Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
El lunes 9 de marzo de 2020 impartí mi última clase. El jueves, día 12, asistí a una reunión de trabajo; después, ante los fuertes rumores de que de forma inminente sería obligatorio permanecer en nuestros domicilios, fui al supermercado a hacer una compra para varias semanas. A todos los efectos, al volver a casa me confiné. El estado de alarma entraría en vigor dos días después. De esta forma, José Ignacio Llorente Olier comienza La mano en el corazón, su crónica, a veces desgarradora y a veces disparatada, de este período de pandemia. Con una prosa vibrante, narra sus vivencias durante el confinamiento y los meses posteriores al mismo. En él, descubriremos, entre otros, a un robot metido a político, a una marquesa rumbosa y a una araña con la que el autor compartió piso durante casi dos años. El lector tiene en sus manos un libro que no es ni una novela ni un ensayo, con personajes de ficción que parecen de verdad y personajes de verdad que parecen de ficción y cuya lectura le arrancará alguna sonrisa y también le llegará al corazón.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 221
Veröffentlichungsjahr: 2022
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
La mano en el corazón
José Ignacio Llorente Olier
© José Ignacio Llorente Olier, 2022
© José Ignacio Llorente Olier, de las ilustraciones de la portada y de la contraportada, 2022
Marzo de 2022
ISBN papel: 978-84-685-6560-6
ISBN ePub: 978-84-685-6559-0
Editado por Bubok Publishing S.L.
Tel: 912904490
C/Vizcaya, 6
28045 Madrid
Reservados todos los derechos. Salvo excepción prevista por la ley, no se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos conlleva sanciones legales y puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.
Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).
A la memoria de mis padres, Aurelia Olier Masa y José Llorente Escribano.
A Isabel y a mi hermano Javier, lo que más quiero.
Campanillitas, campanillitas,
ovejitas enanas del campo:
¿Habéis visto pasar al ciempiés
y cerráis vuestros pétalos blancos?
Abrid, que no es él.
María Luisa Muñoz de Vargas («Campanillitas», poesía incluida en «Poemas niños», de los libros Bosque sin salida y La princesita de sal).
Tú vivirás —mi pluma es garantía—
en tanto haya una boca que respira.
William Shakespeare («Soneto LXXXI»)
Índice
Prefacio
PRIMERA PARTE (2020)
Consejos literarios para los tiempos que corren (26-02-2020)
8 de marzo (8-03-2020)
Estado de alarma (13-03-2020)
Madrid después del viernes 13 (14-03-2020)
Vector de contagio (16-03-2020)
El recreo de la clase (20-03-2020)
Experto en experturías (22-03-2020)
El niño flautista (24-03-2020)
La máquina de hacer churros (26-03-2020)
Mis alumnos (30-03-2020)
Inexactitud contable (2-04-2020)
Las cuatro cuerdas (4-04-2020)
Silencio (6-04-2020)
El origen del coronavirus (12-04-2020)
El helicóptero (13-04-2020)
Historias del balompié (14-04-2020)
¡Vaya día que llevamos de teléfono! (15-04-2020)
Bienaventurados sean (16-04-2020)
Salvoconducto canino (17-04-2020)
Caspa y laca (18-04-2020)
Liberalidades (19-04-2020)
La boda japonesa (20-04-2020)
Feliz Día del Libro (23-04-2020)
26 de abril (26-04-2020)
El Día de la Madre (3-05-2020)
Gracias (5-05-2020)
SEGUNDA PARTE (2021)
El parte de baja
Días de hiel
La infamia
Vivir con ella
Filomena y Naranjito
Robin Hood
Cosas extrañas
Utopía
Amor y libertad
Riesgo
Objetivo cumplido
La baba del caracol
El carrito de la compra
La vuelta al cole
Los reyes son los padres
A mis maestros
Lechuga a precio de caviar
5 de octubre
El ataque de risa
La mudanza
Sobre el autor
Prefacio
En el mes de diciembre de 2019, en la ciudad china de Wuhan se detectaron los primeros casos de una enfermedad infecciosa causada por el SARS-COV-2, un coronavirus extremadamente contagioso responsable del denominado síndrome respiratorio agudo severo. Su expansión mundial provocó la pandemia conocida como covid-19.
