellos, y la sangre les llegaba hasta las rodillas. Los sacerdotes observaban la batalla desde arriba y se reían.
Los borrachos yacían en el hermoso jardín y bebían vino y pronunciaban palabras blasfemas que eran dolorosas de escuchar.
Y entonces, la gente, tranquila y laboriosa al pie mismo de la torre, cavaba y araba, y recogía la cosecha y se la llevaba a los sacerdotes. Y los furiosos guardias iban munidos de látigos, fustigando a cualquiera que se les opusiera. Y decían: «Para eso hemos construido la torre, para que la derribéis».
Y más adentro, en el centro de la torre, vi cosas terribles que mis ojos nunca antes habían visto. Un hijo mataba a su padre y se acostaba con su madre, mientras mujeres cabalgaban sobre hombres. Y vi cosas aún más viles que no puedo describir.
Y de nuevo la luz me cegó y oscureció la torre y oí una voz que me hablaba: «Javán, arrepiéntete. Coge a tus hermanos y a tus hijos, y huye hacia el norte.
Y antes de irte, haz una tablilla con barro y escribe en ella un libro sobre todo lo que hayas oído y visto. Y estampa al pie del libro este sello de nuestro pacto secreto».
Entonces, ante mis ojos apareció un sello a semejanza de aquellas ruedas ardientes, y entre ellas la letra dálet.
En ese momento, una voz me dijo: «Has de saber que derribaré esta torre y que se levantará de nuevo, y que entonces volveré a derribarla y todo será una cosa y la misma, una unidad total».
Y he aquí que me hallé inmediatamente como dentro de un sueño, y en mi mano había una tabla en la cual grabé el sello de un pacto secreto, como me fue dicho, dos ruedas en llamas y la letra dálet flamígera.
Ferrarius me contó todo tipo de cosas. Cómo se destruyó la primera torre de Babel y cómo se elevaría la segunda sobre sus cimientos. También me mostró su reliquia, un carro hecho según la visión de Ezequiel, con las ruedas dispuestas una detrás de la otra. «Con ellas —dijo— se puede llegar al cielo». Sabía, por supuesto, que aquello no era más que una alegoría, pero sólo por la broma, ordené a Grosman que descendiera sobre ellos por la pendiente que colindaba con el patio. Por poco no se rompe el cuello. Desde entonces, no ha podido soportar a los Birruedas y no ve la hora en que por fin se marchen. Por eso le ordené que escribiera una historia sobre las desventuras que los afligieron en París. Hipócrita. Cree que no sé que, a hurtadillas, garabatea en mis márgenes con tinta invisible. Si aguzo el oído, lo oigo garrapateando, arañando en la superficie de la historia, dejando sus manchas, movido por el deseo irracional de no desaparecer de la memoria del mundo. Pero volvamos a las ejecuciones. Por un prurito de imparcialidad, también envié a mi propia esposa, la reina Margot, al cadalso. Pues pretendía auparse al trono con la ayuda de su amante, el barón Von Kurtitz. No sé qué es lo que impulsa a estos idiotas —y el caso es que los hay a patadas—, a soñar con el poder y los tronos. ¿Acaso piensan que me pasé veinte años ahorrando hasta el último céntimo sólo para gobernar? No, mi intención era la de materializar un concepto metafísico. Margot no era una mala mujer, pero no pudo resistirse a la belleza de Von Kurtitz. La belleza, dice Radberto de Odense en el libro que pronto escribirá, es un arma diabólica. Y luego está la vanidad femenina. De modo que un día irrumpí en la alcoba: Margot estaba frente al espejo. Detrás de ella, el diablo se agachaba y ella observaba como hechizada el reflejo de su trasero. Sabía que eso no podía salir bien. A pesar de todo, no quería precipitarme. «Una locura pasajera», pensé. Varias veces la encontré en el jardín besando al barón, pero fingí estar soñando. Y cuando ya se me hizo intolerable, me desperté y llamé a los sirvientes. Al día siguiente dirigí una representación teatral para la chusma. Emocionante e instructiva a la vez. Para hacer ver adonde conducen la codicia y la belleza. Esta escenificación acabó siendo un pequeño consuelo para mi fealdad. En cuanto a lo que es mi imagen, permitidme que describa mi aspecto para la posteridad: bajo de estatura, con la columna, las piernas y los brazos torcidos; vestido con una túnica informe guarnecida con piel de leopardo. Tengo un bulto considerable en la frente. Mi ojo derecho es diminuto y está profundamente hundido en la órbita; a su vez, el izquierdo parece constantemente empañado por las cataratas. Pero esta imagen no llegará a las generaciones futuras. Godfredo de Mainz, temeroso de la ira regia, me pintó más bien parecido de la cuenta y yo, engatusado por la vanidad, lo miré con un ojo entornado y acepté la imagen del cuadro tal cual, como una mentira de mí, que soy otra mentira...
