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En un mundo dividido entre dimensiones mágicas, un joven está destinado a cambiarlo todo. Adalfred es conocido como la Llave de Ozmar. Su nacimiento fue sellado por un pacto entre dos realidades, convirtiéndolo en custodio de un poder capaz de abrir portales. Tras crecer bajo la protección de los Guardianes, Adalfred debe regresar al mundo humano, donde las guerras se han desatado por el control de su poder. En la búsqueda de su enigmático origen, se enfrentará a enemigos sobrenaturales que codician su corazón como arma o trofeo. Una épica travesía llena de peligros. Una aventura que te llevará a descubrir tu propia esencia.
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Seitenzahl: 674
Veröffentlichungsjahr: 2025
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© La llave de Ozmar
Sello: Tricéfalo
Primera edición digital: Mayo 2025
© Katherine Rivera
Director editorial: Aldo Berríos
Ilustración de portada: José Canales
Corrección de textos: Gabriela Balbontín
Diagramación digital: Marcela Bruna
Diseño de portada: Marcela Bruna
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© Áurea Ediciones
Providencia 2594, local 417, Providencia, Chile
www.aureaediciones.cl
ISBN impreso: 978-956-6420-04-0
ISBN digital: 978-956-6420-44-6
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Este libro no podrá ser reproducido, ni total
ni parcialmente, sin permiso escrito del editor.
Todos los derechos reservados.
—¡No mires! ¡Cierra los ojos, niño! —le había dicho Nitgardo a Adalfred, mientras huía con él a cuestas, tratando de rescatarlo de su calvario a golpe de espada.
Lo tenían amarrado por el cuello. Como a un vil perro. Con un artefacto horrible que lo hacía sufrir como un parto si hacía algo más que respirar y quedarse callado. ¡Lo odiaba! ¡Lo detestaba! Le producía tanto dolor y angustia que, de solo pensar en aquello, le temblaban las piernas. Y ver a su madre observándolo, con ojos de hielo, cada vez que esos malditos hacían sus estúpidas pruebas, aprobando con la cabeza, complacida con su dolor como si lo mereciera, lo hacía explotar de rabia y tristeza. ¡Él no le había hecho nada a ella! ¡Ni a nadie! ¡Él ni siquiera había pedido que lo arrastrasen a este mundo! ¡Estaba feliz donde estaba antes! ¿Por qué lo había traído? ¡Odiaba al mundo entero y a todos los que estaban en él!
Uno de sus rescatadores, Sigrad, había debilitado de dos certeros flechazos aquel horrible collar. Pero no era algo destruible con armas comunes y corrientes. Ni siquiera los poderosos brazos de Adriana, otra de sus salvadores, ni la espada del buen Nitgardo lo habían conseguido. Y aun con todos juntos trabajando a la vez parecía una labor inútil. No se rompía y mantenía a quien cada uno de ellos reconocía como La Llave de Ozmar, quieto y bajo control. ¡Ni siquiera sus vigilantes incorpóreos eran capaces de sacarlo de aquella traba! Era un artefacto traído desde el otro lado y estaba ahí para frenarlo a él.
—¡Te vamos a sacar, cariño! ¡Te lo prometo, pequeño! —le dijo Adriana, con mucha dulzura.
Era un tono nuevo para Adalfred. Nunca habían sido amables, ni cariñosos con él, salvo Nitgardo, Sigrad y unos pocos más, a la distancia. ¡Nadie podía acercarse demasiado a él! ¡Él no era un niño! ¡Era una cosa! ¡Una maldita Llave que intentaban usar a su antojo y, aunque le hiciera bramar de dolor y rabia, no le daba la gana de ser usado! Su consuelo era ver la cara indigesta de sus captores por la frustración de tener a La Llave y no poder abrir ni un solo libro con ella. ¡No podían matarlo! Sin La Llave, no obtenían nada.
No fue sino hasta que se les unieron gentes ajenas con antiguos maleficios y conjuros que pudieron aflojar el maldito collar. Y mientras peleaban por arrancárselo, fuera de su prisión, se llevaba a cabo una batalla campal, sangrienta y terrible. Se podían oír los gritos de furia, los choques del acero, los gritos de muerte, alaridos eternos y desgarradores.
Después de sacarlo de la celda, Nitgardo lo cargó con una mano, como un pequeño bulto y le rogó no mirar a su alrededor, pasase lo que pasase, oyese lo que oyese. ¡Y era muy difícil! Sentía espadazos que iban y venían, le había salpicado sangre de muchas personas, y esos gritos del demonio le invitaban a abrir los ojos y ver el infierno en vida. Estaba aferrado a su salvador, con todas las fuerzas que sus pequeñas manitas le permitían. ¡Iba a caerse tarde o temprano! ¡Nitgardo brincaba con tanto ímpetu que era increíble pensar que peleaba con un niñito a cuestas!
De pronto, lo entregó a Tova, quien lo cargó.
—¡No abras los ojos aún! —le volvió a pedir Nitgardo—. ¡Tova va a sacarte! ¡Yo los cubro! ¡Corre, Tova!
La mujer lo tomó con velocidad, pero con cuidado y con ambos brazos. Era más pequeña que Nitgardo y un espagueti en relación con los músculos poderosos de Adriana.
—¡No mires! —le gritó Tova, mientras corría con el niño a cuestas, aferrado como un koala—. ¡Hazle caso a Nitgardo! No mir…
Algo derribó a su protectora y Adalfred salió rodando por el piso como un balón cuesta abajo. Alguien jaló de sus largos cabellos. Abrió los ojos y quedó congelado, sin respiración ni alma. Una daga filosa venía directa hacia él, furiosa y veloz. ¡Iba a morir!
—¡Mami! —alcanzó a exclamar, con el corazón contraído, antes de que una flecha atravesara la mano de su verdugo, y otra más le hiciera retroceder.
Adalfred quedó convertido en estatua. Su verdugo era Frida: ¡Su madre!
—¿Cómo te atreves, maldito Sigrad? —bramó, furibunda la dama al arquero mientras aún con las flechas incrustadas se negaba a bajar la daga—. ¡Soy tu ama y señora!
Una sonrisa burlona y unos ojos de hielo fueron su respuesta.
—Mi única ama y señora está en casa, cargando un bebé. ¡No reconozco tu autoridad! Y desde ahora, ¡el verdadero Señor de Ozmar toma su lugar! —le contestó Sigrad.
Con otro flechazo encima, Frida se lanzó sobre Adalfred, daga en mano, dispuesta a terminar lo que había empezado.
—¡Muere, maldito engendro! —bramó fuera de sí.
Adalfred despertó de un brinco, bañado en sudor y tan agitado como si lo estuviese viviendo otra vez. Se cogió la cabeza con ambas manos y sintió un nudo terrible en el pecho. ¿Por qué estaba recordando esas cosas? ¿Por qué sentía la misma angustia y miedo que antaño? ¿Por qué aún le pesaba la sentencia que Sigrad se había autoimpuesto sin querer? ¿Por qué se repetía ese espantoso recuerdo en cada uno de sus sueños?
—¡La muy maldita sí iba a matarme! —musitó, desalentado a sus Otros-Guardianes. Esos que siempre le seguían, día y noche, y que solo él y muy poca gente podían ver—. ¡Aún quiere! ¿Por qué rayos no puedo olvidarme de eso? ¿Por qué rayos siempre la veo? —pensó cabizbajo. Si Frida seguía con vida era nada más porque él había sido incapaz de matarla. ¡Era su madre! Después de años de tenerla prisionera, se había limitado a abrir el portal y arrojarla fuera de Ozmar. El resto de sus secuaces no habían tenido la misma consideración. ¡Los había desintegrado a casi todos antes de ganarse el collar! El resto del trabajo lo había terminado su gente luego del rescate… O eso había creído… Ahora que él también estaba fuera de Ozmar, había Clanes Oscuros dispuestos a hacer lo que fuese con tal de atraparlo y usarlo como Llave. Otros, incluyendo a su propia madre, querían su corazón en una bandeja y sus magníficos ojos como reliquia. ¡Él era un peligro para ellos!