Desde entonces, y hasta marzo de 2022, mes en que escribo estas líneas, cuatrocientos cuarenta y siete millones de personas la padecieron en todo el mundo. En España lo hicieron más de once millones.
Su elevada letalidad provocó que más de seis millones de personas fallecieran durante ese período. En nuestro país, murieron más de cien mil, siendo especialmente intenso su impacto entre la población de mayor edad.
Dicen los periodistas que, cuando se apilan las víctimas de un siniestro en algún lugar lejano, el espectador se vuelve insensible. Pues bien, podríamos suponer entonces que el virus habría contagiado hasta la fecha a la suma de los habitantes de Estados Unidos y de Alemania; y habría matado a todos los habitantes de Atlanta o de Nairobi.
En España, lo habría contraído la totalidad de los habitantes de Madrid y de Barcelona juntos, y habrían fallecido todos los ciudadanos de Santiago de Compostela.
Durante días y días, en España se produjo un 11-M.
La gravedad de la situación llevó a las autoridades sanitarias a tomar medidas de carácter extraordinario, decretando confinamientos, estados de alarma y toques de queda que conllevaron limitaciones en los derechos de reunión y circulación, sobre todo hasta que se dispuso de vacunas con las que combatir los efectos más severos de la enfermedad.
Los servicios sanitarios, especialmente las unidades de cuidados intensivos de los hospitales, se vieron inundados de forma brusca, llegando al colapso en muchos lugares, tanto por el elevadísimo número de pacientes como por la falta de medios materiales y humanos. El índice de contagios entre los profesionales sanitarios fue enormemente elevado. También los servicios de atención primaria sufrieron duramente sus efectos.
Asimismo, la situación fue especialmente dramática en las residencias de ancianos.
Los ciudadanos nos vimos obligados a alterar nuestras rutinas de una manera drástica con el fin de preservar nuestra salud: el uso de la mascarilla, la higiene continuada de manos, el uso de gel hidroalcohólico, la reducción de los contactos, la ventilación de interiores y la distancia social se convirtieron en pautas indispensables para asegurar nuestra supervivencia.
En España se decretó un estado de alarma que entró en vigor el 14 de marzo de 2020. El mismo supuso el confinamiento de la población en sus domicilios. El 21 de junio finalizó la última prórroga de dicho estado, y el país pasó a la situación denominada «nueva normalidad». El 25 de octubre, ante el repunte de casos, el Gobierno estableció un nuevo estado de alarma, aunque con medidas menos estrictas que en la primera ocasión.
La actividad económica sufrió un severo declive, expresado en caídas fortísimas de los indicadores de producción y de empleo. Se habilitaron en la Unión Europea programas de ayudas extraordinarias a los países y sectores más afectados con el fin de combatir tal depresión.
Muchas actividades laborales pasaron a realizarse desde los domicilios, mediante el teletrabajo. La docencia fue una de ellas. De no haber sido posible, quizás yo ahora estaría desempleado.
El 9 de mayo de 2021 se puso punto final al estado de alarma.
Numerosísimas variantes de la enfermedad han impedido, hasta la fecha, su control efectivo, si bien la vacunación generalizada en muchos países —no todos, ni la mayoría— ha limitado sus efectos, reduciendo sensiblemente su letalidad.
En nuestro país, en los primeros días de este año 2022, el 90 % de la población había recibido la pauta completa de vacunación contra el covid-19. Actualmente, se está administrando la tercera dosis.
Desde hace ya cuatro meses, el mundo sufre una enorme ola de casos nuevos debida a la última variante detectada, designada con el nombre de ómicron, que es aún más contagiosa que las anteriores. Si bien ya se ha superado el pico de contagios y está descendiendo ya su número, todavía no se prevé con certeza una fecha para su erradicación definitiva.