Como también dijo el Predicador: «Vanidad, todo es vanidad».
Una vez me hice con el trono del reino que había comprado a cierto conde fracasado. A fin de preservar la pureza de la fe, amurallé todas las puertas del monasterio de San Panfucio y cambié el nombre del monasterio para fastidiar al Papa, ese vendedor de bulos. Míralo ahí, en Roma, yaciendo envuelto en seda y terciopelo en vez de estar vagando por el mundo descalzo en busca de alguien que lo clave a una cruz. Envía a jesuitas para devolverme a su rebaño, a su fe mercantil. Pero no. Me he convertido a la ortodoxia. El monasterio se llama ahora San Gregorio Palamás. Por debajo de él construí un intrincado laberinto, cuya entrada está en la plaza que hay frente a la catedral y cuya salida está en el patio del monasterio. Los pretendientes a la dignidad monástica deben atravesar el laberinto. Los indignos se extravían y se quedan criando malvas eternamente en algún recoveco. Una vez, yendo a comulgar con Grosman, vi esqueletos desfigurados a la luz de las antorchas y pensé: si no fuese por esos cráneos y esos huesecillos, de ese hombre no quedaría nada. Ouk on,4 como diría mi mayordomo. ¡Detente! ¡Nihilismo! Herejía. Aquellos, en cambio, que son guiados por el Espíritu Santo, alabado sea el Señor, llegan sanos y de una pieza. Así es como pudo lograrse un grado tan alto de espiritualidad. Pan duro y un poco de agua, y adiós al espacio y al tiempo. Mis monjes ven hacia atrás y hacia delante (es decir, retrospectiva y prospectivamente). Sueñan los sueños que soñarán las generaciones futuras; conocen las intenciones de mis enemigos. Hablan con los ángeles. Caminan sobre las aguas. A veces llevo a un monje a dar un paseo por el lago, para dar ejemplo de bienestar y obediencia al pueblo. En las fiestas mayores, el abad del monasterio se eleva cien brazas —por no decir metros antes de que estos se adopten como medida estándar— por encima de la torre de la iglesia y celebra la Gran Liturgia. Por otra parte, he construido una espaciosa posada para fornicadores, ladrones y todo tipo de depravados, donde pueden entregarse desenfrenadamente a sus vicios sin ofender a los cristianos honestos. He separado el bien del mal, y en la frontera entre ambos me mezo subido a mi trono: el Calvario. Soy un gran pecador. Me hundo hasta el mismo fondo del pecado para alcanzar la santidad en grado sumo. El mundo está dispuesto de tal forma que las fronteras del reino están sitiadas por enemigos y el alma del rey está sitiada por demonios. Bien dicho. Defiendo a los súbditos de los enemigos terrenales y celestiales. Asumo todas las tentaciones en mi persona. Los monjes no tienen tiempo para eso. Prácticamente más allá de todo, ciegos a este mundo, con una fina membrana cubriendo sus ojos terrenales y un lirio blanco en las manos —como en el cuadro que un día pintará el maestro Nemanja—, subvierten el tiempo y el espacio para que, cuando llegue la hora, alcen mi reino hasta el cielo. Para arrancarlo de las garras de la historia, de la guarida del pecado. Por eso nunca quise ensanchar los límites. Para que el reino fuese más llevadero. ¿Quién podría elevar al cielo una monstruosidad como el Imperio romano, que se hundió y se hunde cada vez más en el infierno a causa de su desmesura? Un país tan grande y poblado no puede traer nada bueno. A medida que pase el tiempo, seguirá aumentando aún más la gente que lo puebla. Y las personas son como monedas de oro. Cuantas más son, menos valen. Pluralia tontum. Personas falsificadas sin fondo ontológico. Ni