La lógica del daño - Luz Vitolo - E-Book

La lógica del daño E-Book

Luz Vitolo

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Beschreibung

¿Quién no sufrió un daño alguna vez o lo causó a otro? El daño puede ser involuntario o premeditado, letal o minúsculo, pero es imposible ignorarlo. Luz Vítolo, con mirada aguda y no exenta de crudeza, explora temas tan delicados como la sexualidad en la preadolescencia, el suicidio, la enfermedad y las secuelas de un accidente. Estos relatos, como un golpe seco que nos corta la respiración, nos obligan a reconocernos como seres vulnerables frente al inevitable dolor de estar vivos.

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Seitenzahl: 158

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Tapa de 'La lógica del daño'. Luz Vítolo. Odelia Editora (2020)

Vítolo, Luz La lógica del daño / Luz Vítolo. -1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Odelia editora, 2020. Libro digital, EPUB - (Avalancha) ISBN 978-987-8643-18-2 1. Narrativa Argentina. 2. Cuentos. I. Título. CDD A863

Fecha de catalogación: 08/05/2020.

ODELIA EDITORAodeliaeditora.comfacebook.com/[email protected]

Tipografías: ©BigNoodleTitling, ©Patua One

Foto de autor: PH Jazmín Teijeiro

Diseño gráfico de tapa e interiores: che.ca diseñoche.ca.dg

Copyright © 2020 Odelia editora

No se permite la reproducción parcial o total de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopia, digitalización u otros medios, sin el permiso previo y escrito del editor.

Su infracción está penada por la Ley 11723 y 25446.

Digitalizado en EPUB v3.2(ABR/2020) por DigitalBe.com©.

Este libro cumple con la especificación EPUB Accessibility 1.0 y alcanza el estándar WCAG 2.0Level AA.

A mis papás

13

La hora de la siesta

21

La Niña

37

Seis valijas

53

Espuma en la nariz

69

No cuesta tanto sacrificarse

91

Pendejo

111

Bungee

119

La lógica del accidente

Bío

Guía

Tapa

Inicio de lectura

Si pedaleás rápido, muy rápido, se te levanta el vestido. Tratás de ser cuidadosa, pero te gusta la velocidad. Te olvidás de que existen los frenos; agarrás todas las lomas de burro. Saltás un poco en tu asiento. El viento descubre tu secreto: te olvidaste la ropa interior. Porque hace calor y corre el aire. Estás despierta y es la hora de la siesta. Andás sola: ahora te dejan. Todos duermen y sonás la campanita. La sonás porque querés, no porque la necesites. Frenás, hay un semáforo. No pasa nadie, te mandás. Cambia la luz, con el pie derecho empujás el pedal. El lento movimiento se independiza. Y ahí vas vos.

Comenzás dando la vuelta a la manzana, una, dos, tres vueltas a la manzana. Vigilás las acciones del barrio. Espiás los interiores por las ventanas, sabés que no todos duermen. Como observás, buscás ser observada. Y lo sos. No lo sabés, pero te gusta. Sentís sus ojos detrás de las persianas cerradas. Imaginás ojos deseantes; no temés lo que creés ajeno. El sentido de autopreservación no te hace falta, sos joven y te cuidan. Es verano y hace calor. Son las vacaciones, en un mes empezás el secundario. Tus padres trabajan y tu hermana no está. Sos libre de pasear. Empezás con una vuelta, la multiplicás, extendés el radio. Te metés en una avenida, parece vacía, pero no lo está; parece segura, no lo es. Un colectivo pasa cerca, te asustás, doblás por una más tranquila. Encarás para la subida, te da curiosidad saber si te cansarás. Te cansás.

