La Lilén - Analía Colom - E-Book

La Lilén E-Book

Analía Colom

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Beschreibung

Desgracias, poder, secretos, amor, odios y violencia de género se entrelazan en una historia atrapante en el seno de una sociedad machista, no muy lejana de la realidad actual. Todos estos ingredientes se combinan en una trama sólida, que invita al lector a devorar sus páginas. ¿Podrá la tragedia destruir a una familia? La Lilén transcurre a través de tres generaciones. Es una novela de ficción basada en hechos reales, donde la autora cuenta la impredecible vida de su amiga. Con astucia, introduce al lector en una historia cargada de acción, donde cada capítulo constituye un interrogante y, a la vez, una revelación. Con una prosa ágil, lenguaje sencillo y una pizca de humor, aborda temas serios y profundos que atraviesan a los personajes y atrapan al lector captando su atención hasta último momento.

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Seitenzahl: 158

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Colom, Analía

La Lilén / Analía Colom. - 1a ed - Córdoba : Tinta Libre, 2021.

172 p. ; 21 x 14 cm.

ISBN 978-987-708-982-0

1. Novelas. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2022. Colom, Analía

© 2022. Tinta Libre Ediciones

A mis queridos Toto, Rochi, Lali

y a Tini, el amor de mi vida.

Agradecimientos

A Mariana, la dueña de esta historia.

A Ernesto Simón, maestro y amigo, por guiarme en mis primeras locuras narrativas.

A Daniela Cicchelli quien con toda su magia y genio, me dio el coraje necesario para que esta obra salga a la luz.

A mis hijas, Rocío y Lara, que me ayudan a sortear los obstáculos tecnológicos ajenos a mi entender.

A mi marido Jorge por el aguante.

A ustedes lectores, por regalarme su tiempo para leer este libro.

LA LILÉN

Su historia me cautivó desde el principio. Le dije que en algún momento la iba a escribir. Tengo que compartirla. No puedo, bajo ningún aspecto, guardármela para mí sola.

Capítulo 1

Los mellizos

Fue un día fatal en la vida de los mellizos. Apenas el sol calentaba la tierra, la finca se desperezaba para comenzar con el intenso trajinar del día. El paisaje era imponente, casi irreal. La cordillera, erguida, majestuosa, y las viñas, agitadas, turgentes. Como retoños de vida que se fundían con las montañas a lo lejos. Hasta donde se te perdía la vista.

Entre las hileras, abrigados y con las mejillas coloradas de frío, reían a carcajadas los cuatro. Dos pares de mellizos, hijos de dos familias vecinas. Santiago y Daniel, rubios. Andrés y Joaquín, morenos. Amigos desde la más tierna infancia. Compartían todo, hasta las peleas, que con ellos se hacían comunitarias.

Santiago y Andrés, un rubio y un moreno, uno de cada par, traviesos, inteligentes e inquietos. Se asociaban para darle batalla a Daniel y Joaquín, más serenos, callados y reflexivos. Desde chicos era así, en las alianzas cruzados, pero los cuatro unidos para compartir aventuras o enfrentar algún peligro.

Era lunes a la mañana, habían pasado un fin de semana plagado de diversión en la finca calingastina Las Marianas. Las vacaciones de invierno comenzaban y ellos querían disfrutarlas a fondo.

Doña Mariana estaba cansada, no había pasado una buena noche por una tos alérgica que no quería abandonarla. Ese fin de semana resultó agotador. Atenta y protectora, cuidaba de los adolescentes, si comían bien, si se abrigaban o si peleaban. Sin descuidar las tareas de la casa, el manejo del personal y los mandados que a diario la obligaban a manejar unos kilómetros hasta la pintoresca Calingasta.

Siempre secundaba al marido, Don Santiago padre. Hombre serio y autoritario que imponía respeto y dureza, pero con la ternura a flor de piel cuando miraba a su esposa. Menuda mujercita inquieta, gigante en sus acciones, fiel compañera de su vida.

—Me voy a la ciudad —gritó ella mientras miraba de reojo a los chiquilines. Nada le divertía más que sus caritas de sorpresa—. ¿Quién quiere venir conmigo?

Los cuatro se empujaban con la torpeza típica de los adolescentes.

