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Violeta mantiene escondido bajo siete candados, en un rincón apartado de su memoria, un cajón de sastre repleto de vivencias sangrantes y punzantes; antiguos capítulos de su historia que ha dejado inconclusos y que ha decidido ignorar para no sufrir. ¿Es posible mantener a buen recaudo a estos demonios que la atormentan y continuar con su rutina? La protagonista, una joven madrileña, pragmática y reservada, disfruta de una vida placentera sin espacio para incertidumbres. Se deleita en compañía de amistades y de actividades que colman su día a día, en un entorno protegido que la frena en la toma de decisiones que podrían dar un giro radical a su carrera profesional. Sin embargo, cuando acude a una entrevista de trabajo, se da de bruces con alguien de su pasado que revienta las cadenas y los cerrojos de manera súbita, y deja al descubierto el interior de este particular cajón. ¿Conseguirá ignorarlo y seguir como hasta ahora? Acompaña a Violeta en esta emocionante trama, que avanza a gran velocidad, y descubre una parte inexplorada de su espíritu a través de sus reflexiones, de sus dudas, de su determinación, cuando unos terribles sucesos, que acaecen en muy poco tiempo, sacuden, junto a los que la rodean, su mundo de certezas. ¿Te atreves?
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Seitenzahl: 487
Veröffentlichungsjahr: 2023
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LA MELODÍA RECURRENTE
María Oñoro Navarro
LA MELODÍA RECURRENTE
La melodía recurrente
Primera edición: mayo de 2022
© De la obra: María Isabel Oñoro Navarro
© Ilustración de cubierta: Yolanda García Carrasco
© Fotografía autora: José Antonio Fernández
© Edición Punto Didot
www.puntodidot.com
Sector Oficios N° 7
28760, Tres Cantos (Madrid)
e-mail: [email protected]
ISBN-13: 978-84-19038-94-4
ISBN-E-Book: 978-84-19038-95-1
Depósito legal: M-12842-2022
Printed in Spain
No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo o por escrito del editor.Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
Ni era vidente, ni tenía poderes especiales; pero esa noche, Violetasoñó que estaba en una estación de ferrocarril, junto a un convoylleno de caras conocidas y de rostros velados, que asomaban porlas ventanillas. En ese sueño, subía a una locomotora bautizadacon su nombre; se ponía a los mandos, e iniciaba un viaje del quesabía que debía realizarlo, pero del que ignoraba su destino. Lejosde asemejarse a una pesadilla, el sueño le despertó curiosidad y lotomó como un augurio de que algo iba a pasar, aunque no sospechaba de qué se trataba.
I
Violeta (Vi, como le gustaba que la llamaran sus amigos) era una mujer guapa, de mediana estatura que, en conjunto, no pasaba inadvertida. De su físico (equilibrado y armonioso), se destacaba una larga y rizada melena castaña oscura, abundante y fuerte, que le aportaba un toque exótico. Su mirada era sincera; sus ojos, cálidos, grandes, y de un intenso marrón chocolate. Era inteligente, tenía veintiocho años y un carácter tranquilo y discreto. Vivía sola en su pequeño ático de Carabanchel, donde le gustaba llevar una vida sin sorpresas, ni excesos.
Esa mañana, sonaba el despertador con insistencia (uno electrónico, de los que no hacen ruido, de los que permiten dormir sin tener que hacerlo al ritmo del eterno tic-tac); disfrutaba robando diez minutos a las prisas y apurarlos en la cama, bajo sus suaves sábanas. Así, permanecía un poco más en su micromundo antes de salir a la realidad.
Se levantó despacio; recordaba, con pereza, que esa mañana había quedado con alguien llamado Lucas Álvarez, que pertenecía al departamento de Recursos Humanos de una prestigiosa compañía llamada FYR. Unos días antes, habían contactado con ella para concertar una reunión y hablar sobre una oferta de trabajo (sin que hubiese mandado su currículum) y, como tenía una ligera idea de quién podría haberlo enviado en su lugar, aceptó asistir. Quizá por eso había tenido ese sueño tan vívido.
Hacía seis meses que había obtenido la licenciatura de Ciencias Económicas, pero no tenía prisa por buscar empleo; trabajaba en una perfumería desde hacía varios años y estaba cómoda allí. Deseaba enfocar su futuro con calma y elegir el proyecto adecuado; decidió esperar antes de lanzarse a mandar currículos a destajo aunque, en ese caso, había aceptado ir por deferencia.
Vi nunca había sido mala estudiante; sin embargo, a los diecinueve años había decidido abandonar los estudios por amor.
II
Durante tres años (que entonces le parecían irreales), había compartido su vida con Manuel, de treinta y siete. Era todo un triunfador: buen trabajo, guapo y con don de gentes... el típico hombre que cualquier madre desearía para su hija. Pero, como todo en la vida, Manuel no era perfecto: tenía un defecto muy grave, que ella no había sabido ver entonces. A su edad, y dada su escasa experienciaen relaciones sentimentales, no calculó las consecuencias que acarrearía aquella relación, pero ¿quién, a edades tempranas, no ha cometido algún error?
Detrás de la simpatía y educación con que Manuel trataba a quienes lo conocían, se escondía un hombre posesivo, machista y controlador. Violeta no había sabido identificar esas conductas; las confundía con la virtud de amar sin condición y con la protección sana de la pareja. Manuel opinaba que, para trabajar, estaba él: ganaba buen dinero, y su trabajo le permitía mantenerla a cuerpo de reina. Así, ella se dejaba querer; nadie de su entorno sabía qué la había motivado a salir con «El Abuelo» (como lo apodaban sus amigos).
Manuel era un soltero empedernido, caprichoso y bastante infantil (por eso siempre se fijaba en mujeres más jóvenes que él); no admitía un no por respuesta. Era un hombre de negocios que, con sabiduría, utilizaba su poder de persuasión. La idea del matrimonio no entraba en sus planes, pero tampoco estaba cómodo en soledad; en ese punto de su vida estaba cuando se topó con Vi.
Algunos sábados, ella salía con sus amigos a bailar y a tomar algo; fue en uno de aquellos garitos de Malasaña donde conoció a Manuel, que no tardó en acercarse y en conseguir una cita para el día siguiente. No tuvo dificultad en encandilar a una muchacha tan joven: la invitó a cenar en un buen restaurante de moda y, tras varias copas en un bar cercano, acabaron en su apartamento. Su piso estaba ubicado en el barrio madrileño de Chamberí; estaba reformado con un estilo moderno y funcional. La fachada del edificio, señorial y elegante, tenía un ascensor antiguo que contrastaba con la decoración minimalista de su vivienda. Ella vivía en un piso pequeño, aunque acogedor, de un barrio de la periferia, junto a sus padres y a sus hermanos. De repente, se sintió como la protagonista de un cuento de hadas.
No tenía intención de tener sexo con ese hombre en su primera cita; nunca había llegado tan lejos con ningún chico. No era unamojigata, ni tampoco tenía miedo a las relaciones, pero pensaba que no había llegado su momento. Había aceptado su invitación sin expectativas pero, entre que no estaba acostumbrada a beber y que la noche resultaba ser la más emocionante de su vida, cuando Manuel comenzó a besarla, pensó que, después de todo, sí era el hombre adecuado.