Pero, así como había clanes tras su vida, había dos naciones completas peleando por y con él: Ozmar, de quien era La Llave y Señor absoluto, y Yénseka, cuyo Emperador era nada más que su abuelo, lo cual lo convertía en Príncipe de una tierra que jamás había visto ni pisado. Sin embargo, todas las personas de Ozmar eran yensekianas, orgullosas de su tierra, costumbres y tradiciones. Así es que fue criado como un yensekiano auténtico, aunque solo era la mitad. Su padre, Abdalá Pahlevi, era un héroe y General de Anacáhy, así que su otra mitad era anacahya, aunque de ellos no sabía más que eran raros y que aún debía haber por ahí algún pariente suyo. Abdalá había muerto antes de que él naciera. Nunca lo había visto ni nunca nadie le había dicho nada sobre él, excepto que era su padre.
La cultura, idioma, clima, tradiciones y visión de mundo entre Yénseka y Anacáhy no podían ser más opuestos. Si en Anacáhy a nadie le importaba andar con las manos desnudas, en Yénseka era una grosería de lo más baja. ¡Casi como andar con el trasero expuesto! Y si en Yénseka las mujeres eran pares de los varones, hacían las mismas labores, opinaban y peleaban con la misma fiereza que ellos; en Anacáhy, no. Allí, su rol era estar en casa, muy calladas. ¡Ojalá mudas! No podían trabajar ni mucho menos ir a la guerra.
¡La guerra! ¡La pestilente guerra! Era una plaga que los estaba afectando a todos por igual desde antes de que Adalfred naciera, pero que ahora estaba ganando mayor fuerza y crudeza. Y aunque no le gustara mucho el asunto, su familia siempre estaba al medio de todo conflicto. De hecho, su mera existencia se debía a tratar de resolver el tema y era algo que le repugnaba aún más. No sabía si había sido concebido por amor o para tener la maldita Llave de Ozmar.
Sucedió que, por alguna razón, hace muchísimos años, su madre, la Princesa Frida y un número importante de Yensekianos abandonaron sus tierras cubiertas de nieve para viajar distancias infinitas hasta llegar a Anacáhy, donde el sol siempre brilla. Allí estaba Abdalá y el viaje fue, en parte, para llevarlo de regreso a su hogar. Se quedaron algunos meses. En ese mismo tiempo, comenzó una invasión por parte de Keüdde, una nación lejana con fama de caníbales y poseedores de artes sobrenaturales, misteriosas y muy temibles. Yénseka y Keüdde siempre fueron enemigos, pero cada quien estaba en sus tierras, odiándose a la distancia. Ahora que había muchos yensekianos en las tierras que intentaban conquistar, se había desatado la mayor carnicería humana registrada en los libros de historias. No sabían con precisión qué buscaba Keüdde en Anacáhy, pero esos caníbales ya habían arrasado con varias naciones vecinas antes de llegar allí.
Yénseka, al enterarse de que sus ciudadanos estaban siendo masacrados, entró en escena. Pero por encontrarse tan distante, tardó muchísimo en llegar para frenar el avance de aquella peste y poner a salvo a su gente. Durante ese intervalo, los yensekianos que estaban atrapados en suelo extranjero se convirtieron en el Pueblo Errante y tuvieron que huir, luchar y defenderse con uñas y dientes. No tenían tierra, refugio, nada. ¡Estaban perdidos!
Fue así cómo llegaron a un bosque que tenía leyendas e historias de gentes atrapadas en él. Se hablaba de Ozmar como un lugar mágico y de ensueño, oculto en medio del bosque. ¡Nadie lo había encontrado! Pero no era solo una leyenda. Ozmar existía, aunque no en este plano. Para llegar, se requería un portal. Y el portal lo abría nada más que una sola llave: La Llave.
Los lugareños evitaban esa zona. Tenía mala fama. Los yensekianos, sin más opción, se internaron en él. No solo encontraron árboles y vegetación exótica. También encontraron gentes incorpóreas: los Asallf, e hicieron un pacto con ellos. Así, se les brindó la entrada a Ozmar para estar a salvo de la cacería a cambio de despertar al Pueblo Dormido, los otros Asallf que estaban atrapados y congelados ahí dentro. Y el pacto fue sellado en Adalfred, quien no solo tenía la capacidad de abrir y cerrar el portal a Ozmar, cuando le diera la gana, sino de cualquier mundo y lugar que se le antojara. La Llave era poderosa pero antojadiza. ¡Estaba viva!
Y ser La Llave no era la única carga que Adalfred llevaba encima. También decían que era el Edum. Ni un Asallf poderoso, ni un hechicero de gran rango, ni nadie de este mundo ni del otro, era capaz de romper aquel maleficio que aquejaba al Pueblo Dormido. Solo el Edum tenía la facultad y el poder. Pero traerlo a este mundo era complejo, y más complejo era que ÉL se adaptase a este mundo humano. Había que cuidarlo y protegerlo hasta que estuviese despierto y consciente. A duras penas Adalfred toleraba ser llamado La Llave. Ser el Edum era lo más absurdo que sus oídos pudiesen oír y le irritaba. ¡Él era humano! ¡Una persona! Si fuera tan genial, como todos le decían, entonces no entendía la razón de que le dolieran los golpes, se enfermara o tuviese sentimientos, igual que el resto de los mortales. Le gustara o no, él era el Símbolo Viviente de la Alianza entre el Pueblo Dormido y el Pueblo Errante. Alianza que, por cierto, nadie le había preguntado si quería firmar.
Nitgardo llegó a su lado. Estaba a unos metros suyos, cuidándole. No solo tenía a un par de Asallf siguiéndole todo el día, a donde quiera que fuera, también estaban sus Guardianes, que le velaban, protegían y educaban. Nitgardo se había convertido en el Guardián número uno de Los Siete oficiales, y había venido a ocupar el lugar de padre en el corazón de La Llave. Este Guardián de largos rizos plateados y grises ojos nobles no dudaba en corregir y llevar a su Señor por el buen camino. De no ser por la bondad de este hombre, Adalfred los hubiese pulverizado a todos. ¡Él no quería estar aquí! Y sí. ¡Podía hacerlo, si le daba la gana! Pero Nitgardo había tenido el don maravilloso de mostrar la belleza y el regalo de estar vivo. Había logrado que se enamorara de su pueblo y hogar, y ahora Ozmar y su gente era su razón de ser y el motor que lo movía a ser mejor persona y gobernante. ¡Cómo amaba a este viejo bonachón! Aunque se viera tan sereno, era el número uno en el arte de la espada. También se había convertido en su maestro en esta disciplina. En lo personal, a Adalfred no le gustaba mucho usarla para pelear. Él tenía sus propios métodos. ¡Y a pesar de disgustarle, no lo hacía tan mal! ¡Solo que su nivel estaba en las rodillas, en relación al de su maestro y amigo!
—¡Luce terrible! —le saludó Nitgardo, con preocupación, mientras le arrojaba una manzana—. ¡Apenas amanezca, nos largamos de aquí!
Habían pasado la noche ocultos en una cueva. Su descanso había sido fatal.
—¡No me di cuenta cuando me dormí! —repuso Adalfred, algo fastidiado, mientras se acomodaba sus eternos cabellos de miel y mordisqueaba la manzana—. ¡Estoy molido!
—¡También extraño mi cama! —repuso Nitgardo, sonriendo—. ¡Esa roca estuvo de espanto!
—¿El resto sigue durmiendo? —inquirió Adalfred, pensativo.
—¡Solo Tova! Gémico y Omayra están vigilando en la entrada. ¡También estaban hartos del suelo!
¿Y qué hacía La Llave y Señor de Ozmar fuera de ella? Tenía un pacto que cumplir: ¡Despertar al Pueblo Dormido! Dicha tarea no podía hacerse desde Ozmar, sino desde fuera. Así que muy a pesar suyo, como todo en su vida, se vio forzado a salir con varios de los suyos para cumplir su cometido.
El mundo fuera de Ozmar no era muy diferente al hogar que ahora amaba. Aquí no podía interactuar libremente con los Asallf, solo con quienes le cuidaban y con los que sus Guardianes humanos bautizaron como sus Otros-Guardianes o sus Amigotes. Si requería comunicarse con otros seres que no fueran sus eternos vigilantes, forzosamente debía usar sus gracias y lo cansaba tanto como correr una maratón cargando un toro encima.