siquiera saben qué es la ontología. Creen que Dios está escondido en el desván de mi palacio. Cretinos que desprecian el pasado. He aquí otro motivo para advertir contra la tiranía de las masas aún no nacidas y escribir su historia por adelantado, a fin de poder delimitarla. Es mi derecho natural. Y de esforzarme por lograrlo, cosa que por cierto no tengo intención de hacer, podría vivir otros trescientos cincuenta años de nada si bebiera menos y evitara los platos de caza. Pero ninguno de ellos, por mucho que lo intente, podrá volver al pasado, a mi pasado, que gobierno soberanamente con la ayuda de mi fiel Grosman, no por apego al poder, sino por sentirme apelado a enseñarles a esos advenedizos el principio de subordinación. Y los monjes me dan la razón. Vinieron una noche. Se sentaron. El abad afirmó que descubrieron en un sueño lo que había sucedido con los etruscos desaparecidos. «¿Qué etruscos?», le pregunté. Y el abad dijo que una vez, donde ahora están Roma y el presunto Vicarius Dei Filii, vivía una civilización denominada «rasciani» que desapareció sin dejar rastro de la faz de la Tierra. Justo como nos habíamos propuesto hacer nosotros mismos. Sus sacerdotes-soñadores, viajando al futuro a través de los sueños, vieron lo que sucedería en los funestos Apeninos. Una noche todos se quedaron dormidos, y en sueños vieron una nueva tierra al otro lado del mar, montañosa y rica en agua, de modo que se despertaron en ella y, para engañar al rastro de la historia, se dieron a sí mismos un nuevo nombre: serbios. Una historia conmovedora. Contada —como se demostraría más tarde— para ablandar mi corazón y calmar mi ira. Porque al salir, el abad me llamó aparte y me dijo que allí atrás es donde Margot se reunía con Von Kurtitz. Lo cual Grosman me acabaría confirmando. Me dijo que los veían debajo de mis ventanas, en medio de la nada, con los cuellos ensangrentados. Y por primera vez, en vez de la ira, me invadió la tristeza. ¿Ni siquiera la muerte —pensé— puede vencer la infidelidad y la traición? Y entonces dos lágrimas brotaron en las comisuras de mis ojos: Ay, Margot, Margot...
He escrito mi propio corpus jurídico. Estricto pero justo. Quien le corte una mano a alguien, habrá de cortársela también a sí mismo. Y si no está de acuerdo, habrá de ser ejecutado. ¿Por qué propagar la anarquía? ¿Por qué involucrar a terceros —jueces, guardias, verdugos— en este circulus vitiosus? La ley es la ley. Ese es el primer artículo de mi código legal. Si no han querido someterse a los designios de Dios, que penen bajo los míos. Todos son culpables y todos deben ser castigados. Pero llegará el tiempo de una Nueva Europa postrada, en la que las persecuciones no serán motivo de anatema. Aunque tal vez no tan pronto. No estoy tan seguro de que el Renacimiento se originara en Italia. Jamás entenderé qué de malo hay en la injusticia, la tortura o la privación de la libertad, cuando no son otra cosa que privilegios. El camino seguro al Reino de los Cielos. No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti. Ese es el segundo y último artículo del código. El resto, repartido en diez volúmenes, está lleno de manchas. De simulacros de letras. De canciones trovadorescas. ¡Sancta simplicitas! Quien consiente que lo maten y le roben, tiene derecho a matar y robar. Nadie más tiene ese derecho. Dado que acepto que me maten y me roben, maté a Margot y a su amante, aunque eso tampoco me haya servido de nada. El caso es que han continuado engañándome, y me engañarán mientras el mundo siga girando.