Como en un romántico sueño, la cogió en brazos, la llevó hasta la habitación y la desnudó. Sintió pudor e intentó taparse los pechos con sus manos, pero debía tener en cuenta que no estaba con un niño. Aunque le daba infinita vergüenza, decidió dejarse llevar y entregar su primera vez a ese hombre. Ella creía que sería inolvidable; sus esquemas sobre esa «romántica» primera vez se desplomaron como un edificio que colapsa. De hecho, esperaba que se borrara pronto de su memoria; no había sido como se lo habían descrito sus amigas: le dolió mucho y no sintió placer alguno. La delicadeza que esperaba por su parte brilló por su ausencia, y tampoco parecía importarle el hecho de que fuera virgen (a pesar de que se lo había dejado claro). Como no tenía con qué compararlo, llegó a la conclusión de que algo había hecho mal para no disfrutar del sexo; pero, como él se mostraba contento, se tranquilizó al ver que al menos uno sí se lo había pasado bien.
Aquel fue el punto de partida de una relación en la que Manuel llevaba la voz cantante y Vi se limitaba a seguir sus pasos; ingenua, pensaba que la quería y que siempre estaría ahí para cuidarla. Poco después, la invitó a mudarse a su apartamento; le prometió que a su lado iba a tener una vida plena, que él la haría feliz. No se lo pensó, y aceptó de inmediato: para ella, era una prueba de que la amaba, a pesar de que no era un hombre tierno. Dejó todo, y a todos, atrás para correr hacia el amor de su vida; el sacrificio de dejar de lado sus estudios, a sus amigos y hacer caso omiso a las advertencias de su madre con retirarle la palabra le parecía insignificante en comparación con la gran suerte que tenía de que un hombre como Manuel desease estar con ella.
Pasados tres años de una relación agotada nada más empezar (basada en el miedo, en la indiferencia y en lo material), después de gritos y peleas, después de humillaciones, se vio en la calle con una carta en la mano. Una mañana, Vi encontró una nota en la almohada escrita por él:
Muñeca, ha sido bonito mientras ha durado, pero estarás de acuerdoconmigo en que hace mucho que no estamos bien; busco a una mujer queesté a mi lado sin condiciones y tú cada vez estás más arisca y protestona.Nunca te prometí nada, y menos te he dicho que lo nuestro duraría siempre. Espero que salgas hoy mismo de casa, que te lleves todas tus cosas y,sin dramas, nos vayamos cada uno por nuestro lado.
Como me considero generoso, te dejo un cheque para ti con sesenta mileuros, que creo que es una cifra suficiente para que empieces una nuevaetapa de tu vida. Este dinero también te lo doy para que no vuelvas a llamarme y para que sigas tu camino.
Esta ha sido una lección de vida para ti.
Al leer el papel, se dio media vuelta en la cama, cerró los ojos y sonrió. La pesadilla terminaba por fin: tres años de encierro en una jaula de oro; tres años de los que ella pensaba que iban a ser los primeros de muchos, en los que no había reunido la energía (ni la valentía) de terminar con su relación. Tres años de ostracismo, de no hacer nada productivo; solo había aprendido a maquillarse y a vestirse para asistir a fiestas, y también a comportarse como una perfecta acompañante... y quizá, sin darse cuenta, eso era lo que había sido para Manuel: la acompañante de un hombre de negocios y triunfador, con una mujer guapa, solícita y envidiable a su lado.
Durante esos años, Vi había tratado de convencer a Manuel de que le permitiera seguir con su carrera, para que la dejara retomar la relación con sus amigos y volver a la vida sencilla que ella teníaantes de conocerlo. Pero él se negaba y solía convencerla con chantajes emocionales que, al final, acababan funcionando. Él no quería complicarse la vida y, cuanto más aislada de su entorno estuviera, mejor.
Cuando pensaba en su relación desde la distancia, si era honesta consigo misma, debía reconocer que también se había acomodado a vivir sin riesgos, con todas las comodidades, los lujos y los caprichos. Se había acostumbrado a dejar pasar la vida y a dejar pasar el tiempo entre gimnasios, viajes, clases de yoga y fiestas.
III
Todos esos recuerdos lejanos, indiferentes y casi irreales, que volvían a Vi después de tanto tiempo, tenían un porqué: Manuel Tobar era Director de Operaciones Financieras para Europa en FYR, la empresa donde esa mañana debía encontrarse con Lucas Álvarez. En cualquier caso, esa circunstancia no la amedrentaba; después de todo, habían sido ellos los que la habían llamado. Lo menos que podía hacer era ir a ver quién les había hablado de ella.
Se duchó y se maquilló con tonos neutros; como quería reflejar seriedad y discreción, optó por vestir un traje de chaqueta pantalón color berenjena, con una blusa crema muy favorecedora. Botines de tacón con plataforma negros, abrigo y bolso a juego. Un pañuelo al cuello del color de la blusa le daba el broche final al conjunto.
Durante el tiempo en que convivió con Manuel, aprendió a arreglarse y a elegir el look más idóneo; cualquiera podía tener un buen fondo de armario con dinero, pero no todo el mundo sabía sacarle partido. Le vino a la memoria la imagen de Mercedes, una amiga de esa época, novia de un colega de Manuel, del que no recordaba su nombre.
Mercedes era para su pareja lo que ella era para Manuel; Mercedes, aunque disponía de más dinero, era pésima para conjuntar ropa o para elegir la sombra de ojos que mejor le sentaba. Había sido lo más parecido a una amiga durante esos tres años: eran confidentes y compañeras de gimnasio, de compras y de almuerzos. Pero, cuando le pidió ayuda al salir de casa de Manuel, solo había obtenido indiferencia por su parte.
La idea de volver a ver a Manuel la trasladaba a situaciones olvidadas, que había guardado en un cajón de su memoria, y que llamaba el cajón de mierda.
Esa mañana no había ido a trabajar; para acudir tranquila a su cita, Julia (su jefa, amiga, y propietaria de la perfumería en la que trabajaba) le había dado el día libre.
IV
La sede de FYR era, de las cuatro torres de la Castellana, la más imponente; llegó pronto para presentarse a la reunión, y decidió desayunar en una cafetería, al lado de la puerta principal del edificio. El establecimiento estaba casi vacío; enseguida pidió un descafeinado de sobre con leche. El camarero era un tipo muy guapo, moreno y alto, con un buen culo; Vi recordó (y se reprochó a partes iguales) que no había vuelto a estar con un hombre desde Manuel. Su descaro al mirar ese apetecible trasero la ruborizó; con discreción, inspeccionó a su alrededor, por si alguien se había dado cuenta de esa mirada furtiva, pero los pocos clientes que estaban a esa hora en el establecimiento estaban en lo suyo. A pesar de eso, el rojo de sus mejillas fue en aumento cuando el camarero se acercó para preguntarle si quería algo más.
—Hola, soy José Luis, bienvenida a mi cafetería, no te conozco, ¿trabajas aquí?
—Me llamo Vi... Violeta, y no, de momento no; pero voy a ver qué hay para mí: tengo una reunión ahora, ¿tienes fichados a todos los que trabajan en FYR?
—¡Ja, ja!, pues me atrevería decir casi que sí. Has venido a la hora adecuada; a las once y media, se llena y no te habría conocido. Espero que tengas suerte y que vuelvas todos los días a tomar café, estás invitada.