—Yo, mamá —gritó Santiago y agitó sus brazos para llamar la atención. Su hermano Daniel, tranquilo, lo dejó hacer.

—Yo, doña Mariana —dijo Andrés, y desplazó con fuerza a su mellizo Joaquín.

Ella reía para adentro, de mil amores los llevaba a todos, pero pensó en el lío que hacían los cuatro juntos y les dijo:

—Hoy llevo solo a dos, pónganse de acuerdo entre ustedes quién viene, y mañana voy con los que se quedan.

Los chicos forcejeaban por ocupar un lugar en el auto, y, en menos de un segundo, se armó un griterío infernal que revolucionó la finca.

Como no encontraban otra solución, lo jugaron a la suerte y tiraron una monedita hacia arriba. Salga quien salga y le toque a quien le toque, los otros se quedan “chito”, sentenciaron.

Salieron Daniel y Joaquín, para bronca de los otros dos. Y pasado el primer momento de rabia, los perdedores empezaron a tramar distintas maldades para vengarse de los agrandados ganadores.

—Ya van a ver cuando vuelvan —gritó uno de los vaguitos que se quedaba, haciendo todo tipo de señas. Los otros dos sonreían victoriosos y levantaban el dedo medio a escondidas para no ser vistos por doña Mariana.

Así se despidieron, parecían irreconciliables, pero se notaba que se querían. Habían nacido con dos días de diferencia y vivían separados solo por una pequeña calle en San Juan capital. Siempre los cuatro juntos para todos lados. Esta no era la primera vez que pasaban las vacaciones en la finca.

Así partió ella con dos niños eufóricos que no dejaban de gritar y reírse a carcajadas.

Seguro le costó calmarlos.

Quizás el sol calentaba un poco más adentro del auto e invitaba a la modorra, y los chicos, ya apaciguados, se quedaron dormidos. Doña Mariana pensaría, contenta, que le habían tocado los dos más tranquilos y podía disfrutar el viaje.

El camino, bravo, zigzagueaba entre las montañas. Ella, nacida y criada en ese lugar, podía recorrerlo con los ojos cerrados.

No se sabe por qué, si se durmió, se desvaneció o confió en sus habilidades. En una curva cerrada, tal vez la nieve le haya jugado una mala pasada, perdió el control del vehículo. Este cayó por el precipicio y quedó dado vuelta cuarenta metros abajo.

Los encontraron a los dos días, ella fuera del auto y los niños adentro. Parecían solo dormidos, serenos, hermosos.

Santiago y Andrés, los mellizos que quedaron de cada par, no dejaron de estar abrazados en el sepelio. Miraban a sus respectivos hermanos sin dar crédito a los hechos, doblados por el dolor.

Era desgarrador verlos.

Después, todo cambió. Nada fue lo mismo. La tragedia colmó de tal manera sus vidas que ya no podían estar juntos. Se separaron para no sentir la ausencia de los otros dos, para no recordar, para no extrañar.

Así, cada uno, huérfano de su mitad, siguió caminos diferentes sin saber que el destino, años más tarde, los volvería a juntar.

Capítulo 2

La soledad

Santiago no quiso regresar a la finca. Se encerró en su cuarto por el resto del invierno y nada ni nadie fue capaz de sacarlo de allí.

Su padre volvía casi todos los días y, al regreso, se quedaba parado en la curva fatal, al borde del precipicio. Inmóvil por horas, miraba fijo al vacío. Quizás intentaba, en su mente, volver el tiempo atrás.

En la finca todo estaba de cabeza, faltaba ella, el motor. En la casa de la ciudad, el panorama no era muy diferente. El padre, sin hablar, apesadumbrado por la tristeza; cuando lo hacía, era para pelear con el hijo. Cualquier motivo era bueno para comenzar una riña interminable. La pérdida, en vez de unirlos, los había separado.

El hijo se revelaba por todo, intolerante, haragán, contestador, y el padre respondía agresivo, autoritario, rabioso. Siempre lo comparaba con el hermano que ya no estaba, y le reprochaba todo.