No tenés plata, pero el kiosco está abierto. Es el único negocio que está abierto. Es el único negocio que nunca viste cerrado. Hasta ahora, nunca fuiste sola. Te dio sed. No tenés plata encima, no tenés plata en tu casa. No sabés ahorrar. Pasás por la puerta del comercio, vas y venís por la vereda. Mirás al que atiende a través del vidrio. Lo conocés y él te conoce, pero no te mira; él nunca te mira. Al menos no a vos. No sabe tu nombre, no se olvida el de tu hermana. Frenás la bici y te bajás. No trajiste candado. Plata, candado y bombacha. Tampoco trajiste bombacha. Como el candado, ignorabas que la ibas a necesitar. Porque los vientos de verano hacen flamear los vestidos y hoy, el día de mayor calor, te dejaste la prudencia. Te descubre una ráfaga y él justo te mira. No conoce tu nombre, pero ahora conoce tu secreto. Todavía no lo sabés, pero lo va a mirar de cerca. Todavía no lo sabés, pero él nunca se lo va a olvidar. No lo podés ni imaginar, porque recién se están mirando y no sabe cómo te llamás. La vergüenza te acomoda el vestido. Te animás a alzar la pera. Tu presión está baja, la sangre se agazapó en tus cachetes. Te das vuelta, dudás. Por una milésima de segundo, dudás. Llegás a agarrar la bici, pero no te subís. La volvés a apoyar. Entrás al kiosco mirándote los pies. No ves que hay gente. Te saludan y sos maleducada. Tu timidez es grosera. Paseás tu antojo por el exhibidor, buscás algo dulce. Paseás tu deseo por el local, paseás tus ganas. Tenés opciones y las contemplás. El devaneo de tu querer estimula tu saliva. Tu saliva y la de los otros. El cliente sale, ni lo mirás. Descartás el chocolate. Están debajo de un cartón y, de cualquier manera, hace demasiado calor. Te decidís por los chupetines. En tu decisión también hay duda. Te preguntás qué te va a hacer feliz. ¿Los baby doll o el chupetoncito? Hay uno que te tiñe la boca, hay otro con chicle adentro. Elegís el ring pop porque es rojo.

Elegís el ring pop aunque no lo podés pagar. Todo es caro para vos. Tu solero no tiene bolsillos y, de haberlos tenido, no los podrías haber llenado. Sabiendo el precio, lo preguntás. Fingís sorpresa e indignación. Fingís tristeza, aunque un poco tenés. Decís que no llegás. Con cara de bebita escuchás la pregunta.

¿Por cuánto no llegás? Se te cayó la plata en alguna parte del camino, mentís. Amagás a llorar. Le decís que tu papá te va a matar. Escuchás atentamente. El kiosquero te contesta que tu papá seguramente es un hombre lógico, que veinte pesos no es una fortuna. Bajás la cabeza, querés ese ring pop. Nunca habías querido tanto algo.

Te fía. A pesar de que sabés que no podrás cancelar la deuda, prometés pagar. Con destreza abrís el envoltorio, ponés el diamante de azúcar en tu dedo y lo mostrás. Chupás esa roca hasta que tu lengua parece ensangrentada. La sacás de su recinto y la exhibís. Él te mira. Seguís chupando, hacés ruido. Deseás extraer el brillo del diamante, pulís los cantos y te olvidás de respirar. Agitada, mirás al kiosquero. Te sonríe y te pregunta si sos la hermana de Mónica. Mentís, distanciás el parentesco. Mónica es tu prima. Vos te llamás Anita, todos te dicen Anita. El kiosquero repite tu nombre, lo separa en sílabas y lo vuelve a decir. Ya no se lo va a olvidar. Tenés un nombre grave, y con gravedad es pronunciado. Anita reemplazará a Mónica en la memoria del kiosquero. Lo grave siempre prevalece, es un tema de vibraciones.