El covid-19, además de ser causa de fallecimiento por neumonía bilateral, ha generado graves secuelas a muchos de quienes lo han padecido: fatiga extrema, dificultades para respirar, dolores articulares y musculares, de cabeza, palpitaciones, fiebre, mareos, problemas de memoria y falta de concentración.
Además de dichas secuelas, los profesionales de la salud han detectado fenómenos de diversa gravedad que han sido relacionados con la denominada «fatiga pandémica», término que engloba trastornos tales como angustia, estrés, dificultades para conciliar el sueño, desmotivación, hastío, irritabilidad y tendencia al aislamiento.
Considero que esta pandemia es una de las situaciones más graves que la humanidad ha vivido. Quizás peque de exagerado, pero pienso que sus efectos —sanitarios, económicos y sociales— son casi comparables a los de una guerra o a los de algunas catástrofes naturales.
El lunes 9 de marzo de 2020 impartí mi última clase. El jueves, día 12, asistí a una reunión de trabajo; después, ante los fuertes rumores de que de forma inminente sería obligatorio permanecer en nuestros domicilios, fui al supermercado a hacer una compra para varias semanas. A todos los efectos, al volver a casa me confiné. El estado de alarma entraría en vigor dos días después.
En el mes de febrero de 2020 había hecho una contribución al blog de mi universidad, titulada «Consejos literarios para los tiempos que corren», en la que abordé de la manera menos dramática que pude las noticias que llegaban desde China. La misma fue bien recibida por mis compañeros. Decidí entonces comenzar una especie de diario que fui compartiendo esporádicamente durante marzo y abril en las redes sociales y en el blog antes citado. Muchos amigos me animaron a que compilase esas crónicas y las publicase como libro.
Así lo hago ahora, divididas en dos partes. La primera corresponde al año 2020; la segunda, a lo escrito en 2021.
La primera parte finaliza de un modo abrupto, pues mi madre falleció el 26 de abril de 2020 y dejé de escribir.
No retomaría este proyecto hasta nueve meses después, en enero de 2021.
No es un diario al uso. Tampoco exactamente una obra de ficción; pero, en todo caso, se parece más a lo segundo que a lo primero. Aunque contiene mis vivencias, reflexiones y sentimientos, también relata historias que incluyen a personajes un tanto peculiares, los cuales vinieron a acompañarme cuando no era posible recibir visita alguna.
Les agradeceré siempre que lo hicieran.
Son de ficción, pero parecen de verdad.
También hay otros que son de verdad, pero parecen de ficción.
Como en todo relato que se precie, aparecen héroes y villanos, siendo el peor de todos ese ser microscópico que aún nos tiene el alma en vilo.
Recomiendo su lectura desde su inicio hacia delante. No obstante, cada entrada puede leerse de forma independiente; es más, el libro puede dejar de leerse y tirarse a la basura, aunque no os recomiendo tal cosa, pues os perderíais el privilegio de conocer a Margarita.
Espero que os guste y que disfrutéis con él, pero, por encima de todo, queridos lectores, deseo que seáis felices y tengáis mucha salud.
José Ignacio Llorente Olier
Madrid, 8 de marzo de 2022
PRIMERA PARTE(2020)
Consejos literarios para los tiempos que corren(26-02-2020)
El coronavirus es un peligro. Aparte de su nombre —que pareciera atentar contra el precepto constitucional sobre la forma de gobierno que nos hemos dado los españoles— me produce inquietud su evolución, que no respeta idiomas ni banderas. Así las cosas, observo intranquilo las apariciones diarias de un señor con gafas de pasta y cara de preocupación diciéndonos que mantengamos la calma y ofreciendo después el minuto de juego y resultados sobre infectados, aislados y fallecidos en todo el mundo, que no para de crecer.
Para animarnos, los medios de comunicación nos dicen que, por causa de la gripe, la palman todos los años miles de personas en nuestro país y que la situación no es grave. Así debería ser, si no fuera por varios detalles: no se sabe cuál es el origen o cómo se transmite, es muy contagioso y —de momento— no hay remedio que lo ataje.