Pasaron el resto del invierno sumidos en una dolorosa soledad, y con la llegada de la primavera nada cambió. El padre se volcó al trabajo desmedido. Pocas veces se acordaba del hijo que vagaba todo el día. Casi ni se veían, y, si lo hacían, peleaban.

¡Y como siempre pasan todas juntas! El socio francés de don Santiago murió de un ataque cardíaco fulminante. Dejó una viuda joven y un niño de un año. Y todos los negocios a su cargo. Esta nueva tragedia lo obligó a viajar a Francia y dejó a su hijo desamparado.

Al principio, Santiago se enojó. Después sintió alivio al pensar que la distancia iba a traer calma y, a lo mejor, si se extrañaban, podían acercarse un poco. Fantaseó con esa idea.

Esperó a su papá con desesperación, era lo único que tenía en la vida. Todavía era chico, con sus quince años, a pesar de querer demostrar lo contrario.

El día pasaba rápido, pero la noche se hacía eterna. A veces, hasta le parecía que extrañaba los retos y las peleas.

El padre demoraba la vuelta. Siempre tenía una excusa: los viñedos, la cosecha, la bodega, una nueva variedad. Todo merecía su cuidado y presencia, menos su hijo, que, por orgullo, no le decía que lo esperaba con el corazón en la mano. Se sentía solo, angustiado, abandonado. Los empleados lo asistían y lo cuidaban, pero no reemplazaban a su papá. No alcanzaba.

Pasó un tiempo, no se habían cumplido más que seis meses de la pérdida de su madre cuando, por fin, el padre regresó.

El corazón de Santiago dio un vuelco al escuchar su voz. Loco de emoción, corrió a su encuentro. Lo vio más contento, parecía recuperado.

En un impulso irrefrenable se lanzó hacia sus brazos. Su porte altivo y distante lo frenó. Sus ojos se llenaron de lágrimas, y a través de ellas vio también a una mujer joven y a un niño pequeño.

—Nos casamos la semana pasada —Fue lo único que explicó el padre ante los incrédulos ojos de su hijo—. Ella es mi mujer, y Pablito, tu nuevo hermano —decretó.

Y lo dejó solo, sin mediar más palabras y, sobre todo, sin los abrazos que su hijo tanto había soñado.

Con el corazón partido en mil pedazos, el pecho apretado de dolor y un odio que nacía de sus entrañas, miró a ese niño de ojitos azules y rulos oscuros y supo que nunca, pero nunca, iba a tener su aceptación y mucho menos su cariño.

Su hermano era Daniel, el único, al que había abrazado desde la panza materna y al que amaba todavía. Nadie iba a ocupar su lugar y menos así, de prepo.

Volvió a encerrarse por días en su cuarto, a vegetar sobre la cama. No hablaba, no lloraba, solo juntó rabia y dolor. Salía a escondidas a rapiñar algo de comida porque ya no daba más de hambre y enseguida regresaba a su guarida.

Su padre lo ignoraba. Eso lo hizo reaccionar.

La horrible sensación de ser rechazado le dio fuerzas para sobreponerse y pelear por su lugar de hijo, usurpado ahora por el pequeño intruso.

Capítulo 3

Los intrusos

La mujer era amable, el niño también. Santiago igual los odiaba, le daba bronca ver la cara de felicidad de su padre. No podía entender cómo se había olvidado tan pronto de su madre, cómo podía haberla reemplazado. ¿Y de su hermano, no se acordaba? Nunca más lo nombró y quitó todas las fotos de la casa.

Él no iba a olvidarse de su hermano. Solo le bastaba mirarse al espejo para encontrarlo. Siempre fueron idénticos. Veía a su madre reflejada en sus ojos grises, pero le daba terror no recordar su cara o el tono de su voz.

¡Cuánto los extrañaba!

El tiempo pasó rápido. En una penosa soledad, mezclada con rabia y dolor, los días se hicieron años, y él se convirtió en un lindo muchachito. Alegre y atorrante con sus amigos; taciturno y triste en su hogar. Se la pasaba de fiesta en fiesta, siempre con una novia diferente.

Era vago, pero no tonto. Nunca descuidó los estudios, tenía claro que no podía quedarse atrás, eran la llave para salir de esa maldita casa.