Sabés que él se llama Adrián y que siempre está en el kiosco.Sabés que Mónica escribe su nombre en el cuaderno. Ella tampoco tiene plata, pero siempre tiene sugus. Cuando el ring pop mengua, lo mordés con fuerza y lo rompés en mil cristales. Te asusta el ruido de tu propia explosión y te babeás. No sos la única. Te limpiás torpemente con el antebrazo y recorrés el lugar ponderando tus opciones. Te acercás a la heladera de las gaseosas y la abrís. El aire frío te refresca. Te quedás ahí dentro absorbiendo el fresco. Te quejás del calor. Contás que en tu casa no tienen aire, solo un ventilador. Nadie te pide que cierres la heladera que abriste, así que seguís ahí. Te das vuelta. Tocás todas las botellas de vidrio, como si pudieras elegir. Le preguntás a Adrián si te fía una gaseosa. Te recuerda que ya le debés plata. Le pedís por favor. Adrián te indica que le lleves dos, que él también quiere una. Caminás hacia él y tratás de alcanzárselas por encima del mostrador. Te dice que no llega, que des la vuelta. Das la vuelta y ahora sí las agarra. Las detapa y deja caer las chapitas al piso. Las tapitas rebotan y las mirás. Adrián te alcanza la botellita, pero cuando extendés tu mano para agarrarla, la retrae. Te reís y te acercás un poco más. En vez de dártela, te la apoya tres segundos en el cachete. Está fría y te da cosquillas. Como tus cosquillas le gustan, la apoya de lleno en tu pecho. El frío se irradia por tu cuerpo. Te gusta, pero más te gusta cómo te mira Adrián. Finalmente, te deja agarrarla y te dice que te la invita. No entendés. Que es gratis, te repite. La aceptás, el chupetín te dio mucha sed. Entra un chico que quiere bombuchas. Adrián le dice que no tiene. El chico se va y Adrián se acerca a la puerta, la cierra y da vuelta el cartel. El kiosco está cerrado para el mundo, pero abierto para vos.

El verano levanta su furia y la temperatura comienza a subir. Vos tomás tu coca casi de un trago. Respirás solo cuando no soportás más el picor de las burbujas en tu garganta. Hacés el ruido de la propaganda. Adrián te besa. Sentís su lengua tratar de abrirse paso. Como no puede, se aleja. Toma distancia y te mira. Eructás, fuerte. Te mira con desconcierto. Vos te reís. Caminás por el kiosco y te parás delante del ventilador. Los pelos se despegan con dificultad de tu cuello y se estiran detrás de tu cabeza. Te das vuelta y Adrián camina hacia vos. Lo mirás fijamente y apoyás tus labios en los suyos. Esta vez vos forzás tu lengua sobre la de él. La metés hasta el fondo, buscás un tope. Adrián te aleja, así no se hace. Parece que te va a enseñar, pero no tiene esa paciencia. Te corre el pelo y enreda su mano en él. Lo tira hacia atrás. Te tira. Te muerde el labio inferior.

Te duele. Soltás un quejido. Te muerde más fuerte. No te gusta. Buscás alejarte un poco, pero te está agarrando la cola. Querés separarte del todo, sentís la presión. Ahora te chupa el cuello, mirás la puerta del local. Te da miedo y querés irte. Pensás que no podés. No podés. Leés los carteles en busca de algo que pueda salvarte. Te fiaron y ojalá hubieras elegido otro chupetín. No gritás, no es tanto tu miedo. Igual te querés ir. Pensás eso mientras Adrián te amasa. Sus dedos te clavan más que el asiento de la bici. Cuando termina de tocarte por encima del vestido, se arrodilla y hunde su cara en tu cuerpo. Te huele y se roba tu perfume. Adrián investiga con sus dedos tu entrepierna. Ya sabe que no tenés bombacha. Tu descuido le gusta. Te lo dice. Mientras te recorre, pensás en un día de verano, como hoy, en el que sí dormiste la siesta. Ayer dormiste la siesta. Querés que este día sea como ayer. Nada de lo que te hace en este momento te duele, pero te asusta. Sentís el pantalón de Adrián hincharse y pocos segundos después asistís a la revelación: una forma familiar, que conocés sin haber visto. Tus músculos agarrotados no pueden buscar ayuda. Hacés fuerza para que alguien interrumpa la siesta. Ves bombuchas en una repisa.