José Luis se fue a atender a otros clientes, y ella se volvió a deleitar con el final de su espalda; después miró su reloj y se encaminó a su cita mientras dirigía una cordial despedida al camarero.
Era la primera vez que entraba en el edificio (nunca había tenido una razón para hacerlo), pero sí lo había visto desde fuera en infinidad de ocasiones; según avanzaba hacia la puerta, parecía que el coloso se le echaba encima; era intimidante y magnífico. Siempre había sentido curiosidad por verlo por dentro; el vestíbulo del edificio era enorme: de techos altos, con largas lámparas suspendidas de unas enormes vigas. Dos personas atendían en la recepción situada en el centro, con orden y sin voces. Aunque había mucha gente, los decibelios eran bajos, y se respiraba un aire educado y paciente; las personas conversaban en pequeños grupos, o estaban sentados mientras esperaban. Todo era muy comedido.
Vi dio su nombre al recepcionista; subió a la planta diecisiete tras haber pasado un control y haber exhibido un pase de visitante en la solapa. El ascenso en el elevador fue breve, aunque intenso: tras un cristal, que mostraba a sus pies la ciudad, podía ver todo Madrid al tomar altura; un regalo para la vista.
Salió frente al despacho de Lucas Álvarez Prim; una señora de mediana edad, con un peinado algo pasado de moda, esbozaba una gran sonrisa a modo de recibimiento.
—Soy la señora Gálvez, y usted debe ser Violeta Pérez Soto.
—Así es, encantada.
—Por favor, siéntese ahí; ahora mismo aviso a Don Lucas. —Entró al despacho de su jefe y en menos de medio minuto le daba paso.
Cuando Vi levantó la mirada y se encontró con esa cara, de sobra conocida (aunque sepultada en lo más profundo de sus recuerdos), dio un traspié, que casi la hizo perder el equilibrio: de repente, le vino todo a la memoria.
V
La pareja llevaba un año de convivencia; una tarde, él celebraba su reciente ascenso con unos compañeros de la oficina. Sin embargo, esa noche tenían una reserva desde hacía un mes para cenar en un nuevo restaurante de un chef que estaba muy de moda. Manuel le prometió que volvería a tiempo.
Para la ocasión, se había decidido por un vestido muy sexy y atrevido, porque también estrenaba look: esa mañana había ido a la peluquería para raparse su mata de pelo y donarla para la confección de pelucas, destinadas a enfermas de cáncer. Quería sorprenderlo, y también provocarlo; la pasada noche habían tenido una discusión, y se quería reconciliar con él.
Pero él no apareció hasta las cuatro de la madrugada, borracho y puesto de algo más. Un compañero y amigo lo acompañó a casa; lo arrastró inconsciente a la habitación y allí encontró a Vi dormida, aún con el vestido de la cena puesto: se había bebido una botella de cava y estaba sobre la cama, aburrida de esperar a su novio.
El compañero depositó a Manuel en el suelo, y comprobó que estaba bien dormido; entonces, se acercó con sigilo a la muchacha y la empezó a oler, desde el cuello hasta su entrepierna. Comenzó a tocarla, a chuparla y a excitarse. Ella sintió una presencia muy cerca y abrió los ojos; se dio cuenta de lo que estaba pasando y quiso gritar, pero no podía: aquel desconocido la tapaba la boca con una manoy, con la otra, le rompía el vestido y dejaba sus pechos al aire mientras intentaba abrirle las piernas. Su resistencia lo enervaba más, y multiplicó sus fuerzas. Así conseguía mantenerla sujeta. La joven no podía más que llorar en silencio de rabia y de dolor al sentir las acometidas de su agresor. Cerró los ojos y trató de no sentir; intentó no respirar; procuró olvidar cada embestida de aquel animal tras haberla sentido. Cerró sus oídos para no escuchar esos repugnantes jadeos, tan pegados a su rostro; en esos instantes tan duros, salió de su cuerpo e, impotente, selló su mente, hasta que todo acabó. Entonces se sintió pringosa, sucia y despreciable.
Al día siguiente, después de haber estado bajo el chorro reparador de la ducha más de una hora, consiguió levantarse; le dolía el cuerpo, pero trató de hablar con Manuel para que le dijera quién era ese tipo al que había dejado entrar, y denunciarlo. Esperaba que la abrazara, que la reconfortara, que la vengara; quería que se indignara por el daño que ese bastardo le había originado y la humillación a la que había sido sometida. Necesitaba su apoyo, su comprensión y su respeto, que el hombre con el que convivía, el que le había prometido que la protegería, le demostrara que era así. Esperó paciente a que despertara de la borrachera y a saber qué más; después, esperó a que desayunara, a que se duchara y, entonces, él la miró por primera vez en lo que iba de día. De repente, estalló en una gran carcajada, pero su expresión pronto cambió y dejó patente su perplejidad y su enfado: «¡Qué coño has hecho con tu pelo! Pensé de primeras que era una peluca y que me estabas tomando el pelo, pero veo que no... ¿por qué?, ¿por qué mierda has hecho esta gilipollez?, ¿es que no sabes que adoro tu pelo? ¡Estás ridícula! No puedo ni mirarte ¡Joder! ¡Vete de mi vista!».
Ni siquiera le dio la oportunidad de abrir la boca; lo intentó en varias ocasiones, pero estaba agotada y humillada. El acto absurdo de rebeldía de cortarse el pelo se había transformado en un drama; fue en aquel instante cuando Vi descubrió el verdadero carácterde su novio y cuando entendió que no podía contar con él. En la cocina del apartamento, después de que un desconocido la había violado, se daba cuenta de que solo era una sombra. Decidió no contar a nadie, incluida su pareja, lo ocurrido esa noche y, tal como había hecho mientras era violada, enterró (en su cajón de mierda) los sentimientos que la atormentaban ese oscuro día. De esa manera, afrontó su relación como algo irremediable; después de todo aquello, perdió la poca autoestima que aún le quedaba.
VI
Sin haberlo pretendido, se encontraba frente a su violador; sintió un dolor tan intenso como el de aquella lejana noche. Creía haberlo enterrado tan hondo que pensaba que tan solo había sido un mal sueño. Cuando el señor Álvarez Prim se levantó de su mesa para recibir a la recién licenciada, se topó con una mujer muy seria, muy guapa y elegante, pero con un semblante contrariado y con una lividez preocupante.
—¿Se encuentra usted bien?, ¿necesita que mi secretaria le traiga algo, un vaso de agua quizá? —preguntó Lucas, preocupado y solícito.
Vi se recompuso de inmediato: en una fracción de segundo, los recuerdos que tenía enterrados en su memoria afloraban a la superficie y le causaban un gran dolor; gracias a su autocontrol, apenas se le había notado.
—Aceptaré ese vaso de agua; parece que la subida tan rápida del ascensor me ha sentado un poco mal. Ya estoy mejor, muchas gracias.
La señora Gálvez volvió con una botella pequeña de agua y con un vaso para la joven; Lucas tomó asiento, y la invitó a hacer lo mismo.
—En primer lugar, le agradezco su presencia y pido disculpas por lo precipitado de la reunión. Imagino que tendrá preguntas que hacerme, pero deje que le explique el motivo de nuestro interés en usted.
—Soy toda oídos —aseguró Vi, en un tono de voz neutro y con una fingida, pero eficaz sonrisa.