Un amigo optimista me dice que, con todos los avances que hay, pronto se conseguirá una vacuna; no obstante, albergo dudas al respecto. Si bien todos tenemos nuestras casas inundadas de gigas y aparatejos que nos permiten estar always on, en los diez mil años que llevamos fuera de las cavernas aún no hemos sido capaces de dar con un remedio eficaz contra la calvicie. El Cholo Simeone y un servidor somos ejemplos fehacientes de lo que hablo.
Por todo ello, tras una sesuda reflexión y con el fin de sobrevivir lo más posible, se me ha ocurrido que tenemos dos vías de protección: la mala educación y la literatura.
Con respecto a la primera, dejaré de ahora en delante de dar los buenos días a los chinos, japoneses, iraníes, alemanes e italianos con los que me encuentre por los pasillos; y si me veo obligado a compartir ascensor con ellos, lo haré llevando mascarilla, bufanda, guantes y el verdugo que me ponía mi madre en la cabeza cuando era pequeño —prenda bastante desagradable debido a que su roce me producía picor en las orejas—. No penséis que trabajo en la ONU; es que vivo en Usera.
Acerca de la segunda y a falta de otras certezas, me permito aconsejaros tres libros: el primero, La peste, la obra maestra de Albert Camus, el gigante que describió cómo héroes y miserables se enfrentaron a la temible plaga, y cómo la condición humana, frente a la adversidad, es capaz de lo mejor y de lo peor —igual que Unai Simón cuando se pone bajo los tres palos de una portería—.
El segundo es Decamerón, de Boccaccio. El mismo narra cien historias de amor, de erotismo y de tragedia y se ubica en la Florencia del siglo XIV, asediada por la peste, donde diez jóvenes de posibles se refugiaron en una villa a las afueras de la ciudad. Esta opción es deseable si se dispone hoy en día de un buen chalet y de un nutrido grupo de amigos con ganas de fiesta y aficiones literarias. De no reunir esos requisitos, es posible acceder a una versión más modesta, consistente en sentarse en el sofá y ver series como si no hubiera un mañana.
El tercer libro es Zombi. Guía de supervivencia, de Max Brooks. Me lo han regalado recientemente y lo he empezado a leer en su calidad de obra de ficción. No obstante, y con el devenir de los acontecimientos, lo he pasado a considerar como un libro de autoayuda y voy a seguir a rajatabla algunos de los consejos que ofrece. No me refiero a agenciarme un hacha e ir descuartizando a muertos vivientes por la calle, sino a proteger mi casa frente a posibles ataques de infectados. En concreto, tengo entre ceja y ceja a un vecino que me mira con ojos aviesos y que tiene por mascota un pangolín.
En fin, apreciados lectores, comprendo que, a estas alturas, alguno de vosotros piense que el cuadro que tenemos por delante ha hecho que la razón abandone mi sesera sin mirar atrás. Puede ser y no lo niego. En cualquier caso, y sin resignar las dos vías de protección arriba comentadas, os hago saber que en los tiempos que se avecinan me dedicaré a quedarme en casa y a ir escribiendo lo primero que se me pase por la azotea.
Avisados quedáis…
8 de marzo(8-03-2020)
Feliz día.
Que ninguna tenga miedo ni en su casa ni en la calle. Que los techos que os cobijen nunca sean de cristal.
Estado de alarma(13-03-2020)
El Gobierno ha decretado el estado de alarma. La primera disposición del mismo consistirá en emitir anuncios en bucle, las veinticuatro horas del día, en la radio y la televisión, de empresas de seguridad de las que te protegen contra los ladrones, los ocupas y las ladillas mientras que tú estás de picos pardos en vez de fortificando la casa de la playa.
El portavoz del Ejecutivo espera que, con tan rotunda medida, el virus chino ese, que ahora está muy chulito y se pavonea, comience a preguntarse en pocas semanas si la vida tiene sentido, se dé a la bebida y se pire motu proprio con las orejas gachas antes de la Eurovisión.