Adrián se pone a dirigir tu cuerpo. Agarra tu mano en la suya y te muestra cómo moverla. Te tira del pelo y te chupa la boca. Te obliga a agacharte. Decís basta, que te querés ir. Lo decís bajito, pero te escucha. Pero como es bajito, decide que no lo escuchó. Querés estar en tu casa, durmiendo en bombacha debajo del ventilador. Y estás arrodillada en un kiosco. Le vas a dar la plata del ring pop a Mónica, que la lleve ella. Adrián vuelve a forzarte la boca, pero esta vez no es su lengua la que pide camino. Más grande y dura que el ring pop, casi te atragantás. Pensás que vas a vomitar, sentís fiebre. Del pelo, Adrián te tironea hacia él y luego te aleja. Tu instinto te pide morder y vos lo suprimís. Cuando mordés a Mónica, ella te pega. Y Mónica es tu hermana. No podés decir basta, no podés gritar que te vas a morir, que te falta el aire, que te vas a desmayar. Solo podés llorar. Ahora Adrián te agarra con las dos manos de la cara. Te mueve rápido y seguro. Querés desmayarte. Implorás el final y es el único deseo que se te concede. Adrián deja de empujarte y te inunda la boca. Te acerca hacia a él y ahí te deja. Te falta el aire y no te queda otra que tragar. La nariz te corre igual que tus ojos. Hacés fuerza para no sentir el gusto. No podés. No se parece a nada y la textura es rara. Es como un moco que es líquido. Un poco se escapa por la comisura.

Adrián te ayuda a levantarte, te acomoda el solero, pasea su mano por tu cuerpo y se abrocha el pantalón. Camina hacia las golosinas, agarra otro ring pop y te lo ofrece. Es gratis y lo rechazás. ¿Es gratis? Adrián lo abre para él. No sabe comerlo, no se lo pone en el dedo. Va hacia la puerta y da vuelta el cartel. El kiosco cerró para vos hoy. Caminás hacia la puerta. Adrián te dice chau. Chau, Anita. No contestás, estás llorando. Salís del kiosco.

Tu bici no está. Tu papá te va a matar.

Cada vez que Irma se acercaba con la tijerita, Fabiana comenzaba a chillar como si alguien la estuviera apuñalando con un pedazo de vidrio. Sucedía incluso cuando Irma reptaba por la habitación, invisible al sueño de su hija, para emprolijar los pies que ya no podía usar. En un año, sus dedos habían tomado aspecto de garra, y contrastaban con la piel de las plantas, que se había regenerado hasta volverse terciopelo.

Fabiana permitía un aseo esporádico. No le gustaba ver expuestas sus cicatrices por demasiado tiempo. Por lo general, los miércoles por la tarde, cuando Irma cerraba el local por la siesta, Fabiana se dejaba manipular un rato, más por necesidad que por gusto. Los días llenos de televisión a veces traían consigo —sobre todo a partir de la siesta, cuando la programación se llenaba de reportes de accidentes— destellos inconexos del auto girando como trompo y vidriecitos nevados.

Las cáscaras habían desaparecido torpes; dejaron claros blancos para hacer su presencia inolvidable. Fabiana dejaba que su madre le pusiera crema en donde habían estado las costuras, con la esperanza de que el tiempo se las llevara. La mirada entrenada podía distinguir las marcas de los puntos. Algunos días le era más fácil ceder. Había pasado un año de aquella noche larga en la que dejó las piernas y tres materias del secundario pendientes, a la espera de un poco de atención. Costó, pero Irma aprendió a callar sus preguntas y sugerencias. Las enumeraba en su cabeza e inventaba una respuesta para cuando le preguntaran. Las respuestas que hubiera querido escuchar.