También aquí sentía frío de muerte. ¡Aunque hubiese mucho calor, él siempre estaba congelado! Cada vez que podía, se acomodaba al sol como una lagartija, a ver si conseguía entibiar un poco los pies y los dedos. ¡Le fastidiaba en el alma tener siempre mucho frío! Pero no era nada que una sopa caliente o un buen abrigo no pudiesen solucionar. Su forzada capucha, de hecho, le hacía un gran favor.
Además, le era vedado usar las pocas dotes que dominaba a voluntad y en plena consciencia. Usarlas era un cencerro para llamar a sus captores. Cada vez que lo hacía, los Grandes Clanes, Hechiceros y conocedores de las Artes Ocultas podían sentirlo. Dependiendo de cuán fuerte era la señal que enviaba, podían saber el lugar exacto donde estaba. Y era todo lo que necesitaban para lanzarse encima, con conjuros y cazadores, para atrapar la tan codiciada Llave. También era sabido que ya había métodos para obligarlo a hacer lo que nunca habría hecho por decisión propia. Frenar aquella treta dependería únicamente de cuán despierto estuviese el Edum. ¡Y todavía estaba a años luz de aquello! ¡Pero era mandatorio salir de Ozmar! Por su seguridad y por la seguridad de Ozmar entera, fuera de ella, debía comportarse como cualquier mortal y no usar sus dones, hasta que llegara la hora de cumplir con el pacto. Si Adalfred era capturado o moría, Ozmar y todo lo que había en ella, también. ¡No había posibilidad alguna de reabrir el portal sin su mano!
También funcionaba a la inversa. Adalfred podía oler dónde había compañía no deseada. De usar ellos sus trucos, también podía seguirles el rastro hasta encontrarlos para luego pulverizarlos, con la misma piedad que ellos tenían con él. Era un juego peligroso y tenso, de ser paciente y cauto. De esperar, esperar y seguir esperando…
Aunque nunca había visto a su abuelo y jamás había pisado Yénseka, mantenían comunicación permanente. Frank el Terrible, el Emperador, había enviado clanes, hechiceros y ejércitos completos para protegerlo. La existencia misma de Adalfred hacía parte del Gran Secreto que Yénseka protegía desde milenios. Si su nieto caía en manos equivocadas, lo mismo sucedería con Ozmar, Yénseka y el mundo conocido. Adalfred valía muchísimo tanto vivo como muerto. La victoria dependía de quién lo usase o de la voluntad de la propia Llave.
Después de terminar su manzana, sacó de su bolsillo uno de sus dos tesoros y lo contempló largos minutos, como la mayoría de las veces. Era una pequeña libreta cerrada con una fina cuerda, cuyo color original era impreciso. Estaba gastada y teñida de sangre. Le habían dicho que la llevaba su padre al momento de ser asesinado y, después de apresar a Frida en Ozmar, la había reclamado como herencia. No sabía qué decía. ¡Nunca la había abierto! Y lo más probable es que no pudiese leerla tampoco. ¡Seguramente estaba escrita en la lengua de su padre! Lengua que hablaba muy bien, gracias a las lecciones de Sigrad, su segundo Guardián y maestro.
El hecho de que Ozmar y su gente estuviese ayudando a contener el avance keüddico no era ningún secreto. Aunque al mundo le sonara como que tenía gente del planeta Marte caminando entre los suyos. Oficialmente, Adalfred ya había realizado varios asuntos diplomáticos, representando a ambos pueblos, y había participado en batallas encarnizadas. No obstante, era la última cosa que debía hacer. ¡No habían pasado ni tres semanas desde que se había apartado del campamento oficial! Él y su gente buscaban algo muy específico y codiciado: una gema. Moverse en sigilo, en grupos pequeños, era una buena táctica para mantener a sus enemigos muy ocupados, investigando dónde rayos estaba La Llave.
—¿Aún no deja de llover? —preguntó Adalfred mientras se acercaba a la mezquina fogata e intentaba entibiar los dedos.
—¡Creo que no! —respondió Nitgardo—. Por fuerza, hay que esperar la luz del día. ¡Deambular en estas condiciones es suicida!
Adalfred se resignó a estar congelado. Fue hacia la entrada de la cueva donde estaba Gémico, otro de sus Guardianes, y Omayra, cuyo arte era confeccionar las famosas mifalias de los yensekianos. Era esta una prenda que todos usaban por igual, con diferentes ornamentos y colores. Así es que era fácil distinguir a un yensekiano: alto, ojos grises y larga melena clara, sin ningún peinado sofisticado. Nada de barbas y bigotes, a excepción de unos muy pocos irruptores de la moda. Enormes botas y hermosas mifalias: eran como un gran tabardo con mangas, que cubría de cuello a tobillos, cuya gracia estaba en el material (secreto muy bien guardado, por cierto). Era tan resistente que permitía repeler cuchillos, flechas y hasta espadas, dependiendo de la calidad y el tipo de golpe a recibir. Era una gran armadura menor, muy resistente, flexible, cómoda y ligera. Y lo que más le importaba a Adalfred, en ese momento, era bastante abrigadora en días fríos. De hecho, ¡todos los días lo eran para él!
—¡Veo que también se hartó de este lugar tan feo! —saludo Omayra, muy jovial.
—De hecho —respondió Adalfred, sentándose a su lado—, vine a escuchar la lluvia. Y no es un lugar feo. ¡Solo muy frío!
Gémico se largó a reír y el trío se quedó en silencio, vigilando y oyendo el reconfortante sonido de las aguas al caer. Había muchos truenos acompañando la grandiosa sinfonía que la lluvia les estaba brindando. Era sublime y reconfortante. ¡Le encantaba! Tanto, que su orquesta lo llevó de vuelta a un lugar feliz. Y allí se quedó, tanto como pudo.
Y aunque se lo tenía bien guardado, su corazón había dejado de estar contento desde hacía mucho. ¡No podía ni recordar cuándo había sido la última vez que se había sentido feliz, pleno y libre! ¡Quizás nunca lo había sido! Pero desde que se atrevió a vagabundear por Anacáhy como una persona cualquiera, había abierto otra vez la llaga que creía sanada, mucho más de lo que hubiese esperado.
Los lugareños le observaban de un modo que lo incomodaba. ¡Mucho! Ellos no sabían quién era él ni qué hacía. No les había hecho el menor daño y había procurado, contra todo pronóstico, respetar -según su lógica- sus extrañas leyes y costumbres. ¿Qué le veían tanto? ¡No iba ni extravagante ni rotoso! ¡Iba vestido lo más neutral y sencillo que podía! ¡No le debía dinero a nadie ni tampoco había sido grosero! ¡Aunque, era una tarea titánica con esas gentes! Y pese a que le disgustaran los espejos y verse reflejado en lo que fuera, sabía que no era ni tan feo ni tan guapo para que le mirasen así… A no ser por sus ojos… ¡Todos tenían algo que decir al respecto! ¡Eran bastante únicos! Y aunque eso sí era positivo, era bastante perturbador para él someterse al escrutinio público, todo el tiempo, sin cesar. ¡Ojalá fuera invisible para poder escapar de esa sensación aberrante que provocaban en él! Como no gozaba de tal gracia, le habría gustado encajarse un casco encima para que ya no le vieran con esa insoportable insistencia. Pero, en un pueblito tan pequeño y lejos de la zona de conflicto como en el que estaba, el efecto sería inverso. ¡Llamaría más la atención! Andar caminando con una gran capucha gris, como un espectro mortal, había sido la gran solución. ¡Muchos andaban de ese mismo modo por las calles y a nadie parecía molestarle! Durante una semana, nadie le había indigestado con sus miradas irritantes… ¡Hasta habían sido bastante amables con su gente y con él! Eso, hasta el día anterior.
Sucedió que Tova, su maestra armera, requería comprar algunos insumos y Adalfred había oído que la región que pisaban, Ásekir, era la de su padre. Tenía varias ciudades y pueblos, y no era allí precisamente donde había vivido, pero seguían siendo sus tierras. De modo que los intereses de ambos se habían visto unidos: Tova no podía salir por su cuenta, pues en Anacáhy —por ser mujer y armera, además—, nadie le iba a vender lo que precisaba. Y los de él, que se moría por vagar por esa tierra, a ver si oía alguna historia de su padre. Omayra se había unido a ellos porque también quería ver si conseguía algún cachivache; y Gémico y Nitgardo, porque adonde fuera su Señor, allí estarían sus Guardianes.
