La mente que mueve los hilos - Lalo Mandragore - E-Book

La mente que mueve los hilos E-Book

Lalo Mandragore

0,0

Beschreibung

Basada en el terror atemporal y la guerra tecnológica moderna, cinco historias se entrelazan en «La mente que mueve los hilos», una obra estremecedora que ofrece emociones diversas e intensas. En una buena combinación de ciencia ficción y suspenso, la amistad, la nostalgia, la camaradería y el amor se experimentan entre escenarios explícita o veladamente bélicos, ante la desesperación que provoca lo que escapa a la comprensión humana.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 103

Veröffentlichungsjahr: 2023

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



La mente

que mueve los hilos

.

Trincheras

Cuando la morfina

Hospital psiquiátrico

Logan Brown

Temperatura estable

La mente

Trincheras

Zanjas enormes excavadas en la tierra, infestadas de cuerpos sin vida; humanos guerreros exhaustos tumbados en el lodo, en la inmundicia, conviviendo con sus compañeros muertos, con sus vísceras y sus fluidos corporales, con moscas que llenan las cuencas oculares y cuervos que arrancan trozos putrefactos de carne y piel.

No tiene caso decir que la moral está perdida, la esperanza aniquilada, el sueño de regresar pronto a casa hecho trizas; todo pensamiento dedicado al pasado o al futuro se vuelve ilusorio, inútil.

Explosiones, disparos, ráfagas zumbando cerca, cada vez más cerca. Pocos son los que quedan ya. El olor a pólvora esconde un poco el hedor que despiden los muertos. Todos se aferran a sus armas. La última bala en cada fusil es para sí mismos. Desolados y con las máscaras antiguas puestas, esperan pacientemente el final de todo, del mundo, del infierno. «No es posible que nos espere algo peor que esto después de que nos maten a balazos», piensan, se lo dicen los unos a los otros, tratando de mitigar el miedo y la terrible desesperación.

De repente, atónitos, observan que algo sale por debajo de la montaña de soldados muertos. Es un torso, sin brazos, sin piernas, sin cabeza; arrastrándose penosa, casi cómicamente. De entre la masa de podredumbre se mueve un brazo ensangrentado; su mano sin uñas mueve los dedos y hace que repte lentamente. El cuadro es surreal, pero todos lo ven. Veinticinco hombres sorprendidos por la escena. El brazo alcanza el torso y se une a él por el hombro con un chasquido envuelto en un esponjoso movimiento de carnes gangrenadas. Ahora el torso, con el brazo desproporcionado, se arrastra hasta encontrar otro cuerpo del cual arranca una pierna; de un solo tirón la separa de su unión, la lleva a su parte baja y la acomoda en la cavidad. De igual manera, logra unirse otro brazo y otra pierna de distintos cuerpos. Se pone en pie.

El nuevo cuerpo con distintas partes de hombres muertos es un humano deforme, desproporcionado, sin cabeza. Queda frente a los soldados asombrados, casi conmovidos. Es una distracción perfecta de la guerra. Ahora están realmente en el Infierno. Inmóviles, respirando el gas mortífero de las trincheras, con un cielo oscurecido por el humo sobre ellos, no saben qué hacer. Se miran los unos a los otros estupefactos. Se incorporan. Comienzan a disparar a la forma humanoide que tienen delante. Saltan pedazos de piel y uniforme, pero no logran derribarlo.

El engendro avanza hacia ellos cada vez con mayor velocidad y vigor. Con una rapidez y destreza sobrehumanas, arranca la bayoneta de uno de los fusiles que estaba en manos de un cadete muerto. El primer movimiento de la bayoneta empuñada por una de las manos putrefactas hace caer la cabeza del soldado más cercano con un corte limpio y veloz. El segundo movimiento hace volar ambos brazos del segundo combatiente. La pierna izquierda del tercero cae al suelo, al igual que las vísceras del contiguo. Un charco de intestinos y sangre se forma a los pies del pobre soldado. Mira sus entrañas en el suelo y, antes de caer muerto, se da un disparo en la cara.