Yo, por mi parte, estoy dispuesto a darlo todo. Esta mañana he hecho acopio de mascarillas, geles y viseras; mañana adquiriré paracetamol y protector solar, para el caso de que esto dure hasta el verano; y pasado me abriré un canal de YouTube en el que explicaré mis artes culinarias e impartiré clases de calceta.
Que nadie se ponga mustio, pues queda inaugurada la temporada de WhatsApp.
Me parece que no nos hemos visto en otra igual, pero a pesar de este bicho apestoso, cuento con que Peter Pan y Campanilla, Pinocchio y el mago de Oz vendrán a echarnos una mano.
Y aunque hayan cancelado el fútbol, hoy empezamos un partido que tenemos que ganar.
Madrid después del viernes 13(14-03-2020)
El sábado ha salido soleado en Madrid, esta zona cero de la nueva zona cero del coronavirus, que es Europa. Como bien decían en la radio esta mañana, las cosas evolucionan a ritmo vertiginoso y aún nos cuesta dar crédito a algunas informaciones, instalados como estamos entre el miedo y la incredulidad. Hace un mes y medio, veíamos China como algo lejano y hacíamos chistes de murciélagos y pangolines. Hace tres semanas, como una amenaza. Hoy, como una esperanza que nos enseña el camino de que la cura es posible.
En esta ciudad frenética que es Madrid, la vida ha cambiado. Hasta la semana pasada, nos faltaba el tiempo para recorrer el largo espacio que hay entre la casa y el trabajo. Hoy nos falta el espacio y lo que nos sobra es el tiempo.
Esta situación es inédita para todos. Tan viral como la enfermedad es el miedo, quizás más; y tan angustioso como contagiarse es no poder dejar de pensar en contagiarse.
Hasta hace pocos días, oíamos hablar con frecuencia de Messi o de Ronaldo; y hoy, quienes están en boca de todos son los responsables de proveernos de información sobre la enfermedad y de papel higiénico.
Posiblemente, parte del desasosiego que estamos sintiendo proviene de que, de pronto, nos han robado nuestras rutinas; hábitos de los que renegamos por aburridos, y que, sin embargo, nos permitían ganarnos la vida y volver sanos y salvos a casa cada día. Nos han hurtado la cercanía y el tacto. El virus nos ha obligado a reemplazarlos por rutinas nuevas, fastidiosas y hasta ayer incomprensibles; pero debemos entender que hoy lavarnos las manos equivale a dar un beso.
Sin ser exagerado, es posible afirmar que la vida humana se está enfrentando a una importante amenaza, pero no hay que olvidar que para el coronavirus no somos un enemigo, somos simplemente un anfitrión.
Echando algunas cuentas, es muy posible que haya mucha más gente infectada que diagnosticada. Es comprensible, debemos asumirlo y no caer en el pánico por ello. Dicen los expertos que el ochenta por ciento de los contagiados, o bien no desarrollarán síntomas o bien pasarán una especie de gripe muy severa. En ambas situaciones, es importante no esparcir el virus. La Sanidad tiene que estar disponible para atender a ese otro veinte por ciento con más riesgo. Debemos ayudar a nuestros héroes, que no llevan capa negra sino bata verde, y que no viven en Gotham, sino que atienden en farmacias y hospitales.
Una vez me explicaron que las telecomunicaciones empezaron a desarrollarse cuando el transporte físico alcanzó su tope: el hombre nunca viajaría a la velocidad de la luz; sin embargo, los datos, la voz y la imagen sí podrían hacerlo. Hoy disponemos de algunas herramientas que ya hubieran querido para sí nuestros antepasados en la época de la peste negra. La tecnología nos rodea. Llevamos ya casi dos décadas hablando por el móvil, sacando billetes vía web y ligando por Internet. Esta situación es una oportunidad impagable para demostrar que podemos seguir haciendo muchísimas cosas y que este bicho no nos va a parar; aunque ello nos resulte muy costoso.