Todo había estado en aparente calma. Habían ido al mercado y comprado algunas manzanas, queso y más de la mitad de las cosas que Tova requería. Habían vagabundeado por aquí y por acá. Y aunque la aldea era, en efecto, de lo más mísera, pobre y triste, al Señor de Ozmar le pareció lo contrario, y muy gustoso se habría quedado más tiempo. Le era muy agradable caminar por las calles polvorientas, sin que nadie le hiciera pleitesía ni lo observase de soslayo. Solo estar ahí, invisible, era la gloria máxima.
—¡Hora de comer! —se quejó Omayra, con un gruñido.
—¡Hora de beber! —replicó Tova, en el mismo tono.
—¡Hambre! ¡Hambre! ¡Hambre! —comenzaron a canturrear, mientras hacían sonar los pies.
No pararon su canción hasta llegar a la taberna local, muy popular y concurrida. Se situaron en el rincón más oscuro que encontraron. La primera ronda de comida llegó: una sopa misteriosa, caliente y algo picante y muy sabrosa. Panes al estilo anacahyo, que Adalfred nunca había probado, y cuyo sabor y textura le pareció de lo mejor que había comido en meses. Y cerveza, que el Señor de Ozmar no probó por temor a desatar un caos. Si sobrio era difícil no usar sus dotes… Ebrio, ¡hasta les abría un portal ahí mismo y los mandaba a volar a todos!
Las mujeres y Gémico se ausentaron por unos minutos. ¡La madre naturaleza llamaba! ¡Había que acudir!
Nitgardo y Adalfred se habían quedado solos en la mesa, esperando el regreso de sus compañeros. El Guardián de plateados cabellos frunció un poco el ceño.
—Los de esa mesa —dijo casi en un susurro— no paran de observarlo… ¡Aún con esa estúpida capucha encima!
—¡Ignóralos! —respondió Adalfred—. ¡No quiero ningún incidente! ¡Menos, aquí!
—¡Será mejor que nos larguemos, apenas lleguen los demás!
—¡No me voy sino hasta que termine! —protestó, irritado—. ¡Qué sigan mirando!
No pasaron ni un par de minutos, cuando uno de los que estaba en la otra mesa se acercó. Nitgardo puso una mano en su empuñadura, con gran disimulo. Adalfred le indicó con un gesto, también discreto, que se quedase tranquilo y siguió comiendo, en completa calma, aunque alerta.
—Mmm —dijo el comensal, una vez que estuvo junto a ellos—. ¿Hablan anacahyo?
Tanto Guardián como su protegido siguieron en lo suyo. Nitgardo no decía ni media palabra en ese idioma. Adalfred hablaba muy bien, pero quería terminar su comida y largarse.
—¿Yénika? —inquirió, cambiando de lengua.
—¿Qué quieres? —preguntó Nitgardo, un tanto hostil.
—¡No quiero ser molesto! —dijo, en un pésimo Yénika—. ¿Puedo ver tu espada? —dijo, dirigiéndose a Adalfred.
—¡NO! —respondió y siguió en lo suyo.
—Es que… —continuó el hombre, algo turbado—. ¿Cuánto pides por ella?
—¡Nada! ¡No está en venta! —respondió Adalfred con sequedad.
—Es que…
—¡Ay! —exclamó Omayra, con malicia. Venía de regreso cuando se percató de la escena y voló a intervenir—. ¡Cómo se me antojan unos huevos anacahyos! —agregó mientras, muy disimuladamente con su daga, daba un piquete de advertencia en la entrepierna del inoportuno—. ¡Ya no jodas! ¡Piérdete!
No solo fue el pobre anacahyo quien tornó su tez azulosa. También Nitgardo y el propio Adalfred. ¡Eso sí era un golpe bajo! Adalfred se puso de pie de un brinco, fastidiado en el alma.
—¡Nos vamos! —dijo y se puso a andar. Sus compañeros le imitaron.
—¡Mira! ¡Lo siento! —vociferó el hombre desde el mismo lugar en que habían picado su amor propio—. ¿Dónde la conseguiste? ¡Es que creo que era de un amigo! ¡Nunca quise molestar! ¡Lo siento!
Cuando Adalfred oyó esas palabras, se detuvo en vilo. La espada que cargaba no era cualquier espada. Se llamaba Fegôdô y había pertenecido a su padre. Era su segundo y más amado tesoro y lo había obtenido del mismo modo que había obtenido el diario. No le gustaba pelear con este tipo de armas y muy pocas veces lo había hecho fuera de práctica. La cargaba porque había sido de su padre y se sentía menos huérfano con su compañía.
Gémico y Tova ya se habían unido al grupo. Los de la mesa del hombre también se habían puesto de pie. ¡Se estaba armando un barullo y el casero no paraba de gritar que, si rompían algo, lo pagaban al doble!
Adalfred se volteó para hablar con el hombre. Tal vez sí conocía a Abdalá y no había nada en este mundo tan fuerte como esa necesidad de saber algo de su padre. ¡Apenas sí conocía su nombre! Tan pronto terminó de girar, se encontró con un tuerto de frente, tan cerca suyo que casi chocan nariz con frente. Adalfred era más alto. El tuerto husmeó su rostro como un perro sabueso, y en menos de un segundo comenzó a chillar, desaforado, como quien ve al mismo diablo.
—¡AHHHHHHH! —chilló, horrorizado de miedo—. ¡Tú estás muerto! ¡Estás muerto!
Por alguna razón, la imagen de Frida corriendo hacia a él, daga en mano, se vino a su mente. ¡Ya no tenía seis años! ¡Pero ese grito y la cara de espanto de ese tuerto imbécil, le habían hecho sentir lo mismo! ¡Ni siquiera se dio por enterado cuando de la nada retrocedió de un brinco y le estampó la suela de la bota en la cara! Lo arrojó un par de metros más atrás, volteando mesas, comida y comensales, y ahora el tuerto chillaba de dolor. No, de miedo.
Adalfred se enfureció consigo mismo. ¡Él no quería ningún incidente y era él mismo quien lo había iniciado! ¡Su reacción fue más rápida que su cordura! ¡La remota oportunidad que tenía de oír algo sobre su padre se había esfumado con semejante patadón!
Nitgardo se apresuró a detener el paso de los molestos anacahyos. Tova fue con el casero a pagar los daños y la comida volteada. Gémico y Omayra se colgaron, uno de cada lado, de su irritado Señor y lo sacaron de ahí, muy presurosos. Los anacahyos se quedaron atendiendo al herido y levantando los platos rotos y las mesas que Adalfred había puesto patas arriba, cuando arrojó al tuerto como un proyectil.
El día, que había comenzado tan bien, terminó del peor modo. Adalfred no volvió a abrir la boca durante el resto del día. Estaba herido e irritado. ¡Muy irritado! Se alejaron rápidamente de aquel pueblito y, para rematar la jornada, nubes grises cubrieron el cielo tan rápido como cambió el humor de Adalfred, y un frío y fuerte viento comenzó a soplar, sin tregua. En menos de una hora, llovía tanto como si hubiesen abierto una represa. El camino ya parecía un río y el agua les llegaba a las rodillas. Estaba anocheciendo y no habían conseguido avanzar ni la mitad del camino.
Fue así cómo terminaron refugiados en una cueva: mojados, con frío, con la barriga medio vacía y, sobre todo, con mucha rabia y tristeza. Ni las bromas de Gémico, ni los consuelos de sus compañeras lograron arrancarle un murmullo siquiera. Adalfred se había quedado ahí, sentado, cerca de la fogata, en completo silencio, hasta quedarse dormido.
Nitgardo lo conocía muy bien. Lo mejor era dejarlo en paz hasta que él mismo quisiese hablar del tema o de algún otro. Era reservado en extremos peligrosos y era un acontecimiento maravilloso que Adalfred expresara parte de lo que pensaba o sentía. Su cara era inmutable. ¡Imposible sacar conclusiones propias!
Y ahora que estaba oyendo la lluvia caer, se sentía más tranquilo, pero igual de infeliz. ¡Cómo le quemaba haber perdido esa oportunidad! Quizás, ese hombre le estaba confundiendo con otro… ¡Nunca iba a saberlo!