Uno por uno, los soldados atrincherados van cayendo indefensos a manos de este espectro acabado de nacer de las partes de los soldados asesinados por la metralla enemiga. Ahora son parte de la tierra y el fango. La sangre de todos se mezcla y forma una gran mancha espesa. Los huesos fracturados y músculos desgarrados se unen a la masa inerte de cientos de guerreros que produce un hedor nauseabundo del Infierno en la Tierra. Estos desafortunados combatientes son los primeros veinticinco en caer a merced de la encarnación de la terrorífica experiencia de millones de soldados agonizantes, decadentes, dementes.

Al final solo hay silencio. El viento empieza a emitir un alarido tenue, como una madre llorando a los pies de la tumba de su único hijo cuya vida ha sido arrancada por la más dolorosa enfermedad. El viento llora y teme, las moscas detienen su revoloteo y los cuervos vuelan hasta posarse sobre las ramas más altas de los pocos árboles secos que quedan en el campo de batalla entre las trincheras enemigas; observan al nuevo asesino de hombres, y callan, expectantes, ante un teatro macabro.

Ya no queda nadie que pueda oler la podredumbre, nadie que tema a las líneas enemigas, nadie que pueda morir víctima de algún soldado contrario, al menos no de uno vivo.

El soldado se queda inmóvil. Su imagen es dantesca. Su cuerpo está cubierto casi en su totalidad por jirones de uniforme ensangrentado. Botas rasgadas y rotas. No respira. Con una mano empuña la bayoneta asesina; la otra cae por el costado mientras permanece en posición de combate. No queda nadie a quien mutilar. Después de un espasmo, comienza su carrera hacia las trincheras enemigas. Cuerpo sin cabeza. Demonio cazador.

A través de los humeantes campos asolados por la muerte, el demonio va a buscar a los siguientes soldados que viven el infierno de la guerra para sacarlos brutalmente de sus trincheras, de su miserable existencia.

Ángel exterminador o demonio redentor. De cualquier manera, su propósito es el mismo: saciar su desesperación, su sed de dar muerte a los guerreros desesperanzados.

El ente infernal llega a las trincheras contrarias armado solamente con la bayoneta robada. Se detiene en la parte alta del corredor que conforma la trinchera. Tendidos a sus pies yacen los soldados cansados, muchos heridos mortalmente. Los médicos no tendrán ni un instante de descanso ante la creciente marea de heridos y moribundos, la mayoría gritando de dolor, algunos llorando por la muerte inminente, porque no volverán a presenciar otro amanecer. Al principio nadie se da cuenta, nadie siquiera lo nota. Pero él sigue ahí, parado en posición de combate y al acecho. De alguna manera los detecta, sabe que están ahí, percibe la vida, la muerte, el dolor, la miseria humana en su máxima expresión.

Pero hay un soldado que sí lo está viendo, lo mira con mucha atención y con ojos de lince, no se espanta ni se mueve, sigue mascando el palito de madera que levantó del suelo hace un rato. Su valentía y coraje son bien conocidos entre todo el pelotón. Es el capitán Cliff Darrell. Ha ganado varias medallas al mérito y condecoraciones por valor y arrojo en el campo de batalla. Decenas de anécdotas de sus hazañas recorren los campos de guerra, tanto del bando amigo como del enemigo; algunas parecen sacadas de películas de acción militar, deformadas y adornadas al pasar de oído a oído, pero en el fondo son todas reales.

Darrell se sumerge por un instante en su pasado. Al ver al hombre sin cabeza ahí parado, sabe que no es una alucinación causada por las acciones bélicas, él no es ese tipo de hombre…

Se traslada a su niñez en la granja de sus abuelos. Ahora tiene 10 años. La mejor época es cuando llegan las vacaciones escolares y puede viajar para pasarlas con ellos. Su abuela lo llama a desayunar un viernes por la mañana. Se viste rápido en su habitación, que está en la parte alta de la casa; el piso es de madera; al lado de su confortable cama hay un tapete que su abuela tejió especialmente para él. El perro de los abuelos, Chester, duerme todas las noches en esa habitación durante el tiempo de visita de Cliff; se tira en el rincón y no se queda dormido hasta que el muchacho cae rendido tras una jornada de juegos y deberes.