—Aunque usted no lo sabe, tenemos un amigo en común que la tiene en una alta estima; estoy hablando, por supuesto, del profesor Ordóñez. —Vi levantó las cejas y suavizó su semblante; le costaba trabajo concentrarse. No entendía cómo aquel ser hablaba con esa parsimonia y no se daba cuenta de que, hacía casi ocho años, había baboseado y jadeado sobre ella. Ya tendría tiempo de procesar todo aquello; lo mejor era continuar la reunión y acabar cuanto antes. Después, con calma, ya afrontaría las consecuencias de que su «cajón» estuviera abierto de par en par—. Lo que quiero que comprenda —continuó Lucas— es que esta no es una entrevista de trabajo como tal; el profesor me ha hablado mucho de su valía y ha defendido, con vehemencia, que forme parte de la plantilla de FYR. Insiste en que es usted brillante, con ideas muy valientes y originales. Me consta que ha terminado la carrera hace seis meses y que no ha buscado, de forma activa, un trabajo en el ámbito financiero, a pesar de que su expediente es impecable. Además, sé que ha aportado soluciones atrevidas y frescas a varios proyectos en los que ha colaborado con el profesor. Si usted está de acuerdo, le ofrezco formar parte de la familia de FYR.
—Me siento abrumada... yo... —No sabía qué decir, no podía pensar con claridad.
—Por supuesto, no me tiene que contestar ahora mismo; entiendo que desee estudiar la oferta. —Ese hombre no paraba de hablar, y su cabeza no paraba de dar vueltas a lo mismo: estaba frente a su violador—. El profesor me ha avisado que es usted muy concienzuda; me consta que la conoce bien. Me ha advertido de quetiene un carácter independiente. Bueno, al grano: le ofrezco un contrato base, en el que se pueden quitar y añadir clausulas, según lo negociemos; FYR está abierta a cualquier sugerencia razonable.
Lucas le ofreció una copia del contrato con su nombre; le echó un somero vistazo y acertó a ver el sueldo: era muy difícil de rechazar. Vi lo leyó rápido; no se quería extender mucho tiempo (no podía). La costaba concentrarse; todo aquello la sobrepasaba, y necesitaba salir de aquel lugar. Aun así, mantuvo la entereza e hizo de tripas corazón por respeto a su profesor.
—Es verdad que todavía no he buscado trabajo relacionado con mis estudios; quería poner en orden mis ideas y valorar con detenimiento en qué tipo de empresa puedo, o deseo, encajar. Sé que Ordóñez tenía pensado recomendarme a varias empresas (me lo decía con frecuencia), pero debo decir que no pensaba que lo hiciera sin avisar. En cualquier caso, le estoy muy agradecida y valoraré esta oferta; en breve, recibirá noticias mías.
Lucas reflejó un gesto en su rostro, mezcla de decepción y de contrariedad; la situación que tenía en mente de ese encuentro era otra muy distinta. Él esperaba que fuera agradecida y solícita; sin embargo, encontró a una mujer segura de sí misma, que no había mostrado el más mínimo entusiasmo por la generosa oferta que le había acabado de hacer; al contrario: parecía que lo había despreciado, a juzgar por cómo la había cogido de la mesa con dos dedos.
Entonces recordó las palabras de su profesor: «La señorita Pérez es toda una mujer: nunca pierde el control de la situación, pero lo hace de una manera tal que no te das cuenta, hasta que ya es tarde». Y tenía razón.
Vi se levantó, y al instante lo hizo un perplejo Lucas que, al mismo tiempo, extendía su mano a modo de saludo de despedida (no estaba seguro de lo que acababa de pasar en su despacho). La sola idea de volver a tocar esa mano, que había estado metida en su sexo a la fuerza, le revolvía el estómago; pero, una vez más, tomabael control y, mientras devolvía el saludo, se fue con un simple «Adiós» y «Gracias».
Al salir del despacho, preguntó a la secretaria dónde se encontraba el baño; apenas le había dado tiempo a llegar cuando una arcada de asco le devolvía el café a la boca. Se recompuso y se enjuagó; no tenía mal aspecto cuando se miró al espejo. Así, salió a paso acelerado de esa planta. La sensación al bajar no era la misma que al subir. Aunque el espectáculo era similar al de antes, en ese momento no veía nada; necesitaba salir y no tuvo la sensación de volver a respirar, hasta que no salió del vestíbulo para alejarse, casi a la carrera, y dejar esa gran torre a su espalda.
Poco a poco fue recobrando la serenidad. Los recuerdos terribles, que volvieron de repente a su mente con la fuerza de un piano al caer desde un sexto piso, iban cediendo protagonismo a lo acontecido durante esos últimos cuarenta y cinco minutos.
Necesitaba pensar y reflexionar; si aceptaba, podría terminar trabajando codo con codo con Manuel y con su violador. El paseo por La Castellana la estaba serenando, y eso le permitía ordenar su mente tras el fuerte varapalo recibido. Durante los últimos años, desde que se había enfrentado sola a la vida, sabía que debía relativizar los dramas, las situaciones difíciles y las elecciones personales; las experiencias del día a día le habían enseñado a tener paciencia, a confiar en su instinto y a vencer el miedo.
VII
A raíz de que Vi había salido aquella mañana de la calle Fortuny para no volver, comenzó a buscar trabajo; a pesar de que Manuel le había dejado una buena cantidad de dinero, ella era orgullosa, e intentó valerse por sí misma, desde el primer momento. Su prioridad era encontrar un lugar donde vivir; salió del centro de la ciudad, ydio con un apartamento que se alquilaba por días en la zona de la puerta de Toledo. Sabía que solo era una solución temporal; cuando encontrara trabajo, podría optar por algo más definitivo.
Se inquietó porque nunca había trabajado; pero también porque había abandonado sus estudios hacía más de tres años. Tenía casi veintitrés, y ninguna experiencia laboral; además, sin título alguno que la avalara, la cosa no pintaba demasiado bien. Pensaba que, cuando la vida la ponía en una situación así, tenía dos formas de afrontarla: una, no haciendo nada y otra, avanzando sin lamentaciones.
Avanzó sin fatiga, con dedicación y tenacidad y, tras varias semanas de búsqueda infructuosa, descubrió un anuncio en el que necesitaban dependienta para atender una perfumería en el barrio de Salamanca. Sin pensarlo dos veces, llamó (con esperanza), aunque preparada para recibir cualquier excusa para dar por terminada la entrevista antes de tiempo: era habitual que, cuando decía que carecía de experiencia, la finalizasen de manera abrupta. La sorpresa fue mayúscula cuando consiguió concertar una reunión para esa tarde; casi no lo podía creer.
Su inseguridad era evidente: estaba muy nerviosa. Le pesaban los años que había dejado pasar mientras acumulaba modelitos y todos los días eran fiesta; por tanto, ¿qué podía ofrecer? Y eso mismo le preguntó Julia después de las presentaciones.