—¡Aún puede volver! —dijo Nitgardo, horas después, cuando comprobaron que, pese a que había amanecido, no cesaba ni la lluvia ni el fuerte viento. De modo que encendieron la fogata y prepararon el desayuno.
—¡No viene al caso! —respondió Adalfred, otra vez muy junto al fuego.
—¡Sé que quería oír a ese hombre! —insistió el Guardián.
—Si tuviese que ver con el asunto que me trajo aquí, estaría bien. ¡Esto es personal! ¡No es importante! —volvió a responder, con mucha calma.
—¡Lo ES, para Usted! ¡Anteponer sus obligaciones como Señor de Ozmar no significa anularse a usted mismo! ¡Dese un gusto y saque esa espina de su corazón! Ninguno de nosotros podemos romper nuestros votos de silencio… Pero, no hay nada escrito ni pactado que diga que usted no investigue por otras fuentes. ¡Aquí está la fuente de las fuentes! ¡Son las tierras de su padre! ¡Solo nos tomaría otro día más! No lo piense mucho. ¡Las oportunidades no vuelven cuando uno quiere!
Adalfred no dijo nada. ¡Sí quería volver, corriendo, y poner ese pueblo de cabezas hasta encontrar al hombre de la mesa! ¡Quería oír lo que fuese que él sabía! Pero además de anteponer a su gente por sobre sí mismo, debía pasar inadvertido y, pese a todo, lo seguían notando. Pronto, incluso no usando sus dotes, sería blanco fácil para sus captores.
—¡Ya no se atormente por cómo le miran estas gentes! —continuó Nitgardo—. ¡Se parece mucho a su padre! ¡Es todo!
—Lo extraordinario sería —replicó Adalfred, clavando sus poderosos faros verdes en su Guardián— que me pareciese a alguien más, fuera de mi familia. ¡Todos los hijos tienen algo de sus padres!
Gémico se largó a reír, a carcajadas.
—Señor. ¡Lo suyo exagera! ¡Son igualitos! ¡Por eso le miran!
—¡Puedo rastrear esos huevos anacahyos a un kilómetro! —agregó Omayra, con una sonrisa pícara y un brillo especial en sus ojos negros como los de un ratón—. ¡Pídalo! ¡Se los traigo, sin romper el envase! ¡Promesa!
Adalfred la quedó observando con grandes ojos. Sabía bien que Omayra sí era capaz de traer a ese pobre hombre a la rastra, por todo el camino, y ponérselo ahí, de mesa central, con mantel incluido. ¡No quería mortificar a nadie por su curiosidad!
—¡AHHH! —chilló Tova, arrojándose al piso, en un fingido desmayo—. ¡Me duele la barriga! ¡Creo que tendremos que regresar a ese pueblo, por medicina!
—¡Qué excusa tan mala! —exclamó Omayra, fastidiada—. ¡Ahí tienes al Edum! ¡Te cura de un pestañazo! ¡Solo di que debe volver!
Tova se enderezó como un resorte y clavó sus ojillos de perro en su Señor.
—¡Creo que sí debe volver! Un día más no va a matar a nadie. ¡Podemos cambiar de disfraz! ¡Nadie va a conocernos! ¡Pregúnteles a sus amigotes qué opinan al respecto! ¡Solo un día! Si no lo encontramos, ¡ni modo! ¡No se quede con eso dentro! Como dijo Nitgardo, nosotros no podemos hablar, pero nadie mencionó que Usted no preguntara a alguien más.
No necesitaron más argumento. Adalfred se moría por saber, por pequeño que eso fuera, alguna cosa sobre su padre. Tan pronto cesó la lluvia, regresaron a toda prisa y comenzaron la búsqueda. No les costó gran trabajo averiguar que ese hombre se llamaba Miguel de la Vega, y el tuerto Esteban Sandoval. Y sí. Ambos habían sido camaradas de Abdalá muchísimo tiempo atrás.
El corazón del Edum latía tan fuerte como un tambor cuando llegaron a la puerta de la que, se suponía, era la casa de Miguel. Dejó a su gente un poco atrás y fue él mismo a golpear la puerta.
Salió un viejecillo a abrirle, muy amable y risueño. Adalfred le preguntó por Miguel y el anciano dijo que sí estaba, que esperara un momento. Las ansias que sentía Adalfred eran infinitas. ¡Hasta hubiese movido al viejito de un empujón y corrido dentro de casa a buscar a ese hombre! ¡Se estaba tardando mucho! ¡Le parecía una eternidad!
Pronto se asomó el mismo hombre de la taberna un poco contrariado. ¡No tenía ni idea de quién le buscaba!
—¿Sí? —dijo, estirando el cuello, tratando de averiguar quién era el encapuchado que tenía fuera.
—Vine a disculparme por lo de la taberna —dijo Adalfred, en perfecto anacahyo. Miguel solo abrió la boca, un poco confundido—. Y también a que me cuentes todo lo que sepas de esta espada —dijo enseñándola, con ambas manos—, y de su dueño anterior. ¡Era mi padre!
Miguel quedó perplejo. Luego repuso:
—¡Nah! ¡El Generalito nunca se casó con nadie!
—¡Lo hizo con mi madre!
—¿Y quién es ella?
—Frida.
—¡Frida! La princ… —balbuceó, consternado—. ¡Ni siquiera se hablaban! ¡Rayos! ¡Qué sorpresa! ¿Cómo te llamas?
—Adalfred.
—¡Espera un minuto! —dijo, dando un paso hacia atrás—. ¡He oído ese nombre! ¿Dónde carajos?
—¿Puedes ayudarme o no? —insistió, todavía con Fegôdô en la mano.
—¡Claro! ¡Pasa! —Adalfred guardó su tesoro.
—No estoy solo. ¡Aquí está bien!
—¡No puedo dejar en la puerta a un prínc…! —Abrió grandes ojos—. ¿Eres de Ozmar? ¡Y Yénseka! Y estás en la Alianza con Tipara… y… ¡Lo siento mucho! ¡He sido muy descortés! ¡No te quedes ahí parado! ¡Tú y tus amigos pueden pasar!
—¡No es ninguna visita oficial, ni nadie sabe que estoy aquí! —se apresuró a decir Adalfred—. ¡Solo vengo como cualquier persona, buscando saber de su padre!
—¡El hijo de un amigo no es cualquier persona! ¡Pasen! ¡Hace frío!
¡Ni que le dijeran a Adalfred! ¡Claro que siempre hacía frío! Pero esta vez, estaba tan emocionado que sentía un calor que jamás antes había experimentado. No obstante, su cara no rebelaba nada y la capucha hacía más difícil siquiera imaginar su estado anímico.
Pronto estuvieron los cinco en un enorme salón, con una maravillosa chimenea, tomando leche caliente y panes recién horneados.
—¡Perdón por lo de la otra vez! —dijo Omayra, sonriendo—. ¡Gajes del oficio!
—¿Qué quieres saber en específico? —inquirió Miguel, usando su terrible Yénika, para que todos pudiesen entenderse.
—¡Todo! —exclamó Adalfred—. ¡Solo sé de mi padre su nombre! ¡Que vivió en estas tierras y que llevaba esta espada cuando lo asesinaron!
—¿Dónde está su tumba? —repuso Miguel con curiosidad—. ¿Está en Ozmar? ¡Solo supimos que desapareció junto con tu gente, y le dimos por muerto! Hace poco, reaparecieron todos ustedes. ¡Él no!
—¡No lo sé, tampoco! —exclamó Adalfred, cabizbajo—. Es una delicadeza que no han tenido conmigo.
—¿Quién lo mató? —insistió Miguel.
—¡No sé absolutamente nada! —volvió a insistir Adalfred—. De estar enterado, créeme, que no le dejo hueso entero.
Miguel se rascó la cabeza, confundido. ¡No sabía por dónde empezar!
—Pahlevi era especial… Era… ¡Insoportable! ¡Irritante como ají y ortiga mezclados! ¡Todos le tenían pánico! Decían que era pedante, esto y lo otro… ¡Pero no era cierto! ¡Era un gran tipo! ¡Muy humano y sencillo! ¡Él solito se ganó a la gente de Ásekir y de Anacáhy toda! ¡Le querían! ¡Lo adoraban! ¡Y le aman aún más que al rey o el regente que tenemos ahora!