Con su inteligencia y un poquito de esfuerzo, rindió libre el quinto año de la secundaria y a los diecisiete se recibió de bachiller. Con el título en la mano, le dijo a su padre que quería estudiar Derecho, por decir una carrera. Poco importaba. Lo que él quería era partir rápido de ahí.

Su padre, orgulloso de él, aunque nunca se lo dijo, aceptó con la condición que estudiara una carrera afín a los negocios familiares, de los que iba a tener que hacerse cargo más adelante.

Se decidió por Agronomía y pidió ir a estudiar a la ciudad de La Plata. Cuanto más lejos, mejor.

El padre accedió y Santiago partió en busca de libertad hacia la ciudad de las diagonales. Juró que nunca más iba a volver.

Capítulo 4

La Plata

En La Plata respiró la paz que tanto necesitaba. Se sintió libre de hacer lo que quería sin rendir cuentas a nadie.

Estaba solo, pero esta vez no le importaba, quería disfrutarlo.

Le encantaba caminar por Diagonal setenta y tres bajo los jacarandás florecidos. Respirar el inconfundible perfume de los tilos y el andar ruidoso de esa ciudad grande, con corazón de pueblo, por la calidez de su gente.

En La Plata, recuperó un poco de felicidad.

Tardó siete años en recibirse de ingeniero agrónomo. No por falta de inteligencia, sino por no tener ningún apuro en volver a San Juan. Nadie le reclamó, y él se tomó su tiempo. Vivió con intensidad. Tomó la vida a bocanadas, sin perderse nada: fiestas, novias, ni amigos que le dieron el afecto que le faltaba.

Incansable. Dueño de una simpatía exacerbada en el afán de ser querido y poseedor de una gran generosidad, no pasaba desapercibido. Cosechaba amigos y también mujeres, que seducía ayudado por la pinta, el buen pasar y la guitarra. Les cantaba canciones revolucionarias y ellas caían rendidas a sus pies.

En una época de gran efervescencia política y social, la militancia lo enamoró y se volcó de lleno. Dotado de una gran oratoria, tomaba la palabra y sostenía interminables discusiones en reuniones donde era considerado un cuadro importante, como decían en ese ámbito.

En una de ellas, donde se juntaban varias facultades, conoció a Nina. Una mendocina tan linda como inteligente que no le dio ni la hora y así captó su atención.

La cuyana andaba con un séquito de amigas que, para su pesar, nunca la dejaban sola. Todas preocupadas por estudiar, en vez de perder el tiempo. Ellos no eran vistos con buenos ojos, y por eso estas niñas ni los registraban. Y encima Santiago era sanjuanino. Se transformaba en un rival neto para la consabida batalla Mendoza - San Juan.

El trabajo fue arduo, pero al final la conquistó. Al principio, por el orgullo herido, pero poco a poco se transformó en un genuino romance que culminó en casamiento. El cazador había sido cazado y casado.

Encontró en Nina la parte que le faltaba, se sintió completo y satisfecho por un tiempo. Después, volvió a las andadas.

Entre idas y vueltas de ese amor tempestuoso, apasionado e infiel, iban naciendo los hijos. El primero, un varoncito al que llamaron Daniel, como su mellizo. Luego vinieron Francisco, después Javier y el 10 de enero de 1976, la tan ansiada niña, Mariana.

Mi amiga y la dueña de esta historia.

Los hijos eran seguiditos. Cada dos años, entre peleas enormes y tremendas reconciliaciones, Nina paría otro crío. Con cuatro, se hizo difícil, Santiago no estaba nunca. Ella se sentía sola y abrumada, con la responsabilidad de los niños sobre su frágil espalda.

El país estaba convulsionado. Pasaban muchas cosas en medio de una gran agitación social. Nina vivía en un constante estado de miedo e incertidumbre. Sentía que él no iba a regresar un día, como no regresaron algunos amigos. Le daba escalofríos pensar que podía quedar sola con los cuatro pequeños.

Por su tranquilidad, y para invisibilizarse por un tiempo, decidieron mudarse a San Rafael, en Mendoza. A una finca pequeña del padre de Santiago, y encargarse, por fin, de una parte de la empresa familiar.

Don Santiago se sintió satisfecho, el hijo pródigo volvía, con familia y a trabajar.