—¿Que qué puedo ofrecer?... —Vi reflexionó durante un momento; primero miró al suelo y luego se dirigió a Julia—... pues puedo ofrecer ganas de trabajar y de aprender; aunque es cierto que no tengo experiencia laboral de ningún tipo, puedo aportar la mía personal: he vivido varios años en un ambiente similar al de sus clientes y puedo aventurarme a decir que sé cómo piensan, y que sé lo que necesitan. —La muchacha estaba improvisando (tampoco tenía nada que perder), pero parecía que funcionaba, porque aún no la habían invitado a irse—. Sé que puedo aportar mucho alnegocio; a costa de parecer descarada u osada, estoy dispuesta a hacer una demostración ahora mismo, si me permite.
—¿Una demostración de qué tipo?
—La maquillaré y la recomendaré el perfume que encaje con usted.
—¿En serio?, ¡qué divertido! Has despertado mi interés; deja que cierre la tienda, que ya es la hora, y nos ponemos manos a la obra.
Vi había observado a Julia con discreción mientras la entrevistaba: su manera de moverse, de hablar y de actuar. Era una mujer muy guapa, rubia natural, con reflejos que le aclaraban el pelo y con una melena lisa por debajo de las orejas. Tenía una piel madura de cuarenta y dos años bien cuidada, pero con falta de luz y con exceso de brillo; era muy delgada y algo más alta que Vi. En líneas generales, se podría decir que Julia era una mujer muy atractiva, pero con un toque aquí y otro allá podía mejorar. Sabía que se jugaba el puesto y que era su oportunidad para demostrar que no había desperdiciado del todo los años transcurridos con Manuel.
La desmaquilló y buscó, en la perfumería, los elementos necesarios para trabajar. Mientras aplicaba la base, recordó a Mercedes, a la que usaba como conejillo de indias (y no era la única); por eso estaba acostumbrada a maquillar a otras mujeres. Al finalizar, Julia se contempló en el espejo y analizó el resultado; sonrió y felicitó a Vi: estaba más que satisfecha y sorprendida. Su primera impresión al verla se vio confirmada después de eso; desde el primer momento le había caído bien: era la chica que buscaba para su tienda. Ese sería el principio de una amistad, que seguía hasta la actualidad.
—¡No me digas más!: estás contratada, si estás de acuerdo con las condiciones. —Julia aplaudió encantada.
El recuerdo de aquel día la volvió a poner los pies en la tierra; aquellas semanas fueron complicadas, pero consiguió seguir adelante, encontrar su lugar en el mundo y, más tarde, terminar los estudios. Se demostró a sí misma que tenía más fuerza de la que creía y, a partir de entonces, cuando aparecía un conflicto ante ella, rememoraba esos momentos, que la ayudaban a tomar impulso de nuevo.
Al llegar a Nuevos Ministerios, cogió un taxi porque la dolían los pies; además, necesitaba quitarse la ropa y meterse una ducha para eliminar la sensación de asco que, como una calcomanía, se había quedado pegada a su mano.
Seguía conmocionada; repasaba, minuto a minuto, la conversación mantenida con Lucas. Todavía no podía creer que ese tipo despreciable no la recordara. Podría haber disimulado; claro que tendría que ser un gran actor, puesto que no había conseguido atisbar una sola señal que la llevara a creer lo contrario. Lo más fácil era pensar que no: nunca se habían vuelto a encontrar y, antes de lo sucedido, tampoco se habían visto; ella era más joven y, para colmo, el pelo lo llevaba cortado, lo que cambiaba mucho su aspecto. Quizá era cierto: no tenía ni idea de quién era.
Aunque sin apetito, se obligó a comer una pulga con jamón york, mientras tecleaba en la tableta el nombre de Lucas Álvarez Prim. Al instante, la pantalla ofreció numerosas entradas relacionadas con él: cuarenta y nueve años, de buena familia de Badajoz, dedicada a la venta y alquiler de maquinaria agrícola; casado desde hacía quince años, con tres hijas nacidas muy seguidas. Sacó, con buen expediente, la carrera de Económicas y, en la actualidad, estaba desempeñando el puesto de director de Recursos Humanos en FYR. No podía creer que ese hombre tuviera tres hijas, que estuviera casado y, al mismo tiempo, que guardara un secreto tan oscuro y tan vil.
Desde el día en que salió de su casa, no había querido saber nada de Manuel; algo la impulsó a buscar también su nombre en internet: tenía cuarenta y siete años; seguía soltero, a pesar de que había tenido varias relaciones conocidas. Aparecían muchas fotos suyas; el tiempo no lo había tratado bien, cosa que a Vi le arrancó un gesto parecido a una sonrisa. En las fotos aparecía solo, vestido con trajes impecables que, a duras penas, disimulaban una tripa demasiado evidente; se lo podía ver también en fotografías corporativas y, en otras, posaba con una chica pelirroja, muy guapa y mucho más joven que él. Seguía coleccionando jovencitas; había cosas que nunca iban a cambiar.
Qué ingenua había sido... pero aquello era el pasado. Los lamentos y los arrepentimientos no servían de nada; se quedaba con la lección de vida y con la idea de que aquella época no había sido del todo inútil. Vi cometía errores con frecuencia (algunos graves) pero, de la misma manera, tenía ágil la cintura para levantarse y continuar adelante. Sin darse cuenta, mientras leía las noticias referentes a Manuel, se acariciaba la parte interna de su muñeca izquierda en la que tenía tatuada la silueta de un leopardo, su animal favorito y al que desearía parecerse.
Imprimió la información que había podido encontrar relativa a FYR; no creía encajar en una empresa con una filosofía de negocio así. No se sentía cómoda en una multinacional, ni estaba acostumbrada a un ritmo tan exigente de trabajo. En El Arte Del Perfume, ella sí formaba parte del negocio pero, en una compañía como FYR, iba a ser un número más.
Cogió el contrato que Lucas le había ofrecido; tocarlo aún le causaba repulsión, porque sabía que antes había pasado por sus manos. Pero, como era una mujer racional, dejó de lado sus prejuicios y lo estudió con atención; se había instalado una coraza que la protegía de pensamientos que la pudieran herir.
Debía reconocer que la propuesta era excelente: un sueldo que no se podría imaginar trabajando en la perfumería; un coche deempresa; derechos sobre casas de vacaciones en varios puntos de España y en parte de Europa. Por supuesto, ordenador y conexión a internet en casa de alta seguridad, para que pudiera teletrabajar. No se especificaba un número de horas mínimas semanales; se regía por objetivos. Era una propuesta muy atractiva y difícil de rechazar. Le tocaba pensar si era eso lo que buscaba.
En la perfumería trabajaba cómoda; se movía como pez en el agua y, desde que había llegado, la tienda había experimentado una subida de beneficios, gracias a las ideas innovadoras, y un tanto atrevidas, que habían puesto en marcha con el consentimiento de una encantada Julia. Vi había observado, casi desde el principio, que la media de edad de las clientas era alta. En su mayoría, eran señoras elegantes, educadas y muy agradables; esposas de altos ejecutivos, embajadores y grandes empresarios.
Algunas de esas mujeres, que gozaban de medios ilimitados, carecían de asesores que las ayudaran a mejorar su aspecto; no es que este fuera malo, pero siempre era mejorable (como en el caso de Julia). Vi supo identificar aquella carencia y, teniendo en cuenta que se había movido por aquel mundo, puso en marcha un gabinete de asesoramiento integral para eventos especiales. Tanto aconsejaba sobre maquillaje como daba consejos de moda, de perfumes o de peinados; incluso, a veces, ejercía de psicóloga. Pronto, el boca a boca empezó a funcionar, y fueron muchas señoras las que se hicieron clientas fijas de El Arte del Perfume.