El sol baña con su esplendor los campos extensos llenos de árboles y pastizales que parecen no tener fin. Las nubes viajan lentamente proyectando su sombra y formando manchas en la tierra. Cliff baja las escaleras corriendo, Chester va detrás de él ladrando y moviendo la cola. Es un labrador golden retriever de mediana edad. Ambos se sientan, uno en la barra de la cocina, el otro en el piso junto a su plato, y esperan pacientemente la comida que la abuela les sirve mientras los regaña por bajar corriendo las escaleras. Huevos revueltos con jamón, pan tostado, salsa y jugo de naranja natural para Cliff; un trozo de carne con croquetas para Chester. Comen con fruición mientras la abuela se dedica a sus quehaceres matinales al momento que escucha el noticiero por la radio.

El abuelo entra en la casa con una cesta llena de frutas recolectadas en su propia huerta, que cada vez está más grande y es más próspera.

—Muy bien, Cliff, hoy será día de aserrar madera.

—¡Sí! Bien sabes que es lo que más me gusta, abuelo. Podemos llevar a Chester, ¿verdad?

—Claro que lo podemos llevar, yo ya estoy demasiado viejo para cuidarte. Él tiene mejor vista que yo: me avisará en cuanto te metas en problemas.

—Nada de que Cliff quiera manejar las máquinas, ¿entendido? —dice la abuela mientras dirige una mirada amenazadora al abuelo—. Esas cosas son del diablo y no quiero que te vayas a lastimar, hijo.

—Muy bien, abuela, ni te preocupes, sabes que me gusta ver al abuelo manejar las máquinas. Quiero jugar con Chester y recorrer el lugar, tal vez encuentre una ardilla muerta, ¡o dos!

—¡Nada de ardillas muertas! Terminen su desayuno y vayan rápido, no quiero que regresen muy tarde.

Salen los tres de la casa y se dirigen al aserradero. Recorren 3 kilómetros hasta llegar al río. A un lado, se encuentra el cobertizo con las máquinas.

—Bien, muchacho, pásame los guantes y pon en marcha la maquinaria. No toques nada excepto el botón de encendido y sube la palanca para conectar la corriente.

—Está bien, abuelo.

Cliff hace lo que le ordenan mientras Chester observa todo sentado y alerta.

El abuelo se pone los guantes de cuero al momento que los troncos comienzan a caer por el tobogán hasta llegar a la plancha donde está la sierra principal. Cliff se sienta junto a Chester y observa cómo los troncos son cortados por la mitad. El sonido y el aroma son hipnotizantes. El anciano es muy diestro en los quehaceres de la granja, pero cuando se trata de aserrar madera, es un verdadero maestro: ha desarrollado una técnica que ya quisieran tener muchos jóvenes.

Pasan los minutos. Cliff sigue contemplando al abuelo hacer su trabajo. Acaricia a su fiel amigo Chester. Todo es perfecto, aunque él no lo conciba como tal. A los 10 años lo perfecto, lo ideal, no se percibe, todo es una rueda de la fortuna eterna que va del disfrute al sufrimiento con un intermedio para hacer la tarea, comer y dormir. La niñez es el mejor estado de la vida… antes de que sea aplastada por el paradójico sarcasmo de la adultez.

—Muchacho, pásame el termo con café que tu abuela puso en la bolsa. Me tomaré diez minutos de descanso.

—Voy, abuelo. ¿Puedo ir a correr con Chester?

—Sí, puedes, pero no quiero que se metan al río ni que intenten cruzarlo.

Cliff y Chester salen corriendo. El abuelo se sienta un momento mientras saborea el delicioso café aún caliente y se limpia el sudor del cuello y la cara con su pañuelo.

Terminado su descanso, se incorpora y pone la maquinaria en marcha de nuevo. El trabajo sigue.

Pasan dos horas y Cliff vuelve con un montón de ramas para ser utilizadas más tarde en una fogata a su hora favorita del día: cuando empieza a oscurecer, cuando la noche lentamente envuelve a la luz como abrazándola para que no muera sola. La máquina está en marcha, pero el abuelo no está. «Tal vez fue al baño o a dormir», piensa Cliff. Le parece el momento perfecto para ayudar y contribuir en algo.