Personalmente, llevo unos días en los que apenas puedo concentrarme; no paro de recibir y de mandar correos y whatsapps; y cada cuarto de hora entro a mirar el número de contagiados. Dado que tal actitud no lleva a ningún sitio, pienso que es importante espabilar y ponerse al mando de uno mismo. Teletrabajar podría ser una alternativa al colapso, pero ello nos exigirá ser disciplinados, respetar horarios y establecer rutinas.
Si tuviera que dar algún consejo al respecto, diría que debemos actuar como si estuviéramos en una jornada laboral normal, con la ventaja de que no tendremos que soportar atascos. Trabajar en pijama está prohibido. No digo que sea necesario arreglarnos como si tuviéramos una cita, pero el día debe comenzar con una ducha y un buen desayuno. El lugar de trabajo debe estar independizado y durante el período laboral debemos evitar distracciones como mirar el móvil o el Facebook. Asimismo, no son recomendables las visitas furtivas al sofá o a la nevera.
Eso sí, después de la jornada laboral, haced alguna actividad que os guste, mandad chistes y vídeos, y reíros mucho y fuerte. Tenemos a nuestro alcance películas, música y libros. Sobre todo, muchos libros.
Estad atentos a vuestra gente cercana y subidles el ánimo cuando los veáis mustios, para que no se vengan abajo. Estoy convencido de que de saldremos de esta. Descubriremos en nosotros fortalezas que no conocíamos. Nos escucharemos más. Aunque no sea hoy y no sea pronto, volveremos a abrazarnos.
Cuidaos mucho y, por favor, quedaos en casa.
Vector de contagio(16-03-2020)
Ayer, mientras estaba parapetado detrás del inodoro luchando contra el coronavirus, escuché decir en la radio que un señor que antaño nos exhortaba en Nochebuena a que fuéramos buenos, no ha sido muy ejemplar. Llenome de perplejidad saber que tal noticia no era un bulo propagado por ningún piojoso rompepatrias, sino que su fuente era su propio hijo, actual jefe del Estado y conocedor desde su infancia de que los reyes son los padres.
En el comunicado se nos aclaró que tal falta de ejemplaridad no era debida a la querencia del afectado por embarcarse en aventuras cinegéticas allende nuestras fronteras, liándose alegremente a tiros con ciervos, elefantes u osos alcoholizados; tampoco a su afición a pellizcar el pompis y hacer cocos a señoras de bandera —fueren estas cupletistas, princesas, burguesas ilustradas o reinas bárbaras—; ni siquiera tenía que ver con la siempre delicada cuestión de dónde había introducido su apéndice más preciado —su real polla— antes, durante y después de su reinado en este valle de lágrimas, sino con sus negocios.
Así, mientras era regidor de nuestros destinos, su espíritu emprendedor pudiere haberlo conducido a trabar amistades peligrosas para su honra pero muy lucrativas para su hacienda.
De esa crónica colegí —sumergido en la estupefacción, porque nunca me hubiera esperado semejante cosa de una testa coronada en nuestra patria— que, dadas las circunstancias, es probable que su yerno —antaño gran deportista; más tarde, empresario audaz; y, finalmente, delincuente condenado a cárcel bajo un ya relajado régimen penitenciario— no hiciese al arribar a palacio otra cosa que aplicar el españolísimo refrán de «Donde fueres, haz lo que vieres».
Oigo en estos días con frecuencia el término «vector de contagio». Según la Organización Mundial de la Salud —donde hay gente muy leída—, un vector es un organismo vivo que puede transmitir patógenos infecciosos entre personas. Pues bien, no estaría de más que las preclaras mentes que nos reinan, gobiernan, legislan y confinan, tomasen nota y se diesen por enteradas, pues deberían saber que el vector de contagio de la desconfianza entre sus angustiados súbditos es aún mayor que el del virus responsable de la pandemia que nos azota.
Como decía mi tío Clemente, que en paz descanse: «Que Dios nos ampare y nos proteja».