Comprendía bien a esas señoras, porque ella, en más de una ocasión, también había sentido esa soledad que muchas no podían disimular; comprendía la vergüenza de algunas al saberse engañadas, abandonadas o ignoradas por sus maridos. Acudían también emprendedoras y damas de carácter fuerte, que necesitaban ayuda para suavizar sus aristas; Vi las aconsejaba para que fueran capaces de dejarse enamorar.
En definitiva, después de un año desde que había comenzado a trabajar con Julia, además de haber florecido una bonita y sólidaamistad entre las dos, había florecido un negocio que, si bien funcionaba con más o menos éxito, a partir de entonces, había experimentado una importante subida. Lo dirigieron a mujeres que quisieran o necesitaran dar un giro a su vida; muchas señoras recuperaron la confianza; otras dieron el paso hacia relaciones menos convencionales; y alguna había conseguido reunir la fuerza suficiente para comenzar una nueva etapa. Vi siempre había defendido que el aspecto personal, si bien no era lo más importante, sí podía aportar seguridad para afrontar las vicisitudes de la vida.
Desde esa perspectiva, volvió a leer la propuesta de Lucas, y confirmó que no era eso lo que buscaba, y menos en la empresa donde dos de los hombres que más daño le habían hecho iban a estar por encima de ella.
IX
Violeta tenía ciertas ambiciones; le gustaba vivir bien y trabajaba duro para conseguirlo: viajaba siempre que podía, realizaba cursos de fotografía y gozaba de pequeños placeres, como saborear buenos vinos. Siempre que disponía del suficiente tiempo, practicaba el turismo rural y el senderismo, otras de sus aficiones favoritas. Aunque iba a ganar mucho más dinero si trabajaba en FYR, sabía que no iba a encajar; estaba segura de que hubiera encontrado trabajo nada más terminar la tesis en alguna compañía del sector (su expediente la avalaba), pero había preferido dejar pasar el tiempo antes de buscar de manera activa otro empleo. Sin embargo, no había contado con la impaciencia de su viejo y querido profesor.
Estuvo toda la tarde resguardada en casa, sin ganas de hablar con nadie, a pesar de que había recibido varias llamadas; pero muchos sentimientos y recuerdos, que creía enterrados, habían aflorado a la superficie, y se estaba dando cuenta de que no era así.
Ni siquiera estaban bajo control. Necesitaba tomarse su tiempo para meditar y dejar las cosas como estaban antes del fatídico encuentro de esa mañana.
Llegó la noche, y puso el despertador para el día siguiente; echó un vistazo a los mensajes, para ver si alguno era importante y comprobó que Julia le había escrito, que le preguntaba cómo había ido la entrevista. Fue el único que contestó por deferencia, con un escueto «Ya te cuento mañana». Se metió en la cama y se puso a ver una serie en la tablet, mientras vapeaba marihuana (su placer secreto), que solo compartía con Julia, en alguna ocasión, cuando cenaban en su casa.
Junto a ella, las veladas eran largas y divertidas; podían hablar hasta la madrugada. Sabían todo la una de la otra, y lo mejor era que nunca se juzgaban; la tolerancia era total. Bueno, todo no: el capítulo secreto que había vuelto a su vida hacía apenas unas horas no lo conocía nadie, ni tampoco Julia. Lo había mantenido a raya durante años en lo más recóndito de su mente; nunca había creído necesario sacarlo a la luz, ¿para qué? Pero, en ese momento, después de lo mal que se había sentido al volver a ver a ese hombre, era consciente de que tal vez sí lo necesitaba (más de lo que ella pensaba).
X
Al día siguiente, llegó a la perfumería con un aire renovado; a pesar de que había dormido y descansado, al abrir los ojos, las imágenes del día anterior se instalaron otra vez en su mente. Ya no le taladraban el cerebro: era un día más, que le planteaba otra encrucijada; Vi debía tomar decisiones, y estaba preparada.
Una idea iba tomando forma en su imaginación; una idea un tanto arriesgada. «Pero el que no arriesga no gana», se decía con frecuencia. Se trataba de un proyecto que la rondaba desde hacía tiempo, peroque iba a plantear a Julia ese mismo día; habían quedado para comer juntas en un pequeño y típico restaurante, llamado El Ingenio, situado en la calle Leganitos, que a ambas les encantaba por la calidad de sus carnes y por los espárragos de temporada.
Trabajaron hasta el mediodía en el local; apenas habían tenido un minuto para hablar de la reunión del día anterior. Julia estaba impaciente por saber cómo le había ido (era una mujer muy curiosa). Existía la posibilidad de que Vi se fuera a trabajar a otro sitio (para eso había estudiado y sacado unas notas extraordinarias), pero a ella le asustaba la idea de quedarse otra vez sola al frente del negocio que, con tanto éxito, habían hecho resurgir desde que su amiga había aparecido en escena. Estaba ansiosa por hablar sin interrupciones con ella.
Por fin llegaron al restaurante; mientras comían, Vi le resumió lo acontecido el día anterior. Por supuesto, omitió ciertos detalles, que en ese momento no venían al caso; el detalle que no omitió fue el del camarero de la cafetería que le había servido el café. Eso despertó las risas cómplices de ambas, aunque Vi sabía de sobra que esos no eran los culos que a Julia la interesaban. Hablaron, además, de las condiciones de la oferta y de por qué FYR tenía sus referencias.
—¿Y qué vas a hacer? La verdad es que tienes una oportunidad única; después de todo, te has preparado para eso, ¿no?
—Lo voy a rechazar —contestó decidida, con un semblante serio, mientras miraba a ningún lugar en concreto; a Julia, esa reacción no le pasó desapercibida. Permanecieron varios minutos en silencio. Las dos mujeres se conocían muy bien, y Julia sabía que debía dejar tiempo a Vi para que siguiera con su explicación.
—Hay cosas que no sabes y, si no te doy toda la información, es posible que no comprendas mis razones. Me gustaría contarte algo, una cosa que no he contado nunca a nadie. Se trata de algo que me ocurrió hace tiempo; aún estaba con Manuel, pero no me apetececontarlo aquí. Prefiero hacerlo en mi casa, cuando estemos tranquilas y sin prisas.
Julia frunció el ceño; imaginó que sería algo fuerte. Solo tenía que ver su cara: taciturna, triste y apagada. Debía ser algo muy serio y respetó sus deseos... faltaría más... Su amiga era una de las personas más importantes de su vida; le estaba muy agradecida, y podía contar con su apoyo incondicional.
—Entonces, esta noche me acerco a tu casa; yo me ocupo del vino y del postre.
—Esta noche en mi casa, de acuerdo. Te lo contaré todo y más, porque también te quiero plantear algo. —Vi se recompuso y, de repente, la luz volvió a sus ojos, como si no hubiera pasado nada.
XI
Julia se presentó pasadas las nueve con dos botellas de vino de un Syrah del 2016, que les encantaba; intuía que lo que iban a hablar esa noche sería crucial para ambas. La ocasión lo merecía.
—Bueno, niña, me tienes en ascuas, ¿qué es eso que me querías contar?, ¿o te has arrepentido?
—¡No, qué va! Es un tema del que no me gusta hablar; no me siento orgullosa, pero necesito contártelo para que comprendas las razones por las que rechazo el empleo.