Adalfred oía con toda la atención del universo.
—Murió joven… Diecinueve o veinte y tantos... ¡No más que eso! Sus ojos… ¡Es difícil de describir! Eran…
—¿Cómo estos? —inquirió Adalfred, descubriéndose el rostro y dejando ver unas magníficas gemas verdes. Parecían verlo todo. Mostraban una fuerza que hacía sentir pequeño a quien las observasen. Esos ojos eran hermosos… Pero daban miedo. ¡Era como estar frente a un abismo, a punto de caer!
Miguel se llevó ambas manos a la boca. ¡Era idéntico a Abdalá! ¡Exactamente igual! ¡Solo que ahora vestía como un yensekiano y tenía una cabellera impresionantemente larga! ¡Incluso para ser un yensekiano! ¡Con razón, Esteban había hecho tal alboroto cuando lo vio!
—¡Me disculpo por mi amigo! —exclamó Miguel—. ¡Yo también le habría pegado, si me gritan en la cara! Pero, ¡sí tenía razón en chillar!
—Nunca quise pegarle —se excusó Adalfred, avergonzado—. ¡Fue por inercia! ¡Lo lamento mucho! ¿Cómo está él?
—¡Con tres dientes menos y la cara hinchada! Pero, está bien. ¡Eso sí! No para de repetir que el Generalito ha regresado… ¡Le creí chiflado! ¡Ay! ¡También yo le debo una disculpa a mi compadre! ¡No le creí!
Miguel y Adalfred pasaron largas horas charlando. Miguel le contó de la dura infancia de Abdalá. Que tenía una hermana menor —¡Tenía una tía, viva!—. Y que Victoria de León lo había adoptado de pequeño. Fue su maestra y mentora. Abdalá era muy rebelde y no obedecía a nadie, excepto a Victoria. ¡Sin chistar! También estaba viva, por ahí.
Se enteró de que su padre fue escriba, traductor de varios idiomas. ¡Era muy talentoso en cosas de idiomas y era un prodigio en matemáticas! Cosa que Adalfred no había heredado. Era bueno. ¡Pero no al nivel superdotado de su padre!
Le contó también cómo había conocido al rey de Anacáhy, que ahora estaba secuestrado y cuyo puesto ocupaba su hijo, el Pequeño Erich, actual regente. Le contó que Abdalá le había jurado al rey, frente a todos, que el día que dejara de pensar en su gente, él mismo le rebanaría el pescuezo. ¡Al rey!
¡El pueblo adoraba a Abdalá! Era un perfecto don nadie que llegó a la cima, la más alta, sin olvidar sus raíces, robar ni mentir a nadie. Los niños jugaban a ser él y varios artistas habían inmortalizado su imagen en lienzos sin su consentimiento. ¡Era algo tímido! Pero de todos los retratos conocidos, ninguno había conseguido igualar ni el color ni la fuerza de sus ojos. ¡Eran algo extraordinarios!
Quizás, pensó Adalfred, después de todo, sí le miraban tan insistentemente por su parecido físico. Y como andaba portando la espada perdida de su padre… ¡Todo tenía sentido!
Se enteró de que tenía un primo, llamado Edberto el Predicador o el Corta Cuellos, que ocupaba una posición muy alta en una orden religiosa. ¡Era un monje con armadura y espada! Tenía fama de ser muy devoto y muy feroz con sus enemigos. Había hecho cortar la cabeza de cincuenta keüddicos, todas al mismo tiempo. Y cuenta la voz popular, que mandó las cincuenta cabezas como ofrenda a su Abadía y que hasta sopa había hecho con ellas. De ahí su apodo. ¡Aunque la historia estaba más que exagerada!
Adalfred quedó prendido del concepto “mandó a”. ¡Él mismo no era así de perezoso! ¡Él se las habría cortado en persona! Nunca le había cortado la cabeza a nadie… Todavía… Sus métodos eran más rápidos, efectivos y severos.
Se enteró de que su padre había estado perdido muchos años, después de la guerra contra Alajhadá. Que Tristán de Obumeas, un artista multifacético increíble, su hermano del alma, lo había encontrado en otras tierras, sin memoria. Había vuelto con él. Lucía igual, pero ya no era la misma persona. No reconocía a nadie y ni idea de sus hazañas pasadas. Llegó con un lobo negro, llamado Sombra, porque le seguía a todos lados, y cuidaba a su amo con esmero y fiereza. También traía un pequeñito en brazos. ¡No podría decirse si era hijo o no de Abdalá! ¡No recordaba nada! Solo estaba con él y lo había adoptado como suyo.
Adalfred se sintió muy contento. ¡Ahora también tenía un hermano!
Nunca pudo concretar su adopción real. Ocurrió lo de la invasión y murió. Tristán cuidó del hijo del corazón de su amigo, llamado André. Él sí lo adoptó, legalmente, y lo cuidó como si, en efecto, hubiese sido su hijo. Por ende, André de Obumeas debió haber sido André Pahlevi, por decisión y cariño de Abdalá.
Adalfred fantaseó en un breve segundo. Si Abdalá no hubiese muerto, quizás él habría sido un niño feliz y normal… ¡No! ¡Era demasiado bueno! ¡Frida siempre iba estar ahí para intentar matarlo! ¡Y sus Estudiosos siempre querrían partirle el cráneo para ver qué había dentro!
Tipara, ciudad que Adalfred protegía, había sido el lugar donde Abdalá había vivido y trabajado durante muchos años. En una aldea cercana a Tipara, aún estaba en pie la que había sido su casa, pequeña y humilde. Y la gente llevaba flores, rezaba y lloraba por él, con devoción asombrosa, hasta hoy en día. No había una tumba real para Abdalá. Así que, la que fuera su casa, se había convertido en un memorial del pueblo. La gente le había apodado el Generalito, por su juventud y su cercanía extrema con ellos. ¡Era, en verdad, un hombre sencillo! Los nobles lo aborrecían. Y habían intentado matarle de mil maneras. ¡No pudieron! La fortuna siempre le sonreía a Abdalá… Hasta la última vez…
Había vivido un par de años en el Palacio principal de Tipara, cuando se hizo General, solo porque le era más fácil saltar del despacho a su habitación y viceversa. Trabajaba mucho y dormía muy poco. ¡Era incansable! Eso hasta que enfermó. Sufría horribles dolores de cabeza y se desmayaba con mucha frecuencia. Su salud iba en picada, cuesta abajo, y la gente no dejaba de enviarle regalos y mensajes de buenos deseos. ¡Más ortiga para los nobles!
Había escrito varios libros y su pensamiento político era bastante popular en Anacáhy. De hecho, había sectores que querían sacar al regente y acabar con la monarquía de una vez. Era más eficaz situar en el poder a gente con talento y voluntad que tener a un pelele que, solo por cuna, estaba ahí. Adalfred concordó en un punto: si ese pelele era incompetente, debía borrarse y pasar al siguiente. La cabeza del pueblo NO podía fallar, ni mucho menos ignorar su propósito: su gente.
—¿Sabes cómo se conocieron mis padres? —inquirió Adalfred, muy interesado en lo que oía—. Un hombre sencillo con mi madre… ¡Es extraño! ¡Aun siendo él muy genial!
—¡Pensé que tú me contarías esa parte! —exclamó Miguel, risueño—. ¿Qué te ha dicho tu madre? ¿Cómo está ella?
Pregunta más incómoda no pudo esperar Adalfred.
—Desde muy pequeño que no la veo —respondió, muy calmado—. De vez en cuando, me manda a alguien —Omitió que ese alguien era un verdugo. ¡Ella lo quería muerto!
—¡Así es que Frida te dio la espada!
—La saqué de su alcoba. Así que podría decirse que sí. Gracias a ella, está conmigo.
Entonces Miguel le contó que Fegôdô pertenecía a la familia de León. Y Victoria había sido quien se la había regalado a Abdalá. La espada tenía cientos de años y había pasado de generación en generación hasta caer en las manos de la chúcara dama. Por ese entonces, Victoria no tenía hijos. ¡Ni pensaba en tenerlos! Abdalá fue su discípulo, su hijo y su luz. Por eso se la había dado a él, por derecho y porque se la había ganado, con todos los honores.