En agosto, Irma se entusiasmó con una idea que había leído en el libro de tapa lila que le había prestado una amiga. Buscó en su negocio, pero no pudo encontrar ningún cuaderno lo suficientemente lindo para la tarea. Lo terminó comprando en la regalería de Marlene. Hizo la compra bien temprano para que nadie la viera entrar en aquel negocio de tan mal gusto que había llegado a hacerle la competencia. Odió admitir que el lugar había mejorado mucho desde su apertura, y solo en la comparación pudo ver que su negocio había sido tomado por el abandono. Nada en su local, cada día más sucio, contaba la historia de sacrificio que ocurría a puertas cerradas. Contrario al plan, se tomó el tiempo para elegir un cuaderno lindo, que no diera la impresión de aniñado. El libro había sido claro en sus especificaciones. No debía parecer un diario íntimo adolescente y se debía favorecer aquellos cuadernos con hojas lisas, pues la creatividad y el desahogo necesitan libertad. Eligió uno entelado como de selva, uno en el que ella hubiera escrito si la noche no la destrozara.

Irma le presentó la idea a su hija luego de cenar juntas frente al televisor. Fabiana en su cama y ella con la bandeja sobre la falda. Los libros auguraban que luego de un período de recolección, intercalados con esporádicos episodios de furia, lentamente el afectado comenzaría a tratar de retomar su vida, y ese proceso podría verse en actos tan sencillos como animarse a comenzar la terapia física. Pero Fabiana no había atravesado ninguna de las instancias que enumeraba el libro. Habían pasado alrededor de diez meses desde que había abandonado la terapia intensiva y, desde entonces, se había sumido en una vida cada vez más silenciosa. Hablaba, pero no decía nada que no fuera meramente operativo y, cuando era posible, privilegiaba los movimientos de cabeza por sobre las palabras. Además, gritaba en lugar de quejarse. Se retorcía en la cama con tanta fuerza que a su madre le hacía acordar a los pataleos de la infancia. Con el tiempo, Irma dejó de insistir. Si no hubiera sido por el negocio, ella también hubiera callado. Nunca había sido el tipo de mujer que hablaba sola o comentaba para sí los dichos de la radio mientras baldeaba la entrada.

Consiguió que una psicóloga fuera hasta la casa para atender a Fabiana en la sala. La Licenciada Ferrero era una joven recién recibida, sin consultorio propio, que le había recomendado una clienta. Irma prefirió sorprender a su hija, para ahorrarse una escena. Fabiana reservaba sus accesos de furia para la vida privada. Durante las consultas médicas, prefería callar. La psicóloga fue tres veces y durante esas visitas cronometradas, Fabiana no dijo una palabra. La licenciada no quiso cobrarle a Irma las consultas, pero tampoco volvió.

El universo se fue contrayendo sobre las dos. Los pocos afectos no soportaron la indiferencia y abandonaron la escena despacio. Irma no guardaba resentimientos contra ellos; si estaba muy cansada se permitía pensar, justo antes de quedarse dormida, que ella hubiera hecho lo mismo, de haber podido. Hasta el padre de Fabiana dejó de mandar dinero, y las llamadas espaciadas dejaron de llegar sin mayor perjuicio. Irma instaló un contestador para que el teléfono recibiera los mensajes sin sonar. Al final de la semana, confirmaba que los únicos que habían llamado eran telemarketers. Imaginó un futuro en el que los amigos y familiares volvieran solos, y una hija alegre, en paz con su condición. Los médicos habían sido taxativos. Fabiana nunca más caminaría. Su condición no solo era inoperable, sino que era afortunada. Con esas lesiones en la espalda, era una suerte que solo tuviera paralizada la mitad inferior. Lo único que Irma podía desear era una vida independiente para su hija, feliz a pesar de su inmovilidad.