Vi comenzó su relato, mientras Julia servía vino en dos copas grandes de buen cristal. Habló de cuándo había conocido a Manuel, de su inexperiencia en el sexo, de cómo se había dejado cautivar por un misógino machista y desaprensivo. Julia conocía la historia descafeinada de esa relación; su amiga no había profundizado en ella; por eso había pensado que era una historia de amor fracasado más: chico conoce a chica y se enamoran, pero no sale bien.
Mientras escuchaba a su colega, se daba cuenta de que Vi había sido una mujer objeto, controlada y manipulada, aunque no maltratada físicamente. Describió a Manuel como un hombre sin sentimientos e inmaduro, con tanto dinero que pensaba que podía hacer cualquier cosa, como despreciar a la mujer con la que salía. Creía que se merecía a la más guapa y a la más joven, pero sin ofrecer compromiso alguno. Parecía mentira que, con el carácter de su amiga, hubiera aguantado esa situación; pero, en esa época, Vi era otra mujer o, más bien, era una niña manipulable, con la autoestima deteriorada, que pensaba que solo se merecía a ese hombre, sin cuestionarse que quizá era él quien no se merecía a una mujer como ella.
La invitada dejó hablar a su amiga; nunca lo había hecho durante tanto tiempo. Terminó (o eso creía) con el episodio de la carta en la almohada, con su despedida y el vacío con el que su amiga Mercedes la había obsequiado cuando había ido a pedirle ayuda.
—Brindo por una mujer reinventada y triunfadora, ¡brindo por ti! —Julia levantó la copa para brindar; ignoraba que la historia no había hecho más que empezar.
Un silencio denso inundaba el comedor, pero el vino la ayudó a continuar hablando de la noche en que había sido violada por el colega de su novio. Describió, por primera vez y en voz alta, el miedo, la impotencia, el asco que ese salvaje la había hecho sentir. Pero lo peor de todo fue saber, desde ese instante, que estaba subyugada a su pareja.
Confesó que, en su día, no lo había denunciado, ni se lo había contado a Manuel; después de la bronca que le había echado por el corte de pelo, pensó que no le creería. O, si lo hacía, no estaba segura de que fuera a enfrentarse a un compañero de trabajo por ella: no iba a protagonizar un posible escándalo que frenara su ascenso en la empresa. Aprendió que estaba con él para satisfacer sus deseos; para eso tenía ese fondo de armario, frecuentaba las mejorespeluquerías, lucía joyas exclusivas, ni qué decir de los viajes y demás caprichos.
—No espero que lo comprendas, Julia; sé que fui una cobarde y que todo lo que me ocurrió fue culpa mía; nunca hablo de esto, porque no me siento orgullosa de esa etapa de mi vida. Me da mucha vergüenza. —Lloraba en silencio, mientras miraba el mantel; no se atrevía a enfrentarse a su amiga.
—Ya sé lo que te pasa: piensas que, por haber aceptado esa vida junto al hombre que amabas, te merecías las vejaciones a las que te ha sometido, los desprecios, el aislamiento... las violaciones... —Volvió a llenar las copas para darse un respiro; estaba indignada con ese hombre—. Cómo se nota que eras muy niña y, ¡qué listo ese Manuel!, porque sabía a qué mujer tenía que dirigir sus garras.
—De hecho, ayer estuve indagando en internet, y parece que no ha cambiado sus costumbres en estos años; al parecer, está con otra niña que no tendrá más de veintitrés años, es una «yo», aunque parece más espabilada que una servidora. —Miró al techo con fastidio; empezaba a sentir el efecto del vino—. Y ahora, ¡tachán! (redoble de tambores, por favor), viene el bombazo, ¡el broche final a esta historia!: resulta que el violador en cuestión es Lucas Álvarez Prim.
—¿El Lucas de la oferta de empleo? —Julia, que estaba bebiendo un trago de vino, se atragantó—. ¡No me jodas! ¡La madre que lo parió! Pero. ¿cómo pudiste hablar con él? Joder, tía, lo siento mucho. No me imagino. no me puedo imaginar cómo no lo has mandado a la mierda, o cómo te has podido callar. Siento mucho por lo que has debido pasar.
Lo decía con sinceridad y con toda la ternura de la que era capaz; Julia nunca juzgaba a nadie. Trataba de ponerse en el lugar de los demás antes de sacar conclusiones.
—Te puedes imaginar: casi me caigo al suelo cuando me lo he encontrado sonriente frente a mí, con su mano extendida parasaludarme; bueno, él sabía que algo me pasaba cuando entré a su despacho, porque me quedé blanca, aunque lo justifiqué con un mareo fortuito. He conseguido aguantar lo máximo (tampoco quería quedar mal con Ordóñez), pero necesitaba salir de allí; por eso ayer no te llamé: no tenía ganas de hablar con nadie. Perdóname.
—Me hago cargo. entonces. ahora entiendo por qué no vas a aceptar el trabajo. Pero lo que no entiendo es cómo él no te ha reconocido. Me cuesta pensar que alguien haga algo tan despreciable a otra persona, y no se acuerde ni de su cara.
—Yo me acababa de cortar el pelo al uno; era más joven. La habitación estaba en penumbra e iba borracho; recuerdo la peste a alcohol de su aliento. Nunca nos habíamos visto y nunca nos hemos vuelto a ver.
—Ya, Vi, pero tú sí te acordabas de él.
—Nunca lo he podido olvidar; me avergonzaba de mí misma. Creí que había sido por mi culpa, que no había hecho lo suficiente para impedírselo; decidí mantenerlo enterrado y, hasta ahora, no me había ido mal. —Vi miró a Julia por primera vez—. No quiero revivirlo después de tantos años, no me aporta nada y quiero sepultarlo de nuevo en mi «cajón de la mierda». —Levantó la copa una vez más, y esperó a que Julia hiciera lo mismo con la suya, para brindar y beber de nuevo.
—Sabes que yo te apoyo en todo, soy tu «persona»: si quieres venganza, aquí me tienes; si quieres pasar página, aquí estaré. —Julia le aseguró mientras tomaba la mano de su querida amiga y la miraba a los ojos.
—Muchas gracias; sé que siempre estás ahí y que puedo confiar en ti. Nunca he pensado en vengarme: yo no soy así; entiéndeme, tampoco le deseo una vida feliz y plena. Creo que el karma da a cada uno lo que se merece, así que no creo que deba ser yo la que tenga que intervenir en las cosas del destino. Además, la vida no me ha ido mal desde que he salido de casa de Manuel; he luchado y he obtenidorecompensas: tu amistad, por ejemplo; una carrera; unos amigos... un proyecto.
—¿Un proyecto? —preguntó una expectante Julia.
XII
A Vi le cambió el semblante; una sonrisa de oreja a oreja, de las que dejaban a todos prendados de Vi (incluida Julia), le iluminaba el rostro como si un aura sagrada iluminase a la Virgen María.