Años después, Victoria había tenido un par de gemelos. Pero el trato con ellos no se asemejaba en nada al amor que sentía por su primer muchacho. ¡Él era el hijo y el estudiante perfecto! Sus gemelos, un par de llorones. Bárbara y Demián se llamaban. Estaban vivos y hasta el día de hoy reprochan a Victoria haberle dado esa espada a Abdalá. ¡E iban a seguir chillando! Porque para Adalfred esa espada valía como nada en la vida. ¡No tenía precio! ¡Y no la cambiaba ni por nada ni por nadie!
—Solía tener algunas pertenencias de Abdalá —dijo Miguel, melancólico—. Se las di a André. ¡No sabía que tú existías!
—¡Comprendo! —contestó Adalfred, sintiéndose, por primera vez en su vida, completo. Había llenado varios vacíos que lo agobiaban desde que tenía uso de razón. Sin embargo, aún faltaban varios eslabones. Quería conocer a su nueva familia. Verlos, oírlos y abrazarlos. ¡Nada más! Aunque, estaba consciente de que acercarse a sus parientes era exponerlos a un peligro del cual ellos no tenían ni la menor idea. Por el momento, lo más prudente era dejar las cosas como estaban.
—Ni te imaginas —agregó Adalfred— la deuda impagable que tengo contigo. Te agradezco haber abierto tu puerta y recibirnos, pese al mal comienzo que tuvimos. Agradezco tu hospitalidad.
—¡No me debes nada! —exclamó Miguel, sonrojado—. ¡Esta es tu casa! ¡Puedes venir cuando quieras! Aunque comprendo también que no está a la altura...
—¡Será un honor visitarte otra vez, si sigo vivo! —respondió, con tristeza.
Miguel se puso pálido. ¡No sabía qué contestar!
—Mmm —musitó el anacahyo, algo turbado—. ¿Qué hay de cierto con que Ozmar existe?
Adalfred dibujó una gran sonrisa como jamás nadie le vio.
—Solía ser mi prisión. ¡Ahora es mi hogar! Si quieres venir, llámame y abro la puerta para ti y quien desees que te acompañe.
—¿Y cómo te llamo? —respondió, más turbado que antes.
—¡Di mi nombre! ¡Voy a oírte! ¡No importa dónde esté!
El dueño de casa quedó más desconcertado de lo que esperaba. Adalfred puso entre sus manos una daga, con hermosa ornamentación y su sello impreso en la hoja y en la funda. Le dijo que, si necesitaba ayuda de cualquier yensekiano o hijo de Ozmar, la daga era garantía de que la recibiría, de inmediato. También le dio varias pócimas medicinales para Esteban y le rogó hacerle llegar sus más sinceras disculpas.
Se despidieron con un gran abrazo. Sus compañeros de viaje quedaron perplejos. ¡Adalfred NUNCA tocaba a nadie! ¡JAMÁS! ¡Ni siquiera para pelear! ¡Por eso el tuerto se había ganado una patada en lugar de un puñetazo! Y no era por capricho. De vez en cuando, ocurrían cosas indeseadas cuando Adalfred tocaba a alguien. No controlaba varias de sus dotes y, mientras no lo hiciera, lo más juicioso era mantener distancia.
Aquella noche fue la más feliz que Adalfred había tenido y, probablemente la más feliz que tendría en toda su vida. ¡Hasta sus Guardianes y compañeros podían notar en él una radiante sonrisa y un brillo muy especial en los ojos! ¡Algo inédito en su totalidad!
Adalfred era feliz. Muy feliz. Por primera vez… ¡Lástima que le iba a durar muy poco! Una nube oscura se estaba aproximando, sin que lo notase.
—Tengo algo que pedirte —dijo Adalfred a uno de Los Siete, con toda calma, algunos días después de haber hablado con Miguel. No había pasado mucho tiempo desde que había terminado una tensa reunión con el Concejo y había recibido noticias no muy agradables. Sus enemigos se encontraban más cerca de lo que creía y había habido una escaramuza en el campamento donde había estado, hace no muchas lunas.
—¿Quién? —preguntó el Guardián con voz de ultratumba.
—¿Quién qué? —replicó Adalfred, algo contrariado, mientras dejaba su jarrón con té de hierbas a un costado.
—¿Quién es la víctima? —Los ojos mortalmente fríos del Guardián escudriñaron con atención los labios del Edum. Esperaba con impaciencia el nombre del sentenciado.
—¡No habrá ningún muerto, me temo! —replicó Adalfred, apoyando el mentón, con calma sobre la mesa. Entrelazó los dedos justo delante de su nariz y continuó como si nada. La decepción del Carnicero le era evidente, aunque nada dijese. Todos rehuían de su tétrica compañía y no sin razón—. Es algo muy distinto —prosiguió el Edum—. Es personal y nada tiene que ver con nuestro otro asunto.
—¿Qué es lo que quieres, niño? —masculló con una lúgubre mirada y su tétrica voz de metal.
—¡Un juego infantil para ti en realidad! —repuso, con simpleza—. Quiero saber dónde están unas personas. ¡Ya no puedo deambular como me gustaría! Así es que, ya no puedo jugar al detective.
—¿Quiénes?
—Unos anacahyos.
Los ojos del Guardián siguieron igual de fríos. No hubo el más mínimo cambio en su expresión de ultratumba. Se inclinó sobre la mesa y se acercó al muchacho, tanto como pudo. Su siniestro rostro quedó sobre el del Edum. Adalfred continuó impávido también y alzó la vista para poder verlo.
—¿Y por qué tendría yo que mezclarme con esa fétida porquería? ¿Por qué no mejor me deshago de ella, en tu nombre, niño?
—Dos razones —respondió Adalfred, con su inmutable cara—: Una, son mis parientes. Y dos, ya que van a usarme de carnada y no puedo salir, quiero saber de ellos, antes… Por si acaso…
—¿Y tres? —inquirió suspicaz.
—¡No hay una tres! —lamentó, encogiéndose de hombros.
—¡Sí! ¡La hay! —replicó el Guardián, volviendo a la posición anterior—. ¡Y esa es mía!
—¡Habla!
—Tus ungüentos y pócimas, mocoso —masculló, con frialdad.
—¿Qué hay con las de Gémico? —inquirió La Llave, indiferente.
—¡No las quiero! —respondió, con el mismo tono—. Aunque haya sido tu maestrito, lo suyo son solo chucherías comunes y corrientes. ¡Igual a todas las otras! Tú tienes el don de curar en tus manos, por naturaleza. Tus remedios son más efectivos y actúan el triple de rápido, si pones tu gracia en lo que haces. Quiero una de ésas, niño. Solo quiero una para traer conmigo, por si acaso.
—¡Deberías respetarlo más! ¡Es un gran maestro y mejor ser humano! ¡Sin él, no podría ni siquiera prepararme una de esas! —dijo Adalfred, apuntando con una mueca su tan preciado té de hierbas—. También hueles peligro, ¿verdad?
—¡No! Peligro, no, niño. ¡Muerte! ¡Eso huelo desde hace rato! ¡La idea de usarte de cebo NO me agrada nada! ¿No te asusta ni un poco?
—¿Asustarme?… —replicó Adalfred, sorprendido—. ¡Gracias por preguntar! ¡Nadie lo había hecho! Pero no. No es susto. ¡Es ansiedad! ¡Me disgusta estar esperando a que me den el mazazo! Aunque también huelo una oportunidad en esto. ¡Me arriesgo por ella! Si tenemos éxito, tengo el camino libre para ir por La Gema. ¡Y eso es mandatorio! Da por hecho tu petición, Frigidiano —dijo, irguiendo la cabeza y dando un sorbo a su té de hierbas—. Tardaré tres días en tener lo que quieres. ¿Podrás cuidarte hasta entonces?
El Guardián dibujó una filosa sonrisa y se cruzó de brazos.
—¡No es para mí, niño! —replicó con su siniestra voz—. ¡Es por si se me pasa la mano con tus parientes!
—¡Lo suponía! —exclamó Adalfred sonriendo.
El Guardián soltó una fría y sonora carcajada. Ese niño era el único ser en la tierra que no temía al Carnicero y a quien Frigidiano mostraba un mínimo de respeto. Y eso… ¡Eso eran palabras muy mayores!