Capítulo 5

El exilio

Los dos años siguientes fueron de sosiego. Trataban de pasar desapercibidos. Solo se dedicaron al trabajo y a la crianza de los niños. Santiago espaciaba cada vez más los viajes a Buenos Aires y a La Plata. El aire estaba enrarecido. No quería preocupar a Nina, pero se sentía inquieto e inseguro con las terribles noticias que le llegaban.

Don Santiago era un empresario importante en la región. Tenía amigos influyentes. En una reunión, donde participaban miembros de diferentes esferas de la ciudad, un integrante relacionado con el ámbito castrense lo separó por un momento del grupo y en un susurro le advirtió:

—Tu hijo está en una lista negra, será mejor que se vaya por un tiempo hasta que las cosas se calmen. Mirá que la mano viene brava.

El padre comprendió el mensaje. Sin dudarlo, en menos de una semana hizo todos los preparativos y lo mandó a Francia. No le dio alternativa.

Santiago, desolado pero consciente de la realidad que se vivía en el país, mudó a su familia a la casa paterna en San Juan capital y se despidió de ellos, sin saber a ciencia cierta cuándo los iba a volver a ver.

Se fue solo, triste. Otra vez la vida se ensañaba con él. De nuevo la sombra de la soledad lo acechaba y le respiraba muy cerca un aliento helado que congelaba su espalda.

El primer tiempo en Francia le resultó insoportable, extrañaba demasiado a su familia. Pero él no era frágil, ya había pasado por situaciones extremas que le habían endurecido la piel y se acostumbró enseguida.

Allí encontró muchos amigos y también gente que estaba en su misma situación. Cada reencuentro era un soplo de vida. Traía noticias del terruño, de la familia. De lo que habían dejado atrás solo físicamente, no con el pensamiento, y mucho menos con el corazón.

Caminaba sin rumbo por el Barrio Latino de París. En una calle cualquiera y de casualidad, tropezó con Andrés, el otro mellizo. El otro sobreviviente como él de la tragedia que les marcó la adolescencia. Los dos estaban solos. Fue una gran alegría ese encuentro.

Se sentaron en un pintoresco cafecito, cerca de la plaza Saint Michele y pidieron a dúo, con risas y en verso, un café et un verre d´eau, s´il vous plait, como les había enseñado madame Celine. La profesora de francés del secundario que tanto les hizo practicar la pronunciación.

Andrés estaba de paso, recorriendo varias ciudades de Europa por negocios, pero radicado en Estados Unidos donde había montado una empresa importante.

Se pusieron al día. Se enteró de que la familia de Andrés, después del accidente, fue de mal en peor. Además de la pérdida insuperable del hijo, su economía se fue a pique y de un día para otro se quedaron sin nada.

Supo también que, en ese momento, Andrés se enamoró de la hermana de un amigo en común, José, al que apodaban “el perro guardián”, por el celo con que la cuidaba. Rieron a carcajadas con ese recuerdo.

Le contó del desprecio que sufrió por la familia de la chica, debido a su paupérrima situación económica. Y que los separaron enseguida, ocultándola, sin dejarle saber nada más de ella. Como si se la hubiera tragado la tierra.

Ella tenía diecisiete años y Andrés sospechaba que había quedado embarazada, pero nunca lo pudo confirmar.

La buscó por cielo y tierra durante mucho tiempo, sin éxito. Desolado y humillado, decidió hacer fortuna en Norteamérica y se empeñó en cambiar su destino. Trabajó a destajo para crear de la nada una exitosa empresa que no paraba de crecer. Nunca más iba a permitir ser despreciado por pobre.

Los dos amigos se despidieron sin ganas. Se prometieron que esta vez no iban a dejar pasar tanto tiempo para verse. Estaban maduros para enfrentar la ausencia de sus respectivos hermanos mellizos, sin desmoronarse como antes.

Santiago se encaminó hacia su acogedor y bohemio departamento, en pleno corazón de Montmartre. Recorrió de memoria sus empedradas callecitas con paso lento.

El encuentro con Andrés lo dejó pensativo. Sus vidas habían cambiado de un día para otro. Era evidente que nada fue fácil para ninguno de los dos.