—Mira, ya te he dicho que no voy a aceptar el empleo, pero no es solo porque el que me lo ha ofrecido sea ese hombre; al terminar la carrera, el profesor Ordóñez ha insistido en recomendarme a varias consultorías con las que él mantiene estrechas relaciones. Pero, Julia, yo soy muy feliz con la vida que tengo; trabajar contigo me enriquece y me enorgullece. Lo que hemos conseguido juntas es algo muy importante: hemos conseguido dar un giro a tu negocio y aumentar la clientela satisfecha; sin estar en las redes sociales, nuestra cartera de clientes ha aumentado solo por el boca a boca y por lo original de nuestra oferta. No solo vendemos productos de belleza: aportamos autoestima y seguridad a muchas mujeres; a veces me siento muy identificada con ellas.
—Te entiendo —reflexionó Julia.
—La idea de formar parte de una gran multinacional, en un puesto de relevancia, es atractiva, pero creo que lo que hemos conseguido hasta ahora se difuminaría, y yo trabajaría en un mundo frío, donde las personas dejan de serlo para ser meros números o entes abstractos. Y yo quiero seguir trabajando con personas; deseo ver el resultado en ellas, y no solo en los números. —Vi despertó el interés de su amiga, y eso la animó a continuar—. Quiero que el del barrio de Salamanca sea el primero de varios centros de belleza integral, distribuidos por Madrid y por las principales ciudades españolas.
Los ojos de Julia se abrieron de par en par y volvió a beber vino; de repente se daba cuenta de que había llevado poco: la velada estaba dando mucho de sí.
—Piénsalo: si seguimos como estamos, el negocio poco a poco entrará en declive; las clientas crecen y son muy exigentes porque pagan bien. Pero, si no crecemos, llegará un momento en que no podremos dedicar el tiempo suficiente a cada una; lo que nos distingue precisamente, que es la exclusividad y la dedicación, será lo que no podremos ofrecer. Estamos en un punto del negocio crucial. Creo que ha llegado el momento de dar un paso hacia delante y avanzar, para no morir de éxito. Debemos invertir y abrir otro ARTDEPE.
—¡Invertir...! —exclamó Julia que trataba de asimilar la idea; sus ojos miraban al infinito.
—Sí, Julia, invertir. Tengo muchas ideas, claro que debo concretarlas; habría que hacer un proyecto de viabilidad y presupuestar los costos al detalle. Tendríamos que elegir la zona y, a partir de ahí, buscar un local y personal de confianza. Buenos profesionales, porque lo más difícil es seguir dando a los clientes la misma exclusividad, discreción, confianza y profesionalismo. —Vi hablaba con un entusiasmo que no tenía desde que había propuesto a Julia dar un giro a la perfumería.
—Me estoy mareando, Vi, eres demasiado rápida para mí. Se está haciendo tarde, y mañana hay que madrugar. Me voy a ir a casa y le doy una vuelta a lo que me has contado, ¡vaya noche!, ¡demasiadas emociones! Te veo mañana, preciosa. —Se puso el abrigo y, mientras esperaba al taxi, abrazó a su amiga—. Sabes que puedes contar conmigo para lo que necesites; estoy muy orgullosa de ti: eres muy fuerte.
Cuando se fue, cerró la puerta, y Vi se apoyó en ella con una sonrisa de ilusión. Sabía que a su amiga la había gustado la idea; daba vértigo, porque suponía dar un paso muy importante y arriesgado,pero tenía claro que ese era el camino a seguir. Además, se sentía aliviada después de haber contado a Julia su pasado; parecía que hubiese dado carpetazo a una etapa de su vida abierta demasiado tiempo. Si Julia aceptaba, emprenderían juntas un nuevo proyecto, en el que debían trabajar al máximo, con inteligencia, pero también con corazón; así, nada podía salir mal.
XIII
Julia tardó un par de semanas en tomar una decisión; por fin, entendió que invertir era el camino y Vi, desde entonces, ocupaba todo su tiempo en trabajar en la perfumería y en elaborar el proyecto para la ampliación.
Las dos mujeres sopesaban zonas para el local del nuevo ARTDEPE; como no se aclaraban, hablaron con una de sus clientas más fieles, una incondicional a la causa feminista y que, más que clienta, ya era una buena amiga: mujer de negocios, soltera empedernida, buscadora incansable del amor de su vida en hombres más jóvenes que ella. Amelia Sánchez, de cuarenta y nueve años, directiva de una consultoría multinacional, acudía todas las semanas para sus tratamientos de belleza y, de paso, las deleitaba mientras les contaba su última conquista. Era como Manuel: le gustaba coleccionar amores, aunque ella no los engañaba. Disfrutaba del juego de la seducción y, aunque había tenido varias proposiciones de matrimonio, nunca había querido entrar en ese mundo; su vida era muy divertida y plena como para renunciar a esta.
—Me parece muy buena idea, en serio; alguna vez he estado tentada de proponeros algo parecido, pero procuro no meterme en la vida de nadie —aseveró Amelia, mientras encendía un cigarro—. Hay muchas mujeres en Madrid y en otras ciudades que cumplen el perfil de clienta para vuestros centros; mujeres con mucho dinero,con poder, que estarían encantadas de ponerse en vuestras manos. Pero tenéis que tener en cuenta que son señoras de alto estatus, a las que no les gusta la publicidad y los cotilleos. Si ampliáis, debéis tener en cuenta esta condición y ofrecer la máxima discreción.
—Estamos de acuerdo; es una de las pocas cosas que tenemos en claro, quizá la única —dijo Vi de buen humor—. Queremos seguir ofreciendo la misma calidad y exclusividad que hasta ahora; estamos seguras de que han sido clave para el éxito de ARTDEPE.
—Ahora, debemos decidir dónde ubicaremos el nuevo centro. —Julia se había contagiado del entusiasmo de Vi.
—Yo os propongo la zona de Pozuelo: es el municipio más rico de la comunidad de Madrid y, además, allí viven familias influyentes, grandes empresarios, futbolistas, políticos, artistas. —Amelia hizo hincapié en cada palabra a la par que se ayudaba de los dedos, como si estuviera contando.
—El local debe tener posibilidades y estar en una zona agradable. Si es posible, poco expuesta, fácil de localizar y con buen acceso; con aparcamientos. y ya, si tuviera mucha luz y alguna especie de jardín... sería perfecto. —Vi reconoció que se había emocionado mucho, pero ella pensaba que, cuando se emprendía, se debía hacer a lo grande.
XIV
Desde la desagradable entrevista, Vi había procurado ocupar sus pensamientos en su nuevo propósito y apenas se había acordado de Lucas; sabía que debía realizar esa incómoda llamada, que no le apetecía en absoluto, pero que era de obligado cumplimiento. Nunca había tenido tan claro algo: no quería volver a ver a ese hombre.
Tras dos tonos de teléfono, pudo escuchar la voz pulcra y femenina de la señora Gálvez.
—Despacho del señor Álvarez Prim. —Vi se presentó, y la secretaria la saludó con cordialidad; al instante, la puso en contacto con él.
—¡Señorita Pérez!, pensé que se había olvidado de nosotros. —Lucas acostumbraba hablar de él en plural—. Espero que haya tenido tiempo de sopesar la propuesta; no sé si habrá encontrado todos los puntos correctos del contrato o si tiene...
—Muchas gracias. —Vi lo interrumpió carraspeando; tal era el asco que le daba hablar con él—. Primero: le pido disculpas por el tiempo transcurrido sin noticias mías; en mi defensa, debo decir que he estado muy ocupada con el trabajo, y todo mi tiempo lo ha absorbido el negocio.