—¡Pierde cuidado, mocoso! —masculló el Guardián, volviendo a su rostro de metal—. ¡Ni siquiera notarán que estuve ahí! Y respecto a la pócima...
—¡Es tuya! Eso quieres, ¿no?
—¡Sí! Pero hay algo más que quiero, niño: no cambies jamás. ¡NUNCA te atrevas a cambiar!
Adalfred sonrió, sin saber por qué. No entendió exactamente a qué se refería el tenebroso Guardián, pero no importaba. Muy pronto podría saber dónde estaba su gente, sin salir a vagabundear como le había recomendado el Concejo y todos los suyos.
No pasaron ni cinco días cuando Frigidiano ya tenía localizada a su presa. Y, en menos de dos semanas, había cumplido la petición de su protegido, aunque de un modo bastante distinto.
—¡Señor! —balbuceó Gémico al Edum, con el rostro verdoso y bastante agitado—. ¡Hay un paquete un tanto inusual, esperándolo en la entrada del campamento! Lo trae Frigidiano y dice que es urgente.
Adalfred abrió grandes ojos. No dijo nada. Se levantó de un brinco y salió como un rayo a averiguar de qué se trataba. Nitgardo, en cambio, palideció como un papel. ¡Ya se esperaba algo perturbador! ¡Ese Frigidiano no por nada se había ganado el apodo de Carnicero! Así es que también salió presuroso tras los pasos de su Señor, cruzando los dedos para que su idea estuviese equivocada.
Para sorpresa de Adalfred, en la mitad de las dependencias que ocupaban, había dos personas sentadas en el suelo, vestidos como campesinos, con una capucha en la cabeza y una soga rodeándolos por la cintura. Frigidiano estaba ahí, de pie, con mirada de espectro y con el rostro más tenebroso que nunca. Adalfred miró a las personas un tanto contrariado y luego clavó sus aturdidos faros verdes en el Carnicero, buscando una explicación. ¡Le había pedido que los localizara! ¡No que se los trajera en calidad de rehenes!
—Antes de que digas algo —comenzó el Guardián, con su metálica voz—, si quieres que ese viva —dijo apuntando a uno de sus prisioneros con una mueca—, va a necesitar de tu mano y gracias. ¡Por eso lo traje! El otro —dijo, señalando al segundo bulto—, viene de cortesía y por voluntad propia.
Adalfred les quitó la capucha de inmediato y ordenó que los desataran. Se disculpó de modo muy apresurado. El que necesitaba de su ayuda estaba ardiendo en fiebre y tenía la mano derecha con aspecto de pertenecer a un cadáver. ¡Estaba hinchada y con colores dudosos! El otro, que tenía un ojo verde y el otro marrón, fijó una mirada de ruego en él.
—¡No sé quién sea vuestra persona! —le dijo en Yénika—. ¡Pero ha dicho que Usted tenía la capacidad y misericordia de ayudar al desvalido! ¡Por ello accedí a la infame capucha y todo cuanto ha pedido este buen hombre! ¡Salve la vida y la mano de este desafortunado, si puede! ¡Se lo imploro humildemente!
Adalfred no dijo nada. Frunció el ceño con profunda preocupación ante la herida bestial que tenía en frente. Sí. Podía ayudar. Pero no garantizaba poder recuperar esa mano, a menos que usara sus gracias. Frigidiano había hecho bien en traerlos. Esos que pedían ayuda sin duda debían ser sus parientes anacahyos. Pero no había tiempo para presentaciones. ¡Había que actuar! ¡Ya!
—Voy a hacer cuanto esté a mi alcance —respondió Adalfred, muy serio—. ¡Envía por Tamara! —pidió a Gémico—. Y traigan lo que haga falta. Necesito de su ayuda y de la tuya. Estamos solos. Los tres.
—¡Como diga! —respondió el Guardián de rojos cabellos y salió presuroso.
—¡Ayúdame a cargarlo, Nitgardo! —dijo, aún con el ceño fruncido—. ¡Llévalo a mi tienda! ¡Necesito espacio para trabajar!
Nitgardo asintió con la cabeza.
—¡Ve con él! —dijo al hombre de ojos bicolor—. Puedes mirar. Pero si estorbas, te saco de inmediato.
—¡Agradezco vuestra enorme benevolencia! —respondió, ayudando a cargar a su compañero malherido. Adalfred respondió con un movimiento de cabeza y dijo:
—¡Vayan! ¡Deprisa! ¡Los alcanzo, en un minuto!
Frigidiano quedó de pie con una ceja levantada, esperando la orden.
—¡Te debo esta! —dijo Adalfred con profundo respeto—. ¡No quería ningún muerto y cumpliste! Pero sabes que sí o sí tendré que usar mis gracias para que se salve, ¿verdad?
—El plan cebo se activa, ahora, niño —replicó, con una fría mueca—. ¡No te gusta esperar! ¿No? ¡Tu mazazo ya viene! ¡Prepárate! ¡Tú haz lo tuyo! Yo me encargo del resto y te cubro hasta que termines con ese mocoso.
—¿Cuánto margen de tiempo crees que tenga? —preguntó, muy serio.
—Incierto. Si tu señal es débil y no tardas mucho, horas o días, quizás. Si es muy fuerte, ¡ni cinco minutos! Podemos cubrirte, pero no del todo. ¡Tienes que medirte!
—¡Eso implica mayor tiempo! —repuso más serio—. Puedo intentar reducir ese lapso, pero me va a costar… ¡No sé si vaya a resultar de ese modo! ¡Nunca he hecho esto con bloqueos, fuera de Ozmar y por gotas! —Ambos se quedaron observando con fijeza—. ¡Tomo esa vía! ¡Es lo más prudente! ¡Asegúrate de que ellos no estén aquí más de la cuenta! —dijo, refiriéndose a sus parientes—. ¡Las cosas se van a poner feas!
—¡Dalo por hecho, niño! ¡Solo mídete!
Adalfred respondió con la cabeza y cada quién tomó su rumbo.
Apenas entró a su tienda, Gémico y Tamara lo estaban esperando. Habían situado al malherido en el mismísimo lecho de Adalfred. Nitgardo y el hombre de los ojos bicolor estaban apartados en un rincón, expectantes. El Guardián lo había sentado en un gran cojín de colores, junto a la pared, para que no estorbara. Había muchos de ellos, formando un rectángulo, y estaban situados sobre alfombras de tonos rojizos y púrpuras con diversos diseños. Había una larga mesita al centro de todos los cojines, ideal para conversar, comer algo o analizar documentos. Pasados los cojines, había una gran mesa con varias jarras y tazones. También unas bancas talladas con cojines coloridos. Tras la gran meza, había un velo que separaba a la habitación principal.
Desde dónde estaba, el inesperado huésped pudo divisar baúles, un par de lámparas y varios libros dispersos. ¡Era evidente que el dueño de casa había estado leyendo! Había varios faroles pequeños, repartidos por todo el lugar y una penetrante fragancia a hierbas silvestres y aromáticas invadía el ambiente. Había muchas personas resguardando aquella tienda. Los habían registrado de arriba abajo para asegurarse de que no portaran nada peligroso. Cosa que le parecía ciertamente exagerada. El siniestro Guardián les había trajinado hasta las muelas y había confiscado sus cosas y vestimentas hasta que salieran. ¡El hombre de los ojos bicolor no tenía idea de dónde estaba ni a quién resguardaban tanto! Sin quererlo, se había situado en el rincón más íntimo del Señor de Ozmar. ¡Casi nadie entraba ahí!
En realidad, dónde estaban era lo que menos le inquietaba al inesperado huésped. Temía por la integridad del herido. ¡Ya habían hecho cuanto se les había ocurrido y visitado cuanto curandero había cerca! ¡Todo parecía indicar que no habría un buen final! Desde aquel rincón, podía ver que los tres yensekianos estaban observando muy ceñudos la mano herida, y que discutían entre ellos. Luego, buscaron unas cuantas chucherías que le parecían más instrumentos de tortura que de curación. También sacaron ungüentos, botellas de diversos tamaños con contenidos misteriosos y de variados colores. Algo le dieron de beber al herido, con mucho cuidado y la mayor de las paciencias.
Adalfred se acercó a Nitgardo y a su desconocido invitado con expresión seria.
—¿Qué rayos le pasó en la mano?