El recreo de la clase(20-03-2020)
Dice el calendario que la primavera está llegando. Sin embargo, por primera vez, no nos preocupa demasiado si marzo mayea o si abril traerá aguas mil; ocupados como estamos en la pesada tarea de adaptarnos a este confinamiento, con la esperanza de que el virus no llame a nuestra puerta y pase de largo.
Añoramos pasear, pero tenemos que conformarnos con mirar el mundo a través de la porción rectangular de cielo que se ve desde nuestras ventanas. Atestamos la nevera, calculamos las raciones como Matt Damon en Marte, huimos de la báscula, limpiamos con ahínco pomos y picaportes y ponemos lavadoras en turnos de mañana, tarde y noche. Cambian nuestros hábitos, le hablamos al ordenador, acudimos al WhatsApp buscando apoyo, y el termómetro desplaza al Satisfyer en la lista de artilugios más vendidos.
Resulta curioso cómo, en muy poco tiempo, cosas que aparentaban ser importantes han dejado de serlo. No hace aún tres semanas, los telediarios consumían minutos y minutos dedicados al tiempo y a los deportes. Ahora, ambas informaciones nos resultan irrelevantes, y nos damos cuenta de la barbaridad que supone que un futbolista gane dos mil veces más que un sanitario. Así, hemos conocido que los astros del deporte rey han cambiado drásticamente sus rutinas, pasando de correr en el estadio dando patadas a un balón, a permanecer en sus casas sin hacer nada —llegados a este punto, hay que admitir que Gareth Bale apenas habría notado la diferencia—.
Estos días son más duros, pues casi todos hemos puesto ya nombre y rostro a alguno de los números de las noticias que acarrean sin cesar paladas de muertos y contagiados. Ayer supe que el padre de dos amigas muy queridas ha fallecido en Madrid, en soledad y sin más atención que la de un enfermero, pues ni siquiera había disponible un médico en la residencia en la que vivía.
Aún así, veo alrededor de mí ejemplos esperanzadores de que —a pesar de que no somos más que un grupo de simios arrogantes por tener la cabeza algo más grande y andar a dos patas en vez de a cuatro— aún tenemos solución: observo cómo disminuye la contaminación de esta ciudad irrespirable que es Madrid, y no paro de recibir en mi móvil abrazos y cariño. En el bloque de al lado, un disc jockey nos obsequia diariamente desde su terraza con los grandes éxitos de Manolo Escobar y del Dúo Dinámico; mi farmacéutica se ha ofrecido a traerme a casa un medicamento para que no tenga que ir yo a la farmacia; y mis vecinos han puesto en el ascensor una lista con sus teléfonos por si alguien no puede salir a hacer la compra.
Me gano la vida como profesor. Creo que es un buen trabajo. Doy mis clases de siete a diez a alumnos que llegan al aula cansados, todavía con el estrés de la jornada laboral pisándoles los talones. Aguantan como campeones el rollo que les meto, anhelando secretamente el sofá de su casa o la caña con sus amigos. En medio, hacemos una parada en la que ellos van a beber agua, comentan en el pasillo anécdotas de su jornada o se fuman un cigarro.
En estos días, la clase online ha reemplazado al pupitre y a la pizarra, y nos saludamos por el ordenador en vez de hacerlo en persona, mientras alguno pide permiso para atender a sus hijos. Mantenemos el horario y el descanso, si bien hemos cambiado los hábitos de nuestro recreo. En vez de parar a las ocho y media, lo hacemos a las ocho, pues tenemos la cita más emocionante de todo el día: desconectamos por un momento la cámara y el micrófono, abrimos la ventana y salimos a aplaudir a nuestros héroes.
Para que les llegue nuestra fuerza, nuestro cariño y nuestro apoyo. Para que sepan que no están solos, que los admiramos, los queremos y los necesitamos.
Para que no desfallezcan.
Los aplaudimos desde las casas, desde las aulas, desde las terrazas, desde las azoteas.