Antes de que desaparezcamos de la faz de la Tierra, quiero dejar una auténtica memoria de mi reinado como legado a mis descendientes, a esa masa humana que espera pacientemente la hora de su nacimiento. Frustrando así de antemano a los oscuros escribas de la historia. Ya puedo verlos hurgando en las bibliotecas, rebuscando entre actas, cartas y convenios polvorientos, garabateando tratados sobre lo que hice, lo que pensé, dónde me equivoqué, perturbándome póstumamente como mis súbditos me perturbaron en vida. ¿Estarán moviendo los hilos de mis acciones desde las brumas del futuro? Me enfrentaré a la tiranía de los nonatos, al fruto multiplicado de nuestro pecado original, a los propagadores de nuestras falacias; a la chusma que se revuelca en el lodazal del pasado para rescatar desde la vacuidad de mi presente argumentos a favor de su vacuidad aún mayor.
No serán ellos quienes escriban mi historia, sino la suya. Con sus manos, en su papel. ¿Pueden —como afirma Radberto de Odense— conocer algo quienes no existen? Incluso cuando asumen forma humana, ¿qué pueden saber ellos acerca de los acontecimientos que han desaparecido sin dejar rastro? Pecaré y mentiré, lo admito, pero no admitirlo es ser impío. Ahora me llaman Carlos el Vidente, Carlos el Sublime, pero tan pronto como muera, la historia me recordará como el Feo, historia a la que por fuerza me lanzo a destruir, asqueado. Quiero adelantarme en el tiempo. Describir la época por venir antes de que llegue su hora y no le quede más remedio que ser como yo mismo —movido por la inspiración divina— lo he decretado. ¡Quod dixi! Y por eso deben nacer otros que en el futuro se dediquen a escribir lo que yo he imaginado. Desgraciados. Tomarán esos pensamientos como propios, ignorantes de que aún ni siquiera existen. ¿No es esto contradictorio? Tanto da. Grosman, anota: «Yo, Carlos el Feo, en nombre de Dios, ordeno el nacimiento de: Herbert Meyer, Arthur Conan Doyle, Sherlock Holmes, Çulaba Çulabi (qué nombre tan estúpido), Jurgis Baltrušaitis, Sava Djakonov, Rainer Müller, su hijo Ernest, Afanasy Yermolayev, una decena de personajes secundarios, Sigmund Freud y Jozef Kowalski», sí, Jozef Kowalski, ¡Kowalskiiii!
«Ninguna fe puede cambiar el mundo y ningún hecho puede jamás refutar la fe». Eso es lo que escribirá Oswald Spengler en el crepúsculo de una futura matanza. Cientos de años pasarán en vano; incluso para entonces nadie sabrá a ciencia cierta por qué. Los años pasan en vano; esa es la primera premisa de este capítulo de la HISTORIA. Miles de años perdidos. Observo a Grosman: jorobado, envuelto en una piel de oso, anotando mis palabras. La segunda «S» de alguna manera parece haberse encogido, desvanecido. Si por ejemplo le preguntara «¿entiendes el significado de las palabras de Spengler?», con certeza me diría: «Sí, señor». Y si le preguntara «¿estás muerto?», indefectiblemente me respondería: «Sí, señor». ¡Obediencia absoluta! El camino más seguro al Reino de los Cielos. Los años que pasó en el seminario de Upsala dejaron una huella indeleble en él. Pese a ello, allí no aprendió nada sobre la fe y los hechos. Y ciertamente no se le puede echar en cara, pues ese conocimiento no se adquiere estudiando, sino que es innato, como en mi caso. Algo que, sin embargo, no es para mí causa de orgullo; el genio trae consigo una gran cantidad de inconvenientes. Entre otros, el de atraer la ira de los mediocres. Sin ir más lejos, en este mismo momento —aunque en lo que respecta a la secuencia cronológica, habrá que esperar aún un poco— uno más entre el innúmero tropel de escritorzuelos existentes, un tal Herbert Meyer, escribe —y prueba empíricamente— que yo nunca he existido, que no hay una sola mención mía en la historia, que soy producto de la hermandad mística que yo mismo inventé. Tiene parte de razón ese granuja de Meyer, en tanto que no soy un «hecho» —y en tanto que, por consiguiente, niega mi realidad factual—. Me he librado del caparazón de mi propia existencia factual, gracias a Dios, y contemplo liberado lo que ocurre en esa grandiosa kermés que se extiende a lo largo de los siglos en ambas direcciones. Supongo que ahora se comprenderá mejor cómo sé al mismo tiempo lo que sucede en el pasado y en el futuro lejano: al no tener consistencia factual, esto es, en tanto que no-hecho, solo creo que existo, y esto me posibilita discernir hechos que suceden simultáneamente, pero que en el presente solo pueden darse de uno en uno por las dificultades que esto entraña. El tiempo es una simple secuencia de hechos, alineados uno a uno: huesos, calaveras, inscripciones; es imperioso dar orden a ese tropel fabuloso. ¿No es cierto, Grosman? «¡Sí, señor!». Entonces anota: «La construcción de la Torre de Babel se ha producido hace un momento y el día del juicio final llegará dentro de otro momento. Lo que fluye entre lo uno y lo otro no es tiempo. Solo fluyen los hechos».
Pero no he venido al mundo para adaptarme a sus reglas. Desde mi temprana juventud, no lograba detectar una diferencia sustancial entre los planos de las ciudades y las ciudades edificadas. La tercera dimensión, que los sabios de mi corte se desvelaban por evidenciarme de todas las maneras posibles, me provocaba risa. Esta supuesta tercera dimensión es lo mismo que una zanahoria atada a un palo y puesta delante de los ojos de un burro. No solo no era beneficiosa para nadie, sino que además muchos se habían visto perjudicados por ella. Porque al ir a su encuentro, al tratar de recorrer esa supuesta distancia, ella se escabulle, no deja que la alcances, atrayéndote permanentemente hacia adelante, como la zanahoria a un burro, rumbo a penalidades y a la misma muerte. «Sí, sí —dirán alzando la voz doctores, profesores y metafísicos—, pero es que ese es el mundo en el que vivimos; estamos dotados de alma y espíritu». ¡Una estupidez supina! Nadie ha podido probarlo. La vida —más vale que esto les entre a los doctores en la sesera— no es un hecho, la vida no acontece. No te escandalices, Grosman; no niego la existencia del espíritu ni del alma, ni mucho menos; lo que niego es la existencia de los doctores y profesores, niego que tú existas. Sois unos parásitos de vuestras almas. Una grave enfermedad de las que ellas —vuestras almas— han de curarse. Tú, como Grosman, con una o dos «S», no eres nada. En mi poder está ordenarte que regreses al principio de la HISTORIA, que taches donde pone Grossman y escribas, digamos, Gruber en su lugar. Puedo ordenarte que te luzcas con una biografía aún más negra que la que perpetraste, y contra la cual protestaste cuando fenecí, garabateando en los márgenes tus ruines desmentidos. ¡Acémila! Ninguna biografía puede ser tan horrenda como el sujeto que la protagoniza. Pero aún no he muerto en el mundo factual. Solo quiero que sepas que puedo ver tus acciones. ¡So bobo! ¿Ante quién crees que tienes que justificarte? ¿No te he dicho cientos de veces que la historia nos omitirá? ¿Por qué no te deshaces de tu vanidad? Mucho me extrañaría que viera la luz la opinión de los tunantes del porvenir sobre el mayordomo de un rey virtual (lo contrario a factual). Aunque, por otra parte, hay tantas cosas que no puedo entender. Sin ir más lejos, por qué me empeño con todas mis fuerzas en sacarte a ti, junto con la escoria de mis súbditos, de la historia y salvarte así de la muerte. Cosa que, para que se acaben de torcer las cosas, acabaré logrando. Y aquí reside el absurdo: alguien que se pasa la mitad de su vida subido a una columna comiendo mariposas y musgo acaba atrapado en el infierno, mientras que tú, cuya máxima preocupación es si tu apellido se escribe con una o dos eses, vas al cielo. Los designios de Dios son inescrutables. ¿No salvó el propio Jesús a un ladrón?
